Isaac

Imagen genérica de la película Materialistas

Materialistas llega con una propuesta que combina brillo y pellizco: bajo el barniz de la comedia romántica late una mirada severa a cómo el dinero, el estatus y la apariencia condicionan nuestras relaciones. La película de Celine Song se adentra en la ciudad que nunca duerme para retratar un amor puesto a prueba por el mercado.

La protagonista, Lucy (Dakota Johnson), es una matchmaker de éxito que ordena la vida sentimental de otros con lógica de inventario y cifras. Su método se tambalea cuando irrumpe Harry (Pedro Pascal), un millonario seductor, y reaparece John (Chris Evans), un exnovio talentoso pero sin un euro. Entre ambos, la película pregunta cuánto pesan los sentimientos frente a las cuentas.

De qué va Materialistas

Lucy trabaja como celestina para clientes adinerados, midiendo compatibilidades con variables como altura, ingresos y edad. La protagonista presume de tino profesional hasta que su vida privada se convierte en su mayor caso: Harry le ofrece seguridad inmediata y lujo sin fisuras, mientras John encarna la afinidad emocional y la inestabilidad del día a día.

El triángulo se despliega entre pícnics en Central Park, armarios inmaculados y un trabajo de cámara suntuoso, pero no es una postal ingenua. Song utiliza la fórmula romcom para conducir un debate incómodo: ¿cuándo el amor deja de ser deseo y pasa a ser inversión?

La tensión explora tradiciones a lo Jane Austen —el matrimonio como pacto social— y se ríe con cierta ironía de los screwball clásicos y las fantasías de Sexo en Nueva York. La película combina drama con destellos cómicos, sin llegar a ser una parodia total.

Claves temáticas: amor, dinero y mercado

Materialistas radiografía la mercantilización del afecto. Los protagonistas hablan de “valor”, “nivel” o “merecer”, vocabulario que delata cómo el capitalismo ha colonizado incluso la autoestima. La frase que sobrevuela el relato —“No soy mercancía, soy una persona”— resume el pulso de Song: resistirse a medir la dignidad en números.

Se exponen escenas donde las etiquetas y filtros enseñan rasgos como especificaciones de producto, y las citas operan como entrevistas de trabajo. Paralelamente, la soledad aparece como un factor estructural: cuando la precariedad aprieta, la idea de casarse “hacia arriba” se transforma en una estrategia de supervivencia. La película muestra que el deseo puede convertirse en gestión de riesgos y que la desigualdad fomenta confundir alivio financiero con amor. La cosificación deshumaniza a quienes solo buscan sentirse valiosos.

Estilo y tono: romcom con aristas

Sin abrazar la sátira, Song combina elegancia visual, piano en la banda sonora y escenarios de alto standing con decisiones narrativas que sacuden la verosimilitud a la manera del screwball. Hay giros inquietantes, incluyendo tramas que rozan el abuso y el peligro en las citas, abordadas sin romantización.

La directora es más empática que cínica: su tono equilibra el humor y el drama, apostando por un heteropesimismo romanticón que convive con chispas de humor. Aunque algunos críticos señalan un remate apresurado, el conjunto evita caer en tópicos complacientes.

La huella de Celine Song y el diálogo con Vidas pasadas

Si en Vidas pasadas pesaba la melancolía, aquí la autora se permite ser irónica y algo estridente, sin renunciar al poso emocional. La experiencia real de Song como matchmaker aporta autenticidad a un mundo hiperfemenino y en expansión, donde las brokers celebran compromisos como si fueran objetivos alcanzados.

El mensaje final refuerza que, aunque el lenguaje económico invade la intimidad, el amor resiste lo cuantificable. Para amar, es fundamental seguir viéndose como personas, y no como bienes de consumo.

El conjunto de la película ofrece una visión realista sobre la complejidad de las relaciones actuales, mostrando que, pese a la influencia del mercado, el impulso genuino y los sentimientos auténticos permanecen como las claves para un amor duradero.


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