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A  138 kilómetros de Asunción, el Parque Nacional de Ybycuí esconde historia, biodiversidad y aventuras. Desde 2013, este lugar es escenario del campamento del Programa de Apoyo Voluntario en Áreas Protegidas (PAVAP). Este año, en su XIII edición, Aramí Miranda, participante del programa de prácticas profesionales de Emancipa, tuvo la oportunidad de participar y relata, en primera persona, cómo fue sumergirse en su magia. 

 

 *Aramí Miranda

 

Caritas pintadas de flores, aves y frutas, brillos y orejitas de zorro: así recibía el equipo técnico a todos los voluntarios del PAVAP. En la mañana del 14 de febrero, con bolsones y camping listos, comenzaba una aventura que superaría todas mis expectativas. Mi primer San Valentín enamorada, pero de la naturaleza.

 

Día uno

 

Después de poco más de tres horas de viaje, llegamos por la tarde al Parque Nacional Ybycuí  y mientras el sol se escondía, los participantes del cuarto campamento de PAVAP 2025, armábamos nuestros campings.  Divididos en dos grupos, mi jornada empezaría de noche: observación de herpetofauna (anfibios y reptiles). 

 

Dentro del parque observamos especialmente anfibios, como las ranas. Tuvimos una charla especial sobre estos pequeños animales que me hizo reflexionar sobre por qué las personas crean mitos sobre ellos o les hacen daño solo por su aspecto. También sobre quién me hizo tenerles tanto miedo.

 

Con ese mismo miedo irracional caminamos hasta la zona recreativa del parque, lugar en el que están ubicados los arroyos y los “ykua” como se diría en Paraguay, observamos varias especies de las cuales recuerdo vívidamente una, de la familia Hylidae, en guaraní algún tipo de “ju´i”que me trepó y recorrió toda la pierna. Creo firmemente que cuanto más miedo tengas, más posibilidades tenés de que un ju´i te trepe  la pierna. 

 

Una mañana fresca a las 5 am sonaba una alarma que despertaba a todo el campamento temprano para poder desayunar y empezar nuestro día. Primera salida: avistamiento de aves.

 

Una actividad que esperé por mucho tiempo, observar las diferentes aves en el Parque Nacional de Ybycuí. Antes de empezar a recorrer el parque nos enseñaron a utilizar binoculares y nos entregaron una guía de aves del Paraguay para que podamos distinguir las especies que viéramos.

 

Al recorrido nos acompañaron Brisa Flores y Milagros Benítez, aficionadas por el mundo de las aves. Ambas comentaban desde el principio no ser profesionales, sin embargo sus conocimientos y entusiasmo hacía que cada detalle cobrara vida. 

 

Caminando por el parque nos enseñaban a reconocer sus cantos, sus colores y los lugares donde comúnmente habitan. Nuestro primer encuentro fue con una saíra dorada a la que la luz del sol le daba directamente resaltando sus colores. Más adelante nos encontramos con un carpintero posándose en un árbol, un pitogüe vigilando sobre una rama alta, hermosos boyeros moviéndose en bandada, anambé y hasta de la emoción alucinamos ver a un bailarín azul. 

 

En la segunda salida del día nos tocó visitar el museo de La Rosada, un lugar lleno de historia, tan fascinante que resulta difícil decidir por dónde comenzar.

Al llegar conocimos a Rosa Benítez o Rosita para los amigos. Ella es la primera mujer jefa de guardaparques de Ybycuí, un rubro tradicionalmente ejercido por los hombres, pero Rosita rompe con todos los estereotipos.

 

 

Nos recibió con una sonrisa de oreja a oreja y con una voz fuerte pero amigable, rasgos que siempre la caracterizan. Habla mucho, incluso demasiado, como ella misma dice, pero es que tiene tanto para contar que nadie quiere que termine.

 

Guió al grupo por el museo contando la historia de cada rincón, cada personaje dentro y cada pieza en exhibición. Todo sobre la historia de La Rosada y los herreros de Ybycuí, siempre enorgulleciendose del lugar donde nació y creció, con la convicción de que “conocer nuestra historia es necesaria para amar cada parte de ella”.

 

La tercera salida del día fue, para mí, una de las más importantes: recolección de residuos en el parque. Más que una simple actividad, era un acto de responsabilidad y compromiso con este patrimonio natural e histórico.

