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*Por Noelia Díaz Esquivel

 

«Por los que ya no están, por los que están y por los que vendrán» es la  frase que me quedó resonando después de participar en un conversatorio entre la Coordinadora de Víctimas del Ycuá Bolaños y el movimiento Cromañón.

 

El diálogo, frente a las 400 butacas del auditorio que representan a «los que ya no están», fue un acto simbólico: el objetivo fue mostrar que las vidas de quienes murieron ese 1A siguen siendo recordadas, visibilizar que hay personas que todavía las y los extrañan y que por eso siguen luchando por MEMORIA, VERDAD Y JUSTICIA.

 

En el escenario, las sillas estaban dispuestas de manera circular. Brenda Marissa Re, sobreviviente de Cromañón; Silvia Alejandra Bigmani, mamá de Julian Rozengardt, fallecido en la discoteca; Liz Torres y Angélica Roa, sobrevivientes de la tragedia de Ycuá Bolaños, hablaron y reflexionaron sobre muchas cosas, pero sobre todo acerca de la importancia de la Memoria Colectiva como derecho humano.

 

El 1 de agosto de 2004, el incendio del supermercado Ycuá Bolaños en Asunción, Paraguay, dejó un saldo trágico de más de 400 muertos y numerosos heridos. El 30 de diciembre de ese mismo año, la discoteca República Cromañón en Buenos Aires, Argentina, fue escenario de un incendio que cobró la vida de 194 personas y dejó más de 1.400 heridos. Ambos eventos marcaron profundamente a la sociedad y evidenciaron la necesidad urgente de medidas de seguridad más estrictas para los espacios de concurrencia masiva, así como una mayor responsabilidad de las autoridades en la fiscalización de su cumplimiento.

 

Memoria. La memoria es individual porque cada persona tiene su forma de recordar de acuerdo a cómo sintió, vivió y procesó una situación. Esa memoria individual se hizo colectiva a lo largo de estos 20 años. Así fue que los sobrevivientes, las familias afectadas, amigos y amigas, lograron hacer realidad el Sitio de Memoria y Centro Cultural 1A. Porque este espacio representa MEMORIA.

 

Fotografía: Milena Ruíz Díaz.

 

Verdad. Nadie puede contar la verdad de otra persona, siguiendo la misma lógica de que cada quien siente, vive y procesa de manera muy personal. Quienes sobrevivieron al encierro, el fuego y la desesperación de ver a gente morir a su lado cuando se cerraron las puertas, son los protagonistas de esas historias que deben ser narradas, inicialmente en primera persona, para que pasen de generación en generación con la fuerza de la verdad y la memoria, como un acto de reparación y la esperanza de no repetición. Hoy las y los sobrevivientes piden que la tragedia más grande del país en tiempos de paz forme parte de libros de textos en las escuelas, colegios, y la academia.

 

Justicia. Es imposible medir la justicia pensando en las penas que recibieron los responsables de esta tragedia. Es imposible pedirle a una mamá, a un papá, a un hijo, hija, hermana, hermano que den por saldada la ausencia de quienes nunca más volverán. Tampoco es posible reparar el daño con el pago de una indemnización, aunque es un derecho por el cual muchos siguen peleando. Y si bien es justicia haber recuperado este espacio y convertirlo en un memorial, no es suficiente porque todavía hoy, a pesar de las 400 muertos y 6 desaparecidos, el Estado sigue sin garantizar seguridad integral para la no repetición. La sociedad sigue anteponiendo, en muchos casos, la propiedad y el lucro a  la vida, más allá de la ley y de normas básicas de derechos humanos. 

 

Por estos días de memoria individual, transformada en memoria colectiva y reconocida como derecho humano, es urgente exigir, una vez más, que se cumplan todas las herramientas legales, sociales y judiciales para garantizar la no repetición: «Por los que ya no están, por los que están y por los que vendrán».

 

*Fotografía de portada: Milena Ruíz Díaz

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