Un año de mentiras sobre el Nord Stream

Seymour Hersh aporta nuevos detalles sobre la responsabilidad de Estados Unidos en el atentado y revela que su fuente perteneció “al pequeño grupo de planificación que trabajó en Oslo con la Marina Real Noruega”

No sé mucho acerca de las operaciones encubiertas de la CIA –nadie ajeno a ellas puede saberlo–, pero sí entiendo que el elemento esencial de todas las misiones llevadas a cabo con éxito es la capacidad de negarlas de forma plausible. Los hombres y mujeres estadounidenses que, de forma encubierta, entraron y salieron de Noruega durante los meses que tardaron en planear y destruir tres de los cuatro gasoductos Nord Stream en el mar Báltico hace un año no dejaron rastro alguno –ni un indicio de la existencia del grupo– aparte del éxito de su misión.

Poder negarlo oficialmente, como opción para el presidente Joe Biden y sus asesores de política exterior, era crucial. Por eso no se introdujo ninguna información importante sobre la misión en un ordenador, sino que se tecleó en una máquina de escribir Royal o quizá en una Smith Corona con una o dos copias de carbón, como si internet y el resto del mundo digital aún no se hubieran inventado. La Casa Blanca se mantenía apartada de lo que ocurría cerca de Oslo; desde el terreno se proporcionaron varios informes y actualizaciones directamente al director de la CIA, Bill Burns, que era el único vínculo entre los planificadores y el presidente que autorizó que la misión tuviera lugar el 26 de septiembre de 2022. Una vez concluida la misión, los papeles mecanografiados y los carbones se destruyeron, de modo que no quedara ningún rastro físico, ninguna prueba que más adelante pudiera desenterrar un fiscal especial o un historiador dedicado al estudio de los presidentes. Se podría decir que fue el crimen perfecto.

Hubo un fallo: una falta de entendimiento entre quienes llevaron a cabo la misión y el presidente Biden respecto a por qué este ordenó la destrucción de los oleoductos cuando lo hizo. Mi reportaje inicial de 5.200 palabras, publicado a principios de febrero, terminaba citando crípticamente a un funcionario conocedor de la misión que dijo: “Era una historia de portada”. El funcionario añadió: “El único fallo fue la decisión de llevarla a cabo”.

Esta es la primera vez que se relata ese fallo, en el primer aniversario de las explosiones, y seguramente no gustará al presidente Biden y a su equipo de seguridad nacional.

Inevitablemente, mi primer artículo causó sensación, pero los principales medios de comunicación hicieron hincapié en los desmentidos de la Casa Blanca y se apoyaron en un viejo truco –mi confianza en una fuente anónima– para unirse a la Administración en desmentir la idea de que Joe Biden pudiera haber tenido algo que ver con semejante atentado. Debo señalar aquí que he ganado literalmente decenas de premios a lo largo de mi carrera por artículos publicados en el The New York Times The New Yorker sin identificar a una sola fuente. En el último año hemos visto una serie de artículos periodísticos contrarios, que no identificaban ninguna fuente de primera mano, que afirman que un grupo disidente ucraniano llevó a cabo el ataque de la operación de buceo técnico en el mar Báltico con un yate alquilado de 15 metros llamado Andromeda.

 

Artículos del 7 de marzo de 2023 que sugieren que un grupo ucraniano llevó a cabo el ataque al Nord Stream.

Ahora puedo escribir sobre el inexplicable fallo citado por el funcionario anónimo. Una vez más, se trata de la cuestión clásica de qué es, en realidad, la Agencia Central de Inteligencia (CIA): una cuestión que ya planteó Richard Helms, que dirigió la agencia durante los tumultuosos años de la guerra de Vietnam y el espionaje secreto de la CIA a los estadounidenses, ordenado por el presidente Lyndon Johnson y mantenido por Richard Nixon. En diciembre de 1974, publiqué en The Times un reportaje sobre ese espionaje que dio lugar a unas sesiones sin precedentes en el Senado sobre el papel de la agencia en sus infructuosos intentos, autorizados por el presidente John F. Kennedy, de asesinar al líder cubano Fidel Castro. Helms les dijo a los senadores que la cuestión era si él, como director de la CIA, trabajaba para la Constitución o para la Corona, personificada en los presidentes Johnson y Nixon. El Comité Church dejó la cuestión sin resolver, pero Helms dejó claro que él y su agencia trabajaban para el mandamás de la Casa Blanca.

