Nieves Concostrina, sobre la familia real: “Hay que terminar con esta anomalía democrática”

El discurso de Nieves Concostrina, sobre Felipe VI y la familia real: “Hay que trabajar por la República para terminar con esta anomalía democrática que supone que una familia de nulo prestigio y corrupción demostrada se haya pasado de mano en mano la jefatura del Estado”.

Durante su intervención en los #PremiosPúblico2026, la periodista también dedicó unas palabras al exfiscal general del Estado, Álvaro García Ortiz: “No puede haber mayor descaro e insulto a la democracia que elegir el 20 de noviembre para comunicar una sentencia injusta”.

¿Qué te pareció el discurso de Nieves Concostrina? Te leemos en comentarios.

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Treinta y dos años de Belém do Pará: la violencia como falta del Estado

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Por Daniela Poblete Ibáñez

 

El 9 de junio de 1994, en la ciudad brasileña de Belém do Pará, la Organización de los Estados Americanos, adoptó la primera convención del mundo dedicada exclusivamente a la violencia contra las mujeres. La Convención Interamericana para Prevenir, Sancionar y Erradicar la Violencia contra la Mujer hizo algo, que hasta entonces, ningún tratado vinculante había hecho: nombró la violencia de género como lo que es, una violación de derechos humanos. Lo revolucionario, no fue describir un fenómeno que las mujeres conocíamos en carne propia desde siempre, sino trasladarlo del terreno de lo privado, lo íntimo, lo que durante siglos se llamó “doméstico”, al terreno donde se juega la responsabilidad de los Estados.

 

Decir que la violencia contra las mujeres vulnera derechos humanos no es una figura retórica, ni un énfasis militante: es una categoría jurídica con consecuencias precisas. Significa que el Estado deja de ser un espectador neutral frente a lo que ocurre “entre particulares” y pasa a ser garante. La Convención, reconoce en su artículo 3 el derecho de toda mujer a una vida libre de violencia y en su artículo 7 obliga a los Estados a actuar con debida diligencia para prevenir, investigar, sancionar esa violencia y a adoptar la legislación interna necesaria para hacerlo. Es una protección especial y adicional: especial porque atiende a una desigualdad estructural —la de género— y adicional porque se suma a las obligaciones generales que ya pesan sobre cualquier Estado de derecho.

 

Esa protección reforzada no quedó en el papel. En 2009, en el caso “Campo Algodonero” (González y otras vs. México), la Corte Interamericana de Derechos Humanos lo dijo con todas sus letras: en los casos de violencia contra las mujeres los Estados tienen, además de sus obligaciones generales, una obligación reforzada que nace de Belém do Pará. La Corte responsabilizó a México, no sólo, por no investigar los femicidios de Ciudad Juárez, sino por no haberlos prevenido conociendo el contexto. Ahí está la clave jurídica de algo que solemos decir con el cuerpo y que conviene decir también con el derecho: no da lo mismo. Cada hecho de violencia que el Estado pudo prevenir y no previno, cada denuncia que no se investigó a tiempo, no es una desgracia privada ni una estadística inevitable: es una falla del Estado y muy concretamente, de los gobiernos que decidieron no destinar recursos a evitarlo. La igualdad sustantiva, la real, la que se mide en presupuestos, en casas de acogida, en duplas psicojurídicas o psicosociales, en sistemas de alerta temprana, no se puede relativizar.

 

Y conviene mirar las cifras, porque son oficiales y son demoledoras. Según el Observatorio de Igualdad de Género de la CEPAL, durante 2024 al menos 3.828 mujeres fueron víctimas de femicidio o muerte violenta por razón de género en veintiséis países de la región: once mujeres muertas cada día, más de 19.000 en el último quinquenio. Las tasas más altas se registraron en Honduras, Guatemala y República Dominicana. A esos asesinatos consumados, se suman 5.502 femicidios frustrados informados por catorce países en un solo año, y la mayoría de las muertes fueron cometidas por parejas o exparejas. No son accidentes ni arrebatos: son el extremo de un continuo de violencia que el Estado conoce, mide y demasiado a menudo, deja correr. En agosto de 2025, los gobiernos de la región firmaron el Compromiso de Tlatelolco, que proclama una “década de acción” hacia la igualdad sustantiva. Los compromisos se escriben fácil; lo difícil y lo que de verdad importa, es que tengan presupuesto detrás.

 

Hay una segunda dimensión donde el incumplimiento estatal se vuelve casi un reflejo cultural: la violencia sexual. Frente a ella, el primer movimiento de los sistemas de justicia y de buena parte de la conversación pública, sigue siendo poner en duda a las mujeres. Se nos exige una prueba, prueba que no se le pide a ninguna otra víctima de ningún otro delito. En todos los países, apenas, se discute una norma de igualdad aparece la preocupación urgente por las “denuncias falsas”, por proteger al acusado de un supuesto abuso del sistema. Es revelador dónde se concentra la energía legislativa de algunos, siempre encontramos sectores dispuestos a blindar al señalado y casi nunca para empujar la norma que protege a la mujer. Esa la empujamos nosotras, solas, una y otra vez. La presunción de inocencia es un principio irrenunciable del derecho penal; el problema es que con las mujeres se ha convertido, de hecho, en presunción de mentira.

