Diálogos por la democracia con Argel Gómez Concheiro y John Ackerman
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Isaac
La ciudad de Cuenca se convierte estos días en epicentro europeo de la novela negra con una nueva edición del Festival Internacional de Novela Negra Las Casas Ahorcadas. El certamen, organizado por el club de lectura homónimo, combina encuentros con autores de primer nivel, debates sobre el género criminal y un potente programa educativo dirigido a públicos muy diversos.
Entre el 4 y el 7 de febrero, distintos espacios culturales conquenses acogen mesas redondas, telefórum, masterclass y actividades didácticas que exploran la capacidad del noir para abordar temas como la memoria histórica, la violencia estructural, la mente del asesino o la denuncia social. La entrada a todas las propuestas es gratuita hasta completar aforo, lo que refuerza la vocación abierta e inclusiva del festival.
El Festival Internacional de Novela Negra Las Casas Ahorcadas se ha consolidado, edición tras edición, como uno de los referentes del género criminal en España. Impulsado por el club de lectura Las Casas Ahorcadas y coordinado por su creador, Sergio Vera, el certamen mantiene una doble brújula: cuidar al lector adulto habitual de novela negra y sembrar el interés por el misterio entre los lectores más jóvenes.
En esta nueva entrega, el festival reúne a una treintena de escritores, divulgadores y especialistas que participan en mesas temáticas y encuentros con el público. La programación se reparte entre el Centro Cultural Aguirre, el Museo Paleontológico de Castilla-La Mancha y la Facultad de Bellas Artes del campus universitario, convirtiendo Cuenca en un gran escenario literario donde el crimen de ficción sirve para reflexionar sobre la realidad.
El festival cuenta con el respaldo institucional y privado de la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha, la Diputación y el Ayuntamiento de Cuenca, además del Consorcio Ciudad de Cuenca, el Patronato Cardenal Gil de Albornoz y empresas como General Óptica y Masfarné. Este tejido de apoyos permite que el acceso sea libre y que el programa educativo tenga continuidad y ambición.
Según subraya la organización, el objetivo no es solo ofrecer ocio cultural, sino utilizar la novela negra como herramienta de análisis social, diálogo intergeneracional y fomento de la lectura en una época marcada por la omnipresencia de las pantallas.
Una de las señas de identidad del festival es su Plan de Animación a la Lectura de Misterio, bautizado con el irónico título de «Con sangre entra». Este programa, patrocinado por General Óptica, está dirigido al alumnado de Primaria, Secundaria, Bachillerato y Formación Profesional, y se ha convertido en un banco de pruebas para experimentar con nuevas formas de acercar los libros al alumnado.
Las jornadas didácticas se celebran principalmente en el Museo Paleontológico de Castilla-La Mancha y en la Facultad de Bellas Artes. Allí, los estudiantes participan en encuentros con autores, visionados de adaptaciones audiovisuales, talleres de criminología aplicada y sesiones de introducción a disciplinas como las ciencias forenses o la lingüística forense, siempre con la novela negra como hilo conductor.
Beatriz Osés, apodada «reina del thriller infantil y juvenil» gracias a sagas como «Erik Vogler» o la trilogía «El cementerio de Everden», protagoniza la primera jornada del 4 de febrero. La autora se reúne con alumnos de 6.º de Primaria y 1.º de ESO para comentar un capítulo de «La tumba de Walter Malone», combinando humor, intriga y personajes excéntricos como fórmula para enganchar a lectores poco habituados a leer.
Osés defiende que la literatura de misterio es un «gancho» eficaz para la generación pantalla, siempre que los libros sean visuales, de capítulos breves y cargados de acción y diálogos. A su juicio, los festivales deberían reservar un espacio estable para la literatura infantil y juvenil, y permitir que los jóvenes dialoguen con autores vivos, algo imposible con los clásicos del canon escolar.
El creador del festival, Sergio Vera, doctor en comprensión lectora y con varios másteres en animación a la lectura, insiste en que la formación lectora debe ser previa a la puramente literaria. Su planteamiento es claro: antes de exigir a los alumnos obras complejas como «La Celestina», conviene reforzar la competencia de comprensión y dejar cierto margen de elección en las lecturas para no desmotivar a quienes están acostumbrados al consumo inmediato de contenidos digitales.
El mismo 4 de febrero, el festival cede el protagonismo al cómic con la presentación de la serie de novela gráfica «Gloria Victis», ambientada en el Imperio romano, de la mano del guionista y director Juanra Fernández y del dibujante Mateo Guerrero. El objetivo es mostrar a los estudiantes que el relato criminal y de aventuras también puede llegar a través de la viñeta.
