Isaac
El escritor ourensano José María Pérez Álvarez, conocido literariamente como Chesi, ha muerto en Ourense a los 73 años, dejando tras de sí una obra tan abundante como exigente que lo situó, sin hacer apenas ruido mediático, entre los narradores más singulares en lengua castellana de las últimas décadas.
Nacido en 1952 en O Barco de Valdeorras, Pérez Álvarez cultivó una trayectoria deliberadamente discreta, alejada de los focos, pero respaldada por la crítica, los premios y el respeto de colegas de primer orden. Para él, el verdadero centro de su vida fue siempre la escritura, un oficio al que se entregó con una mezcla de juego, obsesión y disciplina artesanal.
Una madrugada silenciosa para un autor que huía de los focos
La muerte de Chesi se produjo en la madrugada de este miércoles en la ciudad de Ourense, donde residía desde hacía años. Jubilado de su empleo como funcionario de Hacienda —trabajo con el que aseguraba que alimentaba el cuerpo—, llevaba un tiempo dedicado casi por completo a “enredar” con las palabras, como le gustaba decir, disfrutando del tiempo ganado para leer y escribir.
En más de una ocasión confesó que su relación con la literatura era una especie de superstición inevitable: nunca sería del todo feliz escribiendo, pero estaba convencido de que, si se dedicaba a otra cosa, lo sería todavía menos. Esa entrega sin concesiones explica en buena medida que se mantuviera al margen de campañas promocionales y modas editoriales, caminando por los márgenes del sistema literario.
En entrevistas y conversaciones públicas, Chesi insistía en que no escribía para gustar a todo el mundo. Aceptaba, incluso con un punto de ironía, que su obra fuese minoritaria: prefería, decía, “correr el riesgo de ser un peñazo” antes que simplificar sus textos para ampliar el público. Se declaraba “felizmente resignado” a tener pocos lectores, siempre que fueran fieles y exigentes.
Ese carácter reservado se trasladó también a su relación con los reconocimientos. Aunque acumuló galardones relevantes y elogios muy sonados, se mantuvo en una zona intermedia, a medio camino entre el autor de culto y el escritor secreto, más citado por críticos, escritores y lectores muy atentos que por el gran público.
Los primeros pasos: un novelista que nace con un premio bajo el brazo

La entrada de Pérez Álvarez en el panorama literario llegó en 1987, cuando obtuvo el Premio Constitución, convocado por la Junta de Extremadura, con su primera novela, Las estaciones de la muerte. Tenía entonces 35 años, y la prensa ourensana tituló aquella irrupción como el “nacimiento” de un novelista, subrayando el impacto de una ópera prima que abordaba la vejez en más de doscientas páginas.
Este debut ya lo colocó en el radar de críticos y jurados, y marcó varias de las constantes de su obra posterior: novelas extensas, de estructura cuidada y lenguaje muy trabajado, que exigían del lector una implicación activa. No eran libros concebidos para el consumo rápido, sino para la relectura, el subrayado y la reflexión pausada.
Unos años más tarde, en 1996, publicó En perigo de extinción, uno de los pocos títulos que escribió en gallego. Aunque la mayor parte de su producción literaria fue en castellano, esta novela supuso una excepción significativa y reforzó su presencia en el contexto literario gallego, ampliando a la vez la proyección de su nombre en el ámbito estatal.
Desde aquella primera etapa, Chesi se movió siempre con una mezcla de humildad y ambición literaria. “Con ser el mejor escritor de mi casa, me conformo”, había dicho en sus inicios, una frase que condensaba su sentido del humor y su desconfianza ante la vanidad que a veces rodea al oficio de escribir.
«Nembrot»: la novela que cambió su lugar en la literatura
Entre la docena larga de novelas que firmó, hubo una que se convirtió en punto de inflexión: Nembrot, publicada en 2003. Se trataba de un proyecto en el que trabajó durante años con meticulosidad extrema: cuatro años de escritura, dos más de reescritura y un periodo adicional de poda paciente para eliminar lo que consideraba superfluo.
La recompensa a esa labor silenciosa llegó de forma inesperada en la Feria del Libro de Madrid de ese mismo año. Preguntado por las mejores publicaciones del momento, Juan Goytisolo citó únicamente Nembrot. Aquel gesto fue el inicio de una amistad y de una relación literaria intensa: el autor ourensano empezó a ser invitado a entidades como el Instituto Cervantes de París y fue incluido en antologías coordinadas por el propio Goytisolo.
El reconocimiento no se quedó en el ámbito español. Desde publicaciones como Times Literary Supplement también se destacó la novela de Pérez Álvarez, reforzando la idea, compartida por críticos y colegas, de que estábamos ante una obra radical y muy personal, levantada desde los márgenes. Años más tarde, en 2016, Chesi decidió revisar y ampliar el libro, publicando una nueva edición de Nembrot con unas doscientas páginas adicionales y un prólogo firmado por Goytisolo.