 

Y todo esto se agrava cuando la víctima tiene menos voz. La violencia sexual es todavía más brutal y la ausencia del Estado todavía más evidente, cuando recae sobre niñas y niños, sobre mujeres y niñas migrantes, sobre quienes viven en condiciones de alta vulnerabilidad social. El MESECVI, el mecanismo que da seguimiento a Belém do Pará, lleva años documentando la violencia sexual contra niñas y las maternidades forzadas que de ella resultan; hace poco saludó las decisiones internacionales que condenaron a Ecuador y a Nicaragua por vulnerar los derechos de niñas víctimas de abuso obligadas a parir y esto lo vemos en cada uno de nuestros países. Donde se cruzan la edad, la pobreza, la condición migratoria o la discapacidad, no hay un Estado que falla a medias: hay un Estado ausente y una sociedad que mira para el costado.

 

Treinta y dos años después, el balance es ambivalente. Es cierto, y hay que decirlo, que Belém do Pará es el pilar sobre el que se levantaron casi todas las leyes nacionales de la región: las que tipifican el femicidio, las que ordenan políticas integrales contra la violencia, las que crean sistemas de protección. Esa arquitectura legal existe, importa, y hay que seguir trabajando desde ella, defendiéndola y exigiendo que se aplique. Pero ninguna ley, por buena que sea, desarma por sí sola el arraigo cultural de la violencia. Hay algo que está más allá del texto: la convicción tan extendida de que la vida de las mujeres vale un poco menos, de que su palabra pesa un poco menos, de que su muerte es un poco más tolerable. Eso no se deroga en el Diario Oficial.

 

Y, sin embargo, es justo eso lo que hoy algunas autoridades se permiten relativizar. Vemos a quienes, desde el poder, ponen en duda la necesidad misma de la igualdad entre hombres y mujeres y dicen hacerlo en nombre de la libertad. No es libertad: es la defensa de un privilegio que se resiste a ceder, disfrazada de principio. Erradicar la violencia contra las mujeres no es una opción ideológica que cada gobierno pueda tomar o descartar según su color. Es una obligación jurídica internacional que los Estados de la región asumieron 32 años y que sigue plenamente vigente, gobierne quien gobierne. La vida de las mujeres no se somete a votación ni se relativiza con cada elección. Esa es, todavía hoy, la promesa de Belém do Pará y la deuda que llevamos treinta y dos años cobrando.


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Una de las víctimas de abusos de la Iglesia, a León XIV: “No haría nada más durante su pontificado”

El mensaje de Miguel Hurtado, una de las víctimas de abusos de la Iglesia, al papa León XIV: “Si se reuniera con todas las víctimas, no solo es que no haría nada más durante el viaje. Es que no haría nada más durante su pontificado”.

Hurtado es el primer denunciante de los abusos sexuales en la Abadía de Montserrat y ha denunciado que León XIV vaya a visitarlo: “Lo que no es comprensible es que vaya al escenario del crimen”.

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Ni Una Menos: 0nce años sin rendirse

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Por Daniela Poblete Ibáñez

Hay frases que nacen del dolor más profundo y terminan cambiando la historia. “Ni una mujer menos, ni una muerta más” la escribió en 1995 la poeta mexicana Susana Chávez Castillo, mientras caminaba las calles de Ciudad Juárez denunciando el asesinato sistemático de mujeres que el Estado prefería llamar “encuentros desafortunados”. Susana, fue asesinada en 2011, violada y mutilada como tantas de las mujeres que ella misma defendió. No llegó a ver lo que su frase haría al mundo.

Cuatro años después de su femicidio, su consigna cruzó el continente.

 

 

El 10 de mayo de 2015, en Rufino, Santa Fe, Chiara Páez —14 años, embarazada de dos meses— fue asesinada a golpes por su novio y enterrada en el patio de la casa familiar. El pueblo entero la había buscado. Su padre dijo, con palabras que ninguna política pública debería olvidar: “Chiara fue la gota que rebalsaó el vaso. La violencia no empezó ese día. Viene de muchos años.”

 

El 3 de junio de 2015, 300.000 personas colmaron la Plaza de los Dos Congresos en en la Ciudad de Buenos Aires y otras ochenta ciudades argentinas, bajo una sola consigna. Fue una multitudinaria marcha contra la violencia de género y, en semanas, Ni Una Menos se escuchaba también en México, Chile, Perú, Uruguay, Bolivia, Colombia, Paraguay. América Latina, reconoció en esa consigna algo que ya sabía pero que nadie nombraba con tanta claridad: que nos matan por ser mujeres, que tiene nombre y se llama femicidio.

