El dedo del medio

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*Por Noelia Díaz Esquivel

 

Una ya no sabe si reír o llorar. No hablamos sólo de mediocridad, hablamos de una bajeza intelectual, ética y moral impresionante. Y lo peor es que son nuestras, nuestros legisladores, los que deberían marcar rumbo, los que tienen en sus manos uno de los poderes más importantes del Estado. Imagínense en manos de quién está nuestra democracia.

 

“Yo ahora me planté, porque no puede ser que no cobremos nuestro tañarandy… ocho millones de dólares… se van a repartir entre seis… van a pagar la cuenta de Nenecho…”, se escuchaba en la voz de la senadora Norma Aquino, alias Yamy Nal y el senador Javier “Chaqueñito” Vera. Así de burdos, así de impunes. Los audios los pillaban hablando de repartijas de una donación de Taiwán, mencionando a colegas colorados cartistas. 

 

El escándalo terminó con su destitución, pero no nos engañemos: ella es apenas la cara visible de un sistema podrido hasta la raíz, donde los negocios turbios y las coimas se negocian como si fueran caramelos. Lo que hay que entender es que el problema no es solo Yamy Nal, el problema es la degradación completa de la institucionalidad democrática y representativa. Una busca palabras para describir la sensación de vivir en Paraguay en este momento y cuesta encontrarlas. Es demasiado grave.

 

Mientras tanto, ¿qué pasa afuera en la calle, en los barrios? Ciudades destrozadas como nuestra república, baches que parecen trincheras de guerra, hospitales donde sobrevivir es casi un milagro, una educación que no educa, salarios de hambre que no alcanzan para fin de mes, y encima la violencia constante contra mujeres, niñas, niños y adolescentes. Eso es lo que vivimos cada día mientras esta gente juega a hacer política como si fuera su circo privado. Repartiéndose maletines llenos de dinero que debería ser invertido en la gente, en nosotras y nosotros.

 

Probablemente lo mismo pensaban durante la dictadura: tanta podredumbre, tanto atropello, tanto descaro, y una preguntándose cómo seguir sin caer en la desesperanza. ¿Cómo se hace para no rendirse? ¿Cómo aportar para mejorar algo en medio de este desastre?

 

Tal vez ahí está la clave: hablarlo, pensarlo desde los feminismos, desde los espacios que construimos con dignidad, donde la solidaridad no es discurso vacío, sino práctica política diaria. Capaz no tenemos todas las respuestas, pero sí la certeza de que vamos a seguir denunciando, organizándonos y buscando salidas colectivas.

 

Porque si algo debería enseñarnos este momento es que la democracia no se defiende sola, y que mientras ellos la degradan, nosotras vamos a seguir sosteniendo la vida en medio del caos. No nos queda de otra.

 

Al menos eso espero, eso deseo.

 


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Mujeres que siembran sueños

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En Bahía Negra, un grupo de mujeres decidió transformar su realidad con una huerta comunitaria. Entre risas, aprendizajes y cosechas, fortalecen la economía familiar, la alimentación sana y el tejido social de su comunidad.

*Por Noelia Díaz Esquivel / @noediazesqui 

 

En el extremo noreste del Chaco paraguayo, donde la tierra  es dura, arcillosa y el calor implacable, un grupo de mujeres se propuso un reto: hacer florecer la esperanza. Desde 2024, las “Mujeres Emprendedoras de Bahía Negra” trabajan juntas en una huerta agroecológica y colectiva que ya se convirtió en un espacio de unión, aprendizaje y alegría.

 

Estos son algunos de los rostros que representan a las “Mujeres Emprendedoras de Bahía Negra”. Fotografía: Leo De Blas.

