Groypers: a la derecha de la ultraderecha | Marina Lobo en HECD

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On Falling: la alienación laboral tiene su película

Un almacén con la iluminación imprescindible y un piso impersonal de habitaciones alquiladas en el que duermen inquilinos de nacionalidades diversas son, prácticamente, los únicos dos escenarios en que se desarrolla la película On Falling, el primer largometraje (tras algunos cortos) de la joven cineasta de Oporto Laura Carreira. Ésos son también los espacios en los que transcurren casi todas las horas del día en la vida de Aurora, una inmigrante portuguesa en Escocia que trabaja como picker, preparadora de pedidos, junto a un enjambre de empleados de mil orígenes y circunstancias que comparten techo y luz menguante durante muchas horas, pero apenas se conocen de vista.
Las conversaciones entre unos y otros, las de Aurora y las de todos, serán breves, balbuceantes y repetitivas; jamás personales. Diseñadas para salir del paso, se centran en el tiempo, la comida, la última serie; como mucho en algún pequeño favor económico, porque sus jornadas entre estanterías reciben escasa remuneración. El sueño de una de sus compañeras no es una vida de placer: es trabajar sentada.
Si las charlas van más allá de esos detalles, banales y robóticos, pueden entrar en terrenos pedregosos: cuáles son tus aficiones, qué haces por la tarde. La respuesta será amarga a secas (lo normal, equivalente a nada) o humorística y también amarga (hacer la colada).
La ausencia de dramatismo, el hecho de que ni siquiera se tuerzan los gestos en secuencias como las que implican humillaciones de su empresa (chocolatinas a cambio de productividad, solicitud de donaciones para causas medioambientales a quienes no alcanzan un salario digno) o, sobre todo, el suicidio de un compañero sin nombre cuya hazaña en su tiempo libre era, justamente, poner la lavadora subrayan la crudeza de esta película: podemos suponer que un grito de angustia hubiera significado un desahogo, pero nadie aquí se lo concede. Por anestesia o por saberse derrotado, cuando hasta buscar otro empleo requiere de un tiempo que no tienen.
Casi ninguna de las escenas de On Falling es desoladora en sí misma, pero todas lo son por repetición: el drama está en el bucle y en la asepsia con la que es recibido. Cuando se asientan las acciones  que convierten a estos trabajadores en casi máquinas, de personalidad limitada, mantener una conversación fluida equivale a escalar una montaña y Carreira ha sabido retratar con mucho esmero esos ochomiles de la comunicación y el papel del móvil como agujero negro de los escasos huecos libres que las obligaciones dejan.
Todo en On Falling es rutina y anulación de la vida, y todas las ropas y los lugares son metafóricamente grises… hasta que alguien necesita ayuda y encuentra la bondad de los desconocidos, o hasta que la maquinaria, accidentalmente, se detiene.
Carreira emparenta la alienación y la soledad y encuentra en el contacto, en el regreso al bucle de las amistades, la vía de escape. Señala la puerta de salida, pero no afirma ni termina de negar que sea posible. Su primera obra resulta desoladora y preclara, arraigada del todo en nuestra época y en las experiencias de los trabajadores intercambiables. No es la primera vez que este asunto se aborda en el cine reciente (À plein temps, de Éric Gravel; Sorry We Missed You, de Ken Loach), pero sí una de las que más abunda en los efectos personales de la precariedad.

 
 

 
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NUESTROS LIBROS: El país donde florece el limonero. La historia de Italia y sus cítricos