 

El movimiento logró algo concreto: poner el femicidio en la agenda del Estado. Ese mismo 2015, la Corte Suprema de Argentina creó el Registro Nacional de Femicidios. Por primera vez, el Estado contaba a las mujeres asesinadas por las manos de sus femicidas. En Chile, Colombia y el resto de la región, las organizaciones exigieron lo mismo: datos, tipificación legal, institucionalidad. Algunos Estados respondieron. La mayoría, a medias. Hoy, once años después, contamos. Y lo que vemos es inaceptable.

 

Según la CEPAL, al menos 4.855 mujeres fueron víctimas de feminicidio en Latinoamérica durante 2024, equivalente a 13 asesinatos por razones de género cada día, y el total acumulado en los últimos cinco años supera los 19.254 feminicidios en la región. Estas cifras provienen de los registros oficiales que los Estados informan al Observatorio de Igualdad de Género de la CEPAL, pero son complementadas —y frecuentemente superadas— por los datos de la sociedad civil organizada, que monitorea medios, documenta casos y llena los vacíos que el Estado no registra o no quiere ver.

 

Argentina cerró 2025 con 200 femicidios directos según el Registro de la Corte Suprema —una víctima cada 44 horas—, pero el Observatorio de la Defensoría Nacional contabilizó 247 al sumar travesticidios, femicidios vinculados y suicidios feminicidas. Son 247 crimines por razones de género, mientras el gobierno de Milei desmanteló el Ministerio de las Mujeres y recortó los programas de atención a víctimas.

 

Por otro lado, Chile registró 40 femicidios consumados en 2025 y 283 femicidios frustrados según datos oficiales del SernamEG, cometidos mayoritariamente por parejas y en el hogar: cifras muy similares a las del 2024 pero el estancamiento de las cifras no es reflejo de menos violencia, mas bien refleja la incapacidad del Estado de transformar las estructuras que la producen.

 

Colombia, atraviesa una crisis documentada por su propia sociedad civil: según el Observatorio de Feminicidios Colombia, entre enero y junio de 2025 se registraron 342 casos, un aumento del 6,5% respecto al mismo período del año anterior, y el 98% permanece sin sentencia.

 

Paraguay cerró 2025 con 37 feminicidios según la Fiscalía, dejando 69 niños y niñas huérfanos de madre; el 85% fue cometido por parejas o exparejas y en el mismo año se registraron 37.825 casos de violencia familiar, un promedio de 104 víctimas por día, cifras que la sociedad civil considera subregistradas por la debilidad del sistema de protección.

 

El panorama es el mismo desde hace once años: mientras los discursos institucionales se multiplican con declaraciones simbólicas, la acción concreta con presupuesto real y voluntad política sigue siendo insuficiente para la gran mayoría de nuestro continente.

 

 

Los gobiernos ultraconservadores que avanzan en América Latina y en el mundo no sólo NO protegen a las mujeres, al contrario, estos trabajan activamente por revertir los marcos institucionales de protección y derechos que tardamos décadas en construir. Ministerios de género disueltos, presupuestos recortados o programas de atención a víctimas paralizados. Junto a ello, una ofensiva discursiva que normaliza el odio: mujeres llamadas histéricas, el feminismo acusado de “ideología” y las diversidades y disidencias señaladas como amenaza a la nación. El disciplinamiento no es sólo simbólico, se expresa también en precariedad laboral, en exclusión del espacio público y en la criminalización del aborto como instrumento de control sobre nuestros cuerpos. El objetivo es relegarnos a la casa, a la sumisión, a la pobreza, al silencio. El patriarcado conservador sabe lo que hace, por eso odia tanto a las que nos declaramos feministas.

 

A veces, se nos acusa de repetir siempre lo mismo. De marchar cada año y volver a casa con los mismos números. Quienes dicen eso, no entienden o no han querido entender cómo funciona la violencia. Ni Una Menos, no prometió resolver el femicidio en un año. Prometió que no callaríamos, que cada vez que mataran a una mujer saldríamos a decir su nombre. Que la lucha de Susana Chávez en Ciudad Juárez, de las Madres de Plaza de Mayo, de las mujeres pobladoras que organizaron América Latina para la pandemia del COVID 19, no sería en vano. Pero la promesa, también exige más que la consigna. Exige que la indignación se convierta en organización y la organización en poder. Exige que cuando los gobiernos retrocedan, nosotras avancemos.

 

Once años después del primer grito, este sigue siendo necesario. No porque no hayamos avanzado —hemos avanzado—, sino porque el patriarcado tampoco se rinde. Y nosotras, tampoco.

 

Ni una menos. Vivas nos queremos. Todas.

 

Fuentes: CEPAL, Observatorio de Igualdad de Género de América Latina y el Caribe; Registro Nacional de Femicidios de la Justicia Argentina (CSJN); Observatorio de Femicidios de la Defensoría Nacional Argentina; SernamEG Chile; Observatorio de Feminicidios Colombia; Fiscalía General del Estado de Paraguay; Mapa Latinoamericano de Feminicidios (MundoSur).

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