El 5 de febrero, de nuevo en el Museo Paleontológico, se organizan dos propuestas dirigidas a alumnado de 4.º de ESO, Bachillerato y FP. Por un lado, un telefórum sobre «Memento Mori», que permite comparar la novela original con su adaptación televisiva en una plataforma de streaming, en presencia de su autor, César Pérez Gellida, reciente ganador del Premio Nadal. Por otro, una masterclass de introducción a la criminología a cargo de la periodista Carmen Corazzini, tomando como caso de estudio el crimen de Pioz y el análisis de los mensajes de WhatsApp del asesino.
Ese mismo día, los narradores cubanos Lorenzo Lunar y Rebeca Murga imparten talleres de relatos policíacos inspirados en cuentos populares, una forma de demostrar cómo se puede adaptar el esquema de la intriga criminal a historias tradicionales que el alumnado ya conoce.
El viernes 6 de febrero, el plan «Con sangre entra» se traslada al Aula Magna de la Facultad de Bellas Artes, con un bloque específico para estudiantes de 2.º y 3.º de ESO. Los primeros asisten a una sesión de introducción a las ciencias forenses y al uso de las huellas dactilares, impartida por el capitán Óscar Palomares y el laboratorio de Criminalística de la Comandancia de la Guardia Civil de Cuenca, además de una nueva masterclass con Lunar y Murga.
Para los alumnos de 3.º de Secundaria, el festival propone un telefórum con Jerónimo Tristante, creador del detective Víctor Ros, personaje inspirado en la tradición de Sherlock Holmes y adaptado también a la televisión, junto a una sesión de lingüística forense con la especialista Sheila Queralt, centrada en el análisis de mensajes en redes sociales. El objetivo de estas actividades es mostrar que la lectura y la escritura tienen una traducción directa en competencias útiles para interpretar la realidad digital.
Más allá del ámbito escolar, el festival convoca a novela negra española y europea, que dialogan con lectores adultos y comparten escenario en mesas redondas especializadas. Entre ellos figuran Marta Robles, Beatriz Osés, César Pérez Gellida, Víctor del Árbol o el italiano Gianrico Carofiglio, además de autores y expertos locales.
La participación de Marta Robles se enmarca en las actividades del Centro Cultural Aguirre, donde la periodista y escritora madrileña interviene en la mesa redonda «Matar en tiempos revueltos: memoria histórica y criminal». Desde allí, Robles conecta su última novela, «Amada Carlota», con uno de los capítulos más oscuros de la historia reciente española: el robo de bebés, un fenómeno que, según recuerda, se prolongó desde la dictadura hasta bien entrada la democracia.
Robles enfatiza que el verdadero núcleo de su obra no es solo el crimen en sí, sino los silencios impuestos a las mujeres a lo largo de varias generaciones. Para ello recupera al detective Tony Roures, un exreportero de guerra marcado por su pasado, que investiga la desaparición de la hija de una jueza cuando esta era menor de edad. A través de su mirada, la autora explora las zonas grises de la moral y evita levantar juicios fáciles sobre personajes que actúan bajo presión o en contextos de violencia institucional.
En paralelo, la presencia de autores como Beatriz Osés y César Pérez Gellida permite al festival mostrar el amplio espectro del noir actual: desde el thriller juvenil que ayuda a los adolescentes a enfrentarse a sus miedos desde la ficción, hasta las tramas más duras que se adentran en la psicología criminal y la violencia explícita. Esa diversidad de registros facilita que el público se reconozca en propuestas muy distintas según su edad, experiencia lectora e intereses.
La organización subraya que esta convivencia de miradas responde a la filosofía del festival: entender la novela negra no solo como entretenimiento, sino como un marco flexible para analizar la memoria, las desigualdades y las contradicciones del presente, sin renunciar a la intriga ni al ritmo narrativo.
Entre los nombres destacados de la programación figura César Pérez Gellida, uno de los grandes referentes del noir español contemporáneo. El autor regresa a Cuenca con una agenda intensa que arranca el miércoles 4 de febrero, en la jornada de apertura del festival, cuando participa en la mesa redonda «Spanish Psycho», planteada en torno a una pregunta provocadora: «¿Cómo se mata en España?».
En este encuentro, el escritor reflexiona sobre hasta qué punto existe una forma «española» de matar. Aunque duda de que pueda hablarse de un modelo criminal estrictamente nacional, sí apunta a patrones vinculados a la historia social del país: conflictos por la tierra y las lindes, tensiones familiares, envidia o crímenes motivados por los celos. Recuerda además que España no ha sido particularmente prolífica en asesinos en serie, lo que contrasta con la imagen que a menudo proyectan algunas ficciones internacionales.
