SILENCIO de octavio paz


Los silencios son momentos de reflexión y de conmemoración hacia aquello que se ha vivido. Por ello, Octavio Paz escribe estos versos llamados ‘Silencio’. en donde los silencios enmudecen

 

¿Que decía Octavio Paz de los mexicanos?

“El mexicano puede doblarse, humillarse, ‘agacharse’ pero no ‘rajarse, esto es, permitir que el mundo exterior penetre en su intimidad.” “Para el mexicano la vida es una posibilidad de chingar o de ser chingado.”

Para Paz, el no aceptar nuestro pasado dual, verlo con desprecio en dos sentidos, ha provocado un “sentimiento de inferioridad” en los mexicanos.

Ojo, Paz no dice que el mexicano sea inferior, sino que se siente inferior, y usa esta supuesta inferioridad para no trascender.

Este sentimiento hace que el mexicano promedio sea receloso, hermético.

Características presentes, sobre todo, en el macho, la forma que asumen los hombres mexicanos para sentirse viriles.

“El macho es un ser hermético, encerrado en sí mismo, capaz de guardarse y guardar lo que se le confía. La hombría se mide por la invulnerabilidad ante las armas enemigas o ante los impactos del mundo exterior.”
Paz cree que el hombre mexicano busca remarcar su masculinidad como una forma de defensa.

Somos hijos de indígenas violadas por españoles, por tanto buscamos negar este acto que propició el origen del mexicano -y mostró la debilidad de nuestra estirpe- sobre dimensionando nuestra virilidad.

Es decir, somos niños que apenas en los años cuarenta del siglo pasado comenzaron a pasar a la juventud.

Esta analogía de México como un ser vivo que vive etapas de la vida de una persona es explicada por Paz ampliamente en El Laberinto de la Soledad.

Según él, la independencia fue una especie de salir de la casa familiar, y la Reforma una ruptura con la madre (la iglesia), buscando encontrar nuestro lugar en el mundo.

“Nos duele todavía esa separación. Aún respiramos por la herida. De ahí que el sentimiento de orfandad sea el fondo constante de nuestras tentativas políticas y de nuestros conflictos íntimos. México está tan solo como cada uno de sus hijos.”
Así que, de acuerdo con Octavio Paz, el mexicano y la mexicanidad solo pueden definirse como rupturas y negaciones. Rupturas con las estructuras políticas que habían dado forma a la Nueva España, negaciones con nuestro pasado.
El mexicano sería, en última instancia, un ser de búsqueda, de una búsqueda de una identidad propia, para sobrepasar su estado de perpetua soledad.

“La historia, que no nos podía decir nada sobre la naturaleza de nuestros sentimientos y nuestros conflictos, sí nos puede mostrar ahora cómo se realizó esa ruptura y cuáles han sido nuestras tentativas para trascender la soledad”.
Tal como concluye Paz su texto, somos huérfanos de pasado, pero con un futuro por inventar.

(Ilustración: Editorial Novaro)
Paz, el mexicano
Octavio Paz vivió él mismo las contradicciones de ser mexicano.

Hijo de un padre zapatista, pero viviendo varios años al lado de un abuelo porfirista, en su juventud se identifica con la izquierda, el anarquismo, y en su etapa de madurez fue un crítico de las izquierdas y el socialismo realmente existente.

En sus últimos años fue cercano a los regímenes del PRI, sobre todo en el periodo de Carlos Salinas como presidente de México.

Se volvió un símbolo de la intelectualidad mexicana, pero justo también de la cultura oficial.

Por eso, algunos grupos intelectuales, como los infrarrealistas, lo veían como un enemigo. También trascendió como figura pop, e incluso tuvo encuentros con Fantomas, la amenaza elegante de los cómics de la editorial Novaro.

Como sea, sus textos son sumamente importantes, y sus ensayos siguen siendo más actuales que nunca, y han ayudado a dar forma a la idea de lo mexicano.

 

50 POEMAS DE AMOR, 2 DE OCTAVIO PAZ

OCTAVIO PAZ
JUAN DEL ENCINA
CRISTÓBAL DE CASTILLEJO
GARCILASO DE LA VEGA
SANTA TERESA DE JESÚS
SANTA TERESA DE JESÚS
GREGORIO SILVESTRE
FRAY LUIS DE LEÓN
FRAY LUIS DE LEÓN
FRAY LUIS DE LEÓN
FRAY LUIS DE LEON
BALTASAR DEL ALCÁZAR
FRANCISCO DE ALDANA
FRANCISCO DE ALDANA
FRANCISCO DE LA TORRE
FRANCISCO DE LA TORRE
VICENTE ESPINEL
MIGUEL DE CERVANTES
LÓPEZ MALDONADO
LOPE DE VEGA
LOPE DE VEGA
LOPE DE VEGA
LUIS DE GÓNGORA
LUIS DE GÓNGORA
LUIS DE GÓNGORA
LUIS DE GÓNGORA
FRANCISCO DE QUEVEDO
FRANCISCO DE QUEVEDO
FRANCISCO DE QUEVEDO
FRANCISCO DE QUEVEDO
FRANCISCO DE RIOJA
LUIS CARRILLO Y SOTOMAYOR
PEDRO CALDERÓN DE LA BARCA
GABRIEL BOCÁNGEL
SOR JUANA INÉS DE LA CRUZ
SOR JUANA INÉS DE LA CRUZ
SOR JUANA INÉS DE LA CRUZ
DIEGO DE TORRES VILLARROEL
TOMÁS DE IRIARTE
JOSÉ CADALSO
ÁNGEL DE SAAVEDRA, DUQUE DE RIVAS
JOSÉ DE ESPRONCEDA
GUSTAVO ADOLFO BÉCQUER
GUSTAVO ADOLFO BÉCQUER
SERAFÍN ESTÉBANEZ CALDERÓN
ROSALÍA DE CASTRO
ROSALÍA DE CASTRO
JOSÉ MARÍA BARTRINA
JOSÉ SELGAS
O.Paz

