NOMBRE: Fernanda
APELLIDOS: Del Barrio Orendain
LUGAR DE NACIMIENTO: México
FECHA DE NACIMIENTO: 1995
PROFESIÓN: Artista
A nuestra fichada esta semana, Fernanda del Barrio, la hemos conocido de la mano del certamen BAFFEST, en el que el año pasado fue premiada (por un jurado formado por Ane Abalde, Carmen Dalmau y Laura C. Vela) gracias a su proyecto Ensayos para llenar el vacío, un compendio de imágenes, precisamente en torno al vacío, en cuya elaboración se aproximó tanto a la arquitectura como a la performance; fotografías aparentemente sencillas, pero complejas en su trasfondo, en el que se apunta a ese concepto de vacío, no tanto como un estado de carencia, sino como uno en el que se dan posibilidades abiertas.
Fernanda es licenciada en Comunicación especializada en cine y diplomada en Estudios de Arte por la Universidad Iberoamericana Ciudad de México, cursó un máster en Fotografía Contemporánea en EFTI (Madrid) y se incorpora a nuestros fichados porque queremos saber más de la presencia de la metáfora y del gesto en su trabajo y del sentido que da a las acciones, solo sutilmente menores, del cuerpo en sus composiciones; dicho cuerpo es precisamente una de las bases de su obra, siempre en relación con el entorno, atendiendo a sus modos de percibirlo y habitarlo.
Hemos podido ver su producción, desde 2023, en el Estudio Tampiquito de Ciudad de México; la Sala Fujifilm, La Fábrica, The Stendhal Room y Un Lugar by Manrique (Madrid); o en citas como Fiebre Photobook Fest, la citada BAFFEST y la Feria Hualle. Asimismo, ha pasado por Hybrid Art Fair (Madrid) y SCAN Full Contact (Tarragona).
Registro realizado por la artista de la exposición “Cartografía Corporal del Vacío” en The Stendhal Room. Madrid, 2025
Aunque Fernanda nos cuenta que hace aproximadamente un lustro que comenzó a perfilar su trayectoria como artista, entiende su práctica más como un modo de vida y de aproximarse al mundo, en el sentido más amplio, que como una actividad estrictamente definida: Comencé a definirme como artista visual hace unos cinco años; vengo de una formación en cine e historia del arte, y con el tiempo fui aunando disciplinas como la fotografía y el arte de acción para encontrar un lenguaje desde el cual abordar mi trabajo. Para mí el hacer artístico es en sí un estado vital y fundamental para la construcción de un sentido, para de cierta forma “ordenar un caos”. Me interesa el arte como medio para establecer conexiones sensibles y poéticas entre conceptos, y de esta manera darle forma a nuestro sentir. Creo que es un posicionamiento ante el habitar y ser en el mundo para entender contextos y realidades y, a la vez, abrir espacio a nuevos cuestionamientos.
No es el vacío el eje vertebrador de su producción, pero los asuntos que aborda en su trabajo sí tienen en común su dimensión filosófica y su tratamiento desde una perspectiva particular y a menudo lírica. No podremos etiquetarlas desde un único género: Mi práctica artística está atravesada por un acercamiento conceptual a temas existenciales, los cuales desarrollo desde una perspectiva íntima y experiencial para posteriormente ampliar en una noción más general.
Personalmente percibo mi hacer artístico como una poesía visual. Me interesa construir un lenguaje sutil a partir de gestos que activan símbolos y conceptos. Poner en contacto al cuerpo con el entorno, para así hablar de la manera en la que el espacio configura la realidad del cuerpo, y a su vez, la forma en que el cuerpo se relaciona con éste para entenderlo y habitarlo.
La mayoría de mis piezas se plantean desde un imposible, me interesa trabajar el ensayo, el boceto, el registro. Postulo cada obra como un acercamiento no definitivo e inconcreto, hablando siempre de tensiones y dicotomías, de cuerpos y conceptos que se ponen en fricción.