 

El velero Andromeda, utilizado según algunos medios para llevar a cabo el ataque. / Bild

Volviendo a los gasoductos Nord Stream: es importante entender que, cuando Joe Biden ordenó volarlos el 26 de septiembre de 2022, el gas ruso ya no llegaba a Alemania a través de dichos gasoductos. Nord Stream 1 había estado inyectando grandes cantidades de gas natural a bajo coste hacia Alemania desde 2011, y había contribuido a reforzar el estatus de Alemania como coloso fabril e industrial. Pero Putin lo cerró a finales de agosto de 2022, cuando la guerra de Ucrania estaba, en el mejor de los casos, estancada. Nord Stream 2 se terminó de construir en septiembre de 2021, pero el Gobierno alemán, presidido por el canciller Olaf Scholz, bloqueó el suministro de gas dos días antes de la invasión rusa de Ucrania.

Habida cuenta de las vastas reservas de gas natural y petróleo de Rusia, los presidentes estadounidenses, desde John F. Kennedy, han estado alerta ante la posible militarización de estos recursos naturales con fines políticos. Esta sigue siendo la opinión principal entre Biden y sus asesores de política exterior más agresivos, el secretario de Estado, Antony Blinken; el asesor de Seguridad Nacional, Jake Sullivan; y Victoria Nuland, ahora segunda de a bordo de Blinken.

 

 

Mapa de explosiones provocadas en los oleoductos Nord Stream el 26 de septiembre de 2022. / FactsWithoutBias

Sullivan convocó una serie de reuniones de alto nivel sobre Seguridad Nacional a finales de 2021, cuando Rusia estaba incrementando sus efectivos a lo largo de la frontera de Ucrania y la invasión se consideraba casi inevitable. El grupo, que incluía a representantes de la CIA, fue conminado a presentar una propuesta de acción que pudiera servir como un elemento disuasorio para Putin. La misión de destruir los oleoductos estaba motivada por la determinación de la Casa Blanca de apoyar al presidente ucraniano, Volodímir Zelenski. El objetivo de Sullivan parecía claro. “La política de la Casa Blanca era disuadir a Rusia de un ataque”, me dijo el funcionario. “El reto que se planteó a los servicios de inteligencia fue que ideáramos una vía que fuera suficientemente potente como para lograr eso, y que supusiera una firme demostración sobre la capacidad de Estados Unidos”.

De izquierda a derecha: Victoria Nuland, Anthony Blinken y Jake Sullivan. / Flickr

Ahora sé lo que no sabía entonces: la verdadera razón por la que la Administración Biden “sacó a relucir  la eliminación del gasoducto Nord Stream”. Hace poco, el funcionario me explicó que en aquel momento Rusia suministraba gas y petróleo a todo el mundo a través de más de una docena de gasoductos, pero que Nord Stream 1 y 2 iban directamente desde Rusia a Alemania a través del mar Báltico. “La Administración puso Nord Stream sobre la mesa porque era el único al que podíamos acceder y porque [la misión] sería completamente negable”, dijo el funcionario. “Resolvimos el problema en pocas semanas –a principios de enero– y se lo comunicamos a la Casa Blanca. Supusimos que el presidente utilizaría la amenaza contra Nord Stream como un elemento disuasorio para evitar la guerra”.

Para el grupo secreto de planificación de la Agencia no fue ninguna sorpresa que, el 27 de enero de 2022, la segura y confiada Nuland, entonces subsecretaria de Estado para Asuntos Políticos, advirtiera estridentemente a Putin de que si invadía Ucrania, como claramente planeaba hacer, “de un modo u otro, Nord Stream 2 no seguiría adelante”. La frase llamó mucho la atención, pero no así las palabras previas a la amenaza. La transcripción oficial del Departamento de Estado muestra que antes de la amenaza, Nuland dijo, con respecto al gasoducto: “Seguimos manteniendo conversaciones muy firmes y claras con nuestros aliados alemanes”.