TUS OJOS

Arriba
Tus ojos son la patria del relámpago y de la lágrima,
silencio que habla,
tempestades sin viento, mar sin olas,
pájaros presos, doradas fieras adormecidas,
topacios impíos como la verdad,
o toño en un claro del bosque en donde la luz canta en el hombro de un árbol y son pájaros todas las hojas,
playa que la mañana encuentra constelada de ojos,
cesta de frutos de fuego,
mentira que alimenta,
espejos de este mundo, puertas del más allá,
pulsación tranquila del mar a mediodía,
absoluto que parpadea,
páramo.
Sin Título Arriba
No te tardes que me muero
carcelero,
no te tardes que me muero.
Apresura tu venida
porque no pierda la vida
que la fe no está perdida.
Carcelero,
no te tardes que me muero.
Sácame de esta cadena,
que recibo muy gran pena
pues tu tardar me condena.
Carcelero,
no te tardes que me muero.
La primera vez que me viste,
sin lo sentir me venciste;
suéltame pues me prendiste.
Carcelero,
no te tardes que me muero.
La llave para soltarme
he de ser galardonarme,
prometiendo no olvidarme.
Carcelero,
no te tardes que me muero.
Villancico No pueden dormir mis ojos, no pueden dormir. Arriba
Pero, ¿cómo dormirán
cercados en derredor
de soldados de dolor,
que siempre en armas están?
Los combates que les dan
no los pudieron sufrir;
no pueden dormir.
Alguna vez, de cansados
del angustia y del tormento,
se duermen que no lo siento,
que los hallo transportados;
pero los sueños pesados
no les quieren consentir
que puedan dormir.
Mas ya que duermen un poco:
están tan desvanecidos,
que ellos quedan aturdidos,
yo poco menos de loco;
y si los muevo y provoco
con cerrar y con abrir,
no pueden dormir.
Soneto XXIII Arriba
En tanto que de rosa y de azucena
se muestra la color en vuestro gesto,
y que vuestro mirar ardiente, honesto,
enciende al corazón y lo refrena;
y en tanto que el cabello, que en la vena
del oro se escogió, con vuelo presto
por el hermoso cuello blanco, enhiesto,
el viento mueve, esparce y desordena:
coged de vuestra alegre primavera
el dulce fruto antes que el tiempo airado
cubra de nieve la hermosa cumbre.
Marchitará la rosa el viento helado,
todo lo mudará la edad ligera,
por no hacer mudanza en su costumbre.
Vivo sin vivir en mí, y de tal manera espero, que muero porque no muero. Arriba
Vivo ya fuera de mí
después que muero de amor;
porque vivo en el Señor,
que me quiso para sí.
Cuando el corazón le di
puse en él este letrero:
que muero porque no muero.
Esta divina prisión
del amor con que yo vivo
ha hecho a Dios mi cautivo,
y libre mi corazón;
y causa en mí tal pasión
ver a Dios mi prisionero,
que muero porque no muero.
¡Ay, qué larga es esta vida!
¡Qué duros estos destierros,
esta cárcel, estos hierros
en que el alma está metida!
Sólo esperar la salida
me causa dolor tan fiero,
que muero porque no muero.
¡Ay, qué vida tan amarga
do no se goza el Señor!
Porque si es dulce el amor,
no lo es la esperanza larga.
Quíteme Dios esta carga,
más pesada que el acero,
que muero porque no muero.
Sólo con la confianza
vivo de que he de morir,
porque muriendo el vivir
me asegura mi esperanza.
Muerte do el vivir se alcanza,
no te tardes, que te espero,
que muero porque no muero.
Mira que el amor es fuerte,
vida, no me seas molesta;
mira que sólo te resta,
para ganarte, perderte.
Venga ya la dulce muerte,
el morir venga ligero,
que muero porque no muero.
Aquella vida de arriba
es la vida verdadera;
hasta que esta vida muera,
no se goza estando viva.
Muerte, no me seas esquiva;
viva muriendo primero,
que muero porque no muero.
Vida, ¿qué puedo yo darle
a mi Dios, que vive en mí,
si no es el perderte a ti
para mejor a Él gozarle?
Quiero muriendo alcanzarle,
pues tanto a mi Amado quiero,
que muero porque no muero.
Sin Título Arriba
Nada te turbe,
nada te espante.
Todo se pasa,
Dios no se muda;
la paciencia
todo alcanza.
Quien a Dios tiene
nada le falta.
Sólo Dios basta.
Sin Título Arriba
Decid los que tratáis de agricultura:
en este valle umbroso y desabrido
¿qué fruto del deleite habéis tenido
que no se os torne luego en amargura?
Del gusto y del regalo y la dulzura
¿qué espigas y qué grano habéis cogido
que no salga nublado y revenido
del silo de la triste sepultura?
Del mal terreno y mala sementera
¿qué se puede segar, sino sospecha,
disgusto, confusión, remordimiento?
El alma siente ya desde la era
cómo ha de baratar de la cosecha
agosto seco, de eternal tormento.
Canción de la vida solitaria Arriba
¡Qué descansada vida
la del que huye del mundanal ruido
y sigue la escondida
senda por donde han ido
los pocos sabios que en el mundo han sido;
que no le enturbia el pecho
de los soberbios grandes el estado,
ni del dorado techo
se admira, fabricado
del sabio Moro, en jaspe sustentado!
No cura si la fama
canta con voz su nombre pregonera,
ni cura si encarama
la lengua lisonjera
lo que condena la verdad sincera.
¿Qué presta a mi contento
si soy del vano dedo señalado;
si, en busca de este viento,
ando desalentado
con ansias vivas, con mortal cuidado?
¡Oh monte, oh fuente, oh río!
¡Oh secreto seguro, deleitoso!
Roto casi el navío,
a vuestro almo reposo
huyo de aqueste mar tempestuoso.
Un no rompido sueño,
un día puro, alegre, libre quiero;
no quiero ver el ceño
vanamente severo
de a quien la sangre ensalza o el dinero.
Despiértenme las aves
con su cantar sabroso no aprendido;
no los cuidados graves
de que es siempre seguido
el que al ajeno arbitrio está atenido.
Vivir quiero conmigo,
gozar quiero del bien que debo al cielo.
A solas, sin testigo,
libre de amor, de celo,
de odio, de esperanzas, de recelo.
Del monte en la ladera,
por mi mano plantado tengo un huerto,
que con la primavera
de bella flor cubierto
ya muestra en esperanza el fruto cierto;
y como codiciosa
por ver y acrecentar su hermosura,
desde la cumbre airosa
una fontana pura
hasta llegar corriendo se apresura.
Y luego, sosegada,
el paso entre los árboles torciendo,
el suelo de pasada
de verdura vistiendo
y con diversas flores va esparciendo.
El aire del huerto orea
y ofrece mil olores al sentido;
los árboles menea
con un manso ruido
que del oro y del cetro pone olvido.
Téngase su tesoro
los que de un falso leño se confían;
no es mío ver el lloro
de los que desconfían
cuando el cierzo y el ábrego porfían.
La combatida antena
cruje, y en ciega noche el claro día
se torna; al cielo suena
confusa vocería,
y la mar enriquecen a porfía.
A mí una pobrecilla
mesa de amable paz bien abastada
me basta, y la vajilla
de fino oro labrada
sea de quien la mar no teme airada.
Y mientras miserable-
mente se están los otros abrasando
con sed insaciable
del peligroso mando,
tendido yo a la sombra esté cantando;
a la sombra tendido,
de hiedra y lauro eterno coronado,
puesto el atento oído
al son dulce, acordado,
del plectro sabiamente meneado.
Noche serena A don Loarte Arriba
Cuando contemplo el cielo
de innumerables luces adornado,
y miro hacia el suelo,
de noche rodeado,
en sueño y en olvido sepultado,
el amor y la pena
despiertan en mi pecho un ansia ardiente;
despiden larga vena
los ojos hechos fuente,
Loarte, y digo al fin con voz doliente:
“Morada de grandeza,
templo de claridad y de hermosura,
el alma, que a tu alteza
nació, ¿qué desventura
la tiene en esta cárcel baja, oscura?
“¿Qué mortal desatino
de la verdad aleja así el sentido,
que de tu bien divino
olvidado, perdido,
sigue la vana sombra, el bien fingido?
“El hombre está entregado
al sueño, de su suerte no cuidando,
y con paso callado
el cielo, vueltas dando,
las horas del vivir le va hurtando.
“¡Oh, despertad, mortales,
mirad con atención en vuestro daño!
Las almas inmortales,
hechas a bien tamaño,
¿podrán vivir de sombra y de engaño?
“¡Ay, levantad los ojos
aquesta celestial eterna esfera!,
burlaréis los antojos
de aquesa lisonjera
vida, que cuanto teme y cuanto espera.
“¿Es más que un breve punto
el bajo y torpe suelo, comparado
con ese gran trasunto
do vive mejorado
lo que es, lo que será, lo que ha pasado?
“Quien mira el gran concierto
de aquestos resplandores eternales,
su movimiento cierto,
sus pasos desiguales,
y en proporción concorde tan iguales;
“la luna cómo mueve
la plateada rueda, y va en pos de ella
la luz do el saber llueve,
y la graciosa estrella
de Amor la sigue reluciente y bella;
“y cómo otro camino
prosigue el sanguinoso Marte airado,
y el Júpiter benigno,
de bienes mil cercado,
serena el cielo con su rayo amado;
“rodéase en la cumbre
Saturno, padre de los siglos de oro;
tras él la muchedumbre
del reluciente coro
su luz va repartiendo y su tesoro.
“¿Quién es el que esto mira,
y precia la bajeza de la tierra,
y no gime y suspira
y rompe lo que encierra
el alma y de estos bienes la destierra?
“Aquí vive el contento,
aquí reina la paz; aquí, asentado
en rico y alto asiento
está el Amor sagrado,
de glorias y deleites rodeado.
“Inmensa hermosura
aquí se muestra toda, y resplandece
clarísima luz pura
que jamás anochece:
eterna primavera aquí florece.
“¡Oh campos verdaderos!
¡Oh prados con verdad frescos y amenos!
¡Riquísimos mineros!
¡Oh deleitosos senos!
¡Repuestos valles, de mil bienes llenos!”
Oda a Francisco de Salinas Arriba
El aire se serena
y viste de hermosura y luz no usada,
Salinas, cuando suena
la música extremada,
por vuestra sabia mano gobernada.
A cuyo son divino
el alma, que en olvido está sumida,
torna a cobrar el tino
y memoria perdida
de su origen primera esclarecida.
Y como se conoce,
en suerte y pensamientos se mejora;
el oro desconoce,
que el vulgo vil adora;
la belleza caduca, engañadora.
Traspasa el aire todo
hasta llegar a la más alta esfera,
y oye allí otro modo
de no perecedera
música, que es la fuente y la primera.
Ve cómo el gran maestro,
aquesta inmensa cítara aplicado,
con movimiento diestro
produce el son sagrado,
con que este eterno templo es sustentado.
Y como está compuesta
de números concordes, luego envía
consonante respuesta;
y entre ambas a porfía
se mezcla una dulcísima armonía.
Aquí la alma navega
por un mar de dulzura, y finalmente
en él así se anega
que ningún accidente
extraño y peregrino oye o siente.
¡Oh desmayo dichoso!,
¡oh muerte que das vida! ¡Oh dulce olvido!
¡Durase en tu reposo
sin ser restituido
jamás a aqueste bajo y vil sentido!
A este bien os llamo,
gloria del apolíneo sacro coro,
amigos, a quien amo
sobre todo tesoro,
que todo lo visible es triste lloro.
¡Oh, suene de continuo,
Salinas, vuestro son en mis oídos,
por quien al bien divino
despiertan los sentidos
quedando a lo demás amortecidos!
En la Ascensión Arriba
¿Y dejas, Pastor santo,
tu grey en este valle hondo, oscuro,
con soledad y llanto;
y tú, rompiendo el puro
aire, te vas al inmortal seguro?
Los antes bienhadados
y los ahora tristes y afligidos,
a tus pechos criados,
de ti desposeídos,
¿a dó volverán ya sus sentidos?
¿Qué mirarán los ojos
que vieron de tu rostro la hermosura
que no les sea enojos?
Quién oyó tu dulzura,
¿qué no tendrá por sordo y desventura?
Aqueste mar turbado
¿quién le pondrá ya freno?, ¿quién concierto
al fiero viento airado,
estando tú encubierto?
¿Qué norte guiará la nave al puerto?
Ay, nube envidiosa
aun de este breve gozo, ¿qué te aquejas?
¿Dónde vas presurosa?
¡Cuán rica tú te alejas!
¡Cuán pobres y cuán ciegos, ay, nos dejas!
Sin Título Arriba
Yo acuerdo revelaros un secreto
en un soneto, Inés, bella enemiga;
mas, por buen orden que yo en éste siga,
no podrá ser en el primer cuarteto.
Venidos al segundo, yo os prometo
que no se ha de pasar sin que os lo diga;
mas estoy hecho, Inés, una hormiga,
que van fuera ocho versos del soneto.
Pues ved, Inés, qué ordena el duro hado,
que teniendo el soneto ya en la boca
y el orden de decirlo ya estudiado,
conté los versos todos y he hallado
que, por la cuenta que a un soneto toca,
ya este soneto, Inés, es acabado.
Sin Título Arriba
Mil veces callo que romper deseo
el cielo a gritos, y otras tantas tiento
dar mi lengua voz y movimiento,
que en silencio mortal yacer la veo.
Anda cual velocísimo correo
por dentro al alma el suelto pensamiento
con alto y de dolor lloroso acento,
casi en sombra de muerte un nuevo Orfeo.
No halla la memoria o la esperanza
rastro de imagen dulce y deleitable
con que la voluntad viva segura.
Cuanto en mí hallo es maldición que alcanza,
muerte que tarda, llanto inconsolable,
desdén del cielo, error de la ventura.
Sin Título Arriba
En fin, en fin, tras tanto andar muriendo,
tras tanto variar vida y destino,
tras tanto, de uno en otro desatino,
pensar todo apretar, nada cogiendo,
tras tanto acá y allá yendo y viniendo
cual sin aliento inútil peregrino,
¡oh Dios!, tras tanto error del buen camino,
yo mismo de mi mal ministro siendo,
hallo, en fin, que ser muerto en la memoria
del mundo es lo mejor que en él se esconde,
pues es la paga de él muerte y olvido,
y en un rincón vivir con la victoria
de sí, puesto el querer tan sólo adonde
es premio el mismo Dios de lo servido
Sin Título Arriba
¡Cuántas veces te me has engalanado,
clara y amiga noche; cuántas, llena
de oscuridad y espanto, la serena
mansedumbre del cielo me has turbado!
Estrellas hay que saben mi cuidado
y que se han regalado con mi pena;
que, entre tanta beldad, la más ajena
de amor tiene su pecho enamorado.
Ellas saben amar, y saben ellas
que he contado su mal llorando el mío,
envuelto en los dobleces de tu manto.
Tú, con mil ojos, noche, mis querellas
oye y esconde, pues mi amargo llanto
es fruto inútil que al amor envío.
Sin Título Arriba
Noche, que en tu amoroso y dulce olvido
escondes y entretienes los cuidados
del enemigo día y los pasados
trabajos recompensas al sentido.
Tú que de mi dolor me has conducido
a contemplarte y contemplar mis hados,
enemigos ahora conjurados
contra un hombre del cielo perseguido.
Así las claras lámparas del cielo
siempre te alumbren, y tu amiga frente
de beleño y ciprés tengas ceñida,
que no vierta su luz en este suelo
el claro sol mientras me quejo ausente
de mi pasión. Bien sabes tú mi vida.
Sin Título Arriba
El bermellón a manchas se mostraba
en el pardo y azul, con vario adorno
del blanco y jalde, realzado en torno
sobre Titán, que ya su ardor negaba.
La negra noche a más andar se entraba
del claro día oscuro desadorno,
cuando los ojos a una parte torno
de un alto bien dudoso que esperaba.
¡Gloria del mundo!, digo, y luego veo
de gloria el suelo, calle y alma llenas
de una luz que salió, que a Febo alcanza.
Alégrate de hoy más, dijo, Liseo,
que quien tan bien amó sufriendo penas,
sabrá estimar el bien de la esperanza.
Al túmulo del rey Felipe II en Sevilla Arriba
—”¡Voto a Dios que me espanta esta grandeza
y que diera un doblón por describilla!
Porque ¿a quién no suspende y maravilla
esta máquina insigne, esta riqueza?
Por Jesucristo vivo, cada pieza
vale más de un millón, y que es mancilla
que esto no dure un siglo, ¡oh gran Sevilla!,
Roma triunfante en ánimo y nobleza.
Apostaré que el ánima del muerto
por gozar de este sitio hoy ha dejado
la gloria, donde vive eternamente”.
Esto oyó un valentón y dijo: —”Es cierto
cuanto dice voacé, seor soldado.
