Jacques Henri Lartigue, el color o la vida

Si pensamos en Jacques Henri Lartigue lo haremos primero en blanco y negro, y probablemente vendrá a nuestra mente gente saltando. Es normal que sea así: buena parte de las exposiciones y estudios que hasta ahora se le han dedicado se centraban en esa faceta de su obra, pero este artista francés, que conoció por su extensa vida la mayor parte del siglo XX, fue pintor y escritor además de fotógrafo y, seguramente por influencia de esa primera actividad, desarrolló hasta un tercio de sus imágenes en color, una vertiente de su producción hasta la fecha no demasiado examinada y reconocida, quizá por el menor prestigio de esa fotografía durante décadas, al quedar asociada al ámbito comercial y al amateurismo.
Una exhibición en la Fundación Canal, comisariada por Marion Perceval y Anne Morin, responsables respectivamente de la Donation Lartigue y de diChroma photography, viene a paliar esas lagunas: “Lartigue, el cazador de instantes felices” cuenta con casi 150 trabajos, en su mayoría fotografías en color destinadas al propósito romántico de capturar momentos placenteros, pero también dibujos y bocetos, como aquellos que elaboró para ensayar motivos decorativos destinados a cojines, con tonos muy vivos.
La incorporación del color a sus composiciones fue progresiva y natural, discurrió en paralelo a su consolidación en la fotografía en un sentido general, y fue casi siempre aparejada al afán de Lartigue de lograr la captación de lo bello de la vida: como Saul Leiter, manejó paralelamente el blanco y negro, pero cuando esta era una limitación técnica sabemos que experimentó frustraciones al no poder hacer suyos instantes cuya fidelidad se le escapaba. Después llegarían las búsquedas estéticas ligadas al efecto de la luz sobre las tonalidades o a la combinación de estas.
Jacques Henri Lartigue. Madeleine Messager y Germaine Chalom, Cannes, 1927 © Ministère de la Culture, France / MPP-AAJHL
Nacido en una familia de la alta sociedad francesa, de hecho la octava fortuna del país gracias al negocio de los ferrocarriles, Lartigue tomó su primera cámara a los ocho años y captó a miembros de la alta sociedad, escenas deportivas, coches y aviones: le gustaba, y mucho, la velocidad y la plasmación del movimiento. Sus trabajos iniciales en color datan de las décadas de los diez y los veinte y dan comienzo a esta exposición: podremos contemplar, a través de visores estereoscópicos, una decena de autocromos junto a reproducciones de páginas de los álbumes que él mismo elaboraba junto a sus composiciones -no podemos llamarlas aún instantáneas-, dibujos y bocetos.
Empleó Lartigue la que era entonces la tecnología más puntera: ese estereoscopio con placas en color que habían comercializado los hermanos Lumière, cuya técnica conjugó con la propia del autocromo en su afán por replicar con la mayor viveza y sensorialidad la experiencia perceptiva de los momentos fugaces. Se valía de placas de 6 x 13 centímetros, pero dado que inmortalizar sus motivos requería de unos segundos, sus obras primeras recuerdan en cierto modo a la pintura, en la que se ensayan los colores y las formas y no es posible representar las dimensiones reales de los motivos. Aquellos imperativos técnicos le llevarían a retomar los lienzos en los treinta y los cuarenta, fechas en las que trabajó, asimismo, como decorador (por ejemplo, para el Casino de Cannes) o elaboró diseños de telas y vestidos (para firmas como Maison Carven). Veremos en la Fundación Canal dibujos casi caricaturescos de las mujeres elegantes que encontraba en el Bois de Boulogne, influenciados por el estilo de Georges Goursat (Sem), y también copias tardías y sobre papel de las placas autocromas en las que introducía algunas variaciones: las recortaba, reencuadraba o inclinaba de modo que las antiguas poses elaboradas ganaran cierta (pretendida) inmediatez. El fotógrafo afirmó haber producido cerca de 300 de esas placas, pero solo 86 de ellas se conservan entre los fondos (120.000 imágenes) que donó al Estado francés.
