MUERTE POR EL TACTO

(fragmento)
J.Saenz

(A modo de manifestarse
estupor ante lo bromista
de la mirada)

I
Olvidó los océanos y las voces
replegado con los demás en el apagado símbolo de los puentes-
hizo perdurar el crepúsculo
al igual de la condición de los afectos al árbol
los ensangrentados
los de largas cabelleras
los forjadores del viento
los que con la impasibilidad de las cosas han
depositado un pétalo
una arena un aire en el arco olvidado de aquella
cumbre
los que iniciados en los triunfos de la naturaleza
en las revelaciones de las edades y de las lluvias
anuncian las transformaciones del sonido, figura tuya
– no sé aún quién eres
los que sean lo mismo que los ríos parte vital de las
montañas
los que sean
los que realmente vivan y mueran sin hacer gesto de
desagrado
los que se queden imberbes y también los barbudos y
los barrigones
dignos y naturales cuando el sonido y el viento son
una misma cosa
cuando no existe necesidad de que no hayan moscas
cuando no se tiene que pagar para que besen a los
delegados y el beso no sea más que beso y no señal
torcida hipócrita y atentatoria
cuando el matar no es condenable sino sólo matar y
el término con que se designa la acción desaparece
cuando te topes en las esquinas con alguien
idéntico a ti y puedas decirle “hola”, “ojalá”, “tal vez”,
“recuerda” o “quien sabe”
indistintamente
como si te refirieras a él o a ello o a ellos o a ti desde
la luz hacia la luz
es necesario que escriba una carta para poder ver
mejor la luz de las cosas
luego de leerla alumbrado por el antiguo vuelo de mis
amigos muertos
es necesario que recuerden todos su amor a la
música, si sosiego y su desdicha
y su propensión a la risa así como las arquitecturas
que urdían cuando podían hacer lo contrario
y su lamento, el lamento que ya fue analizado sin
usar la substancia humana,
sin planes, sin palabra ni consulta, pero con
ademanes repetidos bajo la mirada
que caía desde un pedestal diseñado en otro tiempo
para ensalzar a los mendigos, a los valientes y a los
inventores del azúcar y del resorte
y sus proyectos,
los rigurosos alegatos en favor del desquiciamiento,
de un anti-orden, para el retorno profundo al
verdadero ordenamiento
sus conmovedores argumentos para comprender
finalmente el simple significado de la estrella
sus penas tan dignas de respeto
sus venias (te explican el punto de partida de la vida)
encerraban una melodía ingenua y lejana y te
inducían a ser más bueno y desentrañar con mayor
autoridad los signos misteriosos de las nubes y de las
calles
hacían que te vieras tal como eres (tu contenido, las
propias venias que jamás harás)
y les intitulabas medida de todo, y solución secreta
de todo, y surgía de tu sombra una venia destinada
a ellos
y les intitulabas “caro destino, gayo amigo”.

LA NOCHE

Por J.Saenz

1.
La noche con unos cuernos que se mueven a lo lejos
la noche encerrada en una caja que se vuelve noche en aque-
lla cómoda en el rincón del cuarto.
mientras que mis ojos y sobre todo el espacio entre mis ojos
y mis narices se transforma a lo largo de una canaleta de dos pisos
me extraña y me causa susto el que haya aparecido un tubo
de felpa que se extiende de ojo a ojo y que no me deja ver la no-
che sino de un modo confuso y fantasmagórico
por obra de una fuerza que ha venido quién sabe de dónde
el espacio de mi sueño ha sido dividido por una pared
en este lado no es posible dormir y en el otro lado es perfecta-
mente posible pero no obstante absolutamente imposible
la pared en realidad no es una pared sino una cosa viva
se retuerce y palpita y esta pared soy yo
con una transparencia nunca vista que me permite mirar lo
que ocurre en el otro lado de la noche
con unos espacios en que seguramente se puede dormir al abri-
go de los suspiros interminables y dolidos y de los terrores que
alojan en tus huesos y que te causan mucha congoja
el otro lado de la noche es una noche sin noche sin tiempo
sin casas, sin cuartos, sin muebles, sin gente
no hay absolutamente nada en el otro lado de la noche,
es un mundo sin mundo por completo y para posesionarse
de él será necesario no poder alcanzarlo
-esta es la vera de tu cuerpo
y está al mismo tiempo a una distancia inimaginable de él

2.
A través de los cables de alta tensión que se extienden en el
perfil de las colinas y que luego descienden hacia los campos
la noche se difunde con invisibles chispas que a ratos relam-
paguean en los ojos y en los botones de algunos vecinos que toda-
via no se han acostado
y que permanecen valerosamente en las puertas de sus casas
para presenciar la primera embestida de la noche.
Esta primera embestida tiene en realidad un origen miste-
ioso,
y sin duda surge de los muertos que han muerto en aras del
alcohol y que ahora deliran con la visión que les ofrece el otro lado
de la noche,
y tiene mucho que ver con los barriles, con los toneles, con
las bodegas, y con los ingentes tanques de alcohol con que sueñan
noche tras noche unos bebedores que sólo yo conozco,
y que, habiendo bebido toda su vida hasta reventar, se retuer-
cen en medio de atroces malestares en húmedos camastros y en pro-
fundas cloacas pidiendo alcohol a gritos.
Estos bebedores han aprendido muchas cosas y tienen mucha
paciencia,
y saben que el otro lado de la noche se halla en el interior de
sus espaldas,
y que se halla asimismo en sus gargueros,
los cuales conservan siempre un resabio de alcohol,
lo que precisamente tiene la virtud de atormentarlos sin cesar
durante el largo, largo tiempo que dura la noche en el otro lado
de la noche.

3.
En realidad, el otro lado de la noche es un dominio sumamen-
te extraño,
y es el alcohol quién lo ha creado.

Nadie puede pasar al otro lado de la noche;
el otro lado de la noche es una región prohibida, y sólo po-
drán entrar en ella los sentenciados.
¿En qué consiste el otro lado de la noche?
El otro lado de la noche consiste en que la noche, simple y
llanamente,
se te entra por la espalda y se posesiona de tus ojos, para mi-
rar con ellos lo que no puede mirar con los suyos.
Entonces ocurre una cosa muy rara:
en determinado momento, tú empiezas a mirar el otro lado
de la noche,
y muy pronto llegas a comprender que éste se halla ya den-
tro de ti.
Más esto, por supuesto, es algo que sólo se da en los grandes
bebedores.
Es privativo de los bebedores que, por haber bebido y bebi-
do sin piedad, han estado muchas veces a un pelo de la muerte.
Es cosa que sólo ocurre con los bebedores que han enloqueci-
do a causa del alcohol.
Con los que no pueden estar un minuto sin beber.
Con los que deciden acortar al máximo las horas de sueño
-digamos a dos horas-, a fin de tener más tiempo para beber.
Con los que no ven la hora de estallar de una vez con el al-
cohol, y se regodean al sólo pensar en ello.
Con esos.
Sólo a esos el alcohol les concede la gracia de sumergirse para
siempre en el otro lado de la noche.

4.
La experiencia más dolorosa, la más triste y aterradora que
imaginarse pueda,
es sin duda la experiencia del alcohol.
Y está al alcance de cualquier mortal.
Abre muchas puertas.
Es un verdadero camino de conocimiento, quizá el más hu-
mano, aunque peligroso en extremo.
Y tan atroz y temible se muestra, en un recorrido de espanto
y de miseria,
que uno quisiera quedarse muerto allá.
Pues el retorno del otro lado de la noche es en realidad un
milagro,
y únicamente los predestinados lo logran.

A tu retorno, el mundo te mira con malos ojos:
eres un extraño, eres un intruso, y sientes en lo hondo que
el mundo no quiere que lo contemples;
lo que quiere es que te vayas y desaparezcas -lo que quie-
re es que ya no estés aquí.
Y como al fin y al cabo el mundo eres tú,
imagínate, tendrás que tener mucha fuerza, mucha humildad,
mucho gobierno,
para enfrentarse contigo mismo
-vale decir, con el mundo.

5.
Luego la noche vendrá en tu ayuda
-y tan sólo ahora, a la luz de experiencias aterradoras re-
cientemente vividas,
te serán reveladas muchas cosas simples, al par que difíciles.
Pues si hay riesgo, si no hay peligro, si no hay dolor y
locura,
no hay nada.
El día es de respirar, para saludar, para recorrer muebles y
cambiar de sitio algunas cosas;
el día es de oficinas, de dimes y diretes y de gente buena y op-
timista,
y también de pequeños odios y de carreras de velocidad a ver
quién llega primero.
El día es la superficie del mundo.
La noche no.
La noche es la noche.
La noche, en las profundidades, ha imaginado una broma,
pesada- pues la noche escribe,
para buscar y encontrar.
La noche propicia para perderse y desaparecer, para renacer
y morir, en oscuridades que te hablan y te señalan.
Por eso la luz de la noche es una luz aparte: muchas cosas,
muy extrañas,
se iluminan a la luz de la noche
-las cosas vuelven a ser como lo que son, y uno mismo lle-
ga a ser como lo que es.

6.
Nadie podrá acercarse a la noche y acometer la tarea de co-
nocerla,
sin antes haberse sumergido en los horrores del alcohol.
El alcohol, en efecto, abre la puerta de la noche; la noche es
un recinto hermético y secreto,
que se hunde en lo hondo de los mundos,
y no sé podrá mirar en sus adentros, sino por la vía del terror
y del espanto.
Además, existen ciertas afinidades con lo oscuro; y quien no
las tiene, jamás podrá acercarse a la noche.
Tales afinidades prosperan bajo un signo que podría parecer
inconsistente al no iniciado;
pero este signo es ya de por sí indicativo y lo constituye un
extraño y permanente temor de caer en el camino.
De ahí que el iniciado en los secretos de la noche, camine siem-
pre con cautela,
como si de súbito hubiera enceguecido, o hubiera perdido la
noción del espacio.
Y es éste en realidad un caminar en las tinieblas
-es de hecho un caminar en el seno de la noche.
Pues el iniciado habrá perdido la luz para siempre,
aunque, por otra parte, podrá encontrarla el momento que
lo desee,
dispuesto como está a pagar el alto precio que se le exige.
Pues para el hombre que mora en la noche; para aquel que
se ha adentrado en la noche y conoce las profundidades de la noche,
el alcohol es la luz.
El que su cuerpo se vuelva transparente, y el que esta trans-
parencia le permita mirar el otro lado de la noche,
es obra exclusiva del alcohol.

7.
El que todavía siga habiendo eso que yo llamo la noche, y
el que todavía uno pueda mirarla cuando le da la gana,
es un verdadero milagro
-es algo que yo francamente no alcanzo a explicarme.
Dado el estado del mundo, uno no tendría que verse obligado a
trepar a la punta del cerro a ver si encuentra la noche.
Sencillamente, resulta sorprendente que hasta el momento la
noche no haya sido eliminada de la faz del planeta;
liquidada y abolida para siempre en aras del progreso de la
humanidad y para mayor gloria de la tecnología;
en procura de soluciones radicales para extirpar el mito y la
fantasía,
asi como también para que la gente trabaje más y no duerma
tanto.
Capaz que en una de esas la inyecten a la noche unas cápsu-
las de láser y le endosen quién sabe qué artefactos de cobalto, para
que cumpla una función verdaderamente útil.
Y te diré que no está lejano el día.
La noche pasará a la historia, y será como la historia del Arca
de Noé y de la Torre de Babel,
siempre que la tarea no les resulte demasiado difícil y quizá
imposible aun a los propios tecnólogos.

A quién irías a quejarte, si un día de esos amaneces y te noti-
fican que ya nunca más habrá noche?
Ante tan tristes perspectivas, es cosa de vida o muerte adop-
tar extremas decisiones.
Lo primero será adentrarse en la espesura de la noche, para
siempre jamás.
Si destruyen la noche, ya no te importa;
el espacio de la noche que tú ocupas, seguirá siendo la no-
che; será tu noche, en un espacio indestructible.
Pues todo se destruye; absolutamente todo. Pero el espacio,
es indestructible.

8.
Cuando hablo de júbilo y de angustia, me refiero al aprendi-
zaje; y me refiero al conocimiento.
En realidad, me refiero al aprendizaje del conocimiento;
pues una cosa es cierta: no se puede conocer, sin antes haber
aprendido a conocer.
Y aprender a conocer no es cosa fácil: duele el cuerpo, duele
aquí y duele allá, y duele todo.
Un indefinible malestar se posesiona de ti, y tu cuerpo no es
ya el tuyo; es una cosa extraña y ajena.
Y es como una carga que te hubieran impuesto, y que tienes
que sobrellevar. Así tus ojos. Así tu lengua. Así tu cabeza. Así tú.
todo tú.
Una llamarada de terror y de congoja recorre incesantemente
tu cuerpo -y eso que tu cuerpo está lejos, muy lejos.
¿Por qué no puedes moverte?
Se diría que ya no es tu cuerpo. Se diría un túmulo allá en el
camino, sin sol, sin aire y sin agua.
Hay que aprender a comprender lo incomprensible: nadie pue-
de explicártelo.
Tienes que aprender tu cuerpo. Y tu cuerpo a su vez, tiene
que aprender.
Poco a poco, a lo largo de interminables días y noches, co-
mienzas a aprender.
De hecho, surge una cuestión, absolutamente importante:
tienes que tener humor, y tienes que tener aplomo.
Pues deberás mirar de reojo- nunca de frente. No podrías.
El que hubieras estado toda tu vida en contigüidad con la
muerte no te sirve de nada,
y sólo te infunde una falsa seguridad y te pierde,
en momentos de supremo terror, que son momentos decisi-
vos en el aprendizaje,
cuando mira de cerca la muerte y cuando de pronto la iden-
tifícas físicamente y ves la clase de persona que es,
en momentos en que precisamente no existe defensa ninguna,
como no sea el humor y el aplomo.
Pues la muerte es de carne y hueso,
y conviene recordar que, ello no obstante, nada le impide ocul-
tarse a tus ojos, y asumir formas engañosas y diversas,
mientras juega el simple juego de la muerte, que principia en
ti y que termina en mí.