Y el que dijere lo contrario, miente”.
Y luego, incontinente,
caló el chapeo, requirió la espada,
miró al soslayo, fuese, y no hubo nada.
Sin Título Arriba
Desta nube que ha tanto ya que llueve
por mis cansados ojos agua tanta,
desta que a cualquier sitio a cualquier planta
en abundancia a humedecer se atreve,
desta que el corazón hace de nieve
y con ardiente rayo le quebranta
y con viento inclemente que la espanta
amargas olas en mi alma mueve,
¿cuándo la lluvia larga e importuna,
el viento fiero, el fuego intolerable,
la helada nieve menguarán su fuerza?
Fin pues suele tener cualquier fortuna,
no suele ser el mal siempre durable,
sino en mí, que hasta el bien me le refuerza.
Sin Título Arriba
A mis soledades voy,
de mis soledades vengo,
porque para andar conmigo
me bastan mis pensamientos.
No sé qué tiene la aldea
donde vivo y donde muero,
que con venir de mí mismo
no puedo venir más lejos.
Ni estoy bien ni mal conmigo;
mas dice mi entendimiento
que un hombre que todo es alma
está cautivo en su cuerpo.
Entiendo lo que me basta,
y solamente no entiendo
cómo se sufre a sí mismo
un ignorante soberbio.
De cuantas cosas me cansan,
fácilmente me defiendo;
pero no puedo guardarme
de los peligros de un necio.
El dirá que yo lo soy,
pero con falso argumento,
que humildad y necedad
no caben en un sujeto.
La diferencia conozco,
porque en él y en mí contemplo,
su locura en su arrogancia,
mi humildad en su desprecio.
O sabe naturaleza
más que supo en otro tiempo,
o tantos que nacen sabios
es porque lo dicen ellos.
“Sólo sé que no sé nada”,
dijo un filósofo, haciendo
la cuenta con su humildad,
adonde lo más es menos.
No me precio de entendido,
de desdichado me precio,
que los que no son dichosos,
¿cómo pueden ser discretos?
No puede durar el mundo,
porque dicen, y lo creo,
que suena a vidrio quebrado
y que ha de romperse presto.
Señales son del juicio
ver que todos le perdemos,
unos por carta de más
otros por cartas de menos.
Dijeron que antiguamente
se fue la verdad al cielo;
tal la pusieron los hombres
que desde entonces no ha vuelto.
En dos edades vivimos
los propios y los ajenos:
la de plata los extraños
y la de cobre los nuestros.
¿A quién no dará cuidado,
si es español verdadero,
ver los hombres a lo antiguo
y el valor a lo moderno?
Todos andan bien vestidos
y quéjanse de los precios,
de medio arriba romanos,
de medio abajo romeros.
Dijo Dios que comería
su pan el hombre primero
con el sudor de su cara
por quebrar su mandamiento,
y algunos, inobedientes
a la vergüenza y al miedo,
con las prendas de su honor
han trocado los efectos.
Virtud y filosofía
peregrinan como ciegos;
el uno se lleva al otro,
llorando van y pidiendo.
Dos polos tiene la tierra,
universal movimiento;
la mejor vida el favor,
la mejor sangre el dinero.
Oigo tañer las campanas,
y no me espanto, aunque puedo,
que en lugar de tantas cruces
haya tantos hombres muertos.
Mirando estoy los sepulcros
cuyos mármoles eternos
están diciendo sin lengua
que no lo fueron sus dueños.
¡Oh, bien haya quien los hizo,
porque solamente en ellos
de los poderosos grandes
se vengaron los pequeños!
Fea pintan a la envidia,
yo confieso que la tengo
de unos hombres que no saben
quién vive pared en medio.
Sin libros y sin papeles,
sin tratos, cuentas ni cuentos,
cuando quieren escribir
piden prestado el tintero.
Sin ser pobres ni ser ricos,
tienen chimenea y huerto;
no los despiertan cuidados,
ni pretensiones, ni pleitos.
Ni murmuraron del grande,
ni ofendieron al pequeño;
nunca, como yo, firmaron
parabién, ni pascuas dieron.
Con esta envidia que digo
y lo que paso en silencio,
a mis soledades voy,
de mis soledades vengo.
Sin Título Arriba
¿Qué tengo yo que mi amistad procuras?
¿Qué interés se te sigue, Jesús mío,
que a mi puerta cubierto de rocío
pasas las noches del invierno oscuras?
¡Oh, cuánto fueron mis entrañas duras,
pues no te abrí! ¡Qué extraño desvarío,
si de mi ingratitud el hielo frío
secó las llagas de tus plantas puras!
¡Cuántas veces el ángel me decía:
“Alma, asómate ahora a la ventana,
verás con cuánto amor llamar porfía”!
¡Y cuántas, hermosura soberana,
“Mañana le abriremos” respondía,
para lo mismo responder mañana!
Sin Título Arriba
Versos de amor, conceptos esparcidos,
engendrados del alma en mis cuidados,
partos de mis sentidos abrasados,
con más dolor que libertad nacidos;
expósitos al mundo en que, perdidos,
tan rotos anduvisteis y trocados,
que sólo donde fuisteis engendrados
fuérades por la sangre conocidos.
Pues que le hurtáis el laberinto a Creta,
a Dédalo los altos pensamientos,
la furia al mar, las llamas al abismo,
si aquel áspid hermoso no os aceta,
dejad la tierra, entretened los vientos:
descansaréis en vuestro centro mismo.
Sin Título Arriba
La dulce boca que a gustar convida
un humor entre perlas destilado,
y a no envidiar aquel licor sagrado
que a Júpiter ministra el garzón de Ida,
amantes, no toquéis, si queréis vida,
porque entre un labio y otro colorado
Amor está de su veneno armado,
cual entre flor y flor sierpe escondida.
No os engañen las rosas que al Aurora
diréis que aljofaradas y olorosas
se le cayeron del purpúreo seno.
Manzanas son de Tántalo y no rosas,
que después huyen del que incitan ahora
y sólo del Amor queda el veneno.
De un caminante enfermo que se enamoró donde fue hospedado Arriba
Descaminado, enfermo, peregrino,
en tenebrosa noche, con pie incierto
la confusión pisando del desierto,
voces en vano dio, pasos sin tino.
Repetido latir, si no vecino,
distinto oyó de can siempre despierto,
y en pastoral albergue mal cubierto
piedad halló, si no halló camino.
Salió el sol, y entre armiños escondida,
somnolienta beldad con dulce saña
salteó al no bien sano pasajero.
Pagará el hospedaje con la vida;
más le valiera error en la montaña
que morir de la suerte que yo muero.
De una dama que, quitándose una sortija, se picó con un alfiler Arriba
Prisión de nácar era articulado,
de mi firmeza un émulo luciente,
un diamante, ingeniosamente
en oro también él aprisionado.
Clori, pues, que su dedo apremiado
de metal, aun precioso, no consiente,
gallarda un día, sobre impaciente,
lo redimió del vínculo dorado.
Mas, ay, que insidioso latón breve
en los cristales de su bella mano
sacrílego divina sangre bebe:
púrpura ilustró menos indiano
marfil; envidiosa, sobre nieve
claveles deshojó la Aurora en vano.
Sin Título Arriba
Ándeme yo caliente,
y ríase la gente.
Traten otros del gobierno
del mundo y sus monarquías,
mientras gobiernan mis días
mantequillas y pan tierno,
y las mañana de invierno
naranjada y aguardiente,
y ríase la gente.
Coma en dorada vajilla
el príncipe mil cuidados
como píldoras dorados,
que yo en mi pobre mesilla
quiero más una morcilla
que en el asador reviente,
y ríase la gente.
Cuando cubra las montañas
de plata y nieve el enero,
tenga yo lleno el brasero
de bellotas y castañas,
y quien las dulces patrañas
del rey que rabió me cuente,
y ríase la gente.
Busque muy en hora buena
el mercader nuevos soles;
yo conchas y caracoles
entre la menuda arena,
escuchando a Filomena
sobre el chopo de la fuente,
y ríase la gente.
Pase a media noche el mar
y arda en amorosa llama
Leandro por ver su dama;
que yo más quiero pasar
del golfo de mi lagar
la blanca o roja corriente,
y ríase la gente.
Pues Amor es tan cruel,
que de Píramo y su amada
hace tálamo una espada,
do se junten ella y él,
sea mi Tisbe un pastel,
y la espada sea mi diente,
y ríase la gente.
Represéntase la brevedad de lo que se vive Arriba
¡Ah de la vida! ¿Nadie me responde?
Aquí de los antaños que he vivido;
la Fortuna mis tiempos ha mordido,
las horas mi locura las esconde.
¡Que sin poder saber cómo ni adónde,
la salud y la edad se hayan huido!
Falta la vida, asiste lo vivido,
y no hay calamidad que no me ronde.
Ayer se fue, mañana no ha llegado,
hoy se está yendo sin parar un punto:
soy un fue, y un será, y un es cansado.
En el hoy y mañana y ayer junto
pañales y mortaja, y he quedado
presentes sucesiones de difunto.
Sin Título Arriba
Poderoso caballero
es don Dinero.
Madre, yo al oro me humillo,
él es mi amante y mi amado,
pues de puro enamorado
de continuo anda amarillo;
que, pues doblón o sencillo,
hace todo cuanto quiero,
poderoso caballero
es don Dinero.
Nace en las Indias honrado
donde el mundo le acompaña;
viene a morir en España
y es en Génova enterrado;
y pues quien le trae al lado
es hermoso aunque sea fiero,
poderoso caballero
es don Dinero.
Es galán y es como un oro,
tiene quebrado el color,
persona de gran valor,
tan cristiano como moro;
pues que da y quita el decoro
y quebranta cualquier fuero,
poderoso caballero
es don Dinero.
Son sus padres principales,
y es de nobles descendiente,
porque en las venas de Oriente
todas las sangres son reales;
y pues es quien hace iguales
al duque y al ganadero,
poderoso caballero
es don Dinero.
Mas ¿a quién no maravilla
ver en su gloria sin tasa
que es lo menos de su casa
doña Blanca de Castilla?
Pero pues da al bajo silla,
y al cobarde hace guerrero,
poderoso caballero
es don Dinero.
Sus escudos de armas nobles
son siempre tan principales,
que sin sus escudos reales
no hay escudos de armas dobles;
y pues a los mismos robles
da codicia su minero,
poderoso caballero
es don Dinero.
Por importar en los tratos
y dar tan buenos consejos,
en las casas de los viejos
gatos le guardan de gatos;
y pues él rompe recatos
y ablanda al juez más severo,
poderoso caballero
es don Dinero.
Y es tanta su majestad,
aunque son sus duelos hartos,
que con haberle hecho cuartos
no pierde su autoridad;
pero pues da calidad
al noble y al pordiosero,
poderoso caballero
es don Dinero.
Nunca vi damas ingratas
a su gusto y afición,
que las caras de un doblón
hacen sus caras baratas;
y pues las hace bravatas
desde una bolsa de cuero,
poderoso caballero
es don Dinero.
Más valen en cualquier tierra,
mirad si es harto sagaz,
sus escudos en la paz
que rodelas en la guerra;
y pues al pobre lo entierra
y hace propio al forastero,
poderoso caballero
es don Dinero.
Reconocimiento de la vanidad del mundo Arriba
Miré los muros de la patria mía,
si un tiempo fuertes, ya desmoronados,
de la carrera de la edad cansados,
por quien caduca ya su valentía.
Salime al campo, vi que el sol bebía
los arroyos del hielo desatados,
y del monte quejosos los ganados
que con sombras hurtó su luz al día.
Entré en mi casa, vi que amancillada
de anciana habitación era despojos;
mi báculo, más corvo y menos fuerte.
Vencida de la edad sentí mi espada,
y no hallé cosa en que poner los ojos
que no fuese recuerdo de la muerte.
A una nariz Arriba
Érase un hombre a una nariz pegado,
érase una nariz superlativa,
érase una alquitara medio viva,
érase un peje espada mal barbado.
Era un reloj de sol mal encarado,
érase un elefante boca arriba,
érase una nariz sayón y escriba,
un Ovidio Nasón mál narigado.
Érase un espolón de una galera,
érase una pirámide de Egito,
las doce tribus de narices era.
Érase un naricísimo infinito,
frisón archinariz, caratulera,
sabañón garrafal, morado y frito.
A la rosa Arriba
Pura, encendida rosa,
émula de la llama
que sale con el día,
¿cómo naces tan llena de alegría
si sabes que la edad que te da el cielo
es apenas un breve y veloz vuelo,
y ni valdrán las puntas de tu rama
ni púrpura hermosa
a detener un punto
la ejecución del hado presurosa?
El mismo cerco alado
que estoy viendo riente,
ya temo amortiguado,
presto despojo de la llama ardiente.
Para las hojas de tu crespo seno
te dio Amor de sus alas blandas plumas,
y oro de su cabello dio a tu frente,
¡oh fiel imagen suya peregrina!
Bañote de su color sangre divina
de la deidad que dieron las espumas,
¿y esto, purpúrea flor, esto no pudo
hacer menos violento el rayo agudo?
Róbate en una hora,
róbate silencioso su ardimiento
el color y el aliento:
tienes aún no las alas abrasadas,
y ya vuelan al suelo desmayadas.
Tan cerca, tan unida
está al morir tu vida,
que dudo si en sus lágrimas la Aurora
mustia tu nacimiento o muerte llora.
Sin Título Arriba
Camino de la muerte, en hora breve
apresura la edad los gustos míos,
y mis llorosas luces en dos ríos
lloran cuán tardos sus momentos mueve.
A tal exceso mi dolor se atreve,
rendido él mismo de sus mismos bríos.
¡Ay, venga el tiempo que en sus hombros fríos
la común madre mis despojos lleve!
Crece a medida de la edad la pena;
con ella el gusto del funesto empleo
que mi grave dolor, ¡oh suerte!, ordena.
Y tan ceñido al alma le poseo,
que, mientras más la vida le enajena,
siento crecer más fuerza a tal deseo.
Monólogo de Segismundo, de “La vida es sueño” Arriba
¡Ay mísero de mí, ay infelice!
Apurar, cielos, pretendo,
ya que me tratáis así,
qué delito cometí
contra vosotros naciendo.
Aunque si nací, ya entiendo
qué delito he cometido:
bastante causa ha tenido
vuestra justicia y rigor,
pues el delito mayor
del hombre es haber nacido.
Sólo quisiera saber
para apurar mis desvelos,
dejando a una parte, cielos,
el delito de nacer,
¿qué más os pude ofender
para castigarme más?
¿No nacieron los demás?
Pues si los demás nacieron,
¿qué privilegios tuvieron
que yo no gocé jamás?
Nace el ave, y con las galas
que le dan belleza suma,
apenas es flor de pluma
o ramillete con alas,
cuando las etéreas salas
corta con velocidad,
negándose a la piedad
del nido que deja en calma,
¿y teniendo yo más alma
tengo menos libertad?
Nace el bruto, y con la piel
que dibujan manchas bellas,
apenas signo es de estrellas
gracias al docto pincel,
cuando atrevida y cruel,
la humana necesidad
le enseña a tener crueldad,
monstruo de su laberinto,
¿y yo con mejor instinto
tengo menos libertad?
Nace el pez, que no respira,
aborto de ovas y lamas,
y apenas bajel de escamas
sobre las ondas se mira,
midiendo la inmensidad
de tanta capacidad
como le da el centro frío,
¿y yo con más albedrío
tengo menos libertad?
Nace el arroyo, culebra
entre flores se desata,
y apenas, sierpe de plata,
entre las flores se quiebra,
cuando músico celebra
de las flores la piedad
que le dan la majestad
del campo abierto a su ida,
¿y teniendo yo más vida
tengo menos libertad?
En llegando a esta pasión,
un volcán, un Etna hecho,
quisiera sacar del pecho
pedazos del corazón.
¿Qué ley, justicia o razón
negar a los hombres sabe
privilegio tan suave,
exención tan principal,
que Dios le ha dado a un cristal,
a un pez, a un bruto y a un ave?
Sin Título Arriba
Huye del sol el sol, y se deshace
la vida a manos de la propia vida,
del tiempo que, a sus partos homicida,
en mies de siglos las edades pace.
Nace la vida, y con la vida nace
del cadáver la fábrica temida.
¿Qué teme, pues, el hombre en la partida,
si vivo estriba en lo que muerto yace?
Lo que pasó ya falta; lo futuro
aún no se vive, lo que está presente
no está, porque es su esencia el movimiento.
Lo que se ignora es sólo lo seguro
este mundo, república de viento,
que tiene por monarca un accidente.
Soneto CXLV A su retrato Arriba
(Procura desmentir los elogios que a un retrato de
la poetisa inscribió la verdad, que llama pasión)