El propio autor reconocía que tenía una relación especial con esta novela. No ocultaba que consideraba Nembrot su trabajo más logrado y, en alguna ocasión, llegó a decir que no esperaba escribir nada mejor. Entre lecturas, música y digresiones, fue sedimentando un texto que muchos lectores y escritores han situado entre lo más singular de la narrativa española reciente.
Una obra extensa, premios y una escritura de alto voltaje
Aunque Nembrot acaparó muchos de los focos que solían esquivarle, el conjunto de la obra de Pérez Álvarez es amplio y diverso. Junto a Las estaciones de la muerte o En perigo de extinción, destacan títulos como La soledad de las vocales —con la que obtuvo el Premio Bruguera de Novela en 2008—, Tela de araña, Predicciones catastróficas o Examen final, además de Cabo de Hornos, con la que se quedó a las puertas del Premio Nacional de Narrativa.
Su último libro, La última patria, publicado en 2023, reunía textos que orbitaban alrededor de Ourense, ciudad que convirtió en escenario sentimental y literario. Plazas, callejones y espacios como Canella Cega, la plaza de San Martiño o el parque Lonia pasaban del mapa urbano al territorio emocional gracias a su prosa, que mezclaba memoria, observación y una sensibilidad muy particular hacia los lugares.
Además de novelas, Chesi dejó cuentos, artículos, ensayos y colaboraciones en prensa. Sus textos aparecieron en revistas y medios como Jano, Galipress o Faro de Vigo. En 2014 reunió parte de su producción periodística en Dos por uno, una antología de artículos que reflejaba su mirada incisiva y su gusto por el detalle.
Su trayectoria fue reconocida con numerosos premios: Constitución de novela larga, Felipe Trigo y Ramón Sijé de novela corta, así como el Hucha de Plata, el Gabriel Miró, el Mor de Fuentes o El Golpe en el ámbito del cuento. Letras Libres lo consideró uno de los grandes autores contemporáneos en castellano, elogio que fue acompañado por el respaldo de voces tan influyentes como la del cineasta José Luis Cuerda, que se declaró abiertamente admirador de su literatura.
Uno de los episodios más singulares de su carrera fue el plagio cometido por el escritor peruano Alfredo Bryce Echenique, Premio Planeta, quien reprodujo como propio el artículo Las esquinas habitadas, que Chesi había publicado en Jano y Galipress. El texto apareció en un medio de Lima bajo el título La tierra prometida, un incidente que puso en evidencia hasta qué punto su escritura llamaba la atención incluso fuera de su entorno más inmediato.
Ourense como escenario vital y literario
Ourense fue mucho más que el lugar donde falleció; fue, en gran medida, el territorio simbólico de la obra de Pérez Álvarez. Sus calles, plazas y rincones conformaron un mapa íntimo que reaparece una y otra vez en sus libros, ya sea de forma explícita o como telón de fondo sugerido.
Los callejones de Canella Cega y el Olvido, las plazas de San Marcial y do Ferro, la calle Lamas Carvajal o el parque Lonia eran espacios que relacionaba con otras ciudades que amaba, como París. En su literatura, estos lugares se transformaban en escenarios cargados de memoria, donde la geografía se mezclaba con recuerdos, lecturas y sensaciones.
Durante años, combinó su trabajo en la Administración con columnas en Faro de Vigo. Compañeros del periódico recuerdan su obsesión por la precisión del lenguaje. El periodista y escritor Xosé Manuel del Caño, uno de sus grandes amigos en los medios, contaba que Chesi enviaba siempre los textos sin una sola errata, hasta el punto de que encontrar un pequeño fallo en una de sus novelas fue casi un alivio para quien se consideraba un autor “imperfecto”.
Otros periodistas y escritores ourensanos, como Paco Sarria, no han dudado en situarlo entre los mejores novelistas contemporáneos no solo de Ourense, sino de toda España. Con él compartían bromas, complicidades y una manera algo canalla de mirar el mundo, que también se filtraba en algunos de sus personajes.
Ese arraigo local no le impidió dialogar con tradiciones literarias muy amplias. Admiraba a autores como Stendhal, Flaubert, Borges, Onetti, Joyce, Beckett, Cortázar o Cunqueiro, y veneraba la buena música —en especial el jazz— y deportes de estética y carácter, como el tenis. Todo ello conformaba un universo cultural que alimentaba su escritura y su conversación.
El artesano de las palabras: su idea de la literatura
Si algo repetía Chesi era que cada palabra tiene su textura, su olor y su sabor. Esa concepción casi física del lenguaje explicaba su lentitud al escribir y reescribir, su tendencia a revisar una y otra vez los textos hasta que encajaran como un puzle perfecto, al que precisamente dedicó uno de sus libros y de sus proyectos más queridos, El arte del puzle.
En sus novelas, el estilo estaba siempre en primer plano. Cuidaba la forma con un nivel de exigencia poco habitual, convencido de que la literatura no puede renunciar a la complejidad sin perder algo esencial. Se veía a sí mismo como un arquitecto de la frase, alguien que levanta estructuras a base de ritmo, precisión y matices.
