Del TRUQUI de MIGUEL ÁNGEL RODRÍGUEZ a la operación KITCHEN: ¿el PP presume de limpieza?

Si fuera un personaje de ficción, Miguel Ángel Rodríguez sería una mezcla entre villano de culebrón latino y secundario de Torrente. Y aun así, el guionista tendría que rebajarle un poco el octanaje porque nadie se creería a un tipo que amenaza a periodistas, revienta cualquier noción básica de respeto institucional y parece enterarse de algunas decisiones judiciales antes que los propios afectados. Pero MAR es completamente real y lleva mucho tiempo demostrando que el esperpento en España no necesita guionistas.

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Conversar no es inocente: poder, escucha y feminismo

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*Por Clemen Bareiro Gaona

Hay una pregunta que incomoda porque nos devuelve el espejo: ¿Cómo conversamos las feministas?

No como ejercicio de estilo ni como gesto de corrección política, sino como práctica profundamente política. Porque no alcanza con estar – ni con sumar voces- si los modos de decir, de escuchar y de disputar siguen organizados por la misma gramática del poder que decimos combatir.

Sabemos que el problema no es únicamente la exclusión de las mujeres, sino la persistencia de un sistema que ordena jerarquías, silencios y legitimidades: heteropatriarcal, capitalista, colonial. Un sistema que también se filtra en nuestros espacios, en nuestras formas de interrumpir, de validar, de traducir, de representar. Por eso, un feminismo que excluye -aunque lo haga en nombre de la justicia – corre el riesgo de reproducir aquello que denuncia.

Como plantea Sara Ahmed, el feminismo es una práctica cotidiana que exige trabajo sobre una misma y sobre los vínculos: “El feminismo es tarea” (Ahmed, 20221, p.21). No es solo una teoría que se enuncia hacia afuera, sino un ejercicio persistente de revisión. Esa tarea incluye preguntarnos: ¿a quién dejamos hablando sola en nuestras conversaciones? ¿Qué cuerpos y saberes quedan como “ruído” o como pie de página? En esa misma línea, Ahmed insiste: “Ser feminista es arruinar la felicidad” (Ahmed,2021, p.85), es decir, incomodar los consensos que se sostienen sobre exclusiones. Pero esa incomodidad no puede dirigirse únicamente hacia afuera: también debe atravesar nuestras propias prácticas.

Pero esa tarea, vivida, también pesa. A veces se repite como un mantra que se agota en sí mismo: trabajo, trabajo, trabajo. Trabajo de explicar, de traducir, de sostener vínculos que el sistema empuja al desgaste. Esa fatiga no es accidental: forma parte del modo en que el patriarcado y el capitalismo administran nuestras energías, llevándonos a optar – casi sin darnos cuenta – por el atajo del individualismo. Nombrar esto no es claudicar; es reconocer las condiciones materiales en las que intentamos conversar.

En esa misma línea, Rita Segato advierte que habitamos un mundo donde se aprende a desensibilizarse frente al otro: “Las pedagogías de la crueldad enseñan a transformar lo vivo y su vitalidad en cosas” (Segato, 2018, p. 13). Cuando nuestras conversaciones se vuelven campos de disputa donde importa más vencer que comprender, corremos el riesgo de reproducir esas pedagogías: jerarquizando quién habla mejor, quién tiene la cita más legítima, quién ocupa el centro de la escena. Allí donde el lenguaje se vuelve instrumento de dominio, la conversación deja de ser un espacio político para convertirse en reproducción de la violencia.

Conversar, entonces, no es un acto neutral. Es una forma de organización del mundo. Y ahí, como sugiere Daniela Losiggio, la política se juega en la aparición de nuevas voces: “La política comienza cuando aparece la voz de quienes no tenían parte en el reparto de lo sensible” (Losiggio, 2020,p. 45). La conversación feminista no puede limitarse a ampliar el coro si no revisa también como se distribuyen los lugares de enunciación, quién traduce a quién, quién legitima a quién.

Tal vez se trate de aprender a habitar la incomodidad sin convertirla en violencia. De sostener el desacuerdo sin cancelar la posibilidad de vínculo. De reconocer que no todas llegamos desde el mismo lulgar ni con las mismas palabras, pero que eso no puede ser excusa para la traducción forzada ni para el silenciamiento.

Un feminismo que conversa de otro modo no busca consenso permanente, pero tampoco celebra la fragmentación como destino. Ensaya, más bien, una ética de la escucha situada: una disposición a dejarse afectar, a revisar las propias certezas, a no ocupar todo el espacio.

Y aun así, hay algo que no termina de cerrar. ¿Por qué a veces, entre nosotras, tampoco nos entendemos? ¿Por qué la sensación de estar hablando de lo mismo no se traduce en encuentro? ¿Cómo evitamos repetirnos? ¿Cómo logramos escucharnos? La pregunta no es retórica: aparece en cada reunión que termina en cansancio, en cada hilo de mensajes que se enreda, en cada espacio donde una se descubre pensando “no sé comunicarme”. Quizás no se trate solo de cómo hablamos, sino de qué condiciones nos damos – de tiempo, de cuerpo presente, de confianza – para que la conversación deje de ser perfomance y vuelva a ser encuentro.