Este que ves engaño colorido
que, del arte ostentando los primores,
con falsos silogismos de colores
es cauteloso engaño del sentido.
Éste en quien la lisonja ha pretendido
excusar de los años los horrores,
y venciendo del tiempo los rigores
triunfar de la vejez y del olvido,
es un vano artificio del cuidado,
es una flor al viento delicada,
es un resguardo inútil para el hado,
es una necia diligencia errada,
es un afán caduco y, bien mirado,
es cadáver, es polvo, es sombra, es nada.

Soneto a una rosa En que da moral censura a una rosa, y en ella a sus semejantes Arriba
Rosa divina que en gentil cultura
eres, con tu fragante sutileza,
magisterio purpúreo en la belleza,
enseñanza nevada a la hermosura.
Amago de la humana arquitectura,
ejemplo de la vana gentileza,
en cuyo ser unió naturaleza
la cuna alegre y triste sepultura.
¡Cuán altiva en tu pompa, presumida,
soberbia, el riesgo de morir desdeñas,
y luego desmayada y encogida,
de tu caduco ser das mustias señas,
con que con docta muerte y necia vida,
viviendo engañas y muriendo enseñas!
Arguye de inconsecuente el gusto y la censura de los hombres, que en las mujeres acusan lo que causan Arriba
Hombres necios que acusáis
a la mujer sin razón,
sin ver que sois la ocasión
de lo mismo que culpáis:
si con ansia sin igual
solicitáis su desdén,
¿por qué queréis que obren bien
si las incitáis al mal?
Combatís su resistencia,
y luego con gravedad
decís que fue liviandad
lo que hizo la diligencia.
Parecer quiere el denuedo
de vuestro parecer loco,
al niño que pone coco
y luego le tiene miedo.
Queréis con presunción necia
hallar a la que buscáis,
para pretendida, Tais,
y en la posesión, Lucrecia.
¿Qué humor puede ser más raro
que el falto de consejo,
él mismo empaña el espejo
y siente que no esté claro?
Con el favor y desdén
tenéis condición igual,
quejándoos si os tratan mal,
burlándoos si os quieren bien.
Opinión ninguna gana,
pues la que más se recata,
si no os admite es ingrata
y si os admite es liviana.
Siempre tan necios andáis
que, con desigual nivel,
a una culpáis por cruel
y a otra por fácil culpáis.
¿Pues cómo ha de estar templada
la que vuestro amor pretende,
si la que es ingrata ofende
y la que es fácil enfada?
Mas entre el enfado y pena
que vuestro gusto refiere,
bien haya la que no os quiere
y quejaos en hora buena.
Dan vuestras amantes penas
a sus libertades alas,
y después de hacerlas malas
las queréis hallar muy buenas.
¿Cuál mayor culpa ha tenido
en una pasión errada,
la que cae de rogada
o el que ruega de caído?
¿O cuál es más de culpar,
aunque cualquiera mal haga,
la que peca por la paga
o el que paga por pecar?
Pues ¿para qué os espantáis
de la culpa que tenéis?
Queredlas cual las hacéis
o hacedlas cual las buscáis.
Dejad de solicitar,
y después, con más razón,
acusaréis la afición
de la que os fuere a rogar.
Bien con muchas armas fundo
que lidia vuestra arrogancia,
pues en promesa e instancia
juntáis diablo, carne y mundo.
Ciencia de los cortesanos de este siglo Arriba
Bañarse con harina la melena,
ir enseñando a todos la camisa,
espada que no asuste y que dé risa,
su anillo, su reloj y su cadena;
hablar a todos con la faz serena,
besar los pies a misa doña Luisa,
y asistir como cosa muy precisa
al pésame, al placer y enhorabuena;
estar enamorado de sí mismo,
mascullar una arieta en italiano,
y bailar en francés tuerto o derecho.
Con esto y olvidar el catecismo
cátate hecho y derecho cortesano,
mas llevarate el diablo dicho y hecho
Un caballerito de estos tiempos Arriba
Levántome a las mil, como quien soy;
me lavo. Que me vengan a afeitar.
Traigan el chocolate, y a peinar.
Un libro… Ya leí; basta por hoy.
Si me buscan, que digan que no estoy.
Polvos… Venga el vestido verdemar…
¿Si estará ya la misa en el altar?
¿Han puesto la berlina? Pues me voy.
Hice ya tres visitas. A comer…
Traigan barajas. Ya jugué. Perdí…
Pongan el tiro; al campo, y a correr…
Ya doña Eulalia esperará por mí…
Dio la una. A cenar, y a recoger…
–¿Y es éste un racional? –Dicen que sí.
Al pintor que me ha de retratar Arriba
Discípulo de Apeles,
si tu pincel hermoso
empleas por capricho
en este feo rostro,
no me pongas ceñudo,
con iracundos ojos,
en la diestra el estoque
de Toledo famoso,
y en la siniestra el freno
de algún bélico monstruo,
ardiente como el rayo,
ligero como el soplo;
ni en el pecho la insignia
que en los siglos gloriosos
alentaba a los nuestros,
aterraba a los moros;
ni cubras este cuerpo
con militar adorno,
metal de nuestras Indias,
color azul y rojo;
ni tampoco me pongas,
con vanidad de docto,
entre libros y planos,
entre mapas y globos.
Reserva esta pintura
para los nobles locos
que honores solicitan
en los siglos remotos;
a mí, que sólo aspiro
a vivir con reposo
de nuestra frágil vida
estos instantes cortos,
la quietud de mi pecho
representa en mi rostro,
la alegría en la frente,
en mis labios el gozo.
Cíñeme la cabeza
con tomillo oloroso,
con amoroso mirto,
con pámpano beodo;
el cabello esparcido,
cubriéndome los hombros,
y descubierto al aire
el pecho bondadoso;
en esta diestra un vaso
muy grande, y lleno todo
de jerezano néctar
o de manchego mosto;
en la siniestra un tirso,
que es bacanal adorno,
y en postura de baile
el cuerpo chico y gordo;
o bien junto a mi Filis,
con semblante amoroso,
y en cadenas floridas
prisionero dichoso.
Retrátame, te pido,
de este sencillo modo,
y no de otra manera,
si tu pincel hermoso
empleas, por capricho,
en este feo rostro.
El otoño Arriba
Al bosque y al jardín el crudo aliento
del otoño robó la verde pompa,
y la arrastra marchita en remolinos
por el árido suelo.
Los árboles y arbustos erizados,
yertos extienden las desnudas ramas,
y toman el aspecto pavoroso
de helados esqueletos.
Huyen de ellos las aves asombradas,
que en torno revolaban bulliciosas,
y entre las frescas hojas escondidas
cantaban sus amores.
¿Son, ¡ay!, los mismos árboles que ha poco
del sol burlaban el ardor severo,
y entre apacibles auras se mecían
hermosos y lozanos?
Pasó su juventud fugaz y breve,
pasó su juventud y, envejecidos,
no pueden sostener las ricas galas
que les dio primavera.
Y pronto en su lugar el crudo invierno
les dará nieve rígida en ornato,
y el jugo que es la sangre de sus venas,
hielo será de muerte,
A nosotros los míseros mortales,
a nosotros también nos arrebata
la juventud gallarda y venturosa
del tiempo la carrera,
y nos despoja con su mano dura,
al llegar nuestro otoño, de los dones
de nuestra primavera, y nos desnuda
de sus hermosas galas,
y huyen de nuestra mente apresurados
los alegres y dulces pensamientos,
que en nuestros corazones anidaban
y nuestras dichas eran,
y luego la vejez de nieve cubre
nuestras frentes marchitas, y de hielo
nuestros áridos miembros, y en las venas
se nos cuaja la sangre.
Mas, ¡ay!, qué diferencia, cielo santo,
entre esas plantas que caducas creo,
y el hombre desdichado y miserable.
¡Oh Dios, qué diferencia!
Los huracanes pasarán de otoño,
y pasarán las nieves del invierno,
y al tornar apacible primavera
risueña y productora,
los que miro desnudos esqueletos
brotarán de sí mismos nueva vida,
renacerán en juventud lozana,
vestirán nueva pompa,
y tornarán las bulliciosas aves
a revolar en torno, y a esconderse
entre sus frescas hojas, derramando
deliciosos gorjeos.
Pero a nosotros míseros humanos,
¿quién nuestra juventud, quién nos devuelve
sus ilusiones y sus ricas galas?
Por siempre las perdimos.
¿Quién nos libra del peso de la nieve
que nuestros miembros débiles abruma?
¿De la horrenda vejez quién nos liberta?
La mano de la muerte.
Canción del pirata Arriba
Con diez cañones por banda,
viento en popa a toda vela,
no corta el mar sino vuela
un velero bergantín.
Bajel pirata que llaman
por su bravura el Temido
en todo mar conocido
del uno al otro confín.
La luna en el mar riela,
en la lona gime el viento,
y alza en blando movimiento
olas de plata y azul.
Y ve el capitán pirata,
cantando alegre en la popa,
Asia a un lado, al otro Europa,
y allá a su frente Estambul.

