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En Ecuador hubo debate presidencial entre Daniel Noboa y Luisa González. Qué dicen los últimos sondeos y cuáles Fueron los temas principales de la discusión. El análisis de Bahía Luna, Gabriela Montaño y Alfredo Serrano Mancilla.
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La Acrópolis sigue siendo el telón de fondo en el que toman forma nuestros pensamientos.
Hace ocho años, el nombre de Andrea Marcolongo comenzó a sernos familiar a partir de la publicación, muy bien acogida en Italia, de La lengua de los dioses: una joven autora de entonces treinta años desmenuzaba en ella las razones por las que la lengua griega (antigua) no ha perdido su capacidad seductora; tenían que ver con la rareza bella de su alfabeto, con su suficiencia temprana para expresar emociones atemporales, e incluso un sentido particular del tiempo, y con una probable añoranza hacia un pasado lejano y distinto -mucho, como prueban sus grafías- pero con el que, al menos los moradores en torno al Mediterráneo, no hemos dejado de sentirnos conectados, en una forma de anhelo. Aunque contenía esa publicación claves para comprender el idioma, no se trataba, ni mucho menos, de un manual ni de un ensayo académico, sino de un texto en el que Marcolongo daba cuenta de su pasión por una lengua que no habría perdido su vigencia a la hora de explicarnos como sociedad y quizá individualmente; la anticipaba en el prólogo: No existen lenguas muertas o no muertas, lo que existe son lenguas fecundas, tan fértiles como el griego, que forman parte de vuestra lengua materna, tan potentes que forman parte de vosotros mismos.
Tras La medida de los héroes, Etimologías para sobrevivir al caos y El arte de resistir, el año pasado Marcolongo volvió a librerías con otro ensayo en el que rendía tributo a la cultura griega, entonces no desde su lengua sino desde sus piedras: Desplazar la luna. Mi noche en el Museo de la Acrópolis. Tras arduas gestiones, y con bastante sorpresa por parte de los empleados de ese centro, el editor de esta periodista, licenciada en Letras Clásicas en Milán, conseguía que pudiera pasar una noche entera, y en soledad -con pocas prohibiciones más allá de las obvias-, en este museo de corta vida. Entre las escasas posesiones que llevó con ella para la que, explicaba, era seguramente su primera noche fuera de una cama, se encontraba la biografía de Lord Elgin, el político y soldado británico que pergeñó, siendo embajador de su país en Constantinopla en los primeros años del siglo XIX, la salida desde Atenas hacia el Reino Unido de los que ahora se conocen como Mármoles de Elgin, los relieves y estatuas que sobrevivieron a la conversión del Partenón en polvorín turco durante la sexta guerra otomano-veneciana, la Guerra de Morea. No sólo procedían, en realidad, del Partenón: también del Erecteión, los Propileos y el Templo de Atenea Niké.
Al margen de repasar la difícil puesta en marcha de ese museo, que no alcanza los quince años de andadura pero cuyo proyecto era bastante anterior -el suelo ateniense sigue siendo muy rico en pasado-, se plantea ante los hallazgos sí recogidos aquí las ramas de sus conexiones europeas (su relación un tanto distante con su Italia de origen, ligada a su doble orfandad; sus esfuerzos por mimetizarse entre franceses, dado que reside en París; y su vocación hacia lo griego); y profundiza en el peso de las ausencias y las pérdidas en la historia de las colecciones del museo y de lo que implica el asunto espinoso del desarraigo de ciertas obras de arte y de sus restituciones, desde una perspectiva literaria y emotiva, pero siempre apegada a la historia griega y al simbolismo de los restos diseminados de las esculturas del Partenón (que no se conservan únicamente en el British Museum, también en Francia, Dinamarca y Alemania; Italia lo ha devuelto todo).
Su relato, el de la ausencia como presencia más punzante en sus palabras, entrecruza historia, literatura y narración personal; y por eso dudas: Marcolongo llega a cuestionarse quién es ella para juzgar a figuras como Elgin y cuánto tenemos todos de saqueadores no culposos de tradiciones ajenas, al tiempo que se duele ante las piedras mutiladas. Su propósito inicial es intentar comprender el cómo y el porqué de los muros degradados -de nuevo, no sólo un asunto británico-; nuestra consideración de la cultura clásica, asentada durante demasiado tiempo en la amnesia; lo que la actividad mercantil con el propio pasado dice de nosotros, de nuestra capacidad de memoria y agradecimiento; e incluso cuánto hay de azar y destino en el devenir de los mármoles y de quienes tuvieron que ver con sus paraderos (Elgin conoció sucesivas ruinas).
