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Crónica feminista sobre cómo las candidaturas a La Moneda (no) hablaron candidatos a La Moneda (no) hablaron de la mitad del país

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Por Emancipa Chile

Tres horas de debate presidencial. Ciento ochenta minutos para que, quienes aspiran a gobernar Chile, nos dijeran qué piensan hacer por las mujeres. Spoiler: la mayoría desperdició la oportunidad. Y no es que les faltara tiempo, porque sobró para hablar de otros temas y para tirarse palos entre ellos, cosa que a nadie le importa. Lo que faltó fue voluntad, conocimiento y seamos honestas, un mínimo de vergüenza.

Porque resulta que, en 2025, en un país donde las mujeres somos más del 50% de la población, tres candidatos —Kast, Artés y Mayne-Nicholls— simplemente no mencionaron a las mujeres. Ni una vez. Como si no existiéramos. Como si nuestras problemáticas fueran un detalle menor, un tema de nicho, algo que no amerita ni treinta segundos de sus propuestas presidenciales.

La organización del debate tampoco ayudó. Fue sólo, gracias a la periodista Soledad Onetto, que se hicieron algunas preguntas directas sobre el tema. Sin ella, probablemente hubiéramos tenido tres horas de debate sin que nadie dijera “mujer” salvo para mencionar a sus madres.

Los que lo intentaron

Marco Enríquez-Ominami: el único que habló de violencia de género

MEO se llevó una estrellita, y no porque la competencia fuera feroz. Propuso una reforma previsional con bono para cuidadoras y mujeres jefas de hogar, reconociendo las lagunas previsionales que enfrentamos, por dedicar años al cuidado no remunerado de niños y niñas, personas mayores o con discapacidad. Fue, además, el único candidato que mencionó la violencia de género y reconoció que no se ha avanzado en erradicarla.

¿Es revolucionario? No. ¿Es el mínimo básico que deberíamos esperar? Sí. Pero en este debate, hasta el mínimo básico fue escaso.

Jeannette Jara: la que sí sabe de qué habla

Jara también se ganó una estrellita pero no habló de las propuestas que tiene en su programa. Sus dos intervenciones, fueron en respuesta a MEO y Kaiser. Ella, demostraró un conocimiento profundo de las problemáticas de las mujeres, y ese tipo de conocimiento no se inventa en una campaña, sino que se construye trabajando sobre el tema y, por supuesto, siendo mujer.

Jeannette felicitó a Ominami por su propuesta del bono para lagunas previsionales y luego soltó la bomba; y recordó que en la reforma previsional aprobada en enero de 2025, ese bono ya estaba contemplado y hoy sería Ley ¿Qué pasó? Los parlamentarios de Kast, Kaiser y Matthei votaron en contra. Es decir, Jara ya buscó soluciones para este problema, pero la derecha las bloqueó en el Congreso. Pensamos que es un poco conveniente que ahora, algunas candituras, descubran la preocupación por las cuidadoras ¿no?

Su respuesta a Kaiser también fue impecable. Explicó, cómo su propuesta de condicionar la PGU, afectaría a 700.000 mujeres que reciben pensión básica solidaria, muchas de ellas cuidadoras que nunca tuvieron trabajo remunerado formal. Jara, entiende algo fundamental, las mujeres no somos sólo madres, y en las políticas públicas no pueden tratarnos como si lo único que nos define es nuestra capacidad reproductiva.

El trío que preocupa por lo que hablan: Parisi, Kaiser y Matthei

Aquí, es donde la cosa se pone fea. Estos tres mencionaron a las mujeres, sí, pero lo que dijeron es tan problemático, que casi preferimos que hubieran guardado silencio.

Johannes Kaiser y su “PGU Mamá”: cuando la maternidad se vuelve requisito

Kaiser propone una “PGU Mamá”. La propuesta trata de un  aumento en laPGU para las mujeres con un hijo que recibirían un 50% adicional del valor de la PGU, mujeres con dos hijos un 75%, con tres o más un 100%. Suena generoso, hasta que te das cuenta de lo que está diciendo, tu valor como mujer se mide en hijos e hijas. ¿No tienes hijos e hijas? Entonces no mereces el aumento ¿Eres cuidadora de tu madre con Alzheimer pero no pariste? Mala suerte.

