by durito | Jul 23, 2020 | Cultural |
Por Gerardo Szalkowicz/
Fuentes: Nodal/
El centro de gravedad de América Latina se irá trasladando en las próximas semanas a Bolivia, donde la principal incógnita pasa por ver si finalmente habrá elecciones libres y transparentes que ayuden a recuperar la democracia desgarrada en noviembre pasado. El Día D es el 6 de septiembre. Por ahora. Con el MAS arriba en todas las encuestas, la derecha apuesta otra vez a patear el tablero con un nuevo aplazamiento y/o la proscripción. Es lógico: nadie da un golpe de Estado para después entregar mansamente el poder a quienes sacaste por la fuerza.
Tienen una buena coartada: el desastre que está provocando la pandemia. Hospitales colapsados y gente muriendo en las calles son el rostro más crudo de un sistema de salud desmembrado. La curva de contagios sigue creciendo y, por si le faltaba algo a la convulsionada actualidad boliviana, el positivo de Covid-19 alcanzó a la propia presidenta de facto, a siete ministros, seis viceministros, al jefe de las Fuerzas Armadas y a una docena de legisladores y legisladoras. De las múltiples crisis que envuelven el país, la sanitaria se torna indisimulable. Ni los medios que acompañaron el derrotero golpista pueden invisibilizar las imágenes de personas desesperadas por no encontrar dónde atiendan a sus familiares contagiados ni dónde enterrarles cuando fallecen. Mientras, se hizo cargo del Ministerio de Salud el titular de la cartera de Defensa, Luis Fernando López; un militar sin experiencia sanitaria gestionando una pandemia, igualito que en el Brasil de Bolsonaro. Las respuestas oficiales oscilan entre los llamados a oraciones religiosas y explicaciones tragicómicas como la del ministro de Gobierno Arturo Murillo: “Mucha gente se está muriendo por simple ignorancia”. El panorama no toma dimensión de tragedia porque durante el gobierno de Evo Morales la inversión en salud (ahora paralizada) se incrementó 360%, se duplicaron los puestos de trabajo en el sector y se construyeron 1.062 establecimientos de salud.
Pero no es la emergencia pandémica la que llevó a Jeaninne Áñez, Jorge “Tuto” Quiroga y Luis Fernando Camacho a pedir auxilio a la OEA para seguir dilatando las elecciones (la misma OEA de Luis Almagro que los ayudó a consumar el golpe), sino los números de los sondeos: entre las tres candidaturas de la ultraderecha no llegan al 20% y, pese a las persecuciones, encarcelamientos y exilios, el MAS aparece con buenas chances de ganar en primera vuelta si logra frenar la arremetida por proscribir a su candidato Luis Arce. El tablero electoral se completa con el ex presidente liberal Carlos Mesa, que aspira a llegar al balotaje apoyado por la clase media paceña (en las fallidas elecciones de octubre pasado quedó 10,3 puntos debajo de Evo Morales) y que por ahora no aceptó aliarse con esos sectores más extremistas de la oligarquía santacruceña.
Es que el descontento con la gestión de Añez y su grupo es cada vez más amplio. Por las múltiples denuncias de corrupción -como la millonaria compra de insumos médicos y respiradores a sobreprecio-, pero sobre todo por el desamparo en el que dejaron a la población ante el arrasador impacto económico del coronavirus. En un país con el 70% de informalidad laboral y tras un aluvión de despidos, el desempleo trepó al 8,1%, casi el doble de lo que dejó Evo Morales cuando Bolivia ostentaba la cifra más baja de América Latina.
Por eso también Luis Arce viene pisando fuerte. Además de su perfil “moderado”, fue el ministro de Economía durante casi todo el gobierno de Evo. ¿Quién mejor para timonear la crisis post pandemia que quien fuera el cerebro de un modelo de innegable recuperación y estabilidad económica?
Si hay una palabra que define el devenir de esta historia es la incertidumbre. Todo puede pasar en las próximas jugadas. La derecha boliviana, siempre tutelada desde el Norte, apuesta otra vez a patear el tablero. El MAS denunció que “se ha desatado una campaña que pretende presionar al TSE con el objetivo de cancelar nuestra personería jurídica”. Además se declaró “en estado de emergencia ante este nuevo intento de proscribir a nuestros candidatos”. Los movimientos sociales y sindicales ya están en las calles para impedirlo. Luego de una gran demostración de fuerzas en todo el país el martes pasado, el secretario ejecutivo de la Central Obrera Boliviana, Juan Carlos Huarachi, advirtió: “Los trabajadores vamos a hacer cumplir que el 6 de septiembre sí o sí se hagan las elecciones. Vamos a defender la democracia”.