***
Qué es ese peso de angustia, de caída y de perdición que te
oprime?
Por qué el mundo y las cosas del mundo te causan una pe-
na tan honda?
Por qué te resistes a llorar, cuando te acometen infinitas an-
sias de llorar?
Alguien hurga en tus entrañas.
Alguien respira con aliento lejano -alguien a tu lado.
Mira de reojo. Allá está, vigilante. Muy cerca de ti, con un
soplo.
Es algo extremadamente misterioso. Es una persona, yo sé.
Pero no. No es una persona.

Mira de reojo, con cierto disimulo: ella, la persona.
Y te conoce: no eres tú.
Es una silla, es una mesa, una frazada.
Y es una ventana, es un aire, una pared, un moscardón, que
vuela en noviembre.
Y es una cosa como yo mismo, o como tú, que quizá muere,
al igual que yo.
¿Qué será?
Yo no sé, pero la conozco.

I
EL GUARDIÁN

1.
La montaña con resplandores oscuros en un claro de la noche
con un vestigio de tormenta en algún ligar del tumbado
recordando el dibujo de una taza sin asa más allá del rincón
ennegrecido por el humo
con una lata abollada que refleja la manera de mirar y que
fatiga y quema los ojos.

La oscuridad interminable en el zócalo que recorre las cuatro
paredes de mi cuarto
un poco más arriba del estuco un poco más abajo del empa-
pelado
una raya una señal un amago de luz
una visión que no tiene nada de bueno me asusta y se me
erizan los pelos.

Es un hombre encorvado y con ojos relucientes
en el aire espeso y al mismo tiempo translúcido se frota las
manos y me mira con pena
es un hombre alto y usa cuello almidonado y corbata de fan-
tasía
se saca los zapatos seguramente para no hacer ruido primero
el diestro y luego el siniestro
yo lo veo acercarse al lecho en que yazgo pero soy incapaz
de escuchar lo que me dice
solamente veo sus labios moverse y moverse pronunciando
palabras y palabras que empero no me llegan
me oprime la frente con huesuda y fuerte mano
me da un rodillazo en la barriga y un cabezazo en pleno pe-
cho
me hurga los párpados con ágiles dedos y con afiladas uñas
me rasca la barba y me hace cosquillas
ahora se pone imponente máscara para escuchar mi corazón
muy pronto retrocede un paso y frotándose las manos se des-
vanece entre las sombras
pero olvida sus zapatos los cuales para eterna memoria se
quedan en mi cuarto.

2.
Se presenta ahora un pariente lejano, a quién sólo reconozco
porque tiene bigote y porque se peina con raya en el centro.
A juzgar por las repetidas venias que hace en una y otra di-
rección, hay mucha gente en el recinto, aunque yo no la veo.
Y como quiera que a mí no me hace ninguna venia, ni me
saluda, ni me dice nada,
no tengo más remedio que creer que ya no existo.
De repente agarra y se acerca a mi cabecera, y de buenas a pri-
meras, me da una bofetada.
Claro que es médico: y en tal virtud, no le faltan razones
para abofetearme.
Luego agarra y se pone un mandil blanco, y con gesto des-
deñoso, me serrucha sin asco.
Y no contento con eso, saca un puñal y me desgarra las car-
nes, y me tasajea a su regalado gusto:
y después de arrancarme una masa palpitante, picante y vi-
brante, que parece ser mi estomago,
hunde tamaño cuchillo en mis verjas, y por poco no me cor-
ta las huevas.
Y con esto, hace repetidas venias, y se aleja.

3.
Quién es ése, con cuello de toro y melena de león?
Aparece en este instante ante la puerta, cual guardián del um-
bral, y no deja pasar a nadie.
Hay sol, hay agua, hay respiración en los aires,
y también hay gente.
Un murmullo de seres que vuelan y vuelan y vuelan se
percibe en la atmósfera.
Y ese murmullo, que de pronto resuena en todos los ám-
bitos, y que se torna ya en estruendo,
es sin embargo un silencio más hondo que el propio silencio.
Hay dos mundos, hay dos vidas, hay dos muertes
-eso que llaman lo uno y absoluto, no existe.
Hay dos caras, dos filos, dos abismos.

El guardián se fatiga.
Ya no puede más con el sol, y lanza miradas amenazadoras
a la gente que pugna por entrar a verme.
El Facundo, un buen carpintero, le presta un sombrero de pa-
ja. La señora Anselma le ofrece un vaso de agua.
Un señor, de recia carita, le da un cigarrillo, y murmura algo
en su oído.
El guardián entrecierra los ojos como un soñador: cruza los
brazos sobre el pecho, con aire imponente:
y de rato en rato, saca un reloj de su bolsillo y consulta la
hora,
y luego mira el cielo.
Más en una de esas, lanza un grito de espanto, y se queda
como petrificado.
Pues habiendo aparecido en estos precisos momentos una
mariposa nocturna,
tan negra como la noche,
en pleno día y bajo un sol radiante,
con una orla de color morado en las enormes alas, batiendo
éstas con extraña lentitud,
describe un círculo, y desciende poco a poco:

y de pronto se posa en la frente del aterrado guardián,

y allí se queda, para eterna memoria:
como estampada en una tela, o como labrada a fuego en el
yelmo de legendario caballero.

4.
Este pobre cuerpo, abandonado:
este pobre cuerpo, ido y botado, y bastante olvidado, con una
presencia que sólo se deja presentir por la pesantez,
y con patas como palos como palos aquí, y con brazos ardientes y para-
lizados allá
-ahora no existen ya esos olores extraños y desconocidos, y
aun inventados, que te llevaban a los mundos que precisamente
quería habitar.
Ahora los olores no son ya sino olores, en toda su verdad,
y sólo pertenecen a tu cuerpo y corresponden a tu condición
humana.
Acaso pretendías oler rosas o a madreselvas, o a ramas de
pino,
para que ahora te horrorices y aun te sientas ofendido, ante
los olores que expiden tus propias excreciones?
El olor, por otra parte, es un verdadero misterio:
y no estará de más recordar que tanto el nacimiento como la
muerte, ocurren bajo el signo de peculiares cuanto atroces olores.

5.
Cómo aprender a morir?
-ha de ser una cosa en extremo difícil.
Seguramente requiere mucha humildad y mucho gobierno.
Toda una vida de trabajo y de meditación.
Y si uno se pregunta para qué aprender a morir,
la respuesta surge de por sí:
aprender a morir es aprender a vivir.
Y aprender a vivir es, en definitiva, aprender a conocer;
pues no deberá olvidarse que, para conocer, primero habrá
que aprender a conocer.
En las noches, a lo largo de los anos, uno se queda horas y
horas, pensando muchas cosas.
Pero en realidad, uno no se queda pensando muchas cosas;
la verdad es que uno se queda, y nada más.
Completamente inmóvil, mirando el vacío. Y -por qué no
decirlo?- uno se pone triste, miserablemente triste.
Y lo que más tristeza causa, es uno mismo -el estar ahí.
Sin saber que hacer. Sin saber nada de nada.
Y de repente ocurre un milagro:
el rato menos pensado, empieza a llover, y un relámpago te
deslumbra -un sentimiento de invulnerabilidad te envuelve,
con la lluvia.
Y si te dan ganas de escribir algún poema evocador, segura-
mente no lo escribes;
Prefieres escuchar la lluvia.
Pues una voz interior te revela que aquell poema evocador se
encuentra en tu bolsillo.
Y ésta es cosa que no te causa el menor asombro, acostum-
brado como estás a los prodigios:
en efecto, el poema se halla en tu bolsillo: y lo sacas, y lo mi-
ras, y lo lees.
Y de pronto te preguntas quién habrá sido su autor,
como si no supieras que aún no ha nacido.

6.
A lo largo de los años, tus cosas y tus muebles se envejecen,
y se desgastan insensiblemente.
Muchos objetos desaparecen o se rompen, mientras que otros
corren una suerte misteriosa, cual si fueran seres humanos.
Un tintero de cristal de roca, que yo veneraba, fue a parar a
la policía, en circunstancias extrañas y absurdas;
una pistola automática se quedo empeñada por largo tiempo
en una chingana, y habiendo sido redimida por el Forito Cisneros,
éste la utilizó para suicidarse.
Por causa de un lente de diez centímetros de diámetro, que en
mala hora presté a un profesor, se cometieron varios hechos de san-
gre.
Unos aparatos de alta diatermia, que producían oscuros res-
plandores de color violeta, y que estaban empeñados en una botica,
fueron recuperados con mi autorización por un conocido mío,
quién comenzó a manipular dichos aparatos en forma tan impru-
dente, que cayó fulminado. Actualmente se hallan empeñados en
una sastrería, y no pienso recogerlos.
Las Obras Completas de Nietzsche, en doce tomos salieron
de mi cuarto una noche, para no volver jamás. Pues las empeña-
mos a las volandas a un chofer que manejaba un taxi, y, con el
entusiasmo, nos olvidamos preguntarle su nombre y anotar el nú-
mero del auto.
Idéntica cosa ocurrió con una máquina de escribir portátil,
que era la niña de mis ojos.
Referir el destino de mis cosas sería de nunca acabar.
Lo que me apena es el destino que han corrido, y lo que asi-
mismo me acongoja es el destino que correrán todas aquellas que
todavía me acompañan.
Me causa alarma el ver cómo se borran los dibujos tallados en
las sillas.
El estado calamitoso de una butaca que, por otra parte, ha de
tener ya sus buenos cien años.
Me duele el aspecto que ofrece mi mesa de escribir, totalmen-
te cacarañada y deteriorada, aunque sumamente respetable y for-
nida.
Un velador más antiguo que mi alma, y que perteneció a mi
abuela, ya sin color, tremendamente noble, soportando todos los
embates, los golpes, las patadas y las borracheras.
Sin embargo la mesa, hecha en Viena, pequeña y con tapa,
de mi madre, está en buen estado, aunque con algunos rasguños.
El estante alto y vertical, de palo de rosa, con una puerta y
con pirograbados, que me regaló mi tía Esther, está en su lugar;
y si algo me fascina, es el desgaste que ha sufrido.
Por lo demás, hay un mundo de cosas.
Una mesa de ruedas, con dos divisiones, desvencijada; un ro-
pero de nogal, en ruinas; otros muebles, con mucha historia, con
mucho misterio, y con una vejez qué asusta.
Cuánto valdrán estos muebles? -me pregunto yo.
Pues en realidad, no valen nada; y, en el mejor de los casos,
capaz que su valor total no alcance para una ranga-ranga.
Son tristes trastos vejestorios, muebles pasados de moda
-y por idéntica razón, forman parte inseparable de tu vida,
y te da pena dejarlos.

7.
¿Cuánto dura la noche?
En realidad nadie sabe, aunque le haya sido asignada una du-
ración de doce horas, por razones de orden puramente práctico.
Lo cierto es que la noche dura en el espacio, mientras que el
día sólo dura en el tiempo.
Así se explica el que a toda hora del día, uno encuentre re-
giones en que la noche mora.
Tales regiones se identifican con el musgo, con el metal, y con
el viento;
con un silencio comunicativo, que surge de las piedras, y que
se suspende en el vacío.
Tales regiones suelen encontrarse asimismo en algunos ros-
tros, que se nos aparecen fugitivamente por las calles y que nos
transmiten un mensaje.
Las regiones en que mora la noche, en pleno día se encuen-
tran aquí, en este papel,
y también allá, en el otro papel.
Y se encuentran en muchos lugares, en muchas personas, en
muchos animales, y en muchos objetos.
A la primera mirada, y aun por el tacto y por el olor, uno
puede reconocer estas regiones.

En un talismán de estaño, por muchos años olvidado en al-
guna gavera;
en un sobre de color oscuro, con una inscripción que no se
lee ya,
encontrarás una región que habita la noche;
en esas piedras del camino que parecen esperarte, y parecen
mirarte.
En alguna llave, inservible ya, y venida a menos, que se es-
conde en tu bolsillo;
en esa cicatriz, que ha aparecido sin saberse cómo, en tu ma-
no izquierda
-en alguna concavidad de tu calavera, que muchas veces te
escuece sin saberse por qué,
encontrarás una región que habita la noche.
Y la encontrarás en ese rayo de luz, que se filtra por la ven-
tana,
y que alumbra el vuelo del moscardón.

III

INTERMEDIO
Sucedió una noche de noviembre.
Angustiosamente y con ojos extraviados me debatía en me-
dio del tormento de cuatro días sin sueño,
cuando de pronto se escucharon atroces alaridos y voces y la-
mentos que llegaban a mis oídos desde lo hondo de un pozo fatí-
dico,
y que dejaban adivinar horrores sin cuento,
por lo que me invadió el terror y me quedé mudo de espanto,
contemplando silenciosamente inmóviles aguas con una ne-
grura reluciente,
que reflejaban formas fosforescentes de personajes deprava-
dos, de multitudes ensangrentadas, de ciudades asoladas, y de seres
enloquecidos.

