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Por: Laura Tabares

 

Debo admitir que hubo un tiempo en el que me encantaban las películas de terror. Como cualquier adolescente que posaba de edgy en el bachillerato, me la pasaba viendo La masacre de Texas, Viernes 13 y buena parte de los slashers que marcaron los años 2000. Ahora, ya en mis veintitantos, debo reconocer que me he ahuevado con el tiempo y que el baño de sangre descarnado ya no me emociona como antes. Sin embargo, el cine de terror siempre ha sido mucho más que un desfile de jumpscares. La sensación de miedo transforma nuestra forma de percibir el mundo y puede revelar tanto la crudeza cómo la fragilidad de la naturaleza humana. Actualmente, hemos tenido un cambio de perspectiva interesante, donde el foco se encuentra en los demonios de la cultura contemporánea: el racismo, el trauma generacional, el capitalismo salvaje, la homofobia y la misoginia. En torno a este último tema ha surgido una ola de películas que aborda los miedos y contradicciones que atraviesan la experiencia femenina: la frustración por no ser elegida en Pearl, la obsesión con la belleza en La sustancia o el machismo y la cultura incel en Dulce compañía y Obsession. Es precisamente en esta corriente sobre la cuestión femenina donde se inscribe Sexo, adolescencia y terror en el Campamento Miasma.

 

Créditos: Mubi

La historia es la siguiente: Kris, una joven directora de cine queer, recibe la oportunidad de revivir la decadente franquicia Campamento Miasma, una saga de terror inspirada en clásicos como Viernes 13. En busca de inspiración, viaja hasta un campamento abandonado en un remoto pueblo canadiense para entrevistar a Billy Presley, la protagonista de la película original, quien vive recluida en la misma cabaña donde dicho filme fue grabado. Lo que comienza como una investigación sobre una película de culto termina convirtiéndose en una comedia que lleva el absurdo al límite, con detalles destacables como product placement, las burlas a la cultura woke de la industria cinematográfica y una historia de autodescubrimiento digna de Sundance. Más que un homenaje nostálgico al slasher de los años ochenta, Jane Schoenbrun utiliza los códigos del género para reflexionar sobre el placer sexual y la representación femenina.

 

Hablemos de la construcción de sus personajes. Schoenbrun recurre a los arquetipos del cine de terror y la cultura pop para subvertirlos. Por un lado está Kris, una directora de cine obsesiva que funciona como una sátira de la artista woke que suele usar su arte para hacer un statement, así como otros estereotipos como la fangirl empedernida o la mujer liberal que asegura sentirse realizada en una relación poliamorosa, vive una constante frustración con su vida sexual. Hannah Einbinder interpreta esa contradicción con una mezcla de vulnerabilidad e incomodidad que recuerda a su personaje en Hacks. El contrapunto lo ofrece Billy Presley, la final girl de la película original. Schoenbrun nos presenta dos versiones del personaje: primero, la adolescente tímida que llega al campamento con una bufanda roja, posiblemente asociada a su virginidad; y, en contraste, su versión adulta, interpretada por Brenda Blethyn. Billy rompe con la figura de la sobreviviente traumatizada popularizada por Jamie Lee Curtis y se convierte en una especie de diva rubia, de acento sureño y aura eróticamente bossy que nos recuerda a las MILF de las películas de los 2000s. 

 

Seamos honestas. Dentro del género, los personajes femeninos suelen ser reducidos a tres categorías: la mujer maldita (como un demonio estilo el ARO o el Exorcista), la final girl o la sexbomb. En este filme, la evolución de nuestras protagonistas se da a través de las relación que se desarrolla entre ellas: La relación entre Kris y Billy desdibuja las fronteras entre artista y musa, admiración y deseo, permitiendo que ambas sean contradictorias, vulnerables y cambiantes. En sí, las vemos en escenas extrañamente cotidianas como fumando hierba en el portón de la casa, viendo la película en la sala de proyecciones o comprando gomitas en una tienda de gasolinera cubiertas de sangre después de haber culiado (algo que es bastante natural en una relación). Y en ese juego de representaciones se suma Little Death, quién su backstory me pareció lo más interesante del filme: un adolescente explorando su identidad que es asesinado por sus compañeros ahogándose en el lago (buen guiño a Viernes Trece, la verdad). Su historia se convierte la figura del monstruo en una metáfora de la discriminación y exclusión que atraviesan las personas LGBTIQ+.