La fotografía y el arte de acción son hasta ahora, nos cuenta, sus medios fundamentales de expresión, pero paulatinamente ha extendido su atención hacia otras disciplinas. En unas y otras técnicas, aborda siempre sus creaciones desde un enfoque conceptual: Trabajo principalmente con la fotografía y las acciones de arte, aunque en el último tiempo he estado ampliando mi práctica a lo audiovisual y objetual. A su vez, tengo un interés grande en el formato libro (planteado como pieza) y en las publicaciones autoeditadas que resultan de ejercicios artísticos e investigativos.
Las acciones me sirven para plantear reflexiones y ejercicios en torno a temas como el vacío, la distancia, el desplazamiento, y desde ahí hago proposiciones poéticas que logran ser registradas mediante la fotografía. Es ésta la que me permite capturar un gesto en un estado de gerundio perpetuo, que se infiere como algo continuo y en movimiento. Vinculado a lo que comentaba de mi interés por el ensayo, es una manera de abrir paso al entendimiento, no de una acción congelada, sino de un instante contenido. Al final creo que lo que atraviesa mi práctica y mi hacer artístico es una noción conceptual, que encuentra una forma de enunciarse desde muchas aristas. Por lo que las técnicas y los formatos son únicamente herramientas para encontrar vías con las que conformar un lenguaje que me permita hacer una propuesta de sentido.
Personalmente percibo mi hacer artístico como una poesía visual. Me interesa construir un lenguaje sutil a partir de gestos que activan símbolos y conceptos.
Fernanda del Barrio. La distancia de mi raíz al norte. Pieza del proyecto “Encontrar centro en la distancia”. Madrid/México, 2023-2025
Los referentes de Fernanda del Barrio son diversos, pero más que de nombres prefiere hablarnos de resonancias y extenderlas a múltiples fuentes: Podría enlistar varias, pero más que influencias creo que lo que tengo son resonancias con otros haceres. Estamos constantemente permeados por todo lo que nos rodea y nos atraviesa, llámese lecturas, obras artísticas, recorridos, conversaciones; todo se mantiene como un eco que, si encontramos el medio adecuado, funciona como referente o acompañante, ya que el arte es un constante cuestionamiento del y hacia el mundo. Una reflexión en torno a lo que somos y hacemos.
Personalmente me interesan las formas que proponen una construcción de lenguaje con el que desenredar lo que a veces parece inmenso e inefable.
Fernanda del Barrio. Hacer que el vacío persista. Pieza del proyecto “Ensayos para llenar un vacío”. Madrid, 2022-2023
En cuanto a los proyectos fundamentales que hasta ahora ha desarrollado, Fernanda elige hablarnos de cinco, comenzando por dos series en torno al mencionado concepto de vacío y terminando por otros vinculados a la posibilidad de los objetos de desprenderse de su objetivo primero y a la de las personas de alejarse de sus raíces geográficas. Reflexiona también sobre nuestra búsqueda de asideros: Ensayos para llenar un vacío (2022-2023) nace de una búsqueda existencial con la que me propongo reformular el concepto de vacío, no como un eterno estado de falta, sino como un eterno estado de posibilidad. Es a partir de esta lectura que el vacío permite apreciar en cualquier espacio su potencial para ser dotado de nuevos sentidos. El proyecto está conformado por secuencias metafóricas de gestos, que funcionan como proposición conceptual y sensible de diversas formas de vacío y que me permiten indagar en los breves instantes, siempre efímeros, en los que el vacío se puede identificar o llenar. Si se entiende el vacío como un destino inapelable, entonces los ensayos en torno a su construcción o llenado están destinados, también, a funcionar como bocetos, resultando en algo efímero e incompleto.
