En Paraguay, como en muchos lugares del mundo, solemos reducir la política al activismo partidario, a las elecciones o a los nombres de quienes ocupan cargos públicos. Pero lo político es mucho más profundo: atraviesa la vida cotidiana, se filtra en nuestras decisiones diarias y moldea lo que podemos o no podemos ser.
Esta reflexión surgió a partir de una entrevista que escuché en redes sociales, en la cual Nicolás García, actor paraguayo, aseguraba que el arte nada tiene que ver con lo político. Lo confieso: al escuchar eso, me enojé. Tardé en escribir al respecto justamente porque necesitaba procesar ese malestar. Después recordé que no todas las personas pensamos igual, que no todas atravesamos los mismos caminos, y que precisamente por eso debía animarme a poner en palabras mi mirada al respecto.
La educación que recibimos, la salud que se nos garantiza (o se nos niega), las condiciones laborales que aceptamos, el transporte que usamos, el precio de los alimentos que consumimos: todo eso es político. Lo es también la manera en que organizamos la familia, el barrio, la comunidad. Incluso lo que creemos íntimo – nuestras formas de amar, de vestir, de hablar – está atravesado por estructuras de poder y disputas de sentido.
Una organización de vecinos, por ejemplo, puede decidir unirse para reclamar agua potable, gestionar una plaza o resistir un desalojo.
Esas decisiones colectivas chocan con estructuras de poder, con leyes, con intereses económicos. Ahí se vuelve evidente cómo lo político moldea los comportamientos y los horizontes de lo que podemos hacer juntas.
El arte no escapa a esto. Decir que el “arte nada tiene que ver con la política” es desconocer su potencia y es al mismo tiempo una posición política. Cada gesto artístico es un posicionamiento frente al mundo, aunque sea por omisión. El silencio también es un discurso político. Basta recordar como José Asunción Flores creó la guarania como música popular que dignificaba a un pueblo entero o como Carmen Soler convirtió la poesía en trinchera contra la dictadura, o Alberto Rodas quien llenó de contenido social su cancionero y nos regaló el himno “Dónde Están”. O como Rocío Robledo que con sus músicas y su gestión cultural abrió caminos para pensar otras formas de libertad y participación de sus colegas mujeres en el mundo de la música en Paraguay. Cada una de estas personas mencionadas entendió que el arte no podía desvincularse de las luchas de su tiempo.
En un país como Paraguay, negar esta dimensión es seguir negándonos la posibilidad de construir con memoria y libertad una sociedad que ha sido lastimada y castigada por demasiado tiempo de represiones, son prácticas que arrastramos desde la dictadura y que, aunque queramos ignorarlo, siguen vigentes hasta hoy.
La política no se agota en los partidos, pero tampoco se limita a los grandes debates institucionales. Está en la cocina colectiva, en la feria campesina, en el mural pintado en los barrios, en la decisión de programar una obra en guaraní o de abrir un centro cultural comunitario. Reconocerlo es un paso necesario para no caer en la trampa de creer que “lo político” solo existe cada cinco años en una urna electoral.
Lo político está en todo lo que vivimos. Y entenderlo así nos devuelve la posibilidad de transformar no solo las instituciones, sino también la vida misma. Asumir que todo es político no significa perder la belleza de las cosas, sino al contrario: ver que lo cotidiano, lo artístico y lo colectivo son campos de transformación. Y que en cada gesto – al cantar, crear, actuar, cocinar, enseñar o resistir – también estamos disputando el sentido de la vida en común.
Una primera toma de Alguien voló sobre el nido del cuco parece anticipar una historia romántica: vemos colinas suaves iluminadas por el sol del amanecer y reflejadas en la superficie ondulante del agua, todo ello al son de una música apacible. Hacia este escenario se dirige el gigantesco jefe indio Bromden (Will Sampson), en el desenlace de la película de Milos Forman, cuando arranca de su base una toma de agua del baño, rompe la ventana y huye del psiquiátrico en el que se encuentra interno, hacia la libertad.
Entre una secuencia y otra, el director checo desarrolla una parábola de más de dos horas en torno a la vida, la muerte, la presión del individuo por ser aceptado en un sistema estrecho de miras y la (super)vivencia vegetativa en los manicomios a la antigua usanza.