Pérez Gellida insiste en matizar la relación entre psicopatía y asesinato, subrayando que no todos los psicópatas son asesinos en serie ni todos los asesinos encajan en el perfil del psicópata. Su interés se centra más en los «porqués» que en el morbo del crimen en sí: qué experiencias, contextos o desequilibrios llevan a una persona a instalarse en la sociopatía y a encontrar placer en el dolor ajeno.
El autor reconoce que una de las partes más exigentes de su trabajo es la documentación y la inmersión psicológica en personajes extremos. Para él, el reto está en construir figuras complejas, con una evolución interna coherente, que permitan al lector asomarse a un «pozo muy oscuro» difícil de comprender desde la vida cotidiana. Esa interpretación del personaje es lo que le atrae de los llamados psychokillers, más allá del impacto superficial de la violencia.
Al día siguiente, Pérez Gellida protagoniza el ya mencionado telefórum con estudiantes en torno a «Memento Mori», donde se analiza tanto el libro como su adaptación audiovisual. El escritor considera que esta novela, de estructura fragmentada en escenas cortas y sucesión continua de acontecimientos, encaja bien con los hábitos de lectura de los jóvenes, acostumbrados a ritmos narrativos próximos a los de las series y las plataformas de vídeo.
En sus intervenciones públicas en Cuenca, Pérez Gellida aborda también el eterno debate sobre los límites éticos de la violencia en la ficción. Su postura es tajante: en el terreno de la narrativa, no cree que existan líneas infranqueables predefinidas, sino sensibilidades distintas entre lectores. Hay quien evita este tipo de novelas porque les generan malestar, algo que respeta, pero que no le lleva a autocensurarse en el tratamiento del crimen.
La mesa «Spanish Psycho» se plantea precisamente como un espacio para confrontar la perspectiva literaria con la de la criminología y la divulgación especializada. Junto a Pérez Gellida participan la criminóloga Carmen Corazzini y el escritor conquense Alberto Val, lo que permite contrastar los códigos de la ficción con los de la investigación real de casos ocurridos en España.
El autor subraya el valor de esta combinación: mientras los novelistas trabajan con licencias y estrategias narrativas, los criminólogos se rigen por parámetros conductuales, datos empíricos y expedientes judiciales. El diálogo entre ambos enfoques enriquece la comprensión del fenómeno criminal y aporta al público una mirada más matizada que la que ofrece solo la literatura o solo el informe técnico.
En ese cruce de miradas se inserta también la masterclass de Corazzini sobre el crimen de Pioz, donde se analizan los mensajes del asesino como rastro digital de su conducta. Esta actividad refuerza la idea de que la novela negra y las ciencias del comportamiento pueden retroalimentarse, tanto para mejorar la verosimilitud de las tramas como para sensibilizar sobre la violencia real.
El festival, así, se presenta como un lugar en el que la frontera entre entretenimiento, divulgación y reflexión social se vuelve porosa, permitiendo que el público se acerque al crimen desde la seguridad de la ficción, pero sin perder de vista las implicaciones éticas y humanas de los hechos que inspiran muchas historias.
Otro de los grandes bloques del festival está dedicado a la dimensión social y ética del noir. El 6 de febrero, el salón de actos del Centro Cultural Aguirre acoge la mesa redonda «Justicia poética, denuncia social en verso libre y criminal», con la participación del escritor español Víctor del Árbol, Premio Nadal y Caballero de las Artes y las Letras de Francia, y del autor italiano Gianrico Carofiglio.
Del Árbol defiende que la vocación de la novela negra, tal y como surgió históricamente, ha sido la de radiografiar los males de su tiempo. Más que una mera crónica de sucesos, el noir nace con una intención ética: cuestionar qué falla en las estructuras sociales, qué grietas de la democracia favorecen la corrupción o la violencia y cómo afectan estas dinámicas a las personas corrientes.
Para el escritor barcelonés, esta perspectiva resulta especialmente pertinente en el contexto actual, marcado por la desconfianza ciudadana en las instituciones y por el aumento de la desigualdad. A su juicio, la novela negra mantiene una «pulsión» de movilizar conciencias a través del entretenimiento, sin necesidad de renunciar al suspense ni a la trama criminal para plantear interrogantes incómodos sobre el poder.
Del Árbol insiste también en el papel de la literatura como herramienta para crear comunidad y combatir la sensación de aislamiento. Frente a los análisis puramente estadísticos de las tragedias, reivindica el relato emocional, capaz de conectar a los lectores a través de la experiencia compartida del dolor y la vulnerabilidad. Más que etiquetar sus libros como «novelas de denuncia», prefiere pensar en historias que permiten reconocerse en los conflictos ajenos.