 

Leticia Rosales, ingeniera agrónoma y alma del proyecto, explica cómo logran cultivar en un suelo tan difícil: “La tierra acá es arcillosa, muy dura. Para sembrar primero preparamos los tablones, removemos todo y luego traemos ‘mantillo del monte’, que usamos como abono natural. Mezclamos con la arcilla y así queda lista para la siembra. Todo es orgánico, sin ningún químico”.

 

Leticia Rosales no es oriunda de Bahía Negra, pero la eligió como su casa hace varios años. Fotografía: Leo De Blas.

 

La huerta se instaló gracias a un pequeño fondo de apoyo, pero hoy las mujeres siguen adelante con recursos propios y un compromiso que crece cada día.

 

Un espacio de terapia y alegría

 

Cada viernes, las productoras se reúnen para limpiar, regar y compartir vivencias. Para ellas, la huerta no solo produce verduras, sino también afecto, confianza y sueños colectivos.

 

Griselda González, de 50 años, cuenta con una sonrisa que “me encanta porque pasamos bien, nos reímos, nos divertimos. Es una alegría total para nosotras”.

 

La hermana Lucía, una religiosa que acompaña el proyecto, destaca el valor humano de este espacio: “Este momento es como un relax. Nos ayuda a conocer a las mamás y sus realidades. Es una oportunidad para acompañarlas, visitarlas y fortalecer la familia”.

 

 

Aunque la última inundación cubrió la huerta de agua y aisló a toda la ciudad, apenas el terreno se secó, las mujeres volvieron a sembrar con más fuerza. Ahora sueñan con agrandar el espacio, vender sus productos y abastecer, al menos de manera parcial, el programa Hambre Cero.

 

Leticia señala con emoción que “ya nos dijeron que podrían comprarnos para el programa Hambre Cero. Tenemos ganas de producir más y tener dónde vender. La idea es que este esfuerzo sea sustentable”.

 

En medio las labores propias de una huerta ellas comparten sus vida mientras ríen a carcajadas, aunque a veces, este también es un espacio para llorar. Fotografía: Leo De Blas.

 

Otro de sus proyectos es reunir y guardar sus propias semillas. Así podrán asegurar la próxima siembra y también intercambiar semillas con otras mujeres agricultoras de la zona.

 

La fuerza de la organización

 

El trabajo en el Chaco no es fácil. Durante los días de intenso calor, la huerta necesita riego al menos dos veces al día. Por eso, uno de los grandes objetivos de este año es conseguir recursos para instalar un sistema de riego que les permita mantener las plantas saludables y reducir el esfuerzo físico.

 

El contacto con la tierra también es sanador. Fotografía: Leo De Blas.

 

A pesar de los desafíos, las mujeres no pierden el entusiasmo. Varias de ellas ya se animaron a hacer huertas en sus casas y a cocinar con sus propias verduras. 

 

El año pasado tuve mi huertita. Salieron lechuga, locote, tomate, pepino y todavía tengo perejil y espinaca”, cuenta Esther Acuña, una de las integrantes.

 

Además de producir alimentos sanos, varias mujeres cocinan y venden sus preparaciones por encargo. La tecnología también juega su papel: basta un estado de WhatsApp para que los pedidos lleguen volando.

 

Estas mujeres demostraron que con ganas, unión y conocimiento se pueden cambiar realidades. Su huerta no es solo un proyecto productivo: es un símbolo de que cuando las mujeres se organizan, florecen los sueños.

 

Ni la tierra arcillosa, ni el sol implacable pudieron hacer mella en la determinación de estas mujeres que se propusieron tener una huerta comunitaria y urbana. Fotografía: Leo De Blas.

 

Bahía Negra: corazón chaqueño

 

Bahía Negra es uno de los distritos más extensos del Paraguay, con más de 3.500.000 hectáreas. Está ubicada a orillas del río Paraguay, en el extremo noreste del departamento de Alto Paraguay, a 820 kilómetros de Asunción. Allí viven alrededor de 2.500 personas.