“Navega, velero mío,
sin temor,
que ni enemigo navío
ni tormenta, ni bonanza
tu rumbo a torcer alcanza
ni a sujetar tu valor.
“Veinte presas
hemos hecho
a despecho
del inglés,
y han rendido
sus pendones
cien naciones
a mis pies.

“Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad,
mi ley la fuerza y el viento,
mi única patria la mar.

“Allá muevan feroz guerra
ciegos reyes
por un palmo más de tierra,
que yo aquí tengo por mío
cuanto abarca el mar bravío,
a quien nadie impuso leyes.
“Y no hay playa,
sea cualquiera,
ni bandera
de esplendor,
que no sienta
mi derecho
y dé pecho
a mi valor.

“Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad,
mi ley la fuerza y el viento,
mi única patria la mar.

“A la voz de ‘¡barco viene!’
es de ver
cómo vira y se previene
a todo trapo a escapar;
que yo soy el rey del mar,
y mi furia es de temer.
“En las presas
yo divido
lo cogido
por igual;
sólo quiero
por riqueza
la belleza
sin rival.

“Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad,
mi ley la fuerza y el viento,
mi única patria la mar.

“Sentenciado estoy a muerte.
Yo me río;
no me abandone la suerte,
y al mismo que me condena
colgaré de alguna entena,
quizá en su propio navío.
“Y si caigo,
¿qué es la vida?
Por perdida
ya la di,
cuando el yugo
del esclavo
como un bravo
sacudí.

“Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad,
mi ley la fuerza y el viento,
mi única patria la mar.

“Son mi música mejor
aquilones,
el estrépito y temblor
de los cables sacudidos,
del negro mar los bramidos
y el rugir de mis cañones.
“Y del trueno
al son violento,
y del viento
al rebramar
yo me duermo
sosegado,
arrullado
por el mar.

“Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad,
mi ley la fuerza y el viento,
mi única patria la mar”.

Rima XVII Arriba
Hoy la tierra y los cielos me sonríen,
hoy llega al fondo de mi alma el sol;
hoy la he visto…, la he visto y me ha mirado…
¡Hoy creo en Dios!
Rima VII Arriba
Del salón en el ángulo oscuro,
de su dueño tal vez olvidada,
silenciosa y cubierta de polvo
veíase el arpa.
¡Cuánta nota dormía en sus cuerdas,
como el pájaro duerme en las ramas,
esperando la mano de nieve
que sabe arrancarlas!
¡Ay!, pensé, ¡cuántas veces el genio
así duerme en el fondo del alma,
y una voz, como Lázaro, espera
que le diga: “Levántate y anda”!
A don Bartolomé Gallardete Soneto de un su amigo estante en la corte de S. M. Arriba
Caco, cuco, faquín, bibliopirata,
tenaza de los libros, chuzo, púa;
de papeles, aparte lo ganzúa,
hurón, carcoma, polilleja, rata.
Uñilargo, garduño, garrapata;
para sacar los libros cabria, grúa,
Argel de bibliotecas, gran falúa
armada en corso, haciendo cala y cata.
Empapas un archivo en la bragueta,
un Simancas te cabe en el bolsillo,
te pones por corbata una maleta
con tal que encierre libros, ¡so gran pillo!,
y al fin te beberás como una sopa,
llenas de libros, África y Europa.
Sin Título Arriba
Busca y anhela el sosiego…,
mas, ¿quién le sosegará?
Con lo que sueña despierto,
dormido vuelve a soñar;
que hoy como ayer y mañana
cual hoy en su eterno afán
de hallar el bien que ambiciona
–cuando sólo encuentra el mal–
siempre a soñar condenado,
nunca puede sosegar.
Sin Título Arriba
Dicen que no hablan las plantas ni las fuentes ni los pájaros
ni el onda con sus rumores ni con su brillo los astros.
Lo dicen, pero no es cierto, pues siempre cuando yo paso
de mí murmuran y exclaman:
—Ahí va la loca soñando
con la eterna primavera de la vida y de los campos
y ya bien pronto, bien pronto, tendrá los cabellos canos
y ve temblando, aterida, que cubre la escarcha el prado.
—Hay canas en mi cabeza, hay en los prados escarcha,
mas yo prosigo soñando, pobre, incurable sonámbula,
con la eterna primavera de la vida que se apaga
y la perenne frescura de los campos y las almas,
aunque los unos se agostan y aunque las otras se abrasan.
¡Astros y fuentes y flores!, no murmuréis de mis sueños.
Sin ellos, ¿cómo admiraros ni cómo vivir sin ellos?
Sin Título Arriba
El siglo diecinueve
nació cabeza abajo
y el corazón se le saltó del pecho
y, resbalando, le cayó en el cráneo.
Y por esta razón, sólo por ésta,
los hijos de este siglo caminamos
llevando el corazón en la cabeza.
El sauce y el ciprés Arriba
Cuando a las puertas de la noche umbría,
dejando el prado y la floresta amena,
la tarde, melancólica y serena,
su misterioso manto recogía,
un macilento sauce se mecía
por dar alivio a su constante pena
y en voz suave y de suspiros llena
al son del viento murmurar se oía:
“Triste nací…, mas en el mundo moran
seres felices que el penoso duelo
y el llanto oculto y la tristeza ignoran”.
Dijo, y sus ramas esparció en el suelo.
“¡Dichosos, ¡ay!, los que en la tierra lloran!”,
le contestó un ciprés, mirando al cielo.
ELEGÍA INTERRUMPIDA (O.Paz) Arriba
Hoy recuerdo a los muertos de mi casa.
Al primer muerto nunca lo olvidamos,
aunque muera de rayo, tan aprisa
que no alcance la cama ni los óleos.
Oigo el bastón que duda en un peldaño,
el cuerpo que se afianza en un suspiro,
la puerta que se abre, el muerto que entra.
De una puerta a morir hay poco espacio
y apenas queda tiempo de sentarse,
alzar la cara, ver la hora
y enterarse: las ocho y cuarto.

Hoy recuerdo a los muertos de mi casa.
La que murió noche tras noche
y era una larga despedida,
un tren que nunca parte, su agonía.
Codicia de la boca
al hilo de un suspiro suspendida,
ojos que no se cierran y hacen señas
y vagan de la lámpara a mis ojos,
fija mirada que se abraza a otra,
ajena, que se asfixia en el abrazo
y al fin se escapa y ve desde la orilla
cómo se hunde y pierde cuerpo el alma
y no encuentra unos ojos a que asirse…
¿Y me invitó a morir esa mirada?
Quizá morimos sólo porque nadie
quiere morirse con nosotros, nadie
quiere mirarnos a los ojos.

Hoy recuerdo a los muertos de mi casa.
Al que se fue por unas horas
y nadie sabe en qué silencio entró.
De sobremesa, cada noche,
la pausa sin color que da al vacío
o la frase sin fin que cuelga a medias
del hilo de la araña del silencio
abren un corredor para el que vuelve:
suenan sus pasos, sube, se detiene…
Y alguien entre nosotros se levanta
y cierra bien la puerta.
Pero él, allá del otro lado, insiste.
Acecha en cada hueco, en los repliegues,
vaga entre los bostezos, las afueras.
Aunque cerremos puertas, él insiste.

Hoy recuerdo a los muertos de mi casa.
Rostros perdidos en mi frente, rostros
sin ojos, ojos fijos, vaciados,
¿busco en ellos acaso mi secreto,
el dios de sangre que mi sangre mueve,
el dios de yelo, el dios que me devora?
Su silencio es espejo de mi vida,
en mi vida su muerte se prolonga:
soy el error final de sus errores.

