Isaac
El cineasta, escritor y periodista Gonzalo Suárez ha muerto este martes en Madrid a los 92 años. La noticia, confirmada por fuentes familiares y por la Academia de Cine, pone fin a una trayectoria en la que la ficción y la búsqueda creativa fueron mucho más que una profesión: fueron su forma de estar en el mundo.
Su nombre aparece ligado a películas, novelas y crónicas que escaparon siempre a las etiquetas. Nacido en Oviedo en 1934, fue director, guionista, actor, articulista deportivo bajo el seudónimo de Martín Girard y, en su juventud, ojeador de futbolistas a las órdenes de Helenio Herrera. Su currículum inclasificable explica por qué cuesta reducirlo a un solo oficio.
Una vida entre cámaras, libros y deporte

Suárez estudió Filosofía y Letras y se acercó a la pintura y al teatro universitario antes de instalarse en Barcelona, ciudad clave en su formación. Allí participó en la llamada Escuela de Barcelona, una corriente influida por la nueva ola francesa que se apartaba del realismo más habitual de Madrid. Junto a nombres como Vicente Aranda, Joaquim Jordá, Pere Portabella o Jaime Camino, defendió un cine menos convencional y más personal.
También ejerció de cronista deportivo en La Vanguardia con la firma Martín Girard, textos que años después se reunieron en La suela de mis zapatos. Su relación con el deporte no fue anecdótica: siguió el fútbol moderno de Helenio Herrera y llegó a colaborar como ojeador para el Inter de Milán. Boxeo, fútbol y periodismo alimentaron un imaginario que luego aparecería en su cine.
Desde muy pronto compaginó la escritura con la dirección. Publicó libros desde los años sesenta y dirigió películas en esa misma década, sin entender ambas actividades como compartimentos separados. Para él, la literatura y el cine formaban un mismo impulso de exploración, y esa mirada le permitió realizar diversas adaptaciones clásicas de clásicos literarios sin perder una voz muy reconocible.
Un cine que mezcló géneros y mitos

Entre sus largometrajes figuran títulos como Ditirambo, Aoom, El extraño caso del doctor Fausto, La Regenta, Morbo, Parranda, Epílogo, Remando al viento, El detective y la muerte, Mi nombre es sombra, Don Juan en los infiernos, El portero, Reina Zanahoria y Oviedo Express. La experimentación y la narración convivieron en una filmografía que superó los veinte largometrajes y que no se dejó encasillar en un solo género.
Remando al viento, estrenada en 1988, fue probablemente su película más internacional. Recreaba el ambiente de Mary Shelley, Byron y Polidori en torno a la creación de Frankenstein, con un reparto en el que aparecían Hugh Grant, Elizabeth Hurley, Lizzy McInnerny, José Luis Gómez y Aitana Sánchez-Gijón. Seis premios Goya, incluido el de mejor dirección, y la Concha de Plata de San Sebastián confirmaron su alcance.
Su cine también releyó mitos como Fausto, Don Juan o el propio Frankenstein, y se acercó a la televisión con adaptaciones como Los pazos de Ulloa. Más tarde estrenó Oviedo Express, rodada en Oviedo y concebida como homenaje a la ciudad, y El portero, ambientada en la posguerra y ligada a Asturias. El fútbol, el paisaje y la memoria se cruzaron en varias de sus historias.
Literatura, periodismo y amistades creativas

Como escritor dejó novelas y relatos como De cuerpo presente, Los once y uno, Rocabruno bate a Ditirambo, Ciudadano Sade, La musa intrusa, Con el cielo a cuestas, El cementerio azul, El caso de las cabezas cortadas y El hombre que soñaba demasiado. Su literatura también desbordó géneros: mezcló aventura, humor, misterio y reflexión sin pedir permiso a las convenciones de cada época.
Julio Cortázar quedó fascinado por su primera novela y habló de esas mariposas que no se dejan clavar en el cartón de las biografías. También mantuvo amistad con Sam Peckinpah, con quien intercambió proyectos y alguna colaboración que nunca llegó a rodarse. Las fronteras entre página y pantalla fueron, en su caso, una puerta giratoria.
En sus últimos años seguía vinculado a la creación. Presentó el mediometraje El sueño de Malinche, centrado en el encuentro entre Hernán Cortés y Moctezuma y en el poder de la palabra. La palabra como dispositivo fue una de sus obsesiones finales: contar era, para él, una manera de iluminar lo que existe.
Premios y reconocimientos

La Academia de Cine le concedió el Goya de Honor en la edición de 2026 por una filmografía sorprendente, en la que había experimentado con todos los géneros y desde todas las actitudes. El galardón lo recibió en Barcelona y, en su discurso, comparó el cine con el primer bisonte pintado en una caverna y bromeó con ser él mismo ese bisonte. Un último reducto para soñar despierto, dijo, sobre el valor del cine como refugio creativo.
Su palmarés incluye el Premio Nacional de Cinematografía, la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes, el Premio Luis Buñuel, el reconocimiento como Caballero de las Artes y las Letras de Francia y la Orden de Alfonso X el Sabio. El reconocimiento institucional llegó después de décadas de libertad creativa y de una obra que nunca siguió los caminos más previsibles.
Asturias, Llanes y legado cultural

Asturias fue mucho más que un escenario en su vida. Nació en Oviedo en 1934 y mantuvo una relación estrecha con Llanes, donde veraneó y rodó numerosos proyectos. Su tierra aparecía como un personaje más, con una luz cambiante y una niebla que alimentaron su imaginario. Su cine volvía una y otra vez a ese paisaje.
Tras conocerse su muerte, la consternación se extendió por el mundo del cine y la cultura. En Llanes recordaron que el cineasta convirtió el concejo en parte de su universo cinematográfico y que su mirada transformó para siempre aquellos paisajes. Su huella queda repartida entre películas, libros, artículos y premios que siguen subrayando su carácter inclasificable.
Gonzalo Suárez deja una obra extensa y difícil de etiquetar: más de veinte largometrajes, una quincena de libros, centenares de páginas periodísticas y una lista enorme de intérpretes que pasaron por sus rodajes. Fue director, escritor, actor, cronista deportivo y ojeador, pero sobre todo un creador que buscó siempre una forma propia de mirar. Su cine y su literatura seguirán ahí, como esa isla del tesoro de la que hablaba, más valiosa por el viaje que por el botín.

