Un año de mentiras sobre el Nord Stream

Seymour Hersh aporta nuevos detalles sobre la responsabilidad de Estados Unidos en el atentado y revela que su fuente perteneció “al pequeño grupo de planificación que trabajó en Oslo con la Marina Real Noruega”

No sé mucho acerca de las operaciones encubiertas de la CIA –nadie ajeno a ellas puede saberlo–, pero sí entiendo que el elemento esencial de todas las misiones llevadas a cabo con éxito es la capacidad de negarlas de forma plausible. Los hombres y mujeres estadounidenses que, de forma encubierta, entraron y salieron de Noruega durante los meses que tardaron en planear y destruir tres de los cuatro gasoductos Nord Stream en el mar Báltico hace un año no dejaron rastro alguno –ni un indicio de la existencia del grupo– aparte del éxito de su misión.

Poder negarlo oficialmente, como opción para el presidente Joe Biden y sus asesores de política exterior, era crucial. Por eso no se introdujo ninguna información importante sobre la misión en un ordenador, sino que se tecleó en una máquina de escribir Royal o quizá en una Smith Corona con una o dos copias de carbón, como si internet y el resto del mundo digital aún no se hubieran inventado. La Casa Blanca se mantenía apartada de lo que ocurría cerca de Oslo; desde el terreno se proporcionaron varios informes y actualizaciones directamente al director de la CIA, Bill Burns, que era el único vínculo entre los planificadores y el presidente que autorizó que la misión tuviera lugar el 26 de septiembre de 2022. Una vez concluida la misión, los papeles mecanografiados y los carbones se destruyeron, de modo que no quedara ningún rastro físico, ninguna prueba que más adelante pudiera desenterrar un fiscal especial o un historiador dedicado al estudio de los presidentes. Se podría decir que fue el crimen perfecto.

Hubo un fallo: una falta de entendimiento entre quienes llevaron a cabo la misión y el presidente Biden respecto a por qué este ordenó la destrucción de los oleoductos cuando lo hizo. Mi reportaje inicial de 5.200 palabras, publicado a principios de febrero, terminaba citando crípticamente a un funcionario conocedor de la misión que dijo: “Era una historia de portada”. El funcionario añadió: “El único fallo fue la decisión de llevarla a cabo”.

Esta es la primera vez que se relata ese fallo, en el primer aniversario de las explosiones, y seguramente no gustará al presidente Biden y a su equipo de seguridad nacional.

Inevitablemente, mi primer artículo causó sensación, pero los principales medios de comunicación hicieron hincapié en los desmentidos de la Casa Blanca y se apoyaron en un viejo truco –mi confianza en una fuente anónima– para unirse a la Administración en desmentir la idea de que Joe Biden pudiera haber tenido algo que ver con semejante atentado. Debo señalar aquí que he ganado literalmente decenas de premios a lo largo de mi carrera por artículos publicados en el The New York Times The New Yorker sin identificar a una sola fuente. En el último año hemos visto una serie de artículos periodísticos contrarios, que no identificaban ninguna fuente de primera mano, que afirman que un grupo disidente ucraniano llevó a cabo el ataque de la operación de buceo técnico en el mar Báltico con un yate alquilado de 15 metros llamado Andromeda.

 

Artículos del 7 de marzo de 2023 que sugieren que un grupo ucraniano llevó a cabo el ataque al Nord Stream.

Ahora puedo escribir sobre el inexplicable fallo citado por el funcionario anónimo. Una vez más, se trata de la cuestión clásica de qué es, en realidad, la Agencia Central de Inteligencia (CIA): una cuestión que ya planteó Richard Helms, que dirigió la agencia durante los tumultuosos años de la guerra de Vietnam y el espionaje secreto de la CIA a los estadounidenses, ordenado por el presidente Lyndon Johnson y mantenido por Richard Nixon. En diciembre de 1974, publiqué en The Times un reportaje sobre ese espionaje que dio lugar a unas sesiones sin precedentes en el Senado sobre el papel de la agencia en sus infructuosos intentos, autorizados por el presidente John F. Kennedy, de asesinar al líder cubano Fidel Castro. Helms les dijo a los senadores que la cuestión era si él, como director de la CIA, trabajaba para la Constitución o para la Corona, personificada en los presidentes Johnson y Nixon. El Comité Church dejó la cuestión sin resolver, pero Helms dejó claro que él y su agencia trabajaban para el mandamás de la Casa Blanca.

