🔴Directo | Sigue el juicio del caso Kitchen: declaran Luis Bárcenas y su esposa, Rosalía Iglesias

El juicio del caso Kitchen entra en uno de los momentos clave con la declaración del extesorero del PP Luis Bárcenas y de su esposa Rosalía Iglesias. Ambos declaran como perjudicados por esta trama de espionaje parapolicial presuntamente orquestada desde el Ministerio del Interior para sustraerle documentación que pudiera perjudicar al Partido Popular y a Mariano Rajoy.

Hace 18 años nacimos con un compromiso: hacer un periodismo útil para la sociedad. Solo podemos continuar con esta labor si contamos con el apoyo de personas como tú.

Únete a la comunidad de Público. 18 años no son nada… cuando nos queda tanto por contar. Periodismo incómodo para tiempos difíciles. http://bit.ly/3VylhmD

Periodismo, investigación y compromiso para construir un mundo más igualitario.
¡Suscríbete ya a nuestro canal!: https://bit.ly/2U8nM0q
Visita: https://www.publico.es
Síguenos en Facebook: https://www.facebook.com/diario.publico/
Síguenos en Twitter: https://twitter.com/publico_es
Síguenos en Instagram: https://www.instagram.com/publico.es
Síguenos en TikTok: https://www.tiktok.com/@publico_es
Síguenos en Bluesky: https://bsky.app/profile/publico.es

[Crónica] Álex Matute enfrenta a la ética del cine chileno: «En la vida, hay cosas que no se hacen»

Detrás de la historia verídica en la cual se inspira la trama de la serie de ocho episodios «Alguien tiene que saber», no existen personajes: hay una familia. Un grupo donde se encuentra una madre…

La entrada [Crónica] Álex Matute enfrenta a la ética del cine chileno: «En la vida, hay cosas que no se hacen» se publicó primero en Cine y Literatura.

EL MADRID DE LA MODA

¿QUÉ ES EL MADRID DE LA MODA?
Una guía que repasa la historia de dieciséis firmas y establecimientos destacados ligados a la historia de la moda en Madrid, de Pontejos, Almacenes Arias o Don Algodón a la Pasarela Cibeles y el Museo del Traje.
 
¿QUIÉN LA HA CREADO?
El modisto Lorenzo Caprile, la investigadora de moda Lydia García y el ilustrador Jorge Arévalo. La ha presentado el Ayuntamiento de Madrid.
 
¿QUÉ OBJETIVOS TIENE?
Como el resto de mapas culturales de la ciudad, proponer rutas diferentes para conocer Madrid en torno a una temática concreta, con la participación de escritores e ilustradores destacados.
 
¿QUÉ ESTABLECIMIENTOS NOS INVITA A CONOCER?
Son muy diversos y casi siempre céntricos.
Muchos madrileños saben que tejidos, botones, pasamanerías, abalorios y utensilios de costura suelen comprarse en el Almacen de Pontejos, en la calle del Marqués Viudo de Pontejos. Es la primera parada del mapa.
Muy cerca, en la calle del Arenal, estuvo la sastrería de Alberto Ranz, inaugurada en 1841. Originalmente fue una sastrería militar y más tarde de señoras, hasta que Ranz llegó a ser proveedor de la Casa Real como sastre de cámara. Su legado lo continuaron dos generaciones más antes del cierre del local.
Avanzando hacia la carrera de San Jerónimo, en su número 3 se encontraba la joyería Mellerio, la más antigua del mundo. Fue fundada en 1613 y llegó a Madrid en 1850 con la apertura de una sucursal en la calle de Espoz y Mina, desde donde se trasladó a su emplazamiento definitivo cerca de la Puerta del Sol. Esta joyería fue la preferida de Isabel II y donde se diseñó una de sus piezas más conocidas: la diadema Rocaille.
Ya en la Gran Vía, el mapa registra tres paradas. En el número 32, los Almacenes Madrid-París, los primeros grandes almacenes de la ciudad, fueron inaugurados en 1924 por Alfonso XIII y Victoria Eugenia, y únicamente estuvieron abiertos durante una década. El edificio albergó después los populares SEPU.
En el número 7 estuvo EISA, la segunda casa de alta costura de Cristóbal Balenciaga en España. Parada habitual de estrellas como Ava Gardner, permaneció abierta de 1933 a 1968. Y en Gran Vía, 8, tuvo su espacio la marca española de lujo más reconocida internacionalmente hoy: Loewe.
La séptima parada del mapa es para Flora Villarreal, una de las primeras modistas de alta costura en Madrid, que diseñó el vestido de boda de la duquesa de Alba en 1947. Tuvo una larga carrera y fue pionera en adaptar los diseños de Dior mediante licencias.
Los Almacenes Arias tuvieron su sede más conocida en Montera, 41, octava parada de la guía. Fundados en 1949, se dirigían al gran público, con precios asequibles y un vasto surtido de productos. Desaparecieron en un incendio en 1987. El recorrido continúa en Claudio Coello, 35. Allí estuvo el primer concept store de Madrid: la firma Tebas, que conjugaba moda y decoración en un ambiente bohemio y aristocrático.
Desde allí, el mapa nos propone caminar hasta Fortuny, 19, donde Elio Berhanyer enseñaba al mundo sus creaciones, símbolo del giro de la moda hacia la modernidad en los sesenta y los setenta.
La siguiente parada está dedicada a una peluquería emblemática: Leonardo, en la calle de Velázquez, frecuentada por la alta sociedad entre los sesenta y los ochenta. Un público parecido tenía Dafnis (Víctor Andrés Belaunde, 174), tienda de moda con marcas internacionales.
La ruta continúa en Hermosilla,18, sede de una marca icónica de ese momento: Don Algodón, cuya moda llena de color y su perfume se extendieron en toda una generación. Otro creador, el manchego Manuel Piña, tuvo su atelier en la calle de Valenzuela, donde hizo su sello de creaciones dirigidas a las mujeres fuertes e independientes.
El mapa dedica sus dos últimas paradas a la Pasarela Cibeles, que comenzó con un desfile en la Plaza de Colón, bajo una carpa de circo, en 1985, y al Museo del Traje, el primer museo nacional dedicado a la moda, que abrió sus puertas en 2004.
 
