La Poética de Tinku y otros articulos sobre Tinku

Marzo 02, 2007

Esta es la segunda parte del texto leído en el encuentro de literatura indígena realizado en La Paz, organizado por Cedoal

Por Andrés Ajens 

Un amigo paceño, algo demasiado jungueanológico empero, resume los sentidos del tinku así: “Toda confluencia o encuentro que enfrenta a dos opuestos antagónicos y mutuamente excluyentes, cuyas fuerzas contrapuestas están equilibradas, de tal modo que son iguales entre sí y pueden unirse contradictoriamente en un tercer término” – sin dejar de mencionar su referencia erótico-sexual: el quechua tinkunakuspa, “encuentro sexual prematrimonial de una pareja”, que, en contexto comunitario, traduce como “cópula simbólica” que complementa y restituye la unidad y equilibrio entre los dos lotes de un ayllu (F. Montes, La máscara de piedra, La Paz, 1999). 
Ahora bien, si el tinku restablece la unidad se trata de veras de una unidad dual o doble, si cabe la expresión, por lo cual se podría decir que el tinku a la vez guarda la diferencia: el tinku se da (en uno o en una) entre más de uno (o una), mas no necesariamente entre opuestos o excluyentes. Nomás entre diferentes. Dicho de otro modo, el tinku no disuelve ni supera el diferendo en un “tercer término” más universal, sino, impidiendo la fusión o confusión, da tiempo al entre-tenerse en la diferencia, al entrevero. 
Que esto ocurra, aconcaguamente hablando, justo en Lampa – literalmente entonces, al amparo de la luz intimante de la lámpara-idioma aymara, en una litera- pudiera llevarnos a columbrar que el encuentro en cuestión fuera antes que nada amoroso, engendrador acaso, en todo caso deseante, deseoso encuentro, por más dura que sea la litera y por más que sobre la litera dura tal encuentro pudiera volverse a ratos desencuentro. Mas un encuentro asegurado de antemano, un encuentro enteramente programado, previsto y calculado, un encuentro sin riesgo, ¿sería de veras un encuentro? 
Para concluir ya sin concluir tal vez nada, para darle algún provisorio desenlace a esta inopinada “relación” de la litera dura indígena, vayan pues, económicamente hablando, las siguientes [cuatro] preguntas: 

1. ¿Qué estatuto tiene esta relación? ¿Es una historia de verdad, esto es, se fundamenta en algún saber rematadamente cierto? ¿O se trata nomás de una ficción, de una creación o bella invención, perteneciente a lo que Occidente (y especialmente el Occidente moderno) ha venido llamando per secula Literatura? Y si no fuera reducible ni a uno ni a otro estatuto, ni de verdad ni de ficción, ¿qué carajo sería? 

2. ¿Es posible hablar de “literatura indígena”? Es posible, qué duda cabe, lo estamos haciendo ahora mismo. En este encuentro. La pregunta es, pero: ¿Es legítimo, justo o conveniente afirmar que las inscripciones indígenas (orales o escritas), las inscripciones memoriosas de los tricarnios aconcaguas, por caso, forman parte de la Literatura? Si la literatura (con y sin mayúscula), tal como se la ha entendido por siglos y tal como se la entiende habitualmente en nuestros días (cf. el Diccionario de la R.A.E.), es producto de una cultura determinada, la “occidental”, ¿no estaríamos reponiendo el gesto asimilador, borrador de singularidades y diferencias, al denominar sin más literatura a aquellas tradiciones no occidentales de inscripción y de “relación”? Pero, a la vez, ¿no caeríamos en la reiteración del gesto contrario, que en el fondo acaso no sea sino la otra cara del mismo, gesto de exclusión, si negamos el carácter literario a las inscripciones memoriosas no occidentales, en este caso amerindias? Y si esto es así, ¿cómo responder, cómo ser responsable simultáneamente ante ambas demandas contrapuestas? 

3. ¿Qué hay de la posibilidad de la traducción entre culturas? ¿Qué hay de la posibilidad de una traducción no apropiante o no asimiladora entre diferentes tradiciones de inscripción? Una traducción que no asimile el ‘contenido’ o el ‘sentido’ del otro (texto), ¿no es acaso lo imposible mismo? ¿Qué hay, sin ir más lejos, de la posibilidad de un poema aconcagua ultra-moderno? Y si las diferencias y diferendos entre culturas, como sugiere nuestra lectura del complejo Aconcagua, tarde o temprano se introyectan en el seno de una misma (dual) cultura, evidenciando con ello que una cultura nunca coincide ni se identifica enteramente consigo misma, que la diferencia “interna” opera como la “externa”, ¿desdeñar la aporía de lo imposible en traducción no vendría a ser acaso un gesto suicida? 

4. En fin, otra posibilidad, ¿qué hay de una escritura que, sin borrar ni mezclar sin más las diferencias entre culturas, sino enfrentándolas y exponiéndolas, abra campo al encuentro entre proveniencias culturales e idiomáticas diversas? Tal gesto entreverante, tal poética del tinku entre escrituras, ¿no daría acaso lugar a un ‘poema’ memorioso de las tradiciones y acontecimientos que lo constituyen y a la vez inaudito, un “tinku” sin precedentes? ¿Y a esta escritura del carajo, del carajo entreveraz y tinkudo, a la vez alógena e indígena, aún la vamos a llamar “Literatura”? ¿O, sin tomarle el pelo a nadie, y muy menos a la tradición e institución literaria, pero también diciéndolo aquí sin pelos en la lengua, no fuera acaso mejor diferir la decisión en torno al nombre y a la clasificación de la “cosa”? De entrada, en fin y al cabo, ¿a qué apurar el entrevero

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LA PARODIA DEL TINKU

Por: Angela Lara Delgado Marzo 11, 2007

 

El Ritual Del Tinku Frente Al Tinku Folclórico

Integrante del proyecto de investigación Tinku: Transición y conflicto ( * )

Este artículo tiene el objetivo de mostrar la gran diferencia existente entre el ritual del tinku y el tinku folclórico.
El ritual del tinku se desarrolla en la fiesta de la cruz en la localidad de Macha y el tinku folclóricos tienen una representación como eje central en las diferentes entradas folclóricas como en el carnaval de Oruro.
La fiesta de la cruz se festeja los primeros días del mes de Mayo en algunas comunidades del norte de Potosí, el ritual del tinku se lo realiza en los pueblos capitales como ser en San Pedro de Macha, Sacaca, Pocuata, Chayanta y otros. Asimismo la festividad del señor de exaltación otro nombre del señor de la cruz se realiza el 14 de septiembre en las localidades de CalaCala y Pata Huanuni en carnavales, localidades del departamento de Oruro.

Los elementos centrales de estas festividades son la cruz vestida, el ritual del tinku, la presencia de los jóvenes migrantes que retornan a la fiesta, música, baile y vestimenta propia de estas manifestaciones culturales.

La cruz debe estar para la fiesta bastante atabiada con fajas coloridas tejidas con lana de oveja, borlones de lana acrílica, lleva en la parte superior un rostro de cristo hecho en yeso y su respectiva montera, vestido con poncho y el chicote de autoridad. La cruz es la que encabeza la transición de los comunarios hacia el pueblo de Macha, para que el tres de Mayo sea llevada a la iglesia para escuchar la misa juntamente todas las mujeres que desean hacerlo, el alferez y el pasante, el resto de la comunidad espera en la torre Mallku tocando sus JulaJulas antes de empezar las provocaciones y los encuentros.

La música tocada con instrumentos de caña llamadas julajulas, en pares un arca y un ira de cuatro y tres tubos respectivamente, tocando dos ritmos uno marcial o trote en el recorrido hacia el pueblo y otro de wayño cuando ya se encuentran el mismo. También con instrumentos de cuerda como los famosos charangos temple diablo y antiguamente con los guitarrones.

El ritual del tinku es un elemento muy importante de esta festividad. Las comunidades hacen su ingreso durante toda la noche del dos de mayo prolongándose hasta el amanecer. Por la mañana del tres de mayo se van reuniendo en la plaza central, dando vueltas al rededor de la plaza entonando su música, en las esquinas realizan un redondel zapateando todos al mismo son.

Con bastante ceremonialidad se van reuniendo para desatar toda las emociones reprimidas en encuentros violentos y por que no decir hasta sangrientos ente ayllus opuestos pero complementarios es decir si bien son de una misma comunidad son de diferentes parcialidades, estos encuentros son en grupos donde llegan a mezclarse entre hombre y mujeres, los de un bando con el otro. Policías que controlan y lanzan sus gases cuando es incontrolable, turistas que sacan fotos en todos los instantes, estudiantes que registran, etc.

Se van repitiendo estos encuentros por el lapso de todo el día. Donde no solo son encuentros violentos entre ellos mismos sino también la gente que observa estas manifestaciones ejerce violencia sobre los comunarios tanto los turistas como los propios pobladores del pueblo de Macha, los policías y los estudiantes.

Por consiguiente entendemos el ritual del tinku como conjura entre diferentes tipos de violencia. Violencias represivas, rituales y funcionales.

La presencia de los jóvenes que retornan a su fiesta hacen la diferencia pero son diferentes pues ellos están vestidos igual que los demás luciendo sus vestimentas de fiesta y realizando los ritos con mucha emoción, a medida que estos jóvenes se van despojando de los aprendizajes de toda una transición y conflicto en su migración se hacen mas visibles en su fiesta y para su comunidad.

La vestimenta es un punto central de diferencia con lo folclórico pues la ropa de las mujeres desde hace muchos años se transformo en “pata polleras”, mantillas tejidas de lana acrilica, la causa del cambio es el costo entre tantas otras. Antiguamente se usaba la aymilla megra con una serie de bordados con flores bastante rusticas y adornos, el tari tapando la espalda, encima otro aguayo cargado del cual salen flores del lugar, las respectivas abarcas y las famosas janko wipalas banderas blancas que portan las imilla wawas.

En los varones sobresale el uso de botines de trabajo con punta metálica y las chalinas colocadas en forma de arnes, las sicabotas una especie de polainas que sobre el pantalón.

El ritual del tinku es una manifestación cultural que esta inmersa en la festividad denominada como: “La churi fiesta”, “La fiesta del tata wila cruz”, “Celebración del tata pachata” o simplemente La fiesta de la cruz de macha”.

Ahora empesemos a caracterizar el kinku folclórico. Es una danza despojada de cualquier elemento ritual, reducida a baile, música y coreografía, sobre todo música que en los últimos tiempos muestra e induce un significado distinto (peleas sin razón). Danza folclórica estilizada en la cual se confunden los roles de género.

La música interpretada con instrumentos de bronce y tonadas donde no existe punto de comparación con las julajulas y las calampeadas. Más al contrario construyen imaginarios simbólicos asexuados expresados en los movimientos corporales indiferenciados entre hombres y mujeres. Tan contrario a cualquier manifestación andina en la cual no se confunden los roles entre hombre y mujeres.

Los jóvenes que últimamente han popularizado esta danza son jóvenes en su mayoría de estratos sociales medios a altos que responde a simplemente una mera moda.

Pues venos que no existe relación entre las dos manifestaciones culturales. Encontramos que diferentes grupos sociales van apropiándose y resignificando las manifestaciones culturales andinas tal cual es el caso del tinku.

(*) proyecto apoyado por el Programa de Investigación estratégica en Bolivia PIEB y el Centro de ecología y Pueblos Andinos CEPA

 

LAS DISTINTAS FORMAS DE VIOLENCIA SOBRE EL RITUAL DEL TINK’U

Angela Lara Delgado (*) 
El ritual del tink’u es un elemento más de la Fiesta de la Cruz en Macha donde se encuentran a su vez otros elementos que constituyen el ritual, es una suma de diferentes formas de violencia, las cuales convergen a simple vista en violencia física generada solo por los comunarios.

El ritual del tink’u es un encuentro de las comunidades pertenecientes a la franja étnica de Macha, correspondientes a las parcialidades de alaxsaya y manqhasaxa, entre diferentes jerarquías de poder como ser: autoridades comunales, municipales, estatales y personas civiles en espacios ajenos pero en tiempos propios, es una serie de emociones contenidas que en un espacio y tiempo determinado, donde salen a flor de piel un conjunto de acciones que van desde embates físicos, emocionales hasta enamoramientos.

En la noche del 2 de mayo empiezan a llegar al pueblo de Macha los diferentes ayllus menores: Pichichuas, Bumburis, Qullpas, Umajilas, Chayrapatas, y otros. Se reúnen en la esquina de la torre mallku (torre de la iglesia), son momentos de encuentro entre las diferentes comunidades, en muchos casos estos encuentros son amistosos y de reconocimiento donde hay una confraternización, con la ayuda de bebidas espirituosas como el alcohol y el singani, el cual es propio de la fiesta, se concertan las citas para el día siguiente donde los encuentros serán diferentes. Es una conjunción entre mujeres y varones; música y canto, alegría y tristeza que se prolonga hasta el amanecer.

En la mañana del 3 de mayo el espacio de encuentros va ampliándose al encuentro entre comunarios y vecinos del pueblo, existe una marcada diferencia entre los comunarios y los vecinos, pues la concepción del vecino frente al comunario es: “estos runa mikus” “salvajes”, lo cual conlleva una violencia discriminatoria de carácter despectiva y racista, pero al mismo tiempo aceptando su estadía por los ingresos económicos que generan para ellos la presencia de los comunarios en el pueblo.

Es un encuentro con los comerciantes que llegan de diferentes lugares a vender sus productos en la fiesta, el comunario se enfrenta a una violencia económica pues el costo de los productos en muchos casos esta fuera de su alcance y entran en disyuntivas, priorizar sus requerimientos. En muchos casos se encuentran con el mal trato de los comerciantes hacia los compradores que no dan lugar a regateo pues diciéndoles despectivamente “si quieres llevas, si no déjamelo nomás, me voy ha estar vendiendo”.

La violencia persuasiva ejercida por las comerciantes en chicha y cañas de azúcar, las cuales son efusivamente convincentes pues con amabilidad y convencimiento no les dejan opción a otra decisión, uno que se acerca a averiguar el precio siempre sale consumiendo. La vendedora de chicha parada a la entrada de su carpa agarra del brazo a los compradores, con mucha galantería y ayudadas por la galeta (un vaso invitado) los acomodan en uno de los bancos disponibles, ellos se encuentran en un dilema entre el convencimiento y la obligación por haber probado su chicha.

La presencia de los estudiantes universitarios de las diferentes carreras (UATF, UMSFXCH, UTO y UMSA) provoca violencia de conocimientos. En grupos de estudiantes están levantando registros informativos, preguntando, observando tan detenidamente que no se dan cuenta que ya están frente al mismo comunario, en su mayoría la presentación comunario/estudiante es la vestimenta, diarios de campo y libretas de nota, lo que provoca en los comunarios incomodidad, molestia a veces aceptación, en muchos casos no son de su agrado, pero se contienen pues existe una consideración ya sea racional u obligada, por el mismo hecho de ser estudiantes, pues por la escasez de conocimiento de sus costumbres se encuentran en momentos muy especiales donde ellos mismos no saben que actitud tomar.

El encuentro con los policías tanto civiles como de uniforme provoca violencia represiva, pues si bien su labor es mantener el orden y no permitir peleas, esto se va flexibilizando hasta llegar a aceptar los enfrentamientos individuales y tan solo evitar la muerte. En medio de toda esa flexibilización existe un trato bastante grotesco hacia los comunarios considerándolos como: “estos son peor que animales no entienden ni el castellano” sin considerar que la lengua materna es el quechua y solo algunos saben los dos idiomas.

Los policías recurren al uso de los gases lacrimógenos para dispersar a la multitud tanto actores directos como indirectos los turistas, estudiantes y vecinos se dispersan rápidamente descontroladamente, los últimos en dispersarse y con relativa calma son los comunarios, pareciera que no les provoca mucha molestia los gases.

Los turistas extranjeros, latinos, norteamericanos, europeos e inclusive asiáticos, ejercen una violencia tecnológica y mercantil; apostados en los balcones de la sub alcaldía desde muy temprano esperan los encuentros entre las comunidades con cámaras filmadoras, fotográficas profesionales y grabadoras reporteras bastante sofisticadas, listas para captar cualquier tipo de manifestación, actitud, vestimenta y música.

A medida que transcurre el día van adquiriendo mas confianza, como queriendo confundirse entre ellos, pasean en todo lo es la plaza central de Macha, en medio de los/as comunarios/as sin respetarlos, utilizando sus sofisticados aparatos tecnológicos van irrumpiendo en el transcurso de la fiesta causando malestar en los comunarios expresado en la determinación del cobro de dinero en dólares por el uso de cada cámara fotográfica, filmadoras y la simple observación. Es de nuestro conocimiento que el destino que le dan a estas fotos o filmaciones son para comercializarlas, el caso de la reportera inglesa Barbara M`clathie Anderson quien publico las fotos del ritual del tink’u en la revista “Worl Wild” (mundo salvaje).

Por ultimo la violencia comunal es el ritual del tink’u en la cual se enfrentan dos comunidades opuestas pero complementarias, es decir de las parcialidades de majasaxa y Manqhasaxa es un enfrentamiento ritual con nada mas que la fuerza de sus propios cuerpos, importa mucho la participación activa de todos, hombres, mayores, jóvenes. Las mujeres juegan un rol importante son quienes incitan a la participación, pero al mismo tiempo son ellas quienes les cuidan en todo instante.

Por consiguiente consideramos que el ritual de tink’u es un conjunto de violencias expresadas de diferentes formas y momentos, donde la violencia viene de los “otros” es decir de la gente ajena a las comunidades y son ellos los que en muchos casos provocan a los comunarios, ya sea de forma verbal o con actitudes discriminatorias. Creemos que es una reacción humana molestarse y defenderse de las diversas agresiones que el ser humano recibe en el devenir de su existencia.

Llegamos a la conclusión que el ritual del tink’u no es una mera conjura de violencia física sin razón, mas al contrario es una suma de actitudes, sentires, quereres que se confunden entre agresiones y defensas.

Cada espacio y tiempo es un mundo aparte y cíclico, donde es menester observar desde todas las ópticas posibles a cualquier manifestación cultural de la humanidad.

(*) Integrante del proyecto de investigación: Tink’u transición y conflicto, auspiciado por el PIEB y el CEPA.

 

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TINKU: La danza, ritual, encuentro, unión

El Tinku: El tinku es una de las fiestas más antiguas de Sudamerica. Los Machas, sus protagonistas, son grupos étincos de directa descendencia pre-colombina que habitan en los andes al norte de Potosí en Bolivia.

El Tinku o “encuentro” es una fiesta prehispánica andina donde se realizaban los combates rituales entre los ayllus de Alasaya y Masaya. En el mundo aymara prevalecen encuentros entre ayllus o linajes llamados ch’axwasiña. 
No se trata simplemente de una pugna de linderos, sino ante todo un ritual de sangre en ofrenda a los dioses y diosas de la fertilidad. 
La reivindicación de esta celebración ritual es una de las tareas fundamentales dentro la política de fortalecimiento de la cultura nacional. 
Y así parecen haberlo entendido sus cultores en las comunidades agrarias del Norte de Potosí y las autoridades del Estado porque a partir del próximo viernes 3 de mayo, durante tres días, la población de Macha, provincia Chayanta del departamento de Potosí, será el lugar de encuentro entre artistas, antropólogos, autoridades estatales y representantes indígenas que celebrarán tres actividades diferentes pero paralelas para revalorizar la ancestral fiesta del Tinku. 

La danza del Tinku
Danza o ritual que se origina en las comunidades de los Laimes y los Jucumanis del norte de Potosí, quienes practican la tradición del “predominio del más fuerte”. 
En esta zona y otras aledañas se desarrollan diferentes técnicas de pelea varonil, entre las que destacan el “Warakkaku” y “Makhanaku” (pelea similar al judo). Según la sabiduría popular el tinku antiguamente consisitía en una confrontación cuerpo a cuerpo entre comunidades estimuladas por el alcohol. La pelea se realizaba en la plaza principal de la población o comunidad, con una duración aproximada de veinte a treinta minutos, según la resistencia de los contrincantes. Las autoridades máximas de la comunidad, el Cacique y el Alcalde juegaban el rol de árbitros y para demostrar su autoridad hacían uso de un látigo con quienes no cumplían con las reglas acoradadas. 
Los contendientes, entrenados desde niños llevaban el cuerpo y la cabeza cubiertos por sobreros duros, las manos enguantadas en garras y aristas de bronce. 
Se cuenta que grupos de las comunidades seguían el cruel combate al son de gritos , entremezclados con el sonido de instrumentos de cañas largas. 
La comunidad triunfante agradecía la protección de sus divinidades con una ceremonia. El grupo derrotado escondía el cadáver de su representante para enterrarlo durante la noche. 
Existen diversos criterios que explican la causa de esta práctica ancestral, entre ellos, la simbología del “machismo”, la adquisisción de la mayoría de edad en los adolescentes, la defensa del patrimonio y la devoción a la Pachamama, cuya creencia radica en que para recibir dones de la “Madre Tierra” es necesaria la abundancia de sangre. 
“Tinku” significa pelea en conjunto entre comunidades o ayllus coyunturalmente antagónicos. En cambio el “tinkunacuy” es una disputa entre pares, de dos a dos, aunque generalmente el desafío comienza entre parejas y termina generalizándose. 
El vestuario y la coreografía de la danza actual es una reminiscencia de este acontecimiento, convertido en una diversión popular, aunque hasta hoy todavía se aprecian enemistades entre comunidades y familias. 
Los trajes de los danzarines están fabricados con telares de la tierra en vistosos colores, vestimenta típica de los pobladores de la región de donde provienen Los hombres llevan un casco protector tipo sombrero adornado con plumas, espejos y priedras preciosas 

El tinku, cuyo significado es “pelea”, es una danza folklórica de Bolivia originaria de los Laimes, situados al norte del departamento de Potosí, aunque también puede considerarse como un arte marcial pero extremadamente violenta, ya que consiste también en atacar con puños como si fuera boxeo, como también en algunos casos con una piedra en la mano. 
Es practicado como un rito ceremonial y despúes de la danza, los combatientes entre los que se destacan los “Warakkaku” y “Makhanaku”, se enfrentan cuerpo a cuerpo en las que desarrollan sus diferentes técnicas de pelea varonil, ya que según cuenta una leyenda, uno de los combatientes que ha sido vencido, debe derramar su sangre como un sacrificio u ofrenda, esto para fertilizar a la madre tierra, conocida comunmente por estas comunidades como la Pachamama, para que no les falte jamás la cosecha. 
Actualmente se baila en diferentes ciudades de Bolivia, pero las peleas sólo se representan como una expresión artística, ya que verídicamente sucede en esta región del departamento de Potosí.

Tinku es una palabra quechua que significa “encuentro, unión, equilibro, convergencia”. 
Tinku es el nombre de las peleas rituales en las que se encuentran dos bandos opuestos, frecuentemente llamados Alasaya (lado de arriba) y Majasaya (lado de abajo). Parece un combate guerrero, pero en realidad se trata de un rito puesto que une en lugar de separar. El Tinku es el encuentro de dos elementos que proceden de dos direcciones diferentes: Tincuthaptatha, encuentro de los que van y vienen en el camino. No se trata pues, que uno de los dos elementos aplaste y derrote al otro, la oposición no es “a muerte”, sino “a vida”. De la oposición nace la vida, es el ámbito de la fecundidad y la reproducción. 
Originalmente esta danza se baila al compás de instrumentos de cuerda, consistente en pequeños “charangos” fabricados con madera y cuerdas metálicas, en ritmo denominado “quinsatemple” y cánticos ejecutados por las mujeres acompañantes de los danzarines, que con voces agudas, ejecutan huayños tradicionales. 

El Tinku (encuentro) es un ritual de origen prehispánico que sobrevivió la colonia y mantuvo su fuerza durante el período republicano a la fecha, con algunas variaciones que no afectaron su carácter multiétnico, combativo y reivindicativo. 
Pero el Tinku es anterior a la conquista quechua de los señoríos aymaras. Según los cronistas españoles, en las comarcas de Charka y Chayantaka en Bolivia se realizaban peleas rituales en las que dos grupos intercambiaban golpes de puño o qurawas (hondas). 
Los Ayllus del norte de Potosí se organizaban también en espacios religiosos, y por tanto sagrados. Actualmente los “Encuentros” se realizan en las “Markas” o centros urbanos dotados de iglesia colonial, cabildo, casa de hospedaje y escuela. Estos centros urbanos, llamados pueblos de indios en tiempos de la colonia, fueron organizados a la manera de las poblaciones españoles durante la segunda mitad del siglo XVI por orden del Virrey Francisco de Toledo. 
Pueblos como Macha, Aymaya, Pocoata, Chayanta y Torotoro son ahora centros culturales, donde los campesinos acuden a cumplir el ritual del Tinku en fecha coincidente con la fiesta católica del Señor de la Cruz, mayo. De manera más amplia, las comunidades altiplánicas del norte de Potosí y sur de Oruro, Laymis y Jukumaris, Chullpas y Kakachacas, continúan la ancestral costumbre de la guerra entre los Ayllus.

Poemas de Garsilaso de al Vega

Égloga I

 

 

El dulce lamentar de dos pastores,

Salicio juntamente y Nemoroso,

he de contar, sus quejas imitando;

cuyas ovejas al cantar sabroso

estaban muy atentas, los amores,

(de pacer olvidadas) escuchando.

Tú, que ganaste obrando

un nombre en todo el mundo

y un grado sin segundo,

agora estés atento sólo y dado

el ínclito gobierno del estado

Albano; agora vuelto a la otra parte,

resplandeciente, armado,

representando en tierra el fiero Marte;

 

agora de cuidados enojosos

y de negocios libre, por ventura

andes a caza, el monte fatigando

en ardiente jinete, que apresura

el curso tras los ciervos temerosos,

que en vano su morir van dilatando;

espera, que en tornando

a ser restituido

al ocio ya perdido,

luego verás ejercitar mi pluma

por la infinita innumerable suma

de tus virtudes y famosas obras,

antes que me consuma,

faltando a ti, que a todo el mondo sobras.

 

En tanto que este tiempo que adivino

viene a sacarme de la deuda un día,

que se debe a tu fama y a tu gloria

(que es deuda general, no sólo mía,

mas de cualquier ingenio peregrino

que celebra lo digno de memoria),

el árbol de victoria,

que ciñe estrechamente

tu gloriosa frente,

dé lugar a la hiedra que se planta

debajo de tu sombra, y se levanta

poco a poco, arrimada a tus loores;

y en cuanto esto se canta,

escucha tú el cantar de mis pastores.

 

Saliendo de las ondas encendido,

rayaba de los montes al altura

el sol, cuando Salicio, recostado

al pie de un alta haya en la verdura,

por donde un agua clara con sonido

atravesaba el fresco y verde prado,

él, con canto acordado

al rumor que sonaba,

del agua que pasaba,

se quejaba tan dulce y blandamente

como si no estuviera de allí ausente

la que de su dolor culpa tenía;

y así, como presente,

razonando con ella, le decía:

 


Salicio:

¡Oh más dura que mármol a mis quejas,

y al encendido fuego en que me quemo

más helada que nieve, Galatea!,

estoy muriendo, y aún la vida temo;

témola con razón, pues tú me dejas,

que no hay, sin ti, el vivir para qué sea.

Vergüenza he que me vea

ninguno en tal estado,

de ti desamparado,

y de mí mismo yo me corro agora.

¿De un alma te desdeñas ser señora,

donde siempre moraste, no pudiendo

de ella salir un hora?

Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.

 

El sol tiende los rayos de su lumbre

por montes y por valles, despertando

las aves y animales y la gente:

cuál por el aire claro va volando,

cuál por el verde valle o alta cumbre

paciendo va segura y libremente,

cuál con el sol presente

va de nuevo al oficio,

y al usado ejercicio

do su natura o menester le inclina,

siempre está en llanto esta ánima mezquina,

cuando la sombra el mondo va cubriendo,

o la luz se avecina.

Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.

 

¿Y tú, de esta mi vida ya olvidada,

sin mostrar un pequeño sentimiento

de que por ti Salicio triste muera,

dejas llevar (¡desconocida!) al viento

el amor y la fe que ser guardada

eternamente sólo a mí debiera?

¡Oh Dios!, ¿por qué siquiera,

(pues ves desde tu altura

esta falsa perjura

causar la muerte de un estrecho amigo)

no recibe del cielo algún castigo?

Si en pago del amor yo estoy muriendo,

¿qué hará el enemigo?

Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.

 

Por ti el silencio de la selva umbrosa,

por ti la esquividad y apartamiento

del solitario monte me agradaba;

por ti la verde hierba, el fresco viento,

el blanco lirio y colorada rosa

y dulce primavera deseaba.

¡Ay, cuánto me engañaba!

¡Ay, cuán diferente era

y cuán de otra manera

lo que en tu falso pecho se escondía!

Bien claro con su voz me lo decía

la siniestra corneja, repitiendo

la desventura mía.

Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.

 

¡Cuántas veces, durmiendo en la floresta,

(reputándolo yo por desvarío)

vi mi mal entre sueños, desdichado!

Soñaba que en el tiempo del estío

llevaba, por pasar allí la sienta,

a beber en el Tajo mi ganado;

y después de llegado,

sin saber de cuál arte,

por desusada parte

y por nuevo camino el agua se iba;

ardiendo yo con la calor estiva,

el curso enajenado iba siguiendo

del agua fugitiva.

Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.

 

Tu dulce habla ¿en cúya oreja suena?

Tus claros ojos ¿a quién los volviste?

¿Por quién tan sin respeto me trocaste?

Tu quebrantada fe ¿dó la pusiste?

¿Cuál es el cuello que, como en cadena,

de tus hermosos brazos anudaste?

No hay corazón que baste,

aunque fuese de piedra,

viendo mi amada hiedra,

de mí arrancada, en otro muro asida,

y mi parra en otro olmo entretejida,

que no se esté con llanto deshaciendo

hasta acabar la vida.

Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.

 

¿Qué no se esperará de aquí adelante,

por difícil que sea y por incierto?

O ¿qué discordia no será juntada?,

y juntamente ¿qué tendrá por cierto,

o qué de hoy más no temerá el amante,

siendo a todo materia por ti dada?

Cuando tú enajenada

de mi cuidado fuiste,

notable causa diste,

y ejemplo a todos cuantos cubre el cielo,

que el más seguro tema con recelo

perder lo que estuviere poseyendo.

Salid fuera sin duelo,

salid sin duelo, lágrimas, corriendo.

 

Materia diste al mundo de esperanza

de alcanzar lo imposible y no pensado,

y de hacer juntar lo diferente,

dando a quien diste el corazón malvado,

quitándolo de mí con tal mudanza

que siempre sonará de gente en gente.

La cordera paciente

con el lobo hambriento

hará su ayuntamiento,

y con las simples aves sin ruido

harán las bravas sierpes ya su nido;

que mayor diferencia comprendo

de ti al que has escogido.

Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.

 

Siempre de nueva leche en el verano

y en el invierno abundo; en mi majada

la manteca y el queso está sobrado;

de mi cantar, pues, yo te vi agradada

tanto que no pudiera el mantuano

Títiro ser de ti más alabado.

No soy, pues, bien mirado,

tan disforme ni feo;

que aún agora me veo

en esta agua que corre clara y pura,

y cierto no trocara mi figura

con ese que de mí se está riendo;

¡trocara mi ventura!

Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.

 

¿Cómo te vine en tanto menosprecio?

¿Cómo te fui tan presto aborrecible?

¿Cómo te faltó en mí el conocimiento?

Si no tuvieras condición terrible,

siempre fuera tenido de ti en precio,

y no viera de ti este apartamiento.

¿No sabes que sin cuento

buscan en el estío

mis ovejas el frío

de la sierra de Cuenca, y el gobierno

del abrigado Estremo en el invierno?

Mas ¡qué vale el tener, si derritiendo

me estoy en llanto eterno!

Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.

 

Con mi llorar las piedras enternecen

su natural dureza y la quebrantan;

los árboles parece que se inclinan:

las aves que me escuchan, cuando cantan,

con diferente voz se condolecen,

y mi morir cantando me adivinan.

Las fieras, que reclinan

su cuerpo fatigado,

dejan el sosegado

sueño por escuchar mi llanto triste.

Tú sola contra mí te endureciste,

los ojos aún siquiera no volviendo

a lo que tú hiciste.

Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.

 

Mas ya que a socorrerme aquí no vienes,

no dejes el lugar que tanto amaste,

que bien podrás venir de mí segura;

yo dejaré el lugar do me dejaste;

ven, si por sólo esto te detienes;

ves aquí un prado lleno de verdura,

ves aquí una espesura,

ves aquí una agua clara,

en otro tiempo cara,

a quien de ti con lágrimas me quejo.

Quizá aquí hallarás (pues yo me alejo)

al que todo mi bien quitarme puede;

que pues el bien le dejo,

no es mucho que el lugar también le quede.

 

Aquí dio fin a su cantar Salicio,

y suspirando en el postrero acento,

soltó de llanto una profunda vena.

Queriendo el monte al grave sentimiento

de aquel dolor en algo ser propicio,

con la pesada voz retumba y suena.

La blanca Filomena,

casi como dolida

y a compasión movida,

dulcemente responde al son lloroso.

Lo que cantó tras esto Nemoroso

decidlo vos Piérides, que tanto

no puedo yo, ni oso,

que siento enflaquecer mi débil canto.

 


Nemoroso:

Corrientes aguas, puras, cristalinas,

árboles que os estáis mirando en ellas,

verde prado, de fresca sombra lleno,

aves que aquí sembráis vuestras querellas,

hiedra que por los árboles caminas,

torciendo el paso por su verde seno:

yo me vi tan ajeno

que de puro contento

con vuestra soledad me recreaba,

donde con dulce sueño reposaba,

o con el pensamiento discurría

por donde no hallaba

sino memorias llenas de alegría.

 

Y en este mismo valle, donde agora

me entristezco y me canso, en el reposo

estuve ya contento y descansado.

¡Oh bien caduco, vano y presuroso!

Acuérdome, durmiendo aquí alguna hora,

que despertando, a Elisa vi a mi lado.

¡Oh miserable hado!

¡Oh tela delicada,

antes de tiempo dada

a los agudos filos de la muerte!

Más convenible fuera aquesta suerte

a los cansados años de mi vida,

que es más que el hierro fuerte,

pues no la ha quebrantado tu partida.

 

¿Dó están agora aquellos claros ojos

que llevaban tras sí, como colgada,

mi ánima doquier que ellos se volvían?

¿Dó está la blanca mano delicada,

llena de vencimientos y despojos

que de mí mis sentidos le ofrecían?

Los cabellos que vían

con gran desprecio al oro,

como a menor tesoro,

¿adónde están? ¿Adónde el blando pecho?

¿Dó la columna que el dorado techo

con presunción graciosa sostenía?

Aquesto todo agora ya se encierra,

por desventura mía,

en la fría, desierta y dura tierra.

 

¿Quién me dijera, Elisa, vida mía,

cuando en aqueste valle al fresco viento

andábamos cogiendo tiernas flores,

que había de ver con largo apartamiento

venir el triste y solitario día

que diese amargo fin a mis amores?

El cielo en mis dolores

cargó la mano tanto,

que a sempiterno llanto

y a triste soledad me ha condenado;

y lo que siento más es verme atado

a la pesada vida y enojosa,

solo, desamparado,

ciego, sin lumbre, en cárcel tenebrosa.

 

Después que nos dejaste, nunca pace

en hartura el ganado ya, ni acude

el campo al labrador con mano llena.

No hay bien que en mal no se convierta y mude:

la mala hierba al trigo ahoga, y nace

en lugar suyo la infelice avena;

la tierra, que de buena

gana nos producía

flores con que solía

quitar en sólo vellas mil enojos,

produce agora en cambio estos abrojos,

ya de rigor de espinas intratable;

yo hago con mis ojos

crecer, llorando, el fruto miserable.

 

Como al partir del sol la sombra crece,

y en cayendo su rayo se levanta

la negra escuridad que el mundo cubre,

de do viene el temor que nos espanta,

y la medrosa forma en que se ofrece

aquello que la noche nos encubre,

hasta que el sol descubre

su luz pura y hermosa:

tal es la tenebrosa

noche de tu partir, en que he quedado

de sombra y de temor atormentado,

hasta que muerte el tiempo determine

que a ver el deseado

sol de tu clara vista me encamine.

 

Cual suele el ruiseñor con triste canto

quejarse, entre las hojas escondido,

del duro labrador, que cautamente

le despojó su caro y dulce nido

de los tiernos hijuelos, entre tanto

que del amado ramo estaba ausente,

y aquel dolor que siente

con diferencia tanta

por la dulce garganta

despide, y a su canto el aire suena,

y la callada noche no refrena

su lamentable oficio y sus querellas,

trayendo de su pena

al cielo por testigo y las estrellas;

 

desta manera suelto yo la rienda

a mi dolor, y así me quejo en vano

de la dureza de la muerte airada.

Ella en mi corazón metió la mano,

y de allí me llevó mi dulce prenda,

que aquél era su nido y su morada.

¡Ay muerte arrebatada!

Por ti me estoy quejando

al cielo y enojando

con importuno llanto al mundo todo:

tan desigual dolor no sufre modo.

No me podrán quitar el dolorido

sentir, si ya del todo

primero no me quitan el sentido.

 

Una parte guardé de tus cabellos,

Elisa, envueltos en un blanco paño,

que nunca de mi seno se me apartan;

descójolos, y de un dolor tamaño

enternecerme siento, que sobre ellos

nunca mis ojos de llorar se hartan.

Sin que de allí se partan,

con sospiros calientes,

más que la llama ardientes,

los enjugo del llanto, y de consuno

casi los paso y cuento uno a uno;

juntándolos, con un cordón los ato.

Tras esto el importuno

dolor me deja descansar un rato.

 

Mas luego a la memoria se me ofrece

aquella noche tenebrosa, escura,

que siempre aflige esta ánima mezquina

con la memoria de mi desventura

Verte presente agora me parece

en aquel duro trance de Lucina,

y aquella voz divina,

con cuyo son y acentos

a los airados vientos

pudieras amansar, que agora es muda.

Me parece que oigo que a la cruda,

inexorable diosa demandabas

en aquel paso ayuda;

y tú, rústica diosa, ¿dónde estabas?

 

¿Ibate tanto en perseguir las fieras?

¿Ibate tanto en un pastor dormido?

¿Cosa pudo bastar a tal crüeza,

que, conmovida a compasión, oído

a los votos y lágrimas no dieras,

por no ver hecha tierra tal belleza,

o no ver la tristeza

en que tu Nemoroso

queda, que su reposo

era seguir tu oficio, persiguiendo

las fieras por los monte, y ofreciendo

a tus sagradas aras los despojos?

¿Y tú, ingrata, riendo

dejas morir mi bien ante los ojos?

 

Divina Elisa, pues agora el cielo

con inmortales pies pisas y mides,

y su mudanza ves, estando queda,

¿por qué de mí te olvidas y no pides

que se apresure el tiempo en que este velo

rompa del cuerpo, y verme libre pueda,

y en la tercera rueda,

contigo mano a mano,

busquemos otro llano,

busquemos otros montes y otros ríos,

otros valles floridos y sombríos,

do descansar y siempre pueda verte

ante los ojos míos,

sin miedo y sobresalto de perderte?

 

* * *

 

Nunca pusieran fin al triste lloro

los pastores, ni fueran acabadas

las canciones que sólo el monte oía,

si mirando las nubes coloradas,

al tramontar del sol bordadas de oro,

no vieran que era ya pasado el día,

la sombra se veía

venir corriendo apriesa

ya por la falda espesa

del altísimo monte, y recordando

ambos como de sueño, y acabando

el fugitivo sol, de luz escaso,

su ganado llevando,

se fueran recogiendo paso a paso.

 

 


Oda ad Florem Gnido

 

 

 

Si de mi baja lira

tanto pudiese el son que en un momento

aplacase la ira

del animoso viento

y la furia del mar y el movimiento;

 

y en ásperas montañas

con el süave canto enterneciese

las fieras alimañas,

los árboles moviese

y al son confusamente los trujiese,

 

no pienses que cantado

sería de mí, hermosa flor de Gnido,

el fiero Marte airado,

a muerte convertido,

de polvo y sangre y de sudor teñido;

 

ni aquellos capitanes

en las sublimes ruedas colocados,

por quien los alemanes,

el fiero cuello atados,

y los franceses van domesticados;

 

mas solamente aquella

fuerza de tu beldad sería cantada,

y alguna vez con ella

también sería notada

el aspereza de que estás armada:

 

y cómo por ti sola,

y por tu gran valor y hermosura

convertido en vïola,

llora su desventura

el miserable amante en tu figura.

 

Hablo de aquel cativo,

de quien tener se debe más cuidado,

que está muriendo vivo,

al remo condenado,

en la concha de Venus amarrado.

 

Por ti, como solía,

del áspero caballero no corrige

la furia y gallardía,

ni con freno la rige,

ni con vivas espuelas ya le aflige.

 

Por ti, con diestra mano

no revuelve la espada presurosa,

y en el dudoso llano

huye la polvorosa

palestra como sierpe ponzoñosa.

 

Por ti, su blanda musa,

en lugar de la cítara sonante,

tristes querellas usa,

que con llanto abundante

hacen bañar el rostro del amante.

 

Por ti, el mayor amigo

le es importuno, grave y enojoso;

yo puedo ser testigo,

que ya del peligroso

naufragio fui su puerto y su reposo.

 

Y agora en tal manera

vence el dolor a la razón perdida,

que pozoñosa fiera

nunca fue aborrecida

tanto como yo dél, ni tan temida.

 

 


Soneto I- Cuando me paro a contemplar mi estado…

 

Cuando me paro a contemplar mi estado,

y a ver los pasos por do me ha traído,

hallo, según por do anduve perdido,

que a mayor mal pudiera haber llegado;

 

mas cuando del camino estó olvidado,

a tanto mal no sé por dó he venido;

sé que me acabo, y más he yo sentido

ver acabar conmigo mi cuidado.

 

Yo acabaré, que me entregué sin arte

a quien sabrá perderme y acabarme,

si ella quisiere, y aun sabrá quererlo;

 

que pues mi voluntad puede matarme,

la suya, que no es tanto de mi parte,

pudiendo, ¿qué hará sino hacerlo?

 

 


Soneto II- En fin a vuestras manos he venido…

En fin a vuestras manos he venido,

do sé que he de morir tan apretado

que aun aliviar con quejas mi cuidado

como remedio me es ya defendido;

 

mi vida no sé en qué se ha sostenido

si no es es en haber sido yo guardado

para que solo en mí fuese probado

cuánto corta una espada en un rendido.

 

Mis lágrimas han sido derramadas

donde la sequedad y el aspereza

dieron mal fruto deltas, y mi suerte:

 

¡basten las que por vos tengo lloradas;

no os venguéis más de mí con mi flaqueza;

allá os vengad, señora, con mi muerte!

 

 


Soneto III- La mar en medio y tierras he dejado…

 

La mar en medio y tierras he dejado

de cuanto bien, cuitado, yo tenía;

y yéndome alejando cada día,

gentes, costumbres, lenguas he pasado.

 

Ya de volver estoy desconfiado;

pienso remedios en mi fantasía,

y el que más cierto espero es aquel día

que acabará la vida y el cuidado.

 

De cualquier mal pudiera socorrerme

con veros yo, señora, o esperallo,

si esperallo pudiera sin perdello;

 

mas de no veros ya para valerme,

si no es morir, ningún remedio hallo,

y si éste lo es, tampoco podré habello.

 

 


Soneto IV- Un rato se levanta mi esperanza…

 

Un rato se levanta mi esperanza;

mas, cansada de haberse levantado,

toma a caer, y deja, mal mi grado,

libre el lugar a la desconfianza.

 

¿Quién sufrirá tan áspera mudanza

del bien al mal? iOh corazón cansado!

Esfuerza en la miseria de tu estado;

que tras fortuna suele haber bonanza.

 

Yo mismo emprenderé a fuerza de brazos

romper un monte, que otro no rompiera,

de mil inconvenientes muy espeso.

 

Muerte, prisión no pueden, ni embarazos,

quitarme de ir a veros, como quiera,

desnudo espíritu o hombre en carne y hueso.

 

 


Soneto V- Escrito está en mi alma vuestro gesto…

 

Escrito está en mi alma vuestro gesto

y cuanto yo escribir de vos deseo;

vos sola lo escribistes, yo lo leo

tan solo, que aun de vos me guardo en esto.

 

En esto estoy y estaré siempre puesto;

que aunque no cabe en mí cuanto en vos veo,

de tanto bien lo que no entiendo creo,

tomando ya la fe por presupuesto.

 

Yo no nací sino para quereros;

mi alma os ha cortado a su medida;

por hábito del alma misma os quiero;

 

cuanto tengo confieso yo deberos;

por vos nací, por vos tengo la vida,

por vos he de morir y por vos muero.

 


Soneto VI- Por ásperos caminos he llegado…

 

Por ásperos caminos he llegado

a parte que de miedo no me muevo;

y si a mudarme a dar un paso pruebo,

y allí por los cabellos soy tornado.

 

Mas tal estoy, que con la muerte al lado

busco de mi vivir consejo nuevo;

y conozco el mejor y el peor apruebo,

o por costumbre mala o por mi hado.

 

Por otra parte, el breve tiempo mío,

y el errado proceso de mis años,

en su primer principio y en su medio,

 

mi inclinación, con quien ya no porfío,

la cierta muerte, fin de tantos daños,

me hacen descuidar de mi remedio.

 


Soneto VII- No pierda más quien ha tanto perdido…

 

No pierda más quien ha tanto perdido,

bástate, amor, lo que ha por mí pasado;

válgame agora jamás haber probado

a defenderme de lo que has querido.

 

Tu templo y sus paredes he vestido

de mis mojadas ropas y adornado,

como acontece a quien ha ya escapado

libre de la tormenta en que se vido.

 

Yo había jurado nunca más meterme,

a poder mío y mi consentimiento,

en otro tal peligro, como vano.

 

Mas del que viene no podré valerme;

y en esto no voy contra el juramento;

que ni es como los otros ni en mi mano.

 

 


Soneto VIII- De aquella vista buena y excelente…

 

De aquella vista buena y excelente

salen espirtus vivos y encendidos,

y siendo por mis ojos recibidos,

me pasan hasta donde el mal se siente.

 

Entránse en el camino fácilmente,

con los míos, de tal calor movidos,

salen fuera de mí como perdidos,

llamados de aquel bien que está presente.

 

Ausente, en la memoria la imagino;

mis espirtus, pensando que la vían,

se mueven y se encienden sin medida;

 

mas no hallando fácil el camino,

que los suyos entrando derretían,

revientan por salir do no hay salida.

 


Soneto IX- Señora mía, si yo de vos ausente…

 

Señora mía, si yo de vos ausente

en esta vida turo y no me muero,

paréceme que ofendo a lo que os quiero,

y al bien de que gozaba en ser presente;

 

tras éste luego siento otro accidente,

que es ver que si de vida desespero,

yo pierdo cuanto bien bien de vos espero;

y ansí ando en lo que siento diferente.

 

En esta diferencia mis sentidos

están, en vuestra ausencia y en porfía,

no sé ya que hacerme en tal tamaño.

 

Nunca entre sí los veo sino reñidos;

de tal arte pelean noche y día,

que sólo se conciertan en mi daño.

 


Soneto X- OOh dulces prendas por mí mal halladas…

 

¡Oh dulces prendas por mí mal halladas,

dulces y alegres cuando Dios quería!

Juntas estáis en la memoria mía,

y con ella en mi muerte conjuradas.

 

¿Quién me dijera, cuando las pasadas

horas en tanto bien por vos me vía,

que me habíais de ser en algún día

con tan grave dolor representadas?

 

Pues en un hora junto me llevastes

todo el bien que por término me distes,

llevadme junto al mal que me dejastes.

 

Si no, sospecharé que me pusistes

en tantos bienes, porque deseastes

verme morir entre memorias tristes.

 


Soneto XI- Hermosas ninfas, que, en el río metidas…

 

Hermosas ninfas, que, en el río metidas,

contentas habitáis en las moradas

de relucientes piedras fabricadas

y en columnas de vidrio sostenidas;

 

agora estéis labrando embebecidas,

o tejiendo las telas delicadas;

agora unas con otras apartadas,

contándoos los amores y las vidas;

 

dejad un rato la labor, alzando

vuestras rubias cabezas a mirarme,

y no os detendréis mucho según ando;

 

que o no podréis de lástima escucharme,

o convertido en agua aquí llorando,

podréis allá de espacio consolarme.

 


Soneto XII- Si para refrenar este deseo…

 

Si para refrenar este deseo

loco, imposible, vano, temeroso,

y guarecer de un mal tan peligroso,

que es darme a entender yo lo que no creo.

 

No me aprovecha verme cual me veo,

o muy aventurado o muy medroso,

en tanta confusión que nunca oso

fiar el mal de mí que lo poseo,

 

¿qué me ha de aprovechar ver la pintura

de aquél que con las alas derretidas

cayendo, fama y nombre al mar ha dado,

 

y la del que su fuego y su locura

llora entre aquellas plantas conocidas

apenas en el agua resfrïado?

 

 


 

Soneto XIII- A Dafne ya los brazos le crecían… (y otros sonetos)

 

 

 

 

A Dafne ya los brazos le crecían

y en luengos ramos vueltos se mostraban;

en verdes hojas vi que se tornaban

los cabellos qu’el oro escurecían;

 

de áspera corteza se cubrían

los tiernos miembros que aun bullendo ‘staban;

los blancos pies en tierra se hincaban

y en torcidas raíces se volvían.

 

Aquel que fue la causa de tal daño,

a fuerza de llorar, crecer hacía

este árbol, que con lágrimas regaba.

 

¡Oh miserable estado, oh mal tamaño,

que con llorarla crezca cada día

la causa y la razón por que lloraba!

 

 

 

 

 

 

 

Soneto XIV- Como la tierna madre, que el doliente…

 

Como la tierna madre, que el doliente

hijo le está con lágrimas pidiendo

alguna cosa, de la cual comiendo

sabe que ha de doblarse el mal que siente,

 

y aquel piadoso amor no le consiente

que considere el daño que haciendo

lo que le pide hace, va corriendo,

aplaca el llanto y dobla el accidente,

 

así a mi enfermo y loco pensamiento

que en su daño os me pide, yo querría

quitalle este mortal mantenimiento.

 

Mas pídemelo y llora cada día

tanto, que cuanto quiere le consiento,

olvidando su suerte y aun la mía.

 

 

 

 

 

 

 

Soneto XV- Si quejas y lamentos pueden tanto…

 

Si quejas y lamentos pueden tanto,

que enfrenaron el curso de los ríos,

y en los diversos montes y sombríos

los árboles movieron con su canto;

 

si convertieron a escuchar su llanto

los fieros tigres, y peñascos fríos;

si, en fin, con menos casos que los míos

bajaron a los reinos del espanto,

 

¿por qué no ablandará mi trabajosa

vida, en miseria y lágrimas pasada,

un corazón conmigo endurecido?

 

Con más piedad debría ser escuchada

la voz del que se llora por perdido

que la del que perdió y llora otra cosa.

 

 

 

 

 

 

 

Soneto XXIII- En tanto que de rosa y azucena…

 

En tanto que de rosa y azucena

se muestra la color en vuestro gesto,

y que vuestro mirar ardiente, honesto,

con clara luz la tempestad serena;

 

y en tanto que el cabello, que en la vena

del oro se escogió, con vuelo presto

por el hermoso cuello blanco enhiesto

el viento mueve, esparce y desordena;

 

coged de vuestra alegre Primavera

el dulce fruto, antes que el tiempo airado

cubra de nieve la hermosa cumbre.

 

Marchitará la rosa el viento helado;

todo lo mudará la edad ligera,

por no hacer mudanza en su costumbre.

 

 

 

 

 

 

 

Soneto XXV- OOh hado secutivo en mis dolores…

 

¡Oh hado secutivo en mis dolores,

cómo sentí tus leyes rigurosas!

Cortaste’l árbol con manos dañosas

y esparciste por tierra fruta y flores.

 

En poco espacio yacen los amores,

y toda la esperanza de mis cosas,

tornados en cenizas desdeñosas

y sordas a mis quejas y clamores.

 

Las lágrimas que en esta sepultura

se vierten hoy en día y se vertieron

recibe, aunque sin fruto allá te sean,

 

hasta que aquella eterna noche escura

me cierre aquestos ojos que te vieron,

dejándome con otros que te vean.

 

 

 

 

 

 

 

Soneto XXVII- Amor, amor, un hábito vestí…

 

Amor, amor, un hábito vestí

el cual de vuestro paño fue cortado;

al vestir ancho fue, más apretado

y estrecho cuando estuvo sobre mí.

 

Después acá de lo que consentí,

tal arrepentimiento me ha tomado,

que pruebo alguna vez, de congojado,

a romper esto en que yo me metí.

 

Mas ¿quién podrá de este hábito librarse,

teniendo tan contraria su natura,

que con él ha venido a conformarse?

 

Si alguna parte queda por ventura

de mi razón, por mí no osa mostrarse;

que en tal contradicción no está segura.

 

 

 

 

 

 

 

Soneto XXIX- Pasando el mar Leandro el animoso…

 

Pasando el mar Leandro el animoso,

en amoroso fuego todo ardiendo,

esforzó el viento, y fuese embraveciendo

el agua con um ímpetu furioso.

 

Vencido del trabajo presuroso,

contrastar a las ondas no pudiendo,

y más del bien que allí perdía muriendo

que de su propia vida congojoso,

 

como pudo esforzó su voz cansada

ya las ondas habló desta manera,

mas nunca fue su voz dellas oída:

 

«Ondas, pues no se excusa que yo muera,

dejad me allá llegar, ya la tornada

vuestro furor esecutá en mi vida».

 

 

 

 

 

 

 

Soneto XXXI- Dentro de mi alma fue de mí engendrado…

 

Dentro de mi alma fue de mí engendrado

un dulce amor, y de mi sentimiento

tan aprobado fue su nacimiento

como de un solo hijo deseado;

 

mas luego de él nació quien ha estragado

del todo el amoroso pensamiento:

que en áspero rigor y en gran tormento

los primeros deleites ha tornado.

 

¡Oh crudo nieto, que das vida al padre,

y matas al abuelo! ¿por qué creces

tan disconforme a aquel de que has nacido?

 

¡Oh, celoso temor! ¿a quién pareces?

¡que la envidia, tu propia y fiera madre,

se espanta en ver el monstruo que ha parido!

 

 

 

 

 

 

 

Soneto XXXII- Estoy contigo en lágrimas bañado…

 

Estoy contigo en lágrimas bañado,

rompiendo siempre el aire con sospiros;

y más me duele el no osar deciros

que he llegado por vos a tal estado,

 

que viéndome do estoy, y lo que he andado

por el camino estrecho de seguiros,

si me quiero tornar para huiros,

desmayo viendo atrás lo que he dejado:

 

y si quiero subir a la alta cumbre,

a cada paso espántame en la vía

ejemplos tristes de los que han caído.

 

Sobre todo, me falta ya la lumbre

de la esperanza, con que andar solía

por la oscura región de vuestro olvido.

 

 

 

 

Soneto XXXIII- Mario, el ingrato amor, como testigo…

 

Mario, el ingrato amor, como testigo

de mi fe pura y de mi gran firmeza,

usando en mí su vil naturaleza,

que es hacer más ofensa al más amigo;

 

teniendo miedo que si escribo o digo

su condición, abato su grandeza;

no bastando su fuerza a mi crüeza

ha esforzado la mano a mi enemigo.

 

Y ansí, en la parte que la diestra mano

gobierna. y en aquella que declara

los conceptos del alma, fui herido.

 

Mas yo haré que aquesta ofensa cara

le cueste al ofensor, ya que estoy sano,

libre, desesperado y ofendido.

 

 

Soneto XXXV- Boscán, las armas y el furor de Marte…

 

Boscán, las armas y el furor de Marte,

que con su propia fuerza el africano

suelo regando, hacen que el romano

imperio reverdezca en esta parte,

 

han reducido a la memoria el arte

y el antiguo valor italiano,

por cuya fuerza y valerosa mano

África se aterró de parte a parte.

 

Aquí donde el romano encendimiento,

donde el fuego y la llama lícenciosa

solo el nombre dejaron a Cartago,

 

vuelve y revuelve amor mi pensamiento,

hiere y enciende el alma temerosa,

y en llanto y en ceniza me deshago.

 

Poemas de Charles Baudelaire

Al terminar sus estudios en Paris en 1834, fue enviado a las Antillas por su padrastro quien quiso alejarlo de la vida bohemia y licenciosa que el joven llevaba. A su regreso a Paris inició estudios de Derecho en 1840, incursionó en el ambiente literario entablando amistad  con prominentes figuras del arte, y empezó  a producir textos sobre crítica de arte y poesía.

 

Considerado como modelo y padre de la poesía moderna,  publicó en 1857 su máxima obra, “Las flores del mal”, desatando una gran polémica por considerarla  como una  ofensa contra la moral pública.  Luego aparecieron “Pequeños poemas en prosa” y Paraísos artificiales publicados en 1860.

La sífilis que contrajo debido a su vida desordenada, le produjo afasia y una parálisis parcial que lo condujo a la muerte en 1867.

“Curiosidades estéticas”,  “El arte romántico”, “Mi corazón al desnudo” y su “Epistolario” fueron publicados póstumamente. ©

 

Las flores del mal: (Versi0nes de Antonio Martínez Sarrión)

 

De Spleen e Ideal:

 

2. El albatros

 

Por distraerse, a veces, suelen los marineros

Dar caza a los albatros, grandes aves del mar,

Que siguen, indolentes compañeros de viaje,

Al navío surcando los amargos abismos.

 

Apenas los arrojan sobre las tablas húmedas,

Estos reyes celestes, torpes y avergonzados,

Dejan penosamente arrastrando las alas,

Sus grandes alas blancas semejantes a remos.

 

Este alado viajero, ¡qué inútil y qué débil!

Él, otrora tan bello, ¡qué feo y qué grotesco!

¡Éste quema su pico, sádico, con la pipa,

Aquél, mima cojeando al planeador inválido!

 

El Poeta es igual a este señor del nublo,

Que habita la tormenta y ríe del ballestero.

Exiliado en la tierra, sufriendo el griterío,

Sus alas de gigante le impiden caminar.

 

* * * * *

 

3. Elevación

 

Por encima de estanques, por encima de valles,

De montañas y bosques, de mares y de nubes,

Más allá de los soles, más allá de los éteres,

Más allá del confín de estrelladas esferas,

 

Te desplazas, mi espíritu, con toda agilidad

Y como un nadador que se extasía en las olas,

Alegremente surcas la inmensidad profunda

Con voluptuosidad indecible y viril.

 

Escápate muy lejos de estos mórbidos miasmas,

Sube a purificarte al aire superior

Y apura, como un noble y divino licor,

La luz clara que inunda los límpidos espacios.

 

Detrás de los hastíos y los hondos pesares

Que abruman con su peso la neblinosa vida,

¡Feliz aquel que puede con brioso aleteo

Lanzarse hacia los campos luminosos y calmos!

 

Aquel cuyas ideas, cual si fueran alondras,

Levantan hacia el cielo matutino su vuelo

-¡Que planea sobre todo, y sabe sin esfuerzo,

La lengua de las flores y de las cosas mudas!

 

* * * * *

 

5. La voz

 

Se encontraba mi cuna junto a la biblioteca,

Babel sombría, donde novela, ciencia, fábula,

Todo, ya polvo griego, ya ceniza latina

Se confundía. Yo era alto como un infolio.

