LA FRASE DE NIETZSCHE «DIOS HA MUERTO»

La siguiente explicación intenta orientar hacia ese lugar desde el que, tal vez, podrá plantearse un día la pregunta por la esencia del nihilismo. La explicación tiene su raíz en un pensamiento que comienza a ganar claridad por primera vez en lo tocante a la posición fundamental de Nietzsche dentro de la historia de la metafísica occidental. La indicación ilumina un estadio de la metafísica occidental que, presumiblemente, es su estadio final, porque en la medida en que con Nietzsche la metafísica se ha privado hasta cierto punto a sí misma de su propia posición esencial, ya no se divisan otras posibilidades para ella. Tras la inversión efectuada por Nietzsche, a la metafísica solo le queda pervertirse y desnaturalizarse.

Lo suprasensible se convierte en un producto de lo sensible carente de toda consistencia. Pero, al rebajar de este modo a su opuesto, lo sensible niega su propia esencial la destitución de lo suprasensible también elimina a lo meramente sensible y, con ello, a la diferencia entre ambos. La destitución de los suprasensible termina en un «ni esto… ni aquello» en relación con la distinción entre lo sensible (aÞsyhtñn) y lo no-sensible (nohtñn). La destitución aboca en lo sin-sentido. Pero aún así, sigue siendo el presupuesto impensado e inevitable de los ciegos intentos por escapar a lo carente de sentido por medio de una mera aportación de sentido.

En lo que sigue, la metafísica siempre será pensada como la verdad de lo ente en cuanto tal en su totalidad, no como la doctrina de un pensador. El pensador tiene siempre su posición filosófica fundamental en la metafísica. Por eso, la metafísica puede recibir el nombre de un pensador. Pero esto no quiere decir en absoluto, según la esencia de la metafísica aquí pensada, que la correspondiente metafísica sea el resultado y la propiedad de un pensador en su calidad de personalidad inscrita en el marco público del quehacer cultural. En cada fase de la metafísica se va haciendo visible un fragmento de camino que el destino del ser va ganando sobre lo ente en bruscas épocas de la verdad. El propio Nietzsche interpreta metafísicamente la marcha de la historia occidental, concretamente como surgimiento y despliegue del nihilismo. Volver a pensar la metafísica de Nietzsche se convierte en una meditación sobre la situación y el lugar del hombre actual, cuyo destino, en lo tocante a la verdad, ha sido escasamente entendido todavía. Toda meditación de este tipo, cuando pretende ser algo más que una vacía y repetitiva crónica, pasa por encima de aquello que concierne a la meditación. Pero no se trata de un mero situarse por encima o más allá, ni tampoco de una simple superación. Que meditemos sobre la metafísica de Nietzsche no significa que ahora también y muy especialmente tengamos en cuenta su metafísica, además de su ética, su teoría del conocimiento y su estética, sino que intentamos tomarnos en serio a Nietzsche en cuanto pensador. Pues bien, para Nietzsche, pensar también significa representar lo ente en cuanto ente. Todo pensar metafísico es, por lo tanto, onto-logia o nada de nada.

 

La meditación que intentamos hacer aquí precisa de un sencillo paso previo, casi imperceptible, del pensar. Al pensar preparatorio le interesa iluminar el terreno de juego dentro del que el propio ser podría volver a inscribir al hombre en una relación originaria en lo tocante a su esencia. La preparación es la esencia de tal pensar.

 

Este pensamiento esencial -que, por lo tanto, siempre y desde cualquier punto de vista es preparatorio-, se dirije hacia lo imperceptible. Aquí, cualquier colaboración pensante, por muy torpe y vacilante que sea, constituye una, ayuda esencial. La colaboración pensante se convierte en una invisible semilla, nunca acreditada por su validez o utilidad, que tal vez nunca vea tallo o fruto ni conozca la cosecha. Sirve para sembrar o incluso para preparar el sembrado.

 

A la siembra le precede el arado. Se trata de desbrozar un campo que debido al predominio inevitable de la tierra de la metafísica tuvo que permanecer desconocido. Se trata de comenzar por intuir dicho campo, de encontrarlo y finalmente cultivarlo. Se trata de emprender la primera marcha hacia ese campo. Existen muchos caminos de labor todavía ignorados. Pero a cada pensador le está asignado un solo camino, el suyo, tras cuyas huellas deberá caminar, en uno y otro sentido, una y otra vez, hasta poder mantenerlo como suyo, aunque nunca le llegue a pertenecer, y poder decir lo experimentado y captado en dicho camino.

 

Tal vez el título «Ser y Tiempo» sea una señal indicadora que lleva a uno de estos caminos. De acuerdo con la implicación esencial de la metafísica con las ciencias -exigida y perseguida una y otra vez por la propia metafísica- y teniendo en cuenta que dichas ciencias forman parte de la propia descendencia de la metafísica, el pensar preparatorio también tendrá que moverse durante un tiempo en el círculo de las ciencias, porque éstas siguen pretendiendo ser, bajo diversas figuras, la forma fundamental del saber y lo susceptible de ser sabido, ya sea con conocimiento de causa, ya sea por el modo en que se hacen valer y actúan. Cuanto más claramente se aproximen las ciencias hacia la esencia técnica que las predetermina y señala, tanto más decisivamente se explica la pregunta por esa posibilidad del saber a la que aspira la técnica, así como por su naturaleza, sus límites y sus derechos.

 

Del pensar preparatorio y de su consumación forma parte una educación del pensar en el corazón de las ciencias. Encontrar la forma adecuada para que dicha educación del pensar no se confunda ni con la investigación ni con la erudición, es sumamente difícil. Esta pretensión siempre está en peligro, sobre todo cuando el pensar tiene que empezar por encontrar siempre y al mismo tiempo su propia estancia. Pensar en medio de las ciencias significa: pasar junto a ellas sin despreciarlas.

 

No sabemos qué posibilidades le reserva el destino de la historia occidental a nuestro pueblo y a Occidente. La configuración y disposición externas de estas posibilidades no son tampoco lo más necesario en un primer momento. Lo importante es sólo que aprendan a pensar juntos los que quieren aprender y, al mismo tiempo, que enseñando juntos a su manera, permanezcan en el camino y estén allí en el momento adecuado.

 

La siguiente explicación se mantiene, por su intención y su alcance, dentro del ámbito de la experiencia a partir de la que fue pensada «Ser y Tiempo». El pensar se ve interpelado incesantemente por ese acontecimiento que quiere que en la historia del pensamiento occidental lo ente haya sido pensado desde en relación con el ser, pero que la verdad del ser permanezca impensada y que, en cuanto posible experiencia, no sólo le sea negada al pensar, sino que el propio pensamiento occidental, concretamente bajo la figura de a metafísica nos oculte el acontecimiento de esa negativa aunque sea sin saberlo.

 

Por eso, el pensar preparatorio se mantiene necesariamente dentro del ámbito de la meditación histórica. Para ese pensar, la historia no es la sucesión de épocas, sino una única proximidad de lo mismo, que atañe al pensar en imprevisibles modos del destino y con diferentes grados de inmediatez.

 

Ahora se trata de meditar sobre a metafísica de Nietzsche. Su pensamiento se ve bajo el signo del nihilismo. Éste es el nombre para un movimiento histórico reconocido por Nietzsche que ya dominó en los siglos precedentes y también determina nuestro siglo. Su interpretación es resumida por Nietzsche en la breve frase: «Dios ha muerto».

 

Se podría suponer que la expresión «Dios ha muerto» enuncia una opinión del ateo Nietzsche y por lo tanto no pasa de ser una toma de postura personal y en consecuencia parcial y fácilmente refutable apelando a la observación de que hoy muchas personas siguen visitando las iglesias y sobrellevan las pruebas de la vida desde una confianza cristiana en Dios. Pero la cuestión es si la citada frase de Nietzsche es sólo la opinión exaltada de un pensador -del que siempre se puede objetar correctamente que al final se volvió loco- o si con ella Nietzsche no expresa más bien la idea que dentro de la historia de Occidente, determinada metafísicamente, se ha venido pronunciando siempre de forma no expresa. Antes de apresurarnos a tomar una postura, debemos intentar pensar la frase «Dios ha muerto» tal como está entendida. Por eso, haremos bien en evitar toda cuanta opinión precipitada acude de inmediato a la mente al oír algo tan terrible.

 

Las siguientes reflexiones intentan explicar la frase de Nietzsche desde ciertos puntos de vista esenciales. Insistamos una vez más: la frase de Nietzsche nombra el destino de dos milenios de historia occidental. Faltos de preparación como estamos todos, no debemos creer que podemos cambiar dicho destino por medio de una conferencia sobre la fórmula de Nietzsche, ni tan siquiera que lleguemos a conocerlo suficientemente. Pero, de todos modos, ahora será necesario que nos dejemos aleccionar por la meditación y que en el camino de ese aleccionamiento aprendamos a meditar.

 

Naturalmente, una explicación no debe limitarse a extraer el asunto del texto, sino que también debe a aportar algo suyo al asunto, aunque sea e manera imperceptible y sin forzar las cosas. Es precisamente esta aportación lo que el profano siempre siente como una interpretación exterior cuando la mide por el rasero de lo que él considera el contenido del texto y que con el derecho que se autoatribuye, critica tachándola de arbitraria. Sin embargo, una adecuada explicación nunca comprende mejor el texto de lo que lo entendió su autor, sino simplemente de otro modo. Lo que pasa es que ese otro modo debe ser de tal naturaleza que acabe tocando lo mismo que piensa el texto explicado.

 

Nietzsche enunció por vez primera la fórmula «Dios ha muerto» en el tercer libro del escrito aparecido en 1882 titulado «La gaya ciencia». Con este escrito comienza el camino de Nietzsche en dirección a la construcción de su postura metafísica fundamental. Entre este escrito y los inútiles esfuerzos en torno a la configuración de la obra principal que había planeado aparece publicado «Así habló Zarathustra». La obra principal planeada nunca fue concluida. De manera provisional debía llevar el título «La voluntad de poder» y como subtítulo «Intento de una transvaloración de todos los valores».

 

El chocante pensamiento de la muerte de un dios, del morir de los dioses, ya le era familiar al joven Nietzsche. En un apunte de la época de elaboración de su primer escrito, «El origen de la tragedia», Nietzsche escribe (1870): «Creo en las palabras de los primitivos germanos: todos los dioses tienen que morir». El joven Hegel dice así al final del tratado « Fe y saber» (1802): el «sentimiento sobre el que reposa la religión de la nueva época es el de que Dios mismo ha muerto». La frase de Hegel piensa algo distinto a la de Nietzsche, pero de todos modos existe entre ambas una conexión esencial escondida en la esencia de toda metafísica. La frase que Pascal toma prestada de Plutarco: «Le gran Pan est mort» (Pensées, 695), también entra en el mismo ámbito, aunque sea por motivos opuestos.

 

Escuchemos en primer lugar cuáles son las palabras exactas del texto completo, el número 125, de la obra « La gaya ciencia». El texto se titula « El loco» y reza así:

 

 

 

El loco.-¿No habéis oído hablar de ese loco que encendió un farol en pleno día y corrió al mercado gritando sin cesar: «¡Busco a Dios!, ¡Busco a Dios!». Como precisamente estaban allí reunidos muchos que no creían en Dios, sus gritos provocaron enormes risotadas. ¿Es que se te ha perdido?, decía uno. ¿Se ha perdido como un niño pequeño?, decía otro. ¿O se ha escondido? ¿Tiene miedo de nosotros? ¿Se habrá embarcado? ¿Habrá emigrado? -así gritaban y reían todos alborotadamente. El loco saltó en medio de ellos y los traspasó con su mirada. «¿Que a dónde se ha ido Dios? -exclamó-, os lo voy a decir. Lo hemos matado: ¡vosotros y yo! Todos somos sus asesinos. Pero ¿cómo hemos podido hacerlo? ¿Cómo hemos podido bebernos el mar? ¿Quién nos prestó la esponja para borrar el horizonte? ¿Qué hicimos, cuando desencadenamos la tierra de su sol? ¿Hacia dónde caminará ahora? ¿Hacia dónde iremos nosotros? ¿Lejos de todos los soles? ¿No nos caemos continuamente? ¿Hacia adelante, hacia atrás, hacia los lados, hacia todas partes? ¿Acaso hay todavía un arriba y un abajo? ¿No erramos como a través de una nada infinita? ¿No nos roza el soplo del espacio vacío? ¿No hace más frío? ¿No viene siempre noche y más noche? ¿No tenemos que encender faroles a mediodía? ¿No oímos todavía el ruido de los sepultureros que entierran a Dios? ¿No nos llega todavía ningún olor de la putrefacción divina? ¡También los dioses se descomponen! ¡Dios ha muerto! ¡Dios permanece muerto! !Y nosotros lo hemos matado! ¿Cómo podremos consolarnos, asesinos entre los asesinos? Lo más sagrado y poderoso que poseía hasta ahora el mundo se ha desangrado bajo nuestros cuchillos. ¿Quién nos lavará esa sangre? ¿Con qué agua podremos purificarnos? ¿Qué ritos expiatorios, qué juegos sagrados tendremos que inventar? ¿No es la grandeza de este acto demasiado grande para nosotros? ¿No tendremos que volvernos nosotros mismos dioses para parecer dignos de ellos? Nunca hubo un acto más grande y quien nazca después de nosotros formará parte, por mor de ese acto, de una historia más elevada que todas las historias que hubo nunca hasta ahora.» Aquí, el loco se calló y volvió a mirar a su auditorio: también ellos callaban y lo miraban perplejos. Finalmente, arrojó su farol al suelo, de tal modo que se rompió en pedazos y se apagó. «Vengo demasiado pronto -dijo entonces-, todavía no ha llegado mi tiempo. Este enorme suceso todavía está en camino y no ha llegado hasta los oídos de los hombres. El rayo y el trueno necesitan tiempo, la luz de los astros necesita tiempo, los actos necesitan tiempo, incluso después de realizados, a fin de ser vistos y oídos. Este acto está todavía más lejos de ellos que las más lejanas estrellas y, sin embargo, son ellos los que lo han cometido.» Todavía se cuenta que el loco entró aquel mismo día en varias iglesias y entonó en ellas su Requiem aeternam deo. Una vez conducido al exterior e interpelado contestó siempre esta única frase: « ¿Pues, qué son ahora ya estas iglesias, más que las tumbas y panteones de Dios?».

 

 

 

Cuatro años más tarde (1886), Nietzsche le añadió un quinto libro a los cuatro de que se componía «La gaya ciencia», titulándolo «Nosotros, los que no tenemos temor». El primer texto de dicho libro (aforismo 343) está titulado: «Lo que pasa con nuestra alegre serenidad». El pasaje comienza así: «El suceso más importante de los últimos tiempos, que ‘Dios ha muerto’, que la fe en el dios cristiano ha perdido toda credibilidad, comienza a arrojar sus primeras sombras sobre Europa.»

 

Esta frase nos revela que la fórmula de Nietzsche acerca de la muerte de Dios se refiere al dios cristiano. Pero tampoco cabe la menor duda -y es algo que se debe pensar de antemano- de que los nombres Dios y dios cristiano se usan en el pensamiento de Nietzsche para designar al mundo suprasensible en general Dios es e nombre para el ámbito de las ideas los ideales. Este ámbito de lo suprasensible pasa por ser, desde Platón o mejor dicho, desde la interpretación de la filosofía platónica llevada a cabo por el helenismo y el cristianismo, el único mundo verdadero y efectivamente real. Por el contrario, el mundo sensible es sólo el mundo del más acá un mundo cambiante por lo tanto meramente aparente, irreal. El mundo del más acá es el valle de lágrimas en oposición a la montaña de la eterna beatitud de más allá. Si, como ocurre todavía en Kant, llamamos al mundo sensible‘mundo físico’ en sentido amplio, entonces el mundo suprasensible es el mundo metafísico.

 

La frase «Dios ha muerto» significa que el mundo suprasensible ha perdido su fuerza efectiva. No procura vida. La metafísica, esto es, para Nietzsche, la filosofía occidental comprendida como platonismo, ha llegado al final. Nietzsche comprende su propia filosofía como una reacción contra la metafísica, lo que para él quiere decir, contra el platonismo.

 

Sin embargo, como mera reacción, permanece necesariamente implicada en la esencia de aquello contra lo que lucha, como le sucede a todos los movimientos contra algo. El movimiento de reacción de Nietzsche contra la metafísica es, como mero desbancamiento de ésta, una implicación sin salida dentro de la metafísica de tal modo, que ésta se disocia de su esencia y, en tanto que metafísica, no consigue pensar nunca su propia esencia. Y así, para la metafísica y por causa de ella, permanece oculto eso que ocurre precisamente dentro de ella y en tanto que ella misma.

 

Si Dios, como fundamento suprasensible y meta de todo lo efectivamente real, ha muerto, si el mundo suprasensible de las ideas ha perdido toda fuerza vinculante y sobre todo toda fuerza capaz de despertar y de construir, entonces ya no queda nada a lo que el hombre pueda atenerse y por lo que pueda guiarse. Por eso se encuentra en el fragmento citado la pregunta: «¿No erramos a través de una nada infinita?». La fórmula «Dios ha muerto» comprende la constatación de que esa nada se extiende. Nada significa aquí ausencia de mundo suprasensible y vinculante. El nihilismo, «el más inquietante de todos los huéspedes», se encuentra ante la puerta.

 

El intento de explicar la frase de Nietzsche «Dios ha muerto» debe ponerse al mismo nivel que la tarea de interpretar qué quiere decir Nietzsche con nihilismo, con el fin de mostrar su propia postura respecto a éste. Como, sin embargo, ese nombre se usa a menudo a modo de lema y término provocador, y también muy a menudo como palabra peyorativa y condenatoria, es necesario saber lo que significa. No basta con reclamarse como poseedor de la fe cristiana o alguna convicción metafísica para estar ya fuera del nihilismo. Del mismo modo, tampoco todo el que se preocupa por la nada y su esencia es un nihilista.

 

Parece que gusta usar ese nombre en un tono como si el mero adjetivo nihilista ya bastase, sin añadirle ningún pensamiento a la palabra, para suministrar la prueba de que una meditación sobre la nada precipita ya en la nada y comporta la instauración de la dictadura de la nada.

 

En general, habrá que preguntar si el nombre nihilismo, pensado estrictamente en el sentido de la filosofía de Nietzsche, sólo tiene un significado nihilista, es decir, negativo, un significado que empuja hacia una nada anuladora. Así pues, visto el uso confuso y arbitrario de la palabra nihilismo, será necesario -antes de una explicación concreta sobre lo que el propio Nietzsche dice acerca del nihilismo- ganar el correcto punto de vista desde el que podemos permitirnos preguntar por el nihilismo.

 

El nihilismo es un movimiento histórico, no cualquier opinión o doctrina sostenida por cualquier persona. El nihilismo mueve la historia a la manera de un proceso fundamental, apenas conocido, del destino de los pueblos occidentales. Por lo tanto, el nihilismo no es una manifestación histórica entre otras, no es sólo una corriente espiritual que junto a otras, junto al cristianismo, el humanismo y la ilustración, también aparezca dentro de la historia occidental.

 

Antes bien, el nihilismo, pensado en su esencia es el movimiento fundamental de la historia de Occidente. Muestra tal profundidad, que su despliegue sólo puede tener como consecuencia catástrofes mundiales. El nihilismo es el movimiento histórico mundial que conduce a los pueblos de la tierra al ámbito de poder de la Edad Moderna. Por eso, no es sólo una manifestación de la edad actual, ni siquiera un producto del siglo XIX, a pesar de que fue entonces cuando se despertó la agudeza visual para captarlo y su nombre se tornó habitual. El nihilismo no es tampoco el producto de naciones aisladas cuyos pensadores y escritores hablen expresamente de él. Aquellos que se creen libres de él, son tal .vez los que más a fondo lo desarrollan. Del carácter inquietante de este inquietante huésped forma parte el hecho de no poder nombrar su propio origen.

 

El nihilismo tampoco inaugura su predominio en los lugares en que se niega al dios cristiano, se combate el cristianismo o por lo menos, con actitud librepensadora, se predica un ateísmo vulgar. Mientras sigamos limitándonos a ver solamente los diversos tipos de incredulidad que reniegan del cristianismo, bajo sus variadas manifestaciones, nuestra mirada quedará presa de la fachada externa y más precaria del nihilismo. El discurso del loco dice precisamente que la frase «Dios ha muerto» no tiene nada en común con las opiniones confusas y superficiales de los que «no creen en dios». Aquellos que son no creyentes de este modo, no están todavía en absoluto afectados por el nihilismo como destino de su propia historia.

 

Mientras entendamos la frase «Dios ha muerto» solamente como fórmula de la falta de fe, la estaremos interpretando teológico-apologéticamente y renunciando a lo que le interesa a Nietzsche, concretamente la meditación que reflexiona sobre lo que ha ocurrido ya con la verdad del mundo suprasensible y su relación con la esencia del hombre.

 

El nihilismo, en el sentido de Nietzsche, no tapa por lo tanto en absoluto ese estado representado de manera puramente negativa que supone que ya no se puede creer en el dios cristiano de la revelación bíblica, y hay que saber que Nietzsche no entiende por cristianismo la vida cristiana que tuvo lugar una vez durante un breve espacio de tiempo antes de la redacción de los Evangelios y de la propaganda misionera de Pablo. El cristianismo es, para Nietzsche, la manifestación histórica, profana y política de la Iglesia y su ansia de poder dentro de la configuración de la humanidad occidental y su cultura moderna. El cristianismo en este sentido y la fe cristiana del Nuevo Testamento, no son lo mismo. También una vida no cristiana puede afirmar el cristianismo y usarlo como factor de poder, en la misma medida en que una vida cristiana no necesita obligatoriamente del cristianismo. Por eso, un debate con el cristianismo no es en absoluto ni a toda costa un ataque contra lo cristiano, así como una crítica de la teología no es por eso una crítica de la fe, cuya interpretación debe ser tarea de la teología. Mientras pasemos por alto estas distinciones esenciales nos moveremos en las bajas simas de las luchas entre diversas visiones del mundo.

 

En la frase «Dios ha muerto», la palabra Dios, pensada esencialmente, representa el mundo suprasensible de los ideales, que contienen la meta de esta vida existente por encima de la vida terrestre y, así, la determinan desde arriba y en cierto modo desde fuera. Pero si ahora la verdadera fe en Dios, determinada por la Iglesia, se va moviendo hacia adelante, si, sobre todo, la doctrina de la fe, la teología, en su papel como explicación normativa de lo ente en su totalidad, se ve limitada y apartada, no por eso se rompe la estructura fundamental por la que una meta situada en lo suprasensible domina la vida terrestre y sensible.

 

En el lugar de la desaparecida autoridad de Dios y de la doctrina de la Iglesia, aparece la autoridad de la conciencia, asoma la autoridad de la razón. Contra ésta se alza el instinto social. La huida del mundo hacia lo suprasensible es sustituida por el progreso histórico. La meta de una eterna felicidad en el más allá se transforma en la de la dicha terrestre de la mayoría. El cuidado del culto de la religión se disuelve en favor del entusiasmo por la creación de una cultura o por la extensión de la civilización. Lo creador, antes lo propio del dios bíblico se convierte en distintivo del quehacer humano. Este crear se acaba mutando en negocio.

 

Lo que se quiere poner de esta manera en el lugar del mundo suprasensible son variantes de la interpretación del mundo cristiano-eclesiástica y teológica, que había tomado prestado su esquema del ordo, del orden jerárquico de lo ente, del mundo helenístico-judaico, cuya estructura fundamental había sido establecida por Platón al principio de la metafísica occidental.

 

El ámbito para la esencia el acontecimiento del nihilismo es la propia metafísica, siempre que supongamos que bajo este nombre no entendemos una doctrina o incluso una disciplina especial de la filosofía, sino la estructura fundamental de lo ente en su totalidad, en la medida en que éste se encuentra dividido entre un mundo sensible y un mundo suprasensible y en que el primero está soportado y determinado por el segundo. La metafísica es el espacio histórico en el que se convierte en destino el hecho de que el mundo suprasensible, las ideas, Dios, la ley moral la autoridad de la razón, el progreso, la felicidad de la mayoría la cultura y la civilización, pierdan su fuerza constructiva y se anulen. Llamamos a esta caída esencial de lo suprasensible su descomposición. La falta de fe en el sentido de la caída del dogma cristiano, no es por lo tanto nunca la esencia y el fundamento del nihilismo, sino siempre una consecuencia del mismo; efectivamente, podría ocurrir que el propio cristianismo fuese una consecuencia y variante del nihilismo.

 

Partiendo de esta base podemos reconocer ya el último extravío al que nos vemos expuestos a la hora de captar o pretender combatir el nihilismo. Como no se entiende el nihilismo como un movimiento histórico que existe desde hace mucho tiempo y cuyo fundamento esencial reposa en la propia metafísica, se cae en la perniciosa tentación de considerar determinadas manifestaciones que ya son y sólo son consecuencias del nihilismo como si fueran éste mismo o en la de presentar las consecuencias y efectos como las causas del nihilismo. En la acomodación irreflexiva a este modo de representación se ha adquirido desde hace décadas la costumbre de presentar el dominio de la técnica o la rebelión de las masas como las causas de la situación histórica del siglo y de analizar la situación espiritual de la época desde este punto de vista. Pero cualquier análisis del hombre y de su posición dentro de lo ente, por aguda e inteligente que sea, sigue careciendo siempre de reflexión y lo único que provoca es la apariencia de una meditación, mientras se abstenga de pensar en el lugar donde reside la esencia del hombre y de experimentarlo en la verdad del ser.

 

Mientras sigamos confundiendo el nihilismo con lo que sólo son sus manifestaciones, la postura respecto al mismo será siempre superficial. Tampoco se irá más lejos por el hecho de armarse de un cierto apasionamiento en su rechazo basado en el descontento con la situación del mundo, en una desesperación no del todo confesada, en el desánimo moral o en la superioridad autosuficiente del creyente.

 

Frente a esto debemos comenzar por meditar. Por eso le preguntamos ahora al propio Nietzsche qué entiende por nihilismo y dejamos por ahora abierta la cuestión de si, con su comprensión, Nietzsche ya acierta y puede acertar con la esencia del nihilismo.

 

En una anotación del año 1887 Nietzsche plantea la pregunta (Voluntad de Poder, afor. 2): «¿Qué significa nihilismo?». Y contesta: «Que los valores supremos han perdido su valor».

 

Esta respuesta está subrayada y acompañada de la siguiente explicación: «Falta la meta, falta la respuesta al ‘porqué’».

 

De acuerdo con esta anotación, Nietzsche concibe el nihilismo como un proceso histórico. Interpreta tal suceso como la desvalorización de los valores hasta entonces supremos. Dios, el mundo suprasensible como mundo verdaderamente ente que todo lo determina, los ideales e ideas, las metas y principios que determinan y soportan todo lo ente y, sobre todo, la vida humana, todas estas cosas son las que se representan aquí como valores supremos. Según la opinión que todavía sigue siendo usual, por valores supremos se entiende lo verdadero, lo bueno y lo bello: lo verdadero, esto es, lo verdaderamente ente; lo bueno, esto es, lo que siempre importa en todas partes; lo bello, esto es, el orden y la unidad de lo ente en su totalidad. Pero los valores supremos ya se desvalorizan por el hecho de que va penetrando la idea de que el mundo ideal no puede llegar a realizarse nunca dentro del mundo real. El carácter vinculante de los valores supremos empieza a vacilar. Surge la pregunta: ¿para qué esos valores supremos si no son capaces de garantizar los caminos y medios para una realización efectiva de las metas planteadas en ellos?

 

Ahora bien, si quisiéramos entender al pie de la letra la definición de Nietzsche según la cual la esencia del nihilismo es la pérdida de valor de los valores supremos, obtendríamos una concepción de la esencia del nihilismo que entretanto se ha vuelto usual, en gran medida gracias al apoyo del propio título nihilismo y que supone que la desvalorización de los valores supremos significa, evidentemente, la decadencia. Lo que ocurre es que, para Nietzsche, el nihilismo no es en absoluto únicamente una manifestación de decadencia, sino que como proceso fundamental de la historia occidental es, al mismo tiempo y sobre todo, la legalidad de esta historia. Por eso, en sus consideraciones sobre el nihilismo, a Nietzsche no le interesa tanto describir históricamente la marcha del proceso de desvalorización de los valores supremos, para acabar midiendo la decadencia de Occidente, como pensar el nihilismo en tanto que «lógica interna» de la historia occidental.

 

Procediendo así, Nietzsche reconoce que a pesar de la desvalorización de los valores hasta ahora supremos para el mundo, dicho mundo sin embargo sigue ahí y que ese mundo en principio privado de valores tiende inevitablemente a una nueva instauración de valores. Después de la caída de los valores hasta ahora supremos, la nueva instauración de valores se transforma, en relación con los valores anteriores, en una «transvaloración de todos los valores». El no frente a los valores precedentes nace del sí a la nueva instauración de valores. Como en ese sí, según la opinión de Nietzsche, no se encierra ningún modo de mediación y ninguna adecuación respecto a los valores anteriores, el no incondicionado entra dentro de ese nuevo sí a la nueva instauración de valores. A fin de asegurar la incondicionalidad del nuevo sí frente a la recaída en los valores anteriores, esto es, a fin de fundamentar la nueva instauración de valores como movimiento de reacción, Nietzsche designa también a la nueva instauración de valores como nihilismo, concretamente como ese nihilismo por el que la desvalorización se consuma en una nueva instauración de valores, la única capaz de ser normativa. Nietzsche llama a esta fase normativa del nihilismo el nihilismo «consumado», esto es, clásico. Nietzsche entiende por nihilismo la desvalorización de los valores hasta ahora supremos. Pero al mismo tiempo afirma el nihilismo en el sentido de «transvaloración de todos los valores anteriores». Por eso, el nombre nihilismo conserva una polivalencia de significado y, desde un punto de vista extremo, es en todo caso ambiguo, desde el momento en que designa por un lado a la mera desvalorización de los valores hasta ahora supremos, pero al mismo tiempo se refiere al movimiento incondicionado de reacción contra la desvalorización. En este sentido es también ambiguo eso que Nietzsche presenta como forma previa del nihilismo: el pesimismo. Según Schopenhauer, el pesimismo es la creencia por la que en el peor de estos mundos la vida no merece la pena de ser vivida ni afirmada. Según esta doctrina, hay que negar la vida y esto quiere decir también lo ente como tal en su totalidad. Este pesimismo es, según Nietzsche, el «pesimismo de la debilidad». No ve en todas partes más que el lado oscuro, encuentra para todo un motivo de fracaso y pretende saber que todo acabará en el sentido de una catástrofe total. Por el contrario, el pesimismo de la fuerza, en cuanto fuerza, no se hace ilusiones, ve el peligro y no quiere velos ni disimulos. Se da cuenta de lo fatal que resulta una actitud de observación pasiva, de espera de que retorne lo anterior. Penetra analíticamente en las manifestaciones y exige la conciencia de las condiciones y fuerzas que, a pesar de todo, aseguran el dominio de la situación histórica.

 

Una meditación más esencial podría mostrar cómo en eso que Nietzsche llama «pesimismo de la fuerza» se consuma la rebelión del hombre moderno en el dominio incondicionado de la subjetividad dentro de la subjetidad de lo ente. Por medio del pesimismo, en su forma ambigua, los extremos se hacen a la luz. Los extremos obtienen, como tales, la supremacía. Así surge un estado en el que se agudizan las alternativas incondicionadas hasta moverse entre un o esto o lo otro. Se inicia un «estado intermedio» en el que se manifiesta, por un lado, que la realización efectiva de los valores hasta ahora supremos no se cumple. El mundo parece carente de valores. Por otro lado, en virtud de esta concienciación, la mirada escudriñadora se orienta hacia la fuente de la nueva instauración de valores, sin que el mundo recupere por eso su valor.