De eso de trata la batalla que se viene en Bolivia, de recuperar la democracia perdida.
(*) Editor de NODAL.
by durito | Jul 22, 2020 | Cultural |
Por Luis Roca Jusmet/
Este libro no es algo menor, ciertamente. Es un ensayo que casi me atrevería a decir que es imprescindible para entender los tiempos que vivimos./
Sorprendentemente (por la unidad de estilo y la coherencia en la elaboración) es un libro escrito entre dos personas. Por una parte tenemos a una socióloga mundialmente reconocida, Eva Illouz, una de las iniciadoras de los estudios sobre “el capitalismo emocional”, de la que recuerdo especialmente su obra “La salvación del alma moderna. Terapia emocional y cultura de la autoayuda”. Por otra parte, el joven psicólogo Edgar Cabanas, que ha escrito muchos artículos analizando críticamente el uso contemporáneo de la noción de felicidad.
El libro tiene como hilo conductor el imperativo actual que nos exige ser felices y su rentabilidad económica y política. Hay también un análisis crítico de la historia de la psicología, muy en la línea de lo que plantea Nikolas Rose de entenderla en función de las necesidades prácticas de los entramados del poder. De manera más precisa, cómo la psicología positiva está cumpliendo este papel en la ideología neoliberal, que como sabemos no es solamente una apuesta económica sino algo mucho más profundo. Se trata de un estilo de vida y una forma de subjetivación con unas consecuencias sociales y políticas muy precisas. La psicología positiva aparece y triunfa en el siglo XXI, muy financiada por los poderes financieros y empresariales y ampliamente aceptada en el mundo académico, sobre todo en USA.
Pero no deberíamos olvidarnos de lo que ya nos advirtió Georges Canguilhem hace medio siglo: que la psicología era una pseudociencia con pretensiones cognitivas cuando su función es la de ser una tecnología de normalización. De esta forma la psicología positiva se presenta como científica, objetiva e imparcial cuando es todo lo contrario. La noción de felicidad, para empezar, es un término ambiguo y confuso que puede ser fecundo para un trabajo conceptual desde la filosofía, pero nunca como un término científico.
Para continuar, ha elaborado un vocabulario que es completamente ideológico y más que descriptivo o explicativo es prescriptivo (gestión emocional, autoestima, competencia, resiliencia, mindfulness) y responde a un ideal individualista basado en simplificaciones escandalosas. Por ejemplo, que hay una salud mental positiva y otra negativa, que es la de la persona que no es capaz de ser feliz y eliminar sus emociones negativas. Como si la polaridad emociones positivas/negativas fuera tan fácil, como si no existiera la ambigüedad y la ambivalencia, como si no tuviera una dimensión histórico-cultural, como si la indignación no fuera necesaria para la rebelión. Se trata del mito que considera a un individuo aislado, más o menos competente, casi totalmente responsable de su vida. En el fondo, que las circunstancias es algo secundario a lo que debemos adaptarnos y frente a la cual hemos de adoptar una actitud positiva. Y, por supuesto, ni plantearnos un compromiso político para transformar una realidad que no nos parece justa. De lo político pasamos a lo terapéutico, de lo social a lo personal. A nivel laboral es evidente que, como nos decía Richard Sennett en su libro “La corrosión del carácter”, lo que se busca son trabajadores que se adapten a la flexibilidad (es decir a la precariedad) y que pasen de entender su vida laboral no como un trayecto dentro de la empresa sino como un proyecto personal en el que vas cambiando de trabajo en función de las exigencias del mercado y las necesidades de la empresa. De esta manera uno entiende la vida laboral como un reto más en la que uno ha de ser creativo y emprendedor y responsabilizarse personalmente.
El uso político de “la ciencia de la felicidad” se muestra de forma muy clara, así como su uso económico en el “mercado de la felicidad”: revistas, libros, consultas, asesorías. Justamente los autores aclaran que este mercado no tiene límites por la misma paradoja de que la felicidad se presenta como algo posible y al mismo tiempo inalcanzable, ya que siempre florece y el crecimiento personal es tan ilimitado como la lógica del beneficio del capital: nunca tiene suficiente. Una cuestión que me parece interesante es hacerlo entrar en diálogo con el horizonte abierto por Michel Foucault sobre la biopolítica, que muy bien ha continuado Nikolas Rose (ambos citados en el libro). Por una parte, relacionarlo con la cuestión del poder pastoral como gobierno indirecto de las conductas en las sociedades liberales. Por otra parte, si hemos de considerar que la propuesta de Michel Foucault de construir un sujeto ético como forma de resistencia a las formas de gobierno entraría dentro de la crítica que hacen los autores. Esto plantea un problema más amplio que es el de la relación de la ética y la política. ¿Las propuestas éticas de inventarse a uno mismo son trampas neoliberales para evitar el compromiso político? Personalmente pienso que hay que buscar un equilibrio entre la ética y la política y la propuesta de Foucault, que no utiliza nunca el término felicidad ni plantea una obsesión por las emociones, está en esta línea. Al contrario, al igual que la tradición estoica lo que plantea son prácticas del cuidado de sí centradas en los actos y el sentido de lo que hacemos. En todo caso también me parece que hay que apostar por un equilibrio entre lo individual y lo colectivo, no ir hacia formas de neocomunitarismo.
