13 de mayo: la apuesta por instalar el Día de la Educación Sexual Integral en Chile

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Por Amapola Varas Briones

 

En octubre de 2025 se realizó el Primer Congreso de Educación Sexual Integral (ESI) de Chile, organizado por la Fundación Chile Necesita ESI en la Facultad de Educación de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Durante tres días de congreso, participaron más de 450 personas en espacios de reflexión y diálogo sobre la urgencia de avanzar hacia una política de Educación Sexual Integral para el país.

Lo que comenzó como un hito académico y de articulación social, rápidamente se transformó en una nueva apuesta política y cultural: impulsar el 13 de mayo como el Día Nacional de la Educación Sexual Integral.

La iniciativa surge en un contexto marcado por la discusión legislativa sobre el proyecto que busca incorporar contenidos obligatorios de prevención y autocuidado en los programas de educación sexual, impulsado por la diputada Emilia Schneider junto a otras parlamentarias y parlamentarios. Pero también nace desde una convicción más profunda: que Chile aún mantiene una deuda estructural con la educación sexual.

La convocatoria ha reunido a distintas organizaciones de la sociedad civil, entre ellas Chile Necesita ESI, Fundación Bienestar Mayor, Red Docente Feminista, Amnistía Internacional, Corporación MILES y APROFA.

Una deuda educativa pendiente

Para Martín de la Sotta, Director Ejecutivo de Chile Necesita ESI, el impulso de esta conmemoración responde a un diagnóstico compartido entre múltiples organizaciones:

“Ha sido difícil tanto para el movimiento social como para las políticas públicas abordar la sexualidad desde el ámbito educativo. Hemos tenido avances en salud, pero es el sistema educativo el que sigue en deuda”.

La propuesta de Educación Sexual Integral (ESI) busca superar una mirada reducida o exclusivamente biomédica de la sexualidad. Habla de prevención del abuso sexual infantil, pero también de autonomía, afectividad, ciudadanía, vínculos, prevención de violencias, salud sexual y reproductiva, diversidad y bienestar a lo largo de toda la vida.

“La ESI agrupa demandas muy diversas entre sí y justamente por eso ha costado construir una narrativa común”, explica Martín. “Necesitamos un espacio que permita encontrarnos, reflexionar y también incidir políticamente”.

¿Por qué un nuevo día?

Una de las preguntas que ha surgido es por qué impulsar una nueva efeméride, considerando que el 21 de junio ya se conmemora el Día de la Educación No Sexista.

Desde Chile Necesita ESI sostienen que, aunque ambas luchas están profundamente conectadas, no son equivalentes.

“La educación no sexista es parte del corazón de una propuesta de ESI. (…) Pero la Educación Sexual Integral aborda de manera más amplia los procesos de enseñanza y aprendizaje sobre sexualidad, afectividad y desarrollo humano”.

La discusión incluye desde el conocimiento del propio cuerpo hasta el acompañamiento emocional, el consentimiento, la ciudadanía digital, la prevención de abuso sexual infantil y diversos tipos de violencias, como también el impacto de las redes sociales en las relaciones afectivas y sexuales.

“Muchas veces, por concentrarnos en las desigualdades de género, olvidamos que también necesitamos fortalecer aprendizajes concretos sobre sexualidad y afectividad dentro de las escuelas”, agrega.

Recuperar la memoria: el regreso de las JOCAS

Parte importante de esta campaña ha sido volver sobre una experiencia que permanece viva en la memoria educativa chilena: las JOCAS (Jornadas de Conversación sobre Afectividad y Sexualidad), implementadas durante los años noventa.

Durante abril, la organización realizó una gira por distintos territorios del país para reeditar simbólicamente estas jornadas y abrir nuevamente conversaciones sobre sexualidad en comunidades educativas.

“Nos dimos cuenta de que las JOCAS siguen siendo uno de los pocos recuerdos colectivos de educación sexual en Chile”, comenta. “Muchas personas recuerdan que ahí pudieron hacer preguntas que nunca antes habían podido formular”.

Las jornadas originales se desarrollaron en 1996 y 1997, suspendiendo actividades escolares para generar espacios de conversación donde el protagonismo estaba puesto en las inquietudes de adolescentes y jóvenes.

Sin embargo, la reedición no busca idealizar el pasado.

“También queremos revisarlas críticamente”, explica. “¿Es suficiente hablar de sexualidad tres días al año? ¿O deberíamos pensar en una transversalización real dentro del currículum y de las comunidades educativas?”.

Para la organización, revisitar las JOCAS no es un ejercicio de nostalgia, sino una forma de recordar que Chile ya fue capaz de abrir estas discusiones públicamente.

“Si hace treinta años el país pudo conversar sobre cómo educar en sexualidad, también puede volver a hacerlo”.

Entre el Día del Estudiante y el Día de las Familias

La elección del 13 de mayo tampoco es casual.

La fecha se ubica entre dos efemérides significativas: el Día del Estudiante, el 11 de mayo, y el Día Internacional de las Familias, el 15 de mayo.

“Por mucho tiempo nos dijeron que la sexualidad iba a ser un punto de conflicto entre las familias y las escuelas”, plantea Martín. “Nosotros creemos exactamente lo contrario”.

