Cuando la palabra se hace territorio: crónica de un encuentro feminista

admin_re

*Por Clemen Bareiro Gaona

La tarde cae despacio sobre la mesa del conversatorio. Hay tazas, cuadernos con anotaciones apresuradas y esa electricidad suave que aparece cuando un grupo de mujeres empieza a pensar juntas. Alejandra Ciriza abre el diálogo casi como quien abre un territorio: con la certeza de que mucho de lo que hoy llamamos teoría descolonial ya había sido dicho, pensado y peleado en América Latina hace más de medio siglo.


“Tenemos una riqueza enorme –dice–, pero pareciera que si no vuelve desde el Norte, no cuenta”.

 

La frase queda suspendida. Todas la sienten verdadera.

Hablan entonces de Bambirra, de Galeano, de Francine Descarries, de la teoría de la dependencia; nombres que alguna vez circularon como fuego y que hoy parecen escondidos bajo el polvo de modas académicas. Lo que piden no es nostalgia: es memoria política.

 

El diálogo viaja hacia Paraguay. Recordamos a Ramona Ferreira, periodista feminista borrada de la historia, y en esa evocación todo el grupo coincide en una intuición: recuperar nombres es recuperar la posibilidad de escribirnos de nuevo.

 

Alejandra, contundente, afirma que ninguna de nuestras luchas puede pensarse sin mirar la región. “La suerte de Brasil, de Paraguay, de Argentina… están unidas”, dice. Y la mesa asiente. Se sienten parte de una geografía compartida, marcada por genocidios y evangelizaciones, pero también por una terquedad luminosa: la de seguir organizándose.

 

Cuando interviene Lea Durante, su voz llega primero en italiano y luego en la traducción de Alejandra. Habla de las jóvenes que rechazan el feminismo como palabra, como si fuera un resto viejo, una jerga. Propone entonces algo simple y revolucionario: la conciencia feminista nace en la lucha, no en la definición perfecta.

 

La conversación avanza hacia los feminismos populares. Hablamos de lo que vemos  en los barrios: mujeres que arman redes de cuidado, que inventan trabajo, que sostienen vidas quebradas. Mujeres que quizá nunca se llamarían feministas, pero que practican el feminismo más radical: el de la supervivencia colectiva.

 

Alejandra responde con calma: no hay que imponer nombres. Las identidades se conquistan, no se decretan. Y la hegemonía desde abajo se construye escuchando, no etiquetando.

 

El clima se vuelve más político cuando aparece el tema de las derechas. Se habla de censuras, de ministerios que prohíben la palabra “género”, de iglesias ocupando escuelas. La sensación es conocida: la ofensiva conservadora avanza con velocidad.

 

Mabel Thwaites Rey propone algo que cambia el tono de la sala: interpelar también a los varones. No desde el castigo permanente, sino desde la reciprocidad. “No queremos vivir como amazonas”, dice entre risas. Queremos transformar juntos las formas de vincularnos. Queremos que los hombres pierdan privilegios, sí, pero ganen humanidad.

 

Lea vuelve a intervenir. Habla del planeta, del Amazonas incendiado, de Bolsonaro como síntesis de un odio que no distingue entre mujeres, indígenas, negros o naturaleza. Su idea es clara: el feminismo también es una defensa de la tierra. Y las mujeres indígenas lo saben mejor que nadie.

 

La conversación empieza a cerrarse, pero nadie quiere terminar. Hay una intuición común: el futuro se juega en recuperar la comunidad. Las relaciones que cuidan, los vínculos que sostienen, los territorios que resisten. Alejandra lo dice con una frase que cae como una semilla:

 

“Somos seres gregarios. No sobrevivimos solas”.

 

Queda un silencio largo, un silencio fértil. Algo se ha movido. Algo que no es teoría ni consigna, sino una forma de volver a pensarnos juntas en Nuestra América. Un hilo que conecta cuerpos, lenguajes y territorios. Un hilo que, como tantas veces, las mujeres empiezan a tejer.

*Entrevista realizada en el año 2017 a Alejandra Ciriza, Mabel Thwaites Rey y Lea Durante.