Miembros de la CIA consideraban que Scholz era consciente de la planificación que se estaba llevando a cabo para destruir los oleoductos

Cuando un periodista le preguntó cómo podía afirmar con certeza que los alemanes estarían de acuerdo, “porque lo que los alemanes han dicho públicamente no coincide con lo que usted está diciendo”, Nuland respondió con un asombroso doble lenguaje: “Le diría que volviera atrás y leyera el documento que firmamos en julio [de 2021], que dejaba muy claras las consecuencias para el gasoducto si Rusia volvía a atacar a Ucrania”. Pero ese acuerdo, que se comunicó a los periodistas, no especificaba amenazas ni consecuencias, según informaron The TimesThe Washington Post y Reuters. En el momento del acuerdo, el 21 de julio de 2021, Biden dijo a la prensa que, dado que el 99 % del oleoducto estaba terminado, “la idea de que se iba a decir o hacer algo para detenerlo ya no era posible”. En aquel momento, los republicanos, encabezados por el senador Ted Cruz, de Texas, describieron la decisión de Biden de permitir el paso del gas ruso como un “triunfo geopolítico generacional” para Putin y “una catástrofe” para Estados Unidos y sus aliados.

Sin embargo, el 7 de febrero de 2022, dos semanas después de la declaración de Nuland, en una conferencia de prensa conjunta en la Casa Blanca con [el canciller Olaf] Scholz, que estaba de visita, Biden dio a entender que había cambiado de opinión y que se unía a Nuland y a otros asesores de política exterior igualmente belicistas, y habló de acabar con el gasoducto. “Si Rusia invade, es decir, si los tanques y las tropas vuelven a cruzar la frontera de Ucrania, ya no habrá Nord Stream 2. Le pondremos fin. Le pondremos fin”. A la pregunta de cómo podría hacerlo, ya que el gasoducto estaba bajo control de Alemania, respondió: “Lo haremos, se lo prometo, podremos hacerlo”.

 

Olaf Scholz y Joe Biden, durante su reunión del 7 de febrero en la Casa Blanca. / Euronews

A la misma pregunta, Scholz respondió: “Actuamos conjuntamente. Estamos absolutamente unidos y no daremos pasos diferentes. Daremos los mismos pasos, y serán muy muy duros para Rusia, y ellos deberían entenderlo”. Algunos miembros del equipo de la CIA consideraban entonces –y ahora– que el dirigente alemán era plenamente consciente de la planificación secreta que se estaba llevando a cabo para destruir los oleoductos.

Para entonces, el equipo de la CIA ya había hecho los contactos necesarios en Noruega, cuyos mandos de la Marina y de las fuerzas especiales tienen un largo historial de colaboración en tareas de operaciones encubiertas con la Agencia. Los marineros noruegos y las patrulleras de la clase Nasty ayudaron a introducir clandestinamente operativos de sabotaje estadounidenses en Vietnam del Norte a principios de la década de 1960, cuando Estados Unidos, tanto en el Gobierno de Kennedy como en el de Johnson, dirigía allí una guerra no declarada. Con la ayuda de Noruega, la CIA hizo su trabajo y encontró la manera de hacer lo que la Casa Blanca de Biden quería que se hiciera con los oleoductos.

Tras la orden de Biden de activar los explosivos, bastó un vuelo de un avión noruego y el lanzamiento de un sonar en el mar Báltico para conseguirlo

En ese momento, el reto para la comunidad de los servicios de inteligencia era idear un plan que fuera lo bastante contundente como para disuadir a Putin de que atacara a Ucrania. El funcionario me dijo: “Lo conseguimos. Encontramos un elemento disuasorio extraordinario por su impacto económico para Rusia. Pero Putin lo hizo [invadir Ucrania] a pesar de la amenaza”. Fueron necesarios meses de investigación y práctica en las agitadas aguas del mar Báltico por parte de los dos expertos buceadores de aguas profundas de la Marina estadounidense reclutados para la misión antes de que esta se diera por iniciada. Los magníficos marinos noruegos encontraron el lugar adecuado para colocar las bombas que harían estallar los oleoductos. Los altos funcionarios de Suecia y Dinamarca, que siguen insistiendo en que no tenían ni idea de lo que estaba ocurriendo en sus aguas territoriales compartidas, hicieron la vista gorda ante las actividades de los operativos estadounidenses y noruegos. El equipo estadounidense de buzos y el personal de apoyo en el buque nodriza de la misión –un cazaminas noruego– sería difícil de ocultar mientras los buzos realizaban su trabajo. El equipo no sabría hasta después del atentado que los más de 1.200 kilómetros del Nord Stream 2 se habían cerrado dejando gas natural en su interior.