La presencia de Carofiglio, con su importante bagaje intelectual y su atención al lenguaje, sirve de ejemplo para sostener que el viejo debate sobre si la novela negra puede ser «alta literatura» está, en palabras de Del Árbol, prácticamente superado. Los dos autores evidencian cómo el noir puede aspirar a la máxima exigencia estilística sin perder su raíz popular ni su vocación crítica.
En Cuenca, Víctor del Árbol también presenta «Las buenas intenciones», la novela que cierra la trilogía del «sicario sin nombre», iniciada con «El tiempo de las fieras» y continuada con «Nadie en esta tierra». El título, de tono deliberadamente irónico, alude al modo en que las personas se autoengañan justificando sus actos con supuestos fines nobles.
El autor cuestiona la idea del «mal menor» utilizado como coartada para decisiones que vulneran principios básicos. En la novela aborda temas como la corrupción inmobiliaria y se inspira en el escándalo del Banco Ambrosiano en los años ochenta, un caso que salpicó a la Iglesia católica por sus vínculos con la mafia italiana y el blanqueo de capitales. A partir de ahí, reflexiona sobre la doble moral y el cinismo en el mundo de los negocios.
Del Árbol sostiene que la verdad es objetiva y que lo que cambia son los usos que se hacen de ella para legitimar intereses particulares. Esta convicción impregna una trama en la que el protagonista, que antes ejercía como juez y verdugo en un universo violento, pasa a ocupar el lugar de la víctima, lo que le obliga a enfrentarse a sus propios miedos y fragilidades.
Ese giro en la posición del personaje central permite un «ejercicio muy interesante», según sus palabras, pues transforma la mirada sobre todo el arco narrativo de la trilogía. Quienes han acompañado al «sicario sin nombre» desde su primera entrega se encuentran con un cierre que replantea algunas certezas sobre la justicia, la culpa y la redención.
La mesa compartida con Carofiglio, en este contexto, sirve además para subrayar cómo la novela negra europea actual se nutre de casos reales de corrupción, crimen organizado y colusión entre poder político, económico y religioso, a la vez que explora la dimensión íntima de quienes se ven atrapados en esos engranajes.
La presencia de Marta Robles en el Festival Internacional de Novela Negra Las Casas Ahorcadas aporta otra vertiente esencial del género: la exploración de la memoria histórica y de los silencios impuestos, en especial a las mujeres. Su novela «Amada Carlota», publicada en 2025 y ya en varias ediciones, gira en torno al robo de bebés en España, un delito que, como recuerda la autora, se prolongó desde la dictadura hasta los años noventa.
En su intervención en la mesa «Matar en tiempos revueltos: memoria histórica y criminal», Robles insiste en que el foco del libro no está solo en el crimen, sino en las estructuras de poder y mentalidades que permitieron su continuidad incluso tras la llegada de la democracia. La dejadez política, las lagunas de la legislación sobre adopciones o la falta de voluntad para desmontar determinados entramados son algunos de los elementos que, a su juicio, explican la impunidad.
La autora recupera al detective Tony Roures, exreportero de guerra que carga con sus propios fantasmas, para conducir una investigación muy íntima: una jueza le encarga indagar en la desaparición de la hija que le arrebataron cuando era adolescente, en una clínica clandestina. Roures se aleja del arquetipo del detective moralmente superior; observa sin juzgar de entrada, consciente de que la frontera entre víctimas y verdugos puede volverse difusa en contextos extremos.
Aunque la novela incorpora episodios poco tratados de la época franquista, como la delirante teoría del «gen rojo» de Vallejo-Nájera, Robles aclara que no escribe desde una perspectiva de memoria histórica estricta, sino con la intención de iluminar fragmentos del pasado para entender mejor el presente. Esa mirada le permite trazar un retrato de las heridas que arrastran muchas mujeres, sometidas a formas de maltrato y silenciamiento que cambian de apariencia pero persisten en el fondo.
Para la escritora, la novela criminal es un terreno especialmente fértil para poner sobre la mesa lo que durante décadas se calló y para interrogar cómo ciertas dinámicas patriarcales siguen operando hoy. A través del suspense y la intriga, se invita al lector a mirar de frente realidades que quizá preferiría no ver, pero que siguen condicionando la vida de muchas personas.
Con una programación que combina fomento de la lectura entre los más jóvenes, diálogo entre literatura y ciencias forenses, y reflexión sobre la memoria y la justicia, el Festival Internacional de Novela Negra Las Casas Ahorcadas consolida a Cuenca como un punto de encuentro imprescindible para quienes entienden el género negro como algo más que puro entretenimiento. Durante cuatro días, autores, estudiantes y lectores convierten el crimen de ficción en un espejo incómodo, pero necesario, de la sociedad en la que vivimos.