Ir a la fuente original

Crónica feminista sobre cómo las candidaturas a La Moneda (no) hablaron candidatos a La Moneda (no) hablaron de la mitad del país

admin_re

Por Emancipa Chile

Tres horas de debate presidencial. Ciento ochenta minutos para que, quienes aspiran a gobernar Chile, nos dijeran qué piensan hacer por las mujeres. Spoiler: la mayoría desperdició la oportunidad. Y no es que les faltara tiempo, porque sobró para hablar de otros temas y para tirarse palos entre ellos, cosa que a nadie le importa. Lo que faltó fue voluntad, conocimiento y seamos honestas, un mínimo de vergüenza.

Porque resulta que, en 2025, en un país donde las mujeres somos más del 50% de la población, tres candidatos —Kast, Artés y Mayne-Nicholls— simplemente no mencionaron a las mujeres. Ni una vez. Como si no existiéramos. Como si nuestras problemáticas fueran un detalle menor, un tema de nicho, algo que no amerita ni treinta segundos de sus propuestas presidenciales.

La organización del debate tampoco ayudó. Fue sólo, gracias a la periodista Soledad Onetto, que se hicieron algunas preguntas directas sobre el tema. Sin ella, probablemente hubiéramos tenido tres horas de debate sin que nadie dijera “mujer” salvo para mencionar a sus madres.

Los que lo intentaron

Marco Enríquez-Ominami: el único que habló de violencia de género

MEO se llevó una estrellita, y no porque la competencia fuera feroz. Propuso una reforma previsional con bono para cuidadoras y mujeres jefas de hogar, reconociendo las lagunas previsionales que enfrentamos, por dedicar años al cuidado no remunerado de niños y niñas, personas mayores o con discapacidad. Fue, además, el único candidato que mencionó la violencia de género y reconoció que no se ha avanzado en erradicarla.

¿Es revolucionario? No. ¿Es el mínimo básico que deberíamos esperar? Sí. Pero en este debate, hasta el mínimo básico fue escaso.

Jeannette Jara: la que sí sabe de qué habla

Jara también se ganó una estrellita pero no habló de las propuestas que tiene en su programa. Sus dos intervenciones, fueron en respuesta a MEO y Kaiser. Ella, demostraró un conocimiento profundo de las problemáticas de las mujeres, y ese tipo de conocimiento no se inventa en una campaña, sino que se construye trabajando sobre el tema y, por supuesto, siendo mujer.

Jeannette felicitó a Ominami por su propuesta del bono para lagunas previsionales y luego soltó la bomba; y recordó que en la reforma previsional aprobada en enero de 2025, ese bono ya estaba contemplado y hoy sería Ley ¿Qué pasó? Los parlamentarios de Kast, Kaiser y Matthei votaron en contra. Es decir, Jara ya buscó soluciones para este problema, pero la derecha las bloqueó en el Congreso. Pensamos que es un poco conveniente que ahora, algunas candituras, descubran la preocupación por las cuidadoras ¿no?

Su respuesta a Kaiser también fue impecable. Explicó, cómo su propuesta de condicionar la PGU, afectaría a 700.000 mujeres que reciben pensión básica solidaria, muchas de ellas cuidadoras que nunca tuvieron trabajo remunerado formal. Jara, entiende algo fundamental, las mujeres no somos sólo madres, y en las políticas públicas no pueden tratarnos como si lo único que nos define es nuestra capacidad reproductiva.

El trío que preocupa por lo que hablan: Parisi, Kaiser y Matthei

Aquí, es donde la cosa se pone fea. Estos tres mencionaron a las mujeres, sí, pero lo que dijeron es tan problemático, que casi preferimos que hubieran guardado silencio.

Johannes Kaiser y su “PGU Mamá”: cuando la maternidad se vuelve requisito

Kaiser propone una “PGU Mamá”. La propuesta trata de un  aumento en laPGU para las mujeres con un hijo que recibirían un 50% adicional del valor de la PGU, mujeres con dos hijos un 75%, con tres o más un 100%. Suena generoso, hasta que te das cuenta de lo que está diciendo, tu valor como mujer se mide en hijos e hijas. ¿No tienes hijos e hijas? Entonces no mereces el aumento ¿Eres cuidadora de tu madre con Alzheimer pero no pariste? Mala suerte.

