Hermana Carolina representativa del Oruro luchador y digno

Oruro-Bolivia, primavera de 1971, mediodía, luz plena, el cielo azul sin asomo de nubes, ambiente templado. A bordo de un destartalado bus interdepartamental que se desliza por la polvorienta carretera Cochabamba-Oruro viajan varias personas unas durmiendo otras conversando. Entre ellas destaca una joven mujer de aspecto dulce y apacible, cabellos platinados, ojos claros y risueños, estatura mediana y contextura delgada, diferente al resto de pasajeros… ¡¡una extranjera!!… Se trataba de la religiosa Carolina Ortega Clansey, de nacionalidad estadunidense, procedente de Hungtinton, Indiana.

En sus ojos podía notarse impaciencia por llegar, imaginaba trabajo misionero con mujeres y hombres, tareas increíbles en favor de los desvalidos y quizás trabajar para mejorar las condiciones de vida de sus fieles, porque le habían anunciado que Oruro era una de las tierras que todo lo había dado y poco había recibido.

Como cabeza de la iglesia católica en Oruro estaba el Obispo René Fernández Apaza, religioso boliviano poco dado a los temas sociales o políticos que bullían subterráneamente en la época pues se vivía una férrea dictadura militar que había cancelado las libertades y garantías constitucionales.

Y aunque el raleado verdor de las montañas y la escasa pastura del imponente altiplano le anunciaba una tierra poco fértil y, por tanto, muchas dificultades humanas, no se desanimó ni un poco… Total era una misionera de la Comunidad Religiosa “Nuestra Señora de la Victoria”, tenía fe y fuerzas suficientes como para acometer sus desafíos por muy difíciles que sean.

Instalada en la Parroquia Pio X ubicada en la zona norte de la ciudad, dictó clases de religión en el colegio “Kennedy” donde encontró sus primeros contactos. conoció su entorno, recorriendo calles, campos deportivos y zonas donde abundaban jóvenes, adultos y niños, averiguaba sus nombres los que nunca olvidaba, se dirigía a ellos siempre con una sonrisa… su rostro y sus ojos parecían estar hechos para sonreír, para transmitir confianza y sosiego… Poco a poco supo de las privaciones de los estudiantes, de las penurias y necesidades de hombres y mujeres que no podían reivindicar ante nadie, vio también el grandioso carnaval que contrastaba con el contexto, pues era época en la que parecían que las necesidades de todos se olvidaban para dar pie a una algarabía general. Alguna vez dijo que “en su pobreza Oruro tenía la capacidad de alegrarse”. Se la veía acompañada de sus hermanas de la Iglesia y jóvenes portando su infaltable poncho y su bolso repleto de sabrosos sándwiches en busca de un lugar para espectar la fastuosa “entrada”.

Paulatinamente fue conociendo el pueblo que amaría y adoptaría como suyo, por el que lidiaría tenazmente y en el que haría sus mejores amistades. Vio a jóvenes estudiantes de secundaria y universidad peregrinar todos los días por las escasas bibliotecas locales en búsqueda de los no menos escasos libros que casi siempre estaban siendo usadas por jóvenes con más suerte, limitación que no les permitía estudiar cómodamente y descollar. Ni pensar en adquirir dichos textos pues sus precios hacían imposible comprarlos, todos provenían de familias obreras. La Parroquia les juntó y nació la idea de fundar una biblioteca ubicada en un barrio minero aledaño, primero con los recursos de su comunidad consiguió libros y textos de primera necesidad para sus estudiantes, posteriormente consiguió donaciones de amigos del exterior y agrandó la biblioteca con muebles, estantes y escaparates que los jóvenes mismos la administraban ejemplarmente, ante la mirada atenta de Carolina que no se perdía ningún suceso del funcionamiento de la biblioteca.