Jacques Henri Lartigue. París-Olerón, 1976. © Ministère de la Culture, France / MPP-AAJHL
Jacques Henri Lartigue. París, 1960 © Ministère de la Culture, France / MPP-AAJHL
Un segundo ámbito de esta muestra nos introduce en una suerte de laboratorio de color de Lartigue, que como decíamos, con su ojo de pintor, siempre lo asoció a la vida: nos esperan aquí sus mencionados ensayos para cojines, que nos harán recordar las incursiones en el textil de algunos artistas de vanguardia, y una estupenda selección de fotos en pequeño formato dedicadas a motivos florales. Si los prodigios técnicos de la época contemporánea centraron sus primeras obras, en su mayoría en blanco y negro, las de su tiempo de madurez reflejarían la belleza de la vida en todas sus dimensiones, también las sencillamente naturales.
Sus experimentos cromáticos tempranos los había desarrollado nada menos que en la Académie Julien y la moda le proporcionó ocasión para profundizar en ese campo, pero en la fotografía también planeó combinaciones de formas y colores: las empleó primero, de hecho, como modelo para sus pinturas o para sus diseños de telas o papeles pintados, progresivamente el mecanismo se invirtió y finalmente fotografió flores por su misma belleza. Ya en los setenta, se valdría de filtros o sobreimpresiones para generar centenares de ellas borrosas, evocando la apariencia puntillista de los autocromos y acercándose a su vez a la abstracción.
Jacques Henri Lartigue. Florette Lartigue, Vence, 1954. © Ministère de la Culture, France / MPP-AAJHL
Jacques Henri Lartigue. Florette Lartigue posando para un anuncio, Piozzo, 1960. © Ministère de la Culture, France / MPP-AAJHL
A continuación, nos sumerge el recorrido de la Fundación Canal en sus fotos en color del tiempo de posguerra, en los cincuenta y los sesenta, época en la que estas ya se habían masificado como medio de comunicación y en la esfera cotidiana. Trabajó especialmente en formato cuadrado y en buena medida para la prensa ilustrada, dejando ya sí la pintura en un segundo plano: por su objetivo pasaron las celebridades que veraneaban en la Costa Azul francesa (fotografió a Picasso, con el que sin embargo no llegó a mantener amistad, o a Cocteau rodando); también la boda de Rainiero de Mónaco y Grace Kelly, tomando igualmente bellísimas imágenes de su entonces esposa, Florette, en Montecarlo. Porque, en paralelo a estas colaboraciones con publicaciones internacionales, y con la agencia Rapho, nunca dejó de desarrollar sus personales homenajes al encanto de los pequeños momentos, del color, la playa, el verano. Su consagración internacional llegaría de la mano de una individual que el MoMA le brindó, bajo el comisariado de John Szarkowski, en 1963, y con la publicación de su portafolio en LIFE en ese mismo año, poco después del asesinato de Kennedy.
Se cierra la muestra con la proyección de un fruto interesante de la investigación en su archivo: repasando sus imágenes primeras en blanco y negro y su última producción en color, puede apreciarse que reinterpretó, de manera claramente intencionada aunque no lo dejara por escrito, las escenas de los principios tamizadas por el paso del tiempo, de los tonos y de su nuevo conocimiento de la fotografía callejera americana. Evolución y fidelidad a sí mismo.
Jacques Henri Lartigue. Florette Lartigue de picnic, 1965. © Ministère de la Culture, France / MPP-AAJHL
 