***

No había una estrella.
No había un planeta.
No había firmamento -el cielo estaba en tinieblas.
Sin embargo, hacia el norte, una nube reflejaba el resplandor
de la ciudad,
y rompía el espeso manto de sombras.
Y extrañamente, en la esquina del Hospital General, en Mira-
flores, reinaba una oscuridad total y absoluta;
y en ésta una oscuridad ultraterrena, una oscuridad nunca
vista.
Y la gente se reunía en las proximidades, guardando una
prudente distancia;
y todos dirigían recelosas y asustadas miradas hacia el tene-
broso ámbito
-y a ese paso, cundía el pánico.
El caso es que para terror de los habitantes, el grave prodigio
persistió por el espacio de largos días;
y tan sólo al cabo de una semana se hizo la luz.

Poco después del misterioso suceso – que en adelante se lla-
maría la maldición de la esquina-
pavorosos al par que inenarrables desastres se abatieron so-
bre la población.
Nadie en el mundo podía explicar los acontecimientos que a
diario ocurrían;
y era cada vez más difícil controlar a las turbamultas enlo-
quecidas, que se lanzaban a las calles y que provocaban el caos.
En pleno día, el sol se oscurecía, y la ciudad se anegaba en un
mar de tinieblas.
Estruendos sobrenaturales atronaban en el seno d la tierra,
y muy pronto sobrevenía un silencio de muerte.
Mucha gente, que enloquecía por causa del terror a lo desco-
nocido, se ahorcaba.
Hombres y mujeres, niños y ancianos, incendiaban las casas
para procurarse luz,
y saltaban a las llamas y se quemaban vivos.
Al cabo el sol brillaba ya con inusitado resplandor, y con
esto, el pánico y la locura subían de punto.
Y así, dada día.
Ora una luz encubridora, ora una oscuridad aterradora, al
decir de un poeta que cantaba la catástrofe.
O el calor resultaba infernal y mortal, o el frío alcanzaba el
grado sesenta bajo cero,
con lo que miles de personas y animales aparecían como es-
tatuas de carne y hueso decorando las calles.

Así las cosas de un tiempo a esta parte, unos negros, mons-
truosos y gigantescos, y con aire amenazador y brutal,
y con campanillas en las orejas, y con manos blancas como
la nieve,
habían aparecido en las calles;
y ya de entrada, habían provocado un terror que sobrepasa-
ba el paroxismo.
El hecho es que estos negros transitaban sin mirar a nadie,
muy ensoberbecidos y prepotentes,
en extraños vehículos con esferas en lugar de ruedas, que se
deslizaban a gran velocidad,
y que emitían vibraciones maléficas y de alta energía.
Y cuando se hacían las tinieblas, estos vehículos arrojaban
resplandores que paralizaban,
y luego producían un rugido que embrutecía y que eloque-
cía, y que causaba la muerte.
Por otra parte, estos negros contaban con verdaderos batallo-
nes de esclavos;
y estos esclavos, armados de lanzas y látigos, se desbordaban
en todo lo largo y lo ancho de la ciudad,
conduciendo feroces jaurías de mastines,
para arremeter contra indefensas y compactas multitudes, y
sembrar el terror y la muerte.
Los negros, con suntuosas vestiduras de raro material, y con
ojos que relampagueaban en la oscuridad,
vivían en el mejor de los mundos.
Ocupaban espaciosos palacios de piedra, construidos por los
indios, a quienes sometían a sistemáticos tormentos;
celebraban bestiales rituales mensuales, para convocar al Ne-
gro Cabruja, y con tal motivo, hacían correr torrentes de sangre;
se daban sabatinos banquetes de carne humana, en una mesa
con capacidad para mil negros;
y se abastecían de fabulosos nepentes y manjares, por medio
de aviones que, a su paso, lanzaban rayos y truenos sobre la po-
blación.
Y así los negros, como quién nada hace, cometían toda cla-
se de atrocidades.
Por lo demás, existían famosos al par que despiadados tec-
nólogos entre los negros;
y su único oficio era destruir y matar.
Muchas veces practicaban redadas de niños y de jóvenes vi-
gorosos y sanos;
y los acorralaban en inmensos galpones de la aduana, con ob-
jeto de incrementar las reservas de carne.
La verdad es que estos negros no eran negros; y ya de hecho,
no pertenecían a la raza humana.
Y como no podría ser de otra manera, profesaban la tecnolo-
gía por toda religión,
y disponían de una asombrosa diversidad de androides, para
programar infinitos y monstruosos desvaríos.
Entre broma y broma, planificaban el confinamiento de la
población a túneles que se hundirían en lo profundo de la tierra,
y que serían construidos por los propios pobladores;
intentaron repetidas veces la voladura de los cerros circunven-
cinos, con explosivos atómicos que, por fortuna, no se activaron;
tenían decidido bombardear ciudades, pueblos y caseríos, pa-
ra probar el poder destructor de ciertos cohetes nucleares;
y con experimentos demenciales y criminales, por poco no
liquidan la flora y la fauna en vastas regiones del Kollao.

Largo sería enumerar los horrores que se dejaban presentir
aquella noche de noviembre,
y que se manifestaban bajo la forma de lamentos angustiosos
y de gritos desgarradores que surgían de lo hondo del fatídico pozo,
mientras que inmóviles aguas con una negrura reluciente re-
flejaban formas siempre fosforescentes.
Lo cierto es que tan horrendas visiones se disiparon poco a
poco, y terminaron por desvanecerse como el humo a lo lejos.

IV

LA NOCHE

1.
Extrañamente, la noche en la ciudad, la noche doméstica, la
noche oscura;
la noche que se cierne sobre el mundo; la noche que se duer-
me, y que se sueña, y que muere; la noche que se mira,
no tiene nada que ver con la noche.
Pues la noche sólo se da en la realidad verdadera, y no todos
la perciben.
Es un relámpago providencial que te sacude, y que, en el ins-
tante preciso, te señala un espacio en el mundo;
un espacio, uno solo;
para habitar, para estar, para morir -y tal el espacio de tu
cuerpo.

2.
Pues existe un mandato, que tú deberás cumplir,
en homenaje a la realidad de la noche, que es la tuya propia;
aun a costa de renunciamientos imposibles, y de interminables
tormentos,
deberás decir adiós, y recogerte al espacio de tu cuerpo.
Y deberás hacerlo, sin importar el escarnio y la condena de
un mundo amable y sensato.
Es de advertir que miles y miles de mortales se recogen tran-
quilamente al espacio de sus respectivos cuerpos,
día tras día y quieras que no, al toque de rutilantes trompe-
tas, y en medio de lágrimas y lamentos;
pues en realidad, recogerse al espacio del cuerpo es morir.
Pero aquí no se trata de morir.
Aquí se trata de cumplir el mandato, y por idéntica razón,
habrá que vivir.
Y tan es así, que no se podrá cumplir el mandato, sino a con-
dición de recogerse al espacio del cuerpo, con el deliberado propó-
sito de vivir.
Lo cierto es que aquel que acomete tan alta aventura, no ha
ce otra cosa que ocultarse de la muerte,
para vislumbrar así la manera de ser de la muerte.

3.
El espacio que tu cuerpo ocupa en el mundo, es igual al es-
pacio del cuerpo en el que uno se ha recogido;
y si esto es así, nadie tiene por qué molestarte, ni importu-
narte;
en el espacio de tu cuerpo, del que tú eres el soberano absoluto,
puedes pararte de cabeza y hacer y deshacer, y transitar tran-
quilamente,
libre ya de un mundo de pesadilla, poblado de espectros y de
esqueletos que pululaban y te quitaban la vida.
En todo caso, tu morada, tu ciudad, tu noche y tu mundo,
se reducen a tu cuerpo;
y quien lo habita no eres tú, sino el cuerpo de tu cuerpo.
Pues el cuerpo que te habita, en realidad, eres tú;
sólo que tu cuerpo deja de ser tú,
y pasa a ser él.
Imagínate, el cuerpo que eres tú, habitando el cuerpo que
es él,
y que no por eso deja de ser tú.
De ahí el habitante, o sea, el cuerpo de tu cuerpo; y de ahí,
asimismo, el habitado, o sea, tu cuerpo.

Y qué decir de la honda soledad, habitando el espacio de
tu cuerpo?
Hay un echar de menos la soledad, cuando hay alguien a tu
lado;
pero, cuando no hay un alma, es la propia soledad quien te
echa de menos
-y es como si tú no estuvieras, o como si te hubieras ido,
en busca de alguien a quien echar de menos.
La soledad en el espacio de tu cuerpo, ha de ser, pues, una
soledad muy larga, muy alta, y muy álgida
-como esa soledad que uno imaginaba de niño,
con un retrato desaparecido y una rueda inmóvil, en el cuar-
to oscuro.

4.
¿Qué es la noche? -uno se pregunta hoy y siempre.
La noche, una revelación no revelada.
Acaso un muerto poderoso y tenaz,
quizá un cuerpo perdido en la propia noche.
En realidad, una hondura, un espacio inimaginable.
Una entidad tenebrosa y sutil, tal vez parecida al cuerpo que
te habita,
y que sin duda oculta muchas claves de la noche.
Cuando pienso en el misterio de la noche, imagino el miste-
rio de tu cuerpo,
que es sólo una manera de ser de la noche;
yo sé de verdad que el cuerpo que te habita no es sino la os-
curidad de tu cuerpo;
y tal oscuridad se difunde bajo el signo de la noche.
En las infinitas concavidades de tu cuerpo, existen infinitos
reinos de oscuridad;
y esto es algo que llama a la meditación.
Este cuerpo, cerrado, secreto y prohibido; este cuerpo, ajeno
y temible,
y jamás adivinado, ni presentido.
Y es como un resplandor, o como una sombra;
sólo se deja sentir desde lejos, en lo recóndito, y con una so-
ledad excesiva, que no te pertenece a tí.
Y sólo se deja sentir con un pálpito, con una temperatura,
y con un dolor que no te pertenecen a tí.

Si algo me sobrecoge, es la imagen que me imagina, en la dis-
tancia;
se escucha una respiración en mis adentros. El cuerpo respira
en mis adentros.
La oscuridad me preocupa -la noche del cuerpo me preocupa.
El cuerpo de la noche y la muerte del cuerpo son cosas que
me preocupan.

*

Y yo me pregunto;
¿Qué es tu cuerpo? Yo no sé si te has preguntado alguna vez
qué es tu cuerpo.
Es un trance grave y difícil.
Yo me he acercado una vez a mi cuerpo;
y habiendo comprendido que jamás lo había visto, aunque lo
llevaba a cuestas,
le he preguntado quién era;
y una voz, en el silencio, me ha dicho:

Yo soy el cuerpo que te habita, y estoy aquí, en
las oscuridades, y te duelo, y te vivo, y te muero.
Pero no soy tu cuerpo. Yo soy la noche.

TEXTOS PÒSTUMOS

Jaime Sáenz

El inventor de la campana

El inventor de la campana se me aparece entre sueños y se me queda mirando silenciosamente.
Es un esqueleto ya desvencijado y gastado por el tiempo y sus huesos raros y no siempre quietos suenan como carambolas.
Ya tal esqueleto es más bien un hombre alto y de noble porte aunque cubierto de herrumbre y con unos dientes y con unas barbas que crecen a ojos vistas.
Se me aparece entre sueños y con aire desvelado me cuenta muchas cosas.
A la indecisa luz de una claraboya me muestra un metal oscuro y espectral que sólo él conoce y con el que infundió un día un metal de infinita profundidad a la más grave campana que jamás haya fundido.
Sus manos de bronce resplandecen con fulgores que no son sino sonidos que se detienen en el tiempo y que se hacen perceptibles a lo lejos.
Tiene el instinto del caracol y la sabiduría del mineral y habita una campana que sólo resuena para escucharse a sí misma.
Guarda el secreto de las fundiciones y de las temperaturas y conoce la vibración que suscitará el badajo para resolver el sonido y sabe el espacio que recorrerá la onda para llegar a destino.
Jamás olvida que sus virtudes mágicas manan del sufrimiento y tienen un ojo para mirar lo mirado y otro para escuchar lo escuchado y tiene un oído para escuchar lo que mira y otro para mirar lo que escucha.
Se me aparece entre sueños el inventor de la campana y después de ponerse pensativo se queda inmóvil y absorto.
Y con estatura de gigante alza los brazos al cielo y me hace señas misteriosas como para dar a entender que no en vano ha trabajado mil años y que por eso mismo seguirá trabajando con siempre renovado fanatismo.
Capaz de transmontar muchas orillas desde los confines del silencio que palpita en sus adentros me mira con ojos cóncavos que evocan perdidas resonancias y antiguas juventudes.
Incansablemente vaga por los caminos en busca de una campana que sin embargo está siempre a su lado y se pregunta qué vientos soplan y qué lluvias caen y recorriendo rutas y páramos y desfiladeros de petrificados ríos medita y encuentra angustia y solaz al golpe de la campana.

