Masculinidades y violencia

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👋 Amigo, esto también tiene que ver con vos.

💜 La violencia machista no solo daña a las mujeres: también te atraviesa, te limita y, muchas veces, te cuesta la vida.

🪞 Esta es una invitación a mirarte, a hacerte preguntas y, sobre todo, a darle lugar a lo que te pasa.

🌱 Porque para construir una vida más libre, más justa y en paz, necesitamos hombres sensibles, responsables y comprometidos con el cuidado, el respeto y la vida.

🤝 La transformación también empieza por vos.

Guion y conducción: @yuminaquino
Grabación y producción: @jazenlaluna
Edición y post producción: @coraltles

#EmancipaParaguay #Masculinidades #Feminismo #Nomasviolenciamachista

 

“Esta actividad ha sido cofinanciada por la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (AECID) y financiada por la Unión Europea. Su contenido es responsabilidad exclusiva de Emancipa Paraguay y no necesariamente refleja los puntos de vista de la AECID y la Unión Europea”


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Violencia Política de Género

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La violencia política de género no busca ganar un debate. Busca expulsar a las mujeres de la política.

Cada insulto, cada campaña de desprestigio, cada amenaza y cada comentario sobre nuestros cuerpos o nuestras vidas personales tiene un objetivo: Disciplinar y desalentar nuestra participación.

Pero cuando una mujer ocupa un espacio de decisión, no llega sola: Abre camino para que otras también puedan hacerlo.

Guión y conducción: @clemenbgaona @arrochito
Grabación y producción: @jazenlaluna
Edición y post producción: @coraltles

#EmancipaParaguay #mujerespolíticas #Feminismo #Nomasviolenciamachista

“Esta actividad ha sido cofinanciada por la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (AECID) y financiada por la Unión Europea. Su contenido es responsabilidad exclusiva de Emancipa Paraguay y no necesariamente refleja los puntos de vista de la AECID y la Unión Europea”


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Who lives, who desires and who dies: Sexo adolescente y muerte en el Campamento Miasma

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Por: Laura Tabares

 

Debo admitir que hubo un tiempo en el que me encantaban las películas de terror. Como cualquier adolescente que posaba de edgy en el bachillerato, me la pasaba viendo La masacre de Texas, Viernes 13 y buena parte de los slashers que marcaron los años 2000. Ahora, ya en mis veintitantos, debo reconocer que me he ahuevado con el tiempo y que el baño de sangre descarnado ya no me emociona como antes. Sin embargo, el cine de terror siempre ha sido mucho más que un desfile de jumpscares. La sensación de miedo transforma nuestra forma de percibir el mundo y puede revelar tanto la crudeza cómo la fragilidad de la naturaleza humana. Actualmente, hemos tenido un cambio de perspectiva interesante, donde el foco se encuentra en los demonios de la cultura contemporánea: el racismo, el trauma generacional, el capitalismo salvaje, la homofobia y la misoginia. En torno a este último tema ha surgido una ola de películas que aborda los miedos y contradicciones que atraviesan la experiencia femenina: la frustración por no ser elegida en Pearl, la obsesión con la belleza en La sustancia o el machismo y la cultura incel en Dulce compañía y Obsession. Es precisamente en esta corriente sobre la cuestión femenina donde se inscribe Sexo, adolescencia y terror en el Campamento Miasma.

 

Créditos: Mubi

La historia es la siguiente: Kris, una joven directora de cine queer, recibe la oportunidad de revivir la decadente franquicia Campamento Miasma, una saga de terror inspirada en clásicos como Viernes 13. En busca de inspiración, viaja hasta un campamento abandonado en un remoto pueblo canadiense para entrevistar a Billy Presley, la protagonista de la película original, quien vive recluida en la misma cabaña donde dicho filme fue grabado. Lo que comienza como una investigación sobre una película de culto termina convirtiéndose en una comedia que lleva el absurdo al límite, con detalles destacables como product placement, las burlas a la cultura woke de la industria cinematográfica y una historia de autodescubrimiento digna de Sundance. Más que un homenaje nostálgico al slasher de los años ochenta, Jane Schoenbrun utiliza los códigos del género para reflexionar sobre el placer sexual y la representación femenina.