Hoy recuerdo a los muertos de mi casa.
El pensamiento disipado, el acto
disipado, los nombres esparcidos
(lagunas, zonas nulas, hoyos
que escarba terca la memoria),
la dispersión de los encuentros,
el yo, su guiño abstracto, compartido
siempre por otro (el mismo) yo, las iras,
el deseo y sus máscaras, la víbora
enterrada, las lentas erosiones,
la espera, el miedo, el acto
y su reverso: en mí se obstinan,
piden comer el pan, la fruta, el cuerpo,
beber el agua que les fue negada.
Pero no hay agua ya, todo está seco,
no sabe el pan, la fruta amarga,
amor domesticado, masticado,
en jaulas de barrotes invisibles
mono onanista y perra amaestrada,
lo que devoras te devora,
tu víctima también es tu verdugo.
Montón de días muertos, arrugados
periódicos, y noches descorchadas
y amaneceres, corbata, nudo corredizo:
“saluda al sol, araña, no seas rencorosa…”

Es un desierto circular el mundo,
el cielo está cerrado y el infierno vacío

LA DEMOCRACIA: LO ABSOLUTO Y LO RELATIVO

Este ensayo fúe leído por su autor el 27 de noviembre de
1991 en el marco del Pabellón Español de la feria de Sevilla,
dando principio así al ciclo de conferencias que con
el título de “El porvenir de la democracia” organizaron
Claves y Revista de Occidente. En esa serie de conferencias
participaron intelectuales como Isaiah Berlin,
Claude Lévi-Strauss, Karl Popper, Mario Vargas Llosa
y otros, así como destacadas figuras del ámbito político:
Helmuth Schmidt , Edward Shevardnaze , lames Carter y
Raúl Alfonsín.
CCuando se me invitó a inaugurar esta serie de
conferencias sobre el porvenir de la democracia
al finalizar el siglo, acepté, con entusiasmo…
tras un momento de indecisión. Acepté,
movido por mis convicciones; dudé, porque no estaba
ni estoy muy seguro de ser la persona idónea para
tratar un asunto de tal complejidad. No soy historiador
ni sociólogo ni politólogo: soy un poeta. Mis escritos
en prosa están estrechamente asociados a mi
vocación literaria y a mis aficiones artisticas. Prefiero
hablar de Marcel Duchamp o de Juan Ramón Jiménez
que de Locke o de Montesquieu. La filosofía política
me ha interesado siempre pero nunca he intentado
ni intentaré, escribir un libro sobre la justicia, la
libertad o el arte de gobernar. Sin embargo, he publicado
muchos ensayos y articulos sobre la situación de
la democracia en nuestra época: los peligros externos
e internos que la han amenazado y amenazan, las interrogaciones
y pruebas a que se enfrenta. Ninguna
de esas páginas posee pretensiones teóricas; escritas
frente al acontecimiento, son los momentos de un
combate, los testimonios de una pasión. Su mismo
carácter circunstancial y episódico me da, ya que no
autoridad, sí legitimidad para hablar ante ustedes de
la democracia. No van a oír a un pensador político
sino a un testigo.
Confieso que me sorprende el hecho de que estas
conferencias sobre la democracia se den en Sevilla y
precisamente durante el año de la celebración del
Quinto Centenario del Descubrimiento de América.
¿Los tiempos que vivimos se parecen a los del final
del siglo XV? Aunque las diferencias son enormes,
hay algunas semejanzas impresionantes y que nos
obligan a reflexionar. Así pues, el tema del Descubrimiento
y la Conquista será uno de mis puntos de referencia.
He hablado de semejanzas; la primera es la
siguiente: son dos épocas de frontera, en las que algo
se acaba y algo nace. En 1492, salto de un espacio a
otro; cinco siglos después, salto de un tiempo a otro.
Y en ambos casos: caída en lo desconocido. Otro parecido:
lo imprevisto, lo inesperado. Se buscaba un
camino más corto hacia Cathay y brotaron en medio
del mar tierras y gente desconocidas; se buscaba contener
al imperio comunista y ese imperio de pronto
se desvaneció. En su lugar descubrimos una realidad
que no habíamos querido o podido ver. En 1492, ig
norancia de la realidad geográfica; en nuestros días,
ignorancia de la realidad histórica.
El Descubrimiento cambió la figura física del
mundo: cuatro continentes en lugar de tres. El número
cuatro desmintió la vieja ideología tripartita
que Europa había heredado de sus antepasados indoeuropeos.
Asimismo, introdujo un enigma teológico
que fue una herida profunda en la conciencia religiosa
de Occidente: a pesar del mandamiento expreso
de los Evangelios, durante mil quinientos años millones
de almas habían sido substraídas a la prédica de
los Apóstoles y de sus sucesores. La caída repentina
del comunismo también ha sido un desafío que nos
ha dejado intelectualmente inermes frente al porvenir.
Para los contemporáneos de Colón, cambió la figura
del mundo y se preguntaron: ¿dónde estamos?;
para nosotros, ha cambiado su configuración histórica
y nos decimos: ¿hacia dónde vamos?
Las polémicas en torno al Descubrimiento de
América no se han apagado. No voy a examinarlas;
me limito a señalar que casi siempre las críticas olvidan
lo esencial: sin esas exploraciones, conquistas,
acciones admirables y abominables, heroísmos, destrucciones
y creaciones, el mundo no sería mundo.
En 1492 el mundo comenzó a tener forma y figura de
mundo. Algunos discuten si no sería mejor llamar
Encuentro al Descubrimiento. Observo que no hay
descubrimiento sin encuentro ni encuentro sin descubrimiento.
Otros dicen que la Conquista fue un
genocidio y la Evangelización una violación espiritual
de los indios. Idealizar a los vencidos no es menos
falaz que idolatrar a los vencedores: unos y otro
esperan de nosotros comprensión, simpatía y, digamos
la palabra, piedad.
Imaginemos por un instante que no son los españoles
los que desembarcan en la playa de Veracruz
una mañana de 15 19 sino que son los aztecas los que
llegan a la bahía de Cádiz. Axayácatl, el capitán tenochca,
rápidamente se da cuenta de las disensiones
que dividen a los andaluces; se entrevista en secreto
con el Conde don Julián y se alía con él; seduce a su
hija, Florinda la Cava, la convierte en su barragana y
en su agente diplomático; tras una serie de maniobras
audaces y de combates, conquista Jerez, Sevilla y
otras ciudades; los jefes aztecas ordenan la demolición
de las catedrales y levantan sobre ellas majestuosas
pirámides; se sacrifica a los guerreros españoles
vencidos (así se les diviniza) y se distribuyen sus
mujeres entre los conquistadores; sobre las ruinas de
Sevilla se funda Aztlán, la nueva capital de la Bética;
los sacerdotes aztecas convierten a la población indígena
al culto de Huitzilopochtli y de su madre, la
Virgen Coaticlue; se pacifica al país y se establece
una dominación que dura varios siglos; finalmente, a
través de la acción combinada del tiempo, el mestizaje
y la indoctrinación, nace una nueva sociedad
“azteca y bética, rayada de morisca”, como diría siglos
después, en el más puro náhuatl, uno de sus poetas.
Hoy, quinientos años más tarde, la denuncia del
genocidio azteca se ha convertido en un lugar común
de los oradores e ideólogos de Aztlán, nostálgicos de
la Bética preazteca y descendientes de Axayácatl y
sus hombres.
La crítica de Rousseau y sus descendientes es más
fundada. Es una crítica de orden moral más que histórico;
es la consecuencia de su condena de la civilización
-madre de la desigualdad, la opresión, la
mentira, el crimen- y su exaltación del buen salvaje,
el hombre natural e inocente. Pero ¿en dónde encontrar
al hombre inocente? Las sociedades indígenas
de América, de los nómadas a las poblaciones de
México y de Perú, con la excepción quizá de los indios
de Amazonia, no eran realmente primitivas. Algunas
de ellas eran plena y altamente civilizadas; los
mayas, por ejemplo, habían descubierto al cero. Así
pues, esas sociedades estaban también manchadas
por las lacras de la civilización. La crítica de Montaigne
es más convincente. Sus razones son una deducción
inteligente del escepticismo grecolatino; a
su vez, son el origen del moderno relativismo cultural.
Es una tendencia predominante en nuestros días
y que ha sido ilustrada recientemente, con brillo y
coherencia, por Lévi-Strauss. La idea de que cada
cultura y cada civilización es una creación única y,
por tanto, incomparable, parece irrefutable. Sin embargo,
tiene una falla: por una parte nos abre (o entreabre)
las puertas de la comprensión de culturas y
sociedades extrañas, ajenas a la nuestra; por otra, nos
impide juzgar, escoger y valorar. O dicho de otro modo:
nos prohibe la comprensión global, que implica
la comparación y la confrontación de cada cultura
con las otras y con sus creaciones. En fin, sea cual sea
su valor, el relativismo cultural no tiene sino una relación
lateral con nuestro tema: las semejanzas y diferencias
pertinentes -subrayo el adjetivo- entre
nuestra situación y la de 1492. He señalado algunas
semejanzas; ahora procuraré mostrar una diferencia
que es, a mi juicio, capital.
El Descubrimiento y la Conquista de América
son acontecimientos que, como la Reforma y el Renacimiento,
abren la era moderna. Sin la ciencia ni
la técnica de esa época no hubiese sido factible la navegación
en pleno océano; tampoco habría sido posible
la conquista sin las armas de fuego. Apenas si necesito
recordar que esa ciencia y esa técnica eran el
resultado de dos mil años de continua especulación y
experimentación. Lo mismo debo decir de las concepciones
políticas, ya claramente modernas, de algunas
de las figuras centrales de ese momento, como
Cortés. Ciencias, técnicas, utensilios, ideas, instituciones:
gérmenes y embriones que anuncian la modernidad
naciente. Además, una experiencia histórica
invaluable: mientras que las sociedades indígenas,
incluso las más complejas y desarrolladas, como las
de México, no tenían noción de la existencia de
otras tierras y de otras civilizaciones, los españoles
conocían sociedades distintas a la suya, con otras
lenguas y otras religiones. Al ver a los invasores, los
indios se preguntaron: ¿quiénes son y de dónde vienen?
Una pregunta, por decirlo así, ahistórica y, en el
fondo, religiosa: para ellos los españoles eran lo desconocido.
El conquistador, en cambio, inmediatamente
intenta insertar la extrañeza india en una categoría
histórica conocida: sus ciudades le recuerdan
a Constantinopla, sus santuarios a las mezquitas. Lo
maravilloso, para ellos, no era lo sobrenatural sino lo
legendario: el mundo de los romances, las leyendas y
las novelas de caballería.
El impulso también era moderno: era una exploración
y una conquista. Las grandes aventuras colectivas
de Occidente habían sido las Cruzadas, el rescate
del Santo Sepulcro y, para los españoles, la
Reconquista. En las empresas de portugueses y españoles
aparece algo nuevo y contrario a la tradición
medieval: penetrar en lo desconocido, conocerlo y
dominarlo. No un rescate sino un descubrimiento.
Todos los conquistadores tenían plena conciencia de
la novedad que encarnaban ellos y sus acciones: hacían
algo nunca visto. No se equivocaban: con ellos
se inicia la gran expansión de Occidente, uno de los
signos (gloria y estigma) de la modernidad.
La otra cara de la Conquista no es moderna sino
tradicional, medieval. En esta dualidad reside su fascinante
ambigüedad. Se ha hablado mucho de los
pillajes y de la sed de oro de los conquistadores. Pero
la rapacidad, la violencia, la lujuria y la sangre
han acompañado siempre a los hombres. En la España
de la Reconquista, para no salir del ámbito hispánico,
encontramos los mismos excesos entre los
guerreros musulmanes. Sin embargo, sería absurdo
reducir la Reconquista a una serie de raids de bandas
cristianas y musulmanas. Tampoco es posible comprender
a la Conquista de América si se le amputa
de su dimensión metahistórica: la evangelización.
Al lado del saco de oro, la pila bautismal. Aunque
parezca contradictorio, era perfectamente natural
que en muchas almas coexistiese la sed de oro con
el ideal de la conversión. Al contrario de la codicia,
que es inmemorial y ubicua, el afán de conversión
no aparece en todas las épocas ni en todas las civilizaciones.
Y ese afán es el que da fisonomía a esa
