«Uno no sabe si cuando hablamos de ellos, los muertos queridos nos escuchan»

Entrevista a Vicente Zito Lema al cumplirse 5 años del fallecimiento de Eduardo Galeano/
Por Mario Hernandez | 11/05/2020 | Cultura/

M.H.: Eduardo Germán Hughes Galeano, nació en Montevideo el 3 de septiembre de 1940 en el seno de una familia de clase alta y católica de ascendencia italiana, española, galesa y alemana. Fue un niño muy creyente, sabía que esa búsqueda de Dios en los demás permanece, aunque la figura de Dios con mayúscula se le cayó por el agujerito del bolsillo y nunca más lo encontró. Como él mismo recordaba, en ese período místico de la infancia, empezó a garabatear dibujos, en la adolescencia, sus primeras caricaturas fueron publicadas en El Sol, un semanario socialista de Uruguay con el seudónimo “Hughes”. En los 60 fue editor del semanario Marcha y luego director del diario Época. Tenía 31 años cuando publicó Las venas abiertas de América Latina, un texto que encarnó la educación sentimental y política de varias generaciones, un clásico de la izquierda latinoamericana, por el cual fue censurado por las dictaduras uruguaya, chilena y argentina.

V.Z.L.: Hermoso recuerdo que hacés de Eduardo, a través de algo muy importante, abrevar en la infancia. Porque ahí es donde podemos afirmar, estar seguros, se juega a cara o cruz el destino de la gente.

Me parece muy bien que empieces esta recordación de Eduardo, que tendría de estar vivo con 80 años, para la que me convocaste, a partir de contar datos de su vida infantil que en general no son muy tomados en cuenta por los lectores que se lanzan a la obra escrita en general aunque, por supuesto, siempre hay alguno que le interesa conocer un poco más de quién está detrás de ese libro.

Ahí está Eduardo, también nombraste un libro que es fundamental en la cultura latinoamericana como Las venas abiertas de América Latina aunque te cuento, porque he tenido muchas charlas con Eduardo a partir de nuestra amistad, pero también muy importante en la vida cotidiana de uno el compartir el trabajo, y nosotros hemos sido durante años compañeros de trabajo, dirigimos en distintos momentos la revista Crisis, y también en el final de la primera etapa la hemos dirigido en conjunto, hemos trabajado mucho juntos. Eso da un conocimiento más profundo de las personas.

Y terminando lo que había empezado sobre Las venas abiertas de América Latina recuerdo que una noche habíamos ido a comer, estábamos sentados y de golpe se levanta una pareja de jóvenes y se acercan a hablarle del libro y de cómo los había influido en su vida. Cuando se fueron le dije “qué fuerte que ha sido lo que sembraste con ese libro” y él me contesta “sí pero llega un instante en que preferiría que la gente se acerque a preguntarme por las otras cosas que he escrito, porque pareciera que quedo pegado para siempre a un solo libro”.

No es así, porque si bien la figura de Eduardo empezó a difundirse en América Latina, en España y otras partes donde se tradujo su obra que tuvo un gran ímpetu en Occidente en ese momento, también es cierto que a veces uno deja con algo de nuestra vida una huella tan profunda, que sin prejuicio que luego se pueda decir desde el punto de vista más estrictamente literario, artístico, uno pueda elegir algún otro texto de algún otro momento de la vasta escritura de Eduardo, también es cierto que ese libro, si bien toca zonas muy políticas, ideológicas, ya desnuda que Eduardo tenía un talento muy potente para el arte de la escritura.

M.H.: Libros que marcan, como a vos te ha marcado tus Conversaciones con Enrique Pichon Rivière ¿no?

V.Z.L.: Sí. Son de la misma época. Tengo conciencia que ese libro, por el tema que abordaba estaba dirigido a un público no tan extenso como Las venas…, sin embargo, también había un auge del psicoanálisis y una lectura social de lo que podían llamarse los conflictos de cada sujeto  y pocas personas como Pichon habían navegado por ese río y que me cruzara con él, siendo yo joven con todas las preguntas y desafíos y el coraje para desafiar a un maestro, rindió su fruto y fue también una obra que por ser de un género no común, porque no son habituales los libros de diálogo, siguiendo el camino de Platón, que sus diálogos marcaron todo un estilo en la cultura de Occidente; pero es cierto, a veces uno queda marcado con un libro.

