La cifra de personas en paro subió el pasado mes de enero. El aumento fue de 70.744 personas, algo que el gobierno atribuye a la coyuntura estacional tras la campaña navideña. Desde el Ministerio de Trabajo subrayan que el total de parados es el menor en un mes de enero desde 2008.
«La subida del paro nunca puede ser una buena noticia», señalaba Joaquín Pérez Rey, secretario de Estado de Empleo y Economía Social, en la presentación de los datos. «Pero lo cierto es que el mes de enero se ha comportado en los términos habituales», matizó. Según la serie histórica, la media de nuevos parados en enero se sitúa tradicionalmente en torno a las 80.000 personas. Es decir, que comparado con otros eneros, valoran desde el ministerio, el de 2023 ha sido bueno.
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Pocas historias mitológicas han dado lugar a representaciones más bellas que las del mito de Apolo y Dafne: la persecución amorosa del dios Apolo y el rechazo de la ninfa Dafne.
Apolo es uno de los dioses más importantes de la mitología griega, por lo que la difusión de este mito es aún mayor. Dafne fue una de sus pretensiones amorosas, un amor o desamor no consumado y que dio origen al símbolo de la victoria por la corona de laurel. A continuación hablaremos más sobre el mito de Apolo y Dafne.
El mito de Apolo y Dafne
Contextualizando el mito
El mito de Apolo y Dafne pertenece a la mitología griega. Es una historia de amor no correspondida que termina en transformación, en una metamorfosis que recoge un elemento archiconocido: la corona de laurel.
Dafne era una ninfa dríade, una ninfa de los árboles, que encontraba en el bosque su sentido de ser; su nombre significa «laurel». Por su parte, Apolo es uno de los dioses más importantes de la mitología griega; es uno de los dioses olímpicos. Hijo de Zeus y Leto, hermano gemelo de Artemisa, se le ha relacionado con las artes y la música, el arco y la flecha. También es dios de la muerte súbita y de las plagas y enfermedades, lo que no le impide ser dios de la belleza y la perfección. En definitiva, Apolo es quizás el dios griego más importante tras su padre Zeus; y esto, sumado a sus múltiples características, le ha llevado a poseer multitud de templos en su honor.
La conversión de Dafne en laurel dio como resultado un árbol sagrado y eterno, siempre verde, con el que coronar con sus hojas a los héroes victoriosos de los Juegos Olímpicos. La corona de laurel quedaría representada para siempre como símbolo de triunfo y magnanimidad.
El mito de Apolo y Dafne
Eros, dios del amor, sintiéndose ofendido por Apolo, decidió acertar con una flecha de oro al dios, lo que provocaría un amor irrefrenable al ver a Dafne. En cambio, Eros apuntó con una flecha de hierro a la ninfa, que provocaría su rechazo. A partir de aquí se produce una ardiente persecución por parte de Apolo hacia Dafne, aunque no correspondida.
Dafne era una ninfa dríade, de los árboles, y que ya había protagonizado otros rechazos anteriormente porque se negaba a desposar a ningún pretendiente. Ella siempre había sentido interés por la caza, la vida libre en el bosque y no deseaba casarse. Así se lo había hecho saber a su padre, Ladón (un dios fluvial). Sin embargo, él dudaba de que su hija pudiera rehuir siempre a sus pretendientes, ya que destacaba por su belleza.
Apolo, hijo de Zeus y hermano gemelo de Artemisa, obsesionado por casarse con Dafne, persiguió durante un tiempo a la ninfa dríade, asediando todos sus movimientos. Pero Dafne siempre lo despreció y durante un tiempo logró mantenerlo apartado. Pero cuando los dioses observaron los infructuosos intentos de Apolo por darle alcance, intercedieron por él. Fue entonces cuando Dafne, desesperada, pidió a su padre y a su madre, la diosa Gea, que la ayudaran. Se apiadaron y la transformaron en laurel, en un arbusto del bosque.
Apolo solo consiguió abrazar un montón de ramas. Prometió, no obstante, amarla para siempre y resolvió coronar a los héroes y campeones de los Juegos Olímpicos con una corona de laurel.
Significado del mito
En el mito se pueden apreciar sendos comportamientos contrarios. Hay una oposición muy fuerte entre el dios y la ninfa: por una parte, él arde de pasión y desea atraparla y poseerla; ella en cambio se mantiene distante, en su aborrecimiento huye de él hasta las últimas consecuencias. Además de la evidente diferencia entre la lascivia masculina y el virtuosismo femenino, también se aprecia una rebeldía en Dafne que la hace destacar entre otros caracteres femeninos. Dafne no desea contraer matrimonio, ni con Apolo, ni con ningún otro hombre. Ella desea ser libre, fuera de la sumisión masculin; lo que le atrae es la caza y la vida en el bosque. Acepta con resignación su transformación en laurel con tal de no caer en las manos indeseadas de Apolo. Se mantiene virgen y libre de imposición, con ayuda de su padre.