Isaac
El escritor malagueño Javier Castillo atraviesa uno de los momentos más duros de su vida tras perder a sus dos padres con apenas un par de meses de diferencia. Primero fue su padre, que falleció de forma repentina en noviembre, y ahora ha tenido que despedirse también de su madre, figura clave tanto en su historia personal como en su trayectoria literaria.
La noticia ha impactado con fuerza entre sus lectores y en el mundo cultural, donde Castillo es conocido por títulos superventas como El día que se perdió la cordura, La chica de nieve o El cuco de cristal. En medio de este momento tan delicado, el autor ha decidido compartir públicamente su dolor a través de una carta publicada en sus redes sociales, un texto cargado de amor, rabia contenida y gratitud hacia sus padres.
En su mensaje, el escritor relata cómo la muerte de su madre ha llegado cuando aún no había logrado asimilar el fallecimiento de su padre. Apenas dos meses separan ambas pérdidas, un periodo tan corto que, en sus propias palabras, no le ha dejado «tiempo de asimilar el golpe» ni de recomponerse emocionalmente.
Castillo recuerda que su padre murió «de forma repentina» en noviembre, un mazazo que sorprendió a toda la familia. Cuando todavía seguía procesando esa ausencia, se vio obligado a afrontar otra despedida definitiva, la de su madre, con la que mantenía un vínculo especialmente intenso y que había sido un pilar constante en su vida.
En la carta, el autor lamenta no haber podido compartir con ella todas esas cosas que habían ido posponiendo, confiando en encontrar un momento mejor, cuando estuviera más recuperada. Esa sensación de tiempo robado y de conversaciones pendientes recorre todo el texto, que se ha viralizado entre lectores y compañeros de profesión.
El escritor describe la escena del adiós evocando su primer encuentro con su madre: miradas cruzadas, llantos ahogados y una mezcla de ternura y dolor. Ese paralelismo entre el inicio y el final de su relación añade aún más carga emocional a un relato que ha conmovido a miles de personas.
Más allá del duelo, la carta sirve también para recordar la enorme influencia que su madre tuvo en su formación como lector y como autor. Castillo la define como «mi mayor fan, mi incrédula lectora, la que me hizo leer de niño», subrayando que fue ella quien, casi sin darse cuenta, lo empujó hacia la escritura.
Durante su infancia, su madre atravesó una enfermedad importante que la obligó a pasar mucho tiempo en casa. Esa circunstancia hizo que el pequeño Javier también permaneciera muchas horas en el hogar familiar, y fue ahí donde los libros se convirtieron en refugio. La lectura pasó de ser un simple entretenimiento a una vía de escape y una forma de expresión que acabaría marcando su futuro profesional.
El escritor ha explicado en diversas ocasiones que sus primeras historias nacieron como un pasatiempo sin mayores pretensiones. De hecho, su primera novela comenzó a tomar forma en los trayectos de tren que hacía a diario hacia la oficina, cuando aún trabajaba en el sector financiero. Aquello que parecía solo un hobby «para matar el tiempo» terminó convirtiéndose en el inicio de una carrera literaria fulgurante.
En la despedida a su madre, insiste en que fue ella quien le inculcó el amor por las historias y la curiosidad por las palabras. La describe como una lectora escéptica pero entregada, que dudaba de sí misma pero no de la capacidad de su hijo. «Creyó en mí cuando nunca fue capaz de creer en ella», admite con una mezcla de orgullo y culpa.
También reconoce que, siendo niño, no supo ver hasta qué punto ella necesitaba ayuda, y que cuando quiso devolvérsela ya era tarde. Esa reflexión convierte el texto en algo más que una simple carta de despedida: es, en cierto modo, un ajuste de cuentas íntimo con su propio pasado y con las cosas que se quedan sin decir.
La historia de éxito de Javier Castillo no se entiende sin mirar a sus raíces. El autor creció en una familia trabajadora en Mijas, Málaga, donde su padre se ganaba la vida en la construcción y su madre limpiaba casas. Desde muy pequeño aprendió el valor del esfuerzo, algo que él mismo ha reivindicado a menudo.
Antes de ganarse un sitio en las listas de libros más vendidos, Castillo encadenó empleos tan dispares como pastelero, barrendero o camarero en una conocida cadena de restauración. Al mismo tiempo, estudiaba Empresariales y trataba de asegurarse un futuro estable, que acabó encontrando en un puesto en una entidad bancaria.