Esta propuesta, es la definición perfecta de políticas que refuerzan roles de género y convierten los derechos en caridad condicionada. Además, Kaiser planteó que las nuevas generaciones deberían aportar anualmente 4 UF a una cuenta de ahorro voluntario para acceder al beneficio completo. Traducción: condicionalidad que dejará fuera a quienes no puedan ahorrar. Spoiler: hay muchas mujeres que están en el trabajo informal o de cuidado no remunerado ¿Cómo podrían ahorrar?

Jara le respondió directamente y se ganó otra estrellita. Ella demostró conocimiento sobre la materia, otra vez, al decir: esto es un “retroceso completo en derechos sociales” que perjudicaría a 700.000 mujeres que no cotizaron formalmente. Y tiene razón.

Franco Parisi: el maestro de las soluciones que no solucionan nada

Cuando le preguntaron por su ausencia de propuestas sobre violencia económica y deudores de pensión alimenticia (Ley Papito Corazón), Parisi respondió que sí tiene propuestas. Prepárense.

Propuesta 1: Las dos millones de mujeres morosas, podrán hacer un retiro previsional “no inflacionario”, esa es su propuesta. Esto es notable por varias razones: primero, asume que las mujeres somos morosas por irresponsables, no por violencia económica o porque el 60% de los padres no paga pensión alimenticia o por brecha salarial, o por ser precarizadas en el ámbito laboral, etc. Segundo, propone que las mujeres saquemos plata de nuestras ya! magras pensiones futuras, para resolver un problema creado por hombres que no cumplen sus obligaciones. Y tercero, supone que todas las mujeres tienen una basta suma en su cuenta previsional, es más, hay mujeres que ni siquiera han tenido la opción de cotizar por no poder optar a un trabajo remunerado o formal. Brillante lo de Parisi.

Propuesta 2: Una sola cuenta corriente familiar para que “las mujeres tengan acceso a los recursos”. Aquí, Parisi demuestra un desconocimiento jurídico e histórico asombroso ¿Saben por qué el derecho chileno creó el patrimonio reservado de la mujer casada? Precisamente, porque cuando los maridos tenían acceso total a los ahorros de sus esposas, frecuentemente los retiraban o destinaban a otros fines, frustrando años de esfuerzo de las mujeres. Sin palabras.

La cosa es clara. La independencia económica, es condición esencial para la libertad personal. Obligar a unificar cuentas, no es una medida contra la violencia económica, es una invitación a perpetuarla. Además, esta propuesta tiene un alcance ridículamente bajo, ya que, la mayoría de la población chilena no accede a cuentas corrientes. Es como proponer un Ferrari para combatir la crisis del transporte público. Sin Palabras.

Propuesta 3: Acuerdos prenupciales para asegurar división de bienes en caso de divorcio. Esto ya existe en el derecho chileno, se llama régimen de participación en los gananciales o separación de bienes y las parejas pueden elegirlo libremente. Parisi presentó como novedad algo que ya es ley hace décadas. Imperdonable.

Bonus Parisi: “Sonrisa de Mujer”

Cuando le preguntaron por salud, Parisi propuso revivir el programa “Sonrisa de Mujer” del goboerno del presidente Ricardo Lagos. Este programa, importante, innovador y necesario para su época, fue más bien una intervención estética focalizada. Hoy, las mujeres no pueden ser tratadas como sujetas pasivas que necesitan que el Estado “les arregle la sonrisa”.

Lo que si se necesita y Parisi no mencionó, es que el verdadero problema epidemiológico de salud bucal en Chile, son las enfermedades periodontales que afectan a la mayoría de la población adulta, la pérdida de dientes en personas mayores (que afecta su nutrición y calidad de vida), y la conexión entre infecciones orales no tratadas y descompensación de diabetes o riesgo cardiovascular.

Parisi no habló de prevención, determinantes sociales de la salud, accesibilidad territorial, ni integración con enfermedades crónicas. Solo habló de “producción de prestaciones”. Su propuesta, confunde cantidad con calidad sanitaria y reproduce desigualdades de género. La salud dental no es caridad del Estado, es un derecho.

Evelyn Matthei: la eficiencia de las salmoneras

Matthei, solo mencionó a las mujeres una vez, y dijo “gracias a las salmoneras en el sur, muchas mujeres han podido salir adelante”.

Hablemos de esas salmoneras, entonces. Según el exhaustivo estudio del Instituto Nacional de Derechos Humanos (INDH) realizado con el Instituto Danés de Derechos Humanos, las aproximadamente 7.000 mujeres que trabajan directamente en la industria salmonera, enfrentan un patrón sistemático de vulneración de derechos.

