EL MADRID DE LA MODA

¿QUÉ ES EL MADRID DE LA MODA?
Una guía que repasa la historia de dieciséis firmas y establecimientos destacados ligados a la historia de la moda en Madrid, de Pontejos, Almacenes Arias o Don Algodón a la Pasarela Cibeles y el Museo del Traje.
 
¿QUIÉN LA HA CREADO?
El modisto Lorenzo Caprile, la investigadora de moda Lydia García y el ilustrador Jorge Arévalo. La ha presentado el Ayuntamiento de Madrid.
 
¿QUÉ OBJETIVOS TIENE?
Como el resto de mapas culturales de la ciudad, proponer rutas diferentes para conocer Madrid en torno a una temática concreta, con la participación de escritores e ilustradores destacados.
 
¿QUÉ ESTABLECIMIENTOS NOS INVITA A CONOCER?
Son muy diversos y casi siempre céntricos.
Muchos madrileños saben que tejidos, botones, pasamanerías, abalorios y utensilios de costura suelen comprarse en el Almacen de Pontejos, en la calle del Marqués Viudo de Pontejos. Es la primera parada del mapa.
Muy cerca, en la calle del Arenal, estuvo la sastrería de Alberto Ranz, inaugurada en 1841. Originalmente fue una sastrería militar y más tarde de señoras, hasta que Ranz llegó a ser proveedor de la Casa Real como sastre de cámara. Su legado lo continuaron dos generaciones más antes del cierre del local.
Avanzando hacia la carrera de San Jerónimo, en su número 3 se encontraba la joyería Mellerio, la más antigua del mundo. Fue fundada en 1613 y llegó a Madrid en 1850 con la apertura de una sucursal en la calle de Espoz y Mina, desde donde se trasladó a su emplazamiento definitivo cerca de la Puerta del Sol. Esta joyería fue la preferida de Isabel II y donde se diseñó una de sus piezas más conocidas: la diadema Rocaille.
Ya en la Gran Vía, el mapa registra tres paradas. En el número 32, los Almacenes Madrid-París, los primeros grandes almacenes de la ciudad, fueron inaugurados en 1924 por Alfonso XIII y Victoria Eugenia, y únicamente estuvieron abiertos durante una década. El edificio albergó después los populares SEPU.
En el número 7 estuvo EISA, la segunda casa de alta costura de Cristóbal Balenciaga en España. Parada habitual de estrellas como Ava Gardner, permaneció abierta de 1933 a 1968. Y en Gran Vía, 8, tuvo su espacio la marca española de lujo más reconocida internacionalmente hoy: Loewe.
La séptima parada del mapa es para Flora Villarreal, una de las primeras modistas de alta costura en Madrid, que diseñó el vestido de boda de la duquesa de Alba en 1947. Tuvo una larga carrera y fue pionera en adaptar los diseños de Dior mediante licencias.
Los Almacenes Arias tuvieron su sede más conocida en Montera, 41, octava parada de la guía. Fundados en 1949, se dirigían al gran público, con precios asequibles y un vasto surtido de productos. Desaparecieron en un incendio en 1987. El recorrido continúa en Claudio Coello, 35. Allí estuvo el primer concept store de Madrid: la firma Tebas, que conjugaba moda y decoración en un ambiente bohemio y aristocrático.
Desde allí, el mapa nos propone caminar hasta Fortuny, 19, donde Elio Berhanyer enseñaba al mundo sus creaciones, símbolo del giro de la moda hacia la modernidad en los sesenta y los setenta.
La siguiente parada está dedicada a una peluquería emblemática: Leonardo, en la calle de Velázquez, frecuentada por la alta sociedad entre los sesenta y los ochenta. Un público parecido tenía Dafnis (Víctor Andrés Belaunde, 174), tienda de moda con marcas internacionales.
La ruta continúa en Hermosilla,18, sede de una marca icónica de ese momento: Don Algodón, cuya moda llena de color y su perfume se extendieron en toda una generación. Otro creador, el manchego Manuel Piña, tuvo su atelier en la calle de Valenzuela, donde hizo su sello de creaciones dirigidas a las mujeres fuertes e independientes.
El mapa dedica sus dos últimas paradas a la Pasarela Cibeles, que comenzó con un desfile en la Plaza de Colón, bajo una carpa de circo, en 1985, y al Museo del Traje, el primer museo nacional dedicado a la moda, que abrió sus puertas en 2004.
 
¿QUÉ PUEDO HACER PARA HACERME CON EL MADRID DE LA MODA?
La guía se distribuye gratuitamente en los puntos de información turística municipales, las bibliotecas y los centros culturales y está disponible en esMADRID.com y en la web de Madrid Destino.
 
 
PARA MÁS INFORMACIÓN:
www.esmadrid.com

The post EL MADRID DE LA MODA appeared first on masdearte. Información de exposiciones, museos y artistas.

Marpoética lleva la poesía a Marbella entre hospitales, teatro y grandes voces

Isaac

Festival de poesía Marpoética en Marbella

La novena edición de Marpoética se ha afianzado en Marbella como un festival que no se conforma con llenar teatros y auditorios, sino que sale a la calle, se mezcla con la vida cotidiana y busca nuevos espacios para la palabra. En esta ocasión, el certamen ha combinado recitales en entornos sanitarios, diálogos literarios con figuras de primer nivel y propuestas musicales que acercan la poesía a públicos muy distintos.

Lejos de limitarse a los formatos clásicos, la programación ha puesto el foco en la dimensión sanadora, social y cotidiana de la poesía, llevando versos a hospitales, abriendo debates sobre el duelo y la fragilidad, y reivindicando la lectura como experiencia fundacional. Todo ello convierte a Marpoética en una cita que, más que un simple festival, funciona como un auténtico laboratorio de cómo se puede vivir hoy la literatura en España.

La poesía entra en el Hospital Costa del Sol

Uno de los gestos más significativos de esta edición ha sido la llegada de Marpoética al Hospital Universitario Costa del Sol, donde la poesía ha irrumpido en plena jornada clínica para colarse entre máquinas, pasillos y salas de espera. Los poetas Basilio Sánchez, premio Loewe, y Agustín Pérez Leal, Premio de Poesía Manuel Alcántara, han protagonizado un recital itinerante dirigido a pacientes, familiares y personal sanitario.

La actividad se enmarca en el propósito del festival de sacar la poesía de los márgenes de los libros y llevarla a escenarios poco habituales. Tras propuestas anteriores como el «Sendero Poético» en la montaña o «Faenando versos» junto al mar, el turno ha sido para un entorno tan sensible como el hospitalario, donde la rutina suele estar marcada por la espera, la incertidumbre y los tratamientos de larga duración.

Durante la visita, los escritores han recorrido varias áreas del centro, con paradas en Hemodiálisis, Radiodiagnóstico y Oncohematología. En todas ellas, el público ha recibido a los poetas con una mezcla de expectación y curiosidad, poco habitual en un día de consultas y pruebas, pero que pronto se ha transformado en atención silenciosa a cada poema leído.

El recital ha contado con el apoyo de la Comisión de Humanización del hospital, un órgano consultivo y asesor que trabaja para que los cuidados se desarrollen en un entorno más cercano y respetuoso con la dimensión emocional de pacientes, familias y profesionales. Han acompañado el recorrido, en representación del centro, Carmen Cuenca (directora de Enfermería), Purificación Alcalá (jefa de Bloque de Enfermería de Área Médica y Servicios de Soporte), María Isabel Méndez (supervisora de Enfermería de Pediatría y Neonatología) y Marina Carrasco (supervisora de Enfermería de Calidad).