Esta propuesta, es la definición perfecta de políticas que refuerzan roles de género y convierten los derechos en caridad condicionada. Además, Kaiser planteó que las nuevas generaciones deberían aportar anualmente 4 UF a una cuenta de ahorro voluntario para acceder al beneficio completo. Traducción: condicionalidad que dejará fuera a quienes no puedan ahorrar. Spoiler: hay muchas mujeres que están en el trabajo informal o de cuidado no remunerado ¿Cómo podrían ahorrar?

Jara le respondió directamente y se ganó otra estrellita. Ella demostró conocimiento sobre la materia, otra vez, al decir: esto es un “retroceso completo en derechos sociales” que perjudicaría a 700.000 mujeres que no cotizaron formalmente. Y tiene razón.

Franco Parisi: el maestro de las soluciones que no solucionan nada

Cuando le preguntaron por su ausencia de propuestas sobre violencia económica y deudores de pensión alimenticia (Ley Papito Corazón), Parisi respondió que sí tiene propuestas. Prepárense.

Propuesta 1: Las dos millones de mujeres morosas, podrán hacer un retiro previsional “no inflacionario”, esa es su propuesta. Esto es notable por varias razones: primero, asume que las mujeres somos morosas por irresponsables, no por violencia económica o porque el 60% de los padres no paga pensión alimenticia o por brecha salarial, o por ser precarizadas en el ámbito laboral, etc. Segundo, propone que las mujeres saquemos plata de nuestras ya! magras pensiones futuras, para resolver un problema creado por hombres que no cumplen sus obligaciones. Y tercero, supone que todas las mujeres tienen una basta suma en su cuenta previsional, es más, hay mujeres que ni siquiera han tenido la opción de cotizar por no poder optar a un trabajo remunerado o formal. Brillante lo de Parisi.

Propuesta 2: Una sola cuenta corriente familiar para que “las mujeres tengan acceso a los recursos”. Aquí, Parisi demuestra un desconocimiento jurídico e histórico asombroso ¿Saben por qué el derecho chileno creó el patrimonio reservado de la mujer casada? Precisamente, porque cuando los maridos tenían acceso total a los ahorros de sus esposas, frecuentemente los retiraban o destinaban a otros fines, frustrando años de esfuerzo de las mujeres. Sin palabras.

La cosa es clara. La independencia económica, es condición esencial para la libertad personal. Obligar a unificar cuentas, no es una medida contra la violencia económica, es una invitación a perpetuarla. Además, esta propuesta tiene un alcance ridículamente bajo, ya que, la mayoría de la población chilena no accede a cuentas corrientes. Es como proponer un Ferrari para combatir la crisis del transporte público. Sin Palabras.

Propuesta 3: Acuerdos prenupciales para asegurar división de bienes en caso de divorcio. Esto ya existe en el derecho chileno, se llama régimen de participación en los gananciales o separación de bienes y las parejas pueden elegirlo libremente. Parisi presentó como novedad algo que ya es ley hace décadas. Imperdonable.

Bonus Parisi: “Sonrisa de Mujer”

Cuando le preguntaron por salud, Parisi propuso revivir el programa “Sonrisa de Mujer” del goboerno del presidente Ricardo Lagos. Este programa, importante, innovador y necesario para su época, fue más bien una intervención estética focalizada. Hoy, las mujeres no pueden ser tratadas como sujetas pasivas que necesitan que el Estado “les arregle la sonrisa”.

Lo que si se necesita y Parisi no mencionó, es que el verdadero problema epidemiológico de salud bucal en Chile, son las enfermedades periodontales que afectan a la mayoría de la población adulta, la pérdida de dientes en personas mayores (que afecta su nutrición y calidad de vida), y la conexión entre infecciones orales no tratadas y descompensación de diabetes o riesgo cardiovascular.

Parisi no habló de prevención, determinantes sociales de la salud, accesibilidad territorial, ni integración con enfermedades crónicas. Solo habló de “producción de prestaciones”. Su propuesta, confunde cantidad con calidad sanitaria y reproduce desigualdades de género. La salud dental no es caridad del Estado, es un derecho.

