[Ensayo] El último andén: Cuerpos, mercancía y pacto roto
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Isaac
Como cada inicio de otoño, el panorama literario se llena de cábalas sobre quién se llevará el Premio Nobel de Literatura. La Academia Sueca no hace pública una lista oficial de candidatos y sus deliberaciones siguen bajo secreto, así que casi todo lo que circula estos días pertenece al terreno de la especulación. Aun así, la cita ya tiene fecha: el fallo se conocerá el 8 de octubre a las 13:00, hora peninsular española, es decir, las 08:00 en Chile. La expectación es máxima porque el galardón más prestigioso de las letras mundiales vuelve a poner a prueba las quinielas.
En España y Europa, la atención se reparte entre los nombres habituales y la posibilidad de que el premio vuelva a hablar en español. Desde Mario Vargas Llosa en 2010 ningún autor en lengua española lo recibe, y desde Camilo José Cela en 1989 no lo gana un escritor nacido en España. Por eso, cuando suenan candidatos como Enrique Vila-Matas o Cristina Rivera Garza, el interés no es solo literario: también hay una cierta sensación de deuda histórica. Las casas de apuestas, los libreros y los críticos manejan listas dispares, sin que ninguna pueda confirmar nada.

El Nobel de Literatura es, probablemente, el gran premio más impredecible del mundo. Sus jurados no tienen por qué seguir el gusto mayoritario y sus actas permanecen cerradas durante décadas, así que cualquier pronóstico nace con un margen enorme de error. A esto se suma que la Academia no confirma quién está en la carrera, lo que deja a los medios y a los apostantes jugando con nombres que suenan año tras año. Para entender mejor el proceso, existen diversas curiosidades y requisitos para ganar un Premio Nobel de Literatura.
En ese juego, las casas de apuestas ofrecen retratos muy distintos. Ladbrokes sitúa a Can Xue y Haruki Murakami en la parte alta, mientras que Coinbase y Kalshi colocan al indio Amitav Ghosh como favorito, seguido de Anne Carson, César Aira y Margaret Atwood. Otras plataformas como Oddspedia y OLBG insisten en Can Xue, Murakami, Thomas Pynchon, Gerald Murnane, Cristina Rivera Garza, Enrique Vila-Matas, Mircea Cărtărescu o Michel Houellebecq. La conclusión es clara: no hay una candidatura única ni un favorito incontestable.
También se comenta un posible relevo de género. Desde 2018, el premio ha alternado mujeres y hombres: Olga Tokarczuk, Peter Handke, Louise Glück, Abdulrazak Gurnah, Annie Ernaux, Jon Fosse, Han Kang y László Krasznahorkai. Ese código no escrito alimenta la idea de que este año podría tocarle a una escritora, aunque no es una norma oficial ni mucho menos una garantía. La Academia ha desmentido en otras ocasiones cualquier turno preestablecido.

Entre los nombres que más circulan, Can Xue aparece casi siempre en las listas. La autora china, de formación autodidacta, ha construido una obra de vanguardia marcada por su infancia en un campo de trabajo durante las purgas de Mao. Títulos como Bajos fondos, Al otro lado y Hojas rojas la han convertido en una candidata recurrente. En 2024 se la dio por segura y finalmente ganó Han Kang; en 2025 volvió a sonar con prudencia; en 2026 regresa al grupo de favoritas.
Haruki Murakami es el eterno candidato. Su popularidad internacional es enorme, con libros como Tokio blues, Sputnik, mi amor, Kafka en la orilla o 1Q84, pero nunca ha ganado el Nobel. Esa mezcla de fama y resistencia a la academia lo mantiene en todas las quinielas. Junto a él, Anne Carson se ha convertido en una de las apuestas más firmes de la crítica y de los libreros, sobre todo por obras como La belleza del marido o Eros dulce y amargo.
Otros nombres completan el mapa. Thomas Pynchon representa la novela americana más compleja y experimental, con El arcoíris de la gravedad o V. Mircea Cărtărescu vuelve a sonar con fuerza por su narrativa onírica y mística, con títulos como Solenoide, Theodoros o Melancolía. Margaret Atwood, César Aira, Salman Rushdie, John Banville, Gay Talese o Samanta Schweblin también aparecen en distintas quinielas, aunque con probabilidades dispares. En Europa, el rumano Cărtărescu y el español Vila-Matas son dos de los nombres más repetidos.