En este contexto, la poesía no se ha planteado como un simple lujo cultural, sino casi como una herramienta de cuidado complementaria, un respiro en mitad de la carga emocional que acompaña a la enfermedad, y una forma de tejer vínculos diferentes entre quienes comparten espacios clínicos a diario.

Versos que dialogan con la enfermedad y el cuidado

A lo largo del recorrido, la propuesta de los dos autores ha girado en torno a la relación entre la palabra poética, la naturaleza y la experiencia del cuidado. Agustín Pérez Leal ha puesto el acento en cómo la poesía permite reconectar a las personas con aquello que las rodea: los árboles, los pájaros, el mar o las estrellas, elementos que el poeta entiende como una vía de unión con la vida y la alegría incluso en momentos difíciles.

El autor ha defendido que los versos tienen la capacidad de poner en contacto a unas personas con otras de forma discreta, casi subterránea, pero cargada de energía propia. Según ha explicado, esa corriente silenciosa enlaza a quienes escuchan hoy con las generaciones que han escrito y leído poesía desde que la humanidad empezó a reconocerse a sí misma, subrayando así la continuidad histórica del género.

Por su parte, Basilio Sánchez, médico recientemente jubilado tras una larga trayectoria en la UCI del Hospital Universitario de Cáceres, ha presentado la poesía como «la medicina más antigua del mundo». Desde su doble experiencia de poeta y sanitario, ha leído textos como «Siempre hay alguien que cuida», dedicado a quienes velan por los demás en contextos clínicos, donde el trabajo invisible de muchas personas sostiene los procesos de tratamiento.

Sánchez ha compartido además cómo la literatura le ayudó durante la fase más dura de la pandemia, cuando ejercía como intensivista. Ha explicado que la poesía no actúa como un fármaco al uso -no es dopamina, ni noradrenalina, ni un antibiótico-, pero ha defendido que una determinada actitud interior y disposición emocional puede influir de manera positiva en la evolución de la enfermedad, y que en ese terreno la lectura y la escritura de poemas tienen un papel importante.

El resultado ha sido un recital en el que la fragilidad, la enfermedad y el miedo no se han ocultado, pero se han mirado de frente a través de las palabras, abriendo la puerta a nuevas formas de acompañamiento que, sin sustituir a la medicina, amplían la idea de qué significa cuidar a alguien en un hospital.

La respuesta de pacientes y personal sanitario

La primera parada del recital se ha llevado a cabo en la sala de Hemodiálisis, un espacio donde muchos pacientes pasan varias horas por sesión, varias veces por semana, a lo largo de años. En un entorno tan marcado por la rutina, la aparición de los poetas ha supuesto un corte inesperado en el tiempo, un alto en el camino para escuchar versos en lugar de seguir pendiente solo de la televisión o la radio.

Entre quienes han vivido la experiencia desde la butaca se encuentra Josefa Atienza, de 79 años, que ha seguido las lecturas con atención. Al finalizar, ha reconocido que la actividad le ha gustado mucho y que incluso se le ha hecho corta, describiendo el recital como una fuente de alegría y admitiendo que le gustaría poder repetirla en el futuro.

No solo las personas enfermas han agradecido el gesto. El propio personal sanitario ha valorado el impacto de la poesía en la atmósfera de trabajo. Rafael Barrios, enfermero supervisor de la unidad de Hemodiálisis y Nefrología, ha calificado el encuentro de magnífico y ha subrayado que supone una forma distinta de vivir el día a día en un área donde suele reinar el silencio concentrado.

Según ha explicado Barrios, muchos pacientes pasan gran parte de sus sesiones viendo la televisión, escuchando la radio o leyendo en soledad, por lo que la propuesta de Marpoética ha funcionado como un elemento de ruptura de la rutina, generando un clima compartido en el que enfermos y profesionales han seguido con interés cada poema, compartiendo emociones más allá del ámbito estrictamente clínico.

El recorrido ha continuado después por la sala de espera de Radiodiagnóstico, donde el tráfico habitual de pacientes y acompañantes se ha detenido unos minutos para dejar sitio a las voces de los poetas. Finalmente, la jornada ha concluido en el área de Oncohematología, tanto en la sala de espera como en la de tratamiento, donde la carga emocional suele ser especialmente intensa por la naturaleza de las patologías que se atienden.

Oncología, dolor y evasión a través de la palabra

En la zona de Oncohematología, la actividad ha sido recibida como una oportunidad de desconexión dentro de días marcados por pruebas, quimioterapias y buena dosis de incertidumbre. La enfermera Raquel Márquez ha definido la propuesta como una iniciativa muy positiva porque permite a las personas que acuden a tratamiento despejar la mente, aunque solo sea durante unos minutos.

Para pacientes como Francisca Benítez, que sigue un proceso oncológico, el recital ha supuesto un paréntesis en medio de un camino largo y a menudo tedioso. Ella misma ha señalado que, gracias a la poesía, ha podido evadirse por un rato de los nervios y el cansancio que acumula cualquier persona en su situación, encontrando un respiro en los versos que se iban enlazando en la sala.

Este tipo de iniciativas encajan con el trabajo de la Comisión de Humanización del hospital, que busca integrar experiencias culturales y emocionales en los circuitos asistenciales para que los tratamientos resulten más llevaderos. La presencia de Marpoética en este contexto ha reforzado la idea de que el cuidado no se limita a pruebas y fármacos, sino que incluye también lo que tiene que ver con la palabra, la escucha y el acompañamiento.

La experiencia ha demostrado que, incluso en entornos clínicos, la poesía puede despertar una atención profunda y generar conversación entre personas que, quizá, fuera de ese marco no habrían acudido nunca a un recital. En cierto modo, el hospital se ha transformado por unas horas en un espacio cultural inesperado, con el festival como hilo conductor.

Con esta acción, Marpoética reafirma una de sus señas de identidad: entender la cultura no solo como espectáculo para públicos especializados, sino como un servicio compartido que puede infiltrarse en lugares diversos, desde la naturaleza hasta un centro sanitario, para acompañar las distintas etapas de la vida.

Piedad Bonnett abre el festival: dolor, identidad y poder sanador de la poesía

La inauguración oficial de la novena edición de Marpoética ha tenido como protagonista a la poeta colombiana Piedad Bonnett, una de las voces más reconocidas de la literatura hispanoamericana actual, ejemplo de poemas escritos por mujeres. Su intervención ha consistido en una conversación en el Teatro Ciudad de Marbella con el director literario del festival, Javier Vicedo, centrada en el valor sanador de la poesía y en cómo el verso permite transformar experiencias íntimas en reflexión colectiva.

La directora general de Cultura del Ayuntamiento de Marbella, Carmen Díaz, ha ejercido de anfitriona de la velada y ha reivindicado Marpoética como una cita esencial para la poesía en español, subrayando su evolución a lo largo de los años hacia un diálogo cada vez más estrecho con otras artes como la música, el teatro o el cine. En sus palabras, la poesía es pensamiento, música y creación de lenguaje, una de las formas más puras de creación.

Desde el escenario, Bonnett ha repasado algunas de las líneas centrales de su obra: la fragilidad, la memoria, la identidad y el dolor, asuntos que recorre con una escritura lúcida y directa. La autora ha contado cómo su propio camino hacia el poema nació de un profundo descontento personal y vital, un punto de inflexión que la llevó a virar desde la narrativa hacia el verso al descubrir que le resultaba más natural y posible encontrar tiempo para escribir poesía que para embarcarse en una novela larga.