En un contexto donde los discursos conservadores han utilizado la sexualidad como un eje de polarización política y cultural, la campaña busca reinstalar la conversación desde el encuentro y no desde el miedo.

“Si hay un tema donde las familias y las escuelas necesitan trabajar juntas, es precisamente la educación sexual”, concluye.

La apuesta del 13 de mayo es, finalmente, abrir nuevamente una conversación que Chile mantiene pendiente: cómo construir una educación sexual integral, democrática y capaz de acompañar las vidas reales de niños, niñas, adolescentes y comunidades educativas enteras.

El llamado es a reunirse el día 13 de mayo a las 18:00 hrs en el Paseo Bulnes en Santiago para La clase de educación Sexual Integral más grande Chile.


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La motosierra de Kast: quién paga el banquete de los ricos

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Editorial Chile | Revista Emancipa

Mientras el Presidente José Antonio Kast bromeaba ante un selecto auditorio de empresarios en el foro Latam Focus del banco BTG Pactual —ironizando que “era más barato comer un sanguchito adentro que ir a un restaurante”— el Ministerio de Hacienda firmaba, en silencio, el Oficio Circular N°16, fechado el 21 de abril de 2026. Ese documento, dirigido a todos los ministerios, no tiene nada de gracioso: instruye el desmantelamiento sistemático de la oferta programática del Estado, comenzando por la educación pública.

La motosierra

El gobierno llegó con un diagnóstico simple y una receta conocida: el Estado gasta demasiado, los impuestos ahogan la inversión, y la solución es recortar. El Oficio Circular N°16 va al fondo: recomienda a los ministerios formular el presupuesto 2027 bajo un “marco de mediano plazo 2027-2031” con un techo de gasto que no podrá superar lo aprobado para 2026, ya descontados los dos recortes implementados este año. El lenguaje burocrático es aséptico, pero el contenido es brutal: al Ministerio de Educación, por ejemplo, el Ministeriode Hacienda le recomienda descontinuar 15 programas y aplicar recortes de al menos un 15% a otros 42. Entre los que se eliminan directamente está el Programa de Alimentación Escolar (PAE), con una ejecución de más de $1 billón de pesos en 2025. También se propone descontinuar el PACE, la Reinserción Escolar, el Sistema Nacional de Inducción y Mentoría docente, y el Programa Nacional de Lectura, entre otros. Esto no es austeridad. Es destrucción deliberada.

La reforma tributaria que no se llama reforma tributaria 

La pregunta que el gobierno no quiere responder es: ¿por qué recortar si al mismo tiempo se reduce la recaudación fiscal? La respuesta requeriría una honestidad que Kast no está dispuesto a practicar. La llamada “Ley Miscelánea” -puede que no sea relevante esto que vamos a decir, pero: es muy ordinario que tu proyecto de Ley estrella, sea una Ley  Miscelanea-, disfrazada de plan de emergencia post incendios, incluye como corazón político la rebaja del impuesto de primera categoría a las empresas del 27% al 23%, invariabilidad tributaria por 25 años para grandes inversiones, y una regularización de capitales offshore con tasa preferencial del 10%. En términos simples: un perdonazo histórico a los que más tienen, envuelto en el celofán de la reconstrucción. El gobierno insiste en no llamarle reforma tributaria, quizás porque tendría que explicar que los hijos de las familias trabajadoras dejarán de almorzar en el colegio para que las grandes corporaciones paguen cuatro puntos menos de impuestos. La economista Andrea Repetto, miembro de la propia Comisión Marfán convocada por el gobierno, advirtió que el plan es “altamente riesgoso para las finanzas públicas” y que el costo fiscal de la rebaja corporativa no tiene garantía de compensación via crecimiento. Es decir, Lo que dejan de pagar los ricos, lo pagamos quienes trabajamos día a día.

Vale la pena detenerse en algo que el discurso oficial se encarga de oscurecer: los impuestos los pagamos todas y todos. La trabajadora de supermercado, el repartidor, la dueña de casa, etc. Con esos impuestos, el Estado financia el almuerzo que reciben cada día cientos de miles de niñas y niños en sus escuelas. Cuando el gobierno elimina el PAE, las familias seguirán pagando los mismos tributos, pero ese dinero ya no volverá en forma de almuerzo para sus hijos e hijas. Lo que antes cubría el Estado, lo tendrá que cubrir el bolsillo de cada familia. Lo que dejan de pagar los que más tienen, lo terminan pagando —de otro modo y con otro esfuerzo— quienes tienen menos.

Lo que ningún informe técnico de Hacienda menciona, es que las familias más vulneradas no podrán reemplazar la calidad nutricional que entrega el Programa de Alimentación Escolar, en el caso que se disminuya o se discontunúe. El programa entrega comida balanceada, diseñada para niños y niñas en etapa de desarrollo. Una familia en situación de pobreza no puede costear eso con su salario. Las consecuencias de esto no son abstractas y se pueden materializar en mayor desnutrición, mayor obesidad, menor concentración en el aula, peores resultados educativos o más enfermedades crónicas en la adultez. El hambre de hoy es rezago para mañana. Y ese rezago, también, lo pagamos todas y todos, pero con mucho más interés.