La lengua española tiene diez Nobel de Literatura: José Echegaray, Jacinto Benavente, Gabriela Mistral, Juan Ramón Jiménez, Miguel Ángel Asturias, Pablo Neruda, Gabriel García Márquez, Camilo José Cela, Octavio Paz y Mario Vargas Llosa. El último fue el peruano en 2010, por su cartografía de las estructuras del poder. Desde entonces, cada octubre se repite la pregunta: ¿cuándo volverá Estocolmo a premiar a un autor en español? En España, la espera es aún más larga, porque Cela sigue siendo el último nacido en el país en recibirlo.
Enrique Vila-Matas es uno de los nombres que mejor encarna esa expectativa. Lleva años apareciendo en las listas y ha decidido tomarse el asunto con ironía. Recuerda que en una cena en Estocolmo llegó a pensar que ya había ganado, que una vez recibió una llamada de una agencia sueca y que una mujer del jurado lo miró con gesto de advertencia tras una broma sobre el secreto. «No hace falta ganarlo. Puedes pensar que has ganado y ya está», ha dicho. Su obra, con Bartleby y compañía o Canon de cámara oscura, ha pasado de culto a canon sin perder su condición inclasificable.
Cristina Rivera Garza llega desde otro lugar. La autora mexicana ganó el Pulitzer 2024 por El invencible verano de Liliana, una reconstrucción del feminicidio de su hermana, y ha desarrollado una idea de la escritura como escucha y desapropiación. Sus libros trabajan con archivos, testimonios y voces ajenas para intervenir en la memoria colectiva. Su candidatura refuerza la presencia del español y conecta con una tradición que no entiende la literatura como una torre de marfil, sino como parte activa del mundo.
También suenan otros autores latinoamericanos. César Aira es el eterno favorito de una parte de la crítica, con más de un centenar de novelas breves y una libertad formal que él mismo ha descrito como improvisación pensativa. Samanta Schweblin ha irrumpido con un extrañamiento inquietante sobre la familia, la maternidad o la tecnología. Y en las librerías gallegas aparecen nombres como Manuel Rivas, Chus Pato, Lídia Jorge o Chantal Maillard, además de clásicos como Joyce Carol Oates o Margaret Atwood.

El ganador de 2025 fue el húngaro László Krasznahorkai, autor de Tango satánico, un nombre que ya estaba en muchas quinielas aunque no siempre como favorito. Antes habían llegado Han Kang en 2024 y Jon Fosse en 2023, dos elecciones que sorprendieron a buena parte del público. La Academia suele alternar nombres conocidos con apuestas menos esperadas, lo que explica que cada año las listas previas fallen con tanta facilidad.
La historia reciente también incluye a Bob Dylan, que en 2016 se convirtió en el primer músico en recibir el Nobel de Literatura por haber creado nuevas expresiones poéticas dentro de la tradición de la canción americana. Su caso demostró que el premio puede mirar más allá de la novela y la poesía convencionales. Antes, en 1998, lo había ganado José Saramago, que defendía la memoria como parte esencial de la identidad: «Somos la memoria que tenemos, sin memoria no sabríamos quiénes somos». Vargas Llosa, en 2010, sigue siendo el último Nobel en español.