 

Fundada oficialmente en 1987, Bahía Negra combina paisajes únicos y una cultura rica en tradiciones. Aunque la vida en esta zona remota del Chaco tiene desafíos, la comunidad sigue apostando por el trabajo, la solidaridad y la conservación de su entorno natural.

 

 

  • Edición: Mónica Bareiro / @monibareiro

 

 

*𝘌𝘴𝘵𝘦 𝘮𝘢𝘵𝘦𝘳𝘪𝘢𝘭 𝘧𝘶𝘦 𝘱𝘳𝘰𝘥𝘶𝘤𝘪𝘥𝘰 𝘦𝘯 𝘦𝘭 𝘮𝘢𝘳𝘤𝘰 𝘥𝘦𝘭 𝘱𝘳𝘰𝘨𝘳𝘢𝘮𝘢 𝘝𝘰𝘤𝘦𝘴 𝘱𝘢𝘳𝘢 𝘭𝘢 𝘈𝘤𝘤𝘪ó𝘯 𝘊𝘭𝘪𝘮á𝘵𝘪𝘤𝘢 𝘑𝘶𝘴𝘵𝘢 (𝘝𝘈𝘊), 𝘪𝘮𝘱𝘭𝘦𝘮𝘦𝘯𝘵𝘢𝘥𝘰 𝘦𝘯 𝘗𝘢𝘳𝘢𝘨𝘶𝘢𝘺 𝘱𝘰𝘳 𝘞𝘞𝘍-𝘗𝘢𝘳𝘢𝘨𝘶𝘢𝘺 𝘺 𝘍𝘶𝘯𝘥𝘢𝘤𝘪ó𝘯 𝘈𝘷𝘪𝘯𝘢.⁣⁣⁣⁣⁣⁣⁣⁣⁣


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Lo político en nuestras vidas: más allá del partidismo

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*Por Clemen Bareiro Gaona

En Paraguay, como en muchos lugares del mundo, solemos reducir la política al activismo partidario, a las elecciones o a los nombres de quienes ocupan cargos públicos. Pero lo político es mucho más profundo: atraviesa la vida cotidiana, se filtra en nuestras decisiones diarias y moldea lo que podemos o no podemos ser.

Esta reflexión surgió a partir de una entrevista que escuché en redes sociales, en la cual Nicolás García, actor paraguayo, aseguraba que el arte nada tiene que ver con lo político. Lo confieso: al escuchar eso, me enojé. Tardé en escribir al respecto justamente porque necesitaba procesar ese malestar. Después recordé que no todas las personas pensamos igual, que no todas atravesamos los mismos caminos, y que precisamente por eso debía animarme a poner en palabras mi mirada al respecto.

La educación que recibimos, la salud que se nos garantiza (o se nos niega), las condiciones laborales que aceptamos, el transporte que usamos, el precio de los alimentos que consumimos: todo eso es político. Lo es también la manera en que organizamos la familia, el barrio, la comunidad. Incluso lo que creemos íntimo – nuestras formas de amar, de vestir, de hablar – está atravesado por estructuras de poder y disputas de sentido.

Una organización de vecinos, por ejemplo, puede decidir unirse para reclamar agua potable, gestionar una plaza o resistir un desalojo.

Esas decisiones colectivas chocan con estructuras de poder, con leyes, con intereses económicos. Ahí se vuelve evidente cómo lo político moldea los comportamientos y los horizontes de lo que podemos hacer juntas.

El arte no escapa a esto. Decir que el “arte nada tiene que ver con la política” es desconocer su potencia y es al mismo tiempo una posición política. Cada gesto artístico es un posicionamiento frente al mundo, aunque sea por omisión. El silencio también es un discurso político. Basta recordar como José Asunción Flores creó la guarania como música  popular que dignificaba a un pueblo entero o como Carmen Soler convirtió la poesía en trinchera contra la dictadura, o Alberto Rodas quien llenó de  contenido social su cancionero y nos regaló el himno “Dónde Están”. O como Rocío Robledo que con sus músicas y su gestión cultural abrió caminos para pensar otras formas de libertad y participación de sus colegas mujeres en el mundo de la música en Paraguay. Cada una de estas personas mencionadas entendió que el arte no podía desvincularse de las luchas de su tiempo.