 

El velero Andromeda, utilizado según algunos medios para llevar a cabo el ataque. / Bild

Volviendo a los gasoductos Nord Stream: es importante entender que, cuando Joe Biden ordenó volarlos el 26 de septiembre de 2022, el gas ruso ya no llegaba a Alemania a través de dichos gasoductos. Nord Stream 1 había estado inyectando grandes cantidades de gas natural a bajo coste hacia Alemania desde 2011, y había contribuido a reforzar el estatus de Alemania como coloso fabril e industrial. Pero Putin lo cerró a finales de agosto de 2022, cuando la guerra de Ucrania estaba, en el mejor de los casos, estancada. Nord Stream 2 se terminó de construir en septiembre de 2021, pero el Gobierno alemán, presidido por el canciller Olaf Scholz, bloqueó el suministro de gas dos días antes de la invasión rusa de Ucrania.

Habida cuenta de las vastas reservas de gas natural y petróleo de Rusia, los presidentes estadounidenses, desde John F. Kennedy, han estado alerta ante la posible militarización de estos recursos naturales con fines políticos. Esta sigue siendo la opinión principal entre Biden y sus asesores de política exterior más agresivos, el secretario de Estado, Antony Blinken; el asesor de Seguridad Nacional, Jake Sullivan; y Victoria Nuland, ahora segunda de a bordo de Blinken.

 

 

Mapa de explosiones provocadas en los oleoductos Nord Stream el 26 de septiembre de 2022. / FactsWithoutBias

Sullivan convocó una serie de reuniones de alto nivel sobre Seguridad Nacional a finales de 2021, cuando Rusia estaba incrementando sus efectivos a lo largo de la frontera de Ucrania y la invasión se consideraba casi inevitable. El grupo, que incluía a representantes de la CIA, fue conminado a presentar una propuesta de acción que pudiera servir como un elemento disuasorio para Putin. La misión de destruir los oleoductos estaba motivada por la determinación de la Casa Blanca de apoyar al presidente ucraniano, Volodímir Zelenski. El objetivo de Sullivan parecía claro. “La política de la Casa Blanca era disuadir a Rusia de un ataque”, me dijo el funcionario. “El reto que se planteó a los servicios de inteligencia fue que ideáramos una vía que fuera suficientemente potente como para lograr eso, y que supusiera una firme demostración sobre la capacidad de Estados Unidos”.

De izquierda a derecha: Victoria Nuland, Anthony Blinken y Jake Sullivan. / Flickr

Ahora sé lo que no sabía entonces: la verdadera razón por la que la Administración Biden “sacó a relucir  la eliminación del gasoducto Nord Stream”. Hace poco, el funcionario me explicó que en aquel momento Rusia suministraba gas y petróleo a todo el mundo a través de más de una docena de gasoductos, pero que Nord Stream 1 y 2 iban directamente desde Rusia a Alemania a través del mar Báltico. “La Administración puso Nord Stream sobre la mesa porque era el único al que podíamos acceder y porque [la misión] sería completamente negable”, dijo el funcionario. “Resolvimos el problema en pocas semanas –a principios de enero– y se lo comunicamos a la Casa Blanca. Supusimos que el presidente utilizaría la amenaza contra Nord Stream como un elemento disuasorio para evitar la guerra”.

