by juancho | Nov 5, 2010 | Cultural |
Este ensayo fúe leído por su autor el 27 de noviembre de
1991 en el marco del Pabellón Español de la feria de Sevilla,
dando principio así al ciclo de conferencias que con
el título de “El porvenir de la democracia” organizaron
Claves y Revista de Occidente. En esa serie de conferencias
participaron intelectuales como Isaiah Berlin,
Claude Lévi-Strauss, Karl Popper, Mario Vargas Llosa
y otros, así como destacadas figuras del ámbito político:
Helmuth Schmidt , Edward Shevardnaze , lames Carter y
Raúl Alfonsín.
CCuando se me invitó a inaugurar esta serie de
conferencias sobre el porvenir de la democracia
al finalizar el siglo, acepté, con entusiasmo…
tras un momento de indecisión. Acepté,
movido por mis convicciones; dudé, porque no estaba
ni estoy muy seguro de ser la persona idónea para
tratar un asunto de tal complejidad. No soy historiador
ni sociólogo ni politólogo: soy un poeta. Mis escritos
en prosa están estrechamente asociados a mi
vocación literaria y a mis aficiones artisticas. Prefiero
hablar de Marcel Duchamp o de Juan Ramón Jiménez
que de Locke o de Montesquieu. La filosofía política
me ha interesado siempre pero nunca he intentado
ni intentaré, escribir un libro sobre la justicia, la
libertad o el arte de gobernar. Sin embargo, he publicado
muchos ensayos y articulos sobre la situación de
la democracia en nuestra época: los peligros externos
e internos que la han amenazado y amenazan, las interrogaciones
y pruebas a que se enfrenta. Ninguna
de esas páginas posee pretensiones teóricas; escritas
frente al acontecimiento, son los momentos de un
combate, los testimonios de una pasión. Su mismo
carácter circunstancial y episódico me da, ya que no
autoridad, sí legitimidad para hablar ante ustedes de
la democracia. No van a oír a un pensador político
sino a un testigo.
Confieso que me sorprende el hecho de que estas
conferencias sobre la democracia se den en Sevilla y
precisamente durante el año de la celebración del
Quinto Centenario del Descubrimiento de América.
¿Los tiempos que vivimos se parecen a los del final
del siglo XV? Aunque las diferencias son enormes,
hay algunas semejanzas impresionantes y que nos
obligan a reflexionar. Así pues, el tema del Descubrimiento
y la Conquista será uno de mis puntos de referencia.
He hablado de semejanzas; la primera es la
siguiente: son dos épocas de frontera, en las que algo
se acaba y algo nace. En 1492, salto de un espacio a
otro; cinco siglos después, salto de un tiempo a otro.
Y en ambos casos: caída en lo desconocido. Otro parecido:
lo imprevisto, lo inesperado. Se buscaba un
camino más corto hacia Cathay y brotaron en medio
del mar tierras y gente desconocidas; se buscaba contener
al imperio comunista y ese imperio de pronto
se desvaneció. En su lugar descubrimos una realidad
que no habíamos querido o podido ver. En 1492, ig
norancia de la realidad geográfica; en nuestros días,
ignorancia de la realidad histórica.
El Descubrimiento cambió la figura física del
mundo: cuatro continentes en lugar de tres. El número
cuatro desmintió la vieja ideología tripartita
que Europa había heredado de sus antepasados indoeuropeos.
Asimismo, introdujo un enigma teológico
que fue una herida profunda en la conciencia religiosa
de Occidente: a pesar del mandamiento expreso
de los Evangelios, durante mil quinientos años millones
de almas habían sido substraídas a la prédica de
los Apóstoles y de sus sucesores. La caída repentina
del comunismo también ha sido un desafío que nos
ha dejado intelectualmente inermes frente al porvenir.
Para los contemporáneos de Colón, cambió la figura
del mundo y se preguntaron: ¿dónde estamos?;
para nosotros, ha cambiado su configuración histórica
y nos decimos: ¿hacia dónde vamos?
Las polémicas en torno al Descubrimiento de
América no se han apagado. No voy a examinarlas;
me limito a señalar que casi siempre las críticas olvidan
lo esencial: sin esas exploraciones, conquistas,
acciones admirables y abominables, heroísmos, destrucciones
y creaciones, el mundo no sería mundo.
En 1492 el mundo comenzó a tener forma y figura de
mundo. Algunos discuten si no sería mejor llamar
Encuentro al Descubrimiento. Observo que no hay
descubrimiento sin encuentro ni encuentro sin descubrimiento.
Otros dicen que la Conquista fue un
genocidio y la Evangelización una violación espiritual
de los indios. Idealizar a los vencidos no es menos
falaz que idolatrar a los vencedores: unos y otro
esperan de nosotros comprensión, simpatía y, digamos
la palabra, piedad.
Imaginemos por un instante que no son los españoles
los que desembarcan en la playa de Veracruz
una mañana de 15 19 sino que son los aztecas los que
llegan a la bahía de Cádiz. Axayácatl, el capitán tenochca,
rápidamente se da cuenta de las disensiones
que dividen a los andaluces; se entrevista en secreto
con el Conde don Julián y se alía con él; seduce a su
hija, Florinda la Cava, la convierte en su barragana y
en su agente diplomático; tras una serie de maniobras
audaces y de combates, conquista Jerez, Sevilla y
otras ciudades; los jefes aztecas ordenan la demolición
de las catedrales y levantan sobre ellas majestuosas
pirámides; se sacrifica a los guerreros españoles
vencidos (así se les diviniza) y se distribuyen sus
mujeres entre los conquistadores; sobre las ruinas de
Sevilla se funda Aztlán, la nueva capital de la Bética;
los sacerdotes aztecas convierten a la población indígena
al culto de Huitzilopochtli y de su madre, la
Virgen Coaticlue; se pacifica al país y se establece
una dominación que dura varios siglos; finalmente, a
través de la acción combinada del tiempo, el mestizaje
y la indoctrinación, nace una nueva sociedad
“azteca y bética, rayada de morisca”, como diría siglos
después, en el más puro náhuatl, uno de sus poetas.
Hoy, quinientos años más tarde, la denuncia del
genocidio azteca se ha convertido en un lugar común
de los oradores e ideólogos de Aztlán, nostálgicos de
la Bética preazteca y descendientes de Axayácatl y
sus hombres.
La crítica de Rousseau y sus descendientes es más
fundada. Es una crítica de orden moral más que histórico;
es la consecuencia de su condena de la civilización
-madre de la desigualdad, la opresión, la
mentira, el crimen- y su exaltación del buen salvaje,
el hombre natural e inocente. Pero ¿en dónde encontrar
al hombre inocente? Las sociedades indígenas
de América, de los nómadas a las poblaciones de
México y de Perú, con la excepción quizá de los indios
de Amazonia, no eran realmente primitivas. Algunas
de ellas eran plena y altamente civilizadas; los
mayas, por ejemplo, habían descubierto al cero. Así
pues, esas sociedades estaban también manchadas
por las lacras de la civilización. La crítica de Montaigne
es más convincente. Sus razones son una deducción
inteligente del escepticismo grecolatino; a
su vez, son el origen del moderno relativismo cultural.
Es una tendencia predominante en nuestros días
y que ha sido ilustrada recientemente, con brillo y
coherencia, por Lévi-Strauss. La idea de que cada
cultura y cada civilización es una creación única y,
por tanto, incomparable, parece irrefutable. Sin embargo,
tiene una falla: por una parte nos abre (o entreabre)
las puertas de la comprensión de culturas y
sociedades extrañas, ajenas a la nuestra; por otra, nos
impide juzgar, escoger y valorar. O dicho de otro modo:
nos prohibe la comprensión global, que implica
la comparación y la confrontación de cada cultura
con las otras y con sus creaciones. En fin, sea cual sea
su valor, el relativismo cultural no tiene sino una relación
lateral con nuestro tema: las semejanzas y diferencias
pertinentes -subrayo el adjetivo- entre
nuestra situación y la de 1492. He señalado algunas
semejanzas; ahora procuraré mostrar una diferencia
que es, a mi juicio, capital.
El Descubrimiento y la Conquista de América
son acontecimientos que, como la Reforma y el Renacimiento,
abren la era moderna. Sin la ciencia ni
la técnica de esa época no hubiese sido factible la navegación
en pleno océano; tampoco habría sido posible
la conquista sin las armas de fuego. Apenas si necesito
recordar que esa ciencia y esa técnica eran el
resultado de dos mil años de continua especulación y
experimentación. Lo mismo debo decir de las concepciones
políticas, ya claramente modernas, de algunas
de las figuras centrales de ese momento, como
Cortés. Ciencias, técnicas, utensilios, ideas, instituciones:
gérmenes y embriones que anuncian la modernidad
naciente. Además, una experiencia histórica
invaluable: mientras que las sociedades indígenas,
incluso las más complejas y desarrolladas, como las
de México, no tenían noción de la existencia de
otras tierras y de otras civilizaciones, los españoles
conocían sociedades distintas a la suya, con otras
lenguas y otras religiones. Al ver a los invasores, los
indios se preguntaron: ¿quiénes son y de dónde vienen?
Una pregunta, por decirlo así, ahistórica y, en el
fondo, religiosa: para ellos los españoles eran lo desconocido.
El conquistador, en cambio, inmediatamente
intenta insertar la extrañeza india en una categoría
histórica conocida: sus ciudades le recuerdan
a Constantinopla, sus santuarios a las mezquitas. Lo
maravilloso, para ellos, no era lo sobrenatural sino lo
legendario: el mundo de los romances, las leyendas y
las novelas de caballería.
El impulso también era moderno: era una exploración
y una conquista. Las grandes aventuras colectivas
de Occidente habían sido las Cruzadas, el rescate
del Santo Sepulcro y, para los españoles, la
Reconquista. En las empresas de portugueses y españoles
aparece algo nuevo y contrario a la tradición
medieval: penetrar en lo desconocido, conocerlo y
dominarlo. No un rescate sino un descubrimiento.
Todos los conquistadores tenían plena conciencia de
la novedad que encarnaban ellos y sus acciones: hacían
algo nunca visto. No se equivocaban: con ellos
se inicia la gran expansión de Occidente, uno de los
signos (gloria y estigma) de la modernidad.
La otra cara de la Conquista no es moderna sino
tradicional, medieval. En esta dualidad reside su fascinante
ambigüedad. Se ha hablado mucho de los
pillajes y de la sed de oro de los conquistadores. Pero
la rapacidad, la violencia, la lujuria y la sangre
han acompañado siempre a los hombres. En la España
de la Reconquista, para no salir del ámbito hispánico,
encontramos los mismos excesos entre los
guerreros musulmanes. Sin embargo, sería absurdo
reducir la Reconquista a una serie de raids de bandas
cristianas y musulmanas. Tampoco es posible comprender
a la Conquista de América si se le amputa
de su dimensión metahistórica: la evangelización.
Al lado del saco de oro, la pila bautismal. Aunque
parezca contradictorio, era perfectamente natural
que en muchas almas coexistiese la sed de oro con
el ideal de la conversión. Al contrario de la codicia,
que es inmemorial y ubicua, el afán de conversión
no aparece en todas las épocas ni en todas las civilizaciones.
Y ese afán es el que da fisonomía a esa
época y sentido a las vidas de aquellos aventureros
turbulentos: el tiempo de aquí estaba orientado hacia
un allá fuera del tiempo.
El gran debate convocado por Carlos V en Valladolid,
en 1550, y que opuso a grandes teólogos y juristas,
giró en torno del tema de la legitimidad de la
Conquista: ¿era o no lícita? Las opiniones fueron encontradas
pero para todos los participantes la razón
de ser de aquel acontecimiento no era meramente
histórica sino que estaba referida a un valor sobrenatural:
cumplir los Evangelios, cristianizar a los nativos.
En esto coincidieron los dos grandes adversarios,
Las Casas y Sepúlveda. El primero lo dijo de un modo
tajante: “los indios fueron descubiertos para ser
salvados.” La fe en Cristo y en sus mandamientos es
fe en un valor absoluto que trasciende la historia
temporal. Es la encamación de la palabra divina en
la acción de unos hombres y en la política de un Estado.
Nada menos moderno. Pues bien, el eclipse de
los valores absolutos y metahistóricos y su substitución
por valores relativos es un capítulo central en la
historia de la democracia moderna.
A diferencia de lo que ocurrió en los dominios
americanos de España y de Portugal, en la colonización
de la mitad angloamericana de nuestro continente
la prédica del cristianismo no figura como motivo
dominante. La evangelización no fue parte de la
política de la Corona inglesa ni figuró entre las preocupaciones
religiosas de los colonos. Tampoco fue un
principio de legitimación. Los primeros establecimientos
fueron pequeñas comunidades de fieles de
esta o de aquella denominación, a veces compuestas
por disidentes. Cada una de ellas, aparte de los traba-
20 VUELTA 261 AGOSTO DE 1998
jos de la agricultura, el comercio y las otras ocupaciones
mundanas, practicaba con gran fervor su versión
particular del cristianismo. El modelo de casi todas
ellas eran las comunidades cristianas primitivas o,
mejor dicho, lo que se suponía que habían sido aquellas
hermandades antes de la corrupción romana. Sin
embargo, a pesar de su devoción y su piedad exigente,
ninguna de ellas se propuso seriamente cristianizar
a los indios. Cada grupo se veía como una isla de
fe rodeada por una naturaleza salvaje y unas tribus
igualmente salvajes. Los indios eran parte de la naturaleza
-naturaleza caída- y, como a ella, había que
dominarlos y, en caso necesario, segregarlos o destruirlos.
El fenómeno se repite, más acusadamente y
en escala mucho mayor, durante la expansión del siglo
XIX hacia el Oeste. El modelo religioso de esta
gran emigración fue la peregrinación de Israel en el
desierto y la ocupación de Palestina. Aparte de la
búsqueda de tierras y de otras ganancias materiales,
el animo que movía a esos miles de familias y de
aventureros no era cristianizar salvajes sino fundar
ciudades y pueblos prósperos, regidos por la moral de
la Biblia. Una Biblia en inglés, interpretada por cada
secta y por cada conciencia.
En la expansión europea en Africa y Asia también
es visible la desaparición paulatina de la dimensión
metahistórica, ese absoluto que santifica o, al
menos, justifica la acción histórica y sus violencias.
Las grandes potencias encontraron un sucedáneo en
una frase-talismán: la “misión civilizadora de Europa”.
Pero es muy distinto fundar la dominación sobre
un pueblo extraño en un código de valores temporales
que fundarla en un valor absoluto y más allá de la
historia. El eminente historiador Maucaulay ocupó
una alta posición, a mediados del siglo pasado, en el
gobierno de la India. Fue liberal y humano, defendió
la libertad de prensa y la igualdad de los indios y los
europeos ante la ley; sin embargo, cuando se le encarg6
organizar el sistema educativo, se inclinó sin
reserva por una educación occidental. Aunque Maucaulay
no ignoraba el valor de la civilización de la
India, justificó su reforma porque abría al pueblo indio
las puertas de la cultura moderna, la democracia
y el progreso. Al cambiar los Vedas por los principios
del liberalismo inglés, la élite india penetró en un
mundo radicalmente nuevo, hecho de valores relativos
y cambiantes. Pero lo que perdió en certidumbres
metafísicas lo ganó en otro sentido: gracias a la reforma
educativa, la aristocracia intelectual india pudo
hacer la crítica de la dominación inglesa precisamente
en los términos de la cultura política inglesa.
Para Las Casas había que salvar las almas; para Maucaulay,
había que cambiar a las sociedades.
Los orígenes de este cambio, a un tiempo inmenso
e invisible, están en la Reforma protestante, que
interioriza la experiencia religiosa. La dimensión metahistórica
cambia de lugar: la religión se recluye en
el templo y, sobre todo, en la conciencia de cada
uno. Así, abandona la plaza pública, el Consejo de
Estado y el campo de batalla. El Estado no tiene jurisdicción
sobre las creencias de los ciudadanos y la
fe se convierte en un asunto privado: es el diálogo
entre la conciencia de cada hombre y la divinidad. El
absoluto se retira de la historia. En los Estados Unidos
el Estado profesa una vaga moralidad, herencia
del cristianismo reformista y de esa versión del deísmo
de la Ilustración que legaron los Padres fundadores.
El poder es tolerante y neutral ante todas las
iglesias y las sectas. El fenómeno, con variantes, se
repitió en Europa y ahora en más de la mitad del
mundo. El cambio consistió en la inversión de la posición
de las dos esferas que componen a la sociedad:
la pública y la privada. La democracia griega había
conquistado para el ciudadano el derecho de participar
en la vida pública. La democracia moderna invierte
la relación: el Estado pierde el derecho de intervenir
en la vida privada de los ciudadanos. El
valor central, el eje de la vida social, ya no es la gloria
de la polis, la justicia o cualquier otro valor metahistórico
sino la vida privada, el bienestar de los
ciudadanos y sus familias. Los valores absolutos, imbricados
en la esfera pública, se desvanecen y emigran
hacia la vida privada; a su vez, los individuos y
los grupos postulan sus ideas, sus intereses o sus valores
como públicos. Todos ellos, por naturaleza misma,
son temporales y relativos: la sociedad los adopta
por una temporada y después los desecha.
La pluralidad de valores y su carácter temporal y
relativo nos somete a tensiones contradictorias difícilmente
soportables. Hay una pregunta que todos
nos hacemos al nacer y que no cesamos de repetirnos
a lo largo de nuestras vidas: ¿por qué y para qué vine
al mundo, cuál es el sentido de mi presencia en la
tierra? La democracia moderna no puede responder a
esta pregunta, que es la central. O lo que es igual:
ofrece muchas respuestas. Dos principios complementarios
rigen a nuestras sociedades: la neutralidad
del Estado en materia de religión y de filosofía, su
respeto a todas las opiniones; y en el otro extremo, la
libertad de cada uno para escoger este o aquel código
moral, religioso o filosófico. La democracia moderna
resuelve la contradicción entre la libertad individual
y la voluntad de la mayoría mediante el recurso al relativismo
de los valores y el respeto al pluralismo de
las opiniones. La democracia ateniense resolvió la
misma contradicción en términos radical y simétricamente
opuestos. Sócrates fue víctima de esa contradicción
pero hoy Sócrates no sería procesado: lo
invitarían a participar en un debate de televisión.
Nuestro relativismo es racional o, más bien, razonable.
Asegura la coexistencia de los dos principios, el
de gobierno de los representantes de la mayoría y el
de la libertad de los individuos y de los grupos; al
mismo tiempo, le retira al hombre algo que, desde su
aparición sobre la tierra, desde las primeras bandas
del paleolítico, ha sido consubstancial con su ser: el
sentirse y saberse parte de un grupo con creencias,
tradiciones y esperanzas comunes. El hombre se ha
sentido siempre inmerso en una realidad más vasta
que es, simultáneamente, su cuna y su tumba. El anacoreta
solitario es una ficción filosófica o novelesca.
Cada hombre es sed de totalidad y hambre de comunión.
Por lo primero, busca el sentido de su existencia,
es decir, ese eslabón que lo enlaza al mundo y
lo hace participar en el tiempo y su movimiento; por
lo segundo, busca reunirse con esa realidad entrañable
de la que fue arrancado al nacer. Estamos suspendidos
entre soledad y fraternidad. Cada uno de nuestros
actos es una tentativa por romper nuestra
orfandad original y restaurar, así sea precariamente,
nuestra unión con el mundo y con los otros. La democracia
moderna nos defiende de las exigencias
exorbitantes y crueles del antiguo Estado, mitad Providencia
y mitad Moloc. Nos da libertad y, con ella,
responsabilidad. Pero esa libertad, si no se resuelve
en el reconocimiento de los otros, si no los incluye,
es una libertad negativa: nos encierra en nosotros
mismos. Cruel dilema: la libertad sin fraternidad es
petrificación; la democracia sin libertad es tiranía.
Contradicción fatal, en el doble sentido de la palabra:
es necesaria y es funesta. Sin ella, no seríamos libres
ni alcanzaríamos la única dignidad a que podemos
aspirar: la de ser responsables de nuestros actos;
con ella, caemos en un abismo sin fin: el de nosotros
mismos. Esto último es lo que ocurre en las modernas
sociedades liberales: la comunidad se fractura y la totalidad
se vuelve dispersión. A su vez, la escisión de
la sociedad se repite en los individuos: cada uno
está dividido, cada uno es fragmento y cada fragmento
gira sin dirección y choca con los otros fragmentos.
Al multiplicarse, la escisión engendra la uniformidad:
el individualismo moderno es gregario.
Extraña unanimidad hecha de la exasperación del yo
y de la negación de los otros.
El ocaso de los antiguos absolutos religiosos no hizo
desaparecer las necesidades psíquicas que satisfacían.
Además, en momentos de crisis, disensiones internas
y amenazas del exterior, las sociedades y sus dirigentes
buscan la unanimidad. Tal era la situación de
Francia durante el período revolucionario. Al fin del
Antiguo Régimen había sucedido la gran y mortífera
querella entre las facciones y el peligro de la intervención
extranjera. La dictadura jacobina surgió como
un recurso severo contra estos peligros. Las medi-
das de los revolucionarios jacobinos estaban dictadas,
en parte, por las necesidades estratégicas del momento
pero, sobre todo, expresaban las obsesiones
ideológicas de los dirigentes y correspondían a esa
sed de totalidad y unanimidad a que he aludido. Las
viejas certidumbres monárquicas y religiosas habían
dejado un hueco que había que llenar con nuevas
mitologias: el culto a la Razón, al Ser Supremo o a la
Patria. Abstracciones pero abstracciones sedientas
de sangre.
La fuente de la política jacobina fue, muy probablemente,
el pensamiento de Rousseau. En primer
término, su idea de “la voluntad general”, que no es
la suma de las voluntades e intereses particulares sino
la expresión de los intereses generales de la sociedad.
Concepto nebuloso y que tal vez no resiste a la
crítica racional pero concepto que enciende la imaginación
y satisface nuestra sed de totalidad. La voluntad
general es la sociedad, ya purificada de sus vicios
actuales y en el seno de la cual los hombres han
superado la contradicción entre sus aspiraciones individuales
y sus deberes colectivos. La voluntad general
es la ley y esa ley, absoluta e infalible, es la expresión
de la única soberanía verdadera: la del
pueblo. El pueblo es rey y, como verdadero rey, no
tolera opiniones contrarias a las suyas. Para fortificar
la cohesión de la voluntad general, el Estado debe tener
una religión. No una religión conocida sino la
religión civil, hecha de pocos y claros mandamientos.
La religión civil está fundada en la virtud de los
ciudadanos, en un sentido de la palabra virtud que recuerda,
por una parte, a Maquiavelo y, por otra, a la
antigua piedad grecorromana. El Estado tiene el derecho
-y más: el deber- de castigar con el ostracismo
e incluso con la muerte a los impíos que violen esos
mandamientos. No es todavía el totalitarismo moderno
pero es su anuncio, aunque envuelto en profundas
iluminaciones y en vagos, generosos sentimientos.
Estas ideas, resumidas groso-modo, fueron el
germen de la religión revolucionaria.
En la edad moderna cambia la vieja relación entre
religión y política: en la Conquista de América,
la política vive en función de la religión, es un instrumento
de la idea religiosa; en la Revolución Francesa
la política se transforma en religión. Más exactamente:
la Revolución confisca el sentimiento de lo
sagrado. La religión revolucionaria no fue sino la religión
civil de Rousseau, convertida en pasión y
cuerpo político. Su Cristo fue un ente mitad abstracto
y mitad real: el Pueblo. (Más tarde sería el Proletariado).
El pueblo fue la humanidad pero también
fue la nación. Ahora bien, como religión, a la Revolución
le faltan muchas cosas y, entre ellas, la principal:
la trascendencia. O sea: la flecha del sentido sobrenatural
que atraviesa el aquí y se clava en el allá .
2 2 VUELTA 2 6 1 AGOSTO DE 1998
Aún así, la Revolución satisface, al menos temporalmente,
la sed de totalidad y el hambre de fraternidad
que padecemos. Nos une al todo que es el pueblo, la
clase o el partido.
Una y otra vez, con apasionada insistencia, Robespierre
y Saint-Just aluden a la virtud como a la
fuerza que une a las conciencias dispersas. Para ellos
virtud era: abnegación, don de cada uno a la causa
común. Subrayo que la causa, para serlo realmente,
debe ser común. La causa es una emanación de la voluntad
general: la soberanía popular encarnada en
una milicia. Los jefes revolucionarios son los guardianes
de la voluntad general, sus intérpretes y sus
ejecutores. Como la virtud corre siempre el riesgo de
pervertirse, es decir, de separarse del cuerpo común,
el complemento natural y necesario de la religión revolucionaria
es el Terror. La Fiesta del Ser Supremo y
la Guillotina son las dos caras de la Revolución y
ambas tienen funciones ideológicas semejantes.
Francois Furet ha mostrado que la instauración del
Terror no obedeció predominantemente a razones de
orden estratégico; los períodos de mayor represión
fueron inmediatamente posteriores a las victorias de
la República jacobina contra sus enemigos externos
e internos. El Terror no fue solamente una medida
política de represión sino una ceremonia religiosa de
expiación. Fue parte, dice el mismo historiador, de
un proyecto de regeneración: “por el Terror, la Revolución
crea un hombre nuevo”:* El soberano, el pueblo
rey, a través de sus jefes e intérpretes, volvió a
ejercer sus poderes de vida y de muerte.
Los movimientos revolucionarios del siglo XIX y
del XX heredaron la tonalidad y las ambiciones religiosas
de la gran Revolución. Entre todos ellos, el
marxismo alcanzó una dimensión internacional y logró
fundar Estados poderosos en dos grandes países:
Rusia y China. La gran paradoja es que en las dos revoluciones
la intervención del proletariado fue más
bien marginal. La realidad irregular violó abiertamente
la geometría del sistema: para el marxismo el
sujeto de la historia en este período mundial era el
proletariado. Como antes el “pueblo” de 1793, la palabra
proletariado ha designado en nuestro siglo no
tanto a una categoría social como a un mito: Cristo y
Prometeo, el mártir y el héroe filantrópico fundidos
en una sola figura redentora. Sin embargo, no en todas
las corrientes nacidas del marxismo aparece la aspiración
metahistórica. Una de ellas, a través de la
Segunda Internacional, pudo insertarse en las sociedades
democráticas europeas y debemos a su acción
buena parte de la conquistas obreras. Pero, al abandonar
el mito revolucionario, perdió su poder de se-
* Francois Furet y Mona Ozouf: Dictionaire Critique de la Révolution
Francaise. París, 1988.
ducción, especialmente entre los intelectuales. Una
rama de la social-democracia rusa, la bolchevique,
recogió la otra mitad de la herencia. A la caída del
zarismo asaltó el poder, aniquiló a los otros partidos,
consolidó su dominación en el Imperio ruso, la extensión
a otros países y se convirtió en una opción
revolucionaria mundial.
En Rusia la teoría de la voluntad general volvió a
ser el fundamento de la dictadura de los jefes, aunque
en una forma menos abstrusa y convertida en una regla
procesal: el “centralismo democrático” de Lenin.
Fue el descenso de una discutible idea filosófica a un
recurso para acallar a los disidentes. Ni el pueblo ni
el proletariado ni el partido encarnan a la voluntad
general sino el Comité Central. En la versión marxista-
leninista de la Revolución aparece, además, un
elemento que no previó Rousseau y que fue la gran
aportación de Hegel interpretado por Marx: la historia
tiene una dirección predeterminada. Así, en el
bolchevismo se unieron los dos extremos de los antiguos
absolutismos religiosos: la creación de un hombre
nuevo y el sentido de la historia, la Redención y
la Providencia. Nuestro siglo ha presenciado, con
una mezcla de admiración y de impotencia, el impetuoso
nacimiento del mito revolucionario, la desecación
de la doctrina vuelta catecismo, la congelación
del terror convertido en rutinaria administración de
la muerte y, en fin, la petrificación del sistema hasta
su final pulverización. La dictadura jacobina duró
dos años; la dictadura comunista más de setenta y
causó no miles sino millones de muertos. Sí, la historia
se repite pero la segunda vez no como farsa sino
como pesadilla inmensa y abrumadoramente real.
No puedo ocuparme de las causas del desmoronamiento
del comunismo. Me limitaré a observar que
lo determinante no fue la presión externa sino las
contradicciones internas; no hubo ninguna gran derrota
diplomática, ningún Waterloo que provocase la
caída del régimen. Durante su larga y costosa rivalidad
con la Unión Soviética, las democracias liberales
capitalistas prefirieron siempre, en lugar de la
franca confrontación, la política llamada de contención.
¿Sabiduría política o imposibilidad de movilizar
a una opinión pública semiadormecida por la abundancia
y la prosperidad? Tal vez ambas cosas: sentido
común y realismo de corto alcance. El hecho es que
no fue la acción del exterior sino la situación interna
la que precipitó el derrumbe.
Si la caída fue asombrosa, los efectos no lo fueron.*
Era la carrera hacia la democracia y el mercado
libre; era natural también la resurrección de los nacionalismos
y el renacimiento del fervor religioso. La
* Me refiero a los inmediatos no a los lejanos, que son impredecibles.
desaparición del comunismo enfrenta a Europa no
con sus fantasmas sino con el despertar de realidades
dormidas. Pero hay despertares terribles. La recrudescencia
de las querellas nacionalistas, como en Yugoeslavia,
sería el preludio de la guerra civil, la anarquía
y, tal vez, la desintegración. Esos trastornos
romperían el precario equilibrio mundial. No menos
grave es la contradicción insalvable entre el sistema
democrático, la economía de mercado y las formas
arcaicas del nacionalismo y del sentimiento religioso.
La democracia moderna está fundada en la pluralidad
y el relativismo mientras que el nacionalismo y
el fanatismo religioso son fraternidades cerradas, unidas
por el odio a lo extranjero y el culto a un absoluto
tribal. La modernidad es, a un tiempo, indulgente
y rigurosa: tolera toda clase de ideas, temperamentos
y aún vicios pero exige tolerancia. Es lo contrario de
una fraternidad. En esto reside su inmensa novedad
histórica y su enorme falta, en el doble sentido de
imperfección y de carencia.
A las democracias modernas les falta el otro, los
otros. No es necesario hacer, otra vez, la descripción
de la división de las sociedades contemporáneas,
unas ricas y otras pobres y aún miserables. En el interior
de cada sociedad se repite la desigualdad. Y en
cada individuo aparece la escisión psíquica. Estamos
separados de los otros y de nosotros mismos por invisibles
paredes de egoísmo, miedo e indiferencia. Aludí
antes a la uniformidad y al gregarismo de nuestras
sociedades. A medida que se eleva el nivel material
de la vida, desciende el nivel de la verdadera vida. La
gente vive más años pero sus vidas son más vacías,
sus pasiones más débiles y sus vicios más fuertes. La
marca del conformismo es la sonrisa impersonal que
sella todos los rostros. La publicidad y los medios de
comunicación crean por temporadas este o aquel
consenso en torno a esta o aquella idea, persona o
producto. Pero la publicidad no postula valor alguno;
es una función comercial y reduce todos los valores a
número y utilidad. Ante cada cosa, idea o persona, se
pregunta: ¿sirve?, ¿cuánto vale? El hedonismo fue, en
la antigüedad, una filosofía; hoy es una técnica comercial.
Ninguna civilización había utilizado la belleza
de unos senos de mujer o la flexibilidad de los
músculos de un atleta para anunciar una bebida o
unos trapos. El sexo convertido en agente de ventas:
doble corrupción del cuerpo y del espíritu.