Pero en el caso de Eduardo, si bien Conversaciones…, ya que los comparaste, tuvo una gran difusión, también es cierto que Las venas abiertas de América Latina tuvo una difusión por fuera de lo común de los escritores latinoamericanos. Debe ser uno de los libros más, me atrevo a sospechar, difundidos en las últimas décadas del siglo pasado y que ahora sigue siendo material de lectura para muchos jóvenes.

M.H.: Voy a mencionar, para no quedarnos solo en Las venas abiertas de América Latina, Vagamundo y otros relatos de 1973, Memorias del fuego de 1982, El libro de los abrazos de 1989, Las palabras andantes de 1993, Patas arriba. La escuela del mundo al revés de 1998, Una historia casi universal de 2008 y Los hijos de los días de 2012, entre otros.

Mencionaste la juventud, no te voy a preguntar por la pinta que tenían ustedes, tanto vos como Eduardo, me imagino que no solamente se acercaban parejas de jóvenes, seguramente también hermosas mujeres en aquellos años. Pero no quiero introducirme en estos temas que son muy privados, no quiero que Regine se enoje. Pero quiero referirme a temas personales, porque me acabo de enterar que jugaban al fútbol en Palermo, en el circuito KDT, vos, Eduardo, Jorge Asís, Kovadloff, cosa que me sorprendió porque lo tengo muy ubicado en otro espacio y lugar intelectual y político.

V.Z.L.: Sí, pero la gente cambia. Yo lo quiero a pesar de que tenemos una mirada distinta sobre el mundo, porque hemos compartido miradas parejas en aquellas épocas. Además le debemos todos, en general, las gigantescas traducciones que hizo de la obra de Güimaraes Rosa uno de los más grandes escritores latinoamericanos y que él lo tradujo con una dedicación y una perfección que nos abrió la puerta a una obra que es de las pocos que me alcanzan los dedos de una sola mano para mencionar entre las que me han tocado profundamente el alma.

Su traducción es de un nivel impecable, porque Güimaraes Rosa inventa una lengua brasilera para reflejar la vida de una zona muy dolorosa, desértica, brutal, única del Brasil. Con un lenguaje muy especial, casi como un dialecto del portugués. Yo leí con mucho cuidado la obra en ese portugués especial y no una vez, porque estaba enamorado de ese libro, con gigantescas dificultades.

Ese es un libro que marca la cultura latinoamericana y Kovadloff fue capaz de traducirlo y recrear en español. También Eduardo Galeano, que fue el que lo convocó para la revista lo quería mucho. Y volviendo al fútbol, se podían dar la mano entre Galeano y nuestro amigo traductor para ver quién jugaba peor, los dos estaban muy entusiasmados, pero la verdad es que uno desde la literatura y el otro desde la filosofía han curtido obra importante, pero en la historia del fútbol, ni en el submundo aparecerían.

Por más que Eduardo después escribió un libro sobre el fútbol que también fue muy leído. Después de haberlo visto jugar, porque jugábamos en el mismo equipo, no leí su libro, jugaba tan mal que cuando me enteré que iba a sacar un libro del tema no lo leí. Él amaba el fútbol y las pasiones más populares.

Y ya que hablás del amor y las compañeras, hay una parte positiva en esto, yo le presenté a quien fue la mujer de su vida, con quien se casó y vivió desde 1974 hasta el final de su vida. Una historia de amor muy fuerte con Elena Villagra, abogada, que había sido esposa de Rodolfo Ortega Peña, con quien estaba el día del atentado a Rodolfo. A ella también le pegaron un tiro en la cara, la bala entró y salió, pudo haber muerto también, como Rodolfo que falleció ahí en Arenales y Carlos Pellegrini.

Elena quedó muy conmocionada, yo era muy amigo de ella y obviamente mucho más de Rodolfo Ortega Peña, habíamos armado un grupo de intelectuales que defendíamos los Derechos Humanos y editábamos libros y revistas, junto también con Gustavo Roca, el hijo de Deodoro Roca, el de la gran Reforma Universitaria; con Eduardo Luis Duhalde, su gran compañero en el trabajo pero también en la escritura y en la edición; han editado hermosas revistas históricas y de militancia como Militancia y De frente. Y como yo era muy amigo de Eduardo y más todavía de Ortega Peña, conocía a Elena y después de la muerte de Ortega, ella todavía conmovida no solo por esto sino porque ella también había sufrido ese brutal ataque de la Triple A y llevaba en su rostro la marca de esa bala.