Representaciones del mito
La representación artística más célebre del mito de Apolo y Dafne quizá sea la que esculpió Gian Lorenzo Bernini en el siglo XVII. Es una obra barroca que por su belleza y por la importancia que tiene dentro de la Historia del Arte es de obligada visita si tienes la oportunidad de conocer la Galería Borghese de Roma. Bernini la creó en mármol entre 1622 y 1625 con una altura mayor a los dos metros. Recoge el momento exacto en que Dafne se está empezando a transformar en arbusto, justo cuando Apolo le da alcanza y la rodea la cintura. También queda registrada la sorpresa de Dafne en su transformación, así como el miedo y la repulsa que le provoca ser atrapada por Apolo.
En literatura, el poema de Ovidio Las metamorfosis recoge también el mito y el propio Petrarca se hizo eco de esta historia porque hizo una analogía entre su amada y Dafne. Igualmente, Dafne ha sido objeto de mención en multitud de obras artísticas. Por ejemplo, famosas son también las óperas de Richard Strauss y Francesco Cavalli. En pintura encontramos en el siglo XV el cuadro Apolo y Dafne de Piero Pollaiuolo, y en el XVII la representación Apolo persiguiendo a Dafne de Theodoor van Thulden.
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Febrero. Esta es una selección de novedades que salen este mes. Son 6 títulos de géneros diversos: novela histórica, contemporánea, negra y un toque de ensayo clásico. Los firman Fernando Aramburu, Arantza Portabales, Susana Rodríguez Lezaun, Álvaro Urbina, Fernando Lillo y Luis Zueco. Echamos un vistazo.
Novedades de febrero
Hijos de la fábula — Fernando Aramburu
1 de febrero
Después del éxito de Patria o Los vencejos llega una de las novedades más esperadas: la nueva novela de Aramburu nos cuenta la historia de Asier y Joseba, dos jóvenes que en 2011 se van al sur de Francia para hacerse militantes de ETA. Llegarán a una granja de pollos y los acoge una pareja francesa. Están esperando instrucciones pero entonces se enteran de que la banda ha anunciado el cese de la actividad armada. Así que se quedan tirados sin dinero, sin experiencia ni armas, pero deciden seguir la lucha por su cuenta, fundando una organización propia. Entonces conocerán a una joven que les propone un plan.
Los años del silencio — Álvaro Urbina
1 de febrero
Álvaro Arbina, escritor vitoriano, firmó con solo veinticuatro años La mujer del reloj, un thriller histórico que obtuvo mucho éxito y permaneció meses en las listas de superventas. Con La sinfonía del tiempo ganó el Premio Hislibris a la Mejor Novela Histórica de 2018 y se consolidó su carrera. Ahora nos propone esta historia ambientada en un pequeño pueblo de un valle navarro.
Allí, una noche de agosto, Juana Josefa Goñi Sagardía, una mujer embarazada de siete meses, desapareció sin dejar rastro con sus seis hijos menores de edad. El padre de la familia, un carbonero que servía como requeté en el frente de Navafrías, tardó un año en conseguir el permiso militar para investigar qué pudo ocurrir.
Ecología en la antigua Roma — Fernando Lillo
1 de febrero
Fernando Lillo, doctor en Filología Clásica y catedrático de Latín en el IES San Tomé de Freixeiro de Vigo, lleva unos años encadenando ensayos sobre diversos aspectos de la antigüedad tanto romana como griega como Hotel Romao Un día en Pompeya. Ahora presenta este donde nos vuelve a llevar a la época para contarnos cómo los romanos también se relacionaron con el medio ambiente. Así, también se dedicaron a observar la naturaleza y actuar de una forma que hoy consideraríamos ecológica.
Con el estilo ameno y riguroso al mismo tiempo que caracteriza a sus obras, Lillo nos trae un fresco nuevo de aquella época, que no parece tan lejana en muchos aspectos de los tiempos actuales en cuanto a la acción del hombre sobre la naturaleza. Una de las novedades más interesantes.
En la sangre — Susana Rodríguez Lezaun
8 de febrero
Vuelve a la inspectora Marcela Pieldelobo en esta nueva historia de la escritora y comisaria de Pamplona Negra, Susana Rodríguez Lezaun.
