Isaac
Eduardo Mendoza vuelve a ocupar el centro del escaparate literario con una nueva novela, entrevistas jugosas y una polémica cultural que ha encendido el debate en Cataluña. A sus más de ocho décadas de vida, lejos de retirarse del todo, el autor barcelonés encadena libros, reflexiones irónicas sobre la actualidad y comentarios que no dejan indiferente a nadie.
Su nuevo título, «La intriga del funeral inconveniente» (Seix Barral), recupera al mítico detective sin nombre y lo sumerge en una trama de corrupción financiera, chapuzas criminales y personajes desquiciados, todo ello en una Barcelona a medio camino entre la ciudad ordenada y la urbe canalla. Al mismo tiempo, Mendoza ha avivado la discusión sobre cómo llamar al 23 de abril, defendiendo que se diga Día del Libro en lugar de Sant Jordi, unas palabras que han provocado respuestas airadas desde el ámbito político catalán.
Un funeral cutre, un periodista torpe y una conspiración financiera
La chispa de «La intriga del funeral inconveniente» salta en un tanatorio: un entierro de tercera, despachado en un rincón del párking, sirve de arranque a una cadena de despropósitos que termina por destapar una trama financiera de alto nivel. El joven Ramoncito Valenzuela, periodista en prácticas, escribe una crónica aparentemente insignificante sobre ese funeral en un diario local y, por ello, es despedido de forma fulminante en sus primeros días de trabajo.
Lo que parece una anécdota laboral se transforma en el detonante de una investigación disparatada. Ramoncito provoca sin saberlo una reacción en cadena que arrastra a empresarios, clérigos, delincuentes, travestis, teleoperadores y viejos policías reciclados, todos envueltos en una conspiración en la que nadie quiere que la verdad salga a la luz. Lo que empieza como un incidente menor se va enredando hasta revelar una red de suplantaciones, chapuzas criminales y blanqueo de dinero con islas ficticias en el Índico como escenario exótico.
En el centro del enredo reaparece el célebre detective sin nombre, una de las creaciones más queridas de Mendoza desde El misterio de la cripta embrujada. Jubilado, mayor, instalado en una rutina tranquila y metódica, vuelve a la acción casi a su pesar. El propio escritor reconoce que es su alter ego: un tipo algo burro, desastrado, pícaro, más listo y más atrevido que él mismo, con bastante mejor suerte con las mujeres y dispuesto a hacer por él lo que su autor, tímido y bien educado, nunca se permitiría.
Junto al detective y Ramoncito, desfila una troupe de personajes delirantes: un cura que salpica sus intervenciones con frases en latín; el ex inspector Jarana, aficionado al travestismo bajo el nombre de Manola; la hija del sepulturero que se hace llamar Gucci aunque en realidad se llame Titina y termine secuestrada; un teleoperador latinoamericano llamado Winston, empleado de la compañía telefónica Elgordi S.A., que aporta su experiencia en secuestros cotidianos. Sobre este elenco, Mendoza construye diálogos rápidos y situaciones absurdas que funcionan como una parodia feroz de la corrupción empresarial y del caos político y social.
Humor, sátira y tradición picaresca en clave barcelonesa
La novela se mueve en esa mezcla tan reconocible de sátira, absurdo y lucidez moral que ha convertido a Mendoza en un referente europeo del humor literario. El autor insiste en que hacer reír es un trabajo serio, casi artesanal: el chiste y la situación disparatada solo funcionan si el lector acepta desde el principio el juego y mantiene con el narrador un pacto de complicidad similar al que se da en cuentos como Blancanieves o en relatos góticos como Drácula. Si uno no entra en la premisa —que ese funeral cutre pueda desencadenar una conspiración demencial—, la historia se desmorona.
El humor de Mendoza bebe de la novela picaresca española y de los escritores franceses del siglo XVIII, con Cervantes como origen inevitable. Sin renunciar a la tradición, el escritor se distancia del dramatismo solemne que dominó buena parte de la literatura del siglo XIX y recuerda que, en España, el humor se refugió durante décadas en el teatro, en las comedias de Mihura y compañía. Él lleva ese espíritu juguetón a la narrativa, demostrando que se puede hablar de lucha de clases, corrupción, memoria histórica o decolonialismo sin perder la sonrisa.