Ella estaba muy angustiada, muy marcada por su tragedia, me llamaba y hablaba con ella, íbamos siempre a un mismo bar a charlar para tratar de ayudarla para salir a flote de esa angustia. Un domingo a la mañana, me llama Elena para charlar, recuerdo que ese día yo también estaba muy caído por algunas cosas personales que me habían pasado, entonces sentí muy fuerte tener que ir a encontrarme con Elena y escuchar otra vez la historia del atentado y todo su dolor, y se me ocurre llamarlo a Eduardo. Lo llamé y le conté quién era Elena, lo mal que estaba y lo mal que estaba yo también para ir a juntar dos tristezas. Le pedí que me diera una mano y como él era muy generoso vino, nos pusimos a charlar los tres y yo había quedado en ir a almorzar a la casa de Federico Vogelius.

M.H.: Que había sido el mentor de Crisis.

V.Z.L.: Claro, el fundador de la revista que lo había invitado a Eduardo a dirigirla y luego a mí a ser parte de la revista y a hacerme cargo de la dirección cuando Eduardo por razones políticas tuvo que alejarse de Buenos Aires. Entonces le digo a Eduardo que lo conocía mucho a Vogelius también, que viniera a comer y la invitamos a Elena. Nos fuimos a San Miguel a la quinta de Vogelius, almorzamos todos juntos y como él era un hombre de mil actividades simultáneas se tuvo que ir, pero nos invitó a quedarnos ahí hasta el día siguiente. Eso hicimos.

A la noche tomamos unos vinos, seguimos una hermosa conversación, yo vi que ellos seguían conversando y yo estaba muy cansado y me fui a dormir. Serían las 5 am antes de que amaneciera, me golpean en la puerta y era Elena que me dice “perdón Vicente, somos nosotros” los hago pasar y entran tomados de la mano. La voz de Eduardo en nombre de ambos me dice que se habían enamorado y que le había propuesto que se casaran. Y que como yo había generado ese encuentro y también había sido amigo de Rodolfo O. Peña, tenía que ser algo así como un padrino y me pidieron mi “bendición” a ese encuentro porque en poquitos días iban a arreglar sus papeles y se iban a casar.

Yo pensé que Eduardo había tomado algo, pero Elena estaba muy emocionada y nada de bebida. Eduardo tampoco, porque tampoco era de tomar mucho. Así que me desperté un poco mejor y me sentí parte de una historia de amor. O sea que sí, es cierto que Eduardo era muy buen mozo, le gustaba vestir bien, desprolijo, pero elegante; Elena también era una mujer hermosa y muy inteligente e hicieron una fantástica pareja que duró hasta hace cinco años cuando Eduardo murió.

M.H.: Siempre sacás un conejo de la galera, no dejás de sorprenderme.

V.Z.L.: Mejor recordar a Eduardo desde un lugar que tal vez la gente no conoce, porque es un recuerdo íntimo y además un recuerdo feliz, porque recordar a los amigos y compañeros muertos no es fácil.

La última vez hablamos de otro gran amigo, que también era muy amigo de Eduardo, Julio Cortázar, ahí quise recordar esa gigantesca tarea en el campo de los Derechos Humanos que él siempre mantuvo en secreto pero de la que fui testigo porque trabajábamos juntos en ese campo. Ahora de Eduardo quiero recordar esto.

Y ya que estoy, también quiero hablar del cariño que supe que Eduardo me tenía, por más narcisista que suene, porque hay un libro que se llama Días y noches de amor y de guerra donde cuenta historias de gente que conoció, un libro con mucho éxito. Son historias cortas, algunas del Che Guevara, otras de Juan Gelman, de revolucionarios, artistas que él conoció, de gente también muy humilde pero que provocaron impacto en él. Y si prestás atención vas a ver que de todos cuenta una historia, pero de mí cuenta cuatro historias muy fuertes que él conoció y que le impresionaron mucho de mi vida, que no las he contado. Porque yo le conté algunas, otras las vivió conmigo.