La poeta ha insistido en que la poesía no se preocupa tanto por el concepto como por la energía del lenguaje, que se va desprendiendo de las ataduras de la razón para combinar las palabras de manera intuitiva, conectada con pulsiones oscuras y zonas poco iluminadas de la experiencia humana. Para Bonnett, buena parte de la literatura nace del desconcierto y la duda, y el poeta mira de frente a esas zonas incómodas en lugar de rehacer el camino.

En esa línea, ha explicado cómo su escritura aborda cuestiones como la cultura patriarcal, que condicionó su biografía al punto de obligarla durante un tiempo a participar en concursos con seudónimos masculinos. También ha hablado de cómo ha trasladado a sus libros la presión de los mandatos sociales, el duelo, la salud mental y la pérdida, temas presentes en títulos como «La mujer incierta» o el ya emblemático «Lo que no tiene nombre», donde narra el suicidio de su hijo.

El duelo, la mirada al dolor y la construcción del yo

A lo largo de la conversación, Bonnett ha explicado que su último trabajo autobiográfico, «La mujer incierta», no sigue un esquema lineal, sino que se articula como un mosaico de escenas y recuerdos que escapan del yo estable para dar voz a las distintas mujeres que la han habitado a lo largo de la vida: la niña sometida a una educación rígida, la joven confrontada con lo que se espera de ella, la madre atravesada por la pérdida y la escritora que se observa con ironía y cierto escepticismo.

Este enfoque le ha permitido problematizar el relato único sobre la identidad, planteando que la persona es una suma de versiones en conflicto y transformación. La autora ha insistido en que la literatura nace de la incertidumbre y de una mirada que nunca se conforma con la comodidad de lo blanco o negro, sino que se interesa por las zonas grises y los misterios que cada vida arrastra.

Cuando el diálogo ha derivado hacia el tema del duelo, Bonnett ha subrayado que la poesía -y la literatura en general- ayuda a tomar distancia del dolor sin negarlo, gracias a su capacidad para poner en palabras lo insoportable. Ha recordado versos como «No hay cicatriz / por brutal que parezca / que no encierre belleza», en los que se filtra la idea de que incluso en las heridas más profundas puede encontrarse un tipo de conocimiento.

La autora ha insistido en que el poeta mira el sufrimiento de frente, sin rodeos, y que la escritura se convierte en un modo de sostener lo que de otra manera podría resultar asfixiante. De hecho, ha explicado cómo «Lo que no tiene nombre» supuso para ella un punto de inflexión literaria y vital: al abordar la muerte de su hijo, convirtió el duelo en una forma de comprensión del mundo y la escritura en un mecanismo de consuelo y memoria.

La conversación con Vicedo ha permitido ver cómo Bonnett transforma experiencias personales muy dolorosas en un espacio común para los demás, sin renunciar a los aspectos más incómodos y poco amables de la existencia. Esa combinación de honestidad y reflexión ha sido uno de los momentos más intensos de la apertura de Marpoética, dejando claro el interés del festival por explorar la capacidad sanadora, pero también crítica, de la poesía.

La música de La Tania: copla, flamenco y pop en clave poética

La sesión inaugural en el Teatro Ciudad de Marbella se ha cerrado con la actuación de La Tania, cantante alicantina cuya propuesta musical combina copla, flamenco y sonoridades del pop contemporáneo. Su presencia ha reforzado la vocación del festival de tender puentes entre poesía y música, entendidas no como disciplinas separadas sino como lenguajes que se alimentan mutuamente.

En el escenario, La Tania ha presentado temas de su primer trabajo discográfico, «Amoríos, la verdad de mi coplilla», nominado a Mejor Álbum Folclórico en los Premios de la Academia de la Música. Piezas como «Romance de Juan Osuna», «Quereles», «Monigote», «Besitos de otro» o «El emigrante» han resonado en el teatro con una mezcla de raíz tradicional y mirada actual, despojando a la copla de los prejuicios que durante años la han encasillado como género obsoleto.

La artista, que comenzó estudiando interpretación de niña en su pueblo de El Campello (Alicante) y fue descubriendo su voz en montajes teatrales escolares, ha construido una trayectoria marcada por la intensidad escénica. Su camino la ha llevado hasta Madrid y a reconocimientos como el Goya a la Mejor Canción Original por «Los Almendros», un hito que, sin embargo, no le ha hecho perder de vista su manera personal de entender la música.

Durante el concierto en Marpoética, la voz de La Tania ha llenado cada rincón del teatro con un formato intimista donde las letras -de fuerte carga emocional y narrativa- han tenido todo el protagonismo. En ese cruce entre la tradición popular y una sensibilidad contemporánea, la artista se ha situado en un terreno muy cercano a la poesía, apoyando con su actuación el objetivo del festival de mostrar cómo la palabra cantada también puede ser literatura.

El tándem formado por Piedad Bonnett y La Tania en la noche inaugural ha simbolizado el encuentro de dos generaciones y dos formas distintas de mirar el mundo, pero unidas por la misma pasión por el idioma y por la capacidad de las palabras de poner en circulación emociones complejas. Esa combinación ha marcado el tono de una edición que apuesta por el cruce de voces y disciplinas.

Juan Manuel de Prada y los libros que fundan a un lector

Dentro de la programación de Marpoética, el ciclo «Diálogos» se ha estrenado en el Hospital Real de la Misericordia con la intervención del escritor Juan Manuel de Prada. Acompañado también por el director literario del festival, Javier Vicedo, el autor ha ofrecido una charla titulada «El lector que somos», en la que ha repasado los libros que marcaron el origen de su vocación literaria.

De Prada ha defendido que la lectura temprana, especialmente en la adolescencia, deja una huella difícil de borrar. En su opinión, cuando alguien se acerca a los libros a los veinte, treinta o cuarenta años, el impacto suele ser menor, porque ya no se vive con la misma intensidad la mezcla de preguntas, inquietud y desconcierto que caracteriza los años juveniles, ese periodo en el que un título puede llegar literalmente a cambiar la vida.

En su caso, la relación con la literatura comenzó muy pronto gracias a su abuelo, que le enseñó a leer antes incluso de ir al colegio. Aquellas primeras incursiones en la biblioteca de su pueblo, recorrida anaquel por anaquel, se convirtieron en un territorio de exploración donde la palabra escrita adquirió el peso de una revelación. El autor ha reconocido que las palabras marcaron su vida como un hierro candente, dejando claro hasta qué punto la lectura puede moldear una biografía.

Uno de los libros clave de esa etapa fue «Narraciones extraordinarias», de Edgar Allan Poe, al que accedió de niño casi a escondidas después de que sus padres intentaran limitarle su lectura por considerarlo poco adecuado para su edad. Lejos de frenarlo, esa prohibición hizo que leyera los relatos bajo las sábanas con una linterna, experimentando a la vez el placer de lo prohibido y el descubrimiento de historias perturbadoras que le dejaban en un estado de pánico fascinante.

De Prada ha contado cómo, con el tiempo, una relectura adolescente de Poe le permitió valorar de otra manera la maestría técnica del autor. A partir de ahí, su itinerario lector continuó con «Don Quijote de la Mancha» de Cervantes, «El Aleph» de Jorge Luis Borges y «En busca del tiempo perdido» de Marcel Proust, obras que no solo consolidaron su vocación, sino que le ofrecieron distintas formas de entender la literatura y el estilo.