Queda la cuestión de si el término felicidad puede ser salvado de esta debacle o si mejor lo enterramos con el mercado que ha generado. Porque, aunque hay que reivindicar valores como la verdad y la justicia social, tal como formula la última frase del libro, pienso que queda algo que tiene que ver con el sentido que cada cual da a su vida, con la construcción de la propia subjetividad, incluso con las tecnologías del yo, que debe replantearse en otros términos de los que nos plantea la psicología positiva.
Se trata, en definitiva, de un libro absolutamente recomendable. Nos permite hacer una precisa ontología de nuestra actualidad y al mismo tiempo nos abre muchos interrogantes sobre los que reflexionar.
by durito | Jul 12, 2020 | Cultural |
/Por Miguel Candel | 09/07/2020 | Cultura /
Fuentes: Crónica popular /
Un fantasma recorre el mundo: el que dice que los fantasmas son la única realidad. Pero a diferencia de lo que ocurría con el comunismo en 1848, ninguna potencia de la vieja Europa ni del Nuevo Mundo, del Este, el Oeste, el Norte o el Sur, ningún polizonte alemán, ningún robocop gringo, no digamos ya la Unión de Explotadores agazapada bajo la UE ni, mucho menos, el pato Donald (ese tuiteador de fakes que otea el mundo desde el último piso de la torre Trump, en la Quinta Avenida, cuando se aburre de estar en la Casa Blanca), se han aliado en santa jauría para darle caza. Al revés, todos ellos parecen contentísimos al ver cómo se extiende y atraviesa todas las paredes (las de piedra, ladrillo o madera y las del sentido común).
Es un fantasma con mucha solera. Empezó a aparecérsele a Descartes en el siglo XVII, y el buen Renato creyó poder conjurarlo con un simple pensamiento, un par de coordenadas y la ayuda de Dios. Pero no hizo más que darle alas. Un escocés descreído, mejor historiador que filósofo, le insufló nueva vida al reducir las cosas a haces de sensaciones, y un piadoso profesor prusiano de prolija pluma, cuyo inmenso talento se sintió intimidado por el de aquel escocés llamado Hume, le edificó (como corresponde a todo fantasma que se precie) un magnífico castillo conceptual desde el que el fantasma estableció su reinado sobre las mentes más avanzadas bajo el majestuoso título de Yo Transcendental. A partir de entonces, la especie humana (o mejor, su apariencia) empezó a vivir en una Era Fenomenal (no porque se viviera fenomenalmente bien, sino porque todo lo que la gente podía llevarse a la boca ya no eran cosas, sino fenómenos). Eso sí, aunque las cosas no podían tocarse ni comerse, sí que podían pensarse. Algo es algo.
Pero apareció entonces, ay, la nación alemana (otro fantasma, por supuesto, pero uno muy proclive, además, al exceso en todo). Y entonces sus promotores (Fichte, por ejemplo), inspirados por las teorías del piadoso profesor prusiano Kant, pero yendo más allá de ellas, decretaron que las cosas ni siquiera podían pensarse, por la sencilla razón de que todo era pensamiento, con lo que éste sólo podía pensarse a sí mismo y, a partir de sí mismo, crear su propio objeto de contemplación, que inicialmente surgiría como negación del pensamiento, pero que finalmente el pensamiento acabaría por absorber. Y el fantasma creció y creció, y, al germanizarse del todo, abandonó su modesta condición de ghost para elevarse hasta la de geist, lo que en el mundo latino le permitió entroncar con la prestigiosa tradición clásica y denominarse “espíritu”, concepto de acendrada raigambre teológica.
