En Paraguay, más de 3.500 niñas, niños y adolescentes denunciaron abuso sexual en un solo año. Son al menos nueve denuncias por día. Detrás de cada número hay una infancia con rostro, con nombre, con sueños interrumpidos. Denunciar debería significar protección y justicia. Pero, en demasiados casos, la denuncia se convierte en el inicio de una nueva violencia: la que ejerce el propio sistema que debería cuidarlas.
Un caso que desnuda las fisuras del sistema
Hace unos meses, una niña se animó a denunciar a su padre quien además se desempeñaba como un alto funcionario del gobierno. El gobierno celebró públicamente su reacción “rápida” al removerlo del cargo, pero lo que vino después mostró la crudeza de nuestras instituciones: meses sin imputación, intentos de desestimar la causa bajo el argumento de que “los hechos no ocurrieron como fueron relatados”, exclusión de pruebas claves y omisión de la psicóloga que evaluó a la víctima.
La madre de la joven denunció que su hija debió declarar en cinco ocasiones, cuatro de ellas exigidas por la Fiscalía. El proceso, en lugar de protegerla, la obligó a revivir una y otra vez su dolor. Así, la justicia terminó siendo una segunda agresión.
Más violencia después de la violencia
La revictimización no es un error aislado: es parte de un patrón.
– Procesal, cuando se obliga a una niña a repetir su relato hasta el agotamiento.
– Institucional, cuando se descartan pruebas y se desacredita su voz.
– Simbólica, cuando el Estado actúa solo para la foto y no para garantizar reparación.
Cada silencio, cada demora, cada prueba ignorada envía un mensaje brutal: tu voz no importa, tu dolor es negociable.
Infancias sujetas de derecho, no de compasión
Es urgente recordar que niñas, niños y adolescentes no son objetos de tutela ni propiedad familiar: son sujetas y sujetos de derecho. Tienen derecho a ser escuchadas, a recibir acompañamiento psicológico y legal digno, y a que se respete su verdad sin cuestionamientos arbitrarios.
El Estado no puede seguir tratándolas como piezas de un expediente. La ternura también es política pública: significa garantizar cuidado, escucha y protección real.
La deuda de Paraguay
La mayoría de los abusos sexuales contra niñas y adolescentes ocurre en el entorno de confianza: la propia familia, la escuela, la comunidad. Si la justicia no responde con rapidez y sensibilidad, si no evita que la víctima reviva su dolor, el mensaje que recibe toda la sociedad es que denunciar no vale la pena.
Necesitamos fiscales, jueces, policías y operadores con perspectiva de género y de niñez. Protocolos claros que eviten la revictimización. Transparencia sobre por qué se excluyen pruebas o se piden desestimaciones. Y un compromiso político que vaya más allá de los titulares.
Cerrar heridas, no abrir nuevas
Cada niña que denuncia realiza un acto de valentía y confianza. Si la respuesta es revictimizarla, esa confianza se rompe y la herida se profundiza.
Denunciar debería ser un paso hacia la libertad y la reparación. Hoy, en muchos casos, es apenas la puerta a un nuevo calvario y esa es una deuda que Paraguay no puede seguir acumulando con sus infancias. No importa el nombre: podría ser cualquier niña o niño en cualquier rincón del país. Tampoco debería importar quién sea el adulto denunciado, ni su poder ni su dinero. Cuando la justicia prioriza a los agresores, está dejando de lado a quienes deberían estar en el centro: las infancias, que son las verdaderas constructoras del Paraguay que viene.
En el Chaco paraguayo, las mujeres —indígenas y latinas— encontraron en los bioemprendimientos una llave para abrir caminos de independencia económica, cuidar el medio ambiente y garantizar medios de vida dignos para sus familias. A través de capacitaciones, organización y alianzas estratégicas, sus manos ya no solo producen: también venden, negocian y se hacen un lugar justo en el mercado.
*Por Noelia Díaz Esquivel / @noediazesqui
Cuando una mujer siembra, no planta solo semillas porque lo que cosecha es futuro. Así empieza la historia de cientos de mujeres que, cansadas de que sus saberes queden invisibles, deciden emprender.