 

Hablemos de la construcción de sus personajes. Schoenbrun recurre a los arquetipos del cine de terror y la cultura pop para subvertirlos. Por un lado está Kris, una directora de cine obsesiva que funciona como una sátira de la artista woke que suele usar su arte para hacer un statement, así como otros estereotipos como la fangirl empedernida o la mujer liberal que asegura sentirse realizada en una relación poliamorosa, vive una constante frustración con su vida sexual. Hannah Einbinder interpreta esa contradicción con una mezcla de vulnerabilidad e incomodidad que recuerda a su personaje en Hacks. El contrapunto lo ofrece Billy Presley, la final girl de la película original. Schoenbrun nos presenta dos versiones del personaje: primero, la adolescente tímida que llega al campamento con una bufanda roja, posiblemente asociada a su virginidad; y, en contraste, su versión adulta, interpretada por Brenda Blethyn. Billy rompe con la figura de la sobreviviente traumatizada popularizada por Jamie Lee Curtis y se convierte en una especie de diva rubia, de acento sureño y aura eróticamente bossy que nos recuerda a las MILF de las películas de los 2000s. 

 

Seamos honestas. Dentro del género, los personajes femeninos suelen ser reducidos a tres categorías: la mujer maldita (como un demonio estilo el ARO o el Exorcista), la final girl o la sexbomb. En este filme, la evolución de nuestras protagonistas se da a través de las relación que se desarrolla entre ellas: La relación entre Kris y Billy desdibuja las fronteras entre artista y musa, admiración y deseo, permitiendo que ambas sean contradictorias, vulnerables y cambiantes. En sí, las vemos en escenas extrañamente cotidianas como fumando hierba en el portón de la casa, viendo la película en la sala de proyecciones o comprando gomitas en una tienda de gasolinera cubiertas de sangre después de haber culiado (algo que es bastante natural en una relación). Y en ese juego de representaciones se suma Little Death, quién su backstory me pareció lo más interesante del filme: un adolescente explorando su identidad que es asesinado por sus compañeros ahogándose en el lago (buen guiño a Viernes Trece, la verdad). Su historia se convierte la figura del monstruo en una metáfora de la discriminación y exclusión que atraviesan las personas LGBTIQ+.

 

También, la película plantea una crítica directa a la forma en que el deseo femenino ha sido históricamente reprimido y castigado al asociarse con un ideal de pureza. Desde una mirada feminista, el slasher suele castigar la sexualidad: las chicas que expresan su sexualidad con más libertad son asesinadas brutalmente al lado de sus parejas, reforzando la idea de que el deseo merece castigo mientras la “pureza” es recompensada con el hecho de salir viva (cosa que no se aleja mucho de la realidad). Schoenbrun subvierte esa lógica: El terror se convierte, entonces, en un espacio de emancipación en donde aquello que tradicionalmente debía producir miedo puede convertirse también en una fuente de reivindicación a aquello anteriormente negado. En Sexo adolescente y la muerte en Campamento Miasma, por ejemplo, Billy pierde la virginidad con uno de los campistas mientras Little Death se acerca a la habitación para asesinarla. Durante buena parte de la película queda la incógnita de qué emoción atraviesa a Billy: ¿miedo, vergüenza, culpa?  Solo después sabemos que estaba excitada en ese momento. Lo mismo ocurre con la fantasía de Kris al final del filme, donde la vemos viviendo en carne propia su propia fantasía: corriendo en el bosque en ropa interior con las tetas rebotando mientras es perseguida por Little Death. En ambos casos, nos muestran un aspecto interesante: el hecho del fetiche o la fantasía. Tanto Billy como Kris, el hecho de mirarse en el acto desde la perspectiva del asesino, la persecución deja de ser únicamente una amenaza y se transforma en una experiencia de deseo que culmina en el orgasmo. 