Hubo quien, desde dentro de esa misma corriente fantasmal, intentó darle la vuelta a la “sábana” para que se le vieran las costuras y demostrar que el pensamiento no es lo único ni lo primero, que no es antecedente, sino consecuente. Pero la fuerza del fantasma se había hecho ya muy grande y lo máximo que pudo lograr aquel hijo de un abogado judío converso, cuyo apellido era una forma sincopada de Markus (Marks o Marx), fue poner como antecedente, en lugar del pensamiento, la acción. Cosa muy sensata y provechosa, porque permitía derribar los prejuicios retrógrados que en todas las pautas sociales establecidas veían leyes naturales eternas e inamovibles (lo que era muy conveniente para el mantenimiento de los privilegios hereditarios de unos cuantos).
O sea que ese fantasma reconvertido hizo un gran servicio a la humanidad, aunque sólo fuera por meterles el miedo en el cuerpo a los detentadores de privilegios inmerecidos, algo a lo que también contribuyó decisivamente, antes de que naciera Marx, el invento de un tal doctor Guillotin al servicio de la Revolución (Francesa).
Pero la inercia adquirida por aquel Espíritu en movimiento (tan móvil que él mismo se identificaba, para muchos, con el movimiento mismo) llevaría (¿fatalmente?) con el paso de los años a sucesivas reencarnaciones de la idea de Fichte: la superación o absorción del mundo objetivo por la subjetividad.
De modo que poco a poco hemos ido asistiendo al nacimiento de teorías (que cualquier persona sensata, no contagiada por alguna de las sucesivas mutaciones del virus idealista, no dudaría en calificar de delirantes) según las cuales no sólo la sociedad es una construcción humana en vez de ser una estructura natural (como acertadamente sostenía Marx), sino que la realidad en general es toda ella una construcción. Construida ¿por quién? Obviamente, por el ser humano, quien a su vez no tiene existencia propiamente humana al margen de una sociedad. Si ese “socioantropocentrismo” absoluto se quedara ahí, la cosa ya sería bastante disparatada, pero al menos habría un mínimo de terra firma en la que apoyarse y dentro de la cual orientarse. Pero, claro, una vez eliminadas las “cosas en sí” reconocidas (aunque dejadas de lado) por Kant, no hay terra firma que valga: todo se vuelve océano, y un océano, además, sin corrientes como las que servían a los antiguos polinesios para orientarse en la inmensidad del Pacífico. De modo que no tiene por qué haber una única forma de construcción social, como tampoco hay una única sociedad. En eso consiste fundamentalmente la sociedad “líquida” descrita por Zygmunt Bauman, que otros preferimos llamar relativismo radical.
El propio marxismo ha sido víctima, en no pocos casos, de esa variante de idealismo que el historiador y filósofo marxista Domenico Losurdo, fallecido hace exactamente dos años (28-6-2018), no dudaba en calificar de “idealismo de la praxis”. La cosa viene de lejos, de Marx mismo, aunque en su obra no adquiriese ni mucho menos la dimensión que encontramos en epígonos contemporáneos. Losurdo sitúa el antecedente inmediato, como ya hemos señalado, en Fichte: “Con su insistencia en la praxis y la transformación del mundo, el pensamiento revolucionario está expuesto a lo que podríamos llamar el idealismo de la praxis. Pensemos en Fichte, que traza un paralelo entre su Doctrina de la ciencia y la enérgica acción de la Francia revolucionaria: «Así como esa nación libera al hombre de las cadenas externas, mi sistema le libera de las ataduras de las cosas en sí, de las influencias externas» (La lucha de clases, Barcelona, El Viejo Topo, 2014: p. 272).
Se trataría, pues, según Fichte, de eliminar cualquier realidad existente por sí misma, independiente del acto «creador» del Yo, sujeto éste que ni siquiera cabría adjetivar de «humano», ya que en esa concepción no hay naturaleza humana previa que pueda condicionar la absoluta y libérrima espontaneidad del Yo. Sigue Losurdo:
“Se podría decir que la presencia de Fichte y la de Hegel coexisten, en un entramado a veces contradictorio, en Marx y Engels (y en la teoría de la lucha de clases que formulan). Los dos filósofos y militantes revolucionarios se forman en unos años en que, por un lado, todavía se oyen los ecos de la Revolución Francesa y, por otro, ya se aprecian signos premonitorios de la revolución que en 1848 barrería la Europa continental. Una revolución que, como esperaban los dos jóvenes revolucionarios, además de las viejas relaciones feudales, acabaría poniendo en cuestión el orden burgués. Situados entre estas dos gigantescas olas de perturbaciones históricas que sacuden el mundo en sus cimientos y abren un horizonte ilimitado a la transformación revolucionaria impulsada por la lucha de clases, se comprende que los dos filósofos y militantes revolucionarios tiendan a caer también ellos en el idealismo de la praxis. En el futuro comunista imaginado por Marx y Engels, junto al antagonismo de las clases, también desaparecerían el mercado, la nación, la religión, el Estado y quizá incluso la norma jurídica como tal, ya superflua a causa de un desarrollo tan prodigioso de las fuerzas productivas que permitiría la libre satisfacción de todas las necesidades, con la superación de la difícil tarea que supone distribuir los recursos. En otras palabras, es como si desaparecieran los «vínculos de las cosas en sí». No es de extrañar que el tema de la extinción del Estado se asome ya en Fichte”. (ibid.: pp. 272-273).
