Isaac
La muerte de un padre es uno de esos momentos que la literatura ha intentado atrapar sin éxito. Jorge Luis Borges, sin embargo, encontró una manera de convertir esa pérdida en un canto sereno y reflexivo. En su poema ‘A mi padre’, incluido en el libro ‘La moneda de hierro’ (1976), el escritor argentino no se rebela contra el destino, sino que observa, recuerda y agradece.
El poeta tenía más de setenta años cuando escribió estos versos, pero su padre, Jorge Guillermo Borges, había fallecido casi cuatro décadas antes, en febrero de 1938, víctima de la rotura de un aneurisma. Lejos del paso del tiempo, el poema conserva la nitidez de una conversación que nunca terminó, y se convierte en un homenaje a la influencia intelectual que marcó su vida.
Un poema de contemplación frente a la rebeldía
En la tradición occidental, dos actitudes han dominado la poesía ante la muerte del padre. Una es la furia, como la que expresó Dylan Thomas en su famosa villanela ‘Do not go gentle into that good night’. La otra es la aceptación, y Borges eligió este camino. En ‘A mi padre’ no hay súplicas ni exigencias, solo la constatación de que la muerte forma parte de un ciclo inevitable

La herencia de un padre: biblioteca y conversación
Jorge Guillermo Borges fue abogado, traductor y escritor frustrado, autor de una novela titulada ‘El caudillo’ y de algunos poemas. Pero su legado más duradero no fue editorial, sino personal. Borges recordó en 1970 que su padre le reveló ‘el poder de la poesía: el hecho de que las palabras sean no sólo un medio de comunicación sino símbolos mágicos y música’. Esa enseñanza, junto con la biblioteca familiar y las conversaciones cotidianas, se convirtió en el verdadero patrimonio que el hijo conservó.

El poema también rinde homenaje a una cadena generacional. El abuelo, coronel Francisco Borges, murió en 1874 durante un enfrentamiento militar. Así, el texto reúne tres generaciones marcadas por la pérdida: el abuelo caído en combate, el padre fallecido por enfermedad y el hijo que transforma el recuerdo en arte. La referencia a ‘los arquetipos últimos que el griego soñó’ alude a Platón, y sugiere que el padre transmitió al hijo una manera de entender el mundo más allá de lo material.

Borges no construyó un lamento, sino una reflexión sobre la memoria y el legado. A diferencia de otros poetas que convierten el duelo en grito, él optó por la serenidad. El poema se convierte así en un testimonio de cómo la literatura puede domesticar, al menos parcialmente, la experiencia más difícil de nombrar. La poesía, una vez más, se convierte en el puente entre el pasado y el presente, entre la muerte y la memoria.