Bajo estas consignas, la organización Pro Comunidades Indígenas (PCI) puso manos a la obra diseñando y ejecutando un ambicioso proyecto para las mujeres chaqueñas. El objetivo fue crear oportunidades económicas sostenibles que respeten la naturaleza y fortalezcan la autonomía femenina.
“Primero producir, después aprender cómo vender lo que producís. Y ahí entró el marketing digital. Se crearon ferias, pero vender tampoco era suficiente. Había que llegar al mercado de verdad”, cuenta Cintya Martínez, de PCI.
Cintya Martínez, técnica de Pro Comunidades Indígenas PCI. Fotografía: Leo De Blas.
El plan se puso en marcha en 2023, acercando capacitaciones en contabilidad básica, marketing digital y herramientas audiovisuales. Aprendieron a calcular costos reales, a poner precio justo a sus productos, ingresaron al sistema bancario para evitar pérdidas en comisiones abusivas. Varias ya tienen su cuenta bancaria, su factura propia y hasta accedieron a créditos para crecer.
Taller de capacitación en contabilidad básica, llevado a cabo en Maria Auxiliadora, distrito de Fuerte Olimpo, Chaco. Fotografía: gentileza PCI.
Diversidad de rubros, un mismo objetivo
En cada territorio se identificaron rubros distintos, siempre ligados al entorno. Apicultura y meliponicultura para aprovechar la miel de abejas nativas, horticultura y avicultura, donde descubrieron que procesar los productos genera mayor ganancia. Artesanía, gastronomía, animales menores y pesca, según las posibilidades de cada comunidad.
Exposición de productos durante la 2da FERIA PROVINCIAL DE LA MELIPONICULTURA, realizado en la ciudad de Capioví, provincia de Misiones, Argentina. Fotografía: gentileza PCI:
Lo importante no fue solo diversificar, sino fortalecer cada organización y la solidaridad entre mujeres. Antes competían entre ellas, creyendo que poniendo precios más bajos que la vecina, iban a salir ganando. Efectivamente vendían más rápido, pero con pérdidas. Hoy acuerdan precios justos y se apoyan mutuamente: si una no tiene producto, otra le presta. Después, cuando vende, devuelve, según explica Cintya. Una red de sororidad que asegura que todas ganen. “Con las capacitaciones vimos que crecer como asociación también es apoyarse para que cada una tenga las mismas oportunidades”, resalta.
Bancarización y precios justos: aprender a valorar el trabajo
Uno de los grandes aprendizajes de las mujeres fue poner en números su propio esfuerzo. Antes, muchas vendían sus productos sin calcular realmente cuánto invertían en semillas, en alimento para los animales, en transporte o en su propia mano de obra. Así, terminaban vendiendo barato y perdiendo dinero sin darse cuenta.
Con las capacitaciones en contabilidad básica aprendieron a registrar gastos e ingresos, a calcular cuánto cuesta producir un kilo de miel, criar una gallina o elaborar una artesanía. Y desde ahí, a fijar un precio justo, que cubra los costos y deje una ganancia que valga su trabajo.
Taller de bancarización en Alto Paraguay. Fotografía: gentileza PCI.
La otra pata fundamental fue la bancarización. Hasta hace poco, muchas recibían pagos en giros o incluso en mercadería, perdiendo hasta un 10% de lo que les correspondía. Hoy, gracias al apoyo de WWF – Paraguay que articuló para que las capacitadoras del Banco Nacional de Fomento (BNF) lleguen a sus territorios, tienen cuentas bancarias propias, tarjetas y hasta acceso a créditos. Eso les permite cobrar directamente lo que venden, sin intermediarios, y manejar su dinero con más seguridad y autonomía. Con estas herramientas, las mujeres ya no solo producen: también son empresarias, capaces de decidir, negociar y proyectar su crecimiento.
Formalización y salida al mercado
El salto cualitativo fue la formalización. Asociaciones de mujeres y grupos de jóvenes apicultores registraron su producción, crearon logos y etiquetas propias, fortalecieron su imagen. Ahora venden como productoras organizadas, con más credibilidad en el mercado.
“Después de estas capacitaciones hay varias emprendedoras que hicieron su factura propia, tienen su cuenta bancaria y hacen pagos electrónicos. Son súper cool, ya están en otro nivel”, dice Cintya con una sonrisa orgullosa. Ese proceso cerró el círculo: producir, vender y cobrar de forma justa. Lo que antes se perdía en manos de intermediarios o giros con comisiones, hoy queda en las manos de las productoras.