El giro llegó cuando su primera novela, escrita a ratos en el tren, empezó a llamar la atención de los lectores. El éxito fue tan grande que el escritor tomó una decisión que muchos considerarían arriesgada: dejó su trabajo fijo para dedicarse por completo a la literatura. En ese momento crucial, el respaldo de sus padres fue absoluto.
Castillo ha contado que tanto su padre como su madre se mostraron orgullosos de que persiguiera su sueño, incluso aunque eso implicara renunciar a una seguridad laboral que en su entorno siempre se había valorado mucho. Esa confianza se ha convertido con el tiempo en una de sus mayores motivaciones.
Ahora, tras su fallecimiento, el autor subraya que ellos seguirán siendo su principal fuente de inspiración. Promete seguir escribiendo muchos libros más, no solo para sus lectores, sino también para esa madre a la que pide que no deje de leerle «allá donde esté».
Aunque el momento personal que vive es devastador, resulta imposible obviar la dimensión pública que ha alcanzado Javier Castillo en los últimos años. Se ha consolidado como uno de los nombres más populares del thriller español contemporáneo, con novelas que combinan misterio, giros inesperados y un fuerte componente emocional.
Su debut, El día que se perdió la cordura, irrumpió con fuerza en el panorama editorial y abrió el camino a otros títulos de gran impacto entre el público, como La chica de nieve o El cuco de cristal. Varios de estos libros han dado el salto a la pantalla, con adaptaciones televisivas que han ampliado todavía más su base de seguidores en España y en otros países europeos.
Su última obra, El susurro del fuego, se presentó el pasado octubre en el cine Albéniz de Málaga, en un acto especialmente emotivo. Allí, ante un auditorio lleno, Javier se dirigió a su madre con una frase que hoy cobra un significado distinto: dijo que nada le hacía más feliz que ver que ella lo admiraba. El momento terminó con un abrazo entre ambos que emocionó al público presente.
Ese recuerdo, todavía reciente, contrasta con el vacío actual, pero también sirve para poner en contexto la importancia que tenía ella en todos los hitos de su carrera. No era solo la madre orgullosa de un escritor de éxito, sino una pieza fundamental en la construcción de su imaginario literario.
Además de por sus libros, Castillo es muy conocido en el ámbito digital. Su presencia en redes sociales supera los cientos de miles de seguidores, y allí comparte tanto su faceta profesional como momentos de su vida cotidiana. Casado con la influencer Verónica Díaz y padre de tres hijos, su figura se ha convertido en un referente para muchos lectores jóvenes que han descubierto la lectura a través de sus historias.
El canal elegido por Javier Castillo para despedirse públicamente de su madre ha sido, precisamente, sus redes sociales. Acompañada de una fotografía en blanco y negro donde madre e hijo posan cómplices y sonrientes, la carta es un desahogo sincero en el que se mezclan dolor, ternura y una sensación profunda de injusticia.
El texto arranca con la idea de que «aquí acaba todo», una frase con la que expresa esa percepción de que la vida ha cambiado de forma irreversible. Se reprocha no haber tenido tiempo para llevar a cabo todos esos planes que habían ido guardando «para más adelante», confiando en que la salud diera un respiro.
A lo largo de la carta, insiste varias veces en que no encuentra una explicación al hecho de perder a sus dos padres tan seguidos. Habla de golpes encadenados, de poco margen para asumir lo ocurrido y de la imposibilidad de comprender por qué han sucedido las cosas de este modo.
Sin embargo, entre líneas aparece también una clara voluntad de homenaje. Castillo evoca a su madre como esa mujer que, aun dudando de sí misma, jamás dejó de animarle. La llama «mi mayor fan», reconoce que estaba orgullosa de él y recuerda cómo ella fue quien le infundió el amor por los libros y por las historias cuando él era solo un niño.
El mensaje se cierra con una despedida tan dolorosa como luminosa: le desea que por fin pueda «respirar aire limpio» y escuchar solo su propia voz. Le pide que, allí donde esté, no deje de leerlo porque aún le quedan muchas historias por contar. Es una promesa de continuidad en medio del duelo, y también una forma de mantener vivo el vínculo entre ambos.
La publicación de la carta ha generado una enorme respuesta de cariño. Escritores, artistas y rostros conocidos de distintos ámbitos han querido acompañar al autor con mensajes de ánimo y condolencias. Entre quienes han mostrado públicamente su apoyo se encuentran nombres como Pastora Soler, Pedro Alonso, Ana Peleteiro, Verdeliss, Lydia Bosch, Máximo Huerta, Elvira Sastre o Mercedes Ron, además de otras figuras muy presentes en televisión y redes.
