Luisa Jacinto en Parra & Romero, mi sombra es tuya

El próximo 8 de noviembre de 2025 es el último día para visitar, en la Galería Parra & Romero de Madrid, “Mi sombra es tuya”, muestra en la que Luísa Jacinto presenta un conjunto de obras que cuestionan el espacio, el tiempo y el peso como atributos básicos de la pintura más allá de sus límites tradicionales. La autora se rebela en ellas contra la teórica estabilidad de la superficie pictórica, revelando un medio en constante transformación.
El título de la exposición alude a uno de los diálogos recogidos en la novela Bajo el volcán de Malcolm Lowry y anticipa, en todo caso, la posibilidad de entablar una relación casi simbiótica entre visitante y obra, dos agentes que se necesitan recíprocamente. En este contexto, la sombra se nos presenta como metáfora de la condición humana, refugio y parte incierta, fugaz, a medio camino entre lo real y lo posible.
Pueden verse por primera vez en Parra & Romero tres cuerpos de trabajo distintos pero conectados: las “pinturas-piel” de la serie Strangers, con sus superficies similares a membranas; las “pinturas-pantalla” de I was never, que fragmentan el espacio y multiplican el acto mismo de ver; y las “pinturas-red” de Work in Space, semejantes a telarañas suspendidas.
Luisa Jacinto. Mi sombra es tuya. Galería Parra & Romero
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NUESTROS LIBROS: Los amnésicos. Historia de una familia europea

Los europeos no son víctimas de la historia. Cada uno de nosotros será indispensable.
Géraldine Schwarz es periodista y realizadora, nació en 1974 en Estrasburgo y, lo que es más importante para el que hasta ahora es su único libro, forma parte de una familia franco-alemana cuyas vivencias quedaron marcadas por la II Guerra Mundial.
En Los amnésicos, un ensayo que ha alcanzado un eco notable desde 2017, entrelaza el relato de esa familia, la francesa y la alemana -por supuesto, no siempre bien avenidas-, con la narración de este capítulo histórico, no atendiendo al devenir de la guerra en sí, sino a sus consecuencias en los individuos de a pie: evidentemente en las víctimas directas del Holocausto, pero también en quienes no lo fueron y ante ese genocidio tuvieron que tomar postura y adoptar decisiones vitales o menores, en ese momento o más tarde.
Las experiencias familiares no constituyen, en su caso, anécdotas más o menos ilustrativas, sino síntomas de comportamientos reveladores de estados mentales y de formas de asimilar el trauma. Comportamientos que vale la pena analizar por más que no fueran, en sí mismos, necesariamente ni predominantes ni raros.
Schwarz propone, claro, un ejercicio de memoria en el que los testimonios que ha recabado de sus cercanos se intercalan con los de los historiadores y en el que trata de entender la evolución de la actitud de alemanes y franceses -sobre todo de los primeros- hacia su pasado reciente: una actitud que pasó de la evitación, la amnesia del título, al examen de lo ocurrido y la conversión de ese estudio del pasado sucio en una de las bases de su identidad moderna.
Las pérdidas primeras, en ese primer lustro de los cuarenta, fueron millones de vidas; las segundas tuvieron que ver con la puesta en cuestión de una cultura y una vida política que no había logrado impedir esa matanza. La tarea de encontrar y depurar a los causantes requirió de leyes nuevas en el caso los más gruesos culpables; refiriéndonos a la población en general, la revisión de lo ocurrido tenía que resultar mucho más compleja: escapaba a tipos penales, nunca a condicionamientos morales.
Como recuerda Álvarez Junco en el epílogo de este libro, las posturas quedaron polarizadas entre los partidarios de la disección de lo sucedido y quienes consideraban más saludable -o sólo posible- empezar de cero ante aquello tan difícil de explicar. Los pensadores que han reflexionado sobre estas posiciones son muy numerosos – Schwarz compendia algunos, y menciona con acierto los libros, películas y series que mayor impacto tuvieron en la percepción reciente de la Shoa-; también los que se han preguntado por la pertinencia de establecer grados de responsabilidad adecuados y si la inacción sin aquiescencia constituye una de esas responsabilidades. La autora cuestiona a uno de sus abuelos: no actuó de forma directa contra ningún compatriota judío, pero sí se aprovechó de su desgracia al adquirir muy ventajosamente sus bienes y ese hecho sería una sombra en adelante en la vida familiar, como tantos lidiarían – o no soportarían- otras parecidas.
Y decíamos que centra su mirada en Francia y Alemania, pero en su ejercicio de analizar indiferencias revisa colaboraciones o pasividades en el conjunto de Europa, y ha sabido dar su lugar igualmente a actos más o menos heroicos que salvaron vidas en los momentos y lugares menos propicios.
Se pregunta hasta qué punto pueden heredarse culpas -no pueden-; cuánto queda hoy de los enfrentamientos pasados -a veces artificialmente recreados-; o cuánto de fiable es la memoria colectiva y oral, si la individual puede ya ser traidora.
Lo interesante de Los amnésicos son justamente sus matices: desde la distancia del tiempo y desde el equilibrio, no denuncia ni reivindica. Trata de comprender sin eximir de culpas y no resbala en el terreno de juzgar el servilismo voluntario y el involuntario, un logro nada fácil para quien ha crecido cerca del silencio y la incomodidad.
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INTERSECCIONES