Evelyn Matthei: la eficiencia de las salmoneras

Matthei, solo mencionó a las mujeres una vez, y dijo “gracias a las salmoneras en el sur, muchas mujeres han podido salir adelante”.

Hablemos de esas salmoneras, entonces. Según el exhaustivo estudio del Instituto Nacional de Derechos Humanos (INDH) realizado con el Instituto Danés de Derechos Humanos, las aproximadamente 7.000 mujeres que trabajan directamente en la industria salmonera, enfrentan un patrón sistemático de vulneración de derechos.

En esta investigación se constatan los siguentes hechos: negación y compra del fuero maternal, test de embarazo antes de contratar, descuento de horas laborales por controles médicos de embarazo, discriminación salarial por género y control cronometrado del acceso a baños.

Las condiciones son degradantes, jornadas de 10-12 horas de pie, a temperaturas bajo cero, con alta humedad, turnos nocturnos que afectan gravemente la vida familiar, y en regiones extremas, turnos de 14 días seguidos en instalaciones en el mar. Entre 2013 y 2023, la Dirección del Trabajo cursó 1.367 multas a la industria salmonera por infracciones laborales, pero las sanciones administrativas no han cambiado las prácticas sistemáticas.

Entonces, cuando Matthei dice que las salmoneras ayudaron a las mujeres a “salir adelante” ¿se refiere a salir adelante hacia la precarización, la violencia laboral y la vulneración sistemática de derechos? Porque eso es lo que documentan las fuentes oficiales.

Los ausentes: Kast, Mayne-Nicholls y Artés

Estos tres candidatos no dijeron absolutamente nada sobre mujeres. Cero. Nada. Silencio total. Como si gobernar un país, donde más del 50% de la población son mujeres, no requiriera ninguna reflexión, ninguna propuesta, ningún plan.

No es descuido. Es desinterés. Y ese desinterés es una declaración de principios. Corta.

Conclusión: el debate que nos debían

El debate presidencial, dejó en evidencia algo que ya sabíamos pero que duele ver confirmado una y otra vez, y es que para la mayoría de los candidatos, las mujeres no somos una prioridad. No merecemos tiempo en sus programas, reflexión en sus propuestas, y sobre todo, que no nos vean como sujetas de derecho.

Los únicos que obtienen una evaluación positiva son; Soledad Onetto (por insistir en hacer las preguntas sobre mujeres), Marco Enríquez-Ominami (por hablar de violencia de género y proponer medidas concretas), y Jeannette Jara (por demostrar conocimiento profundo y haber intentado implementar soluciones reales que la derecha bloqueó).

Kaiser, Parisi y Matthei estuvieron muy mal, pero al menos mencionaron a las mujeres, aunque lo que dijeron fue problemático, paternalista o directamente falso.

Kast, Mayne-Nicholls y Artés ni siquiera se dignaron a mencionar que existimos.

La organización del debate, tampoco se salva: no le dieron preponderancia a un tema que afecta a más del 50% de la población. Y eso, lamentablemente, se ha repetido en todos los debates de esta campaña y las anteriores. No es novedad pero no dejaremos de decirlo.

Desde el feminismo, nuestra respuesta es clara: no votaremos por candidatos que no nos ven, que no nos escuchan y no nos consideran. No negociaremos nuestros derechos por promesas vagas, ni aceptaremos políticas que nos traten como beneficiarias pasivas de caridad estatal en lugar de sujetas de derecho.

Exigimos políticas públicas que reconozcan el trabajo de cuidado no remunerado, que garanticen autonomía económica real, que erradiquen la violencia de género en todas sus formas y que entiendan que la igualdad y equidad de género no es un tema sectorial, sino transversal a toda la gestión del Estado. Y no por capricho, sino que que la Ley lo exige así.

Porque gobernar sin pensar en las mujeres, no es gobernar un país completo. Es gobernar a medias. Y Chile no se merece un gobierno a medias.

