Una ya no sabe si reír o llorar. No hablamos sólo de mediocridad, hablamos de una bajeza intelectual, ética y moral impresionante. Y lo peor es que son nuestras, nuestros legisladores, los que deberían marcar rumbo, los que tienen en sus manos uno de los poderes más importantes del Estado. Imagínense en manos de quién está nuestra democracia.
“Yo ahora me planté, porque no puede ser que no cobremos nuestro tañarandy… ocho millones de dólares… se van a repartir entre seis… van a pagar la cuenta de Nenecho…”, se escuchaba en la voz de la senadora Norma Aquino, alias Yamy Nal y el senador Javier “Chaqueñito” Vera. Así de burdos, así de impunes. Los audios los pillaban hablando de repartijas de una donación de Taiwán, mencionando a colegas colorados cartistas.
El escándalo terminó con su destitución, pero no nos engañemos: ella es apenas la cara visible de un sistema podrido hasta la raíz, donde los negocios turbios y las coimas se negocian como si fueran caramelos. Lo que hay que entender es que el problema no es solo Yamy Nal, el problema es la degradación completa de la institucionalidad democrática y representativa. Una busca palabras para describir la sensación de vivir en Paraguay en este momento y cuesta encontrarlas. Es demasiado grave.
Mientras tanto, ¿qué pasa afuera en la calle, en los barrios? Ciudades destrozadas como nuestra república, baches que parecen trincheras de guerra, hospitales donde sobrevivir es casi un milagro, una educación que no educa, salarios de hambre que no alcanzan para fin de mes, y encima la violencia constante contra mujeres, niñas, niños y adolescentes. Eso es lo que vivimos cada día mientras esta gente juega a hacer política como si fuera su circo privado. Repartiéndose maletines llenos de dinero que debería ser invertido en la gente, en nosotras y nosotros.
Probablemente lo mismo pensaban durante la dictadura: tanta podredumbre, tanto atropello, tanto descaro, y una preguntándose cómo seguir sin caer en la desesperanza. ¿Cómo se hace para no rendirse? ¿Cómo aportar para mejorar algo en medio de este desastre?
Tal vez ahí está la clave: hablarlo, pensarlo desde los feminismos, desde los espacios que construimos con dignidad, donde la solidaridad no es discurso vacío, sino práctica política diaria. Capaz no tenemos todas las respuestas, pero sí la certeza de que vamos a seguir denunciando, organizándonos y buscando salidas colectivas.
Porque si algo debería enseñarnos este momento es que la democracia no se defiende sola, y que mientras ellos la degradan, nosotras vamos a seguir sosteniendo la vida en medio del caos. No nos queda de otra.
Saltó una vez más el comodín del “feminismo”. En su defensa de Israel, la presidenta de la Comunidad de Madrid, Ayuso, sostuvo que: “El pañuelo palestino no es feminismo”. De igual manera, presentadoras o tertulianas suelen decir que en Palestina no íbamos a sobrevivir como mujeres. Analicemos por partes, porque de esas palabras parece que si estás en un país con machistas mereces que te maten. Como si hubiese un país que sea feminista.
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Música cortesía de CO.AG Music
En Bahía Negra, un grupo de mujeres decidió transformar su realidad con una huerta comunitaria. Entre risas, aprendizajes y cosechas, fortalecen la economía familiar, la alimentación sana y el tejido social de su comunidad.
*Por Noelia Díaz Esquivel / @noediazesqui
En el extremo noreste del Chaco paraguayo, donde la tierra es dura, arcillosa y el calor implacable, un grupo de mujeres se propuso un reto: hacer florecer la esperanza. Desde 2024, las “Mujeres Emprendedoras de Bahía Negra” trabajan juntas en una huerta agroecológica y colectiva que ya se convirtió en un espacio de unión, aprendizaje y alegría.
Estos son algunos de los rostros que representan a las “Mujeres Emprendedoras de Bahía Negra”. Fotografía: Leo De Blas.