Cervantes, Borges, Proust y la defensa de la gran literatura

Al referirse a Miguel de Cervantes, De Prada ha recordado que leyó por primera vez «Don Quijote» con apenas catorce años, en una edad en la que, según ha confesado, se adentraba en libros que muchos considerarían desaconsejables para un adolescente. Para él, eso no es un problema, sino casi una necesidad: opina que los más jóvenes deberían leer literatura adulta, ya que incluso los mejores cuentos considerados infantiles -como «La Bella y la Bestia» o «Alicia en el país de las maravillas»- no lo son en realidad.

El autor ha explicado que pasó una década leyendo «El Quijote» cada verano, de los catorce a los veinticuatro años, convencido de que la novela cervantina es una obra inagotable de la que siempre se puede extraer algo nuevo. Ha coincidido con Miguel de Unamuno al describirla como «el evangelio en español», y ha insistido en que, además de su enorme valor estético, el libro funciona como una verdadera escuela de vida y un manual de buen vivir.

En este punto, ha lanzado una reflexión sobre la fidelidad a las propias convicciones, apoyándose en la figura del hidalgo que permanece fiel a Dulcinea incluso después de ser derrotado por Sansón Carrasco en la playa de Barcelona. Para De Prada, la gran literatura enseña a mantener las ideas aunque estén fuera de moda o se burlen de ellas, y esa lección sigue siendo plenamente vigente.

El paso a Jorge Luis Borges ha servido para hablar de la forma literaria. En «El Aleph», De Prada descubrió el uso preciso del adjetivo, la musicalidad y la sintaxis irreprochable, lo que le llevó a comprender que escribir no consiste solo en contar una historia, sino en hacerlo de una manera determinada. A su juicio, existen relatos que quedan vetados para un autor si este no cuenta con el estilo adecuado para afrontarlos.

Finalmente, su encuentro con Marcel Proust y «En busca del tiempo perdido» abrió la puerta a otra dimensión de la experiencia lectora, en la que los aspectos más nimios de la vida se transforman en materia literaria cuando se narran con el enfoque preciso. De Prada ha recordado la célebre escena de la magdalena mojada en té como ejemplo de cómo la palabra puede invocar el mundo y combatir la fugacidad del tiempo y la muerte, dotando de sentido a lo que, en apariencia, es insignificante.

En conjunto, su intervención ha sido una defensa sin ambages de la gran literatura como patrimonio vivo, que sigue hablando a lectores de cualquier generación y lugar. De Prada ha criticado con dureza las versiones abreviadas y adaptaciones de los clásicos al castellano actual, que considera una forma de empobrecer la experiencia lectora, y ha reivindicado la necesidad de acercarse a estas obras tal y como fueron escritas, aceptando su complejidad.

El ciclo «Diálogos» de Marpoética se completa con la participación de otros nombres destacados del panorama cultural, como la escritora Marta Jiménez Serrano, autora del libro de éxito «Oxígeno», y el cineasta Fernando León de Aranoa, lo que muestra la voluntad del festival de conectar la poesía con la narrativa, el cine y distintos formatos de creación contemporánea.

Entre recitales en hospitales, conversaciones con autores de referencia y propuestas musicales que rompen etiquetas, Marpoética se consolida en Marbella como un festival que entiende la poesía como una experiencia amplia, capaz de dialogar con la enfermedad, el duelo, la memoria, la identidad y el placer de leer. Esta novena edición confirma que el certamen no solo programa actividades, sino que explora cómo la palabra puede seguir teniendo sentido en la vida cotidiana de quienes la escuchan dentro y fuera de los escenarios habituales.


Ir a la fuente en actualidadliteratura.com

Pintura y cine: los artistas que esconden los planos

Encontrar paralelismos entre el ojo del pintor y el del director de cine es casi tan antiguo como la aparición de este último, en cuanto que no podemos dudar de que lienzos y películas son construcciones, nunca ventanas transparentes a la realidad.
El pintor, ante la tela en blanco, debe elegir un método compositivo, una paleta de colores y una luz; el cineasta, al encuadrar, decide el ángulo, la intensidad de la iluminación, el movimiento de los actores o las texturas de su vestuario.
En ocasiones el cine -sobre todo en épocas tempranas- ha sido, incluso, considerado como una prolongación de la pintura y cada plano leído como un cuadro. A la bidimensionalidad inerte de aquella, aporta la cámara algo nuevo: tiempo, música, movimiento y voz, pero el impulso del que ambas disciplinas nacen tiene algo en común: el deseo de organizar el mundo en imágenes.
El encuadre es el límite en el que el director ha de marcar qué entra dentro de nuestra mirada y qué queda fuera; en el cine se corresponde con el rectángulo de la pantalla y en pintura podemos equipararlo al soporte. En ambos casos, lo esencial es lo mismo: determinar o improvisar cómo se organiza lo que queda dentro. Si pensamos en el cine bélico de Akira Kurosawa, el japonés organizaba las escenas de batalla como grandes lienzos corales, con diagonales dinamizando el conjunto, al igual que en tantas composiciones especialmente renacentistas y barrocas.
El cine hereda, además, el uso dramático de la luz y el claroscuro, la teatralidad que la luminosidad (tenebrista) propicia; es claro en el cine negro de los cuarenta y los cincuenta, como en Sed de mal (Orson Welles, 1961). Las penumbras evocan moralidades ambiguas y luces y oscuridades revelan y ocultan, llegan a generar laberintos psicológicos. No se trata de un mero recurso estético.
Orson Welles. Sed de mal, 1961
En cuanto al color, también al cine aporta un poder expresivo más allá de la mímesis. In the mood for love (Wong Kar-Wai, 2000) ofrece encuadres y paletas cuidadosamente escogidos, como los de un pintor; los escenarios contienen emociones y la luz es muy cálida.
Powell y Pressburger (Las zapatillas rojas, 1948) usaron Technicolor para avivar tonos que simbolizan, saturados, el deseo y la ambición. Hablando de paleta, tenemos que referirnos a Almodóvar y sus colores primarios: no decoran, sino que expresan la emoción de los personajes. Pueden alcanzar a sustituir las palabras.
Powell y Pressburger: Las zapatillas rojas, 1948
En lo relativo a la composición en el cine clásico, tiene mucho de legado pictórico. Los paisajes de los westerns de John Ford podrían recordar los lienzos del romanticismo, que minimizan al individuo frente a la inmensidad de la naturaleza.
Ocurre algo semejante en Lawrence de Arabia (David Lean, 1962). Construye el  británico sus encuadres con equilibrio, claridad y proporción, al servicio de una idea: la de que el desierto es un personaje más que incide en la soledad y grandeza del hombre. Como las montañas de Friedrich.
David Lynch. Lawrence de Arabia, 1962
Hitchcock, por su parte, pensaba en sus encuadres como arquitecturas geométricas -escaleras, pasillos, encuadres en espiral-, mientras que El Gatopardo (Visconti, 1963) remite a la brillantez y al movimiento barroco de forma clara y conjuga opulencia y melancolía, recargamiento y sensualidad. Su baile final tiene algo de cuadro vivo, y La dolce vita de Fellini (1960) es también un carnaval barroco de cuerpos y gestos.
Luchino Visconti. El Gatopardo, 1963
En cuanto al impresionismo, Terence Malick quizá lo encarne en la pantalla en ocasiones: en El árbol de la vida (2011) capta instantes fugaces y cambios atmosféricos convertidos en emociones visuales. Pero si nos referimos a ese movimiento, no queda más remedio que pensar en Jean Renoir y Una partida de campo: sus juegos lumínicos sobre la hierba y el agua ofrecen evocaciones muy concretas al padre del director y sus cercanos.
El expresionismo, que deforma la realidad para mostrar el alma, es indisociable de El gabinete del Doctor Caligari (1920), con sus luces violentas, decorados inclinados, sombras pintadas y perspectivas imposibles que expresan el desorden interior de los personajes (y del exterior, del mundo, en esos momentos). Wiene convierte el espacio en espejo del alma: la escenografía grita lo que los personajes no dicen.
En la cercana Metrópolis (Fritz Lang, 1927), las arquitecturas monumentales no tienen nada de anecdóticas, sino que constituyen alegorías del poder, como lo son las (un poco más tardías) ligadas a los totalitarismos.
Robert Wiene. El gabinete del Doctor Caligari, 1919
Las exploraciones surrealistas del inconsciente no es difícil hallarlas en Luis Buñuel, Dalí o Lynch; en la escena en el club Silencio de Mulholland Drive, una voz canta sin cuerpo. Colores, luces y sonidos adquieren el poder simbólico del universo y el cine se convierte en un sueño lúcido. Las imágenes en sus filmografías rompen la lógica narrativa, y una simple habitación puede devenir un espacio inquietante.
Otra de las relaciones cinematográfico-pictóricas más fecundas y evidentes la encontramos en Peter Greenaway. Obsesionado con Vermeer y Rembrandt, organiza la imagen con precisión matemática, envolviendo a los personajes en atmósferas íntimas. Suele mantener, además, el eje de la simetría.
Derek Jarman (The last of England, 1987), por su parte, siempre usa paletas puras y Julian Schnabel filmó La escafandra y la mariposa (2007) con la mirada del artista plástico (que es).
Derek Jarman. The last of England, 1987
El cine puede ser, también, un museo en movimiento. Pasolini, en La Ricotta (1963), reconstruyó imágenes renacentistas en la pantalla; muchas escenas de Melancholia (2011), de Lars von Trier, se inspiran en Friedrich; y también se da una clara conexión estética y filosófica entre el romanticismo y el cine contemporáneo existencial cuando nos habla de belleza y destrucción y sobre las confluencias entre lo interno y lo externo. El paisaje, en ambos casos, se convierte en metáfora del destino y de la conciencia humana.
Godard fue más lejos: en sus films cada plano puede suponer un diálogo con la historia del arte. Pero tenemos que acabar hablando del cine digital: en Loving Vincent (Dorota Kobiela, Hugh Welchman, 2017), el metraje se hace expresión viva de la pintura y cada secuencia reproduce las pinceladas del holandés.
Nunca siempre, ni mucho menos, pero alguna vez que otra daremos con planos cinematográficos que esconden siglos de producción pictórica.
David Lynch. Mulholland Drive, 2001
 
