by juancho | Dic 29, 2011 | Cultural |
Recuerdo un enunciado de Céline, el gran novelista francés –y también execrable antisemita–: “La moral de la Humanidad a mí me la trae floja; como a todo el mundo, por cierto.” Y no tan lejos del escritor pronazi, aunque con gesto de displicente dandismo, la presente ingravidez posmoderna: “Poco se entiende de la condición humana si se juzga en los términos de bien y mal. El peso del mal, el peso del bien, el peso de la justicia. Todo acercamiento de este estilo termina, como sería fácil de esperar, cayéndose por su propio peso.”[2]
A una posición como la de Céline podemos llamarla nihilismo, en una de las acepciones del término: la doctrina según la cual no existen los valores. El ser es, pero ¿alguien palpó alguna vez un “deber ser”?
Ahora bien: en un nivel muy básico, es obvio que existen los valores– no sólo para los seres humanos sino para todos los seres vivos. En efecto, en todos los seres vivos –desde la ameba a la Duquesa de Alba– hallamos tendencias preferenciales ancladas en su naturaleza biológica. Como nos sugiere Javier Echeverría, “la vida, la supervivencia, el crecimiento y la reproducción no sólo son bienes (o males) para nosotros, sino también para las especies que pueblan la biosfera.”[3] En el mundo animal hay –encarnados en cuerpos– valores naturales, que son anteriores a los valores morales, religiosos, estéticos… El filósofo vasco ha desarrollado una notable axiología naturalizada y empírica, según la cual “en la naturaleza proliferan los valores”. En efecto, “en el mundo animal, los valores básicos tienen una expresión orgánica”: los órganos corporales permiten el ejercicio de las capacidades propias de cada especie, y así la satisfacción de valores básicos. Y de hecho, no sólo en el mundo animal sino para todo ser vivo. Pensemos en el fototropismo de las plantas…
Volvamos al mundo humano. Pensemos en algo tan característico como el apetito humano por la sal. Se explica evolutivamente, como adaptación darwiniana: durante decenas de miles de años el cloruro de sodio –que nuestro organismo necesita– escaseaba en nuestra dieta, de manera que la selección natural nos fue dotando de este apetito… ¡que hoy resulta contraproducente (mal-adaptación)! La ingesta excesiva (consumo promedio de unos 10 grs. al día en Gran Bretaña, cuando no debería superar los 5 grs.), en condiciones ambientales de abundancia de sal, indudablemente nos enferma (hipertensión, infartos de miocardio, accidentes cerebrovasculares, enfermedades renales, etc.).
Así que cabe pensar en la sal como bien humano, y en la búsqueda de sal como valor (¡aunque sin excesos! Tirando de este hilo llegaríamos a la importante reflexión de Herbert Simon sobre racionalidad acotada)[4]. Bueno, quizá no sea un ejemplo muy impresionante de valor, pero no cabe duda de que está ahí. ¡Existen los valores –al menos en el modesto sentido de tendencias preferenciales ancladas en nuestra naturaleza biológica! Así que el nihilismo ha de referirse a otra cosa…
Lo que la gente como Céline sostiene acaso es que no existen los valores “elevados”: quizá esa “moral de la Humanidad” que se la trae floja alude a valores como la benevolencia generalizada, el amor al extraño, la justicia… El caso es que aquí se mezclan varios debates: sobre egoísmo psicológico y egoísmo ético, sobre subjetivismo y relativismo moral, quizá también sobre determinismo y fatalismo…[5] Sólo una mínima indicación ahora: a mi juicio, el nihilismo es una forma de extremismo del Todo o nada. Pide Valores Absolutos (con muchas mayúsculas) descolgados de alguna suerte de cielo platónico, o nada. Se trata de variantes del dostoievskiano “si Dios no existe, todo está permitido”.
Pero en cuanto esa falsa dicotomía se desestima, nos encontramos en un mundo vivible –aunque sea un mundo trágico. Que no exista la Justicia Absoluta no quiere decir que las luchas históricas, concretas, encarnadas por lograr algo de justicia (con minúscula) carezcan de sentido… sentido que precisamente sería la construcción común que va emergiendo (o no) de esas luchas, sin ninguna esperanza de victoria.
En el Mahabharata, epopeya mitológica de la India (originada aproximadamente en los siglos IX-VIII AEC), leemos una buena historia sobre la concepción trágica de la existencia. (Ésa que no ignora, ni trata de olvidar, que los seres humanos nos hallamos en vilo sobre un abismo –sin fundamentos últimos).