Para el grupo secreto de planificación de la Agencia no fue ninguna sorpresa que, el 27 de enero de 2022, la segura y confiada Nuland, entonces subsecretaria de Estado para Asuntos Políticos, advirtiera estridentemente a Putin de que si invadía Ucrania, como claramente planeaba hacer, “de un modo u otro, Nord Stream 2 no seguiría adelante”. La frase llamó mucho la atención, pero no así las palabras previas a la amenaza. La transcripción oficial del Departamento de Estado muestra que antes de la amenaza, Nuland dijo, con respecto al gasoducto: “Seguimos manteniendo conversaciones muy firmes y claras con nuestros aliados alemanes”.

Miembros de la CIA consideraban que Scholz era consciente de la planificación que se estaba llevando a cabo para destruir los oleoductos

Cuando un periodista le preguntó cómo podía afirmar con certeza que los alemanes estarían de acuerdo, “porque lo que los alemanes han dicho públicamente no coincide con lo que usted está diciendo”, Nuland respondió con un asombroso doble lenguaje: “Le diría que volviera atrás y leyera el documento que firmamos en julio [de 2021], que dejaba muy claras las consecuencias para el gasoducto si Rusia volvía a atacar a Ucrania”. Pero ese acuerdo, que se comunicó a los periodistas, no especificaba amenazas ni consecuencias, según informaron The TimesThe Washington Post y Reuters. En el momento del acuerdo, el 21 de julio de 2021, Biden dijo a la prensa que, dado que el 99 % del oleoducto estaba terminado, “la idea de que se iba a decir o hacer algo para detenerlo ya no era posible”. En aquel momento, los republicanos, encabezados por el senador Ted Cruz, de Texas, describieron la decisión de Biden de permitir el paso del gas ruso como un “triunfo geopolítico generacional” para Putin y “una catástrofe” para Estados Unidos y sus aliados.

Sin embargo, el 7 de febrero de 2022, dos semanas después de la declaración de Nuland, en una conferencia de prensa conjunta en la Casa Blanca con [el canciller Olaf] Scholz, que estaba de visita, Biden dio a entender que había cambiado de opinión y que se unía a Nuland y a otros asesores de política exterior igualmente belicistas, y habló de acabar con el gasoducto. “Si Rusia invade, es decir, si los tanques y las tropas vuelven a cruzar la frontera de Ucrania, ya no habrá Nord Stream 2. Le pondremos fin. Le pondremos fin”. A la pregunta de cómo podría hacerlo, ya que el gasoducto estaba bajo control de Alemania, respondió: “Lo haremos, se lo prometo, podremos hacerlo”.

 

Olaf Scholz y Joe Biden, durante su reunión del 7 de febrero en la Casa Blanca. / Euronews

A la misma pregunta, Scholz respondió: “Actuamos conjuntamente. Estamos absolutamente unidos y no daremos pasos diferentes. Daremos los mismos pasos, y serán muy muy duros para Rusia, y ellos deberían entenderlo”. Algunos miembros del equipo de la CIA consideraban entonces –y ahora– que el dirigente alemán era plenamente consciente de la planificación secreta que se estaba llevando a cabo para destruir los oleoductos.

Para entonces, el equipo de la CIA ya había hecho los contactos necesarios en Noruega, cuyos mandos de la Marina y de las fuerzas especiales tienen un largo historial de colaboración en tareas de operaciones encubiertas con la Agencia. Los marineros noruegos y las patrulleras de la clase Nasty ayudaron a introducir clandestinamente operativos de sabotaje estadounidenses en Vietnam del Norte a principios de la década de 1960, cuando Estados Unidos, tanto en el Gobierno de Kennedy como en el de Johnson, dirigía allí una guerra no declarada. Con la ayuda de Noruega, la CIA hizo su trabajo y encontró la manera de hacer lo que la Casa Blanca de Biden quería que se hiciera con los oleoductos.