Fernanda del Barrio. Algunas formas de vacío. Pieza del proyecto “Ensayos para llenar un vacío”. Madrid, 2022-2023
Fernanda del Barrio. La construcción de algo genera nuevos vacíos. Pieza del proyecto “Ensayos para llenar un vacío”. Madrid, 2022-2023
Cartografía corporal del vacío (2023) es un proyecto con el que me propuse abordar el vacío desde una perspectiva experiencial a través de un ejercicio diario de identificación del vacío a nivel corporal, con el que analicé en qué zona de mi cuerpo lo percibía, para de esta manera esbozar un camino para su entendimiento.
La cartografía consta de treinta fotografías base con las cuales se dividió al cuerpo en áreas que permitieran localizar vacíos en zonas específicas. Posteriormente, se sellaron dichas fotografías con la fecha de inscripción del dato. El estudio se llevó a cabo a lo largo de 106 días. Pero, a pesar de que éste concluye, se infiere que se trata de un desenvolvimiento interminable. La obra fue planteada como un libro de artista, para que su secuencia permitiera un acompañamiento íntimo en el proceso de observación corporal. Una colección de vacíos que dan volumen y peso al estudio conceptual de un cuerpo vacío. A su vez, las piezas a muro se plantean como ventanas que muestran el paso del tiempo en un cuerpo vacío. Me interesaba darle a nivel objetual una noción cartográfica, que a su vez funcionara como un calendario perpetuo, sostenido en el tiempo y en el espacio.
Registro realizado por la artista de la exposición “Cartografía Corporal del Vacío” en The Stendhal Room. Madrid, 2025
Sembrar símbolos (2023) plantea dos negaciones de significado para la liberación de dos elementos de su finalidad utilitaria: liberar a la semilla de tener que convertirse en fruto y liberar al recipiente de tener que sostener un contenido. Esto se formula a partir del entendimiento de éstos como símbolos que ponen en tensión nociones de rendimiento y productividad. La semilla y el cuenco convergen y se transforman dentro de la acción, liberándose de su razón de ser y existir en un contexto matérico-útil, exentos de la responsabilidad de desempeñar roles funcionales y prácticos.
Fernanda del Barrio. Registro de la acción Sembrar símbolos. Madrid, 2023
Encontrar centro en la distancia (desde 2023) se plantea desde el deseo de querer ser tierra y ser raíz. En él reflexiono en torno a mi búsqueda como migrante, y utilizo mi cuerpo como eje para intentar encontrar el balance de una distancia que se sostiene a la vez que se recorre, planteando la incoherencia de que el equilibrio solo se alcanza al concebir el movimiento como estabilidad. Y que es en la distancia donde yace el potencial de la libertad de movimiento y de un asentamiento latente pero efímero.
El proyecto está conformado por diversos ejercicios para comprender, habitar y transitar la distancia. A nivel formal, se construyen con gestos que tensionan dos puntos diametralmente separados: un hogar que se deja y otro que no termina de encontrarse, planteando también que la liberación de un suelo específico proyecta una infinidad de oportunidades para devenir durante el desplazamiento.
Es en la distancia donde yace el potencial de la libertad de movimiento y de un asentamiento latente pero efímero.
Fernanda del Barrio. Ser isla. Pieza del proyecto “Encontrar centro en la distancia”. Madrid/México, 2023-2025
Fernanda del Barrio. Un rincón en la distancia. Pieza del proyecto “Encontrar centro en la distancia”. Madrid/México, 2023-2025
Encontrar centro en la distancia para formar un nuevo horizonte (2024) es en sí un acercamiento poético a esa búsqueda de un nuevo horizonte; en ella, el cuerpo se coloca en diversos espacios del territorio que habita y realiza la repetición del gesto de equilibrio de un mismo objeto, entendido como distancia, que adopta el rol de símbolo de la separación con el lugar de origen y se convierte, a su vez, en un horizonte que el cuerpo conforma para entrar a un nuevo porvenir.