Taller de capacitación en marketing digital y videográfico para apicultores, docentes y jóvenes de la comunidad María Auxiliadora, distrito de Fuerte Olimpo, departamento de Alto Paraguay. Fotografía: gentileza PCI.
El apoyo del proyecto Voces para la Acción Climática Justa (VAC) fue decisivo para consolidar este camino. La cooperación posibilitó el financiamiento de capacitaciones, acompañó procesos de organización y facilitó la llegada de servicios financieros a comunidades alejadas, donde antes era impensable que el BNF habilitara cuentas.
Gracias a ese empuje, más de 12 asociaciones de mujeres y 6 de apicultores fortalecieron sus capacidades, y decenas de emprendedoras lograron insertarse en el mercado con mayor seguridad y autonomía.
En el Chaco, donde la sequía parece eterna, hoy florecen mujeres que tejen dignidad con sus manos. Cada bioemprendimiento es un canto de libertad. Una mujer que logra vender su miel, su gallina o su artesanía, está asegurando alimento, educación y futuro para su familia.
Porque cuando una mujer emprende, no se enriquece sola: enriquece a toda su comunidad. Y en esa red solidaria, hecha de raíces y alas, crece la esperanza de un Chaco con igualdad, dignidad y vida plena.
El Gran Chaco vive un momento clave: las mujeres que durante décadas defendieron con coraje a sus comunidades hoy empiezan a pasar la posta a las nuevas generaciones. En el Encuentro Trinacional del Colectivo de Mujeres del Chaco, la voz de las jóvenes se alza con fuerza para asumir el liderazgo y enfrentar desafíos presentes y futuros. La experiencia de las lideresas adultas y la energía innovadora de las juventudes se entrelazan en una transición histórica que busca consolidar la articulación trinacional y llevar la voz de las mujeres chaqueñas hasta espacios globales.
El Gran Chaco americano atraviesa un momento decisivo. Los desafíos sociales, ambientales y culturales exigen hoy, más que nunca, la unión de fuerzas entre generaciones. Durante décadas, las lideresas adultas han sostenido con valentía la defensa de los derechos de sus comunidades, transmitiendo conocimientos, experiencias y valores. Hoy, ellas trabajan para entregar la posta a las nuevas generaciones de mujeres, quienes representan la continuidad y la renovación de esta lucha.
Durante la plenaria realizada durante el Encuentro Trinacional del Colectivo de Mujeres del Chaco 2025: “Nosotras movemos el territorio”. Fotografía: Diego Salazar.
La formación de jóvenes mujeres chaqueñas se vuelve fundamental para asegurar el futuro de los procesos organizativos. Ellas encarnan el recambio necesario: liderazgos, con energía, innovación y compromiso para enfrentar los retos actuales y venideros. Hay un camino recorrido de las líderes adultas que con valentía han sostenido la defensa de los derechos de sus comunidades y han transferido sus saberes, experiencias y valores ancestrales.
Rosalía Acevei, joven representante de la Organización de Pueblos Guaraníes (OPG) parte del Encuentro Trinacional del Colectivo de Mujeres del Chaco, aseguró que “los jóvenes tenemos que estar preparados para enfrentar los obstáculos por nuestra comunidad y por todos los pueblos indígenas. Principalmente para defender nuestro territorio. El problema del agua es lo más urgente: sin agua no hay futuro”. Su voz refleja la urgencia vital de empoderar a las juventudes y brindarles herramientas para asumir el liderazgo en la defensa del territorio, impulsar una búsqueda de soluciones para el acceso al agua y la construcción de un futuro digno para los pueblos indígenas del Chaco Americano que se extienda por Paraguay, Bolivia y Argentina.
Rosalía Acevei, representante de la Organización de Pueblos Guaraníes (OPG). Fotografía: Leo De Blas.
Desde Bolivia, Jacinta Rivera reafirmó esta necesidad al señalar que, muchas veces, la exclusión de las mujeres —y especialmente de las jóvenes— responde a la falta y ausencia de oportunidades formativas para fortalecer sus conocimientos: “Las jóvenes deben ser las cuidadoras del futuro. Con conocimiento, ellas podrán ocupar ese lugar y cuidarse, al mismo tiempo que cuidan a los demás”.