“Un hombre solo se adentra en un bosque oscuro y poblado por animales feroces. (…) Una mujer de ojos rojos vigila todas las cosas que van, cada una a su ritmo, hacia un fin inevitable. El hombre tiene que pasar por ese bosque. De repente oye aullidos de fieras, y le entra miedo. Corre aturdido y cae en un pozo negro. Consigue de milagro agarrarse a unas raíces enredadas en el borde del agujero. Siente debajo de él, en el fondo del pozo, el aliento cálido de una enorme serpiente que abre las fauces. Ve que va a caer, y que lo devorará la espantable criatura. Por encima, derribando los árboles, aparece un elefante gigantesco que levanta la pata para aplastarlo. Surgen también unas ratas blancas y negras que se ponen a roer las raíces a las que está agarrado. Y en ese preciso instante unas peligrosas abejas vuelan sobre el agujero, y dejan caer unas gotitas de miel.
Entonces el hombre suelta una de las manos y extiende el dedo lentamente, con mucha precaución. Extiende el dedo para recoger las gotas de miel.”[6]
NIHILISMO DARWINISTA por Antonio Diéguez
[1] Antonio Diéguez, “Nihilismo darwinista”, publicado en 2009 en Teorema Vol. XXVIII/2, 2009, pp. 215-221.
[2] Vicente Verdú, “La confusión ilumina, la claridad mata”, El País, 4 de marzo de 2010.
[3] Javier Echeverría, Ciencia del bien y del mal, Herder, Barcelona 2007, p. 37.
[4] Herbert A. Simon, Models of Bounded Rationality, Cambridge (Mass.), MIT Press 1982. En nuestro país, Javier Echeverría y J. Francisco Álvarez andan estos últimos años formulando propuestas en esta dirección, y preparan un libro conjunto sobre la racionalidad valorativa (El tejido de la racionalidad, de próxima publicación).
[5] Una buena introducción a estos debates en Simon Blackburn, Sobre la bondad. Una breve introducción a la ética, Paidos, Barcelona 2002, p. 23-92.
[6] Lo cuenta Jean-Claude Carrière en El círculo de los mentirosos –Cuentos filosóficos del mundo entero, Lumen, Barcelona 2000, p. 95.
by juancho | Dic 14, 2011 | Adonis, Cultural |
Abrazo a la espiga del tiempo,
mi cabeza es una torre de fuego.
¿Qué es esta sangre que palpita en la arena
y qué es este ocaso?
Llama del presente, ¿qué vamos a decir?
En mi garganta están los jirones de la Historia
y en mi rostro los signos del sacrificio.
¡Qué amargo es ahora el lenguaje!
¡Qué angosta la puerta del alfabeto!
Abrazo a la espiga del tiempo,
mi cabeza es una torre de fuego.
¿Se ha convertido el amigo en verdugo?
Un vecino ha dicho: ¡Cuánto tarda Hulagu en venir!
¿Quién llama a la puerta? ¿El recaudador de impuestos?
Dale el tributo… siluetas de mujeres
y de hombres… imágenes que caminan…
Nos hemos hecho señales, nos hemos intercambiado secretos.
Nuestros pasos son una hebra de muertos.
¿Tu muerto viene de tu Señor
o tu Señor viene de tu muerto?
Perdido por el enigma, se inclina
cual arco de terror sobre sus días encorvados.
– Tenía un hermano. Desapareció. Mi padre se volvió loco.
Mis hermanos murieron. ¿A quién invocar?
¿Hay que abrazar a la puerta, suplicar a la alfombra?
– Delira. Trae la tabaquera y cúralo con el rapé de los sabios.
Cadáveres que el asesino lee cual anécdotas.
¿Este montón es un granero de huesos, la cabeza de un niño
o un trozo de carbón?
¿Es un cuerpo esto que veo o un esqueleto de barro?
Me inclino, arreglo dos ojos y remiendo una cadera.
Tal vez la intuición me ayude
y me guíe un fulgor de memoria
pero es inútil que investigue la delgada hebra,
inútil que junte una cabeza, dos brazos y dos piernas
para descubrir la identidad del muerto.
– ¿A quién predica la hormiga y por qué asustarse?
Poesía es mezclar en el ojo esta trágica chispa.
Éxtasis es ver tu casa volar en estallidos hacia Dios.
Encaramada a un alminar,
la lechuza del adivino ulula.
De su grito ha tejido un arco iris
y, ahogada de alegría, ha llorado
Abrazo a la espiga del tiempo,
mi cabeza es una torre de fuego.
