El perreo como insurrección: cuerpos migrantes y deseo político

admin_re

*Por Juliana Quintana Pavlicich

El estadio era una festival de luces, drones y dólares. Un ritual coreografiado del capitalismo deportivo estadounidense. Y, sin embargo, en el centro exacto de esa maquinaria apareció un cuerpo latino cantando en español sin subtítulos. Bad Bunny no pidió traducción ni pidió permiso. 

Hay algo profundamente político en no traducirse. No sé a ustedes, pero a mí ver gente bailando en postes de luz, escuchar el “Lelolai” de Ricky Martin entre la maleza y corear “que se vayan ellos” desde la sala de mi casa en Paraguay fue como gritar un gol. Me quedó clarísimo que en un país que en los últimos años endureció sus políticas migratorias y donde el español es utilizado en discursos oficiales como sinónimo de amenaza, escuchar “quieren el barrio mío y que abuelita se vaya” fue, mínimo, emocionante. 

Según datos de 2025 del Pew Research Center, una mayoría amplia de latinos en Estados Unidos desaprueba la gestión de Donald Trump, especialmente en materia de inmigración y economía, y percibe que sus políticas perjudican directamente a sus comunidades. Ese es el clima emocional de millones de personas que sienten el peso de redadas, discursos hostiles y precarización, mientras ven cómo su cultura sostiene buena parte de la industria cultural del país.

Sabemos que el Super Bowl no es un escenario neutral, es el altar donde se celebra la masculinidad corporativa, la épica bélica de (ese) deporte, la publicidad más cara del mundo. Que allí irrumpa el Caribe con su cadencia, su erotismo, su memoria colonial es un gesto que desacomoda. 

Y si incomoda, es mi revolución.

Bad Bunny no es un ícono sin fondo. Hizo del género urbano un territorio donde las masculinidades se desarman y se reconfiguran. En el corazón de un espectáculo que históricamente glorificó la testosterona y el nacionalismo, su presencia desestabiliza el guión. No es solo un hombre latino triunfando, es un hombre latino que rehúsa encarnar el molde tradicional de virilidad.

Desde una mirada feminista, el gesto importa. Importa que un artista global haya insistido durante años en denunciar los feminicidios en Puerto Rico. Importa que haya cantado contra la violencia machista, que haya puesto en el centro los cuerpos y las vidas que el sistema considera descartables. Importa la narración de la experiencia de un territorio que exporta cuerpos porque le vacían la economía. Importa que en un espacio saturado de publicidad y consumo aparezca alguien que recuerda que el goce también puede ser resistencia.

¿Bad Bunny es feminista? Ni idea. Tampoco sé si me importa demasiado. Si por feminismo entendemos lo mismo que Rosalía, básicamente, encajar en estándares imposibles para defender la igualdad de género, pues no. Porque lo que demostró fue que también lxs latinxs tenemos derecho a ocupar el centro del relato. Mientras desde el poder se insiste en levantar muros físicos y simbólicos, la cultura popular demuestra que las fronteras ya están erosionadas. La lengua española no es extranjera en Estados Unidos, es doméstica. Es voz de millones.

Lo de Bad Bunny no fue revolución, pero fue fisura. Y las fisuras, cuando se repiten, terminan reescribiendo las paredes.

Bancá que recién empiezo

Lejos de la experiencia intelectual que proponía el rock en los años 70, con alegorías artísticas o literarias, el reggaetón nació con jóvenes que narraban la desigualdad en barrios pobres de Latinoamérica y el Caribe. Este género se popularizó hasta convertirse en un fenómeno global. Tanto es así que los ingresos por música latina en Estados Unidos alcanzaron un récord de aproximadamente 1.400 millones de dólares en 2024, según Recording Industry Association of America (RIAA), es decir, cerca del 8 % del total de ingresos de la industria musical en Estados Unidos. 

El reggaetón es, en muchos casos, como el rock: desobediencia y disfrute, marginalidad y lucha. 

“Si decidís bailar esa que te van a perrear y te van a garchar toda la noche, es problema tuyo. Después, cuando vayas a defender tus derechos al Congreso, no me pidas que te apoye”. Así respondió Fito Páez a Julia Mengolini en su programa Mirá quién vino (Futurock) cuando le preguntó por el reggaetón y “las feministas que lo escuchan”. 

Si a ustedes, neoseñoras que están leyendo este artículo, les vibra el cuerpo cuando suena el violín en la intro de Salgo Pa’ La Calle, de Daddy Yankee. O cayeron enamoradas del primer chabón que les cantó “Acércate a mí, un poquito” en medio de una fiesta de 15 donde no podían tomar alcohol. O si pegan el grito al cielo cuando ponen “Ven y sana mi dolor”, les tengo una noticia: aparentemente, no somos buenas feministas. O cuanto menos, no somos coherentes con nuestro discurso.