La publicación tiene una medida proporcional a la distancia equilibrada durante la acción. Y ésta tiene dos formas de lectura: como libro, llevando a cabo un tránsito visual, donde se acompaña al cuerpo en cada momento de la acción, entendiendo el gesto como un estado vital y continuo; y como pieza donde, al desplegarse, la acción se lee en conjunto y es cuando se entiende que este ejercicio aparentemente aislado forma parte de un todo.
Se extiende de esta manera su distancia espacial y temporal, y se plantea la construcción de un horizonte conformado por el cuerpo y su gesto.
Fernanda del Barrio. Registro de la acción Encontrar centro en la distancia para formar un nuevo horizonte (archivo personal). Madrid, 2024
Registro realizado por la artista de la pieza Encontrar centro en la distancia para formar un nuevo horizonte, expuesta en Espacio Amazonas, Madrid
Registro realizado por la artista del libro Encontrar centro en la distancia para formar un nuevo horizonte
Por último, Aferrarse pero no enraizar (2024) aborda la eterna intención y fracaso por aferrarse a algo que no permite la permanencia. Es una metáfora de la búsqueda de asentamiento de un cuerpo migrante en un entorno que lo rechaza, donde establecerse es más un ejercicio de resistencia que de asentamiento. El proyecto se compone de acciones registradas en vídeo donde el cuerpo se sujeta al entorno hasta cansarse, reflejando la tensión entre el anhelo por echar raíces y la imposibilidad de encontrar una tierra para ellas. Cada secuencia inicia y termina con un espacio vacío, permitiendo su reproducción en bucle. Mostrando el gesto, más que como un evento aislado, como un estado cíclico y vital.
Como veis, gesto y acción alcanzan en sus fotografías ecos que requieren de una contemplación lenta y que pueden enlazarse con infinitos hábitos cotidianos.
Fernanda del Barrio. Stills de la pieza Aferrarse pero no enraizar. Madrid, 2024
Muy pronto se sumará Fernanda a PHotoESPAÑA: Actualmente sigo ampliando proyectos en proceso, y abriendo nuevas líneas de investigación en torno a materialidades y temas como la distancia y la construcción del territorio.
En cuanto a exposiciones, el 22 de mayo se inaugura “El Dorado” en Monte Esquinza 36, Madrid. Será una exposición colectiva comisariada por Karen García y Juliette Deschamps, que formará parte del Festival OFF de PhotoEspaña, y en la que participo junto a Marine Lanier y Chen Qiulin.
Además, en octubre se expondrá mi proyecto “Ensayos para llenar un vacío” en Barakaldo, en el marco del festival BAFFEST, en el cual fui galardonada el año pasado.
Podemos seguir sus pasos aquí: https://fernandadelbarrio.com/
Fernanda del Barrio. Stills de la pieza Aferrarse pero no enraizar. Madrid, 2024
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La directora de Relaciones Institucionales, Ana Pardo de Vera, y la vicepresidenta de Espacio Público, Lourdes Lucía, moderan y presentan, respectivamente, este encuentro en el que se pondrá de manifiesto que los desequilibrios espaciales y funcionales de un sistema productivo muy condicionado por la especulación urbanística y el cortoplacismo, que están detrás de los desastres humanos y sociales de la DANA de València.
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La plataforma virtual Escritores.cl ha simbolizado mucho más que una simple página web: encarna una forma de resistencia, una afirmación de que la escritura —aun en los márgenes— sigue siendo una manera de habitar el…
Hace menos de tres años Avelina Prat sorprendió al embarcarse en la dirección cinematográfica con Vasil, la historia de un arquitecto jubilado y cascarrabias y de un inmigrante búlgaro más que avispado, y muy hábil jugando al ajedrez, que cruzan sus caminos, aportándose mutuamente riquezas inesperadas.
Algunos de los intereses que mostró Prat en esa primera película perviven en la segunda suya, que acaba de llegar a cines, fundamentalmente la atención a los cambios azarosos que la vida puede deparar y a las posibilidades de abrir las puertas a lo desconocido: sea no negándonos a saber más de quien viene de lejos o yéndonos, nosotros mismos, a otro lugar.