Jacinta Rivera, lideresa boliviana. Fotografía: Leo De Blas.
El Encuentro Trinacional del Colectivo de Mujeres del Chaco 2025: “Nosotras movemos el territorio”, que se celebra en Filadelfia, Paraguay. Durante dos días, reúne a mujeres guaraníes en un espacio de articulación regional busca consolidar la voz y el protagonismo de las mujeres como defensoras de la vida y del territorio. Este encuentro fortalece la coordinación trinacional y promueve una estrategia común de incidencia a nivel local, nacional y fronterizo.
Con el propósito de fortalecer la articulación trinacional, visibilizar sus aportes económicos y políticos, y construir una estrategia común de incidencia, las participantes proyectan sus demandas y propuestas hacia el Encuentro Mundial del Chaco Americano (EMCHA 2025) y el Encuentro Mundial de Partes (COP 30).
Para Mariana Franco, secretaria ejecutiva de la Red Chaco de Paraguay, el encuentro también es un puente rumbo a la COP 30 para posicionar y visibilizar al Gran Chaco Americano a través de la voz de las mujeres, quienes han estado trabajando y formándose para formular propuestas claras sobre cómo el cambio climático impacta sus vidas y cómo sus conocimientos y sus prácticas ancestrales pueden ser integrados a los proyectos de mitigación para asegurar la sostenibilidad de los procesos a corto, mediano y largo plazo.
Esta red de mujeres reivindica su rol fundamental en el buen vivir en el gran chaco americano. El futuro se teje hoy con hilos de lucha, memoria y esperanza, entrelazando la experiencia de las lideresas y la fuerza renovadora de las juventudes.
¿Dónde va el agua que cae del cielo? La respuesta, por fin, tiene rostro de esperanza en el Chaco paraguayo. Mediante el trabajo en equipo, la consulta previa con las comunidades y una red de alianzas estratégicas, hoy es realidad un sistema que garantiza acceso a agua potable durante todo el año.
*Por Noelia Díaz Esquivel
¿Qué pasa con el agua de lluvia? La pregunta suena a misterio, a plegaria y a milagro. En el Chaco paraguayo —ese territorio semiárido donde la vida se abre paso en condiciones extremas—, la respuesta durante décadas fue desoladora: el agua caía, corría, se evaporaba… las comunidades quedaban sedientas, no por castigo divino, sino por un histórico abandono estatal.
Millones de guaraníes de fondos públicos se gastaron en proyectos que nunca funcionaron. Promesas que se evaporaron como el agua misma. La sed y la sequía se repetían cada año por cinco o seis meses, como una condena. Entonces, entre la desesperanza, un grupo de soñadores se preguntó ¿y si el agua del cielo pudiera guardarse en la tierra para sostener la vida todo el año?
Luego de numerosas pruebas y aprendiendo de cada experiencia desarrollada tanto a nivel nacional como en otros países que atraviesan la misma problemática, nació la idea de desarrollar un sistema de macrocaptación de agua de lluvia, pensado desde la naturaleza y con la gente como protagonista.
Toma área de la comunidad Cucaani, en Carmelo Peralta, donde está ubicada una de la plantas del sistema de macrocaptación. Fotografía: gentiliza PCI:
De la idea al proyecto: cuando la naturaleza inspira
La chispa se encendió en 2019, cuando la organización Pro Comunidades Indígenas (PCI), con más de 30 años de trabajo en el Chaco, propuso al Servicio Nacional de Saneamiento Ambiental (SENASA) explorar una solución distinta.
“La propuesta comenzó en 2019, pero recién se efectivizó en abril de 2020, justo cuando arrancaba la pandemia. Igual nos movimos, casa por casa, para consultar a las comunidades. Dos problemas se repetían: la falta de agua en la sequía y que los sistemas instalados no daban abasto. Además, eran proyectos pensados sin la gente”, recuerda Carlos Giesbrecht, referente del proceso.
Carlos Giesbrecht, coordinador del proyecto. Fotografía: Leo De Blas.
Inspirados en reservorios usados en la producción ganadera, surgió otra pregunta: ¿por qué no aplicar lo mismo para el consumo humano? Parecía un sueño lejano, pero el tiempo y la terquedad lo acercaron a la realidad.