Las mujeres que sostienen lo que el Estado abandona

Hay una dimensión que el debate económico suele invisibilizar: en Chile, la feminización de la pobreza es un hecho estructural. Las mujeres ganan menos, tienen empleos más precarios, y cargan de manera desproporcionada con el trabajo de cuidado. Cuando se elimina el almuerzo escolar, quien resuelve el hambre en la tarde es, en la enorme mayoría de los casos, una mujer. Con menos tiempo, menos recursos y más agotamiento.

La eliminación del PACE cierra puertas de movilidad social para niñas y jóvenes que tienen en la educación su principal herramienta de futuro. Y la supresión de  programas como el de reinserción escolar y convivencia no ocurre en un vacío: ocurre en comunidades donde la desprotección es caldo de cultivo de la violencia, esa misma violencia que afecta con mayor intensidad a las mujeres en el espacio público.

El sanguchito y el billón

El Presidente Kast bromeó. Los banqueros rieron. Ese mismo día, en las poblaciones de la Región Metropolitana, en los liceos de la Araucanía y las escuelas rurales del Biobío, nadie reía. El Oficio Circular N°16 llama a todo esto un “cambio de paradigma”. La Minuta de DIPRES afirma con toda su solemnidad técnica que “en el mediano plazo no hay costos fijos ni obligaciones ineludibles”. Es decir: nada es sagrado. Todo lo que el Estado construyó en décadas puede eliminarse. Ese billón que ejecutó el PAE en 2025 no desaparece porque el programa sea ineficiente: desaparece porque alguien tiene que pagar la rebaja de impuestos a las empresas. Y ese alguien, como siempre, son las familias que más necesitan al Estado. La motosierra de Kast no corta parejo. Corta abajo, donde viven las mujeres que trabajan, que cuidan, que educan. Donde crecen las niñas y los niños que dependen de que el Estado esté presente. No es sólo un ajuste. Es una elección política.


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Si el mundo fuera feminista, probablemente estas guerras no existirían

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*Por Clemen Bareiro Gaona

Pero no porque las mujeres sean naturalmente pacíficas ni porque bastaría con que ocupen más espacios de poder. El feminismo que muchas de nosotras defendemos no se agota en la participación política de las mujeres dentro del mismo orden que produce violencia, desigualdad y guerra.

La agenda de Mujeres, Paz y Seguridad, impulsada por la resolución 1325 de las Naciones Unidas, abrió una discusión fundamental: la guerra y la paz no pueden pensarse sin las mujeres. Durante décadas, las decisiones sobre conflictos armados, seguridad y reconstrucción se tomaron sin ellas, incluso cuando eran quienes sostenian la vida cotidiana en medio de la devastación.

Sin embargo, también sabemos que la inclusión por sí sola no transforma el mundo. Un mundo feminista no sería solamente un mundo con más mujeres en las mesas de negociación, en los ministerios de defensa o en las misiones de paz. Sería un mundo donde las preguntas mismas cambian: ¿qué entendemos por seguridad?, ¿qué vidas se consideran protegibles?, ¿qué economías se sostienen y cuáles se sacrifican?.

La agenda de Mujeres, Paz y Seguridad insiste en cuatro pilares – participación, protección, prevención y recuperación – , pero desde muchos feminismos se ha señalado que estos pilares solo cobran sentido cuando se miran desde la vida concreta de las comunidades. Cuando se reconoce que la paz no se construye únicamente en tratados o en instituciones, sino también en las redes que sostienen la vida cuando todo lo demás se rompe.

Ahí aparecen las prácticas que muchas mujeres han tejido históricamente: redes de cuidado, economías comunitarias, saberes que protegen la vida, formas de organización que no separan la política de la reproducción de la vida. Son prácticas que rara vez aparecen en los informes de seguridad y sin embargo, sostienen la posibilidad misma de la paz.

¿Qué vidas merecen ser lloradas? La pregunta de Judith Butler

Pensar que la guerra desde el feminismo implica también preguntarse quiénes son las víctimas que el mundo reconoce como tales. Judith Butler , en su libro Marcos de guerra. Las vidas lloradas (2010), desarrolla una pregunta que resulta central para cualquier reflexión sobre los conflictos armados contemporáneos: ¿qué hace que una vida sea considerada digna de duelo?

Para Butler, no todas las vidas son igualmente reconocidas como vidas. Hay cuerpos cuya pérdida es registrada, llorada y conmemorada públicamente; y hay cuerpos cuya muerte no produce duelo colectivo porque, en el marco cultural y político dominante, esas vidas nunca fueron del todo reconocidas como reales. Esta distinción no es accidental: es producto de marcos de inteligibilidad que organizan qué se percibe como humanamente valioso y qué queda fuera de ese reconocimiento.

En el contexto de las guerras, esta diferenciación tiene consecuencias concretas. Las víctimas civiles en conflictos, las mujeres desaparecidas en territorios en disputa, los cuerpos de quienes huyen de la violencia y mueren en fronteras invisibles: estas muertes rara vez generan el mismo duelo público que las muertes ocurridas en los centros del poder global. La vida precaria, señala Butler, no es una condición natural sino el resultado de decisiones políticas sobre quiénes merecen protección.