 

Sin embargo, a la vista de cómo se conmueven los valores anteriores, también se puede intentar otra cosa. Efectivamente, aunque Dios, en el sentido del dios cristiano, haya desaparecido del lugar que ocupaba en el mundo suprasensible, dicho lugar sigue existiendo aun cuando esté vacío. El ámbito ahora vacío de lo suprasensible y del mundo ideal puede mantenerse. Hasta se puede decir que el lugar vacío exige ser nuevamente ocupado y pide sustituir al dios desaparecido por otra cosa. Se erigen nuevos ideales. Eso ocurre, según la representación de Nietzsche (Voluntad de Poder, afor. 1.021 del año 1887), por medio de las doctrinas de la felicidad universal y el socialismo así como por medio de la música de Wagner, esto es, en todos los sitios en los que el «cristianismo dogmático no tiene más recursos». Así es como aparece el «nihilismo incompleto». A este respecto Nietzsche dice así (Voluntad de Poder, afor. 28 del año 1887): «El nihilismo incompleto, sus formas: vivimos en medio de ellas. Los intentos de escapar al nihilismo, sin necesidad de una transvaloración de los valores anteriores traen como consecuencia lo contrario y no hacen sino agudizar el problema».

 

Podemos resumir el pensamiento de Nietzsche sobre el nihilismo incompleto de manera más clara y precisa diciendo: es verdad que el nihilismo incompleto sustituye los valores anteriores por otros, pero sigue poniéndolos en el antiguo lugar, que se mantiene libre a modo de ámbito ideal para lo suprasensible. Ahora bien, el nihilismo completo debe eliminar hasta el lugar de los valores, lo suprasensible en cuanto ámbito, y por lo tanto poner los valores de otra manera, transvalorarlos.

 

De aquí se deduce que para el nihilismo completo, consumado y, por tanto, clásico, se precisa ciertamente de la «transvaloración de todos los valores anteriores», pero que la transvaloración no se limita a sustituir los viejos valores por otros nuevos. Esa transvaloración es una inversión de la manera y el modo de valorar. La instauración de valores necesita un nuevo principio, esto es, renovar aquello de donde parte y donde se mantiene. La instauración de valores precisa de otro ámbito. Ese principio ya no puede ser el mundo de lo suprasensible ahora sin vida Por eso el nihilismo que apunta a la inversión así entendida, buscará lo que tenga más vida. De este modo, el propio nihilismo se convierte en «ideal de la vida pletórica» (Voluntad de Poder, afor. 14 del año 1887). En este nuevo valor supremo se esconde otra consideración de la vida, esto es, de aquello en lo que reside la esencia determinante de todo lo vivo. Por eso queda por preguntar qué entiende Nietzsche por vida.

 

La indicación acerca de los diferentes grados y formas del nihilismo muestra que, según la interpretación de Nietzsche, el nihilismo es siempre una historia en la que se trata de los valores, la institución de valores, la desvalorización de valores, la inversión de valores, la nueva instauración de valores y, finalmente y sobre todo, de la disposición, con otra manera de valorar, del principio de toda instauración de valores. Las metas supremas, los fundamentos y principios de lo ente, los ideales y lo suprasensible, Dios y los dioses, todo esto es comprendido de antemano como valor. Por eso, sólo entenderemos suficientemente el concepto de Nietzsche de nihilismo si sabemos qué entiende Nietzsche por valor. Sólo entonces comprenderemos la frase «Dios ha muerto» tal como fue pensada. La clave para comprender la metafísica de Nietzsche es una explicación suficientemente clara de lo que piensa con la palabra valor.

 

En el siglo XIX se vuelve usual hablar de valores y pensar en valores. Pero sólo se hizo verdaderamente popular gracias a la difusión de las obras de Nietzsche. Se habla de valores vitales, de valores culturales, de valores eternos, del orden y rango de los valores, de los valores espirituales, que se cree encontrar, por ejemplo, en la Antigüedad. Gracias a una ocupación erudita con la filosofía y a la reforma del neokantismo se llega a la filosofía de los valores. Se construyen sistemas de valores y en ética se persiguen los estratos de valores. Hasta la teología cristiana determina a Dios, el summum ens qua summum bonum, como el valor supremo. Se considera a la ciencia como libre de valores y se arroja a las valoraciones del lado de las concepciones del mundo. El valor y todo lo que tiene que ver con el valor se convierte en un sustituto positivo de lo metafísico. La frecuencia con que se habla de valores está en paralelo con la indefinición del concepto. Dicha indefinición, a su vez, está en paralelo con la oscuridad del origen de la esencia del valor en el ser. Aun suponiendo que ese valor tan reclamado no sea nada, no por eso deja de verse obligado a tener su esencia en el ser.

 

¿Qué entiende Nietzsche por valor? ¿En qué se funda la esencia del valor? ¿Por qué la metafísica de Nietzsche es la metafísica de los valores?

 

En una anotación (1887/88) Nietzsche dice lo que entiende por valor (Voluntad de Poder, afor. 715): « El punto de vista del ‘valor’ es el punto de vista de las condiciones de conservación y aumento por lo que se refiere a formaciones complejas de duración relativa de la vida dentro del devenir».

 

La esencia del valor reside en ser punto de vista. Valor se refiere a aquello que la vista toma en consideración. Valor significa el punto de visión para un mirar que enfoca algo o, como decimos, que cuenta con algo y por eso tiene que contar con otra cosa. El valor está en relación interna con un tanto, con un quantum y con el número. Por eso, los valores (Voluntad de Poder, afor. 710 del año 1888) se ponen siempre en relación con una «escala de números medidas». Subsiste la cuestión de dónde se fundamenta a su vez la escala de aumento y disminución.

 

Gracias a la caracterización del valor como punto de vista aparece algo esencial para el concepto de valor de Nietzsche: en cuanto punto de vista, dicho concepto es planteado siempre por un mirar y para él. Este mirar es de tal naturaleza que ve en la medida en que ha visto; que a visto en la medida en que ha situado ante sí, ha representado a lo vislumbrado como tal y, de este modo o ha dispuesto. Es sólo por medio de este poner representador como el punto necesario para ese enfocar hacia algo y así guiar la órbita de visión de este ver, se convierte en punto de visión, es decir, en aquello que importa a la hora de ver y de todo hacer guiado por la vista. Por lo tanto, los valores no son ya de antemano algo en sí de tal modo que pudieran ser tomados ocasionalmente como puntos de vista.

 

El valor es valor en la medida en que vale. Vale, en la medida en que es dispuesto en calidad de aquello que importa. Así, es dispuesto por un enfocar y mirar hacia aquello con lo que hay que contar. El punto de visión, la perspectiva, el círculo de visión significan aquí vista y ver en un sentido determinado por los griegos, aunque teniendo en cuenta la transformación sufrida por la idea desde el significado de eädow al de perceptio. Ver es ese representar que, desde Leibniz, es entendido expresamente bajo el rasgo fundamental de la aspiración (appetitus). Todo ente es representador, en la medida en que al ser de lo ente le pertenece el nisus el impulso de aparecer en escena que ordena a algo que aparezca (manifestación) y de este modo determina su aparición. La esencia caracterizada como nisus de todo ente se entiende de esta manera y pone para sí misma un punto de vista que indica la perspectiva que hay que seguir. El punto de vista es el valor.

 

Según Nietzsche, con los valores en tanto que puntos de vista se establecen «las condiciones de conservación y aumento». La propia manera que tiene de escribir estas palabras en su lengua, sin la conjunción «y» entre conservación y aumento, que ha sido sustituida por un guión de unión *, le sirve a Nietzsche para hacer notar que los valores, en cuanto puntos de vista, son esencialmente, y por lo tanto siempre, condiciones de la conservación y el aumento. En donde se disponen valores hay que considerar siempre ambos tipos de condición, de tal modo que permanezcan unitariamente en mutua relación. ¿Por qué? Evidentemente solo porque lo ente mismo, en su aspiración y representación, es de tal modo en su esencia que necesita de ese doble punto de visión. ¿De qué son condiciones los valores como puntos de vista si tienen que condicionar al mismo tiempo la conservación y el aumento?

 

Conservación y aumento caracterizan los rasgos fundamentales de la vida, los cuales se pertenecen mutuamente dentro de sí. A la esencia de la vida le toca el querer crecer, el aumento. Toda conservación de vida se encuentra al servicio del aumento de vida. Toda vida que se limita únicamente a la mera conservación es ya una decadencia. Por ejemplo, para un ser vivo asegurarse el espacio vital nunca es una meta, sino sólo un medio para el aumento de vida. Viceversa, una vida aumentada acrecienta la necesidad anterior de ampliar el espacio. Pero no es posible ningún aumento si no existe ya y se conserva un estado asegurado y sólo de ese modo capaz de aumento. Lo vivo es por tanto una «formación compleja de vida» constituida por la unión de ambos rasgos fundamentales, el aumento y la conservación. Los valores, en su calidad de puntos de vista, guían la visión hacia «la contemplación de las formaciones complejas». La visión es, en cada caso, visión de una mirada vital que domina sobre todo ser vivo. Desde el momento en que dispone los puntos de visión para los seres vivos, la vida se muestra en su esencia como instauradora de valores (vid. Voluntad de Poder, afor. 556 del año 1885/86).

 

Las «formaciones complejas de vida» dependen de las condiciones de una conservación y una permanencia tal que lo permanente sólo permanece a fin de volverse no permanente en el aumento. La duración de esta formación compleja de la vida reposa en la relación alternante de conservación y aumento. Por eso, es sólo relativa. Sigue siendo una «duración relativa» de lo vivo, esto es, de la vida.

 

Según las palabras de Nietzsche, el valor es «punto de vista de las condiciones de conservación y aumento por lo que se refiere a formaciones complejas de duración relativa de la vida dentro del devenir». La palabra devenir, sola y sin determinar, no significa ni aquí, ni en general en el lenguaje de los conceptos de la metafísica de Nietzsche, algún modo de fluir de todas las cosas, el mero cambio de los estados, ni tan siquiera alguna evolución o desarrollo indeterminado. «Devenir» significa el tránsito de una cosa a otra, ese movimiento y movilidad que Leibniz llama en su Monadología (parágrafo 11) changements naturels y que domina a través del ens qua ens, esto es, del ens percipiens et appetens. Nietzsche piensa ese dominio en tanto que rasgo fundamental de todo lo efectivamente real, es decir, en un sentido amplio, de lo ente. Eso que determina de este modo a lo ente en su essentia lo concibe como «voluntad de poder».

 

Si Nietzsche cierra su caracterización de la esencia del valor con la palabra devenir hay que concluir que esa palabra final nos señala el ámbito fundamental al que únicamente y en general pertenecen los valores y la instauración de valores. «El devenir» es, para Nietzsche, « la voluntad de poder». La «voluntad de poder» es por tanto el rasgo fundamental de la «vida», palabra que Nietzsche también usa a menudo en un sentido amplio que la pone al mismo nivel que el «devenir» dentro de la metafísica (vid. Hegel). Voluntad de poder, devenir, vida y ser en su sentido más amplio significan en lenguaje de Nietzsche lo mismo (Voluntad de Poder, afor. 582 del año 1885/86 y afor. 689 del año 1888). Dentro del devenir, la vida, esto es, lo vivo, se configura en centros respectivos de la voluntad de poder. Estos centros son en consecuencia formaciones de poder. Es en cuanto tales como Nietzsche entiende el arte, el Estado, la religión, la ciencia la sociedad. Por eso puede decir (Voluntad de Poder, afor. 715) lo siguiente: «‘Valor’ es esencialmente el punto de vista para la consolidación o la debilitación de estos centros de dominio» (concretamente en lo tocante a su carácter de dominio).

 

En la medida en que, en la demarcación de la esencia del valor que hemos presentado, Nietzsche concibe a ésta como condición con carácter de punto de vista para el aumento y la conservación de la vida, pero entiende que la vida se fundamenta en el devenir como voluntad de poder, dicha voluntad de poder se desvela como aquello que establece esos puntos de vista. La voluntad de poder es la que estima según valores a partir de su «principio interno» (Leibniz), en tanto que nisus en el esse del ens. La voluntad de poder es el fundamento para la necesidad de instauración de valores y el origen de la posibilidad de una valoración. Por eso dice Nietzsche (Voluntad de Poder, afor. 14 del año 1887: «Los valores y su transformación se encuentran en relación con el aumento de poder del que plantea los valores.»

 

Aquí se hace evidente que los valores son las condiciones de la voluntad de poder puestas por ella misma. Sólo allí, en donde la voluntad de poder hace su aparición como rasgo fundamental de todo lo efectivamente real, esto es, allí en donde se torna verdadera y, por consiguiente, es concebida como la realidad efectiva de todo lo efectivamente real, se muestra de dónde surgen los valores y por medio de qué es soportada y guiada toda valoración. Ahora se reconoce el principio de la instauración de valores. La instauración de valores es a partir de ahora realizable «principalmente», esto es, a partir del ser en tanto que fundamento de lo ente.

 

Por eso, la voluntad de poder es al mismo tiempo, en tanto que ese principio reconocido y por consiguiente querido, el principio de una nueva instauración de valores. Es nueva, porque se consuma por primera vez conscientemente a partir del saber de su principio. Es nueva, porque se asegura ella misma de su principio y mantiene fijamente esa seguridad a modo de un valor planteado a partir de dicho principio. Pero la voluntad de poder es, en cuanto principio de la nueva instauración de valores y en relación con los valores anteriores, el principio de la transvaloración de todos los valores anteriores. Como, sin embargo, los valores hasta ahora supremos dominaban sobre lo sensible desde las alturas de lo suprasensible y dado que la estructura de este dominio es la metafísica, tenemos que con la instauración del nuevo principio de transvaloración de todos los valores se consuma la inversión de toda metafísica. Nietzsche considera esta inversión como una superación de la metafísica. Pero, cegándose a sí misma, toda inversión de este tipo sigue estando siempre implicada en lo mismo, que se ha vuelto irreconocible.

 

Ahora bien, en la medida en que Nietzsche concibe el nihilismo como la legalidad en la historia de la desvalorización de los valores hasta ahora supremos, pero concibe la desvalorización en el sentido de una transvaloración de todos los valores, según su interpretación, el nihilismo reside en el dominio y el desmoronamiento de los valores y, por lo tanto, en la posibilidad de una instauración de valores en general. Esta misma se fundamenta en la voluntad de poder. Por eso es por lo que la frase de Nietzsche «Dios ha muerto» y su concepto del nihilismo sólo se pueden pensar suficientemente a partir de la esencia de la voluntad de poder. Por eso, cuando explicamos qué piensa Nietzsche con la fórmula «voluntad de poder», que él mismo acuñó, damos el último paso en dirección al esclarecimiento de la consabida frase.

 

Este nombre, «voluntad de poder», pasa por ser algo tan sobreentendido que no se comprende cómo alguien puede gastar sus energías en analizar ese conjunto de palabras. Porque lo que significa voluntad es algo que puede experimentar cualquiera y en cualquier momento por sí mismo. Querer es aspirar a algo. Qué significa poder es algo que también sabe hoy todo el mundo desde su cotidiana experiencia en el ejercicio del dominio y la fuerza. Voluntad « de» poder es, por lo tanto, evidentemente, la aspiración a alcanzar el poder.

 

De acuerdo con esto, el título «voluntad de poder» presupone dos estados de cosas diferentes que se han encontrado en mutua relación a posteriori: el querer, por un lado, y el poder, por otro. Si, finalmente, con la intención de no limitarnos a describir, sino también de explicar, preguntamos cuál es el fundamento de la voluntad de poder, tendremos que, en su calidad de aspiración hacia eso que todavía no está en su poder, ésta surge evidentemente de un sentimiento de carencia. Aspiración, ejercicio del dominio, sentimiento de carencia, son maneras de representación y estados (facultades del alma) que captamos con el conocimiento psicológico. Por eso, la explicación de la esencia de la voluntad de poder forma parte de la psicología.

 

Lo que acabamos de explicar sobre la voluntad de poder y su manera de ser conocida es ciertamente esclarecedor, pero, por así decir, pasa de largo ante lo que piensa Nietzsche con la fórmula «voluntad de poder» y cómo lo piensa. El título «voluntad de poder» nombra una palabra fundamental de la filosofía definitiva de Nietzsche. Por eso, se la puede llamar metafísica de la voluntad de poder. Nunca comprenderemos lo que significa voluntad de poder, en el sentido de Nietzsche, basándonos en alguna representación popular acerca del querer y el poder, sino sólo siguiendo el camino de una meditación sobre el pensamiento metafísico, es decir, al mismo tiempo sobre el conjunto de la historia de la metafísica occidental.

 

La siguiente explicación de la esencia de la voluntad de poder piensa a partir de estas relaciones. Pero aunque se atenga a las propias explicaciones de Nietzsche, también debe captar éstas de modo más claro de lo que el propio Nietzsche supo comunicarlas inmediatamente. Ahora bien, lo único que nos resulta siempre más claro es lo que previamente se nos ha vuelto más significativo. Es significativo aquello cuya esencia está más próxima de nosotros. Tanto en lo que sigue como en lo anterior, siempre se piensa a partir de la esencia de la metafísica y no sólo a partir de una de sus fases.

 

En la segunda parte de «Así habló Zarathustra», que apareció un año después de «La gaya ciencia», en 1883, Nietzsche habla por primera vez de «voluntad de poder» en el contexto en el que justamente debe ser comprendida: «Donde encontré algo vivo, encontré voluntad de poder; y hasta en la voluntad del siervo encontré la voluntad de ser amo y señor».

 

Querer es querer ser señor. Así entendida, la voluntad también se encuentra en la voluntad del siervo, ciertamente no de tal modo que el siervo pueda aspirar a salir de su papel de esclavo para ser él mismo señor, sino más bien en el sentido de que el esclavo, en cuanto esclavo, el siervo en cuanto siervo, siempre tiene algo por debajo de él a lo que da órdenes para su servicio y de lo que se sirve. De este modo, incluso en cuanto esclavo, también es señor. También ser esclavo es querer ser un señor.

 

La voluntad no es un mero desear o un aspirar a algo, sino que querer es, en sí, dar órdenes, ordenar (vid. «Así habló Zarathustra», I y II; «Voluntad de Poder», afor. 668 del año 1888). Este ordenar tiene su esencia en el hecho de que aquel que ordena es señor con conocimiento de su disponibilidad sobre las posibilidades de la actuación efectiva. Lo que se ordena en la orden es el cumplimiento de esa disponibilidad. En la orden el que ordena obedece (y no precisamente después del que ejecuta la orden) a esa disponibilidad y a ese poder disponer y, de este modo, se obedece a sí mismo. Así pues, el que ordena está por encima de sí mismo en el sentido de que se arriesga a sí mismo. Ordenar, que es algo muy distinto que un mero mandar algo a los demás, es una autosuperación y más difícil que obedecer. La voluntad es el autorrecogimiento en lo ordenado. Sólo hay que seguir dando órdenes al que no sabe obedecerse a sí mismo. La voluntad no aspira en primer lugar a lo que quiere como a algo que no tenga todavía. Lo que quiere la voluntad, ya lo tiene. Porque la voluntad quiere su querer. Su voluntad es eso querido por ella. La voluntad se quiere a sí misma. Se supera a sí misma. Así pues, en cuanto querer, la voluntad quiere ir más allá de sí misma y, por lo tanto, tiene que llevarse detrás y debajo de sí misma. Es por eso por lo que Nietzsche puede decir (Voluntad de Poder, afor. 675 del año 1887/88): «Querer, en general, es tanto como querer ser más fuerte, querer crecer…». Ser más fuerte quiere decir aquí «tener más poder», esto es, tener sólo poder. Efectivamente, la esencia del poder reside en ser señor sobre el grado de poder alcanzado en cada caso. El poder sólo es tal poder mientras siga siendo aumento de poder y se siga ordenando «más poder». Un simple detenerse en el aumento de poder, el mero hecho de quedarse parado en un grado determinado de poder es ya el comienzo de la disminución y decadencia del poder. La superación de sí mismo en el poder forma parte de la esencia del poder. Esta superación del poder forma parte y surge del propio poder, en la medida en que es una orden y como orden se otorga el poder de superarse a sí misma en cada nivel de poder alcanzado. Es verdad que de esta manera el poder está siempre en camino hacia sí mismo, pero no como una voluntad que se encuentra disponible para sí misma en algún lugar y que intenta alcanzar el poder en el sentido de una aspiración. El poder tampoco se otorga poder sólo para superarse a sí mismo en cada grado de poder alcanzado, sino únicamente con la intención de apoderarse de sí mismo en lo incondicionado de su esencia. Según esta determinación esencial, querer es en tan escasa medida una aspiración, que más bien se puede decir que toda aspiración es y permanece una forma posterior o previa del querer.

 

En la fórmula «voluntad de poder» la palabra poder sólo nombra la esencia del modo en que la voluntad se quiere a sí misma, en la medida en que es el ordenar. En cuanto tal ordenar, la voluntad se reúne consigo misma, esto es, con lo querido por ella. Este autorrecogimiento es la facultad de poder del poder. Existe tan poco una voluntad por sí misma, como un poder por sí mismo. Así pues, voluntad y poder tampoco se limitan a estar agrupados en la voluntad de poder, sino que la voluntad es en cuanto Voluntad de voluntad, la voluntad de poder en el sentido del otorgamiento de poder. Pues bien, el poder tiene su esencia en el hecho de que, en cuanto voluntad dentro de la voluntad, está al servicio de la voluntad. La voluntad de poder es la esencia del poder. Muestra la esencia incondicionada de la voluntad que, en cuanto pura voluntad, se quiere a sí misma.

 

Por eso, la voluntad de poder tampoco puede ser contrapuesta a una voluntad de otra cosa, por ejemplo a una «voluntad de nada», porque incluso esta voluntad es todavía voluntad de voluntad, de tal modo que Nietzsche puede decir (Para una Genealogía de la Moral, tercer tratado, afor. 1 del año 1887): «antes prefiere [la voluntad] querer la nada que no querer».

 

«Querer la nada» no significa de ninguna manera querer la mera ausencia de todo lo efectivamente real, sino querer precisamente eso efectivamente real, pero quererlo siempre y en todo lugar como una nada y sólo a través de ella querer la aniquilación. En este querer, el poder se asegura siempre la posibilidad de ordenar y poder ser señor.

 

Como esencia de la voluntad, la esencia de la voluntad de poder es el rasgo fundamental de todo lo efectivamente real. Nietzsche dice (Volunta de Poder, afor. 693 del año 1888) que la voluntad de poder es «la esencia más íntima del ser». « El ser» significa en este caso, según el lenguaje de la metafísica, lo ente en su totalidad. La esencia de la voluntad de poder y la propia voluntad de poder en tanto que carácter fundamental de lo ente, no se dejan por ello constatar por medio de la observación psicológica, sino que, por el contrario, es la propia psicología la que recibe su esencia, esto es, la posibilidad de disponer y conocer su objeto, de manos de la voluntad de poder. Por lo tanto, Nietzsche no concibe la voluntad de poder psicológicamente, sino que, por el contrario determina nuevamente la psicología como «morfología y teoría del desarrollo de la voluntad de poder» (Más allá del bien y del mal, afor. 23). La morfología es la ontología del ön, cuya morf® transformada en perceptio debido al cambio del eädow, se manifiesta en el appetitus de la perceptio como voluntad de poder. El hecho de que la metafísica -que piensa desde siempre lo ente como êpoxeÛmenon sub-jectum, en relación con su ser-, se convierta en esta psicología así determinada, demuestra, aunque sólo como manifestación colateral, la existencia de este acontecimiento esencial que consiste en la transformación de la entidad de lo ente La oésÛa (entidad) del subjectum se convierte en subjetidad de la autoconciencia, la cual hace aparecer a su esencia como voluntad de voluntad. La voluntad, en cuanto voluntad de poder, es la orden para adquirir más poder. A fin de que, en la superación de su propio poder, la voluntad pueda superar el grado alcanzado en cada caso, hay que alcanzar previamente ese grado, asegurarlo y conservarlo. El aseguramiento de cada grado de poder correspondiente es la condición necesaria para la superación del poder. Pero esta condición necesaria no es suficiente para que la voluntad pueda quererse a sí misma, esto es, para que ese querer ser más fuerte, para que ese aumento de poder, sea. La voluntad tiene que dirigir su mirada a un campo de visión y empezar por abrirlo para que de allí empiecen a mostrarse posibilidades que le indiquen el camino a un aumento de poder. La voluntad debe por tanto disponer una condición de ese querer ir más allá de sí misma. La voluntad de poder debe disponer a la vez las condiciones de conservación de poder y las de aumento de poder. Forma parte de la voluntad la disposición de esas condiciones que se pertenecen mutuamente.

 

«Querer, en general, es tanto como querer ser más fuerte, querer crecer, y querer también los medios necesarios para ello» (Voluntad de Poder, afor. 675 del año 1887/88).

 

Los medios esenciales son las condiciones de sí misma que dispone la propia voluntad de poder. Nietzsche llama a dichas condiciones, valores. Dice así(XII, afor. 395 del año 1884): «En toda voluntad hay una estimación». Estimar significa establecer y fijar el valor. La voluntad de poder estima en la medida en que establece la condición de aumento y fija la condición de conservación. Según su esencia, la voluntad de poder es la voluntad que dispone valores. Los valores son las condiciones de conservación y aumento dentro del ser de lo ente. La voluntad de poder es ella misma, en la medida en que aparece expresamente en su pura esencia, el fundamento y el ámbito de la instauración de valores. La voluntad de poder no tiene su fundamento en un sentimiento de carencia, sino que es ella misma el fundamento de la vida más rica posible. Aquí, vida significa voluntad de voluntad. «‘Vivo’: esto ya significa ‘estimar’» (loc. cit.).

 

En la medida en que la voluntad quiere la superación de su propio poder, no descansa por muy rica que sea su vida. Ejerce su poder en la exuberancia de su propia voluntad. De este modo, retorna constantemente hacia sí misma en cuanto lo mismo. La manera en que lo ente en su totalidad, cuya essentia es la voluntad de poder, existe, esto es, su existentia, es el «eterno retorno de lo mismo». Ambas fórmulas fundamentales de la metafísica de Nietzsche, «voluntad de poder» y «eterno retorno de lo mismo», determinan lo ente en su ser desde las dos perspectivas que guían desde la Antigüedad a la metafísica, desde el ens qua ens en el sentido de essentia y existentia.

 

La relación esencial que queda por pensar entre la «voluntad de poder» y el «eterno retorno de lo mismo», no puede por lo tanto presentarse todavía de modo inmediato, porque la metafísica ni ha pensado sobre el origen de la distinción entre essentia y existentia, ni tan siquiera se lo ha preguntado.

 

Si la metafísica piensa lo ente en su ser como voluntad de poder, piensa necesariamente lo ente como instaurador de valores. Piensa todo en el horizonte de los valores, de la validez de dichos valores, de la desvalorización y la transvaloración. La metafísica de la Modernidad comienza y tiene su esencia en el hecho de que busca lo incondicionadamente indudable, lo cierto, la certeza. Según las palabras de Descartes, se trata de firmum et mansurum quid stabilire, esto es, conseguir mantener algo firme y estable. Esto estable. en cuanto objeto, le resulta satisfactorio a esa esencia, que reina desde antiguo, de lo ente en cuanto eso que permanentemente se presenta, que subyace siempre en todas partes (êpoxeÛmenon, subiectum) También Descartes, como Aristóteles, pregunta por el êpoxeÛmenon. En la medida en que Descartes busca ese subiectum en la vía prediseñada de la metafísica y pensando la verdad como certeza encuentra el ego cogito en cuanto ego permanentemente presente. Así es como el ego sum se convierte en subiectum, esto es, el sujeto se convierte en autoconciencia. La sujetidad del sujeto se determina a partir de la certeza de esta conciencia.

 

En la medida en que la voluntad de poder dispone a modo de valor necesario la conservación, es decir, el aseguramiento de sí misma, también justifica la necesidad de aseguramiento de todo lo ente; en cuanto esencialmente representador, dicho ente es también siempre un tomar algo por verdadero. El aseguramiento de este tomar por verdadero se llama certeza. Así, según el juicio de Nietzsche, la certeza, en cuanto principio de la metafísica moderna, sólo se encuentra verdaderamente fundamentada en la voluntad de poder, suponiendo que la verdad sea un valor necesario .y la certeza la figura moderna de la verdad. Esto evidencia en qué medida en la teoría de Nietzsche de la voluntad de poder en cuanto «esencia» de todo lo efectivamente real, se consuma la moderna metafísica de la subjetivad .

 

Por eso puede decir Nietzsche: «la cuestión de los valores es más fundamental que la cuestión de la certeza: esta última sólo adquiere seriedad bajo el presupuesto de que se responda a la cuestión del valor» (Voluntad de Poder, afor. 588 del año 1887/88).

 

Ahora bien, una vez que se ha reconocido la voluntad de poder como principio de la instauración de valores, la cuestión del valor debe meditar en primer lugar cuál es el valor necesario que parte de ese principio y cuál es el valor supremo adecuado a dicho principio. En la medida en que la esencia del valor se manifiesta como la condición de conservación y aumento dispuesta en la voluntad de poder, se ha abierto la perspectiva para una caracterización de la estructura de valores que sirve de norma.

 

La conservación del grado de poder alcanzado por la voluntad en cada ocasión consiste en que la voluntad se rodea de un círculo al que puede recurrir en todo momento y con toda confianza para afianzar su seguridad. Este círculo delimita las existencias de presencia (de oésÛa, según el significado cotidiano de la palabra entre los griegos) disponibles inmediatamente para la voluntad. Estas existencias sin embargo sólo se convierten en algo permanente y estable esto es en algo que está siempre a disposición, cuando se las establece por medio de un poner. Este poner tiene la naturaleza de un producir que pone algo delante, que representa Lo que se torna estable de esta manera es lo que permanece. Nietzsche llama a eso estable, fiel a la esencia del ser que reina en la historia de la metafísica (ser = presencia constante), «lo ente». Mostrándose fiel al lenguaje del pensar metafísico una vez más, a menudo nombra a eso estable «el ser». Desde el inicio del pensamiento occidental, lo ente pasa por ser lo verdadero y la verdad, aunque el sentido de ‘ente’ y ‘verdadero’ se han transformado en múltiples ocasiones. A pesar de todas las inversiones y transvaloraciones que lleva a cabo, Nietzsche no se sale una vía nunca rota de las tradiciones metafísicas cuando llama simplemente ser, ente o verdad a eso que se ha fijado dentro de la voluntad de poder a fin de asegurar su conservación. De acuerdo con esto, la verdad es una condición dispuesta en la esencia de la voluntad de poder, concretamente la de la conservación de poder. La verdad es, en cuanto tal condición, un valor. Pero como la voluntad sólo puede querer si dispone de algo estable, la verdad es el valor necesario para la voluntad de poder que parte de la esencia de dicha voluntad de poder. El nombre verdad no significa ahora ni el desocultamíento de lo ente, ni la coincidencia de un conocimiento con su objeto, ni la certeza que se ocupa de disponer y asegurar lo representado. Verdad es ahora -concretamente teniendo presente un origen esencial histórico a partir de los modos citados de su esencia-, el estable aseguramiento de las existencias del círculo a partir del que la voluntad de poder se quiere a sí misma.