El sistema se diseñó de manera sencilla y ecológica: el agua de lluvia se capta, filtra con piedra, grava, arena y carbón, y luego se clora para garantizar seguridad microbiológica. Todo por gravedad, sin grandes dependencias tecnológicas. Un invento adaptado al Chaco y mucho más económico que los megaproyectos estatales que fracasaron.
En esta imagen se observan los filtros por los cuales pasa el agua captada en temporada de lluvias. Esta planta esta ubicada en la comunidad Emaus, Chaco paraguayo. Fotografía: Leo De Blas.
La captación, entonces, solucionaba el primer problema. Pero para el consumo humano es necesario pasar por otros procesos de filtrado y purificación. Nacía otro desafío ¿cómo desarrollar un sistema amigable, sostenible y asequible para las comunidades?
Ciencia práctica y manos comunitarias
Fulgencio Mendez, como ingeniero empírico, hizo la primera prueba en una simple damajuana, colocando capas de grava y arena. El agua se filtró. Y ahí comenzó la certeza de que funcionaría en grande.
Fulgencio Méndez, principal impulsor del proyecto sistema de agua basado en la naturaleza. Fotografía: Diego Salazar.
Las comunidades de Cucaani y Guida Ichái, en Carmelo Peralta, fueron las primeras en tener plantas piloto. No fue un proyecto impuesto, sino construido con la gente: hombres y mujeres participaron en la obra, aprendieron el manejo y se organizaron en consejos de agua para garantizar el mantenimiento.
“Participo en el mantenimiento, ayudo a mi marido a limpiar. Ahora todo está mejor. Antes tomábamos agua cruda del río, ahora ya es agua filtrada y clorada. Eso es salud, sobre todo para los niños”, lo resume con sencillez Sonia Quena Dosapei, pobladora de Cucaani.
Sonia Quena Dosapei, pobladora de Cucaani. Fotografía: gentileza PCI.
La fuerza de las alianzas
La innovación generó resistencias. “Muchos pensaban que iba a ser un elefante blanco”, recuerda Giesbrecht. Pero la directora de SENASA en ese entonces entendió el valor de la propuesta. Aun así, costó convencer a los financiadores: estaban acostumbrados a presupuestos millonarios, no a soluciones baratas y efectivas.
Finalmente, el apoyo llegó de la mano de alianzas público-privadas: SENASA, PCI, empresas como COITEA, y más tarde el proyecto Voces para la Acción Climática Justa (VAC). El trabajo en conjunto permitió no solo instalar los sistemas, sino también formar capacidades locales y generar confianza en las comunidades.
Hoy hay cuatro plantas de macrocaptación operativas: dos en Laguna Negra, que abastecen a 15 comunidades (1517 personas), y dos en La Patria, que benefician a 18 comunidades (2329 personas). En total, casi 4000 latinos e indígenas tienen acceso a agua potable de lluvia durante todo el año.
Un cambio que se siente
Fulgencio Quencho Méndez, técnico del proyecto, explica:
“Succionamos agua del río con bomba, pasa por un prefiltro y luego por filtros de piedra, arena y carbón. Todo funciona por gravedad, cae a un reservorio enterrado, y desde allí se eleva a un tanque con cloro para distribuir en cada canilla. Es un sistema sencillo, pero eficaz”.
En los lugares donde no existe un río cercano, el sistema de filtrado se adapta al territorio: el agua de lluvia se recoge en extensiones de tierra especialmente cercadas, con canales que concentran y conducen el líquido hasta caños. Luego el agua pasa a una pileta protegida con una malla especial para filtrar impurezas grandes, antes de ingresar al sistema de grava, arena y carbón. Así, lo que antes se perdía en el suelo árido, hoy se guarda y se transforma en agua segura que llega directamente a las casas.
Esta es la pileta a la cual llega el agua de lluvia que se recoge en extensiones de tierra especialmente cercadas, con canales que concentran y conducen el líquido hasta caños. Fotografía: Leo De Blas.
El secreto está en su diseño: tecnología apropiada, bajo costo, fácil de mantener y respetuosa con la naturaleza. Y lo más importante: es manejada por las propias comunidades.