Hablar de cómo conversamos las feministas también implica asumir un posicionamiento ético y político frente a la no discriminación. Porque cuando decimos feminismo, no hablamos de una identidad cerrada ni de un espacio homogéneo, sino de una apuesta radical por la inclusión de las diferencias. Un feminismo que no puede permitirse excluir sin contradecirse, que no puede reproducir jerarquías sin debilitar su propia promesa.

En ese sentido, la conversación feminista no es solo una práctica discursiva: es también una práctica económica, social y política. Porque no habrá un nuevo mundo posible sin nosotras, pero tampoco lo habrá si no transformamos las relaciones que sostienen las múltiples opresiones. Las formas en que hablamos, escuchamos y nos vinculamos son parte de esas estructuras. Y por eso, también son parte de su transformación.

Quizás, entonces, la conversación feminista también pueda pensarse desde el ñe’ē de nuestras abuelas, no solo como palabra dicha, sino como palabra que germina, que tiene raiz y dirección. No toda palabra es semilla. Algunas repiten, ordenan, clausuran. Otras, en cambio, abren.

Hablar entre nosotras podría ser eso: no una acumulación de voces, sino un tejido donde la palabra no se impone, sino que se siembra. Donde escuchar no es esperar turno, sino dejarse afectar. Donde disentir no es expulsar, sino transformar.

Si el sistema que enfrentamos convierte la palabra en herramienta de dominio, tal vez el desafío sea volverla territorio de cuidado y de creación. Un espacio donde la voz no compita por existir, sino que encuentre condiciones para florecer.

Porque en cada conversación también se ensaya un mundo. Y en cada palabra, si logra ser semilla, hay una posibilidad de no repetirlo.

 

 

 

  • Ahmed, S. (2021). Vivir una vida feminista (trad. al español). Buenos Aires: Caja Negra.

•      Segato, R. L. (2018). Contra-pedagogías de la crueldad. Buenos Aires: Prometeo Libros.

•      Losiggio, D. (2020). La razón feminista: Políticas de la calle, pluralismo y articulación. Buenos Aires: Tinta Limón.

 

 

 


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Karim Noureldin y la superficie no superficial

La primera muestra en España del artista suizo Karim Noureldin acaba de abrir sus puertas en la galería Elba Benítez de Madrid. Trabajando con superficies bidimensionales y tridimensionales y con una interacción minuciosa del color, la línea y la forma, viene empeñándose en la disolución de fronteras entre diseño, artesanía y artes plásticas y en la creación de objetos autónomos y entornos inmersivos.
Su exposición se titula “Brea”, puede verse hasta julio y supone para Noureldin un nuevo capítulo en ese anhelo de recuperar la unidad de lo que un día fue conjunto: esas diferentes disciplinas. Veremos dibujos sobre papel, lámparas colgantes pintadas manualmente, textiles de suelo y una intervención site-specific; trabajos en los que ha aplicado con ligereza el color atendiendo a patrones geométricos y generando experiencias perceptivas a pequeña y a gran escala.
Compila este autor superficies pintadas, dibujadas, tejidas e iluminadas que se entrelazan: el tejido evoca el papel y el papel hace lo propio con el tejido; la pared evoca el cristal y el cristal, la pared. De este modo, reivindica que la superficie no es superficial: unas y otras convergen, dentro y entre las obras expuestas, para dar lugar a una espacialidad paradójica que no distingue entre exterior e interior.

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Jasper Johns, sentimental incluso en el gris