época y sentido a las vidas de aquellos aventureros
turbulentos: el tiempo de aquí estaba orientado hacia
un allá fuera del tiempo.
El gran debate convocado por Carlos V en Valladolid,
en 1550, y que opuso a grandes teólogos y juristas,
giró en torno del tema de la legitimidad de la
Conquista: ¿era o no lícita? Las opiniones fueron encontradas
pero para todos los participantes la razón
de ser de aquel acontecimiento no era meramente
histórica sino que estaba referida a un valor sobrenatural:
cumplir los Evangelios, cristianizar a los nativos.
En esto coincidieron los dos grandes adversarios,
Las Casas y Sepúlveda. El primero lo dijo de un modo
tajante: “los indios fueron descubiertos para ser
salvados.” La fe en Cristo y en sus mandamientos es
fe en un valor absoluto que trasciende la historia
temporal. Es la encamación de la palabra divina en
la acción de unos hombres y en la política de un Estado.
Nada menos moderno. Pues bien, el eclipse de
los valores absolutos y metahistóricos y su substitución
por valores relativos es un capítulo central en la
historia de la democracia moderna.
A diferencia de lo que ocurrió en los dominios
americanos de España y de Portugal, en la colonización
de la mitad angloamericana de nuestro continente
la prédica del cristianismo no figura como motivo
dominante. La evangelización no fue parte de la
política de la Corona inglesa ni figuró entre las preocupaciones
religiosas de los colonos. Tampoco fue un
principio de legitimación. Los primeros establecimientos
fueron pequeñas comunidades de fieles de
esta o de aquella denominación, a veces compuestas
por disidentes. Cada una de ellas, aparte de los traba-
20 VUELTA 261 AGOSTO DE 1998
jos de la agricultura, el comercio y las otras ocupaciones
mundanas, practicaba con gran fervor su versión
particular del cristianismo. El modelo de casi todas
ellas eran las comunidades cristianas primitivas o,
mejor dicho, lo que se suponía que habían sido aquellas
hermandades antes de la corrupción romana. Sin
embargo, a pesar de su devoción y su piedad exigente,
ninguna de ellas se propuso seriamente cristianizar
a los indios. Cada grupo se veía como una isla de
fe rodeada por una naturaleza salvaje y unas tribus
igualmente salvajes. Los indios eran parte de la naturaleza
-naturaleza caída- y, como a ella, había que
dominarlos y, en caso necesario, segregarlos o destruirlos.
El fenómeno se repite, más acusadamente y
en escala mucho mayor, durante la expansión del siglo
XIX hacia el Oeste. El modelo religioso de esta
gran emigración fue la peregrinación de Israel en el
desierto y la ocupación de Palestina. Aparte de la
búsqueda de tierras y de otras ganancias materiales,
el animo que movía a esos miles de familias y de
aventureros no era cristianizar salvajes sino fundar
ciudades y pueblos prósperos, regidos por la moral de
la Biblia. Una Biblia en inglés, interpretada por cada
secta y por cada conciencia.
En la expansión europea en Africa y Asia también
es visible la desaparición paulatina de la dimensión
metahistórica, ese absoluto que santifica o, al
menos, justifica la acción histórica y sus violencias.
Las grandes potencias encontraron un sucedáneo en
una frase-talismán: la “misión civilizadora de Europa”.
Pero es muy distinto fundar la dominación sobre
un pueblo extraño en un código de valores temporales
que fundarla en un valor absoluto y más allá de la
historia. El eminente historiador Maucaulay ocupó
una alta posición, a mediados del siglo pasado, en el
gobierno de la India. Fue liberal y humano, defendió
la libertad de prensa y la igualdad de los indios y los
europeos ante la ley; sin embargo, cuando se le encarg6
organizar el sistema educativo, se inclinó sin
reserva por una educación occidental. Aunque Maucaulay
no ignoraba el valor de la civilización de la
India, justificó su reforma porque abría al pueblo indio
las puertas de la cultura moderna, la democracia
y el progreso. Al cambiar los Vedas por los principios
del liberalismo inglés, la élite india penetró en un
mundo radicalmente nuevo, hecho de valores relativos
y cambiantes. Pero lo que perdió en certidumbres
metafísicas lo ganó en otro sentido: gracias a la reforma
educativa, la aristocracia intelectual india pudo
hacer la crítica de la dominación inglesa precisamente
en los términos de la cultura política inglesa.
Para Las Casas había que salvar las almas; para Maucaulay,
había que cambiar a las sociedades.
Los orígenes de este cambio, a un tiempo inmenso
e invisible, están en la Reforma protestante, que
interioriza la experiencia religiosa. La dimensión metahistórica
cambia de lugar: la religión se recluye en
el templo y, sobre todo, en la conciencia de cada
uno. Así, abandona la plaza pública, el Consejo de
Estado y el campo de batalla. El Estado no tiene jurisdicción
sobre las creencias de los ciudadanos y la
fe se convierte en un asunto privado: es el diálogo
entre la conciencia de cada hombre y la divinidad. El
absoluto se retira de la historia. En los Estados Unidos
el Estado profesa una vaga moralidad, herencia
del cristianismo reformista y de esa versión del deísmo
de la Ilustración que legaron los Padres fundadores.
El poder es tolerante y neutral ante todas las
iglesias y las sectas. El fenómeno, con variantes, se
repitió en Europa y ahora en más de la mitad del
mundo. El cambio consistió en la inversión de la posición
de las dos esferas que componen a la sociedad:
la pública y la privada. La democracia griega había
conquistado para el ciudadano el derecho de participar
en la vida pública. La democracia moderna invierte
la relación: el Estado pierde el derecho de intervenir
en la vida privada de los ciudadanos. El
valor central, el eje de la vida social, ya no es la gloria
de la polis, la justicia o cualquier otro valor metahistórico
sino la vida privada, el bienestar de los
ciudadanos y sus familias. Los valores absolutos, imbricados
en la esfera pública, se desvanecen y emigran
hacia la vida privada; a su vez, los individuos y
los grupos postulan sus ideas, sus intereses o sus valores
como públicos. Todos ellos, por naturaleza misma,
son temporales y relativos: la sociedad los adopta
por una temporada y después los desecha.
La pluralidad de valores y su carácter temporal y
relativo nos somete a tensiones contradictorias difícilmente
soportables. Hay una pregunta que todos
nos hacemos al nacer y que no cesamos de repetirnos
a lo largo de nuestras vidas: ¿por qué y para qué vine
al mundo, cuál es el sentido de mi presencia en la
tierra? La democracia moderna no puede responder a
esta pregunta, que es la central. O lo que es igual:
ofrece muchas respuestas. Dos principios complementarios
rigen a nuestras sociedades: la neutralidad
del Estado en materia de religión y de filosofía, su
respeto a todas las opiniones; y en el otro extremo, la
libertad de cada uno para escoger este o aquel código
moral, religioso o filosófico. La democracia moderna
resuelve la contradicción entre la libertad individual
y la voluntad de la mayoría mediante el recurso al relativismo
de los valores y el respeto al pluralismo de
las opiniones. La democracia ateniense resolvió la
misma contradicción en términos radical y simétricamente
opuestos. Sócrates fue víctima de esa contradicción
pero hoy Sócrates no sería procesado: lo
invitarían a participar en un debate de televisión.
Nuestro relativismo es racional o, más bien, razonable.
Asegura la coexistencia de los dos principios, el
de gobierno de los representantes de la mayoría y el
de la libertad de los individuos y de los grupos; al
mismo tiempo, le retira al hombre algo que, desde su
aparición sobre la tierra, desde las primeras bandas
del paleolítico, ha sido consubstancial con su ser: el
sentirse y saberse parte de un grupo con creencias,
tradiciones y esperanzas comunes. El hombre se ha
sentido siempre inmerso en una realidad más vasta
que es, simultáneamente, su cuna y su tumba. El anacoreta
solitario es una ficción filosófica o novelesca.
Cada hombre es sed de totalidad y hambre de comunión.
Por lo primero, busca el sentido de su existencia,
es decir, ese eslabón que lo enlaza al mundo y
lo hace participar en el tiempo y su movimiento; por
lo segundo, busca reunirse con esa realidad entrañable
de la que fue arrancado al nacer. Estamos suspendidos
entre soledad y fraternidad. Cada uno de nuestros
actos es una tentativa por romper nuestra
orfandad original y restaurar, así sea precariamente,
nuestra unión con el mundo y con los otros. La democracia
moderna nos defiende de las exigencias
exorbitantes y crueles del antiguo Estado, mitad Providencia
y mitad Moloc. Nos da libertad y, con ella,
responsabilidad. Pero esa libertad, si no se resuelve
en el reconocimiento de los otros, si no los incluye,
es una libertad negativa: nos encierra en nosotros
mismos. Cruel dilema: la libertad sin fraternidad es
petrificación; la democracia sin libertad es tiranía.
Contradicción fatal, en el doble sentido de la palabra:
es necesaria y es funesta. Sin ella, no seríamos libres
ni alcanzaríamos la única dignidad a que podemos
aspirar: la de ser responsables de nuestros actos;
con ella, caemos en un abismo sin fin: el de nosotros
mismos. Esto último es lo que ocurre en las modernas
sociedades liberales: la comunidad se fractura y la totalidad
se vuelve dispersión. A su vez, la escisión de
la sociedad se repite en los individuos: cada uno
está dividido, cada uno es fragmento y cada fragmento
gira sin dirección y choca con los otros fragmentos.
Al multiplicarse, la escisión engendra la uniformidad:
el individualismo moderno es gregario.
Extraña unanimidad hecha de la exasperación del yo
y de la negación de los otros.
El ocaso de los antiguos absolutos religiosos no hizo
desaparecer las necesidades psíquicas que satisfacían.
Además, en momentos de crisis, disensiones internas
y amenazas del exterior, las sociedades y sus dirigentes
buscan la unanimidad. Tal era la situación de
Francia durante el período revolucionario. Al fin del
Antiguo Régimen había sucedido la gran y mortífera
querella entre las facciones y el peligro de la intervención
extranjera. La dictadura jacobina surgió como
un recurso severo contra estos peligros. Las medi-
das de los revolucionarios jacobinos estaban dictadas,
en parte, por las necesidades estratégicas del momento
pero, sobre todo, expresaban las obsesiones
ideológicas de los dirigentes y correspondían a esa
sed de totalidad y unanimidad a que he aludido. Las
viejas certidumbres monárquicas y religiosas habían
dejado un hueco que había que llenar con nuevas
mitologias: el culto a la Razón, al Ser Supremo o a la
Patria. Abstracciones pero abstracciones sedientas
de sangre.
La fuente de la política jacobina fue, muy probablemente,
el pensamiento de Rousseau. En primer
término, su idea de “la voluntad general”, que no es
la suma de las voluntades e intereses particulares sino
la expresión de los intereses generales de la sociedad.
Concepto nebuloso y que tal vez no resiste a la
crítica racional pero concepto que enciende la imaginación
y satisface nuestra sed de totalidad. La voluntad
general es la sociedad, ya purificada de sus vicios
actuales y en el seno de la cual los hombres han
superado la contradicción entre sus aspiraciones individuales
y sus deberes colectivos. La voluntad general
es la ley y esa ley, absoluta e infalible, es la expresión
de la única soberanía verdadera: la del
pueblo. El pueblo es rey y, como verdadero rey, no
tolera opiniones contrarias a las suyas. Para fortificar
la cohesión de la voluntad general, el Estado debe tener
una religión. No una religión conocida sino la
religión civil, hecha de pocos y claros mandamientos.
La religión civil está fundada en la virtud de los
ciudadanos, en un sentido de la palabra virtud que recuerda,
por una parte, a Maquiavelo y, por otra, a la
antigua piedad grecorromana. El Estado tiene el derecho
-y más: el deber- de castigar con el ostracismo
e incluso con la muerte a los impíos que violen esos
