Espiritualidad, filosofía, crítica a la religión y a la civilización, asuntos antropológicos, la vinculación con el mundo animal y vegetal, son temas de esta nueva novela del escritor chileno Nicolás…
Si fuera un personaje de ficción, Miguel Ángel Rodríguez sería una mezcla entre villano de culebrón latino y secundario de Torrente. Y aun así, el guionista tendría que rebajarle un poco el octanaje porque nadie se creería a un tipo que amenaza a periodistas, revienta cualquier noción básica de respeto institucional y parece enterarse de algunas decisiones judiciales antes que los propios afectados. Pero MAR es completamente real y lleva mucho tiempo demostrando que el esperpento en España no necesita guionistas.
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Hay una pregunta que incomoda porque nos devuelve el espejo: ¿Cómo conversamos las feministas?
No como ejercicio de estilo ni como gesto de corrección política, sino como práctica profundamente política. Porque no alcanza con estar – ni con sumar voces- si los modos de decir, de escuchar y de disputar siguen organizados por la misma gramática del poder que decimos combatir.
Sabemos que el problema no es únicamente la exclusión de las mujeres, sino la persistencia de un sistema que ordena jerarquías, silencios y legitimidades: heteropatriarcal, capitalista, colonial. Un sistema que también se filtra en nuestros espacios, en nuestras formas de interrumpir, de validar, de traducir, de representar. Por eso, un feminismo que excluye -aunque lo haga en nombre de la justicia – corre el riesgo de reproducir aquello que denuncia.
Como plantea Sara Ahmed, el feminismo es una práctica cotidiana que exige trabajo sobre una misma y sobre los vínculos: “El feminismo es tarea” (Ahmed, 20221, p.21). No es solo una teoría que se enuncia hacia afuera, sino un ejercicio persistente de revisión. Esa tarea incluye preguntarnos: ¿a quién dejamos hablando sola en nuestras conversaciones? ¿Qué cuerpos y saberes quedan como “ruído” o como pie de página? En esa misma línea, Ahmed insiste: “Ser feminista es arruinar la felicidad” (Ahmed,2021, p.85), es decir, incomodar los consensos que se sostienen sobre exclusiones. Pero esa incomodidad no puede dirigirse únicamente hacia afuera: también debe atravesar nuestras propias prácticas.
Pero esa tarea, vivida, también pesa. A veces se repite como un mantra que se agota en sí mismo: trabajo, trabajo, trabajo. Trabajo de explicar, de traducir, de sostener vínculos que el sistema empuja al desgaste. Esa fatiga no es accidental: forma parte del modo en que el patriarcado y el capitalismo administran nuestras energías, llevándonos a optar – casi sin darnos cuenta – por el atajo del individualismo. Nombrar esto no es claudicar; es reconocer las condiciones materiales en las que intentamos conversar.
En esa misma línea, Rita Segato advierte que habitamos un mundo donde se aprende a desensibilizarse frente al otro: “Las pedagogías de la crueldad enseñan a transformar lo vivo y su vitalidad en cosas” (Segato, 2018, p. 13). Cuando nuestras conversaciones se vuelven campos de disputa donde importa más vencer que comprender, corremos el riesgo de reproducir esas pedagogías: jerarquizando quién habla mejor, quién tiene la cita más legítima, quién ocupa el centro de la escena. Allí donde el lenguaje se vuelve instrumento de dominio, la conversación deja de ser un espacio político para convertirse en reproducción de la violencia.
Conversar, entonces, no es un acto neutral. Es una forma de organización del mundo. Y ahí, como sugiere Daniela Losiggio, la política se juega en la aparición de nuevas voces: “La política comienza cuando aparece la voz de quienes no tenían parte en el reparto de lo sensible” (Losiggio, 2020,p. 45). La conversación feminista no puede limitarse a ampliar el coro si no revisa también como se distribuyen los lugares de enunciación, quién traduce a quién, quién legitima a quién.
Tal vez se trate de aprender a habitar la incomodidad sin convertirla en violencia. De sostener el desacuerdo sin cancelar la posibilidad de vínculo. De reconocer que no todas llegamos desde el mismo lulgar ni con las mismas palabras, pero que eso no puede ser excusa para la traducción forzada ni para el silenciamiento.