Tras la orden de Biden de activar los explosivos, bastó un vuelo de un avión noruego y el lanzamiento de un sonar en el mar Báltico para conseguirlo

En ese momento, el reto para la comunidad de los servicios de inteligencia era idear un plan que fuera lo bastante contundente como para disuadir a Putin de que atacara a Ucrania. El funcionario me dijo: “Lo conseguimos. Encontramos un elemento disuasorio extraordinario por su impacto económico para Rusia. Pero Putin lo hizo [invadir Ucrania] a pesar de la amenaza”. Fueron necesarios meses de investigación y práctica en las agitadas aguas del mar Báltico por parte de los dos expertos buceadores de aguas profundas de la Marina estadounidense reclutados para la misión antes de que esta se diera por iniciada. Los magníficos marinos noruegos encontraron el lugar adecuado para colocar las bombas que harían estallar los oleoductos. Los altos funcionarios de Suecia y Dinamarca, que siguen insistiendo en que no tenían ni idea de lo que estaba ocurriendo en sus aguas territoriales compartidas, hicieron la vista gorda ante las actividades de los operativos estadounidenses y noruegos. El equipo estadounidense de buzos y el personal de apoyo en el buque nodriza de la misión –un cazaminas noruego– sería difícil de ocultar mientras los buzos realizaban su trabajo. El equipo no sabría hasta después del atentado que los más de 1.200 kilómetros del Nord Stream 2 se habían cerrado dejando gas natural en su interior.

Lo que yo no sabía entonces, pero me contaron hace poco, fue que después de la extraordinaria amenaza pública de volar el Nord Stream 2 que hizo Biden con Scholz a su lado, el grupo de planificación de la CIA fue informado por la Casa Blanca de que no habría un ataque inmediato contra los dos gasoductos, pero que el grupo debía organizar la colocación de las bombas necesarias y estar preparado para activarlas “bajo demanda” una vez comenzada la guerra. “Fue entonces cuando nosotros” –el pequeño grupo de planificación que trabajaba en Oslo con la Marina Real Noruega y los servicios especiales en el proyecto– “comprendimos que el ataque a los oleoductos ya no sería disuasorio, porque a medida que avanzaba la guerra nunca tuvimos el mando”.

 

Un cazaminas de la Marina Real Noruega.  / BigStuart

Tras la orden de Biden de activar los explosivos colocados en los oleoductos, bastó un corto vuelo de un avión noruego y el lanzamiento de un dispositivo de sonar modificado en el lugar adecuado del mar Báltico para conseguirlo. Para entonces, el grupo de la CIA hacía tiempo que se había disuelto. El funcionario también me dijo: “Nos dimos cuenta de que la destrucción de los dos oleoductos rusos no estaba relacionada con la guerra de Ucrania” –Putin estaba en proceso de anexionarse los cuatro óblasts [regiones] ucranianos que quería–, “sino que formaba parte de una agenda política neoconservadora para evitar que Scholz y Alemania, con el invierno a la vuelta de la esquina y los oleoductos cerrados, se acobardaran y abrieran” el Nord Stream 2 cerrado. “El temor de la Casa Blanca era que Putin pusiera a Alemania bajo su control y luego fuera a por Polonia”.

La Casa Blanca no dijo nada mientras el mundo se preguntaba quién había cometido el sabotaje. “De modo que el presidente asestó un golpe a la economía de Alemania y Europa Occidental”, me dijo el funcionario. “Podría haberlo hecho en junio y decirle a Putin: ‘Te dijimos lo que haríamos’”. El silencio y los desmentidos de la Casa Blanca fueron, dice, “una traición a lo que estábamos haciendo. Si vas a hacerlo, hazlo cuando sirva para algo”. El invierno pasado, Alemania asignó 286.000 millones en subvenciones para hacer frente a facturas de electricidad

Un paso hacia la III Guerra Mundial

La dirección del equipo de la CIA interpretó que las directrices engañosas de Biden al aprobar la orden de destruir los oleoductos, me dijo el funcionario, eran “como dar un paso estratégico hacia la Tercera Guerra Mundial. ¿Y si Rusia hubiera respondido diciendo: ‘vosotros volasteis nuestros oleoductos y yo voy a volar vuestros oleoductos y vuestros cables de comunicación?”. Nord Stream no era una cuestión estratégica para Putin, era una cuestión económica. Quería vender gas. Ya había perdido sus gasoductos cuando se cerraron los Nord Stream 1 y 2 antes de que comenzara la guerra de Ucrania.

