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La figura de Ken Follett se ha convertido en sinónimo de éxito literario a escala global. No solo es uno de los autores más leídos del mundo, sino que, además, su nombre aparece inevitablemente asociado a la idea de bestseller, ventas millonarias y lectores fieles repartidos por todos los continentes.
Para muchos aficionados a la lectura, podría ser casi un sueño ponerse en la piel de Follett: no tener que preocuparse por la cuenta bancaria y saber que cada nueva novela tiene muchas papeletas para convertirse en un fenómeno editorial. Sin embargo, detrás de esa imagen de éxito hay un escritor veterano que sigue muy pegado a la realidad, atento a los cambios tecnológicos y, sobre todo, absolutamente comprometido con su oficio.
Un autor que tocó techo con «Los pilares de la Tierra» y sigue en plena forma
Follett alcanzó una notoriedad difícil de igualar con Los pilares de la Tierra, la novela histórica ambientada en la Edad Media con la que superó los 50 millones de ejemplares vendidos desde su publicación a finales de los años ochenta. Ese título lo consagró definitivamente en Europa, especialmente en países como España, donde el libro sigue reeditándose y sumando nuevas generaciones de lectores.
Lejos de vivir del recuerdo de aquel éxito, el autor galés continúa ampliando su obra. En fechas recientes ha presentado El círculo de los días, su nuevo libro, publicado ya en el mercado español, que demuestra que su interés por las grandes tramas históricas y los personajes complejos permanece intacto. En torno a este lanzamiento ha ofrecido diversas entrevistas en Europa, en las que ha dejado ver tanto su manera de trabajar como su punto de vista ante los retos actuales de la creación literaria.
Durante una de estas conversaciones, surgió inevitablemente la cuestión de la edad y la posibilidad de una retirada. A sus 76 años, sería lógico pensar en una última novela que pusiera el broche final a una carrera tan extensa. Sin embargo, Follett se mostró muy claro al respecto: no tiene intención de dejar de escribir mientras la salud y la cabeza se lo permitan.
Él mismo reconoce que, tarde o temprano, el cuerpo impondrá sus límites. Podría enfermar o simplemente no mantener el ritmo de trabajo de antaño. Pero, por voluntad propia, no contempla aparcar la pluma. Para Follett, la escritura no es únicamente un medio de vida: es una forma de seguir explorando el mundo, de relacionarse con los lectores y de mantenerse creativo, algo que considera esencial en su día a día.

Disciplina férrea y pasión por el trabajo diario
Si algo caracteriza a Ken Follett es su disciplina casi metódica. Él mismo ha explicado en innumerables ocasiones que sus jornadas empiezan temprano, reservando las primeras horas del día a escribir con la máxima concentración. Solo después atiende entrevistas, compromisos promocionales u otras tareas.
Esta rutina sostenida en el tiempo le ha permitido mantener un ritmo constante de publicación y construir una carrera muy prolífica. A pesar del paso de los años, continúa aplicando la misma fórmula: tiempo de calidad frente a la página, una planificación muy precisa de cada novela y la voluntad de revisar y reescribir hasta dar con el tono adecuado.
En sus declaraciones recientes, Follett deja entrever que, a cuatro años de cumplir los 80, su energía creativa sigue viva. El cansancio lógico de una carrera tan larga no parece pesar más que el placer que le produce imaginar tramas, levantar mundos ficticios y dar voz a sus personajes. Esa combinación de rigor y disfrute es, en buena medida, la que explica su vigencia en el panorama literario europeo.
Para su público, esta actitud es una buena noticia: salvo imprevistos, pueden esperar nuevas historias firmadas por él durante más tiempo. El propio Follett insiste en que, mientras siga encontrando interesante y «divertido» el proceso de escribir, no se ve colgando las teclas ni anunciando una última obra solemne.
Ken Follett frente a la inteligencia artificial: curiosidad, pero sin miedo
En paralelo a las preguntas sobre su futuro profesional, otra cuestión inevitable en las entrevistas actuales es el papel de la inteligencia artificial en la literatura. La irrupción de herramientas capaces de generar texto ha abierto un debate intenso en el sector editorial europeo, y Follett no ha permanecido al margen.
En una conversación con periodistas, el autor recordó un experimento que realizó en 2023: pidió a una IA que escribiera el primer capítulo de una novela «de Ken Follett». El resultado fue, en sus propias palabras, decepcionante. Había elementos reconocibles de su universo creativo —un escudero, una aldea, una guerra lejana que se avecinaba—, es decir, rasgos superficiales de su estilo. Sin embargo, el texto le pareció muy mal escrito y carente de la complejidad que él busca en sus obras.
Más recientemente, otra periodista le mostró el inicio de una novela generada de nuevo por una IA con un encargo similar. Follett admitió que el resultado era algo mejor que el de hace un par de años, lo que demuestra que la tecnología está avanzando deprisa. No obstante, su veredicto sigue siendo claro: el nivel alcanzado aún está lejos de lo que él considera una buena narración.
Esta experiencia le lleva a una conclusión que ha repetido en distintas ocasiones: sigue tranquilo porque, a su juicio, la inteligencia artificial no está preparada para escribir un libro realmente sólido. Puede imitar patrones, pero no llega a capturar la profundidad, la tensión narrativa y los matices emocionales que él asocia a la buena literatura.