 

En relación con el aseguramiento de cada grado de poder alcanzado, la verdad es el valor necesario. Pero no basta para alcanzar un grado de poder, porque lo permanente, tomado en sí mismo, no es nunca capaz de dar aquello que sin embargo es lo primordial para la voluntad si quiere ir más allá de sí misma como voluntad, esto es, si quiere entrar por lo menos en las posibilidades del ordenar. Éstas sólo se dan a través de una mirada previa y escudriñadora que forma parte de la esencia de la voluntad de poder; en efecto, en su calidad de voluntad de más poder, ésta es, en sí misma, perspectivista en cuanto a las posibilidades. Abrir tales posibilidades y proveer con ellas es esa condición de la esencia de la voluntad de poder que, siendo precedente en sentido literal, supera a la primera citada. Por eso dice Nietzsche (Voluntad de Poder afor. 853 del año 1887/88): «Pero la verdad no vale como medida suprema del valor, ni mucho menos como poder supremo».

 

Para Nietzsche, la creación de posibilidades de la voluntad, las únicas a partir de las cuales la voluntad de poder se libera hacia sí misma, es la esencia del arte. De acuerdo con este concepto metafísico, bajo el término arte, Nietzsche no piensa sólo ni en primer lugar el ámbito estético de los artistas. El arte es la esencia de todo querer que abre perspectivas y las ocupa: «La obra de arte, cuando aparece sin artista, por ejemplo, como cuerpo, como organización (el cuerpo de oficiales prusianos, la orden de los jesuitas). En qué medida el artista sólo es un grado previo. El mundo como obra de arte que se procrea a sí misma» Voluntad de Poder, afor. 796 del año 1885/86).

 

La esencia del arte concebida a partir de la voluntad de poder consiste en que el arte excita a la voluntad de poder en primer lugar hacia sí misma y la estimula para querer pasar más allá de sí misma. Como Nietzsche también llama a menudo vida a la voluntad de poder, en tanto que realidad efectiva de lo efectivamente real y con resonancias de la zv® y la fæsiw de los primeros pensadores griegos, puede decir que el arte es «el gran estímulo de la vida» (Voluntad de Poder, afor. 851 del año 1888).

 

El arte es la condición dispuesta en la esencia de la voluntad de poder para que dicha voluntad, en cuanto tal, pueda llegar al poder y aumentarlo. Desde el momento en que condiciona de esta manera, el arte es un valor. En tanto que condición que prevalece en el rango del condicionamiento del aseguramiento de las existencias, y por lo tanto precede a todo condicionamiento, el arte es el valor que abre en primer lugar todo aumento, de grado. El arte es el valor supremo. En relación con el valor llamado verdad, es un valor más elevado. El uno reclama al otro, cada uno a su manera. Ambos valores determinan en su relación de valor la esencia unitaria de la voluntad de poder que dispone valores dentro de sí misma. Dicha voluntad es la realidad efectiva de lo efectivamente real o, tomando el término en un sentido más amplio del que suele usar Nietzsche, el ser de lo ente. Si la metafísica tiene que decir lo ente en relación con el ser y si con ello nombra a su manera el fundamento de lo ente, entonces la proposición fundamental de la metafísica de la voluntad de poder debe enunciar el fundamento. Dice qué valores son dispuestos esencialmente y según qué rango de valor son dispuestos dentro de la esencia de la voluntad de poder instauradora de valores en cuanto «esencia» de lo ente. La proposición dice así: «El arte tiene más valor que la verdad» (Voluntad de Poder, afor. 853 del año 1887/88).

 

La proposición fundamental de la metafísica de la voluntad de poder es una proposición de valor.

 

A partir de la proposición suprema de valor se hace evidente que la instauración de valores es, en cuanto tal, esencialmente doble. En ella se disponen respectivamente, expresamente o no, un valor necesario y un valor suficiente, pero ambos a partir de la mutua relación que prevalece en ellos. Esta duplicidad de la instauración de valores corresponde a su principio. Eso a partir de lo cual es soportada y conducida la instauración de valores como tal, es la voluntad de poder. A partir de la unidad de su esencia, exige y alcanza las condiciones de aumento y conservación de ella misma. La mirada a la doble esencia de la instauración de valores conduce expresamente al pensamiento ante la pregunta por la unidad esencial de la voluntad de poder. En la medida en que ella es la «esencia» de lo ente como tal, pero que decir esto es lo verdadero de la metafísica, cuando pensamos en la unidad esencial de la voluntad de poder nos preguntamos por la verdad de eso verdadero. Con ello, llegamos al punto supremo de ésta y de toda metafísica. Pero ¿qué significa aquí punto supremo? Explicaremos lo que pensamos por medio de la esencia de la voluntad de poder, permaneciendo dentro de los límites previstos para la presente meditación.

 

La unidad esencial de la voluntad de poder no puede ser otra que la propia voluntad de poder. Es el modo en que la voluntad de poder se aporta a sí misma como voluntad. Ella la sitúa en su propio examen y ante sí de tal manera que en semejante examen la voluntad se representa a sí misma puramente y en su figura suprema. Pero la representación no es aquí en absoluto una presentación a posteriori, sino que la presencia determinada a partir de ella es el modo en el que y en cuanto tal la voluntad de poder es.

 

Pero este modo en el que es, es también la manera en que se dispone a sí misma en el desocultamiento de sí misma. Pues bien, allí reside su verdad. La pregunta por la unidad esencial de la voluntad de poder es la pregunta por la manera de esa verdad en la que la voluntad es como ser de lo ente. Pero esa verdad es al mismo tiempo la verdad de lo ente como tal, bajo cuya forma la metafísica es. La verdad por la que se pregunta ahora, no es por tanto esa que dispone la propia voluntad de poder como condición necesaria de lo ente en cuanto ente, sino esa en la que la voluntad de poder instauradora de condiciones se presenta como tal. Ese Uno, en el que se presenta, su unidad esencial, atañe a la propia voluntad de poder.

 

¿Pero de qué tipo es entonces esta verdad del ser de lo ente? Sólo puede determinarse a partir de aquello cuya verdad es. Pero en la medida en que dentro de la metafísica moderna el ser de lo ente se ha determinado como voluntad y por tanto como querer-se, pero el querer-se es en sí el saber-se a sí mismo, lo ente, el êpoxeÛmenon, el subiectum, se presenta al modo del saber-se a sí mismo. Lo ente (subiectum) se presenta, concretamente a sí mismo, al modo del ego cogito. Este presentarse a sí mismo, este ponerse delante que llamamos re-presentación, es el ser de lo ente qua suiectum. El saber-se a sí mismo se convierte en sujeto por antonomasia. En ese saber-se a sí mismo se reúne todo saber y lo conocible por él. Es reunión de saber, del mismo modo que la cordillera es la reunión de las montañas. La subjetividad del sujeto es, en cuanto tal reunión, co-agitatio (cogitatio), conscientia, Ge-wissen [reunión de saber], conscience. Pero la co-agitado ya es en sí un velle, un querer [wollen]. Con la subjetidad del sujeto aparece la voluntad en calidad de su esencia. La metafísica moderna piensa el ser de lo ente, en tanto que metafísica de la subjetidad , en el sentido de la voluntad.

 

De la subjetidad en cuanto primera determinación esencial forma parte el hecho de que el sujeto que representa se asegure a sí mismo, es decir, se asegure siempre de lo representado por él en cuanto tal. De acuerdo con este aseguramiento, la verdad de lo ente tiene, en cuanto certeza, el carácter de la seguridad (certitudo). El saber-se a sí mismo, en el que la certeza es como tal, sigue siendo por su parte una variante de la esencia de la verdad existente hasta ahora, concretamente de la corrección (rectitudo) del representar. Pero lo correcto ya no consiste en la equiparación con un elemento que se presenta impensado en su estado de presencia. La corrección consiste ahora en la instalación de todo lo que hay que representar según la medida de corrección dispuesta en la exigencia de saber del res cogitans sive mens representador. Esta exigencia concierne a la seguridad que consiste en que todo lo que hay que representar y el representar mismo sean empujados y reunidos en la claridad y evidencia de la idea matemática. El ens es el ens co-agitatum perceptionis. El representar es ahora correcto si cumple con esta exigencia de seguridad. Una vez reconocido de este modo como correcto, es, en cuanto correctamente producido y disponible, justificado. La verdad de lo ente en el sentido de la autocerteza de la subjetidad es en el fondo, en cuanto seguridad (certitudo), la justificación del representar y lo representado por él ante su propia claridad. La justificación (iustificatio) es la consumación de la iustitia y, de este modo, la propia justicia. En la medida en que el sujeto es una y otra vez sujeto, se asegura con certeza de su seguridad, se justifica ante su propia exigencia de justicia.

 

Al comienzo de la Modernidad vuelve a despertar la cuestión acerca de cómo el hombre, en la totalidad de lo ente, lo que equivale a decir, ante el fundamento más ente de todo ente (Dios), puede ser y estar cierto de su propia permanencia y estabilidad, esto es, de su salvación. Esta cuestión de la certeza de la salvación es la cuestión de la justificación, es decir, de la justicia (iustitia).

 

Dentro de la metafísica moderna es Leibniz el primero en pensar el subiectum como ens percipiens et appetens. A partir del carácter de vis del ens, piensa por primera vez claramente la esencia del ser de lo ente como voluntad. Piensa de manera moderna la verdad de lo ente como certeza. En sus 24 tesis sobre la metafísica, Leibniz dice así (tesis núm. 20): «iustitia nihil aliud est quam ordo seu perfectio circa mentes». Las mentes, esto es, las res cogitantes, son, según la tesis 22, las primariae Mundi unitates. Verdad como certeza es aseguramiento de la seguridad, es orden (ordo) y comprobación ** permanente, esto es, acabamiento total, perfección (perfectio) ***. El carácter de esa puesta en seguridad o aseguramiento **** de lo que es en primer lugar y verdaderamente ente en su ser, es la iustitia (justicia).

 

En su fundamentación crítica de la metafísica, Kant piensa el último autoaseguramiento de la subjetividad trascendental como la quaestio juris de la deducción trascendental. Es la cuestión de derecho de la justificación del sujeto representador, que ha fijado su propia esencia en la autojustificacion de su «yo pienso».

 

En la esencia de la verdad como certeza, pensada ésta como verdad de la subjetidad y ésta como el ser de lo ente, se esconde la justicia experimentada a partir de la justificación de la seguridad. Es verdad que reina como esencia de la verdad de la subjetidad, pero no es pensada dentro de la metafísica de la subjetidad como verdad de lo ente. Por el contrario, la justicia tiene que presentarse ante el pensamiento de la metafísica moderna como el ser de lo ente que se sabe a sí mismo, en cuanto el ser de lo ente aparece como voluntad de poder. Dicha voluntad se sabe como esa que esencialmente instaura valores, que en dicha instauración de valores, como condiciones de su propia estabilidad esencial, se asegura y se hace justicia constantemente a sí misma y en este devenir es justicia. En ésta y como tal, la propia esencia de la voluntad de poder tiene que representar, lo que para el pensamiento metafísico moderno, significa ser. Así como en la metafísica de Nietzsche el pensamiento del valor es más fundamental que el pensamiento básico de la certeza en la metafísica de Descartes, en la medida en que la certeza sólo puede pasar por justa si vale como valor supremo, del mismo modo, en la era de la consumación de la metafísica occidental en Nietzsche, la autocerteza que mira a sí misma de la subjetidad, se manifiesta en tanto que justificación de la voluntad de poder, de acuerdo con la justicia que reina en el ser de lo ente.

 

En una obra anterior y también más conocida, en la segunda de las Consideraciones intempestivas, «De la utilidad y las desventajas de la historia para la vida» (1874), Nietzsche ya coloca en el lugar de la objetividad de las ciencias históricas a «la justicia» (parágrafo 6). De lo contrario, Nietzsche calla en lo relativo a la justicia. Es sólo en los decisivos años 1884/85, cuando se le presenta ante los ojos la «voluntad de poder» como rasgo fundamental de lo ente, cuando escribe dos pensamientos sobre la justicia, aunque no llega a publicarlos.

 

La primera anotación (1884) lleva por título: «Los caminos de la libertad». Dice así: «Justicia, como manera de pensar constructora, apartadora, eliminadora, a partir de las estimaciones de valor; suprema representante de la vida misma» (XIII, afor. 98).

 

La segunda anotación (1885) dice así: « Justicia, como función de un poder de amplias miras, que ve más allá de las pequeñas perspectivas del bien y del mal y, por lo tanto, goza de un horizonte de ventaja mucho más vasto: la intención que mira por conservar algo que es más que ésta o aquella persona» (XIV, afor. 158).

 

Una explicación exacta de estos pensamientos sobrepasaría el marco de la meditación aquí emprendida. Será suficiente remitir al ámbito esencial del que forma parte la justicia pensada por Nietzsche. Para prepararnos a la comprensión de la justicia que Nietzsche tiene a la vista, tendremos que apartar de nuestra mente todas las representaciones sobre la justicia procedentes del ámbito de la moral cristiana, humanista, ilustrada, burguesa y socialista. Efectivamente, Nietzsche no entiende en absoluto la justicia primordialmente como una determinación del ámbito ético y jurídico. Antes bien, la piensa a partir del ser de lo ente en su totalidad, esto es, a partir de la voluntad de poder. Así, justo es lo que se adecua a derecho. Pero qué sea de derecho es algo que se determina a partir de eso que es en cuanto ente. Por eso dice Nietzsche (XIII, afor. 462 del año 1883: «Derecho = la voluntad de eternizar una relación de poder determinada. Estar satisfecho con esto es el presupuesto. Todo lo que es digno de  veneración se ve empujado a lograr que el derecho aparezca  como lo eterno».

 

También forma parte de esta reflexión una anotación del año siguiente: «El problema de la justicia. Lo primero y más poderoso es precisamente la voluntad y la fuerza para tener un poder superior. Es sólo después cuando el que domina constata ‘justicia’, esto es, cuando mide las cosas por su rasero; si es muy poderoso, puede llegar muy lejos en la permisibilidad y reconocimiento del individuo que está haciendo ensayos» (XIV, afor. 181). Es posible, y está dentro del orden, que el concepto de justicia de Nietzsche cause extrañeza a la representación usual, pero de todos modos acierta con la esencia de la justicia, que al comienzo de la consumación de la Edad Moderna del mundo y dentro de la lucha por el dominio de la tierra, ya es histórica y por eso determina toda actuación del hombre en esta era, ya sea expresamente o no, de manera oculta u abierta.

 

La justicia pensada por Nietzsche es la verdad de lo ente, que es al modo de la voluntad de poder. Lo que pasa es que ni ha pensado la justicia expresamente en cuanto esencia de la verdad de lo ente, ni ha llevado al lenguaje la metafísica de la subjetidad consumada a partir de este pensamiento. Con todo, la justicia es la verdad de lo ente determinada por el propio ser. En cuanto dicha verdad es la propia metafísica en su consumación moderna. En la metafísica como tal se esconde el fundamento por el que, si bien Nietzsche puede experimentar el nihilismo de manera metafísica como historia de la instauración de valores, sin embargo no puede pensar la esencia del mismo.

 

No sabemos qué figura escondida, estructurada a partir de la esencia de la justicia como su verdad, le estaba reservada a la metafísica de la voluntad de poder. Apenas si se ha enunciado su primera proposición fundamental y, para eso, no como tal proposición. con esa forma. Es verdad que el carácter de tesis de dicha proposición, dentro de esta metafísica, es de una naturaleza particular. Es verdad que la primera proposición de valor no es la tesis suprema para un sistema deductivo de tesis. Pero si entendemos el término proposición fundamental de la metafísica con el debido cuidado, en el sentido de que nombra el fundamento esencial de lo ente como tal, esto es, dicho ente mismo en la unidad de su esencia, entonces la tesis sigue siendo suficientemente amplia y variada como para determinar en cada caso, según la naturaleza de la metafísica, el modo de su decir sobre el fundamento.

 

Nietzsche también ha enunciado la primera proposición fundamental de la metafísica de la voluntad de poder bajo otra forma (Voluntad de Poder, afor. 882 del año 1888): «Tenemos el arte, para  no perecer por causa de la verdad».

 

Naturalmente, no debemos tomar esta frase sobre la relación metafísica esencial, es decir, la relación de valor entre arte y verdad, de acuerdo con nuestras representaciones cotidianas sobre la verdad y el arte. Si así ocurre, entonces todo se torna banal y lo que es peor y fatal, nos hurta la posibilidad de intentar una controversia esencial con la posición oculta de la metafísica que se está consumando en nuestra época, con el fin de liberar a nuestra propia esencia histórica de las nieblas producidas por la historia y las visiones del mundo.

 

En la última fórmula citada de la proposición fundamental de la metafísica de la voluntad de poder, arte y verdad están pensados, en cuanto primeras configuraciones de dominio de la voluntad de poder, en relación con el hombre. Cómo deba ser pensada en general la relación esencial de la verdad de lo ente como tal con la esencia del hombre dentro de la metafísica de acuerdo con su esencia es algo que le sigue permaneciendo velado a nuestro pensamiento. Apenas se plantea la cuestión que, además, por causa del predominio de la antropología filosófica se ve perdida en la confusión. En todo caso, sería un error pretender tomar la fórmula de la proposición de valor como testimonio de que Nietzsche filosofa al modo existencial. Nunca hizo tal cosa. Lo que hizo fue pensar metafísicamente. Todavía no estamos maduros para el rigor de un pensamiento como el que enunciaremos a continuación y que fue escrito por Nietzsche en la época en que meditaba sobre la obra principal que había planeado, «La Voluntad de Poder»:

 

«En torno al héroe todo se convierte en tragedia, en torno al semidiós todo en sátira y en torno al dios todo se torna ¿qué?, ¿tal vez ‘mundo’?» (Más allá del bien y del mal, afor. 150 [1886]).

 

Pero sí hemos llegado a un momento en que podemos aprender a ver que, por mucho que tomado históricamente por mor de un título tenga que mostrar otro aspecto, el pensamiento de Nietzsche no es menos concreto y riguroso que el de Aristóteles, quien en el cuarto libro de su metafísica piensa el principio de contradicción como primera verdad sobre el ser de lo ente. La conexión ya habitual, aunque no por eso es menos cuestionable, entre Nietzsche y Kierkegaard, desconoce -a raíz de un desconocimiento de la esencia del pensar-, que, en cuanto pensador metafísico, Nietzsche conserva la proximidad con Aristóteles. Aunque lo cite más a menudo, Kierkegaard permanece esencialmente lejos de Aristóteles y esto se debe a que Kierkegaard no es un pensador, sino un escritor religioso, aunque desde luego no uno entre tantos, sino el único a la altura del destino de su época. En eso reside su grandeza, siempre que hablar así no sea ya un malentendido.

 

En la proposición fundamental de la metafísica de Nietzsche se nombra, junto con la relación esencial de los valores arte y verdad, la unidad esencial de la voluntad de poder. A partir de dicha unidad esencial de lo ente como tal, se determina la esencia metafísica del valor. Él es la doble condición de sí mismo, puesta en la voluntad de poder y para ella.

 

Puesto que Nietzsche experimenta el ser de lo ente como voluntad de poder, su pensamiento tiene que pensar en dirección a los valores. Por eso se trata de plantear siempre y antes que todo la cuestión del valor. Ese cuestionar se experimenta a sí mismo como histórico.

 

¿Qué ocurre con los anteriores valores supremos? ¿Qué significa la desvalorización de dichos valores en relación con la transvaloración de todos los valores? Como el pensamiento según valores se basa en la metafísica de la voluntad de poder, la interpretación que hace Nietzsche del nihilismo, en cuanto proceso de desvalorización de los valores supremos y de transvaloración de todos los valores, es una interpretación metafísica, concretamente en el sentido de la metafísica de la voluntad de poder. Pero en la medida en que Nietzsche concibe su propio pensamiento, la doctrina de la voluntad de poder como «principio de la nueva instauración de valores», en el sentido de la auténtica consumación del nihilismo, ya no comprende el nihilismo de manera sólo negativa, en tanto que desvalorización de los valores supremos, sino también de manera positiva, como superación del nihilismo; en efecto, la realidad efectiva de lo efectivamente real, ahora experimentada de manera expresa, la voluntad de poder, se convierte en origen y medida de una nueva instauración de valores. Dichos valores determinan de modo inmediato el representar humano y al mismo tiempo estimulan la actuación del hombre. El ser hombre se alza a otra dimensión del acontecer.

 

En el pasaje citado, aforismo 125 de «La gaya ciencia», a propósito del acto humano por el que dios ha sido muerto y, por tanto, el mundo suprasensible ha sido desvalorizado, el loco dice las siguientes palabras: «Nunca hubo un acto más grande y quien nazca después de nosotros formará parte, por mor de ese acto, de una historia más elevada que todas las historias que hubo nunca hasta ahora».

 

Con la conciencia de que «Dios ha muerto» se inicia la conciencia de una transvaloración radical de los valores anteriormente supremos. Gracias a esta conciencia, el propio hombre se muda a otra historia que es más elevada, porque en ella el principio de toda instauración de valores, la voluntad de poder, es experimentada y tomada expresamente en tanto que realidad efectiva de lo efectivamente real, en tanto que ser de lo ente. La autoconciencia, en la que tiene su esencia la humanidad moderna, consuma de este modo su último paso. Quiere ser ella misma la ejecutora de la voluntad de poder incondicionada. La decadencia de los valores normativos toca a su fin. El nihilismo, el hecho de «que los valores supremos se desvalorizan», ha sido superado. Esa humanidad que quiere su propio ser hombre como voluntad de poder y experimenta tal ser hombre como parte de la realidad efectiva determinada en su totalidad por la voluntad de poder, se ve determinada por una figura esencial del hombre que pasa por encima del hombre anterior.

 

El nombre para la figura esencial de la humanidad que pasa más allá y por encima del anterior tipo humano es «transhombre»*****. Con este término Nietzsche no entiende algún ejemplar aislado del ser humano en que las capacidades y miras del hombre normalmente conocido se hubieran acrecentado y aumentado hasta lo gigantesco. «El transhombre» no es tampoco ese tipo de hombre que pudiera surgir de una aplicación de la filosofía de Nietzsche a la vida. El término «transhombre» nombra la esencia de la humanidad que, en tanto que moderna, empieza a penetrar en la consumación esencial de su época. «El transhombre» es el hombre que es hombre a partir de la realidad efectiva determinada por la volunta de poder y para dicha realidad.

 

El hombre cuya esencia es la esencia querida a partir de la voluntad de poder, es el transhombre. El querer de esta esencia que así quiere, debe corresponder a la voluntad de poder en tanto que ser de lo ente. Por eso, junto con el pensamiento que piensa la voluntad de poder, también surge necesariamente la pregunta: ¿bajo qué figura debe situarse y desplegarse la esencia del hombre que quiere a partir del ser de lo ente, a fin de serle suficiente a la voluntad de poder y de este modo ser capaz de asumir el dominio sobre lo ente? Sin previo aviso y, sobre todo, sin estar precavido el hombre se encuentra situado a partir del ser de lo ente ante la tarea de asumir el dominio de la tierra. ¿Ha pensado suficientemente el hombre anterior o antiguo bajo qué modo aparece ahora el ser de lo ente? ¿Se ha asegurado el hombre antiguo de si su esencia tiene la madurez y fuerza suficientes para satisfacer la exigencia de este ser? ¿O se limita a valerse de expedientes y rodeos que le impiden nuevamente experimentar lo que es? El hombre antiguo desea seguir siendo ese hombre anterior y, al mismo tiempo, ya es querido por lo ente, cuyo ser empieza a aparecer como voluntad de poder. El hombre antiguo no está en absoluto todavía preparado en su esencia para el ser que, mientras tanto, atraviesa y domina lo ente. En dicho ser, reina la necesidad de que el hombre vaya más allá del hombre antiguo y no para satisfacer un mero deseo ni por un capricho, sino únicamente por mor del ser.

 

El pensamiento de Nietzsche que piensa el   transhombre, nace del pensamiento que piensa ontológicamente lo ente como ente y, de este modo, se atiene a la esencia de la metafísica, aunque sin poder experimentar dicha esencia dentro de la metafísica. Por eso le queda oculto, como le ocurre a toda la metafísica anterior a él, en qué medida la esencia del hombre se determina a partir de la esencia del ser. Por este motivo, en la metafísica de Nietzsche queda necesariamente velado el fundamento de la relación esencial entre la voluntad de poder y la esencia del transhombre. Pero en todo velamiento reina ya una manifestación. La existentia, que forma parte de la essentia de lo ente, esto es, de la voluntad de poder, es el eterno retorno de lo mismo. El ser allí pensado contiene la relación con la esencia del trashombre. Pero esta relación permanece necesariamente impensada en su esencia conforme al ser. Por eso también a Nietzsche le queda a oscuras en qué relación se encuentra ese pensamiento que piensa el transhombre bajo la figura de Zarathustra, con la esencia de la metafísica. Por eso permanece oculto el carácter de obra de «Así habló Zarathustra». Sólo cuando un pensamiento futuro sea capaz de pensar ese «libro para todos y para ninguno» junto con las «Investigaciones acerca de la esencia de la libertad humana» de Schelling (1809) y, por lo tanto, junto con la «Fenomenología del Espíritu» de Hegel (1807) y con la «Monadología» de Leibniz (1714) y, además, sea capaz de pensar estas obras no sólo metafísicamente, sino a partir de la esencia de la metafísica, entonces y sólo entonces se habrá puesto el fundamento para el derecho y el deber, para el suelo y el horizonte de una adecuada controversia.

 

Resulta fácil, pero no responsable, indignarse ante la idea y la figura del transhombre, que ha sido la que ha configurado su propio malentendido, y hacer pasar esa indignación por una objeción seria. Es difícil, pero indispensable para un futuro pensamiento, llegar a esa elevada responsabilidad a partir de la que Nietzsche ha pensado la esencia de esa humanidad que, en el destino de ser de la voluntad de poder, ha sido determinada a asumir el dominio sobre la tierra. La esencia del transhombre no es la licencia para el dominio desordenado de lo arbitrario. Es la ley, fundada en el propio yo, de una larga cadena de las mayores autosuperaciones, que son las que hacen madurar al hombre para lo ente, el cual en cuanto tal ente pertenece al ser, un ser que hace aparecer su esencia volitiva en cuanto voluntad de poder y por medio de esa aparición hace época, concretamente la última época de la metafísica.

 

El hombre antiguo se llama antiguo en la metafísica de Nietzsche, porque si bien su esencia está determinada por la voluntad de poder como rasgo fundamental de todo ente, él no ha experimentado ni asumido la voluntad de poder como tal rasgo fundamental. El hombre que pasa por encima del hombre antiguo, asume la voluntad de poder como rasgo fundamental de todo ente en su propio querer y, de esta manera, se quiere a sí mismo en el sentido de la voluntad de poder. Todo ente es en tanto que elemento dispuesto en dicha voluntad. Lo que antes condicionaba y determinaba al modo de meta y medida la esencia del hombre, ha perdido su poder operativo incondicionado e inmediato y, sobre todo, infaliblemente efectivo en todas partes. Ese mundo suprasensible de las metas y medidas ya no despierta ni soporta la vida. Ese mundo ha perdido a su vez la vida: ha muerto. Habrá aquí y allá algo de fe cristiana, pero el amor que reina en ese mundo no es el principio eficiente y efectivo de lo que ahora ocurre. El fundamento suprasensible del mundo suprasensible, pensado como realidad efectiva y eficiente de todo lo efectivamente real, se ha vuelto irreal. Este es el sentido metafísico de la frase metafísica «Dios ha muerto».

 

¿Queremos seguir cerrando los ojos a la verdad que hay que pensar en esta frase? Si es lo que queremos, esa extraña ceguera no será, desde luego, la que torne falsa dicha frase. Dios no va a ser un dios vivo porque sigamos obstinándonos en domeñar a lo efectivamente real sin tomar primero en serio su realidad efectiva y cuestionarla, sin pensar si el hombre ha alcanzado tanta madurez en la esencia a la que ha sido arrastrado sacándolo del ser como para hacerle frente a ese destino que surge de su esencia en vez de recurrir a toda suerte de medidas aparentes.

 

El intento de captar sin ilusiones la verdad de dicha sentencia sobre la muerte de Dios, es algo distinto a un reconocimiento de la filosofía de Nietzsche. Si fuera ésa nuestra intención, con esa afirmación no le haríamos ningún servicio al pensar. Sólo respetamos a un pensador en la medida en que pensamos. Esto exige pensar todo lo esencial pensado en su pensamiento.

 

Si Dios y los dioses han muerto en el sentido de la experiencia metafísica explicada, y si la voluntad de poder es querida, con conocimiento de causa, como principio de toda posición de las condiciones de lo ente, esto es, como principio de toda instauración de valores, entonces el dominio sobre lo ente como tal pasa, bajo la figura del dominio sobre la tierra, al nuevo querer del hombre, determinado por la voluntad de poder. Nietzsche cierra la primera parte de «Así habló Zarathustra», que apareció un año después de la «La gaya ciencia» en 1883 con la frase: «Muertos están todos los dioses ahora queremos que viva el transhombre».

 

Pensando de manera muy primaria se podría opinar que la frase dice que el dominio sobre lo ente pasa de Dios a los hombres o, de manera aún más burda, que Nietzsche coloca al hombre en el lugar de Dios. Los que así opinen, desde luego piensan poco divinamente la esencia de Dios. El hombre nunca puede ponerse en el lugar de Dios, porque la esencia del hombre no alcanza nunca el ámbito de la esencia de Dios. Por el contrario, sí que puede ocurrir algo que, en comparación con esa imposibilidad, es mucho más inquietante y cuya esencia apenas hemos empezado a pensar todavía. El lugar que, pensado metafísicamente, es propio de Dios, es el lugar de la eficiencia causal y la conservación de lo ente en tanto que algo creado. Pues bien, ese lugar de Dios puede quedarse vacío. En su lugar puede aparecer otro lugar, esto es, un lugar que metafísicamente le corresponda, que no sea idéntico ni al ámbito de la esencia de Dios ni al del hombre, pero con el que el hombre vuelva a alcanzar una relación destacada. El transhombre no ocupará nunca el lugar de Dios, porque el lugar al que se abre el querer del transhombre es otro ámbito de otra fundamentación de lo ente en su otro ser. Este otro ser de lo ente se ha convertido mientras tanto -y es lo que caracteriza el inicio de la metafísica moderna- en la subjetidad.

 

Todo ente es ahora o lo efectivamente real, en cuanto objeto, o lo eficiente en cuanto objetivación en la que se forma la objetividad del objeto. Representando, la objetivación dispone el objeto sobre el ego cogito. En este disponer se evidencia el ego cómo aquello que subyace a su propio hacer (el dis-poner poniendo-delante o re-presentando), esto es, se evidencia como subiectum. El sujeto es sujeto para sí mismo. La esencia de la conciencia es la autoconciencia. Por eso, todo ente es o bien objeto del sujeto o bien sujeto del sujeto. En todas partes, el ser de lo ente reside en el poner-se-ante-sí-mismo y, de esta manera, im-poner-se. En el horizonte de la subjetidad de lo ente el hombre se alza a la subjetividad de su esencia. El hombre accede a la subversión. El mundo se convierte en objeto. En esta objetivación subvertidora de todo ente, aquello que en principio debe pasar a disposición del representar el producir******, esto es la tierra es desplazado al centro de toda posición y controversia humana. La propia tierra ya sólo puede mostrarse como objeto del ataque que en cuanto objetivación incondicionada, se instaura en el querer del hombre. Por haber sido querida a partir de la esencia del ser, la naturaleza aparece en todas partes como objeto de la técnica.

 

La siguiente anotación de Nietzsche es también de la época de 1881/82 en la que surgió el pasaje del «loco»:«Vendrá el tiempo en que se conducirá la lucha por el dominio de la tierra en nombre de doctrinas filosóficas fundamentales» (XII, 441).