En esta investigación se constatan los siguentes hechos: negación y compra del fuero maternal, test de embarazo antes de contratar, descuento de horas laborales por controles médicos de embarazo, discriminación salarial por género y control cronometrado del acceso a baños.

Las condiciones son degradantes, jornadas de 10-12 horas de pie, a temperaturas bajo cero, con alta humedad, turnos nocturnos que afectan gravemente la vida familiar, y en regiones extremas, turnos de 14 días seguidos en instalaciones en el mar. Entre 2013 y 2023, la Dirección del Trabajo cursó 1.367 multas a la industria salmonera por infracciones laborales, pero las sanciones administrativas no han cambiado las prácticas sistemáticas.

Entonces, cuando Matthei dice que las salmoneras ayudaron a las mujeres a “salir adelante” ¿se refiere a salir adelante hacia la precarización, la violencia laboral y la vulneración sistemática de derechos? Porque eso es lo que documentan las fuentes oficiales.

Los ausentes: Kast, Mayne-Nicholls y Artés

Estos tres candidatos no dijeron absolutamente nada sobre mujeres. Cero. Nada. Silencio total. Como si gobernar un país, donde más del 50% de la población son mujeres, no requiriera ninguna reflexión, ninguna propuesta, ningún plan.

No es descuido. Es desinterés. Y ese desinterés es una declaración de principios. Corta.

Conclusión: el debate que nos debían

El debate presidencial, dejó en evidencia algo que ya sabíamos pero que duele ver confirmado una y otra vez, y es que para la mayoría de los candidatos, las mujeres no somos una prioridad. No merecemos tiempo en sus programas, reflexión en sus propuestas, y sobre todo, que no nos vean como sujetas de derecho.

Los únicos que obtienen una evaluación positiva son; Soledad Onetto (por insistir en hacer las preguntas sobre mujeres), Marco Enríquez-Ominami (por hablar de violencia de género y proponer medidas concretas), y Jeannette Jara (por demostrar conocimiento profundo y haber intentado implementar soluciones reales que la derecha bloqueó).

Kaiser, Parisi y Matthei estuvieron muy mal, pero al menos mencionaron a las mujeres, aunque lo que dijeron fue problemático, paternalista o directamente falso.

Kast, Mayne-Nicholls y Artés ni siquiera se dignaron a mencionar que existimos.

La organización del debate, tampoco se salva: no le dieron preponderancia a un tema que afecta a más del 50% de la población. Y eso, lamentablemente, se ha repetido en todos los debates de esta campaña y las anteriores. No es novedad pero no dejaremos de decirlo.

Desde el feminismo, nuestra respuesta es clara: no votaremos por candidatos que no nos ven, que no nos escuchan y no nos consideran. No negociaremos nuestros derechos por promesas vagas, ni aceptaremos políticas que nos traten como beneficiarias pasivas de caridad estatal en lugar de sujetas de derecho.

Exigimos políticas públicas que reconozcan el trabajo de cuidado no remunerado, que garanticen autonomía económica real, que erradiquen la violencia de género en todas sus formas y que entiendan que la igualdad y equidad de género no es un tema sectorial, sino transversal a toda la gestión del Estado. Y no por capricho, sino que que la Ley lo exige así.

Porque gobernar sin pensar en las mujeres, no es gobernar un país completo. Es gobernar a medias. Y Chile no se merece un gobierno a medias.

*Imagen: Diario USACH

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Luisa Jacinto en Parra & Romero, mi sombra es tuya

El próximo 8 de noviembre de 2025 es el último día para visitar, en la Galería Parra & Romero de Madrid, “Mi sombra es tuya”, muestra en la que Luísa Jacinto presenta un conjunto de obras que cuestionan el espacio, el tiempo y el peso como atributos básicos de la pintura más allá de sus límites tradicionales. La autora se rebela en ellas contra la teórica estabilidad de la superficie pictórica, revelando un medio en constante transformación.
El título de la exposición alude a uno de los diálogos recogidos en la novela Bajo el volcán de Malcolm Lowry y anticipa, en todo caso, la posibilidad de entablar una relación casi simbiótica entre visitante y obra, dos agentes que se necesitan recíprocamente. En este contexto, la sombra se nos presenta como metáfora de la condición humana, refugio y parte incierta, fugaz, a medio camino entre lo real y lo posible.
Pueden verse por primera vez en Parra & Romero tres cuerpos de trabajo distintos pero conectados: las “pinturas-piel” de la serie Strangers, con sus superficies similares a membranas; las “pinturas-pantalla” de I was never, que fragmentan el espacio y multiplican el acto mismo de ver; y las “pinturas-red” de Work in Space, semejantes a telarañas suspendidas.
Luisa Jacinto. Mi sombra es tuya. Galería Parra & Romero
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NUESTROS LIBROS: Los amnésicos. Historia de una familia europea

