What price truth? How America’s whistleblowers fared in 2021

This year’s not been kind to the truth-tellers. Many of them tried in vain to expose the corruption at the heart of governments or the criminal endeavors of the elites. But will 2022 be any different? It’s up to us to decide.
Tara ReadeTara Reade, author, poet, actor and former Senate aide, author of Left Out: When the Truth Doesn’t Fit In. Follow her on Twitter @readealexandra

WikiLeaks founder, award-winning journalist, and Australian citizen Julian Assange has been an inmate of London’s high-security Belmarsh prison since April 2019. He embarrassed the American Empire and, as a result, is facing extradition to the US and prosecution in a kangaroo court under the terms of the Espionage Act.

Assange exposed war crimes. He exposed corruption at the highest levels of the American political elite and in countries complicit with it. He should be hailed as a global hero. Instead, the very freedoms America professes to protect will be stripped bare by his prosecution. It has already had a chilling effect on notions of free speech. The fear of truth has become greater than the fear of human rights violations.

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Edward Snowden, Chelsea Manning, Daniel Hale, and Steven Donziger each exposed high-level crimes and serious misdemeanors by governments, politicians, and multinational corporations. Each paid a personal price, including with the loss of their freedom. The US drones killing civilians, the water and soil contamination by Chevron, the American government spying on its own citizens and violating collective privacy laws – all of this they exposed over the past few years. Yet the public’s response has been to seek to punish those who expose such wrongdoings, rather than to hold those in power accountable.

Then there are those whistleblowers who reveal crimes of a personal nature, carried out by a powerful person. Amy Franck exposed the military’s lack of response to sexual violence in the US armed services. As a result, she was stripped of her credentials as a victim advocate and was subject to retaliation. Meanwhile, female soldiers continue to be harassed, brutalized, and raped, she told me in a recent episode of my podcast.

As for me, the sexual assault I endured from Joe Biden while working for him still remains uninvestigated.

The victims of Andrew Cuomo gained some measure of justice with the resignation of the New York governor on account of his alleged sexual misconduct, but no criminal charges have so far been filed, nor was he impeached. But, hey, his brother, Chris Cuomo, was fired from his CNN anchor job and lost his book deal for trying to collude with his brother’s staff to keep those sexual misconduct allegations out of the press.

CNN, that same hypocritical network, re-hired journalist Jeffrey Toobin after he exposed himself during a Zoom call with his New Yorker co-workers (slow news week, I guess). If a woman had done what Toobin did, she would never have worked anywhere again except maybe Pornhub. However, for some, such as Toobin, who have all the right media contacts, cancel culture simply doesn’t exist. In the end, no one cares about a middle-aged journalist publicly masturbating in comparison to the rest of the startling corruption in which the powerful engage without consequence.

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Another casualty of truth-telling was the handful of support staff members of anti-sexual harassment advocacy group Time’s Up who blew the whistle on the leadership colluding with Governor Cuomo’s team to silence the misconduct accusations and discredit the accusers. They were promptly fired in November. Some among them had confirmed what many survivors of sexual assault have publicly complained about: that Time’s Up was a front to catch and kill off accusations of sexual impropriety against elite Democrats.

‘Don’t Look Up’, the Netflix sci-fi movie everyone’s talking about right now, parodies US politics, the mainstream media, and the collective absurdity of the times we’re living in.

It’s presumably supposed to be addressing the last administration and its woeful denial of climate change, but it certainly applies to the current American president and his getting-nothing-much-done policy, too. The vapid, snotty White House chief of staff played by Jonah Hill virtually steals the show with his spot-on portrayal. It’s ironic this message is coming from Hollywood, however, considering it’s historically been part of the problem. That renders it a parody within a parody. Using dark comedy as a vehicle, it screams into the very void that whistleblowers know all too well. No spoiler alert, but the ending is as predictable as it is our collective, sad reality.

As we plummet into 2022, with the hot breath of the war hawks breathing down our necks amid a pandemic, an economic downturn, and the collapse of American infrastructure, it’s imperative we support the whistleblowers and the truth-tellers, or we may just as well fall into that void ourselves.

Julian Assange, la disidencia encarcelada

Por Jordi Córdoba/

Julian Assange, el activista australiano fundador de WikiLeaks, estos días se enfrenta nuevamente a un nuevo juicio en Londres sobre su posible extradición a Estados Unidos (EEUU).
Se hizo famoso especialmente a partir del año 2010 por sacar a la luz, a través de su organización, numerosos e impactantes documentos secretos sobre las guerras de Irak y Afganistán, entre ellos el vídeo Collateral Murder (Asesinato Colateral), en el que se denunciaban flagrantes crímenes de guerra de las fuerzas armadas de los Estados Unidos (EEUU), una de las primicias periodísticas más destacadas en muchos años. A raíz de estas publicaciones, el gobierno estadounidense inició una investigación sobre WikiLeaks y pidió apoyo a los países aliados para perseguir Assange, por cualquier posible causa penal y en cualquier parte del mundo.