De las cartas a Bertha
1.12.42.
No soy, jamás he sido un habitante de ese país. Aunque lo fuera, no sería dable que tanto te alarmes, y me digas: “cómo llegaste hasta tan peligroso lugar?”. En cierto modo, en mi carta de siete hojas encontrarás una respuesta a todo lo que me dices en tu cartita, pero, concretando, amada mía, es necesario que comprendas una cosa: que soy un poeta y nada más. Y el hecho principal consiste en que ese pequeño mundo de que tú hablas no es un país de sueño ni está dentro de la irrealidad; es más bien un mundo, el más real y verdadero que puede haber. Hablando en forma clara y dando el denominativo que se le debe dar, se trata nada más que de una “elite” que hay en todas partes del mundo, constituída por los mejores y más excelentes hombres. No incurro en miserable vanidad ni pobreza moral al decir esto ya que yo sé quién y cómo soy; me hallo, además, en condiciones de asegurarte que soy un poeta, en todo el hondo sentido que encierra esta palabra.
Así, pues, amada mía, no hay por qué alarmarse, estás frente a un artista muy singular y tienes el deber de amarlo, y apreciarlo en todo su valor.

16.2.43
Bertha:
Acerca de la morgue y la poesía. Sin duda alguna, la morgue, como es natural, me infunde respeto y cierto pavor, pero, para no darte lugar a malas interpretaciones, he de decirte que la morgue representa para mi, una belleza fracasada, es decir, el caos de una belleza.
Claro que ahí no hay belleza; no existe belleza; pero hay infinita sugerencia, precisamente por las razones que tú expones, y además por esa sugerencia fantasmagórica, de una belleza que pudo haber sido pero que no es. Te explico que ese depósito me causó una impresión profunda, precisamente porque hice flotar sobre él, algunas angelicales melodías de Mozart: ¡qué contraste! Un contraste que forjaba de inmediato un poema.
Así, pues, Bertha, te ruego no creer que yo me he burlado neciamente de ese cuadro, que es sencillamente conmovedor.

BIBLIOGRAFIA

A los 100 años del nacimiento de Jaime Saenz (1921) ontiveros.eu quiere hacer un merecido homenaje a este gran poeta y narrador boliviano. Autor incomparable, profundo, autentico y radical que encaraba la vida y la muerte. Sus obras no son únicamente grandes obras de literatura, son -fundamentalmente- testimonio escrito de su propia vida. No es necesario insistir sobre el lugar de Jaime Saenz, en la literatura boliviana. Para algunos críticos, Sáenz se asemeja a escritores como Caneti y Kafka, no porque existan analogías directas en el ámbito textual, sino todos ellos supieron ser universales desde su propio entorno social y geográfico. De ahí que, Saenz tiene una forma original de hacer poesía, descubra un tercer ojo que, une lo local, lo particular, con una sentimental universalidad. El tercer ojo, no es sólo porque viene de los lentes de Saenz. Si no, de la dramaturgia de una realidad en donde gran parte de la sociedad y sus gobernantes, a menudo dirigidos por una polarización simplificada entre nosotros y “ellos” o entre ciudadanos y “los excluidos”. El tercer ojo de Saenz revela que todas las cosas tienen otra cara, una tercera cara.

Claudio Cinti, traductor del libro “Felipe Delgado” al italiano decía: “Si me dicen haz una lista de los diez libros más importantes de la literatura universal, ahí está Felipe Delgado”. Nada más ni nada menos. Quizás nadie es profeta en su tierra. Hay que leer a Saenz.
Simplemente se trata de uno de los mejores representantes de la literatura boliviana. Tinku quiere ser la ventana de aproximación a las obras de Saenz. Les recordamos que, no tenemos todas sus obras pero, intentaremos completar con más trabajos, de él y sobre él, en el futuro.
Jaime Saenz era el hombre que dormía de día y caminaba de noche. Fue el que alegó por las virtudes del alcohol, la libertad de los aparapitas y la riqueza generada en la esquina Buenos Aires-Tumusla o cualquiera de las callejuelas de la zona alta de la ciudad de la Paz, Bolivia.

Es el que propuso que uno debería procurar estar muerto. Cueste lo que cueste, antes de morir. Palabras que no son una invitación al suicidio, sino un llamado a la reflexión de los valores de la existencia: El ser es desde el momento en que tiene la capacidad de morir, decía.
Es el poeta, narrador y novelista que ha publicado un total de 17 libros, que a su vez ha generado reediciones, memorias y elegías por parte de otros autores. (Elías Blanco Mamani: El ángel solitario y jubiloso de la noche, 1998)

Entre las obras de Jaime Saenz se pueden citar: El escalpelo (1955), Aniversario de una visión (1960), Visitante profundo (1964), Muerte por el tacto (1967), Recorrer esta distancia (1973), Bruckner. Las tinieblas (1978), Imágenes pacenhas (1979), Al pasar un cometa (1982), La noche (1984), Los cuartos (1985), La piedra imán (1989), Felipe Delgado-novela- (1989), Los papeles de Narciso Lima Acha (1991), La noche (1984), Los cuartos (1985), Obras inéditas (1996)
Jaime Saenz Guzmán nació el 8 de octubre de 1921 en La Paz, Bolivia. Sus padres fueron Genaro Saenz Rivero, cochabambino músico y militar de oficio, que llegó a ostentar el grado de Teniente Coronel de Ejercito, y doña Graciela Guzmán Lazarte, paceña. Fue hijo único, aunque por parte de madre tuvo tres hermanas y por parte de padre un hermano.

Saenz prácticamente nunca vivió junto a su padre, pero si con su madre, según recordó la Tía Esther quién, como muchos coinciden en señalar, debe tener la mitad de los créditos en la obra de Saenz; sin la Tía Esther los hechos no habrían sucedido como sucedieron, porque ella cumplió el papel de madre, esposa, amiga y confidente.

Según recuerdan las hermanas (Elba y Yola), cuando Jaime Saenz cumplía seis años de edad inició sus estudios formales en “La Salle”, posteriormente pasó a la Escuela “México” y finalmente fue inscrito en el “Instituto Americano”, donde permaneció hasta el año de su bachillerato en 1938. Decimos año de su bachillerato porque Saenz no logró obtener el título de bachiller pese a estar en el último nivel, la razón fue su abrupta partida rumbo a Alemania, hecho al que nos referimos más adelante.

El fallecido Pepe Ballón, fue uno de los compañeros de escuela de Saenz, recordó que en el tiempo en que estuvieron juntos en la Escuela “México”, tenían de profesores a dos destacados escritores: Juan Capriles (1890- 1953) y Gregorio Taborga.
Saenz describe su propia infancia al anotar en su libro de memorias. La Piedra Imán: mi madre joven aún, me miraba con mucha pena, pues según su sentir, yo era muy retraído y huraño, y además muy tímido, habida cuenta que no jugaba, ni reía, ni lloraba, ni pedía nada, ni tampoco tenía amigos. De tal manera, que esto le daba, en qué pensar a mi madre, y hasta llegó a creer que quizá yo sería un retardado, o que adolecería de algún mal de nacimiento, pues rara vez salía de mi cuarto, me costaba trabajo ir al colegio, y el sol me asustaba. Y sólo en los rincones y en las oscuridades me sentía a mis anchas. (p.45).

Sobre el conjunto de su educación e influencia recibida de niño, Saenz anotó en vidas y muertes, en el capítulo referido al esposo de la Tía Esther: Alberto Ufenas Vargas, aunque suizo de origen (llegó a Bolivia en 1929), era boliviano por temperamento. Lo conocí en mis años de infancia -y mi formación espiritual, si acaso tuviera alguna, a él se la debo. (p.155).

Hacia el año 1930, a los nueve años de edad, viaja de vacaciones a Buenos Aires, Argentina, junto a su hermana Yola y su madre, invitados por la familia de Juan Antonio Barrenechea, su tío, según recuerdan los familiares.

Entre los años 1932 y 1937 aproximadamente, trabaja en el periódico paceño La Razón (órgano cerrado con la revolución de 1952). Ingresó cuando tenía diez años, como encargado de la fototeca (archivo de fotos). El año de su incorporación tuvo la oportunidad de conocer a Franz Tamayo, hombre cuyas acciones marcarían la vida de Saenz y de quién escribiría en su novela Felipe Delgado. Si existe un hombre, es Tamayo. Si existe un boliviano es Tamayo. Si existe un poeta, es Tamayo…Tamayo es grande. El Illimani lo dice…Bolivia es Tamayo. (p.169- 170).

Jaime Saenz en ingles

Five poems from: As the Comet Passes. (translated by Kent Johnson)
Jaime Saenz (1921-1986) is Bolivia’s leading writer of the 20th century. Prolific as poet, novelist, and non-fiction writer, his baroque, propulsive syntax and dedication to themes of death, alcoholism, and otherness make his poetry among the most idiosyncratic in the Spanish-speaking world.

Kent Johnson is editor of Beneath a Single Moon: Buddhism in Contemporary American Poetry (Shambhala), and Third Wave: The New Russian Poetry (Michigan). He is translator of A Nation of Poets: Writings from the Poetry Workshops of Nicaragua (West End Press).
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High Above the Dark City

One night on a rain-glistened road high above the dark city
with its noise now distant
it’s certain she will sigh
I will sigh
holding hands for a very long time within the grove
her eyes clear as the comet passes
her face come from the sea her eyes in the sky my voice inside her voice
her mouth in the shape of an apple her hair in the shape of a dream
in each pupil a look never seen
her eyelashes in a trail of light a torrent of fire
everything will be mine somersaulting with gladness
I’ll cut off a hand for each of her sighs I’ll gouge out an eye for each of her smiles
I’ll die once twice three times four times a thousand times
just to die on her lips
with a saw I’ll cut through my ribs to hand her my heart
with a needle I’ll draw out my best soul to give her a surprise
on Friday evenings
with the night air singing a song I propose to live for three hundred years
in the loveliness of her company.
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Your Skull

— for Silvia Natalia Rivera

These rains,
I don’t know why they would make me love a dream I had, many years back,
containing a dream of yours
— your skull appeared to me

And it had an exalted presence;
it didn’t look at me — it looked at you.
And it drew near my skull, and I looked at you.
And when you were looking at me, my skull appeared to you;
it didn’t look at you.
It looked at me.

In the exalted night,
someone looked on;
and I dreamed your dream
— beneath a soundless rain,
you hid within your skull,
and I hid within you.
The Basket of Wool

Desiring yet unable, I dreamt myself in this room sleeping and I dreamt
myself being able,
making a basket of wool toll like a bell to keep myself sleeping,
and wanting them to come not come, and to make not make a basket of wool toll like a bell prompting a sadness without desire,
eliciting a Japanese music that makes me weep remembering but not hearing,
summoning an unsummonable scene that pure luck renders summonable,
as when one says:
now that this lady summons speaking and that gentleman speaks summoning,
as when one says:
“Come here, little parrot; let’s make this basket of yarn toll like a bell,” leaving everyone happy with this Japanese music that makes me weep, in summoning,
and which goes on eliciting and tolling and goes on playing through the night.

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The City
— for Blanca Wiethuchter
and Ramiro Molina
With the smoke and with the fire, many people muffled and silent
on a street, on a corner,
in the high city, pondering the future in search of the past
— in the subtle entrails, night lightning
in the probing eye, thoughts go to agony

In another age, hope and happiness were good for something-time’s flow invisible,
and the darkness, an invisible thing,
was revealed but to the infinite elders fumbling forward to feel if you might not be among them,
while fumbling to touch some children they think they feel, even though these little ones feel them and are confused with them, feeling you,
as in solitude you feel a shawl of darkness woven with unfathomed sadness by some habitant,
dead and lost in this transparent darkness that is the city I myself inhabit,
inhabiting a city at the base of my soul which is inhabited but by a single habitant,
— and like a city filled with sparks, filled with stars, filled with fires on the street corners,
filled with coals and embers in the wind,
like a city where many beings, alone and distant from me, move and murmur with a destiny heaven no longer knows,
with eyes, with idols, and with children smashed by that very heaven,
with no more life than this life, with no more time than this time,
hemmed-in by the great wall of fire and oblivion, rocking in the swing of despair,
soundlessly weeping with this sinking city.

And no angel or demon in this well of silence.
Only fires lining the long streets.
Only the cold contours of shadows, the indifference of the sun pulling back.
The breath of a dawn for the last time breaking, the doors creaking in wind,
the boundaries breaking up and scattering and the forms fusing with the flames,
the signs and the songs,
with a remote anguish, in the soil and beyond the soil,
and the breathing of the dead, the incessant rains,
resignation with its taste of bread, in a house that stalks me between dreams,
the patios and the steps, the beings and the stones, and the hallways without end,
the windows opening to emptiness and shutting to shock,
the rooms where I lose myself and the corners where I hide
— the dark walls and the wet moss, the outposts where I look for I don’t know what,
hiding myself from the swelling odor of habit.

No voice, no light, no testimony of my former life.
Only the fires,
undying though forever flickering, and only the fires.
The desolate portent of the ghost once named youth
— in my city, in my dwelling.

———————————–

Watching the River Flow

— for Leonardo Garcia Pabon

When the hour comes I’ll speak with you, watching the river flow, at the river’s edge.
With the profile of your face, with the echo of your voice, parceling out my voice into the depths,
into the great spaces that death’s eye has seen, you will know the hidden word.
Where the wind stills. Where living is finished off and all color is one.
Where water is not touched and where earth is not touched: inside my invisible presence, where you know yourself to be, in the millenary present
— of deeds, of smells and of forms; of animals, of minerals, of plants inside time.
In time, of time. Inside premonition’s root. Inside the seed, inside anguish,
only you will know the hidden word.
The aloneness of the world. The aloneness of man. Man’s reason for being and the world’s
— the circular solitude of the sphere. Increment and decline;
the closing of the hermetic thing. The hermetic closing of the thing.
The immense, the immeasurable — the incommensurate grave, indivisible and blank.