Los europeos no son víctimas de la historia. Cada uno de nosotros será indispensable.
Géraldine Schwarz es periodista y realizadora, nació en 1974 en Estrasburgo y, lo que es más importante para el que hasta ahora es su único libro, forma parte de una familia franco-alemana cuyas vivencias quedaron marcadas por la II Guerra Mundial.
En Los amnésicos, un ensayo que ha alcanzado un eco notable desde 2017, entrelaza el relato de esa familia, la francesa y la alemana -por supuesto, no siempre bien avenidas-, con la narración de este capítulo histórico, no atendiendo al devenir de la guerra en sí, sino a sus consecuencias en los individuos de a pie: evidentemente en las víctimas directas del Holocausto, pero también en quienes no lo fueron y ante ese genocidio tuvieron que tomar postura y adoptar decisiones vitales o menores, en ese momento o más tarde.
Las experiencias familiares no constituyen, en su caso, anécdotas más o menos ilustrativas, sino síntomas de comportamientos reveladores de estados mentales y de formas de asimilar el trauma. Comportamientos que vale la pena analizar por más que no fueran, en sí mismos, necesariamente ni predominantes ni raros.
Schwarz propone, claro, un ejercicio de memoria en el que los testimonios que ha recabado de sus cercanos se intercalan con los de los historiadores y en el que trata de entender la evolución de la actitud de alemanes y franceses -sobre todo de los primeros- hacia su pasado reciente: una actitud que pasó de la evitación, la amnesia del título, al examen de lo ocurrido y la conversión de ese estudio del pasado sucio en una de las bases de su identidad moderna.
Las pérdidas primeras, en ese primer lustro de los cuarenta, fueron millones de vidas; las segundas tuvieron que ver con la puesta en cuestión de una cultura y una vida política que no había logrado impedir esa matanza. La tarea de encontrar y depurar a los causantes requirió de leyes nuevas en el caso los más gruesos culpables; refiriéndonos a la población en general, la revisión de lo ocurrido tenía que resultar mucho más compleja: escapaba a tipos penales, nunca a condicionamientos morales.
Como recuerda Álvarez Junco en el epílogo de este libro, las posturas quedaron polarizadas entre los partidarios de la disección de lo sucedido y quienes consideraban más saludable -o sólo posible- empezar de cero ante aquello tan difícil de explicar. Los pensadores que han reflexionado sobre estas posiciones son muy numerosos – Schwarz compendia algunos, y menciona con acierto los libros, películas y series que mayor impacto tuvieron en la percepción reciente de la Shoa-; también los que se han preguntado por la pertinencia de establecer grados de responsabilidad adecuados y si la inacción sin aquiescencia constituye una de esas responsabilidades. La autora cuestiona a uno de sus abuelos: no actuó de forma directa contra ningún compatriota judío, pero sí se aprovechó de su desgracia al adquirir muy ventajosamente sus bienes y ese hecho sería una sombra en adelante en la vida familiar, como tantos lidiarían – o no soportarían- otras parecidas.
Y decíamos que centra su mirada en Francia y Alemania, pero en su ejercicio de analizar indiferencias revisa colaboraciones o pasividades en el conjunto de Europa, y ha sabido dar su lugar igualmente a actos más o menos heroicos que salvaron vidas en los momentos y lugares menos propicios.
Se pregunta hasta qué punto pueden heredarse culpas -no pueden-; cuánto queda hoy de los enfrentamientos pasados -a veces artificialmente recreados-; o cuánto de fiable es la memoria colectiva y oral, si la individual puede ya ser traidora.
Lo interesante de Los amnésicos son justamente sus matices: desde la distancia del tiempo y desde el equilibrio, no denuncia ni reivindica. Trata de comprender sin eximir de culpas y no resbala en el terreno de juzgar el servilismo voluntario y el involuntario, un logro nada fácil para quien ha crecido cerca del silencio y la incomodidad.
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INTERSECCIONES

¿QUÉ ES INTERSECCIONES?
Un proyecto del Museo del Traje. CIPE de Madrid por el que diferentes intervenciones transformarán nuestra visión de la colección permanente de este centro.
 