En Galicia, varias librerías han hecho su propia porra. Anne Carson es la gran favorita para Moito Conto, Versus, Follas Novas y Librería Bandini, que destacan su capacidad para mezclar poesía, ensayo, traducción y mundo clásico. También mencionan a Ali Smith, Can Xue, César Aira, Cristina Rivera Garza, Enrique Vila-Matas, Mircea Cărtărescu, Gueorgui Gospodínov, Chus Pato, Joyce Carol Oates, Margaret Atwood, Gerald Murnane, Maggie O’Farrell, Emmanuel Carrère, Chantal Maillard y Lídia Jorge. La lista es tan amplia que confirma la falta de consenso.
En Chile, la periodista Viviana Encina apuesta por Anne Carson, Diamela Eltit, Can Xue y Cristina Rivera Garza, recordando que la literatura en español no recibe el Nobel desde Vargas Llosa. Lenka Carvallo se inclina por Rivera Garza y Mircea Cărtărescu. Gerardo Jara, desde la librería La Inquieta, añade nombres como César Aira, Nona Fernández, Eduardo Halfon, Chantal Maillard, Kim Thuy, Pascal Quignard, Mary Ruefle y el poeta sirio Adonis. Los especialistas coinciden en una cosa: el premio busca una obra sólida, un estilo propio o una propuesta de vanguardia, no necesariamente un superventas.

El próximo 8 de octubre, a las 13:00 hora peninsular española, la Academia Sueca despejará la incógnita. Can Xue, Murakami, Anne Carson, Cristina Rivera Garza y Enrique Vila-Matas figuran entre los nombres más repetidos, pero también suenan Amitav Ghosh, César Aira, Mircea Cărtărescu, Margaret Atwood o Thomas Pynchon. La única certeza es que no hay certezas: las deliberaciones son secretas, la lista oficial no se publica y las apuestas pueden cambiar en cualquier momento. El español lleva desde 2010 esperando un nuevo Nobel, y España desde 1989. Si Estocolmo decide volver a mirar hacia esta lengua, Vila-Matas y Rivera Garza serían los nombres más comentados. Si apuesta por otras tradiciones, la quiniela volverá a fallar un año más. La literatura, mientras tanto, sigue jugando su propia partida.
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Isaac
La literatura francesa vive una de esas polémicas que dejan mal cuerpo y, al mismo tiempo, obligan a mirar de frente un asunto incómodo. La novela C’était ça ou mourir, del escritor canado-haitiano Thélyson Orélien, ha pasado de ser uno de los fenómenos de la vuelta literaria a convertirse en el centro de una investigación informal sobre si su texto fue redactado con ayuda de inteligencia artificial. La acusación no procede de un tribunal ni de una editorial, sino de una cuenta anónima en X que sometió fragmentos de la obra a una herramienta de detección.
El libro, que también se ha traducido al español como Era eso, morir, había vendido alrededor de 35.000 ejemplares en cinco semanas y sonaba para premios importantes. Ahora, la pregunta ya no es solo quién escribió sus páginas, sino qué significa exactamente la autoría en un sector que empieza a convivir con modelos de lenguaje capaces de imitar estilos humanos. Las editoriales, los agentes y los jurados literarios observan el caso con atención porque anticipa problemas parecidos en otros mercados europeos.