 

Con esto no se dice que la lucha por la explotación sin límites de la tierra, en tanto que territorio de las materias primas, y por la utilización no ilusa del «material humano» al servicio de una incondicionada toma de poder de la voluntad de poder en su esencia, vaya a reclamar expresamente la ayuda de una filosofía. Al contrario, se puede suponer que en cuanto teoría y construcción cultural la filosofía desaparecerá y también puede desaparecer en su forma actual, porque, en la medida en que ha sido auténtica, ha llevado ya al lenguaje la realidad efectiva de lo efectivamente real y, de este modo, ha conducido a lo ente como tal a la historia de su ser. Esas «teorías filosóficas fundamentales» no aluden a las doctrinas de los eruditos, sino al lenguaje de la verdad de lo ente como tal, verdad que es la propia metafísica bajo la figura de la metafísica de la subjetidad incondicionada de la voluntad de poder.

 

La lucha por el dominio de la tierra ya es, en su esencia histórica, la consecuencia de que lo ente como tal se manifieste al modo de la voluntad de poder sin haber sido sin embargo conocido o tan siquiera comprendido como dicha voluntad. De cualquier modo, las doctrinas coetáneas de la acción y las ideologías de la representación nunca dicen lo que es, ni por lo tanto qué pasa. Con el inicio de la lucha por el dominio de la tierra la era de la subjetidad se encamina hacia su consumación. Forma parte de esta consumación el hecho de que lo ente, que es en el sentido de la voluntad de poder, adquiera certeza de su propia verdad sobre sí mismo según su modo y desde cualquier perspectiva y, por tanto, también sea consciente. Tomar conciencia de algo es un instrumento necesario del querer que quiere a partir de la voluntad de poder. Esto ocurre, en lo tocante a la objetivación, bajo la forma de la planificación. Ocurre, dentro del ámbito de la subversión del hombre, en el querer-se por medio de un análisis constante de la situación histórica. Pensada metafísicamente, la situación es siempre la estación de la acción del sujeto. Cualquier análisis de la situación se funda, sépalo o no, en la metafísica de la subjetidad.

 

El «gran mediodía» es el tiempo de la claridad más clara, la de la conciencia, que se ha vuelto consciente de sí misma de manera incondicionada y a todos los respectos en cuanto ese saber que consiste en querer conscientemente la voluntad de poder como ser de lo ente y, en cuanto tal querer y subvirtiéndose a sí misma, superar cada fase necesaria de la objetivación del mundo y, de este modo, asegurar las existencias permanentes de lo ente para el querer más regular posible en forma y medida. En el querer de esta voluntad, le sobreviene al hombre la necesidad de querer también las condiciones de semejante querer. Esto significa: instaurar valores y estimar todo según valores. De este modo, el valor determina todo ente en su ser. Esto nos conduce ante la pregunta siguiente:

 

¿Qué es ahora, en la época en que se abre manifiestamente el dominio incondicionado de la voluntad de poder, y eso manifiesto y su publicidad se convierte a su vez en una función de dicha voluntad? ¿Qué es? No preguntamos por sucesos y hechos para cada uno de los cuales se podrían crear o eliminar testimonios según la necesidad en el ámbito de la voluntad de poder.

 

¿Qué es? No preguntamos por tal o cual ente, sino por el ser de lo ente. Aún más: ¿preguntamos qué ocurre con el ser mismo?

 

Y esto tampoco lo preguntamos al azar, sino desde la perspectiva de la verdad de lo ente como tal, que alcanza el lenguaje bajo la figura de la metafísica de la voluntad de poder. ¿Qué ocurre con el ser en la era del incipiente dominio de la volunta de poder incondicionada?

 

El ser se ha convertido en valor. La estabilidad de la permanencia de las existencias es una condición necesaria, planteada por la propia voluntad de poder, del aseguramiento de sí misma. Ahora bien, ¿puede estimarse más al ser que de este modo, elevándolo expresamente a valor? Lo que pasa es, que desde el momento en que el ser recibe la dignidad de valor, se le ha rebajado al nivel de una condición planteada por la propia voluntad de poder. Previo a esto, en la medida en que es estimado y dignificado en general, se le ha arrebatado al propio ser la dignidad de su esencia. Si el ser de lo ente recibe el sello del valor si, con ello, su esencia queda sellada, entonces, dentro de esta metafísica, o lo que es lo mismo, dentro de la verdad de lo ente como tal durante esta época, se ha borrado todo camino hacia la experiencia del propio ser. Con esto estamos presuponiendo algo que tal vez no deberíamos dar por supuesto, esto es, que haya existido jamás un camino de este tipo hacia el ser y que un pensar en el ser haya pensado alguna vez el ser en cuanto ser.

 

Sin acordarse del ser y de su propia verdad, el pensamiento occidental piensa siempre lo ente como tal desde sus inicios. Entretanto, sólo ha pensado el ser en esa verdad, de modo que sólo ha conseguido llevar ese nombre hasta el lenguaje de manera harto precaria y con una torpe multiplicidad de significados. Este pensar, que se olvida del propio ser, es el evento simple y que todo lo soporta -motivo por el que también es misterioso e inexperimentado-, de la historia occidental, la cual, mientras tanto, está a punto de extenderse hasta ser historia universal. Al final, el ser ha caído en la metafísica al nivel de valor. Ahí se demuestra que el ser no es admitido como ser. ¿Qué quiere decir esto?

 

¿Qué pasa con el ser? Con el ser no pasa nada. ¿Y si es ahí en donde se manifiesta la esencia, hasta ahora velada, del nihilismo? En ese caso, ¿sería el pensar según valores el puro nihilismo? Pero no hay que olvidar que Nietzsche concibe la metafísica de la voluntad de poder precisamente como superación del nihilismo. En verdad, mientras el nihilismo sólo sea entendido como la desvalorización de los valores supremos y la voluntad de poder como el principio de la transvaloración de todos los valores a partir de una nueva instauración de valores supremos, la metafísica de la voluntad de poder será una superación del nihilismo. Pero en esta superación del nihilismo queda elevado a principio el pensamiento según valores.

 

Pero si, con todo el valor no le permite al ser que sea el ser que es en cuanto ser mismo, esa supuesta superación será, ante todo, la consumación del nihilismo. En efecto, la metafísica no sólo no piensa el propio ser, sino que ese no-pensar el ser se arropa en la apariencia de que, desde el momento en que estima el ser como valor es indudable que piensa el ser de la manera más digna, de tal modo que toda pregunta por el ser se torna superflua para siempre Pero si, pensando en relación con el propio ser, el pensamiento que piensa todo según valores es nihilismo, entonces hasta la experiencia de Nietzsche del nihilismo -la de que se trata de la desvalorización de los valores supremos-, es nihilista. La interpretación del mundo suprasensible, la interpretación de Dios como valor supremo, no ha sido pensada a partir del propio ser. El último golpe contra Dios y contra el mundo suprasensible consiste en que Dios, lo ente de lo ente, ha sido rebajado a la calidad de valor supremo. El golpe más duro contra Dios no es que Dios sea considerado incognoscible, ni que la existencia de Dios aparezca como indemostrable, sino que el Dios considerado efectivamente real haya sido elevado a la calidad de valor supremo. En efecto, este golpe no procede precisamente de los que están ahí y no creen en Dios, sino de los creyentes y sus teólogos, que hablan de lo más ente entre todos los entes sin que jamás se les ocurra pensar en el propio ser, con el fin de darse cuenta de que ese pensar y ese hablar, vistos desde la fe, son la blasfemia por excelencia en cuanto se mezclan con la teología de la fe.

 

Sólo ahora empieza a aparecer una débil luz en medio de la oscuridad de aquella pregunta que ya queríamos dirigirle a Nietzsche mientras atendíamos al pasaje del loco: ¿Cómo puede ocurrir que los hombres lleguen a ser capaces de matar a Dios? Porque parece evidente que es esto lo que piensa Nietzsche. Efectivamente, en todo el texto sólo se han destacado gráficamente dos frases. La primera es «Lo hemos matado», refiriéndose a Dios. La segunda es «y sin embargo son ellos los que lo han cometido», esto es, los hombres han llevado a cabo el acto de matar a Dios, a pesar de que hoy siguen sin haber oído hablar de ello.

 

Ambas frases gráficamente destacadas nos ofrecen la interpretación de la sentencia «Dios ha muerto». Dicha frase no tiene el significado de una negación llena de odio mezquino del tipo: no hay ningún Dios. En realidad, el significado de la frase es mucho peor: han matado a Dios. Sólo así es como aparece el pensamiento decisivo. Pero la comprensión se hace al mismo tiempo más difícil. En efecto, sería más fácil entender la frase «Dios ha muerto» en el sentido de que el propio Dios se ha alejado por propia voluntad de su presencia viva. Pero que Dios haya sido matado por otros, y a mayores, por los hombres, es algo impensable. El propio Nietzsche se asombra de semejante pensamiento y es sólo por eso por lo que inmediatamente después de la frase «Lo hemos matado, vosotros y yo. !Todos somos sus asesinos!», le hace preguntar al loco: «¿Pero cómo hemos podido hacerlo?». Nietzsche explica la pregunta repitiendo lo mismo que acaba de preguntar a través de tres perífrasis en forma de imágenes: «¿Cómo hemos podido bebernos el mar? ¿Quién nos prestó la esponja para borrar el horizonte? ¿Qué hicimos, cuando desencadenamos la tierra de su sol?».

 

A la última pregunta podemos responder: la historia europea de los últimos tres siglos y medio nos dice qué hicieron los hombres cuando desencadenaron a la tierra de su sol. Pero ¿qué ha ocurrido en el fondo de esta historia con lo ente? Cuando se refiere a la relación entre el sol y la tierra, Nietzsche no sólo piensa en el giro copernicano, según la moderna comprensión de la naturaleza. El nombre sol nos recuerda de inmediato el símil de Platón. Según este, el sol y el ámbito que abarca su luz, son el terreno en el que aparece lo ente según su aspecto, según sus caras (ideas). El sol conforma y delimita el horizonte en el que se muestra el ente como tal. El «horizonte» significa el mundo suprasensible en cuanto verdaderamente ente. Éste es, al mismo tiempo, la totalidad que todo lo abarca y engloba igual que el mar. La tierra, como lugar de residencia de los hombres está desencadenada de su sol. El ámbito de lo suprasensible que es en sí, ya no se encuentra sobre los hombres a modo de luz normativa. Todo el horizonte ha sido borrado. La totalidad de lo ente como tal, el mar, ha sido bebido por los hombres. En efecto, el hombre se ha subvertido en el Yo del ego cogito. Por esta subversión, todo ente se convierte en objeto. Lo ente, en cuanto objetivo, es absorbido dentro de la inmanencia de la subjetividad. El horizonte ya no luce a partir de sí mismo. Ya no es más que el punto de vista dispuesto en las instauraciones de valor de la voluntad de poder.

 

Siguiendo el hilo conductor de las tres imágenes (sol, horizonte y mar), que para el pensar presumiblemente son algo más que imágenes, se pueden aclarar las tres preguntas acerca de qué se quiere decir con el suceso de la muerte de Dios. Matar significa la eliminación por parte del hombre del mundo suprasensible que es en sí. Este matar alude al proceso en el que lo ente como tal no es exactamente aniquilado, pero sí se vuelve otro en su ser. En este proceso, también y sobre todo, el hombre se vuelve otro. Se vuelve aquel que aparta lo ente entendido como lo ente en sí. La subversión del hombre a la subjetividad, convierte a lo ente en objeto. Pero lo objetivo es aquello que ha sido detenido por la representación. Apartarse de lo ente en sí, esto es, la muerte de Dios, se consuma en ese aseguramiento de las existencias por medio del cual el hombre se asegura dichas existencias materiales, corporales, psíquicas y espirituales, pero sólo por mor de su propia seguridad, que quiere el dominio sobre lo ente en cuanto posible elemento objetivo con el fin de corresponder al ser de lo ente, a la voluntad de poder.

 

El asegurar, como adquisición de seguridad, se fundamenta en la instauración de valores. La instauración de valores tiene a todo lo ente en sí bajo su dominio y, en consecuencia, en cuanto tal ente para sí, lo ha matado, lo ha liquidado. Este último golpe para matar a Dios ha sido asestado por la metafísica, que en tanto que metafísica de la voluntad de poder consuma el pensar en el sentido del pensar según valores. Pero Nietzsche ya no reconoce este último golpe, por el que el ser es rebajado a mero valor, como lo que es propiamente pensado en relación con el propio ser. ¿No dice el mismo Nietzsche: «Todos somos sus asesinos. ¡Vosotros y yo!?». Ciertamente; de acuerdo con esto, Nietzsche también concibe la metafísica de la voluntad de poder como nihilismo. Ahora bien, para él esto sólo significa que ella consuma del modo más agudo -puesto que es definitivo- y en tanto que movimiento de reacción en el sentido de la transvaloración de todos los valores anteriores, la anterior «desvalorización de los valores antes supremos».

 

Pero, precisamente, Nietzsche ya no puede pensar la nueva instauración de valores, a partir del principio de toda instauración de valores, como un dar muerte y como nihilismo. Ya no es una desvalorización en el horizonte de la voluntad de poder que se quiere a sí misma, esto es, en la perspectiva del valor y la instauración de valores.

 

Pero ¿qué ocurre con la propia instauración de valores, si es pensada en relación con el propio ente, es decir, también en relación con el ser? Entonces, el pensar en valores equivale a un dar muerte radical. No sólo derriba a lo ente como tal en su ser-en-sí, sino que aparta completamente al ser. Este ya sólo puede valer como valor en donde todavía se le necesita. El pensar según valores de la metafísica de la voluntad de poder es, en un sentido extremo, mortal, porque no deja en absoluto que el propio ser haga su aparición, esto es, que alcance la viveza de su esencia. El pensar según valores impide ya de antemano incluso que el propio ser se presente en su verdad.

 

Pero este dar muerte que afecta a la raíz misma ¿no es solamente la naturaleza de la metafísica de la voluntad de poder? ¿Es sólo la interpretación del ser como valor la que no permite que el propio ser sea el ser que es? Si así fuera, la metafísica de las épocas anteriores a Nietzsche tendría que haber experimentado y pensado al propio ser en su verdad o, por lo menos, hubiera debido preguntarse por él. Pero no encontramos en ningún lugar semejante experiencia del ser mismo. En ningún lugar nos sale al encuentro un pensar que piense la verdad del ser mismo y, por tanto, la propia verdad en cuanto ser. Incluso allí, donde el pensamiento preplatónico prepara el despliegue de la metafísica por medio de Platón y Aristóteles, en su calidad de inicio del pensamiento occidental, incluso allí, tampoco es pensado el ser. El ¦stin (¤ñn) gŒr eänai nombra ciertamente al propio ser. Pero no piensa precisamente la presencia como presencia a partir de su verdad. La historia del ser comienza, y además necesariamente, con el olvido del ser. Así pues, no es culpa de la metafísica en cuanto voluntad de poder el que el ser mismo permanezca impensado en su verdad. Entonces, esta extraña carencia sólo depende de la metafísica en cuanto metafísica. Pero ¿qué es metafísica? ¿Conocemos acaso su esencia? ¿Puede ella misma saber dicha esencia? Si la comprende, lo hace metafísicamente. Pero el concepto metafísico de la metafísica permanece siempre retrasado respecto a su esencia. Esto también es válido para toda lógica, suponiendo que todavía sea capaz de pensar qué es el lñgow. Toda metafísica de la metafísica y toda lógica de la filosofía, que de alguna manera intentan trepar por encima de la metafísica, caen del modo más seguro por debajo de ella sin experimentar siquiera dónde caen ellas mismas.

 

Entretanto, por lo menos nuestra reflexión ve con mayor claridad un rasgo de la esencia del nihilismo. La esencia del nihilismo reside en la historia según la cual, en la manifestación de lo ente como tal en su totalidad, no se toca para nada al ser mismo y su verdad, de tal modo, que la verdad de lo ente como tal vale para el ser porque falta la verdad del ser. Es cierto que en la época de la incipiente consumación del nihilismo, Nietzsche experimentó y al mismo tiempo interpretó de manera nihilista algunos rasgos del nihilismo, y, de esta manera, ocultó por completo su esencia. Pero Nietzsche nunca reconoció la esencia del nihilismo, como tampoco lo hizo ninguna metafísica anterior a él.

 

Con todo, si la esencia del nihilismo reside en la historia que quiere que la verdad del ser falte por completo en la manifestación de lo ente como tal en su totalidad y, de acuerdo con esto no ocurra nada con el ser mismo y su verdad, entonces, en cuanto historia de la verdad de lo ente como tal, la metafísica es en su esencia, nihilismo. Si la metafísica es el fundamento histórico de la historia universal determinada occidental y europeamente, entonces dicha historia es nihilista en un sentido muy diferente.

 

Pensado a partir del destino del ser, el nihil del término nihilismo significa que no pasa nada con el ser. El ser no llega a la luz de su propia esencia. En la manifestación de lo ente como tal, el propio ser se queda fuera. La verdad del ser no aparece, permanece olvidada.

 

Así pues, el nihilismo sería en su esencia una historia que tiene lugar con el ser mismo. Entonces residiría en la esencia del ser mismo el hecho de que éste permaneciera impensado porque lo propio del ser es sustraerse. El ser mismo se sustrae en su verdad. Se oculta en ella y se cobija en ese refugio.

 

En la contemplación de este refugio que se cobija a sí mismo, de la propia esencia, tal vez toquemos la esencia del misterio bajo cuya forma se presenta la verdad del ser.

 

La propia metafísica no sería, según esto, una mera omisión de una pregunta por el ser que aún queda por pensar. No sería ningún error. En cuanto historia de la verdad de lo ente como tal, la metafísica habría acontecido a partir del destino del propio ser. La metafísica sería en su esencia el misterio impensado -porque guardado- del propio ser. Si fuera de otro modo, un pensamiento que se esfuerza por atenerse a lo que hay que pensar, el ser, no podría preguntar incesantemente qué es metafísica.

 

La metafísica es una época de la historia del ser mismo. Pero en su esencia la metafísica es nihilismo. La esencia del nihilismo pertenece a la historia, forma bajo la que se presenta el ser mismo. Si es que la nada, como de costumbre, señala en dirección al ser, entonces la determinación histórica del ser del nihilismo debería haber señalado por lo menos el ámbito dentro del que se torna experimentable la esencia del nihilismo con el fin de convertirse en algo pensado que atañe a nuestra memoria. Estamos acostumbrados a escuchar una resonancia desagradable en la palabra nihilismo. Pero si meditamos la esencia histórica del ser del nihilismo, entonces a esa simple resonancia se añade algo disonante. La palabra nihilismo dice que en aquello que nombra, el nihil (la nada) es esencial. Nihilismo significa: desde cualquier perspectiva todo es nada. Todo, lo que quiere decir: lo ente en su totalidad. Pero lo ente está presente en cada una de sus perspectivas cuando es experimentado en cuanto ente. Entonces, nihilismo significa que lo ente como tal en su totalidad es nada. Pero lo ente es lo que es y tal como es, a partir del ser. Suponiendo que todo «es» reside en el ser, la esencia del nihilismo consiste en que no pasa nada con el propio ser. El propio ser es el ser en su verdad, verdad que pertenece al ser.

 

Si escuchamos en la palabra nihilismo ese otro tono en el que resuena la esencia de lo nombrado, también oiremos de otro modo el lenguaje del pensar metafísico, que ha experimentado parte del nihilismo aunque sin haber podido pensar su esencia. Tal vez un día, con ese otro tono en nuestros oídos, meditemos sobre la época de la incipiente consumación del nihilismo de manera distinta a lo hecho hasta ahora. Tal vez entonces reconozcamos que ni las perspectivas políticas, ni las económicas ni las sociológicas, ni las técnicas y científicas, ni tan siquiera las metafísicas y religiosas, bastan para pensar eso que ocurre en esta era. Lo que esta época le da a pensar al pensamiento no es algún sentido profundamente escondido, sino algo muy próximo, lo más próximo, y que, precisamente por ser sólo eso, pasamos siempre por alto. Al pasar por encima de ello damos constantemente muerte, sin darnos cuenta, al ser de lo ente.

 

Para darnos cuenta de ello y aprender a tomarlo en consideración, tal vez nos baste con pensar por una vez lo que dice el loco sobre la muerte de Dios y cómo lo dice. Tal vez ya no nos apresuremos tanto a hacer oídos sordos a lo que dice el principio del texto explicado, a saber, que el loco «gritaba incesantemente: ¡Busco a Dios! ¡Busco a Dios!».

 

¿En que medida está loco ese hombre? Está tras-tornado*******. Porque ha salido fuera del plano del hombre antiguo, en el que se hace pasar los ideales del mundo suprasensible, que se han vuelto irreales, por lo efectivamente real, mientras se realiza efectivamente su contrario. Este hombre tras-tornado ha salido fuera y por encima del hombre anterior. Con todo, de esta manera lo único que ha hecho has sido introducirse por completo en la esencia predeterminada del hombre anterior: ser el animal racional. Este hombre, así tras-tornado, no tiene por lo tanto nada que ver con ese tipo de maleantes públicos que no creen en Dios. En efecto,  esos hombres no son no creyentes porque Dios en cuanto Dios haya perdido su credibilidad ante ellos, sino porque ellos mismos han abandonado la posibilidad de creer en la medida en que ya no pueden buscar a Dios. No pueden seguir buscándolo porque ya no piensan. Los maleantes públicos ha suprimido el pensamiento y lo han sustituido por un parloteo que barrunta nihilismo en todos aquellos sitios donde consideran que su opinar está amenazado. Esta deliberada ceguera furente al verdadero nihilismo, que sigue predominado, intenta disculparse de este modo de su miedo a pensar. Pero ese miedo es el miedo al miedo.

 

Frente a esto, el loco es manifiestamente desde las primeras frases, y par el que es capaza de escuchar aún más claramente según las últimas frases del texto, aquel que busca a Dios clamando por Dios. ¿Tal vez un pensador ha calmado ahí verdaderamente de profundis? ¿Y el oído de nuestro pensar? ¿No oye todavía el clamor? Seguirá sin oírlo durante tanto tiempo como no comience a pensar. El pensar sólo comienza cuando hemos experimentado que la razón, tan glorificada durante siglos, es la más tenaz adversaria del pensar.

 

Martin Heidegger

 

 

 

 

*  N. de los T. «Erhaltungs», Steigerungs-Bedingungen».

 

**  N. de los T: «Fest-Stellung», literalmente, un ‘poner fijo’.

 

***  N. de los T: «Durch-fertigung, Ver fertigung».

 

****  N. de los T: «Sicher-stellung».

 

*****  N. de los T: Traducimos así el término «Übermensch» que tradicionalmente se ha venido traduciendo por ‘superhombre’, a nuestro juicio erróneamente.

 

******  N. de los T.: Convendría tener en cuenta que, con los guiones que introduce Heidegger en estas palabras ‘representar’, «Vorstellen», tiene también su sentido más literal [Vor-stellen = poner delante] y lo mismo ocurre con ‘producir’, «Herstellen” [Her-stellen = poner aquí, traer afuera].

 

******* N. de los T.: Traducimos «ver-rücht», sin guiones = ‘loco’, con guión = cambiado de sitio, tras-tocado, tras-ladado.

EN HONOR A LA HERENCIA DE JOSE MARTI

Sólo trato de entender la presencia y vigencia  de  la conciencia de una situación signada por la decadencia y derrumbe del régimen colonial español, y por el auge e irrupción violenta del novedoso e impetuoso imperialismo estadounidense. El aviso de Martí estaba posibilitado por haber vivido en lo que él llamó “las entrañas del monstruo”, y por ello haber desentrañado los peligros de tal monstruo significaba para “Nuestra América”. La idea es hurgar un poco en los orígenes de un proceso transformador tan discutido y trascendente como la revolución cubana. Pienso que es imprescindible conocer los antecedentes históricos e ideológicos de ese movimiento, y un paso fundamental en ese sentido es la lectura de la obra de Martí y su accionar revolucionario.

José Martí nació en La Habana el 28 de enero de 1853, de padres españoles; al siguiente año se produjo la primera propuesta de Estados Unidos a España para comprar Puerto Rico. También en 1854 se dio un intento anexionista encabezado por el catalán Ramón Pinto, de acuerdo con la junta cubana en Estados Unidos.

En 1862, Martí conoció de cerca los horrores de la esclavitud y juró, ante el cadáver de un esclavo ahorcado, “lavar con su vida el crimen” (Versos Sencillos, XXX). Seis años después se dio un proceso de agudización interna, se acentuó la exclusión de los cubanos de la administración pública. El conflicto se expresó en el Grito de Yara, fue cuando se inició la Guerra de los Diez Años y se declaró la abolición de la esclavitud por Carlos Manuel de Céspedes. Los insurrectos en 1869 incendiaron Bayamo, mientras que España respondió con una guerra de exterminio que provocaron más emigraciones a los Estados Unidos. Es el momento de los primeros escritos patrióticos de Martí: el editorial de “El Diablo Cojuelo”, el poema dramático “Abdalá” publicado en “Patria Libre”; escribió el soneto “¡10 de Octubre!” en el periódico manuscrito estudiantil “El Siboney”. El 21 de octubre de 1869 fue encarcelado y acusado de infidencia, sentenciado a 6 años de presidio político; en el presidio trabajaba 12 horas diarias en las canteras de San Lázaro, con grilletes en el pie, en el mismo año es indultado. Apenas tenía 16 años.

En 1871 se le deportó a España y en Madrid publicó “El Presidio Político en Cuba”. Es el año en que son fusilados ocho estudiantes de medicina por  la fuerza española de ocupación. Junto con otros cubanos ofreció honras fúnebres a los fusilados y repartieron una hoja impresa redactada por Martí.

Entre 1876 y 1877 su produjeron algunos momentos claves en la vida de Martí. En el campo independentista se asomaban divisiones; emergía la revolución liberal en Honduras con Marco Aurelio Soto y Ramón Rosa a la cabeza, en donde hubo presencia de varios connotados exilados cubanos y dominicanos como José Joaquín Palma, Máximo Gómez, Antonio Maceo y Tomás Estrada Palma; en Guatemala Martí se entrevistó con el Presidente Justo Rufino Barrios, aquí fue nombrado profesor de literatura en la Escuela Normal, catedrático de literatura francesa, inglesa, italiana, alemana y de historia de la filosofía, en la Universidad de San Carlos.

La guerra de los diez años concluyó en 1878 y Martí llegó a La Habana para ser elegido, al siguiente año, como vicepresidente del Club Central Revolucionario. El 17 de septiembre de 1789 es detenido por conspirador y otra vez es deportado a España. Luego se embarcó hacia Norteamérica, llegando a Nueva York el 3 de enero de 1880.

En 1881 llegó a Caracas, donde lo primero que hizo fue visitar la estatua de Bolívar. Desde 1886 envió correspondencia para los periódicos “El Partido Liberal” de México y “La República” y “La Paz” de Honduras, colaboró con “El Economista Americano” de Nueva York. Más de 20 periódicos de todo el continente reproducían sus artículos que se publicaban en “La Nación” de Buenos Aires.

En 1891, en la reunión de los clubes de emigrados, resolvieron fundar el Partido Revolucionario Cubano; al siguiente año, el 5 de enero, se aprobaron las bases y estatutos secretos del Partido.

Durante buena parte del siglo XIX se gestaron en los cubanos las tres principales posiciones no conformistas con el régimen colonial: el autonomismo, el anexionismo a los Estados Unidos y la independencia. La posición autonomista era una solución conciliadora, el autonomismo representó la entrega cínica y descarada al imperio en apogeo. La otra posición, la del desarrollo económico, la preparación cultural y política, en fin, el independentismo, era la de los cubanos que se consideraban preparados para tener su patria.

La lucha de Martí se expresó principalmente entre los años de 1871 y 1891; en ese período realizó continuos viajes de propaganda a Tampa y Cayo Hueso, lugares donde se concentró la actividad organizadora de los clubes revolucionarios. El partido revolucionario era una realidad desde marzo de 1892, en ese período apareció el primer número del órgano del partido: “Patria”, redactado casi siempre en su totalidad por Martí. En 1893 coincidió con Rubén Darío, de paso para Buenos Aires y París. Darío decía que “nunca ha encontrado, ni en Castelar, un conversador tan admirable. Era armonioso y familiar, dotado de una prodigiosa memoria, y ágil y pronto para la cita, para la reminiscencia, para el dato, para la imagen”.

Hasta 1895, Martí desplegó una intensa actividad en la preparación de la guerra contra España. El 26 de febrero, él y Máximo Gómez, recibieron la noticia del alzamiento general de Cuba; el 25 de marzo ambos firmaron el Manifiesto de Montecristi. El documento expuso que “un pueblo libre… sustituirá sin obstáculo, y con ventaja, después de una guerra inspirada en la más pura abnegación… al pueblo avergonzado donde el bienestar sólo se obtiene a cambio de la complicidad… con la tiranía”; “Es la guerra sana y vigorosa… es suceso de gran alcance humano… la confirmación de la República Moral en América” . Es decir, Martí adivinó un doble propósito en la guerra liberadora: derrotar el yugo español y evitar caer en manos del nuevo imperio que él conocía, por haber vivido en sus entrañas; o como dijo en su carta a Manuel Mercado, en 1895: “viví en el monstruo, y le conozco las entrañas: y mi honda es la de David”.

El 11 de abril de 1895, después de varios intentos desembarcó en Cuba, en un sitio de la costa sur de oriente llamado Playitas. El 5 de mayo se reunió en consejo con los generales Gómez y Maceo y otros oficiales, fue nombrado Mayor General del Ejército Liberador. Penetraron en la jurisdicción de Guantánamo, encontrándose con las fuerzas de Maceo, que acaban de derrotar a tropas españolas. Junto con Máximo Gómez redactaron la circular a los jefes conocida como “Política de Guerra”, inspirada en la tesis de la guerra sin odio. El 19 de mayo después de arengar a la tropa, cayó mortalmente herido en la acción de Dos Ríos, cuando apenas tenía 42 años, sin que los cubanos pudieran rescatar su cuerpo, que fue conducido a Santiago de Cuba. Al enterrarlo, el coronel español Ximénes Sandoval dijo: “Nadie que se sienta inspirado de nobles sentimientos debe ver en estos yertos despojos un enemigo, sino un cadáver. Los militares españoles luchan hasta morir; pero tienen consideración para el vencido y honores para los muertos” .

LA PALABRA Y EL HOMBRE.

Una de las referencias más notables en Martí, en su estilo, en su forma de decir, es la sencillez que recuerda lo clásico; y se encuentra como sustancia de su palabra, en la obra lírica, periodística, en la propaganda y promoción de la guerra de liberación, un carácter nativamente ético, moralizador, en un sentido transformador.

Domingo Faustino Sarmiento hablando sobre Martí decía que: “En español nada hay que se parezca a la salida de bramidos de Martí… Deseo que le llegara a Martí este homenaje de mi admiración por su talento descriptivo y por su estilo de Goya”. Martí consideraba como sus maestros a Goya y a los genios literarios del siglo de oro español como Quevedo. Esto ayudó a crear una obra que no es portadora de mitos, de fantasías, de su mundo interior o de símbolos ocultos, sino de una pasión por lo hispanoamericano y de un impulso profético y redentor; que nos transporta necesariamente a un momento que trasciende a lo estrictamente literario: el de la moralidad intransigente; también a una ética que no tiene  que ver con las normas implantadas, sino que estaba basada en el amor a la patria independiente. Patria concebida con dos fronteras: el Río Bravo y la Patagonia por momentos oprimida y atrasada. Martí expresó que “cuando no se disfruta de la libertad, la única excusa del arte y su único derecho para existir es ponerse al servicio de ella. ¡Todo al fuego, hasta el arte, para alimentar la hoguera¡”.