Súbete, perra, vamos a hacer política

Del reggaetón se ha dicho básicamente todo. Que es machirulo o demasiado político, que es groncho o muy cheto, que cosifica a las mujeres o que las empodera, que no es cultura, que lo es, que sus melodías son aburridas o que se la pasan innovando, que carecen de diversidad rítmica o que devoran el mercado. Más allá de que haya algo de cierto en estas posturas, convengamos que, feministas o no, el reggaetón sufrió una serie de transformaciones a lo largo del tiempo, tanto de contenido como de forma. 

La versatilidad del reggaetón lo llevó a incorporar otros géneros como el pop, R&B, trap, electrónica, salsa, bachata, afrobeat y más. También hubo cambios en la estética de figuras como J Balvin, que se animaron a modernizar el sonido y desafiaron los cánones de la moda reggaetonera. Volviendo a Bad Bunny, en 2021 escribí sobre las nuevas masculinidades argumentando sobre la nueva propuesta artística del autor de “Caro” (uno de mis temas y videoclips favoritos de BB) quien se subió a la ola del feminismo con “Yo perreo sola”, replicando símbolos al evocar a la cultura drag y el slogan “Ni una menos”. 

La crítica sobre “cosificación” presupone que las mujeres no sabemos lo que hacemos al bailar. Cosificar significa despojar a una persona, en este caso, a las mujeres, de su subjetividad y su agencia, darle un tratamiento de “cosa”. Pero, ¿de verdad hay alguien que todavía piensa que no entendemos la diferencia entre bailar y habilitar sin matices ese discurso por fuera del marco? Entendamos que hay un pacto de lectura, una elección activa y consciente. No se trata de asumir contradicciones, sino de reivindicar el derecho al deseo.  

Muchas de las letras del reggaetón hablan de sexo y del universo erótico, un tema que sociedades conservadoras como la nuestra buscan auscultar a como de lugar. En muchos casos, el argumento es que las letras lleguen a los niños. Si lo que nos preocupa es que infancias y adolescencias escuchen reggaetón, y/o que se hagan ideas equivocadas sobre las dinámicas sexuales, quizás deberíamos estar teniendo una conversación aún más incómoda. 

Mientras este género musical suena en la radio, en los bares, en los colectivos o en los mercados, el sexo sigue recibiendo una asepsia casi quirúrgica en la educación formal. Perdemos tiempo dedicándonos a bardear un género musical cuando lo que debería escandalizarnos es la censura y el avance del fundamentalismo religioso en las aulas. Las letras del reggaetón seguirán desatando pánico moral mientras que no aprendamos a exigir políticas de educación integral de la sexualidad al Estado y no hablemos de esto con nuestros afectos en los hogares. 

El problema, entonces, no somos las feministas que bailamos reggaetón, sino los dobles estándares con los abordamos la sexualidad. No necesitamos cargar al reggaetón de todos nuestros déficit, necesitamos una educación sexual integral.

Rico y vulgar

Roland Barthes escribió que el sentido de un texto no está fijado por el autor, sino que se resignifica en su lectura, su uso y su reapropiación. El reggaetón puede haber nacido con letras consideradas machistas desde el marco que antes mencionamos, pero hoy también es un espacio de reescritura. Bad Bunny, Villano Antillano, Ivy Queen, Tomasa del Real, Chocolate Remix, Ms Nina y la lista sigue, porque hay un reggaetón feminista, marika, trans, que rompe con las figuras clásicas de dominación hetero-cisnormada. 

La performatividad del lenguaje y del cuerpo puede ser también una forma de disidencia artística. No es casual que el reggaetón incomode porque no nace del centro, sino de los barrios, de las comunidades racializadas, de las disidencias. Habla un español de la calle, se menea para adentro y para afuera, mueve el culo y sacude estructuras. No se trata solo de deseo, sino de hacer deseo. 

A su vez, ¿quién decide que en nombre de la coherencia solo tenemos que bailar reggaetón feminista? ¿No volvemos a meternos en un corset cuando les decimos a las pibas cuáles géneros pueden bailar y cuáles no? Fue Pierre Bourdieu quien explicó que el gusto no es solo una cuestión estética o individual, sino que está condicionada por factores sociales y de clase. En ese sentido, los gustos o elecciones son constructos sociales condicionados por la posición social y los hábitos, formas de pensar, sentir y actuar naturalizados de las personas, (lo que llamó el habitus). Y pocas cosas molestan tanto a la hegemonía como una persona lesbiana o trans gozando de su cuerpo y su sexualidad. 