Esta reflexión conecta directamente con la agenda de Mujeres, Paz y Seguridad: si los marcos que definen qué vidas importan siguen siendo los mismos que produjeron la guerra, incluir más mujeres en las instituciones no alcanza. Se requiere una transformación más profunda: disputar los propios marcos de reconocimiento que deciden qué cuerpos son protegibles y cuáles son prescindibles.

El feminismo, en ese sentido, no se limita a reclamar que las mujeres sean incluidas en el duelo colectivo. Plantea algo más radical: que el duelo mismo sea redefinido, que ampliemos la comunidad de quienes son reconocidos como seres cuya pérdida importa. Una política feminista de la paz no puede prescindir de esta pregunta.

Por eso, cuando decimos que en un mundo feminista las guerras serían impensables, estamos diciendo algo más profundo: que el mundo se organizaría alrededor de la vida y no de la guerra. Que la seguridad no se definiría por la capacidad de destruir, sino por la capacidad de sostener.

En ese sentido, el feminismo no es una propuesta sectaria ni identitaria. Es una propuesta política, económica y social que nos incluye a todas, a todos y a todes. Una propuesta que parte de una verdad simple pero radical: la vida es interdependiente y comunitaria.

Tal vez por eso es importante recordar algo que el feminismo ha repetido durante décadas, una frase de Flora Tristan (1803 – 1844) “Hay alguien todavía más oprimido que el obrero, y es la esposa del obrero”. Siempre hay alguien cuyo trabajo, tiempo y cuidado sostienen aquello que el relato oficial considera central. El feminismo aparece precisamente ahí, en ese lugar invisible donde se sostiene la vida.

Imaginar un mundo feminista no es negar la realidad de la guerra. Es preguntarnos qué tipo de mundo la hace posible y qué transformaciones profundas serían necesarias para que deje de serlo.

Bibliografía

Butler, Judith (2010). Marcos de guerra. Las vidas lloradas. Buenos Aires: Paidós.

Butler, Judith (2006). Vida precaria. El poder del duelo y la violencia. Buenos Aires: Paidós.

Cohn, Carol (comp.) (2013). Mujeres y guerras. Cambridge: Polity Press.

Cockburn, Cynthia (2010). “Las relaciones de género como factor causal en la militarización y la guerra”. International Feminist Journal of Politics, 12(2), pp. 139–157.

Naciones Unidas (2000). Resolución 1325 del Consejo de Seguridad. Nueva York: ONU.

Pateman, Carol (1988). El contrato sexual. Stanford: Stanford University Press.

Segato, Rita Laura (2016). La guerra contra las mujeres. Madrid: Traficantes de Sueños.

Tristan, Flora (1843). La unión obrera. Paris: Prévot.

True, Jacqui (2012). La economía política de la violencia contra las mujeres. Oxford: Oxford University Press.

Zayas, Osvaldo, Telesur TV (marzo, 2026) Venezuela: las víctimas existen https://youtu.be/RrHe1Gg1ACQ?si=CLrkqn1Z5eoZ-kEX


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El perreo como insurrección: cuerpos migrantes y deseo político

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*Por Juliana Quintana Pavlicich

El estadio era una festival de luces, drones y dólares. Un ritual coreografiado del capitalismo deportivo estadounidense. Y, sin embargo, en el centro exacto de esa maquinaria apareció un cuerpo latino cantando en español sin subtítulos. Bad Bunny no pidió traducción ni pidió permiso. 

Hay algo profundamente político en no traducirse. No sé a ustedes, pero a mí ver gente bailando en postes de luz, escuchar el “Lelolai” de Ricky Martin entre la maleza y corear “que se vayan ellos” desde la sala de mi casa en Paraguay fue como gritar un gol. Me quedó clarísimo que en un país que en los últimos años endureció sus políticas migratorias y donde el español es utilizado en discursos oficiales como sinónimo de amenaza, escuchar “quieren el barrio mío y que abuelita se vaya” fue, mínimo, emocionante. 

Según datos de 2025 del Pew Research Center, una mayoría amplia de latinos en Estados Unidos desaprueba la gestión de Donald Trump, especialmente en materia de inmigración y economía, y percibe que sus políticas perjudican directamente a sus comunidades. Ese es el clima emocional de millones de personas que sienten el peso de redadas, discursos hostiles y precarización, mientras ven cómo su cultura sostiene buena parte de la industria cultural del país.

Sabemos que el Super Bowl no es un escenario neutral, es el altar donde se celebra la masculinidad corporativa, la épica bélica de (ese) deporte, la publicidad más cara del mundo. Que allí irrumpa el Caribe con su cadencia, su erotismo, su memoria colonial es un gesto que desacomoda. 

Y si incomoda, es mi revolución.

Bad Bunny no es un ícono sin fondo. Hizo del género urbano un territorio donde las masculinidades se desarman y se reconfiguran. En el corazón de un espectáculo que históricamente glorificó la testosterona y el nacionalismo, su presencia desestabiliza el guión. No es solo un hombre latino triunfando, es un hombre latino que rehúsa encarnar el molde tradicional de virilidad.