Esta vez nos cuenta cómo una operación de la Policía Nacional contra el narcotráfico con agentes infiltrados se complica cuando una joven, Elur Amézaga, confidente de la policía y novia de un importante dirigente abertzale local, aparece asesinada en un pueblo de Navarra cercano a Francia. Todo parece señalar al inspector Fernando Ribas, amigo de Marcela (además de amante y su mentor). Pero ella se niega a creer que Ribas sea culpable y empezará investigar por su cuenta, siguiendo su instinto.
El hombre que mató a Antía Morgade — Arantza Portabales
16 de febrero
Otra de las novedades que llegan con fuerza es el tercer caso de la pareja de policías Santiago Abad y Ana Barroso, que tanto éxito están dando su autora.
Estamos en Santiago de Compostela en 2021 justo en su día grande. Allí seis amigos van a una cena para reencontrarse después de más de veinte años sin verse. Durante los fuegos artificiales previos a la festividad, un disparo mata a uno de ellos. Enseguida se verá que la clave del asesinato está en lo que pasó en el piso de menores tutelados que compartieron de adolescentes: el suicidio de Antía Morgade después de que uno de sus educadores, Héctor Vilaboi, abusara de ella.
Ahora Vilaboi acaba de salir a la calle después de cumplir condena en la cárcel, pero ha desaparecido sin dejar rastro. Así que Abad y Barroso si embarcarán una nueva investigación para aclarar si el culpable vuelve a ser el mismo o acabarán saliendo secretos que señalarán a otros.
El tablero de la reina — Luis Zueco
23 de febrero
Zueco es de los escritores de novela histórica más reconocidos, con una trayectoria que acumula éxito tras éxito. Esta es su nueva historia donde nos habla de los orígenes del ajedrez en un tiempo tan fascinante como la corte de Isabel la Católica.
Estamos en 1468 cuando Alfonso de Trastámara ha muerto en extrañas circunstancias y Enrique IV se proclama rey obligando a su hermanastra Isabel a firmar la paz que ella aceptará. Entonces el misterioso asesinato de un noble une a Gadea, una joven apasionada del ajedrez con un pasado turbio, y a Ruy, un cronista amante de la Historia y los libros. Ambos intentarán descubrir al culpable mientras siguen las conspiraciones y las guerras de la Corte de Isabel.
La primera muestra de Lucas Arruda en España es también la primera exposición dedicada a las artes plásticas que acoge la Biblioteca del Ateneo de Madrid en una de sus estancias, datada en 1884 -1885 y considerada Bien de Interés Cultural. “Assum Preto”, que así se llama la exhibición, puede visitarse desde el próximo 1 de febrero y ha sido comisariada por Hans Ulrich Obrist e impulsada por la Fundación Sandretto Re Rebaudengo; consta de una veintena de trabajos del artista brasileño datados en la última década, todos salvo uno en pequeño formato y dedicados a florestas, a paisajes a medio camino entre lo real y lo imaginado.
El conjunto de la producción de este autor, que reside y crea en São Paulo, la componen pinturas atmosféricas no enteramente figurativas ni del todo abstractas: paisajes marinos, composiciones monocromas y selvas como las que ahora nos enseña en Madrid que, por su habitual tamaño discreto y su interpretación sutil de la luz, parecen remitir a lo efímero y transitorio, a condiciones climáticas o tonos de cielo destinados a volatilizarse. Ejecutadas de memoria, sin que Arruda se inspire en enclaves específicos ni trabaje al aire libre o a partir de fotografías, consiguen transmitir la impresión de distancia gracias a la captación de un horizonte casi siempre presente, aunque a veces tenue, y nos resultan a la vez familiares e irreales: encontraremos escenarios semejantes si viajamos, pero seguramente no envueltos en el mismo aire.
Lucas Arruda. Sin título (de la serie Deserto-Modelo), 2013
Con pinceladas texturizadas subraya Arruda la materialidad y fisicidad que puede albergar todo lienzo, además de incidir en las asociaciones históricas de su género con la noción de lo sublime romántico de Friedrich o Turner: no le interesa capturar la naturaleza desde una perspectiva ilusionista, sino llevándola al terreno del paisaje mental, sin renegar de la idealización. De hecho el título de la exhibición, “Assum Preto”, alude al de una canción de Luiz Gonzaga dedicada a una especie de pájaro que suele tener un canto desafinado pero que, al permanecer un tiempo encerrado y en la oscuridad, lo perfecciona hasta convertir su sonido en extremadamente bello; el artista ha querido encontrar en ese proceso una cierta analogía con los de su propia producción: entiende que la belleza puede obtenerse de una manera más plena a través del recuerdo de lo contemplado, no tanto de su percepción y captación instantáneas.