 
“Lartigue, el cazador de instantes felices. Fotografías a color”
FUNDACIÓN CANAL
c/ Mateo Inurria, 2
Madrid
Del 8 de febrero al 23 de abril de 2023
 
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El remordimiento. Jorge Luis Borges.

He cometido el peor de los pecados
que un hombre puede cometer. No he sido
feliz. Que los glaciares del olvido
me arrastren y me pierdan, despiadados.

Mis padres me engendraron para el juego
arriesgado y hermoso de la vida,
para la tierra, el agua, el aire, el fuego.
Los defraudé. No fui feliz. Cumplida

no fue su joven voluntad. Mi mente
se aplicó a las simétricas porfías
del arte, que entreteje naderías.

Me legaron valor. No fui valiente.
No me abandona. Siempre está a mi lado
La sombra de haber sido un desdichado.

Jorge Luis Borges, 1976.

La destrucción del terremoto de Turquía, a vista de dron

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Al menos 2.921 personas han muerto y otras 15.800 han resultado heridas en Turquía en los devastadores terremotos que arrasaron el lunes el sureste del país, según los últimos datos facilitados por las autoridades turcas, y que han provocado también unos 1.500 fallecidos en Siria.

Unas 7.800 personas han sido rescatadas de entre los escombros de los miles de edificios que se desmoronaron en los dos fuertes temblores, uno de magnitud 7,7 y otro posterior de 7,6, informó el vicepresidente de Turquía, Fuat Oktay, según recoge la agencia oficialista Anadolu.

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Videoblog econoNuestra #36 | ¿Qué retos enfrenta Brasil?, con Roberto Montoya

econoNuestra

La victoria de Lula en Brasil se encuentra con un país altamente polarizado y con grandes retos por delante en cuanto a desigualdad, protección del medio ambiente y modelo económico.

Con un margen de maniobra menor que en sus anteriores mandatos y un gobierno con una gran diversidad de partidos en puestos ministeriales, Lula tendrá un difícil cometido en esta nueva legislatura. Roberto Montoya, analista internacional, nos lo cuenta en este nuevo capitulo de econoNuestra.

Puedes ver más los capítulos de econoNuestra.
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David B. Gil. Entrevista con el autor de Forjada en la tormenta

David B. Gil nos concede esta entrevista

David B. Gil | Fotografía: web del autor.

David B. Gil es gaditano y se licenció en Periodismo. Empezó autopublicando una primera novela, El guerrero a la sombra del cerezo, que quedó finalista del Premio Fernando Lara y fue el primer título autoeditado en ganar un Premio Hislibris de Novela Histórica. Después vinieron Hijos del dios binario, finalista del premio Ignotus y Ocho millones de dioses, que consiguió el X Premio Hislibris a Mejor novela en español. En mayo pasado publicó Forjada en la tormenta. De ella nos habla en esta entrevista que le agradezco mucho por el tiempo y amabilidad dedicados

David B. Gil — Entrevista

  • ACTUALIDAD LITERATURA: Tu última novela lleva por título Forjada en la tormenta. ¿Qué nos cuentas en ella y de dónde surgió la idea?

DAVID B. GIL: Es una novela de investigación y misterio clásica en su planteamiento, pero atípica en su ambientación, ya que se desarrolla en el Japón rural del siglo XVII. Me cuesta establecer el origen de las ideas seminales de mis novelas. Me imagino que como le sucede a todos los autores, surgen de ese maremágnum de filias, influencias, referencias y curiosidades que nos bulle en la cabeza. En el caso de Forjada en la tormenta conecta claramente con mis obras anteriores, ya que en el corazón de todas ellas hay un misterio que sirve como motor narrativo.

  • AL: ¿Te puedes remontar a ese primer libro que leíste? ¿Y la primera historia que escribiste?

DBG: Probablemente el primer libro que leí por mis propios medios sería algún cómic de Astérix, Mortadelo o Tintín. Mis padres me los leían y, al parecer, a los tres años ya era habitual verme con un tebeo entre las manos.

La primera historia que escribí debió de ser alguna redacción para el colegio, que suelen ser las primeras historias estructuradas a las que todos nos enfrentamos. Seguí escribiendo relatos por mi cuenta durante toda mi etapa escolar y universitaria, pero eran cortos, no más de cinco páginas. El primer texto narrativo largo que afronté fue El guerrero a la sombra del cerezo.

  • AL: ¿Un escritor de cabecera? Puedes escoger más de uno y de todas las épocas. 