Eduardo escribía tan hermosamente bien, que por más que el personaje soy yo y que me nombra y todo, son historias que yo nunca cuento ni jamás escribí. Él las convirtió más que en algo mío, en cuatro historias de un personaje, en el que él me convirtió. Entre ellas cuenta un partido de fútbol, del equipo del que hablábamos antes.

Fuimos a un campeonato de distintos diarios y revistas y nos inscribimos como “Crisis”. Y yo en general, por más que amo el fútbol y lo he jugado mucho, como era domingo y yo los sábados me acostaba tarde por hábito y porque tenía una intensa actividad política, hasta revolucionaria me atrevo a decir, que hacía que los sábados fueran de reuniones que terminaban muy tarde.

Recuerdo que el viernes anterior a ese domingo estábamos con Eduardo en la revista preparando el último número y me dice “Vicente este partido no lo podemos perder”, me hace la cabeza y después me dice “y nos falta uno porque (no me acuerdo cuál amigo periodista no iba a poder ir) no conseguimos a nadie, así que por más que vayas con un ojo medio abierto y el otro cerrado vení que tenés que jugar”.

Yo fui con los dos ojos abiertos porque arreglé mis cosas para dormir temprano, fui al partido y puse toda mi pasión como solía hacerlo. También es cierto que comparado con el resto de “Crisis” adquirí ahí un protagonismo, porque los otros jugaban bastante mal. La cosa es que por suerte, porque la suerte interviene mucho en el fútbol, íbamos cero a cero y como en las películas para chicos, jugábamos con alma y vida, ellos jugaban mejor pero no podían hacernos un gol. Y ya cuando terminaba el partido veo que uno del equipo nuestro corre y siento que es la oportunidad, corro y me quieren agarrar pero llego hasta el arco y le pego a la pelota en el aire y de cabeza metí el gol.

Ese gol y esa jugada Eduardo la registra en Días y noches de amor y de guerra. Pasan los años y cuando alguna gente joven me habla de fútbol yo cuento que jugaba bien, pero como ahora soy un hombre grande, con el pelo todo blanco me miran como si mintiera o tuviera grandes fantasías. Entonces yo esgrimo la prueba fundamental y los mando a leer ese libro y ese cuento. Así que Eduardo, aunque uno no sabe si cuando hablamos de ellos los muertos queridos nos escuchan, yo gracias a él pude más de una vez decir con emoción y orgullo que cuando jugaba al fútbol jugaba bien.

Liberar al pueblo de los Estados Unidos

Por Gilad Atzmon/
Fuentes: Gilad.online /

Soy un artista de jazz, he dedicado toda mi vida adulta al estudio de la música y la cultura afroamericanas. El jazz es sin duda el más importante y quizás el único aporte estadounidense significativo a la cultura mundial. Y la siguiente pregunta ahora es, ¿dónde está el jazz negro estadounidense ahora? ¿Por qué los afroamericanos perdieron interés en su propia creación fantástica?

Una respuesta es que el jazz nació de la resistencia. Fue impulsado por el desafío del «sueño americano»: en lugar de ser buscadores de mammon, riqueza y poder, nuestros padres fundadores artísticos negros sacrificaron sus vidas por el bien de la belleza. Literalmente se mataron buscando nuevas voces, sonidos, colores. Nos dejaron con un gran legado, pero su descendencia se trasladó a nuevos dominios artísticos como el Hip Hop y el Rap.

Para las personas que convirtieron el jazz en una forma de arte, la música era un espíritu revolucionario. Para Bird, Now’s the Time significaba que era el momento propicio para el cambio social. Para John Coltrane, Alabama fue la respuesta adecuada al bombardeo del KKK a la Iglesia Bautista matando a cuatro niñas afroamericanas.