En un país como Paraguay, negar esta dimensión es seguir negándonos la posibilidad de construir con memoria y libertad una sociedad que ha sido lastimada y castigada por demasiado tiempo de represiones, son prácticas que arrastramos desde la dictadura y que, aunque queramos ignorarlo, siguen vigentes hasta hoy.

La política no se agota en los partidos, pero tampoco se limita a los grandes debates institucionales. Está en la cocina colectiva, en la feria campesina, en el mural pintado en los barrios, en la decisión de programar una obra en guaraní o de abrir un centro cultural comunitario. Reconocerlo es un paso necesario para no caer en la trampa de creer que “lo político” solo existe cada cinco años en una urna electoral.

Lo político está en todo lo que vivimos. Y entenderlo así nos devuelve la posibilidad de transformar no solo las instituciones, sino también la vida misma. Asumir que todo es político no significa perder la belleza de las cosas, sino al contrario: ver que lo cotidiano, lo artístico y lo colectivo son campos de transformación. Y que en cada gesto – al cantar, crear, actuar, cocinar, enseñar o resistir – también estamos disputando el sentido de la vida en común.


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Conectividad como derecho

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En el Chaco paraguayo, donde la falta de oportunidades suele ser parte de la rutina, un grupo de mujeres logró acercarse a pesar de los kilómetros que las separan unas de otras. Defendieron algo que pocos creían necesario: el acceso a internet. Demostraron que conectarse no es un lujo, sino una herramienta para transformar la vida.

 

*Por Noelia Díaz Esquivel / @noediazesqui

 

A solo 50 kilómetros de Asunción, la comunidad Santa Rosa del pueblo Qom, vivía aislada digitalmente. Hasta hace pocos años, acceder a internet 24 horas era un lujo que ninguna familia podía costear. “Antes usábamos mucho el saldo cuando había alguna actividad que hacer. No podíamos sacar fotos y subir a redes porque no teníamos saldo”, recuerda Bernardina Pesoa, pobladora de la comunidad. Todo cambió en 2020, cuando se instaló el primer centro de inclusión digital Nanum en Paraguay. La antena, la red comunitaria y el espacio equipado con computadoras fueron la semilla de un cambio más grande.

 

Este es el Telecentro de la comunidad Santa Rosa del pueblo Qom, ubicada en Cerrito – Chaco paraguayo. Fotografía: Leo De Blas.

 

El acceso a internet permitió a la comunidad abrir nuevas puertas: capacitación, venta de productos, información y la posibilidad de contar sus propias historias.

 

El impulso de la pandemia

 

Mientras Santa Rosa se conectaba, en otras comunidades la idea de los telecentros empezaba a tomar forma. La iniciativa se inspiró en la experiencia argentina de la Fundación Gran Chaco, que, desde hace más de una década, instalaba espacios de inclusión digital gestionados por mujeres. Mariana Franco, secretaria ejecutiva de Sunú, recuerda las primeras reuniones: “Nos decían que había cosas más urgentes que la conectividad, que estábamos locas por priorizar internet”.

 

Mariana Franco, secretaria ejecutiva de Sunú. Fotografía: Diego Salazar.

 

Pero la pandemia de 2020 vino a darles la razón. Cuando las escuelas cerraron y las comunidades quedaron aún más aisladas, las que contaban con conectividad pudieron organizarse para recibir alimentos, gestionar ayudas de emergencia y sostener la educación a distancia. Ese momento marcó un antes y un después en la percepción de lo que significaba estar conectadas.