Abdullah Konushevci

Conocí la poesía de Abdullah Konushevci. Se trata de un poeta kosovar. Escribe en albanés y me pareció interesante porque en su trabajo advertí el dolor que produce una sociedad atormentada. Este autor escribe una poesía que no dudaríamos en catalogar con el adjetivo “social”. No es, sin embargo, literatura panfletaria, más bien, la historia funge como telón de fondo, como el marco en que los dramas suceden. El dolor, el miedo y la incertidumbre que estos poemas transpiran permiten la emergencia del símbolo estético, permiten la emergencia de la poesía.

A continuación, presentamos tres poemas de Abdullah Konushevci, tomados de la versión inglesa de Robert Elsie.

Pesada carga la de tu cuerpo frágil
Con el hígado roído,
con un comprimido pulmón,
con dedos manchados por alquitrán y nicotina
no le sirvo a nadie.

No puedo creer
que hubieras sido tan tonta
como para depositar tu amor en mí.

No sé qué hacer
con este insomnio,
con las sombras de los amigos caídos.

Pesada carga
la de tu cuerpo frágil.

Barrë e madhe, trupi yt i thyeshëm, del poemario Pikat AD, Prishtina: Rilindja, 2002.

Sueño… y de pronto Vlora
Era que estábamos en otro planeta
donde había leche y pan y carne
y ninguno de sus milicianos

Los albanos se la pasaban bien
recostados en la sombra
dando maromas en lugares públicos
haciendo el amor, maravilloso amor.

Era que… y de pronto Vlora que entra en el cuarto
“Papi, otra vez tiraron la puerta
son las dos de la mañana
son ellos, cuyo nombre no me atrevo ni a pronunciar”.

[Ëndrra… pastaj Vlora, del poemario Pikat AD, Prishtina: Rilindja, 2002.

La puta honorable
La conocí después de quién sabe cuántos vasos
esa noche,
la sangre no había sido secada aún en las calles,
mantenía la gente el olor
de la pesada tierra de las tumbas en sus fosas.

Recuerdo que era de cuerpo ágil
con ojos azules, tan azules…

Sé que le ofrecí un vaso de brandy
y ella me ofreció otro…

Al despertar, por la mañana,
nos separamos como amigos.
Recuerdo que bebimos brandy juntos
como camaradas en la adversidad.

Lavirja e denjë, from the volume Pikat AD, Prishtina: Rilindja, 2002, p. 32

50 POEMAS DE AMOR, 2 DE O. PAZ

TUS OJOS (O.Paz)