¿QUÉ PUEDO HACER PARA HACERME CON EL MADRID DE LA MODA?
La guía se distribuye gratuitamente en los puntos de información turística municipales, las bibliotecas y los centros culturales y está disponible en esMADRID.com y en la web de Madrid Destino.
 
 
PARA MÁS INFORMACIÓN:
www.esmadrid.com

The post EL MADRID DE LA MODA appeared first on masdearte. Información de exposiciones, museos y artistas.

Pintura y cine: los artistas que esconden los planos

Encontrar paralelismos entre el ojo del pintor y el del director de cine es casi tan antiguo como la aparición de este último, en cuanto que no podemos dudar de que lienzos y películas son construcciones, nunca ventanas transparentes a la realidad.
El pintor, ante la tela en blanco, debe elegir un método compositivo, una paleta de colores y una luz; el cineasta, al encuadrar, decide el ángulo, la intensidad de la iluminación, el movimiento de los actores o las texturas de su vestuario.
En ocasiones el cine -sobre todo en épocas tempranas- ha sido, incluso, considerado como una prolongación de la pintura y cada plano leído como un cuadro. A la bidimensionalidad inerte de aquella, aporta la cámara algo nuevo: tiempo, música, movimiento y voz, pero el impulso del que ambas disciplinas nacen tiene algo en común: el deseo de organizar el mundo en imágenes.
El encuadre es el límite en el que el director ha de marcar qué entra dentro de nuestra mirada y qué queda fuera; en el cine se corresponde con el rectángulo de la pantalla y en pintura podemos equipararlo al soporte. En ambos casos, lo esencial es lo mismo: determinar o improvisar cómo se organiza lo que queda dentro. Si pensamos en el cine bélico de Akira Kurosawa, el japonés organizaba las escenas de batalla como grandes lienzos corales, con diagonales dinamizando el conjunto, al igual que en tantas composiciones especialmente renacentistas y barrocas.
El cine hereda, además, el uso dramático de la luz y el claroscuro, la teatralidad que la luminosidad (tenebrista) propicia; es claro en el cine negro de los cuarenta y los cincuenta, como en Sed de mal (Orson Welles, 1961). Las penumbras evocan moralidades ambiguas y luces y oscuridades revelan y ocultan, llegan a generar laberintos psicológicos. No se trata de un mero recurso estético.
Orson Welles. Sed de mal, 1961
En cuanto al color, también al cine aporta un poder expresivo más allá de la mímesis. In the mood for love (Wong Kar-Wai, 2000) ofrece encuadres y paletas cuidadosamente escogidos, como los de un pintor; los escenarios contienen emociones y la luz es muy cálida.
Powell y Pressburger (Las zapatillas rojas, 1948) usaron Technicolor para avivar tonos que simbolizan, saturados, el deseo y la ambición. Hablando de paleta, tenemos que referirnos a Almodóvar y sus colores primarios: no decoran, sino que expresan la emoción de los personajes. Pueden alcanzar a sustituir las palabras.
Powell y Pressburger: Las zapatillas rojas, 1948
En lo relativo a la composición en el cine clásico, tiene mucho de legado pictórico. Los paisajes de los westerns de John Ford podrían recordar los lienzos del romanticismo, que minimizan al individuo frente a la inmensidad de la naturaleza.
Ocurre algo semejante en Lawrence de Arabia (David Lean, 1962). Construye el  británico sus encuadres con equilibrio, claridad y proporción, al servicio de una idea: la de que el desierto es un personaje más que incide en la soledad y grandeza del hombre. Como las montañas de Friedrich.
David Lynch. Lawrence de Arabia, 1962