La alabada Una quinta portuguesa, el nuevo largometraje de esta cineasta que antes fue arquitecta, y que podemos deducir que sabe mucho de giros de guion, nos sitúa desde el principio ante la disolución silenciosa de una pareja, sin explicitar motivos: Milena regresa desde España a Serbia, su país, sin avisar ni despedirse, y Fernando, un profesor de geografía muy aficionado a los mapas, queda completamente desorientado.
Los motivos de ese viaje abrupto los intuiremos más tarde, pero de entrada Fernando siente la necesidad de emprender otro, sin duración ni destino determinado, que en un primer momento lo conduce a la costa portuguesa en una estación en que el turismo no la inunda. Allí conoce a Manuel, un jardinero extremeño sin ataduras familiares que acude donde su trabajo le llama, que le confiesa su atracción por Portugal… y que fallece inesperadamente junto a su amigo, sin darle tiempo a empezar una taza de café frente al mar.
En ese punto, el personaje de Fernando (uno de los mejores roles de Manolo Solo hasta la fecha) podría haber caído en el bucle del pesimismo de quien parece portar consigo la mala suerte allí donde va. Del gafe. Pero a falta de mejores planes y dejándose llevar por las palabras de Manuel y por otra de sus querencias, las plantas, adopta el que debiera haber sido el oficio de aquel y pone rumbo a la quinta que da título a la película, en el norte lluvioso de Portugal.
Comienza entonces una segunda parte de la trama, y de la vida de Manolo, entre naranjos y perejil y sobre todo dejándose rodear por quienes habitan la finca y trabajan en ella: la heredera Amalia (María de Medeiros) y la cocinera Rita (Rita Cabaço), cuyas relaciones son sencillas, apacibles y sin ningún deje de tensión artificial. Ocasionalmente acompañan a Amalia amigos que conoció durante su juventud en Angola; saben entenderse, porque el regreso a Portugal para ellos no fue demasiado cálido tras el conflicto colonial.
En este punto se introduce en la película cierta idealización, una visión pintoresquista, de la vida rural y del carácter teóricamente portugués (abundando en su melancolía o su romanticismo; en figuras, por lo demás encantadoras, de ladrones que no roban a quienes encuentran muertos y maridos que buscan en los acantilados los fantasmas de sus mujeres fallecidas). Pero no son demasiadas ni demasiado obvias las secuencias en las que esa mirada se alimenta: se hará posible pensar que esta quinta, en el pasado más extensa y poblada de almendras, es el paraíso inesperado en el que Fernando encuentra su sitio, el que responde a sus anhelos de simplicidad en un momento para él complicado y a su carácter templado; quizá no un paraíso universal. Incluso Amalia, la desconocida que le ofrece su amabilidad y respeta su misterio, necesita alejarse de la finca a veces y no regresa en el mejor de los estados.
Tiene la pericia Prat de introducir intriga cuando el rumbo del protagonista parecía asentado (el supuesto retorno a España de su esposa; su trato con esa otra mujer serbia que, como en el caso de Vasil, llega de improviso a su vida), pero también de no dejar que esas tramas tardías tuerzan el camino de Fernando. Irremediablemente ligado ya a un paisaje y a esos amables desconocidos.
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Me hablaron de transición. De un futuro verde, limpio, sostenible. Me hablaron de una América Latina que dejaría atrás los combustibles fósiles para abrazar el sol y el viento. Me hablaron de una transición socioecológica justa.
Pero no me hablaron de ellas. De las mujeres que viven en los márgenes, donde el Estado no llega, pero las empresas extractivas están más presentes que nunca.