Lo que yo no sabía entonces, pero me contaron hace poco, fue que después de la extraordinaria amenaza pública de volar el Nord Stream 2 que hizo Biden con Scholz a su lado, el grupo de planificación de la CIA fue informado por la Casa Blanca de que no habría un ataque inmediato contra los dos gasoductos, pero que el grupo debía organizar la colocación de las bombas necesarias y estar preparado para activarlas “bajo demanda” una vez comenzada la guerra. “Fue entonces cuando nosotros” –el pequeño grupo de planificación que trabajaba en Oslo con la Marina Real Noruega y los servicios especiales en el proyecto– “comprendimos que el ataque a los oleoductos ya no sería disuasorio, porque a medida que avanzaba la guerra nunca tuvimos el mando”.

 

Un cazaminas de la Marina Real Noruega.  / BigStuart

Tras la orden de Biden de activar los explosivos colocados en los oleoductos, bastó un corto vuelo de un avión noruego y el lanzamiento de un dispositivo de sonar modificado en el lugar adecuado del mar Báltico para conseguirlo. Para entonces, el grupo de la CIA hacía tiempo que se había disuelto. El funcionario también me dijo: “Nos dimos cuenta de que la destrucción de los dos oleoductos rusos no estaba relacionada con la guerra de Ucrania” –Putin estaba en proceso de anexionarse los cuatro óblasts [regiones] ucranianos que quería–, “sino que formaba parte de una agenda política neoconservadora para evitar que Scholz y Alemania, con el invierno a la vuelta de la esquina y los oleoductos cerrados, se acobardaran y abrieran” el Nord Stream 2 cerrado. “El temor de la Casa Blanca era que Putin pusiera a Alemania bajo su control y luego fuera a por Polonia”.

La Casa Blanca no dijo nada mientras el mundo se preguntaba quién había cometido el sabotaje. “De modo que el presidente asestó un golpe a la economía de Alemania y Europa Occidental”, me dijo el funcionario. “Podría haberlo hecho en junio y decirle a Putin: ‘Te dijimos lo que haríamos’”. El silencio y los desmentidos de la Casa Blanca fueron, dice, “una traición a lo que estábamos haciendo. Si vas a hacerlo, hazlo cuando sirva para algo”. El invierno pasado, Alemania asignó 286.000 millones en subvenciones para hacer frente a facturas de electricidad

Un paso hacia la III Guerra Mundial

La dirección del equipo de la CIA interpretó que las directrices engañosas de Biden al aprobar la orden de destruir los oleoductos, me dijo el funcionario, eran “como dar un paso estratégico hacia la Tercera Guerra Mundial. ¿Y si Rusia hubiera respondido diciendo: ‘vosotros volasteis nuestros oleoductos y yo voy a volar vuestros oleoductos y vuestros cables de comunicación?”. Nord Stream no era una cuestión estratégica para Putin, era una cuestión económica. Quería vender gas. Ya había perdido sus gasoductos cuando se cerraron los Nord Stream 1 y 2 antes de que comenzara la guerra de Ucrania.

Pocos días después del atentado, las autoridades de Dinamarca y Suecia anunciaron que llevarían a cabo una investigación. Dos meses después informaron de que, efectivamente, se había producido una explosión y dijeron que habría nuevas investigaciones. No se ha hecho ninguna. El Gobierno alemán llevó a cabo una investigación, pero anunció que gran parte de sus conclusiones serían confidenciales. El invierno pasado, las autoridades alemanas asignaron 286.000 millones de dólares en subvenciones a grandes empresas y propietarios de viviendas que tuvieron que hacer frente a facturas de electricidad más elevadas para hacer funcionar sus negocios y calentar sus hogares. El impacto todavía se deja sentir hoy, con la previsión de un invierno más frío en Europa.