La clave está en romper las reglas (y por eso la IA se queda corta)
Para Follett, el verdadero corazón del trabajo literario se encuentra en saber cuándo y cómo romper las reglas. Reconoce que, como cualquier escritor, trabaja con ciertas convenciones: estructuras reconocibles, ritmos, giros clásicos del thriller o de la novela histórica. Pero subraya que muchas de las obras que han marcado época lo han hecho precisamente porque se atrevieron a salirse del guion.
En sus reflexiones suele citar el caso de Chacal, de Frederick Forsyth. Esa novela sobre un asesino a sueldo supuso un antes y un después en el género de suspense. Hasta entonces, el tratamiento de determinados elementos técnicos —como el arma utilizada— era bastante genérico en la ficción popular.
Forsyth rompió con esa costumbre y optó por un nivel de detalle minucioso: describió con precisión el tipo de pistola, la munición, el alcance y otros aspectos técnicos que daban a la historia una sensación de realismo inusual en su momento. Esa decisión, fruto de una documentación exhaustiva, fue contra la corriente de lo que se esperaba en una novela de entretenimiento, y, a juicio de Follett, ahí radica parte de su fuerza.
A partir de ese ejemplo, el escritor galés defiende que el gran valor de un creador reside en identificar qué normas conviene respetar y cuáles merece la pena quebrar para lograr algo nuevo. Considera que, por muy sofisticados que sean, los sistemas de inteligencia artificial funcionan reproduciendo patrones ya existentes y, por tanto, tienden a reforzar las reglas en lugar de subvertirlas.
De ahí que Follett se muestre escéptico sobre la capacidad de estas herramientas para generar auténtica innovación literaria. Sospecha, como ha llegado a decir con contundencia, que la IA nunca tendrá la inteligencia suficiente para escribir un buen libro en el sentido pleno del término, es decir, uno que sorprenda de verdad al lector y proponga una mirada distinta sobre la realidad.
La creatividad humana como experiencia irrepetible
Detrás de este escepticismo no hay un rechazo absoluto a la tecnología, sino una defensa de la creatividad humana como algo profundamente ligado a la experiencia personal y a los orígenes de la escritura. Follett subraya que cada escritor arrastra su historia, su contexto cultural, su educación, sus relaciones y sus emociones, y que todo eso se filtra en lo que escribe de manera imposible de programar.
En su opinión, la imaginación no funciona solo como un algoritmo que combina datos; está atravesada por recuerdos, vivencias, temores y deseos que dotan de matices a los personajes y a las tramas. Esa combinación de contexto vital y toma de decisiones conscientes —incluida la elección de qué reglas romper— es lo que, según él, marca la diferencia entre un texto correcto y una obra que deja huella.
La literatura, en este sentido, no se limita a ordenar palabras con coherencia. Para Follett, tiene que ver con transmitir una determinada visión del mundo, con hacer que el lector se identifique o se confronte con los dilemas de los protagonistas. Y eso exige un tipo de sensibilidad y de juicio que, considera, las máquinas no poseen.
Este enfoque resulta especialmente relevante en Europa, donde la tradición literaria, la pluralidad de lenguas y la memoria histórica conforman un caldo de cultivo muy rico. Autores como Follett, que sitúan parte de sus novelas en escenarios europeos, dialogan con esa herencia cultural y la reinterpretan para los lectores actuales, algo difícil de replicar con herramientas automáticas.
La IA como herramienta auxiliar, no como sustituta
Pese a todo, Ken Follett no demoniza la inteligencia artificial. De hecho, ha reconocido en más de una ocasión que puede resultar útil como apoyo en determinadas fases del trabajo del escritor. Señala, por ejemplo, que las capacidades de búsqueda y síntesis de información de estas tecnologías pueden agilizar la documentación previa o servir para organizar materiales.
En el ámbito de la corrección o del estilo, también admite que ciertas herramientas automáticas pueden ayudar a detectar errores, repeticiones o problemas de claridad, siempre que el autor mantenga la última palabra. Es decir, concibe la IA como un asistente que sugiere, pero no decide.
Follett insiste en que, en estos momentos, la IA es especialmente eficaz en tareas de velocidad y eficiencia, como generar borradores rápidos o proponer variaciones sobre un mismo texto. Sin embargo, el punto en el que, a su juicio, queda más rezagada es el de la construcción de historias con verdadero pulso emocional y un sentido claro del riesgo creativo.
Desde esta perspectiva, su mensaje para los escritores que miran con inquietud la tecnología es relativamente tranquilizador: la clave para seguir siendo relevantes está en cultivar precisamente aquello que las máquinas no pueden copiar, como la voz propia, la capacidad de observación y el coraje para experimentar con las formas narrativas.
Así, mientras el debate sobre la inteligencia artificial sigue abierto en el mundo del libro, Ken Follett continúa escribiendo con la misma disciplina de siempre, confiado en que la combinación de experiencia, sensibilidad y ganas de romper moldes seguirá marcando la diferencia. Con nuevos títulos como El círculo de los días ya en las librerías y sin planes de retirada, su presencia en el panorama literario europeo parece asegurada durante bastante tiempo, y su visión sobre la creatividad y la tecnología se perfila como una referencia para lectores y autores que intentan orientarse en este nuevo escenario.