Sabemos que una élite cultural -históricamente, blanca, masculina y burguesa- decide qué es arte. Sabemos también que esta élite consagra, etiqueta y legitima una obra. No quiero entrar en el debate de la necesidad de esta élite cultural y repetir lo que muchas veces decimos casi en automático sin mediar reflexión y sin admitir oposiciones. Me resulta más interesante, en todo caso, para este contexto preguntar: ¿y si reconocemos al arte como un derecho cultural colectivo? 

Pareciera que en este momento en que todo está siendo tan cuesta arriba, con políticas conservadoras expandiéndose por todo el mundo, con nuestros espacios de ocio achicándose en nuestros países, con nuestros centros culturales en peligro de extinción, el cierre de instituciones públicas fundamentales y el recorte de fondos para cultura, todo esto queda bastante offside. Pero quizás por eso mismo sea el momento de pensar la cultura en un sentido más amplio.

Los dichos de Fito hablan desde un canon rockero, donde el arte es elevado, espiritual, comprometido. Se pueden bailar temas de Charly, dice, y es cierto, (de hecho, acá en Paraguay lo hicimos cientos de veces en el Centro Cultural La Chispa o en Literaity), pero ¿El placer desbordado y explícito no es también político? Lo es cuando las mujeres y disidencias tomamos el control del discurso y el movimiento. Cuando perreamos en la calle, en la marcha, en la cancha, en el boliche o en cualquier sitio. 

Al mismo tiempo, hay una brecha generacional que crece y se hace cada vez más evidente con varios de nuestros ídolos. Andrés Calamaro lo dejó claro al denostar a jóvenes en sus redes sociales. A fines del año pasado abandonó el escenario en Cali tras ser abucheado por reivindicar la tauromaquia. “Soy piadoso y entiendo que esta época es complicada para los adolescentes atornillados a las redes sociales (se llaman redes), sin vocación ni más conocimientos que navegar mirando estupideces en Instagram. Nunca fueron al cine, no leyeron un libro, desconocen el amor, pero presumen repitiendo todos lo mismo como un mantra robótico de idiotas perdidos”, dijo en un posteo de Instagram que luego eliminó. 

Claramente, hay un discurso que está quedando caduco y un lenguaje que ya no conecta con quienes nacieron o crecieron en un mundo digitalizado. No le vamos a pedir a Fito que defienda nuestros derechos en el Congreso o a Calamaro que se banque el disenso. Ya hicieron un montón por la música (y por qué no, por el amor), déjennos a nosotras ahora que sabemos bailar reggaetón, discutir y luchar por ampliar nuestros derechos, que hagamos lo nuestro.

Creo que ser feminista implica, a veces, confrontar narrativas que niegan nuestra agencia o menosprecian nuestro activismo y, otras veces, confrontarnos con nosotras mismas y nuestras certezas. Queremos más libertades, no menos. Que si quieren abuchear a artistas que apoyan la tortura animal, que lo hagan. Que si quieren perrear contra el fascismo, que lo hagan. Que si quieren criticar al reggaetón, también lo hagan. Las veces que quieran, las veces que sean necesarias. 

Estoy lista para recuperar el significante “libertad” y llenarlo de algo concreto. De hacerle frente a todo mensaje que busque utilizarlo para esparcir odio y no deseo. Puede que no haya nada nuevo en lo que digo, pero un pensamiento me ronda la cabeza desde inicios de este año: tenemos que reaprender a ser libres. Y aunque creo que no tenemos por qué elegir entre perreo y política, es refrescante escuchar a una voz como la de Mengolini que esté dispuesta a opinar a contracorriente en un tiempo en que cualquier postura que nos desagrada pasa automáticamente al fondo de nuestros algoritmos. 

El saludo a los vecinos, el tremendo calor, los cortes de luz, la capital del perreo en la letra de El Apagón hablaron al corazón de millones de latinos en el mundo. Lo que también demuestra que el reggaetón y los ritmos caribeños pueden hablar del desalojo, de la invasión, del orgullo, y bailar con la piel brillosa bajo el sol.

Díganme cursi, pero pienso que hay algo muy poderoso en movernos al ritmo de nuestra música. Es como conversar con la historia y a través del cuerpo. Con poca o mucha ropa, de a dos, de a tres o solas, rodeadas de gente extraña. Reggaetón, salsa o cumbia. Con alegría, con libertad, con deseo, con tenacidad, hasta transformarlo todo.