 

Poco a poco, Sunú, organización con 25 años de trayectoria, se alió con la Comisión Nacional de Telecomunicaciones (CONATEL), el Ministerio de Tecnologías de la Información y Comunicación (MITIC) e Internet Society para llevar la red a más territorios. Cada nuevo centro requirió acuerdos comunitarios, capacitación y un compromiso firme de que el servicio sería colectivo.

 

Mujeres que se organizan y enseñan

 

Los telecentros Nanum se convirtieron en mucho más que lugares con computadoras y wifi. Allí se dictan talleres de alfabetización digital, derechos humanos, creación de contenidos, gestión ambiental y cambio climático. “Internet es un derecho porque habilita muchos otros derechos”, explica Mariana. “Te permite aprender, comunicarte y mostrarle al mundo que existís. Eso es lo que más nos importa: que estas mujeres sepan que su voz cuenta y que nadie las va a volver a silenciar”.

 

Hoy en Paraguay funcionan 13 telecentros, distribuidos en localidades como Samaria, Campo Largo, Loma, La Patria, Pozo Hondo y Santa Rosa, que benefician a cientos de familias, escuelas, puestos de salud y radios comunitarias. También se instalaron dos redes comunitarias, como la Red Nivaclé, que conecta a La Abundancia, Jericó, Jope y Samaria, ampliando la conectividad más allá de los telecentros. Estos espacios ofrecen conectividad, equipamiento digital y sirven como centros de capacitación, organización comunitaria y generación de contenido local.

 

Comunidad Santa Rosa del pueblo Qom. Fotografía: Leo De Blas.

 

En Santa Rosa, por ejemplo, el internet llega también a la unidad de salud familiar y a la dirección escolar indígena del pueblo Qom. Parte del modelo consiste en que las comunidades gestionen su servicio de manera cooperativa, destinando un pequeño pago que reemplaza el gasto en saldo individual.

 

Para muchas mujeres, perderle el miedo a la tecnología fue el primer paso. Luego vinieron los cursos y las primeras publicaciones propias. “Desde que nos capacitaron, aprendimos a sacar fotos, grabar videos y editar. Hoy podemos hacer denuncias y mostrar nuestros trabajos, de todo un poco”, relata con orgullo Bernardina.

 

Nidia y Bernardina, ambas lideran el medio digital Qataqui Noticias, de la comunidad Santa Rosa. Fotografía: Leo De Blas.

 

Qataqui Noticias y Loma Digital: voces que resuenan desde el Chaco

 

La experiencia de Qataqui Noticias es uno de los grandes logros del proyecto Nanum Mujeres Conectadas. Este medio digital no solo informa a otras comunidades Qom, también se convirtió en una herramienta de protección y promoción cultural. Gracias a sus publicaciones, se difunden avisos urgentes, historias de resiliencia y los emprendimientos de mujeres artesanas, quienes crearon su propia página para vender en línea. El impacto se siente en lo cotidiano: niñas y niños ahora usan computadoras en la escuela sin que eso implique un costo extra, y las jóvenes pueden continuar su formación sin abandonar sus territorios. 

 

Nidia Pessoa Torres, estudiante de Ciencias de la Educación, es la encargada de generar contenido para las redes de Qataqui Noticias Queremos que avance Qataqui Noticias para que todos sepan que el pueblo Qom tiene su propia página”, dice convencida de que contar sus historias es un acto de dignidad.

 

Nidia Pessoa Torres. Fotografía: Leo De Blas.

 

A unos 700 kilómetros de Asunción, en la comunidad Loma del pueblo guaraní Ñandeva, una experiencia similar comienza a florecer. La inauguración del Centro Nanum, equipado con computadoras, impresoras y Smart TV, dio origen a Loma Digital, un medio gestionado por mujeres que busca visibilizar las problemáticas locales, fortalecer la lucha por la tierra y potenciar la voz de la comunidad. Al igual que en Qataqui, el protagonismo femenino fue clave: cuatro mujeres elegidas por la comunidad lideran el espacio, organizan actividades, promueven la formación digital y tejen redes de comunicación y resistencia. Ambas iniciativas muestran cómo la tecnología, en manos de las mujeres, se convierte en una herramienta poderosa de empoderamiento, arraigo, organización comunitaria y defensa de derechos.