El mercado libre tiene dos enemigos: el monopolio
estatal y el privado. Este último tiende a crecer y
a reproducirse en nuestras sociedades. Aunque su
influencia se extiende a todos los dominios de la vida
contemporánea, de la economía a la política, sus
efectos son particularmente perversos en las conciencias.
La democracia está fundada en la pluralidad
de opiniones; a su vez, esa pluralidad depende
A GOSTO DE 1998 V UELTA 261 2 3
de la pluralidad de valores. La publicidad destruye la
pluralidad no sólo porque hace intercambiables a
los valores sino porque les aplica a todos el común
denominador del precio. En esta desvalorización
universal consiste, esencialmente, el complaciente
nihilismo de las sociedades contemporáneas. Banal
nihilismo de la publicidad: exactamente lo contrario
de lo que temía Dostoiewski. Decir que todo está
permitido porque Dios no existe, es una afirmación
trágica, desesperada; reducir todos los valores a
un signo de compra-venta es una degradación. Los
medios tratan a las ideas, a las opiniones y a las personas
como noticias y a éstas como productos comerciales.
Nada menos democrático y nada más infiel
al proyecto original del liberalismo que la
ovejuna igualdad de gustos, aficiones, antipatías,
ideas y prejuicios de las masas contemporáneas.
Nuestras abuelas repetían interminables ave-marías;
nuestras hijas, slogans comerciales. El mundo
moderno comenzó cuando el individuo se separó de
su casa, su familia y su fe para lanzarse a la aventura,
en busca de otras tierras o de sí mismo: hoy se acaba
en un conformismo universal.
La democracia moderna no está amenazada por
ningún enemigo externo sino por sus males íntimos.
Venció al comunismo pero no ha podido vencerse a sí
misma. Sus males son el resultado de la contradicción
que la habita desde su nacimiento: la oposición entre
la libertad y la fraternidad. A esta dualidad en el dominio
social corresponde, en la esfera de las ideas y las
creencias, la oposición entre lo relativo y lo absoluto.
Desde el comienzo de la modernidad esta cuestión ha
desvelado a nuestros filósofos y pensadores; también a
nuestros poetas y novelistas. La literatura moderna no
es sino la inmensa crónica de la historia de la escisión
de los hombres: su caída en el espejo de la identidad o
en el despeñadero de la pluralidad. ¿Qué nos pueden
ofrecer hoy el arte y la literatura? No un remedio ni
una receta sino una herencia por rescatar, un camino
abandonado que debemos volver a caminar. El arte y
la literatura del pasado inmediato fueron rebeldes; debemos
recobrar la capacidad de decir no, reanudar la
crítica de nuestras sociedades satisfechas y adormecidas,
despertar a las conciencias anestesiadas por la publicidad.
Los poetas, los novelistas y los pensadores no
son profetas ni conocen la figura del porvenir pero
muchos de ellos han descendido al fondo del hombre.
Allí , en ese fondo, está el secreto de la resurrección.
Hay que desenterrarlo.
México, 16 de Octubre de 1991.
[VUELTAN~M. 184,1992]
by juancho | Nov 5, 2010 | Adonis, Cultural |
DIJO Y DIJERON DE ÉL
SE DICE DE ADONIS:
UN POETA EN EL MUNDO DE HOY
CLARA JANÉS EL NOMBRE DE ADONIS, LA METAMORFOSIS DEL POETA
Dice que lo ignorado robó su corazón y su corazón se transforma en una puerta, y sus venas en galerías donde acude una savia que fluye del pozo del enigma: puntos de luz que escapan de las cenizas, destellos de agua, gotas, espejos que se multiplican y penetran fecundando de imágenes como filamentos sutiles, sus cabellos que se esparcen en el horizonte.
Dice que el camino no tiene principio, mas su andadura recorre el día y la noche, y la noche, y mas allá, para beber el agua negra que enciende el poema -un murmullo, unas palabras-, pero no deja ver sus ojos. Cruza el círculo abisal, los arcos del alcance inalcanzable. Respira, llena de aire sus cauces, llena de semillas el aire, llena de brotes el azul, la expectativa del árbol que todavía no es blanco para la eternidad.
Dice que un rayo le mostró el camino. Y sucedió en su propio interior, y así fue fuego y abandonó la condición de piedra. El muro de piedra se incendió. Poderoso, se desmoronó. Y emergió en los limos y llenó la arcilla de resplandor. Y con él prendió el primer paso de la danza. He aquí la danza de la vida en los marjales. He aquí la danza en las copas de los árboles. He aquí la ascensión de la energía que se desplaza en condensaciones.
Dice que llenó sus cánticos de hachas, pues pugna es la de la luz por ocupar el puesto de la sombra en el aire; pugna es la de la lluvia por desprenderse de la nube hasta alcanzar el no ser para ser con la tierra; pugna la del ardor de la semilla por estallar en la rosa.
Todos los campos se llenan de rosas silvestres, todos los ríos de las palabras no pronunciadas, todas las rocas del vuelo de los halcones y del rielar de los astros. La estrella muerta resucita en la sangre y desde esta en la tierra que germina.
Dice que se disfrazó de Naturaleza pues es un disfraz cuanto acontece: la carne para los huesos, la vida para la muerte, la muerte para la vida…
Todos los colores huyen del negro, debatiéndose hacia las constelaciones, todos los silencios huyen de la alberca de lo ignoto paciente y desbordado. Y el vacío se llena ya de vibraciones.
Dice que muere y el aire son bodas y amapolas. Y la muerte es un anillo sin fin, su oro el sol que funde los glaciares, que enciende la visión en el desierto y sin cesar nos alimenta.
Y dice que reverdece como el tiempo, y que de nuestro rostro hemos hecho el hermano de la hierba.
(en Adonis: un poète dans le monde d’aujourd’hui, 1950-2000, Paris Institut du monde arabe, 2000)
«A quienes de entre nosotros proceden de universos culturales híbridos y que, como Adonis, están a caballo de Oriente y Occidente, las palabras del autor les hablan con mayor elocuencia. Nos reconocemos en ese alma que busca y sondea sin compasión en la agitación de la nuestra. (…)
»Adonis, echando por tierra las convenciones lingüísticas, al adoptar el verso libre y crear un nuevo idioma poético, ha buscado subvertir lo convencional, lo seguro, lo esperado. La literatura y el pensamiento árabes con ello han ganado en riqueza y emoción».
Asma Afsaruddin, «Adonis, el inevitable», Adonis. Un poeta en el mundo de hoy, París, IMA, 2000
«Desde mi punto de vista, Adonis no es un poeta entre los verdaderos poetas, que de todas las maneras son escasos; es uno de los más importantes. Y ello por dos razones al menos, o quizá tres. Es poeta y pensador teórico al mismo tiempo. Es un poeta innovador y audaz. Y es también y sobre todo un poeta inspirado que ha suscitado al mismo tiempo la inspiración».
Edouard al-Kharrat, «El poeta y el amigo», Adonis. Un poeta en el mundo de hoy, París, IMA, 2000
«Su aporte ha sido el más rico, el más profundo y el más diversificado en pensamiento, creatividad y restitución de la parte más universal de la herencia cultural. (…)
»Como otros, no dudo en afirmar que Adonis ha ejercido una influencia, del mismo modo que él ha sido influenciado por corrientes, tendencias, diversas y antagónicas en su más alto grado. Pero ha logrado fusionar todos esos elementos en un molde creado por él».
Sayf al-Rahabi, «Hombre de visión, poeta de lo vivido», Adonis. Un poeta en el mundo de hoy, París, IMA, 2000
«Que es un poeta de gran envergadura, un visionario y un creador de una profunda originalidad se me hizo evidente desde mi primera lectura de sus poemas. Pero para mí fue un verdadero encantamiento cuando tuve la ocasión de escucharlo recitar su poesía en su propia lengua. Cuando recita, el paisaje de su cara, de su mirada, cambia, las señales de un mundo desconocido se van haciendo cada vez más presentes, me di cuenta de ello en aquella primera ocasión y muchas otras veces después».
Lokenath Bhattacharya, «Un baile inesperado», Adonis. Un poeta en el mundo de hoy, París, IMA, 2000
«(…)Bianca Maria Fabotta evoca así su primer encuentro con Adonis: “(…) aunque su biografía hace de él un gran poeta cosmopolita, se percibe en ella con gran intensidad la presencia de otro mundo. Es un poeta que se sitúa más allá de la modernidad. Su poesía es muy aérea, sin angustias incluso cuando es fúnebre. Tal vez sea una profecía del futuro que seguirá a la modernidad. O tal vez contenga elementos del pasado, ese quid enigmático y abierto al porvenir al mismo tiempo(…)”».
Francesca María Corrao, «El viaje de Adonis a Italia», Adonis. Un poeta en el mundo de hoy, París, IMA, 2000
«Su arte recuerda la pintura de Picasso. Lo que Picasso expresa con la magia de los colores, Adonis los expresa con la fuerza de las palabras. Su poesía es semejante al cubismo. Es una verdadera síntesis entre el Este y el Oeste, entre las culturas oriental y occidental, una síntesis entre las leyendas del mundo oriental y las grandes formas artísticas del mundo occidental, sobre todo de la poesía francesa».
Pascal Gilevski, «Adonis en Macedonia», Adonis. Un poeta en el mundo de hoy, París, IMA, 2000
ADONIS DIJO:
[Los orígenes] «La tierra no se reduce para mí al territorio de la infancia. Doy a la tierra una dimensión casi metafísica: es a la vez el reino último del hombre y su primer espacio.
»Nacer, conocer y morir: la tierra acoge y suscita las grandes etapas de nuestra vida. (…)
[La identidad] »Al cambiar un nombre muy musulmán -Ali- por otro sin relación con el islam -Adonis-, asumía y reivindicaba una trayectoria hacia lo universal. Al firmar así, salía de una tradición petrificada y accedía a una libertad más amplia. (…).
[La herencia] »Reivindico toda la herencia mediterránea, pero además formo parte integrante de la cultura universal, de Oriente hasta Occidente. La única especificidad que me reconozco es mi lengua y mi subjetividad. Pero, por medio de ellas, trato de abrirme a lo universal.
[La renovación] »La forma poética es siempre un reflejo de la vida y de la cultura de una época. A la renovación de la poesía no le bastan las nuevas ideas, necesita que la forma que las expresa sea también nueva. (…) Ser moderno es aceptar el diálogo con el otro. (…)
[La soledad] »(…) Me sentiría ofendido si ciertas personas hablasen bien de mí. Me enorgullece que ningún gobierno árabe me haya invitado oficialmente. Mantenerse a distancia permite contemplar el movimiento de la sociedad árabe en su conjunto al margen de todo camuflaje ideológico. Pero yo me siento profundamente ligado a las aspiraciones populares.
[La historia] »En el fondo, no tengo ninguna confianza en la historia. No es más que un cúmulo de mentiras. Del pasado, retengo sobre todo el movimiento de creación artística, pero, en nuestra sociedad, hasta eso ha sido rechazado. La historia no es sino el catálogo de las diferentes opresiones. Yo me estoy con los hombres que sufren. Mi historia es un continuo replanteamiento de la historia».
Fragmentos de una entrevista con André Velter, Le Monde, 30/11/1984
«La poesía es el poema, la lengua y aquello que va más allá de la lengua. Es como un árbol que está enraizado en un lugar y sin embargo las ramas están abiertas por todo el espacio y por todos lados. La poesía es así; aunque yo como poeta árabe estoy enraizado en mi lengua, mi poesía está abierta a todos los seres humanos y a todos los continentes, y, en ese sentido, yo me siento universal a la vez que totalmente árabe. (…)
»No hay poesía verdaderamente importante sin pensamiento. (…) lo que marca la diferencia entre la filosofía y la poesía, el pensamiento y la ciencia, es la forma de expresión. En la poesía es necesario expresarse en imágenes y en relación con las imágenes. Es la metáfora la que transforma. La expresión poética. La poesía puede decirlo todo. (…) Encuentro que la poesía es mucho más amplia que todas las disciplinas del pensamiento.
Fragmentos de una entrevista con José Méndez, Residencia, noviembre-diciembre 1997
«”Estoy en un proyecto poético titulado Al Kitâb* que será el libro de poesía más importante desde la Divina Comedia”. No pude contener la risa: “Estupenda exageración, ¿no?”. Gesto de la mano, acompañado de un ligero movimiento de cabeza: el poeta asumía lo dicho. Notó que sus compañeros de mesa, Kamal, Saida y yo, lo mirábamos estupefactos. Prosiguió: “Sí, estoy redactando el primer volumen. Se trata de un manuscrito de al-Mutanabi que edito yo. Tendrá dos volúmenes más, después dejaré de escribir poesía”. Dijo estas palabras con sencillez y seguridad, como si el proyecto estuviera íntegramente grabado en su pensamiento; después guardó silencio, dando a entender que todo estaba dicho».
José Miguel Porta Vílchez, en Adonis. Un poeta en el mundo de hoy , París, IMA, 2000
by juancho | Nov 5, 2010 | Cultural, Octavio Paz |
Paz, es el poeta de las nupcias: en sus textos líricos copulan el cielo y la tierra, el hombre y la mujer, los animales, los astros, las plantas, las palabras, y copulan alegre y satisfactoriamente. A través del amor y el erotismo, Paz descubre y puebla un mundo en el que el hombre y la mujer luchan, se despedazan y surgen nuevamente de sus cenizas.
En 1990 obtuvo el Premio Nobel de Literatura como reconocimiento por su obra. Entre sus libros más destacados, se encuentran «El Laberinto de la Soledad», «El Arco y la Lira», «Águila o Sol» y «Libertad bajo Palabra». Es uno de los grandes poetas hispanos de todos los tiempos
Ensayista y poeta mexicano. Es uno de los grandes poetas hispanos de todos los tiempos. Escritor fecundo. Su obra abarca varios géneros, entre los que sobresalen textos poéticos, el ensayo y traducciones. Colaboró activa y constantemente en el impulso de la cultura a través de la fundación y participación en innumerables revistas, como Taller, Plural y Vuelta. También fungió de profesor, conferencista, periodista y diplomático.
No cabe duda que, a través de los años, Paz fue una personalidad polémica. Desde muy temprano dejó las formas poéticas tradicionales para lanzarse a la modernidad. Su obra poética pretende “liberar a la palabra de reglas o propósitos utilitarios” para devolverle su esencia mágica, haciendo uso casi exclusivo del pensamiento y de una rima interna y sutil, algunas veces difícil de captar.
En cuanto a sus ensayos, nos encontramos ante una variedad impresionante de temas, sobresaliendo los de asunto antropológico, en particular en lo referente al mexicano, como lo atestigua su obra clásica El laberinto de la soledad. Pero también abundan, especialmente en su poesía, los temas del amor, del erotismo, de la poesía, de lo religioso y de la metafísica del ser.
Recibió varios premios literarios, como el del Príncipe de Asturias, el Premio Cervantes y el de Tocqueville. Pero el mayor de todos fue el Premio Nobel, en 1990, otorgado como reconocimiento universal a su obra. Fue el primer escritor mexicano en recibirlo, y uno entre los varios concedidos a los autores de la literatura hispánica.
“IMAGEN INTELECTUAL DE OCTAVIO PAZ”
Una de las caras de la condición humana es ser viviente, la otra, ser mortal. Entre la vida y la muerte transcurre el tiempo de cada hombre; el de Octavio Paz ha sido largo, denso y fructífero. En el primer aniversario de su muerte le recordamos como un gran poeta por encima de cualquier otra consideración, cuya misión consistió en indagar en los mecanismos del mundo sin reproducirlos ni extasiarse ante ellos y revelarlos, pero redimiéndolos y transformándolos.
El poeta rechaza al mundo tal como es, no pretende confirmar una verdad revelada, como el creyente, ni fundirse a una realidad trascendente, como el místico; ni demostrar una teoría como el ideólogo (Paz, 1950: 150). El poema es el espacio donde el poeta indaga hasta descubrir que otros mundos son posibles. “Escribo sobre lo que he vivido y vivo. Vivir es también pensar y, a veces, atravesar esa frontera en la que sentir y pensar se funden: la poesía” (Paz, 1985: 85).
Sus ensayos no son más que una respuesta a su temperamento reflexivo. No se guardó sus propias reflexiones, las escribió en prosa. Una prosa categórica y castigante, sintética y metafórica, sentenciosa y de lumínica vivacidad lírica. Sus temas son múltiples, todo lo cuestiona: historia, sociología, antropología, lingüística, doctrina poética, relación del lenguaje con la realidad, sentido y significado, signo y símbolo. Pero su preocupación primordial fue la creación poética y por eso se considera básica la meditación sobre el ser humano. “Escribo poesía porque no tengo más remedio, responde a una necesidad interior”. Por tanto la poesía revela la condición humana sin tratar de explicarla. Es a través de su experiencia como manifiesta esa condición. Octavio Paz es un poeta que piensa, no un pensador que escribe poemas.
No resulta, pues, necesaria la distinción entre una forma de escribir u otra, en la obra de Octavio Paz, para realizar algunos apuntes sobre su pensamiento literario. En todo caso, es capaz de dar el salto de lo bien escrito, bien expresado y bien comunicado, a la plenitud del goce estético. Consigue transmitir el misterio de una expresión artística, algo enigmático, fascinante, que no se puede explicar, porque cuando se intenta explicar o razonar un misterio se convierte en un problema. El sentimiento que Paz pretende transmitir es algo que no queda en la misma poesía, algo que la traspasa y es capaz de proporcionar una emoción estética; importa la fascinación de la contemplación.
En el transcurso de su vida, ha sido fiel a dos premisas fundamentales: la conciencia crítica, porque sólo el renacimiento del espíritu crítico puede proporcionar un poco de luz en la oscuridad de la historia presente, y la defensa enérgica de la libertad del hombre, cuyo fin es siempre una reivindicación de los valores esenciales del humanismo, porque el humanismo de Paz es siempre comprometido sin dejar por ello de realizar un riguroso análisis (Paz, 1985: 7). No quiso ni pudo evitar vivir vinculado a un momento histórico y hacerse eco de sus problemas. Fue un hombre que dialogó con su época en serenidad y profundidad. Paz pretendió con su intervención que las palabras permanecieran en libertad llenas de inocencia y confianza, que se recuperara el concepto de persona y que esa persona libre consiguiera una convivencia democrática con su voz y su voto.
Por otra parte su interés por la poesía le induce a escribir una serie de ensayos en donde se plantea cuestiones sobre lo poético y su sentido entre los hombres, a las que responde viéndose como parte del movimiento poético moderno que comienza con el Romanticismo.
Sus experiencias van despertando en él una necesidad de comunicación que irá documentando con sus lecturas personales y sus relaciones y viajes. Es, por tanto, un escritor autodidacto, perfectamente documentado, cuya mente posee una claridad y lucidez asombrosas. Esta consideración es importantísima para entender y valorar su pensamiento literario y, sobre todo, su expresión artística.
Cuando Paz habla de sí mismo en Pasión Crítica confiesa que no es protestante y que sus raíces están en el barroco español, en el romanticismo y en el surrealismo (Paz, 1985: 21) [1] . Parece sentir cierto desdeño por los clásicos, se mira más en Quevedo, Góngora y sor Juana. Dice que Cervantes es el Homero de la sociedad moderna y que no dirige su atención a Roma sino hacia el México antiguo, hacia Fourier, hacia el “ninguna parte” de la India. También dice que su libro consejero, “su hermano mayor”, es el diccionario de Corominas. Le interesan las civilizaciones desaparecidas junto a los libros de viajes y de historia. De la historia pasó a la arqueología y de ahí a la antropología de la mano de Lévi-Strauss que le llevó a la lingüística como otra manera de acercarse a la poesía. La lingüística no puede explicar qué es un poema, pero sí puede decir cómo es, cómo está hecho. Y Paz no supo distinguir entre leer, escribir y vivir. Para él un texto es un tejido de experiencias y visiones, no sólo de palabras (Paz, 1985: 214).
Octavio Paz fue un hombre vital, optimista y valiente; siempre se involucró en su crítica tanto literaria como política. Creyó en la poesía, en la libertad y en el amor. El amor como instante de vida plena, no le pide más. Amor que valora alma y cuerpo sin estar vinculado ni al matrimonio ni a la procreación. Aceptó la muerte asumiendo la evidencia y consideró que la felicidad se puede alcanzar en este mundo siempre de forma momentánea en determinados instantes en los que el hombre es capaz de detener el paso del tiempo. Después, quedan las obras.
El hombre moderno debe descubrir un nuevo espacio sagrado, no religioso, que sea el punto de convergencia entre la libertad, el amor y la poesía. Porque la condición humana vive un drama sin respuesta tras el fracaso del cristianismo, sus mitos y sus ritos. Ese vacío no lo ha podido llenar la política ni el deporte ni la moda ni la publicidad, tampoco la filosofía, la ciencia o el arte. El surrealismo trató de solucionar ese problema (Paz, 1974a).
Junto al surrealismo se puede decir que sus maestros fueron los poetas de su lengua que le precedían inmediatamente. Frente a la concepción lineal del tiempo, exaltó la modernidad, el instante, lo transitorio, lo nuevo. El modernismo es un verdadero comienzo que entronca nuestra cultura con la modernidad frente a la tradición guiada por la mimesis, Paz afirmó la tradición de la ruptura, la tradición de la vanguardia, en donde la idea de cambio es esencial; pero la obra ha de ser única e inimitable. Así pues, se produce un dualismo que enfrenta lo transitorio con lo inmutable, dualismo ya observado en Baudelaire.
Quizá la característica propia de la obra de Paz consista en haber sabido insertar la tradición del pasado en la tradición contemporánea. Ha sido capaz de unir escritura y vida moral, palabra y pensamiento. Importa mucho observar cómo la pluralidad de direcciones tiene que ver con su vida y cómo sus experiencias forman parte de su biografía literaria. Por eso es muy difícil deslindar influencias, todo está entrelazado. “La poesía moderna me descubrió la vitalidad y la actualidad del pensamiento mítico, los mitos me llevaron a la antropología, la antropología me aclaró algunos aspectos de la civilización de la India, la India me hizo pensar en el México antiguo y en su destino contemporáneo”. Su originalidad radica en su especial capacidad para transmitir un sentimiento artístico que sobrepasa los aspectos meramente formales de sus obras y en su peculiar modo de conectar con lo más íntimo del ser humano.
Sus años de la India resultaron de profunda meditación sobre la concepción del mundo, la vida y el arte. La India no entró en Paz por la cabeza sino por los ojos, los oídos y otros sentidos. Su educación india no fue meramente libresca, fue, además, sentimental, artística y espiritual. Por eso su influencia quedó reflejada no sólo en sus escritos sino en su propia vida (Paz: 1995: 30). La India es una gigantesca caldera y aquél que cae en ella no sale nunca. Y Paz cayó en ella y nunca salió del todo.
Sin embargo es evidente que Paz es un escritor occidental, y no puede dejar de serlo, sean cuales sean las vicisitudes de su experiencia. Por ello la conclusión es que la poesía de Octavio Paz significa un gran puente tendido entre Oriente y Occidente.
Se empapó de estructuralismo, aunque su influencia fue superficial, ahondó en las filosofías de la China, el pensamiento y la poesía del Japón, el budismo clásico y el tantra, en base a lo cual comparó Occidente con Oriente, dejó atrás el surrealismo, se apartó del existencialismo y compuso una síntesis ontológica en su pensar y de arte combinatoria en su poética, como un acercamiento de la realidad, que será una revalorización de la naturaleza y una interacción del ser con el cosmos, en busca de una fraternidad humana y de una unidad de hombre y mundo, y de los hombres entre sí, ambas cosas negadas por la filosofía de la Europa moderna, dualista y antitética.
El escritor mejicano se interesó por la filosofía porque quiso encontrar una sabiduría como la que encontraron en la antigüedad los estoicos, pero no ha intentado nunca una explicación filosófica de la poesía, sólo ha reflexionado sobre lo que la poesía dice y cómo lo dice. Interesante resulta su valoración del silencio. Al acabar el discurso filosófico, comienza el poético y, al terminar el poético, puede oírse el silencio. Así, el silencio dice algo que las palabras no pueden expresar.
Dentro de esta rápida y esquemática imagen intelectual de Octavio Paz, me voy a detener un poco en la influencia de Heidegger por tratarse de un tema importante y menos estudiado que otros [2] . El escritor mexicano partió de Heidegger para considerar a la poesía como una visión reveladora del ser al realizarse en el abismo del tiempo. A pesar del alto poder reflexivo que se observa en la obra de Octavio Paz, no se puede decir que sea un poeta filosófico, aunque su poesía es realmente inteligente y de ella se deduce una visión del mundo. En El arco y la lira comenta (Paz, 1956a): “Me interesó la ontología de Heidegger como un fundamento -o más exactamente- como un punto de partida para la elaboración de una poética. No una estética ni una filosofía de la poesía; más bien, una visión de la poesía como revelación del ser al desplegarse en la temporalidad del lenguaje. La imagen poética es la instantánea aparición del ser; una aparición que es también una desaparición: el tiempo se abre y ese hueco es el lugar de la aparición/desaparición…”
En primer lugar hay que observar que todo querer y desear tiene su raíz y fundamento en el ser mismo del hombre, que es ya y desde que nace un querer ser, una avidez permanente de ser [3] (Paz, 1967a: 128). Pero el ser no puede apoyarse en nada, porque la nada es su fundamento. En consecuencia, no le queda más recurso que asirse a sí mismo, crearse a cada instante (Paz, 1974a: 74-75). Se trata de comprender el ser en sí mismo, en lugar de realizarlo en sus infinitas manifestaciones. Nuestro ser consiste sólo en una posibilidad de ser (Paz, 1979a: 85). Esta idea visionaria ha recorrido toda la obra de Octavio Paz.
En segundo lugar es importante observar que Heidegger manifiesta una cierta obsesión monista, una tendencia a lo uno (la existencia se denomina “una” aunque no se convierta en problema la comunicación de las existencias) que Paz resuelve abriéndose a la otredad. El ser es, para Octavio Paz, de manera radical, otredad (Paz, 1956a: 216). La conciencia de sí mismo como carencia y la salida hacia lo extraño y entrañable es una relación que dinamiza y amplía el escritor mexicano enriqueciendo su concepción y su obra. El motor de ese movimiento es el deseo, un sentimiento impulsor que proyecta al hombre continuamente fuera de sí (Paz, 1985: 182). El hombre es deseo de ser porque se concibe como carencia de ser, o dicho de otra manera: como un ser que está siendo y por lo tanto ha de perseverar incesantemente en lo que es. Puesto que el ser del hombre no le es dado, y que su ser es tiempo, es transcurrir, cuyo evasivo rostro es la otredad, sólo a través del deseo se constituye. Ser es un querer ser (Paz, 1956a: 181).
En Octavio Paz ese deseo es el eje entre el uno y el mundo, entre la soledad y la comunión (Paz, 1957: 95). El deseo es la forma que adopta nuestro ser y en él se hace patente que “el ser implica el no ser; y a la inversa” (Paz, 1956a: 136). En este sentido, la sugerente lectura de Paz parece reconciliar tácitamente a Heidegger con cierto pensamiento oriental que se opone a la distinción que desde Parménides trata de distinguir drásticamente entre ser y no ser; este pensamiento que estaba en el budismo, pero también en Hegel antes que en Heidegger, va más allá de ese dualismo al afirmar paradójicamente ser y nada, o incluso su identidad: el ser es la nada.
Interesado en la idea del ser desplegándose en el tiempo (Paz, 1967a: 139), el ser como temporalidad, Paz encuentra que la palabra poética es el modo más extremo de esa posibilidad, y afirma en El arco y la lira que la experiencia poética es la revelación de nuestra condición original, es decir: el poder de la poesía consiste precisamente en descubrir aquello que somos a través de un acto de la imaginación. Inventamos al descubrir y al inventar nos descubrimos. La imaginación poética, cuyo estímulo es la querencia de ser, descubre mundos animados por la reversibilidad: el acto de decirlos nos funda. El ser no es un bloque de experiencia ni una esencia latente en nuestra memoria. Heidegger destaca el sentido de toda experiencia y detrás de sus sentidos particulares, la presencia del ser ( Ser y tiempo , 1927). No es que la poesía nos muestre como último extremo de sus posibilidades, nuestra condición, sino que, dado que el ser es algo que se está siendo –no que es y sobre lo cual se apoya nuestra existencia- la poesía es el modo más poderoso de llevar a cabo esa revelación que es una fundación. Si la poesía tiene importancia para el hombre, la tiene porque se trata de una de las vías más altas de su ser. ”La poesía es entrar en el ser” (Paz, 1956a: 113). El deseo, el querer, se puebla de imágenes en las que podemos reconocernos, aunque sólo sea por un momento. El tiempo ostenta un rostro que, inmediatamente, desaparece. Esta visión equivale a una eternidad rodeada de tiempo. Somos posibilidad, y mi posibilidad niega que su logro esté en mí mismo. De ahí la búsqueda de contemporaneidad y el deseo de mundo que vivifica la obra de Paz. Trascender la soledad en comunión (Paz, 1988: 293), el lenguaje en poesía, el extrañamiento en reconocimiento, el monólogo individual, de pueblos o de culturas, en diálogo, el yo en el tú, el tú en la otredad que le otorga el don de ser siempre en otro. “El mundo es relación porque es tiempo que es movimiento que es tránsito que es cambio. Tránsito de una cosa hacia la otra y cambio de una cosa en otra…El ser –un absoluto- se relativiza, se vuelve devenir y se manifiesta en esto y aquello; esto y aquello son relativo, son tiempo, son instantes, pero cada instante es todo el tiempo, cada instante es una totalidad” (del ensayo sobre Jorge Guillén) [4] .
En tercer lugar hay que destacar un aspecto ya señalado por Juan Malpartida a propósito de la herencia de Heidegger mundanizada por Paz. Para el existencialismo la existencia del hombre concreto tiene prioridad en cualquier investigación acerca de su esencia. Heidegger tuvo la originalidad de aplicar el método fenomenológico a la ontología, método fundado sobre un análisis estático del fenómeno de la presencia y que pretende ser más profundo que cualquier otra filosofía dialéctica que realiza formas de presencia. La fenomenología pretende mostrarnos la naturaleza escondida tanto en la conciencia humana como en los fenómenos. La conciencia lo es siempre de algo y ese algo es lo verdaderamente real para nosotros. A Husserl le interesa más el contenido de nuestra conciencia que los objetos del mundo. Heidegger se aparta de su maestro al afirmar que nuestra conciencia proyecta las cosas del mundo y, al mismo tiempo, se encuentra subordinada al mundo debido a la propia naturaleza de su existencia en él (Paz, 1967b: 116-118).