Referencias:

  • Barthes, R. (2002). La muerte del autor. En El susurro del lenguaje: Más allá de la palabra y la escritura (pp. 65–70). Paidós. (Obra original publicada en 1967)
  • Bourdieu, P. (2008). La distinción: Criterio y bases sociales del gusto (Y. Fdez. de la Mora, Trad.). Taurus. (Obra original publicada en 1979)
  • Butler, J. (2001). El género en disputa: El feminismo y la subversión de la identidad (T. Muñoz Lorente, Trad.). Paidós. (Obra original publicada en 1990)
  • Butler, J. (2002). Cuerpos que importan: Sobre los límites materiales y discursivos del “sexo” (P. Cordero, Trad.). Paidós. (Obra original publicada en 1993)

Ir a la fuente original

Juguemos en el campo mientras los militares no están 

admin_re

*Por Miyuki Shimanaka De Bavay

El Poder Ejecutivo emitió recientemente el Decreto N.º 5.554/2026, que dispone el despliegue de elementos de combate de las Fuerzas Armadas en operaciones de defensa interna en la Región Oriental del país. Prácticamente al mismo tiempo, el presidente Santiago Peña se reunió en Miami con otros líderes de la derecha latinoamericana junto a Donald Trump, en pleno ataque de Estados Unidos e Israel a Irán. El encuentro tuvo como objetivo establecer un frente regional para hacerle frente al narcotráfico y la inmigración ilegal masiva, un branding más llamativo que imposición del poder imperialista estadounidense. 

Mientras los líderes se codeaban y sacaban selfies con hashtags como #vivalalibertadcarajo, asumían “acciones militares coordinadas”. Coincidentemente, en paralelo en Paraguay la Cámara de Senadores se encontraba a punto de estudiar el acuerdo SOFA entre Estados Unidos y Paraguay. Hoy, el proyecto ya fue aprobado por Diputados y se encuentra en camino al Poder Ejecutivo, que deseaba tenerlo en marcha para ayer. Este acuerdo establece principalmente:

  • Jurisdicción penal exclusiva de Estados Unidos: el personal militar y civil de Estados Unidos que se encuentre en Paraguay bajo este marco no será juzgado por tribunales paraguayos, sino por la justicia estadounidense. Esto limita la capacidad del Estado paraguayo de investigar o sancionar posibles delitos cometidos en su propio territorio.
  • Ingreso y operación de personal militar, contratistas y equipamiento con amplias facilidades: se habilita la entrada y circulación de tropas, aeronaves, buques, vehículos y suministros del Departamento de Defensa estadounidense con exenciones aduaneras, tributarias y logísticas, lo que facilita una presencia militar extranjera sin mecanismos claros de supervisión democrática o transparencia.
  • Otorgamiento de privilegios e inmunidades al personal estadounidense: quienes operen en el país bajo el acuerdo contarán con beneficios similares a los del personal diplomático, incluyendo inmunidades legales y facilidades operativas, lo que establece un régimen de excepción dentro del propio territorio paraguayo.

Peña parece ansioso por ofrecer una prueba física de su pleitesía a Trump: algo tangible, territorio, recursos y —como la historia ha demostrado que suele ocurrir en contextos militarizados— mujeres. Ninguna de estas noticias puede significar algo bueno para las mujeres, disidencias, juventudes y niñeces del país, que de por sí ya viven bajo amenazas constantes. En apenas tres meses de lo que va del año, el Ministerio Público ya registró 10 feminicidios y 8 tentativas, con las denuncias por violencias incrementándose cada día. Denuncias que en la mayoría de los casos el sistema no toma en serio. A esto se le suma la creciente cantidad de niñeces abusadas y adolescentes, especialmente indígenas, que desaparecen día a día.  

Es sabido que en Paraguay no existen garantías reales de protección de derechos ni condiciones básicas para el desarrollo integral de la vida de quienes habitan lejos de los centros del privilegio, y es peor aún fuera de Central -porque no todo sucede solo en la capital- en donde las instituciones no existen, no realmente más allá de figurar en un organigrama, porque hasta en las capitales de los departamentos las Secretarías de la Mujer, si es que las hay, son responsabilizadas a su vez con otras secretarías como CODENI, juventud, educación, discapacidad, o todas al mismo tiempo, sin presupuesto, sin equipo técnico, sin acompañamiento. En el interior profundo, donde las comisarías están compuestas por un escritorio de los 70, dos sillas de plástico y un par de policías que no saben ni que que existe una ley de protección integral a las mujeres, y tampoco tienen recursos ni capacitación para llevar adelante medidas de protección. En donde con mucha suerte se cuenta con una defensora pública especializada para todo el departamento. En donde no existe Ciudad Mujer, ni mesa PREVIM ni albergue -ni ninguno de los programas que Paraguay cita en sus informes a la CEDAW u otros organismos internacionales- pero sí o sí encontrás una seccional colorada. En donde las comunidades indígenas aún siendo amplias no tienen ningún poder sobre las tierras y luchan diariamente contra un sistema que actúa en función a su debilitamiento y extinción. 