El payaso ha revelado sus secretos.
Este tiempo rebelde es una tienda de alhajas,
un pantano de profetas.
El payaso ha revelado sus secretos.
La verdad será la muerte, el pan de los poetas
y lo que se llamó o se convertirá en patria
no es más que un instante a la deriva
sobre el rostro del tiempo.
El payaso ha revelado sus secretos.
Esplendor del diluvio, ¿dónde está tu llave?
Inúndame de gracia, toma mis últimas riberas,
tómame.
Un abismo ardiente me ha hechizado,
un camino por el que huyen los caminos.
Abrazo a la espiga del tiempo,
mi cabeza es una torre de fuego.
Mi alma ha olvidado sus pasiones,
ha olvidado su patrimonio, oculto en la casa de las imágenes.
No volverá a recordar lo que ha dicho la lluvia,
lo que ha escrito la tinta de los árboles.
Mi alma no dibuja más que una gaviota
empujada por las olas contra las amarras de un barco.
No escucha más que un grito metálico:
he aquí el corazón de la ciudad,
luna rota, unida al ombligo de un fantasma de chispas.
No sabe que Dios y el poeta
son dos niños que duermen en la mejilla de una piedra.
Mi alma ha olvidado sus pasiones,
por eso temo la sombra
y el bosquejo del futuro,
por eso me invade la duda
y el sueño se me resiste.
Amarrado, corro de un fuego a otro,
sofocado bajo el sudor que chorrea por mi cuerpo,
compartiendo con los muros el insomnio de la noche
(fieras son los pasos de la noche).
A menudo he dicho a la poesía sedimentada
en el fondo de mi memoria:
¿qué es esta sierra en mi cuello?
¿Quién me dicta la aleya del silencio?
¿A quién contaré mis cenizas?
Yo, que no sé arrancar el pulso y arrojarlo a la mesa.
Yo, que rechazo hacer de mi tristeza un tambor para el cielo.
Así pues diré: mi vida ha sido morada de espectros,
molino de viento.
Abrazo a la espiga del tiempo,
mi cabeza es una torre de fuego.
Los árboles del amor en Qassabin
son hermanos de los árboles de la muerte en Beirut.
El bosque de mirto consuela al bosque del exilio.
Qassabin penetra en el mapa de la hierba
y destila las entrañas de las llanuras.
Beirut penetra en el mapa de la muerte:
las tumbas son jardines, despojos, campos.
¿Qué fuerza vierte a Qassabin en Tiro y Sidón
y es Beirut quien se derrama?
¿Qué es eso que alejándose se aproxima?
¿Quién mezcla en mi mapa esta sangre?
El verano se seca y el otoño no ha llegado,
la primavera ha ennegrecido en la memoria de la tierra,
el invierno es como la muerte lo dibuja:
agonía y hemorragia,
época surgida de un frasco de predestinación
y de la palma de la suerte,
época del extravío que improvisa el instante y rumia el aire.
¿Cómo podréis reconocerla?
Un muerto sin rostro que contiene todos los rostros.
Abrazo a la espiga del tiempo,
mi cabeza es una torre de fuego.
Agotado, me doy la vuelta y observo:
¿Qué son esos andrajos? ¿Crónicas, países,
banderas colgadas al acantilado del crepúsculo?
En un instante leo las generaciones,
en un cadáver reconozco miles de cadáveres.
Me sumergen los abismos del absurdo,
mi cuerpo se escapa,
mi rostro no aparece en el espejo,
mi sangre huye de las arterias.
¿Será porque no veo a la luz
transportar mis sueños hacia ella?
¿Será el lugar más remoto de un mundo
que los demás bendicen y yo maldigo?
¿Qué es esto que desarraiga mis profundidades
y se marcha entre la jungla del deseo,
los países, los océanos de lágrimas
y la descendencia de símbolos,
entre las venas y los sexos,
las épocas y los pueblos?
¿Qué es esto que divide mi alma y me destruye?
¿Acaso soy la encrucijada de caminos?
En el instante del descubrimiento ¿ha dejado mi camino
de ser mi camino?
¿Soy más que un ser, mi historia es mi abismo
y mi plazo mi incendio?
¿Qué es esto que en una carcajada se eleva
de mis miembros ahogados?
¿Soy múltiples seres que se preguntan:
¿Quién eres? ¿De dónde vienes?
¿Son mis órganos los bosques del combate
en una sangre-viento, en un cuerpo-hoja?
¿Soy un loco? ¿Quién soy en estas tinieblas?
Enséñame y guíame, locura.