El presidente Biden esperó cuatro días antes de calificar el atentado contra el oleoducto de “acto deliberado de sabotaje”. Dijo: “Ahora los rusos están difundiendo información falsa al respecto”. En una conferencia de prensa posterior, a Sullivan, que presidió las reuniones que condujeron a la propuesta de destruir de forma encubierta los oleoductos, se le preguntó si el gobierno de Biden “cree ahora que Rusia fue la probable responsable del acto de sabotaje”.

La respuesta de Sullivan, sin duda ensayada, fue: “Bueno, en primer lugar, Rusia ha hecho lo que hace con frecuencia cuando es responsable de algo, que es hacer acusaciones de que en realidad ha sido otro el que lo hizo. Lo hemos visto repetidamente a lo largo del tiempo”.

“Sin embargo, hoy el presidente también ha sido claro al expresar que hay que trabajar más en la investigación antes de que el Gobierno de Estados Unidos esté preparado para responsabilizar a alguien en este caso”. Continuó: “Seguiremos trabajando con nuestros aliados y socios para reunir todos los datos, y luego adoptaremos una decisión sobre qué hacer a partir de ahí”.

No he encontrado ningún caso en el que alguien de la prensa estadounidense haya preguntado posteriormente a Sullivan sobre los resultados de su “decisión”. Tampoco he encontrado ninguna prueba de que Sullivan, o el presidente, hayan sido interrogados desde entonces sobre los resultados de la “decisión”, ni sobre qué hacer a partir de ahí.

Tampoco hay pruebas de que el presidente Biden haya pedido a la comunidad de los servicios de inteligencia estadounidense que lleve a cabo una investigación exhaustiva sobre el atentado del oleoducto. Tales peticiones se conocen como “Taskings” (asignación de tareas) y se toman en serio dentro del gobierno.

EEUU voló los oleoductos por miedo a que Alemania vacilara y reabriera el flujo de gas

Todo esto explica por qué una pregunta rutinaria, que formulé aproximadamente un mes después de los atentados a alguien con muchos años de experiencia en la comunidad de los servicios de inteligencia estadounidense, me llevó a una verdad que nadie en Estados Unidos ni en Alemania parece querer investigar. Mi pregunta era sencilla: “¿Quién lo hizo?”.

El gobierno de Biden voló los oleoductos, pero la acción tuvo muy poco que ver con ganar o detener la guerra en Ucrania. Fue el resultado de los miedos de la Casa Blanca a que Alemania vacilara y reabriera el flujo de gas ruso –y a que Alemania, y después la OTAN, por razones económicas, cayeran bajo el dominio de Rusia y sus extensos y baratos recursos naturales–. Y de este modo se llegó al temor definitivo: que Estados Unidos perdiera su antigua primacía en Europa Occidental.

Este artículo se publicó originalmente en inglés, en Substack.
Traducción de Paloma Farré.

Una demencia europea

Una demencia europea

Por Rafael Poch de Feliu

Cabalgando a lomos del leopardo alemán hacia el riesgo de una guerra mayor

Hace treinta años, Alemania se reunificó, gracias al buen sentido y la generosidad de Moscú. Treinta años después, los hijos políticos de Helmuth Kohl y nietos de quienes invadieron la URSS en 1941, están debatiendo el envío de tanques alemanes a luchar contra Rusia. Y el combate será en Ucrania, uno de los principales escenarios de la gran matanza desencadenada entonces por Alemania.

“Leopard” se llaman ahora esos tanques que marcharán sobre las roderas dejadas años atrás por aquellos “Tiger” y “Panther”, sobre los huesos de más de veinte millones de “subhumanos” (Untermenschen) soviéticos. Si aquel octubre de 1990, en medio de los fastos de la reunificación, alguien hubiera dicho que, en una

generación, tanques alemanes volverían a pisar esa tierra, le habrían tomado por demente. Pero eso es, precisamente, lo que va a decidirse el 20 de enero en la base de Ramstein (Alemania) donde se reunirá el llamado “Grupo de contacto de Ucrania” bajo la batuta de Estados Unidos.

Como los “Leopard” son alemanes, el gobierno alemán es quien decide si los tanques que en su día vendió a sus socios europeos pueden transferirse o no a Ucrania. “Denegarlo sería un acto inamistoso tanto hacia Polonia como hacia Ucrania”, se lee en el diario Handelsblatt.

Verdes y liberales de la coalición de gobierno exigen la luz verde al envío de tanques. La presión política, mediática e internacional es intensa e irresistible para el timorato canciller socialdemócrata, Olaf Scholz.