Pocos días después del atentado, las autoridades de Dinamarca y Suecia anunciaron que llevarían a cabo una investigación. Dos meses después informaron de que, efectivamente, se había producido una explosión y dijeron que habría nuevas investigaciones. No se ha hecho ninguna. El Gobierno alemán llevó a cabo una investigación, pero anunció que gran parte de sus conclusiones serían confidenciales. El invierno pasado, las autoridades alemanas asignaron 286.000 millones de dólares en subvenciones a grandes empresas y propietarios de viviendas que tuvieron que hacer frente a facturas de electricidad más elevadas para hacer funcionar sus negocios y calentar sus hogares. El impacto todavía se deja sentir hoy, con la previsión de un invierno más frío en Europa.

El presidente Biden esperó cuatro días antes de calificar el atentado contra el oleoducto de “acto deliberado de sabotaje”. Dijo: “Ahora los rusos están difundiendo información falsa al respecto”. En una conferencia de prensa posterior, a Sullivan, que presidió las reuniones que condujeron a la propuesta de destruir de forma encubierta los oleoductos, se le preguntó si el gobierno de Biden “cree ahora que Rusia fue la probable responsable del acto de sabotaje”.

La respuesta de Sullivan, sin duda ensayada, fue: “Bueno, en primer lugar, Rusia ha hecho lo que hace con frecuencia cuando es responsable de algo, que es hacer acusaciones de que en realidad ha sido otro el que lo hizo. Lo hemos visto repetidamente a lo largo del tiempo”.

“Sin embargo, hoy el presidente también ha sido claro al expresar que hay que trabajar más en la investigación antes de que el Gobierno de Estados Unidos esté preparado para responsabilizar a alguien en este caso”. Continuó: “Seguiremos trabajando con nuestros aliados y socios para reunir todos los datos, y luego adoptaremos una decisión sobre qué hacer a partir de ahí”.

No he encontrado ningún caso en el que alguien de la prensa estadounidense haya preguntado posteriormente a Sullivan sobre los resultados de su “decisión”. Tampoco he encontrado ninguna prueba de que Sullivan, o el presidente, hayan sido interrogados desde entonces sobre los resultados de la “decisión”, ni sobre qué hacer a partir de ahí.

Tampoco hay pruebas de que el presidente Biden haya pedido a la comunidad de los servicios de inteligencia estadounidense que lleve a cabo una investigación exhaustiva sobre el atentado del oleoducto. Tales peticiones se conocen como “Taskings” (asignación de tareas) y se toman en serio dentro del gobierno.

EEUU voló los oleoductos por miedo a que Alemania vacilara y reabriera el flujo de gas

Todo esto explica por qué una pregunta rutinaria, que formulé aproximadamente un mes después de los atentados a alguien con muchos años de experiencia en la comunidad de los servicios de inteligencia estadounidense, me llevó a una verdad que nadie en Estados Unidos ni en Alemania parece querer investigar. Mi pregunta era sencilla: “¿Quién lo hizo?”.

El gobierno de Biden voló los oleoductos, pero la acción tuvo muy poco que ver con ganar o detener la guerra en Ucrania. Fue el resultado de los miedos de la Casa Blanca a que Alemania vacilara y reabriera el flujo de gas ruso –y a que Alemania, y después la OTAN, por razones económicas, cayeran bajo el dominio de Rusia y sus extensos y baratos recursos naturales–. Y de este modo se llegó al temor definitivo: que Estados Unidos perdiera su antigua primacía en Europa Occidental.

Este artículo se publicó originalmente en inglés, en Substack.
Traducción de Paloma Farré.