“Siempre quise que mi hijo tomara agua potable, y ahora eso me hace tan feliz. Cuando falta energía usamos generador, pero ya no necesitamos volver al río”, cuenta con emoción Elías Posoraja, presidente del consejo de agua de Guida Ichái.
La diferencia en la vida cotidiana es enorme. Nelio Ramón Añasco, encargado de mantenimiento de la planta ubicada en la comunidad Emaus, asegura: “Controlamos todos los días que el sistema funcione. Gracias a Dios nunca falló. Y lo mejor es que nosotros mismos usamos esta agua. Tomamos con tranquilidad, sabiendo que está segura”.
Nelio Ramón Añasco, encargado de mantenimiento de la planta ubicada en la comunidad Emaus, Chaco paraguayo. Fotografía: Leo De Blas.
El agua dejó de ser un privilegio incierto para convertirse en un derecho tangible y el proyecto VAC fue clave para que la macrocaptación dejara de ser un experimento aislado. En ese sentido, apoyó la construcción de una planta demostrativa en Remansito, que permitió mostrar el sistema a técnicos, autoridades y financiadores sin necesidad de viajar hasta el Chaco profundo. Esa visibilización abrió puertas y sumó voluntades.
Además, VAC cooperó con fondos para hacer posible el intercambio de saberes y el enfoque de justicia climática: traslados para escuchar a las comunidades, respetar sus decisiones y poner en el centro la sostenibilidad ambiental.
Gotas de esperanza
En el Chaco, cada gota de agua es vida. Por eso este proyecto no es solo una obra técnica: es una historia de dignidad colectiva.
Agua segura y asequible durante todo el año. Fotografía: Leo De Blas.
El agua de lluvia, antes desperdiciada, ahora se convierte en símbolo de resistencia y futuro. Las comunidades ya no esperan milagros: construyen su propio camino con alianzas, ciencia práctica y compromiso.
La esperanza fluye en cada canilla abierta, en cada niño y niña que bebe sin miedo. Y aunque queda mucho por hacer para llegar a todas las comunidades chaqueñas, este es el comienzo de una transformación posible.
*Por Clemen Bareiro Gaona
El Senado paraguayo protagonizó una escena que quedará en la memoria colectiva: la expulsión de Norma Aquino, conocida como Yami Nal, y la suspensión por 60 días de Javier Vera, alias Chaqueñito. Todo esto tras la filtración de audios que hablan de compra de votos, tráfico de influencias y un Congreso convertido en mercado.
Podríamos detenernos solo en la corrupción -porque sí, es grave que se hable de “nuestros votos valen 20.000 dólares”- pero lo que está en juego es algo más profundo: la degradación de la democracia, que se vuelve espectáculo, y la forma en que ese espectáculo se vive distinto si la protagonista es mujer o varón.
Democracia: lo que debería ser y lo que vemos
Robert Dahl decía que la democracia es un sistema que responde a la ciudadanía en condiciones de igualdad. Esa idea parece lejana cuando miramos lo que sucedió en el Paraguay: un senado que se mueve rápido para expulsar a una mujer, que vacila para sancionar a un hombre, y que se defiende a sí mismo más por reputación que por principios. Para que la representación política democrática sea real, nos dice la politóloga Line Bareiro, debe haber representación sexual, territorial y de concepciones políticas o ideológicas.
Lo que deberían ser condiciones mínimas – igualdad de trato, transparencia, rendición de cuentas- se desdibujan frente a la urgencia de salvar la imagen institucional. Y ahí está la primera grieta: la democracia, en lugar de responder a la ciudadanía, responde a su propio teatro interno.
Las barbaridades de un discurso
Durante su descargo, Yami Nal soltó frases que parecían escritas para un guión tragicómico. La más resonante fue: “mi poder tengo en mis gafas. Cuando tengo mis gafas, digo todo lo que tengo que decir”. Detrás de lo absurdo, la frase encierra una radiografía de nuestra política: el poder como accesorio, como disfraz, como objeto que se viste y se quita.