Cuando Guy de Maupassant visitó Palermo la vio como una ciudad “rodeada por una extensión de campos de naranjos que se conoce como la Cuenca de Oro”.
Helena Attlee es experta en jardines, y en los jardines italianos, probablemente una de las especialidades más sugerentes que uno pueda escoger, y a ellos ha dedicado cuatro libros. Hace algo más de una década, sin embargo, decidió salir, sólo parcialmente, de sus límites para brindar otro ensayo – la denominación se queda corta- a frutas a través de las cuales sería posible hacer una aproximación válida a la historia de ese país, y en general del arco mediterráneo: los cítricos.
Nos atrevemos a decir que nos hizo un regalo: su libro proporciona un número indefinido de hallazgos que tienen que ver con el devenir intrincado de limones, naranjas, mandarinas, bergamotas y cidras, nacidas de sus múltiples cruces; con su consideración social, económica, medicinal y también artística a lo largo de los siglos; con las recetas que nutren y aromatizan; con la mafia, los perfumes y la codicia.
Un mapa de Italia al inicio de su libro, publicado por Acantilado, nos desvela su geografía como quizá no la habíamos pensado, en alternancia de montañas y cítricos, y a Sicilia como patria de sanguinas -hay quien dice que su color tiene que ver con la cercanía al Etna; evidentemente no es cierto, pero nada nos impide seguir imaginándolo así-.
Tras esos mapas nos espera un viaje geográfico desde el lago de Garda a la Conca d´Oro siciliana; uno histórico, desde la llegada a Europa del cidro desde Asia y de la naranja amarga, traída al sur de nuestro continente por los árabes; un viaje cultural, de las impresiones de Maupassant o Goethe hasta las fiestas populares; y otro gastronómico, porque en algunas ocasiones Attlee aporta recetas y consejos para llevarlas a término.
Los limones, antídoto contra el escorbuto y fruto del sol, la luz y la calidez mediterránea, se convierten en el libro en emblema de una cultura y una forma de entender, no sólo la cocina, sino la vida y el arte: una que permite aún incorporar un matiz entre el ácido y el dulce y que aprovecha incluso el albedo, esa parte blanca de estas frutas, más amarga que el resto si no se le añade azúcar, cuyo consumo ofrece beneficios múltiples y se demanda en la alta hostelería.
Esta autora británica escribe desde el entusiasmo y una evidente fascinación por Italia (que no extiende a sus países cercanos, nuestra fruta y nuestra historia compartida tienden a salir mal paradas) y sabe transmitir al lector el pequeño milagro que implica el crecimiento de un ejemplar maduro y la historia de la que deriva: por qué crece donde crece, cómo se regó y se riega, qué tipo de corte favorece su sabor y quién la ansió.
No lo logra sola, sino charlando con quien vive y trabaja en torno al cítrico: propietarios de viveros y granjas (sus grandes extensiones pertenecen, sobre todo ya, a familias de apellidos con raigambre que pueden asumir sus costes), dueños de restaurantes o profesionales de centros de arte, porque limones, naranjas y cidras también han sido pintados y esculpidos -en el primer caso, no sólo en bodegones- y ocupan su lugar en la historia del paisajismo.
El de Attlee es un libro apetitoso, en todos los sentidos.
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Por qué Arabia Saudita firmó un pacto de defensa con Pakistán

Al firmar el pacto de defensa, Arabia Saudí ha obtenido un paraguas nuclear sin infringir las normas de no proliferación, mientras que Pakistán ha conseguido el mayor financiador de Oriente Medio sin las restricciones fiscales del FMI. #arábiasaudita #pakistan #historiageopolitica
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Del cielo a la canilla: la ruta del agua en el Chaco

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¿Dónde va el agua que cae del cielo? La respuesta, por fin, tiene rostro de esperanza en el Chaco paraguayo. Mediante el trabajo en equipo, la consulta previa con las comunidades y una red de alianzas estratégicas, hoy es realidad un sistema que garantiza acceso a agua potable durante todo el año.

 

*Por Noelia Díaz Esquivel

 

¿Qué pasa con el agua de lluvia? La pregunta suena a misterio, a plegaria y a milagro. En el Chaco paraguayo —ese territorio semiárido donde la vida se abre paso en condiciones extremas—, la respuesta durante décadas fue desoladora: el agua caía, corría, se evaporaba… las comunidades quedaban sedientas, no por castigo divino, sino por un histórico abandono estatal.

 

Millones de guaraníes de fondos públicos se gastaron en proyectos que nunca funcionaron. Promesas que se evaporaron como el agua misma. La sed y la sequía se repetían cada año por cinco o seis meses, como una condena. Entonces, entre la desesperanza, un grupo de soñadores se preguntó ¿y si el agua del cielo pudiera guardarse en la tierra para sostener la vida todo el año?

 

Luego de numerosas pruebas y aprendiendo de cada experiencia desarrollada tanto a nivel nacional como en otros países que atraviesan la misma problemática, nació la idea de desarrollar un sistema de macrocaptación de agua de lluvia, pensado desde la naturaleza y con la gente como protagonista.

 

Toma área de la comunidad Cucaani, en Carmelo Peralta, donde está ubicada una de la plantas del sistema de macrocaptación. Fotografía: gentiliza PCI:

 

De la idea al proyecto: cuando la naturaleza inspira

 

La chispa se encendió en 2019, cuando la organización Pro Comunidades Indígenas (PCI), con más de 30 años de trabajo en el Chaco, propuso al Servicio Nacional de Saneamiento Ambiental (SENASA) explorar una solución distinta. 