Coltrane interpreta Alabama: https://youtu.be/saN1BwlxJxA

Cuando el jazz significaba algo no era en un lenguaje de victimización. Todo lo contrario, el jazz fue un mensaje de desafío: todo lo que puedes hacer, nosotros, los negros, podemos hacerlo mejor. Y esa es la verdad, nadie ha logrado hacerlo mejor que Trane, Bird, Miles, Elvin, Sonny, Blakey, Duke, Ella y muchos otros. Estos artistas no rogaron por la financiación de Wall Street, no pidieron a otros que se unieran a su lucha, en cambio hicieron que el resto de nosotros rogáramos por su belleza, su arte y su espíritu para iluminarnos y liberarnos. No pasó mucho tiempo antes de que la élite de Estados Unidos se diera cuenta de que Jazz era el mejor embajador de Estados Unidos en todo el mundo. Y todo esto sucedió mientras los afroamericanos estaban sujetos al apartheid, especialmente en el sur.

Lamentablemente, el jazz perdió su alma hace una década o dos. Pasó de la voz de la resistencia a lo que gradualmente se ha reducido a un «asunto académico», un «sistema de conocimiento». Hoy en día muchos jóvenes músicos de jazz son «graduados universitarios de música». Pueden ser muy rápidos y sofisticados, pero tienen muy poco que decir y, en la mayoría de los casos, prefieren no decir nada. Algunos pueden creer que decir algo desafía sus “objetivos artísticos” ya que desdibuja la distinción entre arte y política. Me temo que están equivocados. Para que el jazz sea una forma de arte significativa, es mejor que sea revolucionario hasta la médula. El jazz es, antes que nada, el sonido de la libertad.

Durante un tiempo hemos sido testigos del deterioro del jazz contemporáneo en un ejercicio técnico sin sentido.  Básicamente el jazz murió en nosotros. ¿Anticipó esta desaparición artística al colapso de la civilización estadounidense y la autoimagen de Estados Unidos como una «sociedad libre»?

¿Por qué murió el jazz? Porque los afroamericanos perdieron interés en su forma de arte original. ¿Por qué perdieron interés? En gran parte porque su arte, como cualquier otro aspecto de la cultura, las finanzas, los medios, el espíritu y el sueño de los Estados Unidos, fue ocupado.

Junto con otros humanistas artistas del jazz, odio el racismo en todas sus formas. Sin embargo, quiero ver personas celebrando sus manifestaciones. Soy uno de esos tipos que quieren ver a los alemanes escribiendo filosofía y componiendo sinfonías nuevamente. Quiero ver personas celebrando sus propias culturas únicas siempre que no lo hagan a expensas de los demás. Más que nada quiero que los negros estén orgullosos de lo que son. Deseo que, una vez más, nos lleven de vuelta al camino de la belleza que ellos, más que cualquier otra persona, nos presentaron a todos. Espero que Black America nos dé un joven Trane, un nuevo Bird, la próxima Sarah Vaughan, un artista como Miles. Quiero ver a los afroamericanos hipnotizarnos con sus talentos y celebrar su grandeza. Quiero que sean los embajadores estadounidenses que alguna vez fueron antes que víctimas del abuso de Estados Unidos.

Mírame liberar al pueblo estadounidense: https://www.youtube.com/watch?v=jEDjgdjmCfA

Fuente: https://gilad.online/writings/2020/6/5/liberating-the-american-people

La culpa es de Galeano

Por Jorge Majfud /

Las cenizas de Eduardo Galeano no se habían enfriado todavía cuando un ejército de sabios desenvainó sus viejas plumas para mantener viva la heroica tradición de denuncia contra los «teóricos de la conspiración». Sus generales olvidan o minimizan el rol de los conspiradores, aquellos que no manejaban teorías ni palabras hermosas sino estrategias y acciones precisas, aquellos que no escribían libros sino abultados cheques y decretos lapidaros.

Es interesante leer cómo se califica a intelectuales y escritores como Galeano de radicales extremistas: hace más de cuarenta años Galeano quiso, entre muchas otras cosas, explicar el subdesarrollo de América Latina como consecuencia del desarrollo ajeno que, solo por coincidencia, era el desarrollo de aquellos países que practicaron a escala global la brutalidad imperialista cuando no colonizadora, la esclavitud gratuita cuando no la asalariada, las opresiones de aquellos que pueden oprimir. Desde entonces, sus enemigos no han dejado de explicar ese mismo subdesarrollo como consecuencia de que los latinoamericanos leían a Galeano. El imperialismo, los golpes de Estado, las guerras civiles inducidas, los complots vastamente documentados por sus propios autores, nunca existieron o solo fueron un detalle.

