Cuando el racismo se disfraza de feminismo: el caso Amarilla-Mbappé

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*Por Montserrat Valladares

Hay episodios que funcionan como radiografías. La carta que la senadora Celeste Amarilla le dirigió a Kylian Mbappé, y todo lo que vino antes y después de ella, es una de esas radiografías, porque muestra con una nitidez incómoda cómo el racismo puede convivir en la misma boca que invoca al feminismo, y cómo ambos discursos, cuando se usan de mala fe, terminan dañándose entre sí.

 Vayamos a los hechos. Tras la eliminación de Paraguay en el Mundial, Amarilla publicó mensajes que llamaron a Mbappé “camerunés colonizado” y lo compararon, en términos abiertamente animalizantes, con simios. No son ocurrencias nuevas ni excesos aislados de calentura futbolera; son fórmulas que pertenecen al arsenal más antiguo y más dañino del racismo colonial, ese que durante siglos necesitó deshumanizar a las personas negras para justificar la esclavitud y el saqueo. Es un lenguaje con historia, y esa historia se sigue escribiendo sobre los cuerpos de las comunidades afrodescendientes también aquí, en Paraguay, un país que prefiere pensarse mestizo antes que mirar de frente su propio pasado esclavista y su presente racista. Comunidades como Kamba Cuá y Kamba Kokue, y organizaciones como Kamba Sapukái, la Asociación Kuña Afro y la Red Paraguaya de Afrodescendientes, vienen sosteniendo desde hace años una identidad afroparaguaya que el relato oficial del país insiste en volver invisible, incluso en un Censo Nacional que hoy en día sigue sin reflejar su verdadera magnitud demográfica.

Después vino la carta abierta. Una carta larga, cuidada, que abría presumiendo de una infancia en un colegio francés y cerraba exigiendo disculpas bajo amenaza de acciones legales por “violencia de género”. Ahí está el segundo movimiento, el más interesante para pensar desde una perspectiva feminista: la apropiación del lenguaje de la violencia de género para blindar una conducta racista frente a cualquier consecuencia.

Esto nos exige ser precisas. La violencia de género es una categoría política y jurídica construida a lo largo de décadas de lucha feminista para nombrar algo específico: la violencia ejercida sobre una persona por su género, generalmente dentro de relaciones de poder estructurales entre varones y mujeres. No es un comodín para cualquier situación en la que una mujer reciba una crítica, por dura que sea, en respuesta a expresiones que ella misma reconoció haber escrito “con la sangre hirviendo”. Usar esa categoría la vacía de contenido. Y cada vez que se la vacía, se la debilita para las mujeres que sí atraviesan violencia de género real, muchas veces sin ninguna carta abierta, sin ninguna repercusión internacional, sin nadie que las escuche.

Un feminismo antirracista no puede mirar esto sin nombrar ambas cosas a la vez. No alcanza con decir “no hay que insultar a las mujeres” si, al mismo tiempo, se calla el racismo. Tampoco basta con denunciar el racismo sin advertir que instrumentalizar el género como escudo es, en sí mismo, un problema. Las mujeres racistas no dejan de ser responsables de su racismo por ser mujeres, y del mismo modo, un hombre que responde con dureza a un insulto racista no está por eso ejerciendo violencia de género.

Hay, además, una dimensión de clase que no puede pasarse por alto y que la propia carta expone sin querer: la ostentación de vacaciones de esquí y de una educación francófona de élite como credencial para hablar en nombre de “los oprimidos” o incluso para victimizarse. 

Es una paradoja que se repite en ciertas élites latinoamericanas: proyectar hacia afuera, a un hombre negro que construyó su carrera desde los banlieues franceses con su talento y su esfuerzo, el resentimiento de clase que no logran resolver puertas adentro.

¿Qué le debemos, entonces, a la comunidad afroparaguaya y a las comunidades afrodescendientes de todo el mundo en momentos como este? Por lo menos esto: no tratar el racismo como una anécdota graciosa de redes sociales, no equipararlo en gravedad a la respuesta dura, pero no racista, que provocó, y no permitir que se diluya detrás de una polémica mediática que ya pasó a otra cosa. El racismo no es una opinión más en el debate público; es una forma de violencia con consecuencias materiales y también fue así como lo entendieron organismos como la Oficina de Derechos Humanos de la ONU y hasta el propio Senado francés, que expresaron su repudio a estas declaraciones.