Hitchcock, por su parte, pensaba en sus encuadres como arquitecturas geométricas -escaleras, pasillos, encuadres en espiral-, mientras que El Gatopardo (Visconti, 1963) remite a la brillantez y al movimiento barroco de forma clara y conjuga opulencia y melancolía, recargamiento y sensualidad. Su baile final tiene algo de cuadro vivo, y La dolce vita de Fellini (1960) es también un carnaval barroco de cuerpos y gestos.
Luchino Visconti. El Gatopardo, 1963
En cuanto al impresionismo, Terence Malick quizá lo encarne en la pantalla en ocasiones: en El árbol de la vida (2011) capta instantes fugaces y cambios atmosféricos convertidos en emociones visuales. Pero si nos referimos a ese movimiento, no queda más remedio que pensar en Jean Renoir y Una partida de campo: sus juegos lumínicos sobre la hierba y el agua ofrecen evocaciones muy concretas al padre del director y sus cercanos.
El expresionismo, que deforma la realidad para mostrar el alma, es indisociable de El gabinete del Doctor Caligari (1920), con sus luces violentas, decorados inclinados, sombras pintadas y perspectivas imposibles que expresan el desorden interior de los personajes (y del exterior, del mundo, en esos momentos). Wiene convierte el espacio en espejo del alma: la escenografía grita lo que los personajes no dicen.
En la cercana Metrópolis (Fritz Lang, 1927), las arquitecturas monumentales no tienen nada de anecdóticas, sino que constituyen alegorías del poder, como lo son las (un poco más tardías) ligadas a los totalitarismos.
Robert Wiene. El gabinete del Doctor Caligari, 1919
Las exploraciones surrealistas del inconsciente no es difícil hallarlas en Luis Buñuel, Dalí o Lynch; en la escena en el club Silencio de Mulholland Drive, una voz canta sin cuerpo. Colores, luces y sonidos adquieren el poder simbólico del universo y el cine se convierte en un sueño lúcido. Las imágenes en sus filmografías rompen la lógica narrativa, y una simple habitación puede devenir un espacio inquietante.
Otra de las relaciones cinematográfico-pictóricas más fecundas y evidentes la encontramos en Peter Greenaway. Obsesionado con Vermeer y Rembrandt, organiza la imagen con precisión matemática, envolviendo a los personajes en atmósferas íntimas. Suele mantener, además, el eje de la simetría.
Derek Jarman (The last of England, 1987), por su parte, siempre usa paletas puras y Julian Schnabel filmó La escafandra y la mariposa (2007) con la mirada del artista plástico (que es).
Derek Jarman. The last of England, 1987
El cine puede ser, también, un museo en movimiento. Pasolini, en La Ricotta (1963), reconstruyó imágenes renacentistas en la pantalla; muchas escenas de Melancholia (2011), de Lars von Trier, se inspiran en Friedrich; y también se da una clara conexión estética y filosófica entre el romanticismo y el cine contemporáneo existencial cuando nos habla de belleza y destrucción y sobre las confluencias entre lo interno y lo externo. El paisaje, en ambos casos, se convierte en metáfora del destino y de la conciencia humana.
Godard fue más lejos: en sus films cada plano puede suponer un diálogo con la historia del arte. Pero tenemos que acabar hablando del cine digital: en Loving Vincent (Dorota Kobiela, Hugh Welchman, 2017), el metraje se hace expresión viva de la pintura y cada secuencia reproduce las pinceladas del holandés.
Nunca siempre, ni mucho menos, pero alguna vez que otra daremos con planos cinematográficos que esconden siglos de producción pictórica.
David Lynch. Mulholland Drive, 2001
 
The post Pintura y cine: los artistas que esconden los planos appeared first on masdearte. Información de exposiciones, museos y artistas.