Y dos voces me hablaban. Una, insidiosa y firme:

«La Tierra es un pastel colmado de dulzura;

Yo puedo (¡y tu placer jamás tendrá ya término!)

Forjarte un apetito de una grandeza igual.»

Y la otra: «¡Ven! ¡Oh ven! a viajar por los sueños,

lejos de lo posible y de lo conocido.»

Y ésta cantaba como el viento en las arenas,

Fantasma no se sabe de que parte surgido

Que acaricia el oído a la vez que lo espanta.

Yo te respondí: «¡Sí! ¡Dulce voz!» Desde entonces

Data lo que se puede denominar mi llaga

Y mi fatalidad. Detrás de los paneles

De la existencia inmensa, en el más negro abismo,

Veo, distintamente, los más extraños mundos

Y, víctima extasiada de mi clarividencia,

Arrastro en pos serpientes que mis talones muerden.

 

Y tras ese momento, igual que los profetas,

Con inmensa ternura amo el mar y el desierto;

Y sonrío en los duelos y en las fiestas sollozo

Y encuentro un gusto grato al más ácido vino;

Y los hechos, a veces, se me antojan patrañas

Y por mirar al cielo caigo en pozos profundos.

Más la voz me consuela, diciendo: «Son más bellos

los sueños de los locos que los del hombre sabio».

 

* * * * *

 

6. Me gusta recordar esas desnudas épocas…

 

Me gusta recordar esas desnudas épocas

En que placía a Febo las estatuas dorar ,

En tanto hombre y mujer, en su esplendor más alto,

Sin angustia gozaban y sin mentira alguna,

Y, el amoroso cielo envolviendo sus cuerpos,

La salud de su noble máquina ejercitaban.

 

Mostrábase Cibeles fértil y generosa,

No hallando que sus hijos fuesen gravosa carga;

Antes bien, loba henchida de ternezas comunes,

Nutría al universo con sus oscuras ubres.

Elegante y robusto, el hombre se preciaba

Entre bellezas múltiples que por rey le acataban.

Frutos aún no ultrajados y carentes de grietas,

¡Cuya bruñida pulpa incitaba al mordisco!

Hoy el Poeta, cuando pretende imaginar

Tal nativa grandeza y acude a los lugares

En que hombres y mujeres sin velos aparecen,

Siente envuelto su espíritu en tenebroso frío,

Ante ese negro cuadro que rebosa de espanto.

¡Oh monstruosidades llorando sus vestidos!

¡Oh ridículos torsos que son propios de máscaras!

Pobres cuerpos torcidos, fláccidos o ventrudos,

Que el Señor de lo útil, sereno e implacable,

Envolvió desde niños en pañales de bronce.

Y vosotras, mujeres, pálidas como cirios,

En quienes la lujuria se ceba, y esas vírgenes

Arrastrando la herencia de los maternos vicios

¡Y todos los horrores de la fecundidad!

 

Tenemos, ello es cierto, naciones corrompidas,

A los antiguos pueblos de ignorado esplendor:

Los rostros devorados por las llagas cordiales

Y algo que llamaríamos desmayadas bellezas;

Más esas invenciones de las musas tardías,

Jamás impedirán a las razas decrépitas

Rendir a las más jóvenes un profundo homenaje,

-A la juventud santa de simple y dulce frente,

De mirar claro y limpio como agua saltarina,

Y que marcha, inconsciente, por doquier esparciendo,

como el azul del cielo, las flores y los pájaros,

Sus perfumes, sus cánticos y sus suaves calores.

 

* * * * *

 

8. La musa enferma

 

Mi Pobre musa, !ay! ¿qué tienes este día?

Pueblan tus vacuos ojos las visiones nocturnas

Y alternándose veo reflejarse en tu tez

La locura y el pánico, fríos y taciturnos.

 

¿El súcubo verdoso y el rosado diablillo

El miedo te han vertido, y el amor, de sus urnas?

¿Con su puño te hundieron las foscas pesadillas

En el fondo de algún fabuloso Minturno?

 

Quisiera que, exhalando un saludable olor,

Tu seno de ideas fuertes se viese frecuentado

Y tu cristiana sangre fluyese en olas rítmicas,

 

Como los sones múltiples de las sílabas viejas

Donde, reinan Por turno Febo, padre del canto,

Y el gran Pan, cuyo imperio se extiende por las mieses.

 

* * * * *

 

9. La musa venal

 

Tú que amas los palacios, oh musa de mi vida,

¿Tendrás, cuando el Bóreas², sea el dueño de Enero,

Mientras cae la nieve en tediosas veladas,

Para caldear tus pies violáceos, un tizón?

 

¿Reanimarás acaso tus espaldas marmóreas

En los nocturnos rayos que filtran los postigos?

¿Socorrerás tu bolsa y tu garganta exangües

Con el oro que esplende en la bóveda azul?

 

Debes, para ganar tu pan de cada noche,

Agitar como niño de coro el incensario

Y salmodiar Te Deums en los que apenas crees,

Reiterando tus gracias, como hambriento payaso

Y tu risa velada por lágrimas secretas,

Para ver cómo estalla la vulgar carcajada.

 

²dios que personificaba el viento del Norte en la mitología griega.

 

* * * * *

 

11. El enemigo

 

Mi juventud no fue sino un gran temporal

Atravesado, a rachas, por soles cegadores;

Hicieron tal destrozo los vientos y aguaceros

Que apenas, en mi huerto, queda un fruto en sazón.

 

He alcanzado el otoño total del pensamiento,

y es necesario ahora usar pala y rastrillo

Para poner a flote las anegadas tierras

Donde se abrieron huecos, inmensos como tumbas.

 

¿Quién sabe si los nuevos brotes en los que sueño,

Hallarán en mi suelo, yermo como una playa,

El místico alimento que les daría vigor?

 

-¡Oh dolor! ¡Oh dolor! Devora vida el Tiempo,

Y el oscuro enemigo que nos roe el corazón,

Crece y se fortifica con nuestra propia sangre.

 

* * * * *

 

12. La mala suerte

 

Para alzar un peso tan grande

¡Tu coraje haría falta, Sísifo!

Aun empeñándose en la obra

El Arte es largo y breve el Tiempo.

 

Lejos de célebres túmulos

En un camposanto aislado

Mi corazón, tambor velado,

Va redoblando marchas fúnebres.

 

-Mucha gema duerme oculta

En las tinieblas y el olvido,

Ajena a picos ya sondas.

 

-Mucha flor con pesar exhala

Como un secreto su grato aroma

En las profundas soledades.

 

* * * * *

 

21. La máscara

 

Estatua alegórica

a la manera del renacimiento

a Ernest Christophe, escultor

 

Contempla ese tesoro de gracias florentinas;

En la forma ondulante del musculoso cuerpo,

Son hermanas divinas la Elegancia y la Fuerza.

Esta mujer, fragmento en verdad milagroso,

Noblemente robusta, divinamente esbelta,

Nació para reinar en lechos suntuosos

Y entretener los ocios de un príncipe o de un papa.

 

-Observa esa sonrisa voluptuosa y fina

Donde la Fatuidad sus éxtasis pasea,

Esos taimados ojos lánguidos y burlones,

El velo que realza esa faz delicada

Cuyos rasgos nos dicen con aire triunfador:

«¡El Deleite me nombra y el Amor me corona!»

A un ser que está dotado de tanta majestad,

¡Qué encanto estimulante le da la gentileza!

Acerquémonos trémulos de su belleza en torno.

 

¡Oh blasfemia del arte! ¡Oh sorpresa brutal!

La divina mujer, que prometía la dicha

¡Concluye en las alturas en un monstruo bicéfalo

 

¡Mas no! Máscara es sólo, mentido decorado,

Ese rostro que luce un mohín exquisito,

Y, contémplalo cerca: atrozmente crispados,

La auténtica cabeza, el rostro más real,

Se ocultan al amparo de la cara que miente.

 

¡Oh mi pobre belleza! El río esplendoroso

De tu llanto se abisma en mi hondo corazón.

Me embriaga tu mentira y se abreva mi alma

En la ola que en tus ojos el Dolor precipita.

 

-Mas, ¿por qué llora? En esa belleza inigualable

Que tendría a sus pies todo el género humano,

¿Qué misterioso mal roe su flanco de atleta?

 

-¡Insensata, solloza sólo porque ha vivido!

¡Y porque vive! Pero lo que lamenta más,

Lo que hasta las rodillas la hace estremecer

Es que mañana, ¡ay!, continuará viviendo,

¡Mañana, al otro día, siempre! ¡Igual que nosotros!

 

* * * * *

 

23. Las joyas

 

Ella estaba desnuda, y, sabiendo mis gustos,

Sólo había conservado las sonoras alhajas

Cuyas preseas le otorgan el aire vencedor

Que las esclavas moras tienen en días fastos.

 

Cuando en el aire lanza su sonido burlón

Ese mundo radiante de pedrería y metal

Me sumerge en el éxtasis; yo amo con frenesí

Las Cosas en que se une el sonido a la luz.

 

Ella estaba tendida y se dejaba amar,

Sonriendo de dicha desde el alto diván

A mi pasión profunda y lenta como el mar

Que ascendía hasta ella como hacia su cantil.

 

Fijos en mí sus ojos, como en tigre amansado,

Con aire soñador ensayaba posturas

Y el candor añadido a la lubricidad

Nueva gracia agregaba a sus metamorfosis;

 

Y sus brazos y piernas, sus muslos y sus flancos

Pulidos como el óleo, como el cisne ondulantes,

Pasaban por mis ojos lúcidos y serenos;

Y su vientre y sus senos, racimos de mi viña,

 

Avanzaban tan cálidos como Ángeles del mal

Para turbar la paz en que mi alma estaba

Y para separarla del peñón de cristal

Donde se había instalado solitaria y tranquila.

 

Y creí ver unidos en un nuevo diseño

-Tanto hacía su talle resaltar a la pelvis-

Las caderas de Antíope al busto de un efebo,

¡Soberbio era el afeite sobre su oscura tez!

 

-Y habiéndose la lámpara resignado a morir

Como tan sólo el fuego iluminaba el cuarto,

Cada vez que exhalaba un destello flamígero

Inundaba de sangre su piel color del ámbar.

 

* * * * *

 

24. Perfume exótico

 

Cuando entorno los ojos bajo el sol otoñal

Y respiro el aroma de tu cálido seno,

Ante mí se perfilan felices litorales

Que deslumbran los fuegos de un implacable sol.

 

Una isla perezosa donde Naturaleza

Produce árboles únicos y frutos sabrosísimos,

Hombres que ostentan cuerpos ágiles y delgados

Y mujeres con ojos donde pinta el asombro.

 

Guiado por tu aroma hacia mágicos climas

Veo un puerto colmado de velas y de mástiles

Todavía fatigados del oleaje marino,

 

Mientras del tamarindo el ligero perfume,

Que circula en el aire y mi nariz dilata,

En mi alma se mezcla al canto marinero.

 

* * * * *

 

25. La cabellera

 

¡Oh vellón, que rizándose baja hasta la cintura!

¡Oh bucles! ¡Oh perfume cargado de indolencia!

¡Éxtasis! Porque broten en esta oscura alcoba

Los recuerdos dormidos en esa cabellera,

La quiero hoy agitar, cual si un pañuelo fuese.

 

Languidecientes asias y áfricas abrasadas,

Todo un mundo lejano, ausente, casi muerto,

Habita tus abismos, ¡arboleda aromática!

Tal como otros espíritus se pierden en la música,

El mío, ¡oh mi querida!, navega en tu perfume.

 

Lejos iré, donde árbol y hombre, un día fuertes

Fatalmente se agostan bajo climas atroces;

Firmes trenzas, sed olas que me arranquen al fin.

Tu albergas, mar de ébano, un deslumbrante sueño

De velas, de remeros, de navíos, de llamas:

 

Un rumoroso puerto donde mi alma bebiera

A torrentes el ruido, el perfume, el color;

Donde naos surcando el oro y el moaré,

Abren inmensos brazos para estrechar la gloria

De un puro cielo, donde vibre eterno calor.

 

Y hundiré mi cabeza sedienta de embriaguez

En ese negro océano, donde se encierra el otro,

Y mi sutil espíritu que el vaivén acaricia

Os hallará otra vez, ¡oh pereza fecunda!

¡Infinitos arrullos del ocio embalsamado!

 

Oh cabellos azules, oscuros pabellones

Que me entregáis, inmensa, la bóveda celeste;

En las últimas hebras de esas crenchas rizadas,

Confundidos, me embargan los ardientes olores

Del aceite de coco, del almizcle y la brea.

 

Durante edades, siempre, en tu densa melena

Mi mano sembrará perlas, rubíes, zafiros,

Para que el deseo mío no puedas rechazar.

¿No eres, acaso, oasis donde mi sueño abreva

A sorbos infinitos el vino del recuerdo?

 

26. Te adoro como adoro la bóveda nocturna

¿Oh vaso de tristeza! ¡Oh mi gran taciturna!

Y tanto más te adoro cuanto te escapas más,

Y cuando me parece, ¡oh lujo de mis noches!

Que con más ironía amontonas las leguas

Que separan mis brazos de la inmensidad azul.

 

Me dispongo al ataque y acometo el asalto

Como tras un cadáver un coro de gusanos

Y me enloquece, ¡oh fiera implacable y cruel!

Hasta esa frialdad que te vuelve aún más bella.

 

27. En tu calleja harías entrar, mujer impura,

Al universo entero. El hastío te hace cruel.

Para entrenar tus dientes en juego tan insólito,

Cada día necesitas morder un corazón.

Tus encendidos ojos igual que escaparates

O brillantes bengalas en bulliciosas fiestas,

Usan con arrogancia de un prestado poder

Sin conocer jamás la ley de su belleza.

 

¡Máquina ciega y sorda, fecunda en crueldades,

Saludable instrumento, bebedora de sangre!

¿Cómo no te avergüenzas? ¿Todavía no viste

En todos los espejos decrecer tus encantos?

La enormidad del mal, en que te crees tan sabia,

¿No te hizo jamás retroceder de espanto

Cuando Naturaleza, con ocultos designios,

De ti puede servirse, ¡oh reina del pecado!

-De ti, vil animal- para engendrar un genio?

¡Oh fangosa grandeza! ¡Oh sublime ignominia!

 

* * * * *

 

34. El leteo 

 

Ven a mi pecho, alma sorda y cruel,

Tigre adorado, monstruo de aire indolente;

Quiero enterrar mis temblorosos dedos

En la espesura de tu abundosa crin;

 

Sepultar mi cabeza dolorida

En tu falda colmada de perfume

Y respirar, como una ajada flor,

El relente de mi amor extinguido.

 

¡Quiero dormir! ¡Dormir más que vivir!

En un sueño, como la muerte, dulce,

Estamparé mis besos sin descanso

Por tu cuerpo pulido como el cobre.

 

Para ahogar mis sollozos apagados,

Sólo preciso tu profundo lecho;

El poderoso olvido habita entre tus labios

Y fluye de tus besos el Leteo.

 

Mi destino, desde ahora mi delicia,

Como un predestinado seguiré;

Condenado inocente, mártir dócil

Cuyo fervor se acrece en el suplicio.

 

Para ahogar mi rencor, apuraré

El nepentes³ y la cicuta amada,

del pezón delicioso que corona este seno

el cual nunca contuvo un corazón.

 

³nepentes: pócima mágica que los antiguos ingerían para suprimir

la tristeza y el dolor y que, posiblemente, contenía algún estupefaciente.

Leteo: uno de los ríos del infierno, cuyas quietas aguas permitían a los

muertos el olvido de sus afanes terrestres.

 

* * * * *

 

37. El gato

 

Ven, bello gato, a mi amoroso pecho;

Retén las uñas de tu pata,

Y deja que me hunda en tus ojos hermosos

Mezcla de ágata y metal.

 

Mientras mis dedos peinan suavemente

Tu cabeza y tu lomo elástico,

Mientras mi mano de placer se embriaga

Al palpar tu cuerpo eléctrico,

 

A mi señora creo ver. Su mirada

Como la tuya, amable bestia,

Profunda y fría, hiere cual dardo,

 

Y, de los pies a la cabeza,

Un sutil aire, un peligroso aroma,

Bogan en torno a su tostado cuerpo.

 

* * * * *

 

45. ¿Qué dirás esta noche, pobre alma solitaria…

 

¿Qué dirás esta noche pobre alma solitaria,

Qué dirás, corazón, marchito hace tan poco,

A la muy bella, a la muy buena, a la amadísima,

Bajo cuya mirada floreciste de nuevo?

 

-El orgullo emplearemos en cantar sus loores;

Nada iguala al encanto que hay en su autoridad;

Su carne espiritual tiene un perfume angélico,

Y nos visten con ropas purísimas sus ojos.

 

En medio de la noche y de la soledad,

O a través de las calles, del gentío rodeado,

Danza como una antorcha su fantasma en el aire.

 

A veces habla y dice: «Yo soy bella y ordeno

Que por amor a mí no améis sino lo Bello;

Soy el Ángel guardián, la Musa y la Madona».

 

* * * * *

 

47. A la que es demasiado alegre

 

Tu cabeza, tu gesto, tu aire

Como un bello paisaje, son bellos;

Juguetea en tu cara la risa

Cual fresco viento en claro cielo.

 

El triste paseante al que rozas

Se deslumbra por la lozanía

Que brota como un resplandor

De tus espaldas y tus brazos.

 

El restallante colorido

De que salpicas tus tocados

Hace pensar a los poetas

En un vivo ballet de flores.

 

Tus locos trajes son emblema

De tu espíritu abigarrado;

Loca que me has enloquecido,

Tanto como te odio te amo.

 

Frecuentemente en el jardín

Por donde arrastro mi atonía,

Como una ironía he sentido

Que el sol desgarraba mi pecho;

 

Y el verdor y la primavera

Tanto hirieron mi corazón,

Que castigué sobre una flor

La osadía de la Naturaleza.

 

Así, yo quisiera una noche,

Cuando la hora del placer llega,

Trepar sin ruido, como un cobarde,

A los tesoros que te adornan,

 

A fin de castigar tu carne,

De magullar tu seno absuelto

Y abrir a tu atónito flanco

Una larga y profunda herida.

 

Y, ¡vertiginosa dulzura!

A través de esos nuevos labios,

Más deslumbrantes y más bellos,

Mi veneno inocularte, hermana.

 

* * * * *

 

48. Reversibilidad

 

Ángel lleno de gozo, ¿sabes lo que es la angustia,

La culpa, la vergüenza, el hastío, los sollozos

Y los vagos terrores de esas horribles noches

Que al corazón oprimen cual papel aplastado?

Ángel lleno de gozo, ¿sabes lo que es la angustia?

 

Ángel de bondad lleno, ¿sabes lo que es el odio,

Las lágrimas de hiel y los puños crispados,

Cuando su infernal voz levanta la venganza

Ven capitán se erige de nuestras facultades?

Ángel de bondad lleno: ¿sabes lo que es el odio?

 

Ángel de salud lleno, ¿sabes lo que es la Fiebre,

Que a lo largo del muro del lechoso hospital,

Como los exiliados, marcha con pie cansino,

En pos del sol escaso y moviendo los labios?

Ángel de salud lleno, ¿sabes lo que es la Fiebre?

 

Ángel de beldad lleno, ¿sabes de las arrugas?

¿Y el miedo a envejecer, y ese odioso tormento

De leer el secreto horror del sacrificio

En ojos donde un día los nuestros abrevaron?

Ángel de beldad lleno, ¿sabes de las arrugas?

 

¡Ángel lleno de dicha, de luz y de alegría!

David agonizante curación pediría

A las emanaciones de tu cuerpo hechicero;

Pero de ti no imploro, ángel, sino plegarias,

¡Ángel lleno de dicha, de luz y de alegría!

 

David: alusión a la leyenda, según la cual, el rey David, debilitado por la edad,

trató de recobrar sus fuerzas mediante el contacto con cuerpos jóvenes.

 

* * * * *

 

49. Confesión

 

Una vez, una sola, mujer dulce y amable,

En mi brazo el vuestro pulido

Se apoyó ( sobre del denso fondo de mi alma

Ese recuerdo no ha palidecido);

 

Era tarde; al igual que una medalla nueva,

La Luna llena apareció,

Y la solemnidad nocturna, como un río,

Sobre París dormido se extendía.

 

Los gatos, por debajo de las puertas de coches,

Deslizábanse furtivos

El oído al acecho o, como sombras caras,

Nos seguían despacio.

 

Y de súbito, en medio de aquella intimidad,

Abierta en la luz pálida,

De Vos, rico y sonoro instrumento en que vibra

La más luminosa alegría,

 

De vos, clara y alegre igual que una fanfarria

En la mañana chispeante,

Una quejosa nota, una insólita nota

Vacilante se escapó,

 

Como un niño sombrío, horrible y enfermizo

Que a su familia avergonzara,

Y al que durante años, para ocultarlo al mundo,

En una cueva habría encerrado.

 

Vuestra discorde nota, ¡mi pobre ángel! cantaba:

«Que aquí abajo nada es firme,

Y que siempre, aunque mucho se disfrace,

El egoísmo humano se traiciona;

 

Que es un oficio duro el de mujer hermosa

Y que es más bien tarea banal,

De la loca y helada bailarina fijada

En maquinal sonrisa;

 

Que fiar en corazones es algo bien estúpido;

Que es todo trampa, belleza y amor,

Y al final el Olvido los arroja a un cesto

¡Y los torna a la Eternidad!»

 

Esa luna encantada evoqué con frecuencia,

Ese silencio y esa languidez,

Y aquella confidencia penosa, susurrada

Del corazón en el confesionario.

 

* * * * *

 

55. Cielo neblinoso

 

Se diría cubierta de vapor tu mirada;

Tu mirar misterioso (¿es azul, gris o verde?)

Alternativamente tierno, cruel, soñador,

Refleja la indolencia y palidez del cielo.

 

Recuerdas los días blancos, y tibios y velados,

Que a las cautivas almas hacen fundirse en lágrimas,

Cuando, presa de un mal confuso que los tensa,

Los excitados nervios se burlan del dormido.

 

A veces te asemejas a esos bellos paisajes

Que iluminan los soles de estaciones brumosas…

¡Y cómo resplandeces, oh mojado paisaje

Que atraviesan los rayos entre un cendal de niebla!

 

¡Oh mujer peligrosa, oh seductores climas!

¿Acabaré adorando vuestras nieves y escarchas,

Y, al cabo, arrancaré del implacable invierno

Placeres más agudos que el hielo y que la espada?

 

* * * * *

 

57. El bello navío

 

Yo te quiero contar, ¡oh lánguida hechicera!

Los distintos encantos que ornan tu juventud;

Trazar deseo tu belleza

Donde, a la par, se alían infancia y madurez.

 

Cuando pasas, barriendo el aire con tu falda

Semejas a un bajel que enfila la bocana

Y anda balanceándose, desplegadas las velas,

Siguiendo un ritmo dulce y perezoso y lento.

 

Sobre tu esbelto cuello y tus anchas espaldas

Se pavonea con gracia tu altanera cabeza;

Con aire plácido y triunfal

Continúas tu camino, majestuosa niña.

 

Yo te quiero contar, ¡oh lánguida hechicera!

Los distintos encantos que ornan tu juventud;

Trazar deseo tu belleza

Donde, a la par, se alían infancia y madurez.

 

Tu seno que se comba, oprimiendo el moaré,

Tu seno triunfante es un pulido armario

Cuyas dos jambas claras y arqueadas

Se parecen a escudos que aferrasen la luz.

 

¡Provocantes defensas con dos rosadas puntas!

Mueble dulce en secretos, lleno de cosas ricas:

Vinos, perfumes, néctares,

Que harían delirar mentes y corazones.

 

Cuando pasas, barriendo el aire con tu falda,

Semejas a un bajel que enfila la bocana

Y anda balanceándose, desplegadas las velas,

Siguiendo un ritmo dulce y perezoso y lento.

 

Tus piernas escultóricas, bajo airosos volantes,

Provocan y exasperan las fiebres más oscuras,

Cual dos brujas batiendo

En profunda vasija el más siniestro tósigo.

 

Tus brazos que anhelaran los hércules precoces,

Son los más firmes émulos de las boas deslizantes,

Pensados para asir

Como para tatuar en tu pecho a tu amante.

 

Sobre tu esbelto cuello y tus anchas espaldas,

Se pavonea con gracia tu cabeza altanera;

Con aire plácido y triunfal

Continúas tu camino, majestuosa niña.

 

* * * * *

 

71. Mœsta et errabunda

 

¿No huye el corazón, Ágata, muchas veces de ti,

Lejos del negro océano de la ciudad inmunda,

Hacia otra donde estalla, súbito, el esplendor,

Azul, profundo, claro cual la virginidad?

¿No huye el corazón, Ágata, muchas veces de ti?

 

¡El mar, el vasto mar, nuestras tareas consuela!

¿Qué demonio ha dotado al mar, ronco cantor,

Al que el potente órgano de los vientos secunda,

De esa función sublime de arrullar nuestros sueños?

¡El mar, el vasto mar nuestras tareas consuela!

 

¡Ráptame tú, fragata! ¡Arrástrame, vagón!

¡Lejos! ¡Aquí las lágrimas se han convertido en fango!

-¿No es cierto que, a menudo, el corazón de Ágata

Dice: Lejos de crímenes, de dolores y culpas,

¡Ráptame tú, fragata! ¡Arrástrame vagón!?

 

¡Qué lejos te hallas ya, paraíso aromático,

Donde, bajo los cielos, todo es amor y risas,

Donde lo que se ama digno es de ser amado,

Donde en puro deleite se ahoga el corazón!

¡Qué lejos te hallas ya, paraíso aromático!

 

Pero ese paraíso de amores juveniles,

Las carreras, los cantos, los besos y las flores,

Los violines sonando detrás de las colinas,

Con los jarros de vino, de noche, en la espesura,

-Pero ese paraíso de amores juveniles,

 

Paraíso inocente de furtivos placeres,

¿Está más lejos ya que la India y la China?

¿Lo podremos llamar con gritos lastimeros

Y todavía animarlo con argentina voz,

Al puro paraíso de furtivos placeres?

 

* * * * *

 

74. El surtidor

 

Se cansaron tus ojos, ¡pobre amante!

Que se queden cerrados largo rato,

En esa postura indolente

En que el placer te sorprendió.

El murmullo del surtidor,

Que día y noche permanece,

Prolonga dulcemente el éxtasis

En que el amor me sumiera.

 

El amplio chorro

En flores mil,

Donde Febea ¹

Colores muestra,

Cae como lluvia

De lentas lágrimas.

 

Así tu alma, incendiada

Por la cruda luz del goce,

Se lanza atrevida y rápida

Rumbo a cielos encantados.

Moribunda, se transforma

En una triste ola lánguida

Que, por invisible rampa,

Se abisma en mi corazón

 

El amplio chorro

En flores mil,

Donde Febea

Colores muestra,

Cae como lluvia

De lentas lágrimas.

 

¡Oh embellecida por la noche,

Resulta dulce, sobre el seno,

Escuchar el gemido eterno

Que en el estanque solloza!

Agua, sonora, luna, noche,

Estremecidos árboles en torno,

Vuestra pura melancolía

Es el espejo de mi amor.

 

El amplio chorro

En flores mil,

Donde Febea

Colores muestra,

Cae como lluvia

De lentas lágrimas.

 

¹Febea: una de las advocaciones por las que se conocía a Diana, diosa lunar.

 

* * * * *

 

75. Tristezas de la luna

 

Esta noche la luna sueña con más pereza,

Cual si fuera una bella hundida entre cojines

Que acaricia con mano discreta y ligerísima,

Antes de adormecerse, el contorno del seno.

 

Sobre el dorso de seda de deslizantes nubes,

Moribunda, se entrega a prolongados éxtasis,

Y pasea su mirada sobre visiones blancas,

Que ascienden al azul igual que floraciones.

 

Cuando sobre este globo, con languidez ociosa,

Ella deja rodar una furtiva lágrima,

Un piadoso poeta, enemigo del sueño,

 

De su mano en el hueco, coge la fría gota

como un fragmento de ópalo de irisados reflejos.

Y la guarda en su pecho, lejos del sol voraz.

 

* * * * *

 

84. La campana hendida

 

En las noches de invierno es amargo y es dulce

Escuchar, junto al fuego que palpita y humea,

Como se alzan muy lentos los recuerdos lejanos

Al son de carillones que suenan en la bruma.

 

¡Feliz campana aquella de enérgica garganta

Que, pese a su vejez, conservada y alerta,

Con fidelidad lanza su grito religioso

Como un viejo soldado que vigila en su tienda!

 

Pero mi alma está hendida, y, cuando en sus hastíos,

Quiere poblar de cantos la frialdad nocturna,

Con frecuencia sucede que su cansada voz

 

Semeja al estertor de un herido olvidado

Junto a un lago de sangre, bajo un montón de muertos,

Que expira, sin moverse, entre esfuerzos inmensos.

 

 

 

 

 

 

 

 

De “Cuadros Parisienses”:

 

103. Paisaje

 

Deseo, para escribir castamente mis églogas,

Dormir cerca del cielo, cual suelen los astrólogos,

Y escuchar entre sueños, vecino a las campanas,

Sus cánticos solemnes que propalan los vientos.

El mentón en las manos, tranquilo en mi buhardilla,

Observaré el taller que parlotea y canta;

Las chimeneas, las torres, esos urbanos mástiles,

Y los cielos que invitan a soñar con lo eterno.

 

Es dulce ver surgir a través de las brumas

La estrella en el azul, la luz en la ventana,

Alzarse al firmamento los ríos del carbón

Y derramar la luna sus desvaído hechizo.

Veré las primaveras, los estíos, los otoños,

Y al llegar el invierno de monótonas nieves,

Cerraré a cal y canto postigos y mamparas,

Para alzar en la noche mis feéricos palacios.