Desde Emancipa creemos que la tarea de la comunicación feminista y popular es, justamente, sostener la complejidad. Nombrar el racismo sin medias tintas. Defender la categoría de violencia de género, cuidándola de los usos oportunistas. Y recordar, siempre, que ninguna lucha se construye pisando a otra.

 

Nota elaborada a partir de fuentes periodísticas públicas (ABC Color, La Silla Rota, RPP, entre otras) sobre declaraciones difundidas en redes sociales y medios de comunicación.

 


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¿Y si la próxima amenaza a los derechos de las mujeres también tiene rostro de mujer?

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*Por: Ana María Quintero

El cuento de la criada, la novela de Margaret Atwood que años después fue adaptada a una exitosa serie de televisión, retrata una sociedad en la que las mujeres han perdido el derecho a decidir sobre sus cuerpos, su papel queda reducido a la reproducción y cualquier forma de familia o identidad que se salga de la norma es perseguida. Pero una de las cosas más inquietantes de esa historia no es únicamente el poder que ejercen los hombres. También muestra cómo algunas mujeres ayudan a construir, defender y legitimar ese mismo sistema.

 

No, no estoy diciendo que Colombia sea Gilead. Lo que creo es que la historia de Atwood plantea una pregunta que sigue siendo muy vigente: ¿basta con que haya mujeres en el poder para que avancen los derechos de las mujeres?

 

La respuesta es no. Y algunas de las mujeres que rodean al presidente electo Abelardo de la Espriella ayudan a entender por qué. Varias de ellas han construido su carrera política defendiendo iniciativas que buscan restringir el acceso al aborto, cuestionar los derechos de las personas LGBTIQ+ o promover una idea única de familia. Es ahí donde aparecen los paralelos con personajes como Serena Joy.

 

Muchas personas recuerdan a los comandantes como los principales responsables del régimen en la ficción de Margaret Atwood, pero olvidan que personajes como Serena Joy también fueron fundamentales para construir y defender ese modelo de sociedad.

 

Serena era una mujer con voz, influencia y reconocimiento público que promovía una visión conservadora de la sociedad y del lugar que debían ocupar las mujeres: estrechamente ligado a la familia, la maternidad y los roles tradicionales de género. Y cuando se observan algunas de las figuras femeninas que acompañan al hoy presidente electo, aparecen ecos de esa misma lógica.

 

Los primeros nombres que rodean al presidente electo muestran una coincidencia difícil de ignorar. Varias de las mujeres que podrían tener influencia en su gobierno han hecho de la oposición al aborto una de sus principales banderas políticas.

 

Una de ellas es Carol Borda, congresista electa por Bogotá por el partido Salvación Nacional, integrante del movimiento provida y miembro de la Misión Carismática Internacional, conocida como Iglesia G12.

 

Como integrante del equipo asesor de la concejal de Bogotá Clara Sandoval, hoy partidaria del presidente electo  Abelardo de la Espriella, Carol Borda participó en la construcción del Proyecto de Acuerdo 340, conocido como “Ruta por la Vida”. De acuerdo con Causa Justa y diversas organizaciones de salud, esta iniciativa suponía retrocesos en el acceso al aborto y limitaba el derecho de las mujeres a decidir sobre sus proyectos de vida.

 

Además, en la actualidad, Borda prepara un proyecto de reforma constitucional para modificar el artículo 11 de la Constitución y reconocer jurídicamente la existencia humana desde el momento de la concepción. Una medida de este tipo supondría nuevas restricciones al derecho a decidir, abriría la puerta a la persecución y criminalización de quienes interrumpen su embarazo y podría empujar a muchas mujeres a recurrir nuevamente a abortos clandestinos e inseguros.

 

También dirige la Fundación Nazer, organización que se ha opuesto al fallo de la Corte Constitucional que despenalizó el aborto hasta la semana 24 y al proyecto de ley integral trans.