DBG: Claro, todos tenemos varias influencias, algunas más conscientes que otras. El que sembró en mí la pasión por la narrativa fue J. R. R. Tolkien, de quien aprendí que un libro puede tener vida más allá de sus propias páginas. A nivel de prosa y estilo literario, un referente claro es Gabriel García Márquez, y en cuanto a estructura de una historia y construcción de personajes, Alan Moore y Naoki Urasawa.

  • AL: ¿Qué personaje de un libro te hubiera gustado conocer y crear? 

DBG: Probablemente Drácula, el villano más elegante de la historia de la literatura.

  • AL: ¿Alguna manía o costumbre especial a la hora de escribir o leer? 

DBG: Soy un escritor ordenado. Mientras escribo, me gusta tener todo lo que necesito al alcance de la mano y en su sitio. También suelo leer media hora antes de comenzar la jornada de escritura; no necesariamente una historia atractiva o relacionada con lo que estoy escribiendo, sino a un autor que destaque por tener una buena prosa. Me marca un listón de excelencia que alcanzar y me ayuda a desprenderme de manierismos.

  • AL: ¿Y tu sitio y momento preferido para hacerlo? 

DBG: Escribir es mi trabajo, así que no es una cuestión de preferencias. A las 9 estoy sentado en mi despacho y la jornada se prolonga hasta las 15 h. En periodos de escritura especialmente intensos, normalmente cuando estoy cerca del final del manuscrito, puede que también escriba los fines de semana allí donde me pille.

  • AL: ¿Hay otros géneros que te gusten? 

DBG: Claro. Curiosamente soy más lector de ciencia ficción que de novela histórica. Pero consumo todo tipo de historias en todo tipo de medios: novela, cómic, cine, TV, videojuegos, anime… No me cierro a ningún género; si la historia es buena, me puede cautivar la ficción histórica, la fantasía, el thriller o la romántica.

  • AL: ¿Qué estás leyendo ahora? ¿Y escribiendo?

DBG: Suelo leer varias cosas al mismo tiempo, y es uno de los motivos por los que soy un lector lento. Estoy leyendo Ilión, de Mario Villén, que me está pareciendo un trabajo de documentación y puesta al día de la Ilíada tremendo. La batalla de los Tengu’, de Stan Sakai, y varios libros de documentación.

En cuanto a lo que estoy escribiendo, aún no se puede decir, pero no es una novela.

  • AL: ¿Cómo crees que está el panorama editorial?

DBG: Contra pronóstico, la pandemia ha supuesto un punto de inflexión en cuanto a las ventas, que han comenzado a remontar. Eso no significa que nos hayamos convertido de repente en un país de lectores, ni que la industria haya cambiado su modelo. Se siguen publicando muchísimos títulos al año y el mercado está descompensado: la mayoría de títulos venden poco o poquísimo, y unos pocos venden mucho. Todo el mundo parece estar de acuerdo en que hay un exceso de lanzamientos y que no hay espacio para consolidar una midlist, pero nadie quiere ser el primero en levantar el pie del acelerador

  • AL: ¿Te está siendo difícil el momento de crisis que estamos viviendo o podrás quedarte con algo positivo tanto en el ámbito cultural como en el social?

DBG: La ventaja que tenemos los escritores es que, en momentos de crisis, podemos recluirnos en nuestro propio mundo, crear nuestra propia realidad, al menos durante unas horas al día. En lo personal, todo este episodio pandémico ha sido fructífero creativamente; lo malo llegaba al separarte del procesador de texto y encender las noticias.

Darwinismo digital: a la conquista de nuestros datos

Azahara Palomeque

En Estados Unidos, se calcula que en torno al 40% de la población evita ir al médico cuando lo necesita por miedo a las facturas derivadas de la consulta. El dato es preocupante, pero existe otro precio que pagar al que se presta menos atención y no es otro que el que se deriva de compartir nuestros datos. Durante la época que viví en ese país, y una vez logré identificar que sufría depresión, me negué rotundamente a acudir a un profesional debido, entre otras cosas, a la incapacidad de saber qué haría exactamente la industria sanitaria con esa información, junto a la sospecha de que podría ser utilizada para incrementar el precio del seguro, o directamente para negármelo en algún momento. Mis suspicacias se cimentaban en un hecho irrebatible: cada vez son más las empresas que buscan recolectar el mayor número de datos posible sobre nosotros porque eso les aporta una ventaja competitiva que, a la larga, se traduce en golosos beneficios. 