Buena parte de las piezas expuesas son inéditas, proceden de fondos internacionales y de los de la propia Fundación Sandretto, y la mayor parte de ellas se exhiben, conforme a un montaje tan original como delicado, sobre las mesas de la Biblioteca, como si se tratara de material destinado a la lectura y el conocimiento. Comparten alternativamente espacios con láminas y libros abiertos donde encontraremos ilustraciones o textos que remiten a conocimientos botánicos, incluso a variedades que podrían resultarnos semejantes a las presentes en las pinturas de Arruda, sin ningún afán en su caso, como decimos, científico ni documental.
Lucas Arruda. Sin título (de la serie Deserto-Modelo), 2020
El conjunto sutil de sus composiciones entre publicaciones antiguas solo queda roto por una única obra del todo abstracta, al fondo de la sala: un lienzo solamente verde y de mayor tamaño que el resto que recordará al espectador el carácter plenamente evocador, y no realista, de lo que ve.
Se completa este proyecto, en el tránsito entre lo terrenal y lo etéreo, con la presentación de un vídeo en la Cátedra Mayor del Ateneo: se trata del filme Untitled Neutral Corner, realizado hace cinco años y basado en las imágenes de un combate de boxeo que tuvo lugar en 1962 y que enfrentó a Emile Griffith y Benny Paret; el segundo quedó en coma y falleció unos días después. Aquel episodio ha sido el punto de partida de Arruda para elaborar un trabajo en el que los primeros planos de las piernas en el ring se combinan con los de las cuerdas, que parecen atravesar la pantalla, y con una banda sonora de fondo, en tono elegiaco, a cargo de la violonchelista islandesa Hildur Guðnadóttir (premiada hace unos años por su labor en la tempestuosa Joker).
“Assum Preto” no será, por cierto, la única iniciativa que desarrollen en colaboración el Ateneo y la Fondazione Sandretto Re Rebaudengo en su filial madrileña. Los comisarios seleccionados en la última edición del Young Curators Residency Programme presentarán en este centro la muestra que preparen junto a los artistas españoles que conozcan durante su estancia en España, que comienza justamente estos días.
Lucas Arruda. Sin título (de la serie Deserto-Modelo), 2020
Lucas Arruda. Sin título (de la serie Deserto-Modelo), 2020
Lucas Arruda. Sin título (de la serie Deserto-Modelo), 2022
Lucas Arruda. “Assum Preto”
ATENEO DE MADRID
c/ Prado, 21
Madrid
Del 1 de febrero al 8 de marzo de 2023
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Cuenta Antonio Muñoz Molina, en El atrevimiento de mirar, que una tarde en la que paseaba por los parques y muelles a orillas del río Hudson, cuando residía en Nueva York, llamó su atención un grupo de personas -en torno a cien- que, inmóviles y de pie, muy juntos pero sin observarse ni hablarse, se situaban bajo una carpa de lona. Vestían como oficinistas, sus caras denotaban cansancio y, desde su aislamiento individual, miraban todos en la misma dirección.
Poco después se dio cuenta de que esperaban un ferry, pero entretanto su visión le pareció turbadora: de haber sustituido los periódicos y libros de esta asamblea de solitarios -como las que, en tantas ciudades, aguardan el tren o el autobús- por recopilaciones de himnos, hubieran podido componer una secta. O una pintura de Hopper, no necesariamente existente, quizá titulada Grupo de gente al sol, en la que las figuras se ignorasen entre sí y atendiesen, todas intensamente, a un punto que el espectador no puede ver. Sus cuerpos rígidos parecerían desalojados de la vida real, quietos y habitando cada uno su propia soledad (como si se hallaran en habitaciones vacías en las que entra la luz por una única ventana).
Las semejanzas a la hora de hacer esa equiparación no las encontraba solo en las actitudes de estos trabajadores, también en la suya propia, como espectador que mira, pasa y después permanece ajeno a lo que ha visto, aunque él experimentara en ese momento una mezcla de cercanía y desconcierto: camina, fugazmente, por un lugar, sin tiempo de familiarizarse con lo que ve ni de convertirse en nada más que un testigo. Las obras del pintor estadounidense las contemplamos, por necesidad, desde esa misma perspectiva, y además en las calles neoyorquinas, donde vivió la mayor parte de su trayectoria, es fácil encontrar de noche escenas de la vida cotidiana, porque, como señala el escritor, los primeros pisos están muy bajos y no es raro que no tengan cortinas. En esos casos, no es necesario tener pulsiones de voyeur para que una habitación nos atraiga, sobre todo si encontramos una biblioteca, alguien leyendo reclinado… Las suyas pueden parecernos estancias novelescas donde ocurren vidas más intensas que las nuestras, las de los paseantes raudos.