¿QUÉ OBJETIVOS TIENE?
Conmemorar el centenario de la Exposición del Traje Regional de 1925, el acontecimiento que supuso el germen de los fondos de esta institución.
También reescribir el relato de la indumentaria y reafirmar el compromiso de este espacio con la preservación y la relectura del patrimonio cultural, generando nuevas perspectivas en torno a la moda, la identidad y la memoria colectiva.
 
¿EN QUÉ CONSISTE?
El museo nos enseña los trabajos de cuatro artesanos y tres diseñadores de moda que, preservando procesos, materiales y técnicas ancestrales, continúan a día de hoy con la producción y la difusión de piezas únicas.
 
¿QUIÉN COMISARÍA ESTE PROYECTO?
Juan Gutiérrez y Daniel Blanco; y lo coordinan Beatriz Rontomé Miguel y María del Mar Belver García.
 
¿QUÉ ARTESANOS PARTICIPAN EN INTERSECCIONES?
Aitor Saraiba exhibe Pagana, un trabajo textil basado en las creencias, tradiciones y leyendas que florecieron en la península ibérica y que dejaron su huella cultural en trajes y ornamentaciones textiles. Quiere reivindicar los trajes populares, los amuletos, las mascaradas, los escapularios y otras prendas que nuestros antepasados crearon para definirse y para conectar con lo invisible.
Sagarminaga Atelier, por su parte, reinterpreta la casaca del siglo XVIII, fusionando sus siluetas masculinas y femeninas con evocaciones de la naturaleza. Propone un escenario donde esta última, como lo hace con los pueblos abandonados y las ruinas, reclama nuestro pasado, versionándolo en sus propios códigos.
La intervención de Mercedes Vicente gira en torno al bodi que realizó para la muestra “Ofrenda” en la Embajada de España en París, en colaboración con el diseñador Leandro Cano y en 2019. El bodi, diseñado para realzar las curvas, ha sido un complemento muy valorado a lo largo de los siglos hasta la actualidad, con distintas formas y nombres.
Por último, el proyecto de Woolf4life para esta iniciativa conjuga el tratamiento de su materia prima, a través del lavado y procesado de la lana, con la cuidada factura de piezas, ejecutadas con fibras naturales para favorecer la sostenibilidad.
 
¿Y QUÉ DISEÑADORES SE HAN SUMADO?
Lorenzo Caprile, Teresa Helbig y Ana Locking.
El primero ha propuesto una intervención ligada a su faceta como coleccionista de antigüedades: expone, en una de las vitrinas dedicadas a la moda del siglo XVIII, una gran casa de muñecas datada en ese mismo tiempo.
Helbig homenajea los diseños atemporales a través de la porcelana: la sitúa como muestra de la posibilidad de un equilibrio perfecto entre experiencia, creatividad y paciencia y recuerda que la belleza también puede estar ligada al tacto. Y Locking, entretanto, ha elegido presentar tres creaciones de vestuario escénico inspirado en el siglo XVIII; reinterpreta libremente en ellas los estilismos de la época asociándolos a la sección de la Exposición del Traje Regional que se centró en la indumentaria histórica.
 
¿HASTA QUÉ FECHA PUEDEN VERSE ESTOS PROYECTOS?
Hasta el 30 de noviembre de 2025.
 
 
PARA MÁS INFORMACIÓN:
www.cultura.gob.es

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El mártir como mandato de la masculinidad

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Por: Paula Forero

 

El patriarcado no solo oprime cuerpos: también los fabrica para el sacrificio. Cuerpos de hombres que deben estar disponibles para morir por una causa mayor. Esa relación entre masculinidad y el “mártir” no es solo una figura narrativa: es una columna vertebral del poder político.

 

Tras el asesinato de Miguel Uribe Turbay, su padre declaró: “Hijo, tu sacrificio no será en vano”. El dolor se convirtió en instrumento político, evidenciando lo normalizado que tenemos como país que la muerte pueda aprovecharse para impulsar una causa. Estas declaraciones no son una anomalía en la política colombiana. Daniel Quintero, Gustavo Petro y tantos otros a lo largo de la historia han prometido que “morirían por el país”, apelando incluso a la bandera roja, blanca y negra que ahora acompaña al Presidente en varias ocasiones, con el lema atribuido a Bolívar: “Libertad o muerte”. Para la política masculina, un líder se prueba en la disposición a entregar su vida.

