ESCUCHAS ALTERADAS Y PRÁCTICAS POROSAS

¿QUÉ ES ESCUCHAS ALTERADAS Y PRÁCTICAS POROSAS?
Una iniciativa radiofónica que acaba de poner en marcha el Centro de Arte Dos de Mayo de Móstoles. CA2M y con la que busca acercarse a figuras del ámbito literario, científico, del diseño, de la música… y romper la distancia sistémica entre el público y el aséptico cubo blanco.
 
¿QUIÉN LO DIRIGIRÁ?
Natalia Piñuel Martín, historiadora del arte, investigadora cultural y comisaria. Cofundó la plataforma Playtime Audiovisuales, ha desarrollado proyectos para el MUSAC (León), el DA2 (Salamanca), el Espacio Fundación Telefónica, La Casa Encendida (Madrid), AECID o el Instituto Cervantes.
Natalia es responsable del ciclo El Cine Revelado en el CA2M y del festival y la agencia She Makes Noise. Además de programar exposiciones, ciclos audiovisuales y performance, da clases y charlas sobre prácticas artísticas contemporáneas y temas de género. Escribe, asimismo, en medios y trabaja en radio desde el 2018.
 
¿EN QUÉ CONSISTIRÁ?
A partir de las exposiciones, actividades, talleres y las colecciones del CA2M de Móstoles, su programación abarcará las prácticas artísticas contemporáneas y pondrá de relieve su capacidad de influencia y transformación social.
Se ofrecerán ocho encuentros en formato podcast, uno al mes de mayo a diciembre, en los que la música no solo será un elemento esencial, sino el hilo conductor de cada una de las sesiones, que se completarán con una playlist.
 
¿QUIÉN ES SU PRIMERA INVITADA?
La escritora Sabina Urraca protagoniza su primer episodio, que cuenta con la colaboración de la artista visual, comisaria y poeta Leto Ybarra y del cineasta y artista animado David Domingo aka Stanley Sunday. La playlist, por su parte, corre a cargo de Austrohúngaro y culmina con un bonus extra sorpresa por la propia Urraca.
La autora de El celo se referirá a la muestra de María Medem.
 
¿QUÉ PUEDO HACER PARA ESCUCHARLO?
Los sucesivos podcasts podrán escucharse aquí: https://ca2m.org/
 
 
PARA MÁS INFORMACIÓN:
https://ca2m.org/

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Carvajal, Cifuentes, Nacho Cano…: Marina Lobo desmonta el medallero de Ayuso

Marina Lobo repasa el medallero más delirante de España: el de Ayuso. Porque en la Comunidad de Madrid ya no se premia la trayectoria ni el servicio público: se premia el silencio, el aplauso y el postureo. Rafa Nadal, Nacho Cano, Cifuentes, la Guardia Civil en Ceuta, Milei o Carvajal no han sido elegidos por su labor, sino por lo bien que encajan en el relato oficial: el español que no incomoda, que blanquea la historia, que vive del Estado pero grita “libertad” mientras recorta sanidad.

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Juicio contra Carlos Granada: «No me animaba a hablar porque pensé que estaba sola»

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Este lunes declaró la segunda sobreviviente en el juicio contra Carlos Granada. Con valentía, relató cómo fue sometida sistemáticamente a acoso y coacción sexual mientras él ocupaba el cargo de gerente de prensa del Grupo Albavisión. Durante meses soportó en silencio por miedo y porque no sabía que otras compañeras también eran víctimas. Hasta que se animaron a hablar. A romper el silencio juntas.

 

Las fiscales Luz Guerrero, Claudia Aguilera y Natalia Silva explicaron que esta etapa del juicio será extensa: cada una de las seis denunciantes necesita su tiempo para contar lo vivido. Es clave para que el tribunal —presidido por Laura Ocampo e integrado por Cándida Fleitas y Juan Pablo Mendoza— tenga todos los elementos para impartir justicia.