The post Pintura y cine: los artistas que esconden los planos appeared first on masdearte. Información de exposiciones, museos y artistas.

Más de cien autores rompen con la editorial Grasset tras el cese de Olivier Nora

Isaac

escritores abandonan la editorial Grasset

La editorial francesa Grasset, uno de los sellos más influyentes del panorama literario europeo, se ha visto sacudida por una ruptura masiva sin precedentes. Más de un centenar de autores han comunicado que dejarán de publicar con la casa en señal de protesta por la destitución de su director general, Olivier Nora, al que consideran pieza clave en la defensa de la independencia editorial.

Del despido de Olivier Nora a la desbandada de autores

La chispa que ha provocado la crisis estalló tras conocerse, un martes de abril, la salida fulminante de Olivier Nora, al frente de Grasset desde hace más de un cuarto de siglo. Durante 26 años, Nora fue el responsable editorial de un sello que ha acumulado 17 premios Goncourt y que se había ganado fama de casa abierta a voces muy diversas, desde la narrativa más literaria hasta el ensayo político.

Según los autores, no se trata de un simple cambio de ciclo, sino de un despido con claras implicaciones ideológicas. En una carta conjunta, que primero firmaron 115 escritores y que posteriormente se amplió hasta alcanzar los 130, denuncian que esta destitución constituye “un ataque inaceptable contra la independencia editorial y la libertad de creación”.

Entre los firmantes figuran nombres tan conocidos como Virginie Despentes, Sorj Chalandon, Bernard-Henri Lévy, Frédéric Beigbeder, Vanessa Springora, Laetitia Colombani, Laurent Binet, Dany Laferrière o Pascal Bruckner. La lista incluye tanto novelistas como ensayistas, superventas y autores de culto, lo que refuerza el impacto simbólico de la protesta dentro y fuera de Francia.

Los escritores se definen como “autores de Grasset, que hemos publicado en Grasset o tenemos un libro a punto de salir en Grasset”, pero se comprometen a que su próximo libro no llevará el sello de la editorial. Aseguran que la decisión se tomó con urgencia tras hacerse pública la destitución de Nora, y la presentan como un gesto colectivo de rechazo a la nueva orientación de la casa.

En la carta, describen a Olivier Nora como el “cemento” que mantenía unida a una editorial donde convivían pacíficamente autores con opiniones muy distintas. Para ellos, Nora actuaba como dique frente a las presiones externas y garantizaba un espacio editorial plural y protegido de las batallas políticas.

La sombra de Vincent Bolloré y el control de Hachette Livre

El conflicto no se entiende sin el contexto empresarial: Grasset forma parte de Hachette Livre, primer grupo editorial de Francia y tercero a nivel mundial. En 2023, el conglomerado pasó a estar controlado por Vincent Bolloré, magnate francés que ha construido su fortuna, en gran parte, en el sector logístico en África, y que en los últimos veinte años se ha convertido en un actor clave de los medios de comunicación franceses.

Desde su irrupción en el sector mediático en 2015, Bolloré arrastra acusaciones de injerencia editorial y de promover una línea ultraconservadora. Bajo su órbita se encuentran, entre otros, el canal de televisión CNews, la cadena Canal+, la radio Europe 1, el semanario Le Journal du Dimanche y la revista Paris Match. Diversas organizaciones, como Reporteros Sin Fronteras, han denunciado presiones sobre las redacciones y cambios en la orientación editorial de estos medios.

Los autores que se rebelan contra Grasset ven en la destitución de Nora el capítulo más reciente de una estrategia de control que se estaría extendiendo del mundo de los medios al del libro. En su misiva, citan explícitamente a Bolloré y le reprochan actuar como si la editorial fuera “su casa” donde puede “hacer lo que quiera”, sin consideración alguna por quienes escriben, editan, corrigen, producen o distribuyen los libros, ni por quienes los leen.

La salida de Nora se interpreta así como el cierre de un ciclo dentro de la reorganización interna de Hachette Livre. Otros altos cargos habrían abandonado sus puestos en los últimos años por desacuerdos con la nueva línea del grupo, y la crisis actual en Grasset aparece como un punto de no retorno en esa reconfiguración.

Algunos movimientos editoriales recientes dentro del conglomerado se leen en esta clave: por ejemplo, la editorial Fayard, también perteneciente al grupo, ha publicado obras de figuras de la derecha y la extrema derecha francesa, como el expresidente Nicolas Sarkozy o Jordan Bardella, líder de Agrupación Nacional y potencial candidato presidencial en 2027.

Un conflicto con derivadas legales y contratos singulares

Ante este escenario, varios de los escritores implicados estudian acciones legales para recuperar sus derechos. Según adelantan medios franceses, se baraja la posibilidad de una demanda colectiva que permita a los autores desvincular parte de su obra de Grasset y retomar el control sobre la explotación de sus libros.

