Isaac
La dramaturga, directora e intérprete Angélica Liddell ha sido distinguida con el Premio Nacional de Teatro, el reconocimiento más relevante que otorga el Ministerio de Cultura a las artes escénicas en España. El galardón está dotado con 30.000 euros y viene a subrayar una trayectoria que ha marcado la escena contemporánea dentro y fuera del país.
El jurado ha enfatizado la huella de su pieza Dämon. El funeral de Bergman, con la que se convirtió en la primera creadora española en abrir el Festival de Aviñón. Este trabajo, señalan, concentra una metodología crítica y sin concesiones que invita a la discusión y a la mirada ética sobre la escena.
El fallo del jurado y el alcance del premio

El reconocimiento lo concede anualmente el Ministerio de Cultura, a través del INAEM, para destacar la labor sobresaliente en el ámbito teatral puesta de manifiesto durante el año. En esta ocasión, el jurado ha ponderado su lenguaje escénico de gran riesgo y calidad, así como su triple faceta de dramaturga, directora e intérprete.
La mesa estuvo presidida por Paz Santa Cecilia, directora general del INAEM, y contó con Miriam Gómez Martínez como vicepresidenta. Participaron como vocales perfiles del periodismo, la gestión cultural y la escena que subrayaron su condición de referente en la creación contemporánea.
El palmarés reciente del premio recuerda la diversidad del teatro español: Andrés Lima (2019), Cuarta Pared (2020), Juan Diego Botto (2021), Petra Martínez y Juan Margallo (2022), Ana Zamora (2023) y Teatro del Barrio (2024) figuran entre los últimos distinguidos.
En el caso de Liddell, el acta incide en que su propuesta estética y política ha influido de manera decisiva en el ecosistema escénico europeo, apoyada en obras recientes como Vudú (3318) Blixen o Terebrante que consolidan su seña de identidad.
Una trayectoria singular y radical

Nacida en Figueres (Girona, 1966), Liddell se formó en Psicología y Arte Dramático y emergió en el teatro alternativo madrileño de finales de los 80 y 90. Desde el inicio se definió como artista total: escribe sus textos, los interpreta en solitario con frecuencia, dirige sus montajes y diseña la escena.
En 1993 fundó, junto a Gumersindo Puche, la compañía Atra Bilis Teatro, con la que ha girado por los principales escenarios y festivales europeos, de la Corte de Honor del Palacio de los Papas en Aviñón al Wiener Festwochen y el Odéon de París.
Su teatro, a menudo calificado como posdramático, se reconoce por monólogos afilados, imágenes contundentes y escenas llevadas al límite, en diálogo constante con la poesía y la performance. Muchos de sus textos se publican como poemarios y se leen más allá de los escenarios.
En el terreno editorial, la autora ha mantenido una relación estrecha con sellos que han cuidado su obra, y ha ampliado registros con libros como Cuentos atados a la pata de un lobo, una colección de relatos que reafirma la tensión literaria de su escritura.
Obras clave y hitos escénicos

Entre sus títulos destacan El matrimonio Palavrakis (2001), El año de Ricardo (2005), Perro muerto en tintorería: los fuertes (2007) o La casa de la fuerza (2009), esta última una pieza-seña que abrió definitivamente las puertas de la escena internacional.
En la última década, Liddell ha firmado trabajos de gran formato como ¿Qué haré yo con esta espada? (2016), así como obras ligadas al duelo familiar: Una costilla sobre la mesa: madre y Una costilla sobre la mesa: padre (2019), de notable hondura emocional.
El ciclo más reciente se vertebra en torno a la muerte y el rito: Vudú (3318) Blixen (2023), Dämon. El funeral de Bergman y un tercer movimiento, Eón, que completa una trilogía de largo aliento. Son trabajos que, por duración, escala y escritura, exigen una atención poco frecuente en la cartelera.
Tras ser aclamada con Vudú (3318) Blixen, la autora ha seguido ampliando su repertorio con propuestas como Liebestod o Terebrante, y prepara nuevas experiencias escénicas que continúan indagando en la frontera entre arte y vida.
En el ámbito de los festivales, su presencia en Temporada Alta ha sido recurrente, con estrenos de gran formato y horarios insólitos, y su paso por Aviñón se ha convertido en un hilo conductor de su proyección europea.

Controversias y debates en torno a su obra

El impacto de Liddell llega también por la vía de la controversia. En Aviñón, una escena de Dämon donde interpelaba a la crítica francesa desató un intenso debate y una denuncia por injurias presentada por un crítico de France Inter. El episodio reabrió la discusión sobre los límites de la provocación en el teatro.
No es la primera vez que su trabajo cuestiona sensibilidades: en tres décadas ha dirigido su invectiva a la burocracia cultural, la hipocresía social o el propio público, situando el cuerpo y la palabra en el centro del conflicto escénico.
Hubo un tiempo, además, en que Liddell se alejó de los escenarios nacionales. En 2014 anunció que no volvería a actuar en España por la falta de apoyo institucional; regresaría en 2018, de la mano de Àlex Rigola en Teatros del Canal, reanudando una relación hoy ya restablecida.
Su posición estética y ética ha alimentado un pulso constante con la actualidad: tanto su escritura como su puesta en escena abrazan la transgresión sin perder la densidad poética, algo que el jurado ha valorado de forma expresa.
Reconocimientos previos y traducciones

Liddell suma a este premio una larga lista de distinciones: el Premio Nacional de Literatura Dramática (2012) por La casa de la fuerza, el León de Plata de la Bienal de Teatro de Venecia (2013) o la distinción de Chevalier de las Artes y las Letras (2017) en Francia.
Sus textos se han traducido a portugués, alemán y francés, entre otros idiomas, y han sido publicados y estudiados con amplitud, extendiendo su influencia a la poesía, el cine o el pensamiento crítico.
Con frecuencia se la cita como una de las voces más determinantes del teatro español reciente y, según subrayan distintas fuentes, es la primera creadora del llamado posdramático en recibir este galardón desde su instauración.
Junto a su éxito internacional, su presencia en grandes instituciones y festivales ha permitido que una estética nacida en el circuito alternativo alcance escenarios de gran formato sin perder el carácter experimental.
Con esta decisión, el Ministerio de Cultura reconoce una obra que combina riesgo, coherencia y proyección, y que ha abierto caminos formales para toda una generación. Liddell consolida así un lugar central en la escena europea, con piezas que, entre la poesía y la provocación, han renovado el imaginario del teatro contemporáneo.