 

Créditos: Mubi

Y esto me lleva a un último punto: el acto de mirar y ser mirado.  La fotografía se convierte en un recurso narrativo fundamental, pues la película alterna constantemente entre distintos puntos de vista: una mirada omnisciente, una observación externa y la perspectiva de los propios personajes. Hay escenas inmemorables como la secuencia de Little Death matando a los campistas a lo Jason Voorhees, en la cual pasamos de una toma en la perspectiva del asesino para luego verlo desde la distancia, efecto que genera una especie de ejercicio de inmersión interesante, donde también nos volvemos testigos de la masacre. Del mismo modo, en las escenas de sexo tenemos planos bien marcados en los cuerpos de las chicas, que en mi humilde y sana opinión, varios nos quedamos ruborizados. Me da curiosidad como el hecho de imaginarse siendo observada por Little Death no la coloca únicamente en el lugar de la víctima, sino que le permite identificarse con la mirada del asesino y, de alguna manera, ocupar también el lugar de quien observa. Billy deja de ser exclusivamente el objeto de la persecución para convertirse en alguien que puede apropiarse de ella y experimentar el poder que implica mirar. En buena medida, se reivindica la female gaze que nos presenta Mulvey porque la película le permite asumir una posición activa frente a aquello que la observa: Así, el miedo deja de estar asociado únicamente con el ser y se transforma también en una forma de agencia, en donde es capaz de reconocerse y devolverla así misma.

 

Y aquí la cuestión de quién controla la historia resulta especialmente interesante. En principio, creemos que habitamos un mundo real en donde Kris pareciera tener control sobre la historia. sin embargo, al final nos damos cuenta de que, en realidad, estamos dentro de Miasma en donde Little Death tiene la autoría de sus propias obras… ¿o no?  Esta es, precisamente, una de las incógnitas que nos deja la película, pero también una de las escenas más hermosas: nuestras dos protagonistas, después de haber aceptado su amor y de haber sido asesinadas por Little Death, despiertan y caminan juntas durante el verano, justo después de que al principio de la película nos encontráramos en pleno invierno. Mientras tanto, suena “Satan”, del músico Andy Shauf, y ambas comienzan a aceptar esta nueva pseudo-realidad ficticia en la que ahora habitan.

 

Y al final quiero retomar una frase de esa canción: “Don’t watch yourself, watch the movie”. Quizás, a veces, es necesario mandar a la mierda las narrativas patriarcales de los asesinos enmascarados y  las final girls detona mommy issues para entregarnos a una buen baño de sangre con el toque femenino. Y nada: que vivan las lesbianas y las películas de terror.


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A las mujeres que nos enseñan a mirar

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Gracias tía. Gracias por existir en mi vida con esa profundidad tuya que a veces me hace pensar que hay pedacitos de mí que fueron escritos con tu letra y voz.

Hay personas que llegan a nuestras vidas y dejan huellas. Otras, en cambio, se vuelven parte de la arquitectura misma de quienes somos. Vos pertenecés a esa segunda caegoría. Cuando intento reconstruir la historia de mis afectos, de mis búsquedas, de mis lecturas y de mis convicciones, inevitablemente te encuentro.

La memoria trabaja así: no como una línea recta, sino como un tejido de escenas, conversaciones, libros prestados, viajes compartidos, silencios cómplices y gestos aparentemente pequeños que terminan transformando una vida.

Fuiste quien me abrió ventanas que yo ni sabía que existían.

Me acercaste a la sociología, a las Mais do Santos, a Lemebel y a otros mundos posibles. Me mostraste que existen muchas maneras de ser, de sentir y de habitar la vida. Con vos entendí que el conocimiento no es solamente una acumulación de saberes, sino una forma de comprender el mundo y, también, de transformarlo.

Pero las enseñanzas más profundas no llegaron únicamente a través de los libros.