A pesar de ello manifiesta un funcionalismo rígido en el que el hombre aparece solamente como un conglomerado de maneras de ser. Sin embargo la actitud intelectual y espiritual del poeta mexicano muestra que el mundo real de cada día, donde vivimos y morimos, donde el ser y el no ser se engendran mutuamente, está situado entre las personas. El legado de Heidegger a Paz se mundaniza, se llena de mundo, como dice Malpartida, sin perder el desafío ni la radicalidad. Octavio Paz recoge la meditación ontológica de Heidegger para acercarse a la historia, al “entre”, a la mirada ajena, a nuestra relación con la naturaleza, al diálogo del hombre consigo mismo y con los otros. Sus respuestas ante los enigmas del ser son menos filosóficas, pero no menos verdaderas. Nos encontramos en el mundo existiendo sin saber por qué. Nos encontramos sueltos en el mundo, en un tiempo y en un lugar que no hemos escogido pero que es nuestro mundo en la medida en que nuestra conciencia lo proyecta. Ante esta situación a Paz no le preocupa tanto la diferencia entre cómo existe el hombre (que se hace) y el modo de ser de las cosas (que nos son dadas), sino las manifestaciones y comunicaciones de los hombres entre sí. Aunque jamás ha dejado de preguntarse por las realidades últimas, la obra de Paz gravita esencialmente sobre un mundo hecho de relaciones. Su meditación sobre lo poético no pretende ser una ontología. Por ello no le preocupa tanto el ser como el mundo de imágenes que el deseo de ser despliega encarnando poemas, cuadros, música o cualquier otra manifestación artística. El mundo está colocado entre las personas. Todo poema, en última instancia, es una metáfora que tiene que señalar algo más que mero lenguaje. La poesía es forma que se abre, se hace espacio donde la realidad tal cual, brota. La poesía significa tiempo que se manifiesta en el ahora y presencia que reconcilia los tiempos pasado y futuro. Lo que el poeta mexicano incorporó a su visión de la poesía y de la vida son los opuestos reconciliados: ser y nada, plenitud y vacuidad, vida y muerte, resolviendo la angustia del hombre ante la propia existencia y su fin. “Lo otro” está siendo y dejando de ser, y su dejar de ser no es un fracaso sino la característica de nuestra condición. Paz ha incorporado a la muerte vivificándola porque no es ajena a nosotros: somos vida que es muerte, muerte que es vida (Paz, 1957: 171) [5] .
Octavio Paz es un poeta inclasificable, se alimentó de todo aquello que le permitió desorganizar el mundo tal como es, para que reaparezca su asombrosa estructura profunda, aquélla que nos concierne verdaderamente. Buscó la integración y la integridad mediante un cruce de visiones y nuevos caminos (Paz, 1984: 80). Ambas nociones habían sido ignoradas por la religión, la sociología, la política, la economía del capitalismo y del realismo socialista. Partió de asumir una conciencia fundamental de América en lo que tiene de nuevo y viejo mundo, junto a la América anglosajona y en relación con Europa y las milenarias culturas, modos de ser y de vivir, de China, Japón e India. Todo esto supuso un rechazo crítico de las categorías del hombre moderno y de la modernidad y la búsqueda de una salida que incluyese lo tradicional y lo nuevo, lo universal y lo particular. Un diálogo de equilibrio mediante un sistema de relaciones donde lo mutuo sostenga las divergencias. No fue un hombre satisfecho con las soluciones limitadas al problema del ser y del mundo que dieron el racionalismo occidental, el romanticismo, los simbolistas, los surrealistas, el existencialismo y el estructuralismo. Rechazó los que consideró dogmatismos tiránicos: el cristianismo, el marxismo y el nazi-fascismo. Y, en general, cualquier ideología que, en su opinión, imponga una norma tiránica sobre la libertad del individuo y el dominio de la imaginación.
Octavio Paz se apoyó siempre en una vivencia real, se basó en ella, en el acto vital como encarnación de la vida en el arte intentando descubrir la verdad en un alma y un cuerpo, superando la visión parcial del hombre de la metafísica occidental para llegar a la comunión y conjunción del cuerpo/no cuerpo, encontrada en Oriente (Paz, 1969: 61).
Las influencias que Paz recibe se pueden resumir y centrar en cuatro líneas muy claras que nutren toda su obra. En primer lugar las culturas precolombina y española como tradiciones heredadas. En segundo lugar la influencia americana que supone sus raíces y la causa de la radicalización de su postura ideológica en algún momento clave de su vida. En tercer lugar el mundo occidental y la tradición cultural europea. En cuarto y último lugar la influencia oriental como tradición adquirida.
Así pues, el objeto de la filosofía debe ser el conocimiento total del hombre, del mundo y del arte. La poesía es la única vía, para Paz, que entrega la totalidad de nuestro ser en el mundo como una encarnación de una continuidad de instantes en la realidad del lenguaje. Octavio Paz pretende conseguir una situación intelectual que pueda aprovechar fructíferamente el poder creativo. Para ello es necesaria una sociedad penetrada de pensamiento fresco, inteligente y vivo, cuya actividad esté rodeada de un juego libre de pensamiento. La poesía, el arte, será un acto gozoso, de plenitud, un placer. Algo así como un erotismo ontológico, irradiación del ser total, energía positiva que alienta, recrea, trasmuta al hombre y hace posible la existencia en el mundo. Existencia compartida en comunión, no en soledad (Paz, 1983b). Porque el escritor no sólo vive un diálogo consigo mismo, sino con los otros (Paz, 1974a: 50; 1974b: 224). La poesía es, pues, una forma de acercarse a “la otra orilla”, “allí donde pactan los contrarios”, una forma de vencer la soledad, la pobreza del yo encerrada en sí mismo. Y cuando se dice que la literatura es lenguaje, lo será a condición de entender que, cuando se habla de lenguaje, se habla de pluralidad de visiones del mundo.
Paz quiso que su poesía fuera transparente en el sentido en que el lector pueda, mediante su lectura, hacer desaparecer los signos y conseguir el goce estético. La transparencia paradójica es el secreto de la poesía de Paz, la lectura abolida, la desaparición de los signos. Su poesía intenta acceder al otro lado de la realidad, lo que está más allá, y, cuando todo se disipa, queda la transparencia que permite no caer en la locura. Los surrealistas quisieron escribir con el lenguaje de los sueños, de algo más allá de la realidad y quizá Paz en eso disiente de ellos, porque no elude la realidad, no está fuera de ella sino que la usa como punto de apoyo para traspasarla. Quiso conocerla y transformarla. Su eje fue la correspondencia universal y la escritura poética se convierte así en reflejo del universo (Paz, 1974b: 10).
La poesía de Paz está en movimiento, el movimiento es su forma. Esto no supone padecer una sucesión. Se trata de un movimiento estático porque su continua movilidad lo inmoviliza. Es un tiempo vertiginosamente detenido. Tiempo que no sólo no transcurre, sino que niega todo transcurrir (Paz, 1990a: 54).
El tiempo de Octavio Paz es el presente, un presente perpetuo, clave de su obra. Su discurso en Estocolmo se titulaba “La búsqueda del presente” [6] . Esta inquietud ha sido una constante a lo largo de todos sus escritos que no ha sufrido variaciones esenciales como ha ocurrido con otros temas. “El tiempo es una nota constante en todo lo que yo he escrito. Y es que finalmente somos hijos del tiempo, esclavos del tiempo y rebeldes del tiempo”. Y al reflexionar sobre el ahora, no renunciamos al futuro ni olvidamos el pasado sino que el presente es el encuentro de los tres tiempos (Paz, 1990a: 54; 1993a: 161) [7] .
Del mismo modo la mujer es sobre todo su cuerpo, centro de vibraciones y resonancias que inmoviliza al tiempo y lo ahonda en un presente puro. Ese instante significa plenitud del deseo y correspondencia con el mundo. Es lo instantáneo como fijación de un vértigo mediante una fijeza momentánea. Junto a ese instante mágico de la fusión de opuestos, de revelación, comparable al éxtasis de los místicos occidentales y a la fusión amorosa, se plantea el problema de su necesaria disipación por tratarse de un instante. La poesía se dice y se oye, es real y apenas decir que es real, se disipa. Por eso resulta esencial la fijación de un instante en la percepción (Paz, 1974d: 30). Constituye uno de los núcleos motores de toda la obra poética de Paz, la esencia de su poesía. En ese instante la conciencia puede encontrarse a sí misma.
Además, la poesía, al ser crítica del lenguaje, es la forma más virulenta y radical de la crítica de la realidad, aunque tenga su sentido dentro, esto es, no en lo que dicen las palabras, no en algo externo, sino en aquello que se dicen las palabras entre ellas.
Su concepción del mundo y de la vida y su sentido de lo poético, pasan a ser internacionales. Se pierden los pasos, se borran las fronteras, se transfiere de un idioma a otro, se produce el salto a lo universal [8] . El escritor mexicano es un ejemplo de la dualidad americanista/cosmopolitista, afirma su originalidad latinoamericana, su tradición, al mismo tiempo que su ser como parte de una tradición universal. Porque es cosmopolita quien en todas partes se acomoda, sin arraigar en ninguna; es universal el que arraigado y bien arraigado en lo suyo, se interesa en lo que le es ajeno, superando así su localismo. El primero es superficial, el segundo aspira a las profundidades. El universalismo de Paz responde a una concepción del mundo en que partiendo de asimilar y expresar lo propio en profundidad, se comunica a ese nivel con todos los hombres, con el hombre a secas, sea de donde fuere, movido por el deseo de trascender las limitaciones de la superficie [9] . El anhelo de universalidad de Octavio Paz le impulsa a llegar en lo particular, en lo nacional, a la dimensión en que conecta con el fondo humano común. Fue un poeta de mundo con el brillo cosmopolita que estos poseen, sin dejar de ser por ello mexicano e incluso precolombino. Fue un poeta contemporáneo y a la vez tuvo conciencia de pertenecer a su propia generación, no precisamente joven en la actualidad.
Siempre resultó admirable su actitud abierta ante cualquier posibilidad que le ofreciera la técnica actual [10] . Ni su postura crítica frente a los desastres del progreso ni su edad, le impidieron valorar el aspecto positivo de los avances tecnológicos e incluso usarlos en los últimos años de su vida. Paz creía que las relaciones entre poesía y los nuevos medios de comunicación no han sido exploradas. En nuestro siglo la poesía se ha convertido en un arte marginal y minoritario. La televisión la ha eliminado de sus pantallas. El poeta mexicano consideraba que la aparición del cable y del vídeo-casette puede ser el elemento nuevo que permita el encuentro entre la verdadera literatura (crítica de la sociedad y de sí mismo) y la televisión, pero desconocía las formas en que se manifestará ese encuentro. Él quiso hacer un experimento expresando la lectura de su poema Blanco mediante un vídeo. Lo realizó en Círculo de Lectores en el acto de presentación de su ensayo Vislumbres de la India . Dijo: “Ahora van ustedes a ver mi poema”. Consistió en una manifestación realmente nueva y algo extraña. La luz se apagó y apareció un punto blanco como una palabra en la punta de la lengua. Se parte del silencio presignificativo en tránsito al silencio posterior a la palabra. La pantalla era también una palabra en la que las rimas de la luz proyectaban su aliento semejante. Y la voz de Octavio Paz, alternando con las de Eduardo Lizalde y Guillermo Sheridan, se movía de un color a otro color realizando un viaje de un silencio de luz a otro silencio, acompañado de músicas orientales, percusiones y sonidos de la imaginería tántrica. Lenguajes todos ellos que desembocan en otro silencio significante. El primero, en realidad, no significa nada y el segundo termina con una interrogación. Al final sólo queda la transparencia pero, en medio de los dos silencios, está comprendida toda la realidad del pensamiento. Por todo ello se puede afirmar que Paz sigue siendo, tras su muerte, un escritor, un poeta, de actualidad. Su contribución a la cultura en lengua española, su independencia de criterio y la función edificante de su obra literaria en el pensamiento moderno, ha sido fundamental.
La obra de Paz, ensayos y poesía, forman un todo crítico y participan de un signo idéntico: la elaboración de un conocimiento, de un saber, por naturaleza antidogmático, de los problemas humanos. Poesía que es crítica del lenguaje, ensayos que son crítica del mundo o, mejor dicho, de las estructuras dentro de las cuales el lenguaje se inserta. Las civilizaciones como obra del lenguaje, el lenguaje como obra de las civilizaciones. Carlos Fuentes cree que no hay escritor actual de la lengua castellana que, como Octavio Paz, haya sabido sumar en sus escritos tal pluralidad relativa de experiencias. Hijo de México, hermano de América Latina, hijastro de España, hijo adoptivo de Francia, Inglaterra e Italia, huésped familiar y afectivo de Japón y la India, bastardo (como hoy lo somos todos) de los Estados Unidos, Paz, abierto a todos los contactos de la civilización, nos asegura que los ghettos de la cultura en castellano no son eternos.
El premio Nobel otorgado en 1990 fue un reconocimiento tardío a su labor como insigne crítico, poeta y voz de la conciencia, no sólo de México, sino de toda la humanidad latinoamericana y, aún más, se puede afirmar que la obra del escritor mexicano constituye un inhabitual y apasionado testimonio de la humanidad entera.
Sus cenizas serán enterradas en el Panteón de Hombres Ilustres de México D.F.
Mª del Carmen Ruiz de la Cierva
Universidad Autónoma de Madrid.
[Comunicación para el Congreso Internacional: Octavio Paz. La Cultura Hispánica en el fin de siglo , Filología Española IV, Universidad Complutense, Madrid, 19 de abril de 1999.
Publicada en México en la encrucijada , Universidad Complutense, Madrid, Gondo, 2000: 173-181.]
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· -(1993a), La llama doble. Amor y erotismo , Barcelona, Seix Barral, 1993.
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· -(1995), Vislumbres de la India , Barcelona, Seix Barral, 1995.
Notas
[1] Cfr . “Convergencias y divergencias”, Barcelona, Tusquets, 1973: 175-191: Entrevista con González Echevarría y Rodríguez Monegal.
[2] Tema tratado por Juan Malpartida en una ponencia titulada “La casa de la presencia” dictada en los cursos de verano de El Escorial de la Universidad Complutense de Madrid en julio de 1994.
[3] Cfr . Corriente alterna : 1967: “No el ser: el querer ser”.
[4] Cfr. “El “más allá” de Jorge Guillén” en In/Mediaciones : 1979a: 71. Véase también “Horas situadas de Jorge Guillén” en Puertas al campo : 1966: 64.
[5] Cfr. Estudio sobre Antonio Machado en Las peras del olmo: 1957.
[6] Cfr. “La búsqueda del presente”, conferencia Nobel, 1990 , Convergencias : 1991a: 7. Editada también por Círculo de Lectores en 1991.
[7] Véase también Posdata : 1970: 101: “Aquél que construye la casa de la felicidad futura edifica la cárcel del presente”.
[8] Porque “la universalidad y el carácter de las obras no depende del código sino de ese imponderable, verdadero misterio, que llamamos arte o creación”, Claude Lévi-Strauss o el nuevo festín de Esopo : 1967b: 65.
[9] En Conjunciones y disyunciones demuestra Paz su capacidad para comunicarse intensamente con todos los hombres de cualquier sitio y así llegar al fondo común humano. Idea ya expresada en El laberinto de la soledad.
[10] Cfr . Primeras letras : 1988: 253: Testimonios: “He sido un hombre de mi siglo”.
© José Luis Gómez-Martínez
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Su vida y su obra
Poeta y ensayista mexicano nacido en Mixcoac. En 1937 asiste al Congreso de Escritores Antifascistas en Valencia (España) junto con su esposa, la escritora mexicana Elena Garro. Ahí publica Bajo tu clara sombra (1937). Entra en contacto con los intelectuales de la República Española, con Pablo Neruda, y en México se acerca a Jorge Cuesta y Xavier Villaurrutia, que marcarían el desarrollo de su obra. El mismo año publica en México No pasarán! y Raíz de hombre . En 1939 A la orilla del mundo y Noche de resurrecciones . Con Efraín Huerta, entre otros, funda la revista Taller. En 1944 con la beca Guggenheim pasa un año en Estados Unidos. En 1945 entra al Servicio Exterior Mexicano y es enviado a París. A través del poeta surrealista Benjamín Péret conoce a André Breton. Se hace amigo de Albert Camus y otros intelectuales europeos e hispanoamericanos del París de la Posguerra. Durante la década de 1950 publica cuatro libros fundamentales: El laberinto de la soledad (1950), retrato personal en el espejo de la sociedad mexicana; El arco y la lira (1956), su esfuerzo más riguroso por elaborar una poética; Aguila o sol? , libro de prosa de influencia surrealista, y Libertad bajo palabra . Este último incluye el primero de sus poemas largos, Piedra de sol , una de las grandes construcciones de la modernidad hispanoamericana. En 1951 viaja a la India y en 1952 a Japón. Regresa a México en 1953 donde hasta 1959 desarrolla una intensa labor literaria. En 1960 regresa a París y en 1962 vuelve a la India, como funcionario de la Embajada de México. Conoce a Marie José Tramini, con quien se casa en 1964. Publica los libros de poemas Salamandra (1961), anterior a su viaje a la India, y Ladera este (1968), que recoge su producción en ese país, y que incluye su segundo poema largo, Blanco .
En 1963 obtiene el Gran Premio Internacional de Poesía. Publica los libros de ensayo Cuadrivio , en 1965; Puertas al campo , en 1966, y Corriente alterna , en 1967. En 1968 renuncia a su puesto de embajador en la India por la matanza del 2 de octubre, y en 1971 funda en México la revista Plural. Publica El mono gramático , poema en prosa en el que se funden reflexiones filosóficas, poéticas y amorosas, y en 1974 Los hijos del limo , recapitulación de la poesía moderna. En 1975 publica Pasado en claro , otro de sus grandes poemas largos, recogido al año siguiente en Vuelta , que obtiene el Premio de la Crítica en España. En 1977 deja Plural e inicia la revista Vuelta. Durante la década de los ochenta publica El ogro filantrópico , que recoge sus reflexiones políticas; Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe y en 1988 Arbol adentro , último volumen de poesía. En 1990 obtiene el Premio Nobel de Literatura y publica La otra voz. Poesía de fin de siglo ; en 1993, La llama doble. Amor y erotismo , y en 1995 Vislumbres de la India . Si su obra poética viaja del vacío del yo a la plenitud del mundo y el amor, sus ensayos son un mosaico de reflexiones puntuales sobre los aspectos más diversos de nuestra época. © eMe
Paz en su laberinto de liras, peras y otredades
Patricio Eufraccio Solano
Al publicarse en 1950 El laberinto de la soledad, Octavio Paz alcanza fama y reconocimiento nacional y se inicia su ascenso internacional. Este libro es heredero indiscutible de la labor que realiza el grupo Hiperión de filósofos mexicanos a finales de la década de los cuarenta de este siglo, sobre la Identidad y el Ser del mexicano o , como ellos llamaban a su trabajo: “La búsqueda de una filosofía mexicana auténtica”.
En los ensayos que forman El laberinto de la soledad, se evidencia una creciente madurez prosística de Paz y una definición, casi total, de su discurso narrativo. En estos momentos Paz es ya un hombre que se acerca a los cuarenta años de vida, con un caudal poético de varios libros y una trayectoria modesta, pero sólida, como crítico.
La temática del libro no es, de ninguna manera, original, ni para esa época ni, muchos menos, para el momento actual, sin embargo, aún en nuestros días resulta deslumbrante la forma en que son tratados algunos de los subtemas, como el relativo a las máscaras con las que el mexicano se resguarda del mundo. Son los años en que Paz se manifiesta con un gran deseo y pujanza creativa.
El laberinto de la soledad, marca el inicio de sus libros ensayísticos integrales que se caracterizarán por la elección de un tema para reflexionarlo en sus diferentes facetas. Esta característica se ahondará en la trilogía poética que inicia con El arco y la lira y Los signos en rotación4, continúa con Los hijos del limo y termina con La otra voz.
Así como en El laberinto de la soledad el ser del mexicano es lo central de la reflexión, en El arco y la lira y sus dos ensayos complementarios, la reflexión versa alrededor de la poesía, el fenómeno poético y el poema.
El arco y la lira se publica a mediados de la década de los cincuenta. A la escritura de este libro le preceden dos estadías en sendos países orientales: la India y el Japón. Al primero de ellos regresaría más tarde como embajador. Estas estancias, a decir del propio Paz en su libro Vislumbres de la India, son ricas en experiencias de vida y de copiosas lecturas. Se gestan en estos años los libros de poesía Semillas para un himno y Piedra de sol.
El arco y la lira inicia a Paz en un campo nuevo: la teoría crítica. El libro se fundamenta en tres preguntas que Paz se hace sobre la poesía: “¿hay un decir poético —el poema— irreductible a todo otro decir?; ¿qué dicen los poemas?; ¿cómo se comunica el decir poético?”.
El arco y la lira representa uno de los textos más controvertidos de Octavio Paz. Desde su aparición es motivo de análisis acucioso ya que se trata de un texto en el que un poeta reflexiona teóricamente sobre la poesía y la propone como una forma de vida. Esta óptica Paz la ha asimilado de la corriente surrealista de André Breton. En el continente europeo el surrealismo era algo maduro, pero en América apenas comenzaba a dar frutos. De ahí que el libro levanta polémica sobre sus conceptos. En esos momentos México es un país con incipientes aspiraciones cosmopolitas y los creadores ávidos de internacionalismo encuentran en Paz a su representante. La publicación de El arco y la lira coloca nuevamente a Paz en el centro de la vida intelectual de México. A partir de ese momento, conceptos como tiempo, ritmo, origen y , sobre todo, otredad, quedan ligados a Paz.
Durante 1957 Paz publica un libro más de poesía: La estación violenta, y el ensayo: Las peras del olmo.
Las peras del olmo es una compilación de la actividad que Paz ha desarrollado en el periodismo literario. En la advertencia a la primera edición aclara: “Durante más de quince años —aunque nunca de manera continua— he practicado en diarios y revistas el periodismo literario y artístico. Los textos reunidos en este volumen son una selección de esa labor”.
Éste es un libro editado como consecuencia de la fama renovada que le acarreó El arco y la lira. Se compone de dos partes, la primera dedicada a la poesía mexicana y, la segunda, titulada Otros temas, agrupa una variedad de reflexiones disímbolas tanto en las fechas en que son escritas como en la temática tocada5. Tres elementos destacan en este libro: 1) la aparición de un breve ensayo sobre Sor Juana Inés de la Cruz, en el que se encuentran los esbozos de lo que será el extenso ensayo, Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe, sobre la poeta monja del barroco mexicano, 2) la publicación del texto antecesor de El arco y la lira, titulado Poesía de soledad y poesía de comunión, y 3) el que la variedad temática de la segunda parte incluye crítica pictórica, en este caso sobre Rufino Tamayo y Pedro Coronel; una aproximación a la literatura oriental en Tres momentos de la literatura japonesa, y un texto sobre el cineasta surrealista Luis Buñuel, en el que Paz asegura que los filmes La edad de oro y El perro andaluz: “señalan la primera irrupción deliberada de la poesía en el arte cinematográfico”.
En estos años (1956), publica su única pieza teatral: La hija de Rappaccini. La obra se basa en un cuento homónimo, Rappaccini’s Daugther, de Nathaniel Hawthorne, publicado en el libro Moses From an Old Manse en 1846. El cuento de Hawthorne, considerado por Nedda G. De Anhalt, como un brillante estudio sobre la locura y la maldad, se basa, a su vez, en un relato originalmente escrito en francés: Beatrice: où la Belle Empoisonneuse, de M. de l’Aubépine, que, asimismo, proviene de una leyenda india.
Según apunta Anhalt, tanto el cuento de Hawthorne como la pieza teatral de Paz, conservan los elementos del relato francés, en el que un joven italiano, Giovanni Guasconti, llega a Padua para continuar con sus estudios, alojándose en una habitación de un antiguo palacio que mira hacia el jardín de Rappaccini, por donde pasea Beatriz. El amor surge entre ambos jóvenes que, con tal de conservarlo, se disponen a retar a la muerte. En la obra de Paz, al final sólo Beatriz llega al sacrificio amoroso, pues el joven, llamado aquí Juan, traducción castellana de Giovanni, desiste a la muerte. En la última escena, Rappaccini y Juan lloran por distintas razones la pérdida de Beatriz. El amor, uno de los temas centrales de la poesía de Paz, aparece en la obra como algo no consumado por el temor de uno de los amantes a la integración total y definitiva con el otro; condición esencial de los amores trágicos y, por ello, heroicos.
En 1959, aparece la segunda edición de El arco y la lira, a cargo del Fondo de Cultura Económica. Esta nueva edición ha sido revisada minuciosamente por Octavio Paz, quien le suprime algunas partes y le añade otras. En esta revisión y pulimento del texto se privilegia lo poético del discurso ensayístico. En comparación, la segunda edición y subsecuentes, seducen y encantan más al lector. Como un hábil y amoroso maestro jardinero, Paz limpia la copa y tronco del árbol ensayístico. El resultado es notable.
El final de los años cincuenta se presentan para Paz radiante y de buen augurio para su regreso a la diplomacia y en 1962 es nombrado embajador de México en la India. El “joven poeta bárbaro”6 de los años cincuenta, regresaría al país de Gandhi como un sólido intelectual a encontrarse con una época creativa fructífera y dichosa y, también, con Marie José, la mujer más importante en su vida.
by juancho | Nov 5, 2010 | Cultural, Octavio Paz |
Primavera a la Vista
Pulida claridad de piedra diáfana,
lisa frente de estatua sin memoria:
cielo de invierno, espacio reflejado
en otro más profundo y más vacío.
El mar respira apenas, brilla apenas.
Se ha parado la luz entre los árboles,
ejército dormido. Los despierta
el viento con banderas de follajes.
Nace del mar, asalta la colina,
oleaje sin cuerpo que revienta
contra los eucaliptos amarillos
y se derrama en ecos por el llano.
El día abre los ojos y penetra
en una primavera anticipada.
Todo lo que mis manos tocan, vuela.
Está lleno de pájaros el mundo.
El Pájaro
En el silencio transparente
el día reposaba:
la transparencia del espacio
era la transparencia del silencio.
La inmóvil luz del cielo sosegaba
el crecimiento de las yerbas.
Los bichos de la tierra, entre las piedras,
bajo la luz idéntica, eran piedras.
El tiempo en el minuto se saciaba.
En la quietud absorta
se consumaba el mediodía.
Y un pájaro cantó, delgada flecha.
Pecho de plata herido vibró el cielo,
se movieron las hojas,
las yerbas despertaron…
Y sentí que la muerte era una flecha
que no se sabe quién dispara
y en un abrir los ojos nos morimos.
La Rama
Canta en la punta del pino
un pájaro detenido,
trémulo, sobre su trino.
Se yergue, flecha, en la rama,
se desvanece entre alas
y en música se derrama.
El pájaro es una astilla
que canta y se quema viva
en una nota amarilla.
Alzo los ojos: no hay nada.
Silencio sobre la rama,
sobre la rama quebrada
Viento
Cantan las hojas,
bailan las peras en el peral;
gira la rosa,
rosa del viento, no del rosal.
Nubes y nubes
flotan dormidas, algas del aire;
todo el espacio
gira con ellas, fuerza de nadie.
Todo es espacio;
vibra la vara de la amapola
y una desnuda
vuela en el viento lomo de ola.
Nada soy yo,
cuerpo que flota, luz, oleaje;
todo es del viento
y el viento es aire siempre de viaje.
Elegía Interrumpida
Hoy recuerdo a los muertos de mi casa.
Al primer muerto nunca lo olvidamos,
aunque muera de rayo, tan aprisa
que no alcance la cama ni los óleos.
Oigo el bastón que duda en un peldaño,
el cuerpo que se afianza en un suspiro,
la puerta que se abre, el muerto que entra.
De una puerta a morir hay poco espacio
y apenas queda tiempo de sentarse,
alzar la cara, ver la hora
y enterarse: las ocho y cuarto.
Hoy recuerdo a los muertos de mi casa.
La que murió noche tras noche
y era una larga despedida,
un tren que nunca parte, su agonía.
Codicia de la boca
al hilo de un suspiro suspendida,
ojos que no se cierran y hacen señas
y vagan de la lámpara a mis ojos,
fija mirada que se abraza a otra,
ajena, que se asfixia en el abrazo
y al fin se escapa y ve desde la orilla
cómo se hunde y pierde cuerpo el alma
y no encuentra unos ojos a que asirse…
¿Y me invitó a morir esa mirada?
Quizá morimos sólo porque nadie
quiere morirse con nosotros, nadie
quiere mirarnos a los ojos.
Hoy recuerdo a los muertos de mi casa.
Al que se fue por unas horas
y nadie sabe en qué silencio entró.
De sobremesa, cada noche,
la pausa sin color que da al vacío
o la frase sin fin que cuelga a medias
del hilo de la araña del silencio
abren un corredor para el que vuelve:
suenan sus pasos, sube, se detiene…
Y alguien entre nosotros se levanta
y cierra bien la puerta.
Pero él, allá del otro lado, insiste.
Acecha en cada hueco, en los repliegues,
vaga entre los bostezos, las afueras.
Aunque cerremos puertas, él insiste.
Hoy recuerdo a los muertos de mi casa.
Rostros perdidos en mi frente, rostros
sin ojos, ojos fijos, vaciados,
¿busco en ellos acaso mi secreto,
el dios de sangre que mi sangre mueve,
el dios de yelo, el dios que me devora?
Su silencio es espejo de mi vida,
en mi vida su muerte se prolonga:
soy el error final de sus errores.
Hoy recuerdo a los muertos de mi casa.
El pensamiento disipado, el acto
disipado, los nombres esparcidos
(lagunas, zonas nulas, hoyos
que escarba terca la memoria),
la dispersión de los encuentros,
el yo, su guiño abstracto, compartido
siempre por otro (el mismo) yo, las iras,
el deseo y sus máscaras, la víbora
enterrada, las lentas erosiones,
la espera, el miedo, el acto
y su reverso: en mí se obstinan,
piden comer el pan, la fruta, el cuerpo,
beber el agua que les fue negada.
Pero no hay agua ya, todo está seco,
no sabe el pan, la fruta amarga,
amor domesticado, masticado,
en jaulas de barrotes invisibles
mono onanista y perra amaestrada,
lo que devoras te devora,
tu víctima también es tu verdugo.
Montón de días muertos, arrugados
periódicos, y noches descorchadas
y en el amanecer de párpados hinchados
el gesto con que deshacemos
el nudo corredizo, la corbata,
y ya apagan las luces en la calle
?saluda al sol, araña, no seas rencorosa?
y más muertos que vivos entramos en la cama.
Es un desierto circular el mundo,
el cielo está cerrado y el infierno vacío.
La Poesía
Llegas, silenciosa, secreta,
y despiertas los furores, los goces,
y esta angustia
que enciende lo que toca
y engendra en cada cosa
una avidez sombría.
El mundo cede y se desploma
como metal al fuego.
Entre mis ruinas me levanto,
solo, desnudo, despojado,
sobre la roca inmensa del silencio,
como un solitario combatiente
Verdad abrasadora,
¿a qué me empujas?
No quiero tu verdad,
tu insensata pregunta.
¿A qué esta lucha estéril?
No es el hombre criatura capaz de contenerte,
avidez que sólo en la sed se sacia,
llama que todos los labios consume,
espíritu que no vive en ninguna forma
mas hace arder todas las formas. contra invisibles huestes.
Subes desde lo más hondo de mí,
desde el centro innombrable de mi ser,
ejército, marea.
Creces, tu sed me ahoga,
expulsando, tiránica,
aquello que no cede
a tu espada frenética.
Ya sólo tú me habitas,
tú, sin nombre, furiosa substancia,
avidez subterránea, delirante.
Golpean mi pecho tus fantasmas,
despiertas a mi tacto,
hielas mi frente,
abres mis ojos.
Percibo el mundo y te toco,
substancia intocable,
unidad de mi alma y de mi cuerpo,
y contemplo el combate que combato
y mis bodas de tierra.
Nublan mis ojos imágenes opuestas,
y a las mismas imágenes
otras, más profundas, las niegan,
ardiente balbuceo,
aguas que anega un agua más oculta y densa.
En su húmeda tiniebla vida y muerte,
quietud y movimiento, son lo mismo.
Insiste, vencedora,
porque tan sólo existo porque existes,
y mi boca y mi lengua se formaron
para decir tan sólo tu existencia
y tus secretas sílabas, palabra
impalpable y despótica,
substancia de mi alma.