Estas realidades se potencian en contextos de creciente militarización que nunca son neutros en términos de género, la experiencia histórica muestra que los riesgos para mujeres, adolescentes y niñeces aumentan: violaciones, explotación y trata de personas son algunas de las consecuencias ampliamente documentadas en distintos países donde la presencia militar se intensifica en territorios civiles. 

En Paraguay, además, existen antecedentes concretos que agravan esta preocupación. La Coordinadora de Derechos Humanos del Paraguay (CODEHUPY) y Servicio Paz y Justicia (SERPAJ) emitieron un comunicado en el que señalaron no solo que el involucramiento de las Fuerzas Armadas en tareas de seguridad interna es inconstitucional, sino que también recordaron que la experiencia acumulada durante la vigencia de este tipo de legislación ha dejado numerosas denuncias de violaciones de derechos humanos contra comunidades campesinas e indígenas, muchas de las cuales permanecen en la impunidad pese a haber sido presentadas ante las autoridades competentes. Otro antecedente importante, es la dictadura -siempre la dictadura- que configuró al paraguayo con una facilidad para acatar perfiles violentos y militarizados, somos un país fértil para que ideas imperialistas y fascistas germinen sin mucho esfuerzo, especialmente si se promueven desde el mismo Estado. A este país, con todas estas características ya de por sí alarmantes y con tantas carencias, encima están trayendo fuerzas militares estadounidenses para usarlo, como su parque de entrenamiento y diversión. 

Claramente el presidente parece más preocupado por asegurar su lugar en los close friends de Trump que por las implicancias sociales y políticas de las decisiones que está tomando para su propio país, alentado por sus compañeros de partido que nos regalan en el Congreso, invulnerables a los dolores de sus decisiones. Como casi siempre, Paraguay suscribe este tipo de acuerdos sin considerar seriamente las vidas que se verán afectadas: las comunidades campesinas que deberán lidiar con la presencia militar, las dinámicas sociales que se alterarán, los desequilibrios territoriales y los riesgos concretos a los que se expone a la población civil. 

Y en el proceso, perpetúa un modelo de poder basado en las aspiraciones individualistas de los hombres privilegiados de turno. Esto es el patriarcado y colonialismo en acción. El pacto entre varones que define presentes y futuros, alianzas militares construidas entre élites políticas y económicas masculinas, donde territorios, recursos y poblaciones se convierten en moneda de negociación en nombre de una seguridad abstracta que rara vez protege a quienes más lo necesitan. El deseo de pertenecer al club de los “machos alfa”, incluso cuando la membresía la pagan las mujeres, las comunidades empobrecidas y los territorios perpetuamente rezagados.

Frente a esto, se vuelve más urgente que nunca exigir el cumplimiento de las pocas protecciones institucionales con las que todavía contamos, como la Ley 5777/16, estar alerta y organizarnos en comunidad porque el Estado no solo está ausente, sino que nos sigue tirando obstáculos y amenazas. Seguir con cuidado cómo se implementarán estos acuerdos, documentar toda vulneración. Y, al mismo tiempo, empezar a mirar más allá de Asunción, reconociendo que cada decisión irresponsable tomada en la capital define con fuerza el destino de las localidades olvidadas, de aquellos territorios que muchos habitantes de Central conocen apenas por nombre y donde pareciera que nunca pasa nada -según la lógica centralista-, justamente allí abundarán los militares nacionales y estadounidenses, llevarán lejos lo que no quieren que se vea. 

En un año electoral como este, amerita visibilizar las afectaciones directas que las decisiones de los gobiernos municipales, departamentales y del propio Estado habilitan sobre nuestras vidas. No somos meros números ni estadísticas, no somos una transacción, somos mujeres intentando sobrevivir en este sistema. Establecer acuerdos como el SOFA o habilitar la actuación militar, y posicionarse con orgullo en la pandilla de la ultraderecha regional no solo compromete la soberanía que tanto proclaman proteger en otros contextos: también nos quita recursos, nos debilita derechos y, en última instancia, nos quita vida.