Y entonces soñaré con zarcos horizontes,

Jardines, surtidores quejándose en el mármol,

Con besos y con pájaros que cantan noche y día,

Lo que el Idilio alberga de puro y de infantil.

El Motín, golpeando sin éxito en los vidrios,

No hará que del pupitre se levante mi frente,

Pues estaré gozando la voluptuosidad,

De que la Primavera a mi capricho irrumpa,

De hacer que se alce un sol en mi pecho, y crear

Una atmósfera tierna de mis ideas quemantes.

 

* * * * *

 

104. El sol

 

Por la vieja barriada, donde, de las casuchas

Las persianas ocultan las lujurias secretas

Cuando el astro cruel furiosamente hiere

La ciudad y los campos, los techos y sembrados,

Quisiera ejercitarme en mi esgrima fantástica

Husmeando en los rincones azares de la rima,

Tropezando en las sílabas, como en el empedrado,

Acaso hallando versos que hace tiempo soñé.

 

Ese padre nutricio, que huye de las clorosis,

En los campos despierta los versos y las rosas;

Logra que se evaporen hacia el éter las penas

Saturando de miel cerebros y colmenas.

Es el quien borra años al que lleva muletas

Y le torna festivo como las bellas mozas,

Y a las mieses ordena madurar y crecer

En la inmortal entraña que desea florecer.

 

Cuando, como un poeta, desciende a las ciudades,

Ennoblece la suerte de las cosas mas viles,

Y penetra cual rey, sin séquito ni pompa,

Tanto en las casas regias como en los hospitales.

 

* * * * *

 

110. Recogimiento

 

Sé sabia, Pena mía, y permanece en calma.

Reclamabas la Noche; ya desciende, hela aquí:

Envuelve a la ciudad una atmósfera oscura

A unos la paz trayendo y a los más la zozobra.

 

Mientras que la gran masa de los viles mortales,

Del Placer bajo el látigo, ese verdugo impávido,

Cosecha sinsabores en la fiesta servil,

Ofréceme tu mano, Pena mía, ven aquí

 

Lejos de ellos. Mira balancearse los años transcurridos

Con vestidos ridículos, sobre las balaustradas

Del cielo; la nostalgia burlona ya emerge de las aguas;

 

Descansa bajo un arco el moribundo sol

Y, tal enorme sudario rezagado, hacia Oriente,

Oye, querida, oye cómo avanza la Noche.

 

* * * * *

 

111. A una transeúnte

 

La calle atronadora aullaba en torno mío.

Alta, esbelta, enlutada, con un dolor de reina

Una dama pasó, que con gesto fastuoso

Recogía, oscilantes, las vueltas de sus velos,

 

Agilísima y noble, con dos piernas marmóreas.

De súbito bebí, con crispación de loco.

Y en su mirada lívida, centro de mil tomados,

El placer que aniquila, la miel paralizante.

 

Un relámpago. Noche. Fugitiva belleza

Cuya mirada me hizo, de un golpe, renacer.

¿Salvo en la eternidad, no he de verte jamás?

 

¡En todo caso lejos, ya tarde, tal vez nunca!

Que no sé a dónde huiste, ni sospechas mi ruta,

¡Tú a quien hubiese amado. Oh tú, que lo supiste!

 

* * * * *

 

117. El amor engañoso

 

Cuando te veo cruzar, oh mi amada indolente,

Paseando el hastío de tu mirar profundo,

Suspendiendo tu paso tan armonioso y lento

Mientras suena la música que se pierde en los techos.

 

Cuando veo, al reverbero del gas que va tiñéndola,

Tu frente aureolada de un mórbido atractivo

Donde las luces últimas del sol traen a la aurora,

Y, como los de un cuadro, tus fascinantes ojos,

 

Me digo: ¡qué bella es! , ¡qué lozanía extraña!

El taraceado recuerdo, pesada y regia torre,

La corona, y su corazón, prensado como fruta,

Y su cuerpo, están prestos para el más sabio amor.

 

¿Serás fruto que en otoño da sazonados sabores?

¿Vaso fúnebre que aguarda ser colmado por las lágrimas?

¿Perfume que hace soñar en perfumes lejanísimos,

Almohadón acariciante o canastilla de flores?

 

Sé que hay ojos arrasados por la cruel melancolía

Que no guardan escondido ningún precioso secreto,

Bellos estuches sin joyas, medallones sin reliquias

Más vacíos y más lejanos, ¡oh cielos!, que esos dos tuyos.

 

Pero ¿no basta que seas la más sutil apariencia,

Alegrando al corazón que huye de la verdad?

¿Qué más da tontería en ti o qué más da indiferencia?

Te saludo adorno o máscara. Sólo adoro tu belleza.

 

* * * * *

 

118. Todavía no he olvidado…

 

Todavía no he olvidado, cercana a la ciudad,

Nuestra blanca mansión, pequeña más tranquila,

La Pomona de estuco y la antigua Afrodita

Velando su pudor tras una rala fronda,

Y el sol, en el crepúsculo, destellante y soberbio

Que, tras el vidrio donde se quebraban sus rayos,

Parecía, gran pupila en el cielo curioso,

Contemplar nuestras largas y solitarias cenas,

Derramando sus bellos reflejos alongados

En el estor de sarga y en el frugal mantel.

 

* * * * *

 

119. A la buena sirvienta que un día os tuvo celosa…

 

A la buena sirvienta que un día os tuvo celosa

Y que su sueño duerme bajo la humilde hierba,

Pese a todo, debiéramos llevarle algunas flores.

Los muertos, pobres muertos, tienen grandes pesares

Y cuando lanza Octubre su viento melancólico

Que despoja a los árboles en torno de las tumbas,

A los vivos, sin duda, encuentran bien ingratos

Por dormir tibiamente bajo sus cobertores,

Mientras que, devorados por negras pesadillas,

Sin agradables charlas, sin compañía en el lecho,

Esqueletos helados que trabajó el gusano,

Ellos sufren las nieves goteantes del invierno,

Y transcurrir el siglo, sin que amigos ni deudos,

Reemplacen los jirones que penden de sus verjas.

Cuando silba y crepita el leño, si una noche,

Tranquila, en el sillón la viera reclinarse,

Si en una noche azul y helada de Diciembre

La encontrara encogida en un rincón del cuarto,

Grave y recién llegada de su lecho perenne,

Ciñendo al niño grande con maternal mirada,

A aquella alma piadosa ¿qué le respondería

Viendo caer las lágrimas de sus profundos párpados?

 

* * * * *

 

121. Sueño parisiense

 

a Constantin Guys

 

I

De aquel terrible paisaje

Como nunca vio mortal,

Esta mañana, aún la imagen

Vaga y lejana perdura.

 

¡Lleno está el sueño de magia!

Por un singular capricho

Desterré de ese espectáculo

Al barroco vegetal,

 

Y, pintor fiel de mi sueño,

En el cuadro saboreé

La monotonía embriagante

De agua, mármol y metal.

 

Babel de arcos y escaleras,

Era un palacio infinito

lleno de fuentes y aljibes

En oro bruñido o mate;

 

Y rumorosas cascadas,

Como cortinas de vidrio,

Se suspendían destellantes

Sobre murallas metálicas.

 

No árboles, sino columnas,

Ceñían estanques dormidos,

Donde gigantescas náyades

Como damas se miraban.

 

Capas de agua se extendían,

Por muelles rosas y verdes,

Durante miles de leguas,

Hacia el fin del universo;

 

Había piedras inauditas

Y olas mágicas; había

Inmensos hielos absortos

Por lo que ellos reflejaban.

 

Taciturnos y distantes,

Ganges en el firmamento,

Arrojaban sus tesoros

En diamantinos abismos.

 

Arquitecto de mis magias

Hacía, a mi voluntad,

Bajo un enjoyado túnel

Pasar un manso océano;

 

Y hasta los negros colores

Parecían claros y limpios;

Fundía su gloria el líquido

En el rayo cristalino.

 

No había vestigio de astros,

¡Ni siquiera el sol poniente,

Para alumbrar los prodigios

Que con su fuego brillaban!

 

Y sobre esas maravillas

Planeaba (¡atroz novedad!

Presente el ojo, no el oído)

Un infinito silencio.

 

II

Al abrir mis ardientes ojos,

Miré el horror de mi cuarto

Y sentí, de nuevo en mi alma,

De la inquietud el aguijón;

 

El fúnebre son del péndulo,

Me recordó el mediodía;

Caía la oscuridad

Sobre el embotado mundo.

 

* * * * *

 

122. El crepúsculo matutino

 

La diana resonaba en todos los cuarteles

Y apagaba las lámparas el viento matutino.

 

Era la hora en que enjambres de maléficos sueños

Ahogan en sus almohadas a los adolescentes;

Cuando tal palpitante y sangrienta pupila,

La lámpara en el día traza una mancha roja

Y el alma, bajo el peso del cuerpo adormilado,

Imita los combates del día y de la lámpara.

Como lloroso rostro que enjugase la brisa,

Llena el aire un temblor de cosas fugacísimas

Y se cansan los hombres de escribir y de amar.

 

Empiezan a humear acá y allá las casas,

Las hembras del placer, con el párpado lívido,

Reposan boquiabiertas con derrengado sueño;

Las pobres, arrastrando sus fríos y flacos senos,

Soplan en los tizones y soplan en sus dedos.

Es la hora en que, envueltas en la mugre y el frío,

Las parturientas sienten aumentar sus dolores;

Como un roto sollozo por la sangre que brota

El canto de los gallos desgarra el aire oscuro;

Baña los edificios un océano de niebla,

y los agonizantes, dentro, en los hospitales,

Lanzan su último aliento entre hipos desiguales.

Los libertinos vuelven, rotos por su labor.

 

La friolenta aurora en traje verde y rosa

Avanzaba despacio sobre el Sena desierto

Y el sombrío Paris, frotándose los ojos,

Empuñaba sus útiles, viejo trabajador.

 

 

 

 

 

 

 

De “El Vino”:

 

123. El alma del vino

 

Cantó una noche el alma del vino en las botellas:

«¡Hombre, elevo hacia ti, caro desesperado,

Desde mi vítrea cárcel y mis lacres bermejos,

Un cántico fraterno y colmado de luz!»

 

Sé cómo es necesario, en la ardiente colina,

Penar y sudar bajo un sol abrasador,

Para engendrar mi vida y para darme el alma;

Mas no seré contigo ingrato o criminal.

 

Disfruto de un placer inmenso cuando caigo

En la boca del hombre al que agota el trabajo,

y su cálido pecho es dulce sepultura

Que me complace más que mis frescas bodegas.

 

¿Escuchas resonar los cantos del domingo

y gorjear la esperanza de mi jadeante seno?

De codos en la mesa y con desnudos brazos

Cantarás mis loores y feliz te hallarás;

 

Encenderé los ojos de tu mujer dichosa;

Devolveré a tu hijo su fuerza y sus colores,

Siendo para ese frágil atleta de la vida,

El aceite que pule del luchador los músculos.

 

Y he de caer en ti, vegetal ambrosía,

Raro grano que arroja el sembrador eterno,

Porque de nuestro amor nazca la poesía

Que hacia Dios se alzará como una rara flor!»

 

* * * * *

 

126. El vino del solitario

 

La singular mirada de una mujer galante

Que llega hasta nosotros como la blanca luz

Que enviara la luna al lago tembloroso

Cuando quiere bañar su indolente belleza;

 

Los últimos escudos que tiene un jugador;

Un beso lujurioso de la flaca Adelina;

Los ecos de una música cálida y enervante

Como el grito lejano del humano sufrir,

 

No vale todo ello, oh botella profunda,

El penetrante bálsamo que tu fecundo vientre

Ofrece al corazón del poeta abrumado;

 

Tú le dispensas vida, juventud y esperanza

-Y orgullo, esa defensa frente a toda miseria

Que nos vuelve triunfales y a dioses semejantes.

 

* * * * *

 

127. El vino de los amantes

 

¡Hoy el espacio es fabuloso!

Sin freno, espuelas o brida,

Partamos a lomos del vino

¡A un cielo divino y mágico!

 

Cual dos torturados ángeles

Por calentura implacable,

En el cristal matutino

Sigamos el espejismo.

 

Meciéndonos sobre el ala

De la inteligente tromba

En un delirio común,

 

Hermana, que nadas próxima,

Huiremos sin descanso

Al paraíso de mis sueños.

 

 

 

 

 

 

 

De “Flores del mal”:

 

128. La destrucción

 

A mi lado sin tregua el Demonio se agita;

En torno de mi flota como un aire impalpable;

Lo trago y noto cómo abrasa mis pulmones

De un deseo llenándolos culpable e infinito.

 

Toma, a veces, pues sabe de mi amor por el Arte,

De la más seductora mujer las apariencias,

y acudiendo a especiosos pretextos de adulón

Mis labios acostumbra a filtros depravados.

 

Lejos de la mirada de Dios así me lleva,

Jadeante y deshecho por la fatiga, al centro

De las hondas y solas planicies del Hastío,

 

Y arroja ante mis ojos, de confusión repletos,

Vestiduras manchadas y entreabiertas heridas,

¡Y el sangriento aparato que en la Destrucción vive!

 

* * * * *

 

130. La plegaria de un pagano

 

No dejes morir tus llamas;

Caldea mi sordo corazón,

¡Voluptuosidad, cruel tormento!

Diva! supplicem exaudî!

 

Diosa en el aire difundida,

Llama de nuestro subterráneo,

Escucha a un alma consumida

Que alza hacia ti su férreo canto,

 

¡Voluptuosidad, sé mi reina!

Toma máscara de sirena

Hecha de carne y de brocado,

 

O viérteme tus hondos sueños

En el licor informe y místico,

¡Voluptuosidad, fantasma elástico!

 

* * * * *

 

133. Mujeres condenadas

 

Como bestias inmóviles tumbadas en la arena,

Vuelven sus ojos hacia el marino horizonte,

Y sus pies que se buscan y sus manos unidas,

Tienen desmayos dulces y temblores amargos.

 

Las unas, corazones que aman las confidencias

En el fondo del bosque donde el arroyo canta,

Deletrean el amor de su pubertad tímida

Y marcan en el tronco a los árboles tiernos;

 

Las otras, como hermanas, andan graves y lentas,

A través de las peñas llenas de apariciones,

Donde vio san Antonio surgir como la lava

Aquellas tentaciones con los senos desnudos;

 

Y las hay, que a la luz de goteantes resinas,

En el hueco ya mudo de los antros paganos,

Te llaman en auxilio de su aulladora fiebre.

¡Oh Baco, que adormeces todas las inquietudes!

 

Y otras, cuyas gargantas lucen escapularios,

Que, un látigo ocultando bajo sus largas ropas,

Mezclan en las umbrías y solitarias noches,

La espuma del placer al llanto del suplicio.

 

Oh vírgenes, oh monstruos, oh demonios, oh mártires,

De toda realidad desdeñosos espíritus,

Ansiosas de infinito, devotas, satiresas,

Ya crispadas de gritos, ya deshechas en llanto.

 

Vosotras, a quien mi alma persiguió en tal infierno,

¡Hermanas mías!, os amo y os tengo compasión,

Por vuestras penas sordas, vuestra insaciable sed

y las urnas de amor que vuestro pecho encierra.

 

* * * * *

 

134. Las dos buenas hermanas

 

Libertinaje y Muerte, son dos buenas muchachas,

Pródigas de sus besos y ricas en salud

Cuyo virginal flanco, que los harapos cubren,

Bajo la eterna siembra jamás fructificó.

 

Al poeta siniestro, tara de las familias,

Valido del infierno, cortesano sin paga,

Entre sus recovecos, muestran tumba y burdel,

Un lecho que jamás la inquietud frecuentó

 

Y la caja y la alcoba, en fecundas blasfemias,

Por turno nos ofrecen, como buenas hermanas,

Placeres espantosos y dulzuras horrendas.

 

Licencia inmunda ¿cuándo por fin me enterrarás?

¿Cuándo llegarás, Muerte, su émula fascinante,

A injertar tus cipreses en sus mirtos infectos?

 

* * * * *

 

136. Alegoría

 

Es una mujer bella y de espléndido porte,

Que en el vino arrastrar deja su cabellera.

Las garras del amor, los venenos del antro,

Resbalan sin calar en su piel de granito.

Se chancea de la muerte y del Libertinaje:

Los monstruos, cuya mano desgarradora y áspera,

Ha respetado siempre, en sus juegos fatales,

La ruda majestad de ese cuerpo arrogante.

Camina como diosa, posa como sultana;

Una fe mahometana deposita en el goce

y con abiertos brazos que los senos resaltan,

Con la mirada invita a la raza mortal.

Cree o, mejor aún, sabe, esta infecunda virgen,

Necesaria, no obstante, en la marcha del mundo,

Que la hermosura física es un sublime don

Que de toda ignominia sabe obtener clemencia.

Tanto como el Infierno, el Purgatorio ignora,

Y cuando llegue la hora de internarse en la Noche,

Contemplará de frente el rostro de la Muerte,

Como un recién nacido -sin odio ni pesar.

 

* * * * *

 

137. La Beatriz

 

En cenicientas tierras, sin verdor, calcinadas,

Como yo me quejase a la Naturaleza,

Y el puñal de mi mente, caminando al azar,

Fuese afilando lento sobre mi corazón,

Una gran nube oscura, de un temporal surgida,

Que albergaba una tropa de viciosos demonios,

Semejantes a enanos furiosos y crueles.

Se volvieron entonces fríamente a mirarme,

Y, como viandantes que se asombran de un loco,

Los escuché entre sí reír y cuchichear

Intercambiando señas y guiños expresivos:

 

-«Contemplemos a gusto a esta caricatura,

A esta sombra de Hamlet que su postura imita,

Los cabellos al viento, la indecisa mirada.

¿No es en verdad penoso ver a tal vividor,

A este pillo, a este vago, a este histrión perezoso,

Que, porque representa con arte su papel,

Pretende interesar, cantando sus pesares,

Al águila y al grillo, al arroyo y las flores,

E inclusive a nosotros, autores de esas rúbricas,

A voces nos recita sus públicas tiradas?»

 

Hubiera yo podido (alto como los montes

Es mi orgullo y domina a diablos y nublados)

Apartar simplemente mi soberana testa,

Si no hubiera atisbado entre la sucia tropa,

¡Y este crimen no hizo tambalearse al sol!

A la reina de mi alma de mirada sin par,

Que con ellos reía de mi sombría aflicción,

Haciéndoles, de paso, una obscena caricia.

 

* * * * *

 

138. La metamorfosis del vampiro

 

La mujer, entre tanto, de su boca de fresa

Retorciéndose como una sierpe entre brasas

Y amasando sus senos sobre el duro corsé,

Decía estas palabras impregnadas de almizcle:

«Son húmedos mis labios y la ciencia conozco

De perder en el fondo de un lecho la conciencia,

Seco todas las lágrimas en mis senos triunfales.

Y hago reír a los viejos con infantiles risas.

Para quien me contempla desvelada y desnuda

Reemplazo al sol, la luna, al cielo y las estrellas.

Yo soy, mi caro sabio, tan docta en los deleites,

Cuando sofoco a un hombre en mis brazos temidos

O cuando a los mordiscos abandono mi busto,

Tímida y libertina y frágil y robusta,

Que en esos cobertores que de emoción se rinden,

Impotentes los ángeles se perdieran por mí.»

 

Cuando hubo succionado de mis huesos la médula

y muy lánguidamente me volvía hacia ella

A fin de devolverle un beso, sólo vi

Rebosante de pus, un odre pegajoso.

Yo cerré los dos ojos con helado terror

y cuando quise abrirlos a aquella claridad,

A mi lado, en lugar del fuerte maniquí

Que parecía haber hecho provisión de mi sangre,

En confusión chocaban pedazos de esqueleto

De los cuales se alzaban chirridos de veleta

O de cartel, al cabo de un vástago de hierro,

Que balancea el viento en las noches de invierno.

 

* * * * *

 

140. El amor y el cráneo

 

Viñeta antigua

 

Se sienta el Amor en el cráneo

De la Humanidad,

Y sobre tal solio el profano,

Con risa procaz,

 

Sopla alegremente redondas burbujas,

Que en el aire suben,

Como para juntarse a los mundos

Al fondo del Éter.

 

El globo luminoso y frágil

En un amplio vuelo,

Revienta y escupe su alma pequeña

Como un áureo sueño.

 

Y oigo al cráneo, a cada burbuja,

Rogar y gemir:

-«Este fuego feroz y ridículo,

¿Cuándo acabará?

 

Pues lo que tu boca cruel

Esparce en el aire,

Monstruo asesino, es mi cerebro,

¡Mi sangre y mi carne!»

 

 

 

 

 

 

 

De “La muerte”:

 

144. La muerte de los amantes

 

Poseeremos lechos colmados de aromas

Y, como sepulcros, divanes hondísimos

E insólitas flores sobre las consolas

Que estallaron, nuestras, en cielos más cálidos.

 

Avivando al límite postreros ardores

Serán dos antorchas ambos corazones

Que, indistintas luces, se reflejarán

En nuestras dos almas, un día gemelas.

 

Y, en fin, una tarde rosa y azul místico,

Intercambiaremos un solo relámpago

Igual a un sollozo grávido de adioses.

 

Y más tarde, un Ángel, entreabriendo puertas

Vendrá a reanimar, fiel y jubiloso,

Los turbios espejos y las muertas llamas.

 

* * * * *

 

146. La muerte de los artistas

 

¿Cuánto mis cascabeles tendré que sacudir

Y besarte la frente, triste caricatura?

Para dar en el blanco, de mística virtud,

Mi carcaj, ¿cuántas flechas habrá de malgastar?

 

En fintas sutilísimas nuestra alma gastaremos,

Y más de un bastidor hemos de destruir,

Antes de contemplar la acabada Criatura

Cuyo infernal deseo nos colma de sollozos.

 

Hay algunos que nunca conocieron a su ídolo,

Escultores malditos que el oprobio marcó,

Que se golpean con saña en el pecho y la frente,

 

Sin más que una esperanza, !Capitolio sombrío!

Que la Muerte, cerniéndose como sol renovado,

Logrará, al fin, que estallen las flores de su mente.

 

* * * * *

 

147. El fin de la jornada

 

Bajo una pálida luz

Corre, danza y se retuerce

La Vida, impura y gritona.

Tan pronto como a los cielos

 

La gozosa noche asciende

Y todo, hasta el hambre calma,

Ocultando la vergüenza

Se dice el Poeta: «¡Al fin!

 

Mis vértebras, como mi alma,

Codician dulce reposo;

De fúnebres sueños lleno

 

La espalda reclinaré

Y rodaré entre tus velos,

¡Oh refrescante tiniebla!»

 

* * * * *

 

148. Sueño de un curioso

 

a F. N.

 

Conoces, tal mi caso, ese dolor sabroso,

Y de ti haces que digan: «¡Qué ser tan singular!»

-Iba a morir. Y había en mi alma amorosa,

Deseo mezclado a horror, un raro sufrimiento;

 

Angustia y esperanza, sin humor encontrado.

Mientras más se vaciaba la arena ineluctable,

Más deliciosa y áspera resultó mi tortura;

Se desgajaba mi alma del mundo familiar.

 

Y era como ese niño, ávido de espectáculos,

Que odia el telón igual que se odia una barrera.

Hasta que, al fin, la fría verdad se desveló:

 

Sin sentirlo, había muerto, y la terrible aurora

Me circundaba. -¡Cómo! ¿No es más que esto, al fin?

El telón se había alzado y yo aguardaba aún.

 

* * * * *

 

150. Epígrafe para un libro condenado

 

Lector apacible y bucólico,

Ingenuo y sobrio hombre de bien,

Tira este libro saturniano,

Melancólico y orgiástico.

 

Si no cursaste tu retórica

Con Satán, el decano astuto,

¡Tíralo! nada entenderás

O me juzgarás histérico.

 

Mas si de hechizos a salvo,

Tu mirar tienta el abismo,

Léeme y sabrás amarme;

 

Alma curiosa que padeces

Y en pos vas de tu paraíso,

¡Compadéceme!… ¡O te maldigo!

 

* * * * *

 

152. Proyecto de epílogo

 


 

 

Para la segunda ecición de “Las flores del mal”

 

Tranquilo como un sabio, manso como un maldito, dije:

Te amo, oh mi beldad, oh encantadora mía…

Cuántas veces…

Tus orgías sin sed, tus amores sin alma,

Tu gusto de infinito

Que en todo, hasta en el mal, se proclama,

 

Tus bombas, tus puñales, tus victorias, tus fiestas,

Tus barrios melancólicos,

Tus suntuosos hoteles,

Tus jardines colmados de intrigas y suspiros,

Tus templos vomitando musicales plegarias,

Tus pueriles rabietas, tus juegos de vieja loca,

Tus desalientos;

 

Tus fuegos de artificio, erupciones de gozo,

Que hacen reír al cielo, tenebroso y callado.

 

Tu venerable vicio, que en la seda se ostenta,

Y tu virtud risible, de mirada infeliz

Y dulce, extasiándose en el lujo que muestra…

 

Tus principios salvados, tus vulnerables leyes,

Tus altos monumentos donde la bruma pende,

Tus torres de metal que el sol hace brillar,

Tus reinas de teatro de encantadoras voces,

Tus toques de rebato, tu cañón que ensordece,

Tus empedrados mágicos que alzan las fortalezas,

 

Tus parvos oradores de barrocas maneras,

Predicando el amor, y tus alcantarillas, pletóricas de sangre,

En el Infierno hundiéndose como los Orinocos.

Tus bufones, tus ángeles, nuevos en su oropel.

Ángeles revestidos de oro, jacinto y púrpura,

Sed testigos, vosotros, que cumplí mi deber

Como un perfecto químico, como un alma devota.

 

Porque de cada cosa la quintaesencia extraje,

Tú me diste tu barro y en oro lo troqué.

 

 

 

 

 

 

 

Bribes:

 

Nota del traductor: Migajas

Los fragmentos siguientes, fueron publicados por primera vez por Yves-Gerard le Dantec, en «Le Figaro» del 28-2- 31, a partir de una copia defectuosa obtenida por Féli Gautier. En 1934, tomando como base el manuscrito original, se insertaron de nuevo en un «Cahier Jacques-Doucet». Tal manuscrito se encuentra, en efecto, en los fondos Doucet de la Bibliothèque Sainte-Genevieve, encartado en un ejemplar del tomo I de «Obras Completas», que perteneció a Nadar.

Y.-G.le Dantec, señaló que cuatro títulos de entre los comprendidos estas «Migajas» ( término escogido por el propio Baudelaire ), se hallan en una lista tachada de poemas, destinados a la segunda edición de «Las flores del mal», la cual figuraba al dorso del manuscrito del poema

«Sisina» :

El Heautontimoroumenos -Dorotea -Spleen -Siete -¡Trinquemos, Satán! -Ni remordimientos, ni recuerdos -El mantenedor -La mujer salvaje -Condenación -El glotón -Orgullo -La cabellera (realizado) -El albatros (realizado) -Una pieza con versos recurrentes o estribillo cambiado.

 

* * * * *

 

153. Orgullo

 

Ángeles de oro vestidos, de púrpura y de jacinto.

El genio y el amor son fáciles deberes.

 

Amasé sólo barro y de él extraje oro

 

Llevaba en la mirada el brío del corazón.

En París, su desierto, viviendo a la intemperie,

Fuerte como una bestia y libre como un Dios.

 

* * * * *

 

154. El glotón

 

Rumiando, yo me burlo de la gente famélica.

 

Como un obús reventaría,

Si no absorbiese como un chancro,

 

Su mirada no era tímida ni indolente,

Exhalaba, más bien, alguna ávida cosa,

Y, como su nariz, expresaba la fiebre

De artista ante la obra surgida de sus dedos.

Tu juventud estará más llena de tormentas

Que este estío de pupilas llenas de resplandor,

Que sobre nuestras frentes se retuerce abrasado,

 

Y, exhalando en la noche sus febriles alientos,

Logra que de sus cuerpos se prenden las doncellas,

Y enfrente del espejo, ¡oh estériles deleites!

Admiren la sazón de su virginidad,

Más veo en esos ojos, cargados de tormentas,

Que no está hecha tu alma para las dulces fiestas,

Y que belleza tal, sombría como el hierro,

Es de aquellas que forjan y pulen los Infiernos,

Para un día oficiar espantosas lujurias

Y contristar el alma de humildes criaturas.

Con su peso aplastando un enorme almohadón

Un cuerpo allí lucía con un sopor muy dulce,

Y su sueño, adornado de una feliz sonrisa

… … … … … … … … … … … … … … … … … … …

El surco de su espalda que estremecía el deseo.

 

El aire estaba ungido de furor amoroso;

Los insectos volaban a la lámpara, el viento

Permanecía inmóvil en torno a las cortinas.

Era una noche cálida, un baño juvenil.

 

Gran ángel, que llevais sobre la fiera faz

Lo sombrío del Infierno, desde donde ascendisteis;

Domador dulce y fiero que me habéis enjaulado,

Para recreación de vuestra crueldad,

 

Pesadilla nocturna, sirena sin corsé,

Que me arrastrais, maligna, siempre de pie a mi lado,

Por mi sayal de santo o mi barba de sabio,

Para darme el veneno de un descarado amor…

… … … … … … … … … … … … … … … … … … … …

 

* * * * *

 

155. Condenación

 

El banco inextricable y duro,

El arduo pasadizo, el voraz maëlstrom ,

Menos arena arrastran y menos broza impura

 

Que nuestros corazones, donde se mira el cielo;

Son como promontorios en el aire sereno,

Donde el faro destella, centinela benéfico,

Pero abajo minados por corrosivas lapas;

 

Podríamos compararlos todavía al albergue,

Del hambriento esperanza, donde golpean de noche,

Jurando, heridos, rotos, solicitando asilo,

Prelados y estudiantes, rameras y soldados.