Dados estos antecedentes, no hay que extrañarse de que cierta izquierda autoconsiderada marxista acoja hoy día sin pestañear (más bien con beatífica sonrisa y guiños de complicidad) la actuación de los secesionistas que ponen una llamada “voluntad popular” irrestricta por encima de la ley (olvidando que esa ley ha surgido a su vez de una voluntad popular voluntariamente sometida a las autoimpuestas restricciones de un marco constitucional).
Y tampoco es de extrañar, claro está, que esa misma izquierda acoja con idénticas muestras de simpatía (e incluso haga suyos con entusiasmo) los delirios burgueses made in USA de quienes pretenden comprarse un sexo a medida (convenientemente camuflado previamente como género). La premisa es la ya conocida premisa mayor del idealismo posmoderno: no hay realidad objetiva alguna, todo es construcción social. Y si uno considera que esa construcción social (por ejemplo, la llamada asignación de sexo/género) es opresiva (y, en buen idealista, como así lo considera, así es, pues no hay más ser que su consideración), entonces está perfectamente legitimado para reivindicar el derecho a la autodeterminación de género.
Que uno quiera comprarse un sexo, un género o como quiera llamar al motor de su libido es difícilmente atacable en un marco mercantilista como el que padecemos (con algún que otro rato de disfrute, cierto). Otra cosa es que pretenda que entre todos se lo paguemos. Porque, como dice la Internacional, no puede haber derechos sin deberes, y los derechos de unos se convierten automáticamente en los deberes de otros. Pues bien, “pagar” un sexo/género a medida no tiene en este contexto un sentido meramente financiero, sino sobre todo jurídico, como bien ha señalado el tan traído y llevado documento elaborado por el Partido Socialista. De modo que los sentimientos son sin duda libres (e inocentes, según el mismísimo Aristóteles), y por tanto respetables. Pero las prácticas derivadas de esos sentimientos no siempre ni necesariamente lo son. O sea que uno tiene derecho a sentirse astronauta, pero no necesariamente a que la NASA o la ESA (o la OTRA) le den plaza en el próximo vuelo espacial.
Ya sé que esto es muy difícil de entender después de tanto tiempo cultivando el mito fáustico según el cual cada uno es lo que quiere ser (en esa patraña coinciden, sin ir más lejos, todos o casi todos los libros de “autoayuda” ―absurdo concepto, por cierto, porque si brota de uno mismo, no es ayuda, sino esfuerzo). Quizá nos irían bien, burguesitos caprichosos como somos, unas pequeñas dosis del fatalismo de nuestros abuelos. Acaso la pandemia de marras pudiera ayudarnos en eso al darle la razón a John Lennon cuando dijo: “La vida es eso que pasa mientras nosotros hacemos otros planes”.
by durito | Jul 12, 2020 | Cultural |
/ Por Nazanín Armanian | 11/07/2020 | EE.UU./
Es como escupir hacia arriba afirmar como se afirma en Estados Unidos que Rusia, a la que no se considera más que una «potencia media», haya podido colocar a su hombre en la mismísima Casa Blanca
«Trump es el candidato de Putin», afirman los demócratas Joe Biden y Bernie Sanders, mientras que Bloomberg tacha al presidente de Estados Unidos de «títere» del presidente ruso y se muestra convencido de que el Kremlin volverá a interferir en las elecciones del 3 de noviembre de 2020, igual que hizo, supuestamente, en 2016, a pesar de que Donald Trump es el presidente más antirruso de la reciente historia de Estados Unidos.
En el Rusiagate II , comentan algunos medios, el Kremlin podrá sacar kompromat, material suficientemente comprometedor, para provocar un escándalo y cambiar el rumbo de las elecciones, como si los perfiles de los propios Trump y Biden no fuesen ya suficientemente nefastos para ser derrotados: dos millonarios, blancos, machistas y septuagenarios cuyos años no les han aportado sabiduría alguna. Ahora el destino les ha asignado la tarea de gestionar el declive de un imperialismo tan agresivo como agotado.