En «La intriga del funeral inconveniente» vuelven los equilibrios marca de la casa: lo que a primera vista parece una simple bufonada policíaca contiene una crítica social nada candorosa. La corrupción financiera, los mangantes de medio pelo y la picaresca ligada al dinero aparecen retratados con una ironía que no oculta la dureza del diagnóstico. Mendoza se burla de los negociantes corruptos que se autoproclaman los últimos románticos en tiempos de fariseísmo, y subraya cierta tradición española de querer enriquecerse sin trabajar, de simpatía por el listo que se cuela y hace trampas.
Al mismo tiempo, el autor evita el sentimentalismo fácil. La sentimentalidad en sus novelas es tenue, casi avergonzada, camuflada detrás de la comicidad y del disparate. Cuando habla del amor, por ejemplo, lo hace con frases como que los audaces se enamoran dos o tres veces, los prudentes una sola y los timoratos nunca, reservando para los tontos —entre los que se incluye con sorna— la posibilidad de enamorarse más de tres veces, incluso en un mismo día.
Barcelona, escenario canalla y civilizado a la vez
Barcelona vuelve a ser un personaje central en la obra de Mendoza. Desde La ciudad de los prodigios hasta sus novelas más disparatadas, la capital catalana aparece como un espacio que condiciona el destino de sus protagonistas. En «La intriga del funeral inconveniente» la ciudad es el telón de fondo de funerales tristones en el párking de un tanatorio, bares desaparecidos sustituidos por heladerías para turistas y barrios en los que conviven la respetabilidad burguesa y la memoria de una Barcelona canalla ya casi borrada.
Para el escritor, la Barcelona de su infancia era un lugar pobre, sucio y poco turístico, una ciudad secundaria por la que los viajeros extranjeros pasaban de largo camino de Sevilla o de otros destinos más «typical spanish». El Palau de la Música estaba medio vacío, la Casa Batlló albergaba un laboratorio de análisis de sangre y la ciudad vivía de espaldas al mar. Con los años, esa urbe gris se ha transformado en un escaparate internacional: Barcelona decidió hacer de su imagen una profesión, con todo lo que eso conlleva.
Hoy, Mendoza la define como una combinación perfecta de ciudad civilizada y ordenada y, a la vez, canalla y tercermundista. Valora su clima, la buena comida, la amabilidad relativa de sus habitantes y el funcionamiento razonable de sus servicios. Ve con distancia crítica el turismo masivo y la gentrificación que expulsan a vecinos de sus barrios, pero no comparte la nostalgia que idealiza una supuesta Barcelona auténtica: recuerda que aquel pasado tan añorado era, en realidad, bastante más duro de lo que ahora se cuenta.
En sus conversaciones recientes, el autor evoca espacios reales y deformados, como cafés donde coincidían travestis presididos por Carmen de Mairena, barberos de barrio, profesores universitarios y familias gitanas, escenas que reaparecen transfiguradas en sus novelas. También ironiza sobre el fervor cívico de la ciudad, capaz de convertir el Parlament en una máquina de aprobar resoluciones grandilocuentes sobre la pobreza en el mundo mientras la vida cotidiana sigue su curso entre turistas, fiestas encadenadas y manifestaciones variopintas.
El regreso insistente del supuesto jubilado
Eduardo Mendoza lleva años anunciando su retirada de la novela, pero la jubilación se le resiste. Él mismo lo admite con sorna: tiene incontinencia literaria. En cuanto deja de escribir, las palabras y las ideas se le acumulan en la cabeza y se siente al borde de explotar. Dice que de cada diez proyectos que empieza, nueve van a la papelera, pero aun así siguen apareciendo nuevos libros que contradicen sus promesas de adiós definitivo.