¿QUÉ ES INTERSECCIONES?
Un proyecto del Museo del Traje. CIPE de Madrid por el que diferentes intervenciones transformarán nuestra visión de la colección permanente de este centro.
 
¿QUÉ OBJETIVOS TIENE?
Conmemorar el centenario de la Exposición del Traje Regional de 1925, el acontecimiento que supuso el germen de los fondos de esta institución.
También reescribir el relato de la indumentaria y reafirmar el compromiso de este espacio con la preservación y la relectura del patrimonio cultural, generando nuevas perspectivas en torno a la moda, la identidad y la memoria colectiva.
 
¿EN QUÉ CONSISTE?
El museo nos enseña los trabajos de cuatro artesanos y tres diseñadores de moda que, preservando procesos, materiales y técnicas ancestrales, continúan a día de hoy con la producción y la difusión de piezas únicas.
 
¿QUIÉN COMISARÍA ESTE PROYECTO?
Juan Gutiérrez y Daniel Blanco; y lo coordinan Beatriz Rontomé Miguel y María del Mar Belver García.
 
¿QUÉ ARTESANOS PARTICIPAN EN INTERSECCIONES?
Aitor Saraiba exhibe Pagana, un trabajo textil basado en las creencias, tradiciones y leyendas que florecieron en la península ibérica y que dejaron su huella cultural en trajes y ornamentaciones textiles. Quiere reivindicar los trajes populares, los amuletos, las mascaradas, los escapularios y otras prendas que nuestros antepasados crearon para definirse y para conectar con lo invisible.
Sagarminaga Atelier, por su parte, reinterpreta la casaca del siglo XVIII, fusionando sus siluetas masculinas y femeninas con evocaciones de la naturaleza. Propone un escenario donde esta última, como lo hace con los pueblos abandonados y las ruinas, reclama nuestro pasado, versionándolo en sus propios códigos.
La intervención de Mercedes Vicente gira en torno al bodi que realizó para la muestra “Ofrenda” en la Embajada de España en París, en colaboración con el diseñador Leandro Cano y en 2019. El bodi, diseñado para realzar las curvas, ha sido un complemento muy valorado a lo largo de los siglos hasta la actualidad, con distintas formas y nombres.
Por último, el proyecto de Woolf4life para esta iniciativa conjuga el tratamiento de su materia prima, a través del lavado y procesado de la lana, con la cuidada factura de piezas, ejecutadas con fibras naturales para favorecer la sostenibilidad.
 
¿Y QUÉ DISEÑADORES SE HAN SUMADO?
Lorenzo Caprile, Teresa Helbig y Ana Locking.
El primero ha propuesto una intervención ligada a su faceta como coleccionista de antigüedades: expone, en una de las vitrinas dedicadas a la moda del siglo XVIII, una gran casa de muñecas datada en ese mismo tiempo.
Helbig homenajea los diseños atemporales a través de la porcelana: la sitúa como muestra de la posibilidad de un equilibrio perfecto entre experiencia, creatividad y paciencia y recuerda que la belleza también puede estar ligada al tacto. Y Locking, entretanto, ha elegido presentar tres creaciones de vestuario escénico inspirado en el siglo XVIII; reinterpreta libremente en ellas los estilismos de la época asociándolos a la sección de la Exposición del Traje Regional que se centró en la indumentaria histórica.
 
¿HASTA QUÉ FECHA PUEDEN VERSE ESTOS PROYECTOS?
Hasta el 30 de noviembre de 2025.
 