Sus relaciones con las y los jóvenes dependiendo de los asuntos que se trataban era de un gran respeto por Carolina, ella retribuía el trato con igual consideración, crearon en la biblioteca un clima de hermandad, solidaridad y preocupación por los problemas más sentidos de su medio. Ella naturalmente también se comportaba como una verdadera “hermana” y amiga, dispuesta a aconsejar y solidarizarse. No faltaban días de discretas fiestas, se sabe que muchos noviazgos y matrimonios que perviven en la actualidad se iniciaron en las actividades estudiantiles que ocurrían en el “Centro de Estudiantes Secundario Universitario” (CESU).

Sin embargo, esta actividad si bien fue una de sus preferidas, le pareció poco ante la multitud de dificultades que en la ciudad y el país se agitaban. Poco a poco fue conociendo a otra clase de jóvenes, obreros, empleados, universitarios, campesinos que por entonces bregaban todavía en la clandestinidad por la recuperación de la democracia, reposición de las libertades y garantías constitucionales, mejores condiciones de vida, salir de la marginación y retorno a la patria de centenares de exiliados.

Entendió sus inquietudes, sus visiones particulares acerca de la situación política que vivían; sus singulares posturas para resolverlos y en su mente las armonizó en una sola idea: la de ver en la angustia juvenil el resplandor del evangelio y sintió que había llegado la hora de dar la vida, de profetizar en favor de los desvalidos, negados por las maquinarias del Estado que no ofrecían esperanza para el mañana.

Observó en las ansiedades y acciones de los jóvenes trabajadores señales que la democracia estaba inevitablemente cercana y que su actitud era totalmente coincidente con la idea cristiana. Decía, “El cristiano es un hombre de paz, pero no de una paz sepulcral, sino de una paz querida, buscada y defendida, que mantenga medianamente satisfechos a los ciudadanos” … Supo también que en esa lucha se arriesgaba la comodidad, la seguridad y en última instancia la vida. No tuvo miedo y se comprometió.

Tenía el instinto infalible para distinguir con solo una mirada a las personas buenas de las no confiables, aunque nunca se cerraba ante nadie, pero prefería cultivar cercanía y amistad con aquellas.

Facilitaba reuniones, era contacto con medios de comunicación católicos nacionales e internacionales, acompañaba espiritualmente a los activistas, participaba en reuniones de dirigentes sindicales armonizando las posturas sindicales con el pensamiento evangélico, era su confesora, oraba por ellos, los protegía mediante una red de inolvidables religiosos como Felipe Mackenna, Gilberto Pauwels, Ignacio Suñol y más tarde el afable Obispo Julio Terrazas.

Mientras cada vez era más querida por trabajadores, universitarios y campesinos en esa misma medida se hacía incómoda y odiosa para las autoridades. Estuvo en Oruro en la histórica huelga de hambre nacional de diciembre de 1977 en la Parroquia “del Rosario” ubicada en la zona este de la ciudad de Oruro, que concluyó con la renuncia de la dictadura, la vuelta de la democracia y el retorno de los miles de exiliados al país. Desde entonces fue infaltable en las concentraciones, marchas, huelgas sindicales y congresos de trabajadores, a decir de muchos lideres “su sola presencia tenía la magia de inculcar fuerza y optimismo” ….

Cuando los congresos de trabajadores se ponían difíciles, invariablemente se la podía ver en los últimos asientos del local, rezando porque se imponga la verdad o el mejor criterio. En muchas ocasiones cuando le pedían una opinión sobre algún tema o persona, expresaba su opinión con una franqueza que inquietaba por su falta de “prudencia”, ella era así no andaba con rodeos y casi nunca se equivocaba.

Siempre insatisfecha con su trabajo, acometió con la tarea de organizar la Asamblea Permanente de Derechos Humanos en Oruro, en los primeros tiempos e inicialmente con frecuencia eran los mismos dirigentes de sectores sindicales los que militaban en esta organización… Las primeras reuniones se realizaban en el domicilio particular de la “Sra. de Alessandri” a escasa media cuadra del edificio central del Cuartel Camacho en la zona norte.