El asunto es particularmente delicado en el caso de algunos autores de primera fila que tienen contratos especiales ligados directamente a la figura de Olivier Nora y no a la editorial. Es el caso de Virginie Despentes y Bernard-Henri Lévy, cuyos acuerdos contractuales estarían formulados de manera personal con el ya exdirector general.

Esta situación abre la puerta a que dichos autores puedan seguir a Nora allá donde vaya sin perder los derechos de las obras que han publicado mientras él estaba al frente de Grasset. De hecho, Bernard-Henri Lévy ha manifestado en la red social X que acompañará a Nora “adonde quiera que vaya”, subrayando así la dimensión personal y de confianza que está en juego.

Más allá de estos casos singulares, la posibilidad de una demanda colectiva apunta a un choque jurídico de gran alcance entre los escritores y el grupo editorial. No solo se trata de decidir dónde publicarán sus próximos libros, sino de qué ocurrirá con catálogos ya consolidados y con obras que, en algunos casos, forman parte del canon narrativo francés reciente.

En el plano interno, la editorial ya ha movido ficha: Jean-Christophe Thiery, director general del Louis Hachette Group y hombre de confianza de Bolloré, asumirá la dirección de Grasset en lugar de Nora. Este relevo se percibe también como una forma de reforzar el control de la matriz sobre un sello hasta ahora identificado con una fuerte autonomía editorial.

Una crisis que sacude la escena literaria francesa y europea

La ruptura en Grasset no es un episodio aislado, sino un síntoma de un malestar más amplio que recorre el ecosistema cultural europeo ante la concentración de poder mediático y editorial en pocas manos, similar a una historia de resistencia en el panorama editorial.

La controversia está llamada a ocupar un lugar destacado en el Festival del Libro de París, que se celebra en el Grand Palais y reúne a cientos de expositores y más de 1.800 autores. Se da por hecho que la crisis de Grasset será uno de los asuntos más comentados en debates, mesas redondas y conversaciones de pasillo entre editores, escritores, agentes y periodistas culturales.

Para el sector del libro en Europa, la situación reabre el debate sobre hasta qué punto los grandes grupos pueden influir en los catálogos sin vulnerar la libertad de creación. La concentración editorial, la dependencia de grandes conglomerados mediáticos y el peso que estos tienen en la conformación del espacio público preocupan especialmente en un momento de fuerte polarización política.

El caso de Grasset se suma a otras polémicas recientes en las que se ha cuestionado la interferencia de accionistas en decisiones editoriales, tanto en medios de comunicación como en empresas culturales. En este contexto, la respuesta coordinada de 115-130 autores franceses se interpreta como una señal de resistencia del mundo literario frente a lo que perciben como una deriva autoritaria en la esfera cultural.

La carta de los autores insiste en que no aceptan ser “rehenes de una guerra ideológica” que trate de imponer el autoritarismo en todos los ámbitos de la cultura y los medios. Rechazan que sus ideas y su trabajo pasen a ser “propiedad” de un solo grupo o de un accionista con una agenda política marcada, y reivindican el papel de la edición como espacio de debate plural.

El trasfondo editorial: Boualem Sansal y la libertad de publicación

Detrás de la destitución de Olivier Nora podría haber, además, un desacuerdo concreto en torno a un libro sensible. Según una fuente cercana al caso citada por medios franceses, la salida de Nora estaría vinculada a la publicación de la próxima obra del escritor franco-argelino Boualem Sansal.

La llegada de Sansal a Grasset desde Gallimard ya había generado un importante revuelo meses atrás. El autor, que estuvo un año detenido en Argelia, ha escrito un libro centrado en esa experiencia de encarcelamiento. El conflicto, según estas informaciones, se habría producido por la fecha de publicación: Nora defendía que el libro viera la luz en otoño, mientras que la dirección del grupo habría presionado para adelantar su salida a junio.

Oficialmente, no se han comunicado los motivos exactos del cese de Nora, pero para el colectivo de autores no hay dudas de que el fondo del asunto es un choque sobre la autonomía editorial. El desacuerdo sobre el libro de Sansal habría sido la gota que colmó el vaso en una relación ya tensionada por la entrada de Bolloré en el capital de Hachette.

Este episodio añade una capa más al conflicto, al poner en primer plano la cuestión de quién decide qué se publica y cuándo en una gran editorial. Para los escritores, la imposición de plazos o líneas temáticas desde la cúpula empresarial puede poner en peligro la credibilidad del catálogo y la confianza entre autores y editores.

El caso Sansal resuena con fuerza también en otros países europeos, donde se observa con atención cómo las grandes estructuras corporativas gestionan obras políticamente delicadas, especialmente cuando afectan a temas de derechos humanos, represión o libertades públicas.

En conjunto, la crisis de Grasset revela hasta qué punto el mundo del libro es hoy un campo de batalla simbólico en el que se dirimen conflictos sobre poder, ideología y libertad de expresión. Lo que empezó como la noticia del despido de un director general ha destapado una fractura profunda entre una parte muy significativa de los autores y el accionariado de uno de los gigantes editoriales europeos.

La salida coordinada de más de un centenar de escritores, las posibles demandas colectivas y la presión pública en un escenario tan visible como el Festival del Libro de París sitúan a Grasset en el centro de una tormenta que va mucho más allá de una empresa concreta. Para muchos observadores, lo que está en juego es la capacidad del sector editorial europeo de seguir ofreciendo un espacio real de pluralidad y autonomía frente a la lógica de los grandes conglomerados y sus intereses ideológicos.


Ir a la fuente en actualidadliteratura.com

🔴Directo | Sigue el juicio del caso Kitchen: la ‘brigada política’ del PP se sienta en el banquillo

Diez procesados, con el exministro del Interior a la cabeza; y testigos clave, como Rajoy, Cospedal y Soraya Sáenz de Santamaría, pasarán por el juicio.

Hace 18 años nacimos con un compromiso: hacer un periodismo útil para la sociedad. Solo podemos continuar con esta labor si contamos con el apoyo de personas como tú.

Únete a la comunidad de Público. 18 años no son nada… cuando nos queda tanto por contar. Periodismo incómodo para tiempos difíciles. http://bit.ly/3VylhmD

Periodismo, investigación y compromiso para construir un mundo más igualitario.
¡Suscríbete ya a nuestro canal!: https://bit.ly/2U8nM0q
Visita: https://www.publico.es
Síguenos en Facebook: https://www.facebook.com/diario.publico/
Síguenos en Twitter: https://twitter.com/publico_es
Síguenos en Instagram: https://www.instagram.com/publico.es
Síguenos en TikTok: https://www.tiktok.com/@publico_es
Síguenos en Bluesky: https://bsky.app/profile/publico.es

Eduardo Mendoza regresa con «La intriga del funeral inconveniente» y reaviva el debate cultural en Barcelona

Isaac

Retrato de Eduardo Mendoza

Eduardo Mendoza vuelve a ocupar el centro del escaparate literario con una nueva novela, entrevistas jugosas y una polémica cultural que ha encendido el debate en Cataluña. A sus más de ocho décadas de vida, lejos de retirarse del todo, el autor barcelonés encadena libros, reflexiones irónicas sobre la actualidad y comentarios que no dejan indiferente a nadie.

Su nuevo título, «La intriga del funeral inconveniente» (Seix Barral), recupera al mítico detective sin nombre y lo sumerge en una trama de corrupción financiera, chapuzas criminales y personajes desquiciados, todo ello en una Barcelona a medio camino entre la ciudad ordenada y la urbe canalla. Al mismo tiempo, Mendoza ha avivado la discusión sobre cómo llamar al 23 de abril, defendiendo que se diga Día del Libro en lugar de Sant Jordi, unas palabras que han provocado respuestas airadas desde el ámbito político catalán.