¿Quién soy, amigos? Respondedme,
vosotros, los visionarios, los oprimidos.
Ojalá pudiera escaparme de mi piel
sin saber quién he sido ni quién seré.
Busco un nombre, algo que nombrar,
pero nada es nombrable.
Una época ciega, una Historia cegada,
una época de limo y una Historia de ruinas.
El dominador es dominado.
¡Alabadas seáis, tinieblas!
Abrazo a la espiga del tiempo,
mi cabeza es una torre de fuego.
Mi antepasado semita es agarrado
por lo que ha engendrado el destino ciego.
¿Un papagayo? ¿Un profeta colado en una momia?
Oh, antepasado al que aparto de su camino.
Tú eres el que habita en la molécula del agua
y en los astros celestes.
Es prudente que camines así,
orgulloso hacia el pasado.
Tú eres el misterio,
el reino receloso de las profecías.
Extraviado en el error, no puedo comprenderte.
Tú eres el prodigio,
antepasado al que yo rechazo ahora.
A pesar de que haya amado la creación en tu nombre,
no me reconocerás, nada me unirá a ti,
aparte de estas huellas enterradas en mi alma
que me lloran y me hacen llorar sobre ti.
Abrazo a la espiga del tiempo,
mi cabeza es una torre de fuego.
El fin de la época que llovía piedras[1]
ha encontrado el comienzo de una era que llueve petróleo.
El dios de las palmeras se arrodilla ante un dios del hierro
y yo, entre estos dioses, soy la sangre derramada,
la caravana que huye.
Palpo mi fuego apagado,
me pregunto cómo engañar a mi muerte,
rebelde en su desierto,
y digo que el universo lo teje mi sueño.
La trama se deshace,
me veo en un abismo
y me entrego a la noche de la caída.
Veo en las cosas un cerco de humo,
percibo el mundo como una cacería.
Se extiende la mesa:
los cuerpos son los condimentos,
las cabezas los recipientes
y Dios se sienta a la mesa de la caza.
Una gacela era panadera, una iguana soldado.
¿Es Dios quien se come la caza
o es la caza quien se come a Dios?
Los caminos mienten, las riberas traicionan.
¿Cómo no caer fulminado por la locura?
Reniego del comensal y del manjar
y acojo a todo lo errante.
Mi consuelo es sumergirme en mi sueño,
excederme, ondear
y cantar el deseo del rechazo.
Deliro. Venus es la ajorca de mis días,
Capricornio mi brazalete
y las flores en sus corolas son balcones…
Mi consuelo es salir y convocar
a todos los verbos de la salida.
Ensillad estos vientos desbocados.
La Historia ha sido degollada
y esto no es más que el preludio.
Dejad al verdugo, a la víctima y al sacrificio como mártires,
cubridme con sus restos
y dibujadme una ruina.
Así sacaré a la sabiduría de su yacimiento
y gritaré: Bienvenidos mis escombros, mi decadencia.
Mañana la muerte me soplará sin que me extinga,
mañana saldré de la luz para ir hacia otra luz.
Cierto que soy más frágil que un hilo
pero más noble que un dios.
Así comenzaré a abrazar mi tierra
y los secretos de sus pasiones.
El cuerpo del mar es su amor,
un amor que tiene como manos al sol,
el cuerpo reservado al trueno, ancla de ternura,
un cuerpo promesa en el que me pierdo.
Surgiré de este desafío.
Cubrid con la luz de la lluvia amorosa
el rostro de la margarita
y que sea…
Abrazo la época que viene y camino,
rebelde, con andares de capitán,
trazando mi país.
Subid a sus más altas cimas,
descended a sus profundidades.
No encontraréis miedo ni cadenas.
Es como si el pájaro fuera rama,
la tierra un niño y los mitos mujeres
¿o tal vez sueños?
Dejo a los que vendrán después de mí
la misión de abrir este espacio.
Mi piel no es una cabaña de ideas
ni mi pasión leñador del recuerdo.
Mi ascendencia es el rechazo
y mis bodas germinación entre dos polos.
Esta época es la mía,
la del dios muerto y la máquina ciega.
Que habite en la alberca de los deseos,
que mis despojos sean flores,
que sea el alif del agua, la ya del fuego,
el loco de la vida.
Revelo al tiempo los secretos de sus páginas.
Así confiesa
que es el extraviado, el rebelde, el discordante.
(Beirut, 4 de junio-25 de octubre de 1982)
– [1] Sobre las que se grababan los nombres de los infieles que debían ser lapidados, según la ley divina.
______________________________________________________