No todas sus reflexiones relativas a la explotación del pasado se formularon, evidentemente, con ánimo de ser compartidas, pero en conjunto procura evitar la autora las lecturas demasiado simples; Desplazar la luna no ofrece una historia desconocida, sin embargo, la esboza de forma personal, actual y sensible. Formula Marcolongo que a la sombra del Partenón es donde realmente somos, mientras que lo que hacemos en el primer plano de nuestro presente sin memoria es ir y venir.
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Si algo nos enseñó la historia es que cada derecho conquistado costó lucha, organización y resistencia. Ahora, en nombre de “la familia”, nos quieren hacer retroceder décadas.
La creación de un Ministerio de la Familia que invisibiliza a las mujeres como sujetas de derechos no es casualidad, es parte de un proyecto que busca encajarnos de nuevo en la casa, atadas a roles tradicionales y alejadas de las políticas públicas que deberían garantizarnos autonomía, igualdad y libertad.
Fotografía: Nadia Gómez.
No es ingenuidad, es ideología. Cuando el Estado deja de nombrarnos, deja de reconocernos. Cuando en lugar de un Ministerio de la Mujer te ponen uno “de la Familia”, el mensaje es claro: la prioridad no son nuestros derechos, sino un modelo de sociedad donde quieren mantenernos relegadas al hogar, calladas y obedientes.
Nos venden todo esto como un avance, como una política “superadora”, pero lo que están haciendo es barrernos del mapa de las políticas públicas. Y no es un error, es una decisión política.
Nos quieren convencer de que la “familia” es el núcleo fundamental de la sociedad, pero se olvidan de que no todas las familias son iguales, de que hay maternidades forzadas, violencia machista, brechas económicas y un sinfín de desigualdades que no se resuelven con discursos vacíos sobre la unidad familiar.
¿Dónde quedan las mujeres que no quieren o no pueden ser madres? ¿Qué atención tendrán las que escapan de hogares violentos? ¿Qué pasará con las que sostienen solas a sus hijos e hijas en un Estado que les da la espalda?.
Este ministerio no viene a garantizar derechos, viene a limitarnos en roles tradicionales. Nos quieren madres, esposas y cuidadoras, siempre disponibles, siempre postergadas. Nos corren del centro para ponernos como accesorio de “la familia”, como si no fuéramos personas con autonomía y necesidades propias.
Fotografía: Nadia Gómez.
Pero no nos van a borrar. Sabemos lo que sucede cuando el Estado deja de nombrarnos: significa menos presupuesto, menos protección, menos políticas para frenar la violencia y menos herramientas para la independencia económica.
Pero también sabemos que cada vez que intentaron encerrarnos en la casa, salimos a la calle a gritar que no vamos a retroceder.
Nos quieren invisibles, nos van a ver organizadas. Nos quieren calladas, nos van a escuchar en todas partes. ¡No vamos a permitir que nos arranquen lo que tanto costó conquistar!
Cuenta con un título del Conservatorio Nacional Superior de Música de París, así como uno de maestría en musicología de la Universidad de París.
Estudió dirección con Jean-Sébastien Béreau, Gerhard Markson, Gianluigi Gelmetti, Pinchas Zukerman y Jorma Panula en Salzburgo, Siena, Ottawa, Lausanne y San Petersburgo.
Entre las orquestas que ha dirigido se pueden mencionar la Orquesta Sinfónica Portuguesa, la Filarmónica de Magdeburgo, la Sinfonia Rotterdam, la Filarmónica de Hong Kong, la Filarmónica de Buenos Aires, la Orquesta del Estado de São Paulo y las orquestas sinfónicas nacionales de Argentina, Chile, Colombia y México.
Comenzó su relación con la Orquesta Filarmónica de la UNAM en 2005 cuando ganó la segunda edición del Premio Internacional Eduardo Mata de Dirección de Orquesta; desde entonces ha dirigido al conjunto universitario en repetidas ocasiones, y en 2023 fue nombrado director titular.