Junto a ellos, miles de lectores anónimos han dejado comentarios en los que comparten su empatía, relatan experiencias similares o simplemente le expresan su afecto. Muchos subrayan que sus novelas les han acompañado en momentos difíciles y ahora sienten que es el turno de sostenerle a él.
En un breve posdata, Castillo agradece los incontables mensajes de cariño, aunque reconoce que no tiene fuerzas para responder uno por uno. Pide comprensión ante su silencio y se muestra abrumado por la cantidad de apoyo recibido en tan poco tiempo.
Este momento personal tan delicado se cruza con una etapa de gran visibilidad pública para el escritor, que en los últimos años se ha acostumbrado a convivir con la exposición mediática. Sin embargo, el tono de sus publicaciones deja claro que, pese a la fama, intenta gestionar el duelo de la forma más íntima posible, limitándose a compartir solo aquello que considera necesario.
Mientras tanto, en el entorno literario español se percibe una sensación de cercanía hacia su dolor: muchos colegas subrayan la humanidad de su gesto al mostrar su vulnerabilidad, algo que, a la vez, conecta con la carga emocional que suele impregnar sus novelas.
En este cruce de vida y literatura, el autor malagueño se encuentra ahora en una encrucijada vital marcada por la ausencia de sus padres, pero también por la huella imborrable que ellos han dejado en su carácter, en su forma de entender el trabajo y, sobre todo, en las historias que seguirá compartiendo con sus lectores.
La experiencia de Javier Castillo en estos últimos meses retrata el contraste entre el éxito profesional y la fragilidad que acompaña a cualquier pérdida familiar. Desde una infancia marcada por la enfermedad de su madre y el esfuerzo de una familia humilde, pasando por trabajos precarios y estudios compaginados con jornadas largas, hasta el salto definitivo a la literatura, su recorrido vital está atravesado por el apoyo constante de unos padres que creyeron en él incluso cuando él mismo dudaba. Ahora, en pleno duelo por su muerte con solo dos meses de diferencia, el escritor mira hacia adelante aferrado a las letras, a su familia y al afecto de miles de personas, decidido a seguir escribiendo en honor a quienes fueron el origen de todo.
El año pasado cumplió un cuarto de siglo Generaciones, la convocatoria de La Casa Encendida destinada a promover la labor de los jóvenes artistas y concederles herramientas para producir y divulgar sus trabajos. En este nuevo capítulo de la iniciativa los ganadores no han sido ocho, sino seis, con el objetivo de aumentar la dotación de sus premios (ahora 10.000 euros para la producción y 2.000 como honorarios) y también el espacio en el que mostrar las propuestas.
Este año el jurado que ha seleccionado a los autores menores de 35 años participantes ha estado compuesto por David Barro, director de Es Baluard Museu; Rosa Ferré, codirectora de TBA21; y la comisaria Maria Willis. Se reconocen proyectos de largo recorrido, no necesariamente finalizados -de modo que el mismo jurado pueda conocer sus procesos- y habitualmente de muy distinto cariz; en esta ocasión, se hace extensiva al conjunto de las piezas elegidas la definición que Ferré hace de una de ellas, la de Víctor Colomer: una escultura que deja de ser mero objeto para devenir sistema relacional que modifica las formas de habitar, percibir y moverse.
Cuerpo, materia, tiempo y voz son el centro de las investigaciones de estos creadores, a quienes, como a tantos de su generación, importan más los caminos que sus frutos y no les preocupa definirse por unas u otras disciplinas: habitualmente aúnan escultura e instalación, prácticas performativas y sonoras, desarrollos en el tiempo y en el espacio. Les interesa lo que se transforma y lo inestable, aquello que creen necesario repensar.
Hace sólo un par de semanas se sumó a nuestros fichados Hodei Herreros, con quien comienza el recorrido. Se vale de sombras, siluetas y contornos, de planitudes, para construir formas escultóricas e incorpora y reivindica como parte de sus trabajos maquillaje y bisutería femeninas, cuestionando que estructura y ornamento, política y estética, no puedan converger.
En La Casa nos enseña The Voiceless Voice of the Girls, una instalación entre sonora y espacial: una estructura pintada justamente con maquillaje acogerá los cuerpos, y las bocas a sus distintas alturas, de mujeres que emitirán sus voces en una performance destinada a hacernos reflexionar sobre cuáles son audibles y cuáles silenciadas. Ese instrumento de la voz también se hace presente en copas como labios, abiertas: recuerda Herreros que el habla y la apariencia han sido y son objeto de controles y disciplinas.