*Imagen: Diario USACH

Ir a la fuente original

El mártir como mandato de la masculinidad

admin_re

Por: Paula Forero

 

El patriarcado no solo oprime cuerpos: también los fabrica para el sacrificio. Cuerpos de hombres que deben estar disponibles para morir por una causa mayor. Esa relación entre masculinidad y el “mártir” no es solo una figura narrativa: es una columna vertebral del poder político.

 

Tras el asesinato de Miguel Uribe Turbay, su padre declaró: “Hijo, tu sacrificio no será en vano”. El dolor se convirtió en instrumento político, evidenciando lo normalizado que tenemos como país que la muerte pueda aprovecharse para impulsar una causa. Estas declaraciones no son una anomalía en la política colombiana. Daniel Quintero, Gustavo Petro y tantos otros a lo largo de la historia han prometido que “morirían por el país”, apelando incluso a la bandera roja, blanca y negra que ahora acompaña al Presidente en varias ocasiones, con el lema atribuido a Bolívar: “Libertad o muerte”. Para la política masculina, un líder se prueba en la disposición a entregar su vida.

 

Entre las miles de cosas machistas que tienen en común la izquierda, la derecha y el centro —y, en general, la política masculina— está su obsesión con el sacrificio. No basta con vivir por la causa. La prueba máxima es morir por ella. La masculinidad hegemónica se sostiene sobre varios pilares, incluidos la valentía, la glorificación del dolor y el rechazo total del miedo y la vulnerabilidad. Morir “por algo más grande” se ofrece como evidencia final de hombría: un “verdadero hombre” preferiría caer muerto antes que admitir que siente y que teme. Esta es solo otra forma de huir de la vulnerabilidad, porque el sufrimiento se lee como coraje.

 

El mártir encarna ese ideal: es quien lleva el sacrificio al extremo, incluso a la muerte, mostrando que el compromiso y la hombría están por encima de la propia supervivencia. Deja de ser persona y se convierte en símbolo, en propaganda. Una historia útil, una bandera que otros pueden agitar. Su cuerpo se vuelve herramienta narrativa del poder. Pero esa lógica tiene costos profundos: la vida que se le exige entregar, la angustia que debe esconder, el dolor que debe callar.

 

La glorificación del sacrificio no es una acción inofensiva: corroe el proyecto colectivo; implica que el vivir y la lucha cotidiana se devalúen frente al morir heroico. Así, la entrega diaria —marchar, organizarse, defender derechos, cuidar lo común— queda relegada a un papel secundario. Se instala la idea de que la verdadera transformación sólo se consigue con sangre, como si la vida no alcanzara para cambiar nuestra realidad.

 

El bienestar deja de asumirse como un derecho y empieza a presentarse como un premio que otros reclaman en nombre del mártir. Cuando la muerte se convierte en símbolo de honor, proteger la vida deja de ser prioridad. Y si morir por la patria es glorioso, los asesinatos políticos dejan de verse como un fracaso del Estado y pasan a justificarse como “sacrificios inevitables”. En un país como Colombia —atravesado por la guerra, la violencia partidista, el asesinato de líderes sociales y la idea de que algunos cuerpos deben morir para que la historia avance— estas no son frases retóricas: terminan funcionando como un manual de lo que supuestamente debe ser un “buen líder”.

 

Así, una elección se convierte en un concurso a ver quién promete la muerte más épica, quién está dispuesto a convertirse en mártir para demostrar que merece gobernar. En cada elección escuchamos la promesa de entrega total, de muerte si es necesario. Pero lo que deberíamos exigir es otro tipo de promesa: la de la vida, la de sostener en cuidado. Lo verdaderamente transformador es que nadie tenga que morir para que el resto pueda seguir.

 

Es necesario aclararlo: este análisis no afirma que los asesinatos y atentados políticos en Colombia ocurran por el mandato de la masculinidad o la glorificación del mártir. La violencia política es absolutamente reprochable y jamás sería responsabilidad de quienes la sufren. Lo que quiero señalar es una narrativa que se ha normalizado en nuestra política: la idea de que la muerte por una causa es el punto más alto del compromiso. Entiendo que en este país ningún derecho ha sido regalado, que muchas conquistas se han logrado en las calles y que, lamentablemente, han tenido víctimas mortales. Pero creo que es momento de detenernos y cuestionar esos mensajes que todos los sectores repiten. Desromantizar la violencia que marcó especialmente los años 70, 80 y 90. Hacer un llamado urgente a cuidar la vida. Porque ninguna causa, ningún partido y ningún líder político está por encima de ella.