Su relación con el lector era, por ello, particular. Reconocía que podía ser “cruel” con quien se acercaba a sus libros, porque los obligaba a jugar, estar atentos y aceptar un cierto grado de dificultad. Frente a la tendencia a simplificar, apostaba por textos que suscitasen dudas, relecturas y reflexión profunda, lo que hoy, en tiempos de consumo cultural acelerado, resulta casi un acto de resistencia.
Definía la literatura como su “religión” personal. En ese imaginario íntimo, Cervantes ocupaba el lugar de dios o figura central, y los autores que más admiraba serían una suerte de apóstoles, aunque bromeaba con que le resultaba imposible reducirlos a solo doce nombres. Repetía también la idea, tomada de José Ángel Valente, de que cuando se apaga ese juego infinito con las palabras, algo esencial de nosotros se acaba.
Para Pérez Álvarez, escribir era, a la vez, un juego y una tarea muy seria. Decía que la literatura era su juego favorito, aunque exigiese una entrega absoluta. Esa mezcla de rigor y disfrute se percibe en unos libros densos, llenos de referencias, digresiones y capas de sentido, pero también atravesados por humor, ternura y una cierta melancolía.
Divulgador, articulista y maestro de muchas voces
Más allá de la ficción, Chesi desarrolló una intensa labor como divulgador y comentarista literario. Entre 1994 y 2004 dirigió en la Cadena SER el programa El libro de la semana, espacio desde el que recomendaba lecturas y conversaba sobre novedades y clásicos, siempre con la mirada exigente del escritor que no se conforma con lo superficial.
A través de su blog, también titulado El arte del puzle, trasladó a internet su forma de ver el mundo y la escritura. En este espacio, y en sus artículos para prensa, trataba temas muy variados, siempre con un estilo reconocible y una fina combinación de ironía, lucidez y sensibilidad. Parte de esos textos terminaron recogidos en volumen, como muestra de una faceta menos conocida, pero muy querida por sus lectores.
Su influencia en generaciones posteriores de escritores gallegos y españoles ha sido subrayada por autores como Juan Tallón o Manuel de Lorenzo. El primero destacaba que levantó desde los márgenes una obra radical, coherente y tozudamente exigente, más admirada fuera de su entorno inmediato que en su propia tierra, algo que consideraba casi una costumbre triste en el panorama cultural.
De Lorenzo, por su parte, apuntaba que, aunque Chesi afirmase que todo autor está al servicio de la literatura y no al revés, en su caso casi ocurría lo contrario: era la propia literatura la que parecía ponerse a su servicio, dada la intensidad y la personalidad de su voz narrativa.
El adiós a un intelectual cercano y heterodoxo
Quienes lo trataron de cerca lo describen como un intelectual de izquierdas, afable y con un gran sentido del humor. En las distancias cortas combinaba la conversación culta con la broma rápida, y esa mezcla se trasladaba también a sus textos, capaces de pasar de la reflexión profunda al guiño irónico en apenas unas líneas.
Su fallecimiento deja un hueco notable en el panorama literario gallego y español, pero también en su círculo familiar y de amistades. Sembró admiración a través de sus libros y afecto en su entorno más próximo. Su familia —su esposa Pilar, sus hijas Beatriz y Elena, su yerno Rubén y su nieta Nora, entre otros allegados— ha recibido numerosas muestras de cariño en estas horas.
El velatorio se celebra en el tanatorio de As Burgas, en Ourense, entre los días 24 y 25 de diciembre, hasta las 16:30 horas. A lo largo de la jornada se llevan a cabo distintos actos litúrgicos de despedida, en los que amigos, lectores y colegas se acercan a decirle adiós.
Chesi sentía una especial fascinación por algunos lugares significativos de la ciudad, como el cementerio de San Francisco en Ourense, al que consideraba un espacio de memoria y patrimonio cultural digno de ser visitado. Allí descansa, por ejemplo, el intelectual Ben-Cho-Shey, cuyo epitafio —crítico con las homenajes póstumos que llegan tarde— encajaba muy bien con la forma de estar en el mundo de Pérez Álvarez.
Al evocarlo, muchos recuerdan una frase suya que resume un modo de entender la vida y la pérdida: “se conoce qué es la felicidad cuando se termina”. Una idea que hoy resuena con especial fuerza para quienes han seguido de cerca su trayectoria y su manera de habitar la literatura.
Con la muerte de José María Pérez Álvarez, la literatura gallega y española pierde a uno de sus autores más singulares, un novelista que escribió siempre de espaldas a las modas, fiel a una pasión literaria austera y radical. Sus libros, sus artículos y su magisterio silencioso quedan como testimonio de una vida volcada en ese juego muy serio de las palabras, que convirtió a un funcionario de Hacienda en un referente imprescindible para quienes creen que la buena literatura sigue siendo uno de los mejores refugios frente al paso del tiempo.