Ir a la fuente original

El feminismo en tiempos de ultraderecha

admin_re

*Por Carmen Monges

Hay algo que se siente en el aire. Un discurso, una narrativa que vuelve a instalar la idea de que el feminismo exagera, divide, molesta. Una necesidad constante de señalar enemigos. En tiempos de ultraderecha, el feminismo vuelve a ser incómodo y eso no es casual.

Lo primero que se cuestiona son los avances en derechos ya conquistados. Se ridiculiza la agenda de género. Se instala la idea de que hablar de esto es ideología, como si los derechos humanos fueran una opinión y no un principio básico de cualquier democracia que se tome en serio.

Otro rasgo de este momento político es la producción permanente de un “otro”. Siempre hay alguien a quien responsabilizar; el feminismo, las minorías, los movimientos sociales, quién piensa distinto. La figura del enemigo organiza el enojo, la rabia y simplifica conflictos sistémicos. Divide. Fragmenta. 

La desigualdad no es un error del sistema; muchas veces le es funcional. El poder se sostiene mejor cuando la sociedad está enfrentada consigo misma, cuando quienes comparten luchas colectivas compiten entre sí en lugar de preguntarse por las estructuras que reproducen desigualdades.

En este punto, las palabras de Rita Segato ayudan a entender la profundidad del tema. Ella sostiene que el patriarcado no es cultural, es político.

En tiempos de ultraderecha, el feminismo vuelve a ser incómodo porque recuerda el poder de lo colectivo. Porque discute quién toma decisiones y bajo qué reglas. Porque no se limita a denunciar desigualdades, sino que analiza cómo se organizan las estructuras que las producen. El feminismo es teoría política y es praxis: reflexión sobre el poder y acción concreta para transformarlo.

En este contexto, la respuesta no puede ser solo indignación. Necesita inteligencia política, la capacidad de leer el momento histórico que estamos viviendo y entender por qué estos discursos de odio crecen. Entender qué emociones movilizan esos discursos y ofrecer respuestas que no reproduzcan la lógica del enfrentamiento permanente. Saber que no toda confrontación fortalece la causa. 

El crecimiento de discursos de odio también responde a una estrategia. La polarización moviliza. Construir un “otro” organiza el enojo y genera identidad. En lugar de debatir políticas públicas, se disputa moralmente la legitimidad del adversario. El conflicto deja de ser político en el sentido democrático —donde hay desacuerdo dentro de reglas compartidas— y se convierte en confrontación existencial.

Sin embargo, el hecho de que el odio sea ruidoso no significa que sea mayoritario. Muchas veces ocupa espacio porque provoca, porque circula mejor en entornos digitales que amplifican emociones intensas. Pero no representa necesariamente el consenso social.

¿Cómo se enfrenta entonces este momento? No con ingenuidad, pero tampoco reproduciendo la lógica de deshumanización. Se enfrenta disputando sentido de lo común. Nombrando lo que ocurre. Reconstruyendo comunidad. Recordando que los derechos no son concesiones ideológicas, sino principios básicos de una democracia que se toma en serio la dignidad humana.

Quizás el desafío de este tiempo sea volver a poner en el centro lo colectivo. La empatía. La capacidad de mirar al otro y decir: tu mundo también me importa, y en tu historia también puedo encontrar la mía.

En tiempos de ultraderecha, el feminismo es memoria histórica y colectiva. Es análisis. Es organización.

Y, sobre todo, es no retroceder. 

Porque hay lugares a los que ya no volveremos.

No volveremos al silencio impuesto.

No volveremos a aceptar que la violencia es privada.

No volveremos a pedir permiso para ocupar espacios, para pensar, para decidir.

Cuando otros han decidido históricamente sobre tu cuerpo, tu tiempo y tu voz, decidir por vos mismano es una elección individual, es una posición frente a un sistema patriarcal. Es un acto político.

Porque los derechos que incomodan son los que realmente transforman la sociedad.


Ir a la fuente original

Ante la ofensiva antiderechos, más organización feminista, siete años después

admin_re

*Por Clemen Bareiro Gaona

Cada 8 de marzo las calles de Asunción vuelven a llenarse de pañuelos , carteles y cantos colectivos. Miles de mujeres, jóvenes, adultas, niñas y disidencias marchan para reclamar derechos, denunciar violencias y celebrar las luchas que nos trajeron hasta aquí. Pero el 8M en Paraguay ya no es solo una fecha conmemorativa. Con el paso de los años se ha convertido en uno de los principales espacios de articulación política del movimiento feminista.

Desde hace casi una decada, organizaciones de mujeres y feministas de Asunción y de distintas ciudades del país –Encarnación, Ciudad del Este, Concepción, Coronel Oviedo, Pilar, Horqueta, entre otras – se autoconvocan para tomar las calles y las plazas. En ese proceso, el 8M dejó de ser un día de movilización para convertirse también en un espacio desde donde pensar estrategias, construir organización y colocar en la agenda pública debates que durante mucho tiempo fueron invisibilizados.