Eres tan sólo un sueño,
pero en ti sueña el mundo
y su mudez habla con tus palabras.
Rozo al tocar tu pecho
la eléctrica frontera de la vida,
la tiniebla de sangre
donde pacta la boca cruel y enamorada,
ávida aún de destruir lo que ama
y revivir lo que destruye,
con el mundo, impasible
y siempre idéntico a sí mismo,
porque no se detiene en ninguna forma
ni se demora sobre lo que engendra.
Llévame, solitaria,
llévame entre los sueños,
llévame, madre mía,
despiértame del todo,
hazme soñar tu sueño,
unta mis ojos con aceite,
para que al conocerte me conozca.
Repeticiones
El corazón y su redoble iracundo
el obscuro caballo de la sangre
caballo ciego caballo desbocado
el carrousel nocturno la noria del terror
el grito contra el muro y la centella rota
Camino andado
camino desandado
El cuerpo a cuerpo con un pensamiento afilado
la pena que interrogo cada día y no responde
la pena que no se aparta y cada noche me despierta
la pena sin tamaño y sin nombre
el alfiler y el párpado traspasado
el párpado del día mal vivido
la hora manchada la ternura escupida
la risa loca y la puta mentira
la soledad y el mundo
Camino andado
El coso de la sangre y la pica y la rechifla
el sol sobre la herida
sobre las aguas muertas el astro hirsuto
la rabia y su acidez recomida
el pensamiento que se oxida
y la escritura gangrenada
el alba desvivida y el día amordazado
la noche cavilada y su hueso roído
el horror siempre nuevo y siempre repetido
Camino andado
camino desandado
El vaso de agua la pastilla la lengua de estaño
el hormiguero en pleno sueño
cascada negra de la sangre
cascada pétrea de la noche
el peso bruto de la nada
zumbido de motores en la ciudad inmensa
lejos cerca lejos en el suburbio de mi oreja
aparición del ojo y el muro que gesticula
aparición del metro cojo
el puente roto y el ahogado
Camino andado
camino desandado
El pensamiento circular y el circulo de familia
¿qué hice qué hiciste qué hemos hecho?
el laberinto de la culpa sin culpa
el espejo que acusa y el silencio que se gangrena
el día estéril la noche estéril el dolor estéril
la soledad promiscua el mundo despoblado
la sala de espera en donde ya no hay nadie
Camino andado y desandado
la vida se ha ido sin volver el rostro.
Entre Irse y Quedarse
Entre irse y quedarse duda el día,
enamorado de su transparencia.
La tarde circular es ya bahía:
en su quieto vaivén se mece el mundo.
Todo es visible y todo es elusivo,
todo está cerca y todo es intocable.
Los papeles, el libro, el vaso, el lápiz
reposan a la sombra de sus nombres.
Latir del tiempo que en mi sien repite
la misma terca sílaba de sangre.
La luz hace del muro indiferente
un espectral teatro de reflejos.
En el centro de un ojo me descubro;
no me mira, me miro en su mirada.
Se disipa el instante. Sin moverme,
yo me quedo y me voy: soy una pausa.
OCTAVIO PAZ.
(México, 1914-1998)
Inmóvil en la luz, pero danzante,
tu movimiento a la quietud que cría
en la cima del vértigo se alía
deteniendo, no al vuelo, sí al instante.
Luz que no se derrama, ya diamante,
fija en la rotación del mediodía,
sol que no se consume ni se enfría
de cenizas y llama equidistante.
Tu salto es un segundo congelado
que ni apresura el tiempo ni lo mata:
preso en su movimiento ensimismado
tu cuerpo de sí mismo se desata
y cae y se dispersa tu blancura
y vuelves a ser agua y tierra obscura.
Del verdecido júbilo del cielo
luces recobras que la luna pierde
porque la luz de sí misma recuerde
relámpagos y otoños en tu pelo.
El viento bebe viento en su revuelo,
mueve las hojas y su lluvia verde
moja tus hombros, tus espaldas muerde
y te deshuda y quema y vuelve yelo.
Dos barcos de velamen desplegado
tus dos pechos. Tu espalda es un torrente.
Tu vientre es un jardín petrificado.
Es otoño en tu nuca: sol y bruma.
Bajo del verde cielo adolescente.
tu cuerpo da su enamorada suma.
El Sediento
Por buscarme, Poesía, en ti me busqué:
deshecha estrella de agua,
se anegó en mi ser.
Por buscarte, Poesía,
en mí naufragué.
Después sólo te buscaba
por huir de mí:
¡espesura de reflejos
en que me perdí!
Mas luego de tanta vuelta
otra vez me vi:
el mismo rostro anegado
en la misma desnudez;
las mismas aguas de espejo
en las que no he de beber;
y en el borde del espejo,
el mismo muerto de sed.
La Poesía 2
Inmóvil en la luz, pero danzante,
tu movimiento a la quietud que cría
en la cima del vértigo se alía
deteniendo, no al vuelo, sí al instante.
Luz que no se derrama, ya diamante,
fija en la rotación del mediodía,
sol que no se consume ni se enfría
de cenizas y llama equidistante.
Tu salto es un segundo congelado
que ni apresura el tiempo ni lo mata:
preso en su movimiento ensimismado
tu cuerpo de sí mismo se desata
y cae y se dispersa tu blancura
y vuelves a ser agua y tierra obscura.
Del verdecido júbilo del cielo
luces recobras que la luna pierde
porque la luz de sí misma recuerde
relámpagos y otoños en tu pelo.
El viento bebe viento en su revuelo,
mueve las hojas y su lluvia verde
moja tus hombros, tus espaldas muerde
y te denuda y quema y vuelve yelo.
Dos barcos de velamen desplegado
tus dos pechos. Tu espalda es un torrente.
Tu vientre es un jardín petrificado.
Es otoño en tu nuca: sol y bruma.
Bajo del verde cielo adolescente
tu cuerpo da su enamorada suma.
La Poesía 3
¿Por qué tocas mi pecho nuevamente?
Llegas, silenciosa, secreta, armada,
tal los guerreros a una ciudad dormida
quemas mi lengua con tus labios, pulpo,
y despiertas los furores, los goces,
y esta angustia sin fin
que enciende lo que toca
y engendra en cada cosa
una aridez sombría.
El mundo cede y se desploma
como metal al fuego.
Entre mis ruinas me levanto
y quedo frente a ti,
solo, desnudo, despojado,
sobre la roca inmensa del silencio,
como un solitario combatiente
contra invisibles huestes.
Verdad abrasadora,
¿a qué me empujas?
No quiero tu verdad,
tu insensata pregunta.
¿A qué esta lucha estéril?
No es el hombre criatura capaz de contenerte,
avidez que sólo en la sed se sacia,
llama que todos los labios consume,
espíritu que no vive en ninguna forma,
mas hace arder
todas las formas
con un secreto fuego indestructible.
Pero insistes, lágrima escarnecida,
y alzas en mí tu imperio desolado.
Subes desde lo más hondo de mí,
desde el centro innombrable de mi ser,
ejército, marea.
Creces, tu sed me ahoga,
expulsando, tiránica,
aquello que no cede
a tu espada frenética.
Ya sólo tú me habitas,
tú, sin nombre, furiosa substancia,
avidez subterránea, delirante.
Golpean mi pecho tus fantasmas,
despiertas a mi tacto,
hielas mi frente
y haces proféticos mis ojos.
Percibo el mundo y te toco,
substancia intocable,
unidad de mi alma y de mi cuerpo,
y contemplo el combate que combato
y mis bodas de tierra.
Nublan mis ojos imágenes opuestas,
y a las mismas imágenes
otras, más profundas, las niegan,
tal un ardiente balbuceo,
aguas que anega un agua más oculta y densa.
La oscura ola
que nos arranca de la primer ceguera,
nace del mismo mar oscuro
en que nace, sombría,
la ola que nos lleva a la tierra:
sus aguas se confunden
y en su tiniebla
quietud y movimiento son lo mismo.
Insiste, vencedora,
porque tan sólo existo porque existes,
y mi boca y mi lengua se formaron
para decir tan sólo tu existencia
y tus secretas sílabas, palabra
impalpable y despótica,
substancia de mi alma.
Eres tan sólo un sueño,
pero en ti sueña el mundo
y su mudez habla con tus palabras.
Rozo al tocar tu pecho,
la eléctrica frontera de la vida,
la tiniebla de sangre
donde pacta la boca cruel y enamorada,
ávida aún de destruir lo que ama
y revivir lo que destruye,
con el mundo, impasible
y siempre idéntico a sí mismo,
porque no se detiene en ninguna forma,
ni se demora sobre lo que engendra.
Llévame, solitaria,
llévame entre los sueños,
llévame, madre mía,
despiértame del todo,
hazme soñar tu sueño,
unta mis ojos con tu aceite,
para que al conocerte, me conozca.
Destino del Poeta
¿Palabras? Sí, de aire,
y en el aire perdidas.
Déjame que me pierda entre palabras,
déjame ser el aire en unos labios,
un soplo vagabundo sin contornos
que el aire desvanece.
También la luz en sí misma se pierde.
Sonetos
1
Inmóvil en la luz, pero danzante,
tu movimiento a la quietud que cría
en la cima del vértigo se alía
deteniendo, no al vuelo, sí al instante.
Luz que no se derrama, ya diamante,
fija en la rotación del mediodía,
sol que no se consume ni se enfría
de cenizas y llama equidistante.
Tu salto es un segundo congelado
que ni apresura el tiempo ni lo mata:
preso en su movimiento ensimismado
tu cuerpo de sí mismo se desata
y cae y se dispersa tu blancura
y vuelves a ser agua y tierra obscura.
2
El mar, el mar y tú, plural espejo,
el mar de torso perezoso y lento
nadando por el mar, del mar sediento:
el mar que muere y nace en un reflejo.
El mar y tú, su mar, el mar espejo:
roca que escala el mar con paso lento,
pilar de sal que abate el mar sediento,
sed y vaivén y apenas un reflejo.
De la suma de instantes en que creces,
del círculo de imágenes del año,
retengo un mes de espumas y de peces,
y bajo cielos líquidos de estaño
tu cuerpo que en la luz abre bahías
al oscuro oleaje de los días.
3
Del verdecido júbilo del cielo
luces recobras que la luna pierde
porque la luz de sí misma recuerde
relámpagos y otoños en tu pelo.
El viento bebe viento en su revuelo,
mueve las hojas y su lluvia verde
moja tus hombros, tus espaldas muerde
y te desnuda y quema y vuelve hielo.
Dos barcos de velamen desplegado
tus dos pechos. Tu espalda es un torrente.
Tu vientre es un jardín petrificado.
Es otoño en tu nuca: sol y bruma.
Bajo del verde cielo adolescente.
tu cuerpo da su enamorada suma.
Bajo tu Clara Sombra
Un cuerpo, un cuerpo solo, un sólo cuerpo
un cuerpo como día derramado
y noche devorada;
la luz de unos cabellos
que no apaciguan nunca
la sombra de mi tacto;
una garganta, un vientre que amanece
como el mar que se enciende
cuando toca la frente de la aurora;
unos tobillos, puentes del verano;
unos muslos nocturnos que se hunden
en la música verde de la tarde;
un pecho que se alza
y arrasa las espumas;
un cuello, sólo un cuello,
unas manos tan sólo,
unas palabras lentas que descienden
como arena caída en otra arena….
Esto que se me escapa,
agua y delicia obscura,
mar naciendo o muriendo;
estos labios y dientes,
estos ojos hambrientos,
me desnudan de mí
y su furiosa gracia me levanta
hasta los quietos cielos
donde vibra el instante;
la cima de los besos,
la plenitud del mundo y de sus formas.
by juancho | Nov 5, 2010 | Cultural |
Cultivo una Rosa Blanca
Cultivo una rosa blanca
En Junio como en Enero,
Para el amigo sincero,
Que me da su mano franca.
Y para el cruel que me arranca
El corazón con que vivo,
Cardo ni ortiga cultivo
cultivo una rosa blanca.
Versos Sencillos
Yo soy un hombre sincero
De donde crece la palma.
Y antes de morirme quiero
Echar mis versos del alma.
Yo vengo de todas partes,
Y hacia todas partes voy:
Arte soy entre las artes,
En los montes, monte soy.
Yo sé los nombres extraños
De las yerbas y las flores,
Y de mortales engaños,
Y de sublimes dolores.
Yo he visto en la noche oscura
Llover sobre mi cabeza
Los rayos de lumbre pura
De la divina belleza.
Alas nacer vi en los hombros
De las mujeres hermosas:
Y salir de los escombros
Volando las mariposas.
He visto vivir a un hombre
Con el puñal al costado,
Sin decir jamás el nombre
De aquella que lo ha matado.
Rápida, como un reflejo,
Dos veces vi el alma, dos:
Cuando murió el pobre viejo,
Cuando ella me dijo adiós.
Temblé una vez -en la reja,
A la entrada de la viña.-
Cuando la bárbara abeja
Picó en la frente a mi niña.
Gocé una vez, de tal suerte
Que gocé cual nunca: –cuando
La sentencia de mi muerte
Leyó el alcalde llorando.
Oigo un suspiro, a través
De las tierras y la mar,
Y no es un suspiro, –es
Que mi hijo va a despertar.
Si dicen que del joyero
Tome la joya mejor
Tomo a un amigo sincero
Y pongo a un lado el amor.
Yo he visto al águila herida
Volar al azul sereno,
Y morir en su guarida
La víbora del veneno.
Yo sé bien que cuando el mundo
Cede, lívido, al descanso,
Sobre el silencio profundo
Murmura el arroyo manso.
Yo he puesto la mano osada
De horror y júbilo yerta,
Sobre la estrella apagada
Que cayó frente a mi puerta.
Oculto en mi pecho bravo
La pena que me lo hiere:
El hijo de un pueblo esclavo
Vive por él, calla, y muere.
Todo es hermoso y constante,
Todo es música y razón,
Y todo, como el diamante,
Antes que luz es carbón.
Yo sé que el necio se entierra
Con gran lujo y con gran llanto,–
Y que no hay fruta en la tierra
Como la del camposanto.
Callo, y entiendo, y me quito
La pompa del rimador:
Cuelgo de un árbol marchito
Mi muceta de doctor.
V
Si ves un monte de espumas,
Es mi verso lo que ves:
Mi verso es un monte, y es
Un abanico de plumas.
Mi verso es como un puñal
Que por el puño echa flor:
Mi verso es un surtidor
Que da un agua de coral.
Mi verso es de un verde claro
Y de un carmín encendido:
Mi verso es un ciervo herido
Que busca en el monte amparo.
Mi verso al valiente agrada:
Mi verso, breve y sincero,
Es del vigor del acero
Con que se funde la espada.
X
El alma trémula y sola
Padece al anochecer:
Hay baile; vamos a ver
La bailarina española.
Han hecho bien en quitar
El banderón de la acera;
Porque si está la bandera,
No sé, yo no puedo entrar.
Ya llega la bailarina:
Soberbia y pálida llega:
¿Cómo dicen que es gallega?
Pues dicen mal: es divina.
Lleva un sombrero torero
Y una capa carmesí:
¡Lo mismo que un alelí!
Que se pusiese un sombrero!
Se ve, de paso, la ceja,
Ceja de mora traidora:
Y la mirada, de mora:
Y como nieve la oreja.
Preludian, bajan la luz,
Y sale en bata y mantón,
La virgen de la Asunción
Bailando un baile andaluz.
Alza, retando, la frente;
Crúzase al hombre la manta:
En arco el brazo levanta:
Mueve despacio el pie ardiente.
Repica con los tacones
El tablado zalamera,
Como si la tabla fuera
Tablado de corazones.
Y va el convite creciendo
En las llamas de los ojos,
Y el manto de flecos rojos
Se va en el aire meciendo.
Súbito, de un salto arranca:
Húrtase, se quiebra, gira:
Abre en dos la cachemira,
Ofrece la bata blanca.
El cuerpo cede y ondea;
La boca abierta provoca;
Es un rosa la boca:
Lentamente taconea.
Recoge, de un débil giro,
El manto de flecos rojos:
Se va, cerrando los ojos,
Se va, como en un suspiro…
Baila muy bien la española;
Es blanco y rojo el mantón:
¡Vuelve, fosca a su rincón,
El alma trémula y sola!
XI
Yo tengo un paje muy fiel
Que me cuida y que me gruñe,
Y al salir, me limpia y bruñe
Mi corona de laurel.
Yo tengo un paje ejemplar
Que no come, que no duerme,
Y que se acurruca a verme
Trabajar, y sollozar.
Salgo, y el vil se desliza
Y en mi bolsillo aparece;
Vuelvo, y el terco me ofrece
Una taza de ceniza.
Si duermo, al rayar el día
Se sienta junto a mi cama:
Si escribo, sangre derrama
Mi paje en la escribanía.
Mi paje, hombre de respeto,
Al andar castañetea:
Hiela mi paje, y chispea:
Mi paje es un esqueleto.
XVIII
Es rubia: el cabello suelto
Da más luz al ojo moro:
Voy, desde entonces, envuelto
En un torbellino de oro.
La abeja estival que zumba
Más ágil por la flor nueva,
No dice, como antes, “tumba”:
“Eva” dice: todo es “Eva”.
Bajo, en lo oscuro, al temido
Raudal de la catarata:
¡Y brilla el iris, tendido
Sobre las hojas de plata!
Miro, ceñudo, la agreste
Pompa del monte irritado;
¡Y en el alma azul celeste
Brota un jacinto rosado!
Voy, por el bosque, a paseo
A la laguna vecina:
Y entre las ramas la veo,
Y por el agua camina.
La serpiente del jardín
Silva, escupe, y se resbala
Por su agujero: el clarín
Me tiende, trinando, el ala.
¡Arpa soy, salterio soy
Donde vibra el Universo:
Vengo del sol, y al sol voy:
Soy el amor: soy el verso!
XII
Estoy en el baile extraño
De polaina y casaquín
Que dan, del año hacia el fin,
Los cazadores del año.
Una duquesa violeta
Va con un frac colorado:
Marca un vizconde pintado
El tiempo en la pandereta.
Y pasan las chupas rojas;
Pasan los tules de fuego,
Como delante de un ciego
Pasan volando las hojas.
XLV
Sueño con claustros de mármol
Donde en silencio divino
Los héroes, de pie, reposan:
¡De noche, a la luz del alma,
Hablo con ellos: de noche!
Están en fila: paseo
Entre las filas: las manos
De piedra les beso: abren
Los ojos de piedra: mueven
Los labios de piedra: tiemblan
Las barbas de piedra: empuñan
La espada de piedra: lloran:
¡Vibra la espada en la vaina!:
Mudo, les beso la mano.
Hablo con ellos, de noche!
Están en fila: paseo
Entre las filas: lloroso
Me abrazo a un mármol: “Oh mármol,
Dicen que beben tus hijos
Su propia sangre en las copas
Venenosas de sus dueños!
Que hablan la lengua podrida
De sus rufianes! que comen
Juntos el pan del oprobio,
En la mesa ensangrentada!!
Que pierden en lengua inútil
El último fuego!: ¡dicen,
Oh mármol, mármol dormido,
Que ya se ha muerto tu raza!”
Échame en tierra de un bote
El héroe que abrazo: me ase
Del cuello: barre la tierra
Con mi cabeza: levanta
El brazo, ¡el brazo le luce
Lo mismo que un sol!: resuena
La piedra: buscan el cinto
Las manos blancas: del soclo
Saltan los hombres de mármol!
XLVI
Vierte, corazón, tu pena
Donde no se llegue a ver,
Por soberbia, y por no ser
Motivo de pena ajena.
Yo te quiero, verso amigo,
Porque cuando siento el pecho
Ya muy cargado y deshecho,
Parto la carga contigo.
Tú me sufres, tú aposentas
En tu regazo amoroso,
Todo mi ardor doloroso,
Todas mis ansias y afrentas.
Tú, porque yo pueda en calma
Amar y hacer bien, consientes
En enturbiar tus corrientes
En cuanto me agobia el alma.
Tú, porque yo cruce fiero
La tierra, y sin odio, y puro,
Te arrastras, pálido y duro,
Mi amoroso compañero.
Mi vida así se encamina
Al cielo limpia y serena,
Y tú me cargas mi pena
Con tu paciencia divina.
Y porque mi cruel costumbre
De echarme en ti te desvía
De tu dichosa armonía
Y natural mansedumbre;
Porque mis penas arrojo
Sobre tu seno, y lo azotan,
Y tu corriente alborotan,
Y acá lívido, allá rojo,
Blanco allá como la muerte,
Ora arremetes y ruges,
Ora con el peso crujes
De un dolor más que tú fuerte.
¿Habré, como me aconseja
Un corazón mal nacido,
De dejar en el olvido
A aquel que nunca deja?
¡Verso, nos hablan de un Dios
A donde van los difuntos:
Verso, o nos condenan juntos,
O nos salvamos los dos!
La Niña de Guatemala
Quiero, a la sombra de un ala,
Contar este cuento en flor:
La niña de Guatemala,
La que se murió de amor.
Eran de lirios los ramos,
Y las orlas de reseda
Y de jazmín: la enterramos
En una caja de seda.
…Ella dio al desmemoriado
Una almohadilla de olor:
El volvió, volvió casado:
Ella se murió de amor.
Iban cargándola en andas
Obispos y embajadores:
Detrás iba el pueblo en tandas,
Todo cargado de flores.
…Ella, por volverlo a ver,
Salió a verlo al mirador:
El volvió con su mujer:
Ella se murió de amor.
Como de bronce candente
Al beso de despedida
Era su frente ¡la frente
Que más he amado en mi vida!
…Se entró de tarde en el río,
La sacó muerta el doctor:
Dicen que murió de frío:
Yo sé que murió de amor.
Allí, en la bóveda helada,
La pusieron en dos bancos:
Besé su mano afilada,
Besé sus zapatos blancos.
Callado, al oscurecer,
Me llamó el enterrador:
¡Nunca más he vuelto a ver
A la que murió de amor!
Homomagno
Homomagno sin ventura
La hirsuta y retostada cabellera
Con sus pálidas manos se mesaba.
“Máscara soy, mentira soy, decía;
Estas carnes y formas, estas barbas
Y rostro, estas memorias de la bestia,
Que como silla a lomo de caballo
Sobre el alma oprimida echan y ajustan,
Por el rayo de luz que el alma mía
En la sombra entrevé, – no son Homomagno!
Mis ojos sólo; los mis caros ojos,
Que me revelan mi disfraz, son míos:
Queman, me queman, nuca duermen, oran,
Y en mi rostro los siento y en el cielo,
Y le cuentan de mí, y a mí de él cuentan.
Por qué, por qué, para cargar en ellos
Un grano ruin de alpiste mal trojado
Talló el Creador mis colosales hombros?
Ando, pregunto, ruinas y cimientos
Vuelco y sacudo, a delirantes sorbos
En la Creación, la madre de mil pechos,
Las fuentes todas de la visa aspiro:
Muerdo, atormento, beso las calladas
Manos de piedra que glpeo.
Con demencia amorosa su invisible
Cabeza con las secas manos mías
Acaricio y destrenzo: por la tierra
Me tiendo compungido y los confusos
Pies, con mi llanto baño y con kis besos.
Y en medio de la noche, palpitante,
Con mis voraces ojos en el cráneo
Y en sus órbitas anchas encendidos,
Trémulo, en mí plegado, hambriento espero,
Por si al próximo sol respuestas vienen;
Y a cada nueva luz -de igual enjuto
Modo, y ruin, la vida me aparece,
Como gota de leche que en cansado
Pezón, al terco ordeño, titubea,-
Como carga de hormiga,- como taza
De agua añeja en la jaula de un jilguero.-“
Remordidas y rotas, ramos de uvas
Estrujadas y negras, las ardientes
Manos del triste Homomagno parecían!
Y la tierra en silencio, y una hermosa
Voz de mi corazón, me contestaron.
Yugo y Estrella
Cuando nací, sin sol, mi madre dijo:
-Flor de mi seno, Homomagno generoso,
De mí y de la creación suma y reflejo,
Pez que en ave y corcel y hombre se torna,
Mira estas dos, que con dolor te brindo,
Insignias de la vida: ve y escoge.
Este, es unyugo: quien lo acepta, goza:
Hace de manso buey, y como presta
Servicio a los eñores, duerme en paja
Calente, y tiene rica y ancha avena.
Ésta, oh misterio que de mí naciste
Cual la cumbre nació de la montaña,
Ésta, que alumbra y mata, es una estrella:
Como que riega luz, los pecadores
Huyen de quien la lleva, y en la vida,
Cual un monstruo de crímenes cargado,
Todo el que lleva luz se queda solo.
Pero el hombre que al buey sin pena imita,
Buey vuelve a ser, y en apagado bruto
La escala universal de nuevo empieza.
El que la estrella sin temor se ciñe,
Como que crea, crece!
Cuando al mundo
De su copa el licor vació ya el vivo:
Cuando, para manjar de la sangrienta
Fiesta humana, sacó contento y grave
Su propio corazón: cuando a los vientos
De Norte y Sur virtió su voz sagrada,-
La estrella como un manto, en luz lo envuelve
Se enciende, como a fiesta, el aire claro,
Y el vivo que a vivir no tuvo miedo,
Se oye que un paso más sube en la sombra!
Dame el yugo, oh mi madre, de manera
Que el puesto en él de pie, luzca en mi frente
Mejor la estrella que ilumina y mata.
Amor de Ciudad Grande
De gorja son y rapidez los tiempos.
Corre cual luz la voz; en lata aguja,
Cual nave despeñada en sirte horrenda,
Húndese el rayo, y en ligera barca
El hombre, como alado, el aire hiende.
¿Así el amor, sin pompa ni misterio
Muere, apenas nacido., de saciado!
Jaula es la villa de palomas muertas
Y ávidos cazadores! Si los pechos
Se rompen de los hombres, y las carnes
Rotas por tierra ruedan, no han de verse
Dentro más que frutillas estrujadas!
Se ama de pie, en las calles, entre el polvo
De los salones y als plazas; muere
La flor que nace. Aquella virgen
Trémula que antes a la muerte daba
La mano pura que a ignorado mozo;
El goce de temer: aquel salirse
Del pecho el corazón; el inefable
Placer de merecer; el grato susto
De caminar deprisa en derechura
Del hogar de la amada, y a sus puertas
Como un niño feliz romper en llanto;-
Y aquel mirar, de nuestro amor al fuego,
Irse tiñiendo de color las rosas,-
Ea, que son patrañas! Pues ¿quién tiene
Tiempo de ser hidalgo? Bien que sienta
Cual áureo vaso o lienzo suntuoso,
Dama gentil en casa de magnate!
O si se tiene sed, se alarga el brazo
Y a la copa que pasa se la apura!
Luego, la copa turbia al polvo rueda,
Y el hábil catador, – manchado el pecho
De una sangre invisible,- sigue alegre,
Coronado de mirtos, su camino!
No son los cuerpos ya sino desechos,
Y fosas, y jirones! Y las almas
No son como en el árbol fruta rica
En cuya blanda piel la almíbar dulce
En su sazón de maduresz rebosa,-
Sino fruta de plaza que a brutales
Golpes el rudo labradoe madura!
¿La edad es ésta de los labios secos!
De las noches sin sueño! De la vida
Estrujada en agraz! ¿Qué es lo que falta
Que la ventura falta? Como liebre
Azorada, el espíritu se esconde,
Trémulo huyendo al cazador que ríe,
Cual en soto selvoso, en nuestro pecho;
Y el deseo, de brazo de la fiebre,
Cual rico cazador recorre el soto.
¡Me espanta la ciudad! ¡Toda está llena
De copas por vaciar, o huecas copas!
¡Tengo miedo ¡ay de mí! De que este vino
Tósigo sea, y en mis venas luego
Cual duende vengador los dientes clave!
¡Tengo sed,- más de un vino que en la tierra
No se sabe beber! ¡No he padecido
Bastante aún, para romper el muro
Que me aparta ¡oh dolor! De mi viñedo!
¡Tomad vosotros, catadores ruines
De vinillos humanos, esos vasos
Donde el jugo de lirio a grandes sorbos
Sin compasión y sin temor se bebe!
Tomad! Yo soy honrado: y tengo miedo!
Príncipe Enano
Para un príncipe enano !Venga mi caballero
Se hace esta fiesta. Por esta senda!
Tiene guedejas rubias, !Entrese mi tirano
Blandas guedejas; Por esta cueva!
Por sobre el hombro blanco Tal es, cuando a mis ojos
Luengas le cuelgan. Su imagen llega,
Sus dos ojos parecen Cual si en lóbrego antro
Estrellas negras: Pálida estrella
!Vuelan, brillan, palpitan, Con fulgores de ópalo
Relampaguean! Todo vistiera.
El para mí es corona, A su paso la sombra
Almohada, espuela. Matices muestra,
Mi mano, que así embrida Como al sol que las hiere
Potros y hienas, Las nubes negras.
Va, mansa y obediente, !Heme ya , puesto en armas,
Donde él la lleva. En la pelea!
Si el ceño frunce, temo; Quiere el príncipe enano
Si se me queja,- Que a luchar vuelva:
Cual de mujer, mi rostro !El para mí es corona,
Nieve se trueca: Almohada, espuela!
Su sangre, pues, anima Y como el sol, quebrando
Mis flacas venas: Las nubes negras,
!Con su gozo mi sangre En banda de colores
Se hincha, o se seca! La sombra trueca,-
Para un príncipe enano El, al tocarla, borda
Se hace esta fiesta. En la onda espesa,
Mi banda de batalla !Entrese mi tirano
Roja y violeta. Por esta cueva!
¿Con que mi dueño quiere !Déjeme que la vida
Que a vivir vuelva? A él, a él le ofrezca!
!Venga mi caballero Para un príncipe enano
Por esta senda! Se hace esta fiesta.
Musa Traviesa
Mi musa? Es un diablillo Contándolo, me inunda
Con ala de ángel. Un gozo grave:-
!Ah, musilla traviesa, Y cual si el monte alegre,
Qué vuelo trae! Queriendo holgarse
Al alba enamorando
Yo suelo, caballero Con voces ágiles,
En sueños graves, Sus hilillos sonoros
Cabalgar horas luengas Desanudase,
Sobre los aires. Y salpicando riscos,
Me entro en nubes rosadas, Labrando esmaltes,
Bajo a hondos mares, Refrescando sedientas
Y en los senos eternos Cálidas cauces,
Hago viajes. Echáralos risueños
Allí asisto a la inmensa Por falda y valle, –
Boda inefable, Así, al alba del alma
Y en los talleres huelgo Regocijándose,
De la luz madre: Mi espíritu encendido
Y con ella es la oscura Me echa a raudales
Vida, radiante, Por las mejillas secas
Y a mis ojos los antros Lágrimas suaves.
Son nidos de ángeles! Me siento, cual si en magno
Al viajero del cielo Templo oficiase:
¿Qué el mundo frágil? Cual si mi alma por mirra
Pues, ¿no saben los hombres Virtiese al aire;
Qué encargo traen? Cual si en mi hombro surgieran
!Rasgarse el bravo pecho, Fuerzas de Atlante;
Vaciar su sangre, Cual si el sol en mi seno
Y andar, andar heridos La luz fraguase: –
Muy largo valle, !Y estallo, hiervo, vibro,
Roto el cuerpo en harapos, Alas me nacen!
Los pies en carne,
Hasta dar sonriendo Suavemente la puerta
-!No en tierra!- exánimes! Del cuarto se abre,
Y entonces sus talleres Y éntranse a él gozosos
La luz les abre, Luz, risas, aire.