En uno de ellos, una casa con rejas en sus ventanas para prevenir precisamente escapadas, ingresa Randle P. McMurphy (Jack Nicholson), un delincuente condenado por violencia y violación del que se sospecha que finge estar loco para librarse de las labores duras que se le encargan en un campamento penitenciario. En realidad, al poco de su ingreso, el espectador sabrá que este individuo es el único de los allí encerrados con la fantasía suficiente para hacer frente al aburrimiento y la parálisis que dominan el lugar.
Ésa es, justamente, la razón de sus peleas con la enfermera encargada Ratched (Louise Fletcher), que parece desear que los días de los pacientes sean tan vacíos e insulsos como sea posible: el recién llegado trata de ir minando su autoridad paulatinamente, primero cuestionando esas rutinas y después con acciones mayores, como una escapada de pesca.
Mientras el resto de internos, gracias a esas actividades, ven crecer su autoestima, el público comienza a no dudar de lo represivo y estricto del régimen del centro, cuyo funcionamiento se disfraza de democracia. Sin embargo, entender esta obra, que cumple medio siglo, como una crítica de la psiquiatría tal como se ejercía en los setenta sería restar valor al film, que va más allá: Forman formula una alegoría del poder y la sumisión, la servidumbre elegida; en una de las escenas fundamentales, de hecho, se evidencia que la mayoría de los pacientes se encuentra en esa clínica por decisión propia, “voluntariamente” sometidos a la humillación diaria. En contraste con esa actitud, cuando McMurphy intenta romper el hidrante del baño sin éxito, comenta sin resignación: Por lo menos lo he intentado.
Despreciando la seriedad de la situación en que todos se encuentran, el personaje de Nicholson imagina que forma parte de un juego hasta que ya es tarde para salir de él: hacia el final del metraje tiene la oportunidad de escapar, porque la ventana está abierta; la cámara enfoca su rostro detenidamente… hasta que sonríe y decide quedarse.
La partida continúa aún, aunque no será por mucho tiempo. Y la violencia psíquica y física ejercida por el centro hacia los pacientes que se rebelan va en aumento, hasta el punto de que McMurphy es sometido a una lobotomía que lo convierte en un ser sin vida de sonrisa inocente. El jefe indio decide entonces asesinarlo y finalizar él mismo la labor que aquel se había propuesto.
Forman, que antes de Alguien voló sobre el nido del cuco se había consolidado como cineasta en el marco de la Nueva Ola checa de los sesenta, con trabajos que retrataban desde la ironía la vida cotidiana, adaptó para esta obra una novela de Ken Kesey, que narró la trama desde el punto de vista de Bromden. El director rehizo el texto según sus propias preferencias, conjugando el entretenimiento y el potencial crítico. La puesta en escena importa poco, porque el peso queda en manos de los actores: un Nicholson dionisiaco, una Fletcher amablemente hipócrita y un Sampson estoico que experimenta una valiosa transformación, de la introversión casi absoluta a la (aprendida) rebeldía activa.
Éste fue, por cierto, el primer gran papel del primero, aquel en el que demostraría el poder de su gestualidad violenta. Cinco años después llegaría El resplandor y, una década más tarde, El honor de los Prizzi.
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Apple TV+ ha dado luz verde a una nueva etapa para su gran saga de ciencia ficción: Fundación contará con temporada 4. El anuncio se ha realizado a las puertas del desenlace de la tercera entrega, una maniobra que despeja cualquier duda sobre su continuidad y que mantiene a la serie entre las prioridades del servicio.
La confirmación llega tras semanas de rumores y en medio de un arco argumental intenso en pantalla, con El Mulo sacudiendo los cimientos del Imperio y de las dos Fundaciones. El movimiento refuerza la apuesta de Apple por el género, pese a un curso marcado por cambios internos y un seguimiento que, sin ser discreto, ha tenido altibajos.
Qué ha comunicado Apple TV+
La plataforma ha oficializado la renovación y ha destacado el alcance internacional del título. Desde la jefatura de programación, Matt Cherniss subrayó que la serie no deja de crecer con cada tanda de episodios gracias a su narrativa ambiciosa y al trabajo conjunto de su equipo y elenco. El mensaje es claro: Apple confía en la marca Fundación y en su capacidad para seguir ampliando el universo televisivo que arrancó en 2021.