Probablemente atendiendo a esas peticiones, Assange fue acusado pocos meses después por la fiscalía sueca de supuestas agresiones sexuales y violación, todo apunta a qué sin fundamento alguno, ya que las dos presuntas víctimas reconocieron haber tenido con el activista australiano relaciones consentidas. A pesar de la supuesta independencia de la Justicia, no se puede ignorar que en el país nórdico gobernaba entonces un ejecutivo conservador y pro-atlantista, y que era el ejecutivo quien nombraba al fiscal o la fiscal general. A raíz de estas acusaciones y de la orden de búsqueda internacional, Julian Assange, entonces temporalmente en Londres, se entregó a la policía británica a finales de 2010, donde quedó en libertad provisional. Sus abogados hicieron numerosas ofertas para que se desplazara a Suecia a cambio de la garantía de no ser extraditado a EEUU, un aval que no fue nunca concedido, con el argumento de que la administración norteamericana no había realizado ninguna solicitud formal para su entrega por parte del gobierno sueco, todo apunta que una negativa para alargar el proceso y posibilitar finalmente la expulsión forzada. Sin embargo, en el mes de junio de 2012, después de perder el juicio que implicaba aquella extradición, Assange se refugió en la embajada de Ecuador, donde el gobierno progresista de Rafael Correa le concedió asilo diplomático y, posteriormente, la nacionalidad.

En mayo de 2017, y a pesar de las múltiples presiones para que se mantuviera el caso abierto, la fiscalía sueca, entonces con un gobierno socialdemócrata en el país, terminó cerrando el caso por falta de pruebas, quedando anulada la euro-orden de detención contra el activista australiano, aunque el procedimiento se reabriría por un breve periodo dos años más tarde. Pero en abril de 2019, tras cerca de siete años de confinamiento, Assange fue detenido por la policía británica en el interior de la embajada, después de que el nuevo gobierno de Ecuador, bastante más influenciable por los dictados de EEUU, le revocara el asilo y la nacionalidad. El fundador de WikiLeaks se encuentra desde entonces detenido en una prisión de máxima seguridad de Belmarsh, en el sur de Londres, por un delito considerado habitualmente leve, como es incumplir las normas de la libertad provisional. Un grave atentado a los derechos fundamentales de Assange, demostrando que se trata de una farsa judicial al servicio de los oscuros intereses de la justicia estadounidense, con un riesgo evidente de ser extraditado a ese país y de ser condenado a una pena de prisión permanente por unos supuestos “crímenes de guerra» que en realidad cometieron las tropas a las órdenes del Pentágono, y que WikiLeaks denunció.

Es realmente inadmisible que, en lugar de investigar y juzgar a los responsables de los crímenes de guerra, cualquier persona que publique un documento denunciando los ataques que han costado la vida a cientos o miles de personas, pueda ser detenido, prácticamente en cualquier parte del mundo, y extraditado a Estados Unidos. Un gravísimo ejemplo de la extraterritorialidad judicial que EEUU pretende aplicar, destinada a evitar futuros desafíos por parte de otros periodistas o investigadores críticos con el imperio (1). Del mismo modo que Edward Snowden y Chelsea Manning, Julian Assange forma parte de un nuevo grupo de disidentes políticos que son perseguidos y acosados, no por regímenes formalmente autoritarios, sino por estados que pretenden ser supuestas «democracias ejemplares». (2)

En esta misma línea, muy crítica con la persecución del activista australiano, Nils Melzer, relator especial de la ONU sobre la tortura y otros tratos o penas crueles, inhumanas o degradantes, consideró que una democracia constitucional, como supuestamente son los Estados Unidos investigaría y castigaría a los criminales de guerra, en lugar de amenazar a la persona que hizo público aquellos crímenes, con hasta 175 años de prisión. Assange tiene derecho a un juicio justo, pero se le ha negado reiteradamente ese derecho: en Suecia, en el Reino Unido y, muy probablemente, en EEUU. Es obvio que se trata, según el relator de la ONU, de un grave caso de persecución política. (3)

Para Amnistía Internacional, que se opone también frontalmente a la posibilidad de que Julian Assange sea extraditado a EEUU, el fundador de WikiLeaks estaría seriamente expuesto a sufrir condiciones inhumanas de encarcelamiento, en un aislamiento total equiparable al maltrato y la tortura. Además, el hecho de haber sido objeto de una campaña de criminalización por parte de las autoridades estadounidenses, perjudicaría claramente su derecho a la presunción de inocencia, lo que supone un riesgo evidente de que no se llegue a celebrar jamás un juicio justo. (4)

Esta situación nos recuerda a los antiguos disidentes soviéticos, como fue el caso de Andréi Sájarov, el prestigioso físico nuclear soviético que fue premio Nobel de la Paz en 1975. Pero el propio Sájarov terminó siendo rehabilitado por Gorbachov, y posteriormente elegido miembro del entonces recientemente creado Congreso de Diputados del Pueblo, en los últimos años de la Unión Soviética. Si Julian Assange fuera un disidente de cualquier estado enfrentado a EEUU y sus aliados, probablemente hace tiempo que se estaría promoviendo una candidatura al Premio Sájarov para la Libertad de Conciencia, o quizás al propio Premio Nobel de la Paz. En todo caso, sólo una fuerte presión internacional puede evitar que termine su vida en una prisión de alta seguridad.

Notas

1. Rafael Poch – En nuestro siglo los grandes disidentes ya son los de Occidente – CTXT Contexto y Acción – 17/04/2019

2. Ignacio Ramonet – Libertad para Julian Assange – Le Monde Diplomatique – Julio 2016

3. Daniel Ryser – Los detalles del caso Assange, según el investigador de la ONU – Entrevista a Nils Meizer – elDiario.es – 26/02/2020

4. Amnistía Internacional – Estados Unidos y Reino Unido deben retirar los cargos y suspender la extradición de Julian Assange – Amnesty.org – 21/02/2020