Y ven lo que yo veo: Al par da el sol en mi alma
¿Qué el mundo frágil? Y en los cristales:
Seres hay de montaña, !Por la puerta se ha entrado
seres de valle, Mi diablo ángel!
Y seres de pantanos ¿Qué fue de aquellos sueños,
Y lodazales. De mi viaje,
Del papel amarillo,
De mis sueños desciendo, Del llanto suave?
Volando vanse, Cual si de mariposas
Y en papel amarillo Tras gran combate
Cuento el viaje. Volaran alas de oro
Por tierra y aire, Mis libros lance,
Así vuelan las hojas Y siéntese magnífico
Do cuento el trance. Sobre el desastre,
Hala acá el travesuelo Y muéstreme riendo,
Mi paño árabe; Roto el encaje-
Allá monta en el lomo -!Qué encaje no se rompe
De un incunable; En el combate!-
Un carcax con mis plumas Su cuello, en que la risa
Fabrica y átase; Gruesa onda hace!
Un sílex persiguiendo Venga, y por cauce nuevo
Vuelca un estante, Mi vida lance,
Y !allá ruedan por tierra Y a mis manos la vieja
Versillos frágiles, Péñola arranque,
Brumosos pensadores, Y del vaso manchado
Lópeos galanes! La tinta vacie!
De águilas diminutas !Vaso puro de nácar:
Puéblase el aire: Dame a que harte
!Son las ideas, que ascienden, Esta sed de pureza:
Rotas sus cárceles! Los labios cánsame!
¿Son éstas que lo envuelven
Del muro arranca, y cíñese, Carnes, o nácares?
Indio plumaje: La risa, como en taza
Aquella que me dieron De ónice árabe,
De oro brillante, En su incólume seno
Pluma, a marcar nacida Bulle triunfante:
Frentes infames, !Hete aquí, hueso pálido,
De su caja de seda Vivo y durable!
Saca, y la blande: Hijo soy de mi hijo!
Del sol a los requiebros El me rehace!
Brilla el plumaje,
Que baña en aúreas tintas Pudiera yo, hijo mío,
Su audaz semblante. Quebrando el arte
De ambos lados el rubio Universal, muriendo
Cabello al aire, Mis años dándote,
A mí súbito viénese Envejecerte súbito,
A que lo abrace. La vida ahorrarte!-
De beso en beso escala Mas no: que no verías
Mi mesa frágil; En horas graves
!Oh, Jacob, mariposa, Entrar el sol al alma
Ismaëlillo, árabe! Y a los cristales!
¿Qué ha de haber que me guste Hierva en tu seno puro
Como mirarle Risa asonante:
De entre polvo de libros Rueden pliegues abajo
Surgir radiante, Libros exangës:
Y, en vez de acero, verle Sube, Jacob alegre,
De pluma armarse, La escala suave:
Y buscar en mis brazos Ven, y de beso en beso
Tregua al combate? Mi mesa asaltes:-
Venga, venga Ismaelillo: !Pues ésa es mi musilla,
La mesa asalte, Mi diablo ángel!
Y por los anchos pliegues !Ah, musilla traviesa,
Del paño árabe Qué vuelo trae!
En rota vergonzosa
Penachos Vívidos
Como taza en que hierve Ora en carreras locas,
De transparente vino O en sonoros relinchos,
En doradas burbujas O sacudiendo el aire
El generoso espíritu; El crinaje magnífico;-
Como inquieto mar joven Asi mis pensamientos
Del cauce nuevo henchido Rebosan en mí vividos,
Rebosa, y por las playas Y en crespa espuma de oro
Bulle y muere tranquilo; Besan tus pies sumisos,
O en fúlgidos penachos
Como manada alegre De varios tintes ricos,
De bellos potros vivos Se mecen y se inclinan
Que en la mañana clara Cuando tú pasas -hijo!
Muestran su regocijo,
Valle Lozano
Dígame mi labriego Otros, con dagas grandes
¿Cómo es que ha andado Mi pecho araron:
En esta noche lóbrega Pues, ¿qué hierro es el tuyo
Este hondo campo? Que no hace daño?
Dígame de qué flores Y esto dije -y el niño
Untó el arado Riendo me trajo
Que la tierra olorosa En sus dos manos blancas
Trasciende a nardos? Un beso casto.
Dígame de qué ríos
Regó ese prado,
Que era un valle muy negro
Y ora es lozano?
Versos Libres
Hierro
Ganado tengo el pan: hágase el verso,-
Y en su comercio dulce se ejercite
La mano, que cual prófugo perdido
Entre oscuras malezas, o quien lleva
A rastra enorme peso, andaba ha poco
Sumas hilando y revolviendo cifras.
Bardo ¿consejo quieres? Pues descuelga
de la pálida espalda ensangrentada
El arpa dívea, acalla los sollozos
Que a tu garganta como mar en furia
Se agolparán, y en la madera rica
Taja plumillas de escritorio y echa
Las cuerdas rotas al movible viento.
¡ Oh alma!, ¡oh, alma buena! ¡mal oficio
Tienes!: ¡póstrate, calla, cede, lame
Manos de potentado, ensalza, excusa
Defectos, tenlos -que es mejor manera
De excusarlos, y mansa y temerosa
Vicios celebra, encumbra vanidades:
Verás entonces, alma, cuál se trueca
En plato de oro rico tu desnudo
Plato de pobre!
Pero guarda ¡oh alma!
¡Que usan los hombres hoy oro empañado!
Ni de esos cures, que fabrican de oro
Sus joyas el bribón y el barbilindo:
Las armas no, -las armas son de hierro!
Mi mal es rudo: la ciudad lo encona:
Lo alivia el campo inmenso: ¡otro más vasto
Lo aliviará mejor! -Y las oscuras
Tardes me atraen, cual si mi patria fuera
La dilatada sombra.
Era yo niño-
Y con filial amor miraba al cielo,
¡Cuán pobre a mi avaricia el descuidado
Cariño del hogar! ¡Cuán tristemente
Bañado el rostro ansioso en llanto largo
Con mis ávidos ojos perseguía
La madre austera, el padre pensativo
Sin que jamás los labios ardorosos
Del corazón voraz la sed saciasen.
¡ Oh verso amigo,
Muero de soledad, de amor me muero!
No de vulgar amor; estos amores
Envenenan y ofuscan: no es hermosa
La fruta en la mujer, sino la estrella
La tierra ha de ser luz, y todo vivo
Debe en torno de sí dar lumbre de astro.
¡ oh, estas damas de muestra ¡ ¡oh, estas copas
de carne! ¡oh, estas siervas, ante el dueño
que las ennjoya y que las nutre echadas!
¡ te digo, oh verso, que los dientes duelen
de comer de esta carne!
Es de inefable
Amor del que yo muero, -del muy dulce
Menester de llevar, como se lleva
Un niño tierno en las cuidadosas manos,
Cuanto de bello y triste ven mis ojos.
Del sueño, que las fuerzas no repara
Sino de los dichosos, y a los tristes
El duro humor y la fatiga aumenta,
Salto, al Sol, como un ebrio. Con las manos
Mi frente oprimo, y de los turbios ojos
Brota raudal de lágrimas. ¡ Y miro
El Sol tan bello y mi desierta alcoba,
Y mi virtud inútil, y las fuerzas
Que cual tropel famélico de hirsutas
Fieras saltan de mí buscando empleo;
Y el aire hueco palpo, y en el muro
Frío y desnudo el cuerpo vacilante
Apoyo, y en el cráneo estremecido
En agonía flota el pensamiento,
Cual leño de bajel despedazado
Que el mar en furia a playa ardiente arroja!
¡ Y echo a andar, como un muerto que camina,
Loco de amor, de soledad, de espanto!
¡Amar, agobia! ¡es tósigo el exceso
de amor! Y la prestada casa oscila
Cual barco en tempestad: en el destierro
Naúfrago es todo hombre, y toda casa
Inseguro bajel, al mar vendido!
¡Sólo las flores del paterno prado
Tienen olor! ¡Sólo las seibas patrias
Del sol amparan! Como en vaga nube
Por suelo extraño se anda; las miradas
Injurias nos parecen, y el sol mismo,
¡Más que en grato calor, enciende en ira!
¡No de voces queridas puebla el eco
los aires de otras tierras: y no vuelan
del arbolar espeso entre las ramas
los pálidos espíritus amados!
De carne viva y profanadas frutas
Viven los hombres, -¡ay! mas el proscripto
¡ De sus entrañas propias se alimenta!
¡ Tiranos: desterrad a los que ancalzan
el honor de vuestro odio: ya son muertos!
Valiera más ¡ oh barbaros! que al punto
De arrebatarlos al hogar, hundiera
En lo más hondo de su pecho honrado
Vuestro esbirro más cruel su hoja más dura!
Grato es morir, horrible, vivir muerto.
Mas no! mas no! La dicha es una prenda
De compasión de la fortuna al triste
Que no sabe domarla: a sus mejores
Hijos desgracias da naturaleza:
Fecunda el hierro al llano, el golpe al hierro!
Canto de Otoño
Bien; ya lo sé!: -la muerte está sentada
A mis umbrales: cautelosa viene,
Porque sus llantos y su amor no apronten
En mi defensa, cuando lejos viven
Padres e hijo.-al retornar ceñudo
De mi estéril labor, triste y oscura,
Con que a mi casa del invierno abrigo,
De pie sobre las hojas amarillas,
En la mano fatal la flor del sueño,
La negra toca en alas rematada,
Ávido el rostro, – trémulo la miro
Cada tarde aguardándome a mi puerta
En mi hijo pienso, y de la dama oscura
Huyo sin fuerzas devorado el pecho
De un frenético amor! Mujer más bella
No hay que la muerte!: por un beso suyo
Bosques espesos de laureles varios,
Y las adelfas del amor, y el gozo
De remembrarme mis niñeces diera!
…Pienso en aquél a quien el amor culpable
trajo a vivir, – y, sollozando, esquivo
de mi amada los brazos: – mas ya gozo
de la aurora perenne el bien seguro.
Oh, vida, adios: – quien va a morir, va muerto.
Oh, duelos con la sombra: oh, pobladores
Ocultos del espacio: oh formidables
Gigantes que a los vivos azorados
Mueren, dirigen, postran, precipitan!
Oh, cónclave de jueces, blandos sólo
A la virtud, que nube tenebrosa,
En grueso manto de oro recogidos,
Y duros como peña, aguardan torvos
A que al volver de la batalla rindan
-como el frutal sus frutos-
de sus obras de paz los hombres cuenta,
de sus divinas alas!… de los nuevos
árboles que sembraron, de las tristes
lágrimas que enjugaron, de las fosas
que a los tigres y vívoras abrieron,
y de las fortalezas eminentes
que al amor de los hombres levantaron!
¡esta es la dama, el Rey, la patria, el premio
apetecido, la arrogante mora
que a su brusco señor cautiva espera
llorando en la desierta espera barbacana!:
este el santo Salem, este el Sepulcro
de los hombres modernos:-no se vierta
más sangre que la propia! No se bata
sino al que odia el amor! Únjase presto
soldados del amor los hombres todos!:
la tierra entera marcha a la conquista
De este Rey y señor, que guarda el cielo!
…Viles: el que es traidor a sus deberes.
Muere como traidor, del golpe propio
De su arma ociosa el pecho atravesado!
¡Ved que no acaba el drama de la vida
En esta parte oscura! ¡Ved que luego
Tras la losa de mármol o la blanda
Cortina de humo y césped se reanuda
El drama portentoso! ¡y ved, oh viles,
Que los buenos, los tristes, los burlados,
Serán een la otra parte burladores!
Otros de lirio y sangre se alimenten:
¡Yo no! ¡yo no! Los lóbregos espacios
rasgué desde mi infancia con los tristes
Penetradores ojos: el misterio
En una hora feliz de sueño acaso
De los jueces así, y amé la vida
Porque del doloroso mal me salva
De volverla a vivi. Alegremente
El peso eché del infortunio al hombro:
Porque el que en huelga y regocijo vive
Y huye el dolor, y esquiva las sabrosas
Penas de la virtud, irá confuso
Del frío y torvo juez a la sentencia,
Cual soldado cobarde que en herrumbre
Dejó las nobles armas; ¡y los jueces
No en su dosel lo ampararán, no en brazos
Lo encumbrarán, mas lo echarán altivos
A odiar, a amar y a batallar de nuevo
En la fogosa y sofocante arena!
¡Oh! ¿qué mortal que se asomó a la vida
vivir de nuevo quiere? …
Puede ansiosa
La Muerte, pues, de pie en las hojas secas,
Esperarme a mi umbral con cada turbia
Tarde de Otoño, y silenciosa puede
Irme tejiendo con helados copos
Mi manto funeral.
No di al olvido
Las armas del amor: no de otra púrpura
Vestí que de mi sangre.
Abre los brazos, listo estoy, madre Muerte:
Al juez me lleva!
Hijo!…Qué imagen miro? qué llorosa
Visión rompe la sombra, y blandamente
Como con luz de estrella la ilumina?
Hijo!… qué me demandan tus abiertos
Brazos? A qué descubres tu afligido
Pecho? Por qué me muestran tus desnudos
Pies, aún no heridos, y las blancas manos
Vuelves a mí?
Cesa! calla! reposa! Vive: el padre
No ha de morir hasta que la ardua lucha
Rico de todas armas lance al hijo!-
Ven, oh mi hijuelo, y que tus alas blancas
De los abrazos de la muerte oscura
Y de su manto funeral me libren!
BOSQUE DE ROSAS
Allí despacio te diré mis cuitas;
Allí en tu boca escribiré mis versos!-
Ven, que la soledad será tu escudo!
Pero, si acaso lloras, en tus manos
Esconderé mi rostro, y con mis lágrimas
Borraré los extraños versos míos.
Sufrir ¡tú a quien yo amo, y ser yo el casco
Brutal, y tú, mi amada, el lirio roto?
Oh, la sangre del alma, tú la has visto?
Tiene manos y voz, y al que la vierte
Eternamente entre la sombra acusa.
¡Hay crímenes ocultos, y hay cadáveres
De almas, y hay villanos matadores!
Al bosque ven: del roble más erguido
Un pilòn labremos, y en el pilòn
Cuantos engañen a mujer pongamos!
Esta es la lidia humana: la tremenda
Batalla de los cascos y los lirios!
Pues los hombres soberbios ¿no son fieras?
Bestias y fieras! Mira, aquí te traigo
Mi bestia muerta, y mi furor domado.-
Ven, a callar; a murmurar; al ruido
De las hojas de Abril y los nidales.
Deja, oh mi amada, las paredes mudas
De esta casa ahoyada y ven conmigo
No al mar que bate y ruge sino al bosque
De rosas que hay al fondo de la selva.
Allí es buena la vida, porque es libre-
Y la virtud, por libre, será cierta,
Por libre, mi respeto meritorio.
Ni el amor, si no es libre, da ventura.
¡Oh, gentes ruines, las que en calma gozan
De robados amores! Si es ajeno
El cariño, el placer de respetarlo
Mayor mil veces es que el de su goce;
Del buen obrar ¡qué orgullo al pecho queda
Y còmo en dulces lágrimas rebosa,
Y en extrañas palabras, que parecen
Aleteos, no voces! Y ¡qué culpa
La de fingir amor! Pues hay tormento
Como aquél, sin amar, de hablar de amores!
Ven, que allí triste iré, pues yo me veo!
Ven, que la soledad será tu escudo!
FLORES DEL CIELO
Leí estos versos de Ronsard:
«Je vous envoie un bouquet que ma main
Vient de trier de ces fleurs épanouies»,
y escribí esto:
Flores? No quiero flores! Las del cielo
Quisiera yo segar!
Cruja, cual falda
De monte roto, esta cansada veste
Que me encinta y engrilla con sus miembros
Como con sierpes,- y en mi alma sacian
Su hambre, y asoman a la cueva lòbrega
Donde mora mi espíritu, su negra
Cabeza, y boca roja y sonriente!-
Caiga, como un encanto, este tejido
Enmarañado, de raíces! -Surjan
Donde mis brazos alas,- y parezca
Que, al ascender por la solemne atmòsfera,
De mis ojos, del mundo a que van llenos,
Ríos de luz sobre los hombres rueden!
Y huelguen por los húmedos jardines
Bardos tibios segando florecillas:-
Yo, pálido de amor, de pie en las sombras,
Envuelto en gigantesca vestidura
De lumbre astral, en mi jardín, el cielo,
Un ramo haré magnífico de estrellas:
¡No temblará de asir la luz mi mano!;
Y buscaré, donde las nubes duermen,
Amada, y en su seno la más viva
Le prenderé, y esparciré las otras
Por su áurea y vaporosa cabellera.
COPA CICLÓPEA
El sol alumbra: ya en los aires miro
La copa amarga: ya mis labios tiemblan,
-No de temor, que prostituye,- de ira!…
El Universo, en las mañanas alza
Medio dormido aún de un dulce sueño
En las manos la tierra perezosa,
Copa inmortal, donde
Hierven al sol las fuerzas de la vida!-
Al niño triscador, al venturoso
De alma tibia y mediocre, a la fragante
Mujer que con los ojos desmayados
Abrirse ve en el aire extrañas rosas,
Iris la tierra es, roto en colores,-
Raudal que juvenece, y rueda limpio
Por perfumado llano, y al retozo
Y al desmayo después plácido brinda!-
Y para mí, porque a los hombres amo
Y mi gusto y mi bien terco descuido,
La tierra melancòlica aparece
Sobre mi frente que la vida bate,
De lúgubre color inmenso yugo!
La frente encorvo, el cuello manso inclino,
Y, con los labios apretados, muero.
POMONA
Oh, ritmo de la carne, oh melodía,
Oh licor vigorante, oh filtro dulce
De la hechicera forma! -no hay milagro
En el cuento de Lázaro, si Cristo
Llevò a su tumba una mujer hermosa!
Qué soy- quién es, sino Memnòn en donde
Toda la luz del Universo canta,-
Y cauce humilde en que van revueltas,
Las eternas corrientes de la vida? –
Iba,- como arroyuelo que cansado
De regar plantas ásperas fenece,
Y, de amor por el Sol noble transido,
A su fuego con gozo se evapora:
Iba, -cual jarra que el licor ligero
Hinche, sacude, en el fermento rompe,
Y en silenciosos hilos abandona:
Iba,- cual gladiador que sin combate
Del incòlume escudo ampara el rostro
Y el cuerpo rinde en la ignorada arena
…Y súbito,- las fuerzas juveniles
De un nuevo mar, el pecho rebosante
Hinchen y embargan,- el cansado brío
Arde otra vez,- y puebla el aire sano
Música suave y blando olor de mieles!
Porque a mis ojos los fragantes brazos
En armònico gesto alzò Pomona.
MEDIA NOCHE
Oh, qué vergüenza!: -El sol ha iluminado
La tierra: el amplio mar en sus entrañas
Nuevas columnas a sus naves rojas
Ha levantado: el monte, granos nuevos
Juntò en el curso del solemne día
A sus jaspes y breñas: en el vientre
De las aves y bestias nuevos hijos
Vida, que es forma, cobran: en las ramas
Las frutas de los árboles maduran:-
Y yo, mozo de gleba, he puesto sòlo,
Mientras que el mundo gigantesco crece,
Mi jornal en las ollas de la casa!
Por Dios, que soy un vil!:- No en vano el sueño
A mis pálidos ojos es negado!
No en vano por las calles titubeo
Ebrio de un vino amargo, cual quien busca
Fosa ignorada donde hundirse, y nadie
Su crimen grande y su ignominia sepa!
No en vano el corazòn me tiembla ansioso
Como el pecho sin calma de un malvado!
El cielo, el cielo, con sus ojos de oro
Me mira, y ve mi cobardía, y lanza
Mi cuerpo fugitivo por la sombra
Como quien loco y desolado huye
De un vigilante que en sí mismo lleva!
La tierra es soledad! la luz se enfría!
Adonde iré que este volcan se apague?
Adonde iré que el vigilante duerma?
Oh, sed de amor! -oh, corazòn, prendado
De cuanto vivo el Universo habita;
Del gusanillo verde en que se trueca
La hoja del árbol: -del rizado jaspe
En que las ondas de la mar se cuajan:-
De los árboles presos, que a los ojos
Me sacan siempre lágrimas: -del lindo
Bribòn gentil que con los pies desnudos
En fango o nieve, diario o flor pregona.
Oh, corazòn, -que en el carnal vestido
No hierros de hacer oro, ni belfudos
Labios glotones y sensuosos mira,-
Sino corazas de batalla, y hornos
Donde la vida universal fermenta!-
Y yo, pobre de mí!, preso en mi jaula,
La gran batalla de los hombres miro!-
[1878]
YUGO Y ESTRELLA
Cuando nací, sin sol, mi madre dijo:
-Flor de mi seno, Homagno generoso
De mí y de la Creaciòn suma y reflejo,
Pez que en ave y corcel y hombre se torna,
Mira estas dos, que con dolor te brindo,
Insignias de la vida: ve y escoge.
Éste, es un yugo: quien lo acepta, goza:
Hace de manso buey, y como presta
Servicio a los señores, duerme en paja
Caliente, y tiene rica y ancha avena.
Ésta, oh misterio que de mí naciste
Cual la lumbre naciò de la montaña,
Ésta, que alumbra y mata, es una estrella:
Como que riega luz, los pecadores
Huyen de quien la lleva, y en la vida,
Cual un monstruo de crímenes cargado,
Todo el que lleva luz, se queda solo.
Pero el hombre que al buey sin pena imita,
Buey vuelve a ser, y en apagado bruto
La escala universal de nuevo empieza.
El que la estrella sin temor se ciñe,
Como que crea, crece!
Cuando al mundo
De su copa el licor vaciò ya el vivo:
Cuando, para manjar de la sangrienta
Fiesta humana, sacò contento y grave
Su propio corazòn: cuando a los vientos
De Norte y Sur virtiò su voz sagrada,-
La estrella como un manto, en luz lo envuelve,
Se enciende, como a fiesta, el aire claro,
Y el vivo que a vivir no tuvo miedo,
Se oye que un paso más sube en la sombra!
-Dame el yugo, oh mi madre, de manera
Que puesto en él de pie, luzca en mi frente
Mejor la estrella que ilumina y mata.
ISLA FAMOSA
Aquí estoy, solo estoy, despedazado.
Ruge el cielo: las nubes se aglomeran,
Y aprietan, y ennegrecen, y desgajan:
Los vapores del mar la roca ciñen:
Sacra angustia y horror mis ojos comen:
A qué, Naturaleza embravecida,
A qué la esteril soledad en torno
De quien de ansia de amor rebosa y muere?
Dònde, Cristo sin cruz, los ojos pones?
Dònde, oh sombra enemiga, dònde el ara
Digna por fin de recibir mi frente?
En pro de quién derramaré mi vida?
-Rasgòse el velo: por un tajo ameno
De claro azul, como en sus lienzos abre
Entre mazos de sombra Díaz famoso,
El hombre triste de la roca mira
En lindo campo tropical, galanes
Blancos, y Venus negras, de unas flores
Fétidas y fangosas coronados:
Danzando van: a cada giro nuevo
Bajo los muelles pies la tierra cede!
Y cuando en ancho beso los gastados
Labios sin lustre ya, trémulos juntan,
Sáltanle de los labios agoreras
Aves tintas en hiel, aves de muerte.
SED DE BELLEZA
Solo, estoy solo: viene el verso amigo,
Como el esposo diligente acude
De la erizada tòrtola al reclamo.
Cual de los altos montes en deshielo
Por breñas y por valles en copiosos
Hilos las nieves desatadas bajan-
Así por mis entrañas oprimidas
Un balsámico amor y una avaricia
Celeste de hermosura se derraman.
Tal desde el vasto azul, sobre la tierra,
Cual si de alma de virgen la sombría
Humanidad sangrienta perfumasen,
Su luz benigna las estrellas vierten
Esposas del silencio! -y de las flores
Tal el aroma vago se levanta.
Dadme lo sumo y lo perfecto: dadme
Un dibujo de Angelo: una espada
Con puño de Cellini, más hermosa
Que las techumbres de marfil calado
Que se place en labrar Naturaleza.
El cráneo augusto dadme donde ardieron
El universo Hamlet y la furia
Tempestuosa del moro: -la manceba
India que a orillas del ameno río
Que del viejo Chichén los muros baña
A la sombra de un plátano pomposo
Y sus propios cabellos, el esbelto
Cuerpo bruñido y nítido enjugaba.
Dadme mi cielo azul… dadme la pura
Alma de mármol que al soberbio Louvre
Dio, cual su espuma y flor, Milo famosa.
¡OH, MARGARITA!
Una cita a la sombra de tu oscuro
Portal donde el friecillo nos convida
A apretarnos los dos, de tan estrecho
Modo, que un solo cuerpo los dos sean:
Deja que el aire zumbador resbale,
Cargado de salud, como travieso
Mozo que las corteja, entre las hojas,
Y en el pino
Rumor y majestad mi verso aprenda.
Sòlo la noche del amor es digna.
La oscuridad, la soledad convienen.
Ya no se puede amar, ¡oh Margarita!
ÁGUILA BLANCA
De pie, cada mañana,
Junto a mi áspero lecho está el verdugo.-
Brilla el sol, nace el mundo, el aire ahuyenta
Del cráneo la malicia,-
Y mi águila infeliz, mi águila blanca
Que cada noche en mi alma se renueva,
Al alba universal las alas tiende
Y camino del sol emprende el vuelo.
Y silencioso el bárbaro verdugo
De un nuevo golpe de puñal le quiebra
El fuerte corazòn cada mañana.
Y en vez del claro vuelo al sol altivo
Por entre pies, ensangrentada, rota,
De un grano en busca el águila rastrea.
Oh noche, sol del triste, amable seno
Donde su fuerza el corazòn revive,
Perdura, apaga el sol, toma la forma
De mujer, libre y pura, a que yo pueda
Ungir tus pies, y con mis besos locos
Ceñir tu frente y calentar tus manos.
Líbrame, eterna noche, del verdugo,
O dale, a que me dé, con la primera
Alba, una limpia y redentora espada.
Que con qué la has de hacer? Con luz de estrellas!
HE VIVIDO: ME HE MUERTO…
He vivido: me he muerto: y en mi andante
Fosa sigo viviendo: una armadura
Del hierro montaraz del siglo octavo,
Menos, sí, menos que mi rostro pesa.
Al cráneo inquieto lo mantengo fijo
Porque al rodar por tierra el mar de llanto
[……………………….], no asombre.
Quejarme, no me quejo: que es de lacayos
Quejarse, y de mujeres,
Y de aprendices de la trova, manos
Nuevas en liras viejas: -Pero vivo
Cual si mi ser entero en un agudo
Desgarrador sollozo se exhalara.-
De tierra, a cada sol mis restos propios
Recojo, en junto los apilo, a rastras
A la implacable luz y a los voraces
Hombres cual si viviesen los paseo:
Mas si frente a la luz me fuese dado
Como en la sombra donde duermo, al polvo
Mis disfraces echar, viérase súbito
Un cuerpo sin calor venir a tierra
Tal como un monte muerto que en sus propias
Inanimadas faldas se derrumba.
He vivido: al deber juré mis armas
Y ni una vez el sol doblò las cuestas
Sin que mi lidia y mi victoria viere:-
Ni hablar, ni ver, ni pensar yo quisiera!
Cruzados ambos brazos, como en nube
Parda, en mortal sosiego me hundiría.
De noche, cuando al sueño a sus soldados
En el negro cuartel llama la vida,
La espalda vuelvo a cuanto vive: al muro
La frente doy, y como jugo y copia
De mis batallas en la tierra miro-
La rubia cabellera de una niña
Y la cabeza blanca de un anciano!
ESTROFA NUEVA
Cuando, oh Poesía,
Cuando en tu seno reposar me es dado!-
Ancha es y hermosa y fúlgida la vida:
Que éste o aquél o yo vivamos tristes,
Culpa de éste o aquél será, o mi culpa!
Nace el corcel, del ala más lejano
Que el hombre, en quien el ala encumbradora
Ya en los ingentes brazos se diseña:
Sin más brida el corcel nace que el viento
Espoleador y flameador,- al hombre
La vida echa sus riendas en la cuna!
Si las tuerce o revuelve, y si tropieza
Y da en atolladero, a sí se culpe
Y del incendio o del zarzal redima
La destrozada brida: sin que al noble
Sol y [……………..] vida desafíe.
De nuestro bien o mal autores somos,
Y cada cual autor de sí: la queja
A la torpeza y la deshonra añade
De nuestro error: cantemos, sí, cantemos
Aunque las hidras nuestro pecho roan
El Universo colosal y hermoso!
Un obrero tiznado, una enfermiza
Mujer, de faz enjuta y dedos gruesos:
Otra que al dar al sol los entumidos
Miembros en el taller, como una egipcia
Voluptuosa y feliz, la saya burda
Con las manos recoge, y canta, y danza:
Un niño que, sin miedo a la ventisca,
Como el soldado con el arma al hombro,
Va con sus libros a la escuela: el denso
Rebaño de hombres que en silencio triste
Sale a la aurora y con la noche vuelve
Del pan del día en la difícil busca,-
Cual la luz a Memnòn, mueven mi lira.
Los niños, versos vivos, los heroicos
Y pálidos ancianos, los oscuros
Hornos donde en bridòn o tritòn truecan
Los hombres victoriosos las montañas
Astiánax son y Andròmaca mejores,
Mejores, si, que los del viejo Homero.
Naturaleza siempre viva: el mundo
De minotauro yendo a mariposa
Que de rondar el sol enferma y muere:
Dejad, por Dios, que la mujer cansada
De amar, con leche y menjurjes
Su piel rugosa y su verdad restaure,
Repíntense las viejas: la doncella
Con rosas naturales se corone:-
La sed de luz, que como el mar salado
La de los labios, con el agua amarga
De la vida se irrita: la columna
Compacta de asaltantes, que sin miedo,
Al Dios de ayer en los desnudos hombros
La mano libre y desferrada ponen,-
Y los ligeros pies en el vacío,-
Poesía son, y estrofa alada, y grito
Que ni en tercetos ni en octava estrecha
Ni en remilgados serventesios caben:
Vaciad un monte,- en tajo de Sol vivo
Tallad un plectro: o de la mar brillante
El seno rojo y nacarado, el molde
De la triunfante estrofa nueva sea!
Como nobles de Nápoles, fantasmas
Sin carne ya y sin sangre, que en palacios
Muertos y oscuros con añejas chupas
De comido blasòn, a paso sordo
Andan, y al mundo que camina enseñan
Como un grito sin voz la seca encía,
Así, sobre los árboles cansados,
Y los ciriales rotos, y los huecos
De oxidadas diademas, duendecillos
Con chupa vieja y metro viejo asoman!
No en tronco seco y muerto hacen sus nidos,
Alegres recaderos de mañana,
Las lindas aves, cuerdas y gentiles:
Ramaje quieren suelto y denso, y tronco
Alto y robusto, en fibra rico y savia.
Mas con el sol se alza el deber: se pone
Mucho después que el sol: de la hornería
Y su batalla y su fragor cansada
La mente plena en el rendido cuerpo,
Atormentada duerme, -como el verso
Vivo en los aires, por la lira rota
Sin dar sonidos desolado pasa!
Perdona, pues, oh estrofa nueva, el tosco
Alarde de mi amor. Cuando, oh Poesía,
Cuando en tu seno reposar me es dado.
MUJERES
1
Ésta, es rubia: ésa, oscura: aquélla, extraña
Mujer de ojos de mar y cejas negras:
Y una cual palma egipcia alta y solemne
Y otra como un canario gorjeadora.
