Isaac

Mariana Enriquez en una imagen relacionada con su obra

La escritora argentina Mariana Enriquez vuelve a colocarse en el foco editorial en España con Conversación con la oscuridad, un volumen que publica Páginas de Espuma y que reúne conferencias, clases, entrevistas y textos de reflexión sobre el género gótico. No es una novela ni una autobiografía al uso, sino un ensayo que ordena años de lecturas, obsesiones y preguntas alrededor del miedo.

El libro llega acompañado de una agenda de presentaciones y encuentros públicos por distintas ciudades españolas. La autora nacida en Buenos Aires se ha convertido en una de las voces más reconocibles de la narrativa de terror en español, aunque ella insiste en no reducir el género a una simple etiqueta comercial.

Un ensayo armado desde charlas, clases y relecturas

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El punto de partida del volumen está en la inquietud de la académica Inti Bustos por conservar y dar forma a un material que Enriquez había ido dispersando en conferencias, ponencias y entrevistas. Ese origen oral se nota en el tono, porque el texto conserva algo de conversación, pero también muestra un trabajo de corrección y síntesis hecho con calma.

En sus páginas, la argentina repasa autores, películas, mitos y criaturas que han alimentado su imaginación desde la infancia. El terror aparece como una herramienta para mirar el poder, el cuerpo, la vulnerabilidad y esas zonas de la vida social que cuesta nombrar sin rodeos.

La autora no plantea el género como un adorno o como una excusa para hablar de asuntos serios. Defiende que la oscuridad tiene entidad propia y que también importa por lo que hace sentir, por la descarga emocional que provoca y por la forma en que descoloca al lector.

Los fantasmas de la dictadura argentina

Mariana Enriquez en una imagen relacionada con su obra

Uno de los ejes centrales del ensayo es la relación entre el terror gótico y el mito y las desapariciones de la última dictadura argentina. La falta de cuerpos y la imposibilidad de cerrar el duelo han generado, según Enriquez, una presencia espectral que sigue actuando en el presente.

La escritora recuerda que el asunto llegó a su literatura a través de historias reales, como la de amigos que participaban en sesiones de ouija para intentar contactar con padres desaparecidos. Ese gesto desesperado le sirvió para entender que lo sobrenatural podía convertirse en un lenguaje para nombrar un trauma histórico.

En su lectura, los fantasmas no son solo un recurso de ficción: funcionan como una imagen de lo que vuelve porque no ha podido resolverse. El trauma colectivo se mezcla con el dolor íntimo, y de ahí nace una literatura que no ofrece consuelo fácil ni respuestas cerradas.

Otro de los frentes que abre el libro es el papel de las mujeres en el gótico. Enriquez reivindica a autoras y médiums que encontraron en lo fantástico un hueco para expresar rabia, deseo y libertad cuando el espacio público les estaba vedado; por ahí aparecen nombres como Ann Radcliffe, Mary Shelley, Shirley Jackson o Flannery O’Connor.

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El volumen también señala que el terror político tiene una estructura parecida a la del cuento de fantasmas: algo del pasado irrumpe en el presente y altera la vida de quienes lo rodean. Esa cercanía entre realidad y relato explica por qué la autora desconfía de las narrativas que pretenden dejar todo atado.

Vampiros, tecnócratas y miedos del presente

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Otro de los hilos del libro es la evolución de los monstruos clásicos. El vampiro ya no es solo un seductor decadente: en la mirada de Enriquez, los grandes magnates tecnológicos y los proyectos de vida eterna encajan en esa estela, aunque hayan perdido casi todo el romanticismo.

La autora menciona casos como los de Bryan Johnson y sus tratamientos con plasma sanguíneo para frenar el envejecimiento. Lo inquietante no es solo la excentricidad, sino la idea de que la inmortalidad pueda convertirse en un privilegio económico y en una forma de negar los límites humanos.

Junto a los vampiros aparecen la inteligencia artificial, el transhumanismo y la sensación de que lo real se vuelve cada vez más difícil de distinguir. Enriquez no habla de ciencia ficción lejana, sino de temores que ya forman parte de la conversación cotidiana.

También advierte de que la sobreinformación y la velocidad de las redes dejan la cabeza saturada. La ficción, dice, ofrece otro tiempo: obliga a parar, a leer despacio y a pensar en lo terrible desde una distancia segura.

Presentaciones en España y salto a la pantalla

Mariana Enriquez en una imagen relacionada con su obra

La promoción del ensayo ha llevado a Enriquez a distintas citas en España, con paradas en Barcelona, Zaragoza y Cádiz, entre otros puntos de una gira que combina encuentros con lectores y conversaciones con otros autores. El libro se presenta como una ocasión para escuchar a una escritora que ha convertido el gótico en una de sus señas de identidad.

En Zaragoza, la cita organizada por la Librería Cálamo la ha reunido con Patricia Esteban Erlés en la Fundación Caja Rural de Aragón. Allí se habla de mitos, leyendas, fantasmas y de esa clase de espantos que no siempre necesitan aparecer en pantalla para resultar perturbadores.

En Cádiz, su paso por la Fundación Carlos Edmundo de Ory ha servido para conversar sobre lo inquietante, la ciudad y la diferencia entre terror y horror. La autora ha defendido la lentitud de la literatura frente al ritmo acelerado de los vídeos y las noticias que se consumen sin pausa.

En paralelo, su obra sigue saltando al audiovisual. Mis muertos tristes, la serie de Netflix que Pablo Larraín ha construido a partir de varios cuentos de Un lugar soleado para gente sombría, mezcla elementos sociales y paranormales y ha sorprendido a la propia escritora por el resultado final.

Tasmania, la biblioteca y los próximos proyectos

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Desde hace un tiempo, Enriquez vive en Launceston, en el norte de Tasmania, adonde trasladó su vida y una biblioteca de miles de volúmenes enviados en barco desde Argentina. La mudanza no ha cortado su vínculo con la literatura argentina, pero sí ha abierto una etapa de balance y de cambio de escenario.

La escritora reconoce que atraviesa un momento de transición, con adaptaciones audiovisuales, nuevos textos y la sensación de estar mirando su trabajo desde otra distancia. Sigue escribiendo sobre su país y en argentino, aunque también explora territorios menos ligados a sus obsesiones anteriores.

Entre sus planes hay novelas en marcha y relatos que todavía no tienen forma definitiva. No conviene esperar una secuela de Nuestra parte de noche, porque ella misma ha descartado esa idea, pero sí una continuación de su interés por los fantasmas, las casas y los lugares cargados de memoria.

La combinación de ensayo, gira y adaptación televisiva muestra a una autora que sigue ampliando el terreno del gótico en español sin renunciar a sus temas de siempre: la memoria incómoda, el poder, la vulnerabilidad y esa sensación de que el pasado nunca termina de irse del todo.


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