Tras Tres enigmas para la organización, que ya supuso un regreso después de una primera declaración de retirada, «La intriga del funeral inconveniente» es la segunda novela que publica desde que dijo que colgaba la pluma. Entre medias, ha recibido el Premio Princesa de Asturias de las Letras y ha encadenado entrevistas en las que reconoce que no sabe dejar de trabajar. Para él, la jubilación tiene una cara amable —la liberación de ciertas obligaciones— y otra más inquietante: ¿qué hace alguien que ya se levantaba a la hora que quería, con un trabajo que le divertía, cuando le obligan a no hacerlo?
Mendoza mantiene una disciplina peculiar: escribe todos los días, aunque no siempre sepa si lo que tiene entre manos será novela, cuento o simple experimento. Confiesa que una de las cosas que se pierden con la edad es la capacidad de entretenerse, y la escritura se ha convertido en su manera de llenar unas horas que de otro modo le pesarían. De momento, prefiere no anunciar nuevos proyectos; asegura que ahora mismo no está trabajando en nada concreto y que, si alguna idea cuaja, seguirá su propio camino sin demasiada planificación previa.
Esta falta de plan se nota también en el proceso de creación de su última novela. Admite que escribe sin esquema, dejándose llevar por lo que se le ocurre, hasta el punto de llegar al final del libro sin tener del todo claro qué ha pasado exactamente en la trama. Lo dice sin dramatismo, como parte del juego: para él, empezar a escribir sin que el resultado sea incierto va contra la esencia misma de la literatura, una lección que atribuye a Juan Benet y que ha tratado de aplicar desde sus comienzos.
Del Día del Libro a Sant Jordi: la broma que encendió a la política catalana
La promoción de «La intriga del funeral inconveniente» ha estado marcada por una controversia ajena al argumento de la novela, pero muy enraizada en el calendario cultural catalán. Durante la presentación del libro en Barcelona, Mendoza defendió que el 23 de abril se debería llamar Día del Libro y no Sant Jordi, recuperando así la denominación que, recuerda, se utilizaba tradicionalmente antes de que el santo «se metiera» en la fecha.
Con su ironía característica, afirmó que Sant Jordi «no pinta nada» en una jornada dedicada a los libros y a los escritores, y apuntó que, según la leyenda, se trataba de un «maltratador de animales» por su enfrentamiento con el dragón, seguramente incapaz incluso de leer. Subrayó que no es el patrón de los escritores —ese papel corresponde a San Francisco de Sales— y se mostró dispuesto a iniciar una campaña para que se deje de hablar de Sant Jordi y se hable simplemente del Día del Libro.
Las declaraciones tuvieron inmediata réplica en redes sociales y en el ámbito político. Dirigentes de partidos nacionalistas catalanes salieron en defensa de la festividad, recordando que Sant Jordi es mucho más que una marca: para ellos, es el día en que Cataluña se muestra al mundo a través de sus libros, su lengua y su identidad. Desde ese punto de vista, acusaron al escritor de querer vaciar de significado una jornada que consideran la expresión más pura de la cultura catalana.
Algunos comentarios fueron especialmente duros, llegando a interpretar las palabras de Mendoza como la interiorización de un supuesto desprecio franquista hacia la catalanidad. El escritor, por su parte, ha insistido posteriormente en que se trataba de una broma, una manera socarrona de señalar que la figura del santo se ha apropiado de una celebración que, en su origen, conmemoraba la muerte de Cervantes y Shakespeare y ponía el foco en la literatura, no en los milagros ni en los dragones.
La pequeña tormenta mediática en torno al 23 de abril se suma a otros momentos en los que sus comentarios han agitado el avispero público, como cuando bromeó con su gusto por las corridas de toros o ironizó sobre la proliferación de premios literarios millonarios. Pese al ruido, Mendoza se muestra más resignado que combativo: sabe que Sant Jordi le espera cada año con colas de lectores en busca de una firma, y asume que, le llame como le llame, esa jornada seguirá siendo una cita intensa para cualquiera que publique en Cataluña.