Ahora, si un intelectual no es radical (en el sentido de «ir a la raíz») no sirve para nada o simplemente es un difusor de propaganda y de lugares comunes. Lo cual no quiere decir que la acción que siga a un pensamiento radical debe ser radical. A mi modesto entender, la mejor formula es piensa radical, actúa moderado, porque uno nunca sabe en qué punto las ideas y los razonamientos toman un mal camino, ya que, a diferencia del corazón, el cerebro es un órgano programado para equivocarse. Pero no es mala idea usarlo de vez en cuando.

No deja de ser significativo por demás el hecho de que aquellos que usan las palabras son extremistas, mientras los que se valen de toda la fuerza de las armas y de los capitales más poderosos del mundo son invariablemente moderados. Lo que de paso prueba de qué lado están los creadores de opinión.

Eso queda claro cuando un presidente lanza a todo un país a una guerra equivocada (o basada en «errores de información», o en «falta de inteligencia», como luego reconocieron primero Bush y luego Aznar, dos máximos teóricos y prácticos de la conspiración), deja un tendal interminable de cadáveres por todo el mundo y luego de unos años se retira a un rancho a pintar sospechosos autorretratos al mejor estilo Van Gogh: le hubiese bastado una sola palabra políticamente incorrecta para perder su trabajo y su honor. Una palabra, nada que no haya podido decir en el sagrado seno de su hogar, por ejemplo «negro», «marica» o algo por el estilo deslizadas sin querer sobre un micrófono en una cena de mandatarios o en un almuerzo de beneficencia, alguna palabra sincera que luego llaman desafortunada y que le hubiese ahorrado a la Humanidad medio millón de muertos y un continente entero sumido en el caos.

Claro, aunque quienes usan palabras desde el margen son peligrosos extremistas, luego resulta que sus libros solo están llenos de palabras bonitas. Como si los poetas cortesanos que tanto abundan en nuestro tiempo con otros nombres no usaran palabras para justificar al poder de turno.

Los moderados del centro no critican la realidad; la manipulan a su antojo. O casi, porque también existe desde siempre la dignidad de la resistencia que, paradójicamente, ha sido la que ha probado ser la fuerza mas democrática y progresiva de la historia. Basta con echar una mirada al siglo XX para hacer una lista innumerable de antiguos demonios que ahora son venerados como dioses de la democracia y los derechos humanos.

Claro, los poderosos, no los hombres de letras sino los de armas y dinero, son los realistas, los que han alcanzado la madurez de la experiencia, la sabiduría de cómo funciona el mundo. La realidad es la que ellos han organizado en su beneficio y para que otros poetas cortesanos canten loas al emperador de turno. Casi todo el progreso ético, científico y tecnológico de la historia se produjo en etapas de la historia previas al capitalismo o sus autores, creadores, inventores mas recientes (Galileo, Newton, Einstein, Turing, casi todos los cerebros que desarrollaron Internet en Estados Unidos, etc.) fueron cualquier cosa menos capitalistas. Pero resulta que a la magia del capitalismo y sus pastores, los mega gerentes e inversores, les debemos la invención del cero y la llegada a la Luna, la conquista de los Derechos Humanos, la democracia y la libertad, como si no hubiese abundante ejemplos de dictaduras tradicionales donde el capitalismo ha florecido, desde la vieja América Latina hasta la más moderna China, pasando por plutocracias como la de Estados Unidos.

Se le atribuye a Göring la fase: «cuando oigo la palabra cultura, saco mi revolver». Sea suya la expresión o no, lo cierto es que esa fue la practica nazi. A principios de los 60, recuerda el premio Nobel Cesar Milstein que un ministro del gobierno militar decía que en la Argentina las cosas no se iban a arreglar hasta que no se expulsaran a dos millones de intelectuales. Cuando efectivamente, en la década de los sesenta, se expulsó a Milstein y a todo un grupo de inminentes científicos y escritores, la Argentina se encontraba a la par intelectual de Australia y Canadá. El resto es historia conocida: la culpa es de Eduardo Galeano y su libro Las venas abiertas de América Latina, y por eso el libro fue prohibido en el continente y su autor debió exiliarse en Europa.

Galeano dedicó su vida a criticar a los poderosos; los poderosos nunca se defendieron, porque otros dedicaron sus vidas a criticar a Galeano