¿Cómo se interfiere en unas elecciones?
Es como escupir hacia arriba afirmar como se afirma en Estados Unidos que Rusia, a la que no se considera más que una «potencia media», haya podido colocar a su hombre en la mismísima Casa Blanca. ¿Por qué no lo hizo cuando era la Unión Soviética y tenía mayores motivos? ¿por qué no usa Rusia este poderío también en los países europeos, alterando así el equilibro mundial a su favor?
Aunque quisiera, Rusia carece de recursos y de las infraestructuras necesarias para dar un golpe de tal magnitud. Su embajada en Washington está asediada y fuertemente bajo el control y, a menos que se piense que millones de estadounidenses están hipnotizados por la RT y el Sputnik, esta idea es simplemente es una estupidez. Estados Unidos tiene una formidable superioridad tecnológica, informática, económica, financiera y militar sobre Rusia.
Los hechos, que no las hipótesis, muestran que los autores intelectuales de la alteración en la tendencia de votos, o incluso en los resultados de una votación popular en el país que se presenta como el «guardián de los valores democráticos», han sido sus propios mandatarios. Hay hechos que lo demuestran:
1- En 1980, el candidato republicano Ronald Reagan ansioso por hacerse con el sillón presidencial confabuló con un estado extranjero, Irán: le pidió que mantuviera en cautiverio 77 días más a los 52 funcionarios de la embajada de EEUU en Teherán -que ya llevaban 367 día encerrados-, hasta después de las elecciones presidenciales para así derrotar a un «incompetente» Jimmy Carter, a cambio de armas y dinero. Y así se hizo. El pacto entre el actor fundamentalista cristiano y la teocracia chiita fue determinante para instalar a los republicanos en la Casa Blanca: la película Argó silencia la traición del nuevo presidente a la «democracia» de EEUU, y encubre otro hecho ilegal: Reagan saltó la sanción impuesta por el Congreso, de no vender armas al régimen islámico, por la ocupación de la embajada.
2- En 2000, los republicanos falsearon el conteo de los votos en Florida para favorecer a Joe Bush, con 327 votos «por correo» de diferencia, perjudicando al controvertido demócrata Al Gore. De hecho, el equipo de Trump está preparando la votación por el correo, bajo el pretexto de impedir las aglomeraciones en los colegios electorales, y «¡proteger a los ciudadanos del Covid19!»
3- En 2016, los lobbies pro israelíes y porsaudíes participaron más que el pueblo estadounidense en elevar a un tal Trump a la residencia de EEUU: el magnate judío de casinos Sheldon Adelson, por ejemplo, le donó 25 millones de dólares con la condición de que se enfrentase a Irán, y si es con la bomba nuclear, mejor. ¿Por qué creen, si no, que la primera visita oficial de Trump fue a Arabia Saudí e Israel, rompiendo los tradicionales protocolos de EEUU? Este año, los mismos demócratas al proponer una candidata tan impresentable como Hilary Clinton, hicieron que un sector de su partido se negara a votarle por criminal de guerra, belicista y corrupta.
4- De cara a las elecciones del 2020, DT pidió al presidente de Ucrania buscar los trapos sucios de JB, con promesa de un soborno de 400 millones de dólares en ayuda militar, y encima pagarlo de las arcas públicas. En estos comicios, puede mandar el cierre de los centros de votación en las áreas dominadas por afroamericanos, votantes de los demócratas, advierte Monika McDermott, profesora de ciencias políticas en la Universidad de Fordham en Nueva York, e incluso eliminar «por error» a «los demócratas de las listas de votantes», subraya.
La intervención de Estados Unidos en las elecciones de otros
Estos señores estadounidenses queahoran agitan la bandera de la honestidad y los «valores» también intervinieron directamente en las elecciones de otras naciones, a menudo con golpes de estado, «revoluciones de colores», y bombardeos «en pro de la democracia»: Chile, Afganistán, Iraq….., ¡y también Rusia! En este país, Estados Unidos organizó en 1996 una sofisticada estructura para mantener en el poder a su hombre, el corrupto e ineficaz Boris Yeltsin, en perjuicio del candidato comunista Gennady Ziuganov. Para ello 1) financió a través de USAID, Banco Internacional de Reconstrucción y Fomento, la Unión Europea y patrocinadores particulares el Centro de Privatización de Rusia, dirigido por Anatoly Chubais, encargado de desmantelar las empresas estatales; 2) una vez que fortaleció la posición de los empresarios rusos (a los mismos que hoy llama despectivamente «la oligarquía») y del propio Chubais, canalizó fondos a la campaña electoral de Yeltsin y 3) convirtió a Chubais en el poderoso viceprimer ministro del reelegido presidente ruso, el mismo individuo que en octubre de 1993 bombardeó el Parlamento ruso y fusiló allí mismo a cerca de 200 militantes que resistían. Esta sería una de las injerencias más determinantes en la historia reciente del mundo.