Su intransigencia se muestra como un valor ético y estético ya que contiene los valores de fidelidad y participación. Su forma sencilla de expresar un mundo originó una retórica elaborada tal y como es la naturaleza. Cuando lo motiva algo externo manifestado en la crónica periodística, el estilo tiene que encarnarlo mediante la participación efectiva: de ahí la gran variedad de “estilos” presentes en Martí. Si el asunto es la propia intimidad, la forma irrumpe libremente desde la raíz, entera, súbita, acumulada,  y con el menor número de palabras posibles, como norma de concreción y sencillez, que no excluye, como él mismo advirtió, la abundancia natural.

En el año de 1889, Martí comentó la exhibición de pinturas del ruso Vereschagin, exclamó ante el espectáculo del régimen zarista de explotación, la infamia en que vivía aquel “pueblo espantado y deforme: ¡La justicia primero, y el arte después¡”. En otros apuntes agregó que “en los países donde se padece, el caracolear con la mera fantasía es un delito público. La inteligencia se ha hecho para servir a la patria. Y lo que no sirve para esto, hasta que toda la justicia no sea cumplida, fustigada y echada sea del cerco, como un perro ladrón”. El discurso de Martí se convirtió en arma de lucha que invitaba a luchar contra el supuesto desarrollo generado en el norte civilizado.

La palabra política, independentista o literaria de Martí, era en cualquier circunstancia un instrumento educador de primerísimo orden, y la educación que le interesaba era la que condujera al hombre hispanoamericano a ser dueño de sí mismo, universal y libre por su cultura, autóctono por sus valores, lúcido ante todos los peligros, fraterno para todos los hombres de buena voluntad. Pensaba Martí que los indios y los negros “lejos de constituir cuerpos extraños a nuestra América por no ser “occidentales”, pertenecen a ella con pleno derecho: más que los extranjerizos y descastados “civilizadores”. Es desde 1883 que Martí denunció “el pretexto de que la civilización, que es el nombre vulgar con que corre el estado actual del hombre europeo, tiene derecho natural de apoderarse de la tierra ajena, perteneciente a la barbarie, que es el nombre que los que desean la tierra ajena dan al estado actual de todo hombre que no es de Europa o de la América europea” 

La identificación permanente con los dolores y virtudes de la raza negra en América, “con los pobres de la tierra”, y con el esplendor destruido de las culturas indígenas, están en la raíz de su profundo americanismo literario, cuestión que le posibilitó la oportunidad de sentirse espiritualmente mestizo, hermano del esclavo, del preso y del paria; para él “la esclavitud de los hombres es la gran pena del mundo”. Además, es un ejemplo de conjugación de la palabra con la vida y no presentó ninguna disociación entre ambos momentos. Una vez dijo: “No hay letras que son expresión, hasta que no haya esencia que expresar en ellas. Ni habrá literatura hispanoamericana, hasta que no haya Hispano América”. Es decir, en Martí se traduce el paradigma de lo que ha de ser nuestra literatura cuando la libertad y la creación, el trabajo y sus productos, la justicia y el arte, puedan realmente coincidir y fundirse. Ese será, dice Vitier, “una literatura descolonizada, autóctona, libre y universal, dueña de la imaginación como de la realidad, cuyo centro sea el hombre entero y nuevo, trabajador y artista, amoroso y justiciero: el hombre americano por el que claman como armas vibrantes todas las palabras de José Martí”.

Desde el momento en que hizo la distinción entre “civilización”y “barbarie” como enfrentamiento de dos mundos, Martí advirtió que a pesar de existir otros países libres, el más grande es Hispano América, porque es nuestro y ha sido más infeliz, la América en que nació Juárez. A partir de esa concepción se despliega el resto de su pensamiento, todo por la necesidad de hacer filas “para que no pase el gigante de las siete leguas”.

EL ARTE Y LA POLITICA

En muchos admiradores y críticos de Martí existe la intención de crear un mito de su figura, lo colocan como puramente esteta, refinado poeta o brillante ensayista; o solamente como hombre a quien circunstancialmente la vida lo puso frente a una situación que no podía soslayar. También, después de muerto y con la frustración de la república mediatizada, se dio inicio a un proceso de enclaustramiento y de iconización de su ideario. Martí es todas esas cosas y tendría que entendérsele en esa múltiple dimensión. 

De Martí puede decirse que no era solamente un literato, o un político, ni siquiera un filósofo; tampoco se le puede encasillar en alguna corriente de pensamiento ya que sus ideas se fueron construyendo según lo plantearon las necesidades de su realidad. Poseedor de una obra abundante cuya parte principal estuvo dedicada a la prosa política y a la acción revolucionaria. Supo de las ideas liberales y del movimiento literario romanticista. Desde inicios del siglo XIX el romanticismo en América sirvió para proponer ideales, estilos y actitudes distintas a los de la época colonial; se trató entonces de cohesionar intereses comunes y algunas señas de identidad en los intelectuales criollos de aquél momento. A finales del XIX ese movimiento se fusionó con el realismo, el naturalismo y el modernismo, y la versión americana de esas corrientes literarias se combinó con el interés de forjar los Estados modernos y con la construcción de las identidades nacionales. Se elaboró un instrumento político que en algunos escritores significó deterioro de la calidad literaria y que en el caso de Martí resultó en una elevada producción en la poesía, la novela, el teatro, el periodismo, el ensayo, la crítica literaria y en la práctica política. Incluso, puede afirmarse que su estilo y profundidad es del mismo calibre de cualquier clásico de la literatura universal. Hay una expresión de Martí que retrata a cabalidad su visión acerca del lugar de la literatura en el ambiente del artista, decía: “Acercarse a la vida –he aquí el objeto de la literatura- ya sea para inspirarse en ella; -ya para reformarla conociéndola”. 

En él están presentes todos esos elementos artísticos y, lo más importante, fue el haber combinado esa actividad literaria con la práctica revolucionaria, con el trabajo organizador del Partido Revolucionario Cubano que dirigió la guerra de independencia, ese fue uno de sus más grandes creaciones políticas. Tal actividad fue concebida como el trabajo cultural fundamental de los pobres de la tierra, a la base de esa labor estaba la tesis de que la política eficaz no era posible si se dejaba de lado los valores y los ideales más elevados de la humanidad. Supo sintetizar el arte con la acción política, por ello proclamó que “La literatura de nuestros tiempos es ineficaz, porque no es la expresión de nuestros tiempos… Hay que llevar sangre nueva a la literatura”. Y esa sangre nueva consistía en la autenticidad individual y social dispuesta a lograr la dignificación del hombre y la superación del sistema colonial y esto se podría lograr, según Martí, rescatando lo antiguo cuando sea bueno y creando lo nuevo cuando sea necesario, “no tocar una cuerda, sino todas las cuerdas –No sobresalir en la pintura de una emoción, sino en el arte de despertarlas todas-“. En su opinión la dirección de la guerra era un mandato social por el bien de todos y no para lograr poder material y privilegios.

Su vigencia se explica conociendo su trayectoria como pensador de transición en dos sentidos: en primer lugar, participó activamente en la lucha independentista contra el colonialismo español y, en segundo lugar, inició una reacción bastante radical para su tiempo, contra la emergencia del expansionismo norteamericano. Esa situación lo acerca a nuestro tiempo y su vigencia es más fuerte en la medida en que muchas transformaciones sociales siguen pendientes. Esa coyuntura signada por la independencia de España y el nacimiento de Estados Unidos como gran potencia, es experimentada por Martí y frente a ella asume una postura que lo colocó más allá del liberalismo de su tiempo. Esto es fundamental para entender las ideas políticas de Martí, que no sólo son productos teóricos sino el fruto de problemas concretos.

Algunos puntos de contacto con los pensadores liberales fueron la necesidad del poder civil, la lucha contra los elementos medievales en América, el anticlericalismo entre otros. En su etapa liberal sus ideas giraron en torno al problema de lo que debe ser un régimen liberal, cuyo modelo era los Estados Unidos. Coincidió con los liberales del siglo XIX al hablar de la necesidad de una ruptura ideológica con España y estaban de acuerdo en que había existido independencia de la corona española, pero nunca de España. Por ello insistió en que abandonar la herencia española significaba un proceso largo, penoso y gradual. Decía: “no podemos mudar el mundo en Cuba, ni injertarnos de un vuelco político, la naturaleza angelical; ni esperar que, al día siguiente de la expulsión del gobierno de España quede Cuba purgada de los defectos del carácter que, pus a pus, nos fue ingiriendo con su sangre autoritaria y perezosa; ni hemos de resolver de un golpe los problemas acumulados por la labor de siglos, y sostenida por la condición egoísta y vanidosa de la naturaleza humana”. Pero a partir de su vida en los Estados Unidos, entre 1885 y 1891, Martí superó el ideario liberal y desarrolló un pensamiento más radical, en especial por su temprano antiimperialismo y por ponerse al lado de los “pobres de la tierra”, al dedicarse también a elaborar una teoría coherente de la personalidad latinoamericana, ajena al modelo anglosajón tan querido por los pensadores liberales de su tiempo. Con él nace la valoración positiva del hombre americano y de su tierra y su constante reiteración de “Nuestra América”. Rechazó lo que atentaba contra lo genuino de nuestros pueblos y aceptó valores que se adaptasen a nuestro espíritu; por ello planteó: “Injértese en nuestras Repúblicas el mundo; pero el tronco ha de ser el de nuestras Repúblicas. Y calle el pedante vencido; que no hay patria en que pueda tener el hombre más orgullo que en nuestras dolorosas Repúblicas americanas”. 

Es posible que la idea más constante en la obra de Martí sea la necesidad de la libertad. Su noción de ese ideal no era una esencia absoluta sino algo existente en la práctica social, una manifestación de la realidad humana. Se trataba, pues de buscar valores en la realidad efectiva y en su devenir como un despliegue de la cultura en y por el hombre. Cuando Rubén Darío conoció sus “Versos Libres” afirmó que eran “Versos de métrica libre, producidos por un hombre de libertad” y de esa obra el mismo Martí dijo que eran nacidos de “grandes miedos, o de grandes esperanzas, o de indómito amor de libertad, o de amor doloroso a la hermosura, como riachuelo de oro natural, que va entre arena y aguas turbias y raíces, o como hierro caldeado, que silba y chispea, o como surtidores candentes”. Pero la libertad aquí no es una simple idea más bien es el valor irrenunciable y fundamental de la condición humana, que puede lograrse por la vía de la literatura y de la práctica revolucionaria.

Seguramente este es el momento cumbre en la vida de Martí, cuando conjugó el arte y la política con la lucha liberadora de su pueblo, a mi criterio esta es su obra maestra, en donde deja de lado su individualidad para fundirse en una tarea de creación colectiva. Y esto no fue producto de una inspiración repentina sino que mantuvo una coherencia consistente y prolongada desde la adolescencia hasta el momento de su muerte. 

A partir del 26 de julio de 1953 es que en el hombre humanísimo que es Martí se descubre otra faceta de su legado: aparece como responsable intelectual del asalto al Cuartel Moncada, primer jalón de la llamada segunda independencia de América, y también como el literato creador de un arte al servicio de la lucha independentista; arte, además, revestido de formas clásicas pero intencionalmente dirigido. Su objetivo fue fundirse con la lucha popular, servir al pueblo desde su más alta dimensión artística. Su voz es acción cuando decía que un “orador brilla por lo que habla; pero definitivamente queda por lo que hace. Si no sustenta con sus actos sus frases, aún antes de morir viene a tierra, porque ha estado de pie sobre columnas de humo” . La palabra y la acción deben, pues, sustentarse en base firme, en la realidad circundante y a favor de las reivindicaciones de su pueblo, absolutamente alejada de la torre de marfil del viejo artista, tomando en cuenta la vida preñada de conflictos sociales y traduciendo en la obra artística tal complejidad.

Como esa libertad de crear depende de un marco social adecuado en donde pueda expresarse, asumió tal situación en forma de compromiso, en forma de guerra de liberación. Otra vez acción y arte compenetrados mutuamente, arte para la acción, arte como guía del pueblo. Decía que en la poesía hispanoamericana o cubana, no se distinguen diferencias entre ellas ya que puede llamarse hondureña o argentina; decía, pues que “en nuestra poesía, no teniendo aun alcance determinado el pensamiento religioso, ni el político, y entorpecido y azorado el pensamiento moral; -no pudiendo sacrificar en altares conocidos; – sacrifiquemos en uno que jamás perece, porque lo vamos haciendo nosotros mismos, con nuestros cuerpos y con nuestros dolores; – el de la historia”. Así va dejando la semilla de un arte continental, de una producción artística extendida por toda la Hispano América, aunque apunta que “las levitas son todavía de Francia, pero el pensamiento empieza a ser de América. Los jóvenes de América se ponen la camisa al codo, hunden las manos en la masa, y la levantan con la levadura de su sudor. Entienden que se imita demasiado, y que la salvación está en crear. Crear es la palabra de pase de esta generación. El vino, de plátano; y si sale agrio, ¡es nuestro vino ¡” . Se nota que es contemporáneo, hombre nacido en otro siglo pero de nuestra época, otra vez contemporáneo.

También intentó fundar la literatura en la ciencia, “lo que significa introducir el estilo y el lenguaje científico, que es una forma de verdad distinta de la ciencia, sino comparar, imaginar, aludir y deducir de modo que lo que se escriba permanezca, por estar de acuerdo con los hechos constantes y reales”. Su norte constante fue tratar de elevar la conciencia cubana del entonces a una altura estética adecuada, que permitiera apropiarse de la creación artística sin caer en la simplificación mecánica. De ahí que manifestara que “adoro la sencillez pero no la que proviene de limitar mis ideas a este o aquel círculo o escuela, sino la de decir lo que veo, siento o medito con el menor número de palabras posibles, de palabras poderosas, graficas, enérgicas y armoniosas”, para “conocer y fijar la realidad; componer en molde natural, la realidad de las ideas que producen o apagan los hechos, y la de los hechos que nacen de las ideas; ordenar la revolución del decoro, el sacrificio y la cultura de modo que no quede el decoro de un solo cubano, ni la revolución inferior a la cultura del país”.

LA IDENTIDAD DE NUESTRA AMERICA

Cuando inician los movimientos independentistas en América Latina se empezó a notar la importancia de lo que llamamos identidad; sin usar tal expresión, el asunto fue entrevisto por los próceres independentistas como Morazán, Bolívar y Martí. Esto se convertiría en un ideario político fundamental en toda la región.

El cubano incondicional de los ideales de Morazán y Bolívar, se esforzó por continuar ese proyecto y en exaltar sin reservas a esas figuras. Del centroamericano decía que su aspiración era “Derribar obstáculos, fundir pueblos y elaborar una nación potente”. Martí proponía que Bolívar todavía tenía que hacer en América, y tiene bien claro que la independencia es para formar un hombre continental, original, y que ese proceso obedece a una necesidad interna; a la letra decía que “la independencia en América venía de un siglo atrás sangrando; ni de Rousseau ni de Washington viene nuestra América, sino de sí misma”, proceso inacabado, cuando recordando a los próceres y presintiéndose a sí mismo arguyó que Bolívar vería adolorido “La procesión terrible de los precursores… van y vienen los muertos por el aire, y no reposan hasta que no está su obra satisfecha”.

En su ensayo “Nuestra América”, Martí les reclamó a sus contemporáneos positivistas y les antepuso su orgullo americano a “Estos nacidos en América, que se avergüenzan, porque llevan delantal indio, de la madre que los crió, y reniegan !bribones¡ de la madre enferma”; les reclama su extranjerismo a esos “desertores que piden fusil en los ejércitos de América del Norte” a esos “increíbles del honor que lo arrastran por el suelo extranjero”. Ironizó contra los soberbios americanos de pluma fácil y palabras de colores que quieren regir pueblos originales con modelos anglosajones y va definiendo su proyecto liberador cuando afirma que “con los pueblos oprimidos había que hacer causa común, para afianzar el sistema opuesto a los intereses y hábitos de mando de los opresores”.

Las costumbres de los opresores no fueron sepultadas con la independencia, continuaron a la sombra, se respaldaron en el positivismo y en el auge económico, que ayudaron a establecer los nuevos Estados democráticos y los viejos ideales de igualdad y libertad en las condiciones impuestas por el capital extranjero. Alternativa opuesta al proyecto martiano que propuso como respuesta a “un gobierno que tenía por base a la razón; la razón de todos en las cosas de todos… El problema de la independencia no era el cambio de formas, sino el cambio de espíritu”. Es la lucha por constituir al hombre auténtico, liberador, opuesto al hombre colonizado, no sólo el de abajo sino también el de las elites del poder, dibujado por Martí cuando manifestó que “éramos una máscara, con los calzones de Inglaterra, el chaleco parisiense, el chaquetón de Norteamérica y la montera de España”. Semejante definición no lo desalentó, más bien lo ayudaron a encontrar salidas al afirmar que “las levitas son todavía de Francia pero el pensamiento empieza a ser de América”. También descubrió varios peligros en la formación de nuestra América, como el espíritu entreguista en muchos, pero hay otro mayor y más decisivo que cualquiera, es “el desdén del vecino formidable, que no la conoce, es el peligro mayor”, y para los que han ocultado tal situación, la del imperialismo en expansión, para los “pensadores de lámpara” que recalientan razas de librería pide condena, no literaria, textualmente dijo: “los pueblos han de tener una picota para quien los azuza a odios inútiles, y otra para quien no les dice a tiempo la verdad”.

El ideal de los próceres fue la unidad continental al margen de las potencias, de Estados Unidos e Inglaterra. Esa fue la gran aspiración de Bolívar, Morazán y Martí. A la sombra de esa unidad se forjaría la conciencia americana, era la intención para enfrentar los retos de la época contemporánea, tal vez fue pensada para una realidad imaginada, pero es una utopía completamente preñada de posibilidad.

Finalmente es bueno anotar que el 25 de febrero de 1895, en la República Dominicana y junto con Máximo Gómez, hicieron público el documento llamado “Manifiesto de Montecristi”, en donde se concentran las ideas del nacionalismo propuesto por Martí como ser: la denuncia del sistema colonial, el sentimiento antiimperialista, el llamado a la voluntad nacional y la defensa del mestizaje cultural. En abril de ese año desembarcó en Cuba como jefe supremo del movimiento independentista. Murió el 19 de mayo de 1895, a los 42 años, combatiendo contra los españoles en un lugar llamado Boca de Dos Ríos. Su impacto político ha sido reconocido en su patria tanto así que en la Constitución de 1976, en su preámbulo está la siguiente frase de Martí: “Yo quiero que la ley primera de nuestra República sea el culto de los cubanos a la dignidad plena del hombre”. Esa es la tarea que dejó a las actuales generaciones de Cuba y de Nuestra América: respetar la dignidad plena del hombre.

 

28 de enero de 2011.


 

Los sueños del Celta. “El Fantasma de Roger Casement / está tocando la puerta” Williams B. Yeat

De allí el verso que sobre él inventó el poeta W. B. Yeats, una de las figuras más representativas del renacimiento literario irlandés y como Roger activo en eso de querer rescatar a Irlanda del feroz dominio que allí ejerce desde siempre el imperio inglés.

La figura y obra  de Roger Casement debe seguir siendo un activo detonante y testigo de la barbarie que para la humanidad constituyó el aparato de violencia y sojuzgamiento sobre los pueblos de África, Asia y America que significó la maquinaria de los formas mas detestables del imperialismo, que desde 1300 sigue rondando, como bala que amenaza nuestros sentidos y cerebro.

La aventura que narra esta novela empieza en el Congo en 1903 y termina con el ahorcamiento de Roger Casement en Londres, una mañana de 1916. Aquí se cuenta de forma bastante exhaustiva la peripecia vital de un personaje de leyenda: el Irlandés, el Celta. Héroe y villano, traidor y libertario, moral e inmoral, diplomático y político, cuya fortaleza como figura múltiple con demostrado compromiso filosófico y ético, que aún queriendo apagarla, testarudamente vuelve a renacer una y otra vez tras su muerte, el poema de Keats, entre otros, lo demuestra.

Según percibo la obra sigue la estructura de un libro Peter Singleton-Gates y Maurice Girodias, sobre Cassement: Los diarios negros: Un recuento de la vida y tiempo con una colección de sus diarios y escritos públicos. París, Olympia Press, 1959. Cuya arquitectura, en 5 etapas : 1. El Congo; 2. El Putumayo-Amazonía; 3.Irlanda; 4.Alemania; 5. Cárcel de Pentonville; es similar a la seguida en el Libro del Celta de Vargas Llosa.

Por cierto en uno de sus pasajes de estos Diarios citan el informe de Putumayo, remarcando:  “Un cierto Dyall admitió: cinco muertes de Indios por su propia mano, a dos les disparó, a dos los castigo hasta verlos morir al macharles los testículos bajo la orden de Normand y uno acabó sumergido en el río con la ayuda de Normand hasta causarle la muerte” Pag 247. Es anécdota que revive Vargas Llosa en su libro.

He seguido desde siempre la novelística de Vargas Llosa sobre  todo reconozco su vocación  para tratar temas en los que aborda asuntos mas allá de sus fronteras: Brasil, en La guerra del fin del mundo (1981); a República Dominicana, en La fiesta del Chivo (2000); a Francia, París, tanto en El paraíso en la otra esquina (2003) como en Travesuras de la niña mala (2006) y esta de 2010 en el Congo, Putumayo, Inglaterra y Alemania.

Hablando del Celta debo expresar, que la miro como una trabajo histórico en una prosa “periodística”  adonde la investigación y el manejo de fuentes es exhaustivo, cargado de demasiados detalles, que nos demuestra que las exposiciones reiterativas, uniformes  sostenidas en  literatura  se hacen perdurables, mas por el fastidio que logran que por la mecha que encienden.

Este trabajo de 451 paginas termina por producir una descripción tan precisa que no le deja ningún espacio a la especulación ni la imaginación, lo cual sin debe producir cansancio al lector.

Esa exigencia, creo que algunos  la llaman, economía de la palabra, que se considera tan provechosa para la razón, como la economía monetaria para el bolsillo, aquí se demuestra en toda plenitud.

El relato, en ninguno de sus párrafos produce una elevación que pudiéramos llamar literario, no expresa en modo satisfactorio algún giro que se presente diferente y se eleve y sorprenda la poesía de un texto que podamos recordar; su estilo es plano y chato, propia una gran crónica de periódicos.

Al narrar las barbaridades cometidos por las empresas explotadoras de caucho del Congo belga, e ir narrando cuanto presenció y que no logró envilecer su espíritu, tal como reitera su amigo de desgracia en África el escritor Joseph Conrad, “Lo peor fue ser testigo de las cosas horribles, que ocurren a diario en ese maldito país”. Pág.75.

Preguntaba Conrad: tenía sentido la “aventura europea en África”, “¿ Podría llamarse civilizadores a esas bestias de la Force Publique, que robaban todo lo que podían, en las expediciones punitivas” Pág.63.  En ellas esclavizaban, hombres,  mujeres y niños, a quienes explotaban, cortaban pies, manos, orejas, narices, azotaban e incluso mataban impúdicamente cuando no cumplían sus cuotas quincenales de kilos de caucho recaudado, vileza contra la cual nadie demostraba el mas mínimo remordimiento.

Que decir sobre la hazaña belga, francesa e inglesa en el Congo adonde hubo un holocausto de cerca de 12 millones de habitantes como producto, entre otros del regalo que los países imperialistas le hicieron al Rey Leopoldo II de Bélgica, para crear esa absurda figura política de L´etat Independant du Congo, cuyo presidente de por vida y apoderado era el mismo Leopoldo II.

Podemos decir que se trata de una obra que le sobra extensión le falta  profundidad y estructura y estilo  literario.  Mucha anécdota y poca ficción.  Profuso periodismo y escasa prosa que eleve a la magia  al lector. Menos aun  indagar quienes eran los verdaderos Estados responsables de estos atroces crímenes contra la Humanidad. Tema que Vargas Llosa escurre y deja sin terminar.

Vargas Llosa pinta la vida de Casemenet sencillamente como conspirador nato  y neto, que finalmente decide atacar el imperio. No es noticia nueva,  los imperios y sobre todo estos de Europa conspiran contra la dignidad. Crimen ya demasiado histórico y permanente. Pero al autor desconoce este trato despreciable para con los nativos: es asunto de Estado y termina atribuyéndolo a empresas privadas; evita discutir que la razón de ser  de los imperios y su sino es la depauperación de la gente a costa de obtener las riquezas que  la naturaleza  les a concedido como atributo; y ellos, toman fácilmente por  la fuerza  para terminar aniquilando  y desbaratando todo cuanto pueda ser objeto de intercambio o convirtiendo esta meta en  su razón de ser.

En 1903 termina su famoso informe de  sobre el Congo.

Hablar de Casement, es referirse a los crímenes del caucho,  específicamente a los asesinatos que se cometieron contra miles de indígenas en el Putumayo y la Amazonía. Es referirse a uno de los protagonistas de una de las denuncias más brutales contra todo un sistema de explotación y crimen rayano en holocausto.

El 31 de agosto de 1910 llega a Iquitos  y  Vargas Llosa explora otro continente, Capitulo escrito con muchas contenciones políticas o sociales. Demuestra mucho comedimiento tratando de redondear esta biografía novelada de Roger Casement.

Sin dejar de reconocer que es un gran ejercicio de un equipo de investigadores que luego vierte en un excepcional caudal descriptivo que va completando con excesivos flash back, a través de los  diálogos intercalados con el sheriff de la cárcel inglesa adonde aguarda la decisión de los jueces.

En este parte del Putumayo, como la anterior realiza una inserción de hechos demasiado exactos y con ello  elimina otra posible dimensión para darle circularidad al cuento sobre Casement. Lo cual le hubiera permitido hacer valer el uso de palabras , frases para expresar la consecuencia o el efecto del de los actos del personaje en contra del imperio y a favor de la causa de su vida que era la libertad del pueblo irlandés.

En el Putumayo va a desvelar el  tenebroso poder logrado, en una extensión varias veces superior al territorio de Inglaterra y Francia, dominado  por la Peruvian Amazon Company bajo el mando del poderoso  señor del caucho Julio C. Arana, capaz de marcar en fuego el cuerpo de sus esclavos “las  iniciales de la Compañía es decir  C.A para que no escapen ni se los roben los caucheros colombianos”, Pág. 217.  Arana había logrado construir palacetes en Londres, Ginebra, Nueva York, Baleares  y para 1911 su compañía cotizaba acciones en la Bolsa de Londres y era quien pagaba los sueldos de los Jueces, Alcaldes, Policías y Militares de toda la zona de influencia de su Compañía extendida entre Iquitos y Putumayo mas otras localidades a lo largo del Amazonas.

Julio C. Arana era alguien “endiosado, como se hace con los santones y atribuirle la mitología de la crueldad con delitos horrendos,-cinismo, sadismo, codicia, avaricia, deslealtad, estafa y pillerías”, Pág. 286.  Era representante de una compañía cuyo socios estaban en Inglaterra.

Vargas Llosa solo enuncia el perenne efecto de la colonización. No se profundiza sobre el poder actual de estos capitales en países que primero fueron territorio de los imperios europeos, y que se podría obviamente demostrar en la actualidad están en manos de las multinacionales, desde África a Hispanoamérica. No se atreve a decir que solo se ha  producido un cambio de nombres y apellidos y de gobiernos.

Roger Casement termina su vida presentando su Informe sobre el Congo y otro Informe sobre el Putumayo, allí denuncia la crueldad, en estas dos regiones, ejercida por sus colonizadores europeos, donde los abusos y las torturas, eran el eje de la explotación de los indígenas, siempre oculta bajo el lema de llevar la colonización, el progreso y el cristianismo, a ellas. Vaya cinismo.
Su vida termina en una cárcel donde fue a parar por su ultima aventura de adhesión a los independentistas irlandeses en 1916, buscó apoyo en el gobierno alemán, para llevar a caso su ideal separatista; en plena I Guerra Mundial, viajó a Berlín para conspirar contra el Reino Unido y participó en el Alzamiento de Pascua de 1916, hecho que lo llevaría finalmente prisión.

En sus monologo de la prisión recoge pasajes de su infancia, sus afectos, su sueños eróticos, su vida familiar, y muchos de las imágenes que le había llevado a denunciar la crueldad humana, asistida por el poder. Pero es notable que el poder que de él se valió, luego lo desprestigia pública y notoriamente. Todavía hoy existe la duda: ¿héroe, o traidor¿, según quien hablase de él. En su paradoja, primero admirado, nombrado caballero de la corona, en la Inglaterra, y después su enemiga, y verdugo.

En síntesis:

1. El sueño del Celta, seguramente, será considerada entre las novelas de segunda magnitud dentro del conjunto de la obra de Vargas Llosa.

2. En esta obra desarrolla una arquitectura literaria algo repetitiva, un tanto básica para quien ostenta un premio como el Nobel de Literatura.

3. Al cierre de la obra, notamos más de 100 páginas de un total de 454, que sencillamente sobran. Antes de llegar al final  ya estamos enterados de todo lo importante con relación a la sedición irlandesa encabezada por Roger; dicho material, no hace sino redundar u ofrecer datos de nulo interés para la comprensión de la historia.

4. Se trata, pues, de una novela histórica, género en el que MVLl ha logrado crear, a partir de personajes y datos reales, ficciones sólidas y significativas

5. En esta nueva novela, el autor no ha motivado literaria y estilísticamente su narrativa y su discurso “moralizante” se hace, a veces, demasiado enfático y reiterativo.

6. La impresión general que queda luego de leer esta novela es que la rica materia prima que la inspiró fue poco aprovechada por el autor.

7. El personaje fascinante que sugiere la biografía de Casement y que narran muchos, incluido detractores esta totalmente vargasllosiado. No retrata bien sus contradicciones, sus claroscuros, sus luchas internas, su poesía a la hora de narrar su dualismo frente al imperio inglés, todo se queda en un medio camino, ¿por que se le declara y quien lo declara¿: “el hombre mas odiado del Putumayo” Pág. 310.

8. El Roger  de Vargas Llosa, es más bien, un ser de una sola pieza, digno de admirarse pero poco interesante y expresiones como: “Los irlandeses somos como los huitotos, los boras, los andoques, y los muimanes del Putumayo. Colonizados, explotados y condenados a serlo siempre, si seguimos confiando en las leyes y los gobiernos de Inglaterra, para alcanzar la libertad. Esa presión solo puede venir de las armas” Pág. 239,  no tienen mucha explicación y desarrollo.

9. Se esconde hasta la homosexualidad de Roger, sus encuentros con hombres anotados en su diario, el mismo MVLL expone que no está seguro si son fantasía o elusiones de la realidad, es tema en que tampoco se compromete, cuando es asunto que ya nadie elude, a menos que sea un redomado hipócrita.

10. ¿ Se puede hacer literatura histórica con prosa acabada? Por supuesto basta sol con leer a Urzúa o  El País de la canela, de William Ospina para saber que es posible.

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LLANTO POR MARISELA ESCOBAR

Esta vez

el metro y la rima se me niegan,

la imagen y metáfora se eclipsan

ante tanta injusticia e ignominia.

 

No hay un paño que limpie tanta sangre,

no hay un mar que contenga tanto llanto,

nadie hay que calme el desconsuelo,

ni milagro que alumbre en este caos.

 

Esta es la visión de los vencidos, 

que una nueva conquista hemos sufrido,

ha triunfado la corrupción e impunidad.

 

Hoy mi Patria se quiebra y desmorona,

su gloria es la transa y la maldad,

sus aguas son fango salitroso

y nuestro alimento rastrojo sin sabor.

 

Me dueles hasta el alma ¡Patria mía!

La que un día fuiste doncella casta,

raptada por Velarde, por Pellicer cantada,

hoy, cual doliente fantasma, desgreñada

gimes por tus hijas, impunemente masacradas.

Patria, vendida, violada y traicionada.

 

Estamos todos en un foso infinito,

en soledad perdidos en negro laberinto

y no hay estrella que nos señale la salida,

ni Dios que se apiade de este cruel destino.

 

Pues nuestra voz no llega a las altas curules

donde en juego de azar nuestro país se apuesta

y siempre dados cargados se arrojan a la mesa.