Un feminismo que conversa de otro modo no busca consenso permanente, pero tampoco celebra la fragmentación como destino. Ensaya, más bien, una ética de la escucha situada: una disposición a dejarse afectar, a revisar las propias certezas, a no ocupar todo el espacio.
Y aun así, hay algo que no termina de cerrar. ¿Por qué a veces, entre nosotras, tampoco nos entendemos? ¿Por qué la sensación de estar hablando de lo mismo no se traduce en encuentro? ¿Cómo evitamos repetirnos? ¿Cómo logramos escucharnos? La pregunta no es retórica: aparece en cada reunión que termina en cansancio, en cada hilo de mensajes que se enreda, en cada espacio donde una se descubre pensando “no sé comunicarme”. Quizás no se trate solo de cómo hablamos, sino de qué condiciones nos damos – de tiempo, de cuerpo presente, de confianza – para que la conversación deje de ser perfomance y vuelva a ser encuentro.
Hablar de cómo conversamos las feministas también implica asumir un posicionamiento ético y político frente a la no discriminación. Porque cuando decimos feminismo, no hablamos de una identidad cerrada ni de un espacio homogéneo, sino de una apuesta radical por la inclusión de las diferencias. Un feminismo que no puede permitirse excluir sin contradecirse, que no puede reproducir jerarquías sin debilitar su propia promesa.
En ese sentido, la conversación feminista no es solo una práctica discursiva: es también una práctica económica, social y política. Porque no habrá un nuevo mundo posible sin nosotras, pero tampoco lo habrá si no transformamos las relaciones que sostienen las múltiples opresiones. Las formas en que hablamos, escuchamos y nos vinculamos son parte de esas estructuras. Y por eso, también son parte de su transformación.
Quizás, entonces, la conversación feminista también pueda pensarse desde el ñe’ē de nuestras abuelas, no solo como palabra dicha, sino como palabra que germina, que tiene raiz y dirección. No toda palabra es semilla. Algunas repiten, ordenan, clausuran. Otras, en cambio, abren.
Hablar entre nosotras podría ser eso: no una acumulación de voces, sino un tejido donde la palabra no se impone, sino que se siembra. Donde escuchar no es esperar turno, sino dejarse afectar. Donde disentir no es expulsar, sino transformar.
Si el sistema que enfrentamos convierte la palabra en herramienta de dominio, tal vez el desafío sea volverla territorio de cuidado y de creación. Un espacio donde la voz no compita por existir, sino que encuentre condiciones para florecer.
Porque en cada conversación también se ensaya un mundo. Y en cada palabra, si logra ser semilla, hay una posibilidad de no repetirlo.
Ahmed, S. (2021). Vivir una vida feminista (trad. al español). Buenos Aires: Caja Negra.
• Segato, R. L. (2018). Contra-pedagogías de la crueldad. Buenos Aires: Prometeo Libros.
• Losiggio, D. (2020). La razón feminista: Políticas de la calle, pluralismo y articulación. Buenos Aires: Tinta Limón.
La primera muestra en España del artista suizo Karim Noureldin acaba de abrir sus puertas en la galería Elba Benítez de Madrid. Trabajando con superficies bidimensionales y tridimensionales y con una interacción minuciosa del color, la línea y la forma, viene empeñándose en la disolución de fronteras entre diseño, artesanía y artes plásticas y en la creación de objetos autónomos y entornos inmersivos.
Su exposición se titula “Brea”, puede verse hasta julio y supone para Noureldin un nuevo capítulo en ese anhelo de recuperar la unidad de lo que un día fue conjunto: esas diferentes disciplinas. Veremos dibujos sobre papel, lámparas colgantes pintadas manualmente, textiles de suelo y una intervención site-specific; trabajos en los que ha aplicado con ligereza el color atendiendo a patrones geométricos y generando experiencias perceptivas a pequeña y a gran escala.
Compila este autor superficies pintadas, dibujadas, tejidas e iluminadas que se entrelazan: el tejido evoca el papel y el papel hace lo propio con el tejido; la pared evoca el cristal y el cristal, la pared. De este modo, reivindica que la superficie no es superficial: unas y otras convergen, dentro y entre las obras expuestas, para dar lugar a una espacialidad paradójica que no distingue entre exterior e interior.
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