 

Con guantes y bolsas en manos, estábamos listas y listos para recoger todos los residuos que encontrábamos. Desde botellas de plástico, envoltorios de comida, papel aluminio y lo más común: latas de cerveza entre las plantas y cerca de los arroyos. 

 

Aprendí en ese momento que cuidar la naturaleza no es solo decir que nos importa, sino demostrar con acciones, como la frase que dice que “una acción vale más que mil palabras”.

 

 

 

Casi terminando el día fuimos a merendar al campamento y nos sorprendieron con una actividad: prepararnos para disfrutar del “arroyito time”. Un tiempo para conocernos más y compartir risas, fue divertido ver cómo personas del equipo técnico y colaboradores del programa con lo serios que eran al momento de explicar y hablar sobre sus temas, se divertían y dejaban que su niño interior saliera a jugar. 

 

Llegó la noche, la cena estaba lista y las sillas en una ronda para poder cenar acompañados, charlando un poco y preparándonos para actividades nocturnas. La última actividad de la noche antes de finalizar el campamento para mi grupo fue la de cámaras trampa. 

 

Hay una famosa frase que dice “aprendiz de todo, experto en nada”, Luis Recalde es la excepción, aprendiz de todo y experto en todo. Él era el encargado de enseñarnos para qué y cómo funcionan las cámaras trampa. Comentaba con tranquilidad sobre su experiencia y sobre todo lo que llegó a captar en las cámaras, así también los errores que se pueden cometer y los que él llegó a cometer en el proceso. 

 

Día 3 y último de campamento 

 

Otra vez sonaba la alarma que despertaba a todos a las 5 am, nuestro último desayuno al aire libre. Mi grupo y yo nos preparamos con termos de agua llenos y ropa cómoda para recorrer algunos de los senderos del parque nacional como la primera actividad del día. 

 

Con sueño, pero con entusiasmo llegamos al primer sendero del día, el sendero “Yvaga Rape” con una distancia de 55o metros y con una dificultad media según el letrero. Otra cosa que estaba escrita era que la ida se hacía en 20 minutos, por ende la vuelta duraría lo mismo. Rompiendo un récord en este PAVAP 2025, el grupo recorrió el sendero de dificultad media en menos de cinco minutos, cuatro y medio para ser exactos. 

 

Llegamos entonces consumidos por la adrenalina al mirador, parada cinco “Yvaga ypype”. Pudimos ver el hermoso amanecer con el paisaje más verde de la vida, lleno de árboles frondosos con hojas de color intenso. 

 

Nos quedamos en silencio, cada uno en su propio mundo escuchando solo el sonido de los pajaritos, con el aire fresco de la mañana rozándonos la cara, nada más que la vida en su máximo esplendor. 

 

Al bajar fuimos a otro sendero que me cautivó, el sendero Minas, con una distancia de 970 metros y un recorrido de 30 minutos que nos tomó más de una hora. Parábamos a apreciar cada rincón del sendero, la historia detrás de cada letrero. 

 

Llegando a una parte del sendero empezaba la segunda actividad. Nos encontramos con Sixto Achucarro y Beatriz Benítez, ingeniera ambiental encargada de mostrarnos cómo colocar las cámaras trampa y juntos detectar un lugar estratégico donde capturar las imágenes y videos de los animales. Nos explicó la altura perfecta en la que debería estar la cámara y por cuánto tiempo es recomendable dejarla en el lugar.

 

 

Una fruta y directo a la última actividad del día: charla con los guardaparques. Sabemos que la caza está estrictamente prohibida en el parque, pero esto no impide que algunas personas crucen los límites de las zonas protegidas y coloquen trampas para capturar animales. Según nos contaron, suelen cazar especies cuya piel puede ser vendida, como el pelaje del aguara´i y otros animales que viven allí.

 

Los guardaparques nos mostraron las trampas que encontraron a lo largo de los años en el parque. Todos eran artefactos caseros, algunos pequeños y más discretos y otros más grandes. Con cuidado nos mostraron cómo desactivarlas para proteger a la fauna del lugar. 

 

Y con esta última charla finaliza una experiencia que transforma la manera en que vemos y sentimos el mundo, el amor por la naturaleza y el compromiso de proteger lo nuestro. 

 

Vi animales que nunca imaginé, algunos que ni sabía que existían, hice nuevas amistades pero por sobre todo, aprendí. 

 

Aprendí a seguir luchando por un futuro más sostenible desde la concienciación, donde cada acción cuente y cada esfuerzo sume. 


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