Una compañera definió una vez al 8M como el gran espacio articulador de los feminismos del Paraguay. Allí confluyen organizaciones, colectivas y activistas que impulsan debates sobre la violencia contra las mujeres, la desigualdad en el trabajo, el derecho a decidir sobre nuestros cuerpos, la precarización de la vida y la crisis de los cuidados.

Pero el 8M también expresa la diversidad del movimiento feminista. Cuando hablamos de feminismos hablamos de las mujeres en todas sus diversidades: mujeres heterosexuales, lesbianas, trans, urbanas y rurales, campesinas, profesionales, indigenas, madres y mujeres que deciden no serlo, artistas, estudiantes, trabajadoras, deportistas. Mujeres de distintas generaciones y trayectorias que comparten una convicción común: enfrentar un sistema de desigualdades sostenido por el patriarcado y por un modelo económico que reproduce exclusiones profundas.  

Cuando escribía sobre el 8M en 2019 hablábamos de una arremetida antiderechos que se expresaba en decisiones políticas concretas. La prohibición de materiales de educación integral de la sexualiad en el sistema educativo o la declaración del Senado “por la vida y la familia” mostraban la reacción de sectores conservadores frente al avance de la agenda de derechos de las mujeres.

Siete años después, ese fenómeno no solo continua, sino que se ha consolidado. Los sectores antiderechos lograron articularse como un proyecto político que disputa sentidos, instituciones y políticas públicas. A través de discursos que apelan a la defensa de la familia, la moral o la libertad, buscan frenar o revertir avances en materia de derechos sexuales y reproductivos, educación, igualdad y diversidad.

Esta ofensiva no es exclusivamente paraguaya. Forma parte de una avanzada conservadora que atraviesa América Latina y otros lugares del mundo, impulsada por redes políticas, religiosas y económicas que han comprendido que el feminismo se convirtió en uno de los movimientos sociales más dinámicos de nuestro tiempo.

En Paraguay, esta disputa se expresa en distintos ámbitos: en el sistema educativo, en el debate parlamentario, en los medios de comunicación y cada vez más en las redes sociales. No se trata solamente de una disputa por determinadas políticas públicas, sino también por el sentido mismo de la democracia.

Porque lo que está en juego no son únicamente algunos derechos específicos. Lo que está en juego es el tipo de sociedad que queremos construir.

Frente a ese escenario, el desafio del movimiento feminista sigue siendo fortalecer la organización y el pensamiento crítico. No se trata únicamente de resistir los retrocesos, sino también de seguir construyendo propuestas que amplien los horizontes de igualdad y justicia.

En estos años aprendimos que la lucha se da en múltiples frentes. Está el frente de las calles, donde las movilizaciones siguen siendo un espacio fundamental de visibilización y construcción colectiva. Está el frente institucional, donde compañeras que ocupan espacios en el Estado impulsan políticas públicas y defienden derechos conquistados. Y está el frente cultural, donde artistas, investigadoras, docentes y comunicadoras disputan los sentidos que organizan nuestra vida social.

No podemos regalar ningún espacio.

Al mismo tiempo, el movimiento feminista ha demostrado ser una de las fuerzas sociales con mayor capacidad de movilización en las ciudades del país. Cada año miles de personas participan de las marchas y actividades del 8M, generando un espacio de encuentro que convoca especialmente a nuevas generaciones.

Esa potencia movilizadora es una de nuestras principales fortalezas, pero también plantea desafios. Necesitamos fortalecer la organización territorial, ampliar los espacios de formación política y seguir construyendo alianzas con otros movimientos sociales: el movimiento campesino, el sindicalismo, el movimiento estudiantil y las organizaciones comunitarias.

En un país profundamente desigual como Paraguay, la lucha feminista no puede separarse de otras luchas por la justicia social. Las demandas por trabajo digno, por servicios públicos de calidad, por el reconocimiento del trabajo doméstico y de cuidados, y por el acceso equitativo a los recursos y a la tierra forman parte de la agenda feminista.

Las conquistas que hemos logrado – como el reconocimiento del salario mínimo para las trabajadoras domésticas –demuestran que los derechos nunca fueron concesiones. Son el resultado de años de organización y lucha colectiva.

Nuestro desafío sigue siendo combinar la fuerza del movimiento con la conquista concreta de derechos. No podemos quedarnos en el reclamo desde las calles, pero tampoco podemos abandonar ese espacio que históricamente ha sido el motor de nuestras transformaciones.