Rusia: de aliada a hombre del saco
Si los señores Yeltsin y Gorbachov, después de traicionar a su nación, deseaban introducir a su país en el «club de los estados capitalistas» sólo tenían una vía: aceptar la tutela de EEUU. La arrogancia de la superpotencia, que le hace incapaz de entender la psicología de los antiguos imperios (Rusia, Irán, Turquía), suele volver contra ella: Humillándoles sólo consigues que se conviertan en tu peor enemigo.
Estados Unidos consideró insuficientes «las cesiones unilaterales» de Rusia, como la de aceptar la reunificación alemana, la invasión a Iraq en 1991, las sanciones criminales la nación iraquí durante 12 años, la agresión contra Afganistán en 2001, el bombardeo de la OTAN sobre Libia en 2011, o que la Federación Rusa cooperase con la Alianza e incluso formase el Consejo OTAN-Rusia (COR) con una organización militar que, ante la desaparición del Pacto de Varsovia, lo único que debería hacer era disolverse.
El fin de la «asociación» de Moscú con Washington y el inicio de la demonización del nuevo presidente ruso, Vladimir Putin suceden cuando él propone otra alternativa: ser un país de economía capitalista, pero independiente de EEUU y recuperar el estatus de la gran potencia mundial, al tiempo que en la aplicación de la «Doctrina Putin» se niega a imponer las políticas neoliberales y evita por todos los medios que Ucrania, la profundidad estratégica de Rusia, cayera en manos de una OTAN cuya estrategia es desmantelar la Federación Rusa. La expansión de esta alianza militar por Europa ha sido la principal herramienta de EEUU para el control del continente. Al final, la membresía de Ucrania en la OTAN tendrá que esperar. Los rusos tienen derecho a preocuparse por su seguridad, violada constantemente desde Occidente: allí siguen las huellas de la invasión de Napoleón en 1812, y del fascismo hitleriano que arrebató la vida de 25 millones de soviéticos.
Por qué Putin no votaría a Trump
A pesar de los sentimientos positivos de Trump hacia su homólogo ruso, el presidente de EEUU tiene razón cuando afirma que «nadie ha sido más duro con Rusia» que él. Impedir que Rusia recuperase su estatus de superpotencia es el principal objetivo de Washington. Que Moscú haya creado una asociación estratégica con China, y algo aun «más grave», la nostalgia que mostraron el 66% de las personas encuestados en 2018 por la Unión Soviética, ponen nervioso a ambos partidos en EEUU. Las siguientes medidas del gobierno de Trump van en esta dirección:
– Cercar a Rusia por todos los costados, extralimitando la estructura de seguridad euroatlántica y además, violar el espacio euroasiático, con miles de soldados.
– Suspender desde la Casa Blanca (que no el Congreso) el Tratado sobre Fuerzas Nucleares de Rango Intermedio (INF) en febrero de 2019.
– Retirarse del Tratado multilateral de Cielos Abiertos, en mayo de 2020.
– Promulgar las sanciones contra Rusia, en 2017, recurriendo a la ley estadounidense para contrarrestar a adversarios a través de sanciones (CAATSA), y en 2018 las extendir bajo el pretexto de «ataques cibernéticos y la interferencia electoral».
– Forzar a Alemania a suspender el proyecto del gasoducto Nord Stream 2, por participación rusa, cuando faltan por construir sólo 160 kilómetros de los 1.230 kilómetros de la tubería.
– Retirarse del acuerdo nuclear de Irán, como otro golpe a la multilateralidad, y exigir a Teherán a firmar un acuerdo solo con Washington, menospreciando a otras potencias e imponer sanciones draconianas a Irán, expulsando a las empresas rusas como Rosneft de este país.
– Renovar la asistencia militar de 250 millones de dólares para Ucrania.
– Expulsar a los diplomáticos rusos a raíz del envenenamiento de un exespía ruso en el Reino Unido
– Matar a una veintena de contratistas rusos en sus bombardeos sobre Siria, y neutralizar los esfuerzos de la Iniciativa Astane en poner fin a la guerra.
– Imponer una mayor presión sobre Venezuela, Irán, Siria o Cuba por su relación con Rusia.
– Debilitar organismos internacionales como la ONU, UNESCO, la OMS, etc., que atenían, de algún modo, el ejercicio del poder violento de EEUU en el mundo.