“La conducta rusa en la guerra se parece en muchos lugares a la guerra de aniquilación de las SS y la Wehrmacht contra la Unión Soviética”, dice el político verde Jürgen Trittin. “Es una guerra de aniquilación como la practicada por la Alemania hitleriana sobre suelo soviético y especialmente ucraniano entre 1941 y 1944”, coincide su colega democristiano Roderich Kiesewetter. Los lobistas de las empresas de armas están desatados. El ex embajador y ex presidente de la Conferencia de Seguridad de Munich, Wolfgang Ischinger, uno de los más notorios, pide organizar una “economía de guerra” en Alemania.

”Ucrania dispara tanta munición en un día como la que producimos aquí en medio año, hay que tomar la iniciativa y pedir a las empresas europeas de armamento que produzcan más armas y municiones, no se trata solo de suministrar tanques, se trata de munición para artillería, misiles, drones, sistemas de defensa antiaérea y mucho más, pero necesitamos prioridades políticas para que la industria tenga directrices”, dice.

Lo exige también el Parlamento Europeo que a iniciativa de los verdes pide a Scholz la creación de un consorcio de países que disponen de “Leopard” en sus ejércitos para enviarlos a Ucrania. “Lo piden Finlandia y Polonia”, explica el eurodiputado verde Reinhardt Bütikofer, y no se trata de mandar unos pocos tanques, sino de “un apoyo a Ucrania que determine un cambio cualitativo de la situación en el campo de batalla”.

El Parlamento europeo que el 6 de octubre ya pidió el envió de tanques pesados a Ucrania exige, simple y llanamente, una victoriosa batalla de tanques contra Rusia en Ucrania. ¿Los hijos de Kohl y nietos de quienes fueron derrotados en Stalingrado que conforman el gobierno de coalición alemán, mandando de nuevo tanques a disparar contra los rusos? Esta gente ha perdido toda memoria y mesura. Punto final y definitivo a la responsabilidad histórica de Alemania. Pero hay algo aún más grave.

Lo que se está abriendo paso en Europa es una pura demencia. ¿Se han vuelto locos? Para comprender la pregunta es necesario explicar el “plan de batalla” histórico de la OTAN en Europa durante la guerra fría.

Como la URSS tenía superioridad numérica convencional, el plan soviético en caso de guerra era “llegar al paso de Calais en 48 horas” con una masiva oleada de tanques de las tropas del Pacto de Varsovia estacionadas en primera línea. Para frenar eso y dar tiempo a que los americanos desembarcaran sus refuerzos en el continente, el plan occidental era utilizar las armas nucleares tácticas contra la masa blindada del adversario. Dichas armas fueron inventadas por Estados Unidos a finales de los años cincuenta, primero como bombas nucleares y más tarde como munición nuclear de artillería y misiles, y desplegadas en Europa. Moscú siguió aquella estela, siempre con retraso, de la misma forma en que haría con otros inventos americanos (el misil intercontinental, los submarinos y la aviación estratégica, los misiles con cabezas múltiples, la militarización del espacio, etc., etc.) y hoy tiene unas 1900 armas nucleares tácticas. ¿Qué haría Rusia si se ve desbordada por la gran ola victoriosa de modernos tanques occidentales que exige lanzar contra ella el Parlamento europeo? Con su habitual cinismo, los comentaristas y expertos que desfilan por la tele rusa no hacen ningún secreto: si se limitan a enviar unas decenas de tanques, la medida será anecdótica, pero si el suministro fuera masivo, Rusia hará lo mismo que los occidentales planeaban para evitar ser arrollados por los tanques del Pacto de Varsovia durante la guerra fría, dicen. Con tanques alemanes disparando de nuevo contra rusos, se confirmaría, además, la dudosa analogía histórica manejada por el Kremlin, una nueva “gran guerra patriótica”, con la que la élite rusa galvaniza a su población. ¿Se entiende en Occidente lo que todo esto significa?