Night Driver es el título que Jasper Johns dio al primer dibujo que, según el mismo explicó, creó basándose en sus sentimientos personales, allá por 1960; también el nombre de la retrospectiva que, desde el 29 de mayo y bajo el comisariado de Enrique Juncosa, el Museo Guggenheim Bilbao brinda a este artista estadounidense, que hizo de la repetición y la destrucción el punto de partida de muchas reflexiones.
Han recalado en Bilbao cerca de centenar y medio de sus trabajos, entre pinturas, esculturas, dibujos, grabados, un libro de artista y una escenografía. Se ha optado por mostrarlos cronológicamente -aunque separando las pinturas y esculturas de sus composiciones sobre papel-, por una razón: Johns regresó una y otra vez a sus motivos, abordándolos paulatinamente desde una mayor complejidad tanto técnica como conceptual.
Nació en 1930 en Augusta, ciudad a la que se atribuyen buenas dosis de encanto sureño, pero apenas superada su veintena se estableció en Nueva York, donde no tardó en entablar amistad con quienes en esos años cincuenta renovaban el arte estadounidense desde la conjunción de la pintura y la escultura, desde el silencio o la danza: nos referimos a Robert Rauschenberg, John Cage o Merce Cunningham.
Tan pronto como en 1954-1955, decidió Johns destruir su producción temprana para trazar la primera bandera de su país; sería el arranque de un extenso conjunto de obras en las que continuamente representó elementos y signos planos: letras, números, dianas y mapas que una y otra vez hemos leído como antecedentes del arte pop, en cuanto que motivos cotidianos y por todos reconocibles. No tardó en alcanzar, con ese material tan aparentemente distante de la imaginación, el éxito: una exposición de estas piezas en la galería de Leo Castelli en 1958 le valió la fama y el MoMA adquirió tres.
En esos mismos años tuvo Johns la oportunidad de conocer a Marcel Duchamp, que sería una figura fundamental en su carrera, por partir de lo dado para construir lo inédito. De este periodo contemplaremos en el Guggenheim Bandera sobre campo naranja, Cajón, Comienzo falso, Diana, Mapa o En memoria de mis sentimientos – Frank O’Hara; esta última imagen, realizada en la primera mitad de los sesenta, supuso en su trayectoria el inicio de una transición desde los temas impersonales a una mayor emocionalidad. Sus grises de este momento no implican frialdad, sino melancolía.
Jasper Johns. Bandera sobre campo naranja, 1957. Museum Ludwig, Colonia. © Jasper Johns, VEGAP, Bilbao, 2026
Jasper Johns. Diana, 1961. The Art Institute of Chicago. Donación de la Edlis Neeson Collection © Jasper Johns, VEGAP, Bilbao, 2026
Jasper Johns. En memoria de mis sentimientos – Frank O’Hara, 1961. Museum of Contemporary Art Chicago. Donación parcial de Apollo Plastics Corporation. Cortesía Stefan T. Edlis y H. Gael Neeson © Jasper Johns, VEGAP, Bilbao, 2026
En paralelo a estas composiciones, entre 1958 y 1961 realizó el de Georgia sus primeras esculturas, elaboradas, como era de esperar, con objetos cotidianos, entre ellos linternas y bombillas que dejaban de proporcionarnos luz para convertirse en enseres a mirar.
Jasper Johns. Linterna III, 1958. Colección del artista.© Jasper Johns, VEGAP, Bilbao, 2026
Avanzando en los años sesenta, comienza a surgir en sus creaciones un camino de abstracción que consolidará más tarde: lo apreciaremos en Bilbao en Estudio (1964), Sin título (1964-1965) y Estudio II (1966), que no abandonan del todo la figuración -podemos reconocer puertas o ventanas, brochas y fregonas-, pero que sobre todo evocan la atmósfera del taller del artista en sus esencias.
Fueron años de proliferación de nuevos temas para Johns: introdujo en sus creaciones la figura humana, el autorretrato o paredes de losas. Veremos en Bilbao Souvenir (1964), un ejemplo de autorretrato que realizó tras un viaje a Japón junto al compositor Toru Takemitsu y para el que imprimió un retrato de fotomatón sobre un plato de cerámica que había comprado, justamente, en una tienda de recuerdos.
Tendrá, igualmente, carácter autobiográfico su serie de los ochenta centrada en las estaciones; para entonces Johns había decidido ya dejarse inspirar casi de forma constante por artistas populares como Munch, Picasso o Frida Kahlo. Entretanto, sus composiciones de los noventa serán un compendio de referentes e intereses anteriores: en Catenarias regresó al gris y a los juegos con el lenguaje, llegó a recrear los planos de la casa de sus abuelos y transformó en bronce los números del 0 al 9.
Jasper Johns. Verano, 1985. The Museum of Modern Art. Donación de Philip Johnson, 1998 © Jasper Johns, VEGAP, Bilbao, 2026
La exposición se cierra con trabajos sobre papel y monotipos. Los primeros no los planteaba Johns como dibujos preparatorios, más bien al contrario: ideaba versiones de sus pinturas previas para probarse técnicamente y dotarlos de nuevos significados.
Llegó a combinar lápiz, carboncillo, pastel, yeso, tinta, bolígrafo, acuarela, collage con papel, objetos o pigmentos metálicos e, incluso, a dibujar sobre plástico, explorando su transparencia y su grado de absorción. En cuanto a sus grabados, menos numerosos en su producción, que no menores, los utilizaba para alterar los colores de imágenes previas y reproducir detalles de obras o fragmentos dispuestos de otra forma.
Culmina el recorrido Foirades/Fizzles (1976), un libro de artista que llevó a cabo con Samuel Beckett en París y que incluye cinco textos del autor irlandés junto a una treintena de grabados de Johns, así como diversos testimonios de su amistad con otros artistas, como dibujos muy pequeños que regaló a Robert Rauschenberg, un dibujo que le ofreció a Richard Serra en intercambio por otro suyo, un peculiar retrato de su adorado Duchamp o, amistades al margen, calcos de Cézanne y De Kooning, dos de sus acicates para reflexionar sobre la imagen y la tradición artística. Fuese creando o destruyendo.
Jasper Johns. Sin título, 1992-1994. The Eli and Edythe L. Broad Collection. © Jasper Johns, VEGAP, Bilbao, 2026
 
 
“Jasper Johns: Night driver”
MUSEO GUGGENHEIM BILBAO
Avenida Abandoibarra, 2
Bilbao
Del 29 de mayo al 12 de octubre de 2026
 
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