Generaciones 2026. La Casa Encendida. Fotografía: Maru Herrero
Generaciones 2026. La Casa Encendida. Fotografía: Maru Herrero
Al mencionado Ruiz Colomer le interesa el que llama hacer espacial: cómo se mantienen y destruyen las estructuras de organización social y qué fricciones generan; y aborda estas cuestiones desde la escultura, una inhabitual. Se vale de prototipos y maquetas, dispositivos que siempre son ensayos pero que, a la vez, pueden liberarse en cualquier momento para ser piezas finales.
En Generaciones veremos dos de esos dispositivos ligados a sanatorios psiquiátricos; tendremos ocasión de vincular sus arquitecturas y sus elementos ligados a la contención (puertas, ventanas, marcos) con los trastornos del pensamiento que padecen quienes los habitan. Para este autor, el espacio es un campo de relaciones entre el cuerpo, la materia y el lenguaje.
Generaciones 2026. La Casa Encendida. Fotografía: Maru Herrero
Colomer y Herreros comparten sala con otra de nuestras fichadas, Maya Pita-Romero, que viene recurriendo a instalaciones, esculturas y textos para enlazar los procesos de nuestro cuerpo y las transformaciones de los ecosistemas. Imagina esta artista madrileña escenarios donde puedan tener lugar otras relaciones con las actividades tradicionales del pasado y con la misma naturaleza, unas relaciones que tendrán que estar lejos de la asepsia y abiertas a las metamorfosis y a la conjunción, quizá, de lo bello y lo abyecto.
Sin nunca llegar a la boca es el título de su propuesta aquí: una suerte de túnel por el que podremos transitar, elaborado con materiales blandos (textiles, plantas, látex), que ella cose, teje y ensambla. Se trata de un espacio para ocultarse, o de una arquitectura íntima; de un lugar donde asfixiarse o en el que ser reparado que Pita-Romero ideó imaginándose tragada por su propia garganta.
Generaciones 2026. La Casa Encendida. Fotografía: Maru Herrero
Élan d´Orphium, Víctor Santamarina y Claudia Pagés nos esperan en la segunda sala de la exposición. Al primero corresponde la pieza más escatológica en el recorrido: Acto de amor. Para María Wills, se adentra en una política del placer y reclama que lo blando y lo efímero también pueden construir.
Este autor pacense ha convertido su propia orina (según él, lluvia dorada) en formas escultóricas semejantes a pájaros, en un gesto que quiere traducir como señal de entrega alternativa, porque entraña disciplina corporal e implicación afectiva prolongada.
Generaciones 2026. La Casa Encendida. Fotografía: Maru Herrero
Generaciones 2026. La Casa Encendida. Fotografía: Maru Herrero
Para Víctor Santamarina, la escultura puede no concebirse para perdurar, sino para encarnar el colapso y lo evolutivo, en lo ontológico y lo material. En Subsidencia se ha valido de sistemas de encofrado, en cera y en vertical, para activar una coreografía de desgaste de ese elemento, que irá deshaciéndose en el tiempo de la exposición, derrumbándose con el paso de los días.
La subsidencia es, justamente, un fenómeno geológico consistente en el hundimiento de los terrenos; en las creaciones de Santamarina, son las estructuras pensadas para ser sólidas las que devienen frágiles, con lo que ese movimiento implica de simbolismo. Podemos entender esta composición como una escultura performativa en la que todo parte, y no acaba, con el fracaso. La cera perdida será, después, recogida y reutilizada.
Generaciones 2026. La Casa Encendida. Fotografía: Maru Herrero
Por último, Claudia Pagés es otra de las artistas que conjuga la creación visual con la escritura y la performance: sus instalaciones videográficas, trabajos en papel y libros beben de su uso de la palabra, la música y el cuerpo.
Su trabajo premiado se llama Marcas de agua: Torres, castillos, perros y Laia y se nutre de sus estudios sobre las marcas del agua del papel (o filigranas): esos dibujos que se llevaban a cabo en el proceso de fabricación de las hojas, quedaban integrados en ellas y sólo pueden verse a contraluz.
En la Edad Media y épocas posteriores, indicaban origen y autenticidad, predominando como motivos los del título de esta pieza. Pagés ha elegido proyectar con láser, que si durara más y no alternaran las imágenes podría perforar la pared, algunas de las marcas que se conservan en el Museo Molí Paperer de Capellades. Descontextualizadas, ya no admiten lecturas estables, como prueba la negación de los temas por parte de su sobrina.
Generaciones 2026. La Casa Encendida. Fotografía: Maru Herrero
Generaciones 2026
LA CASA ENCENDIDA
Ronda de Valencia, 2
Madrid
Del 30 de enero al 19 de abril de 2026
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Verónica Gudiña
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