Hoy, frente al avance de discursos autoritarios y de odio que buscan restringir derechos y reducir la democracia a un ritual electoral, el feminismo vuelve a recordarnos algo fundamental: que la democracia solo puede sostenerse si incluye nuestras vidas, nuestros cuerpos y nuestras decisiones. 

Por eso, frente a la ofensiva antiderechos, la respuesta sigue siendo la misma que hace siete años: más organización feminista.

Porque sin igualdad, la democracia es apenas una promesa vacía.

Y porque nuestras luchas – como nuestras palabras – siguen siendo semilla que se siembra hoy para florecer mañana.

 

 


Ir a la fuente original

Humanizar la política no es romantizarla

admin_re

*Por Noelia Díaz Esquivel

 

La política te atraviesa entera: el cuerpo, la cabeza, el corazón. Y de eso quiero hablar hoy.

Hace días doy vueltas a estas ideas sin encontrar cómo empezar. No porque no tenga qué decir, sino porque todavía estoy procesando cómo me siento. En ese vaivén de pensamientos, hubo una frase que me quedó clavada, dicha por Johanna Ortega: hay que humanizar la política.

 

Para mí, humanizar la política es no tener miedo a sentir miedo. Es permitirse la alegría, la ansiedad, la rabia, la frustración, la culpa, el cansancio. Incluso la envidia. Sí, la envidia. Porque aunque una sea feminista y haga política desde convicciones profundas, también siente envidia. Y reconocerlo no nos debilita; nos vuelve honestas.

 

Humanizar la política es admitir que muchas veces sentimos que nunca es suficiente, sobre todo en un espacio que todavía sigue estando mayoritariamente controlado por hombres, aunque nosotras estemos dando una batalla feroz por transformarlo.

 

En esa misma línea, es motivo de  orgullo enorme ver hoy a mujeres valientes y capaces disputando lugares de poder que nos fueron negados durante siglos y a los que todavía accedemos muy pocas. Mujeres que no solo ocupan espacios, sino que los disputan entre ellas para alcanzar poder real. Y decir esto también es parte de humanizar la política.

 

Porque humanizar no es romantizar. Llegar al poder implica competencia, y eso está bien. Está bien discutir, polemizar, marcar diferencias, señalar fortalezas y debilidades, criticar, debatir ideas y propuestas. Lo que no podemos es perder el sur*.

 

Y el sur es claro: llegar a la cima para derrotar al partido de gobierno y, más aún, derrotar un sistema prebendario y corrupto de hacer política y administrar lo público. En este caso, nada menos que la capital de todas y todos los paraguayos: Asunción.

 

Johanna Ortega y Soledad Núñez no perdieron ese sur. Y en especial Johanna, diputada de País Solidario, dio una lección política enorme al reconocer, con dignidad y coherencia, a Soledad como candidata única de la oposición rumbo a la intendencia de Asunción. Incluso cuestionando el método de selección, honró el acuerdo de unidad. Eso también es hacer política en serio.

 

Las lecciones que dejan estas mujeres son profundas. Primero, la necesidad de construir acuerdos a pesar de las diferencias. Segundo —y todavía más importante—, respetarlos. Y tercero, entender que fue la coyuntura la que llevó a legitimar una candidatura mediante una encuesta, pero sin confundir herramientas con democracia.

 

La democracia no se define por una medición. La democracia es un sistema político y social donde la soberanía reside en el pueblo y se expresa a través del voto, del sufragio, de la participación real.

 

Ahora nos toca a nosotras y nosotros, como asuncenas y asuncenos, estar a la altura de ese esfuerzo. Honrar las renuncias que hicieron Johanna y Soledad. Acompañar la campaña de la candidata de la oposición. Trabajar en acuerdos claros de cogobernanza para que la oposición llegue unida y sólida, no solo a la intendencia, sino también con una Junta Municipal renovada, comprometida y capaz de impulsar las reformas urgentes que necesita la administración municipal y la vida digna que merecemos todas y todos.

 

Humanizar la política no es romantizarla. Es entender que, en el camino hacia la cima, nos atraviesa un huracán de emociones. Que está permitido —y a veces es necesario— llorar. Pero sin dejar de ser pragmáticas. Porque lo que queremos es llegar.

 

Sí, es muy difícil. Pero vale la pena.

 

 

 

*Sur: elegí usar el sur para señalar la meta como un gesto político y amoroso. Porque el horizonte también se construye desde acá, desde nuestros cuerpos, saberes y luchas. El sur no es periferia, sino dirección.


Ir a la fuente original