 

Nuestra voz no la escuchan los altos magistrados,

aquellos judas negros con togas disfrazados

que danzan al compás del oro al tintinear

y en su pérfida alquimia convierten al Derecho

en cruento carnaval, negocio personal;

donde es tan gran pecado el reclamar Justicia,

que irremisiblemente se paga con la vida.

 

Y ante tanto crimen, tanta negrura,

te elevas tú, Marisela, madre huérfana de hija,

sobre este erial de desventura

como cactus enhiesto en el desierto,

con  tu nombre de mar y de amargura.

 

Emisaria de todas esas madres que,

buscando a sus hijas, desoladas,

sólo encuentran un puñado de huesos

calcinados por el sol, por la lluvia y el olvido.

 

Marisela, madre despojada

de la hija, la clemencia y la justicia.

¿Cómo enjugar tu llanto peregrino?

¿Cómo enjugar tu sangre derramada

en sacrificio inútil, impune, inicuo?

 

Zaida Cristina

 

 

 

LOS HECHOS

 

En agosto de 2008 fue asesinada la joven Ruby Marisol Frayre a manos de su pareja, Sergio Barrasa, quien después de mutilar el cuerpo lo arroja a una zanja.

Los hermanos y madre de la víctima, Marisela Escobar, después de una acuciosa búsqueda, localizan al asesino y dan parte a la justicia. Tras un juicio rápido, Sergio Barrasa confiesa su crimen, mas los jueces (Catalina Ochoa, Nezahualcóyotl Zúñiga y Rafael Boudio) liberan al criminal.

La madre de la víctima, Marisela Escobar, organiza un movimiento cívico exigiendo justicia y recorre las calles por varias ciudades. Luego establece un campamento frente al palacio del gobierno de la capital del estado de Chihuahua; en el noveno día de su plantón Marisela es asesinada a la luz del día y a las puertas del palacio de gobierno.

Días más tarde el comercio de la familia de Marisela es incendiado.

Durante 2010 fueron denunciados 1,368 feminicidios en el territorio mexicano ¿Cuántos de ellos han sido castigados?   

50 POEMAS DE AMOR, 2 DE OCTAVIO PAZ

OCTAVIO PAZ
JUAN DEL ENCINA
CRISTÓBAL DE CASTILLEJO
GARCILASO DE LA VEGA
SANTA TERESA DE JESÚS
SANTA TERESA DE JESÚS
GREGORIO SILVESTRE
FRAY LUIS DE LEÓN
FRAY LUIS DE LEÓN
FRAY LUIS DE LEÓN
FRAY LUIS DE LEON
BALTASAR DEL ALCÁZAR
FRANCISCO DE ALDANA
FRANCISCO DE ALDANA
FRANCISCO DE LA TORRE
FRANCISCO DE LA TORRE
VICENTE ESPINEL
MIGUEL DE CERVANTES
LÓPEZ MALDONADO
LOPE DE VEGA
LOPE DE VEGA
LOPE DE VEGA
LUIS DE GÓNGORA
LUIS DE GÓNGORA
LUIS DE GÓNGORA
LUIS DE GÓNGORA
FRANCISCO DE QUEVEDO
FRANCISCO DE QUEVEDO
FRANCISCO DE QUEVEDO
FRANCISCO DE QUEVEDO
FRANCISCO DE RIOJA
LUIS CARRILLO Y SOTOMAYOR
PEDRO CALDERÓN DE LA BARCA
GABRIEL BOCÁNGEL
SOR JUANA INÉS DE LA CRUZ
SOR JUANA INÉS DE LA CRUZ
SOR JUANA INÉS DE LA CRUZ
DIEGO DE TORRES VILLARROEL
TOMÁS DE IRIARTE
JOSÉ CADALSO
ÁNGEL DE SAAVEDRA, DUQUE DE RIVAS
JOSÉ DE ESPRONCEDA
GUSTAVO ADOLFO BÉCQUER
GUSTAVO ADOLFO BÉCQUER
SERAFÍN ESTÉBANEZ CALDERÓN
ROSALÍA DE CASTRO
ROSALÍA DE CASTRO
JOSÉ MARÍA BARTRINA
JOSÉ SELGAS
O.Paz

TUS OJOS

Arriba
Tus ojos son la patria del relámpago y de la lágrima,
silencio que habla,
tempestades sin viento, mar sin olas,
pájaros presos, doradas fieras adormecidas,
topacios impíos como la verdad,
o toño en un claro del bosque en donde la luz canta en el hombro de un árbol y son pájaros todas las hojas,
playa que la mañana encuentra constelada de ojos,
cesta de frutos de fuego,
mentira que alimenta,
espejos de este mundo, puertas del más allá,
pulsación tranquila del mar a mediodía,
absoluto que parpadea,
páramo.
Sin Título Arriba
No te tardes que me muero
carcelero,
no te tardes que me muero.
Apresura tu venida
porque no pierda la vida
que la fe no está perdida.
Carcelero,
no te tardes que me muero.
Sácame de esta cadena,
que recibo muy gran pena
pues tu tardar me condena.
Carcelero,
no te tardes que me muero.
La primera vez que me viste,
sin lo sentir me venciste;
suéltame pues me prendiste.
Carcelero,
no te tardes que me muero.
La llave para soltarme
he de ser galardonarme,
prometiendo no olvidarme.
Carcelero,
no te tardes que me muero.
Villancico No pueden dormir mis ojos, no pueden dormir. Arriba
Pero, ¿cómo dormirán
cercados en derredor
de soldados de dolor,
que siempre en armas están?
Los combates que les dan
no los pudieron sufrir;
no pueden dormir.
Alguna vez, de cansados
del angustia y del tormento,
se duermen que no lo siento,
que los hallo transportados;
pero los sueños pesados
no les quieren consentir
que puedan dormir.
Mas ya que duermen un poco:
están tan desvanecidos,
que ellos quedan aturdidos,
yo poco menos de loco;
y si los muevo y provoco
con cerrar y con abrir,
no pueden dormir.
Soneto XXIII Arriba
En tanto que de rosa y de azucena
se muestra la color en vuestro gesto,
y que vuestro mirar ardiente, honesto,
enciende al corazón y lo refrena;
y en tanto que el cabello, que en la vena
del oro se escogió, con vuelo presto
por el hermoso cuello blanco, enhiesto,
el viento mueve, esparce y desordena:
coged de vuestra alegre primavera
el dulce fruto antes que el tiempo airado
cubra de nieve la hermosa cumbre.
Marchitará la rosa el viento helado,
todo lo mudará la edad ligera,
por no hacer mudanza en su costumbre.
Vivo sin vivir en mí, y de tal manera espero, que muero porque no muero. Arriba
Vivo ya fuera de mí
después que muero de amor;
porque vivo en el Señor,
que me quiso para sí.
Cuando el corazón le di
puse en él este letrero:
que muero porque no muero.
Esta divina prisión
del amor con que yo vivo
ha hecho a Dios mi cautivo,
y libre mi corazón;
y causa en mí tal pasión
ver a Dios mi prisionero,
que muero porque no muero.
¡Ay, qué larga es esta vida!
¡Qué duros estos destierros,
esta cárcel, estos hierros
en que el alma está metida!
Sólo esperar la salida
me causa dolor tan fiero,
que muero porque no muero.
¡Ay, qué vida tan amarga
do no se goza el Señor!
Porque si es dulce el amor,
no lo es la esperanza larga.
Quíteme Dios esta carga,
más pesada que el acero,
que muero porque no muero.
Sólo con la confianza
vivo de que he de morir,
porque muriendo el vivir
me asegura mi esperanza.
Muerte do el vivir se alcanza,
no te tardes, que te espero,
que muero porque no muero.
Mira que el amor es fuerte,
vida, no me seas molesta;
mira que sólo te resta,
para ganarte, perderte.
Venga ya la dulce muerte,
el morir venga ligero,
que muero porque no muero.
Aquella vida de arriba
es la vida verdadera;
hasta que esta vida muera,
no se goza estando viva.
Muerte, no me seas esquiva;
viva muriendo primero,
que muero porque no muero.
Vida, ¿qué puedo yo darle
a mi Dios, que vive en mí,
si no es el perderte a ti
para mejor a Él gozarle?
Quiero muriendo alcanzarle,
pues tanto a mi Amado quiero,
que muero porque no muero.
Sin Título Arriba
Nada te turbe,
nada te espante.
Todo se pasa,
Dios no se muda;
la paciencia
todo alcanza.
Quien a Dios tiene
nada le falta.
Sólo Dios basta.
Sin Título Arriba
Decid los que tratáis de agricultura:
en este valle umbroso y desabrido
¿qué fruto del deleite habéis tenido
que no se os torne luego en amargura?
Del gusto y del regalo y la dulzura
¿qué espigas y qué grano habéis cogido
que no salga nublado y revenido
del silo de la triste sepultura?
Del mal terreno y mala sementera
¿qué se puede segar, sino sospecha,
disgusto, confusión, remordimiento?
El alma siente ya desde la era
cómo ha de baratar de la cosecha
agosto seco, de eternal tormento.
Canción de la vida solitaria Arriba
¡Qué descansada vida
la del que huye del mundanal ruido
y sigue la escondida
senda por donde han ido
los pocos sabios que en el mundo han sido;
que no le enturbia el pecho
de los soberbios grandes el estado,
ni del dorado techo
se admira, fabricado
del sabio Moro, en jaspe sustentado!
No cura si la fama
canta con voz su nombre pregonera,
ni cura si encarama
la lengua lisonjera
lo que condena la verdad sincera.
¿Qué presta a mi contento
si soy del vano dedo señalado;
si, en busca de este viento,
ando desalentado
con ansias vivas, con mortal cuidado?
¡Oh monte, oh fuente, oh río!
¡Oh secreto seguro, deleitoso!
Roto casi el navío,
a vuestro almo reposo
huyo de aqueste mar tempestuoso.
Un no rompido sueño,
un día puro, alegre, libre quiero;
no quiero ver el ceño
vanamente severo
de a quien la sangre ensalza o el dinero.
Despiértenme las aves
con su cantar sabroso no aprendido;
no los cuidados graves
de que es siempre seguido
el que al ajeno arbitrio está atenido.
Vivir quiero conmigo,
gozar quiero del bien que debo al cielo.
A solas, sin testigo,
libre de amor, de celo,
de odio, de esperanzas, de recelo.
Del monte en la ladera,
por mi mano plantado tengo un huerto,
que con la primavera
de bella flor cubierto
ya muestra en esperanza el fruto cierto;
y como codiciosa
por ver y acrecentar su hermosura,
desde la cumbre airosa
una fontana pura
hasta llegar corriendo se apresura.
Y luego, sosegada,
el paso entre los árboles torciendo,
el suelo de pasada
de verdura vistiendo
y con diversas flores va esparciendo.
El aire del huerto orea
y ofrece mil olores al sentido;
los árboles menea
con un manso ruido
que del oro y del cetro pone olvido.
Téngase su tesoro
los que de un falso leño se confían;
no es mío ver el lloro
de los que desconfían
cuando el cierzo y el ábrego porfían.
La combatida antena
cruje, y en ciega noche el claro día
se torna; al cielo suena
confusa vocería,
y la mar enriquecen a porfía.
A mí una pobrecilla
mesa de amable paz bien abastada
me basta, y la vajilla
de fino oro labrada
sea de quien la mar no teme airada.
Y mientras miserable-
mente se están los otros abrasando
con sed insaciable
del peligroso mando,
tendido yo a la sombra esté cantando;
a la sombra tendido,
de hiedra y lauro eterno coronado,
puesto el atento oído
al son dulce, acordado,
del plectro sabiamente meneado.
Noche serena A don Loarte Arriba
Cuando contemplo el cielo
de innumerables luces adornado,
y miro hacia el suelo,
de noche rodeado,
en sueño y en olvido sepultado,
el amor y la pena
despiertan en mi pecho un ansia ardiente;
despiden larga vena
los ojos hechos fuente,
Loarte, y digo al fin con voz doliente:
“Morada de grandeza,
templo de claridad y de hermosura,
el alma, que a tu alteza
nació, ¿qué desventura
la tiene en esta cárcel baja, oscura?
“¿Qué mortal desatino
de la verdad aleja así el sentido,
que de tu bien divino
olvidado, perdido,
sigue la vana sombra, el bien fingido?
“El hombre está entregado
al sueño, de su suerte no cuidando,
y con paso callado
el cielo, vueltas dando,
las horas del vivir le va hurtando.
“¡Oh, despertad, mortales,
mirad con atención en vuestro daño!
Las almas inmortales,
hechas a bien tamaño,
¿podrán vivir de sombra y de engaño?
“¡Ay, levantad los ojos
aquesta celestial eterna esfera!,
burlaréis los antojos
de aquesa lisonjera
vida, que cuanto teme y cuanto espera.
“¿Es más que un breve punto
el bajo y torpe suelo, comparado
con ese gran trasunto
do vive mejorado
lo que es, lo que será, lo que ha pasado?
“Quien mira el gran concierto
de aquestos resplandores eternales,
su movimiento cierto,
sus pasos desiguales,
y en proporción concorde tan iguales;
“la luna cómo mueve
la plateada rueda, y va en pos de ella
la luz do el saber llueve,
y la graciosa estrella
de Amor la sigue reluciente y bella;
“y cómo otro camino
prosigue el sanguinoso Marte airado,
y el Júpiter benigno,
de bienes mil cercado,
serena el cielo con su rayo amado;
“rodéase en la cumbre
Saturno, padre de los siglos de oro;
tras él la muchedumbre
del reluciente coro
su luz va repartiendo y su tesoro.
“¿Quién es el que esto mira,
y precia la bajeza de la tierra,
y no gime y suspira
y rompe lo que encierra
el alma y de estos bienes la destierra?
“Aquí vive el contento,
aquí reina la paz; aquí, asentado
en rico y alto asiento
está el Amor sagrado,
de glorias y deleites rodeado.
“Inmensa hermosura
aquí se muestra toda, y resplandece
clarísima luz pura
que jamás anochece:
eterna primavera aquí florece.
“¡Oh campos verdaderos!
¡Oh prados con verdad frescos y amenos!
¡Riquísimos mineros!
¡Oh deleitosos senos!
¡Repuestos valles, de mil bienes llenos!”
Oda a Francisco de Salinas Arriba
El aire se serena
y viste de hermosura y luz no usada,
Salinas, cuando suena
la música extremada,
por vuestra sabia mano gobernada.
A cuyo son divino
el alma, que en olvido está sumida,
torna a cobrar el tino
y memoria perdida
de su origen primera esclarecida.
Y como se conoce,
en suerte y pensamientos se mejora;
el oro desconoce,
que el vulgo vil adora;
la belleza caduca, engañadora.
Traspasa el aire todo
hasta llegar a la más alta esfera,
y oye allí otro modo
de no perecedera
música, que es la fuente y la primera.
Ve cómo el gran maestro,
aquesta inmensa cítara aplicado,
con movimiento diestro
produce el son sagrado,
con que este eterno templo es sustentado.
Y como está compuesta
de números concordes, luego envía
consonante respuesta;
y entre ambas a porfía
se mezcla una dulcísima armonía.
Aquí la alma navega
por un mar de dulzura, y finalmente
en él así se anega
que ningún accidente
extraño y peregrino oye o siente.
¡Oh desmayo dichoso!,
¡oh muerte que das vida! ¡Oh dulce olvido!
¡Durase en tu reposo
sin ser restituido
jamás a aqueste bajo y vil sentido!
A este bien os llamo,
gloria del apolíneo sacro coro,
amigos, a quien amo
sobre todo tesoro,
que todo lo visible es triste lloro.
¡Oh, suene de continuo,
Salinas, vuestro son en mis oídos,
por quien al bien divino
despiertan los sentidos
quedando a lo demás amortecidos!
En la Ascensión Arriba
¿Y dejas, Pastor santo,
tu grey en este valle hondo, oscuro,
con soledad y llanto;
y tú, rompiendo el puro
aire, te vas al inmortal seguro?
Los antes bienhadados
y los ahora tristes y afligidos,
a tus pechos criados,
de ti desposeídos,
¿a dó volverán ya sus sentidos?
¿Qué mirarán los ojos
que vieron de tu rostro la hermosura
que no les sea enojos?
Quién oyó tu dulzura,
¿qué no tendrá por sordo y desventura?
Aqueste mar turbado
¿quién le pondrá ya freno?, ¿quién concierto
al fiero viento airado,
estando tú encubierto?
¿Qué norte guiará la nave al puerto?
Ay, nube envidiosa
aun de este breve gozo, ¿qué te aquejas?
¿Dónde vas presurosa?
¡Cuán rica tú te alejas!
¡Cuán pobres y cuán ciegos, ay, nos dejas!
Sin Título Arriba
Yo acuerdo revelaros un secreto
en un soneto, Inés, bella enemiga;
mas, por buen orden que yo en éste siga,
no podrá ser en el primer cuarteto.
Venidos al segundo, yo os prometo
que no se ha de pasar sin que os lo diga;
mas estoy hecho, Inés, una hormiga,
que van fuera ocho versos del soneto.
Pues ved, Inés, qué ordena el duro hado,
que teniendo el soneto ya en la boca
y el orden de decirlo ya estudiado,
conté los versos todos y he hallado
que, por la cuenta que a un soneto toca,
ya este soneto, Inés, es acabado.
Sin Título Arriba
Mil veces callo que romper deseo
el cielo a gritos, y otras tantas tiento
dar mi lengua voz y movimiento,
que en silencio mortal yacer la veo.
Anda cual velocísimo correo
por dentro al alma el suelto pensamiento
con alto y de dolor lloroso acento,
casi en sombra de muerte un nuevo Orfeo.
No halla la memoria o la esperanza
rastro de imagen dulce y deleitable
con que la voluntad viva segura.
Cuanto en mí hallo es maldición que alcanza,
muerte que tarda, llanto inconsolable,
desdén del cielo, error de la ventura.
Sin Título Arriba
En fin, en fin, tras tanto andar muriendo,
tras tanto variar vida y destino,
tras tanto, de uno en otro desatino,
pensar todo apretar, nada cogiendo,
tras tanto acá y allá yendo y viniendo
cual sin aliento inútil peregrino,
¡oh Dios!, tras tanto error del buen camino,
yo mismo de mi mal ministro siendo,
hallo, en fin, que ser muerto en la memoria
del mundo es lo mejor que en él se esconde,
pues es la paga de él muerte y olvido,
y en un rincón vivir con la victoria
de sí, puesto el querer tan sólo adonde
es premio el mismo Dios de lo servido
Sin Título Arriba
¡Cuántas veces te me has engalanado,
clara y amiga noche; cuántas, llena
de oscuridad y espanto, la serena
mansedumbre del cielo me has turbado!
Estrellas hay que saben mi cuidado
y que se han regalado con mi pena;
que, entre tanta beldad, la más ajena
de amor tiene su pecho enamorado.
Ellas saben amar, y saben ellas
que he contado su mal llorando el mío,
envuelto en los dobleces de tu manto.
Tú, con mil ojos, noche, mis querellas
oye y esconde, pues mi amargo llanto
es fruto inútil que al amor envío.
Sin Título Arriba
Noche, que en tu amoroso y dulce olvido
escondes y entretienes los cuidados
del enemigo día y los pasados
trabajos recompensas al sentido.
Tú que de mi dolor me has conducido
a contemplarte y contemplar mis hados,
enemigos ahora conjurados
contra un hombre del cielo perseguido.
Así las claras lámparas del cielo
siempre te alumbren, y tu amiga frente
de beleño y ciprés tengas ceñida,
que no vierta su luz en este suelo
el claro sol mientras me quejo ausente
de mi pasión. Bien sabes tú mi vida.
Sin Título Arriba
El bermellón a manchas se mostraba
en el pardo y azul, con vario adorno
del blanco y jalde, realzado en torno
sobre Titán, que ya su ardor negaba.
La negra noche a más andar se entraba
del claro día oscuro desadorno,
cuando los ojos a una parte torno
de un alto bien dudoso que esperaba.
¡Gloria del mundo!, digo, y luego veo
de gloria el suelo, calle y alma llenas
de una luz que salió, que a Febo alcanza.
Alégrate de hoy más, dijo, Liseo,
que quien tan bien amó sufriendo penas,
sabrá estimar el bien de la esperanza.
Al túmulo del rey Felipe II en Sevilla Arriba
—”¡Voto a Dios que me espanta esta grandeza
y que diera un doblón por describilla!
Porque ¿a quién no suspende y maravilla
esta máquina insigne, esta riqueza?
Por Jesucristo vivo, cada pieza
vale más de un millón, y que es mancilla
que esto no dure un siglo, ¡oh gran Sevilla!,
Roma triunfante en ánimo y nobleza.
Apostaré que el ánima del muerto
por gozar de este sitio hoy ha dejado
la gloria, donde vive eternamente”.
Esto oyó un valentón y dijo: —”Es cierto
cuanto dice voacé, seor soldado.
Y el que dijere lo contrario, miente”.
Y luego, incontinente,
caló el chapeo, requirió la espada,
miró al soslayo, fuese, y no hubo nada.
Sin Título Arriba
Desta nube que ha tanto ya que llueve
por mis cansados ojos agua tanta,
desta que a cualquier sitio a cualquier planta
en abundancia a humedecer se atreve,
desta que el corazón hace de nieve
y con ardiente rayo le quebranta
y con viento inclemente que la espanta
amargas olas en mi alma mueve,
¿cuándo la lluvia larga e importuna,
el viento fiero, el fuego intolerable,
la helada nieve menguarán su fuerza?
Fin pues suele tener cualquier fortuna,
no suele ser el mal siempre durable,
sino en mí, que hasta el bien me le refuerza.
Sin Título Arriba
A mis soledades voy,
de mis soledades vengo,
porque para andar conmigo
me bastan mis pensamientos.
No sé qué tiene la aldea
donde vivo y donde muero,
que con venir de mí mismo
no puedo venir más lejos.
Ni estoy bien ni mal conmigo;
mas dice mi entendimiento
que un hombre que todo es alma
está cautivo en su cuerpo.
Entiendo lo que me basta,
y solamente no entiendo
cómo se sufre a sí mismo
un ignorante soberbio.
De cuantas cosas me cansan,
fácilmente me defiendo;
pero no puedo guardarme
de los peligros de un necio.
El dirá que yo lo soy,
pero con falso argumento,
que humildad y necedad
no caben en un sujeto.
La diferencia conozco,
porque en él y en mí contemplo,
su locura en su arrogancia,
mi humildad en su desprecio.
O sabe naturaleza
más que supo en otro tiempo,
o tantos que nacen sabios
es porque lo dicen ellos.
“Sólo sé que no sé nada”,
dijo un filósofo, haciendo
la cuenta con su humildad,
adonde lo más es menos.
No me precio de entendido,
de desdichado me precio,
que los que no son dichosos,
¿cómo pueden ser discretos?
No puede durar el mundo,
porque dicen, y lo creo,
que suena a vidrio quebrado
y que ha de romperse presto.
Señales son del juicio
ver que todos le perdemos,
unos por carta de más
otros por cartas de menos.
Dijeron que antiguamente
se fue la verdad al cielo;
tal la pusieron los hombres
que desde entonces no ha vuelto.
En dos edades vivimos
los propios y los ajenos:
la de plata los extraños
y la de cobre los nuestros.
¿A quién no dará cuidado,
si es español verdadero,
ver los hombres a lo antiguo
y el valor a lo moderno?
Todos andan bien vestidos
y quéjanse de los precios,
de medio arriba romanos,
de medio abajo romeros.
Dijo Dios que comería
su pan el hombre primero
con el sudor de su cara
por quebrar su mandamiento,
y algunos, inobedientes
a la vergüenza y al miedo,
con las prendas de su honor
han trocado los efectos.
Virtud y filosofía
peregrinan como ciegos;
el uno se lleva al otro,
llorando van y pidiendo.
Dos polos tiene la tierra,
universal movimiento;
la mejor vida el favor,
la mejor sangre el dinero.
Oigo tañer las campanas,
y no me espanto, aunque puedo,
que en lugar de tantas cruces
haya tantos hombres muertos.
Mirando estoy los sepulcros
cuyos mármoles eternos
están diciendo sin lengua
que no lo fueron sus dueños.
¡Oh, bien haya quien los hizo,
porque solamente en ellos
de los poderosos grandes
se vengaron los pequeños!
Fea pintan a la envidia,
yo confieso que la tengo
de unos hombres que no saben
quién vive pared en medio.
Sin libros y sin papeles,
sin tratos, cuentas ni cuentos,
cuando quieren escribir
piden prestado el tintero.
Sin ser pobres ni ser ricos,
tienen chimenea y huerto;
no los despiertan cuidados,
ni pretensiones, ni pleitos.
Ni murmuraron del grande,
ni ofendieron al pequeño;
nunca, como yo, firmaron
parabién, ni pascuas dieron.
Con esta envidia que digo
y lo que paso en silencio,
a mis soledades voy,
de mis soledades vengo.
Sin Título Arriba
¿Qué tengo yo que mi amistad procuras?
¿Qué interés se te sigue, Jesús mío,
que a mi puerta cubierto de rocío
pasas las noches del invierno oscuras?
¡Oh, cuánto fueron mis entrañas duras,
pues no te abrí! ¡Qué extraño desvarío,
si de mi ingratitud el hielo frío
secó las llagas de tus plantas puras!
¡Cuántas veces el ángel me decía:
“Alma, asómate ahora a la ventana,
verás con cuánto amor llamar porfía”!
¡Y cuántas, hermosura soberana,
“Mañana le abriremos” respondía,
para lo mismo responder mañana!
Sin Título Arriba
Versos de amor, conceptos esparcidos,
engendrados del alma en mis cuidados,
partos de mis sentidos abrasados,
con más dolor que libertad nacidos;
expósitos al mundo en que, perdidos,
tan rotos anduvisteis y trocados,
que sólo donde fuisteis engendrados
fuérades por la sangre conocidos.
Pues que le hurtáis el laberinto a Creta,
a Dédalo los altos pensamientos,
la furia al mar, las llamas al abismo,
si aquel áspid hermoso no os aceta,
dejad la tierra, entretened los vientos:
descansaréis en vuestro centro mismo.
Sin Título Arriba
La dulce boca que a gustar convida
un humor entre perlas destilado,
y a no envidiar aquel licor sagrado
que a Júpiter ministra el garzón de Ida,
amantes, no toquéis, si queréis vida,
porque entre un labio y otro colorado
Amor está de su veneno armado,
cual entre flor y flor sierpe escondida.
No os engañen las rosas que al Aurora
diréis que aljofaradas y olorosas
se le cayeron del purpúreo seno.
Manzanas son de Tántalo y no rosas,
que después huyen del que incitan ahora
y sólo del Amor queda el veneno.
De un caminante enfermo que se enamoró donde fue hospedado Arriba
Descaminado, enfermo, peregrino,
en tenebrosa noche, con pie incierto
la confusión pisando del desierto,
voces en vano dio, pasos sin tino.
Repetido latir, si no vecino,
distinto oyó de can siempre despierto,
y en pastoral albergue mal cubierto
piedad halló, si no halló camino.
Salió el sol, y entre armiños escondida,
somnolienta beldad con dulce saña
salteó al no bien sano pasajero.
Pagará el hospedaje con la vida;
más le valiera error en la montaña
que morir de la suerte que yo muero.
De una dama que, quitándose una sortija, se picó con un alfiler Arriba
Prisión de nácar era articulado,
de mi firmeza un émulo luciente,
un diamante, ingeniosamente
en oro también él aprisionado.
Clori, pues, que su dedo apremiado
de metal, aun precioso, no consiente,
gallarda un día, sobre impaciente,
lo redimió del vínculo dorado.
Mas, ay, que insidioso latón breve
en los cristales de su bella mano
sacrílego divina sangre bebe:
púrpura ilustró menos indiano
marfil; envidiosa, sobre nieve
claveles deshojó la Aurora en vano.
Sin Título Arriba
Ándeme yo caliente,
y ríase la gente.
Traten otros del gobierno
del mundo y sus monarquías,
mientras gobiernan mis días
mantequillas y pan tierno,
y las mañana de invierno
naranjada y aguardiente,
y ríase la gente.
Coma en dorada vajilla
el príncipe mil cuidados
como píldoras dorados,
que yo en mi pobre mesilla
quiero más una morcilla
que en el asador reviente,
y ríase la gente.
Cuando cubra las montañas
de plata y nieve el enero,
tenga yo lleno el brasero
de bellotas y castañas,
y quien las dulces patrañas
del rey que rabió me cuente,
y ríase la gente.
Busque muy en hora buena
el mercader nuevos soles;
yo conchas y caracoles
entre la menuda arena,
escuchando a Filomena
sobre el chopo de la fuente,
y ríase la gente.
Pase a media noche el mar
y arda en amorosa llama
Leandro por ver su dama;
que yo más quiero pasar
del golfo de mi lagar
la blanca o roja corriente,
y ríase la gente.
Pues Amor es tan cruel,
que de Píramo y su amada
hace tálamo una espada,
do se junten ella y él,
sea mi Tisbe un pastel,
y la espada sea mi diente,
y ríase la gente.
Represéntase la brevedad de lo que se vive Arriba
¡Ah de la vida! ¿Nadie me responde?
Aquí de los antaños que he vivido;
la Fortuna mis tiempos ha mordido,
las horas mi locura las esconde.
¡Que sin poder saber cómo ni adónde,
la salud y la edad se hayan huido!
Falta la vida, asiste lo vivido,
y no hay calamidad que no me ronde.
Ayer se fue, mañana no ha llegado,
hoy se está yendo sin parar un punto:
soy un fue, y un será, y un es cansado.
En el hoy y mañana y ayer junto
pañales y mortaja, y he quedado
presentes sucesiones de difunto.
Sin Título Arriba
Poderoso caballero
es don Dinero.
Madre, yo al oro me humillo,
él es mi amante y mi amado,
pues de puro enamorado
de continuo anda amarillo;
que, pues doblón o sencillo,
hace todo cuanto quiero,
poderoso caballero
es don Dinero.
Nace en las Indias honrado
donde el mundo le acompaña;
viene a morir en España
y es en Génova enterrado;
y pues quien le trae al lado
es hermoso aunque sea fiero,
poderoso caballero
es don Dinero.
Es galán y es como un oro,
tiene quebrado el color,
persona de gran valor,
tan cristiano como moro;
pues que da y quita el decoro
y quebranta cualquier fuero,
poderoso caballero
es don Dinero.
Son sus padres principales,
y es de nobles descendiente,
porque en las venas de Oriente
todas las sangres son reales;
y pues es quien hace iguales
al duque y al ganadero,
poderoso caballero
es don Dinero.
Mas ¿a quién no maravilla
ver en su gloria sin tasa
que es lo menos de su casa
doña Blanca de Castilla?
Pero pues da al bajo silla,
y al cobarde hace guerrero,
poderoso caballero
es don Dinero.
Sus escudos de armas nobles
son siempre tan principales,
que sin sus escudos reales
no hay escudos de armas dobles;
y pues a los mismos robles
da codicia su minero,
poderoso caballero
es don Dinero.
Por importar en los tratos
y dar tan buenos consejos,
en las casas de los viejos
gatos le guardan de gatos;
y pues él rompe recatos
y ablanda al juez más severo,
poderoso caballero
es don Dinero.
Y es tanta su majestad,
aunque son sus duelos hartos,
que con haberle hecho cuartos
no pierde su autoridad;
pero pues da calidad
al noble y al pordiosero,
poderoso caballero
es don Dinero.
Nunca vi damas ingratas
a su gusto y afición,
que las caras de un doblón
hacen sus caras baratas;
y pues las hace bravatas
desde una bolsa de cuero,
poderoso caballero
es don Dinero.
Más valen en cualquier tierra,
mirad si es harto sagaz,
sus escudos en la paz
que rodelas en la guerra;
y pues al pobre lo entierra
y hace propio al forastero,
poderoso caballero
es don Dinero.
Reconocimiento de la vanidad del mundo Arriba
Miré los muros de la patria mía,
si un tiempo fuertes, ya desmoronados,
de la carrera de la edad cansados,
por quien caduca ya su valentía.
Salime al campo, vi que el sol bebía
los arroyos del hielo desatados,
y del monte quejosos los ganados
que con sombras hurtó su luz al día.
Entré en mi casa, vi que amancillada
de anciana habitación era despojos;
mi báculo, más corvo y menos fuerte.
Vencida de la edad sentí mi espada,
y no hallé cosa en que poner los ojos
que no fuese recuerdo de la muerte.
A una nariz Arriba
Érase un hombre a una nariz pegado,
érase una nariz superlativa,
érase una alquitara medio viva,
érase un peje espada mal barbado.
Era un reloj de sol mal encarado,
érase un elefante boca arriba,
érase una nariz sayón y escriba,
un Ovidio Nasón mál narigado.
Érase un espolón de una galera,
érase una pirámide de Egito,
las doce tribus de narices era.
Érase un naricísimo infinito,
frisón archinariz, caratulera,
sabañón garrafal, morado y frito.
A la rosa Arriba
Pura, encendida rosa,
émula de la llama
que sale con el día,
¿cómo naces tan llena de alegría
si sabes que la edad que te da el cielo
es apenas un breve y veloz vuelo,
y ni valdrán las puntas de tu rama
ni púrpura hermosa
a detener un punto
la ejecución del hado presurosa?
El mismo cerco alado
que estoy viendo riente,
ya temo amortiguado,
presto despojo de la llama ardiente.
Para las hojas de tu crespo seno
te dio Amor de sus alas blandas plumas,
y oro de su cabello dio a tu frente,
¡oh fiel imagen suya peregrina!
Bañote de su color sangre divina
de la deidad que dieron las espumas,
¿y esto, purpúrea flor, esto no pudo
hacer menos violento el rayo agudo?
Róbate en una hora,
róbate silencioso su ardimiento
el color y el aliento:
tienes aún no las alas abrasadas,
y ya vuelan al suelo desmayadas.
Tan cerca, tan unida
está al morir tu vida,
que dudo si en sus lágrimas la Aurora
mustia tu nacimiento o muerte llora.
Sin Título Arriba
Camino de la muerte, en hora breve
apresura la edad los gustos míos,
y mis llorosas luces en dos ríos
lloran cuán tardos sus momentos mueve.
A tal exceso mi dolor se atreve,
rendido él mismo de sus mismos bríos.
¡Ay, venga el tiempo que en sus hombros fríos
la común madre mis despojos lleve!
Crece a medida de la edad la pena;
con ella el gusto del funesto empleo
que mi grave dolor, ¡oh suerte!, ordena.
Y tan ceñido al alma le poseo,
que, mientras más la vida le enajena,
siento crecer más fuerza a tal deseo.
Monólogo de Segismundo, de “La vida es sueño” Arriba
¡Ay mísero de mí, ay infelice!
Apurar, cielos, pretendo,
ya que me tratáis así,
qué delito cometí
contra vosotros naciendo.
Aunque si nací, ya entiendo
qué delito he cometido:
bastante causa ha tenido
vuestra justicia y rigor,
pues el delito mayor
del hombre es haber nacido.
Sólo quisiera saber
para apurar mis desvelos,
dejando a una parte, cielos,
el delito de nacer,
¿qué más os pude ofender
para castigarme más?
¿No nacieron los demás?
Pues si los demás nacieron,
¿qué privilegios tuvieron
que yo no gocé jamás?
Nace el ave, y con las galas
que le dan belleza suma,
apenas es flor de pluma
o ramillete con alas,
cuando las etéreas salas
corta con velocidad,
negándose a la piedad
del nido que deja en calma,
¿y teniendo yo más alma
tengo menos libertad?
Nace el bruto, y con la piel
que dibujan manchas bellas,
apenas signo es de estrellas
gracias al docto pincel,
cuando atrevida y cruel,
la humana necesidad
le enseña a tener crueldad,
monstruo de su laberinto,
¿y yo con mejor instinto
tengo menos libertad?
Nace el pez, que no respira,
aborto de ovas y lamas,
y apenas bajel de escamas
sobre las ondas se mira,
midiendo la inmensidad
de tanta capacidad
como le da el centro frío,
¿y yo con más albedrío
tengo menos libertad?
Nace el arroyo, culebra
entre flores se desata,
y apenas, sierpe de plata,
entre las flores se quiebra,
cuando músico celebra
de las flores la piedad
que le dan la majestad
del campo abierto a su ida,
¿y teniendo yo más vida
tengo menos libertad?
En llegando a esta pasión,
un volcán, un Etna hecho,
quisiera sacar del pecho
pedazos del corazón.
¿Qué ley, justicia o razón
negar a los hombres sabe
privilegio tan suave,
exención tan principal,
que Dios le ha dado a un cristal,
a un pez, a un bruto y a un ave?
Sin Título Arriba
Huye del sol el sol, y se deshace
la vida a manos de la propia vida,
del tiempo que, a sus partos homicida,
en mies de siglos las edades pace.
Nace la vida, y con la vida nace
del cadáver la fábrica temida.
¿Qué teme, pues, el hombre en la partida,
si vivo estriba en lo que muerto yace?
Lo que pasó ya falta; lo futuro
aún no se vive, lo que está presente
no está, porque es su esencia el movimiento.
Lo que se ignora es sólo lo seguro
este mundo, república de viento,
que tiene por monarca un accidente.
Soneto CXLV A su retrato Arriba
(Procura desmentir los elogios que a un retrato de
la poetisa inscribió la verdad, que llama pasión)