Relevo en el equipo creativo
La cuarta temporada llegará con cambio de timón. David S. Goyer, cocreador y showrunner, abandonó el puesto durante la producción de la T3 por diferencias presupuestarias. El testigo lo toman Ian Goldberg y David Kob como co-showrunners, quienes pilotarán la nueva etapa y firman también como productores ejecutivos junto a Bill Bost, Lee Pace, Michael Satrazemis, Robyn Asimov y el propio Goyer. La intención declarada es mantener la línea épica y emocional que ha definido la serie hasta ahora.
Calendario de rodaje y ventana de estreno
Con la sala de guionistas puesta en marcha, el plan que maneja la compañía es iniciar la producción a comienzos de 2026. Si no hay tropiezos, la ventana más probable para ver los nuevos episodios se situaría a finales de ese mismo año. Se trata de una obra de gran escala —con rodajes complejos y efectos de alto nivel—, por lo que los plazos dependerán de cómo avance la preproducción.
El punto en el que está la historia
La T3 ha escalado el conflicto con la irrupción de El Mulo, antagonista que amenaza la galaxia con ejército y control mental. Sin destripar el episodio final, el capítulo titulado “La oscuridad” sitúa a la Segunda Fundación y a Gaal Dornick frente a un choque decisivo mientras el legado de los Cleón sufre un revés importante.
En el reparto, Pilou Asbæk encarna al Mulo y se mantienen como caras principales Jared Harris, Lee Pace y Lou Llobell. A su alrededor orbitan nombres como Laura Birn, Cassian Bilton, Terrence Mann, Rowena King y, en esta etapa reciente, Cherry Jones, Alexander Siddig, Troy Kotsur, Brandon P. Bell, Synnøve Karlsen, Cody Fern y Tómas Lemarquis. Un elenco amplio para un tablero intergaláctico que no deja de moverse.
Recepción y encaje en la estrategia de Apple
La acogida crítica ha sido positiva, aunque más contenida en la tercera tanda: la T2 llegó a rozar el 100% en Rotten Tomatoes, mientras que la T3 se mueve en torno al 70% según cifras citadas por Variety. En cualquier caso, Apple mantiene la fe en un título que se ha convertido en su estándar de ciencia ficción de prestigio, al lado de otras apuestas del servicio.
Qué podemos esperar de la nueva temporada
Por ahora, no hay sinopsis oficial de la T4. Lo que sí han trasladado los nuevos responsables es su intención de proseguir con una narrativa de gran escala, centrada tanto en la construcción de mundos como en el desarrollo emocional de sus protagonistas. Con el relevo ya asentado y la sala de guionistas en marcha, la próxima temporada debería perfilar nuevas alianzas, fracturas y desafíos que den continuidad al arco abierto por El Mulo.
Con la renovación ya sobre la mesa, Fundación encara su cuarta temporada con equipo creativo renovado, calendario orientado a 2026 y una trama que ha subido un peldaño en ambición. La combinación de cambio de mando, momentum narrativo y respaldo de Apple sitúa a la serie en una posición sólida para seguir expandiendo el universo ideado a partir de Asimov.
El escritor italiano Stefano Benni ha fallecido en Bolonia a los 78 años tras una enfermedad que lo mantuvo alejado de la vida pública en los últimos tiempos. Considerado uno de los grandes satíricos de su país, dejó una obra torrencial que unió carcajada y pensamiento crítico, delirio imaginativo y mirada cívica.
Su literatura, reconocible por una mezcla única de humor, fábula y sátira social, conquistó a generaciones de lectores y se tradujo a numerosos idiomas. La noticia de su muerte ha provocado un reguero de despedidas y relecturas, con un gesto compartido: recordarlo a través de sus páginas, como él mismo habría querido.
Una despedida en su ciudad
Benni murió en su ciudad natal, Bolonia, donde transcurrió buena parte de su vida y de su trayectoria pública. Llevaba años retirado a causa de una dolencia que llegó a dificultarle el habla, sin apagarse por ello el ingenio que lo hizo célebre.