Mi primer encuentro con el feminismo no fue una teoría ni una consigna. Fue verte caminar la vida. Fue observar una mujer libre, digna, autónoma y profundamente fiel a sí misma. Mucho antes de conocer palabras como emancipación o igualdad, aprendí de vos que la libertad se construye en decisiones cotidianas, en la valentía de elegir el propio caminio aún cuando no sea el más fácil.

Entre las muchas cosas que me dejaste, hay una forma particular de mirar el mundo.

Una atención paciente hacia aquello que suele pasar desapercibido. Los objetos cotidianos, las conversaciones largas, los paisajes que parecen hablarnos y las pequeñas maravillas escondidas en la rutina. DE vos aprendí que un frasco de vidrio puede ser mucho más que un recipiente, que un servilletero puede guardar una historia, que un libro puede cambiar el rumbo de una vida y que ciertas conversaciones tienen la capacidad de rescatarnos cuando menos lo esperamos.

Gracias por regalarme el amor por los libros, las ganas de andar por el mundo y esa curiosidad que nunca termina. Gracias por sembrar en mí la idea hermosa de que siempre se puede aprender algo nuevo, incluso alemán, incluso a cualquier edad, incluso cuando parece tarde.

También aprendí de vos algo que me acompaña hasta hoy: que decir no puede ser un acto de amor propio. Que el enojo tiene una potencia transformadora cuando señala una injusticia. Que hay momentos para sostener y momentos para soltar. Que cuidarse también es una forma de dignidad.

Durante mucho tiempo pensé que la herencia era solo algo material. Con los años entendí que las mujeres heredamos otras cosas: maneras de mirar, preguntas incómodas, gestos de resistencia, formas de amar, de cuidarnos y de sobrevivir.

Hoy puedo ver que nuestras conversaciones formaban parte de una historia más larga. La historia de mujeres que abrieron caminos para otras mujeres. De quienes compartieron libros, ideas y deseos para que las que veníamos detrás pudiéramos llegar un poco más lejos. 

Pienso que muchas de nuestras historias feministas nacen precisamente así: en los vínculos que nos sostienen. En las sobremesas. En las cocinas. En los viajes compartidos. En las recomendaciones de lectura. En esas conversaciones que nos cambian sin que nos demos cuenta de inmediato.

Vos fuiste una de esas mujeres para mí.

Y entre las muchas cosas que me regalaste está la certeza ed que existen infinitas maneras de vivir. Como un caleidoscopio – de esos que tanto te gustan – me enseñaste que ningún camino vale más que otro si nace de un deseo honesto. Que la vida no consiste en ajustarse a un molde, sino en animarse a construir una forma propia de estar en el mundo.

Te quiero con todo mi corazón, tía.

Te llevo conmigo en mis decisiones, en mis lecturas, en mis búsquedas, en mis dudas y en mis ganas de ser un poquito mejor cada día.

Si hoy puedo imaginar otros mundos posibles es porque hubo mujeres que me enseñaron a mirarlos antes de que existieran.

Vos sos una de ellas.

Nada de lo que me diste se pierde. Todo sigue creciendo en mí.

Con todo mi amor,

Clemen.


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¿Y si volvemos a la “prehistoria”?

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* Por Cynthia Encina

Resulta, que la dicotomía de hombre cazador, mujer en la cueva no era tan así

El rol del hombre cazador como base fundamental en la evolución humana es un mito que se vino construyendo desde hace décadas, creando el imaginario de que las mujeres y sus funciones más pasivas y secundarias eran tareas que aportaban menos valor para la supervivencia. Sin embargo, un estudio vino a cuestionar esos roles presentando evidencia de que en el 79% de las sociedades estudiadas, las mujeres cazaban activamente y no sólo eso, ellas eran más flexibles y versátiles en sus métodos, usaban mayor variedad de elementos y tácticas a diferencia de los hombres que usaban una estrategia consistente de arco y flecha.