 

Ceferiana Ferreira, encargada de generar contenido para las redes del medio Loma Digital, de la comunidad Loma, del pueblo guaraní Ñandeva, ubicada en el Chaco paraguayo. Fotografía: Bruno Ferreiro.

 

Un modelo que quiere ser política pública

 

Aunque los logros son enormes, todavía existen muchos desafíos. La sostenibilidad económica de la red, la capacitación continua y la apropiación estratégica de las tecnologías siguen siendo prioridades. La meta es que estas experiencias sirvan de base para una política pública que garantice el acceso universal a internet como derecho humano.

 

Según datos del Instituto Nacional de Estadística (INE), en 2022, el 76,3% de la población paraguaya utilizó internet, lo que representa un incremento de casi 27 puntos porcentuales respecto al 2015. El uso fue más alto en zonas urbanas (83,2%) que en zonas rurales (63,7%), y se evidenció una leve ventaja de acceso entre mujeres (77,6%) respecto a hombres (74,9%). Sin embargo, estas cifras dejan por fuera una realidad crítica: no existen datos específicos sobre el acceso a internet en comunidades indígenas, ni siquiera en el último censo indígena. Mucho menos se conoce la situación real en el Chaco, donde las distancias, las brechas educativas, de infraestructura y de servicios son mucho más profundas.

 

En este contexto, el proyecto Nanum Mujeres Conectadas se vuelve crucial. Esta iniciativa trinacional (Paraguay, Argentina y Bolivia) ya permitió que más de 129 comunidades del Gran Chaco accedan a conectividad a través de 46 centros digitales gestionados por mujeres indígenas, criollas y campesinas. Estos centros no solo brindan acceso a internet, también se transformaron en espacios de formación, organización y generación de ingresos. Son espacios de lucha por los derechos: la conectividad ha permitido a mujeres jóvenes y adultas acceder a capacitaciones, crear medios de comunicación propios como Qataqui Noticias o Loma Digital, e incidir en temas urgentes como la defensa de la tierra, el acceso a la educación y la justicia climática.

 

Centro comunitario de la comunidad Loma, en donde se realizan asambleas, también es escuela y el espacio donde las mujeres se capacitan en el manejo de tecnología. Fotografía: Bruno Ferreiro.

 

El papel de Voces para la Acción Climática Justa (VAC) fue decisivo para el fortalecimiento de la iniciativa en Paraguay. En 2020, con el apoyo de Avina y BID Lab, se fortaleció la estrategia regional que ya operaba en Argentina y Bolivia, y se incorporó el enfoque de justicia climática. VAC aportó recursos y acompañamiento para la alfabetización digital, el fortalecimiento organizativo de grupos de mujeres y la apropiación estratégica de la tecnología. De esta forma, los telecentros no solo reducen la brecha digital, sino que también se consolidan como espacios de resiliencia frente a emergencias climáticas y de resguardo cultural para los pueblos indígenas del Chaco.

 

Así, con alianzas estratégicas, paciencia y la convicción de que la tecnología también es parte de la equidad, estas mujeres demuestran que conectarse no es solo abrir una computadora. Es abrir la puerta a un futuro con dignidad, justicia y oportunidades para todas y todos.