Más allá del conglomerado estadounidense en torno a la salud –uno de los más lucrativos–, y de las grandes tecnológicas y el oligopolio de las redes sociales, la adquisición de datos personales de todo tipo a través de la digitalización se está convirtiendo en un mandato para la supervivencia en el mundo de los negocios. El concepto acuñado para definir este fenómeno es “darwinismo digital”, una suerte de reinterpretación de las teorías del científico inglés Charles Darwin, que promulga la imperiosa adaptación del tejido corporativo a la “evolución” del tecnológico y el comportamiento de los posibles clientes.

Las marcas que no sean capaces de llevar a cabo ese proceso, dicen los expertos, morirán, y estas abarcan desde fabricantes de aspiradoras, persianas “inteligentes” y demás objetos que ya integran lo que se ha venido a llamar “el internet de las cosas”, hasta ese reloj que mide las pulsaciones y pasos, o la industria automovilística. Esta última, decía Shoshana Zuboff, autora del libro Surveillance Capitalism (capitalismo de la vigilancia) y profesora de Harvard, obtiene ya más rédito gracias a los datos que le aportan las cámaras de los coches que con la fabricación y venta de vehículos. Que hasta algunos comederos para perros lleven incorporados chips y pantallas conectados, puede argumentarse, no responde tanto al progreso de nuestra civilización como a un modelo de negocio basado en la gestión de información personal.

Así, la prensa especializada subraya a menudo las ganancias de implantar inteligencia artificial y, específicamente, mecanismos de aprendizaje automatizado (machine learning) en distintos sectores, ya que, más allá de su acumulación, los datos son utilizados para entrenar a algoritmos que modificarán a la máquina produciendo el efecto deseado: en los vehículos sin conductor, que éste identifique rutas y obstáculos en la carretera; en los seguros (de salud, del hogar), que modelen escenarios de riesgo según los cuales establecer el coste de las pólizas.

Los inversores lo tienen claro, y han logrado dilucidar algunas tendencias con potencial de crecimiento. Una de ellas sería la marcada por John Kerry, el enviado presidencial de Estados Unidos para el Clima, quien aseguró en 2021 que la reducción de emisiones de gases de efecto invernadero provendría en un 50% de “tecnologías que no tenemos todavía”. El tecno-optimismo de este cargo público está siendo utilizado para justificar el desarrollo de infraestructuras cuestionables como las dedicadas a la captura de carbono, pero hay más.

El despliegue del 5G, por ejemplo, constituiría otra de las áreas de expansión digital propuestas por gobiernos y corporaciones, a pesar de las múltiples críticas. Si el científico del CSIC Antonio Turiel no ha dudado en calificarlo como “lo más parecido en el ámbito de las telecomunicaciones a la construcción de los moais de la isla de Pascua, es decir, el canto del cisne antes del colapso”, a causa del derroche energético que supone, el Alto Consejo por el Clima francés también expresó hace dos años sus dudas. Según el organismo, la instalación masiva del 5G podría provocar un aumento de las emisiones, así como daños en la salud. Por su parte, la periodista especializada en tecnología Marta Peirano ya ha afirmado en más de una ocasión que el 5G es “una necesidad creada para la explotación de datos” y, por ende, “una gran trampa para espiarnos”.

De ese espionaje, que tiende a multiplicarse conforme el entramado empresarial y financiero fortalece su dogma darwinista, se desprenden consecuencias nefastas que van desde el destrozo medioambiental perpetrado por la nube, hasta la fabricación de nuevos hábitos de consumo y la pérdida de privacidad, pasando por la manipulación de sensibilidades políticas y conductas electorales. La sobrevivencia de la industria más fuerte, tecnológicamente hablando, apunta así a una debilidad civil mientras más se afianza nuestra dependencia digital. 
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