 

La Fiscalía explicó que Granda, al estar imputado por tres tipos penales —acoso, coacción y coacción sexual—, la expectativa de pena podría llegar hasta 15 años de cárcel. Sin embargo, esa solicitud se formalizará recién en las últimas audiencias del juicio oral. Las agentes fiscales expresaron su deseo de que el veredicto pueda acercar un poco de justicia y reparación a las denunciantes, en nombre de todas las mujeres que también sobrevivieron a situaciones similares.

 

📅 El juicio continúa el jueves 5 de junio con el testimonio de la tercera víctima.

¡Las periodistas ya no se callan!

 

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*Este material forma parte de la serie Las periodistas ya no se callan, impulsado por la Red de Mujeres Periodistas y Comunicadoras en alianza con Revista Emancipa Paraguay.


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No fue solo una tragedia. Fue feminicidio. Y fue el patriarcado

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    * Por Montserrat Valladares

Lo que parecería la escena de una película de terror -secuestro, tentativa de aborto forzado, asesinato, quema y entierro del cuerpo frente a la casa del victimario- no es una ficción. Es Paraguay. Es 2025. Es otro capítulo de la serie “Paraguay, último bastión moral de Sudamérica”, donde la violencia estructural contra las mujeres y niñas se expresa con saña, y el Estado se mantiene en silencio o actúa como cómplice.

El feminicidio de María Fernanda, adolescente de 17 años, no es un hecho aislado. Es la consecuencia directa de una sociedad moldeada por la misoginia, donde los cuerpos de las mujeres son territorios de control, castigo y disputa. En este país, el aborto es más escandaloso que un asesinato.

En este país, se persigue a la propietaria de una farmacia por la venta de una pastilla anticonceptiva de emergencia, pero no se investiga con la misma urgencia a quienes secuestran, violentan y matan a una adolescente.

Los medios no tardaron en llenar portadas con este caso. Pero lejos de aportar una mirada crítica, la mayoría eligió el camino del morbo, del escándalo y del detalle escabroso, como si el horror fuera un espectáculo para consumir. Se compartieron capturas de chats, fotos, nombres, suposiciones y partes de la autopsia sin ningún enfoque ético ni perspectiva de género. Se priorizó la violencia mediática por sobre la justicia y la dignidad de María Fernanda.

Una vez más, los cuerpos de las mujeres, aún en la muerte, son expuestos, juzgados y mercantilizados para alimentar una narrativa que no interpela al sistema, sino que lo reafirma.

¿Dónde está la crítica al Estado que sigue sin políticas públicas integrales de prevención de la violencia basada en género? ¿Dónde está la protección real a niñas y adolescentes que viven en riesgo cotidiano? Mientras tanto, se estima que más de 30.000 abortos ocurren cada año en Paraguay, según una investigación realizada por el Centro Paraguayo de Estudios de Población (CEPEP), y ocurren en silencio, en la clandestinidad, lejos del acceso a derechos y cerca del peligro. Pero eso no conmueve. Lo que escandaliza es si alguien vendió o no una pastilla.

La maquinaria mediática y judicial se mueve rápido para criminalizar a las mujeres, para montar una nueva cacería de brujas donde el aborto, real o imaginado, es la excusa perfecta para desatar una persecución moral. ¿Por qué es más fácil hablar de una supuesta amiga o de un fármaco que nombrar la estructura de violencia machista que permitió este crimen?

Y mientras se repudia públicamente este hecho, una parte de la sociedad responde con la misma violencia que dice condenar. Lo vemos en los discursos de odio, en la necesidad de castigar con crueldad, de exhibir nombres, rostros y cuerpos como si el dolor ajeno fuera un espectáculo. Es la lógica del escarmiento, no de la justicia.

Esta violencia es síntoma de una sociedad que, incapaz de mirar su propia complicidad con el sistema patriarcal, reproduce el horror bajo nuevas formas. La venganza no es justicia. El odio no repara. Y seguir culpando a las mujeres no salva vidas.

María Fernanda fue asesinada por un sistema que sigue naturalizando el control, el castigo y la muerte sobre los cuerpos de las mujeres y niñas.