 

Es importante recordar que quienes más han sostenido la vida en medio de tantas muertes y asesinatos han sido las mujeres. Han entendido desde siempre el valor de la vida y del cuidado, porque reconocen los costos reales que deja cada mártir: el vacío, el duelo, la comunidad que se fractura, acompañar a quienes se quedan. Por eso han centrado su lucha en resguardar la existencia y su dignidad, conscientes de que ningún proyecto político puede sostenerse si exige cuerpos sacrificados como punto de partida.

 

Por eso, propongo una pregunta: ¿queremos líderes dispuestos a desaparecer para probar que son hombres? ¿Queremos líderes que honren la vida o que la entreguen para ser reconocidos? La masculinidad que se define por matar y morir ya nos ha costado demasiado.

 


Ir a la fuente original

Histórico. Las mujeres disputan el futuro de Asunción

admin_re

Por primera vez en la historia reciente, dos mujeres encabezan la disputa por la intendencia de la capital. En medio de tensiones, presiones y urgencias, su sola presencia en la contienda ya marca un hecho político que inspira y redefine la democracia.

 

*Por Noelia Díaz Esquivel

 

Esta semana, mientras veía en redes las fotos de cinco precandidatos colorados (todos hombres, blancos y con poder), me llamó la atención algo mucho más inspirador. En mi feed, entre esos rostros repetidos, empezaban a multiplicarse las noticias sobre dos mujeres que también quieren gobernar Asunción: Johanna Ortega y Soledad Núñez. Dos mujeres que no están en los márgenes del poder, sino disputándolo. Y eso, en un país donde la política sigue siendo un club de varones, ya es noticia.

 

Johanna Ortega, precandidata a la intendencia de Asunción, por el partido País Solidario.

 

Me dio orgullo. No porque haya una contienda, que la hay, sino porque ambas encarnan una posibilidad histórica: la de ver mujeres preparadas, con voz y con convicción disputando la conducción de una ciudad devastada por la corrupción y la desidia. Verlas ahí, protagonizando titulares, me recordó que la política también puede ser un espacio de inspiración para más mujeres, incluso cuando hay tensiones.

 

No es habitual.. Las mujeres casi siempre somos llamadas a “ceder por el bien común”, y ese “bien común” suele tener nombre de hombre. Pero esta vez no. Esta vez dos mujeres están dispuestas a pelear por lo que creen, a convencer, a construir ilusión, a decirle a la ciudadanía que quieren recuperar Asunción. Y lo hacen desde sus propias miradas, ideologías y equipos. En ese ejercicio hay algo profundamente democrático.

 

Soledad Núñez, precandidata a la intendencia de Asunción, por el movimiento político Alternativa Asunción.

 

Porque la democracia no se agota en los discursos sobre unidad o en los pactos entre cúpulas. La democracia se ejerce. Se camina, se discute, se vota. Y en este caso, se debería elegir entre dos mujeres que tienen el mismo derecho a recorrer la ciudad, a buscar apoyo, a hablar con la gente y construir un proyecto de futuro.

 

Desde una mirada feminista, la democracia también se mide por cuántas mujeres pueden estar en la línea de largada, no por cuántas se bajan “por el bien de la causa”. Una democracia feminista propone justamente eso: participación real, igualdad de condiciones, reconocimiento y acceso al poder sin tutelajes ni presiones. No basta con decir que hay paridad si a la hora de definir, las decisiones vuelven a tomarse entre unos pocos.

 

Por eso, me resulta preocupante el apuro que se percibe desde algunos sectores por instalar una candidatura única sin pasar por el proceso más básico de cualquier sistema democrático: la elección. Elegir no divide; elegir fortalece. La competencia sana, transparente,en igualdad de condiciones y el voto de la gente, es lo que legitima finalmente,  a quien  resulte electa.