Pasan, y muerden: los cabellos luengos
Echan, como una red: como un juguete
La lánguida beldad ponen al labio
Casto y febril del amador que a un templo
Con menos devociòn que al cuerpo llega
De la mujer amada: ella, sin velos.
Yace, y a su merced; -él, casto y mudo
En la inflamada sombra alza dichoso
Como un manto imperial de luz de aurora.
Cual un pájaro loco en tanto ausente
En frágil rama y en menudas flores
De la mujer el alma travesea:
Noble furor enciende al sacerdote
Y a la insensata, contra el ara augusta
Como una copa de cristal rompiera:-
Pájaros, sòlo pájaros: el alma
Su ardiente amor reserve al universo.
2
Vino hirviente es amor: del vaso afuera,
Echa, brillando al Sol, la alegre espuma:
Y en sus claras burbujas, desmayados
Cuerpos, rizosos niños, cenadores
Fragantes y amistosas alamedas
Y juguetones ciervos se retratan:
De joyas, de esmeraldas, de rubíes,
De ònices y turquesas y del duro
Diamante al fuego eterno derretidos,
Se hace el vino satánico: Mañana
El vaso sin ventura que lo tuvo
Cual comido de hienas, y espantosa
Lava mordente se verá quemado.
3
Bien duerma, bien despierte, bien recline-
Aunque no lo reclino- bien de hinojos,
Ante un niño que llega el cuerpo doble
Que no se dobla a viles y a tiranos,
Siento que siempre estoy en pie: -si suelo
Cual del niño en los rizos suele el aire
Benigno, en los piadosos labios tristes
Dejar que vuele una sonrisa, -es fijo
Así, sépalo el mozo, así sonríen
Cuantos nobles y crédulos buscaron
El sol eterno en la belleza humana.
Sòlo hay un vaso que la sed apague
De hermosura y amor: Naturaleza
Abrazos deleitosos, híbleos besos
A sus amantes pròdiga regala.
4
Para que el hombre los tallara puso
El monte y el volcán Naturaleza,-
El mar, para que el hombre ver pudiese
Que era menor que su cerebro,- en horno
Igual, sol, aire y hombres elabora.
Porque los dome, el pecho al hombre inunda
Con pardos brutos y con torvas fieras.
¡Y el hombre, no alza el monte: no en el libre
Aire, ni en sol magnífico se trueca:
Y en sus manos sin honra, a las sensuales
Bestias del pecho el corazòn ofrece:
A los pies de la esclava vencedora:
El hombre yace, deshonrado, muerto.
ASTRO PURO
De un muerto, que al calor de un astro puro,
De paso por la tierra, como un manto
De oro sintiò sobre sus huesos tibios
El polvo de la tumba, al sol radiante
Resucitò gozoso, viviò un día,
Y se volviò a morir,- son estos versos:
Alma piadosa que a mi tumba llamas
Y cual la blanca luz de astros de Enero,
Por el palacio de mi pecho en ruinas
Entras, e irradias, y los restos fríos
De los que en él voraces habitaron
Truecas, oh maga! en candidas palomas:-
Espíritu, pureza, luz, ternura,
Aves sin pies que el ruido humano espanta,
Señora de la negra cabellera,
El verso muerto a tu presencia surge
Como a las dulces horas el rocío
En el oscuro mar el sol dorado
Y álzase por el aire, cuanto existe
Cual su manto en el vuelo recogiendo,
Y a ti llega, y se postra, y por la tierra
En colosales pliegues [………..]
Con majestad de púrpura romana.
Besé tus pies,- te vi pasar: Señora,
Perfume y luz tiene por fin la tierra!
El verso aquel que a dentelladas duras
La vida diaria y ruin me remordía
Y en ásperos retazos, de mis secos
Y codiciosos labios se exhalaba,
Ora triunfante y melodioso bulle,
Y como ola de mar al sol sereno
Bajo el espacio azul rueda en espuma:
Oh mago, oh mago amor!
Ya compañía
Tengo para afrontar la vida eterna:
Para la hora de la luz, la hora
De reposo y de flor, ya tengo cita.
Esto diciendo, los abiertos brazos
Tendiò el cantor, como a abrazar. El vivo
Amor que su viril estrofa mueve
Sòlo durò lo que la estrofa dura:
Alma infeliz el alma ardiente, aquélla
En que el ascua más leve alza un incendio
[………..””……….] y el sueño
Que vio esplender, y quiso asir, hundiòse
Como un águila muerta: el ígneo, el […]
Callò, brillò, volviò solo a su tumba.
HOMAGNO AUDAZ
Homagno audaz, de tanto haber vivido
Con el alma, que quema, se moría.-
Por las còncavas sienes las canosas
Lasas guedejas le colgaban: hinca
Las silenciosas manos en los secos.
Muslos: los labios, como ofensa augusta
Al negro pueblo universal, horrible
Pueblo infeliz y hediondo de los Midas,
Junta como quien niega: y en los claros
Ojos de ansia y amor, que la vislumbre
De la muerte feliz, arroba, brilla
Como en selva nocturna hoguera blanca
La mirada caudal de un Dios que muere
Remordido de hormigas:
Suplicante
A sus llagados pies Jòveno hermoso
Tiéndese y llora; y en los negros ojos
Desolaciòn patética le brilla:
No, no Homagno, ¡negras ropas visten
Las mujeres de estos tiempos! -en que-
Como hojas verdes en invierno, lucen:
Oh las mujeres, oh las necias, trajes
De rosas sin olor: -jubòn rosado,
Con trajes anchos de perlada seda:-
En los [……………] el galano
Talle le ciñen: -oh dime, dime Homagno,
De este palacio de que sales; dime
Qué secreto conjuro la uva rompe
De las sabrosas mieles: di qué llave
Abre las puertas del placer profundo
Que fortalece y embalsama: dilo,
Oh noble Homagno, a Jòveno extranjero:-
La sublime piedad abriò los labios
Del moribundo noble musitando:
La llave quieres, Jòveno, del mundo?
La llave de la fuerza, la del goce
Sereno y penetrante, la del hondo
Valor que a mundos y a villas,
Cual gigante amazona desafía;
La del escudo impenetrable, escudo
Contra la tentadora humana Infamia!
Yo ni de dioses ni de filtro tengo
Fuerzas maravillosas: he vivido,
Y la divinidad está en la vida!:
¡Mira si no la frente de los viejos!
Estréchame la mano: no, no esperes
A que yo te la tienda: ¡yo sabia
Antes tenderla, de mi hermoso modo
Que envolvía en sombra de amor el Universo!
Hoy, ya no puedo alzarla de la piedra
Donde me asiento: aunque el corazòn
Plumas nuevas se viste y tiende el ala:
¡No acaba el alma humana en este mundo!
Ya, cual bucles de piedra, en mi mondado
Cráneo cuelgan mis últimos cabellos;
Pero debajo no! debajo vibra
Todo el fuego magnífico y sonoro
Que mantiene la tierra!
Ven y toma
Esta mano que ha visto mucha pena!
Dicen que así verás lo que yo he visto.
¡Aprieta bien, aprieta bien mi mano!
Es bueno ir de la mano de los jòvenes!:
¡Así, de sombra a luz, crece la vida!
¡Déjame divagar: la mente vaga
Como las nubes, madres de la tierra!
Mozo, ven, pues: ase mi mano y mira:
Aquí están, a tus ojos, en hilera,
Frías y dormidas como estatuas, todas
Las que de amor el pecho te han movido:
¡Las llaves falsas, Jòveno, del cielo!
Una no más sencillamente lo abre
Como nuestro dominio: pero nota
Còmo estas barbas a la tierra llegan
Blancas y ensangrentadas, y aún no topo
Con la que me pudiera abrir el cielo.
En cambio, mira a mi redor: la tierra
Está amasada con las llaves rotas
Con que he probado a abrirlo: -y que éste es todo
El mundo dicen los bellacos luego!
¡Viene después un cierto olor de rosa,
Un trono en una nube, un vuelo vago,
Y un aire y una sangre hecha de besos!
¡Pompa de claridad la muerte miro!:
¡Palpa cuál, de pensarla, están calientes,
Finos, como si fuesen a una boda,
Ágiles como alas, y sedosos,
Como la mocedad después del baño,
Estos bucles de piedra! Gruñes, gruñes
De estas cosas de viejo…
Ahí están todas
las mujeres que amaste; llaves falsas
Con que en vano echa el hombre a abrir el cielo.
Por la magia sutil de mi experiencia
Las miro como son: cáscaras todas,
Esta de nácar, cual la Aurora brinda,
Humo como la Aurora; ésta de bronce;
Marfil ésta; ésa ébano; y aquella
De esos diestros barrillos italianos
De diversos colores… ¡cuenta! Es fijo…
¿Cuántos años cumpliste? Treinta? Es fijo
Que has amado, y es poco, a más de ciento:
¡Se hacen muy fácilmente, y duran poco,
Las estatuas de cieno! Gruñes, gruñes
De estas cosas de viejo…
A ver qué tienen
Las cáscaras por dentro! ¡Abajo, abajo
Esa hermosa de nácar! ¡qué riqueza
Viene al suelo de espalda y hombros finos!
¡Parece una onda de òpalo cuajada!
¡Sube un aroma que perfuma el viento,-
Que me enciende la carne, que me anubla
El juicio, a tanta costa trabajado!:
Pero vuélvela a diestra y a siniestra,
A la luna y el sol: no hay nada adentro!
Y en la de bronce ¿qué hallas? ¡con que modo
Loco y ardiente buscas!: aún humea
Esa de bronce en restos: ¿qué has hallado
Que con espanto tal la echas en tierra?:
¡Ah, lo que corre el duende negro: un cerdo!
Y ésa? ¡una uña! Y ¿ésa? ¡ay! una piedra
Más dura que mis bucles: la más terrible
Es esa de la piedra! Y ¿esta moza
Toda de colorines? saca! saca!
¡Esta por corazòn tiene un vasillo
Hueco, forrado en láminas de modas!
Esa? nada! Esa? nada! Esa? Una doble
Dentadura, y manchado cada diente
De una sangre distinta: ¡mata, mata!
¡Mata con el talòn a esa culebra!
Y ésa? Una hamaca! Y ¿ésa, pues, la última,
La postrer de las cien, qué le has hallado
Que le besas los pies, que la rehaces
De prisa con tus manos, que la cubres
Con sus mismos cabellos, que la amparas
Con tu cuerpo, que te echas de rodillas?
¿Qué tienes? ¿qué levantas en las manos
Lentamente como una ofrenda al cielo?
¿Entrañas de mujer? No en vano el cielo
Con una luz tan suave se ilumina,
¡Eso es arpa: eso es sol: [………]!
¿De cien mujeres, una con entrañas?
¡Abrázala! arrebátala! con ella
Vive, que serás rey, doquier que vivas:
Cruza los bosques, que los lobos mismos
Su presa te darán, y acatamiento:
Cruza los mares, y las olas lomo
Blando te prestarán; los hombres cruza
Que no te morderán, aunque te juro
Que lo que ven lo muerden, y si es bello
Lo muerden más; y dondequier que muerden
Lo despedazan todo y envenenan.
Ya no eres hombre, Jòveno, si hallaste
Una mujer amante! o no:- ya lo eres!
CRIN HIRSUTA
Que como crin hirsuta de espantado
Caballo que en los troncos secos mira
Garras y dientes de tremendo lobo,
Mi destrozado verso se levanta…?
Sí,: pero se levanta! -a la manera
Como cuando el puñal se hunde en el cuello
De la res, sube al cielo hilo de sangre:-
Sòlo el amor engendra melodías.
A LOS ESPACIOS
A los espacios entregarme quiero
Donde se vive en paz, y con un manto
De luz, en gozo embriagador henchido,
Sobre las nubes blancas se pasea,-
Y donde Dante y las estrellas viven.
Yo sé, yo sé, porque lo tengo visto
En ciertas horas puras, còmo rompe
Su cáliz una flor,- y no es diverso
Del modo, no, con que lo quiebra el alma,
Escuchad, y os diré: -viene de pronto
Como una aurora inesperada, y como
A la primera luz de primavera
De flor se cubren las amables lilas…
Triste de mí: contároslo quería
Y en espera del verso, las grandiosas
Imágenes en fila ante mis ojos
Como águilas alegres vi sentadas.
Pero las voces de los hombres echan
De junto a mí las nobles aves de oro:
Ya se van, ya se van: ved còmo rueda
La sangre de mi herida.
Si me pedís un símbolo del mundo
En estos tiempos, vedlo: un ala rota.
Se labra mucho el oro, el alma apenas!-
Ved còmo sufro: vive el alma mía
Cual cierva en una cueva acorralada:-
Oh, no está bien:
me vengaré, llorando!
PÓRTICO
Frente a casas ruines, en los mismos
Sacros lugares donde Franklin bueno
Citò al rayo y lo atò,- por entre truncos
Muros, cerros de piedras, boqueantes
Fosos, y los cimientos asomados
Como dientes que nacen a una encía
Un pòrtico gigante se elevaba.
Rondaba cerca de él la muchedumbre
[…………] que siempre en torno
De las fábricas nuevas se congrega:
Cuál, que ésta es siempre distinciòn de necios,
Absorto ante el tamaño: piedra el otro
Que no penetra el sol, y cuál en ira,
De que fuera mayor que su estatura.
Entre el tosco andamiaje, y las nacientes
Paredes, el pòrtico […….]
En un cráneo sin tope parecía
Un labio enorme, lívido e hinchado.
Ruedas y hombres el aire sometieron:
Trepaban en la sombra: más arriba
Fueron que las iglesias: de las nubes
La fábrica magnífica colgaron:
Y en medio entonces de los altos muros
Se vio el pòrtico en toda su hermosura.
MANTILLA ANDALUZA
Por qué no acaba todo, ora que puedes
Amortajar mi cuerpo venturoso
Con tu mantilla, pálida andaluza!-
No me avergüenzo, no, de que me encuentren
Clavado el corazòn con tu peineta!
Te vas! Como invisible escolta, surgen
Sobre sus tallos frescos, a seguirte
Mis jardines sin mancha y mis claveles:
Te vas! Todos se van! y tú me miras,
Oh perla pura en flor, como quien echa
En honda copa joya resonante,-
Y a tus manos tendidas me abalanzo
Como a un cesto de frutas un sediento.
De la tierra mi espíritu levantas
Como el ave amorosa a su polluelo.
POETA
Como nacen las palmas en la arena,
Y la rosa en la orilla al mar salobre,
Así de mi dolor mis versos surgen
Convulsos, encendidos, perfumados.
Tal en los mares sobre el agua verde,
La vela hendida, el mástil trunco, abierto
A las ávidas olas el costado
Después de la batalla fragorosa
Con los vientos, el buque sigue andando.
Horror, horror! En tierra y mar no había
Más que crujidos, furia, niebla y lágrimas!
Los montes, desgajados, sobre el llano
Rodaban: las llanuras, mares turbios
En desbordados ríos convertidas,
Vaciaban en los mares; un gran pueblo
Del mar cabido hubiera en cada arruga:
Estaban en el cielo las estrellas
Apagadas: los vientos en jirones
Revueltos en la sombra, huían, se abrían
Al chocar entre sí, y se despeñaban:
En los montes del aire resonaban
Rodando con estrépito: en las nubes
Los astros locos se arrojaban llamas!
Riò luego el sol: en tierra y mar lucia
Una tranquila claridad de boda:
Fecunda y purifica la tormenta!
Del aire azul colgaban ya, prendidos
Cual gigantescos tules, los rasgados
Mantos de los crespudos vientos, rotos
En el fragor sublime. Siempre quedan
Por un buen tiempo luego de la cura
Los bordes de la herida, sonrosados!
Y el barco, como un niño, con las olas,
Jugaba, se mecía, traveseaba.
ODIO EL MAR
Odio el mar, sòlo hermoso cuando gime
Del barco domador bajo la hendente
Quilla, y como fantástico demonio,
De un manto negro colosal tapado,
Encòrvase a los vientos de la noche
Ante el sublime vencedor que pasa:-
Y a la luz de los astros, encerrada
En globos de cristales, sobre el puente
Vuelve un hombre impasible la hoja a un libro.
Odio el mar: vasto y llano, igual y frío
No cual la selva hojosa echa sus ramas
Como sus brazos, a apretar al triste
Que herido viene de los hombres duros
Y del bien de la vida desconfía,
No cual honrado luchador, en suelo
Firme y seguro pecho, al hombre aguarda
Sino en traidora arena y movediza,
Cual serpiente letal.- También los mares,
El sol también, también Naturaleza
Para mover el hombre a las virtudes,
Franca ha de ser, y ha de vivir honrada.
Sin palmeras, sin flores, me parece
Siempre una tenebrosa alma desierta.
Que yo voy muerto, es claro: a nadie importa
Y ni siquiera a mí: pero por bella
Ígnea, varia, inmortal amo la vida.
Lo que me duele no es vivir: me duele
Vivir sin hacer bien. Mis penas amo,
Mis penas, mis escudos de nobleza.
No a la pròvida vida haré culpable
De mi propio infortunio, ni el ajeno
Goce envenenaré con mis dolores.
Buena es la tierra, la existencia es santa.
Y en el mismo dolor, razones nuevas
Se hallan para vivir, y goce sumo,
Claro como una aurora y penetrante.
Mueran de un tiempo y de una vez los necios
Que porque el llanto de sus ojos surge
Lo imaginan más grande y más hermoso
Que el cielo azul y los repletos mares!-
Odio el mar, muerto enorme, triste muerto
De torpes y glotonas criaturas
Odiosas habitado: se parecen
A los ojos del pez que de harto expira
Los del gañán de amor que en brazos tiembla
De la horrible mujer libidinosa:-
Vilo, y lo dije: -algunos son cobardes,
Y lo que ven y lo que sienten callan:
Yo no: si hallo un infame al paso mío,
Dígole en lengua clara: ahí va un infame,
Y no, como hace el mar, escondo el pecho.
Ni mi sagrado verso nimio guardo
Para tejer rosarios a las damas
Y máscaras de honor a los ladrones:
Odio el mar, que sin còlera soporta
Sobre su lomo complaciente, el buque
Que entre música y flor trae a un tirano.
NOCHE DE MAYO
Con un astro la tierra se ilumina:
Con el perfume de una flor se llenan
Los ámbitos inmensos: como vaga,
Misteriosa envoltura, una luz tenue
Naturaleza encubre, -y una imagen
Misma, del linde en que se acaba, brota
Entre el humano batallar. Silencio!
En el color, oscuridad! Enciende
El sol al pueblo bullicioso, y brilla
La blanca luz de luna! -En los ojos
La imagen va, -porque si fuera buscan
Del vaso herido la admirable esencia,
En haz de aromas a los ojos surge:-
Y si al peso del párpado obedecen,
Como flor que al plegar las alas plega
Consigo su perfume, en el solemne
Templo interior como lamento triste
La pálida figura se levanta!
Divino oficio!: el Universo entero,
Su forma sin perder, cobra la forma
De la mujer amada, y el esposo
Ausente, el cielo pòstumo adivina
Por el casto dolor purificado.
BANQUETE DE TIRANOS
Hay una raza vil de hombres tenaces
De sí propio inflados, y hechos todos,
Todos, del pelo al pie, de garra y diente:
Y hay otros, como flor, que al viento exhalan
En el amor del hombre su perfume.
Como en el bosque hay tòrtolas y fieras
Y plantas insectívoras y pura
Sensitiva y clavel en los jardines.
De alma de hombres los unos se alimentan:
Los otros su alma dan a que se nutran
Y perfumen su diente los glotones,
Tal como el hierro frío en las entrañas
De la virgen que mata se calienta.
A un banquete se sientan los tiranos
Donde se sirven hombres; y esos viles
Que a los tiranos aman, diligentes
Cerebro y corazòn de hombres devoran:
Pero cuando la mano ensangrentada
Hunden en el manjar, del mártir muerto
Surge una luz que les aterra, flores
Grandes como una cruz súbito surgen
Y huyen, rojo el hocico, y pavoridos
A sus negras entrañas los tiranos.
Los que se aman a sí: los que la augusta
Razòn a su avaricia y gula ponen:
Los que no ostentan en la frente honrada
Ese cinto de luz que el yugo funde
Como el inmenso sol en ascuas quiebra
Los astros que a su seno se abalanzan:
Los que no llevan del decoro humano
Ornado el sano pecho: los menores
Y segundones de la vida, sòlo
A su goce ruin y medro atentos
Y no al concierto universal.
Danzas, comidas, músicas, harenes,
Jamás la aprobaciòn de un hombre honrado.
Y si acaso sin sangre hacerse puede
Hágase… clávalos, clávalos
En el horcòn más alto del camino
Por la mitad de la villana frente,
A la grandiosa humanidad traidores.
Como implacable obrero
Que un féretro de bronce clavetea,
Los que contigo
Se parten la naciòn a dentelladas.
COPA CON ALAS
Una copa con alas: quién la ha visto
Antes que yo? Yo ayer la vi! Subía
Con lenta majestad, como quien vierte
Óleo sagrado: y a sus dulces bordes
Mis regalados labios apretaba:-
Ni una gota siquiera, ni una gota
Del bálsamo perdí que hubo en tu beso!
Tu cabeza de negra cabellera
-Te acuerdas?- con mi mano requería,
Porque de mi tus labios generosos
No se apartaran.-Blanda como el beso
Que a ti me transfundía, era la suave
Atmòsfera en redor; la vida entera
Sentí que a mí abranzándote, abrazaba!
Perdí el mundo de vista, y sus ruidos,
Y su envidiosa y bárbara batalla!
Una copa en los aires ascendía
Y yo, en brazos no vistos reclinado
Tras ella, asido de sus dulces bordes
Por el espacio azul me remontaba!-
Oh amor, oh inmenso, oh acabado artista:
En rueda o riel funde el herrero el hierro:
Una flor o mujer o águila o ángel
En oro o plata el joyador cincela:
Tú sòlo, sòlo tú, sabes el modo
De reducir el Universo a un beso!
ÁRBOL DE MI ALMA
Como un ave que cruza el aire claro
Siento hacia mí venir tu pensamiento
Y acá en mi corazòn hacer su nido.
Ábrese el alma en flor: tiemblan sus ramas
Como los labios frescos de un mancebo
En su primer abrazo a una hermosura:
Cuchichean las hojas: tal parecen
Lenguaraces obreras y envidiosas,
A la doncella de la casa rica
En preparar el tálamo ocupadas:
Ancho es mi corazòn, y es todo tuyo:
Todo lo triste cabe en él, y todo
Cuanto en el mundo llora, y sufre, y muere!
De hojas secas, y polvo, y derruidas
Ramas lo limpio: bruño con cuidado
Cada hoja, y los tallos: de las flores
Los gusanos del pétalo comido
Separo: oreo el césped en contorno
Y a recibirte, oh pájaro sin mancha!
Apresto el corazòn enajenado!
LUZ DE LUNA
Esplendía su rostro: por los hombros
Rubias guedejas le colgaban: era
Una caricia su sonrisa: era
Ciego de nacimiento: parecía
Que veía: tras los párpados callados
Como un lago tranquilo el alma exenta
Del horror que en el mundo ven los ojos,
Sus apacibles aguas deslizaba:-
Tras los párpados blancos se veían
Aves de plata, estrellas voladoras,
En unas grutas pálidas los besos
Risueños disputándose la entrada
Y en el dorso de cisnes navegando
Del ciego fiel los pensamientos puros.
Como una rama en flor al sosegado
Río silvestre que hacia el mar camina,
Una afable mujer se asomò al ciego:
Temblò, encendiòse, se cubriò de rosas,
Y las pálidas manos del amante
Besò cien veces, y llenò con ellas:-
En la misma guirnalda entrelazados
Pasan los dos la generosa vida:
Tan grandes son las flores, que a su sombra
Suelen dormir la prolongada siesta.
Cual quien enfrena un potro que husmeando
Campo y batalla, en el portal sujeto
Mira, como quien muerde, al amo duro,-
Así, rebelde a veces, tras sus ojos
El pobre ciego el alma sujetaba:-
-«Oh, si vieras! -los necios le decían
Que no han visto en sus almas -oh si vieras
Cuando sobre los trigos requemados,
Su ejército de rayos el sol lanza,
Còmo chispean, còmo relucen, còmo,
Asta al aire, el hinchado campamento
Los cascos mueve y el plumòn lustrosos.
Si vieras còmo el mar, roto y negruzco
Vuelca al barco infeliz, y encumbra al fuerte;
Si vieses, infeliz, còmo la tierra
Cuando la luna llena la ilumina
Desposada parece que en los aires
Buscando va, con planta perezosa,
La casa florecida de su amado.
-Ha de ser, ha de ser como quien toca
La cabeza de un niño!-
-Calla, ciego:
Es como asir en una flor la vida».
De súbito vio el ciego; esta que esplende,
Dijéronle, es la luna; mira, mira
Qué mar de luz: abismos, ruinas, cuevas,
Todo por ella casto y blando luce
Como de noche el pecho de las tòrtolas!
-Nada más? -dijo el ciego, y retornando
A su amada celosa los ya abiertos
Ojos, besòle la temblante mano
Humildemente, y díjole:
-No es nueva,
Para el que sabe amar, la luz de luna.
FLOR DE HIELO
Al saber que era muerto Manuel Ocaranza
Mírala: Es negra! Es torva! Su tremenda
Hambre la azuza. Son sus dientes hoces;
Antro su frente; secadores vientos
Sus hálitos; su paso, ola que traga
Huertos y selvas; sus manjares, hombres.
Viene! escondeos, oh caros amigos,
Hijo del corazòn, padres muy caros!
Do asoma, quema; es sorda, es ciega: -El hambre
Ciega el alma y los ojos. Es terrible
El hambre de la Muerte!
No es ahora
La generosa, la clemente amiga
Que el muro rompe al alma prisionera
Y le abre el claro cielo fortunado;
No es la dulce, la plácida, la pía
Redentora de tristes, que del cuerpo,
Como de huerto abandonado, toma
El alma adolorida, y en más alto
Jardín la deja, donde blanda luna
Perpetuamente brilla, y crecen sòlo
En vástagos en flor blancos rosales:
No la esposa evocada; no la eterna
Madre invisible, que los anchos brazos,
Sentada en todo el ámbito solemne,
Abre a sus hijos, que la vida agosta;
Y a reposar y a reparar sus bríos
Para el fragor y la batalla nueva
Sus cabezas igníferas reclina
En su puro y jovial seno de aurora.
No: aun a la diestra del Señor sublime
Que envuelto en nubes, con sonora planta
Sobre cielos y cúspides pasea;
Aun en los bordes de la copa dívea
En colosal montaña trabajada
Por tallador cuyas tundentes manos
Hechas al rayo y trueno fragorosos
Como barro sutil la roca herían;
Aun a los lindes del gigante vaso
Donde se bebe al fin la paz eterna,
El mal, como un insecto, sus oscuros
Anillos mueve y sus antenas clava
Artero en los sedientos bebedores!
Sierva es la Muerte: sierva del callado
Señor de toda vida: salvadora
Oculta de los hombres! Mas el ígneo
Dueño a sus siervos implacable ordena
Que hasta rendir el postrimer aliento
A la sombra feliz del mirto de oro,
El bien y el mal el seno les combatan;
Y sòlo las eternas rosas ciñe
Al que a sus mismos ojos el mal torvo
En batalla final convulso postra.
Y pío entonces en la seca frente
Da aquél, en cuyo seno poderoso
No hay muerte ni dolor, un largo beso.
Y en la Muerte gentil, la Muerte misma,
Lidian el bien y el mal…! Oh dueño rudo,
A rebeliòn y a admiraciòn me mueve
Este misterio del dolor, que pena
La culpa de vivir, que es culpa tuya
Con el dolor tenaz, martirio nuestro!
¿Es tu seno quizá tal hermosura
Y el placer de domar la interna fiera
Gozo tan vivo, que el martirio mismo
Es precio pobre a la final delicia?
¡Hora tremenda y criminal -oh Muerte-
Aquella en que en tu seno generoso
El hambre ardiò, y en el ilustre amigo
Seca posaste la tajante mano!
No es, no, de tales víctimas tu empresa
Poblar la sombra! De cansados ruines,
De ancianos laxos, de guerreros flojos
Es tu oficio poblarla, y en tu seno
Rehacer al viejo la gastada vida
Y al soldado sin fuerzas la armadura.
Mas el taller de los creadores sea,
Oh Muerte! de tus hambres reservado!
Hurto ha sido; tal hurto, que en la sola
Casa, su pueblo entero los cabellos
Mesa, y su triste amigo solitario
Con gestos grandes de dolor sacude,
Por él clamando, la callada sombra!
Dime, torpe hurtadora, di el oscuro
Monte donde tu recia culpa amparas;
Y donde con la selva seca en torno
Cual cabellera de tu cráneo hueco,
En lo profundo de la tierra escondes
Tu generosa víctima! Di al punto
El antro, y a sus puertas con el pomo
Llamaré de mi espada vengadora!
Mas, ay! que a do me vuelvo? Qué soldado
A seguirme vendrá? Capua es la tierra,
Y de orto a ocaso, y a los cuatro vientos,
No hay más, no hay más que infames desertores,
De pie sobre sus armas enmohecidas
En rellenar sus arcas afanados.
No de mármol son ya, ni son de pro,
Ni de piedra tenaz o hierro duro
Los divinos magníficos humanos.
De algo más torpe son: jaulas de carne
Son hoy los hombres, de los vientos crueles
Por mantos de oro y púrpura amparados,-
Y de la jaula en lo interior, un negro
Insecto de ojos ávidos y boca
Ancha y febril, retoza, come, ríe!
Muerte! el crimen fue bueno: guarda, guarda
En la tierra inmortal tu presa noble!
[1882]
CON LETRAS DE ASTROS
Con letras de astros el horror que he visto
En el espacio azul grabar querría.
En la llanura, muchedumbre: -en lo alto
Mientras que los de abajo andan y ruedan
Y sube olor de frutas estrujadas,
Olor de danza, olor de lecho, en lo alto
De pie entre negras nubes, y en sus hombros
Cual principio de alas se descuelgan,
Como un monarca sobre un trono, surge
Un joven bello, pálido y sombrío
Como estrella apagada, en el izquierdo
Lado del pecho vésele abertura
Honda y boqueante, bien como la tierra
Cuando de cuajo un árbol se le arranca.
Abalánzase, apriétanse, recògense,
Ante él, en negra tropa, toda suerte
De fieras, anca al viento, y bocas juntas
En una inmensa boca, -y en bordado
Plato de oro bruñido y perlas finas
Su corazòn el bardo les ofrece.
by juancho | Nov 5, 2010 | Cultural |
UNA ROSA Y MILTON
De las generaciones de las rosas
Que en el fondo del tiempo se han perdido
Quiero que una se salve del olvido,
Una sin marca o signo entre las cosas
Que fueron. El destino me depara
Este don de nombrar por vez primera
Esa flor silenciosa, la postrera
Rosa que Milton acercó a su cara,
Sin verla. Oh tú bermeja o amarilla
O blanca rosa de un jardín borrado,
Deja mágicamente tu pasado
Inmemorial y en este verso brilla,
Oro, sangre o marfil o tenebrosa
Como en sus manos, invisible rosa.
ARTE POÉTICA
Mirar el río hecho de tiempo y agua
Y recordar que el tiempo es otro río,
Saber que nos perdemos como el río
Y que los rostros pasan como el agua.
Sentir que la vigilia es otro sueño
Que sueña no soñar y que la muerte
Que teme nuestra carne es esa muerte
De cada noche, que se llama sueño.