mandamientos. No es todavía el totalitarismo moderno
pero es su anuncio, aunque envuelto en profundas
iluminaciones y en vagos, generosos sentimientos.
Estas ideas, resumidas groso-modo, fueron el
germen de la religión revolucionaria.
En la edad moderna cambia la vieja relación entre
religión y política: en la Conquista de América,
la política vive en función de la religión, es un instrumento
de la idea religiosa; en la Revolución Francesa
la política se transforma en religión. Más exactamente:
la Revolución confisca el sentimiento de lo
sagrado. La religión revolucionaria no fue sino la religión
civil de Rousseau, convertida en pasión y
cuerpo político. Su Cristo fue un ente mitad abstracto
y mitad real: el Pueblo. (Más tarde sería el Proletariado).
El pueblo fue la humanidad pero también
fue la nación. Ahora bien, como religión, a la Revolución
le faltan muchas cosas y, entre ellas, la principal:
la trascendencia. O sea: la flecha del sentido sobrenatural
que atraviesa el aquí y se clava en el allá .
2 2 VUELTA 2 6 1 AGOSTO DE 1998
Aún así, la Revolución satisface, al menos temporalmente,
la sed de totalidad y el hambre de fraternidad
que padecemos. Nos une al todo que es el pueblo, la
clase o el partido.
Una y otra vez, con apasionada insistencia, Robespierre
y Saint-Just aluden a la virtud como a la
fuerza que une a las conciencias dispersas. Para ellos
virtud era: abnegación, don de cada uno a la causa
común. Subrayo que la causa, para serlo realmente,
debe ser común. La causa es una emanación de la voluntad
general: la soberanía popular encarnada en
una milicia. Los jefes revolucionarios son los guardianes
de la voluntad general, sus intérpretes y sus
ejecutores. Como la virtud corre siempre el riesgo de
pervertirse, es decir, de separarse del cuerpo común,
el complemento natural y necesario de la religión revolucionaria
es el Terror. La Fiesta del Ser Supremo y
la Guillotina son las dos caras de la Revolución y
ambas tienen funciones ideológicas semejantes.
Francois Furet ha mostrado que la instauración del
Terror no obedeció predominantemente a razones de
orden estratégico; los períodos de mayor represión
fueron inmediatamente posteriores a las victorias de
la República jacobina contra sus enemigos externos
e internos. El Terror no fue solamente una medida
política de represión sino una ceremonia religiosa de
expiación. Fue parte, dice el mismo historiador, de
un proyecto de regeneración: “por el Terror, la Revolución
crea un hombre nuevo”:* El soberano, el pueblo
rey, a través de sus jefes e intérpretes, volvió a
ejercer sus poderes de vida y de muerte.
Los movimientos revolucionarios del siglo XIX y
del XX heredaron la tonalidad y las ambiciones religiosas
de la gran Revolución. Entre todos ellos, el
marxismo alcanzó una dimensión internacional y logró
fundar Estados poderosos en dos grandes países:
Rusia y China. La gran paradoja es que en las dos revoluciones
la intervención del proletariado fue más
bien marginal. La realidad irregular violó abiertamente
la geometría del sistema: para el marxismo el
sujeto de la historia en este período mundial era el
proletariado. Como antes el “pueblo” de 1793, la palabra
proletariado ha designado en nuestro siglo no
tanto a una categoría social como a un mito: Cristo y
Prometeo, el mártir y el héroe filantrópico fundidos
en una sola figura redentora. Sin embargo, no en todas
las corrientes nacidas del marxismo aparece la aspiración
metahistórica. Una de ellas, a través de la
Segunda Internacional, pudo insertarse en las sociedades
democráticas europeas y debemos a su acción
buena parte de la conquistas obreras. Pero, al abandonar
el mito revolucionario, perdió su poder de se-
* Francois Furet y Mona Ozouf: Dictionaire Critique de la Révolution
Francaise. París, 1988.
ducción, especialmente entre los intelectuales. Una
rama de la social-democracia rusa, la bolchevique,
recogió la otra mitad de la herencia. A la caída del
zarismo asaltó el poder, aniquiló a los otros partidos,
consolidó su dominación en el Imperio ruso, la extensión
a otros países y se convirtió en una opción
revolucionaria mundial.
En Rusia la teoría de la voluntad general volvió a
ser el fundamento de la dictadura de los jefes, aunque
en una forma menos abstrusa y convertida en una regla
procesal: el “centralismo democrático” de Lenin.
Fue el descenso de una discutible idea filosófica a un
recurso para acallar a los disidentes. Ni el pueblo ni
el proletariado ni el partido encarnan a la voluntad
general sino el Comité Central. En la versión marxista-
leninista de la Revolución aparece, además, un
elemento que no previó Rousseau y que fue la gran
aportación de Hegel interpretado por Marx: la historia
tiene una dirección predeterminada. Así, en el
bolchevismo se unieron los dos extremos de los antiguos
absolutismos religiosos: la creación de un hombre
nuevo y el sentido de la historia, la Redención y
la Providencia. Nuestro siglo ha presenciado, con
una mezcla de admiración y de impotencia, el impetuoso
nacimiento del mito revolucionario, la desecación
de la doctrina vuelta catecismo, la congelación
del terror convertido en rutinaria administración de
la muerte y, en fin, la petrificación del sistema hasta
su final pulverización. La dictadura jacobina duró
dos años; la dictadura comunista más de setenta y
causó no miles sino millones de muertos. Sí, la historia
se repite pero la segunda vez no como farsa sino
como pesadilla inmensa y abrumadoramente real.
No puedo ocuparme de las causas del desmoronamiento
del comunismo. Me limitaré a observar que
lo determinante no fue la presión externa sino las
contradicciones internas; no hubo ninguna gran derrota
diplomática, ningún Waterloo que provocase la
caída del régimen. Durante su larga y costosa rivalidad
con la Unión Soviética, las democracias liberales
capitalistas prefirieron siempre, en lugar de la
franca confrontación, la política llamada de contención.
¿Sabiduría política o imposibilidad de movilizar
a una opinión pública semiadormecida por la abundancia
y la prosperidad? Tal vez ambas cosas: sentido
común y realismo de corto alcance. El hecho es que
no fue la acción del exterior sino la situación interna
la que precipitó el derrumbe.
Si la caída fue asombrosa, los efectos no lo fueron.*
Era la carrera hacia la democracia y el mercado
libre; era natural también la resurrección de los nacionalismos
y el renacimiento del fervor religioso. La
* Me refiero a los inmediatos no a los lejanos, que son impredecibles.
desaparición del comunismo enfrenta a Europa no
con sus fantasmas sino con el despertar de realidades
dormidas. Pero hay despertares terribles. La recrudescencia
de las querellas nacionalistas, como en Yugoeslavia,
sería el preludio de la guerra civil, la anarquía
y, tal vez, la desintegración. Esos trastornos
romperían el precario equilibrio mundial. No menos
grave es la contradicción insalvable entre el sistema
democrático, la economía de mercado y las formas
arcaicas del nacionalismo y del sentimiento religioso.
La democracia moderna está fundada en la pluralidad
y el relativismo mientras que el nacionalismo y
el fanatismo religioso son fraternidades cerradas, unidas
por el odio a lo extranjero y el culto a un absoluto
tribal. La modernidad es, a un tiempo, indulgente
y rigurosa: tolera toda clase de ideas, temperamentos
y aún vicios pero exige tolerancia. Es lo contrario de
una fraternidad. En esto reside su inmensa novedad
histórica y su enorme falta, en el doble sentido de
imperfección y de carencia.
A las democracias modernas les falta el otro, los
otros. No es necesario hacer, otra vez, la descripción
de la división de las sociedades contemporáneas,
unas ricas y otras pobres y aún miserables. En el interior
de cada sociedad se repite la desigualdad. Y en
cada individuo aparece la escisión psíquica. Estamos
separados de los otros y de nosotros mismos por invisibles
paredes de egoísmo, miedo e indiferencia. Aludí
antes a la uniformidad y al gregarismo de nuestras
sociedades. A medida que se eleva el nivel material
de la vida, desciende el nivel de la verdadera vida. La
gente vive más años pero sus vidas son más vacías,
sus pasiones más débiles y sus vicios más fuertes. La
marca del conformismo es la sonrisa impersonal que
sella todos los rostros. La publicidad y los medios de
comunicación crean por temporadas este o aquel
consenso en torno a esta o aquella idea, persona o
producto. Pero la publicidad no postula valor alguno;
es una función comercial y reduce todos los valores a
número y utilidad. Ante cada cosa, idea o persona, se
pregunta: ¿sirve?, ¿cuánto vale? El hedonismo fue, en
la antigüedad, una filosofía; hoy es una técnica comercial.
Ninguna civilización había utilizado la belleza
de unos senos de mujer o la flexibilidad de los
músculos de un atleta para anunciar una bebida o
unos trapos. El sexo convertido en agente de ventas:
doble corrupción del cuerpo y del espíritu.
El mercado libre tiene dos enemigos: el monopolio
estatal y el privado. Este último tiende a crecer y
a reproducirse en nuestras sociedades. Aunque su
influencia se extiende a todos los dominios de la vida
contemporánea, de la economía a la política, sus
efectos son particularmente perversos en las conciencias.
La democracia está fundada en la pluralidad
de opiniones; a su vez, esa pluralidad depende
A GOSTO DE 1998 V UELTA 261 2 3
de la pluralidad de valores. La publicidad destruye la
pluralidad no sólo porque hace intercambiables a
los valores sino porque les aplica a todos el común
denominador del precio. En esta desvalorización
universal consiste, esencialmente, el complaciente
nihilismo de las sociedades contemporáneas. Banal
nihilismo de la publicidad: exactamente lo contrario
de lo que temía Dostoiewski. Decir que todo está
permitido porque Dios no existe, es una afirmación
trágica, desesperada; reducir todos los valores a
un signo de compra-venta es una degradación. Los
medios tratan a las ideas, a las opiniones y a las personas
como noticias y a éstas como productos comerciales.
Nada menos democrático y nada más infiel
al proyecto original del liberalismo que la
ovejuna igualdad de gustos, aficiones, antipatías,
ideas y prejuicios de las masas contemporáneas.
Nuestras abuelas repetían interminables ave-marías;
nuestras hijas, slogans comerciales. El mundo
moderno comenzó cuando el individuo se separó de
su casa, su familia y su fe para lanzarse a la aventura,
en busca de otras tierras o de sí mismo: hoy se acaba
en un conformismo universal.
La democracia moderna no está amenazada por
ningún enemigo externo sino por sus males íntimos.
Venció al comunismo pero no ha podido vencerse a sí
misma. Sus males son el resultado de la contradicción
que la habita desde su nacimiento: la oposición entre
la libertad y la fraternidad. A esta dualidad en el dominio
social corresponde, en la esfera de las ideas y las
creencias, la oposición entre lo relativo y lo absoluto.
Desde el comienzo de la modernidad esta cuestión ha
desvelado a nuestros filósofos y pensadores; también a
nuestros poetas y novelistas. La literatura moderna no
es sino la inmensa crónica de la historia de la escisión
de los hombres: su caída en el espejo de la identidad o
en el despeñadero de la pluralidad. ¿Qué nos pueden
ofrecer hoy el arte y la literatura? No un remedio ni
una receta sino una herencia por rescatar, un camino
abandonado que debemos volver a caminar. El arte y
la literatura del pasado inmediato fueron rebeldes; debemos
recobrar la capacidad de decir no, reanudar la
crítica de nuestras sociedades satisfechas y adormecidas,
despertar a las conciencias anestesiadas por la publicidad.
Los poetas, los novelistas y los pensadores no
son profetas ni conocen la figura del porvenir pero
muchos de ellos han descendido al fondo del hombre.
Allí , en ese fondo, está el secreto de la resurrección.
Hay que desenterrarlo.

México, 16 de Octubre de 1991.
[VUELTAN~M. 184,1992]