Un funeral cutre, un periodista torpe y una conspiración financiera

La chispa de «La intriga del funeral inconveniente» salta en un tanatorio: un entierro de tercera, despachado en un rincón del párking, sirve de arranque a una cadena de despropósitos que termina por destapar una trama financiera de alto nivel. El joven Ramoncito Valenzuela, periodista en prácticas, escribe una crónica aparentemente insignificante sobre ese funeral en un diario local y, por ello, es despedido de forma fulminante en sus primeros días de trabajo.

Lo que parece una anécdota laboral se transforma en el detonante de una investigación disparatada. Ramoncito provoca sin saberlo una reacción en cadena que arrastra a empresarios, clérigos, delincuentes, travestis, teleoperadores y viejos policías reciclados, todos envueltos en una conspiración en la que nadie quiere que la verdad salga a la luz. Lo que empieza como un incidente menor se va enredando hasta revelar una red de suplantaciones, chapuzas criminales y blanqueo de dinero con islas ficticias en el Índico como escenario exótico.

En el centro del enredo reaparece el célebre detective sin nombre, una de las creaciones más queridas de Mendoza desde El misterio de la cripta embrujada. Jubilado, mayor, instalado en una rutina tranquila y metódica, vuelve a la acción casi a su pesar. El propio escritor reconoce que es su alter ego: un tipo algo burro, desastrado, pícaro, más listo y más atrevido que él mismo, con bastante mejor suerte con las mujeres y dispuesto a hacer por él lo que su autor, tímido y bien educado, nunca se permitiría.

Junto al detective y Ramoncito, desfila una troupe de personajes delirantes: un cura que salpica sus intervenciones con frases en latín; el ex inspector Jarana, aficionado al travestismo bajo el nombre de Manola; la hija del sepulturero que se hace llamar Gucci aunque en realidad se llame Titina y termine secuestrada; un teleoperador latinoamericano llamado Winston, empleado de la compañía telefónica Elgordi S.A., que aporta su experiencia en secuestros cotidianos. Sobre este elenco, Mendoza construye diálogos rápidos y situaciones absurdas que funcionan como una parodia feroz de la corrupción empresarial y del caos político y social.

Humor, sátira y tradición picaresca en clave barcelonesa

La novela se mueve en esa mezcla tan reconocible de sátira, absurdo y lucidez moral que ha convertido a Mendoza en un referente europeo del humor literario. El autor insiste en que hacer reír es un trabajo serio, casi artesanal: el chiste y la situación disparatada solo funcionan si el lector acepta desde el principio el juego y mantiene con el narrador un pacto de complicidad similar al que se da en cuentos como Blancanieves o en relatos góticos como Drácula. Si uno no entra en la premisa —que ese funeral cutre pueda desencadenar una conspiración demencial—, la historia se desmorona.

El humor de Mendoza bebe de la novela picaresca española y de los escritores franceses del siglo XVIII, con Cervantes como origen inevitable. Sin renunciar a la tradición, el escritor se distancia del dramatismo solemne que dominó buena parte de la literatura del siglo XIX y recuerda que, en España, el humor se refugió durante décadas en el teatro, en las comedias de Mihura y compañía. Él lleva ese espíritu juguetón a la narrativa, demostrando que se puede hablar de lucha de clases, corrupción, memoria histórica o decolonialismo sin perder la sonrisa.

En «La intriga del funeral inconveniente» vuelven los equilibrios marca de la casa: lo que a primera vista parece una simple bufonada policíaca contiene una crítica social nada candorosa. La corrupción financiera, los mangantes de medio pelo y la picaresca ligada al dinero aparecen retratados con una ironía que no oculta la dureza del diagnóstico. Mendoza se burla de los negociantes corruptos que se autoproclaman los últimos románticos en tiempos de fariseísmo, y subraya cierta tradición española de querer enriquecerse sin trabajar, de simpatía por el listo que se cuela y hace trampas.

Al mismo tiempo, el autor evita el sentimentalismo fácil. La sentimentalidad en sus novelas es tenue, casi avergonzada, camuflada detrás de la comicidad y del disparate. Cuando habla del amor, por ejemplo, lo hace con frases como que los audaces se enamoran dos o tres veces, los prudentes una sola y los timoratos nunca, reservando para los tontos —entre los que se incluye con sorna— la posibilidad de enamorarse más de tres veces, incluso en un mismo día.

Barcelona, escenario canalla y civilizado a la vez

Barcelona vuelve a ser un personaje central en la obra de Mendoza. Desde La ciudad de los prodigios hasta sus novelas más disparatadas, la capital catalana aparece como un espacio que condiciona el destino de sus protagonistas. En «La intriga del funeral inconveniente» la ciudad es el telón de fondo de funerales tristones en el párking de un tanatorio, bares desaparecidos sustituidos por heladerías para turistas y barrios en los que conviven la respetabilidad burguesa y la memoria de una Barcelona canalla ya casi borrada.

Para el escritor, la Barcelona de su infancia era un lugar pobre, sucio y poco turístico, una ciudad secundaria por la que los viajeros extranjeros pasaban de largo camino de Sevilla o de otros destinos más «typical spanish». El Palau de la Música estaba medio vacío, la Casa Batlló albergaba un laboratorio de análisis de sangre y la ciudad vivía de espaldas al mar. Con los años, esa urbe gris se ha transformado en un escaparate internacional: Barcelona decidió hacer de su imagen una profesión, con todo lo que eso conlleva.

Hoy, Mendoza la define como una combinación perfecta de ciudad civilizada y ordenada y, a la vez, canalla y tercermundista. Valora su clima, la buena comida, la amabilidad relativa de sus habitantes y el funcionamiento razonable de sus servicios. Ve con distancia crítica el turismo masivo y la gentrificación que expulsan a vecinos de sus barrios, pero no comparte la nostalgia que idealiza una supuesta Barcelona auténtica: recuerda que aquel pasado tan añorado era, en realidad, bastante más duro de lo que ahora se cuenta.

En sus conversaciones recientes, el autor evoca espacios reales y deformados, como cafés donde coincidían travestis presididos por Carmen de Mairena, barberos de barrio, profesores universitarios y familias gitanas, escenas que reaparecen transfiguradas en sus novelas. También ironiza sobre el fervor cívico de la ciudad, capaz de convertir el Parlament en una máquina de aprobar resoluciones grandilocuentes sobre la pobreza en el mundo mientras la vida cotidiana sigue su curso entre turistas, fiestas encadenadas y manifestaciones variopintas.

El regreso insistente del supuesto jubilado

Eduardo Mendoza lleva años anunciando su retirada de la novela, pero la jubilación se le resiste. Él mismo lo admite con sorna: tiene incontinencia literaria. En cuanto deja de escribir, las palabras y las ideas se le acumulan en la cabeza y se siente al borde de explotar. Dice que de cada diez proyectos que empieza, nueve van a la papelera, pero aun así siguen apareciendo nuevos libros que contradicen sus promesas de adiós definitivo.

Tras Tres enigmas para la organización, que ya supuso un regreso después de una primera declaración de retirada, «La intriga del funeral inconveniente» es la segunda novela que publica desde que dijo que colgaba la pluma. Entre medias, ha recibido el Premio Princesa de Asturias de las Letras y ha encadenado entrevistas en las que reconoce que no sabe dejar de trabajar. Para él, la jubilación tiene una cara amable —la liberación de ciertas obligaciones— y otra más inquietante: ¿qué hace alguien que ya se levantaba a la hora que quería, con un trabajo que le divertía, cuando le obligan a no hacerlo?