Desde una mirada feminista, el gesto importa. Importa que un artista global haya insistido durante años en denunciar los feminicidios en Puerto Rico. Importa que haya cantado contra la violencia machista, que haya puesto en el centro los cuerpos y las vidas que el sistema considera descartables. Importa la narración de la experiencia de un territorio que exporta cuerpos porque le vacían la economía. Importa que en un espacio saturado de publicidad y consumo aparezca alguien que recuerda que el goce también puede ser resistencia.

¿Bad Bunny es feminista? Ni idea. Tampoco sé si me importa demasiado. Si por feminismo entendemos lo mismo que Rosalía, básicamente, encajar en estándares imposibles para defender la igualdad de género, pues no. Porque lo que demostró fue que también lxs latinxs tenemos derecho a ocupar el centro del relato. Mientras desde el poder se insiste en levantar muros físicos y simbólicos, la cultura popular demuestra que las fronteras ya están erosionadas. La lengua española no es extranjera en Estados Unidos, es doméstica. Es voz de millones.

Lo de Bad Bunny no fue revolución, pero fue fisura. Y las fisuras, cuando se repiten, terminan reescribiendo las paredes.

Bancá que recién empiezo

Lejos de la experiencia intelectual que proponía el rock en los años 70, con alegorías artísticas o literarias, el reggaetón nació con jóvenes que narraban la desigualdad en barrios pobres de Latinoamérica y el Caribe. Este género se popularizó hasta convertirse en un fenómeno global. Tanto es así que los ingresos por música latina en Estados Unidos alcanzaron un récord de aproximadamente 1.400 millones de dólares en 2024, según Recording Industry Association of America (RIAA), es decir, cerca del 8 % del total de ingresos de la industria musical en Estados Unidos. 

El reggaetón es, en muchos casos, como el rock: desobediencia y disfrute, marginalidad y lucha. 

“Si decidís bailar esa que te van a perrear y te van a garchar toda la noche, es problema tuyo. Después, cuando vayas a defender tus derechos al Congreso, no me pidas que te apoye”. Así respondió Fito Páez a Julia Mengolini en su programa Mirá quién vino (Futurock) cuando le preguntó por el reggaetón y “las feministas que lo escuchan”. 

Si a ustedes, neoseñoras que están leyendo este artículo, les vibra el cuerpo cuando suena el violín en la intro de Salgo Pa’ La Calle, de Daddy Yankee. O cayeron enamoradas del primer chabón que les cantó “Acércate a mí, un poquito” en medio de una fiesta de 15 donde no podían tomar alcohol. O si pegan el grito al cielo cuando ponen “Ven y sana mi dolor”, les tengo una noticia: aparentemente, no somos buenas feministas. O cuanto menos, no somos coherentes con nuestro discurso.

Súbete, perra, vamos a hacer política

Del reggaetón se ha dicho básicamente todo. Que es machirulo o demasiado político, que es groncho o muy cheto, que cosifica a las mujeres o que las empodera, que no es cultura, que lo es, que sus melodías son aburridas o que se la pasan innovando, que carecen de diversidad rítmica o que devoran el mercado. Más allá de que haya algo de cierto en estas posturas, convengamos que, feministas o no, el reggaetón sufrió una serie de transformaciones a lo largo del tiempo, tanto de contenido como de forma. 

La versatilidad del reggaetón lo llevó a incorporar otros géneros como el pop, R&B, trap, electrónica, salsa, bachata, afrobeat y más. También hubo cambios en la estética de figuras como J Balvin, que se animaron a modernizar el sonido y desafiaron los cánones de la moda reggaetonera. Volviendo a Bad Bunny, en 2021 escribí sobre las nuevas masculinidades argumentando sobre la nueva propuesta artística del autor de “Caro” (uno de mis temas y videoclips favoritos de BB) quien se subió a la ola del feminismo con “Yo perreo sola”, replicando símbolos al evocar a la cultura drag y el slogan “Ni una menos”. 

La crítica sobre “cosificación” presupone que las mujeres no sabemos lo que hacemos al bailar. Cosificar significa despojar a una persona, en este caso, a las mujeres, de su subjetividad y su agencia, darle un tratamiento de “cosa”. Pero, ¿de verdad hay alguien que todavía piensa que no entendemos la diferencia entre bailar y habilitar sin matices ese discurso por fuera del marco? Entendamos que hay un pacto de lectura, una elección activa y consciente. No se trata de asumir contradicciones, sino de reivindicar el derecho al deseo.  

Muchas de las letras del reggaetón hablan de sexo y del universo erótico, un tema que sociedades conservadoras como la nuestra buscan auscultar a como de lugar. En muchos casos, el argumento es que las letras lleguen a los niños. Si lo que nos preocupa es que infancias y adolescencias escuchen reggaetón, y/o que se hagan ideas equivocadas sobre las dinámicas sexuales, quizás deberíamos estar teniendo una conversación aún más incómoda. 

Mientras este género musical suena en la radio, en los bares, en los colectivos o en los mercados, el sexo sigue recibiendo una asepsia casi quirúrgica en la educación formal. Perdemos tiempo dedicándonos a bardear un género musical cuando lo que debería escandalizarnos es la censura y el avance del fundamentalismo religioso en las aulas. Las letras del reggaetón seguirán desatando pánico moral mientras que no aprendamos a exigir políticas de educación integral de la sexualidad al Estado y no hablemos de esto con nuestros afectos en los hogares. 