Leticia Rosales, ingeniera agrónoma y alma del proyecto, explica cómo logran cultivar en un suelo tan difícil: “La tierra acá es arcillosa, muy dura. Para sembrar primero preparamos los tablones, removemos todo y luego traemos ‘mantillo del monte’, que usamos como abono natural. Mezclamos con la arcilla y así queda lista para la siembra. Todo es orgánico, sin ningún químico”.
Leticia Rosales no es oriunda de Bahía Negra, pero la eligió como su casa hace varios años. Fotografía: Leo De Blas.
La huerta se instaló gracias a un pequeño fondo de apoyo, pero hoy las mujeres siguen adelante con recursos propios y un compromiso que crece cada día.
Un espacio de terapia y alegría
Cada viernes, las productoras se reúnen para limpiar, regar y compartir vivencias. Para ellas, la huerta no solo produce verduras, sino también afecto, confianza y sueños colectivos.
Griselda González, de 50 años, cuenta con una sonrisa que “me encanta porque pasamos bien, nos reímos, nos divertimos. Es una alegría total para nosotras”.
La hermana Lucía, una religiosa que acompaña el proyecto, destaca el valor humano de este espacio: “Este momento es como un relax. Nos ayuda a conocer a las mamás y sus realidades. Es una oportunidad para acompañarlas, visitarlas y fortalecer la familia”.
Aunque la última inundación cubrió la huerta de agua y aisló a toda la ciudad, apenas el terreno se secó, las mujeres volvieron a sembrar con más fuerza. Ahora sueñan con agrandar el espacio, vender sus productos y abastecer, al menos de manera parcial, el programa Hambre Cero.
Leticia señala con emoción que “ya nos dijeron que podrían comprarnos para el programa Hambre Cero. Tenemos ganas de producir más y tener dónde vender. La idea es que este esfuerzo sea sustentable”.
En medio las labores propias de una huerta ellas comparten sus vida mientras ríen a carcajadas, aunque a veces, este también es un espacio para llorar. Fotografía: Leo De Blas.
Otro de sus proyectos es reunir y guardar sus propias semillas. Así podrán asegurar la próxima siembra y también intercambiar semillas con otras mujeres agricultoras de la zona.
La fuerza de la organización
El trabajo en el Chaco no es fácil. Durante los días de intenso calor, la huerta necesita riego al menos dos veces al día. Por eso, uno de los grandes objetivos de este año es conseguir recursos para instalar un sistema de riego que les permita mantener las plantas saludables y reducir el esfuerzo físico.
El contacto con la tierra también es sanador. Fotografía: Leo De Blas.
A pesar de los desafíos, las mujeres no pierden el entusiasmo. Varias de ellas ya se animaron a hacer huertas en sus casas y a cocinar con sus propias verduras.
“El año pasado tuve mi huertita. Salieron lechuga, locote, tomate, pepino y todavía tengo perejil y espinaca”, cuenta Esther Acuña, una de las integrantes.
Además de producir alimentos sanos, varias mujeres cocinan y venden sus preparaciones por encargo. La tecnología también juega su papel: basta un estado de WhatsApp para que los pedidos lleguen volando.
Estas mujeres demostraron que con ganas, unión y conocimiento se pueden cambiar realidades. Su huerta no es solo un proyecto productivo: es un símbolo de que cuando las mujeres se organizan, florecen los sueños.
Ni la tierra arcillosa, ni el sol implacable pudieron hacer mella en la determinación de estas mujeres que se propusieron tener una huerta comunitaria y urbana. Fotografía: Leo De Blas.
Bahía Negra: corazón chaqueño
Bahía Negra es uno de los distritos más extensos del Paraguay, con más de 3.500.000 hectáreas. Está ubicada a orillas del río Paraguay, en el extremo noreste del departamento de Alto Paraguay, a 820 kilómetros de Asunción. Allí viven alrededor de 2.500 personas.