Tus ojos son la patria del relámpago y de la lágrima,
silencio que habla,
tempestades sin viento, mar sin olas,
pájaros presos, doradas fieras adormecidas,
topacios impíos como la verdad,
otoño en un claro del bosque en donde la luz canta en el hombro de un árbol y son pájaros todas las hojas,
playa que la mañana encuentra constelada de ojos,
cesta de frutos de fuego,
mentira que alimenta,
espejos de este mundo, puertas del más allá,
pulsación tranquila del mar a mediodía,
absoluto que parpadea,
páramo
Sin Título
No te tardes que me muero
carcelero,
no te tardes que me muero.
Apresura tu venida
porque no pierda la vida
que la fe no está perdida.
Carcelero,
no te tardes que me muero.
Sácame de esta cadena,
que recibo muy gran pena
pues tu tardar me condena.
Carcelero,
no te tardes que me muero.
La primera vez que me viste,
sin lo sentir me venciste;
suéltame pues me prendiste.
Carcelero,
no te tardes que me muero.
La llave para soltarme
he de ser galardonarme,
prometiendo no olvidarme.
Carcelero,
no te tardes que me muero.
Villancico No pueden dormir mis ojos, no pueden dormir.
Pero, ¿cómo dormirán
cercados en derredor
de soldados de dolor,
que siempre en armas están?
Los combates que les dan
no los pudieron sufrir;
no pueden dormir.
Alguna vez, de cansados
del angustia y del tormento,
se duermen que no lo siento,
que los hallo transportados;
pero los sueños pesados
no les quieren consentir
que puedan dormir.
Mas ya que duermen un poco:
están tan desvanecidos,
que ellos quedan aturdidos,
yo poco menos de loco;
y si los muevo y provoco
con cerrar y con abrir,
no pueden dormir.
Soneto XXIII
En tanto que de rosa y de azucena
se muestra la color en vuestro gesto,
y que vuestro mirar ardiente, honesto,
enciende al corazón y lo refrena;
y en tanto que el cabello, que en la vena
del oro se escogió, con vuelo presto
por el hermoso cuello blanco, enhiesto,
el viento mueve, esparce y desordena:
coged de vuestra alegre primavera
el dulce fruto antes que el tiempo airado
cubra de nieve la hermosa cumbre.
Marchitará la rosa el viento helado,
todo lo mudará la edad ligera,
por no hacer mudanza en su costumbre.
Vivo sin vivir en mí, y de tal manera espero, que muero porque no muero.
Vivo ya fuera de mí
después que muero de amor;
porque vivo en el Señor,
que me quiso para sí.
Cuando el corazón le di
puse en él este letrero:
que muero porque no muero.
Esta divina prisión
del amor con que yo vivo
ha hecho a Dios mi cautivo,
y libre mi corazón;
y causa en mí tal pasión
ver a Dios mi prisionero,
que muero porque no muero.
¡Ay, qué larga es esta vida!
¡Qué duros estos destierros,
esta cárcel, estos hierros
en que el alma está metida!
Sólo esperar la salida
me causa dolor tan fiero,
que muero porque no muero.
¡Ay, qué vida tan amarga
do no se goza el Señor!
Porque si es dulce el amor,
no lo es la esperanza larga.
Quíteme Dios esta carga,
más pesada que el acero,
que muero porque no muero.
Sólo con la confianza
vivo de que he de morir,
porque muriendo el vivir
me asegura mi esperanza.
Muerte do el vivir se alcanza,
no te tardes, que te espero,
que muero porque no muero.
Mira que el amor es fuerte,
vida, no me seas molesta;
mira que sólo te resta,
para ganarte, perderte.
Venga ya la dulce muerte,
el morir venga ligero,
que muero porque no muero.
Aquella vida de arriba
es la vida verdadera;
hasta que esta vida muera,
no se goza estando viva.
Muerte, no me seas esquiva;
viva muriendo primero,
que muero porque no muero.
Vida, ¿qué puedo yo darle
a mi Dios, que vive en mí,
si no es el perderte a ti
para mejor a Él gozarle?
Quiero muriendo alcanzarle,
pues tanto a mi Amado quiero,
que muero porque no muero.
Sin Título
Nada te turbe,
nada te espante.
Todo se pasa,
Dios no se muda;
la paciencia
todo alcanza.
Quien a Dios tiene
nada le falta.
Sólo Dios basta.
Sin Título
Decid los que tratáis de agricultura:
en este valle umbroso y desabrido
¿qué fruto del deleite habéis tenido
que no se os torne luego en amargura?
Del gusto y del regalo y la dulzura
¿qué espigas y qué grano habéis cogido
que no salga nublado y revenido
del silo de la triste sepultura?
Del mal terreno y mala sementera
¿qué se puede segar, sino sospecha,
disgusto, confusión, remordimiento?
El alma siente ya desde la era
cómo ha de baratar de la cosecha
agosto seco, de eternal tormento.
Canción de la vida solitaria
¡Qué descansada vida
la del que huye del mundanal ruido
y sigue la escondida
senda por donde han ido
los pocos sabios que en el mundo han sido;
que no le enturbia el pecho
de los soberbios grandes el estado,
ni del dorado techo
se admira, fabricado
del sabio Moro, en jaspe sustentado!
No cura si la fama
canta con voz su nombre pregonera,
ni cura si encarama
la lengua lisonjera
lo que condena la verdad sincera.
¿Qué presta a mi contento
si soy del vano dedo señalado;
si, en busca de este viento,
ando desalentado
con ansias vivas, con mortal cuidado?
¡Oh monte, oh fuente, oh río!
¡Oh secreto seguro, deleitoso!
Roto casi el navío,
a vuestro almo reposo
huyo de aqueste mar tempestuoso.
Un no rompido sueño,
un día puro, alegre, libre quiero;
no quiero ver el ceño
vanamente severo
de a quien la sangre ensalza o el dinero.
Despiértenme las aves
con su cantar sabroso no aprendido;
no los cuidados graves
de que es siempre seguido
el que al ajeno arbitrio está atenido.
Vivir quiero conmigo,
gozar quiero del bien que debo al cielo.
A solas, sin testigo,
libre de amor, de celo,
de odio, de esperanzas, de recelo.
Del monte en la ladera,
por mi mano plantado tengo un huerto,
que con la primavera
de bella flor cubierto
ya muestra en esperanza el fruto cierto;
y como codiciosa
por ver y acrecentar su hermosura,
desde la cumbre airosa
una fontana pura
hasta llegar corriendo se apresura.
Y luego, sosegada,
el paso entre los árboles torciendo,
el suelo de pasada
de verdura vistiendo
y con diversas flores va esparciendo.
El aire del huerto orea
y ofrece mil olores al sentido;
los árboles menea
con un manso ruido
que del oro y del cetro pone olvido.
Téngase su tesoro
los que de un falso leño se confían;
no es mío ver el lloro
de los que desconfían
cuando el cierzo y el ábrego porfían.
La combatida antena
cruje, y en ciega noche el claro día
se torna; al cielo suena
confusa vocería,
y la mar enriquecen a porfía.
A mí una pobrecilla
mesa de amable paz bien abastada
me basta, y la vajilla
de fino oro labrada
sea de quien la mar no teme airada.
Y mientras miserable-
mente se están los otros abrasando
con sed insaciable
del peligroso mando,
tendido yo a la sombra esté cantando;
a la sombra tendido,
de hiedra y lauro eterno coronado,
puesto el atento oído
al son dulce, acordado,
del plectro sabiamente meneado.
Noche serena A don Loarte
Cuando contemplo el cielo
de innumerables luces adornado,
y miro hacia el suelo,
de noche rodeado,
en sueño y en olvido sepultado,
el amor y la pena
despiertan en mi pecho un ansia ardiente;
despiden larga vena
los ojos hechos fuente,
Loarte, y digo al fin con voz doliente:
“Morada de grandeza,
templo de claridad y de hermosura,
el alma, que a tu alteza
nació, ¿qué desventura
la tiene en esta cárcel baja, oscura?
“¿Qué mortal desatino
de la verdad aleja así el sentido,
que de tu bien divino
olvidado, perdido,
sigue la vana sombra, el bien fingido?
“El hombre está entregado
al sueño, de su suerte no cuidando,
y con paso callado
el cielo, vueltas dando,
las horas del vivir le va hurtando.
“¡Oh, despertad, mortales,
mirad con atención en vuestro daño!
Las almas inmortales,
hechas a bien tamaño,
¿podrán vivir de sombra y de engaño?
“¡Ay, levantad los ojos
aquesta celestial eterna esfera!,
burlaréis los antojos
de aquesa lisonjera
vida, que cuanto teme y cuanto espera.
“¿Es más que un breve punto
el bajo y torpe suelo, comparado
con ese gran trasunto
do vive mejorado
lo que es, lo que será, lo que ha pasado?
“Quien mira el gran concierto
de aquestos resplandores eternales,
su movimiento cierto,
sus pasos desiguales,
y en proporción concorde tan iguales;
“la luna cómo mueve
la plateada rueda, y va en pos de ella
la luz do el saber llueve,
y la graciosa estrella
de Amor la sigue reluciente y bella;
“y cómo otro camino
prosigue el sanguinoso Marte airado,
y el Júpiter benigno,
de bienes mil cercado,
serena el cielo con su rayo amado;
“rodéase en la cumbre
Saturno, padre de los siglos de oro;
tras él la muchedumbre
del reluciente coro
su luz va repartiendo y su tesoro.
“¿Quién es el que esto mira,
y precia la bajeza de la tierra,
y no gime y suspira
y rompe lo que encierra
el alma y de estos bienes la destierra?
“Aquí vive el contento,
aquí reina la paz; aquí, asentado
en rico y alto asiento
está el Amor sagrado,
de glorias y deleites rodeado.
“Inmensa hermosura
aquí se muestra toda, y resplandece
clarísima luz pura
que jamás anochece:
eterna primavera aquí florece.
“¡Oh campos verdaderos!
¡Oh prados con verdad frescos y amenos!
¡Riquísimos mineros!
¡Oh deleitosos senos!
¡Repuestos valles, de mil bienes llenos!”
Oda a Francisco de Salinas
El aire se serena
y viste de hermosura y luz no usada,
Salinas, cuando suena
la música extremada,
por vuestra sabia mano gobernada.
A cuyo son divino
el alma, que en olvido está sumida,
torna a cobrar el tino
y memoria perdida
de su origen primera esclarecida.
Y como se conoce,
en suerte y pensamientos se mejora;
el oro desconoce,
que el vulgo vil adora;
la belleza caduca, engañadora.
Traspasa el aire todo
hasta llegar a la más alta esfera,
y oye allí otro modo
de no perecedera
música, que es la fuente y la primera.
Ve cómo el gran maestro,
aquesta inmensa cítara aplicado,
con movimiento diestro
produce el son sagrado,
con que este eterno templo es sustentado.
Y como está compuesta
de números concordes, luego envía
consonante respuesta;
y entre ambas a porfía
se mezcla una dulcísima armonía.
Aquí la alma navega
por un mar de dulzura, y finalmente
en él así se anega
que ningún accidente
extraño y peregrino oye o siente.
¡Oh desmayo dichoso!,
¡oh muerte que das vida! ¡Oh dulce olvido!
¡Durase en tu reposo
sin ser restituido
jamás a aqueste bajo y vil sentido!
A este bien os llamo,
gloria del apolíneo sacro coro,
amigos, a quien amo
sobre todo tesoro,
que todo lo visible es triste lloro.
¡Oh, suene de continuo,
Salinas, vuestro son en mis oídos,
por quien al bien divino
despiertan los sentidos
quedando a lo demás amortecidos!
En la Ascensión
¿Y dejas, Pastor santo,
tu grey en este valle hondo, oscuro,
con soledad y llanto;
y tú, rompiendo el puro
aire, te vas al inmortal seguro?
Los antes bienhadados
y los ahora tristes y afligidos,
a tus pechos criados,
de ti desposeídos,
¿a dó volverán ya sus sentidos?
¿Qué mirarán los ojos
que vieron de tu rostro la hermosura
que no les sea enojos?
Quién oyó tu dulzura,
¿qué no tendrá por sordo y desventura?
Aqueste mar turbado
¿quién le pondrá ya freno?, ¿quién concierto
al fiero viento airado,
estando tú encubierto?
¿Qué norte guiará la nave al puerto?
Ay, nube envidiosa
aun de este breve gozo, ¿qué te aquejas?
¿Dónde vas presurosa?
¡Cuán rica tú te alejas!
¡Cuán pobres y cuán ciegos, ay, nos dejas!
Sin Título
Yo acuerdo revelaros un secreto
en un soneto, Inés, bella enemiga;
mas, por buen orden que yo en éste siga,
no podrá ser en el primer cuarteto.
Venidos al segundo, yo os prometo
que no se ha de pasar sin que os lo diga;
mas estoy hecho, Inés, una hormiga,
que van fuera ocho versos del soneto.
Pues ved, Inés, qué ordena el duro hado,
que teniendo el soneto ya en la boca
y el orden de decirlo ya estudiado,
conté los versos todos y he hallado
que, por la cuenta que a un soneto toca,
ya este soneto, Inés, es acabado.
Sin Título
Mil veces callo que romper deseo
el cielo a gritos, y otras tantas tiento
dar mi lengua voz y movimiento,
que en silencio mortal yacer la veo.
Anda cual velocísimo correo
por dentro al alma el suelto pensamiento
con alto y de dolor lloroso acento,
casi en sombra de muerte un nuevo Orfeo.
No halla la memoria o la esperanza
rastro de imagen dulce y deleitable
con que la voluntad viva segura.
Cuanto en mí hallo es maldición que alcanza,
muerte que tarda, llanto inconsolable,
desdén del cielo, error de la ventura.
Sin Título
En fin, en fin, tras tanto andar muriendo,
tras tanto variar vida y destino,
tras tanto, de uno en otro desatino,
pensar todo apretar, nada cogiendo,
tras tanto acá y allá yendo y viniendo
cual sin aliento inútil peregrino,
¡oh Dios!, tras tanto error del buen camino,
yo mismo de mi mal ministro siendo,
hallo, en fin, que ser muerto en la memoria
del mundo es lo mejor que en él se esconde,
pues es la paga de él muerte y olvido,
y en un rincón vivir con la victoria
de sí, puesto el querer tan sólo adonde
es premio el mismo Dios de lo servido
Sin Título
¡Cuántas veces te me has engalanado,
clara y amiga noche; cuántas, llena
de oscuridad y espanto, la serena
mansedumbre del cielo me has turbado!
Estrellas hay que saben mi cuidado
y que se han regalado con mi pena;
que, entre tanta beldad, la más ajena
de amor tiene su pecho enamorado.
Ellas saben amar, y saben ellas
que he contado su mal llorando el mío,
envuelto en los dobleces de tu manto.
Tú, con mil ojos, noche, mis querellas
oye y esconde, pues mi amargo llanto
es fruto inútil que al amor envío.
Sin Título
Noche, que en tu amoroso y dulce olvido
escondes y entretienes los cuidados
del enemigo día y los pasados
trabajos recompensas al sentido.
Tú que de mi dolor me has conducido
a contemplarte y contemplar mis hados,
enemigos ahora conjurados
contra un hombre del cielo perseguido.
Así las claras lámparas del cielo
siempre te alumbren, y tu amiga frente
de beleño y ciprés tengas ceñida,
que no vierta su luz en este suelo
el claro sol mientras me quejo ausente
de mi pasión. Bien sabes tú mi vida.
Sin Título
El bermellón a manchas se mostraba
en el pardo y azul, con vario adorno
del blanco y jalde, realzado en torno
sobre Titán, que ya su ardor negaba.
La negra noche a más andar se entraba
del claro día oscuro desadorno,
cuando los ojos a una parte torno
de un alto bien dudoso que esperaba.
¡Gloria del mundo!, digo, y luego veo
de gloria el suelo, calle y alma llenas
de una luz que salió, que a Febo alcanza.
Alégrate de hoy más, dijo, Liseo,
que quien tan bien amó sufriendo penas,
sabrá estimar el bien de la esperanza.
Al túmulo del rey Felipe II en Sevilla
—”¡Voto a Dios que me espanta esta grandeza
y que diera un doblón por describilla!
Porque ¿a quién no suspende y maravilla
esta máquina insigne, esta riqueza?
Por Jesucristo vivo, cada pieza
vale más de un millón, y que es mancilla
que esto no dure un siglo, ¡oh gran Sevilla!,
Roma triunfante en ánimo y nobleza.
Apostaré que el ánima del muerto
por gozar de este sitio hoy ha dejado
la gloria, donde vive eternamente”.
Esto oyó un valentón y dijo: —”Es cierto
cuanto dice voacé, seor soldado.
Y el que dijere lo contrario, miente”.
Y luego, incontinente,
caló el chapeo, requirió la espada,
miró al soslayo, fuese, y no hubo nada.
Sin Título
Desta nube que ha tanto ya que llueve
por mis cansados ojos agua tanta,
desta que a cualquier sitio a cualquier planta
en abundancia a humedecer se atreve,