Biden envía BOMBAS DE RACIMO a Ucrania

En el programa de hoy 10/07 Pablo Iglesias, Sara Serrano, Manu Levin e Inna Afinogenova analizan la decisión de Joe Biden de enviar bombas de racimo a Ucrania y las consecuencias que puede tener sobre la escalada de la guerra. Con la participación especial del politólogo, periodista y pacifista Jordi Armadans.

Merkel reveló que Estados Unidos y sus socios de la OTAN planificaron la guerra en Ucrania contra Rusia

Fuentes: Strategic Culture Foundation

Traducido del inglés para Rebelión por Marwan Pérez
Los comentarios de Merkel revelan que la mentalidad de guerra en Occidente contra Rusia existe desde hace más de una década, si no más.
Se está volviendo irrefutablemente claro que Estados Unidos y sus socios de la OTAN han estado planeando durante muchos años la guerra actual en Ucrania contra Rusia, lo que hace que las perspectivas de paz sean aún más esquivas. ¿Cómo negociar con una mentalidad beligerante tan profundamente arraigada?

Los gobiernos y los medios occidentales acusan a Rusia de “agresión no provocada” contra Ucrania y exigen que Moscú entregue una compensación financiera deslumbrante y que se enfrente juicios por crímenes de guerra.

La amarga ironía es que la guerra en Ucrania, que se está intensificando peligrosamente y podría convertirse en un cataclismo nuclear, fue sembrada por Estados Unidos y sus cómplices. Es Occidente quien es más responsable de esta pésima situación, no Rusia.

La excanciller alemana Angela Merkel (2005-2021) ha sido la última fuente occidental en sincerarse o bajar la guardia. En una entrevista reciente concedida a Der Spiegel reveló las verdaderas raíces de la guerra.

La revelación de Merkel fue involuntaria. Merkel hablaba de calmar al régimen ucraniano para acabar fortaleciendo su fuerza de combate contra Rusia. Menciona este razonamiento para justificar por qué se opuso a que Ucrania entrase en la OTAN en el 2008: según Merkel, no es que esa adhesión fuera errónea, sino que no era el momento adecuado.

Como señala el respetado analista militar independiente Scott Ritter, Merkel también sabía que al régimen de Kiev (instalado por el golpe de Estado respaldado por la CIA en 2014) no le interesaba una resolución pacífica de la guerra civil en ese país.

La política tácita de Berlín consistía en ganar tiempo para la agresión prevista contra Rusia. Y ello a pesar de que Alemania, junto con Francia, se suponía que era un garante de los acuerdos de paz de Minsk negociados en 2014 y 2015.

En otras palabras, a partir de 2014 Ucrania estaba preparada para la guerra contra Rusia.

Por lo tanto, la afirmación de Merkel realmente es una confesión de la duplicidad occidental respecto Rusia, como señala astutamente Ritter.

Cuando el presidente ruso Vladimir Putin ordenó la intervención militar en Ucrania el 24 de febrero de este año, la orden fue de fuerza mayor porque la amenaza ofensiva del régimen de Kiev respaldado por la OTAN había cruzado las líneas rojas establecidas por Rusia, unas líneas rojas que Moscú había comunicado repetidamente a Occidente en vano. Por lo tanto, las afirmaciones de los medios occidentales sobre la «agresión rusa» son propaganda que ocultan las verdaderas causas y las responsabilidades de la guerra.

El jefe de la OTAN, Jens Stoltenberg, y otros comandantes de la OTAN también han admitido en varias ocasiones que al golpe en Kiev le siguió un rearme masivo del régimen por parte de Estados Unidos y otras potencias occidentales. Entre 2014 y 2022 Washington inyectó miles de millones de dólares en armas a las fuerzas paramilitares neonazis. Adiestradores militares de Estados Unidos, Gran Bretaña, Canadá y de otros miembros de la OTAN estaban en Ucrania preparando el ataque, incluso mientras estas fuerzas bombardeaban y mataban gente en el Donbass. No fue casualidad o una asociación desafortunada, fue una calculada preparación de la guerra.