Ver en el día o en el año un símbolo
De los días del hombre y de sus años,
Convertir el ultraje de los años
En una música, un rumor y un símbolo,
Ver en la muerte el sueño, en el ocaso
Un triste oro, tal es la poesía
Que es inmortal y pobre. La poesía
Vuelve como la aurora y el ocaso.
A veces en las tardes una cara
Nos mira desde el fondo de un espejo;
El arte debe ser como ese espejo
Que nos revela nuestra propia cara.
Cuentan que Ulises, harto de prodigios,
Lloró de amor al divisar su Itaca
Verde y humilde. El arte es esa Itaca
De verde eternidad, no de prodigios.
También es como el río interminable
Que pasa y queda y es cristal de un mismo
Heráclito inconstante, que es el mismo
Y es otro, como el río interminable.
A UN POETA MENOR DE LA ANTOLOGÍA
¿Dónde está la memoria de los días
que fueron tuyos en la tierra, y tejieron
dicha y dolor y fueron para ti el universo?
El río numerable de los años
los ha perdido; eres una palabra en un índice.
Dieron a otros gloria interminable los dioses,
inscripciones y exergos y monumentos y puntuales historiadores;
de ti sólo sabemos, oscuro amigo,
que oíste al ruiseñor, una tarde.
Entre los asfódelos de la sombra, tu vana sombra
pensará que los dioses han sido avaros.
Pero los días son una red de triviales miserias,
¿y habrá suerte mejor que la ceniza
de que está hecho el olvido?
Sobre otros arrojaron los dioses
la inexorable luz de la gloria, que mira las entrañas y enumera las grietas,
de la gloria, que acaba por ajar la rosa que venera;
contigo fueron más piadosos, hermano.
En el éxtasis de un atardecer que no será una noche,
oyes la voz del ruiseñor de Teócrito.
POEMA DE LOS DONES
Nadie rebaje a lágrima o reproche
Esta declaración de la maestría
De Dios, que con magnífica ironía
Me dio a la vez los libros y la noche.
De esta ciudad de libros hizo dueños
A unos ojos sin luz, que sólo pueden
Leer en las bibliotecas de los sueños
Los insensatos párrafos que ceden
Las albas a su afán. En vano el día
Les prodiga sus libros infinitos,
Arduos como los arduos manuscritos
Que perecieron en Alejandría.
De hambre y de sed (narra una historia griega)
Muere un rey entre fuentes y jardines;
Yo fatigo sin rumbo los confines
De esa alta y honda biblioteca ciega.
Enciclopedias, atlas, el Oriente
Y el Occidente, siglos, dinastías,
Símbolos, cosmos y cosmogonías
Brindan los muros, pero inútilmente.
Lento en mi sombra, la penumbra hueca
Exploro con el báculo indeciso,
Yo, que me figuraba el Paraíso
Bajo la especie de una biblioteca.
Algo, que ciertamente no se nombra
Con la palabra azar, rige estas cosas;
Otro ya recibió en otras borrosas
Tardes los muchos libros y la sombra.
Al errar por las lentas galerías
Suelo sentir con vago horror sagrado
Que soy el otro, el muerto, que habrá dado
Los mismos pasos en los mismos días.
¿Cuál de los dos escribe este poema
De un yo plural y de una sola sombra?
¿Qué importa la palabra que me nombra
si es indiviso y uno el anatema?
Groussac o Borges, miro este querido
Mundo que se deforma y que se apaga
En una pálida ceniza vaga
Que se parece al sueño y al olvido.
EL RELOJ DE ARENA
Está bien que se mida con la dura
Sombra que una columna en el estío
Arroja o con el agua de aquel río
En que Heráclito vio nuestra locura
El tiempo, ya que al tiempo y al destino
Se parecen los dos: la imponderable
Sombra diurna y el curso irrevocable
Del agua que prosigue su camino.
Está bien, pero el tiempo en los desiertos
Otra substancia halló, suave y pesada,
Que parece haber sido imaginada
Para medir el tiempo de los muertos.
Surge así el alegórico instrumento
De los grabados de los diccionarios,
La pieza que los grises anticuarios
Relegarán al mundo ceniciento
Del alfil desparejo, de la espada
Inerme, del borroso telescopio,
Del sándalo mordido por el opio
Del polvo, del azar y de la nada.
¿Quién no se ha demorado ante el severo
Y tétrico instrumento que acompaña
En la diestra del dios a la guadaña
Y cuyas líneas repitió Durero?
Por el ápice abierto el cono inverso
Deja caer la cautelosa arena,
Oro gradual que se desprende y llena
El cóncavo cristal de su universo.
Hay un agrado en observar la arcana
Arena que resbala y que declina
Y, a punto de caer, se arremolina
Con una prisa que es del todo humana.
La arena de los ciclos es la misma
E infinita es la historia de la arena;
Así, bajo tus dichas o tu pena,
La invulnerable eternidad se abisma.
No se detiene nunca la caída
Yo me desangro, no el cristal. El rito
De decantar la arena es infinito
Y con la arena se nos va la vida.
En los minutos de la arena creo
Sentir el tiempo cósmico: la historia
Que encierra en sus espejos la memoria
O que ha disuelto el mágico Leteo.
El pilar de humo y el pilar de fuego,
Cartago y Roma y su apretada guerra,
Simón Mago, los siete pies de tierra
Que el rey sajón ofrece al rey noruego,
Todo lo arrastra y pierde este incansable
Hilo sutil de arena numerosa.
No he de salvarme yo, fortuita cosa
De tiempo, que es materia deleznable.
LOS ESPEJOS
Yo que sentí el horror de los espejos
No sólo ante el cristal impenetrable
Donde acaba y empieza, inhabitable,
un imposible espacio de reflejos
Sino ante el agua especular que imita
El otro azul en su profundo cielo
Que a veces raya el ilusorio vuelo
Del ave inversa o que un temblor agita
Y ante la superficie silenciosa
Del ébano sutil cuya tersura
Repite como un sueño la blancura
De un vago mármol o una vaga rosa,
Hoy, al cabo de tantos y perplejos
Años de errar bajo la varia luna,
Me pregunto qué azar de la fortuna
Hizo que yo temiera los espejos.
Espejos de metal, enmascarado
Espejo de caoba que en la bruma
De su rojo crepúsculo disfuma
Ese rostro que mira y es mirado,
Infinitos los veo, elementales
Ejecutores de un antiguo pacto,
Multiplicar el mundo como el acto
Generativo, insomnes y fatales.
Prolongan este vano mundo incierto
En su vertiginosa telaraña;
A veces en la tarde los empaña
El hálito de un hombre que no ha muerto.
Nos acecha el cristal. Si entre las cuatro
Paredes de la alcoba hay un espejo,
Ya no estoy solo. Hay otro. Hay el reflejo
Que arma en el alba un sigiloso teatro.
Todo acontece y nada se recuerda
En esos gabinetes cristalinos
Donde, como fantásticos rabinos,
Leemos los libros de derecha a izquierda.
Claudio, rey de una tarde, rey soñado,
No sintió que era un sueño hasta aquel día
En que un actor mimó su felonía
Con arte silencioso, en un tablado.
Que haya sueños es raro, que haya espejos,
Que el usual y gastado repertorio
De cada día incluya el ilusorio
Orbe profundo que urden los reflejos.
Dios (he dado en pensar) pone un empeño
En toda esa inasible arquitectura
Que edifica la luz con la tersura
Del cristal y la sombra con el sueño.
Dios ha creado las noches que se arman
De sueños y las formas del espejo
Para que el hombre sienta que es reflejo
Y vanidad. Por eso nos alarman.
LA LUNA (1)
Cuenta la historia que en aquel pasado
Tiempo en que sucedieron tantas cosas
Reales, imaginarias y dudosas,
Un hombre concibió el desmesurado
Proyecto de cifrar el universo
En un libro y con ímpetu infinito
Erigió el alto y arduo manuscrito
Y limó y declamó el último verso.
Gracias iba a rendir a la fortuna
Cuando al alzar los ojos vio un bruñido
Disco en el aire y comprendió, aturdido,
Que se había olvidado de la luna.
La historia que he narrado aunque fingida,
Bien puede figurar el maleficio
De cuantos ejercemos el oficio
De cambiar en palabras nuestra vida.
Siempre se pierde lo esencial. Es una
Ley de toda palabra sobre el numen.
No la sabrá eludir este resumen
De mi largo comercio con la luna.
No sé dónde la vi por vez primera,
Si en el cielo anterior de la doctrina
Del griego o en la tarde que declina
Sobre el patio del pozo y de la higuera.
Según se sabe, esta mudable vida
Puede, entre tantas cosas, ser muy bella
Y hubo así alguna tarde en que con ella
Te miramos, oh luna compartida.
Más que las lunas de las noches puedo
Recordar las del verso: la hechizada
Dragon moon que da horror a la halada
Y la luna sangrienta de Quevedo.
De otra luna de sangre y de escarlata
Habló Juan en su libro de feroces
Prodigios y de júbilos atroces;
Otras más claras lunas hay de plata.
Pitágoras con sangre (narra una
Tradición) escribía en un espejo
Y los hombres leían el reflejo
En aquel otro espejo que es la luna.
De hierro hay una selva donde mora
El alto lobo cuya extraña suerte
Es derribar la luna y darle muerte
Cuando enrojezca el mar la última aurora.
(Esto el Norte profético lo sabe
Y tan bien que ese día los abiertos
Mares del mundo infestará la nave
Que se hace con las uñas de los muertos.)
Cuando, en Ginebra o Zürich, la fortuna
Quiso que yo también fuera poeta,
Me impuse. como todos, la secreta
Obligación de definir la luna.
Con una suerte de estudiosa pena
Agotaba modestas variaciones,
Bajo el vivo temor de que Lugones
Ya hubiera usado el ámbar o la arena,
De lejano marfil, de humo, de fría
Nieve fueron las lunas que alumbraron
Versos que ciertamente no lograron
El arduo honor de la tipografía.
Pensaba que el poeta es aquel hombre
Que, como el rojo Adán del Paraíso,
Impone a cada cosa su preciso
Y verdadero y no sabido nombre,
Ariosto me enseñó que en la dudosa
Luna moran los sueños, lo inasible,
El tiempo que se pierde, lo posible
O lo imposible, que es la misma cosa.
De la Diana triforme Apolodoro
Me dejo divisar la sombra mágica;
Hugo me dio una hoz que era de oro,
Y un irlandés, su negra luna trágica.
Y, mientras yo sondeaba aquella mina
De las lunas de la mitología,
Ahí estaba, a la vuelta de la esquina,
La luna celestial de cada día
Sé que entre todas las palabras, una
Hay para recordarla o figurarla.
El secreto, a mi ver, está en usarla
Con humildad. Es la palabra luna.
Ya no me atrevo a macular su pura
Aparición con una imagen vana;
La veo indescifrable y cotidiana
Y más allá de mi literatura.
Sé que la luna o la palabra luna
Es una letra que fue creada para
La compleja escritura de esa rara
Cosa que somos, numerosa y una.
Es uno de los símbolos que al hombre
Da el hado o el azar para que un día
De exaltación gloriosa o de agonía
Pueda escribir su verdadero nombre.
LA LUNA
A María Kodama
Hay tanta soledad en ese oro.
La luna de las noches no es la luna
que vio el primer Adán. Los largos siglos
de la vigilia humana la han colmado
de antiguo llanto. Mírala. Es tu espejo.
LA LLUVIA
Bruscamente la tarde se ha aclarado
Porque ya cae la lluvia minuciosa.
Cae o cayó. La lluvia es una cosa
Que sin duda sucede en el pasado.
Quien la oye caer ha recobrado
El tiempo en que la suerte venturosa
Le reveló una flor llamada rosa
Y el curioso color del colorado.
Esta lluvia que ciega los cristales
Alegrará en perdidos arrabales
Las negras uvas de una parra en cierto
Patio que ya no existe. La mojada
Tarde me trae la voz, la voz deseada,
De mi padre que vuelve y que no ha muerto.
EL GOLEM
Si (como el griego afirma en el Cratilo)
El nombre es arquetipo de la cosa,
En las letras de rosa está la rosa
Y todo el Nilo en la palabra Nilo.
Y, hecho de consonantes y vocales,
Habrá un terrible Nombre, que la esencia
Cifre de Dios y que la Omnipotencia
Guarde en letras y sílabas cabales.
Adán y las estrellas lo supieron
En el Jardín. La herrumbre del pecado
(Dicen los cabalistas) lo ha borrado
Y las generaciones lo perdieron.
Los artificios y el candor del hombre
No tienen fin. Sabemos que hubo un día
En que el pueblo de Dios buscaba el Nombre
En las vigilias de la judería.
No a la manera de otras que una vaga
Sombra insinúan en la vaga historia,
Aún está verde y viva la memoria
De Judá León, que era rabino en Praga.
Sediento de saber lo que Dios sabe,
Judá León se dio a permutaciones
de letras y a complejas variaciones
Y al fin pronunció el Nombre que es la Clave.
La Puerta, el Eco, el Huésped y el Palacio,
Sobre un muñeco que con torpes manos
labró, para enseñarle los arcanos
De las Letras, del Tiempo y del Espacio.
El simulacro alzó los soñolientos
Párpados y vio formas y colores
Que no entendió, perdidos en rumores
Y ensayó temerosos movimientos.
Gradualmente se vio (como nosotros)
Aprisionado en esta red sonora
de Antes, Después, Ayer, Mientras, Ahora,
Derecha, Izquierda, Yo, Tú, Aquellos, Otros.
(El cabalista que ofició de numen
A la vasta criatura apodó Golem;
Estas verdades las refiere Scholem
En un docto lugar de su volumen.)
El rabí le explicaba el universo
“Esto es mi pie; esto el tuyo; esto la soga.”
Y logró, al cabo de años, que el perverso
Barriera bien o mal la sinagoga.
Tal vez hubo un error en la grafía
O en la articulación del Sacro Nombre;
A pesar de tan alta hechicería,
No aprendió a hablar el aprendiz de hombre,
Sus ojos, menos de hombre que de perro
Y harto menos de perro que de cosa,
Seguían al rabí por la dudosa
penumbra de las piezas del encierro.
Algo anormal y tosco hubo en el Golem,
Ya que a su paso el gato del rabino
Se escondía. (Ese gato no está en Scholem
Pero, a través del tiempo, lo adivino.)
Elevando a su Dios manos filiales,
Las devociones de su Dios copiaba
O, estúpido y sonriente, se ahuecaba
En cóncavas zalemas orientales.
El rabí lo miraba con ternura
Y con algún horror. ¿Cómo (se dijo)
Pude engendrar este penoso hijo
Y la inacción dejé, que es la cordura?
¿Por qué di en agregar a la infinita
Serie un símbolo más? ¿Por qué a la vana
Madeja que en lo eterno se devana,
Di otra causa, otro efecto y otra cuita?
En la hora de angustia y de luz vaga,
En su Golem los ojos detenía.
¿Quién nos dirá las cosas que sentía
Dios, al mirar a su rabino en Praga?
by juancho | Nov 5, 2010 | Cultural |
Nació en Madrid el 17 de septiembre de 1580 en el seno de una familia de la aristocracia cortesana. Escritor español, que cultivó con abundancia tanto la prosa como la poesía y que es una de las figuras más complejas e importantes del Siglo de Oro español.
SONETO A LUIS DE GÓNGORA
Yo te untaré mis obras con tocino
porque no me las muerdas, Gongorilla,
perro de los ingenios de Castilla,
docto en pullas, cual mozo de camino;
apenas hombre, sacerdote indino,
que aprendiste sin cristus la cartilla;
chocarrero de Córdoba y Sevilla,
y en la Corte bufón a lo divino.
¿Por qué censuras tú la lengua griega
siendo sólo rabí de la judía,
cosa que tu nariz aun no lo niega?
No escribas versos más, por vida mía;
aunque aquesto de escribas se te pega,
por tener de sayón la rebeldía.
A UNA NARIZ
Érase un hombre a una nariz pegado,
érase una nariz superlativa,
érase una nariz sayón y escriba,
érase un pez espada muy barbado.
Érase un reloj de sol mal encarado,
érase un alquitara pensativa,
érase un elefante boca aariba,
era Ovidio Nasón mas narizado.
Érase un espolón de una galera,
érase una pirámide de Egipto,
las doce tribus de narices era.
Érase un naricísimo infinito,
muchísima nariz, nariz tan fiera,
que en la cara de Anás fuera delito.
UN VALENTÓN
Un valentón de espátula y gregüesco,
que a la muerte mil vidas sacrifica,
cansado del oficio de la pica,
mas no del ejercicio picaresco,
retorciendo el mostacho soldadesco,
por ver que ya su bolsa le repica,
a un corrillo llegó de gente rica,
y en el nombre de Dios pidió refresco.
“Den voacedes, por Dios, a mi pobreza
-les dice-; donde no; por ocho santos
que haré lo que hacer suelo sin tardanza!”
Mas uno, que a sacar la espada empieza,
“¿Con quién habla? -le dice al tiracantos-,
¡cuerpo de Dios con él y su crianza!
Si limosna no alcanza,
¿qué es lo que suele hacer en tal querella?”
Respondió el bravonel: “¡Irme sin ella! “
A LA EDAD DE LAS MUJERES
De quince a veinte es niña; buena moza
de veinte a veinticinco, y por la cuenta
gentil mujer de veinticinco a treinta.
¡Dichoso aquel que en tal edad la goza!
De treinta a treinta y cinco no alboroza;
mas puédese comer con sal pimienta;
pero de treinta y cinco hasta cuarenta
anda en vísperas ya de una coroza.
A los cuarenta y cinco es bachillera,
ganguea, pide y juega del vocablo;
cumplidos los cincuenta, da en santera,
y a los cincuenta y cinco echa el retablo.
Niña, moza, mujer, vieja, hechicera,
bruja y santera, se la lleva el diablo.
DESENGAÑO DE LAS MUJERES
Puto es el hombre que de putas fía,
y puto el que sus gustos apetece;
puto es el estipendio que se ofrece
en pago de su puta compañía.
Puto es el gusto, y puta la alegría
que el rato putaril nos encarece;
y yo diré que es puto a quien parece
que no sois puta vos, señora mía.
Mas llámenme a mí puto enamorado,
si al cabo para puta no os dejare;
y como puto muera yo quemado
si de otras tales putas me pagare,
porque las putas graves son costosas,
y las putillas viles, afrentosas.
ROMANCES
——————————————————————————–
HALLA EN LA CAUSA DE SU AMOR TODOS LOS BIENES
Después que te conocí,
todas las cosas me sobran:
el sol para tener día,
abril para tener rosas.
Por mi bien pueden tomar
otro oficio las auroras,
que yo conozco una luz
que sabe amanecer sombras.
Bien puede buscar la noche
quien sus estrellas conozca,
que para mi astrología
ya son oscuras y pocas.
Gaste el Oriente sus minas
con quien avaro las rompa,
que yo enriquezco la vista
con más oro a menos costa.
Bien puede la margarita
guardar sus perlas en conchas,
que buzano de una risa
las pesco yo en una boca.
Contra el tiempo y la fortuna
ya tengo una inhibitoria,
ni ella me puede hacer triste,
ni él puede mudarme un hora,
El oficio le ha vacado
a la muerte tu persona:
basquiñas y más basquiñas,
carne poca y muchas faldas.
Don Melón, que es el retrato
de todos los que se casan:
Dios te la depare buena,
que la vista al gusto engaña.
La Berenjena, mostrando
su calavera morada,
porque no llegó en el tiempo
del socorro de las calvas.
Don Cohombro desvaído,
largo de verde esperanza,
muy puesto en ser gentilhombre,
siendo cargado de espaldas.
Don Pepino, muy picado
de amor de doña Ensalada,
gran compadre de doctores,
pensando en unas tercianas.
Don Durazno, a lo envidioso,
mostrando agradable cara,
descubriendo con el trato
malas y duras entrañas.
Persona de muy buen gusto,
don Limón, de quien espanta
lo sazonado y panzudo,
que no hay discreto con panza.
De blanco, morado y verde,
corta crin y cola larga,
don Rábano, pareciendo
moro de juego de canas.
Todo fanfarrones bríos,
todo picantes bravatas,
llegó el señor don Pimiento,
vestidito de botarga.
Don Nabo, que viento en popa
navega con tal bonanza,
que viene a mandar el mundo
de gorrón de Salamanca.
Mas baste, por si el lector
objeciones desenvaina,
que no hay boda sin malicias,
ni desposados sin tachas.
BODA DE NEGROS
Vi, debe de haber tres días,
en las gradas de San Pedro,
una tenebrosa boda,
porque era toda de negros.
Parecía matrimonio
concertando en el infierno,
negro esposo y negra esposa,
y negro acompañamiento.
Sospecho yo que acostados
parecerán sus dos cuerpos,
junto el uno con el otro
algodones y tintero.
hundíase de estornudos
la calle por do volvieron,
que una boda semejante
hace dar más que un pimiento.
Iban los dos de las manos,
como pudieran dos cuervos;
otros dicen como grajos,
porque a grajos van oliendo.
Con humos van de vengarse,
que siempre van de humos llenos,
de los que por afrentarlos,
hacen los labios traseros.
Iba afeitada la novia
todo el tapetado gesto,
con hollín y con carbón,
y con tinta de sombreros.
Tan pobres son que una blanca
no se halla entre todos ellos,
y por tener un cornado
casaron a este moreno.
Él se llamaba Tomé,
y ella Francisca del Puerto,
ella esclava y él esclavo,
que quiere hincársele en medio.
Llegaron al negro patio,
donde está el negro aposento,
en donde la negra boda
ha de tener negro efecto.
Era una caballeriza,
y estaban todos inquietos,
que los abrasaban pulgas
por perrengues o por perros.
A la mesa se sentaron,
donde también les pusieron
negros manteles y platos,
negra sopa y manjar negro.
Echólos la bendición
un negro veintidoseno,
con un rostro de azabache
y manos de terciopelo.
Diéronles el vino tinto,
pan entre mulato y prieto,
carbonada hubo, por ser
tizones los que comieron.
Hubo jetas en la mesa,
y en la boca de los dueños,
y hongos, por ser la boda
de hongos, según sospecho.
Trujeron muchas morcillas,
y hubo algunos que, de miedo,
no las comieron pensando
se comían a si mesmos.
Cuál por morder el mondongo
se atarazaba algún dedo,
pues sólo diferenciaban
en la uña de lo negro.
Mas cuando llegó el tocino
hubo grandes sentimientos,
y pringados con pringadas
un rato se enternecieron.
Acabaron de comer,
y entró un ministro guineo,
para darles agua manos
con un coco y un caldero.
Por toalla trujo al hombro
las bayetas de un entierro.
Laváronse, y quedó el agua
para ensuciar todo un reino.
Negros dellos se sentaron
sobre unos negros asientos,
y negras voces cantaron
también denegridos versos.
Negra es la ventura
de aquel casado,
cuya novia es negra,
y el dote en blanco.
BURLA DE LOS ERUDITOS DE EMBELECO,
QUE ENAMORAN A FEAS CULTAS
Muy discretas y muy feas,
mala cara y buen lenguaje,
pidan cátedra y no coche,
tengan oyente y no amante.
No las den sino atención,
por más que pidan y parlen,
y las joyas y el dinero,
para las tontas se guarde.
Al que sabia y fea busca,
el Señor se la depare:
a malos conceptos muera,
malos equívocos pase.
Aunque a su lado la tenga,
y aunque más favor alcance,
un catedrático goza,
y a Pitágoras en carnes.
Muy docta lujuria tiene,
muy sabios pecados hace,
gran cosa será de ver
cuando a Platón requebrare.
En vez de una cara hermosa,
una noche, y una tarde,
¿qué gustos darán a un hombre
dos cláusulas elegantes?
¿Qué gracia puede tener
mujer con fondos de fraile,
que de sermones y chismes,
sus razonamientos hace?
Quien deja lindas por necias,
y busca feas que hablen,
por sabias, como las zorras,
por simples deje las aves.
Filósofos amarillos
con barbas de colegiales,
o duende dama pretenda,
que se escuche, no ose halle.
Échese luego a dormir
entre bártulos y abades,
y amanecerá abrazado
de Zenón y de Cleantes.
Que yo para mi traer,
en tanto que argumentaren
los cultos con sus arpías,
algo buscaré que palpe.
REFIERE SU NACIMIENTO Y LAS PROPIEDADES QUE LE COMUNICÓ
Parióme adrede mi madre,
¡ojalá no me pariera!,
aunque estaba cuando me hizo,
de gorja naturaleza.
Dos maravedís de luna
alumbraban a la tierra,
que por ser yo el que nacía,
no quiso que un cuarto fuera.
Nací tarde, porque el sol
tuvo de verme vergüenza,
en una noche templada
entre clara y entre yema.
Un miércoles con un martes
tuvieron grande revuelta,
sobre que ninguno quiso
que en sus términos naciera.
Nací debajo de Libra,
tan inclinado a las pesas,
que todo mi amor le fundo
en las madres vendederas.
Dióme el León su cuartana,
dióme el Escorpión su lengua,
Virgo, el deseo de hallarle,
y el Carnero su paciencia.
Murieron luego mis padres,
Dios en el cielo los tenga,
porque no vuelvan acá,
y a engendrar más hijos vuelvan.
Tal ventura desde entonces
me dejaron los planetas,
que puede servir de tinta,
según ha sido de negra.
Porque es tan feliz mi suerte,
que no hay cosa mala o buena,
que aunque la piense de tajo,
al revés no me suceda.
De estériles soy remedio,
pues con mandarme su hacienda,
les dará el cielo mil hijos,
por quitarme las herencias.
Y para que vean los ciegos
pónganme a mí a la vergüenza;
y para que cieguen todos,
llévenme en coche o litera.
Como a imagen de milagros
me sacan por las aldeas,
si quieren sol, abrigado,
y desnudo, porque llueva.
Cuando alguno me convida
no es a banquetes ni a fiestas,
sino a los misas cantanos
para que yo les ofrezca.
De noche soy parecido
a todos cuantos esperan,
para molerlos a palos,
y así inocente me pegan.
Aguarda hasta que yo pase
si ha de caerse una teja;
aciértanme las pedradas,
las curas sólo me yerran.
Si a alguno pido prestado,
me responde tan a secas,
que en vez de prestarme a mí,
me hace prestar la paciencia.
No hay necio que no me hable,
ni vieja que no me quiera,
ni pobre que no me pida,
ni rico que no me ofenda.
No hay camino que no yerre,
ni juego donde no pierda,
ni amigo que no me engañe,
ni enemigo que no tenga.
Agua me falta en el mar,
y la hallo en las tabernas,
que mis contentos y el vino
son aguados donde quiera.
Dejo de tomar oficio,
porque sé por cosa cierta,
que siendo yo el calcetero
andarán todos en piernas.
Si estudiara medicina,
aunque es socorrida ciencia,
porque no curara yo,
no hubiera persona enferma.
Quise casarme estotro año,
por sosegar mi conciencia,
y dábanme un dote al diablo,
con una mujer muy fea.
Si intentara ser cornudo,
por comer de mi cabeza,
según soy de desgraciado,
diera mi mujer en buena.
Siempre fue mi vecindad
mal casados que vocean,
herradores que madrugan,
herreros que me desvelan.
Si yo camino con fieltro
se abrasa en fuego la tierra,
y en llevando guardasol
está ya de Dios que llueva.
Si hablo a alguna mujer,
y le digo mil ternezas,
o me pide o me despide,
que en mí es una cosa mesma.
En mí lo picado es roto,
ahorro cualquier limpieza,
cualquier bostezo es hambre,
cualquiera color vergüenza.
Fuera un hábito en mi pecho
remiendo sin resistencia,
y peor que besamanos
en mí cualquier encomienda.
Para que no estén en casa
los que nunca salen della,
buscarlos yo sólo basta,
pues con eso estarán fuera.
Si alguno quiere morirse
sin ponzoña o pestilencia,
proponga hacerme algún bien,
y no vivirá hora y media.
Y a tanto vino a llegar
la adversidad de mi estrella,
que me inclinó que adorase
con mi humildad tu soberbia.
Y viendo que mi desgracia
no dio lugar a que fuera
como otros tu pretendiente,
vine a ser tu pretenmuela.
Bien sé que apenas soy algo,
mas tú de puro discreta,
viéndome con tantas faltas,
que estoy preñado sospechas.
Aquesto Fabio cantaba
a los balcones y rejas
de Aminta, que aun de olvidarle
le han dicho que no se acuerda.
ADVIERTE AL TIEMPO DE MAYORES HAZAÑAS,
EN QUE PODRÁ EJERCITAR SUS FUERZAS
Tiempo, que todo lo mudas,
tú, que con las horas breves
lo que nos diste, nos quitas,
lo que llevaste, nos vuelves:
tú, que con los mismos pasos,
que cielos y estrellas mueves,
en la casa de la vida,
pisas umbral de la muerte.
Tú, que de vengar agravios
te precias como valiente,
pues castigas hermosuras,
por satisfacer desdenes:
tú, lastimoso alquimista,
pues del ébano que tuerces,
haciendo plata las hebras,
a sus dueños empobreces:
tú, que con pies desiguales,
pisas del mundo las leyes,
cuya sed bebe los ríos,
y su arena no los siente:
tú, que de monarcas grandes
llevas en los pies las frentes;
tú, que das muerte y das vida
a la vida y a la muerte.
Si quieres que yo idolatre
en tu guadaña insolente,
en tus dolorosas canas,
en tus alas y en tu sierpe:
si quieres que te conozca,
si gustas que te confiese
con devoción temerosa
por tirano omnipotente,
da fin a mis desventuras
pues a presumir se atreven
que a tus días y a tus años
pueden ser inobedientes.
Serán ceniza en tus manos
cuando en ellas las aprietes,
los montes y la soberbia,
que los corona las sienes:
¿y será bien que un cuidado,
tan porfiado cuan fuerte,
se ría de tus hazañas,
y victorioso se quede?
¿Por qué dos ojos avaros
de la riqueza que pierden
han de tener a los míos
sin que el sueño los encuentre?
¿Y por qué mi libertad
aprisionada ha de verse,
donde el ladrón es la cárcel
y su juez el delincuente?
Enmendar la obstinación
de un espíritu inclemente,
entretener los incendios
de un corazón que arde siempre;
descansar unos deseos
que viven eternamente,
hechos martirio del alma,
donde están porque los tiene;
reprender a la memoria,
que con los pasados bienes,
como traidora a mi gusto
a espaldas vueltas me hiere;
castigar mi entendimiento,
que en discursos diferentes,
siendo su patria mi alma,
la quiere abrasar aleve;
éstas si que eran hazañas,
debidas a tus laureles,
y no estar pintando flores,
y madurando las mieses.
Poca herida es deshojar
los árboles por noviembre,
pues con desprecio los vientos
llevarse los troncos suelen.
Descuídate de las rosas,
que en su parto se envejecen;
y la fuerza de tus horas
en obra mayor se muestre.
Tiempo venerable y cano,
pues tu edad no lo consiente,
déjate de niñerías,
y a grandes hechos atiende.
HALLA EN LA CAUSA DE SU AMOR TODOS LOS BIENES
Después que te conocí,
todas las cosas me sobran:
el sol para tener día,
abril para tener rosas.
Por mi bien pueden tomar
otro oficio las auroras,
que yo conozco una luz
que sabe amanecer sombras.
Bien puede buscar la noche
quien sus estrellas conozca,
que para mi astrología
ya son oscuras y pocas.
Gaste el oriente sus minas
con quien avaro las rompa,
que yo enriquezco la vista
con más oro a menos costa.
Bien puede la margarita
guardar sus perlas en conchas,
que Búzano de una Risa
las pesco yo en una boca.
Contra el tiempo y la fortuna
ya tengo una inhibitoria:
ni ella me puede hacer triste,
ni él puede mudarme un hora.