 

También, la película plantea una crítica directa a la forma en que el deseo femenino ha sido históricamente reprimido y castigado al asociarse con un ideal de pureza. Desde una mirada feminista, el slasher suele castigar la sexualidad: las chicas que expresan su sexualidad con más libertad son asesinadas brutalmente al lado de sus parejas, reforzando la idea de que el deseo merece castigo mientras la “pureza” es recompensada con el hecho de salir viva (cosa que no se aleja mucho de la realidad). Schoenbrun subvierte esa lógica: El terror se convierte, entonces, en un espacio de emancipación en donde aquello que tradicionalmente debía producir miedo puede convertirse también en una fuente de reivindicación a aquello anteriormente negado. En Sexo adolescente y la muerte en Campamento Miasma, por ejemplo, Billy pierde la virginidad con uno de los campistas mientras Little Death se acerca a la habitación para asesinarla. Durante buena parte de la película queda la incógnita de qué emoción atraviesa a Billy: ¿miedo, vergüenza, culpa?  Solo después sabemos que estaba excitada en ese momento. Lo mismo ocurre con la fantasía de Kris al final del filme, donde la vemos viviendo en carne propia su propia fantasía: corriendo en el bosque en ropa interior con las tetas rebotando mientras es perseguida por Little Death. En ambos casos, nos muestran un aspecto interesante: el hecho del fetiche o la fantasía. Tanto Billy como Kris, el hecho de mirarse en el acto desde la perspectiva del asesino, la persecución deja de ser únicamente una amenaza y se transforma en una experiencia de deseo que culmina en el orgasmo. 

 

Créditos: Mubi

Y esto me lleva a un último punto: el acto de mirar y ser mirado.  La fotografía se convierte en un recurso narrativo fundamental, pues la película alterna constantemente entre distintos puntos de vista: una mirada omnisciente, una observación externa y la perspectiva de los propios personajes. Hay escenas inmemorables como la secuencia de Little Death matando a los campistas a lo Jason Voorhees, en la cual pasamos de una toma en la perspectiva del asesino para luego verlo desde la distancia, efecto que genera una especie de ejercicio de inmersión interesante, donde también nos volvemos testigos de la masacre. Del mismo modo, en las escenas de sexo tenemos planos bien marcados en los cuerpos de las chicas, que en mi humilde y sana opinión, varios nos quedamos ruborizados. Me da curiosidad como el hecho de imaginarse siendo observada por Little Death no la coloca únicamente en el lugar de la víctima, sino que le permite identificarse con la mirada del asesino y, de alguna manera, ocupar también el lugar de quien observa. Billy deja de ser exclusivamente el objeto de la persecución para convertirse en alguien que puede apropiarse de ella y experimentar el poder que implica mirar. En buena medida, se reivindica la female gaze que nos presenta Mulvey porque la película le permite asumir una posición activa frente a aquello que la observa: Así, el miedo deja de estar asociado únicamente con el ser y se transforma también en una forma de agencia, en donde es capaz de reconocerse y devolverla así misma.

 

Y aquí la cuestión de quién controla la historia resulta especialmente interesante. En principio, creemos que habitamos un mundo real en donde Kris pareciera tener control sobre la historia. sin embargo, al final nos damos cuenta de que, en realidad, estamos dentro de Miasma en donde Little Death tiene la autoría de sus propias obras… ¿o no?  Esta es, precisamente, una de las incógnitas que nos deja la película, pero también una de las escenas más hermosas: nuestras dos protagonistas, después de haber aceptado su amor y de haber sido asesinadas por Little Death, despiertan y caminan juntas durante el verano, justo después de que al principio de la película nos encontráramos en pleno invierno. Mientras tanto, suena “Satan”, del músico Andy Shauf, y ambas comienzan a aceptar esta nueva pseudo-realidad ficticia en la que ahora habitan.

 

Y al final quiero retomar una frase de esa canción: “Don’t watch yourself, watch the movie”. Quizás, a veces, es necesario mandar a la mierda las narrativas patriarcales de los asesinos enmascarados y  las final girls detona mommy issues para entregarnos a una buen baño de sangre con el toque femenino. Y nada: que vivan las lesbianas y las películas de terror.


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