 

Otra figura es Sara Castellanos, senadora electa por Salvación Nacional e hija de los pastores y fundadores de la Iglesia G12. Tras la sentencia C-055 de 2022, que despenalizó el aborto hasta la semana 24, Castellanos impulsó un “Referendo por la Vida” que, al igual que la propuesta de Borda, buscaba modificar el artículo 11 de la Constitución para reconocer el derecho a la vida desde la concepción.

 

Castellanos ha defendido una concepción tradicional de la familia, entendida como la conformada por madre, padre e hijos, dejando por fuera otras formas de organización familiar reconocidas social y jurídicamente. Asimismo, ha cuestionado la educación sexual y los contenidos sobre diversidad en las escuelas, y ha acusado a Fecode de promover la llamada “ideología de género”, una narrativa impulsada por movimientos conservadores y antigénero que busca deslegitimar las luchas feministas y los derechos de las personas LGBTIQ+, alimentando discursos de exclusión y obstaculizando avances en materia de igualdad y reconocimiento de la diversidad.

 

Pero esta agenda no se limita a las nuevas congresistas. También aparece en algunos de los nombres que han sonado para integrar el gabinete.

 

Dentro de los posibles nombres que suenan para integrar el gabinete de ADLE está el de Viviane Morales, exfiscal general de la Nación, quien en 2016 promovió un referendo que buscaba restringir la adopción a parejas homosexuales. La iniciativa desconocía la Sentencia C-683 de 2015 de la Corte Constitucional, que reconoció el derecho de las parejas del mismo sexo a adoptar, y fue cuestionada por la Defensoría del Pueblo por afectar los derechos fundamentales de niños y niñas, así como el principio de no discriminación. Finalmente, la propuesta fue archivada en la Comisión Primera de la Cámara de Representantes.

 

Y se suma el nombre de Juliana Gutiérrez Zuluaga, quien suena como posible directora del ICBF. Hermana del actual alcalde de Medellín, Federico Gutiérrez, y candidata al Senado en las recientes elecciones por el movimiento Creemos, liderado por su hermano, Gutiérrez durante su campaña al Senado abanderó temas relacionados con la niñez y las mujeres desde su experiencia personal. Más allá de ello, no se evidencia una trayectoria sólida en la formulación o implementación de políticas de protección integral a la infancia, un aspecto relevante para dirigir una entidad como el ICBF.

 

Otro de los nombres que ha sonado para integrar el gabinete es el de María Fernanda Cabal, ex-senadora del Partido Centro Democrático, quien podría asumir el Ministerio de Defensa. Cabal ha sido una de las voces más visibles en la difusión de discursos sobre la llamada “ideología de género”, se ha declarado abiertamente provida y ha manifestado que, a partir de una experiencia personal vivida hace más de dos décadas, considera que en un contexto donde existen métodos anticonceptivos accesibles las mujeres no deberían recurrir al aborto, sino contar con alternativas para continuar sus embarazos.

 

Sin embargo, esta postura suele dejar de lado la evidencia sobre las consecuencias que tiene negar el acceso a la interrupción voluntaria del embarazo. Una investigación de las economistas Juliana Londoño Vélez y Estefanía Saravia, de la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA), encontró que las mujeres a quienes se les niega un aborto presentan menores niveles educativos, menor participación laboral y menores ingresos a largo plazo. Además, tienen una mayor probabilidad de vivir en condiciones de pobreza y vulnerabilidad: la probabilidad de caer en pobreza extrema o moderada aumenta cerca de un 50 %, mientras que la de habitar en los estratos socioeconómicos más bajos crece en un 42 %.

 

Asimismo, ha respaldado la Política de Seguridad Democrática impulsada por el expresidente Álvaro Uribe. Frente a esta política, la Comisión de la Verdad documentó que la intensificación de la confrontación armada tuvo impactos particulares sobre las mujeres, especialmente en territorios rurales y comunidades afectadas por la guerra, donde enfrentaron desplazamientos, violencias y afectaciones a sus procesos organizativos y comunitarios. En ese contexto, organizaciones de mujeres insistieron en la necesidad de una salida negociada al conflicto y en el derecho a vivir en paz como una condición fundamental para garantizar sus derechos.