Fue su familia quien hizo llegar el mensaje más fiel a su espíritu: en lugar de homenajes solemnes, propuso leer sus historias en voz alta y compartirlas con amigos y seres queridos, un ritual que el propio autor practicaba con músicos y actores.
Su editorial y numerosos referentes culturales italianos resaltaron su papel como pluma libre y heterodoxa, capaz de desmontar la retórica con ironía y ternura. En Bolonia y otras ciudades se suceden lecturas públicas y encuentros en su memoria.
Hace apenas unos meses, una maratón de lecturas de Stranalandia volvió a poner en primer plano sus criaturas fantásticas, prueba de que su universo sigue latiendo en la imaginación colectiva.
Del Bar Sport a un universo propio
El debut en librerías llegó en 1976 con Bar Sport, una radiografía cómica del bar de provincia convertido en microcosmos nacional. Aquel volumen instauró expresiones y escenas que hoy forman parte del habla cotidiana, como la mítica “Luisona” del escaparate, y abrió a Benni las puertas de un público masivo.
Desde entonces, el autor levantó un mapa literario personalísimo: Terra! (1983) imaginó un apocalipsis de ciencia ficción tan disparatado como premonitorio; Stranalandia (1984) pobló una isla de animales imposibles; Comici spaventati guerrieri (1986) hibridó novela de barrio, aventura y sátira; La compagnia dei Celestini (1992) retrató a niños rebeldes en un país paródico.
En paralelo, el café sumergido de Il bar sotto il mare (1987) se transformó en teatro coral de relatos, mientras Elianto (1996) afianzaba su marca de fantasía crítica y compasión por los perdedores. La etiqueta “benniano” no tardó en asociarse a neologismos, travesuras lingüísticas y una imaginación sin bridas.
Sus libros sumaron millones de lectores y traducciones a más de treinta idiomas, y varias obras dieron el salto a otros formatos: en 2011, Massimo Martelli llevó al cine Bar Sport, con Claudio Bisio en el reparto.
Humor, lenguaje y compromiso
Benni sostuvo siempre que la risa no es evasión: bajo el disparate, latía una ética de la mirada y una crítica a las hipocresías públicas y privadas. Su escritura, tragicómica y lúdica, alternaba golpes del absurdo con destellos melancólicos y ternura humana.
Entre sus afinidades literarias mencionaba a T. S. Eliot y Edgar Allan Poe, y admiraba el genio anticipador de Samuel Beckett y Stanley Kubrick. Ese cruce de tradición y vanguardia nutrió un estilo capaz de ser popular sin renunciar a la ambición artística.
Benni disfrutó como pocos del juego del idioma: parodias, retruécanos, palabras inventadas y ritmos de jazz fueron su caja de herramientas para ampliar lo decible y desmontar solemnidades.
En entrevistas solía repetir que el sentido del humor le había salvado más de una vez. En sus páginas, la ironía se vuelve mecanismo de resistencia ante el dogma y el desánimo, y una invitación constante a no dejar de imaginar.
Periodismo, escenario y pantalla
Antes de la narrativa, Benni se fogueó en la prensa y las revistas satíricas. Escribió en Il Manifesto, L’Espresso, Panorama o La Repubblica, y colaboró con cabeceras de cultura popular como Linus y Il Mago, además de los semanarios Cuore y Tango. Aquella escuela periodística afiló su colmillo satírico.
En las tablas y la música firmó monólogos y piezas teatrales, y se alió con artistas como el jazzista Umberto Petrin en el proyecto Misterioso, inspirado en Thelonious Monk. Su curiosidad creativa lo llevó a saltar de género en género con naturalidad.
También dejó huella en el cine: fue guionista de Topo Galileo (1987) y codirigió Musica per vecchi animali (1989), con Dario Fo y Paolo Rossi. Décadas después, apareció en la adaptación fílmica de Bar Sport. Su relación con Beppe Grillo en los inicios del comediante sumó capítulos memorables.
Su figura fue retratada en el documental Le avventure del Lupo (2018), que repasa la trayectoria casi verdadera del autor y su leyenda personal.
“Il Lupo”: orígenes y carácter
Nacido el 12 de agosto de 1947, creció entre la ciudad y los montes Apeninos. La construcción de la Autostrada del Sole, que arrasó su casa de infancia, marcó su desconfianza hacia las instituciones y su inclinación por los márgenes.