desta que el corazón hace de nieve
y con ardiente rayo le quebranta
y con viento inclemente que la espanta
amargas olas en mi alma mueve,
¿cuándo la lluvia larga e importuna,
el viento fiero, el fuego intolerable,
la helada nieve menguarán su fuerza?
Fin pues suele tener cualquier fortuna,
no suele ser el mal siempre durable,
sino en mí, que hasta el bien me le refuerza.
Sin Título
A mis soledades voy,
de mis soledades vengo,
porque para andar conmigo
me bastan mis pensamientos.
No sé qué tiene la aldea
donde vivo y donde muero,
que con venir de mí mismo
no puedo venir más lejos.
Ni estoy bien ni mal conmigo;
mas dice mi entendimiento
que un hombre que todo es alma
está cautivo en su cuerpo.
Entiendo lo que me basta,
y solamente no entiendo
cómo se sufre a sí mismo
un ignorante soberbio.
De cuantas cosas me cansan,
fácilmente me defiendo;
pero no puedo guardarme
de los peligros de un necio.
El dirá que yo lo soy,
pero con falso argumento,
que humildad y necedad
no caben en un sujeto.
La diferencia conozco,
porque en él y en mí contemplo,
su locura en su arrogancia,
mi humildad en su desprecio.
O sabe naturaleza
más que supo en otro tiempo,
o tantos que nacen sabios
es porque lo dicen ellos.
“Sólo sé que no sé nada”,
dijo un filósofo, haciendo
la cuenta con su humildad,
adonde lo más es menos.
No me precio de entendido,
de desdichado me precio,
que los que no son dichosos,
¿cómo pueden ser discretos?
No puede durar el mundo,
porque dicen, y lo creo,
que suena a vidrio quebrado
y que ha de romperse presto.
Señales son del juicio
ver que todos le perdemos,
unos por carta de más
otros por cartas de menos.
Dijeron que antiguamente
se fue la verdad al cielo;
tal la pusieron los hombres
que desde entonces no ha vuelto.
En dos edades vivimos
los propios y los ajenos:
la de plata los extraños
y la de cobre los nuestros.
¿A quién no dará cuidado,
si es español verdadero,
ver los hombres a lo antiguo
y el valor a lo moderno?
Todos andan bien vestidos
y quéjanse de los precios,
de medio arriba romanos,
de medio abajo romeros.
Dijo Dios que comería
su pan el hombre primero
con el sudor de su cara
por quebrar su mandamiento,
y algunos, inobedientes
a la vergüenza y al miedo,
con las prendas de su honor
han trocado los efectos.
Virtud y filosofía
peregrinan como ciegos;
el uno se lleva al otro,
llorando van y pidiendo.
Dos polos tiene la tierra,
universal movimiento;
la mejor vida el favor,
la mejor sangre el dinero.
Oigo tañer las campanas,
y no me espanto, aunque puedo,
que en lugar de tantas cruces
haya tantos hombres muertos.
Mirando estoy los sepulcros
cuyos mármoles eternos
están diciendo sin lengua
que no lo fueron sus dueños.
¡Oh, bien haya quien los hizo,
porque solamente en ellos
de los poderosos grandes
se vengaron los pequeños!
Fea pintan a la envidia,
yo confieso que la tengo
de unos hombres que no saben
quién vive pared en medio.
Sin libros y sin papeles,
sin tratos, cuentas ni cuentos,
cuando quieren escribir
piden prestado el tintero.
Sin ser pobres ni ser ricos,
tienen chimenea y huerto;
no los despiertan cuidados,
ni pretensiones, ni pleitos.
Ni murmuraron del grande,
ni ofendieron al pequeño;
nunca, como yo, firmaron
parabién, ni pascuas dieron.
Con esta envidia que digo
y lo que paso en silencio,
a mis soledades voy,
de mis soledades vengo.
Sin Título
¿Qué tengo yo que mi amistad procuras?
¿Qué interés se te sigue, Jesús mío,
que a mi puerta cubierto de rocío
pasas las noches del invierno oscuras?
¡Oh, cuánto fueron mis entrañas duras,
pues no te abrí! ¡Qué extraño desvarío,
si de mi ingratitud el hielo frío
secó las llagas de tus plantas puras!
¡Cuántas veces el ángel me decía:
“Alma, asómate ahora a la ventana,
verás con cuánto amor llamar porfía”!
¡Y cuántas, hermosura soberana,
“Mañana le abriremos” respondía,
para lo mismo responder mañana!
Sin Título
Versos de amor, conceptos esparcidos,
engendrados del alma en mis cuidados,
partos de mis sentidos abrasados,
con más dolor que libertad nacidos;
expósitos al mundo en que, perdidos,
tan rotos anduvisteis y trocados,
que sólo donde fuisteis engendrados
fuérades por la sangre conocidos.
Pues que le hurtáis el laberinto a Creta,
a Dédalo los altos pensamientos,
la furia al mar, las llamas al abismo,
si aquel áspid hermoso no os aceta,
dejad la tierra, entretened los vientos:
descansaréis en vuestro centro mismo.
Sin Título
La dulce boca que a gustar convida
un humor entre perlas destilado,
y a no envidiar aquel licor sagrado
que a Júpiter ministra el garzón de Ida,
amantes, no toquéis, si queréis vida,
porque entre un labio y otro colorado
Amor está de su veneno armado,
cual entre flor y flor sierpe escondida.
No os engañen las rosas que al Aurora
diréis que aljofaradas y olorosas
se le cayeron del purpúreo seno.
Manzanas son de Tántalo y no rosas,
que después huyen del que incitan ahora
y sólo del Amor queda el veneno.
De un caminante enfermo que se enamoró donde fue hospedado
Descaminado, enfermo, peregrino,
en tenebrosa noche, con pie incierto
la confusión pisando del desierto,
voces en vano dio, pasos sin tino.
Repetido latir, si no vecino,
distinto oyó de can siempre despierto,
y en pastoral albergue mal cubierto
piedad halló, si no halló camino.
Salió el sol, y entre armiños escondida,
somnolienta beldad con dulce saña
salteó al no bien sano pasajero.
Pagará el hospedaje con la vida;
más le valiera error en la montaña
que morir de la suerte que yo muero.
De una dama que, quitándose una sortija, se picó con un alfiler
Prisión de nácar era articulado,
de mi firmeza un émulo luciente,
un diamante, ingeniosamente
en oro también él aprisionado.
Clori, pues, que su dedo apremiado
de metal, aun precioso, no consiente,
gallarda un día, sobre impaciente,
lo redimió del vínculo dorado.
Mas, ay, que insidioso latón breve
en los cristales de su bella mano
sacrílego divina sangre bebe:
púrpura ilustró menos indiano
marfil; envidiosa, sobre nieve
claveles deshojó la Aurora en vano.
Sin Título
Ándeme yo caliente,
y ríase la gente.
Traten otros del gobierno
del mundo y sus monarquías,
mientras gobiernan mis días
mantequillas y pan tierno,
y las mañana de invierno
naranjada y aguardiente,
y ríase la gente.
Coma en dorada vajilla
el príncipe mil cuidados
como píldoras dorados,
que yo en mi pobre mesilla
quiero más una morcilla
que en el asador reviente,
y ríase la gente.
Cuando cubra las montañas
de plata y nieve el enero,
tenga yo lleno el brasero
de bellotas y castañas,
y quien las dulces patrañas
del rey que rabió me cuente,
y ríase la gente.
Busque muy en hora buena
el mercader nuevos soles;
yo conchas y caracoles
entre la menuda arena,
escuchando a Filomena
sobre el chopo de la fuente,
y ríase la gente.
Pase a media noche el mar
y arda en amorosa llama
Leandro por ver su dama;
que yo más quiero pasar
del golfo de mi lagar
la blanca o roja corriente,
y ríase la gente.
Pues Amor es tan cruel,
que de Píramo y su amada
hace tálamo una espada,
do se junten ella y él,
sea mi Tisbe un pastel,
y la espada sea mi diente,
y ríase la gente.
Represéntase la brevedad de lo que se vive
¡Ah de la vida! ¿Nadie me responde?
Aquí de los antaños que he vivido;
la Fortuna mis tiempos ha mordido,
las horas mi locura las esconde.
¡Que sin poder saber cómo ni adónde,
la salud y la edad se hayan huido!
Falta la vida, asiste lo vivido,
y no hay calamidad que no me ronde.
Ayer se fue, mañana no ha llegado,
hoy se está yendo sin parar un punto:
soy un fue, y un será, y un es cansado.
En el hoy y mañana y ayer junto
pañales y mortaja, y he quedado
presentes sucesiones de difunto.
Sin Título
Poderoso caballero
es don Dinero.
Madre, yo al oro me humillo,
él es mi amante y mi amado,
pues de puro enamorado
de continuo anda amarillo;
que, pues doblón o sencillo,
hace todo cuanto quiero,
poderoso caballero
es don Dinero.
Nace en las Indias honrado
donde el mundo le acompaña;
viene a morir en España
y es en Génova enterrado;
y pues quien le trae al lado
es hermoso aunque sea fiero,
poderoso caballero
es don Dinero.
Es galán y es como un oro,
tiene quebrado el color,
persona de gran valor,
tan cristiano como moro;
pues que da y quita el decoro
y quebranta cualquier fuero,
poderoso caballero
es don Dinero.
Son sus padres principales,
y es de nobles descendiente,
porque en las venas de Oriente
todas las sangres son reales;
y pues es quien hace iguales
al duque y al ganadero,
poderoso caballero
es don Dinero.
Mas ¿a quién no maravilla
ver en su gloria sin tasa
que es lo menos de su casa
doña Blanca de Castilla?
Pero pues da al bajo silla,
y al cobarde hace guerrero,
poderoso caballero
es don Dinero.
Sus escudos de armas nobles
son siempre tan principales,
que sin sus escudos reales
no hay escudos de armas dobles;
y pues a los mismos robles
da codicia su minero,
poderoso caballero
es don Dinero.
Por importar en los tratos
y dar tan buenos consejos,
en las casas de los viejos
gatos le guardan de gatos;
y pues él rompe recatos
y ablanda al juez más severo,
poderoso caballero
es don Dinero.
Y es tanta su majestad,
aunque son sus duelos hartos,
que con haberle hecho cuartos
no pierde su autoridad;
pero pues da calidad
al noble y al pordiosero,
poderoso caballero
es don Dinero.
Nunca vi damas ingratas
a su gusto y afición,
que las caras de un doblón
hacen sus caras baratas;
y pues las hace bravatas
desde una bolsa de cuero,
poderoso caballero
es don Dinero.
Más valen en cualquier tierra,
mirad si es harto sagaz,
sus escudos en la paz
que rodelas en la guerra;
y pues al pobre lo entierra
y hace propio al forastero,
poderoso caballero
es don Dinero.
Reconocimiento de la vanidad del mundo
Miré los muros de la patria mía,
si un tiempo fuertes, ya desmoronados,
de la carrera de la edad cansados,
por quien caduca ya su valentía.
Salime al campo, vi que el sol bebía
los arroyos del hielo desatados,
y del monte quejosos los ganados
que con sombras hurtó su luz al día.
Entré en mi casa, vi que amancillada
de anciana habitación era despojos;
mi báculo, más corvo y menos fuerte.
Vencida de la edad sentí mi espada,
y no hallé cosa en que poner los ojos
que no fuese recuerdo de la muerte.
A una nariz
Érase un hombre a una nariz pegado,
érase una nariz superlativa,
érase una alquitara medio viva,
érase un peje espada mal barbado.
Era un reloj de sol mal encarado,
érase un elefante boca arriba,
érase una nariz sayón y escriba,
un Ovidio Nasón mál narigado.
Érase un espolón de una galera,
érase una pirámide de Egito,
las doce tribus de narices era.
Érase un naricísimo infinito,
frisón archinariz, caratulera,
sabañón garrafal, morado y frito.
A la rosa
Pura, encendida rosa,
émula de la llama
que sale con el día,
¿cómo naces tan llena de alegría
si sabes que la edad que te da el cielo
es apenas un breve y veloz vuelo,
y ni valdrán las puntas de tu rama
ni púrpura hermosa
a detener un punto
la ejecución del hado presurosa?
El mismo cerco alado
que estoy viendo riente,
ya temo amortiguado,
presto despojo de la llama ardiente.
Para las hojas de tu crespo seno
te dio Amor de sus alas blandas plumas,
y oro de su cabello dio a tu frente,
¡oh fiel imagen suya peregrina!
Bañote de su color sangre divina
de la deidad que dieron las espumas,
¿y esto, purpúrea flor, esto no pudo
hacer menos violento el rayo agudo?
Róbate en una hora,
róbate silencioso su ardimiento
el color y el aliento:
tienes aún no las alas abrasadas,
y ya vuelan al suelo desmayadas.
Tan cerca, tan unida
está al morir tu vida,
que dudo si en sus lágrimas la Aurora
mustia tu nacimiento o muerte llora.
Sin Título
Camino de la muerte, en hora breve
apresura la edad los gustos míos,
y mis llorosas luces en dos ríos
lloran cuán tardos sus momentos mueve.
A tal exceso mi dolor se atreve,
rendido él mismo de sus mismos bríos.
¡Ay, venga el tiempo que en sus hombros fríos
la común madre mis despojos lleve!
Crece a medida de la edad la pena;
con ella el gusto del funesto empleo
que mi grave dolor, ¡oh suerte!, ordena.
Y tan ceñido al alma le poseo,
que, mientras más la vida le enajena,
siento crecer más fuerza a tal deseo.
Monólogo de Segismundo, de “La vida es sueño”
¡Ay mísero de mí, ay infelice!
Apurar, cielos, pretendo,
ya que me tratáis así,
qué delito cometí
contra vosotros naciendo.
Aunque si nací, ya entiendo
qué delito he cometido:
bastante causa ha tenido
vuestra justicia y rigor,
pues el delito mayor
del hombre es haber nacido.
Sólo quisiera saber
para apurar mis desvelos,
dejando a una parte, cielos,
el delito de nacer,
¿qué más os pude ofender
para castigarme más?
¿No nacieron los demás?
Pues si los demás nacieron,
¿qué privilegios tuvieron
que yo no gocé jamás?
Nace el ave, y con las galas
que le dan belleza suma,
apenas es flor de pluma
o ramillete con alas,
cuando las etéreas salas
corta con velocidad,
negándose a la piedad
del nido que deja en calma,
¿y teniendo yo más alma
tengo menos libertad?
Nace el bruto, y con la piel
que dibujan manchas bellas,
apenas signo es de estrellas
gracias al docto pincel,
cuando atrevida y cruel,
la humana necesidad
le enseña a tener crueldad,
monstruo de su laberinto,
¿y yo con mejor instinto
tengo menos libertad?
Nace el pez, que no respira,
aborto de ovas y lamas,
y apenas bajel de escamas
sobre las ondas se mira,
midiendo la inmensidad
de tanta capacidad
como le da el centro frío,
¿y yo con más albedrío
tengo menos libertad?
Nace el arroyo, culebra
entre flores se desata,
y apenas, sierpe de plata,
entre las flores se quiebra,
cuando músico celebra
de las flores la piedad
que le dan la majestad
del campo abierto a su ida,
¿y teniendo yo más vida
tengo menos libertad?
En llegando a esta pasión,
un volcán, un Etna hecho,
quisiera sacar del pecho
pedazos del corazón.
¿Qué ley, justicia o razón
negar a los hombres sabe
privilegio tan suave,
exención tan principal,
que Dios le ha dado a un cristal,
a un pez, a un bruto y a un ave?
Sin Título
Huye del sol el sol, y se deshace
la vida a manos de la propia vida,
del tiempo que, a sus partos homicida,
en mies de siglos las edades pace.
Nace la vida, y con la vida nace
del cadáver la fábrica temida.
¿Qué teme, pues, el hombre en la partida,
si vivo estriba en lo que muerto yace?
Lo que pasó ya falta; lo futuro
aún no se vive, lo que está presente
no está, porque es su esencia el movimiento.
Lo que se ignora es sólo lo seguro
este mundo, república de viento,
que tiene por monarca un accidente.
Soneto CXLV A su retrato
(Procura desmentir los elogios que a un retrato de
la poetisa inscribió la verdad, que llama pasión)Este que ves engaño colorido
que, del arte ostentando los primores,
con falsos silogismos de colores
es cauteloso engaño del sentido.
Éste en quien la lisonja ha pretendido
excusar de los años los horrores,
y venciendo del tiempo los rigores
triunfar de la vejez y del olvido,
es un vano artificio del cuidado,
es una flor al viento delicada,
es un resguardo inútil para el hado,
es una necia diligencia errada,
es un afán caduco y, bien mirado,
es cadáver, es polvo, es sombra, es nada.
Soneto a una rosa En que da moral censura a una rosa, y en ella a sus semejantes
Rosa divina que en gentil cultura
eres, con tu fragante sutileza,