El Presidente Biden descartaba en marzo por ese motivo cualquier suministro a Ucrania de armas ofensivas. “La idea de que vayamos a enviar equipo ofensivo a Ucrania, con aviones y tanques, pilotos y tripulaciones americanas se llama Tercera Guerra Mundial”, dijo entonces. En mayo, el mismo Biden escribía en The New York Times “no estamos animando o posibilitando a Ucrania para que ataque más allá de sus fronteras”. Y todavía en junio el Presidente francés, Emmanuel Macron, confirmaba: “no vamos a entrar en guerra, así que hemos decidido no suministrar ciertas armas entre ellas aviones de caza o tanques”. Siete meses después la situación ha cambiado radicalmente: “no estamos diciendo a Kiev: “no ataques a los rusos”(fuera de tu territorio), ponía el Times de Londres en boca de un portavoz del gobierno americano. De momento van a enviar tanques, luego, ¿por qué no?, aviones y misiles, y al final soldados, dice la diputada alemana de Die Linke, Sevim Dagdelen, según la cual “el envió de armas es el tíquet de entrada en la guerra, el billete para la tercera guerra mundial”.

Para que Ucrania “gane” esta guerra y recupere Crimea, hace falta que la OTAN entre en guerra. Eso es, precisamente lo que quiere el gobierno de Kíev, y los polacos, y los bálticos.

“Los ucranianos no quieren ningún alto el fuego, eso solo fortalece a los rusos, el envío de modernos sistemas de misiles y tanques es la precondición para un armisticio”, escribe la diputada ucraniana Inna Sovsun, en una columna de Die Welt. Los lobistas del negocio de las armas le quitan hierro al asunto: “al suministrar tanques a una nación atacada, nadie se convierte en partícipe de la guerra según el derecho internacional (…) el miedo a los riesgos de escalada no debe convertirse en una especie de temerosa autodisuasión”, dice Ischinger. El ex embajador alemán y lobista de la industria militar no cree que sea necesario integrar a Ucrania en la OTAN. Con la ayuda militar occidental que ha venido recibiendo “especialmente de Estados Unidos y del Reino Unido desde 2014, Ucrania será, con mucho, la potencia militar mejor entrenada, mejor equipada y más fuerte de Europa”, pronostica. “Ucrania está bien encaminada en ese sentido”, constata. Pero, ¿va a consentir Rusia eso? ¿Se va a conformar, no ya Putin sino cualquier dirigente ruso, con la perspectiva de tener una Ucrania convertida por Occidente en “la potencia militar más fuerte de Europa” enfocada contra ella junto a su frontera?. ¿No justificó su invasión de Ucrania el año pasado alegando precisamente eso?

Mientras nadie habla de negociación, el mensaje de que no hay que tenerle miedo a la escalada e incluso que está es la ruta hacia la paz se abre paso con demencial vigor. “La mejor manera de evitar la confrontación con Rusia en el futuro es ayudar a Ucrania a rechazar ahora al invasor”, coinciden el ex secretario de defensa Robert Gates y la ex secretaria de estado Condoleezza Rice, en su tribuna en The Washington Post del 8 de enero.

Erich Vad es un ex general de brigada que entre 2006 y 2013, fue asesor de política militar de la canciller alemana Angela Merkel. En una entrevista publicada por la revista alemana Emma https://www.emma.de/artikel/erich-vad-was-sind-die-kriegsziele-340045 el 16 de enero, este militar acérrimo atlantista decía lo siguiente:

“En el este de Ucrania, en la zona de Bajmut (Artiómovsk era su nombre soviético, que el gobierno de Kíev canceló, por “Artiom” Sergeyev,Rubén y sus ancestros – Rafael Poch de Feliu líder bolchevique y fundador de la República Soviética de Donetsk durante la guerra civil contra los blancos y los atamanes ucranianos apoyados por los extranjeros) los rusos avanzan claramente. Probablemente habrán conquistado completamente el Donbas en poco tiempo. Sólo hay que tener en cuenta la superioridad numérica de los rusos sobre Ucrania. Rusia puede movilizar hasta dos millones de reservistas. Occidente puede enviar 100 blindados “Marder” y 100 “Leopard”. No cambiarán la situación militar general. Y la cuestión más importante es cómo superar un conflicto de este tipo contra una potencia nuclear – por cierto, ¡la potencia nuclear más fuerte del mundo! – sin entrar en una tercera guerra mundial. Y eso es exactamente lo que los políticos y periodistas de Alemania no están pensando”.