El oficio le ha vacado
a la muerte tu persona:
a sí misma se padece,
sola en ti viven sus obras.
Ya no importunan mis ruegos
a los cielos por la gloria,
que mi bienaventuranza
tienes jornada más corta.
La sacrosanta mentira
que tantas almas adornan,
busque en Portugal vasallos,
en Chipre busque coronas.
Predicaré de manera
tu belleza por Europa,
que no haya herejes de gracias,
y que adoren en ti solas.
ROMANCE SATÍRICO
Pues me hacéis casamentero,
Ángela de Mondragón,
escuchad de vuestro esposo,
las grandezas y el valor.
Él es un médico honrado,
por la gracia del Señor,
que tiene muy buenas letras
en el cambio, y el bolsón.
Quien os lo pintó cobarde
no lo conoce, y mintió,
que ha muerto más hombres vivos
que mató el Cid Campeador.
En entrando en una casa
tiene tal reputación,
que luego dicen los niños:
Dios perdone al que murió.
Y con ser todos mortales
los médicos, pienso yo
que son todos venïales
comparados al doctor.
Al caminante en los pueblos
se le pide información,
temiéndole más que a peste,
de si le conoce, o no.
De médicos semejantes
hace el rey, nuestro señor,
bombardas a sus castillos,
mosquetes a su escuadrón.
Si a alguno cura y no muere,
piensa que resucitó,
y por milagro le ofrece
la mortaja y el cordón.
Si acaso estando en su casa
oye dar algún clamor,
tomando papel y tinta,
escribe: “ante mí pasó”.
No se le ha muerto ninguno
de los que cura hasta hoy,
porque antes que se mueran
los mata sin confesión.
De envidia de los verdugos
maldice al corregidor,
que sobre los ahorcados
no le quiere dar pensión.
Piensan que es la muerte algunos;
otros, viendo su rigor,
le llaman el día del juicio,
pues es total perdición.
No come por engordar,
ni por el dulce sabor,
sino por matar la hambre,
que es matar su inclinación.
Por matar mata las luces,
y si no le alumbra el sol,
como murciélagos viven
a la sombra de un rincón.
Su mula, aunque no está muerta,
no penséis que se escapó,
que está matada de suerte,
que le viene a ser peor.
En que se ve tan famoso,
y en tan buena estimación,
atento a vuestra belleza,
se ha enamorado de vos.
No pide le deis más dote
de ver que matéis de amor,
que en matando de algún modo,
para en uno sois los dos.
Casaos con él, y jamás
de viuda tendréis pasión,
que nunca la misma muerte
se oyó decir que murió.
Si lo hacéis, a Dios le ruego
que gocéis con bendición;
pero si no, que nos libre
de conocer al doctor.
by juancho | Nov 5, 2010 | Cultural |
Canción de Otoño en Primavera
Juventud, divino tesoro,
¡ya te vas para no volver!
Cuando quiero llorar, no lloro…
y a veces lloro sin querer…
Plural ha sido la celeste
historia de mi corazón.
Era una dulce niña, en este
mundo de duelo y de aflicción.
Miraba como el alba pura;
sonreía como una flor.
Era su cabellera obscura
hecha de noche y de dolor.
Yo era tímido como un niño.
Ella, naturalmente, fue,
para mi amor hecho de armiño,
Herodías y Salomé…
Juventud, divino tesoro,
¡ya te vas para no volver!
Cuando quiero llorar, no lloro…
y a veces lloro sin querer…
Y más consoladora y más
halagadora y expresiva,
la otra fue más sensitiva
cual no pensé encontrar jamás.
Pues a su continua ternura
una pasión violenta unía.
En un peplo de gasa pura
una bacante se envolvía…
En sus brazos tomó mi ensueño
y lo arrulló como a un bebé…
Y te mató, triste y pequeño,
falto de luz, falto de fe…
Juventud, divino tesoro,
¡te fuiste para no volver!
Cuando quiero llorar, no lloro…
y a veces lloro sin querer…
Otra juzgó que era mi boca
el estuche de su pasión;
y que me roería, loca,
con sus dientes el corazón.
Poniendo en un amor de exceso
la mira de su voluntad,
mientras eran abrazo y beso
síntesis de la eternidad;
y de nuestra carne ligera
imaginar siempre un Edén,
sin pensar que la Primavera
y la carne acaban también…
Juventud, divino tesoro,
¡ya te vas para no volver!
Cuando quiero llorar, no lloro…
y a veces lloro sin querer.
¡Y las demás! En tantos climas,
en tantas tierras siempre son,
si no pretextos de mis rimas
fantasmas de mi corazón.
En vano busqué a la princesa
que estaba triste de esperar.
La vida es dura. Amarga y pesa.
¡Ya no hay princesa que cantar!
Mas a pesar del tiempo terco,
mi sed de amor no tiene fin;
con el cabello gris, me acerco
a los rosales del jardín…
Juventud, divino tesoro,
¡ya te vas para no volver!
Cuando quiero llorar, no lloro…
y a veces lloro sin querer…
¡Mas es mía el Alba de oro!
A MARGARITA DEBAYLE
Margarita, está linda la mar,
y el viento
lleva esencia sutil de azahar;
yo siento
en el alma una alondra cantar:
tu acento.
Margarita, te voy a contar
un cuento.
Éste era un rey que tenía
un palacio de diamantes,
una tienda hecha del día
y un rebaño de elefantes,
un kiosko de malaquita,
un gran manto de tisú,
y una gentil princesita,
tan bonita,
Margarita,
tan bonita como tú.
Una tarde la princesa
vió una estrella aparecer;
la princesa era traviesa
y la quiso ir a coger.
La quería para hacerla
decorar un prendedor,
con un verso y una perla,
y una pluma y una flor.
Las princesas primorosas
se parecen mucho a ti:
cortan lirios, cortan rosas,
cortan astros. Son así.
Pues se fué la niña bella,
bajo el cielo y sobre el mar,
a cortar la blanca estrella
que la hacía suspirar.
Y siguió camino arriba,
por la luna y más allá;
mas lo malo es que ella iba
sin permiso del papá.
Cuando estuvo ya de vuelta
de los parques del Señor,
se miraba toda envuelta
en un dulce resplandor.
Y el rey dijo: “¿Qué te has hecho?
Te he buscado y no te hallé;
y ¿qué tienes en el pecho,
que encendido se te ve?”
La princesa no mentía.
Y así, dijo la verdad:
“Fuí a cortar la estrella mía
a la azul inmensidad.”
Y el rey clama: “¿No te he dicho
que el azul no hay que tocar?
¡Qué locura! ¡Qué capricho!
El Señor se va a enojar.”
Y dice ella: “No hubo intento;
yo me fuí no sé por qué;
por las olas y en el viento
fuí a la estrella y la corté.”
Y el papá dice enojado:
“Un castigo has de tener:
vuelve al cielo, y lo robado
vas ahora a devolver.”
La princesa se entristece
por su dulce flor de luz,
cuando entonces aparece
sonriendo el Buen Jesús.
Y así dice: “En mis campiñas
esa rosa le ofrecí:
son mis flores de las niñas
que al soñar piensan en mí.”
Viste el rey ropas brillantes,
y luego hace desfilar
cuatrocientos elefantes
a la orilla de la mar.
La princesita está bella,
pues ya tiene el prendedor
en que lucen, con la estrella,
verso, perla, pluma y flor.
Margarita, está linda la mar,
y el viento
lleva esencia sutil de azahar:
tu aliento.
Ya que lejos de mí vas a estar,
guarda, niña, un gentil pensamiento
al que un día te quiso contar
un cuento.
SONATINA
La princesa está triste… ¿qué tendrá la princesa?
Los suspiros se escapan de su boca de fresa,
que ha perdido la risa, que ha perdido el color.
La princesa está pálida en su silla de oro,
está mudo el teclado de su clave de oro;
y en un vaso olvidado se desmaya una flor.
El jardín puebla el triunfo de los pavos-reales.
Parlanchina, la dueña dice cosas banales,
y, vestido de rojo, piruetea el bufón.
La princesa no ríe, la princesa no siente;
la princesa persigue por el cielo de Oriente
la libélula vaga de una vaga ilusión.
¿Piensa acaso en el príncipe del Golconsa o de China,
o en el que ha detenido su carroza argentina
para ver de sus ojos la dulzura de luz?
¿O en el rey de las Islas de las Rosas fragantes,
o en el que es soberano de los claros diamantes,
]o en el dueño orgulloso de las perlas de Ormuz?
¡Ay! La pobre princesa de la boca de rosa
quiere ser golondrina, quiere ser mariposa,
tener alas ligeras, bajo el cielo volar,
ir al sol por la escala luminosa de un rayo,
saludar a los lirios con los versos de mayo,
o perderse en el viento sobre el trueno del mar.
Ya no quiere el palacio, ni la rueca de plata,
ni el halcón encantado, ni el bufón escarlata,
ni los cisnes unánimes en el lago de azur.
Y están tristes las flores por la flor de la corte;
los jazmines de Oriente, los nulumbos del Norte,
de Occidente las dalias y las rosas del Sur.
¡Pobrecita princesa de los ojos azules!
Está presa en sus oros, está presa en sus tules,
en la jaula de mármol del palacio real,
el palacio soberbio que vigilan los guardas,
que custodian cien negros con sus cien alabardas,
un lebrel que no duerme y un dragón colosal.
¡Oh quién fuera hipsipila que dejó la crisálida!
(La princesa está triste. La princesa está pálida)
¡Oh visión adorada de oro, rosa y marfil!
¡Quién volara a la tierra donde un príncipe existe
(La princesa está pálida. La princesa está triste)
más brillante que el alba, más hermoso que abril!
¡Calla, calla, princesa dice el hada madrina,
en caballo con alas, hacia acá se encamina,
en el cinto la espada y en la mano el azor,
el feliz caballero que te adora sin verte,
y que llega de lejos, vencedor de la Muerte ,
a encenderte los labios con su beso de amor!
YO PERSIGO UNA FORMA
Yo persigo una forma que no encuentra mi estilo,
botón de pensamiento que busca ser la rosa;
se anuncia con un beso que en mis labios se posa
al abrazo imposible de la Venus de Milo.
Adornan verdes palmas el blanco peristilo;
los astros me han predicho la visión de la Diosa;
y en mi alma reposa la luz como reposa
el ave de la luna sobre un lago tranquilo.
Y no hallo sino la palabra que huye,
la iniciación melódica que de la flauta fluye
y la barca del sueño que en el espacio boga;
y bajo la ventana de mi Bella-Durmiente,
el sollozo continuo del chorro de la fuente
y el cuello del gran cisne blanco que me interroga.
ITE, MISSA EST
A Reynaldo de Rafael
Yo adoro a una sonámbula con alma de Eloísa,
virgen como la nieve y honda como la mar;
su espíritu es la hostia de mi amorosa misa,
y alzo al són de una dulce lira crepuscular.
Ojos de evocadora, gesto de profetisa,
en ella hay la sagrada frecuencia del altar:
su risa en la sonrisa suave de Monna Lisa;
sus labios son los únicos labios para besar.
Y he de besarla un día con rojo beso ardiente;
apoyada en mi brazo como convaleciente
me mirará asombrada con íntimo pavor;
la enamorada esfinge quedará estupefacta;
apagaré la llama de la vestal intacta
¡y la faunesa antigua me rugirá de amor!
CANTOS DE VIDA Y ESPERANZA
A José Enrique Rodó
I
Yo soy aquel que ayer no más decía
el verso azul y la canción profana,
en cuya noche un ruiseñor había
que era alondra de luz por la mañana.
El dueño fuí de mi jardín de sueño,
lleno de rosas y de cisnes vagos;
el dueño de las tórtolas, el dueño
de góndolas y liras en los lagos;
y muy siglo diez y ocho y muy antiguo
y muy moderno; audaz, cosmopollita;
con Hugo fuerte y con Verlaine ambiguo,
y una sed de ilusiones infinitas.
Yo supe de dolor desde mi infancia,
mi juventud… ¿fue juventud la mía?
Sus rosas aún me dejan la fragancia…
una fragancia de melancolía…
Potro sin freno se lanzó mi instinto,
mi juventud montó potro sin freno;
iba embriagada y con puñal al cinto;
si no cayó, fué porque Dios es bueno.
En mi jardín se vió una estatua bella;
se juzgó de mármol y era carne viva;
un alma joven habitaba en ella,
sentimental, sensible, sensitiva.
Y tímida, ante el mundo, de manera
que encerrada en silencio no salía,
sino cuando en la dulce primavera
era la hora de la melodía…
Hora de ocaso y de discreto beso;
hora crepuscular y de retiro;
hora de madrigal y de embeleso,
de “te adoro”, de “¡ay!” y de suspiro.
Y entonces era en la dulzaina un juego
de misteriosas gamas cristalinas,
un renovar de notas del Pan griego
y un desgranar de músicas latinas.
Con aire tal y con ardor tan vivo,
que a la estatua nacían de repente
en el muslo viril patas de chivo
y dos cuernos de sátiro en la frente.
Como la Galatea gongorina
me encantó la marquesa varleniana,
y así juntaba a la pasión divina
una sensual hiperestesia humana;
todo ansia, todo ardor, sensación pura
y vigor natural; y sin falsía,
y sin comedia y sin literatura…:
Si hay un alma sincera, ésa es la mía.
La torre de marmil tentó mi anhelo;
quise encerrarme dentro de mí mismo,
y tuve hambre de espacio y sed de cielo
desde las sombras de mi propio abismo.
Como la esponja que la sal satura
en el jugo del mar, fué el dulce y tierno
corazón mío, henchido de amargura
por el mundo, la carne y el infierno.
Mas, por la gracia de Dios, en mi conciencia
el Bien supo elegir la mejor parte;
y si hubo áspera hiel en mi existencia,
melificó toda acritud el Arte.
Mi intelecto libré de pensar bajo,
bañó el agua castalia el alma mía,
peregrinó mi corazón y trajo
de la sagrada selva la armonía.
¡Oh, la selva sagrada! ¡Oh, la profunda
emanación del corazón divino
de la sagrada selva! ¡Oh, la fecunda
fuente cuyo virtud vence al destino!
Bosque ideal que lo real complica,
allí el cuerpo arde y vive y Psiquis vuela;
mientras abajo el sátiro fornica,
ebria de azul deslíe Filomela.
Perla de ensueño y música amorosa
en la cúpula en flor del laurel verde,
Hipsipila sutil liba en la rosa,
y la boca del fauno el pezón muerde.
Allí va el dios en celo tras la hembra,
y la caña de Pan se alza del lodo;
la eterna vida sus semilas siembra,
y brota la armonía del gran Todo.
El alma que entra allí debe ir desnuda,
temblando de deseo y fiebre santa,
sobre cardo heridor y espina aguda:
así sueña, así vibra y así canta.
Vida, luz y verdad, tal triple llama
produce la interior llama infinita.
El Arte puro como Cristo exclama:
¡Ego sum lux et veritas et vita!
Y la vida es misterio, la luz ciega
y la verdad inaccesible asombra;
la adusta perfección jamás se entrega,
y el secreto ideal duerme en la sombra.
Por eso ser sincero es ser potente;
de desnuda que está, brilla la estrella;
el agua dice el alma de la fuente
en la voz de cristal que fluye de ella.
Tal fué mi intento, hacer del alma pura
mía, una estrella, una fuente sonora,
con el horro de la literatura
y loco de crepúsculo y de aurora.
Del crepúsculo azul que da la pauta
que los celestes éxtasis inspira,
bruma y tono menor ¡toda la flauta!,
y Aurora, hija del Sol ¡toda la lira!
Pasó una piedra que lanzó una honda;
pasó una flecha que aguzó un violento.
La piedra de la honda fué a la onda,
y la flecha del odio fuése al viento.
La virtud está en ser tranquilo y fuerte;
con el fuego interior todo se abrasa;
si triunfa del rencor y de la muerte,
y hacia Belén… ¡la caravana pasa!
LOS CISNES
A Juan Ramón Jiménez
¿Qué signo haces, oh Cisne, con tu encorvado cuello
al paso de los tristes y errantes soñadores?
¿Por qué tan silencioso de ser blanco y ser bello,
tiránico a las aguas e impasible a las flores?
Yo te saludo ahora como en versos latinos
te saludara antaño Publio Ovidio Nasón.
Los mismos ruiseñores cantan los mismos trinos,
y en diferentes lenguas es la misma canción.
A vosotros mi lengua no debe ser extraña.
A Garcilaso visteis, acaso, alguna vez…
Soy un hijo de América, soy un nieto de España…
Quevedo pudo hablaros en verso en Aranjuez….
Cisnes, los abanicos de vuestras alas frescas
den a las frentes pálidas sus caricias más puras
y alejen vuestras blancas figuras pintorescas
de nuestras mentes tristes las ideas obscuras.
Brumas septentrionales nos llenan de tristezas,
se mueren nuestras rosas, se agostan nuestras palmas,
casi no hay ilusiones para nuestras cabezas,
y somos los mendigos de nuestras pobres almas.
Nos predican la guerra con águilas feroces,
gerifaltes de antaño revienen a los puños,
mas no brillan las glorias de las antiguas hoces,
ni hay Rodrigos ni Jaimes, ni han Alfonsos ni Nuños.
Faltos del alimento que dan las grandes cosas,
¿qué haremos los poetas sino buscar tus lagos?
A falta de laureles son muy dulces las rosas,
y a falta de victorias busquemos los halagos.
La América Española como la España entera
fija está en el Oriente de su fatal destino;
yo interrogo a la Esfinge que el porvenir espera
con la interrogación de tu cuello divino.
¿Seremos entregados a los bárbaros fieros?
¿Tantos millones de hombres hablaremos inglés?
¿Ya no hay nobles hidalgos ni bravos caballeros?
¿Callaremos ahora para llorar después?
He lanzado mi grito, Cisnes, entre vosotros,
que habéis sido los fieles en la desilusión,
mientras siento una fuga de americanos potros
y el estertor postrero de un caduco león…
…Y un Cisne negro dijo: “La noche anuncia el día”.
Y uno blanco: “¡La aurora es inmortal, la aurora
es inmortal !” ¡Oh tierras de sol y de armonía,
aun guarda la Esperanza la caja de Pandora!
LOS MOTIVOS DEL LOBO
El varón que tiene corazón de lis,
alma de querube, lengua celestial,
el mínimo y dulce Francisco de Asís,
está con un rudo y torvo animal,
bestia temerosa, de sangre y de robo,
las fauces de furia, los ojos de mal:
¡el lobo de Gubbia, el terrible lobo!
Rabioso, ha asolado los alrededores;
cruel, ha deshecho todos los rebaños;
devoró corderos, devoró pastores,
y son incontables sus muertos y daños.
Fuertes cazadores armados de hierros
fueron destrozados. Los duros colmillos
dieron cuenta de los más bravos perros,
como de cabritos y de corderillos.
Francisco salió:
al lobo buscó
en su madriguera.
Cerca de la cueva encontró a la fiera
enorme, que al verle se lanzó feroz
contra él. Francisco, con su dulce voz,
alzando la mano,
al lobo furioso dijo: “¡Paz, hermano
lobo!” El animal
contempló al varón de tosco sayal;
dejó su aire arisco,
cerró las abiertas fauces agresivas,
y dijo: “!Está bien, hermano Francisco!”
“¡Cómo! exclamó el santo. ¿Es ley que tú vivas
de horror y de muerte?
¿La sangare que vierte
tu hocico diabólico, el duelo y espanto
que esparces, el llanto
de los campesinos, el grito, el dolor
de tanta criatura de Nuestro Señor,
no han de contener tu encono infernal?
¿Vienes del infierno?
¿Te ha infundido acaso su rencor eterno
Luzbel o Belial?”
Y el gran lobo, humilde: “¡Es duro el invierno,
y es horrible el hambre! En el bosque helado
no hallé qué comer; y busqué el ganado,
y en veces comí ganado y pastor.
¿La sangre? Yo vi más de un cazador
sobre su caballo, llevando el azor
al puño; o correr tras el jabalí,
el oso o el ciervo; y a más de uno vi
mancharse de sangre, herir, torturar,
de las roncas trompas al sordo clamor,
a los animales de Nuestro Señor.
¡Y no era por hambre, que iban a cazar!”
Francisco responde: “En el hombre existe
mala levadura.
Cuando nace, viene con pecado. Es triste.
Mas el alma simple de la bestia es pura.
Tú vas a tener
desde hoy qué comer.
Dejarás en paz
rebaños y gente en este país.
¡Que Dios melifique tu ser montaraz!”
“Esta bien, hermano Francisco de AsIs.”
“Ante el Señor, que toda ata y desata,
en fe de promesa tiéndeme la pata.”
El lobo tendió la pata al hermano
de Asís, que a su vez le alargó la mano.
Fueron a la aldea. La gente veía
y lo que miraba casi no creía.
Tras el religioso iba el lobo fiero,
y, bajo la testa, quieto le seguía
como un can de casa, o como un cordero.
Francisco llamó la gente a la plaza
y allí predicó.
Y dijo: “He aquí una amable caza.
El hermano lobo se viene conmigo;
me juró no ser ya vuestro enemigo,
y no repetir su ataque sangriente.
Vosotros, en cambio, daréis su alimento
a la pobre bestia de Dios.” “¡Así sea!”,
Contestó la gente toda de la aldea.
Y luego, en señal
de contentamiento,
movió la testa y cola el buen animal,
y entró con Francisco de Asís al convento.
Algún tiempo estuvo el lobo tranquilo
en el santo asilo.
Sus bastas orejas los salmos oían
y los claros ojos se le humedecían.
Aprendió mil gracias y hacía mil juegos
cuando a la cocina iba con los legos.
Y cuando Francisco su oración hacía,
el lobo las pobres sandalias lamía.
Salía a la calle,
iba por el monte, descendía al valle,
entraba a las casas y le daban algo
de comer. Mirábanle como a un manso galgo.
Un día, Francisco se ausentó. Y el lobo
dulce, el lobo manso y bueno, el lobo probo,
desapareció, tornó a la montaña,
y recomenzaron su aullido y su saña.
Otra vez sintióse el temor, la alarma,
entre los vecinos y entre los pastores;
colmaba el espanto en los alrededores,
de nada servían el valor y el arma,
pues la bestia fiera
no dió treguas a su furor jamás,
como si estuviera
fuegos de Moloch y de Satanás.
Cuando volvió al pueblo el divino santo,
todos los buscaron con quejas y llanto,
y con mil querellas dieron testimonio
de lo que sufrían y perdían tanto
por aquel infame lobo del demonio.
Francisco de Asís se puso severo.
Se fué a la montaña
a buscar al falso lobo carnicero.
Y junto a su cueva halló a la alimaña.
“En nombre del Padre del sacro universo,
conjúrote dijo, ¡oh lobo perverso!,
a que me respondas: ¿Por qué has vuelto al mal?
Contesta. Te escucho.”
Como en sorda lucha, habló el animal,
la boca espumosa y el ojo fatal:
“Hermano Francisco, no te acerques mucho…
Yo estaba tranquilo allá en el convento;
al pueblo salía,
y si algo me daban estaba contento
y manso comía.
Mas empecé a ver que en todas las casas
estaban la Envidia, la Saña, la Ira,
y en todos los rostros ardían las brasas
de odio, de lujuria, de infamia y mentira.
Hermanos a hermanos hacían la guerra,
perdían los débiles, ganaban los malos,
hembra y macho eran como perro y perra,
y un buen día todos me dieron de palos.
Me vieron humilde, lamía las manos
y los pies. Seguía tus sagradas leyes,
todas las criaturas eran mis hermanos:
los hermanos hombres, los hermanos bueyes,
hermanas estrellas y hermanos gusanos.
Y así, me apalearon y me echaron fuera.
Y su risa fué como un agua hirviente,
y entre mis entrañas revivió la fiera,
y me sentí lobo malo de repente;
mas siempre mejor que esa mala gente.
Y recomencé a luchar aquí,
a me defender y a me alimentar.
Como el oso hace, como el jabalí,
que para vivir tienen que matar.
Déjame en el monte, déjame en el risco,
déjame existir en mi libertad,
vete a tu convento, hermano Francisco,
sigue tu camino y tu santidad.”
El santo de Asís no le dijo nada.
Le miró con una profunda mirada,
y partió con lágrimas y con desconsuelos,
y habló al Dios eterno con su corazón.
El viento del bosque llevó su oración,
que era: “Padre nuestro, que estás en los cielos…”
CANTO DE ESPERANZA
Un gran vuelo de cuervos mancha el azul celeste.
Un soplo milenario trae amagos de peste.
Se asesinan los hombres en el extremo Este.
¿Ha nacido el apocalíptico Anticristo?
Se han sabido presagios, y prodigios se han visto
y parece inminente el retorno del Cristo.
La tierra está preñada de dolor tan profundo
que el soñador, imperial meditabundo,
sufre con las angustias del corazón del mundo.
Verdugos de ideales afligieron la tierra,
en un pozo de sombras la humanidad se encierra
con los rudos molosos del odio y de la guerra.
¡Oh, Señor Jesucristo!, ¿por qué tardas, qué esperas
para tender tu mano de luz sobre las fieras
y hacer brillar al sol tus divinas banderas?
Surge de pronto y vierte la esencia de la vida
sobre tanta alma loca, triste o empedernida,
que, amante de tinieblas, tu dulce aurora olvida.
Ven, Señor, para hacer la gloria de ti mismo,
ven con temblor de estrellas y horror de cataclismo,
ven a traer amor y paz sobre el abismo.
Y tu caballo blanco, que miró al visionario,
pase. Y suene el divino clarín extraordinario.
Mi corazón será brasa de tu incensario.
LETANIAS DE NUESTRO SEÑOR
DON QUIJOTE
A Navarro Ledesma.
Rey de los hidalgos, señor de los tristes,
que de fuerza alimentas y de ensueños vistes,
coronado de áureo y yelmo de ilusión;
que nadie ha podido vencer todavía,
por la adarga al brazo, toda fantasía,
y la lanza en ristre, toda corazón.
Noble peregrino de los peregrinos,
que santificaste todos los caminos
con el paso augusto de tu heroicidad,
contra las certezas, contra las conciencias,
y contra las leyes y contra las ciencias,
contra la mentira, contra la verdad…
Caballero errante de los caballeros,
barón de varones, príncipe de fieros,
par entre los pares, maestro, ¡salud!
¡Salud, porque juzgo que hoy muy poca tienes,
entre los aplausos o entre los desdenes,
y entre las coronas y los parabienes
y las tonterías de la multitud!
¡Tú, para quien pocas fueron las victorias
antiguas, y para quien clásicas glorias
serían apenas de ley y razón,
soportas elogios, memorias, discursos,
resistes certámenes, tarjetas, concursos,
y, teniendo a arfeo, tienes a orfeón!
Escucha, divino Rolando del sueño,
a un enamorado de tu Clavileño,
y cuyo Pegas o relincha hacia ti;
escucha los versos de estas letanías,
hechas con las cosas de todos los días
y con otras que en lo misterioso vi.
¡Ruega por nosotros, hambrientos de vida,
con el alma a tientas, con la fe perdida,
llenos de congojas y faltos de sol;
por advenedizas almas de manga ancha,
que ridiculizan el ser de la Mancha,
el ser generoso y el ser español!
¡Ruega por nosotros, que necesitamos
las mágicas rosas, los sublimes ramos
de laurel! Pro nobis ora, gran señor.
(Tiemblan las florestas de laurel del mundo,
y antes que tu hermano vago, Segismundo,
el pálido Hámlet te ofrece una flor.)
Ruega generoso, piadoso, orgulloso;
ruega, casto, puro, celeste, animoso;
por nos intercede, suplica por nos,
pues casi ya estamos sin savia, sin brote,
sin alma, sin vida, sin luz, sin Quijote,
sin pies y sin alas, sin Sancho y sin Dios.
De tantas tristezas, de dolores tantos,
de los superhombres de Nietzsche, de cantos
áfonos, recetas que firma un doctor,
de las epidemias de horribles blasfemias
de las Academias,
¡líbranos, señor!
De rudos malsines,
falsos paladines,
y espíritus finos y blandos y ruines,
del hampa que sacia
su canallocracia
con burlar la gloria, la vida, el honor,
del puñal con gracia,
¡líbranos, señor!
Noble peregrino de los peregrinos,
que santificaste todos los caminos
con el paso augusto de tu heroicidad,
contra las certezas, contra las conciencias
y contra las leyes y contra las ciencias,
contra la mentira, contra la verdad…
¡Ora por nosotros, señor de los tristes,
que de fuerza alientas y de sueños vistes,
coronado de áureo yelmo de ilusión;
que nadie ha podido vencer todavía,
por la adarga al brazo, toda fantasía,
y la lanza en ristre, toda corazón!
ALLA LEJOS
Buey que vi en mi niñez echando vaho un día
bajo el nicaragüense sol de encendidos oros,
en la hacienda fecunda, plena de la armonía
del trópico; paloma de los bosques sonoros
del viento, de las hachas, de pájaros y toros
salvajes, yo os saludo, pues sois la vida mía.
Pesado buey, tú evocas la dulce madrugada
que llamaba a la ordeña de la vaca lechera,
cuando era mi existencia toda blanca y rosada;
y tú, paloma arrulladora y montañera,
significas en mi primavera pasada
todo lo que hay en la divina Primavera.
LO FATAL
A René Pérez.
Dichoso el árbol que es apenas sensitivo,
y más la piedra dura, porque ésta ya no siente,
pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo,
ni mayor pesadumbre que la vida consciente.
Ser, y no saber nada, y ser sin rumbo cierto,
y el temor de haber sido y un futuro terror…
Y el espanto seguro de estar mañana muerto,
y sufrir por la vida y por la sombra y por
lo que no conocemos y apenas sospechamos,
y la carne que tienta con sus frescos racimos
y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos,
¡y no saber adónde vamos,
ni de dónde venimos…!
PROPOSITO PRIMAVERAL
A Vargas Vila.
A saludar me ofrezco y a celebrar me obligo
tu triunfo, Amor, al beso de la estación que llega
mientras el blanco cisne del lago azul navega
en el mágico parque de mis triunfos testigo.
Amor, tu hoz de oro ha segado mi trigo;
por ti me halaga el suave son de la flauta griega,
y por ti Venus pródiga sus manzanas me entrega
y me brinda las perlas de las mieles del higo.
En el erecto término coloco una corona
en que de rosas frescas la púrpura detona;
y en tanto canta el agua bajo el boscaje oscuro,
junto a la adolescente que en el misterio inicio
apuraré, alternando con tu dulce ejercicio,
las ánforas de oro del divino Epicuro.
NOCTURNO
A Mariano de Cavia.
Los que auscultasteis el corazón de la noche,
los que por el insomnio tenaz habéis oído
el cerrar de una puerta, el resonar de un coche
lejano, un eco vago, un ligero rüido…
En los instantes del silencio misterioso,
cuando surgen de su prisión los olvidados,
en la hora de los muertos, en la hora del reposo,
sabréis leer estos versos de amargor impregnados…
Como en un vaso vierto en ellos mis dolores
de lejanos recuerdos y desgracias funestas,
y las tristes nostalgias de mi alma, ebria de flores,
y el duelo de mi corazón, triste de fiestas.
y el pesar de no ser lo que yo hubiera sido,
la pérdida del reino que estaba para mí,
el pensar que un instante pude no haber nacido,
¡y el sueño que es mi vida desde que yo nací!
Todo esto viene en medio del silencio profundo
en que la noche envuelve la terrena ilusión,
y siento como un eco del corazón del mundo
que penetra y conmueve mi propio corazón.