 

En este momento histórico, ojalá la oposición esté a la altura del desafío. Que acompañe el proceso sin atajos ni presiones. Que respete los tiempos, el calendario electoral y, sobre todo, la inteligencia de la ciudadanía.

Porque la democracia se defiende practicándola. Y qué maravilloso que hoy, en ese ejercicio, las protagonistas sean dos mujeres disputando espacios de poder en Asunción.


Ir a la fuente original

UCINY: círculo de tierra, agua y cielo

admin_re

En el Pantanal paraguayo, la Nación Yshir lucha por mantener viva su conexión ancestral con la naturaleza y su cultura. La Unión de Comunidades Indígenas de la Nación Yshir (UCINY) es la voz que los representa y el motor de nuevos desafíos, como la construcción de una sede propia que es símbolo de resistencia, unión y esperanza.

 

*Por Noelia Díaz Esquivel

 

El cielo, el agua y la tierra no son solo elementos naturales para los Yshir: son memoria, alimento y espíritu. “Yshir Ybytoso” significa “hijos de la tierra y pertenecientes a ella”. El murmullo de los ríos, el sonido del silencio de las constelaciones, el canto de las aves y el rugir de los animales del monte del Pantanal paraguayo les recuerda que el mundo visible y el invisible están tejidos en un mismo entramado. En esa sinfonía de vida, encuentran su fuerza y la razón de su lucha.

 

Cuando uno escucha los cantos de los ancianos siente cómo la palabra viaja con energía en el aire”, dice Críspulo Martínez, presidente de la Unión de Comunidades Indígenas de la Nación Yshir (UCINY), en Puerto Diana, comunidad ubicada a más de 830 km de Asunción, capital de Paraguay.

 

Críspulo Martínez, presidente de UCINY. Fotografía: Leo De Blas.

 

La nación que resiste

 

Antes de la Guerra del Chaco, la Nación Yshir ocupaba más de 3.400.000 hectáreas en el Pantanal paraguayo. Hoy acceden a apenas unas 43.000 hectáreas. La pérdida territorial —cercana al 97%— se traduce en una amenaza múltiple: ambiental, cultural, económica, política y social.

 

Pese a todo, la Nación Yshir mantiene una población de 3.500 personas repartidas en siete comunidades. Está conformada por seis comunidades en el Alto Paraguay: Puerto Diana, Puerto Esperanza, Puerto Pollo, Puerto Caballo, Virgen Santísima y Karcha Bahlut (Puerto 14 de Mayo).  Además de una séptima en la ciudad de Luque, en el área metropolitana. A estas se suman asentamientos más pequeños como Abundancia y Buena Vista, vinculados a las comunidades principales.

 

Puerto Caballo, una de las 7 comunidades de la Nación Yshir, Alto Paraguay. Fotografía: Leo De Blas

 

La UCINY fue creada como una respuesta organizada a un despojo histórico. “La lucha por el territorio y por el cielo que nos cubre solo se sostiene con organización”, resume Walter Escobar, líder de Puerto Diana.



Desde su fundación, la organización se dedica a gestionar los reclamos legales y sociales, a denunciar ante autoridades, a exigir la restitución de tierras y a fortalecer la voz de los yshiro frente a amenazas externas. También se convirtió en un espacio de encuentro comunitario.

 

El primer local de la organización, ubicado en el centro urbano de Puerto Diana, era pequeño y fue construido con ladrillos y tejas, por lo que no representaba la cosmovisión del pueblo. Cuando surgió la posibilidad de construir una nueva sede, pidieron que se tratara de una casa que sea a la vez política, cultural y espiritual, construida con materiales de la tierra y con la sabiduría de los ancianos.

 

Un  centro que represente a todxs

 

El nuevo local se está construyendo nuevamente en Puerto Diana, pero en un terreno cedido a la organización y ubicado a un par de kilómetros del centro urbano. A diferencia del antiguo local, no hay peligro de inundaciones ni de sedimentación del terreno. Los materiales para la construcción provienen de la naturaleza: 500 karanda’y, postes de quebracho, techo de palmas. La estructura es circular y en el centro, un gran poste sostiene las vigas que representan a los siete pueblos de la Nación. Cada comunidad tiene su lugar.