 

Nunca regresaran a las sucias alcobas;

Guerra, ciencia y amor, nada nos necesita.

El atrio estaba helado, infectos vino y lecho;

¡Hay que servir de hinojos a visitantes tales!

 

maëlostrom: remolino y sima marítima que intermitentemente se forman

en las costas de Noruega

 

 

 

 

 

 

 

Tres poemas de “Los despojos”:

 

156. Sobre «El Tasso en prisión»

 

En su celda, el poeta, harapiento y enfermo,

Teniendo un manuscrito bajo su pie convulso,

Contempla con mirada inundada de pánico

La escalera de vértigo donde su alma se abisma.

 

Las risas enervantes que pueblan la prisión,

Arrastran su razón a lo absurdo y lo extraño;

La Duda lo rodea y el ridículo Miedo,

Odioso y multiforme, circula en torno de él.

 

Este genio encerrado en un antro malsano,

Esas muecas y gritos, espectros cuyo enjambre

Amotinado gira detrás de sus oídos,

 

El soñador a quien el horror despertara,

Tal es tu emblema, Alma de tenebrosos sueños,

Que ahoga la Realidad entre sus cuatro muros.

 

* * * * *

 

157. A Theodore de Banville

 

De la Diosa empuñasteis la espesa cabellera,

Con vigor tal, que todos os hubieran tomado,

Al ver ese aire altivo y ese hermoso abandono

Por un joven rufián que golpease a su amante.

 

La mirada incendiada por un fuego precoz,

Vuestro orgullo de artífice sin pudor exhibisteis,

En esas construcciones, cuya audacia correcta,

Anticipa los frutos de vuestra madurez.

 

Poeta, nuestra sangre por cada poro escapa.

¿Tal vez por un azar, la veste del Centauro,

Que cada vena en fúnebre arroyo transformó,

 

Fue tres veces teñida en las sutiles lavas,

De aquellos monstruosos reptiles vengativos,

Que Hércules en su cuna un día estrangulara?

 

* * * * *

 

158. Puesta de sol romántica

 

Qué hermoso el sol parece cuando fresco se eleva,

Dando los buenos días como en una explosión

-Feliz aquel que puede, por el amor transido,

Saludar al poniente, más glorioso que un sueño.

 

¡Lo recuerdo!… Yo he visto todo, flor, surco, fuente,

Caer bajo su mirada como un corazón vivo…

-Pronto, pronto, ya es tarde, vamos al horizonte

Para atrapar al menos algún oblicuo rayo.

 

Pero persigo en vano al Dios que se retira;

La irresistible Noche establece su imperio,

Negro, húmedo, funesto, roto de escalofríos;

 

Un olor a sepulcro en las tinieblas boga,

Y mi pie temeroso roza, junto al pantano,

Sapos inesperados y babosas heladas.

 

Versi0nes de Antonio Martínez Sarrión

 

 

 

 

 

 

 

Conversación

¡Eres un bello cielo de otoño, claro y rosa!

Pero en mí, la tristeza asciende como el mar,

Y en su reflujo deja en mis cansados labios,

El punzante recuerdo de sus limos amargos.

 

-Se desliza tu mano por mi agotado pecho;

Lo que ella en vano busca, es un hueco asolado

Por las feroces garras que esconde la mujer.

Mi corazón no busques, fue pasto de las fieras.

 

Ahora es como un palacio saqueado por las turbas,

Donde beben, se matan, se arrancan los cabellos.

-Flota un perfume en torno de tu desnudo cuello!…

 

¡Tú lo quieres, Belleza, flagelo de las almas!

Con tus ojos de fuego, como fiestas lujosas,

¡Calcina esos despojos que evitaron las fieras!

 

Versión de Antonio Martínez Sarrión

 

 

 

 

 

 

 

Traducciones de otros autores:

 

 

 

A la que pasa

 

La avenida estridente en torno de mí aullaba.

Alta, esbelta, de luto, en pena majestuosa,

pasó aquella muchacha. Con su mano fastuosa

Casi apartó las puntas del velo que llevaba.

 

Ágil y ennoblecida por sus piernas de diosa,

Me hizo beber crispado, en un gesto demente,

En sus ojos el cielo y el huracán latente;

El dulzor que fascina y el placer que destroza.

 

Relámpago en tinieblas, fugitiva belleza,

Por tu brusca mirada me siento renacido.

¿Volveré acaso a verte? ¿Serás eterno olvido?

 

¿Jamás, lejos, mañana?, pregunto con tristeza.

Nunca estaremos juntos. Ignoro adónde irías.

Sé que te hubiera amado. Tú también lo sabías.

 

Versión de José Emilio Pacheco

 

 

 

 

 

 

 

Alegoría

 

Ésta es una mujer de rotunda cadera

que permite en el vino mojar su cabellera.

Las garras del amor , las mismas del granito.

Se ríe de la muerte y la depravación,

y, a pesar de su fuerte poder de destrucción,

las dos han respetado hasta ahora, en verdad,

de su cuerpo alto y firme la altiva majestad.

 

Anda como una diosa y tiende sultana,

siente por el placer fe mahometana.

Y cuando abre los brazos, sus pechos soberanos

demanda la mirada de todos los humanos.

 

Ella sabe, ella sabe, ¡oh doncella infecunda!,

necesaria, no obstante a la caterva inmunda,

que la beldad del cuerpo es un sublime don

que de cualquier infamia asegura el perdón.

 

Ella ignora el infierno y purgatorio ignora,

y mirará por eso, cuando le llegue la hora,

la cara de la muerte en un tan duro momento,

como un niño: sin odio sin remordimiento.

 

Versión de María Fasce

 

 

 

 

 

 

 

 

El balcón

 

¡Madre de los recuerdos! ¡Reina de los amantes!

Eres todo mi gozo, ¡todo mi yugo eres!

En ti revivirán los íntimos instantes

y el sabor del hogar en los atardeceres,

Madre de los recuerdos, ¡Reina de los Amantes!

 

Las noches que doraba la crepitante lumbre,

las noches del balcón entre un vaho de rosas,

cuán dulce tu regazo, de ardiente mansedumbre

y el frecuente decirnos inolvidables cosas

en noches que doraba la crepitante lumbre.

 

¡Oh cuán bellos los soles de las tibias veladas!

¡Qué profundo el espacio! ¡Qué cordial poderío¡

Inclinado hacia ti, Reina de las amadas,

respiraba el perfume de tu cuerpo bravío.

Oh cuán bellos los soles de las tibias veladas.

 

En redor espesaba la noche su negrura

y entre ella adivinaban mis ojos tus pupilas,

yo libaba tu aliento. ¡Oh veneno! ¡Oh dulzura!

Y tus pies dormitaban en mis manos tranquilas,

y en redor espesaba la noche su negrura.

 

¡Es de artistas fijar los minutos del gozo

remirando el ayer sumido en tus rodillas!

¿A qué vano buscar encanto langoroso,

de tu cuerpo y tu alma sino en las maravillas?

Es de artistas fijar los minutos del gozo.

 

Juramentos, aromas, besos innumerables:

renacerán del vórtice vedado a nuestras sondas

como soles que suben a cielos inefables

después de sumergidos en las amargas ondas?

¡Oh aromas, juramentos! ¡Oh besos incontables!

 

Versión de Carlos López Narváez

 

 

 

 

 

 

 

El enemigo

 

Mi juventud no fue sino oscura tormenta

que rara vez el Sol cortó con luz brillante,

trueno y lluvia ejercieron tan repetida afrenta

que en mi jardín no existen los frutos incitantes.

 

Yo que toqué el otoño del pensamiento azadas

tendré que usar, rastrillos y palas poderosas,

para juntar de nuevo las tierras inundadas

donde los agujeros son grandes como fosas.

 

Quién sabe si las nuevas flores que yo he soñado

encontrarán en este territorio lavado

el místico alimento que las vaya elevando!

 

Oh dolor de dolor! Corre el tiempo, la vida,

y el oscuro enemigo que nos va desangrando

crece y se fortifica con la sangre perdida!

 

Versión de Pablo Neruda

 

 

 

 

 

 

 

El extranjero

 

-¿A quién quieres más, hombre enigmático, dime, a tu padre, a tu madre,

a tu hermana o a tu hermano?

-Ni padre, ni madre, ni hermana, ni hermano tengo.

-¿A tus amigos?

-Empleáis una palabra cuyo sentido, hasta hoy, no he llegado a conocer.

-¿A tu patria?

-Ignoro en qué latitud está situada.

-¿A la belleza?

-Bien la querría, ya que es diosa e inmortal.

-¿Al oro?

-Lo aborrezco lo mismo que aborrecéis vosotros a Dios.

-Pues ¿a quién quieres, extraordinario extranjero?

-Quiero a las nubes…, a las nubes que pasan… por allá…. ¡a las nubes

maravillosas!

 

 

 

 

 

 

 

El gusto de la nada

 

¡Triste espíritu, antaño amante de la lucha,

la Esperanza, cuya espuela excitaba tu ardor,

no quiere ya montarte! Échate sin pudor,

viejo caballo cuyas patas tropiezan en todos los obstáculos.

 

Resígnate, corazón mío; duerme tu sueño de bruto.

 

¡Espíritu vencido, extenuado! Para ti, viejo merodeador,

el amor no tiene ya sabor, ni tampoco la lucha;

¡adiós, pues, cantos del metal y suspiros de la flauta!,

¡placeres, no tentéis ya a un corazón sombrío y gruñón!

 

¡La adorable Primavera ha perdido su olor!

 

Y el Tiempo me devora minuto tras minuto,

como la nieve inmensa a un cuerpo afectado por la rigidez;

contemplo desde lo alto el globo de su redondez,

y ya no busco en él el abrigo de una choza.

 

Alud, ¿quieres arrastrarme en tu caída?

 

 

 

 

 

 

 

 

El perfume

 

Lector: -¿Alguna vez, por suerte has respirado

con morosa embriaguez, con avidez golosa

el incienso que invade la nave silenciosa,

o el pomo que de ámbar un tiempo fue colmado?

 

¡Oh mágico, profundo portento alucinado,

presencia revivida de evocación brumosa,

cuando sobre su cuerpo puedo aspirar la rosa

de la sepulta imagen, del recuerdo adorado!

 

Selváticos efluvios se propagan al vuelo

del espeso y elástico madejón de su pelo,

como un incensario que sahuma la alcoba.

 

Y de las muselinas y el terciopelo oscuro

de los trajes, de todo, fluye, en hálito puro,

negro aroma gemelo del lecho de caoba.

 

Versión de: Carlos López Narváez

 

 

 

 

 

 

 

El reloj

 

Los chinos ven la hora en los ojos de los gatos. Cierto día, un misionero que se paseaba por un arrabal de Nankin advirtió que se le había olvidado el reloj, y le preguntó a un chiquillo qué hora era.

 

El chicuelo del Celeste Imperio vaciló al pronto; luego, volviendo sobre sí, contestó: «Voy a decírselo.» Pocos instantes después presentose de nuevo, trayendo un gatazo, y mirándole, como suele decirse, a lo blanco de los ojos, afirmó, sin titubear: «Todavía no son las doce en punto.» Y así era en verdad.

 

Yo, si me inclino hacia la hermosa felina, la bien nombrada, que es a un tiempo mismo honor de su sexo, orgullo de mi corazón y perfume de mi espíritu, ya sea de noche, ya de día, en luz o en sombra opaca, en el fondo de sus ojos adorables veo siempre con claridad la hora, siempre la misma, una hora vasta, solemne, grande como el espacio, sin división de minutos ni segundos, una hora inmóvil que no está marcada en los relojes, y es, sin embargo, leve como un suspiro, rápida como una ojeada.

 

Si algún importuno viniera a molestarme mientras la mirada mía reposa en tan deliciosa esfera; si algún genio malo e intolerante, si algún Demonio del contratiempo viniese a decirme: «¿Qué miras con tal cuidado? ¿Qué buscas en los ojos de esa criatura? ¿Ves en ellos la hora, mortal pródigo y holgazán?» Yo, sin vacilar, contestaría: «Sí; veo en ellos la hora. ¡Es la Eternidad!»

 

¿Verdad, señora, que éste es un madrigal ciertamente meritorio y tan enfático como vos misma? Por de contado, tanto placer tuve en bordar esta galantería presuntuosa, que nada, en cambio, he de pediros.

 

 

 

 

 

 

 

El vampiro

 

Tú que, como una cuchillada;

Entraste en mi dolorido corazón.

Tú que, como un repugnante tropel

De demonios, viniste loca y adornada,

 

Para hacer de mi espíritu humillado

Tu lecho y tu dominio.

¡Infame!, a quien estoy ligado

Como el forzado a su cadena,

 

Como al juego el jugador empedernido,

Como el borracho a la botella,

Como a la carroña los gusanos.

-¡Maldita, maldita seas tú!

 

Supliqué a la rápida espada

Que conquistara mi libertad

Y supliqué al pérfido veneno

Que sacudiera mi ruindad.

 

¡Ay! el veneno y la espada.

Me desdeñaron diciéndome:.

-No eres digno de que se te libere

De tu esclavitud maldita.

 

-¡Imbécil! -Si de su dominio

Te libraron nuestros esfuerzos,

Tus besos resucitarían

El cadáver de tu vampiro.

 

Versión de María Fasce

 

 

 

 

 

 

 

El vino de los amantes

 

¡Hoy es espléndido el espacio!

Sin freno, ni espuelas, ni brida,

Partamos a lomos del vino

Hacia un cielo divino y mágico.

 

Cual dos ángeles torturados

Por implacable calentura

En el cristal azul del alba

Sigamos tras el espejismo.

 

Balanceándonos sobre el ala

Del torbellino inteligente,

En un delirio paralelo,

 

Hermana, navegando juntos,

Huiremos sin reposo o tregua

Al paraíso de mis sueños.

 

 

 

 

 

 

El «Yo pecador» del artista

 

¡Cuán penetrante es el final del día en otoño! ¡Ay! ¡Penetrante hasta el dolor! Pues hay en él ciertas sensaciones deliciosas, no por vagas menos intensas; y no hay punta más acerada que la de lo infinito.

¡Delicia grande la de ahogar la mirada en lo inmenso del cielo y del mar! ¡Soledad, silencio, castidad incomparable de lo cerúleo! Una vela chica, temblorosa en el horizonte, imitadora, en su pequeñez y aislamiento,

de mi existencia irremediable, melodía monótona de la marejada, todo eso que piensa por mí, o yo por ello -ya que en la grandeza de la divagación el yo presto se pierde-; piensa, digo, pero musical y pintorescamente, sin

argucias, sin silogismos, sin deducciones.

Tales pensamientos, no obstante, ya salgan de mí, ya surjan de las cosas, presto cobran demasiada intensidad.

La energía en el placer crea malestar y sufrimiento positivo. Mis nervios, harto tirantes, no dan más que vibraciones chillonas, dolorosas.

Y ahora la profundidad del cielo me consterna; me exaspera su limpidez. La insensibilidad del mar, lo inmutable del espectáculo me subleva… ¡Ay! ¿Es fuerza eternamente sufrir, o huir de lo bello eternamente? ¡Naturaleza encantadora, despiadada, rival siempre victoriosa, déjame! ¡No tientes más a mis deseos y a mi orgullo! El estudio de la belleza es un duelo en que el artista da gritos de terror antes de caer vencido.

 

 

 

 

 

 

 

 

Embriáganse

 

Hay que estar ebrio siempre. Todo reside en eso: ésta es la única cuestión. Para no sentir el horrible peso del Tiempo que nos rompe las espaldas y nos hace inclinar hacia la tierra, hay que embriagarse sin descanso.

 

Pero, ¿de qué? De vino, de poesía o de virtud, como mejor les parezca. Pero embriáguense.

 

Y si a veces, sobre las gradas de un palacio, sobre la verde hierba de una zanja, en la soledad huraña de su cuarto, la ebriedad ya atenuada o desaparecida ustedes se despiertan pregunten al viento, a la ola, a la estrella, al pájaro, al reloj, a todo lo que huye, a todo lo que gime, a todo lo que rueda, a todo lo que canta, a todo lo que habla, pregúntenle qué hora es; y el viento, la ola, la estrella, el pájaro, el reloj, contestarán:

“¡Es hora de embriagarse!

Para no ser los esclavos martirizados del Tiempo,

¡embriáguense, embriáguense sin cesar!

De vino, de poesía o de virtud, como mejor les parezca.

 

 

 

 

 

 

 

 

Invitación al viaje

 

Mi hermana, mi ser,

sueña en el placer

de juntar las vidas en tierra distante;

y en un lento amar,

amando expirar

en aquel país a Ti semejante.

Los húmedos soles

de sus arreboles

mi alma conturban con el mismo encanto

de tus agoreros

ojos traicioneros

cuando resplandecen a través del llanto.

 

Allá todo es rítmico, hermoso

y sereno esplendor voluptuoso.

 

Pulieron los años

suntuosos escaños

que serán la muelle pompa de la estancia

donde los olores

de exóticas flores

vagan entre ‘una ambarina fragancia.

La rica techumbre,

la ilímite lumbre

que dan los espejos con magia oriental,

hablaran con voces

de incógnitos goces

al alma en su dulce lenguaje natal.

 

Allá todo es rítmico, hermoso

y sereno esplendor voluptuoso.

Mira en las orillas

las dormidas quillas

de innúmera ruta, de sino errabundo:

siervas de tu anhelo,

su marino vuelo

tendieron de todos los puertos del mundo.

Ponentinos lampos

revisten los campos,

la senda, la orilla. Cárdeno capuz

de oro y jacinto,

por el orbe extinto

difunde la tarde su cálida luz.

Allá todo es rítmico, hermoso

y sereno esplendor voluptuoso.

 

Versión de Carlos López Narváez

 

 

 

 

 

 

 

La belleza

 

Yo soy bella, ¡oh mortales! , como un sueño de piedra.

Mi seno -donde el hombre se desangra y expira-

Mudo, infinito amor al poeta le inspira,

Coronada de rosas lo mismo que de yedra.

 

Campea en el azul -esfinge impenetrable-:

Bajo alburas de cisne llevo un alma de nieve;

Odio los movimientos que las líneas remueve;

Lo mismo ignoro el llanto que la risa inefable.

 

Los poetas, absortos frente a mis actitudes

-Que asumidas parecen de altivas magnitudes-

Consumirán sus días sondando las edades;

 

Que tengo para embrujo de amadores tan fieles,

-Espejos que trasmutan las guijas en joyeles-

Mis ojos, grandes ojos, de eternas claridades.

 

Versión de Carlos López Narváez

 

 

 

 

 

 

 

La desesperación de la anciana

 

La viejecilla arrugada sentíase llena de regocijo al ver a la linda criatura festejada por todos, a quien todos querían agradar; aquel lindo ser tan frágil como ella, viejecita, y como ella también sin dientes ni cabellos.

Y se le acercó para hacerle fiestas y gestos agradables.

Pero el niño, espantado, forcejeaba al acariciarlo la pobre mujer decrépita, llenando la casa con sus aullidos.

Entonces la viejecilla se retiró a su soledad eterna, y lloraba en un rincón, diciendo: «¡Ay! Ya pasó para nosotras, hembras viejas, desventuradas, el tiempo de agradar aun a los inocentes; ¡y hasta causamos horror a los niños pequeños cuando vamos a darles cariño!»

 

 

 

 

 

 

 

La destrucción

 

El demonio a mi lado acecha en tentaciones;

como un aire impalpable lo siento en torno mío;

lo respiro, lo siento quemando mis pulmones

de un culpable deseo con que, en vano, porfío.

 

Toma a veces la forma, sabiendo que amo el arte,

de la más seductora de todas las mujeres;

con pretextos y antojos que no hecho a mala parte

acostumbra mis labios a nefandos placeres.

 

Cada vez más, me aleja de la dulce mirada

de Dios, dejando mi alma jadeante, fatigada

en medio de las negras llanuras del hastío.

 

Y pone ante mis ojos llenos de confesiones,

heridas entreabiertas, espantosas visiones…

la destrucción preside este corazón mío.

 

Versión de María Fasce

 

 

 

 

 

 

 

 

La estéril

 

Con su veste ondulante, de visos nacarados

-aún cuando camina parece que danzara-

cual ágiles serpientes que en la mágica vara

y en cadencias concitan los juglares sagrados;

 

Como la arena fosca y el azul inclemente

-una y otro impasibles ante el dolor humano;

como la red sin fondo del artero océano,

va desplegando Ella su mirar indolente.

 

Tersos, fingen sus ojos un metal agorero

-amalgama de oro, gemas, lampos de acero-

suma del ángel puro y la esfinge profunda,

 

y en su naturaleza simbólica y extraña

esplende para siempre, con su inútil entraña,

la fría majestad de la hembra infecunda.

 

Versión de Carlos López Narváez

 

 

 

 

 

 

 

La fuente de sangre

 

Creo sentir, a veces que mi sangre en torrente

se me escapa en sollozos lo mismo que una fuente.

Oigo perfectamente su queja dolorida,

pero me palpo en vano para encontrar la herida.

 

Corre como si fuera regando un descampado,

y en curiosos islotes convierte el empedrado,

apagando la sed que hay en toda criatura

y tiñendo doquiera de rojo la Natura.

 

A menudo también del vino he demandado

que aplaque por un día mi terror. ¡Pero el vino

torna el mirar más claro y el oído más fino.

 

Tampoco en el amor el olvido he encontrado:

ha sido para mí un lecho de alfileres,

hecho para saciar la sed de las mujeres.

 

Versión de Eduardo Ritter

 

 

 

 

 

 

 

La pipa

 

Soy la pipa de un escritor:

dice bien claro mi pergeño

de cafre, que tengo por dueño

un refinado fumador.

 

Al agobio de su labor

se agita mi flabel risueño

igual que el penacho hogareño

a la vuelta del labrador.

 

Mecer su corazón yo gusto

en el móvil azul arbusto

nacido en mi boca de fuego.

 

Y extiendo con mi beso ardiente

sobre su espíritu doliente

unción de encanto y de sosiego.

 

Versión de Carlos López Narváez

 

 

 

 

 

 

 

 

La serpiente que danza

 

¡Cuánto gozo al mirar, dulce indolente,

Tu corpóreo esplendor

Como si fueran seda iridiscente

Tu piel y su fulgor.

 

Y sobre tu profunda cabellera

De un ácido aromar

-Cual un mar errabundo, sin ribera,

En azul ondular;

 

Como bajel que despertó del sueño

Al viento matinal,

Lanzo mi alma en soñador empeño

Hacia el piélago astral.

 

En tu mirada que nada revela

De dulzura ni hiel,

Mezcla de oro y hierro se congela

Para el doble joyel.

 

Mirando la cadencia con que avanzas

Bella de lasitud,

Dijéranse las serpentinas danzas

Al ritmo del laúd.

 

Agobiada de un fardo de molicie

Tu cabeza infantil

Se balancea como en la planicie

Una leona febril.

 

Y tu cuerpo se inclina y se distiende

Como un ebrio bajel,

Y va de borda en borda mientras hiende

Las aguas su proel.

 

Cual la onda engrosada por las fuentes

Del rugidor glaciar ,

Cuando asoman al filo de tus dientes

Espuma y pleamar,

 

Creo beber un vino -sangre y llama,

Sima y elevación-,

Un vino que me inunda, que me inflama

De astros el corazón.

 

Versión de Carlos López Narváez

 

 

 

 

 

 

 

64. Madrigal triste

 

¿Qué me importa que seas casta? Sé bella y triste.

Las lágrimas aumentan de tu faz el encanto.

Reverdece el paisaje de la fuente al quebranto;

la tormenta a las flores de frescura reviste.

 

Eres más la que amo si la melancolía

consterna tu mirada; si en lago de negrura

tu corazón naufraga; si el ayer su pavura

tiende sobre tus horas como nube sombría.

 

Eres la Bien-Amada si tu pupila vierte

-tibia como la sangre- su raudal; si aunque blanda

mi caricia te arrulle, lenta y ruda se agranda

tu angustia con el trémulo presagio de la muerte.

 

¡Oh voluptuosidades profundas y divinas!

¡Salmo de los deleites entonado en sollozos!

Tus ojos, como perlas, son fuegos misteriosos

con que las interiores penumbras iluminas.

 

Tu corazón es fragua; la pasión insepulta

como ascua inextinta, dispersa su destello;

y bajo la celeste blancura de tu cuello

un poco de satánica rebeldía se oculta.

 

Pero en tanto, Adorada, que no pueblen tus sueños

pesadillas sin término, reflejos avernales,

y en lívidas visiones de azufre mil puñales

tajen tu carne ebria de filtros y beleños,

 

y a todas las quimeras pávida esclavizada

el augurio funesto mires a cada paso,

y convulsa te acojas al letárgico abrazo

del tedio irresistible que anuncia la alborada.

 

Tú no podrás, -oh sierva que me impones tu ley

y a tu amor me encadenas perversa y temblorosa,

decirme desde el antro de la noche morbosa,

con el alma en un grito: Yo soy tú mismo, ¡oh Rey!

 

Versión de Carlos López Narváez

 

 

 

 

 

 

 

Recogimiento

 

Cálmate, dolor mío, y tu angustia serena.

Anhelabas la noche. Ya desciende. Aquí está.

Una atmósfera oscura cubre a París. Traerá

a unos cuantos la paz, a otros muchos la pena.

 

Mientras la muchedumbre que se rinde al placer

Su verdugo inclemente  por las calles anhela

Cazar remordimientos bajo la fiesta en vela,

Tú, dolor, ven a mí. Dame la mano al ver

 

Que es posible escaparse de los ya muertos años

Con sus antiguos trajes en el balcón celeste.

Ya brotan, como salen del mar, los desengaños,

 

Cuando el sol, bajo un arco, se muere en lontananza.

Ahora, tal un sudario que desciende del este.

Observa, mi dolor: la inmensa noche avanza.

 

Versión de José Emilio Pacheco

 

 

 

 

 

 

 

Remordimiento póstumo

 

Cuando duermas por siempre, mi amada Tenebrosa,

tendida bajo el mármol de negro monumento

y por tibia morada y por solo aposento

tengas, no más, el antro húmedo de la fosa;

 

Cuando oprima la piedra tu carne temblorosa,

y le robe a tus flancos su dulce rendimiento,

acallará por siempre tu corazón violento,

detendrá para siempre tu andanza vagarosa.

 

La tumba, confidente de mi anhelo infinito

(compasivo refugio del poeta maldito)

a tu insomnio sin alba dirá con gritos vanos:

 

“Cortesana imperfecta -¿de qué puede valerte

denegarle a la Vida lo que hoy llora la muerte”?

Mientras -¡pesar tardío!- te roen los gusanos.

 

Versión de Carlos López Narváez

 

 

 

 

 

 

 

73. Soneto de otoño

 

Me preguntan tus ojos, claros como el cristal,

para ti, extraño amante, ¿cuál es mi atractivo?

-¡Sé encantadora y cállate! Mi corazón, al que todo irrita

excepto el candor del animal primitivo,

 

no quiere descubrirte su secreto infernal.

Berceuse cuya mano al dulce sueño invita,

ni su negra leyenda escrita con llamas.

¡Odio la pasión y el ingenio me duele!

 

Amémonos con dulzura. El amor en su garita,

tenebroso, emboscado, blande su arco cruel.

Conozco las armas de su perfecto arsenal.

 

¡Crimen, horror y locura! ¡Oh, pálida margarita!

¿Acaso, como yo, no eres tú un sueño otoñal,

también tú, mi tan fría y pálida Margarita?

 

Versión de María Fasce

 

 

 

 

 

 

Te adoro igual que a la bóveda nocturna…

 

Te adoro igual que a la bóveda nocturna,

¡oh vaso de tristeza, gran taciturna!

Y te amo tanto más, bella, cuanto más me huyes;

y cuanto más me pareces encanto de mis noches,

irónicamente aumentar la distancia

que separa mis brazos de la inmensidad azul.

Avanzo en los ataques y trepo en los asaltos

como junto a un cadáver un coro de gusanos,

y amo tiernamente, bestia implacable y cruel,

incluso tu frialdad, que aumenta tu belleza.

 

Versión de María Fasce

 

 

 

 

 

 

 

Últimos suspiros de un parnasiano

 

Klop, klip, klop, klop, klip, klop.

Desgranando gota a gota su rítmico sollozo,

En los pilones de la fuente donde el agua duerme inmóvil,

Un surtidor es el único en turbar la plácida y tranquila noche.

 

Qué silencio! Se diría que este globo aletargado

Sobre aterciopeladas olas hacia el infinito se desliza.

Allá en lo alto, a miles de millones de lenguas acribillando el

Espacio,

Peregrinos ahítos de las azules soledades,

Ajenos a los mártires que sobre sus flancos pululan,

Enredando sin fin sus orbe indolentes,

-Oasis de miseria o cadáveres de mundos-

Las doradas esferas circulan errantes de concierto.

Alma mía, olvidemos todo! Soltemos las riendas de oro

A las contemplaciones que su vuelo despliegan,

Las estrofas en mi seno permanecen alicaídas…

Por qué razón someterlas a un metro rebelde!

Nada quiero saber, el vértigo enervante

Me arrulla en los pliegues de su abismo movedizo…

Me fundo dulcemente… Estoy muerto, nada… ni siquiera la certeza

De oír el surtidor puntuar gota a gota

El eterno silencio de un rítmico sollozo.

Klop, klip, klop, klop, klip, klop…

 

 

 

 

 

 

 

Un hemisferio en una cabellera

 

Déjame respirar mucho tiempo, mucho tiempo, el olor de tus cabellos; sumergir en ellos el rostro, como hombre sediento en agua de manantial, y agitarlos con mi mano, como pañuelo odorífero, para sacudir recuerdos al aire.

 

¡Si pudieras saber todo lo que veo! ¡Todo lo que siento! ¡Todo lo que oigo en tus cabellos! Mi alma viaja en el perfume como el alma de los demás hombres en la música.