 

“La propuesta comenzó en 2019, pero recién se efectivizó en abril de 2020, justo cuando arrancaba la pandemia. Igual nos movimos, casa por casa, para consultar a las comunidades. Dos problemas se repetían: la falta de agua en la sequía y que los sistemas instalados no daban abasto. Además, eran proyectos pensados sin la gente”, recuerda Carlos Giesbrecht, referente del proceso.

 

Carlos Giesbrecht, coordinador del proyecto. Fotografía: Leo De Blas.

 

Inspirados en reservorios usados en la producción ganadera, surgió otra pregunta: ¿por qué no aplicar lo mismo para el consumo humano? Parecía un sueño lejano, pero el tiempo y la terquedad lo acercaron a la realidad.

 

El sistema se diseñó de manera sencilla y ecológica: el agua de lluvia se capta, filtra con piedra, grava, arena y carbón, y luego se clora para garantizar seguridad microbiológica. Todo por gravedad, sin grandes dependencias tecnológicas. Un invento adaptado al Chaco y mucho más económico que los megaproyectos estatales que fracasaron.

 

En esta imagen se observan los filtros por los cuales pasa el agua captada en temporada de lluvias. Esta planta esta ubicada en la comunidad Emaus, Chaco paraguayo. Fotografía: Leo De Blas.

 

La captación, entonces, solucionaba el primer problema. Pero para el consumo humano es necesario pasar por otros procesos de filtrado y purificación. Nacía otro desafío ¿cómo desarrollar un sistema amigable, sostenible y asequible para las comunidades?

 

Ciencia práctica y manos comunitarias

 

Fulgencio Mendez, como ingeniero empírico, hizo la primera prueba en una simple damajuana, colocando capas de grava y arena. El agua se filtró. Y ahí comenzó la certeza de que funcionaría en grande.

 

Fulgencio Méndez, principal impulsor del proyecto sistema de agua basado en la naturaleza. Fotografía: Diego Salazar.

 

Las comunidades de Cucaani y Guida Ichái, en Carmelo Peralta, fueron las primeras en tener plantas piloto. No fue un proyecto impuesto, sino construido con la gente: hombres y mujeres participaron en la obra, aprendieron el manejo y se organizaron en consejos de agua para garantizar el mantenimiento.

 

“Participo en el mantenimiento, ayudo a mi marido a limpiar. Ahora todo está mejor. Antes tomábamos agua cruda del río, ahora ya es agua filtrada y clorada. Eso es salud, sobre todo para los niños”, lo resume con sencillez Sonia Quena Dosapei, pobladora de Cucaani.

 

Sonia Quena Dosapei, pobladora de Cucaani. Fotografía: gentileza PCI.

 

La fuerza de las alianzas

 

La innovación generó resistencias. “Muchos pensaban que iba a ser un elefante blanco”, recuerda Giesbrecht. Pero la directora de SENASA en ese entonces entendió el valor de la propuesta. Aun así, costó convencer a los financiadores: estaban acostumbrados a presupuestos millonarios, no a soluciones baratas y efectivas.

 

Finalmente, el apoyo llegó de la mano de alianzas público-privadas: SENASA, PCI, empresas como COITEA, y más tarde el proyecto Voces para la Acción Climática Justa (VAC). El trabajo en conjunto permitió no solo instalar los sistemas, sino también formar capacidades locales y generar confianza en las comunidades.

 

Hoy hay cuatro plantas de macrocaptación operativas: dos en Laguna Negra, que abastecen a 15 comunidades (1517 personas), y dos en La Patria, que benefician a 18 comunidades (2329 personas). En total, casi 4000 latinos e indígenas tienen acceso a agua potable de lluvia durante todo el año.

 

Un cambio que se siente

 

Fulgencio Quencho Méndez, técnico del proyecto, explica:

 

“Succionamos agua del río con bomba, pasa por un prefiltro y luego por filtros de piedra, arena y carbón. Todo funciona por gravedad, cae a un reservorio enterrado, y desde allí se eleva a un tanque con cloro para distribuir en cada canilla. Es un sistema sencillo, pero eficaz”.