No me hablaron de las redes de mujeres en Chile, en territorios como Quintero y Puchuncaví, región de Valparaíso, o en Mejillones y Tocopilla, regiones del norte grande. Mujeres que se organizan, que denuncian, que se cuidan entre sí mientras la explotación arrasa, mientras el polvo cubre los techos, mientras las promesas de sostenibilidad se evaporan como el agua de los salares.
Copyright: Carmen Monges
En esas zonas llamadas de sacrificio, ellas no son víctimas pasivas. Son las que resisten. Las que siembran vínculos donde solo queda tierra árida. Son quienes sostienen la vida. Tejen redes de cuidado, mantienen la memoria viva frente a un modelo que insiste en llamarse desarrollo mientras reproduce desigualdades y extractivismo.
Me pregunté entonces: ¿para quién es justa esta transición?
Porque cuando los territorios son reducidos a fuentes de “recursos estratégicos” sin consulta ni participación; cuando las comunidades, y especialmente las mujeres, son descartadas de las decisiones: ¿A quién sirve esta transición? ¿A qué le llaman sostenibilidad?
Copyright: Carmen Monges
A veces pareciera que se habla de otro planeta. Como si esta transición fuera solo una cuestión de tecnología y cifras. Como si fuera neutra, técnica, despolitizada. Pero no lo es. Es profundamente política, y en Latinoamérica, profundamente desigual. Es una disputa por el poder, los territorios y la vida misma.
No se trata solo de cambiar la fuente de energía, sino de transformar las relaciones de dominación sobre los territorios y sobre quienes los habitan. Por eso, esta transición debe ser construida desde abajo, con quienes históricamente han sido excluidas de las mesas de decisión.
La transición energética puede ser una oportunidad, pero solo si dejamos de romantizarla y empezamos a preguntarnos quién decide, quién gana, quién pierde. Solo si dejamos de hablar de justicia ambiental como una idea abstracta y la convertimos en una práctica que incluya a las voces históricamente silenciadas.
Las mujeres en las zonas de sacrificio no solo resisten: sueñan futuros distintos. Imaginar es también una forma de lucha.
Proponen otras formas de cohabitar los espacios, modos de vida que no caben en gráficos ni informes técnicos. No usan lenguaje técnico, pero hablan desde la experiencia, desde el cuerpo, desde la tierra.
En sus voces habita la memoria, el cuidado colectivo y el derecho legítimo a decidir sobre sus territorios. Su liderazgo no es una opción: es el corazón de cualquier transición que aspire a ser justa.
Ellas enseñan que no puede haber transición justa si se sigue concentrando el poder, si se siguen ignorando las desigualdades históricas, si se siguen colonizando los territorios del Sur en nombre de promesas verdes por el clima.
No habrá transición socioecológica justa si no es también feminista, territorial y popular. Porque las transiciones que no cuestionan el poder, lo perpetúan. Porque no se trata solo de cambiar fuentes de energía, sino de transformar las relaciones con la tierra, con los cuerpos, con la toma de decisiones.
Este artículo es un abrazo para ellas. Las que, mientras nosotras debatimos conceptos, están allá, defendiendo el derecho a vivir en un ambiente sano, a criar sin miedo, a decidir sobre su territorio.
Ellas no esperan que nadie les dé voz. Ya la tienen. Y la están usando.
*Carmen Monges, paraguaya, es ingeniera forestal e investigadora en gobernanza climática. Con un enfoque feminista, decolonial y ecológico, su trabajo busca promover procesos que reconozcan la interdependencia entre las personas y la naturaleza, defendiendo la memoria colectiva, el cuidado y la dignidad de las comunidades locales y sus territorios. Este artículo forma parte de su trabajo de campo.
La agroecología urbana se presenta como una actividad que se desarrolla en espacios urbanos e incluso periurbanos, con el objetivo de producir alimentos tanto de origen vegetal como animal. Aprovecha los recursos disponibles en la ciudad, como residuos sólidos, orgánicos e inorgánicos, agua de lluvia y semillas. Este sistema de agricultura no solo busca responder a una necesidad alimentaria, sino también dar un nuevo sentido al espacio urbano como territorio productivo.