 

Edición: Mónica Bareiro 

 

*𝘌𝘴𝘵𝘦 𝘮𝘢𝘵𝘦𝘳𝘪𝘢𝘭 𝘧𝘶𝘦 𝘱𝘳𝘰𝘥𝘶𝘤𝘪𝘥𝘰 𝘦𝘯 𝘦𝘭 𝘮𝘢𝘳𝘤𝘰 𝘥𝘦𝘭 𝘱𝘳𝘰𝘨𝘳𝘢𝘮𝘢 𝘝𝘰𝘤𝘦𝘴 𝘱𝘢𝘳𝘢 𝘭𝘢 𝘈𝘤𝘤𝘪ó𝘯 𝘊𝘭𝘪𝘮á𝘵𝘪𝘤𝘢 𝘑𝘶𝘴𝘵𝘢 (𝘝𝘈𝘊), 𝘪𝘮𝘱𝘭𝘦𝘮𝘦𝘯𝘵𝘢𝘥𝘰 𝘦𝘯 𝘗𝘢𝘳𝘢𝘨𝘶𝘢𝘺 𝘱𝘰𝘳 𝘞𝘞𝘍-𝘗𝘢𝘳𝘢𝘨𝘶𝘢𝘺 𝘺 𝘍𝘶𝘯𝘥𝘢𝘤𝘪ó𝘯 𝘈𝘷𝘪𝘯𝘢.⁣⁣⁣⁣⁣⁣⁣⁣⁣

 


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Guardianes del Pantanal

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Saúl y Lidia llegaron a Bahía Negra por caminos distintos, pero se quedaron por elección. Hoy lideran iniciativas para cuidar el Pantanal paraguayo, enseñan a nuevas generaciones y siembran compromiso con el cuidado del planeta.
*Noelia Díaz Esquivel / @noediazesqui

 

Saúl Arias (32) no nació en Bahía Negra, pero casi. “Nací en San Carlos, pero desde los 9 años vivo acá”, cuenta con el tono sereno que lo caracteriza. Bahía Negra es el municipio más septentrional del Paraguay, ubicado a orillas del río Paraguay, a 830 kilómetros de Asunción. Es un lugar donde el tiempo parece tener otro ritmo: calles de tierra arcillosa, lodosa en tiempos de lluvia, casas sencillas rodeadas de árboles, un puerto por donde llegan barcos cargados de mercaderías, y una calma que solo se interrumpe con el rugido del motor de alguna moto o el canto de las aves.

 

Saúl Arias, ingeniero ambiental, presidente de la organización y también concejal municipal de Bahía Negra, Chaco.

 

La infancia de Saúl estuvo marcada por excursiones detrás de su hermana mayor, en un programa llamado Eco Club, que hacía recorridos de observación de aves y campamentos de educación ambiental. “Siempre me iba con ella y así me fui enganchando”, recuerda.

 

Lo que empezó como curiosidad infantil se convirtió en vocación. Cuando Eco Club se transformó en la organización Eco Pantanal en 2010, Saúl ya estaba listo para asumir responsabilidades. Es ingeniero ambiental, presidente de la organización y también concejal municipal. “Yo no sé hacer otra cosa que esto. Me encanta trabajar con la gente, en educación ambiental, en conservación”, asegura.

 

A orillas del rio Saúl, generosamente, nos comparte su vida y sus sueños.

 

Eco Pantanal fue la primera organización de jóvenes ambientalistas en Bahía Negra y, con los años, aprendieron a gestionar proyectos, coordinar acciones con comunidades indígenas y a escribir propuestas de financiamiento. Gracias a su empeño, el grupo sigue creciendo, aunque a veces, como relata Saúl, “es difícil porque siempre hay desinformación, prejuicios de que las oenegés vienen a quedarse con la tierra. Pero trabajamos igual”.

 

La chispa que encendió una brigada

 

En 2019, el Pantanal ardió como nunca. Fue el primer gran incendio forestal que arrasó el paisaje. La comunidad, hasta entonces sin bomberos, entendió que ya no podía esperar ayuda de lejos. Ese mismo año, con el impulso de un curso de bomberos forestales y la urgencia latente, se formó la Brigada Yaguareté.