 
PARA MÁS INFORMACIÓN:
www.cultura.gob.es

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El mártir como mandato de la masculinidad

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Por: Paula Forero

 

El patriarcado no solo oprime cuerpos: también los fabrica para el sacrificio. Cuerpos de hombres que deben estar disponibles para morir por una causa mayor. Esa relación entre masculinidad y el “mártir” no es solo una figura narrativa: es una columna vertebral del poder político.

 

Tras el asesinato de Miguel Uribe Turbay, su padre declaró: “Hijo, tu sacrificio no será en vano”. El dolor se convirtió en instrumento político, evidenciando lo normalizado que tenemos como país que la muerte pueda aprovecharse para impulsar una causa. Estas declaraciones no son una anomalía en la política colombiana. Daniel Quintero, Gustavo Petro y tantos otros a lo largo de la historia han prometido que “morirían por el país”, apelando incluso a la bandera roja, blanca y negra que ahora acompaña al Presidente en varias ocasiones, con el lema atribuido a Bolívar: “Libertad o muerte”. Para la política masculina, un líder se prueba en la disposición a entregar su vida.

 

Entre las miles de cosas machistas que tienen en común la izquierda, la derecha y el centro —y, en general, la política masculina— está su obsesión con el sacrificio. No basta con vivir por la causa. La prueba máxima es morir por ella. La masculinidad hegemónica se sostiene sobre varios pilares, incluidos la valentía, la glorificación del dolor y el rechazo total del miedo y la vulnerabilidad. Morir “por algo más grande” se ofrece como evidencia final de hombría: un “verdadero hombre” preferiría caer muerto antes que admitir que siente y que teme. Esta es solo otra forma de huir de la vulnerabilidad, porque el sufrimiento se lee como coraje.

 

El mártir encarna ese ideal: es quien lleva el sacrificio al extremo, incluso a la muerte, mostrando que el compromiso y la hombría están por encima de la propia supervivencia. Deja de ser persona y se convierte en símbolo, en propaganda. Una historia útil, una bandera que otros pueden agitar. Su cuerpo se vuelve herramienta narrativa del poder. Pero esa lógica tiene costos profundos: la vida que se le exige entregar, la angustia que debe esconder, el dolor que debe callar.

 

La glorificación del sacrificio no es una acción inofensiva: corroe el proyecto colectivo; implica que el vivir y la lucha cotidiana se devalúen frente al morir heroico. Así, la entrega diaria —marchar, organizarse, defender derechos, cuidar lo común— queda relegada a un papel secundario. Se instala la idea de que la verdadera transformación sólo se consigue con sangre, como si la vida no alcanzara para cambiar nuestra realidad.

 

El bienestar deja de asumirse como un derecho y empieza a presentarse como un premio que otros reclaman en nombre del mártir. Cuando la muerte se convierte en símbolo de honor, proteger la vida deja de ser prioridad. Y si morir por la patria es glorioso, los asesinatos políticos dejan de verse como un fracaso del Estado y pasan a justificarse como “sacrificios inevitables”. En un país como Colombia —atravesado por la guerra, la violencia partidista, el asesinato de líderes sociales y la idea de que algunos cuerpos deben morir para que la historia avance— estas no son frases retóricas: terminan funcionando como un manual de lo que supuestamente debe ser un “buen líder”.

 

Así, una elección se convierte en un concurso a ver quién promete la muerte más épica, quién está dispuesto a convertirse en mártir para demostrar que merece gobernar. En cada elección escuchamos la promesa de entrega total, de muerte si es necesario. Pero lo que deberíamos exigir es otro tipo de promesa: la de la vida, la de sostener en cuidado. Lo verdaderamente transformador es que nadie tenga que morir para que el resto pueda seguir.

 

Es necesario aclararlo: este análisis no afirma que los asesinatos y atentados políticos en Colombia ocurran por el mandato de la masculinidad o la glorificación del mártir. La violencia política es absolutamente reprochable y jamás sería responsabilidad de quienes la sufren. Lo que quiero señalar es una narrativa que se ha normalizado en nuestra política: la idea de que la muerte por una causa es el punto más alto del compromiso. Entiendo que en este país ningún derecho ha sido regalado, que muchas conquistas se han logrado en las calles y que, lamentablemente, han tenido víctimas mortales. Pero creo que es momento de detenernos y cuestionar esos mensajes que todos los sectores repiten. Desromantizar la violencia que marcó especialmente los años 70, 80 y 90. Hacer un llamado urgente a cuidar la vida. Porque ninguna causa, ningún partido y ningún líder político está por encima de ella.