Vivimos en un contexto marcado por una creciente desigualdad social y territorial, donde la visión de modernidad, basada claramente en el dominio del ser humano sobre la naturaleza, impulsa la explotación intensiva de los ecosistemas y la homogeneización cultural. Esta lógica nos llevó hacia una crisis civilizatoria profunda, cuyo síntoma más visible es el cambio climático, una realidad que atraviesa la vida cotidiana en todos los rincones del planeta. Según el último informe del IPCC (Intergovernmental Panel on Climate Change), más del 85% de la población mundial ya experimenta, de una forma u otra, sus consecuencias. Sin embargo, las raíces de esta crisis van mucho más allá del clima: atraviesan nuestras formas de habitar, producir, consumir y de relacionarnos con el territorio.
Frente a este escenario, la agroecología urbana emerge no solo como una alternativa sustentable, sino como una respuesta política, cultural y ecológica. Se trata de una apuesta por reconstruir los vínculos entre las personas y sus territorios, empoderar a las comunidades urbanas y devolverle vida a los espacios degradados u olvidados por el modelo de ciudad dominante.
Este escenario tiene raíces en un proceso de urbanización lento pero constante, acompañado de políticas públicas ineficientes y de la ausencia de un desarrollo urbano planificado desde su concepción. Asunción, como otras capitales latinoamericanas, presenta contrastes entre sectores altamente urbanizados, (como Villa Morra, Carmelitas o zonas cercanas al eje corporativo) donde los desarrollos inmobiliarios siguen creciendo, y barrios con infraestructura precaria como los Bañados, Zeballos Cué o zonas periféricas de la ciudad, donde muchas familias aún transitan por calles de tierra, sin acceso regular a agua potable ni a servicios básicos. Estos territorios, además, están marcados por vacíos urbanos: lotes abandonados, edificios inconclusos o abandonados en el microcentro y patios baldíos en manos de instituciones públicas; todos ellos invisibilizados por el mercado inmobiliario.
Lejos de ser únicamente problemática, la realidad actual también abre la posibilidad de imaginar e impulsar modelos alternativos de desarrollo —como la agroecología urbana— que pongan en el centro el derecho a la ciudad, el cuidado del medio ambiente y la justicia social. La expansión urbana ha funcionado como una respuesta silenciosa a la escasa gestión del territorio que, en lugar de fomentar una ciudad compacta con servicios concentrados, ha resultado en la dispersión del poblamiento, lo que lleva a una mala disposición de infraestructuras y servicios básicos, generando así importantes déficits en la calidad de vida de los distintos sectores de la población urbana.
En Asunción, existen numerosos terrenos baldíos, patios escolares subutilizados, márgenes de arroyos, techos de edificios públicos y privados, y espacios comunitarios que, con una adecuada intervención, podrían convertirse en centros productivos agroecológicos. Estos espacios, actualmente desaprovechados o abandonados, representan una oportunidad para fomentar la seguridad alimentaria, la resiliencia climática y la inclusión social en una ciudad con graves problemas de planificación urbana.
Según datos publicados por la Revista Paraguaya de Sociología (2022), en Asunción existían más de 500 hectáreas de lotes vacantes, muchos de ellos en manos de inmobiliarias o instituciones públicas sin un uso definido. Estos espacios, desaprovechados, podrían convertirse en huertas comunitarias, siguiendo el ejemplo de ciudades como Rosario (Argentina) y Curitiba (Brasil), donde programas municipales han logrado transformar tierras ociosas en áreas de cultivo sostenible. A esto se suman las numerosas escuelas públicas de la ciudad que cuentan con terrenos infrautilizados, con potencial para ser convertidos en huertos educativos que integren la agroecología al proceso de enseñanza y aprendizaje. De igual forma, las riberas de los arroyos urbanos, como el Mburicaó y el Ñandutí, podrían habilitarse como zonas de agricultura urbana controlada, contribuyendo a la producción de alimentos, como también a la mitigación de inundaciones y a la recuperación de la biodiversidad en la ciudad.