 

Tus cabellos contienen todo un ensueño, lleno de velámenes y de mástiles; contienen vastos mares, cuyos monzones me llevan a climas de encanto, en que el espacio es más azul y más profundo, en que la atmósfera está perfumada por los frutos, por las hojas y por la piel humana.

 

En el océano de tu cabellera entreveo un puerto en que pululan cantares melancólicos, hombres vigorosos de toda nación y navíos de toda forma, que recortan sus arquitecturas finas y complicadas en un cielo inmenso en que se repantiga el eterno calor.

 

En las caricias de tu cabellera vuelvo a encontrar las languideces de las largas horas pasadas en un diván, en la cámara de un hermoso navío, mecidas por el balanceo imperceptible del puerto, entre macetas y jarros refrescantes.

 

En el ardiente hogar de tu cabellera respiro el olor del tabaco mezclado con opio y azúcar; en la no-che de tu cabellera veo resplandecer lo infinito del azul tropical; en las orillas vellosas de tu cabellera me emborracho con los olores combinados del algodón, del almizcle y del aceite de coco.

 

Déjame morder mucho tiempo tus trenzas, pesadas y negras. Cuando mordisqueo tus cabellos elásticos y rebeldes, me parece que como recuerdos.

 

 

 

 

 

 

 

De “Las flores del mal:

Versiones de Ignacio Caparrós

(Ed. Alhulia. Colección “Crisálida”, nº 20. Granada, 2001)

 

II- El albatros

 

Por divertirse a veces suelen los marineros

cazar a los albatros, aves de envergadura,

que siguen, en su rumbo indolentes viajeros,

al barco que se mece sobre la amarga hondura.

 

Apenas son echados en la cubierta ardiente,

esos reyes del cielo, torpes y avergonzados,

sus grandes alas blancas abaten tristemente

como remos que arrastran a sus cuerpos pegados.

 

¡Este viajero alado, oh qué inseguro y chico!

¡Hace poco tan bello, qué débil y grotesco!

¡Uno con una pipa le ha chamuscado el pico,

imita otro su vuelo con renqueo burlesco!

 

El Poeta es semejante al príncipe del cielo

que puede huir las flechas y el rayo frecuentar;

entre mofas y risas exiliado en el suelo,

sus alas de gigante le impiden caminar.

 

* * * * *

 

IV- Correspondencias

 

La creación es un templo donde vivos pilares

hacen brotar a veces vagas voces oscuras;

por allí pasa el hombre a través de espesuras

de símbolos que observan con ojos familiares.

 

Como ecos prolongados que a lo lejos se ahogan

en una tenebrosa y profunda unidad,

inmensa cual la noche y cual la claridad,

perfumes y colores y sonidos dialogan.

 

Laten frescas fragancias como carnes de infantes,

verdes como praderas, dulces como el oboe,

y hay otras corrompidas, gloriosas y triunfantes,

 

de expansión infinita sus olores henchidos,

como el almizcle, el ámbar, el incienso, el aloe,

que los éxtasis cantan del alma y los sentidos.

 

* * * * *

 

 

X- El enemigo

 

Mi juventud fue sólo tenebrosa tormenta,

por rutilantes soles cruzada acá y allá;

relámpagos y lluvias la hicieron tan violenta,

que en mi jardín hay pocos frutos dorados ya.

 

De las ideas hoy al otoño he llegado,

y rastrillos y pala ahora debo emplear

para igualar de nuevo el terreno inundado,

donde el agua agujeros cual tumbas fue a cavar.

 

¿Quién sabe si las flores nuevas que en sueño anhelo

hallarán como playas en el regado suelo

el místico alimento que les diera vigor?

 

-¡Dolor!, ¡dolor! ¡El Tiempo, ay, devora la vida,

y el oscuro Enemigo que roe nuestro interior

con nuestra propia sangre crece y se consolida!

 

* * * * *

 

XIV- El hombre y la mar

 

¡Para siempre, hombre libre, a la mar tu amarás!

Es tu espejo la mar; mira, contempla tu alma

en el vaivén sin fin de su oleada calma,

y tan hondo tu espíritu y amargo sentirás.

 

Sumergirte en el fondo de tu imagen te dejas;

con tus ojos y brazos la estrechas, y tu ardor

se distrae por momentos de su propio rumor

al salvaje e indomable resonar de sus quejas.

 

Oscuros a la vez ambos sois y discretos:

hombre, nadie sondeó el fondo de tus simas,

tus íntimas riquezas, oh mar, a nadie arrimas,

¡con tan celoso afán calláis vuestros secretos!

 

Y en tanto van pasando los siglos incontables

sin piedad ni aflicción vosotros os sitiáis,

de tal modo la muerte y la matanza amáis,

¡oh eternos combatientes, oh hermanos implacables!

 

* * * * *

 

XVII- La belleza

 

Bella soy, ¡oh mortales!, como un sueño de piedra,

y mi seno, que a todos siempre ha martirizado,

para inspirar amor a los poetas medra

a la materia igual, inmortal y callado.

 

En el azul impero, incomprendida esfinge;

al blancor de los cisnes uno un corazón frío;

detesto el movimiento que a las líneas refringe,

y nunca lloro como jamás tampoco río.

 

Los poetas, al ver mis grandes ademanes,

que parecen prestados de altivos edificios,

consumirán sus días en austeros afanes;

 

Pues, para fascinar a amantes tan propicios,

tengo puros espejos que hacen las cosas bellas:

¡mis ojos, tan profundos, como eternas centellas!

 

* * * * *

 

XXXIII- Remordimiento póstumo

 

Cuando en el fondo duermas, mi bella tenebrosa,

de una tumba de mármol denegrido construida,

y ya tan sólo tengas por alcoba o guarida

una cueva lluviosa y una profunda fosa;

 

Cuando oprima la losa tu carne temblorosa

y tus flancos doblados con encanto tendida,

y el latir y el querer a tu pecho le impida,

Y a tus pies el correr su carrera azarosa,

 

La tumba, confidente de mi sueño infinito,

(porque la tumba siempre comprenderá al poeta),

en esas largas noches en que el sueño es proscrito,

 

Te dirá: “¿De qué os sirve, cortesana indiscreta,

lo que los muertos lloran no haber conocimiento?”

-Y te roerá el gusano como un remordimiento.

 

* * * * *

 

LXVI- Los gatos

 

Los amantes fervientes y los sabios austeros

adoran por igual, en su estación madura,

al orgullo de casa, la fuerza y la dulzura

de los gatos, tal ellos sedentarios, frioleros.

 

Amigos de la ciencia y la sensualidad,

al horror de tinieblas y al silencio se guían;

los fúnebres corceles del Erebo serían,

si pudieran al látigo ceder su majestad.

 

Adoptan cuando sueñan las nobles actitudes

de alargadas esfinges, que en vastas latitudes

solitarias se duermen en un sueño inmutable;

 

Mágicas chispas yerguen sus espaldas tranquilas,

y partículas de oro, como arena agradable,

estrellan vagamente sus místicas pupilas.

 

* * * * *

 

LXXVII- Spleen

 

Yo soy como ese rey de aquel país lluvioso,

rico, pero impotente, joven, aunque achacoso,

que, despreciando halagos de sus cien concejales,

con sus perros se aburre y demás animales.

Nada puede alegrarle, ni cazar, ni su halcón,

ni su pueblo muriéndose enfrente del balcón.

La grotesca balada del bufón favorito

no distrae la frente de este enfermo maldito;

en cripta se convierte su lecho blasonado,

y las damas, que a cada príncipe hallan de agrado,

no saben ya encontrar qué vestido indiscreto

logrará una sonrisa del joven esqueleto.

el sabio que le acuña el oro no ha podido

extirpar de su ser el humor corrompido,

y en los baños de sangre que hacían los Romanos,

que a menudo recuerdan los viejos soberanos,

reavivar tal cadáver él tampoco ha sabido

pues tiene en vez de sangre verde agua del Olvido.

 

Versión de Ignacio Caparrós

(Ed. Alhulia. Colección “Crisálida”, nº 20. Granada, 2001)

 

Poemas de Miguel de Cervantes Saavedra

QUIJOTE I Capítulo XI

 

Antonio

 

-Yo sé, Olalla, que me adoras,

puesto que no me lo has dicho

ni aun con los ojos siquiera,

mudas lenguas de amoríos.

Porque sé que eres sabida,

en que me quieres me afirmo;

que nunca fue desdichado

amor que fue conocido.

Bien es verdad que tal vez,

Olalla, me has dado indicio

que tienes de bronce el alma

y el blanco pecho de risco.

Mas allá entre tus reproches

y honestísimos desvíos,

tal vez la esperanza muestra

la orilla de su vestido.

Abalánzase al señuelo

mi fe, que nunca ha podido,

ni menguar por no llamado,

ni crecer por escogido.

Si el amor es cortesía,

de la que tienes colijo

que el fin de mis esperanzas

ha de ser cual imagino.

Y si son servicios parte

de hacer un pecho benigno,

algunos de los que he hecho

fortalecen mi partido.

Porque si has mirado en ello,

más de una vez habrás visto

que me he vestido en los lunes

lo que me honraba el domingo.

Como el amor y la gala

andan un mismo camino,

en todo tiempo a tus ojos

quise mostrarme pulido.

Dejo el bailar por tu causa,

ni las músicas te pinto

que has escuchado a deshoras

y al canto del gallo primo.

No cuento las alabanzas

que de tu belleza he dicho;

que, aunque verdaderas, hacen

ser yo de algunas malquisto.

Teresa del Berrocal,

yo alabándote, me dijo:

”Tal piensa que adora a un ángel,

y viene a adorar a un simio;

merced a los muchos dijes

y a los cabellos postizos,

y a hipócritas hermosuras,

que engañan al Amor mismo”.

Desmentíla y enojóse;

volvió por ella su primo:

desafióme, y ya sabes

lo que yo hice y él hizo.

No te quiero yo a montón,

ni te pretendo y te sirvo

por lo de barraganía;

que más bueno es mi designio.

Coyundas tiene la Iglesia

que son lazadas de sirgo;

pon tú el cuello en la gamella;

verás como pongo el mío.

Donde no, desde aquí juro,

por el santo más bendito,

de no salir destas sierras

sino para capuchino.

 

 

 

QUIJOTE I Capítulo XIV

 

Canción de Grisóstomo

 

Ya que quieres, cruel, que se publique,

de lengua en lengua y de una en otra gente,

del áspero rigor tuyo la fuerza,

haré que el mismo infierno comunique

al triste pecho mío un son doliente,

con que el uso común de mi voz tuerza.

Y al par de mi deseo, que se esfuerza

a decir mi dolor y tus hazañas,

de la espantable voz irá el acento,

y en él mezcladas, por mayor tormento,

pedazos de las míseras entrañas.

Escucha, pues, y presta atento oído,

no al concertado son, sino al rüido

que de lo hondo de mi amargo pecho,

llevado de un forzoso desvarío,

por gusto mío sale y tu despecho.

El rugir del león, del lobo fiero

el temeroso aullido, el silbo horrendo

de escamosa serpiente, el espantable

baladro de algún monstruo, el agorero

graznar de la corneja, y el estruendo

del viento contrastado en mar instable;

del ya vencido toro el implacable

bramido, y de la viuda tortolilla

el sentible arrullar; el triste canto

del envidiado búho, con el llanto

de toda la infernal negra cuadrilla,

salgan con la doliente ánima fuera,

mezclados en un son, de tal manera

que se confundan los sentidos todos,

pues la pena cruel que en mí se halla

para contarla pide nuevos modos.

De tanta confusión no las arenas

del padre Tajo oirán los tristes ecos,

ni del famoso Betis las olivas:

que allí se esparcirán mis duras penas

en altos riscos y en profundos huecos,

con muerta lengua y con palabras vivas;

o ya en oscuros valles, o en esquivas

playas, desnudas de contrato humano,

o adonde el sol jamás mostró su lumbre,

o entre la venenosa muchedumbre

de fieras que alimenta el libio llano;

que, puesto que en los páramos desiertos

los ecos roncos de mi mal, inciertos,

suenen con tu rigor tan sin segundo,

por privilegio de mis cortos hados,

serán llevados por el ancho mundo.

Mata un desdén, atierra la paciencia,

o verdadera o falsa, una sospecha;

matan los celos con rigor más fuerte;

desconcierta la vida larga ausencia;

contra un temor de olvido no aprovecha

firme esperanza de dichosa suerte.

En todo hay cierta, inevitable muerte;

mas yo, ¡milagro nunca visto!, vivo

celoso, ausente, desdeñado y cierto

de las sospechas que me tienen muerto;

y en el olvido en quien mi fuego avivo,

y, entre tantos tormentos, nunca alcanza

mi vista a ver en sombra a la esperanza,

ni yo, desesperado, la procuro;

antes, por extremarme en mi querella,

estar sin ella eternamente juro.

¿Puédese, por ventura, en un instante

esperar y temer, o es bien hacerlo,

siendo las causas del temor más ciertas?

¿Tengo, si el duro celo está delante,

de cerrar estos ojos, si he de vello

por mil heridas en el alma abiertas?

¿Quién no abrirá de par en par las puertas

a la desconfianza, cuando mira

descubierto el desdén, y las sospechas,

¡oh amarga conversión!, verdades hechas,

y la limpia verdad vuelta en mentira?

¡Oh, en el reino de amor fieros tiranos

celos, ponedme un hierro en estas manos!

Dame, desdén, una torcida soga.

Mas, ¡ay de mí!, que, con cruel victoria,

vuestra memoria el sufrimiento ahoga.

Yo muero, en fin; y, porque nunca espere

buen suceso en la muerte ni en la vida,

pertinaz estaré en mi fantasía.

Diré que va acertado el que bien quiere,

y que es más libre el alma más rendida

a la de amor antigua tiranía.

Diré que la enemiga siempre mía

hermosa el alma como el cuerpo tiene,

y que su olvido de mi culpa nace,

y que, en fe de los males que nos hace,

amor su imperio en justa paz mantiene.

Y, con esta opinión y un duro lazo,

acelerando el miserable plazo

a que me han conducido sus desdenes,

ofreceré a los vientos cuerpo y alma,

sin lauro o palma de futuros bienes.

Tú, que con tantas sinrazones muestras

la razón que me fuerza a que la haga

a la cansada vida que aborrezco,

pues ya ves que te da notorias muestras

esta del corazón profunda llaga,

de cómo, alegre, a tu rigor me ofrezco,

si, por dicha, conoces que merezco

que el cielo claro de tus bellos ojos

en mi muerte se turbe, no lo hagas;

que no quiero que en nada satisfagas,

al darte de mi alma los despojos.

Antes, con risa en la ocasión funesta,

descubre que el fin mío fue tu fiesta;

mas gran simpleza es avisarte de esto,

pues sé que está tu gloria conocida

en que mi vida llegue al fin tan presto.

Venga, que es tiempo ya, del hondo abismo

Tántalo con su sed; Sísifo venga

con el peso terrible de su canto;

Ticio traya su buitre, y asimismo

con su rueda Egïón no se detenga,

ni las hermanas que trabajan tanto;

y todos juntos su mortal quebranto

trasladen en mi pecho, y en voz baja

-si ya a un desesperado son debidas-

canten obsequias tristes, doloridas,

al cuerpo a quien se niegue aun la mortaja.

Y el portero infernal de los tres rostros,

con otras mil quimeras y mil monstruos,

lleven el doloroso contrapunto;

que otra pompa mejor no me parece

que la merece un amador difunto.

Canción desesperada, no te quejes

cuando mi triste compañía dejes;

antes, pues que la causa do naciste

con mi desdicha aumenta su ventura,

aun en la sepultura no estés triste.

 

 

 

Del libro de “DON QUIJOTE DE LA MANCHA”

SONETOS

 

El Monicongo, académico de la Argamasilla, a la sepultura de don Quijote

 

Epitafio

 

El calvatrueno que adornó a la Mancha

de más despojos que Jasón decreta;

el jüicio que tuvo la veleta

aguda donde fuera mejor ancha,

 

el brazo que su fuerza tanto ensancha,

que llegó del Catay hasta Gaeta,

la musa más horrenda y más discreta

que grabó versos en la broncínea plancha,

 

el que a cola dejó los Amadises,

y en muy poquito a Galaores tuvo,

estribando en su amor y bizarría,

 

el que hizo callar los Belianises,

aquel que en Rocinante errando anduvo,

yace debajo de esta losa fría.

 

 

Del Paniaguado, académico de la Argamasilla,

In laudem Dulcinæ del Toboso

 

Esta que veis de rostro amondongado,

alta de pechos y ademán brioso,

es Dulcinea, reina del Toboso,

de quien fue el gran Quijote aficionado.

 

Pisó por ella el uno y otro lado

de la gran Sierra Negra, y el famoso

campo de Montïel, hasta el herboso

llano de Aranjüez, a pie y cansado.

 

Culpa de Rocinante, ¡oh dura estrella!,

que esta manchega dama, y este invito

andante caballero, en tiernos años,

 

ella dejó, muriendo, de ser bella;

y él, aunque queda en mármoles escrito,

no pudo huir de amor, iras y engaños.

 

 

Del caprichoso, discretísimo académico de la Argamasilla, en loor de Rocinante, caballo de don Quijote de la Mancha

 

(Soneto con estrambote)

 

En el soberbio trono diamantino

que con sangrientas plantas huella Marte,

frenético, el Manchego su estandarte

tremola con esfuerzo peregrino.

 

Cuelga las armas y el acero fino

con que destroza, asuela, raja y parte:

¡nuevas proezas!, pero inventa el arte

un nuevo estilo al nuevo paladino.

 

Y si de su Amadís se precia Gaula,

por cuyos bravos descendientes Grecia

triunfó mil veces y su fama ensancha,

 

hoy a Quijote le corona el aula

do Belona preside, y de él se precia,

más que Grecia ni Gaula, la alta Mancha.

 

Nunca sus glorias el olvido mancha,

pues hasta Rocinante, en ser gallardo,

excede a Brilladoro y a Bayardo.

 

 

Del burlador, académico argamasillesco, a Sancho Panza

 

Sancho Panza es aquéste, en cuerpo chico,

pero grande en valor, ¡milagro extraño!

Escudero el más simple y sin engaño

que tuvo el mundo, os juro y certifico.

 

De ser conde no estuvo en un tantico,

si no se conjuraran en su daño

insolencias y agravios del tacaño

siglo, que aun no perdonan a un borrico.

 

Sobre él anduvo -con perdón se miente-

este manso escudero, tras el manso

caballo Rocinante y tras su dueño.

 

¡Oh vanas esperanzas de la gente;

cómo pasáis con prometer descanso,

y al fin paráis en sombra, en humo, en sueño!

 

 

Amadís de Gaula a don Quijote de la Mancha

 

Tú, que imitaste la llorosa vida

Que tuve ausente y desdeñado sobre

El gran ribazo de la Peña Pobre,

De alegre a penitencia reducida,

 

Tú, a quien los ojos dieron la bebida

De abundante licor, aunque salobre,

Y alzándote la plata, estaño y cobre,

Te dio la tierra en tierra la comida,

 

Vive seguro de que eternamente,

En tanto, al menos, que en la cuarta esfera,

Sus caballos aguije el rubio Apolo,

 

Tendrás claro renombre de valiente;

Tu patria será en todas la primera;

Tu sabi autor, al mundo único y solo.

 

 

Don Bellanís de Grecia a don Quijote de la Mancha

 

Rompí, corté, abollé, y dije y hice

Más que en el orbe caballero andante;

Fui diestro, fui valiente, fui arrogante;

Mil agravios vengué, cien mil deshice.

 

Hazañas di a la Fama que eternice;

Fui comedido y regalado amante;

Fue enano para mí todo gigante

Y al duelo en cualquier punto satisfice.

 

Tuve a mis pies postrada la Fortuna,

Y trajo del copeta mi cordura

A la calva Ocasión al estricote.

 

Mas, aunque sobre el cuerno de la luna

Siempre se vio encumbrada mi ventura,

Tus proezas envidio, ¡oh gran Quijote!

 

 

La señora Oriana a Dulcinea del Toboso

 

¡Oh, quién tuviera, hermosa Dulcinea,

por más comodidad y más reposo,

a Miraflores puesto en el Toboso,

y trocara sus Londres con tu aldea!

 

¡Oh, quién de tus deseos y librea

alma y cuerpo adornara, y del famoso

caballero que hiciste venturoso

mirara alguna desigual pelea!

 

¡Oh, quién tan castamente se escapara

del señor Amadís como tú hiciste

del comedido hidalgo don Quijote!

 

Que así envidiada fuera, y no envidiara,

Y fuera alegre el tiempo que fue triste,

Y gozara los gustos sin escotes.

 

 

Gandalín, escudero de Amadís de Gaula, a Sancho Panza, escudero de don Quijote

 

Salve, varón famoso, a quien Fortuna,

Cuando en el trato escuderil te puso,

Tan blanda y cuerdamente lo dispuso,

Que lo pasaste sin desgracia alguna.

 

Ya la azada o la hoz poco repugna

Al andante ejercicio; ya está en uso

La llaneza escudera, con que acuso

Al soberbio que intenta hollar la luna.

 

Envidio a tu jumento y a tu nombre,

Y a tus alforjas igualmente envidio,

Que mostraron tu cuerda providencia.

 

Salve otra vez, ¡oh Sancho!, tan buen hombre,

Que a solo tú nuestro español Ovidio,

Con buzcorona te hace reverencia.

 

 

Orlando Furioso a don Quijote de la Mancha

 

Si no eres par, tampoco le has tenido:

que par pudieras ser entre mil pares;

ni puede haberle donde tú te hallares,

invicto vencedor, jamás vencido.

 

Orlando soy, Quijote, que, perdido

por Angélica, vi remotos mares,

ofreciendo a la Fama en sus altares

aquel valor que respetó el olvido.

 

No puedo ser tu igual; que este decoro

se debe a tus proezas y a tu fama,

puesto que, como yo, perdiste el seso.

 

Mas serlo has mío, si al soberbio moro

y cita fiero domas, que hoy nos llama,

iguales en amor con mal suceso.

 

 

El caballero del Febo a don Quijote de la Mancha

 

A vuestra espada no igualó la mía,

Febo español, curioso cortesano,

ni a la alta gloria de valor mi mano,

que rayo fue do nace y muere el día.

 

Imperios desprecié; la monarquía

que me ofreció el Oriente rojo en vano

dejé, por ver el rostro soberano

de Claridiana, aurora hermosa mía.

 

Améla por milagro único y raro,

y, ausente en su desgracia, el propio infierno

temió mi brazo, que domó su rabia.

 

Mas vos, godo Quijote, ilustre y claro,

por Dulcinea sois al mundo eterno,

y ella, por vos, famosa, honesta y sabia.

 

 

De Solisdán a don Quijote de la Mancha

 

Maguer,(1) señor Quijote, que sandeces

vos(2) tengan el cerbelo(3) derrumbado,

nunca seréis de alguno reprochado

por home(4) de obras viles y soeces.

 

Serán vuesas(5) fazañas(6) los joeces(7),

pues tuertos(8) desfaciendo(9) habéis andado,

siendo vegadas(10) mil apaleado

por follones(11) cautivos y raheces(12).

 

Y si la vuesa linda Dulcinea

desaguisado contra vos comete,

ni a vuesas cuitas muestra buen talante,

 

en tal desmán, vueso conorte(13) sea

que Sancho Panza fue mal alcagüete(14),

necio él, dura ella, y vos no amante.

 

Este soneto está escrito en lenguaje arcaizante, a imitación del de los libros de caballerías de la época: (1) aunque (2) os (3) cerebro (4) hombre (5) vuestras (6) hazañas (7) jueces (8) injusticias (9) deshaciendo (10) veces (11) maleantes (12) viles (13) consuelo (14) alcahuete.

 

 

Diálogo entre Babieca y Rocinante

 

B. ¿Cómo estáis, Rocinante, tan delgado?

R. Porque nunca se come, y se trabaja.

B. Pues, ¿qué es de la cebada y de la paja?

R. No me deja mi amo ni un bocado.

 

B. Andá, señor, que estáis muy mal criado,

pues vuestra lengua de asno al amo ultraja.

R. Asno se es de la cuna a la mortaja.

¿Queréislo ver? Miraldo enamorado.

 

B. ¿Es necedad amar? R. No es gran prudencia.

B. Metafísico estáis. R. Es que no como.

B. Quejaos del escudero. R. No es bastante.

 

¿Cómo me he de quejar en mi dolencia,

si el amo y escudero o mayordomo

son tan rocines como Rocinante?

 

 

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Sonetos extraídos de la novela “La Galatea” (I)

 

Blanca

 

Cual si estuviera en la arenosa Libia,

o en la apartada Citia siempre helada,

tal vez del frío temor me vi asaltada,

y tal del fuego que jamás se entibia.

 

Mas la esperanza, que el dolor alivia,

en uno y otro extremo, disfrazada

tuvo la vida en su poder guardada,

cuándo con fuerzas, cuándo flaca y tibia.

 

Pasó la furia del invierno helado,

y, aunque el fuego de amor quedó en su punto,

llegó la deseada primavera,

 

donde, en un solo venturoso punto,

gozo del dulce fruto deseado,

con largas pruebas de una fe sincera.

 

 

Galatea

 

Tanto cuanto el amor convida y llama

al alma con sus gustos de apariencia,

tanto más huye su mortal dolencia

quien sabe el nombre que le da la fama.

 

Y el pecho opuesto a su amorosa llama,

armado de una honesta resistencia,

poco puede empecerle su inclemencia,

poco su fuego y su rigor le inflama.

 

Segura está, quien nunca fue querida

ni supo querer bien, de aquella lengua

que en su deshonra se adelgaza y lima;

 

mas si el querer y el no querer da mengua,

¿en qué ejercicios pasará la vida

la que más que al vivir la honra estima?

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de “La Ilustre fregona”

 

Raro, humilde sujeto, que levantas

a tan excelsa cumbre la belleza,

que en ella se excedió naturaleza

a sí misma, y al cielo la adelantas;

 

si hablas, o si ríes, o si cantas,

si muestras mansedumbre o aspereza

(efecto sólo de tu gentileza),

las potencias del alma nos encantas.

 

Para que pueda ser más conocida

la sin par hermosura que contienes

y la alta honestidad de que blasonas,

 

deja el servir, pues debes ser servida

de cuantos ven sus manos y sus sienes

resplandecer por cetros y coronas.

 

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S O N E T O S  S U E L T O S

 

Al túmulo del rey que se hizo en Sevilla

 

(Soneto con estrambote)

 

“¡Voto a Dios que me espanta esta grandeza

y que diera un doblón por describidla!;

porque, ¿a quién no suspende y maravilla

esta máquina insigne, esta braveza?

 

¡Por Jesucristo vivo, cada pieza

vale más que un millón, y que es mancilla

que esto no dure un siglo, ¡oh gran Sevilla,

Roma triunfante en ánimo y riqueza!

 

¡Apostaré que la ánima del muerto,

por gozar este sitio, hoy ha dejado

el cielo, de que goza eternamente!”

 

Esto oyó un valentón y dijo: “¡Es cierto

lo que dice voacé, seor soldado,

y quien dijere lo contrario miente!”

 

Y luego incontinente

caló el chapeo, requirió la espada,

miró al soslayo, fuese, y no hubo nada.

 

 

soneto [1]

 

Tú, que con nuevo y sin igual decoro

tantos remedios para un mal ordenas,

bien puedes esperar de estas arenas,

del sacro Tajo, las que son de oro,

 

y el lauro que se debe al que un tesoro

halla de ciencia, con tan ricas venas

de raro advertimiento y salud llenas,

contento y risa del enfermo lloro;

 

que por tu industria una deshecha piedra

mil mármoles, mil bronces a tu fama

dará sin envidiosas competencias;

 

daráte el cielo palma, el suelo hiedra,

pues que el uno y el otro ya te llama

espíritu de Apolo en ambas ciencias.

 

 

Soneto [2]

 

¡Oh cuán claras señales habéis dado,

alto Bartholomeo de Ruffino,

que de Parnaso y Ménalo el camino

habéis dichosamente paseado!

 

Del siempre verde lauro coronado

seréis, si yo no soy mal adivino,

si ya vuestra fortuna y cruel destino

os saca de tan triste y bajo estado,

 

pues, libre de cadenas vuestra mano,

reposando el ingenio, al alta cumbre

os podéis levantar seguramente,

 

oscureciendo al gran Livio romano,

dando de vuestras obras tanta lumbre

que bien merezca el lauro vuestra frente.

 

 

Soneto [3]

 

Ya que del ciego dios habéis cantado

el bien y el mal, la dulce fuerza y arte,

en la primera y la segunda parte,

donde está de amor el todo señalado,

 

ahora, con aliento descansado

y con nueva virtud que en vos reparte

el cielo, nos cantáis del duro Marte

las fieras armas y el valor sobrado.

 

Nuevos ricos mineros se descubren

de vuestro ingenio en la famosa mina

que al más alto deseo satisfacen;

 

y, con dar menos de lo más que encubren,

a este menos lo que es más se inclina

del bien que Apolo y que Minerva hacen.

 

 

Soneto [4]

 

Yace en la parte que es mejor de España

una apacible y siempre verde Vega

a quien Apolo su favor no niega,

pues con las aguas de Helicón la baña;

 

Júpiter, labrador por grande hazaña,

su ciencia toda en cultivarla entrega;

Cilenio, alegre, en ella se sosiega,

Minerva eternamente la acompaña;

 

las Musas su Parnaso en ella han hecho;

Venus, honesta, en ella aumenta y cría

la santa multitud de los amores.

 

Y así, con gusto y general provecho,

nuevos frutos ofrece cada día

de ángeles, de armas, santos y pastores.

 

 

Epitafio

 

Aquí el valor de la española tierra,

aquí la flor de la francesa gente,

aquí quien concordó lo diferente,

de oliva coronando aquella guerra;

 

aquí en pequeño espacio veis se encierra

nuestro claro lucero de occidente;

aquí yace enterrada la excelente

causa que nuestro bien todo destierra.