El problema, entonces, no somos las feministas que bailamos reggaetón, sino los dobles estándares con los abordamos la sexualidad. No necesitamos cargar al reggaetón de todos nuestros déficit, necesitamos una educación sexual integral.

Rico y vulgar

Roland Barthes escribió que el sentido de un texto no está fijado por el autor, sino que se resignifica en su lectura, su uso y su reapropiación. El reggaetón puede haber nacido con letras consideradas machistas desde el marco que antes mencionamos, pero hoy también es un espacio de reescritura. Bad Bunny, Villano Antillano, Ivy Queen, Tomasa del Real, Chocolate Remix, Ms Nina y la lista sigue, porque hay un reggaetón feminista, marika, trans, que rompe con las figuras clásicas de dominación hetero-cisnormada. 

La performatividad del lenguaje y del cuerpo puede ser también una forma de disidencia artística. No es casual que el reggaetón incomode porque no nace del centro, sino de los barrios, de las comunidades racializadas, de las disidencias. Habla un español de la calle, se menea para adentro y para afuera, mueve el culo y sacude estructuras. No se trata solo de deseo, sino de hacer deseo. 

A su vez, ¿quién decide que en nombre de la coherencia solo tenemos que bailar reggaetón feminista? ¿No volvemos a meternos en un corset cuando les decimos a las pibas cuáles géneros pueden bailar y cuáles no? Fue Pierre Bourdieu quien explicó que el gusto no es solo una cuestión estética o individual, sino que está condicionada por factores sociales y de clase. En ese sentido, los gustos o elecciones son constructos sociales condicionados por la posición social y los hábitos, formas de pensar, sentir y actuar naturalizados de las personas, (lo que llamó el habitus). Y pocas cosas molestan tanto a la hegemonía como una persona lesbiana o trans gozando de su cuerpo y su sexualidad. 

Sabemos que una élite cultural -históricamente, blanca, masculina y burguesa- decide qué es arte. Sabemos también que esta élite consagra, etiqueta y legitima una obra. No quiero entrar en el debate de la necesidad de esta élite cultural y repetir lo que muchas veces decimos casi en automático sin mediar reflexión y sin admitir oposiciones. Me resulta más interesante, en todo caso, para este contexto preguntar: ¿y si reconocemos al arte como un derecho cultural colectivo? 

Pareciera que en este momento en que todo está siendo tan cuesta arriba, con políticas conservadoras expandiéndose por todo el mundo, con nuestros espacios de ocio achicándose en nuestros países, con nuestros centros culturales en peligro de extinción, el cierre de instituciones públicas fundamentales y el recorte de fondos para cultura, todo esto queda bastante offside. Pero quizás por eso mismo sea el momento de pensar la cultura en un sentido más amplio.

Los dichos de Fito hablan desde un canon rockero, donde el arte es elevado, espiritual, comprometido. Se pueden bailar temas de Charly, dice, y es cierto, (de hecho, acá en Paraguay lo hicimos cientos de veces en el Centro Cultural La Chispa o en Literaity), pero ¿El placer desbordado y explícito no es también político? Lo es cuando las mujeres y disidencias tomamos el control del discurso y el movimiento. Cuando perreamos en la calle, en la marcha, en la cancha, en el boliche o en cualquier sitio. 

Al mismo tiempo, hay una brecha generacional que crece y se hace cada vez más evidente con varios de nuestros ídolos. Andrés Calamaro lo dejó claro al denostar a jóvenes en sus redes sociales. A fines del año pasado abandonó el escenario en Cali tras ser abucheado por reivindicar la tauromaquia. “Soy piadoso y entiendo que esta época es complicada para los adolescentes atornillados a las redes sociales (se llaman redes), sin vocación ni más conocimientos que navegar mirando estupideces en Instagram. Nunca fueron al cine, no leyeron un libro, desconocen el amor, pero presumen repitiendo todos lo mismo como un mantra robótico de idiotas perdidos”, dijo en un posteo de Instagram que luego eliminó. 

Claramente, hay un discurso que está quedando caduco y un lenguaje que ya no conecta con quienes nacieron o crecieron en un mundo digitalizado. No le vamos a pedir a Fito que defienda nuestros derechos en el Congreso o a Calamaro que se banque el disenso. Ya hicieron un montón por la música (y por qué no, por el amor), déjennos a nosotras ahora que sabemos bailar reggaetón, discutir y luchar por ampliar nuestros derechos, que hagamos lo nuestro.

Creo que ser feminista implica, a veces, confrontar narrativas que niegan nuestra agencia o menosprecian nuestro activismo y, otras veces, confrontarnos con nosotras mismas y nuestras certezas. Queremos más libertades, no menos. Que si quieren abuchear a artistas que apoyan la tortura animal, que lo hagan. Que si quieren perrear contra el fascismo, que lo hagan. Que si quieren criticar al reggaetón, también lo hagan. Las veces que quieran, las veces que sean necesarias. 