Si queremos repensar y rediseñar nuestros entornos urbanos, primero necesitamos comprender el rol esencial que juega la agroecología. No se trata solo de una forma de cultivar sin químicos, sino de una mirada más amplia que combina práctica, ciencia y lucha política. La agroecología apuesta por fortalecer la biodiversidad, seguir los ritmos y principios de la naturaleza y dejar atrás el uso de agroquímicos. Sin embargo, cuando se enraíza en un territorio es que cobra toda su fuerza; cuando se cruza con los saberes populares, con las dinámicas sociales del barrio, con la memoria de quienes han cuidado la tierra incluso dentro de la ciudad. Ahí deja de ser una teoría y se vuelve una forma de habitar con sentido.
El primer paso para incorporar la agroecología en la ciudad no es técnico ni complejo: es, ante todo, una cuestión de mirada. Se trata de observar el entorno con otros ojos, de permitir que aflore esa inquietud silenciada por la rutina urbana. Empezar no implica cambiarlo todo de golpe, sino dar espacio a que algo crezca, aunque sea pequeño, aunque no sea perfecto. Porque cada brote que emerge entre el cemento nos recuerda que seguimos siendo parte de la naturaleza, y que la urbanidad de nuestro existir no lo es todo.
La agroecología también es una forma de tomar decisiones políticas desde lo cotidiano. Es comunidad, y la comunidad se teje en lo simple: en una receta compartida, en el trueque de semillas, en el consejo que pasa de casa en casa. No exige perfección ni experiencia previa, lo único que pide es disposición: observar, probar, equivocarse y volver a intentar. Es una práctica que se construye desde abajo, en la intimidad de los patios, en los balcones soleados, en los vínculos que vuelven a darnos sentido de pertenencia.
En el caso de Asunción, con todos sus contrastes, sus vacíos y su crecimiento desordenado, guarda una posibilidad latente. Más allá de ser una cuestión de sembrar plantas, se trata de sembrar sentido, de recuperar vínculos con la tierra, con el barrio. La agroecología urbana, más que una técnica, es una forma de resistencia que se gesta en lo cotidiano, en lo mínimo. Habitar una ciudad agroecológica es un camino, no una meta. Es un ejercicio de imaginación radical, pero también de acción cotidiana. Porque cada decisión puede convertirse en un gesto de transformación. Y quizás ahí, justo ahí donde la ciudad parece agotarse, comienza a brotar otra posibilidad.
*Monse Pedrozo es agrónoma e investigadora, con enfoque en agroecología, biodiversidad y desarrollo sostenible. Apasionada por reducir desigualdades, combina ciencia y acción comunitaria para impulsar una agricultura más justa.
*Ilustraciones: Luceri M. Ojeda, ilustradora freelance y Cofundadora de Pictogué Videos Explicativos. htts//www.behance.net/lolasnow
Por qué la geografía de #Polonia es mala para la política. A lo largo de su historia, Polonia ha luchado contra innumerables incursiones extranjeras. Como tal, el alcance de su poder ha variado enormemente. En el siglo XVII, el país prevalecía como una gran potencia en Europa del Este. Sin embargo, a finales del siglo XVIII, había desaparecido completamente del mapa. Polonia sólo sobrevivió en el recuerdo y en la lengua antes de resurgir un siglo después.
Esta experiencia de desastres nacionales ha conformado la mentalidad polaca con un sentimiento de recelo y ansiedad. Por ello, los responsables políticos de Varsovia buscan desesperadamente una potencia mundial que pueda garantizar la soberanía de Polonia. En consecuencia, el dilema de la seguridad también está sentando las bases para que el país emerja como potencia regional. #historiageopolitica #geopolítica #historia
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