La polémica arrancó cuando la cuenta Balance ton Claude publicó en X varios análisis realizados con Pangram, un programa especializado en identificar patrones propios de textos generados por IA. Según esos resultados, algunos pasajes de la novela habían sido producidos por una máquina y el conjunto estaría «casi íntegramente» redactado de esa forma. La publicación alcanzó millones de visualizaciones y puso el foco sobre un libro que hasta entonces acumulaba elogios y ventas.
Medios franceses recogieron el guante. Le Monde analizó más de la mitad de la novela con Pangram y concluyó que más del 95 % del texto podía haber sido generado por IA, con un nivel de confianza elevado. El dato resultaba llamativo porque Pangram está considerado uno de los detectores más precisos del mercado. Aun así, la propia naturaleza de estas herramientas impide hablar de una prueba concluyente: no certifican autoría, solo señalan probabilidades.
El recorrido editorial del libro también explica la magnitud del escándalo. Vendió unos 35.000 ejemplares en cinco semanas y fue preseleccionado para premios relevantes como el Goncourt, además de recibir otros galardones en Francia. Ese éxito comercial y crítico convirtió la sospecha sobre la IA en un asunto mucho más incómodo para el sector.
Frente a las acusaciones, Thélyson Orélien ha negado haber usado inteligencia artificial para escribir la novela. Ha explicado que el primer borrador estaba terminado antes de la irrupción pública de ChatGPT y que las repeticiones, imágenes y ritmos del texto responden a su propia forma de expresarse, ligada a sus raíces haitianas y caribeñas. Tanto él como sus editoriales preparan documentación sobre el proceso de creación para intentar demostrar que la obra es suya.

El caso ha puesto bajo la lupa a Pangram y a los detectores de IA en general. La herramienta presume de una tasa muy baja de falsos positivos y ha sido citada en estudios académicos, pero los especialistas recuerdan que ningún sistema puede determinar con certeza quién ha escrito un texto. Distintos medios y usuarios han probado los mismos fragmentos con otros detectores y han obtenido respuestas dispares: algunos los clasificaron como probablemente humanos.
Especialistas en detección han advertido de que ciertos estilos de escritura pueden provocar errores y de que la precisión disminuye cuando se analizan idiomas distintos del inglés. A esto se suma un detalle relevante: el propio detector es una IA, por lo que su veredicto depende de patrones estadísticos y no de una comprobación documental. En un caso como el de Orélien, la diferencia entre sospecha y certeza es enorme.
De hecho, ya se han difundido pruebas con textos humanos que herramientas como Pangram habrían marcado como generados por IA. Eso no significa que la acusación contra Orélien sea falsa, pero sí obliga a manejar los resultados con cautela. No existe consenso entre los detectores y, por ahora, las sospechas se apoyan en indicios técnicos que no permiten confirmar ni desmentir que el autor recurriera a un modelo de lenguaje.

Más allá del caso concreto, la polémica ha abierto una pregunta que el sector lleva tiempo esquivando: ¿dónde está la frontera entre usar la IA como herramienta y dejar que escriba por ti? No es lo mismo emplearla para documentarse, corregir o romper un bloqueo creativo que delegar en ella la estructura, el estilo o los diálogos. Las tertulias literarias francesas debaten si ambas prácticas merecen el mismo reproche y si los lectores deberían saber qué hay detrás de cada libro.
Los premios también están en el punto de mira. En el debate sobre los certámenes se ha planteado que las bases deben ser mucho más explícitas para evitar fraudes y que una sospecha fundada debería bastar para descalificar una obra. En paralelo, hay editoriales y agentes que piden no convertir la detección en una caza de brujas, porque los falsos positivos podrían perjudicar a autores legítimos. La falta de normas comunes agrava esa sensación de terreno movedizo.
El caso Orélien también ha servido para mostrar que la IA ya no es una amenaza futurista, sino un problema presente en la cadena del libro. Desde la recepción de manuscritos hasta la promoción, pasando por los contratos y los derechos de autor, cada eslabón necesita criterios claros. Mientras unos autores reivindican que la escritura es una experiencia personal e intransferible, otros consideran que la tecnología puede ser un apoyo útil si se declara con transparencia.
La novela de Thélyson Orélien seguirá dando que hablar, pero su verdadero impacto va más allá de un premio o de un pico de ventas. El episodio ha dejado al descubierto la fragilidad de los criterios de autoría y la dificultad de demostrar quién escribió qué cuando interviene una IA. Hasta que existan reglas compartidas y métodos de verificación más sólidos, cada nuevo caso se resolverá entre sospechas, comunicados y una incómoda sensación de que el sector va por detrás de la tecnología.