Este que ves engaño colorido
que, del arte ostentando los primores,
con falsos silogismos de colores
es cauteloso engaño del sentido.
Éste en quien la lisonja ha pretendido
excusar de los años los horrores,
y venciendo del tiempo los rigores
triunfar de la vejez y del olvido,
es un vano artificio del cuidado,
es una flor al viento delicada,
es un resguardo inútil para el hado,
es una necia diligencia errada,
es un afán caduco y, bien mirado,
es cadáver, es polvo, es sombra, es nada.

Soneto a una rosa En que da moral censura a una rosa, y en ella a sus semejantes Arriba
Rosa divina que en gentil cultura
eres, con tu fragante sutileza,
magisterio purpúreo en la belleza,
enseñanza nevada a la hermosura.
Amago de la humana arquitectura,
ejemplo de la vana gentileza,
en cuyo ser unió naturaleza
la cuna alegre y triste sepultura.
¡Cuán altiva en tu pompa, presumida,
soberbia, el riesgo de morir desdeñas,
y luego desmayada y encogida,
de tu caduco ser das mustias señas,
con que con docta muerte y necia vida,
viviendo engañas y muriendo enseñas!
Arguye de inconsecuente el gusto y la censura de los hombres, que en las mujeres acusan lo que causan Arriba
Hombres necios que acusáis
a la mujer sin razón,
sin ver que sois la ocasión
de lo mismo que culpáis:
si con ansia sin igual
solicitáis su desdén,
¿por qué queréis que obren bien
si las incitáis al mal?
Combatís su resistencia,
y luego con gravedad
decís que fue liviandad
lo que hizo la diligencia.
Parecer quiere el denuedo
de vuestro parecer loco,
al niño que pone coco
y luego le tiene miedo.
Queréis con presunción necia
hallar a la que buscáis,
para pretendida, Tais,
y en la posesión, Lucrecia.
¿Qué humor puede ser más raro
que el falto de consejo,
él mismo empaña el espejo
y siente que no esté claro?
Con el favor y desdén
tenéis condición igual,
quejándoos si os tratan mal,
burlándoos si os quieren bien.
Opinión ninguna gana,
pues la que más se recata,
si no os admite es ingrata
y si os admite es liviana.
Siempre tan necios andáis
que, con desigual nivel,
a una culpáis por cruel
y a otra por fácil culpáis.
¿Pues cómo ha de estar templada
la que vuestro amor pretende,
si la que es ingrata ofende
y la que es fácil enfada?
Mas entre el enfado y pena
que vuestro gusto refiere,
bien haya la que no os quiere
y quejaos en hora buena.
Dan vuestras amantes penas
a sus libertades alas,
y después de hacerlas malas
las queréis hallar muy buenas.
¿Cuál mayor culpa ha tenido
en una pasión errada,
la que cae de rogada
o el que ruega de caído?
¿O cuál es más de culpar,
aunque cualquiera mal haga,
la que peca por la paga
o el que paga por pecar?
Pues ¿para qué os espantáis
de la culpa que tenéis?
Queredlas cual las hacéis
o hacedlas cual las buscáis.
Dejad de solicitar,
y después, con más razón,
acusaréis la afición
de la que os fuere a rogar.
Bien con muchas armas fundo
que lidia vuestra arrogancia,
pues en promesa e instancia
juntáis diablo, carne y mundo.
Ciencia de los cortesanos de este siglo Arriba
Bañarse con harina la melena,
ir enseñando a todos la camisa,
espada que no asuste y que dé risa,
su anillo, su reloj y su cadena;
hablar a todos con la faz serena,
besar los pies a misa doña Luisa,
y asistir como cosa muy precisa
al pésame, al placer y enhorabuena;
estar enamorado de sí mismo,
mascullar una arieta en italiano,
y bailar en francés tuerto o derecho.
Con esto y olvidar el catecismo
cátate hecho y derecho cortesano,
mas llevarate el diablo dicho y hecho
Un caballerito de estos tiempos Arriba
Levántome a las mil, como quien soy;
me lavo. Que me vengan a afeitar.
Traigan el chocolate, y a peinar.
Un libro… Ya leí; basta por hoy.
Si me buscan, que digan que no estoy.
Polvos… Venga el vestido verdemar…
¿Si estará ya la misa en el altar?
¿Han puesto la berlina? Pues me voy.
Hice ya tres visitas. A comer…
Traigan barajas. Ya jugué. Perdí…
Pongan el tiro; al campo, y a correr…
Ya doña Eulalia esperará por mí…
Dio la una. A cenar, y a recoger…
–¿Y es éste un racional? –Dicen que sí.
Al pintor que me ha de retratar Arriba
Discípulo de Apeles,
si tu pincel hermoso
empleas por capricho
en este feo rostro,
no me pongas ceñudo,
con iracundos ojos,
en la diestra el estoque
de Toledo famoso,
y en la siniestra el freno
de algún bélico monstruo,
ardiente como el rayo,
ligero como el soplo;
ni en el pecho la insignia
que en los siglos gloriosos
alentaba a los nuestros,
aterraba a los moros;
ni cubras este cuerpo
con militar adorno,
metal de nuestras Indias,
color azul y rojo;
ni tampoco me pongas,
con vanidad de docto,
entre libros y planos,
entre mapas y globos.
Reserva esta pintura
para los nobles locos
que honores solicitan
en los siglos remotos;
a mí, que sólo aspiro
a vivir con reposo
de nuestra frágil vida
estos instantes cortos,
la quietud de mi pecho
representa en mi rostro,
la alegría en la frente,
en mis labios el gozo.
Cíñeme la cabeza
con tomillo oloroso,
con amoroso mirto,
con pámpano beodo;
el cabello esparcido,
cubriéndome los hombros,
y descubierto al aire
el pecho bondadoso;
en esta diestra un vaso
muy grande, y lleno todo
de jerezano néctar
o de manchego mosto;
en la siniestra un tirso,
que es bacanal adorno,
y en postura de baile
el cuerpo chico y gordo;
o bien junto a mi Filis,
con semblante amoroso,
y en cadenas floridas
prisionero dichoso.
Retrátame, te pido,
de este sencillo modo,
y no de otra manera,
si tu pincel hermoso
empleas, por capricho,
en este feo rostro.
El otoño Arriba
Al bosque y al jardín el crudo aliento
del otoño robó la verde pompa,
y la arrastra marchita en remolinos
por el árido suelo.
Los árboles y arbustos erizados,
yertos extienden las desnudas ramas,
y toman el aspecto pavoroso
de helados esqueletos.
Huyen de ellos las aves asombradas,
que en torno revolaban bulliciosas,
y entre las frescas hojas escondidas
cantaban sus amores.
¿Son, ¡ay!, los mismos árboles que ha poco
del sol burlaban el ardor severo,
y entre apacibles auras se mecían
hermosos y lozanos?
Pasó su juventud fugaz y breve,
pasó su juventud y, envejecidos,
no pueden sostener las ricas galas
que les dio primavera.
Y pronto en su lugar el crudo invierno
les dará nieve rígida en ornato,
y el jugo que es la sangre de sus venas,
hielo será de muerte,
A nosotros los míseros mortales,
a nosotros también nos arrebata
la juventud gallarda y venturosa
del tiempo la carrera,
y nos despoja con su mano dura,
al llegar nuestro otoño, de los dones
de nuestra primavera, y nos desnuda
de sus hermosas galas,
y huyen de nuestra mente apresurados
los alegres y dulces pensamientos,
que en nuestros corazones anidaban
y nuestras dichas eran,
y luego la vejez de nieve cubre
nuestras frentes marchitas, y de hielo
nuestros áridos miembros, y en las venas
se nos cuaja la sangre.
Mas, ¡ay!, qué diferencia, cielo santo,
entre esas plantas que caducas creo,
y el hombre desdichado y miserable.
¡Oh Dios, qué diferencia!
Los huracanes pasarán de otoño,
y pasarán las nieves del invierno,
y al tornar apacible primavera
risueña y productora,
los que miro desnudos esqueletos
brotarán de sí mismos nueva vida,
renacerán en juventud lozana,
vestirán nueva pompa,
y tornarán las bulliciosas aves
a revolar en torno, y a esconderse
entre sus frescas hojas, derramando
deliciosos gorjeos.
Pero a nosotros míseros humanos,
¿quién nuestra juventud, quién nos devuelve
sus ilusiones y sus ricas galas?
Por siempre las perdimos.
¿Quién nos libra del peso de la nieve
que nuestros miembros débiles abruma?
¿De la horrenda vejez quién nos liberta?
La mano de la muerte.
Canción del pirata Arriba
Con diez cañones por banda,
viento en popa a toda vela,
no corta el mar sino vuela
un velero bergantín.
Bajel pirata que llaman
por su bravura el Temido
en todo mar conocido
del uno al otro confín.
La luna en el mar riela,
en la lona gime el viento,
y alza en blando movimiento
olas de plata y azul.
Y ve el capitán pirata,
cantando alegre en la popa,
Asia a un lado, al otro Europa,
y allá a su frente Estambul.

“Navega, velero mío,
sin temor,
que ni enemigo navío
ni tormenta, ni bonanza
tu rumbo a torcer alcanza
ni a sujetar tu valor.
“Veinte presas
hemos hecho
a despecho
del inglés,
y han rendido
sus pendones
cien naciones
a mis pies.

“Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad,
mi ley la fuerza y el viento,
mi única patria la mar.

“Allá muevan feroz guerra
ciegos reyes
por un palmo más de tierra,
que yo aquí tengo por mío
cuanto abarca el mar bravío,
a quien nadie impuso leyes.
“Y no hay playa,
sea cualquiera,
ni bandera
de esplendor,
que no sienta
mi derecho
y dé pecho
a mi valor.

“Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad,
mi ley la fuerza y el viento,
mi única patria la mar.

“A la voz de ‘¡barco viene!’
es de ver
cómo vira y se previene
a todo trapo a escapar;
que yo soy el rey del mar,
y mi furia es de temer.
“En las presas
yo divido
lo cogido
por igual;
sólo quiero
por riqueza
la belleza
sin rival.

“Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad,
mi ley la fuerza y el viento,
mi única patria la mar.

“Sentenciado estoy a muerte.
Yo me río;
no me abandone la suerte,
y al mismo que me condena
colgaré de alguna entena,
quizá en su propio navío.
“Y si caigo,
¿qué es la vida?
Por perdida
ya la di,
cuando el yugo
del esclavo
como un bravo
sacudí.

“Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad,
mi ley la fuerza y el viento,
mi única patria la mar.

“Son mi música mejor
aquilones,
el estrépito y temblor
de los cables sacudidos,
del negro mar los bramidos
y el rugir de mis cañones.
“Y del trueno
al son violento,
y del viento
al rebramar
yo me duermo
sosegado,
arrullado
por el mar.

“Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad,
mi ley la fuerza y el viento,
mi única patria la mar”.

Rima XVII Arriba
Hoy la tierra y los cielos me sonríen,
hoy llega al fondo de mi alma el sol;
hoy la he visto…, la he visto y me ha mirado…
¡Hoy creo en Dios!
Rima VII Arriba
Del salón en el ángulo oscuro,
de su dueño tal vez olvidada,
silenciosa y cubierta de polvo
veíase el arpa.
¡Cuánta nota dormía en sus cuerdas,
como el pájaro duerme en las ramas,
esperando la mano de nieve
que sabe arrancarlas!
¡Ay!, pensé, ¡cuántas veces el genio
así duerme en el fondo del alma,
y una voz, como Lázaro, espera
que le diga: “Levántate y anda”!
A don Bartolomé Gallardete Soneto de un su amigo estante en la corte de S. M. Arriba
Caco, cuco, faquín, bibliopirata,
tenaza de los libros, chuzo, púa;
de papeles, aparte lo ganzúa,
hurón, carcoma, polilleja, rata.
Uñilargo, garduño, garrapata;
para sacar los libros cabria, grúa,
Argel de bibliotecas, gran falúa
armada en corso, haciendo cala y cata.
Empapas un archivo en la bragueta,
un Simancas te cabe en el bolsillo,
te pones por corbata una maleta
con tal que encierre libros, ¡so gran pillo!,
y al fin te beberás como una sopa,
llenas de libros, África y Europa.
Sin Título Arriba
Busca y anhela el sosiego…,
mas, ¿quién le sosegará?
Con lo que sueña despierto,
dormido vuelve a soñar;
que hoy como ayer y mañana
cual hoy en su eterno afán
de hallar el bien que ambiciona
–cuando sólo encuentra el mal–
siempre a soñar condenado,
nunca puede sosegar.
Sin Título Arriba
Dicen que no hablan las plantas ni las fuentes ni los pájaros
ni el onda con sus rumores ni con su brillo los astros.
Lo dicen, pero no es cierto, pues siempre cuando yo paso
de mí murmuran y exclaman:
—Ahí va la loca soñando
con la eterna primavera de la vida y de los campos
y ya bien pronto, bien pronto, tendrá los cabellos canos
y ve temblando, aterida, que cubre la escarcha el prado.
—Hay canas en mi cabeza, hay en los prados escarcha,
mas yo prosigo soñando, pobre, incurable sonámbula,
con la eterna primavera de la vida que se apaga
y la perenne frescura de los campos y las almas,
aunque los unos se agostan y aunque las otras se abrasan.
¡Astros y fuentes y flores!, no murmuréis de mis sueños.
Sin ellos, ¿cómo admiraros ni cómo vivir sin ellos?
Sin Título Arriba
El siglo diecinueve
nació cabeza abajo
y el corazón se le saltó del pecho
y, resbalando, le cayó en el cráneo.
Y por esta razón, sólo por ésta,
los hijos de este siglo caminamos
llevando el corazón en la cabeza.
El sauce y el ciprés Arriba
Cuando a las puertas de la noche umbría,
dejando el prado y la floresta amena,
la tarde, melancólica y serena,
su misterioso manto recogía,
un macilento sauce se mecía
por dar alivio a su constante pena
y en voz suave y de suspiros llena
al son del viento murmurar se oía:
“Triste nací…, mas en el mundo moran
seres felices que el penoso duelo
y el llanto oculto y la tristeza ignoran”.
Dijo, y sus ramas esparció en el suelo.
“¡Dichosos, ¡ay!, los que en la tierra lloran!”,
le contestó un ciprés, mirando al cielo.
ELEGÍA INTERRUMPIDA (O.Paz) Arriba
Hoy recuerdo a los muertos de mi casa.
Al primer muerto nunca lo olvidamos,
aunque muera de rayo, tan aprisa
que no alcance la cama ni los óleos.
Oigo el bastón que duda en un peldaño,
el cuerpo que se afianza en un suspiro,
la puerta que se abre, el muerto que entra.
De una puerta a morir hay poco espacio
y apenas queda tiempo de sentarse,
alzar la cara, ver la hora
y enterarse: las ocho y cuarto.

Hoy recuerdo a los muertos de mi casa.
La que murió noche tras noche
y era una larga despedida,
un tren que nunca parte, su agonía.
Codicia de la boca
al hilo de un suspiro suspendida,
ojos que no se cierran y hacen señas
y vagan de la lámpara a mis ojos,
fija mirada que se abraza a otra,
ajena, que se asfixia en el abrazo
y al fin se escapa y ve desde la orilla
cómo se hunde y pierde cuerpo el alma
y no encuentra unos ojos a que asirse…
¿Y me invitó a morir esa mirada?
Quizá morimos sólo porque nadie
quiere morirse con nosotros, nadie
quiere mirarnos a los ojos.

Hoy recuerdo a los muertos de mi casa.
Al que se fue por unas horas
y nadie sabe en qué silencio entró.
De sobremesa, cada noche,
la pausa sin color que da al vacío
o la frase sin fin que cuelga a medias
del hilo de la araña del silencio
abren un corredor para el que vuelve:
suenan sus pasos, sube, se detiene…
Y alguien entre nosotros se levanta
y cierra bien la puerta.
Pero él, allá del otro lado, insiste.
Acecha en cada hueco, en los repliegues,
vaga entre los bostezos, las afueras.
Aunque cerremos puertas, él insiste.

Hoy recuerdo a los muertos de mi casa.
Rostros perdidos en mi frente, rostros
sin ojos, ojos fijos, vaciados,
¿busco en ellos acaso mi secreto,
el dios de sangre que mi sangre mueve,
el dios de yelo, el dios que me devora?
Su silencio es espejo de mi vida,
en mi vida su muerte se prolonga:
soy el error final de sus errores.

Hoy recuerdo a los muertos de mi casa.
El pensamiento disipado, el acto
disipado, los nombres esparcidos
(lagunas, zonas nulas, hoyos
que escarba terca la memoria),
la dispersión de los encuentros,
el yo, su guiño abstracto, compartido
siempre por otro (el mismo) yo, las iras,
el deseo y sus máscaras, la víbora
enterrada, las lentas erosiones,
la espera, el miedo, el acto
y su reverso: en mí se obstinan,
piden comer el pan, la fruta, el cuerpo,
beber el agua que les fue negada.
Pero no hay agua ya, todo está seco,
no sabe el pan, la fruta amarga,
amor domesticado, masticado,
en jaulas de barrotes invisibles
mono onanista y perra amaestrada,
lo que devoras te devora,
tu víctima también es tu verdugo.
Montón de días muertos, arrugados
periódicos, y noches descorchadas
y amaneceres, corbata, nudo corredizo:
“saluda al sol, araña, no seas rencorosa…”

Es un desierto circular el mundo,
el cielo está cerrado y el infierno vacío

Llorar lAgrimas de piedad

Una de aquellas tantas aventuras vividas de verdad había sido precipitar el divorcio de la ex funcionaria de Estado Julia Urquidi Illanes, colaboradora en el Palacio Quemado del dictador Hugo Banzer y después en el Ministerio de Minas y Petróleo del líder minero. El marido boliviano, temeroso de las represalias del ‘Control Político’ que pudiera ejercer el amante minero, optó por la separación amistosa y la repudiada por el exilio voluntario hacia Lima, buscando el auxilio espiritual de su familia boliviana-peruana, especialmente de su hermana Olga.


El ‘enfant-terrible’

Y en Lima la malmaridada vio que su sobrino el ‘Cholito’ Mario, ‘enfant-terrible’ de la casa, estaba crecido. Julia lo había dejado cuando tenía seis años y ella 20, una diferencia de 14 años. Ahora lucía orgullosamente sus años avanzados, estudiaba en la universidad Filosofía y Letras y dirigía un programa informativo de radio Panamericana. Por ese tiempo su contendor era el experimentado radialista boliviano Raúl Salmón con su esposa la Doctora Corazón de radio América de La Paz. Raúl Salmón residía en Lima. Mario Vargas Llosa en su novela autobiográfica Doña Julia y el escribidor lo toma como personaje con el nombre de Pedro Camacho.

Confiesa Julia Urquidi en su afamada biografía Lo que Varguitas no dijo (Julia Urquidi Illanes, Lo que Varguitas no dijo, Editorial Khana Cruz, Biblioteca Popular Boliviana de Última Hora, La Paz, Bolivia, 1983) que su sobrino a los seis años “era un niño debilucho, engreído y antipático, toda la familia vivía alrededor de él y él tenía conciencia de su privilegiada situación y sabía cómo aprovecharla… Desde niño supo sacar ventaja de quienes le querían. Era un niño verdaderamente insoportable. Confieso que, a escondidas de su madre y de sus abuelos, en más de una ocasión le di mis buenos coscorrones y uno que otro jalón de orejas. Reaccionaba mirándome con sus grandes ojos; aunque no decía nada, era como si me tuviera miedo”. 

“Además, Mario desarrollaba una singular e ingenua maldad infantil” —sigue confesando Julia Urquidi—. “Recuerdo que había en la casa un niño, Orlando, a quien la abuelita adoraba, tendría poco menos de un año y comenzaba a dar sus primeros pasos y cada vez que ‘el niño de la casa’ pasaba por su lado y lo veía agarradito a la pared y en muy frágil equilibrio, le daba un disimulado empujón y lo tiraba al suelo. La escena se repetía las veces que Orlando trataba de levantarse, y lo hacía Mario con una cara tal de inocencia, que nadie hubiera pensado y menos creído que era él quien lo empujaba”. 

“Recuerdo, asimismo, el espectáculo que se organizaba en las tremendas horas de almuerzo de Marito —como se lo llamaba familiarmente—; eran los peores momentos del día; no le gustaba nada, y tanto su mamá como abuelitos y tíos danzaban en círculos ofreciéndole el mundo entero para que comiera algo; a veces me aburría de toda esta comedia, le daba un tirón de orejas, diciéndole: ‘Chiquillo malcriado, si quieres comes, o si no, lo dejas’. Felizmente nunca me vieron hacerlo. Ya que cuando se caía jugando y pegaba el primer chillido, toda la familia corría despavorida a ver lo que había pasado al ‘tesorito de la casa’. En ese entonces Marito tendría unos 9 años y yo, 20”. 


El nacimiento de Patricia

“Por esa misma época nació Patricia (actual esposa del Premio Nobel), hija de mi hermana Olga y prima hermana de Marito. Éste sintió unos celos exagerados, pues mi hermana vivía en casa de sus suegros y la nueva niña (y futura esposa de su primo hermano) le quitó en algo su lugar de privilegio y ‘el trono del Rey de los Caprichos’”. 

“Recuerdo que cuando Olga se preparaba para ir a la clínica, para dar a luz a Patricia, Mario (el futuro esposo) se había trepado a un árbol frente al dormitorio; en uno de esos momentos miró hacia arriba y ahí estaba Marito en lo más alto, mirando todo lo que sucedía en la habitación. De un solo grito le hice bajar del estupendo mirador que había encontrado.” 

Lo que resalta en las confesiones de Julia Urquidi Illanes es mostrar la cualidad congénita de hombre perverso que alienta su sobrino Mario Vargas Llosa. Su innata génesis. Su originaria mala índole. Ahí está la herencia del padre encerrado en la conspiración del silencio. Nadie habla ni quiere hablar de él.


La leyenda del beso

“Una noche que íbamos al cine en un destartalado taxi, me abrazó y me besó, lo que esperaba yo desde hacía tiempo, pero no por eso dejó de sorprenderme, pues no me atrevía ni siquiera a insinuarlo. Cuando pudo hablar, me dijo: ‘Julita, me parece mentira, es algo maravilloso’. A partir de ese día vivíamos esperando el momento de volver a vernos. Nadie conocía nuestro romance, salvo Nancy, una prima hermana de él, y, lógicamente, Javier. A ellos no pudimos ocultárselos. Con Mario sabíamos que, por mi condición de mujer divorciada y mayor que él, tendríamos a toda la familia en contra, lo que en parte era lógico…”.

La familia llegó a saber de aquel idilio camandulero. Y decide separarlos, pero Julia y Mario deciden casarse, y huyen de la casa llevando consigo un joven testigo, Javier, quien trabaja en radio Panamericana. Llegan a Chincha y el Alcalde que está borracho no quiere casarlos. Contratan dos habitaciones: una para Julia y otra para Javier y Mario. A la hora de la verdad, al despedirse en la puerta de la habitación de tía Julia, le abrazó muy fuerte, le besó muchas veces con una pasión que hasta ese momento era desconocida ya que el galán era tímido. Y Julia, mujer experimentada, conocía cómo tratar a los hombres. El joven le suplicó:

‘Negrita, no me botes, déjame a tu lado; para mí, tú ya eres mi mujer; no me eches, por favor; mañana, sea como sea, nos casaremos, no tienes por qué preocuparte de nada, por favor, te adoro, te necesito conmigo, Negrita…’ Y… se quedó conmigo. Anticipábamos, apenas nuestra noche de bodas, sin que antes se hubiera producido, como ya lo dije, la más pequeña insinuación de una entrega, a pesar del gran amor que sentíamos el uno por el otro.” 

“Y de esa manera el Cartucho perdió su virginidad. Se impuso la astucia femenina de Eva sobre Adán. Mario Vargas mordió la manzana de Eva en aquel manzanar que era el hotelito de Chincha y se produjo su dulce y doloroso desgoznamiento. Entró por primera vez en el cuerpo de una mujer que no era virgen, pero él sí. ¡Tierra, tierra! Como el descubridor Cristóbal Colón a un mundo nuevo para plantar en tierra firme su estandarte. El pajarito de Arequipa había encontrado su nido”. 

La vida de Vargas Llosa es una novela en sí misma

Y se produjo el escándalo, reclamando la doncellez de la víctima como en las tradicionales familias criollas de origen español, esta vez involucradas de Arequipa, Lima, Cochabamba y Antofagasta. No se podía esperar otra cosa del adolescente Vargas Llosa, El Deseado como Fernando VII, estudiante universitario militante de izquierda. Vivía del auxilio público con becas y el socorro rojo. Apareció el boom de la literatura latinoamericana y él contribuyó con La ciudad y los perros. Después cambiaría su destino por la derecha vergonzante. Hoy convertido en otro afortunado Judas peruano. Es el nuevo Eudocio Ravines de La Gran Estafa. Su violento padre le buscaba para pegarle cinco balazos y la tenebrosa Policía de Lima, a Julia Urquidi por corruptora de menores.

En efecto, cuando la pareja retornó a la capital hubo recriminaciones de toda índole. La mayor sentencia manifestada fue que ese acto matritense de Chincha fracasaría pronto, no duraría ni seis meses porque el aprendiz de marido era ‘una guagua’ mimada y tía Julia replicaba sinceramente que lo que a ella le interesaba eran los seis meses o año de felicidad junto a su sobrino-marido que no tenerlo nunca. Gozar de su mágico chupete Ama Llamirina. Mario Vargas Llosa no era ningún matungo, tenía buenas cualidades físicas. 

Ante la persecución del iracundo padre de Mario, Julia huyó a Antofagasta, donde residía su madre. Antes de la partida, la pareja pasó su tercera noche de bodas juntos, Julia Urquidi declara: “Pasamos la noche llorando por las injusticias que se cometían con nosotros, ¿por qué no nos dejaban vivir nuestra vida? Era tanta la angustia y desesperación de Mario que perdió el conocimiento en un ataque de nervios…”. 