 

Mirad quién es el mundo y su pujanza,

y cómo, de la más alegre vida,

la muerte lleva siempre la victoria;

 

también mirad la bienaventuranza

que goza nuestra reina esclarecida

en el eterno reino de la gloria.

 

 

Soneto [5]

“Este soneto hice a la muerte de Fernando de Herrera; y, para entender el primer cuarteto, advierto que él celebraba en sus versos a una señora debajo deste nombre de Luz. Creo que es de los buenos que he hecho en mi vida”

 

El que subió por sendas nunca usadas

del sacro monte a la más alta cumbre;

el que a una Luz se hizo todo lumbre

y lágrimas, en dulce voz cantadas;

 

el que con culta vena las sagradas

de Helicón y Pirene en muchedumbre

(libre de toda humana pesadumbre)

bebió y dejó en divinas transformadas;

 

aquél a quien envidia tuvo Apolo

porque, a par de su Luz, tiene su fama

de donde nace a donde muere el día:

 

el agradable al cielo, al suelo solo,

vuelto en ceniza de su ardiente llama,

yace debajo de esta losa fría.

 

 

A la señora doña Alfonsa González, monja profesa

en el monasterio de Nuestra Señora de Constantinopla,

en la dirección deste libro de la Sacra Minerva

 

En vuestra sin igual, dulce armonía,

hermosísima Alfonsa, nos reserva

la nueva, la sin par sacra Minerva

cuanto de bueno y santo el cielo cría.

 

Llega el felice punto, llega el día

en que, si os oye la infernal caterva,

huye gimiendo al centro y, de la acerva

región, suspiros a la tierra envía.

 

En fin, vos convertís el suelo en cielo

con la voz celestial, con la hermosura

que os hacen parecer ángel divino;

 

y así, conviene que tal vez el velo

alcéis, y descubráis esa luz pura

que nos pone del cielo en el camino.

 

 

 

Epitafios

 

Del Cachidiablo, académico de la Argamasilla, en la sepultura de don Quijote

 

Epitafio

 

Aquí yace el caballero,

bien molido y mal andante,

a quien llevó Rocinante

por uno y otro sendero.

Sancho Panza el majadero

yace también junto a él,

escudero el más fïel

que vio el trato de escudero.

 

Del Tiquitoc, académico de la Argamasilla, en la sepultura de Dulcinea del Toboso

 

Epitafio

 

Reposa aquí Dulcinea;

y, aunque de carnes rolliza,

la volvió en polvo y ceniza

la muerte espantable y fea.

Fue de castiza ralea,

y tuvo asomos de dama;

del gran Quijote fue llama,

y fue gloria de su aldea.

 

 

 

Poemas de novelas

 

POESÍAS EXTRAÍDAS DE VARIAS DE SUS NOVELAS

 

de “La ilustre fregona”

 

¿Quién de amor venturas halla?

El que calla.

¿Quién triunfa de su aspereza?

La firmeza.

¿Quién da alcance a su alegría?

La porfía.

De ese modo, bien podría

esperar dichosa palma

si en esta empresa mi alma

calla, está firme y porfía.

 

¿Con quién se sustenta amor?

Con favor.

¿Y con qué mengua su furia?

Con la injuria.

¿Antes con desdenes crece?

Desfallece.

Claro en esto se parece

que mi amor será inmortal,

pues la causa de mi mal

ni injuria ni favorece.

 

Quien desespera, ¿qué espera?

Muerte entera.

Pues, ¿qué muerte el mal remedia?

La que es media.

Luego, ¿bien será morir?

Mejor sufrir.

Porque se suele decir,

y esta verdad se reciba,

que tras la tormenta esquiva

suele la calma venir.

 

¿Descubriré mi pasión?

En ocasión.

¿Y si jamás se me da?

Sí hará.

Llegará la muerte en tanto.

Llegue a tanto

tu limpia fe y esperanza,

que, en sabiéndolo Costanza,

convierta en risa tu llanto.

 

 

Primer libro de La Galatea

 

Mientras que al triste, lamentable acento

del mal acorde son del canto mío,

en eco amarga de cansado aliento,

responde el monte, el prado, el llano, el río,

demos al sordo y presuroso viento

las quejas que del pecho ardiente y frío

salen a mi pesar, pidiendo en vano

ayuda al río, al monte, al prado, al llano.

Crece el humor de mis cansados ojos

las aguas de este río, y de este prado

las variadas flores son abrojos

y espinas que en el alma s’han entrado.

No escucha el alto monte mis enojos,

y el llano de escucharlos se ha cansado;

y así, un pequeño alivio al dolor mío

no hallo en monte, en llano, en prado, en río.

Creí que el fuego que en el alma enciende

el niño alado, el lazo con que aprieta,

la red sutil con que a los dioses prende,

y la furia y rigor de su saeta,

que así ofendiera como a mí me ofende

al sujeto sin par que me sujeta;

mas contra un alma que es de mármol hecha,

la red no puede, el fuego, el lazo y flecha.

Yo sí que al fuego me consumo y quemo,

y al lazo pongo humilde la garganta,

y a la red invisible poco temo,

y el rigor de la flecha no me espanta.

Por esto soy llegado a tal extremo,

a tanto daño, a desventura tanta,

que tengo por mi gloria y mi sosiego

la saeta, la red, el lazo, el fuego.

 

 

 

Amoroso pensamiento,

si te precias de ser mío,

camina con tan buen tiento

que ni te humille el desvío

ni ensoberbezca el contento.

Ten un medio -si se acierta

a tenerse en tal porfía-:

no huyas el alegría,

ni menos cierres la puerta

al llanto que amor envía.

Si quieres que de mi vida

no se acabe la carrera,

no la lleves tan corrida

ni subas do no se espera

sino muerte en la caída.

Esa vana presunción

en dos cosas parará:

la una, en tu perdición;

la otra, en que pagará

tus deudas el corazón.

De él naciste, y en naciendo,

pecaste, y págalo él;

huyes de él, y si pretendo

recogerte un poco en él,

ni te alcanzo ni te entiendo.

Ese vuelo peligroso

con que te subes al cielo,

si no fueres venturoso,

ha de poner por el suelo

mi descanso y tu reposo.

Dirás que quien bien se emplea

y se ofrece a la ventura,

que no es posible que sea

del tal juzgado a locura

el brío de que se arrea.

Y que, en tan alta ocasión,

es gloria que par no tiene

tener tanta presunción,

cuanto más si le conviene

al alma y al corazón.

Yo lo tengo así entendido,

mas quiero desengañarte;

que es señal ser atrevido

tener de amor menos parte

que el humilde y encogido.

Subes tras una beldad

que no puede ser mayor:

no entiendo tu calidad,

que puedas tener amor

con tanta desigualdad.

Que si el pensamiento mira

un sujeto levantado,

contémplalo, y se retira,

por no ser caso acertado

poner tan alta la mira.

Cuanto más, que el amor nace

junto con la confianza,

y en ella se ceba y pace;

y, en faltando la esperanza,

como niebla se deshace.

Pues tú, que ves tan distante

el medio del fin que quieres,

sin esperanza y constante,

si en el camino murieres,

morirás como ignorante.

Pero no se te dé nada,

que, en esta empresa amorosa,

do la causa es sublimada,

el morir es vida honrosa;

la pena, gloria extremada.

 

Elicio

 

Blanda, suave, reposadamente,

ingrato Amor, me sujetaste el día

que los cabellos de oro y bella frente

miré del sol que al sol oscurecía;

tu tósigo cruel, cual de serpiente,

en las rubias madejas se escondía;

yo, por mirar el sol en los manojos,

todo vine a beberle por los ojos.

Erastro

Atónito quedé y embelesado,

como estatua sin voz de piedra dura,

cuando de Galatea el extremado

donaire vi, la gracia y hermosura.

Amor me estaba en el siniestro lado,

con las saetas de oro, ¡ay muerte dura!,

haciéndome una puerta por do entrase

Galatea y el alma me robase.

Elicio

¿Con qué milagro, amor, abres el pecho

del miserable amante que te sigue,

y de la llaga interna que le has hecho

crecida gloria muestra que consigue?

¿Cómo el daño que haces es provecho?

¿Cómo en tu muerte alegre vida vive?

L’ alma que prueba estos efectos todos

la causa sabe, pero no los modos.

Erastro

No se ven tantos rostros figurados

en roto espejo, o hecho por tal arte

que, si uno en él se mira, retratados

se ve una multitud en cada parte,

cuantos nacen cuidados y cuidados

de un cuidado crüel que no se parte

del alma mía, a su rigor vencida,

hasta apartarse junto con la vida.

Elicio

La blanca nieve y colorada rosa,

Que el verano no gasta ni el invierno;

el sol de dos luceros, do reposa

el blando amor, y a do estará in æterno;

la voz, cual la de Orfeo poderosa

de suspender las furias del infierno,

y otras cosas que vi quedando ciego,

yesca me han hecho al invisible fuego.

Erastro

Dos hermosas manzanas coloradas,

que tales me semejan dos mejillas,

y el arco de dos cejas levantadas,

que el de Iris no llegó a sus maravillas;

dos rayos, dos hileras extremadas

de perlas entre grana, y, si hay decillas,

mil gracias que no tienen par ni cuento,

niebla m’ han hecho al amoroso viento.

Elicio

Yo ardo y no me abraso, vivo y muero;

estoy lejos y cerca de mí mismo;

espero en solo un punto y desespero;

súbome al cielo, bájome al abismo;

quiero lo que aborrezco, blando y fiero;

me pone el amaros paroxismo;

y con estos contrarios, paso a paso,

cerca estoy ya del último traspaso.

Erastro

Yo te prometo, Elicio, que le diera

todo cuanto en la vida me ha quedado

a Galatea, porque me volviera

el alma y corazón que m’ha robado;

y después del ganado, le añadiera

mi perro Gavilán con el Manchado;

pero, como ella debe de ser diosa,

el alma querrá más que no otra cosa.

Elicio

Erastro, el corazón que en alta parte

es puesto por el hado, suerte o signo,

quererle derribar por fuerza o arte

o diligencia humana, es desatino.

Debes de su ventura contentarte;

que, aunque mueras sin ella, yo imagino

que no hay vida en el mundo más dichosa

como el morir por causa tan honrosa.

 

 

Galatea

Afuera el fuego, el lazo, el hielo y flecha

de amor, que abrasa, aprieta, enfría y hiere;

que tal llama mi alma no la quiere,

ni queda de tal nudo satisfecha.

Consuma, ciña, hiele, mate; estrecha

tenga otra la voluntad cuanto quisiere;

que por dardo, o por nieve, o red no espere

tener la mía en su calor deshecha.

Su fuego enfriará mi casto intento,

el nudo romperé por fuerza o arte,

la nieve deshará mi ardiente celo,

la flecha embotará mi pensamiento;

y así, no temeré en segura parte

de amor el fuego, el lazo, el dardo, el hielo.

 

 

Ya la esperanza es perdida,

y un solo bien me consuela:

que el tiempo, que pasa y vuela,

llevará presto la vida.

Dos cosas hay en amor

con que su gusto se alcanza:

deseo de lo mejor,

es la otra la esperanza

que pone esfuerzo al temor.

Las dos hicieron manida

en mi pecho, y no las veo;

antes en l’alma afligida,

porque me acabe el deseo,

ya la esperanza es perdida.

Si el deseo desfallece

cuando la esperanza mengua,

al contrario en mí parece,

pues cuanto ella más desmengua

tanto más él s’engrandece.

Y no hay usar de cautela

con las llagas que me atizan,

que en esta amorosa escuela

mil males me martirizan,

y un solo bien me consuela.

Apenas hubo llegado

el bien a mi pensamiento,

cuando el cielo, suerte y hado,

con ligero movimiento

l’han del alma arrebatado.

Y si alguno hay que se duela

de mi mal tan lastimero,

al mal amaina la vela,

y al bien pasa más ligero

que el tiempo, que pasa y vuela.

¿Quién hay que no se consuma

con estas ansias que tomo?,

pues en ellas se ve en suma

ser los cuidados de plomo

y los placeres de pluma.

Y aunque va tan de caída

mi dichosa buena andanza

en ella este bien se anida:

que quien llevó la esperanza

llevará presto la vida.

 

 

En áspera, cerrada, oscura noche,

sin ver jamás el esperado día,

y en continuo, crecido, amargo llanto,

ajeno de placer, contento y risa,

merece estar, y en una viva muerte,

aquel que sin amor pasa la vida.

¿Qué puede ser la más alegre vida,

sino una sombra de una breve noche,

o natural retrato de la muerte,

si en todas cuantas horas tiene el día,

puesto silencio al congojoso llanto,

no admite del amor la dulce risa?

Do vive el blando amor, vive la risa,

y adonde muere, muere nuestra vida,

y el sabroso placer se vuelve en llanto,

y en tenebrosa sempiterna noche

la clara luz del sosegado día,

y es el vivir sin él amarga muerte.

Los rigurosos trances de la muerte

no huye el amador; antes con risa

desea la ocasión y espera el día

donde pueda ofrecer la cara vida

hasta ver la tranquila última noche,

al amoroso fuego, al dulce llanto.

No se llama de amor el llanto, llanto,

ni su muerte llamarse debe muerte,

ni a su noche dar título de noche;

que su risa llamarse debe risa,

y su vida tener por cierta vida,

y sólo festejar su alegre día.

¡Oh venturoso para mí este día,

do pude poner freno al triste llanto,

y alegrarme de haber dado mi vida

a quien dármela puede, o darme muerte!

¿Mas qué puede esperarse, si no es risa,

de un rostro que al sol vence y vuelve en noche?

Vuelto ha mi escura noche en claro día

amor, y en risa mi crecido llanto,

y mi cercana muerte en larga vida.

 

 

de “El amante Liberal”

 

Como cuando el sol asoma

por una montaña baja

y de súpito nos toma,

y con su vista nos doma

nuestra vista y la relaja;

como la piedra balaja,

que no consiente carcoma,

tal es el tu rostro, Aja,

dura lanza de Mahoma,

que las mis entrañas raja.

 

 

de “La ilustre fregona”

 

Salga la hermosa Argüello,

moza una vez, y no más;

y, haciendo una reverencia,

dé dos pasos hacia atrás.

De la mano la arrebate

el que llaman Barrabás:

andaluz mozo de mulas,

canónigo del Compás.

De las dos mozas gallegas

que en esta posada están,

salga la más carigorda

en cuerpo y sin delantal.

Engarráfela Torote,

y todos cuatro a la par,

con mudanzas y meneos,

den principio a un contrapás.

 

 

de “Rinconete y Cortadillo”

 

Por un sevillano, rufo a lo valón,

tengo socarrado todo el corazón.

Por un morenito de color verde,

¿cuál es la fogosa que no se pierde?

Riñen dos amantes, hácese la paz:

si el enojo es grande, es el gusto más.

Detente, enojado, no me azotes más;

que si bien lo miras, a tus carnes das.

 

 

de “La Ilustre Fregona”

 

¿Dónde estás, que no pareces,

esfera de la hermosura,

belleza a la vida humana

de divina compostura?

Cielo empíreo, donde amor

tiene su estancia segura;

primer moble, que arrebata

tras sí todas las venturas;

lugar cristalino, donde

transparentes aguas puras

enfrían de amor las llamas,

las acrecientan y apuran;

nuevo hermoso firmamento,

donde dos estrellas juntas,

sin tomar la luz prestada,

al cielo y al suelo alumbran;

alegría que se opone

a las tristezas confusas

del padre que da a sus hijos

en su vientre sepultura;

humildad que se resiste

de la alteza con que encumbran

el gran Jove, a quien influye

su benignidad, que es mucha.

Red invisible y sutil,

que pone en prisiones duras

al adúltero guerrero

que de las batallas triunfa;

cuarto cielo y sol segundo,

que el primero deja a oscuras

cuando acaso deja verse:

que el verle es caso y ventura;

grave embajador, que hablas

con tan extraña cordura,

que persuades callando,

aún más de lo que procuras;

del segundo cielo tienes

no más que la hermosura,

y del primero, no más

que el resplandor de la luna;

esta esfera sois, Costanza,

puesta, por corta fortuna,

en lugar que, por indigno,

vuestras venturas deslumbra.

Fabricad vos vuestra suerte,

consintiendo se reduzca

la entereza a trato al uso,

la esquividad a blandura.

Con esto veréis, señora,

que envidian vuestra fortuna

las soberbias por linaje;

las grandes por hermosura.

Si queréis ahorrar camino,

la más rica y la más pura

voluntad en mí os ofrezco

que vio amor en alma alguna.

 

 

Glosa

 

El cielo a la iglesia ofrece

hoy una piedra tan fina

que en la corona divina

del mismo Dios resplandece.

 

Tras los dones primitivos

que, en el fervor de su celo,

ofreció la iglesia al cielo,

a sus edificios vivos

dio nuevas piedras el suelo;

estos dones agradece

a su esposa y la ennoblece,

pues, de parte del esposo,

un Hiacinto, el más precioso,

el cielo a la iglesia ofrece.

Porque el hombre de su gracia

tantas veces se retira,

y el Jacinto, al que le mira,

es tan grande su eficacia

que le sosiega la ira,

su misma piedad lo inclina

a darlo por medicina,

que, en su jüicio profundo,

ve que ha menester el mundo,

hoy una piedra tan fina.

Obró tanto esta virtud,

viviendo Jacinto en él,

que, a los vivos rayos de él,

en una y otra salud

se restituyó por él.

Crezca gloriosa la mina

que de su luz jacintina

tiene el cielo y tierra llenos,

pues no mereció estar menos

que en la corona divina.

Allá luce ante los ojos

del mismo autor de su gloria,

y acá en gloriosa memoria

de los triunfos y despojos

que sacó de la victoria,

pues si otra luz desfallece

cuando el sol la suya ofrece,

¿qué tan viva y rutilante

será aquésta si delante

del mismo Dios resplandece?

 

 

 

REDONDILLAS

 

Redondillas al hábito de Fray Pedro de Padilla

 

Hoy el famoso Padilla

con las muestras de su celo

causa contento en el cielo

y en la tierra maravilla,

 

porque, llevado del cebo

de amor, temor y consejo,

se despoja el hombre viejo

para vestirse de nuevo.

 

Cual prudente sierpe ha sido,

pues, con nuevo corazón,

en la piedra de Simón

se deja el viejo vestido,

 

y esta mudanza que hace

lleva tan cierto compás

que en ella asiste lo más

de cuanto a Dios satisface.

 

Con las obras y la fe

hoy para el cielo se embarca

en mejor jarciada barca

que la que libró a Noé;

 

y, para hacer tal pasaje,

ha muchos años que ha hecho,

con sano y cristiano pecho,

cristiano matalotaje,

 

y no teme el mal tempero

ni anegarse en el profundo

porque en el mar de este mundo

es práctico marinero,

 

y así, mirando el aguja

divina, cual se requiere,

si el demonio a orza diere,

él dará al instante a puja.

 

Y llevando este concierto

con las ondas de este mar,

a la fin vendrá a parar

a seguro y dulce puerto,

 

donde, sin áncoras ya,

estará la nave en calma

con la eternidad del alma,

que nunca se acabará.

 

En una verdad me fundo,

y mi ingenio aquí no yerra,

que en siendo sal de la tierra,

habéis de ser luz del mundo:

 

luz de gracia rodeada

que alumbre nuestro horizonte,

y sobre el Carmelo monte

fuerte ciudad levantada.

 

Para alcanzar el trofeo

De estas santas profecías,

tendréis el carro de Elías

con el manto de Eliseo,

 

y, ardiendo en amor divino,

donde nuestro bien se fragua,

apartando el manto al agua,

por el fuego haréis camino;

 

porque el voto de humildad

promete segura alteza

y castidad y pobreza,

bienes de divinidad,

 

y así los cielos serenos

verán, cuando acabarás,

un cortesano allá más

y en la tierra un sabio menos.

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POESÍAS SUELTAS

 

De Miguel de Cervantes, a los éxtasis de nuestra beata madre Teresa de Jesús

 

Virgen fecunda, madre venturosa,

cuyos hijos, criados a tus pechos,

sobre sus fuerzas la virtud alzando,

pisan ahora los dorados techos

de la dulce región maravillosa

que está la gloria de su Dios mostrando:

tú, que ganaste obrando

un nombre en todo el mundo

y un grado sin segundo,

ahora estés ante tu Dios postrada,

en rogar por tus hijos ocupada,

o en cosas dignas de tu intento santo,

oye mi voz cansada

y esfuerza, ¡oh madre!, el desmayado canto.

Luego que de la cuna y las mantillas

sacó Dios tu niñez, diste señales

que Dios para ser suya te guardaba,

mostrando los impulsos celestiales

en ti, con ordinarias maravillas,

que a tu edad tu deseo aventajaba;

y si se descuidaba

de lo que hacer debía,

tal vez luego volvía

mejorado, mostrando codicioso

que el haber parecido perezoso

era un volver atrás para dar salto,

con curso más brïoso,

desde la tierra al cielo, que es más alto.

Creciste, y fue creciendo en ti la gana

de obrar en proporción de los favores

con que te regaló la mano eterna,

tales que, al parecer, se alzó a mayores

contigo alegre Dios en la mañana

de tu florida edad humilde y tierna;

y así tu ser gobierna

que poco a poco subes

sobre las densas nubes

de la suerte mortal, y así levantas

tu cuerpo al cielo, sin fijar las plantas,

que ligero tras sí el alma le lleva

a las regiones santas

con nueva suspensión, con virtud nueva.

Allí su humildad te muestra santa;

acullá se desposa Dios contigo,

aquí misterios altos te revela.

Tierno amante se muestra, dulce amigo,

y, siendo tu maestro, te levanta

al cielo, que señala por tu escuela;

parece se desvela

en hacerte mercedes;

rompe rejas y redes

para buscarte el Mágico divino,

tan tu llegado siempre y tan continuo

que, si algún afligido a Dios buscara,

acortando camino

en tu pecho o en tu celda le hallara.

Aunque naciste en Ávila, se puede

decir que Alba fue donde naciste,

pues allí nace donde muere el justo;

desde Alba, ¡oh madre!, al cielo te partiste:

alba pura, hermosa, a quien sucede

el claro día del inmenso gusto.

Que le goces es justo

en éxtasis divinos

por todos los caminos

por donde Dios llevar a un alma sabe,

para darle de sí cuanto ella cabe,

y aun la ensancha, dilata y engrandece

y, con amor süave,

a sí y de sí la junta y enriquece.

Como las circunstancias convenibles

que acreditan los éxtasis, que suelen

indicios ser de santidad notoria,

en los tuyos se hallaron, nos impelen

a creer la verdad de los visibles

que nos describe tu discreta historia;

y el quedar con victoria,

honroso triunfo y palma

del infierno, y tu alma

más humilde, más sabia y obediente

al fin de tus arrobos, fue evidente

señal que todos fueron admirables

y sobrehumanamente

nuevos, continuos, sacros, inefables.

Ahora, pues, que al cielo te retiras,

menospreciando la mortal riqueza

en la inmortalidad que siempre dura,

y el visorrey de Dios nos da certeza

que sin enigma y sin espejo miras

de Dios la incomparable hermosura,

colma nuestra ventura:

oye, devota y pía,

los balidos que envía

el rebaño infinito que criaste

cuando del suelo al cielo el vuelo alzaste,

que no porque dejaste nuestra vida

la caridad dejaste,

que en los cielos está más extendida.

Canción, de ser humilde has de preciarte

cuando quieras al cielo levantarte,

que tiene la humildad naturaleza

de ser el todo y parte

de alzar al cielo la mortal bajeza.

 

 

Al señor Antonio Veneziani

 

Si el lazo, el fuego, el dardo, el puro hielo

que os tiene, abrasa, hiere y pone fría

vuestra alma, trae su origen desde el cielo,

ya que os aprieta, enciende, mata, enfría,

¿qué nudo, llama, llaga, nieve o celo

ciñe, arde, traspasa o hiela hoy día,

con tan alta ocasión como aquí muestro,

un tierno pecho, Antonio, como el vuestro?

El cielo, que el ingenio vuestro mira,

en cosas que son de él quiso emplearos

y, según lo que hacéis, vemos que aspira

por Celia al cielo empíreo levantaros;

ponéis en tal objeto vuestra mira,

que dais materia al mundo de envidiaros:

¡dichoso el desdichado a quien se tiene

envidia de las ansias que sostiene!

En los conceptos que la pluma

de la alma en el papel ha trasladado

nos dais no sólo indicio pero muestra

de que estáis en el cielo sepultado,

y allí os tiene de amor la fuerte diestra

vivo en la muerte, a vida reservado,

que no puede morir quien no es del suelo,

teniendo el alma en Celia, que es un cielo.

Sólo me admira el ver que aquel divino

cielo de Celia encierre un vivo infierno

y que la fuerza de su fuerza y sino

os tenga en pena y llanto sempiterno;

al cielo encamináis vuestro camino,

mas, según vuestra suerte, yo discierno

que al cielo sube el alma y se apresura,

y en el suelo se queda la ventura.

Si con benigno y favorable aspecto

a alguno mira el cielo acá en la tierra,

obra escondidamente un bien perfecto

en el que cualquier mal de sí destierra;

mas si los ojos pone en el objeto

airados, le consume en llanto y guerra

así como a vos hace vuestro cielo:

ya os da guerra, ya paz, y[a fuego y hielo.

No se ve el cielo en claridad serena

de tantas luces claro y alumbrado

cuantas con rica habéis y fértil vena

el vuestro de virtudes adornado;

ni hay tantos granos de menuda arena

en el desierto líbico apartado

cuantos loores creo que merece

el cielo que os abaja y engrandece.

En Scitia ardéis, sentís en Libia frío,

contraria operación y nunca vista;

flaqueza al bien mostráis, al daño brío;

más que un lince miráis, sin tener vista;

mostráis con discreción un desvarío,

que el alma prende, a la razón conquista,

y esta contrariedad nace de aquella

que es vuestro cielo, vuestro sol y estrella.

Si fuera un caos, una materia unida

sin forma vuestro cielo, no espantara

de que del alma vuestra entristecida

las continuas querellas no escuchara;

pero, estando ya en partes esparcida

que un fondo forman de virtud tan rara,

es maravilla tenga los oídos

sordos a vuestros tristes alaridos.

Si es lícito rogar por el amigo

que en estado se halla peligroso,

yo, como vuestro, desde aquí me obligo

de no mostrarme en esto perezoso;

mas si me he de oponer a lo que digo

y conducirlo a término dichoso,

no me deis la ventura, que es muy poca,

mas las palabras sí de vuestra boca.

Diré: “Celia gentil, en cuya mano

está la muerte y vida y pena y gloria

de un mísero cautivo que, temprano

ni aun tarde, no saldrás de su memoria:

vuelve el hermoso rostro blando, humano,

a mirar de quien llevas la victoria;

verás el cuerpo en dura cárcel triste

del alma que primero tú rendiste.

Y, pues un pecho en la virtud constante

se mueve en casos de honra y muestra airado,

muévale al tuyo el ver que de delante

te han un firme amador arrebatado;

y si quiere pasar más adelante

y hacer un hecho heroico y extremado,

rescata allá su alma con querella,

que el cuerpo, que está acá, se irá tras ella.

El cuerpo acá y el alma allá cautiva

tiene el mísero amante que padece

por ti, Celia hermosa, en quien se aviva

la luz que al cielo alumbra y esclarece;

mira que el ser ingrata, cruda, esquiva

mal con tanta beldad se compadece:

muéstrate agradecida y amorosa

al que te tiene por su cielo y diosa”.

 

 

Canción nacida de las varias nuevas que han venido de la católica armada que fue sobre Inglaterra

 

Bate, Fama veloz, las prestas alas,

rompe del norte las cerradas nieblas,

aligera los pies, llega y destruye

el confuso rumor de nuevas malas

y con tu luz esparce las tinieblas

del crédito español, que de ti huye;

esta preñez concluye

en un parto dichoso que nos muestre

un fin alegre de la ilustre empresa,

cuyo fin nos suspende, alivia y pesa,

ya en contienda naval, ya en la terrestre,

hasta que, con tus ojos y tus lenguas,

diciendo ajenas menguas,

de los hijos de España el valor cantes,

con que admires al cielo, al suelo espantes.

 

 

A Fray Pedro de Padilla

 

Cual vemos que renueva

el águila real la vieja y parda

pluma y con otra nueva

la detenida y tarda

pereza arroja y con subido vuelo

rompe las nubes y se llega al cielo:

tal, famoso Padilla,

has sacudido tus humanas plumas,

porque con maravilla

intentes y presumas

llegar con nuevo vuelo al alto asiento

donde aspiran las alas de tu intento.

Del sol el rayo ardiente

alza del duro rostro de la tierra,

con virtud excelente,

la humildad que en sí encierra,

la cual después, en lluvia convertida,

alegra al suelo y da a los hombres vida:

y de esta misma suerte

el sol divino te regala y toca

y en tal humor convierte

que, con tu pluma, apoca

la sequedad de la ignorancia nuestra

y a ciencia santa y santa vida adiestra.

¡Qué santo trueco y cambio:

por las humanas, las divinas musas!

¡Qué interés y recambio!

¡Qué nuevos modos usas

de adquirir en el suelo una memoria

que dé fama a tu nombre, al alma gloria!;

que, pues es tu Parnaso

el monte del Calvario y son tus fuentes

de Aganipe y Pegaso

las sagradas corrientes

de las benditas llagas del Cordero,

eterno nombre de tu nombre espero.

 

 

Al secretario Gabriel Pérez del Barrio Angulo

 

Tal secretario formáis,

Gabriel, en vuestros escritos,

que por siglos infinitos

en él os eternizáis;

de la ignorancia sacáis

la pluma, y en presto vuelo

de lo más bajo del suelo

al cielo la levantáis.