Fundada oficialmente en 1987, Bahía Negra combina paisajes únicos y una cultura rica en tradiciones. Aunque la vida en esta zona remota del Chaco tiene desafíos, la comunidad sigue apostando por el trabajo, la solidaridad y la conservación de su entorno natural.
La etapa de la Vuelta ha sido interrumpida por manifestantes por Palestina que han tomado las calles con gritos contra la masacre en Gaza. La Policía ha cargado contra los manifestantes.
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En Paraguay, como en muchos lugares del mundo, solemos reducir la política al activismo partidario, a las elecciones o a los nombres de quienes ocupan cargos públicos. Pero lo político es mucho más profundo: atraviesa la vida cotidiana, se filtra en nuestras decisiones diarias y moldea lo que podemos o no podemos ser.
Esta reflexión surgió a partir de una entrevista que escuché en redes sociales, en la cual Nicolás García, actor paraguayo, aseguraba que el arte nada tiene que ver con lo político. Lo confieso: al escuchar eso, me enojé. Tardé en escribir al respecto justamente porque necesitaba procesar ese malestar. Después recordé que no todas las personas pensamos igual, que no todas atravesamos los mismos caminos, y que precisamente por eso debía animarme a poner en palabras mi mirada al respecto.
La educación que recibimos, la salud que se nos garantiza (o se nos niega), las condiciones laborales que aceptamos, el transporte que usamos, el precio de los alimentos que consumimos: todo eso es político. Lo es también la manera en que organizamos la familia, el barrio, la comunidad. Incluso lo que creemos íntimo – nuestras formas de amar, de vestir, de hablar – está atravesado por estructuras de poder y disputas de sentido.
Una organización de vecinos, por ejemplo, puede decidir unirse para reclamar agua potable, gestionar una plaza o resistir un desalojo.
Esas decisiones colectivas chocan con estructuras de poder, con leyes, con intereses económicos. Ahí se vuelve evidente cómo lo político moldea los comportamientos y los horizontes de lo que podemos hacer juntas.
El arte no escapa a esto. Decir que el “arte nada tiene que ver con la política” es desconocer su potencia y es al mismo tiempo una posición política. Cada gesto artístico es un posicionamiento frente al mundo, aunque sea por omisión. El silencio también es un discurso político. Basta recordar como José Asunción Flores creó la guarania como música popular que dignificaba a un pueblo entero o como Carmen Soler convirtió la poesía en trinchera contra la dictadura, o Alberto Rodas quien llenó de contenido social su cancionero y nos regaló el himno “Dónde Están”. O como Rocío Robledo que con sus músicas y su gestión cultural abrió caminos para pensar otras formas de libertad y participación de sus colegas mujeres en el mundo de la música en Paraguay. Cada una de estas personas mencionadas entendió que el arte no podía desvincularse de las luchas de su tiempo.
En un país como Paraguay, negar esta dimensión es seguir negándonos la posibilidad de construir con memoria y libertad una sociedad que ha sido lastimada y castigada por demasiado tiempo de represiones, son prácticas que arrastramos desde la dictadura y que, aunque queramos ignorarlo, siguen vigentes hasta hoy.
La política no se agota en los partidos, pero tampoco se limita a los grandes debates institucionales. Está en la cocina colectiva, en la feria campesina, en el mural pintado en los barrios, en la decisión de programar una obra en guaraní o de abrir un centro cultural comunitario. Reconocerlo es un paso necesario para no caer en la trampa de creer que “lo político” solo existe cada cinco años en una urna electoral.
Lo político está en todo lo que vivimos. Y entenderlo así nos devuelve la posibilidad de transformar no solo las instituciones, sino también la vida misma. Asumir que todo es político no significa perder la belleza de las cosas, sino al contrario: ver que lo cotidiano, lo artístico y lo colectivo son campos de transformación. Y que en cada gesto – al cantar, crear, actuar, cocinar, enseñar o resistir – también estamos disputando el sentido de la vida en común.