Su trabajo entonces se orientó al consuelo de las familias que perdían algún miembro debido a la represión, alentaba a lideres detenidos, les procuraba alimentos y abrigo, sufría por ellos, tramitaba incansablemente su libertad y se regocijaba cuando eran libres. Buscó y encontró lideres para la Asamblea, se ocupó de elevar sus capacidades para enfrentar situaciones conflictivas y les dio toda su confianza.

Por su “casa” pasaban lideres nacionales y en ocasiones internacionales de diferentes colores políticos, para presentarle respetos, conseguir algún consejo o simplemente saludarla… a los que invitaba un café acompañado de sus tortas, cuya característica es que eran excesivamente dulces, era su estilo personal.

Trabajó también con muchos líderes campesinos, a los que dedicaba atención especial, pues consideraba que trabajaban en situaciones más difíciles que sus pares obreros. Estuvo casi en todas las provincias del departamento de Oruro montada en incomodos y primitivos medios de transporte, alentando la organización campesina; en muchas ocasiones ayudó económicamente eventos de educación y orientación políticas para ellos.

Casi nadie sabía su edad, información que cuidaba como si fuera un preciado tesoro. Generosa como nadie, se sabe que cuando uno de sus “pupilos” cayó preso y cuya esposa sufría de una fuerte anemia debido a un parto difícil, se dio la tarea de ir cada mañana aproximadamente a las 6.00am. a dejar en la puerta de la enferma un pequeño tarro de leche condensada por casi un mes entero.

En los años 80s. Durante el nefasto golpe de estado de García Meza, se la veía afanosa de día y noche por las cercanías de la “Plaza 10 de febrero”, en “comisiones”, acompañada de esposas, hermanos y padres de los detenidos procurando que reciban alimento, abrigo, consuelo o lograr su libertad.

En ese tiempo, gestionó la salida de decenas de perseguidos por las dictaduras militares

Y aunque trataba con centenares de jóvenes trabajadores de distinto credo religioso, pensamiento político diverso y muchos intransigentes ateos a los que nunca se propuso evangelizar, su machacona vocación de servicio a sus semejantes y el ejemplo unido al amor resultó ser la mejor pedagogía que acabó convirtiendo a muchos de ellos en laicos comprometidos con el evangelio y la iglesia católica…

Al final lo que queda es que recibió el legado de amor al prójimo en forma abundante. La Hna. Carolina hizo carne del amor inclaudicable e incondicional por el prójimo, profesó su “amor como único sentimiento que ofrece regocijo y satisfacciones, pues amar en su concepto, era estar en Dios, con su luz”.

Lo suyo, no fue caminar por sendas fáciles porque el amor que entregó le exigió sacrificio y renuncias.

Se fue, o más bien se la llevaron, cuando de tanto caminar ya no lo podía hacer, cuando de tanto preocuparse por los demás ya era tiempo de preocuparse por sí misma, se la llevaron porque de tanto gastar sus energías en sus hermanos, ya le faltaban para mantenerse saludable. Se la llevaron, pero quedó la eterna gratitud de centenares de obreros, campesinos y estudiantes que gracias a ella se realizaron plenamente en sus respectivas ocupaciones.

Y tal como había llegado a Oruro se alejó por la misma carretera, cargada de pródigos recuerdos y gratitudes, su cosecha fue fecunda solo que ahora su rostro estaba marcado por profundas arrugas, “huellas de antiguas sonrisas”, que consolaron y alentaron a sus preferidos, los que luchaban.

Hermana Carolina representativa del Oruro luchador y digno. Testigo de nacimientos y de desfallecidos, hacedora de historia, llegó a Oruro sin nada y se la llevaron con las manos llenas de historia, amigos, cariño y gratitud…

 

… Así ha sido la Hna. Carolina Ortega, la más abnegada de las mujeres en Cristo, nunca escasa de sí misma en el bien de la dicha ajena.