Premios, política y mirada crítica sobre España y el mundo
El reconocimiento institucional a Mendoza se ha consolidado con el Premio Princesa de Asturias de las Letras, que se suma al Premio Cervantes, al Planeta y a otros galardones nacionales e internacionales. A pesar de esta larga lista de distinciones, su relación con la vanidad es ambivalente: celebra sus éxitos, disfruta viendo fajas con cifras de ventas imponentes y admite que le encantan los premios, pero reivindica que haber sido un lector exigente le ha vacunado contra ciertos delirios de grandeza.
En sus intervenciones públicas recientes, el escritor se ha permitido alguna reflexión política muy comentada, especialmente sobre la crispación en España. Sostiene que existe un «ruido extraño» concentrado en Madrid, alimentado por tertulias estridentes y una retórica inflamatoria, mientras que fuera de la capital la atmósfera le parece algo más serena. Cita el caso de Cataluña, donde considera que la combinación de gestión socialista y acuerdos políticos ha rebajado la tensión tras los años más intensos del procés.
Sin mencionar nombres propios en ocasiones, se ha referido de forma implícita a la presidenta madrileña al hablar de una forma de hacer política que eleva el volumen de la confrontación. Al mismo tiempo, reconoce que una generación entera ha visto cómo se desdibujaba su proyecto vital por culpa de las crisis encadenadas, un caldo de cultivo en el que, según él, se entiende mejor el auge de la extrema derecha en Europa.
Su mirada sobre la Transición es matizada: no comparte el relato catastrofista que la pinta como un fracaso absoluto. Recuerda que había varios futuros posibles y que, con sus defectos, el resultado fue razonable si se compara con otros procesos históricos. Eso sí, admite que se dejaron esqueletos en el armario que, con el tiempo, han ido reapareciendo, y que el arribismo y el pelotazo se instalaron con facilidad en la vida pública española.
Más allá de lo local, Mendoza se muestra moderadamente pesimista respecto al estado del mundo, pero sorprendido de que las cosas funcionen tan bien como lo hacen. Como lector voraz de historia, señala que la violencia, las guerras y las invasiones no son una novedad de nuestro tiempo, sino una constante humana que adopta hoy formas tecnológicamente más eficaces. Lo que le asombra, dice, no es que todo vaya tan mal, sino que, siendo como somos, sigamos siendo capaces de mantener en pie trenes, carreteras, hospitales o incluso un mínimo de convivencia.
En debates como el de la memoria histórica, el decolonialismo o las viejas guerras civiles españolas, el escritor apela a la perspectiva temporal. Recuerda que los relatos de sus abuelos sobre los carlistas le sonaban a película de aventuras, y cree que algo parecido ocurre hoy con la Guerra Civil para las generaciones jóvenes: el lenguaje político de la época, con expresiones como «hordas rojas» o «glorioso alzamiento nacional», le parece ya casi un fósil lingüístico, un museo del franquismo incrustado en la radio y la televisión de su infancia.
En cuanto a la capacidad del humor y la literatura para mejorar el presente, Mendoza no se hace grandes ilusiones. Acepta que los libros y las bromas difícilmente frenarán guerras o crisis, pero reivindica que al menos ayudan a mirar la realidad con una mezcla de distancia y lucidez que, quizá, permita sobrellevar mejor la brutalidad de la historia y de la política cotidiana.
Entre funerales de tercera, detectives sin nombre y discusiones sobre santos y libros, Eduardo Mendoza se mantiene como una voz singular en el panorama literario español y europeo. Con la misma mezcla de timidez, ironía y escepticismo risueño que lo acompaña desde sus años en Nueva York, sigue escribiendo cada día, repensando Barcelona y lanzando frases que a veces desatan tormentas. Su nueva novela confirma que, jubilado o no, continúa afinando un humor que retrata con precisión un país donde la corrupción convive con la picaresca, la nostalgia con la gentrificación y la fiesta de los libros con batallas simbólicas que van mucho más allá de un dragón y una rosa.