 

El respaldo a enfoques de seguridad centrados principalmente en la respuesta militar también plantea interrogantes sobre cómo se incorporará una perspectiva de género en el abordaje del conflicto armado.

 

Más que casos aislados, estos nombres muestran un patrón. Aunque provienen de trayectorias distintas, comparten una visión sobre el lugar que deben ocupar las mujeres, la familia y la sexualidad en la sociedad. No se trata únicamente de sus creencias personales, sino de proyectos políticos que buscan traducir esas convicciones en leyes, reformas constitucionales y políticas públicas.

 

Esa es, precisamente, una de las lecciones más perturbadoras de El cuento de la criada: los sistemas que buscan controlar los cuerpos y limitar la autonomía no son sostenidos exclusivamente por hombres. También encuentran mujeres que los legitiman, los promueven y les otorgan un rostro cercano y familiar.

 

Por eso, la pregunta no es cuántas mujeres ocupan cargos de poder dentro de un gobierno. La pregunta es qué proyecto de sociedad, qué idea de familia y qué lugar para las mujeres están contribuyendo a construir. Porque la representación, por sí sola, no garantiza la igualdad. La presencia de mujeres en espacios de decisión no se traduce automáticamente en avances para los derechos de las mujeres ni en la ampliación de las libertades conquistadas.

 


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LEER ES RESISTIR: Mujeres latinoamericanas para contrarrestar el autoritarismo

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*Por: Laura Tabares

 

Como señaló Hitler en Mein Kampf, las grandes mentiras suelen resultar más creíbles que las pequeñas porque a muchas personas les resulta difícil imaginar que alguien pueda distorsionar la verdad a una escala tan descomunal. Actualmente, la realidad ya no está moldeada únicamente por los discursos o los medios masivos, sino también por los algoritmos. En ese sentido, las redes sociales se han convertido en una gran cámara de eco para la desinformación, la polarización y los discursos que apelan al miedo y a la diferencia como amenaza. Este es el escenario en  donde las ideas autoritarias encuentran espacio para expandirse por dos razones: en primer lugar, la simplificación de la realidad en dicotomías rígidas como buenos y malos, blanco y negro, héroes y traidores a la patria. Y en segundo lugar, a esto se suman narrativas la reaparición de narrativas que históricamente han servido para justificar la desigualdad, la persecución y la represión pero en una versión más light para todos los públicos. Es así que hablamos de temas como  la batalla cultural contra lo woke, promesas populistas de echar motosierra a lo que valga y promesas de milagros endulzados con reflectores, showmans con vibras de therian enclosetado y mucha (pero mucha) inteligencia artificial para darle sabor a la cosa. 

 

Por ende, este cambio de brújula política era de esperarse. Y se le puede echar la culpa a múltiples causas, pero yo quiero arrojar luz a una sola: la crisis de lectura. De acuerdo al último informe de lectura presentado por  la Cámara del Libro, se muestra que el  72% de los adultos en Colombia declara tener hábito de lectura y el promedio nacional es de 3,75 libros al año; sin embargo, la mayoría consume entre 1 y 5 libros anuales, lo que indica limitaciones en la frecuencia. A ello se suma que diversas investigaciones han señalado que la enseñanza de la lectura y la escritura suele orientarse hacia la comprensión literal y la memorización de contenidos en lugar de promover habilidades de interpretación, argumentación y evaluación crítica de los textos. Y es así que el ciudadano se convierte en una oveja más del rebaño que aplaude que la asfixie la bota del opresor; todo en nombre de la patria.

 

En este contexto de incertidumbre, noticias falsas y narrativas simplonas, es necesario volver a las raíces: a los espacios comunitarios, a los afectos y a las formas colectivas de cuidado, pero también a la pedagogía. En ese sentido, la educación crítica no solo implica fomentar la lectura, sino transformar la manera en que se lee. Dotar a las personas de herramientas para agudizar el debate, cuestionar el estatus quo y sobre todo, conocer su historia. Incluso el mismísimo Mario Mendoza lo menciona en su libro: leer es resistir. Por eso, en tiempos de discursos autoritarios, les traigo este kit de 6 libros escritos por mujeres para leernos y pensarnos Latinoamérica desde nuestras gafas moradas.