De aquellos años procede su apodo, “Il Lupo”: independencia a ultranza, noches de aullidos con perros, rebeldía y pudor en torno a su vida privada. Él mismo admitía que parte de su biografía era inventada, un juego protector frente al escaparate público.
Su activismo tomó formas diversas: el Grupo Lobo impulsó becas para jóvenes inmigrantes; con Altan y Pietro Perotti participó en el Museo de las Criaturas Imaginarias; y defendió con insistencia la escuela pública y la cultura como bien común.
Quienes trabajaron con él recuerdan un autor severo con su propio texto y generoso con los demás, un compañero de escena disponible para lecturas, talleres y charlas lejos de la pompa oficial.
Lectores, legado y lo que queda
Benni fue un lector voraz y un escritor prolífico: además de los títulos más conocidos, publicó Spiriti, Saltatempo, Margherita Dolcevita, Pane e tempesta o Di tutte le ricchezze. Muchos de sus libros figuran en listas de novelas esenciales. En sus últimos años aparecieron Dancing Paradiso (2019) y Giura (2020), que confirman una energía creativa sostenida.
Su vínculo con la editorial Feltrinelli se extendió durante décadas y fue clave el estímulo de la editora Grazia Cherchi, quien le ayudó a afinar una voz ya poderosa. Críticos y lectores coinciden en que construyó un “territorio Benni” reconocible a la primera línea.
Fuera de Italia, su obra viajó con fuerza: se lee en universidades y escuelas, y títulos como El bar bajo el mar, Elianto o Margherita Dolcevita han encontrado nuevas generaciones de lectores en español y otras lenguas.
Instituciones y colegas han lamentado su muerte subrayando su singularidad: “figura polifacética e inconformista, capaz de unir sátira y poesía”, dijo el ministro de Cultura italiano, Alessandro Giuli. En redes y librerías, el duelo se expresa con la mejor de sus fórmulas: abriendo sus libros.
Queda la estela de un autor que convirtió el idioma en parque de juegos y la sátira en herramienta de pensamiento. Entre bares de barrio y planetas lejanos, animales improbables y niños insumisos, su obra enseña que la risa puede ser también una forma de inteligencia y de consuelo.
En el Chaco paraguayo, donde la falta de oportunidades suele ser parte de la rutina, un grupo de mujeres logró acercarse a pesar de los kilómetros que las separan unas de otras. Defendieron algo que pocos creían necesario: el acceso a internet. Demostraron que conectarse no es un lujo, sino una herramienta para transformar la vida.
*Por Noelia Díaz Esquivel / @noediazesqui
A solo 50 kilómetros de Asunción, la comunidad Santa Rosa del pueblo Qom, vivía aislada digitalmente. Hasta hace pocos años, acceder a internet 24 horas era un lujo que ninguna familia podía costear. “Antes usábamos mucho el saldo cuando había alguna actividad que hacer. No podíamos sacar fotos y subir a redes porque no teníamos saldo”, recuerda Bernardina Pesoa, pobladora de la comunidad. Todo cambió en 2020, cuando se instaló el primer centro de inclusión digital Nanum en Paraguay. La antena, la red comunitaria y el espacio equipado con computadoras fueron la semilla de un cambio más grande.
Este es el Telecentro de la comunidad Santa Rosa del pueblo Qom, ubicada en Cerrito – Chaco paraguayo. Fotografía: Leo De Blas.
El acceso a internet permitió a la comunidad abrir nuevas puertas: capacitación, venta de productos, información y la posibilidad de contar sus propias historias.
El impulso de la pandemia
Mientras Santa Rosa se conectaba, en otras comunidades la idea de los telecentros empezaba a tomar forma. La iniciativa se inspiró en la experiencia argentina de la Fundación Gran Chaco, que, desde hace más de una década, instalaba espacios de inclusión digital gestionados por mujeres. Mariana Franco, secretaria ejecutiva de Sunú, recuerda las primeras reuniones: “Nos decían que había cosas más urgentes que la conectividad, que estábamos locas por priorizar internet”.