 

Entre las miles de cosas machistas que tienen en común la izquierda, la derecha y el centro —y, en general, la política masculina— está su obsesión con el sacrificio. No basta con vivir por la causa. La prueba máxima es morir por ella. La masculinidad hegemónica se sostiene sobre varios pilares, incluidos la valentía, la glorificación del dolor y el rechazo total del miedo y la vulnerabilidad. Morir “por algo más grande” se ofrece como evidencia final de hombría: un “verdadero hombre” preferiría caer muerto antes que admitir que siente y que teme. Esta es solo otra forma de huir de la vulnerabilidad, porque el sufrimiento se lee como coraje.

 

El mártir encarna ese ideal: es quien lleva el sacrificio al extremo, incluso a la muerte, mostrando que el compromiso y la hombría están por encima de la propia supervivencia. Deja de ser persona y se convierte en símbolo, en propaganda. Una historia útil, una bandera que otros pueden agitar. Su cuerpo se vuelve herramienta narrativa del poder. Pero esa lógica tiene costos profundos: la vida que se le exige entregar, la angustia que debe esconder, el dolor que debe callar.

 

La glorificación del sacrificio no es una acción inofensiva: corroe el proyecto colectivo; implica que el vivir y la lucha cotidiana se devalúen frente al morir heroico. Así, la entrega diaria —marchar, organizarse, defender derechos, cuidar lo común— queda relegada a un papel secundario. Se instala la idea de que la verdadera transformación sólo se consigue con sangre, como si la vida no alcanzara para cambiar nuestra realidad.

 

El bienestar deja de asumirse como un derecho y empieza a presentarse como un premio que otros reclaman en nombre del mártir. Cuando la muerte se convierte en símbolo de honor, proteger la vida deja de ser prioridad. Y si morir por la patria es glorioso, los asesinatos políticos dejan de verse como un fracaso del Estado y pasan a justificarse como “sacrificios inevitables”. En un país como Colombia —atravesado por la guerra, la violencia partidista, el asesinato de líderes sociales y la idea de que algunos cuerpos deben morir para que la historia avance— estas no son frases retóricas: terminan funcionando como un manual de lo que supuestamente debe ser un “buen líder”.

 

Así, una elección se convierte en un concurso a ver quién promete la muerte más épica, quién está dispuesto a convertirse en mártir para demostrar que merece gobernar. En cada elección escuchamos la promesa de entrega total, de muerte si es necesario. Pero lo que deberíamos exigir es otro tipo de promesa: la de la vida, la de sostener en cuidado. Lo verdaderamente transformador es que nadie tenga que morir para que el resto pueda seguir.

 

Es necesario aclararlo: este análisis no afirma que los asesinatos y atentados políticos en Colombia ocurran por el mandato de la masculinidad o la glorificación del mártir. La violencia política es absolutamente reprochable y jamás sería responsabilidad de quienes la sufren. Lo que quiero señalar es una narrativa que se ha normalizado en nuestra política: la idea de que la muerte por una causa es el punto más alto del compromiso. Entiendo que en este país ningún derecho ha sido regalado, que muchas conquistas se han logrado en las calles y que, lamentablemente, han tenido víctimas mortales. Pero creo que es momento de detenernos y cuestionar esos mensajes que todos los sectores repiten. Desromantizar la violencia que marcó especialmente los años 70, 80 y 90. Hacer un llamado urgente a cuidar la vida. Porque ninguna causa, ningún partido y ningún líder político está por encima de ella.

 

Es importante recordar que quienes más han sostenido la vida en medio de tantas muertes y asesinatos han sido las mujeres. Han entendido desde siempre el valor de la vida y del cuidado, porque reconocen los costos reales que deja cada mártir: el vacío, el duelo, la comunidad que se fractura, acompañar a quienes se quedan. Por eso han centrado su lucha en resguardar la existencia y su dignidad, conscientes de que ningún proyecto político puede sostenerse si exige cuerpos sacrificados como punto de partida.

 

Por eso, propongo una pregunta: ¿queremos líderes dispuestos a desaparecer para probar que son hombres? ¿Queremos líderes que honren la vida o que la entreguen para ser reconocidos? La masculinidad que se define por matar y morir ya nos ha costado demasiado.

 


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