magisterio purpúreo en la belleza,
enseñanza nevada a la hermosura.
Amago de la humana arquitectura,
ejemplo de la vana gentileza,
en cuyo ser unió naturaleza
la cuna alegre y triste sepultura.
¡Cuán altiva en tu pompa, presumida,
soberbia, el riesgo de morir desdeñas,
y luego desmayada y encogida,
de tu caduco ser das mustias señas,
con que con docta muerte y necia vida,
viviendo engañas y muriendo enseñas!
Arguye de inconsecuente el gusto y la censura de los hombres, que en las mujeres acusan lo que causan
Hombres necios que acusáis
a la mujer sin razón,
sin ver que sois la ocasión
de lo mismo que culpáis:
si con ansia sin igual
solicitáis su desdén,
¿por qué queréis que obren bien
si las incitáis al mal?
Combatís su resistencia,
y luego con gravedad
decís que fue liviandad
lo que hizo la diligencia.
Parecer quiere el denuedo
de vuestro parecer loco,
al niño que pone coco
y luego le tiene miedo.
Queréis con presunción necia
hallar a la que buscáis,
para pretendida, Tais,
y en la posesión, Lucrecia.
¿Qué humor puede ser más raro
que el falto de consejo,
él mismo empaña el espejo
y siente que no esté claro?
Con el favor y desdén
tenéis condición igual,
quejándoos si os tratan mal,
burlándoos si os quieren bien.
Opinión ninguna gana,
pues la que más se recata,
si no os admite es ingrata
y si os admite es liviana.
Siempre tan necios andáis
que, con desigual nivel,
a una culpáis por cruel
y a otra por fácil culpáis.
¿Pues cómo ha de estar templada
la que vuestro amor pretende,
si la que es ingrata ofende
y la que es fácil enfada?
Mas entre el enfado y pena
que vuestro gusto refiere,
bien haya la que no os quiere
y quejaos en hora buena.
Dan vuestras amantes penas
a sus libertades alas,
y después de hacerlas malas
las queréis hallar muy buenas.
¿Cuál mayor culpa ha tenido
en una pasión errada,
la que cae de rogada
o el que ruega de caído?
¿O cuál es más de culpar,
aunque cualquiera mal haga,
la que peca por la paga
o el que paga por pecar?
Pues ¿para qué os espantáis
de la culpa que tenéis?
Queredlas cual las hacéis
o hacedlas cual las buscáis.
Dejad de solicitar,
y después, con más razón,
acusaréis la afición
de la que os fuere a rogar.
Bien con muchas armas fundo
que lidia vuestra arrogancia,
pues en promesa e instancia
juntáis diablo, carne y mundo.
Ciencia de los cortesanos de este siglo
Bañarse con harina la melena,
ir enseñando a todos la camisa,
espada que no asuste y que dé risa,
su anillo, su reloj y su cadena;
hablar a todos con la faz serena,
besar los pies a misa doña Luisa,
y asistir como cosa muy precisa
al pésame, al placer y enhorabuena;
estar enamorado de sí mismo,
mascullar una arieta en italiano,
y bailar en francés tuerto o derecho.
Con esto y olvidar el catecismo
cátate hecho y derecho cortesano,
mas llevarate el diablo dicho y hecho
Un caballerito de estos tiempos
Levántome a las mil, como quien soy;
me lavo. Que me vengan a afeitar.
Traigan el chocolate, y a peinar.
Un libro… Ya leí; basta por hoy.
Si me buscan, que digan que no estoy.
Polvos… Venga el vestido verdemar…
¿Si estará ya la misa en el altar?
¿Han puesto la berlina? Pues me voy.
Hice ya tres visitas. A comer…
Traigan barajas. Ya jugué. Perdí…
Pongan el tiro; al campo, y a correr…
Ya doña Eulalia esperará por mí…
Dio la una. A cenar, y a recoger…
–¿Y es éste un racional? –Dicen que sí.
Al pintor que me ha de retratar
Discípulo de Apeles,
si tu pincel hermoso
empleas por capricho
en este feo rostro,
no me pongas ceñudo,
con iracundos ojos,
en la diestra el estoque
de Toledo famoso,
y en la siniestra el freno
de algún bélico monstruo,
ardiente como el rayo,
ligero como el soplo;
ni en el pecho la insignia
que en los siglos gloriosos
alentaba a los nuestros,
aterraba a los moros;
ni cubras este cuerpo
con militar adorno,
metal de nuestras Indias,
color azul y rojo;
ni tampoco me pongas,
con vanidad de docto,
entre libros y planos,
entre mapas y globos.
Reserva esta pintura
para los nobles locos
que honores solicitan
en los siglos remotos;
a mí, que sólo aspiro
a vivir con reposo
de nuestra frágil vida
estos instantes cortos,
la quietud de mi pecho
representa en mi rostro,
la alegría en la frente,
en mis labios el gozo.
Cíñeme la cabeza
con tomillo oloroso,
con amoroso mirto,
con pámpano beodo;
el cabello esparcido,
cubriéndome los hombros,
y descubierto al aire
el pecho bondadoso;
en esta diestra un vaso
muy grande, y lleno todo
de jerezano néctar
o de manchego mosto;
en la siniestra un tirso,
que es bacanal adorno,
y en postura de baile
el cuerpo chico y gordo;
o bien junto a mi Filis,
con semblante amoroso,
y en cadenas floridas
prisionero dichoso.
Retrátame, te pido,
de este sencillo modo,
y no de otra manera,
si tu pincel hermoso
empleas, por capricho,
en este feo rostro.
El otoño
Al bosque y al jardín el crudo aliento
del otoño robó la verde pompa,
y la arrastra marchita en remolinos
por el árido suelo.
Los árboles y arbustos erizados,
yertos extienden las desnudas ramas,
y toman el aspecto pavoroso
de helados esqueletos.
Huyen de ellos las aves asombradas,
que en torno revolaban bulliciosas,
y entre las frescas hojas escondidas
cantaban sus amores.
¿Son, ¡ay!, los mismos árboles que ha poco
del sol burlaban el ardor severo,
y entre apacibles auras se mecían
hermosos y lozanos?
Pasó su juventud fugaz y breve,
pasó su juventud y, envejecidos,
no pueden sostener las ricas galas
que les dio primavera.
Y pronto en su lugar el crudo invierno
les dará nieve rígida en ornato,
y el jugo que es la sangre de sus venas,
hielo será de muerte,
A nosotros los míseros mortales,
a nosotros también nos arrebata
la juventud gallarda y venturosa
del tiempo la carrera,
y nos despoja con su mano dura,
al llegar nuestro otoño, de los dones
de nuestra primavera, y nos desnuda
de sus hermosas galas,
y huyen de nuestra mente apresurados
los alegres y dulces pensamientos,
que en nuestros corazones anidaban
y nuestras dichas eran,
y luego la vejez de nieve cubre
nuestras frentes marchitas, y de hielo
nuestros áridos miembros, y en las venas
se nos cuaja la sangre.
Mas, ¡ay!, qué diferencia, cielo santo,
entre esas plantas que caducas creo,
y el hombre desdichado y miserable.
¡Oh Dios, qué diferencia!
Los huracanes pasarán de otoño,
y pasarán las nieves del invierno,
y al tornar apacible primavera
risueña y productora,
los que miro desnudos esqueletos
brotarán de sí mismos nueva vida,
renacerán en juventud lozana,
vestirán nueva pompa,
y tornarán las bulliciosas aves
a revolar en torno, y a esconderse
entre sus frescas hojas, derramando
deliciosos gorjeos.
Pero a nosotros míseros humanos,
¿quién nuestra juventud, quién nos devuelve
sus ilusiones y sus ricas galas?
Por siempre las perdimos.
¿Quién nos libra del peso de la nieve
que nuestros miembros débiles abruma?
¿De la horrenda vejez quién nos liberta?
La mano de la muerte.
Canción del pirata
Con diez cañones por banda,
viento en popa a toda vela,
no corta el mar sino vuela
un velero bergantín.
Bajel pirata que llaman
por su bravura el Temido
en todo mar conocido
del uno al otro confín.
La luna en el mar riela,
en la lona gime el viento,
y alza en blando movimiento
olas de plata y azul.
Y ve el capitán pirata,
cantando alegre en la popa,
Asia a un lado, al otro Europa,
y allá a su frente Estambul.“Navega, velero mío,
sin temor,
que ni enemigo navío
ni tormenta, ni bonanza
tu rumbo a torcer alcanza
ni a sujetar tu valor.
“Veinte presas
hemos hecho
a despecho
del inglés,
y han rendido
sus pendones
cien naciones
a mis pies.“Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad,
mi ley la fuerza y el viento,
mi única patria la mar.“Allá muevan feroz guerra
ciegos reyes
por un palmo más de tierra,
que yo aquí tengo por mío
cuanto abarca el mar bravío,
a quien nadie impuso leyes.
“Y no hay playa,
sea cualquiera,
ni bandera
de esplendor,
que no sienta
mi derecho
y dé pecho
a mi valor.“Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad,
mi ley la fuerza y el viento,
mi única patria la mar.“A la voz de ‘¡barco viene!’
es de ver
cómo vira y se previene
a todo trapo a escapar;
que yo soy el rey del mar,
y mi furia es de temer.
“En las presas
yo divido
lo cogido
por igual;
sólo quiero
por riqueza
la belleza
sin rival.“Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad,
mi ley la fuerza y el viento,
mi única patria la mar.“Sentenciado estoy a muerte.
Yo me río;
no me abandone la suerte,
y al mismo que me condena
colgaré de alguna entena,
quizá en su propio navío.
“Y si caigo,
¿qué es la vida?
Por perdida
ya la di,
cuando el yugo
del esclavo
como un bravo
sacudí.“Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad,
mi ley la fuerza y el viento,
mi única patria la mar.“Son mi música mejor
aquilones,
el estrépito y temblor
de los cables sacudidos,
del negro mar los bramidos
y el rugir de mis cañones.
“Y del trueno
al son violento,
y del viento
al rebramar
yo me duermo
sosegado,
arrullado
por el mar.“Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad,
mi ley la fuerza y el viento,
mi única patria la mar”.
Rima XVII
Hoy la tierra y los cielos me sonríen,
hoy llega al fondo de mi alma el sol;
hoy la he visto…, la he visto y me ha mirado…
¡Hoy creo en Dios!
Rima VII
Del salón en el ángulo oscuro,
de su dueño tal vez olvidada,
silenciosa y cubierta de polvo
veíase el arpa.
¡Cuánta nota dormía en sus cuerdas,
como el pájaro duerme en las ramas,
esperando la mano de nieve
que sabe arrancarlas!
¡Ay!, pensé, ¡cuántas veces el genio
así duerme en el fondo del alma,
y una voz, como Lázaro, espera
que le diga: “Levántate y anda”!
A don Bartolomé Gallardete Soneto de un su amigo estante en la corte de S. M.
Caco, cuco, faquín, bibliopirata,
tenaza de los libros, chuzo, púa;
de papeles, aparte lo ganzúa,
hurón, carcoma, polilleja, rata.
Uñilargo, garduño, garrapata;
para sacar los libros cabria, grúa,
Argel de bibliotecas, gran falúa
armada en corso, haciendo cala y cata.
Empapas un archivo en la bragueta,
un Simancas te cabe en el bolsillo,
te pones por corbata una maleta
con tal que encierre libros, ¡so gran pillo!,
y al fin te beberás como una sopa,
llenas de libros, África y Europa.
Sin Título
Busca y anhela el sosiego…,
mas, ¿quién le sosegará?
Con lo que sueña despierto,
dormido vuelve a soñar;
que hoy como ayer y mañana
cual hoy en su eterno afán
de hallar el bien que ambiciona
–cuando sólo encuentra el mal–
siempre a soñar condenado,
nunca puede sosegar.
Sin Título
Dicen que no hablan las plantas ni las fuentes ni los pájaros
ni el onda con sus rumores ni con su brillo los astros.
Lo dicen, pero no es cierto, pues siempre cuando yo paso
de mí murmuran y exclaman:
—Ahí va la loca soñando
con la eterna primavera de la vida y de los campos
y ya bien pronto, bien pronto, tendrá los cabellos canos
y ve temblando, aterida, que cubre la escarcha el prado.
—Hay canas en mi cabeza, hay en los prados escarcha,
mas yo prosigo soñando, pobre, incurable sonámbula,
con la eterna primavera de la vida que se apaga
y la perenne frescura de los campos y las almas,
aunque los unos se agostan y aunque las otras se abrasan.
¡Astros y fuentes y flores!, no murmuréis de mis sueños.
Sin ellos, ¿cómo admiraros ni cómo vivir sin ellos?
Sin Título
El siglo diecinueve
nació cabeza abajo
y el corazón se le saltó del pecho
y, resbalando, le cayó en el cráneo.
Y por esta razón, sólo por ésta,
los hijos de este siglo caminamos
llevando el corazón en la cabeza.
El sauce y el ciprés
Cuando a las puertas de la noche umbría,
dejando el prado y la floresta amena,
la tarde, melancólica y serena,
su misterioso manto recogía,
un macilento sauce se mecía
por dar alivio a su constante pena
y en voz suave y de suspiros llena
al son del viento murmurar se oía:
“Triste nací…, mas en el mundo moran
seres felices que el penoso duelo
y el llanto oculto y la tristeza ignoran”.
Dijo, y sus ramas esparció en el suelo.
“¡Dichosos, ¡ay!, los que en la tierra lloran!”,
le contestó un ciprés, mirando al cielo.
ELEGÍA INTERRUMPIDA (O.Paz)
Hoy recuerdo a los muertos de mi casa.
Al primer muerto nunca lo olvidamos,
aunque muera de rayo, tan aprisa
que no alcance la cama ni los óleos.
Oigo el bastón que duda en un peldaño,
el cuerpo que se afianza en un suspiro,
la puerta que se abre, el muerto que entra.
De una puerta a morir hay poco espacio
y apenas queda tiempo de sentarse,
alzar la cara, ver la hora
y enterarse: las ocho y cuarto.Hoy recuerdo a los muertos de mi casa.
La que murió noche tras noche
y era una larga despedida,
un tren que nunca parte, su agonía.
Codicia de la boca
al hilo de un suspiro suspendida,
ojos que no se cierran y hacen señas
y vagan de la lámpara a mis ojos,
fija mirada que se abraza a otra,
ajena, que se asfixia en el abrazo
y al fin se escapa y ve desde la orilla
cómo se hunde y pierde cuerpo el alma
y no encuentra unos ojos a que asirse…
¿Y me invitó a morir esa mirada?
Quizá morimos sólo porque nadie
quiere morirse con nosotros, nadie
quiere mirarnos a los ojos.Hoy recuerdo a los muertos de mi casa.
Al que se fue por unas horas
y nadie sabe en qué silencio entró.
De sobremesa, cada noche,
la pausa sin color que da al vacío
o la frase sin fin que cuelga a medias
del hilo de la araña del silencio
abren un corredor para el que vuelve:
suenan sus pasos, sube, se detiene…
Y alguien entre nosotros se levanta
y cierra bien la puerta.
Pero él, allá del otro lado, insiste.
Acecha en cada hueco, en los repliegues,
vaga entre los bostezos, las afueras.
Aunque cerremos puertas, él insiste.Hoy recuerdo a los muertos de mi casa.
Rostros perdidos en mi frente, rostros
sin ojos, ojos fijos, vaciados,
¿busco en ellos acaso mi secreto,
el dios de sangre que mi sangre mueve,
el dios de yelo, el dios que me devora?
Su silencio es espejo de mi vida,
en mi vida su muerte se prolonga:
soy el error final de sus errores.Hoy recuerdo a los muertos de mi casa.
El pensamiento disipado, el acto
disipado, los nombres esparcidos
(lagunas, zonas nulas, hoyos
que escarba terca la memoria),
la dispersión de los encuentros,
el yo, su guiño abstracto, compartido
siempre por otro (el mismo) yo, las iras,
el deseo y sus máscaras, la víbora
enterrada, las lentas erosiones,
la espera, el miedo, el acto
y su reverso: en mí se obstinan,
piden comer el pan, la fruta, el cuerpo,
beber el agua que les fue negada.
Pero no hay agua ya, todo está seco,
no sabe el pan, la fruta amarga,
amor domesticado, masticado,
en jaulas de barrotes invisibles
mono onanista y perra amaestrada,
lo que devoras te devora,
tu víctima también es tu verdugo.
Montón de días muertos, arrugados
periódicos, y noches descorchadas
y amaneceres, corbata, nudo corredizo:
“saluda al sol, araña, no seas rencorosa…”Es un desierto circular el mundo,
el cielo está cerrado y el infierno vacío

Es el amor que pasa.

Los invisibles átomos del aire
en derredor palpitan y se inflaman,
el cielo se deshace en rayos de oro,
la tierra se estremece alborozada.

Oigo flotando en olas de armonías,
rumor de besos y batir de alas;
mis párpados se cierran…¿Qué sucede?

¡Es el amor que pasa!

Escuchar el audio interpretado por Juan aquí:

 

El poema es de G.A. Becquer