Honrar su memoria es exigir políticas públicas reales de prevención, educación sexual integral, acceso a derechos reproductivos y justicia feminista. Porque el verdadero crimen es seguir viviendo en un país donde el horror se repite y se tolera en silencio.


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Capítulo 7: Madrid, con Gabriel Rufián

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Los tortuga, la vida perdida en los olivos

Hace cinco años Belén Funes presentaba en cines su primer largo, La hija de un ladrón; lo protagonizaba Greta Fernández como una joven que, rondando la veintena, había conocido ya un terrible friso de reveses: inmersa en una familia para la que el adjetivo desestructurada era un eufemismo, debía sacar adelante a su hijo, a su hermano pequeño (y a sí misma) en la más completa soledad y sin medios económicos. Ni en una sola de sus secuencias permitía Funes que esa película no respirara austeridad y tristeza.
Su segunda obra, ahora en salas, viene a consolidar sus inquietudes y su estilo, aunque plantee diferencias, comenzando por algunos instantes para la amabilidad: en forma de reuniones familiares y de vida rural. Se llama Los tortuga, nombre dado a quienes hace unas décadas emigraban desde el sur a las regiones industrializadas del norte llevando todo a cuestas. Lo hicieron los padres de Anabel (Elvira Lara), desde Jaén hasta Barcelona, buscando un lugar con el que identificarse y en el que trabajar, pero no fue fácil: él ha muerto y ella, de origen chileno (Antonia Zegers), se emplea duramente como taxista para hacerse cargo de los estudios y del mantenimiento mismo de su hija, que acude en sus vacaciones a Andalucía.
Adivinaremos pronto que algo no va bien entre madre e hija y, algo más tarde, que el duelo por la muerte abrupta del padre y marido tiene que ver en sus distancias: las dificultades económicas, la inestabilidad de su trabajo y, enseguida, la expulsión de las dos del piso de alquiler que habitaban impedirán al personaje que interpreta Zegers con toda lucidez asumir la ausencia y reconocer abiertamente su tristeza.
Las dos actrices, que encarnan en la película dos modos casi opuestos de hacer frente a las carencias y la muerte, aportan un enorme vigor interpretativo a la obra de Funes; el de Zegers estaba ya acreditado y Lara demuestra un vuelo impropio de una actriz debutante. Sus pesares son constantes -los pasados anhelos de salir adelante casi se convierten en pasos hacia un hundimiento futuro- y contiene esta película algunas de las secuencias más tristes que quizá encontremos en el cine español reciente, como aquella en la que Anabel trata de recuperar las cenizas de su padre bajo un olivo antes de vender la tierra que de él heredó, obligada por las circunstancias. Sin embargo, como apuntamos y a diferencia de lo visto en La hija de un ladrón, también hay resquicios luminosos: los que proporcionan las familias amplias, los niños pequeños, el trabajo de todos en el campo y el disfrute de sus frutos. Lo perdido.
Es cierto que el regreso al campo desde la ciudad, contemplado el primero de forma más o menos idealizada y la segunda casi como una apisonadora de la alegría, se ha convertido desde hace unos años en tema recurrente –Los tortuga coincide en la cartelera con Una quinta portuguesa y con Lo que queda de ti; en la trama de esta última, una joven pianista regresaba a su pueblo, también tras la muerte de su padre, para buscar en un primer momento mantener la vida que aquel llevó y después desistir-. Pero no lo es menos que tampoco se ha abordado tanto (desde clásicos como Surcos o La piel quemada) qué fue de la suerte de quienes masivamente migraron del campo a la ciudad sobre todo entre los sesenta y los ochenta, teniendo en cuenta la escala y las repercusiones de esos desplazamientos internos.
Funes se asienta en unos temas de vocación social y en una estética muy apegada a lo cotidiano y humilde, que son su sello; quizá en Los tortuga esos intereses los conduce hacia demasiadas direcciones difíciles de abarcar (la crisis de la vivienda, la precariedad laboral, las dificultades económicas para estudiar, las que hoy experimentan quienes viven en el campo). En todo caso, su película se hace fuerte en su guion valioso y en el trabajo de sus actrices.

 
 

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