 

En los lugares donde no existe un río cercano, el sistema de filtrado se adapta al territorio: el agua de lluvia se recoge en extensiones de tierra especialmente cercadas, con canales que concentran y conducen el líquido hasta caños. Luego el agua pasa a una pileta protegida con una malla especial para filtrar impurezas grandes, antes de ingresar al sistema de grava, arena y carbón. Así, lo que antes se perdía en el suelo árido, hoy se guarda y se transforma en agua segura que llega directamente a las casas.

 

Esta es la pileta a la cual llega el agua de lluvia que se recoge en extensiones de tierra especialmente cercadas, con canales que concentran y conducen el líquido hasta caños. Fotografía: Leo De Blas.

 

El secreto está en su diseño: tecnología apropiada, bajo costo, fácil de mantener y respetuosa con la naturaleza. Y lo más importante: es manejada por las propias comunidades.

 

“Siempre quise que mi hijo tomara agua potable, y ahora eso me hace tan feliz. Cuando falta energía usamos generador, pero ya no necesitamos volver al río”, cuenta con emoción Elías Posoraja, presidente del consejo de agua de Guida Ichái. 

 

La diferencia en la vida cotidiana es enorme. Nelio Ramón Añasco, encargado de mantenimiento de la planta ubicada en la comunidad Emaus, asegura: “Controlamos todos los días que el sistema funcione. Gracias a Dios nunca falló. Y lo mejor es que nosotros mismos usamos esta agua. Tomamos con tranquilidad, sabiendo que está segura”.

 

Nelio Ramón Añasco, encargado de mantenimiento de la planta ubicada en la comunidad Emaus, Chaco paraguayo. Fotografía: Leo De Blas.

 

El agua dejó de ser un privilegio incierto para convertirse en un derecho tangible y el proyecto VAC fue clave para que la macrocaptación dejara de ser un experimento aislado. En ese sentido, apoyó la construcción de una planta demostrativa en Remansito, que permitió mostrar el sistema a técnicos, autoridades y financiadores sin necesidad de viajar hasta el Chaco profundo. Esa visibilización abrió puertas y sumó voluntades.

 

 

Además, VAC cooperó con fondos para hacer posible el intercambio de saberes y el enfoque de justicia climática: traslados para escuchar a las comunidades, respetar sus decisiones y poner en el centro la sostenibilidad ambiental.

 

Gotas de esperanza

 

En el Chaco, cada gota de agua es vida. Por eso este proyecto no es solo una obra técnica: es una historia de dignidad colectiva.

 

Agua segura y asequible durante todo el año. Fotografía: Leo De Blas.

 

El agua de lluvia, antes desperdiciada, ahora se convierte en símbolo de resistencia y futuro. Las comunidades ya no esperan milagros: construyen su propio camino con alianzas, ciencia práctica y compromiso.

 

La esperanza fluye en cada canilla abierta, en cada niño y niña que bebe sin miedo. Y aunque queda mucho por hacer para llegar a todas las comunidades chaqueñas, este es el comienzo de una transformación posible.

 

 

 

 

 

*Edición: Mónica Bareiro @monibareiro

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*𝘌𝘴𝘵𝘦 𝘮𝘢𝘵𝘦𝘳𝘪𝘢𝘭 𝘧𝘶𝘦 𝘱𝘳𝘰𝘥𝘶𝘤𝘪𝘥𝘰 𝘦𝘯 𝘦𝘭 𝘮𝘢𝘳𝘤𝘰 𝘥𝘦𝘭 𝘱𝘳𝘰𝘨𝘳𝘢𝘮𝘢 𝘝𝘰𝘤𝘦𝘴 𝘱𝘢𝘳𝘢 𝘭𝘢 𝘈𝘤𝘤𝘪ó𝘯 𝘊𝘭𝘪𝘮á𝘵𝘪𝘤𝘢 𝘑𝘶𝘴𝘵𝘢 (𝘝𝘈𝘊), 𝘪𝘮𝘱𝘭𝘦𝘮𝘦𝘯𝘵𝘢𝘥𝘰 𝘦𝘯 𝘗𝘢𝘳𝘢𝘨𝘶𝘢𝘺 𝘱𝘰𝘳 𝘞𝘞𝘍-𝘗𝘢𝘳𝘢𝘨𝘶𝘢𝘺 𝘺 𝘍𝘶𝘯𝘥𝘢𝘤𝘪ó𝘯 𝘈𝘷𝘪𝘯𝘢.⁣⁣⁣⁣⁣⁣⁣⁣⁣


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