Mendoza mantiene una disciplina peculiar: escribe todos los días, aunque no siempre sepa si lo que tiene entre manos será novela, cuento o simple experimento. Confiesa que una de las cosas que se pierden con la edad es la capacidad de entretenerse, y la escritura se ha convertido en su manera de llenar unas horas que de otro modo le pesarían. De momento, prefiere no anunciar nuevos proyectos; asegura que ahora mismo no está trabajando en nada concreto y que, si alguna idea cuaja, seguirá su propio camino sin demasiada planificación previa.

Esta falta de plan se nota también en el proceso de creación de su última novela. Admite que escribe sin esquema, dejándose llevar por lo que se le ocurre, hasta el punto de llegar al final del libro sin tener del todo claro qué ha pasado exactamente en la trama. Lo dice sin dramatismo, como parte del juego: para él, empezar a escribir sin que el resultado sea incierto va contra la esencia misma de la literatura, una lección que atribuye a Juan Benet y que ha tratado de aplicar desde sus comienzos.

Del Día del Libro a Sant Jordi: la broma que encendió a la política catalana

La promoción de «La intriga del funeral inconveniente» ha estado marcada por una controversia ajena al argumento de la novela, pero muy enraizada en el calendario cultural catalán. Durante la presentación del libro en Barcelona, Mendoza defendió que el 23 de abril se debería llamar Día del Libro y no Sant Jordi, recuperando así la denominación que, recuerda, se utilizaba tradicionalmente antes de que el santo «se metiera» en la fecha.

Con su ironía característica, afirmó que Sant Jordi «no pinta nada» en una jornada dedicada a los libros y a los escritores, y apuntó que, según la leyenda, se trataba de un «maltratador de animales» por su enfrentamiento con el dragón, seguramente incapaz incluso de leer. Subrayó que no es el patrón de los escritores —ese papel corresponde a San Francisco de Sales— y se mostró dispuesto a iniciar una campaña para que se deje de hablar de Sant Jordi y se hable simplemente del Día del Libro.

Las declaraciones tuvieron inmediata réplica en redes sociales y en el ámbito político. Dirigentes de partidos nacionalistas catalanes salieron en defensa de la festividad, recordando que Sant Jordi es mucho más que una marca: para ellos, es el día en que Cataluña se muestra al mundo a través de sus libros, su lengua y su identidad. Desde ese punto de vista, acusaron al escritor de querer vaciar de significado una jornada que consideran la expresión más pura de la cultura catalana.

Algunos comentarios fueron especialmente duros, llegando a interpretar las palabras de Mendoza como la interiorización de un supuesto desprecio franquista hacia la catalanidad. El escritor, por su parte, ha insistido posteriormente en que se trataba de una broma, una manera socarrona de señalar que la figura del santo se ha apropiado de una celebración que, en su origen, conmemoraba la muerte de Cervantes y Shakespeare y ponía el foco en la literatura, no en los milagros ni en los dragones.

La pequeña tormenta mediática en torno al 23 de abril se suma a otros momentos en los que sus comentarios han agitado el avispero público, como cuando bromeó con su gusto por las corridas de toros o ironizó sobre la proliferación de premios literarios millonarios. Pese al ruido, Mendoza se muestra más resignado que combativo: sabe que Sant Jordi le espera cada año con colas de lectores en busca de una firma, y asume que, le llame como le llame, esa jornada seguirá siendo una cita intensa para cualquiera que publique en Cataluña.

Premios, política y mirada crítica sobre España y el mundo

El reconocimiento institucional a Mendoza se ha consolidado con el Premio Princesa de Asturias de las Letras, que se suma al Premio Cervantes, al Planeta y a otros galardones nacionales e internacionales. A pesar de esta larga lista de distinciones, su relación con la vanidad es ambivalente: celebra sus éxitos, disfruta viendo fajas con cifras de ventas imponentes y admite que le encantan los premios, pero reivindica que haber sido un lector exigente le ha vacunado contra ciertos delirios de grandeza.

En sus intervenciones públicas recientes, el escritor se ha permitido alguna reflexión política muy comentada, especialmente sobre la crispación en España. Sostiene que existe un «ruido extraño» concentrado en Madrid, alimentado por tertulias estridentes y una retórica inflamatoria, mientras que fuera de la capital la atmósfera le parece algo más serena. Cita el caso de Cataluña, donde considera que la combinación de gestión socialista y acuerdos políticos ha rebajado la tensión tras los años más intensos del procés.

Sin mencionar nombres propios en ocasiones, se ha referido de forma implícita a la presidenta madrileña al hablar de una forma de hacer política que eleva el volumen de la confrontación. Al mismo tiempo, reconoce que una generación entera ha visto cómo se desdibujaba su proyecto vital por culpa de las crisis encadenadas, un caldo de cultivo en el que, según él, se entiende mejor el auge de la extrema derecha en Europa.

Su mirada sobre la Transición es matizada: no comparte el relato catastrofista que la pinta como un fracaso absoluto. Recuerda que había varios futuros posibles y que, con sus defectos, el resultado fue razonable si se compara con otros procesos históricos. Eso sí, admite que se dejaron esqueletos en el armario que, con el tiempo, han ido reapareciendo, y que el arribismo y el pelotazo se instalaron con facilidad en la vida pública española.

Más allá de lo local, Mendoza se muestra moderadamente pesimista respecto al estado del mundo, pero sorprendido de que las cosas funcionen tan bien como lo hacen. Como lector voraz de historia, señala que la violencia, las guerras y las invasiones no son una novedad de nuestro tiempo, sino una constante humana que adopta hoy formas tecnológicamente más eficaces. Lo que le asombra, dice, no es que todo vaya tan mal, sino que, siendo como somos, sigamos siendo capaces de mantener en pie trenes, carreteras, hospitales o incluso un mínimo de convivencia.

En debates como el de la memoria histórica, el decolonialismo o las viejas guerras civiles españolas, el escritor apela a la perspectiva temporal. Recuerda que los relatos de sus abuelos sobre los carlistas le sonaban a película de aventuras, y cree que algo parecido ocurre hoy con la Guerra Civil para las generaciones jóvenes: el lenguaje político de la época, con expresiones como «hordas rojas» o «glorioso alzamiento nacional», le parece ya casi un fósil lingüístico, un museo del franquismo incrustado en la radio y la televisión de su infancia.

En cuanto a la capacidad del humor y la literatura para mejorar el presente, Mendoza no se hace grandes ilusiones. Acepta que los libros y las bromas difícilmente frenarán guerras o crisis, pero reivindica que al menos ayudan a mirar la realidad con una mezcla de distancia y lucidez que, quizá, permita sobrellevar mejor la brutalidad de la historia y de la política cotidiana.

Entre funerales de tercera, detectives sin nombre y discusiones sobre santos y libros, Eduardo Mendoza se mantiene como una voz singular en el panorama literario español y europeo. Con la misma mezcla de timidez, ironía y escepticismo risueño que lo acompaña desde sus años en Nueva York, sigue escribiendo cada día, repensando Barcelona y lanzando frases que a veces desatan tormentas. Su nueva novela confirma que, jubilado o no, continúa afinando un humor que retrata con precisión un país donde la corrupción convive con la picaresca, la nostalgia con la gentrificación y la fiesta de los libros con batallas simbólicas que van mucho más allá de un dragón y una rosa.


Ir a la fuente en actualidadliteratura.com