Isaac
La inteligencia artificial ya no es solo una herramienta que acelera tareas: ha entrado en el terreno de la creación literaria y ha puesto sobre la mesa quién firma una obra, qué se considera original y hasta dónde llega la confianza entre autor, editor y lector.
El asunto ha saltado de los laboratorios a los premios, las editoriales y las aulas. En España y Europa se sigue con atención un debate que mezcla calidad artística, transparencia y uso crítico de la tecnología, y que en los últimos meses ha tenido como protagonista un caso editorial de alcance internacional.
El caso que colocó la autoría en el centro
La polémica más visible rodea a Thélyson Orélien y su novela C’était ça ou mourir, que había obtenido el Premio de Novela Fnac. Las acusaciones en redes sociales apuntaron a un uso de IA y a posibles plagios, mientras el autor negaba haber creado la obra con una máquina. El asunto dejó de ser una simple sospecha cuando la editorial canadiense Boréal revisó versiones y encargó un análisis externo.
Boréal afirmó que había indicios de marcadores de IA en los metadatos de algunos documentos y rompió su relación profesional con el escritor. En un primer momento había optado por mantener la venta, pero cambió de criterio tras recibir el informe. La editorial reconoció que no podía medir con exactitud qué porcentaje del texto había pasado por herramientas automáticas, aunque consideró decisiva la pérdida de confianza. Tampoco volverá a imprimir el libro ni publicará nuevos títulos del autor.
El impacto alcanzó al premio Goncourt, que retiró la novela de su primera selección al sospechar que buena parte del texto podía proceder de una inteligencia artificial. A ello se sumó la difusión de un artículo del diario Le Devoir sobre supuestas similitudes entre un texto publicado por Orélien y un reportaje previo, lo que reavivó las dudas sobre su método de trabajo y sobre la autoría de algunos materiales.
¿Puede una máquina escribir una buena novela?
En España, Juan José Millás ha defendido que lo decisivo es la calidad del texto más que la identidad de quien lo firma. Ha señalado que leería una novela creada con IA si le pareciera buena y ha recordado que hay clásicos cuya autoría se desconoce o se discute. También ha advertido de que los sistemas de detección producen falsos positivos, ha mencionado casos llamativos con textos de Borges y Foucault y ha subrayado que quien diseña las instrucciones y orienta la trama no puede quedar borrado del proceso.
Julian Barnes se muestra más escéptico. El escritor británico considera que, por ahora, la IA imita lo que ya existe y carece de sentido del humor, y duda de que llegue a escribir algo comparable a Madame Bovary o La Regenta. Aun así, ha advertido de que si algún día logra resultados verdaderamente originales, los autores jóvenes tendrán un problema. Sus palabras llegan coincidiendo con el Premio Princesa de Asturias de las Letras.
Kazuo Ishiguro ya había abordado estas inquietudes en su discurso del Nobel de Literatura. Nacido en Nagasaki y criado en Reino Unido, recibió el galardón en 2017 por novelas como Los restos del día. El autor de Klara y el Sol y Nunca me abandones avisó de que los avances en inteligencia artificial, robótica y genética podían traer beneficios médicos y sociales, pero también desempleo masivo y desigualdades extremas. Sus novelas exploran qué ocurre cuando unas vidas quedan al servicio de otras y qué nos hace humanos.
El divulgador científico Ignacio Crespo ha insistido en una idea parecida desde el terreno de la literatura de ciencia ficción: el miedo no debería estar tanto en una conciencia máquina como en quién controla la tecnología y con qué fines. En una conversación radiofónica ha relacionado estos dilemas con Frankenstein, La isla del doctor Moreau, La peste y Soy leyenda para reclamar límites éticos y participación social. También ha abordado asuntos como la longevidad, las pandemias y la conciencia humana.
Del aula al patrimonio literario
La IA también se está llevando a la enseñanza con proyectos que buscan acercar los clásicos al alumnado de Formación Profesional. El CIFP Virgen de Gracia, en Castilla-La Mancha, ha recibido el Premio Mentes AMI por un hackathon en el que los estudiantes conversaban con personajes del Quijote mediante modelos generativos y después creaban relatos, diálogos, infografías y piezas audiovisuales.
La iniciativa, impulsada por el club de lectura del centro, ha implicado a 120 estudiantes y ha dado lugar a más de veinte trabajos multimedia. Además de fomentar la lectura y la expresión oral, el proyecto incorpora formación sobre uso crítico de la IA y cuenta con asesoramiento para cuidar el rigor histórico. Su continuidad está integrada en el módulo de Digitalización y podría extenderse a otros centros. El reconocimiento se entregó en Madrid en el marco de Mentes AMI, una convocatoria que reunió más de 280 candidaturas y que también prevé difusión en medios y formación para los equipos premiados.
Calidad, transparencia y confianza
Las distintas voces coinciden en que la IA no es solo un asunto técnico, sino también editorial y educativo. La pregunta ya no es únicamente si una máquina puede escribir, sino cómo se declara su intervención, cómo se verifica la autoría y qué criterios usan premios, editoriales y centros educativos para mantener la confianza.
En Europa, la polémica de Orélien ha mostrado que un texto puede generar dudas incluso después de recibir atención comercial. La retirada de un premio, la investigación de metadatos y la ruptura de un contrato editorial son señales de que el sector empieza a exigir más transparencia. Al mismo tiempo, autores y docentes subrayan que prohibir sin más no prepara a los lectores para un futuro en el que estas herramientas estarán presentes.
El debate también afecta a la forma de valorar una obra. Para algunos, la autoría humana sigue siendo una garantía de responsabilidad; para otros, el resultado literario tiene valor por sí mismo. Lo que parece claro es que la IA obliga a revisar conceptos como originalidad, esfuerzo, influencia y plagio, y a hacerlo con criterios públicos y verificables.
La discusión sobre la inteligencia artificial en la literatura se ha convertido en una prueba de madurez para el sector: premios, editoriales, autores y aulas tienen que decidir cómo convivir con una tecnología que puede ayudar a escribir, pero también difuminar la autoría. El caso Orélien, las opiniones de Millás, Barnes e Ishiguro y las experiencias educativas apuntan a una misma necesidad: combinar libertad creativa con transparencia, criterio ético y formación crítica para que el lector sepa qué está leyendo y por qué.