La resurrección literaria ante el fracaso político

Llorar y llorar. Mario Vargas Llosa no fue la primera vez que lloró en público al recibir el premio de Estocolmo el viernes 10 de diciembre de 2010. ¡Peligrosamente hipersensible, la derecha tiene que cuidarlo con los mimos a los que lo tiene ya acostumbrado! A estas situaciones de ver llorar en público nos tenía acostumbrado en Bolivia el dictador llamado general del pueblo René Barrientos. Especialmente en aquella ocasión cuando su convención partidaria lo eligió candidato a vicepresidente de la República y conoció a su futuro suegro trucho, el doctor Galindo.

¿Y ahora por qué lloró en Estocolmo el exitoso escritor en su alocución emocionada hasta llegar a la majadería? La derecha en el mundo está llorando que da pena y no es por su amor a Magdalena… En la concesión de los premios Nobel nunca se había llegado a aquella situación. Por ejemplo que lloren a mares, delante del rey, Jean-Paul Sartre o Thomas Man. ¿Qué mariconada de Mario es ésta? Pero, quién sabe si el arequipeño lloró por los sucesos de Haití en los que la falsa democracia se hizo mezcolanza extraña y ridícula con la cólera de un pueblo de desgraciados negros que siguen sufriendo lo indecible? ¿O por el terrible desequilibrio ecológico que ha ocasionado el sistema capitalista al mundo entero? Nada de eso, la mera verdad fue otra. Un pobre y ridículo espectáculo promovido por su prima hermana y esposa, sucesora de tía Julia, Patricia. Toda una rabieta al decirle que él servía solamente para escribir y nada más y nada menos. Consumado inútil. ¿Para hacer aquel papelón en Estocolmo había vivido tanto? C
Cuánta razón tuvo Patricia al denunciar a su esposo y primo hermano su inutilidad manifiesta. ¡Lo único que sabes es escribir! Naturalmente, el inservible hipersensible se sintió agredido, ofendido en su amor propio en vísperas de consumar su más cara aspiración: ¡Premio Nobel! En vano por envidias infundadas había destrozado a puñetazos el rostro de Gabriel García Márquez. Esta vez Vargas Llosa optó por el sendero luminoso de las lágrimas que rechaza pesadumbres, adversidades y dolores. Pero ciertas veces también pueden confundirse con lágrimas de cocodrilo. 

Hay un proverbio español que dice: “Castiga a tu mujer cada mañana. Si tú no sabes por qué, ella lo sabe”. También hay otro que dice: “Pégale con ganas a tu mujer para que la sopa tenga más gusto”. Estas sentencias del machismo criollo tienen un cauce que desemboca en el proverbio quechua: “Donde hay makanaku hay munanaku”, que quiere decir donde hay pendencia hay cariño. 

¡Patricia: grita menos fuerte, los vecinos pueden oírte! Mario Vargas Llosa, Premio Nobel de 2010, está condenado a llorar por siempre lágrimas de piedad.  

París, Francia, 8 de diciembre de 2010. 

“Lo que resalta en las confesiones de Urquidi es mostrar la cualidad congénita de hombre malo de Vargas Llosa…”

“Peligrosamente hipersensible, la derecha tiene que cuidarlo con los mimos a los que lo tiene acostumbrado…”

Amor y Vida, Paz y Libertad, Solidaridad y Democracia, Salud y República Olivier Herrera Marín

Ante la tumba del Presidente Manuel Azaña

 

Andalucia, el sur de la España culta y solidaria,

Galicia y Euskadi, la Catalunya dulce y limpia,

Unidos defenderemos de Iberia-Hispania

Sus tierras y su SER, lenguas y culturas,

Su memoria, identidad y dignidad.

Siendo la voz de quienes vivieron y murieron

Por la República, la paz, la tierra y la libertad

La voz de los hijos de la lluvia, el sol y el mar,

Ejecutados en las tapias de los cementerios,

Arrojados a las cunetas y a las fosas comunes.

 

 

Siendo la voz rediviva de García Lorca,

De León Felipe y Antonio Machado

De Lluis Companys y Miguel Hernández,

De cuantos vivieron para ser asesinados

Al defender el valor del amor y la vida.

 

 

Asesinados en las lúgubres mazmorras,

A la sombra alargada de las tronas tronantes

Y las sucias letrinas de las oscuras catedrales

En la España Nacional de cera y de sacristía,

Alcahueta y timorata, hortera y mojigata.

 

La España de charanga y pandereta

La España más negra de Rouco Varela

Azul y rosa de Rajoy y de Belen Esteban

Cobarde e hipócrita, inculta de alta cuna

Que juzga y condena cuanto ignora

.

 

La España cainita, cavernícola y casposa,

Nacional fascista, imperial y excluyente

Que tiene miedo a la luz y los taquígrafos,

Y se niega a sí misma y a sus  hermanos,

Teme su sombra y miente más que habla.

 

La España Nacional-Imperial y excluyente

Que aún anda buscando la piedra filosofal

De su esencia y su destino en lo universal

Por los  desiertos caminos de la nada,

Donde cabalgan las huestes de nadie.

 

Fernando VII, el Borbón sin alma ni corazón

Y los Cien Mil Hijos de San Luis sin cabeza,

Todos los necios descerebrados, inhumanos,

Los nostálgicos de la falange y del imperio

Y las plañideras del Valle de la Infamia.

Y que el 2011 sea el Año del Regreso de los 5 a su Patria y sus Familias

Comité Internacional por la Libertad de los 5 Cubanos

Que Corea del Norte, y Corea del Sur con la venia del Tío Sam, dejen sus juegos de guerra y no hagan más el IMBÉCIL por el bien de sus pueblos y de la humanidad.

Que USA renuncie en Latinoamérica a su política de codicia criminal, la doctrina Monroe América para los Americanos: ¿Cuáles Americanos?

Que USA deje de echar gasolina a los fuegos del extremo, medio y próximo oriente, dejando en Paz a Irak y Afganistán

.

Olivier Herrera Marín

Poetas de la Tierra y Amigos de la Poesía

PRESIDENTE

[email protected]

www.poetasdelatierra.org

Vargas Llosa: la tumba de la dignidad.

el mes de mayo de 1984.  En ese entonces con toda solemnidad
fue presentado por el director del centro  Luis Yañez
Barnuevo, como uno de los más connotados escritores de la lengua
hispana. Vargas Llosa iba vestido de punta en blanco, mancuernas de
oro, corbata a la moda y zapatitos de cafiche italiano. El público
desde tempranas horas abarrotaba el recinto ansioso por escuchar
las palabras de uno de los profetas del boom latinoamericano.

Mario hablaba de manera pausada con ese acento de  pituco
limeño tan característico, un tonito de formalidad y seriedad que
revelaba un carácter a prueba de balas. Con maestría fue
diseccionando una a una sus novelas: la Tía Julia y el escribidor,
la Casa Verde, los Cachorros,  Conversaciones en la Catedral,
la Guerra del Fin del Mundo, la Ciudad y los Perros, Pantaleón y
las visitadoras, sin duda alguna libros brillantes en los que
demuestra sus grandes dotes de narrador. Al acabar las conferencias
su fanaticada se le lanzaba encima presa de un ataque de histeria.
Las becarias, las primeras  ¡Mario, Mario, queremos un hijo
tuyo! y él con ínfulas de divo inflaba el pecho cual pavo real
firmando autógrafos a diestra y siniestra.  Mario el seductor,
el donjuán  al que las musas jamás abandonan.

El mismo día que se cerraba el ciclo de conferencias aconteció un
hecho inaudito. Tras agradecer su presencia y pronunciar unas
palabras de despedida el presidente del ICI abrió el turno de
preguntas. De repente, como tocado por un rayo, se puso en pie un
personaje tosco de pelos enmarañados quien señalándolo con el dedo
índice le espetó: «eres un lameculos de los norteamericanos» ¡oh
Dios mío qué insolencia!  En el salón de actos se hizo un
silencio sepulcral.  Pero, ¿quién es este energúmeno que osa
mancillar la reputación de un escritor tan laureado?  A
quemarropa  el francotirador seguía  disparando sus
acusaciones, lo llamó, si la memoria no me falla, de
«bastardo», «sátrapa» y «fariseo».  La audiencia
murmuraba indignada, incluso algunos quisieron silenciarlo, pero no
hicieron más que enfurecer la fiera. Este tipo no era otro que el
polemista y escritor  chileno León Canales, quien más tarde
se convertiría en uno de mis mejores amigos. D
esde luego que hay que tener agallas para plantarle cara a un
ser tan arrogante y pretencioso.

Sabotear un acto de tantos quilates no tenía precedentes. A Mario
le dio el patatús. Un mequetrefe lo insultaba en público, lo retaba
a duelo a él toda una eminencia extratosférica ¡qué humillación!
con soberbia y altanería se alisó el pelo e intentó mantener el
tipo pero ya no le dio tiempo a reaccionar. Mientras tanto don Luis
Yáñez Barnuevo le hacía señas a los bedeles para que cortaran el
micrófono. Se armó  tal alboroto que tuvo que suspenderse el
acto de clausura. Vargas Llosa arropado por su corte de aduladores
se retiró por la puerta falsa, al tiempo que León Canales no paraba
de fustigarlo escupiendo  epítetos de grueso calibre.

Qué gran lección recibí ese día: ¿por qué quedarnos callados cual
mansas ovejitas ante el ídolo intocable? Nuestro diosecillo cayó
del pedestal y se hizo trizas contra el suelo.  En todo caso
los revolucionarios tenemos el deber y el derecho de reventar estos
actos que no son más que meros escaparates de vanidad y
egocentrismo.  No hay que dejar títere con cabeza, no podemos
tolerar que estos impostores se apoderen del espacio público y
monopolicen los foros culturales. Que escarmienten y si quieren
organizar sus mascaradas que lo hagan en clubes privados bajo la
atenta vigilancia de policías y guardias de seguridad.

Hace unos días León Canales, quien se encuentra retirado en
Peguerinos, un pueblecito de la sierra de Ávila, me llamó por
teléfono -¿cachai? a ese  concha de su madre del Vargas Llosa
le han dado el premio Nobel de literatura. ¡Qué repugnante! Habráse
visto tal desfachatez premiar a un individuo de tan baja calaña.
Desde luego que la academia sueca debe estár infiltrada por
miembros de la ultraderecha y la mafia de las editoriales.

Años después y por azares del destino vine a coincidir nuevamente
con Vargas Llosa en Puno,  a orillas del lago Titicaca.
Resulta que el susodicho se encontraba allí  de gira política
ya que se postulaba a  la presidencia de la república por el
Fredemo (un partido afin a la ideología de Ronald Reagan y
Margareth Tatchert ) Justo ese día se celebraba en Puno la fiesta
de la Virgen de la Candelaria y Mario junto a su séquito quisieron
aprovechar  la ocasión para repartir propaganda electoral ¡El
gran cambio! Vargas Llosa presidente 1990-1995.  Ellos creían
que iban a ser  recibidos en olor  a multitudes, pero
calcularon mal la jugada y el tiro les salió por la culata. Los
indígenas y campesinos en el momento en que lo identificaron
arrebatados comenzaron a lanzarles toda clase de objetos: piedras,
palos, botellas, mazorcas de maíz, hasta el punto que Mario cayó de
bruces víctima del despiadado bombardeo. La muchedumbre le gritaban
de todo: waqrasapa(cornudo), ro
squete, allqo(perro) qanra (sucio) y el célebre escritor no
tuvo más  remedio que escapar con el rabo entre las piernas
escoltado por la policía. Claro, esos bárbaros no comprendieron su
noble propósito de trasformar el país en la Suiza suramericana.
Mario el Tarzan de la selva que guía a la indiada por el camino de
la salvación.

Vargas Llosa para muchos es un referente indiscutible en el mundo
de la literatura, algo que no vamos a refutar. Lo que le
reprochamos son sus declaraciones oficiales y extraoficiales que
dejan mucho que desear.  Mario no hace más que caer
contradicciones y ambiguedades, pues lo escrito con la mano lo
borra con el codo. A priori hay que distinguir entre el autor y su
obra, y el autor, en este caso, es un farsante, un soberano
hipócrita que sin compasión le clava una puñalada trapera a su
pueblo al mejor estilo de Judas o  Bruto.

Este individuo perteneciente  a la pequeña burguesía peruana,
cuya máxima  virtud es imitar  los patrones importados
de  Europa o Estados Unidos, bien hubiera podido ser un
banquero, un obispo o  un eminente doctor, pero por caprichos
del destino se inclinó por la vocación literaria.Algo que  no
contó con el beneplácito de su familia pues una profesión de ese
tipo no le garantizaba un futuro acorde a sus expectativas.

Pero, ¿cuál es el secreto del éxito y la singularidad de sus
escritos se preguntarán ustedes?  Mario construyó el eje de su
obra gracias a los filones creativos que se esconden en el Perú
profundo. Conjugó la  magia indígena, las tradiciones y
costumbres mestizas, la viveza criolla y la irreverencia africana
para hilvanar la trama de sus novelas. Gracias al hábil uso de
técnicas narrativas y su incansable espítitu investigador rompió
con los moldes establecidos imprimiéndole un nuevo aire a la
literatura contemporánea. Mario realmente es un guaquero que se ha
apropiado de un incalculable tesoro:  los modismos y la
picaresca de la jerga andina, costeña o selvática.

Hasta aquí todo es lícito y correcto porque de alguna u otra manera
todos participamos de la herencia de ese patrimonio intangible, un
arquetipo colectivo que por añadidura nos pertenece. Lo criticable
en  Vargas Llosa es que agravie y desprecie de una manera tan
mezquina a su pueblo y por otro lado incline paciente la cerviz
ante los poderosos.

Si analizamos con atención los protagonistas de sus novelas nos
daremos cuenta que la mayoría son  cholos, mestizos, sambos,
mulatos, indios aguarunas, quechuas, machiguengas, prostitutas,
maricones, delincuentes o soldaditos, es decir, los marginados,
personajes que tienen algo que contar y  que reflejan con todo
el realismo la idiosincracia peruana.

Mal que le pese Mario es un mestizo que sufre un tremendo complejo
de inferioridad, ese  estigma lo  martiriza y por eso
reniega de tan noble origen. No acepta una parte de su ser, él es
un híbrido,  un bastardo fruto de la unión de un conquistador
español con alguna concubina indígena. En sus genes lleva escrita
la sentencia: tiene rasgos andinos que lo delatan  ¡qué
desgracia! a él  le hubiera gustado ser químicamente puro pero
la cigüeña se equivocó de cuna. Una verdadera maldición que
inútilmente intenta exorcizar.

Para Vargas Llosa la historia de América comienza en 1492. Hágase
la luz y la luz fue hecha. Los españoles  nos han legado su
cultura, su lengua, su religión y aunque hayan cometido algunos
desmanes, tenemos que sentirnos orgullosos de tamaña herencia. El
imperio inca,en minúscula, se dedico a sojuzgar pueblos, a
esclavizarlos sin piedad. La cultura indígena no dejó más que
algunas piedras, ceramios, guacos, momias y telas apolilladas. En
la historia del Perú no representa más que   período
cavernario de nula productividad. Sus avances técnicos son
irrelevantes y ni siquiera desarrollaron la escritura o
descubrieron la rueda. Esa «utopía arcaica» como bien la definió en
uno de sus ensayos, donde impunemente escupió la memoria del amauta
José María Arguedas, está condenada al fracaso, es un obstáculo que
nos impide  integrarnos de pleno derecho en la civilización
occidental. Esos salvajes analfabetas todavía no ha superado ese
estadio primitivo que lo r
elega a un papel meramente folklórico o artesanal. Algo
completamente incompatible con al idea de modernidad.

Nadie se explica como un autor  que ha recorrido el Perú de
palmo a palmo, que  lo ha novelado de manera ejemplar, sienta
ese odio fratricida  ¡qué  paradoja!  En un análisis
psicológico diríamos que Mario sufre un síndrome de ambivalencia, o
sea, un estado en el que coexisten simultáneamente tendencias y
actitudes opuestas, como, por ejemplo,  los sentimientos de
amor y de odio. En el campo intelectual el individuo enuncia
al mismo tiempo  una proposición y su contraria. Él sostiene
que la escritura y la lectura  nacen de un sentimiento de
inconformidad, «toda buena literatura es un cuestionamiento radical
del mundo en que vivimos» y por otro lado pregona la sumisión y la
mansedumbre.  « por encima de todo deben primar los
valores democráticos reñidos con cualquier amago
revolucionario»

La metamorfosis de este «cipayo» es muy curiosa pues en su época
estudiantil se declaró abiertamente marxista- leninista, un rebelde
comprometido con la causa de los más pobres y oprimidos.
-Anticlerical, antimilitarista y antisocial- así lo
describieron algunos críticos literarios. Y al final vean ustedes
en lo que se trasformó el engendro: un burguesito amante de los
lujos y la buena vida. Mario el oligarca, el patrón, el
gamonal que se codea de tú a tú  con  la crema y
nata del poder establecido.

Mario sostiene que  novelar es una forma de mentir.
Mentir,claro, eso es lo que es un mentiroso compulsivo,  un
hipócrita,  o sea, que todo lo que ha escrito es una mentira,
que todos los personajes que ha creado son caricaturas grotescas
capricho de sus masturbaciones mentales. Como un  ventrilucuo
que le pone la voz a sus muñecos utilizádolos en una burda comedia.
No es más que un estafador cuyas palabras carecen de autenticidad.
«quien sabe mentir puede llegar a ser un gran autor» En efecto, él
es consciente de este  juego maquiavélico de ficciones y
espejismos con el que ha triunfado.

Ese Perú mestizo donde se amalgama la cultura popular, el Perú,
indígena, criollo, negro, zambo,chino, japones, gringo, como
lo definiera magistralmente el poeta Nicomédes Santacruz:
«indio-blanqui-negro/blanqui-negrindios.Y negrindoblancos» un
crisol de razas con infinidad de matices, mezclas, músicas, bailes,
trajes regionales, platos gastronómicos: el cebiche, la chicha de
jora, la chicha morada, el cau cau , la papa a la huancaina, el ají
de gallina,el rocoto, la pachamanca y mil y un platillos que nos
cansaríamos de enumerar, el Perú dotado de un  folklore
majestuoso: el huayno, el yaraví, el vals criollo, el landó, el
sikuri,la marinera, el Perú de infinita diversidad con sus 43
lenguas y dialectos, un país dotado de una naturaleza
prodigiosa, que va desde los desiertos costeros a las cumbres
andinas pasando por  las selvas tropicales, a ese Perú
es al que esta  sangüijuela con toda su concha basurea y
desprecia.

Nuestro adalid de los derechos humanos, el demócrata consumado no
es más que un vil impostor que cambia de máscara según la
conveniencia. Su postura no admite medias tintas: aprueba la
explotación y el expolio de nuestros países, defiende el
neoliberalismo y sus  políticas  privatizadoras, defiende
los intereses de los empresarios y especuladores. Las grandes
mayorías deben someterse a las leyes del sistema capitalista,
único camino  posible para salir de la pobreza y el
atraso inmemorial.

Mario estaba predestinado a triunfar y por tal motivo se
marchó a París para levantar los cimientos del mito. A Europa
se fue a buscar el reconocimiento pues en ese paisito tan guachafo
y mediocre se sentía un incomprendido, Ese Peru provinciano no era
digno de una inteligencia superior pues un intelectual de su talla
merecía tocar el cielo con las manos.

Este caballero de fina estampa que  reluce la acera al andar
andar,  es un racista y xenófobo de primera categoría, este
mestizo apitucado ni siquiera se ruboriza al confesar tan sórdidos
pensamientos, un Llosa de los Llosas de Arequipa, el gamonal al que
le rinden pleitesía sus  vasallos.  « Porque sólo se
puede hablar de sociedades integradas en aquellos países en los que
la población nativa es escasa o inexistente, en donde los
aborígenes fueron prácticamente exterminados » Aunque parezca
mentira son tesis sustentadas por el nuevo premio Nobel de
literatura 2010, don Mario Vargas Llosa.

Mario es partidario de la eugenesia, el magistral escritor tan
preocupado por los derechos humanos es uno de los más firmes
defensores de la limpieza étnica y el apartheid. Algo que  no
nos sorprende pues ya desde finales del siglo XIX los gobiernos
criollos estaban muy preocupados por incentivar  la emigración
europea  y repoblar el país con una nueva raza de
pioneros.

La eugenesia es una filosofía que defiende la pureza racial
Existe una raza superior, evidentemente  blanca,
católica y apostólica, a la que Dios otorgó el privilegio de
dominar la tierra.  La eugenesia pretende mejorar los rasgos
hereditarios humanos mediante la exclusión y la progresiva
desaparicion de las razas inferiores. Porque nuestro rancio
abolengo hay que conservarlo intacto y libre de asperezas. En otras
palabras, si el Perú quiere salir del atraso atávico no le queda
otra alternativa  que  blanquear  la sociedad.

Algunos simpatizantes de dicha filosofía califican  al
indio como un raza autóctona emparentada con los cuyes y
guanacos,  el chino una raza importada que en la demografia
del país no puede ser más activa y peligrosa, los negros
semi-humanoides vagos y perezosos  y  la raza blanca, más
o menos acriollada,  no hace valer su superioridad étnica y se
ve impotente para vertebrar la  nación.

Existen métodos eficaces para exterminar las «razas inferiores» y
reemplazarlas por emigrantes europeos, a ser posible arios, sanos,
bellos e inteligentes. La eugenesia aconseja la esterilización de
las personas defectuosas o especímenes indeseables que representan
una onerosa carga social. Sin ninguna consideración se debe aplicar
el aborto selectivo pues los altos índices de fertilidad de
los nativos son contraproducentes. Lo fundamental es que esta plaga
no se reproduzca pues son portadores de taras genéticas como el
enanismo, el cretinismo y su coeficiente intelectual es casi
nulo. Los indígenas son una raza degenerada por el alcoholismo y la
adicción a la coca e incompatibles con la idea de prosperidad y
desarrollo.   El hombre nuevo  debe ceñirse al canon
europeo o americano: 1.80 metros de estatura, rubios, de ojos
azules y piel blanca más blanca que la leche, ¡carajo!   Como
comprenderán este es un proceso doloroso pero, que a largo plazo,
dará sus fr
utos.

Históricamente la costa peruana ha tenido un desarrollo superior
gracias  al protagonismo de  la raza criolla,
mientras que la sierra poblada  por indígenas se ha
visto  relegada a la miseria  absoluta. Cuando los
«cholos» comenzaron a  emigrar a la capital no hicieron más
que ensuciarla, invadieron los terrrenos baldíos levantando sus
tugurios de cartón y esterilla donde fundaron sus antros de
prostitución y la delincuencia. Los serranos son unos resentidos
sociales que necesitan recuperar su estima.

Y en el colmo del cinismo la academia sueca anuncia que  le
otorga el premio Nobel 2010 a Mario Vargas Llosa por « la
cartografia de las estructuras del poder y sus mordaces imágenes de
la resistencia individual, la revuelta y la derrota del individuo»
¡a este mercenario lo catalogan como un escritor
comprometido!

Me imagino a Mario el prestigioso profesor de universidades como
Queen Mary College, Kings College of London, Cambridge,Washignton
State, University of  Columbia, Smitshionan institution,
Siracusa, Princenton, Georgetown, Destuche Akademischer,
adoctrinando a sus cachorros, dictando cátedra a sus anchas y
exponiendo sus geniales teorías . Quién va a dudar de la
palabra de un genio renacentista que domina las artes y las
ciencias, la historia, la literatura, la poesía, los derechos
humanos, la ecología,  la filosofía, la política, quién va a
dudar de una lumbrera  que habla 7 idiomas y que ostenta un
deslumbrante curriculum.

En el año 1983  Mario fue designado por el gobierno y  el
estado mayor del ejército como jefe de la comisión investigadora
para esclarecer  el crímen de los 8 periodistas en Uchuraccay.
(un suceso que conmocionó a la sociedad de la época) Este es otro
ejemplo más de su ineptitud pues  Mario se limitó a suscribir
el informe redactado por las fuerzas armadas que  exculpaba a
los ronderos o paramilitares, instruidos  por ellos mismos,
de la masacre.  En conclusión los únicos responsables de
tan horroroso crimen fueron  los miembros de la comunidad
quechua parlante  -indígenas sanguinarios que dieron rienda
suelta a sus más bajos instintos ensañándose con las víctimas –
«Todos los peruanos somos culpables de la tragedía pues no
supimos civilizarlos»  Años después utilizó los archivos del
proceso para escribir su novela «Lituma en los Andes»,
ganadora, por encargo de la mafia editorial, del premio
planeta 1993.

Mario goza de un extenso prontuario plagado inmoralidades y
plagios, (la fiesta del Chivo, La guerra del fin del Mundo, El
paraíso en la otra esquina) evasión de impuestos y lavado de
dinero. Perseguido por el gobierno de Fujimori, quien lo acusó de
traición a la patria, se autoexilió en España. De inmediato, la
monarquía y el gobierno socialista encabezado por Felipe González
le otorgaron la nacionalidad española. Por las venas de Mario corre
la sangre azul de un viejo hidalgo  Pero nuestro viejo hidalgo
no  hace más que sorprendernos pues está implicado en la trama
de corrupción del Partido Popular, mejor conocida como « el
caso Gurtel » donde tuvo una estrecha relación con el
exalcalde de Boadilla del Monte, el señor Arturo González Panero
acusado  por el juez Garzón como uno de los cabecillas de la
mafia inmobiliaria. (ver foto adjunta)

Vargas Llosa no es cualquier guevón y se ha rodeado amigos, de
«patas», de «yuntas» de reconocido prestigio entre los que caben
destacar el expresidente del Salvador Francisco Flores, miembro del
derechista ARENA,  al expresidente checo Václav Havel que
entregó su país a las a las multinacionales y está acusado de
corrupción, del expresidente español Jose María Aznar, criminal de
guerra y fiel de lacayode George Bush, al derechista Sebastián
Piñera, heredero del pinochetismo, de Uribe Vélez, el genocida
colombiano, del  Rey de España y la reina doña Sofía, a quien
las malas lenguas señalan como su amiguito secreto,  miembro
de la fundación ultraderechista Faes donde desempeña el cargo de
consejero,  padre putativo de la fundación hispano -cubana,
compadre de  Carlos Alberto Montaner y Mas Canosa,
patrono de honor del partido ultraderechista Unión Progreso y
Democracia de Rosa Díez y una extensa lista de personalidades
e instituciones. Mario el  poeta
cortesano, el tenterillo palaciego que le hace las gracias a
los banqueros, a los reyes, a los oligarcas.

Por otro lado nuestro paladín se ha convertido en un crítico
acérrimo de la revolución cubana, la revolución nicaraguense o
cualquier forma de resistencia que amenace el orden establecido.
Incansable detractor de los gobiernos  izquierdistas
latinoamericanos a los que califica de «despóticos y autoritarios»
el presidente venezolano Hugo Chávez, es un «abobinable
dictadorzuelo»  Evo Morales,el presidente de Bolivia, « un
pobre pastor de llamas», a Correa, del Ecuador,  «demagogo
populista», a Fidel Castro «el satán caribeño»  «Toda
esta banda de forajidos hunden  a sus pueblos en el fango de
la miseria».  «La ideología izquierdista  es muy
perniciosa para la juventud pues siembra en sus corazones al
semilla del odio y  la violencia.   La utopía no existe,
la revolución es un mito, y gusteles o no les guste tras la caída
del muro de Berlín y el fin de la guerra fría la única potencia
hegemónica es los EE.UU. Y Menos mal porque ellos garantizan
la
paz, la libertad y la pervivencia del sistema democrático»
Aunque todo se derrumbe, vive feliz,  no luches, el destino ya
está escrito;  mira la televisión, carga tu teléfono celular y
conéctate a internet.

Vargas Llosa nació para ser un triunfador, su fama le precede;
dinero, viajes, damas de honor, reconocimiento público, cenas
en los mejores restaurantes,  mansiones en Londres, Madrid,
París, New York, San Juan, Lima y un multimillonario patrimonio que
se reparte entre los negocios inmobiliarios y cuentas secretas en
paraísos fiscales. ¡A la orden de vuecencia! al peruanito se le ha
puesto cara de momio y ya pronuncia correctamente las c y las z.
Todo un aristócrata de la Moraleja que le tira las orejas a los
inmigrantes: « portaos bien que la madre patria os brinda
cobijo ¡hostia! » Con el pasaporte español en la mano, el
pasaporte europeo, el pasaporte diplomático que le regaló el rey de
España.   «la ley de extranjería debería aplicarse con mayor
rigor porque España con tantos intrusos corre el riesgo de
perder su esencia. Aunque a regañadientes tenemos que aceptarlos
pues sino quién limpiará nuestras casas, quién  cocinará,
quién cortará la yer
ba del   jardín, quien sacará nuestro perros a
pasear»

La derecha española lo esgrime como su glorioso timonel, todo un
premio Nobel en sus filas  ¡qué distinción! un serrano
arequipeño o «characato» se ha convertido por arte de magia en el
sumo pontífice del nacionalismo español, superado incluso a Jose
Antonio Primo de Rivera. ¡ver para creer! Un converso enfundado en
la armadura de Pizarro que con ardor guerrero grita  ¡arriba
España! «Los nacionalismos han inundado el mundo de sangre. Los
separatismos  vasco, catalán o gallego son perniciosos e
incompartibles con la idea de la España una grande y libre.
Nuestra patria está en peligro. Elegid entre el orden o el
caos» Este agente a sueldo del  imperialismo norteamericano y
del  sionismo internacional no se muerde la lengua y condena a
todo aquel que ame su tierra.  El amor por el terruño es un
delito, quien hable una lengua distinta y con coraje defienda
sus señas de identidad  es un terrorista en
potencia.

Los sabios doctores reunidos en  Estocolmo han elegido a
Vargas Llosa como el caudillo de  las letras universales,
su nombre pasará a la posteridad  grabado en letras de
oro  junto al de Cervantes, Shakespeare o Dante.  Mario
Vargas Llosa en mayúsculas, ¡loado seas, mi señor!  la verdad
de las mentiras ha triunfado, el super -ventas, el best- seller con
millones de libros publicados y traducidos a más de 50 idiomas,
ganador del premio Príncipe de Asturias de las letras  1986,
del premio Cervantes 1994, con birretes de doctor honoris causa por
ni se sabe cuantas universidades, condecorado con todas las
medallas habidas y por haber;  el sol del Perú, la cruz de
diamantes, el tisón de oro, la legión de honor de Francia,
miembro numerario de la Real Academia Española de la Lengua.
¡Qué más quieren panda de envidiosos!

Pero quizás su obra cumbre sea el haber procreado a su hijo
Alvarito, el heredero al trono. Alvarito Vargas Llosa el clon
perfecto, la ovejita Dolly, un niñito neoliberal y
anticomunista como papí, el young global leader y actual
presidente del Center on global Prosperity  in
Washington DC (to bring together the intellectual, moral,and
practical analyses necessary to shed ligth on the viability of
market) De tal palo tal astilla.

En su discurso de aceptación del Nobel se vestirá con su disfraz
favorito, pondrá cara de mojigato y pronunciará, con el mismo
acentico pituco de la conferencia en el ICI hace ventitantos años,
un  sermón plagado de metáforas poéticas, un canto a la
libertad,  la justicia,  la democracia y todas esas
pendejadas. Versos floridos que hieden, tanta verborrea nos produce
náuseas. El profeta de la utopía capitalista donará su premio a los
niños pobres y desnutridos.  Seguro  se le caerán las
lágrimas cuando en el Konserthuset de Estocolmo, el rey Carlos
Gustavo de Suecia ciña sus sienes con la corona de laurel.
Entonces, se desatarán los aplausos y las ovaciones por un traidor,
por una ruin cucaracha  que renegó de su origen y vilmente
humilló  a su pueblo.

Carlos de Urabá 2010
Investigador de Colombia