 

Sendero que conduce al terreno cedido a la organización y ubicado a un par de kilómetros del centro urbano de Puerto Diana, Bahía Negra – Chaco. Fotografía: Leo De Blas.

 

Antes teníamos una sede de ladrillo, muy pequeña, que no representaba lo que somos. Ahora queremos una casa que hable de nosotros”, explica Críspulo Martínez.

 

La arquitecta Luz Ferreira, yshir de Puerto Esperanza, fue la encargada de diseñar el plano. “La forma circular está inspirada en las casas antiguas. Es un espacio abierto, con ventanas grandes para aprovechar la luz y la ventilación natural. Se pensó también en captar agua de lluvia y en elevar la construcción para resistir inundaciones”, cuenta. Para ella “diseñar algo que se va a construir en mi comunidad, para mi gente, fue muy especial”, señala.

 

Luz Ferreira, arquitecta yshir, oriunda de Puerto Esperanza, fue la encargada de diseñar el plano del proyecto. Fotografía: gentileza.

 

La nueva sede tendrá un salón, dormitorios y un espacio para rituales, como el de iniciación de adolescentes. Será el corazón donde se reúnan las comunidades para decidir, celebrar y proyectar.

 

Plano del proyecto de construcción del centro UCINY. Fotografía: Leo De Blas.

 

Aliados para el desarrollo

 

La construcción es impulsada con el acompañamiento de Pro Comunidades Indígenas (PCI), que en paralelo trabaja en la identificación de medios de vida en las comunidades Yshir.



El nuevo espacio de la UCINY servirá también como centro de capacitación: contabilidad básica, marketing, bancarización. Todo con el objetivo de desarrollar una economía comunitaria que mejore la calidad de vida sin dañar la naturaleza y resguardando la cultura.

 

Durante años, un kilo de sal se cambiaba por una artesanía que podía costar diez veces más. Hoy, gracias a la organización, esas piezas encuentran mercados justos y las mujeres pueden decidir qué hacer con sus ingresos”, cuenta Cintya Martínez, técnica de PCI.

 

El proyecto cuenta con el aporte del proyecto Voces para la Acción Climática Justa (VAC), que permite replicar metodologías de organización ya probadas en otras regiones y fortalecer capacidades.

 

Un círculo que se abre al futuro

 

En el monte, donde se levanta el centro, cada poste y cada palma tienen un significado. Es un edificio que nace de la tierra y que mira al cielo. Representa la unión de comunidades que no se resignan a desaparecer, sino que se fortalecen en la memoria y en la acción.

 

El centro está en plena construcción. Fotografía: gentileza.

 

La Nación Yshir, hijos y guardianes de la tierra, sigue latiendo. Su nueva casa será símbolo de resistencia y de esperanza. Porque defender la tierra es defender la vida.

 

 

 

*𝘌𝘴𝘵𝘦 𝘮𝘢𝘵𝘦𝘳𝘪𝘢𝘭 𝘧𝘶𝘦 𝘱𝘳𝘰𝘥𝘶𝘤𝘪𝘥𝘰 𝘦𝘯 𝘦𝘭 𝘮𝘢𝘳𝘤𝘰 𝘥𝘦𝘭 𝘱𝘳𝘰𝘨𝘳𝘢𝘮𝘢 𝘝𝘰𝘤𝘦𝘴 𝘱𝘢𝘳𝘢 𝘭𝘢 𝘈𝘤𝘤𝘪ó𝘯 𝘊𝘭𝘪𝘮á𝘵𝘪𝘤𝘢 𝘑𝘶𝘴𝘵𝘢 (𝘝𝘈𝘊), 𝘪𝘮𝘱𝘭𝘦𝘮𝘦𝘯𝘵𝘢𝘥𝘰 𝘦𝘯 𝘗𝘢𝘳𝘢𝘨𝘶𝘢𝘺 𝘱𝘰𝘳 𝘞𝘞𝘍-𝘗𝘢𝘳𝘢𝘨𝘶𝘢𝘺 𝘺 𝘍𝘶𝘯𝘥𝘢𝘤𝘪ó𝘯 𝘈𝘷𝘪𝘯𝘢.


Ir a la fuente original