Otra curiosidad de la “época de las cavernas” es que  el 75% de las pinturas rupestres fueron hechas por mujeres, parece ser que antes no había problemas con que las mujeres sean dueñas del relato, evidentemente, tenían mucho que aportar no solo a la narrativa, sino al arte de su tiempo.

Esto no cambió, las mujeres sí tenemos historias que contar a través del arte, por ejemplo, al 2021 según el Museo Nacional de Mujeres en las Artes de Washington, el 51% de las artistas visuales activas eran mujeres, pero sólamente el 14% de las exposiciones corresponden a artistas femeninas, y si hablamos de ventas la cifra empeora muchisimo, porque baja al absurdo 2%. Claro que esto se replica también en la música, Sólo 2 de cada 10 artistas en los festivales de LATAM son mujeres, con estas representaciones es fácil concluir que no existen mujeres en estos ámbitos, pero sigamos analizando.

Vemos que hay paridad en la participación de mujeres en algunas áreas pero no sucede lo mismo en otras, como las STEM (Ciencias, Tecnologías, Ingenierías y Matemáticas) un estudio realizado por Emancipa Paraguay junto con la UCOM, la UNA y Kuñatech, encontró que la participación de las mujeres en la Facultad Politécnica era de un bajísimo 23.4%, claro que existen, e históricamente existieron barreras para el acceso y participación femenina y una de ellas es la que nos convoca aquí, la falta de visibilidad de las mujeres y otras diversidades mostrando lo que saben hacer, demostrando que lo que hacen vale.

¿Entonces la pregunta surge, si prehistoricamente el trabajo y las historias de las mujeres eran tenidas muy en cuenta y aportó a la supervivencia de esas sociedades, por qué ahora debería ser diferente?

Por numerosos motivos, las actividades de las mujeres, muchas etiquetadas como tareas domésticas, quedaron invisibilizadas y devaluadas, a pesar del enorme aporte que hacen al mundo y la vida y la prueba está por ejemplo en la cocina: cuando es una obligación, parte del cuidado, se lleva a cabo gratis en un espacio al fondo de la casa, ese territorio femenino al que siempre nos quieren mandar, pero cuando se deben otorgar grandes premios, armar guías gastronómicas, elegir un panel de jurados, son los varones quienes históricamente llevan todo el crédito y están en la cumbre, o sea en el ámbito público y correctamente redituado.

Toda la sociedad merece conocer, leer y escuchar lo que las mujeres y otras diversidades sabemos, de lo contrario nuestra historia como humanidad seguirá incompleta, tergiversada. El debate y el conocimiento público no puede ni debe excluir todo lo que podemos aportar, y la verdad es que en una democracia real, tenemos que ser parte de la conversación.

Con todo esto tenido en cuenta, desde Emancipa Paraguay construimos la herramienta Voces Expertas*, que servirá de conexión para que nuestras voces puedan nutrir la agenda pública y amplificar nuestros saberes e historias.

Si sos un medio, periodista, universidad, organizador de eventos de formación o simplemente necesitas personas con experiencia consultá este catálogo, incluí en tus paneles, seminarios, conversatorios, jurados, presentaciones, ponencias, podcast, artículos etc. a las voces expertas que vas a encontrar en la plataforma.

Si querés compartir tus conocimientos para que realmente se refleje la diversidad en la sociedad, cargá tu perfil en el catálogo. Todas las experiencias son bienvenidas, deportes, investigación, arte, agricultura, medicina, educación, técnicas, ciencias, etc.

Tiene que acabar la excusa de que no hay diversidad y representación por la falta de perfiles, seamos más como en la “prehistoria” y confiemos en todo lo que pueden dar las mujeres y diversidades para seguir evolucionando.

 

 

*Voces Expertas PY es un proyecto de Emancipa Paraguay, financiado por el Fondo DemocráTICa, un programa de Digital Democracy Initiative (DDI) implementado por Wingu, Civic House y Kubadili, con el apoyo de CIVICUS.

 


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