 

Lidia Portillo, lideresa de la Brigada Yaguareté.

 

Por su parte, Lidia Galeano Portillo (33) llegó a Bahía Negra por amor y decidió quedarse incluso cuando su esposo falleció. “El único lugar donde me sentía bien era acá, también por la naturaleza”, relata. Se unió como voluntaria de Eco Pantanal, pero encontró en el combate al fuego su principal causa.

 

Cuando hicimos el curso, el segundo día hubo un incendio. Nos fuimos sin equipo, sin botas, sin protección. Fue peligroso, pero a la vez emocionante”, recuerda con una mezcla de susto y orgullo. Hoy, Lidia lidera la Brigada, que cuenta con 25 integrantes, aunque 12 son los más activos. “Cuando hay incendios, vienen todos. Parece que les motiva más”, dice entre risas.

 

Durante esta reunión, la Brida Yaguareté, se encontraba en la tarea de organizar una fiesta de San Juan para recaudar fondos.

 

Mujeres que se plantan ante el fuego

 

Lidia no solo coordina la brigada. También se forma, entrena y busca recursos. “No tenemos casi apoyo estatal. Si recibimos algo, es por gestiones de Eco Pantanal. Los uniformes adecuados todavía no llegaron”, lamenta.

 

En la brigada hay cinco mujeres activas y dos integrantes de comunidades indígenas que volvieron al grupo tras un tiempo alejados. “Me motiva el amor a la naturaleza. Amo a los animales y quiero hacer algo por este planeta”, dice Lidia mientras su hija Isabela Sofía, de un año, la acompaña a cada paso.

 

Algunas de las mujeres bahianegrense miembras de la bridaga.

 

Cuando no hay incendios, Lidia se las rebusca como guía turística, comerciante o consultora ambiental. “Acá no hay mucho trabajo. Hago de todo”, reconoce.

 

Educación ambiental entre juegos y libros 

 

Más allá de apagar incendios, Saúl y Lidia creen que la acción climática empieza en las aulas. Con Eco Pantanal, desarrollaron un material didáctico llamado 12 meses en el Pantanal, pensado para que los niños aprendan el ciclo del agua y la conservación de la biodiversidad de su propia región. “Es triste que en las escuelas no se enseñe nada de esto. Por eso adaptamos el contenido al currículum de ciencias naturales”, cuenta Saúl.

 

Esta fotografía fue tomada durante el lanzamiento oficial del material didáctico. Gentileza: Eco Pantanal.

 

El material incluye juegos de mesa y guías para docentes. “Si los chicos crecen con ese conocimiento, algún día no vamos a tener que convencer a nadie de proteger lo que tenemos”, dice convencido.

 

Esta apuesta educativa recibió apoyo del programa Voces para la Acción Climática Justa (VAC), que financia iniciativas que buscan que la juventud se involucre y que la conservación deje de ser un tema lejano.

 

El camino de Saúl y Lidia no es sencillo. Requiere convicción, paciencia y un corazón enorme. “Conservar es hacer que la gente interprete lo que les rodea y lo ame”, dice Saúl. 

 

Un tesoro vivo

 

El Pantanal Paraguayo es el humedal más grande del mundo. Ocupa 170.500,92 hectáreas en la cuenca alta del río Paraguay, departamento de Alto Paraguay. Este ecosistema alberga 2.000 tipos de plantas, 582 especies de aves, 132 mamíferos, 113 reptiles y 41 anfibios, y es vital para la regulación del clima y del ciclo del agua.

 

 

Pero su belleza también enfrenta amenazas cada vez mayores: los incendios forestales, la deforestación, la expansión ganadera y la crisis climática ponen en riesgo el equilibrio de uno de los mayores tesoros naturales de Paraguay y el mundo.

 

 

Edición: Mónica Bareiro / @monibareiro

Fotografías: Leo De Blas / @leodeblas

 

 

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