No habló de representar a sus votantes, ni de la responsabilidad del cargo, ni de la confianza ciudadana. Habló del poder de sus gafas. Y esa confesión, en su crudeza, refleja lo que muchas y muchos sospechamos: en el Senado el poder se actúa, se representa, se simboliza, pero rara vez se ejerce en clave de servicio público. Además, dedicó gran parte de su tiempo de defensa a no explicar su rol ni a responder las acusaciones, sino a pedir disculpas a los colegas que mencionó en los audios, y, sobre todo, a Horacio Cartes – expresidente de la República y actual titular de la ANR – mostrando sin rodeos donde se concentra el poder real en Paraguay: más allá del hemiciclo, en la figura del líder partidario que articula lealtades, castigos y favores.
Ser mujer en medio del escándalo
Aquí entra el ángulo feminista. Porque sí, Yami Nal dijo barbaridades. Y sí, está implicada en audios vergonzosos y su desempeño en estos dos años como senadora de la Nación deja mucho que desear. Pero el contraste con Chaqueñito es inevitable: ella pierde la banca, él solo se va dos meses de “vacaciones” sin sueldo.
¿Acaso la justicia parlamentaria pesa distinto cuando se trata de una mujer? ¿Acaso el escrutinio moral es más severo?
Las mujeres en política siempre cargan con esa doble vara: se les exige ejemplaridad, se les juzga por sus emociones, se las ridiculiza con mayor facilidad. Un varón puede ser cínico, grosero o corrupto y la crítica será política; una mujer que cae en lo mismo es motivo de burla, de caricatura, de sanción ejemplar.
No se trata de absolver a Yami Nal. Se trata de reconocer que el género opera incluso en la forma en que se castiga la corrupción.
El teatro del Senado
Lo que vimos en la sesión fue más teatro que justicia. Lágrimas, acusaciones, palabras grandilocuentes, pedidos que no prosperaron. Una escena donde la defensa se mezcló con el show y donde, al final, lo que importaba no era tanto limpiar la democracia, sino salvar la imagen del Senado.
Ese teatro tiene consecuencias: erosiona la confianza ciudadana, manda el mensaje de que la política es un espectáculo de pasillo y no un espacio de construcción colectiva, y disuade especialmente a las mujeres jóvenes que sueñan con participar. ¿Quién quiere entrar a un escenario donde la regla es la burla y la sanción desigual?
Democracia “vaciada”
Cuando la democracia se vacía, pasan cosas como estas:
El poder se reduce a símbolos ridículos (un par de gafas)
Las reglas no se aplican igual (ella expulsada, él sancionado)
La ciudadanía queda fuera (los votos y los cargos se negocian como mercancía)
El Senado se protege a sí mismo más que a la democracia y a sus electores.
Y lo más peligroso: nos acostumbramos. Cada espectáculo parece superar al anterior y, sin embargo, la indignación dura poco. Se convierte en rutina.
Feminismo como espejo
La perspectiva feminista no es una excusa para defender a nadie. Es un espejo para ver cómo las desigualdades atraviesan incluso los momentos de crisis política. Nos ayuda a preguntarnos:
¿Por qué la vara fue distinta entre Yami Nal y Chaqueñito? ¿Qué significa que las frases de ella hayan sido objeto de memes y burlas, mientras las de él pasaron casi desapercibidas? ¿Qué mensaje se envía a las mujeres que quieren entrar en política cuando ven como se juzga, sanciona y ridiculiza a una senadora?
El feminismo, en este caso, no blinda a Yami Nal. Blinda la idea de justicia equitativa. Porque si la democracia no es igual para mujeres y hombres, no es democracia plena.
¿Qué clase de democracia queremos después de este espectáculo?
¿Una democracia de lentes, donde el poder se actúa, pero no se ejerce? ¿Una democracia de doble vara, donde las mujeres cargan con la sanción más dura y el ridículo más cruel? ¿O una democracia que se atreva a ser honesta, transparente, equitativa, donde la ética no se vista de accesorio, sino que se viva en el día a día?
La degradación de la democracia paraguaya no se mide solo en dólares por voto o en ascensores pagados por donaciones. Se mide en cada gesto que convierte la política en teatro, en cada sanción que aplica reglas desiguales, en cada burla que desalienta a más mujeres a ocupar espacios de poder.
Hoy el Senado nos mostró su cara más descarnada. La nuestra, como ciudadanía, es decidir si seguimos siendo público pasivo de este teatro o si nos animamos a exigir otro guión: uno donde la democracia no sea disfraz ni espectáculo, sino palabra, memoria, igualdad y responsabilidad.