– Difundir la (falsa) notica de que GRU (creado en 1918), el servicio de inteligencia militar de la Federación Rusa, «pagaba a los talibanes por matar a los soldados de EEUU», cita The New York Times de «una fuente en la Casa Blanca». Además, el plan de DT de retirar parte de las tropas de EEUU de Afganistán o de Siria no beneficia a los rusos, como afirman los adversarios de DT. El Pentágono, simplemente, pretende sustituirlas por armas avanzadas, para obtener una mayor rentabilidad en este negocio de arma. Por otro lado, el «vacío» que deje EEUU, se llenará de fuerzas hostiles del país eslavo.
Por último, el unilateralismo, el neo-aislacionimo de DT, su débil personalidad y su fragilidad política, no le convierten en un buen candidato para Kremlin, consciente de que un nuevo mandato de Trump no mejoraría las relaciones, hoy en el punto muerto.
¿Qué tal Joe Biden?
«Los rusos no quieren que yo sea el nominado», también afirma el candidato demócrata. «Les gusta Bernie [Sanders]», añade aun reconociendo que sus afirmaciones no se basan en ninguna prueba. Es cierto que Sanders no ve a los rusos como monstruos, pero también apoyó las sanciones contra este país y se dejó manipular por los medios: justo un día antes de las asambleas del partido demócrata en Nevada el 22 de febrero del 2020, The Washington Post publicó que Rusia intervendría en favor de Sanders en las elecciones. Eso no sólo le desacreditaba como «agente» de Moscú, sino que también le obligaba, en estos mítines, a atacar a Rusia para demostrar su independencia: «Hola, señor Putin -dijo Sanders en una entrevista-, si soy presidente de los Estados Unidos, créame, no interferirá en más elecciones estadounidenses». El verdadero pecado de Sanders era oponerse al militarismo de Estados Unidos y poner el énfasis de sus campañas en las medidas sociales para decenas de millones de gente empobrecida del país. Al final tuvo que renunciar en favor de Biden.
Biden, que apoyó la integración de Rusia en la Organización Mundial del Comercio, el Consejo de Europa y el Fondo Monetario Internacional desde un internacionalismo liberal que busca cooperación entre los Estados basada en el derecho internacional, no renuncia a la guerra: respaldó el bombardeo de Serbia y Montenegro, la agresión contra Iraq en 2003 (aunque luego se arrepintió) y contra Siria, Yemen y Libia, sin arrepentirse.
Joe Biden aboga por:
– La cooperación con Rusia en el control de armas, incluidas las nucleares.
-Aliviar la presión sobre Irán, liberar su gran mercado, y evitando que se acerque aún más a China y Rusia.
– Reanudar las relaciones diplomáticas con Moscú: «si Washington en el apogeo de la Guerra Fría seguía hablando con Moscú, porque no podían permitirse un error de cálculo que pudiera conducir a la guerra», recuerda JB.
-Renovar los pactos de control de armas con Rusia: «Los soviéticos querían un acuerdo con Estados Unidos porque no confiaban; por la misma razón Estados Unidos debe firmar acuerdos con sus adversarios, indispensables para la seguridad de Estados Unidos», ha dicho Biden.
-Poner fin a la guerra liderada por Arabia Saudita en Yemen.
Aunque, dentro de la tradición rusófoba de Estados Unidos, Biden llamó al presidente Putin «un matón autócrata» y ha prometido que una vez que ocupe la Casa Blanca:
-Mantendrá las sanciones a Rusia.
-Aumentará el apoyo de Estados Unidos a Ucrania
-Fortalecerá la OTAN para contrarrestar la agresión rusa, puesto que el objetivo final de Putin, afirma, no es restaurar la URSS sino disolver la Unión Europea.
– Continuará con la militarización del Este, debido a la agresión de Rusia en Georgia y Ucrania.
-Apoyará a la sociedad civil rusa en su enfrentamiento al «sistema autoritario cleptocrático del presidente Putin».
-Designará a una mujer como vicepresidenta. Posiblemente será negra, sacando los colores a los mandatarios orgullosos de ser machistas.
Existe la posibilidad de que Trump se convierta en otro de los presidentes de Estados Unidos de un solo mandato como Gerald Ford, Jimmy Carter y George HW Bush. Sin embargo, aunque la ventaja de Biden sobre Trump es ser un político previsible, gobernar a una sociedad fragmentada y en crisis no será fácil para él.
Rusia, al igual que el resto de las naciones del mundo, debe meditar cuál de los candidatos es un mal menor para la paz mundial.