En el rectángulo iluminado de una de esas ventanas podríamos ver, por ejemplo, a la pareja protagonista de Habitación en Nueva York (1932): él está ensimismado en su periódico, ella pulsando una sola nota en el piano; los volúmenes de ellos y del mobiliario los presentó austeros y apenas distinguimos rasgos faciales, sus modelos no dejan de ser desconocidos. El propio Hopper explicó que esta imagen en concreto no se basa en ninguna visión concreta, sino que la ideó tras contemplar varias escenas parecidas regresando de noche a su casa, en Washington Square.
Edward Hopper. Habitación en Nueva York, 1932. Sheldon Memorial Art Gallery, Lincoln
Para Muñoz Molina, lo relevante de este tipo de composiciones no es que podamos recordarlas ante determinadas estampas reales, sino que en este caso es la pintura la que ilumina la vida y no al contrario: puede que no percibiésemos algunas circunstancias con la misma precisión, y atención, de no ser porque Hopper las fijó para nosotros en obras que, pese a la extensa difusión que han alcanzado fruto de sus múltiples reproducciones, guardan muchas aristas que solo nos desvelan cuando nos encontramos ante las piezas originales. Su técnica, que en una fotografía puede parecer destinada a frutos miméticos, al natural se nos ofrece densa y austera, con una tensión cromática y formal que pensaríamos más propia de la pintura abstracta.
Cuando alguien alababa el realismo del de Nyack, en vida suya, el artista solía subrayar que él no hacía sociología sino pintura: sus obras no son documentales sino representaciones casi confesionales, y no elegía los temas por suponer estos retratos de la vida estadounidense, sino por permitir expresiones sintéticas de una vida interior. Estos lienzos pueden convertirse en lentes de aumento sobre lo cercano, en ventanas de lucidez frente a una posible actitud de tedio o distracción que nos impida atender al entorno con curiosidad; señala el autor de Beltenebros que el arte, y muy evidentemente el de Hopper, nos quita de los ojos la miopía y las legañas de la costumbre.
Así podremos advertir, quizá, que la huella de Hopper sobre la película Psicosis de Hitchcock va más allá de la silueta de la casa fantasmal: modifica nuestra manera de mirar en su conjunto, se filtra en nuestros enfoques en múltiples direcciones. En el inicio de ese filme, el director nos lleva de una panorámica neutra de una ciudad a un edificio, de este a una ventana, y de ella a la intimidad espiada de unos amantes a medio vestir en un hotel; también se acuerda Muñoz Molina de que, en la literatura de William Irish, los relatos suceden en los cines, los hoteles y los restaurantes baratos, a veces cuando alguien es testigo, desde un tren elevado, de un asesinato en una habitación. Y aquí es oportuno citar Oficina en la noche: el americano pintó una estancia de fría luz eléctrica, donde se trabaja a deshora; por la ventana entra una iluminación más amarilla, la de las ventanas de la calle. Un hombre, sentado, parece concentrado en algo, o quizá evita mirar a la mujer que se dirige a él, en un escorzo extraño que parece calculado para subrayar sus curvas. Podría ser este un fotograma de una película (ahí está Shirley: Visiones de una realidad), pero en el fondo se trata de la síntesis de muchas escenas vistas por Hopper a lo largo de muchas noches; esa fugacidad se convierte en sus pinceles en inmóvil y firme.
Edward Hopper. Oficina en la noche, 1940. Walker Art Center
Este podcast tiene la intención de reproducir interpretaciones personales de algunos clásicos de la poesía universal. Entiendo, al igual que Octavio Paz, que la poesía es una actividad emocional revolucionaria, un ejercicio espiritual, un medio de liberación interior y una búsqueda de transfiguración. Adonis, Ali Ahmad Said y Octavio paz son mis favoritos. Dos clásicos modernos.
Este poema, como tantos otros, tiene que ver con los límites de la vida. Es un poema profundo y desconcertante, pero como todos en los poemas de Adonis nunca sabemos a dónde nos lleva sus impresionantes versos, es como no saber en qué puerto este barco llegará anclar.