Esta nefasta perspectiva coincide totalmente con los comentarios que hizo a principios de este año del expresidente ucraniano Petro Poroshenko, el cual dijo que nunca se tuvo la intención de implementar los acuerdos de Minsk, sino que se usaron cínicamente como punto de partida para consolidar subrepticiamente las fuerzas ofensivas para luchar finalmente contra Rusia.

Se puede criticar a Moscú por dos motivos. Se podría decir que debería haber actuado antes para salvaguardar los territorios de Donbass. Esperar ocho años para hacerlo ha hecho aún más difícil la tarea.

En segundo lugar, es lamentable que Moscú se haya dejado engañar, nuevamente, por las promesas occidentales. Todo el proceso de paz de Minsk resultó ser una farsa que nunca respetaron las potencias occidentales y sus compinches de Kiev a pesar de la retórica. Resulta que Rusia fue la única parte que se tomó en serio los acuerdos de Minsk. Y ha pagado un alto precio por ello.

Se podría pensar que Rusia debería haber aprendido la lección de la forma en que se traicionaron descaradamente las promesas sobre la no expansión de la OTAN. Desde “ni una pulgada” hacia el este hasta 1.000 millas hacia las fronteras de Rusia, la peligrosa confrontación actual en Ucrania es una manifestación de la traición sistemática e implacable mostrada por Washington y sus secuaces de la OTAN.

La respuesta concertada a la intervención de Rusia en Ucrania, el reflejo de la Guerra Total, la avalancha de armas de Occidente, el sabotaje de los oleoductos Nord Stream y la disposición a escalar la violencia, todo ello indica que esta guerra estaba preparada de antemano.

El prepotente desprecio de las preocupaciones de seguridad estratégica de Rusia y el rechazo de cualquier compromiso diplomático señalan que los poderes occidentales están en pie de guerra desde el principio, preparados para saltar en cualquier momento.

Sin escrúpulo alguno, parece que las provocaciones aumentan gradualmente. Estados Unidos y sus aliados están canalizando armas más pesadas hacia Ucrania, que ahora pueden penetrar profundamente en territorio ruso. Esta semana hubo ataques con aviones no tripulados contra bases aéreas situadas dentro de Rusia, hasta 600 kilómetros de la frontera con Ucrania. Uno de los objetivos en Ryazan está a solo 185 km de Moscú.

Y, sin embargo, los altos cargos de Washington de lengua bífida afirman que no están alentando al régimen de Kiev a llegar a una escalada. Y eso después de armar hasta los dientes con armas de largo alcance a un régimen desquiciado y que odia a Rusia.

Moscú está atrapada en una contradicción. Afirma que las potencias occidentales participan directamente en las hostilidades. Si ese es el caso, entonces podría ser que Rusia tomara medidas militares contra bienes occidentales. Si Moscú se abstiene, entonces parecerá débil.

Lo desconcertante es que el plan de guerra contra Rusia es evidentemente un concepto enquistado que trasciende a los actuales altos cargos políticos occidentales. Como revelan los comentarios de Merkel, la mentalidad de guerra en Occidente contra Rusia existe desde hace más de una década, si no más. Como describíamos en el editorial de la semana pasada, la agenda antirrusa en los Estados Unidos y su maquinaria de guerra de la OTAN se remontan al final de la Segunda Guerra Mundial. Eso hace que los desafíos de la política y la diplomacia sean aún más abrumadores, porque al parecer Estados Unidos y sus secuaces no son capaces de negociar y, en última instancia, tal vez no estén dispuestos a ello. Están necesitados de guerra.

Fuente: https://strategic-culture.org/news/2022/12/09/merkel-spills-beans-how-us-and-nato-partners-planned-war-ukraine-against-russia/

Esta traducción se puede reproducir libremente a condición de respetar su integridad y mencionar al autor, al traductor y Rebelión como fuente de la traducción