Isaac

Arturo Pérez-Reverte

Arturo Pérez-Reverte, una de las voces más influyentes de la literatura hispana, ha vuelto a centrar la atención en sus palabras. El autor, que durante décadas ejerció como reportero de guerra antes de dedicarse a la novela, ha expresado en varias entrevistas su manera de ver el estado actual de Europa. Su diagnóstico es tan rotundo como inquietante: asistimos al final de una era, y él se considera testigo privilegiado de ese declive.

No es una confesión hecha con dramatismo, sino con una aparente serenidad que desarma a cualquiera que escuche. Para él, la vejez trae consigo menos afirmaciones rotundas y más dudas que antes le resultaban extrañas. Además, asume que su propio horizonte de vida ya es corto, algo que se convierte en una motivación añadida para observar el mundo con una perspectiva renovada.

La convicción de un declive europeo

El novelista afirma que la civilización que conoció desde niño está quebrándose a causa de su propio peso. La idea de un Occidente fuerte y eterno ha sido sustituida por un panorama de incertidumbre y transformación que, a su juicio, es irreversible. No es un fenómeno repentino, sino un proceso que ha ido durando durante años y que ahora alcanza un punto de no retorno.

En distintas comparecencias ha insistido en que no se trata de una mera opinión, sino de una sensación que ha ido consolidándose con la edad y la experiencia. Considera que la crisis económica, la pérdida de identidad cultural o la inestabilidad política son síntomas de un mal más profundo que terminará por moldear el mapa mental de las próximas generaciones.

Por ello, no piensa que esto sea una catástrofe sin salida, sino una nueva etapa en la que lo conocido dejará de servir como referencia. En sus palabras, ver cómo se desmoronan todas las seguridades ajenas resulta hasta fascinante para un creador de historias.

Pérez-Reverte reflexiona en una entrevista

La vejez y la pérdida de certezas

Uno de los aspectos más interesantes de este análisis es la conexión que el escritor establece entre su biografía y el contexto. A lo largo de su vida, el autor ha visto cambios políticos, guerras y revoluciones, incluyendo casos como el de Boris Akunin, escritor ruso condenado, pero ahora señala que a medida que se avanza en edad se pierden más certezas y aumentan las contradicciones. Esa sensación es algo con lo que no cuenta cuando era joven y que hoy le estimula a la escritura.

Reconoce que fue educado para un mundo que ya no existe, con códigos morales, cortesías y formas de relación que han quedado casi en desuso. Sin embargo, eso no lo lleva a añorar el pasado, sino a constatar el brutalmente el cambio radical. Esa nostalgia no aparece, sino una curiosidad fría y analítica que él desliza a través de sus ficciones.

Según insiste, la idea de que hay incógnitas es más fértil para la literatura que las respuestas seguras. Es por eso que considera la inseguridad intelectual como un motor personal de la creación. Además, reconoce que le produce un extraño placer despojarse de las ideas preestablecidas.

Arturo Pérez-Reverte en un encuentro

Un espectáculo ante el que no se pueden cerrar los ojos

Para el autor de novelas como El capitán Alatriste, asistir a la decadencia del viejo continente es comparable a observar un gran incendio que ocurre muy despacio. Y aunque admite que le gustaría no estar presente, también comprende que esa misma visión es un documento histórico para futuras generaciones.

Afirma que el proceso ya no se puede detener y que la caída de Europa como centro de poder cambiará por completo el equilibrio global. En esa línea, compara la situación con los momentos que él vivió cuando fue corresponsal de conflictos en el Líbano o Bosnia, aunque no profundiza en detalles.

Su percepción, sin embargo, no la reduce a una mera opinión: dice que todo lo ve con los ojos de alguien que ha aprendido a leer los acontecimientos históricos. El capitalismo, la cultura y las instituciones son de una presión continua que no va a regresar.

El escritor mira al futuro

Vejez, destino y la mirada de un testigo

Cuando se le pregunta sobre su propia longevidad, no esquiva el tema: asume que le quedan no más de media década de actividad, y eso no le preocupa. Prefiere concentrarse en lo que aún puede aportar que en quedarse de más en un mundo que en definitiva no reconoce.

Ese sentimiento de ser un superviviente a la deriva es una de las corrientes subyacentes en sus últimas reflexiones. Lejos de caer en apocalipsis, da forma a una poética de la decadencia, donde el arte todavía tiene sentido. Eso es lo que convierte una declaración desalentadora en un estímulo para el intelectual.

Al final, su discurso alberga una paradoja: no lamenta que Europa se consuma, pero sí le agradece haberle enseñado cómo ser escritor. En esa metamorfosis del continente, él encuentra una lección válida para las próximas novelas.

Pérez-Reverte en una conferencia

Estas declaraciones ha derivado en múltiples reacciones tanto en redes sociales como en los foros culturales, aunque el escritor se muestra muy tranquilo ante las críticas. Él mismo recomienda no tomar sus palabras como una amenaza, sino como una manera de entender la historia. La sensación de ver de fondo el estilo de vida que lo gobernó es, sencillamente, una experiencia enriquecedora que no tiene por qué esconder.


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