Desde hoy más, la discreción

quedará puesta en su punto,

y el hablar y escribir junto

en su mayor perfección,

que en esta nueva ocasión

nos muestra, en breve distancia,

Demóstenes su elegancia

y su estilo Cicerón.

España os está obligada,

y con ella el mundo todo,

por la sutileza y modo

de pluma tan bien cortada;

la adulación defraudada

queda, y la lisonja en ella;

la mentira se atropella,

y es la verdad levantada.

Vuestro libro nos informa

que sólo vos habéis dado

a la materia de estado

hermosa y cristiana forma;

con la razón se conforma

de tal suerte que en él veo

que, contentando al deseo,

al que es más libre reforma.

 

Poemas de Walt Whitman

Abandonó los estudios básicos para emplearse como ayudante de imprenta y más tarde ofició como maestro y periodista, escribiendo artículos para diversas revistas y periódicos.

En 1850 se trasladó a New Orleans para trabajar en el campo de la construcción. Cinco años más tarde, tras un gran esfuerzo económico, publicó su famosa obra “Hojas de hierba”, alabada en todos los medios literarios y reeditada un  sinnúmero de veces.

Durante la Guerra Civil norteamericana sirvió como ayudante de enfermería. Al terminar el conflicto continuó añadiendo poemas para las nuevas ediciones de su obra y escribiendo ensayos de contenido político.

Aquejado por varias enfermedades, se estableció en New Jersey donde falleció   en marzo de 1892.© escuchar la version de de djuano: aqui

 

De “Canto a mí mismo”:

1. Me celebro y me canto a mí mismo.

Y lo que yo diga ahora de mí, lo digo de ti,

porque lo que yo tengo lo tienes tú

y cada átomo de mi cuerpo es tuyo también.

Vago… e invito a vagar a mi alma.

Vago y me tumbo a mi antojo sobre la tierra

para ver cómo crece la hierba del estío.

Mi lengua y cada molécula de mi sangre nacieron aquí,

de esta tierra y de estos vientos.

Me engendraron padres que nacieron aquí,

de padres que engendraron otros padres que nacieron aquí,

de padres hijos de esta tierra y de estos vientos también.

Tengo treinta y siete años. Mi salud es perfecta.

Y con mi aliento puro

comienzo a cantar hoy

y no terminaré mi canto hasta que muera.

Que se callen ahora las escuelas y los credos.

Atrás. A su sitio.

Sé cuál es su misión y no la olvidaré;

que nadie la olvide.

Pero ahora yo ofrezco mi pecho lo mismo al bien que al mal,

dejo hablar a todos sin restricción,

y abro de para en par las puertas a la energía original de la naturaleza

desenfrenada.

Versión de León Felipe

* * *

5. Creo en ti, alma mía, el otro que soy

no debe humillarse ante ti,

ni tu debes ser humillada ante el otro.

Retoza conmigo sobre la hierba, quita

el freno de tu garganta,

no quiero palabras, ni música,

ni rimas, no quiero costumbres

ni discursos, ni aún los mejores,

sólo quiero la calma, el arrullo de tu

velada voz.

Recuerdo cómo yacimos juntos cierta

diáfana mañana de verano,

cómo apoyaste tu cabeza en mi cadera

y suavemente te volviste hacia mí,

y apartaste la camisa de mi pecho, y

hundiste la lengua hasta mi corazón

desnudo,

y te extendiste hasta tocar mi barba,

y te extendiste hasta abrazar mis pies.

Prontamente crecieron y me rodearon

la paz y el saber que rebasan todas

las disputas de la Tierra,

y sé que la mano de dios es mi

prometida,

y sé que el espíritu de Dios es mi

propio hermano,

y que todos los hombres que alguna

vez vivieron son también mis

hermanos, y las mujeres mis

hermanas y amantes,

y que el amor es la sobrequilla de la

creación,

y que son incontables las hojas rígidas

o lánguidas en los campos,

y las hormigas pardas en los pequeños

surcos,

y las costras de musgo en el cerco

sinuoso, las piedras apiladas, el saúco,

la hierba carmín y la candelaria.

Versión de León Felipe

* * *

14. Estoy enamorado de cuánto crece al aire libre,

de los hombres que viven entre el ganado,

o de los que paladean el bosque o el océano,

de los constructores de barcos y de los timoneles,

de los hacheros y de los jinetes,

podría comer y dormir con ellos semana tras semana.

Lo más común, vulgar, próximo y simple,

eso soy Yo,

Yo, buscando mi oportunidad, brindándome

para recibir amplia recompensa,

engalanándome para entregar mi ser

al primero que haya de tomarlo,

sin pedir al cielo que descienda cuando yo lo deseo,

esparciéndolo libremente para siempre.

Versión de León Felipe

** *

17. Estos son en verdad los pensamientos

de todos los hombres en todas las

épocas y naciones, no son originales míos,

si no son tuyos tanto como míos,

nada o casi nada son,

si no son el enigma y la solución del enigma,

nada son.

Esta es la hierba que crece

dondequiera que haya tierra y agua,

este es el aire común que baña el globo.

Versión de León Felipe

* * *

18. Con estrépitos de músicas vengo,

con cornetas y tambores.

Mis marchas no suenan solo para los victoriosos,

sino para los derrotados y los muertos también.

Todos dicen: es glorioso ganar una batalla.

Pues yo digo que es tan glorioso perderla.

¡Las batallas se pierden con el mismo espíritu que se ganan!

¡Hurra por los muertos!

Dejadme soplar en las trompas, recio y alegre, por ellos.

¡Hurra por los que cayeron,

por los barcos que se hundieron el la mar,

y por los que perecieron ahogados!

¡Hurra por los generales que perdieron el combate y por todos los héroes

vencidos!

Los infinitos héroes desconocidos valen tanto como los héroes mas

grandes de la Historia.

Versión de León Felipe

* * *

20. ¿Quién va allí?

Grosero, hambriento, místico, desnudo… ¡quién es aquél?

¿No es extraño que yo saque mis fuerzas de la carne del buey?

Pero ¿qué es el hombre en realidad?

¿Qué soy yo?

¿Qué eres tú?

Cuanto yo señale como mío,

Debes tú señalarlo como tuyo,

Porque si no pierdes el tiempo escuchando mis palabras.

Cuando el tiempo pasa vacío y la tierra no es mas que cieno y

podredumbre,

no me puedo para a llorar.

Los gemidos y las plegarias adobadas con polvo para los inválidos;

y la conformidad para los parientes lejanos.

Yo no me someto.

Dentro y fuera de mi casa me pongo el sombrero como de da la gana.

¿Por qué he de rezar?

¿Por qué he de inclinarme y suplicar?

Después de escudriñar en los estratos,

después de consultar a los sabios,

de analizar y precisar

y de calcular atentamente,

he visto que lo mejor de mi ser está agarrado de mis huesos.

Soy fuerte y sano.

Por mi fluyen sin cesar todas las cosas del universo.

Todo se ha escrito para mi.

y yo tengo que descifrar el significado oculto de las escrituras.

Soy inmortal.

Sé que la órbita que escribo no puede medirse con el compás de un

carpintero,

y que no desapareceré como el círculo de fuego que traza un niño en la

noche con un carbón encendido.

Soy sagrado.

Y no torturo mi espíritu ni para defenderme ni para que me comprendan.

Las leyes elementales no piden perdón.

(Y, después de todo, no soy mas orgulloso que los cimientos desde los

cuales se levanta mi casa.)

Así como soy existo. ¡Miradme!

Esto es bastante.

Si nadie me ve, no me importa,

y si todos me ven, no me importa tampoco.

Un mundo me ve,

el mas grande de todos los mundos: Yo.

Si llego a mi destino ahora mismo,

lo aceptaré con alegría,

y si no llego hasta que transcurran diez millones de siglos, esperaré…

esperaré alegremente también.

Mi pie está empotrado y enraizado sobre granito

y me río de lo que tu llamas disolución

por que conozco la amplitud del tiempo.

Versión de León Felipe

* * *

24. Walt Whitman, un cosmos, el hijo de

Manhattan,

turbulento, carnal, sensual, comiendo,

bebiendo y procreando,

no es un sentimental, no mira desde

arriba a los hombres y mujeres ni se

aparta de ellos,

no es más púdico que impúdico

¡Quitad los cerrojos de las puertas!

¡Quitad las puertas mismas de sus quicios!

Quien degrada a otro me degrada a mí,

y todo lo que hace o dice vuelve a la postre a mí.

La inspiración mana y mana de mí,

me recorren la corriente y el índice.

Pronuncio la contraseña primordial,

doy la señal de la democracia,

nada aceptaré, ¡lo juro!, si los demás

no pueden tener su equivalente

en iguales condiciones.

Voces desde hace largo tiempo

enmudecidas me recorren,

voces de interminables generaciones

de cautivos y de esclavos,

voces de enfermos y desahuciados,

de ladrones y de enanos,

voces de ciclos de gestación

y de crecimiento,

y de los hilos que conectan las estrellas,

y de los úteros y de la savia paterna,

y de los derechos de los pisoteados,

de los deformes, vulgares, simples,

tontos, desdeñados,

niebla en el aire, escarabajos que

empujan bolitas de estiércol.

Voces prohibidas me recorren,

voces de sexo y lujuria,

veladas voces cuyo velo aparto,

voces indecentes por mí purificadas

y transfiguradas.

No me tapo la boca con la mano,

trato con igual delicadeza

a los intestinos que a la cabeza

y el corazón,

la cópula no es para mí más grosera

que la muerte.

Creo en la carne y en los apetitos,

y cada parte, cada pizca de mí

es un milagro.

Divino soy por dentro y por fuera, y

santifico todo lo que toco o me toca,

el aroma de estas axilas es más

hermoso que una plegaria,

esta cabeza más que los templos,

las biblias y todos los credos.

Versión de León Felipe

* * * *

32. Creo que podría volverme a vivir con los animales.

¡Son tan plácidos y tan sufridos!

Me quedo mirándolos días y días sin cansarme.

No preguntan,

ni se quejan de su condición;

no andan despiertos por la noche,

ni lloran por sus pecados.

Y no me molestan discutiendo sus deberes para con Dios…

No hay ninguno descontento,

ni ganado por la locura de poseer las cosas.

Ninguno se arrodilla ante los otros,

ni ante los muertos de su clase que vivieron miles de siglos

antes que él.

En toda la tierra no hay uno solo que sea desdichado o venerable.

Me muestran el parentesco que tiene conmigo,

parentesco que acepto.

Me traen pruebas de mi mismo,

pruebas que poseen y me revelan.

¿En dónde las hallaron?

¿Pasé por su camino hace ya tiempo y las dejé caer sin darme cuenta?

Camino hacia delante, hoy como ayer y siempre,

siempre mas rico y mas veloz,

infinito, lleno de todos y lo mismo que todos,

sin preocuparme demasiado por los portadores de mis recuerdos,

eligiendo aquí solo a aquel que más amo y marchando con {el en un abrazo

fraterno.

Este es un caballo ¡Miradlo!

Soberbio,

tierno,

sensible a mis caricias,

de frente altiva y abierta,

de ancas satinadas,

de cola prolija que flagela el polvo,

de ojos vivaces y brillantes,

de orejas finas,

de movimientos flexibles…

Cuando lo aprisionan mis talones, su nariz se dilata,

y sus músculos perfectos tiemblan alegres cuando corremos en la pista…

pero yo solo puedo estar contigo un instante.

Te abandono, maravilloso corcel.

¿Para qué quiero tu paso ligero si yo galopo mas de prisa?

De pie o sentado, corro más que tú.

Versión de León Felipe

* * *

34. Para mí, una brizna de hierba no vale menos que la

tarea diurna de las estrellas,

e igualmente perfecta es la hormiga, y así un grano de

arena y el huevo del reyezuelo,

y la rana arbórea es una obra maestra, digna de

egregias personas,

y la mora pudiera adornar los aposentos del cielo,

y en mi mano la articulación más menuda hace burla

de todas las máquinas,

y la vaca, rumiando con inclinado testuz, es más bella

que cualquier escultura;

y un ratón es milagro capaz de asombrar a millones de

infieles.

Versión de Màrie Manent

* * *

45. Mira tan lejos como puedas, hay

espacio ilimitado allá,

cuenta tantas horas como puedas, hay

tiempo ilimitado antes y después.

Mi cita ya ha sido concertada y es

segura,

allí estará el Señor, esperando que yo

llegue en perfectas condiciones

allí estará el gran Camarada, el amante

verdadero que he anhelado.

Versión de León Felipe

* * *

48. Dije que el alma no es superior al cuerpo,

y dije que el cuerpo no es superior al alma,

y nada, ni Dios siquiera, es más grande

para uno que lo uno  mismo es,

y quien camina una cuadra sin amar al prójimo

camina amortajado hacia su propio funeral,

y yo o tú podemos comprar la flor y nata

de la Tierra sin un céntimo, sin un céntimo

en el bolsillo,

y mirar con un sólo ojo o mostrar un grano

en su vaina, desconcierta las enseñanzas

de todos los tiempos,

y no hay oficio ni empleo en el que un joven

no pueda convertirse en héroe,

y el objeto más delicado puede servir

de eje al universo,

y digo a cualquier hombre o mujer:

que tu alma se alce tranquila y serena

ante un millón de universos.

Versión de León Felipe

Otros poemas:

¡Adiós, fantasía mía!

¡Adiós, Fantasía mía!

¡Adiós, querida compañera, amor mío!

Me voy, no sé adónde

ni hacia qué azares, ni sé si te volveré a ver jamás.

¡Adiós, pues, Fantasía mía!

Déjame mirar atrás por última vez.

Siento en mí el leve y menguante tic tac del reloj.

Muerte, noche, y pronto se detendrá el latir de mi corazón.

Durante mucho tiempo hemos vivido, gozado, y acariciado juntos,

en deliquio.

Ahora hemos de separarnos. ¡Adiós, Fantasía mía!

Pero no nos apresuremos.

Largo tiempo, ciertamente, hemos vivido, dormido, nos hemos

mezclado el uno con el otro.

Si morimos, pues, moriremos juntos (sí, continuaremos

siendo uno),

si vamos a algún sitio, iremos juntos a afrontar lo que ocurra:

quizás seremos más libres y alegres, y aprenderemos algo,

quizás me estés ya guiando hacia las verdaderas canciones,

(¿quién lo sabe?),

quizás eres tú el mortal pomo de la puerta que deshace, gira…

Finalmente, pues, te digo:

ADIÓS! ¡SALUD, FANTASÍA MÍA!

Versión de Agustí Bartra

Cíñete a mí

Cíñete a mí, noche del seno desnudo; cíñete a mí,

noche ardiente y nutricia!

Noche de vientos del Sur, noche de grandes y pocos luceros,

tú, que en la paz cabeceas, loca, desnuda noche de estío.

Voluptuosa sonríe, ¡oh, tierra de fresco aliento !

Tierra de árboles adormilados y líquidos,

tierra ya sin luz del ocaso, tierra de montes con cumbre de niebla,

tierra donde derrama cristales el plenilunio azulado,

tierra con manchas de luz y de sombra en las aguas del río,

tierra de límpido gris y de nubes que para mí son

más vivas y claras,

tierra de abrazo anchuroso, tierra ataviada con flor de manzano

sonríe ya, que tu amante se acerca.

Versión de Màrie Manent

Cuando escuché al docto astrónomo…

Cuando escuché al docto astrónomo,

cuando me presentaron en columnas

las pruebas y guarismos,

cuando me mostraron las tablas y diagramas

para medir, sumar y dividir,

cuando escuché al astrónomo discurrir

con gran aplauso de la sala,

qué pronto me sentí inexplicablemente

hastiado,

hasta que me escabullí de mi asiento y

me fui a caminar solo,

en el húmedo y místico aire nocturno,

mirando de rato en rato,

en silencio perfecto a las estrellas.

Versión de Leandro Wolfson

El halcón moteado cala sobre mí…

El halcón moteado cala sobre mí,

y me acusa lamentándose

por mi charla y mi pereza.

Yo también soy indomable,

yo también soy intraducible.

Sobre los techos del mundo,

resuena mi bárbaro graznido.

El último celaje del día,

se detiene a esperar por mí,

lanzo mi figura, tras las otras,

reposando verdaderamente en cualquier

sombra silvestre.

Me insta engatusándome hacia la bruma,

y hacia la oscuridad.

Me alejo como el aire,

sacudo mi bucle blanco en el sol fugitivo.

Vierto mi carne en remolinos,

y la dejo arrastrar por la mueca del encaje.

Me entrego, a mí mismo, al barro,

para brotar en la hierba que amo.

Si me necesitas,

búscame en la suela de tus botas.

Apenas sabrás quien soy,

y lo que quiero decir.

No obstante soy tu buena salud,

y filtraré con filamentos tu sangre.

No desfallezcas si no me encuentras pronto.

Si no estoy en un lugar, búscame en otro.

En algún lugar te estaré esperando.

Versión de Leandro Wolfson

Una escena de campamento, al alba gris y sombría…

Una escena de campamento, al alba gris y sombría…

Al salir de mi tienda, temprano y desvelado,

paseando lentamente, en el aire frío, por el sendero junto

a la tienda-hospital,

veo tres figuras acostadas en una camilla, tres figuras

yaciendo abandonadas allí,

cubiertas con una manta, con una amplia manta de lana oscura,

una manta gris y pesada que lo envuelve y cubre todo.

Curioso, me detengo en silencio.

Luego, con mis dedos levanto ligeramente a la altura del

rostro la manta del primero, el más próximo.

¡Quién eres, anciano flaco y horrendo de pelo gris y ojos

hundidos en las cuencas?

¡Quién eres, amado camarada?

Después avanzo hacia el segundo… ¿Quién eres tú, pequeño hijo mío?

¿Quién eres tú, dulce niño de mejillas aún en flor?

Y después, el tercero… No es un rostro de niño ni de anciano:

es un rostro muy sereno, como de marfil blanco amarillento.

Creo que te conozco, joven. Creo que este rostro es el rostro de Cristo,

muerto y divino, hermano de todos, que yace aquí de nuevo.

Versión de Agustí Bartra

Oh capitán, mi capitán

Oh Capitán, mi Capitán:

nuestro azaroso viaje ha terminado.

Al fin venció la nave y el premio fue ganado.

Ya el puerto se halla próximo,

ya se oye la campana

y ver se puede el pueblo que entre vítores,

con la mirada sigue la nao soberana.

Mas ¿no ves, corazón, oh corazón,

cómo los hilos rojos van rodando

sobre el puente en el cual mi Capitán

permanece extendido, helado y muerto?

Oh Capitán, mi Capitán:

levántate aguerrido y escucha cual te llaman

tropeles de campanas.

Por ti se izan banderas y los clarines claman.

Son para ti los ramos, las coronas, las cintas.

Por ti la multitud se arremolina,

por ti llora, por ti su alma llamea

y la mirada ansiosa, con verte, se recrea.

Oh Capitán, ¡mi Padre amado!

Voy mi brazo a poner sobre tu cuello.

Es sólo una ilusión que en este puente

te encuentres extendido, helado y muerto.

Mi padre no responde.

Sus labios no se mueven.

Está pálido, pálido. Casi sin pulso, inerte.

No puede ya animarle mi ansioso brazo fuerte.

Anclada está la nave: su ruta ha concluido.

Feliz entra en el puerto de vuelta de su viaje.

La nave ya ha vencido la furia del oleaje.

Oh playas, alegraos; sonad, claras campanas

en tanto que camino con paso triste, incierto,

por el puente do está mi Capitán

para siempre extendido, helado y muerto.

Versión de Nicolás Bayona Posada

Postrera invocación

Al fin, dulcemente,

dejando los muros de la fuerte mansión almenada,

el duro cerco de las cerraduras, tan bien anudado;

la guardia de las puertas seguras,

sea yo liberado en los aires.

Con sigilo sabré deslizarme;

pon tu llave suave en la cerradura y, con un murmullo,

abre las puertas de par en par, ¡alma mía!

Dulcemente -sin prisa-

(carne mortal, ¡oh, qué fuerte es tu abrazo!

¡oh amor! ¡cuán estrechamente abrazado me tienes!)

Versión de Màrie Manent

Reconciliación

QUE a todos se diga: hermoso es como el cielo,

hermoso es que la guerra y sus lúgubres gestas sean al

fin derrotadas,

que sin cesar, Muerte y Noche, con manos fraternas y

suaves, las mancillas laven del mundo;

pues murió mi enemigo; un hombre, divino como yo mismo,

está muerto:

y le miro yacer, con blanco semblante y muy quieto, en el ataúd

-y me acerco,

me inclino, y rozan mis labios, en el ataúd, su faz blanca.

Versión de Màrie Manent

Tu mirada

Me miraste a los ojos, penetrando,

en lo más profundo de mi alma.

El cristal azul de tus pupilas,

me mostraba, mi imagen reflejada.

Me miraste y pediste temblorosa

que un te amo, saliera de mis labios,

pero ellos ya no tienen más palabras

pues los golpes de la vida los han cerrado.

Me miraste y tu pelo se erizaba,

y una gota redonda en tu pupila

que brotó, de un corazón roto

y cayó recorriendo tu mejilla.

Me miraste y tu rostro empapado

me exigía una palabra, una respuesta,

y mentí diciéndote te amo

por ganar de tu cara una sonrisa.

Versión de Leandro Wolfson

Una araña paciente y silenciosa…

Una araña paciente y silenciosa,

vi en el pequeño promontorio en que

sola se hallaba,

vi cómo para explorar el vasto

espacio vacío circundante,

lanzaba, uno tras otro, filamentos,

filamentos, filamentos de sí misma.

Y tú, alma mía, allí donde te encuentras,

circundada, apartada,

en inmensurables océanos de espacio,

meditando, aventurándote, arrojándote,

buscando si cesar las esferas

para conectarlas,

hasta que se tienda el puente que precisas,

hasta que el ancla dúctil quede asida,

hasta que la telaraña que tú emites

prenda en algún sitio, oh alma mía.

Versión de Leandro Wolfson

Una hoja de hierba

Creo que una hoja de hierba, no es menos

que el día de trabajo de las estrellas,

y que una hormiga es perfecta,

y un grano de arena,

y el huevo del régulo,

son igualmente perfectos,

y que la rana es una obra maestra,

digna de los señalados,

y que la zarzamora podría adornar,

los salones del paraíso,

y que la articulación más pequeña de mi mano,

avergüenza a las máquinas,

y que la vaca que pasta, con su cabeza gacha,

supera todas las estatuas,

y que un ratón es milagro suficiente,

como para hacer dudar,

a seis trillones de infieles.

Descubro que en mí,

se incorporaron, el gneiss y el carbón,

el musgo de largos filamentos, frutas, granos y raíces.

Que estoy estucado totalmente

con los cuadrúpedos y los pájaros,

que hubo motivos para lo que he dejado allá lejos

y que puedo hacerlo volver atrás,

y hacia mí, cuando quiera.

Es vano acelerar la vergüenza,

es vano que las plutónicas rocas,

me envíen su calor al acercarme,

es vano que el mastodonte se retrase,

y se oculte detrás del polvo de sus huesos,

es vano que se alejen los objetos muchas leguas

y asuman formas multitudinales,

es vano que el océano esculpa calaveras

y se oculten en ellas los monstruos marinos,

es vano que el aguilucho

use de morada el cielo,

es vano que la serpiente se deslice

entre lianas y troncos,

es vano que el reno huya

refugiándose en lo recóndito del bosque,

es vano que las morsas se dirijan al norte

al Labrador.

Yo les sigo velozmente, yo asciendo hasta el nido

en la fisura del peñasco.

Versión de León Felipe

Padre nuestro Palestino (poema)

Padre Nuestro Padre nuestro, que estás en el cielo.


Aunque a veces parecieras estar lejano y ausente,

Porque estamos a merced de los perros de la guerra,

de ejércitos de asesinos sin escrúpulos.

Santificado sea tu Nombre.

Aunque muchos y muchas seamos condenados,

A terribles e injustos holocaustos,

por culpa de nuestros nombres

Y nuestro origen.

Venga a nosotros tú Reino.

Pero no convertido en bombas,

ni en lagrimas, ni en muerte.

Que no mueran más en tu nombre,

nuestros niños y niñas,

nuestros ancianos y ancianas.

Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.

Aunque siempre se cumple la voluntad,

de quienes organizan las guerras  e invasiones,

para recomponer economías.

Desde todas partes nos han bombardeado,

desde la tierra,

el mar

y el cielo.

El pan nuestro de cada día dánoslo hoy.

Tenemos hambre y sed,

Nos cierran las puertas y caminos,

Para que no entren en nuestra tierra bombardeada,

alimentos ni medicinas,

para que no entre la solidaridad de los pueblos.

Perdona nuestras ofensas, como nosotros y nosotras,

perdonamos a quienes nos ofenden.

Nos pides perdonar a quienes con sus bombas

Masacran a nuestro pueblo,

Destruyendo escuelas y hospitales,

Iglesias y mezquitas,

fábricas y parques,

altares y minaretes,

destrozando cuerpos de niños y niñas inocentes.

No nos dejes caer en la tentación,

De olvidar a nuestra gente masacrada,

de no exigir con fuerza justicia,

para nuestros hijos e hijas,

hermanos y hermanas,

padres y madres,

asesinados impunemente,

en nuestras casas,

en las aulas de clases,

en parques de juegos,

en esta guerra tan desigual e injusta.

Más líbranos del mal.

Líbranos de asesinos y terroristas de estado,

de ejércitos de vecinos sanguinarios,

sin normas,

sin moral,

Sin  respeto a la convivencia

y a la dignidad humana.

Porque tuyo es el Reino, el poder y la gloria,

por los siglos de los siglos.

Cuando se los arrebates a los genocidas,

a  invasores y saqueadores,

a imperios y trasnacionales,

a asesinos sin conciencia,

sin ética ni compasión.

Amén.

Ese será nuestro grito de alegría,

cuando sometas bajo tus pies

a la bestia fascista,

Sionista-nazista,

asesinos de nuestro pueblo.

Obed Juan Vizcaíno Nájera.

Maracaibo -Venezuela.

SIN TI; SIN VOSOTROS

I
LA LUZ Y EL VIENTO

Consciente de lo que digo,
¡Soy! Que sé lo que escribo.
Y sé, que serán tan amados
Cómo temidos, mis versos,
En manos de la gente noble
Y sencilla de Latinoamérica.

Sé, que en vuestras manos:
Mis versos son y serán, al Alba,
Las lagrimas de la Media Luna;
Sobre los dátiles de la palmera
Y las espigas de trigo y de arroz,
Sobre la rosa y la flor del maíz.

Consciente soy, cómo lo soy,
De que sin ti, sin vosotros;
La LUZ que alumbra la lluvia,
El VIENTO de Latinoamérica,
Que sopla fiero y esparce
El eco lejano de mi verbo.

Que le da alas a mis versos;
Para que vuelen, y vuelen
Más alto, más y más lejos,
Para que vuelen y lleguen …
Allí donde moran las almas
De los nobles chamanes.

Allí donde no llega la garra
Afilada del buitre, ni se oye,
El graznido del cuervo,
Puñales y siervos a sueldo
De las mitras purpúreas,
De los sapos del Pentágono.

LUZ y VIENTO de mis versos;
Para que vuelen y lleguen …
Allí donde nacen los ríos,
Allí donde nacen y crecen,
Los sueños de amor y de vida
De todos los niños del Mundo.

Consciente de lo que digo,
¡Soy! Que sé lo que escribo,
Y responderé de mis versos,
Sabiendo qué ¡Soy!, Si soy,
El eco lejano de vuestra voz
Cabalgando la furia del viento.

Sabiendo qué ¡Soy! Si soy,
El eco lejano de vuestra voz
Cabalgando los relámpagos
En las noches más oscuras,
Las ondas y los truenos
En los tiempos de silencio.

Sabiendo qué ¡Soy! Si soy,
El eco lejano de vuestra voz
Cabalgando la fuerte lluvia
Y las olas del mar bravío.
Qué, el poeta es nadie, nada,
No existe ni tiene nombre.

SIN TI, SIN VOSOTROS,
LA LUZ Y EL VIENTO.

26 de julio de 2009

II

Y LA LUZ Y EL VIENTO

Y la Luz y el Viento
De Latinoamérica:
Es la voz; de Cuba,
Venezuela y Ecuador,
Bolivia y Costa Rica,
Nicaragua y Honduras,
Es la voz del Pueblo
Que estalla y cabalga;
La lluvia y las ondas,
Las olas del mar bravío.

Y la Luz y el Viento
De Latinoamérica:
Es la voz más autentica
Y profunda. Son los ríos
De magna incandescente
Que riegan y vertebran
La columna dorsal
De Latinoamérica
Desde Río Grande
A Cabo de Hornos.

Y la Luz y el Viento
De Latinoamérica:
Es la voz digna
Cálida y serena
Sensual  y libre
Fuerte  y firme,
De sus tierras vírgenes,
Húmedas y sedientas,
Fértiles y áridas,
Siempre, bellas y ricas.

Y la Luz y el Viento
De Latinoamérica:
Es la voz del Pueblo
Y de sus libertadores;
De Simón Bolívar,
San Martín y Zapata
De un único pueblo
Tan noble y sencillo,
Sensible y humano,
Como culto y diverso.

Y la Luz y el Viento
De Latinoamérica:
Es la voz recia del fuego
Que brota de la tierra,
Y alumbra las cumbres
Del Poás y el Turrialba
Del Arenal y el Irazú
Alumbrando la noche,
El cielo de Costa Rica.
Y el alma del Tucán.

III

¿UN POEMA?

¿Un poema?
Bien poco es, un poema,
Pero lo puede ser todo,
Cuando es el eco lejano
De vuestra voz;
La voz libre y solidaría,
La voz profunda
Y soberana del Pueblo.

Con un fuerte y fraternal abrazo

27 de Julio de 2009

Olivier Herrera Marín