Estoy lista para recuperar el significante “libertad” y llenarlo de algo concreto. De hacerle frente a todo mensaje que busque utilizarlo para esparcir odio y no deseo. Puede que no haya nada nuevo en lo que digo, pero un pensamiento me ronda la cabeza desde inicios de este año: tenemos que reaprender a ser libres. Y aunque creo que no tenemos por qué elegir entre perreo y política, es refrescante escuchar a una voz como la de Mengolini que esté dispuesta a opinar a contracorriente en un tiempo en que cualquier postura que nos desagrada pasa automáticamente al fondo de nuestros algoritmos. 

El saludo a los vecinos, el tremendo calor, los cortes de luz, la capital del perreo en la letra de El Apagón hablaron al corazón de millones de latinos en el mundo. Lo que también demuestra que el reggaetón y los ritmos caribeños pueden hablar del desalojo, de la invasión, del orgullo, y bailar con la piel brillosa bajo el sol.

Díganme cursi, pero pienso que hay algo muy poderoso en movernos al ritmo de nuestra música. Es como conversar con la historia y a través del cuerpo. Con poca o mucha ropa, de a dos, de a tres o solas, rodeadas de gente extraña. Reggaetón, salsa o cumbia. Con alegría, con libertad, con deseo, con tenacidad, hasta transformarlo todo.

Referencias:

  • Barthes, R. (2002). La muerte del autor. En El susurro del lenguaje: Más allá de la palabra y la escritura (pp. 65–70). Paidós. (Obra original publicada en 1967)
  • Bourdieu, P. (2008). La distinción: Criterio y bases sociales del gusto (Y. Fdez. de la Mora, Trad.). Taurus. (Obra original publicada en 1979)
  • Butler, J. (2001). El género en disputa: El feminismo y la subversión de la identidad (T. Muñoz Lorente, Trad.). Paidós. (Obra original publicada en 1990)
  • Butler, J. (2002). Cuerpos que importan: Sobre los límites materiales y discursivos del “sexo” (P. Cordero, Trad.). Paidós. (Obra original publicada en 1993)

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Juguemos en el campo mientras los militares no están 

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*Por Miyuki Shimanaka De Bavay

El Poder Ejecutivo emitió recientemente el Decreto N.º 5.554/2026, que dispone el despliegue de elementos de combate de las Fuerzas Armadas en operaciones de defensa interna en la Región Oriental del país. Prácticamente al mismo tiempo, el presidente Santiago Peña se reunió en Miami con otros líderes de la derecha latinoamericana junto a Donald Trump, en pleno ataque de Estados Unidos e Israel a Irán. El encuentro tuvo como objetivo establecer un frente regional para hacerle frente al narcotráfico y la inmigración ilegal masiva, un branding más llamativo que imposición del poder imperialista estadounidense. 

Mientras los líderes se codeaban y sacaban selfies con hashtags como #vivalalibertadcarajo, asumían “acciones militares coordinadas”. Coincidentemente, en paralelo en Paraguay la Cámara de Senadores se encontraba a punto de estudiar el acuerdo SOFA entre Estados Unidos y Paraguay. Hoy, el proyecto ya fue aprobado por Diputados y se encuentra en camino al Poder Ejecutivo, que deseaba tenerlo en marcha para ayer. Este acuerdo establece principalmente:

  • Jurisdicción penal exclusiva de Estados Unidos: el personal militar y civil de Estados Unidos que se encuentre en Paraguay bajo este marco no será juzgado por tribunales paraguayos, sino por la justicia estadounidense. Esto limita la capacidad del Estado paraguayo de investigar o sancionar posibles delitos cometidos en su propio territorio.
  • Ingreso y operación de personal militar, contratistas y equipamiento con amplias facilidades: se habilita la entrada y circulación de tropas, aeronaves, buques, vehículos y suministros del Departamento de Defensa estadounidense con exenciones aduaneras, tributarias y logísticas, lo que facilita una presencia militar extranjera sin mecanismos claros de supervisión democrática o transparencia.
  • Otorgamiento de privilegios e inmunidades al personal estadounidense: quienes operen en el país bajo el acuerdo contarán con beneficios similares a los del personal diplomático, incluyendo inmunidades legales y facilidades operativas, lo que establece un régimen de excepción dentro del propio territorio paraguayo.

Peña parece ansioso por ofrecer una prueba física de su pleitesía a Trump: algo tangible, territorio, recursos y —como la historia ha demostrado que suele ocurrir en contextos militarizados— mujeres. Ninguna de estas noticias puede significar algo bueno para las mujeres, disidencias, juventudes y niñeces del país, que de por sí ya viven bajo amenazas constantes. En apenas tres meses de lo que va del año, el Ministerio Público ya registró 10 feminicidios y 8 tentativas, con las denuncias por violencias incrementándose cada día. Denuncias que en la mayoría de los casos el sistema no toma en serio. A esto se le suma la creciente cantidad de niñeces abusadas y adolescentes, especialmente indígenas, que desaparecen día a día.  