Mariana Franco, secretaria ejecutiva de Sunú. Fotografía: Diego Salazar.
Pero la pandemia de 2020 vino a darles la razón. Cuando las escuelas cerraron y las comunidades quedaron aún más aisladas, las que contaban con conectividad pudieron organizarse para recibir alimentos, gestionar ayudas de emergencia y sostener la educación a distancia. Ese momento marcó un antes y un después en la percepción de lo que significaba estar conectadas.
Poco a poco, Sunú, organización con 25 años de trayectoria, se alió con la Comisión Nacional de Telecomunicaciones (CONATEL), el Ministerio de Tecnologías de la Información y Comunicación (MITIC) e Internet Society para llevar la red a más territorios. Cada nuevo centro requirió acuerdos comunitarios, capacitación y un compromiso firme de que el servicio sería colectivo.
Mujeres que se organizan y enseñan
Los telecentros Nanum se convirtieron en mucho más que lugares con computadoras y wifi. Allí se dictan talleres de alfabetización digital, derechos humanos, creación de contenidos, gestión ambiental y cambio climático. “Internet es un derecho porque habilita muchos otros derechos”, explica Mariana. “Te permite aprender, comunicarte y mostrarle al mundo que existís. Eso es lo que más nos importa: que estas mujeres sepan que su voz cuenta y que nadie las va a volver a silenciar”.
Hoy en Paraguay funcionan 13 telecentros, distribuidos en localidades como Samaria, Campo Largo, Loma, La Patria, Pozo Hondo y Santa Rosa, que benefician a cientos de familias, escuelas, puestos de salud y radios comunitarias. También se instalaron dos redes comunitarias, como la Red Nivaclé, que conecta a La Abundancia, Jericó, Jope y Samaria, ampliando la conectividad más allá de los telecentros. Estos espacios ofrecen conectividad, equipamiento digital y sirven como centros de capacitación, organización comunitaria y generación de contenido local.
Comunidad Santa Rosa del pueblo Qom. Fotografía: Leo De Blas.
En Santa Rosa, por ejemplo, el internet llega también a la unidad de salud familiar y a la dirección escolar indígena del pueblo Qom. Parte del modelo consiste en que las comunidades gestionen su servicio de manera cooperativa, destinando un pequeño pago que reemplaza el gasto en saldo individual.
Para muchas mujeres, perderle el miedo a la tecnología fue el primer paso. Luego vinieron los cursos y las primeras publicaciones propias. “Desde que nos capacitaron, aprendimos a sacar fotos, grabar videos y editar. Hoy podemos hacer denuncias y mostrar nuestros trabajos, de todo un poco”, relata con orgullo Bernardina.
Nidia y Bernardina, ambas lideran el medio digital Qataqui Noticias, de la comunidad Santa Rosa. Fotografía: Leo De Blas.
Qataqui Noticias y Loma Digital: voces que resuenan desde el Chaco
La experiencia de Qataqui Noticias es uno de los grandes logros del proyecto Nanum Mujeres Conectadas. Este medio digital no solo informa a otras comunidades Qom, también se convirtió en una herramienta de protección y promoción cultural. Gracias a sus publicaciones, se difunden avisos urgentes, historias de resiliencia y los emprendimientos de mujeres artesanas, quienes crearon su propia página para vender en línea. El impacto se siente en lo cotidiano: niñas y niños ahora usan computadoras en la escuela sin que eso implique un costo extra, y las jóvenes pueden continuar su formación sin abandonar sus territorios.
Nidia Pessoa Torres, estudiante de Ciencias de la Educación, es la encargada de generar contenido para las redes de Qataqui Noticias “Queremos que avance Qataqui Noticias para que todos sepan que el pueblo Qom tiene su propia página”, dice convencida de que contar sus historias es un acto de dignidad.
Nidia Pessoa Torres. Fotografía: Leo De Blas.