 

Es importante recordar que quienes más han sostenido la vida en medio de tantas muertes y asesinatos han sido las mujeres. Han entendido desde siempre el valor de la vida y del cuidado, porque reconocen los costos reales que deja cada mártir: el vacío, el duelo, la comunidad que se fractura, acompañar a quienes se quedan. Por eso han centrado su lucha en resguardar la existencia y su dignidad, conscientes de que ningún proyecto político puede sostenerse si exige cuerpos sacrificados como punto de partida.

 

Por eso, propongo una pregunta: ¿queremos líderes dispuestos a desaparecer para probar que son hombres? ¿Queremos líderes que honren la vida o que la entreguen para ser reconocidos? La masculinidad que se define por matar y morir ya nos ha costado demasiado.

 


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Así ha sido el victimismo de González Amador para dañar al fiscal: “Me ha matado públicamente”

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Histórico. Las mujeres disputan el futuro de Asunción

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Por primera vez en la historia reciente, dos mujeres encabezan la disputa por la intendencia de la capital. En medio de tensiones, presiones y urgencias, su sola presencia en la contienda ya marca un hecho político que inspira y redefine la democracia.

 

*Por Noelia Díaz Esquivel

 

Esta semana, mientras veía en redes las fotos de cinco precandidatos colorados (todos hombres, blancos y con poder), me llamó la atención algo mucho más inspirador. En mi feed, entre esos rostros repetidos, empezaban a multiplicarse las noticias sobre dos mujeres que también quieren gobernar Asunción: Johanna Ortega y Soledad Núñez. Dos mujeres que no están en los márgenes del poder, sino disputándolo. Y eso, en un país donde la política sigue siendo un club de varones, ya es noticia.

 

Johanna Ortega, precandidata a la intendencia de Asunción, por el partido País Solidario.

 

Me dio orgullo. No porque haya una contienda, que la hay, sino porque ambas encarnan una posibilidad histórica: la de ver mujeres preparadas, con voz y con convicción disputando la conducción de una ciudad devastada por la corrupción y la desidia. Verlas ahí, protagonizando titulares, me recordó que la política también puede ser un espacio de inspiración para más mujeres, incluso cuando hay tensiones.

 

No es habitual.. Las mujeres casi siempre somos llamadas a “ceder por el bien común”, y ese “bien común” suele tener nombre de hombre. Pero esta vez no. Esta vez dos mujeres están dispuestas a pelear por lo que creen, a convencer, a construir ilusión, a decirle a la ciudadanía que quieren recuperar Asunción. Y lo hacen desde sus propias miradas, ideologías y equipos. En ese ejercicio hay algo profundamente democrático.

 

Soledad Núñez, precandidata a la intendencia de Asunción, por el movimiento político Alternativa Asunción.

 

Porque la democracia no se agota en los discursos sobre unidad o en los pactos entre cúpulas. La democracia se ejerce. Se camina, se discute, se vota. Y en este caso, se debería elegir entre dos mujeres que tienen el mismo derecho a recorrer la ciudad, a buscar apoyo, a hablar con la gente y construir un proyecto de futuro.

 

Desde una mirada feminista, la democracia también se mide por cuántas mujeres pueden estar en la línea de largada, no por cuántas se bajan “por el bien de la causa”. Una democracia feminista propone justamente eso: participación real, igualdad de condiciones, reconocimiento y acceso al poder sin tutelajes ni presiones. No basta con decir que hay paridad si a la hora de definir, las decisiones vuelven a tomarse entre unos pocos.

 

Por eso, me resulta preocupante el apuro que se percibe desde algunos sectores por instalar una candidatura única sin pasar por el proceso más básico de cualquier sistema democrático: la elección. Elegir no divide; elegir fortalece. La competencia sana, transparente,en igualdad de condiciones y el voto de la gente, es lo que legitima finalmente,  a quien  resulte electa.

 

En este momento histórico, ojalá la oposición esté a la altura del desafío. Que acompañe el proceso sin atajos ni presiones. Que respete los tiempos, el calendario electoral y, sobre todo, la inteligencia de la ciudadanía.

Porque la democracia se defiende practicándola. Y qué maravilloso que hoy, en ese ejercicio, las protagonistas sean dos mujeres disputando espacios de poder en Asunción.


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El momento en el que CARLOS MAZÓN dimite como president de la Generalitat valenciana

Este ha sido el momento en el que Carlos Mazón ha dimitido como president de la Generalitat Valenciana, un año después de la dana

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