Es sabido que en Paraguay no existen garantías reales de protección de derechos ni condiciones básicas para el desarrollo integral de la vida de quienes habitan lejos de los centros del privilegio, y es peor aún fuera de Central -porque no todo sucede solo en la capital- en donde las instituciones no existen, no realmente más allá de figurar en un organigrama, porque hasta en las capitales de los departamentos las Secretarías de la Mujer, si es que las hay, son responsabilizadas a su vez con otras secretarías como CODENI, juventud, educación, discapacidad, o todas al mismo tiempo, sin presupuesto, sin equipo técnico, sin acompañamiento. En el interior profundo, donde las comisarías están compuestas por un escritorio de los 70, dos sillas de plástico y un par de policías que no saben ni que que existe una ley de protección integral a las mujeres, y tampoco tienen recursos ni capacitación para llevar adelante medidas de protección. En donde con mucha suerte se cuenta con una defensora pública especializada para todo el departamento. En donde no existe Ciudad Mujer, ni mesa PREVIM ni albergue -ni ninguno de los programas que Paraguay cita en sus informes a la CEDAW u otros organismos internacionales- pero sí o sí encontrás una seccional colorada. En donde las comunidades indígenas aún siendo amplias no tienen ningún poder sobre las tierras y luchan diariamente contra un sistema que actúa en función a su debilitamiento y extinción. 

Estas realidades se potencian en contextos de creciente militarización que nunca son neutros en términos de género, la experiencia histórica muestra que los riesgos para mujeres, adolescentes y niñeces aumentan: violaciones, explotación y trata de personas son algunas de las consecuencias ampliamente documentadas en distintos países donde la presencia militar se intensifica en territorios civiles. 

En Paraguay, además, existen antecedentes concretos que agravan esta preocupación. La Coordinadora de Derechos Humanos del Paraguay (CODEHUPY) y Servicio Paz y Justicia (SERPAJ) emitieron un comunicado en el que señalaron no solo que el involucramiento de las Fuerzas Armadas en tareas de seguridad interna es inconstitucional, sino que también recordaron que la experiencia acumulada durante la vigencia de este tipo de legislación ha dejado numerosas denuncias de violaciones de derechos humanos contra comunidades campesinas e indígenas, muchas de las cuales permanecen en la impunidad pese a haber sido presentadas ante las autoridades competentes. Otro antecedente importante, es la dictadura -siempre la dictadura- que configuró al paraguayo con una facilidad para acatar perfiles violentos y militarizados, somos un país fértil para que ideas imperialistas y fascistas germinen sin mucho esfuerzo, especialmente si se promueven desde el mismo Estado. A este país, con todas estas características ya de por sí alarmantes y con tantas carencias, encima están trayendo fuerzas militares estadounidenses para usarlo, como su parque de entrenamiento y diversión. 

Claramente el presidente parece más preocupado por asegurar su lugar en los close friends de Trump que por las implicancias sociales y políticas de las decisiones que está tomando para su propio país, alentado por sus compañeros de partido que nos regalan en el Congreso, invulnerables a los dolores de sus decisiones. Como casi siempre, Paraguay suscribe este tipo de acuerdos sin considerar seriamente las vidas que se verán afectadas: las comunidades campesinas que deberán lidiar con la presencia militar, las dinámicas sociales que se alterarán, los desequilibrios territoriales y los riesgos concretos a los que se expone a la población civil. 

Y en el proceso, perpetúa un modelo de poder basado en las aspiraciones individualistas de los hombres privilegiados de turno. Esto es el patriarcado y colonialismo en acción. El pacto entre varones que define presentes y futuros, alianzas militares construidas entre élites políticas y económicas masculinas, donde territorios, recursos y poblaciones se convierten en moneda de negociación en nombre de una seguridad abstracta que rara vez protege a quienes más lo necesitan. El deseo de pertenecer al club de los “machos alfa”, incluso cuando la membresía la pagan las mujeres, las comunidades empobrecidas y los territorios perpetuamente rezagados.

Frente a esto, se vuelve más urgente que nunca exigir el cumplimiento de las pocas protecciones institucionales con las que todavía contamos, como la Ley 5777/16, estar alerta y organizarnos en comunidad porque el Estado no solo está ausente, sino que nos sigue tirando obstáculos y amenazas. Seguir con cuidado cómo se implementarán estos acuerdos, documentar toda vulneración. Y, al mismo tiempo, empezar a mirar más allá de Asunción, reconociendo que cada decisión irresponsable tomada en la capital define con fuerza el destino de las localidades olvidadas, de aquellos territorios que muchos habitantes de Central conocen apenas por nombre y donde pareciera que nunca pasa nada -según la lógica centralista-, justamente allí abundarán los militares nacionales y estadounidenses, llevarán lejos lo que no quieren que se vea. 

En un año electoral como este, amerita visibilizar las afectaciones directas que las decisiones de los gobiernos municipales, departamentales y del propio Estado habilitan sobre nuestras vidas. No somos meros números ni estadísticas, no somos una transacción, somos mujeres intentando sobrevivir en este sistema. Establecer acuerdos como el SOFA o habilitar la actuación militar, y posicionarse con orgullo en la pandilla de la ultraderecha regional no solo compromete la soberanía que tanto proclaman proteger en otros contextos: también nos quita recursos, nos debilita derechos y, en última instancia, nos quita vida.


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