A unos 700 kilómetros de Asunción, en la comunidad Loma del pueblo guaraní Ñandeva, una experiencia similar comienza a florecer. La inauguración del Centro Nanum, equipado con computadoras, impresoras y Smart TV, dio origen a Loma Digital, un medio gestionado por mujeres que busca visibilizar las problemáticas locales, fortalecer la lucha por la tierra y potenciar la voz de la comunidad. Al igual que en Qataqui, el protagonismo femenino fue clave: cuatro mujeres elegidas por la comunidad lideran el espacio, organizan actividades, promueven la formación digital y tejen redes de comunicación y resistencia. Ambas iniciativas muestran cómo la tecnología, en manos de las mujeres, se convierte en una herramienta poderosa de empoderamiento, arraigo, organización comunitaria y defensa de derechos.
Ceferiana Ferreira, encargada de generar contenido para las redes del medio Loma Digital, de la comunidad Loma, del pueblo guaraní Ñandeva, ubicada en el Chaco paraguayo. Fotografía: Bruno Ferreiro.
Un modelo que quiere ser política pública
Aunque los logros son enormes, todavía existen muchos desafíos. La sostenibilidad económica de la red, la capacitación continua y la apropiación estratégica de las tecnologías siguen siendo prioridades. La meta es que estas experiencias sirvan de base para una política pública que garantice el acceso universal a internet como derecho humano.
Según datos del Instituto Nacional de Estadística (INE), en 2022, el 76,3% de la población paraguaya utilizó internet, lo que representa un incremento de casi 27 puntos porcentuales respecto al 2015. El uso fue más alto en zonas urbanas (83,2%) que en zonas rurales (63,7%), y se evidenció una leve ventaja de acceso entre mujeres (77,6%) respecto a hombres (74,9%). Sin embargo, estas cifras dejan por fuera una realidad crítica: no existen datos específicos sobre el acceso a internet en comunidades indígenas, ni siquiera en el último censo indígena. Mucho menos se conoce la situación real en el Chaco, donde las distancias, las brechas educativas, de infraestructura y de servicios son mucho más profundas.
En este contexto, el proyecto Nanum Mujeres Conectadas se vuelve crucial. Esta iniciativa trinacional (Paraguay, Argentina y Bolivia) ya permitió que más de 129 comunidades del Gran Chaco accedan a conectividad a través de 46 centros digitales gestionados por mujeres indígenas, criollas y campesinas. Estos centros no solo brindan acceso a internet, también se transformaron en espacios de formación, organización y generación de ingresos. Son espacios de lucha por los derechos: la conectividad ha permitido a mujeres jóvenes y adultas acceder a capacitaciones, crear medios de comunicación propios como Qataqui Noticias o Loma Digital, e incidir en temas urgentes como la defensa de la tierra, el acceso a la educación y la justicia climática.
Centro comunitario de la comunidad Loma, en donde se realizan asambleas, también es escuela y el espacio donde las mujeres se capacitan en el manejo de tecnología. Fotografía: Bruno Ferreiro.
El papel de Voces para la Acción Climática Justa (VAC) fue decisivo para el fortalecimiento de la iniciativa en Paraguay. En 2020, con el apoyo de Avina y BID Lab, se fortaleció la estrategia regional que ya operaba en Argentina y Bolivia, y se incorporó el enfoque de justicia climática. VAC aportó recursos y acompañamiento para la alfabetización digital, el fortalecimiento organizativo de grupos de mujeres y la apropiación estratégica de la tecnología. De esta forma, los telecentros no solo reducen la brecha digital, sino que también se consolidan como espacios de resiliencia frente a emergencias climáticas y de resguardo cultural para los pueblos indígenas del Chaco.
Así, con alianzas estratégicas, paciencia y la convicción de que la tecnología también es parte de la equidad, estas mujeres demuestran que conectarse no es solo abrir una computadora. Es abrir la puerta a un futuro con dignidad, justicia y oportunidades para todas y todos.
Este podcast tiene la intención de reproducir interpretaciones personales de algunos clásicos de la poesía universal. Entiendo, al igual que Octavio Paz, que la poesía es una actividad emocional revolucionaria, un ejercicio espiritual, un medio de liberación interior y una búsqueda de transfiguración. Adonis, Ali Ahmad Said y Octavio paz son mis favoritos. Dos clásicos modernos.
Este poema, como tantos otros, tiene que ver con los límites de la vida. Es un poema profundo y desconcertante, pero como todos en los poemas de Adonis nunca sabemos a dónde nos lleva sus impresionantes versos, es como no saber en qué puerto este barco llegará anclar.