 

  1. Cometierra (Argentina)  — Dolores Reyes

Empezaba a ver que los que buscan a una persona tienen algo, una marca cerca de los ojos, de la boca, la mezcla de dolor, de bronca, de fuerza, de espera, hecha cuerpo. Algo roto, en donde vive el que no vuelve.

 

Esta frase acuña la esencia de esta novela de Dolores Reyes. La historia sigue a una joven huérfana conocida como Cometierra, una muchacha capaz de ver el destino de personas desaparecidas al ingerir tierra de los lugares donde fueron vistas por última vez. A través de los cuerpos ausentes, las desapariciones y los feminicidios, Reyes construye una narración donde la búsqueda de la verdad se enfrenta constantemente a la indiferencia, el silencio y la impunidad. Mientras la protagonista ayuda a otras familias a encontrar respuestas, también reconstruye su propia historia y descubre la violencia que marcó la muerte de su madre. La novela se caracteriza por un lenguaje crudo y escenas explícitas de violencia, lo que ha generado controversias. En Argentina, sectores conservadores cercanos al gobierno de Milei cuestionaron su presencia en bibliotecas escolares por considerar que contenía contenidos inapropiados para menores y que promovía la “degradación e inmoralidad”.

 

Léalo en caso de: que quieran meterle el cuento negacionista de que “los falsos positivos” no existen.

 

2. Hot Sur (Colombia) — Laura Restrepo

 

Seamos honestos: colombiano que se respete leyó Delirio en el bachillerato. Pero si aquella novela explora cómo el narcotráfico y las fracturas sociales se filtraron en la vida cotidiana de toda una generación, Hot Sur se adentra en otro de los grandes espejismos contemporáneos: el sueño americano.

 

La historia sigue a María Paz, una migrante latina que, como tantas otras personas, llega a Estados Unidos persiguiendo la promesa de una vida mejor. Sin embargo, ese sueño pronto se convierte en pesadilla cuando es acusada del asesinato de su esposo, un policía blanco, y condenada a prisión. La novela da un giro vertiginoso cuando María Paz descubre que el verdadero horror no se encuentra tras las rejas, sino esperándola fuera de ellas. A partir de esta premisa, Laura Restrepo construye una crítica feroz a la idea de prosperidad y al white picket fence dream que durante décadas se nos ha vendido: la promesa de que al otro lado de la frontera existen más oportunidades, mayor bienestar y una vida mejor. A través de una trama que entrelaza migración, racismo y violencia de género, Hot Sur desmonta el mito de que basta con cambiar de país para escapar de las injusticias, los prejuicios y las violencias que marcan una vida.

 

Léalo en caso de: que quieran convencerle de que los migrantes son responsables de todas las crisis sociales y de que papi Estados Unidos viene a salvarnos de nosotros mismos.

 

3. El canto de las moscas (Colombia)— María Mercedes Carranza

 

La poesía colombiana nos ha legado voces extraordinarias que han sabido transformar en versos sentimientos complejos como la rabia, el duelo, la impotencia y la esperanza.

En 1997, la poeta colombiana María Mercedes Carranza publicó El canto de las moscas, un poemario compuesto por veinticuatro cantos breves, cada uno titulado con el nombre de una población colombiana marcada por una masacre o un episodio de violencia. Entre los cantos más recordados se encuentran Necoclí, Mapiripán, Dabeiba, Ituango y Soacha, territorios donde la guerra dejó huellas imborrables. La preocupación de Carranza por la violencia no fue únicamente literaria. Como intelectual, periodista y gestora cultural, promovió iniciativas de diálogo y paz en medio del conflicto armado colombiano. La guerra también marcó profundamente su vida personal cuando su hermano, Ramiro Carranza, fue secuestrado por las FARC en 2001. A través de una escritura contenida, sobria y desgarradora, la autora convierte estos territorios en símbolos de la memoria y del dolor colectivo del país, recordándonos que la violencia no es una estadística abstracta, sino una herida que permanece abierta en quienes la han vivido y en quienes se niegan a olvidarla.

 

Léalo en caso de: que le vendan discursos glorificando en la guerra cuándo nunca en su vida han cargado un fusil.

 

4. El invencible verano de Liliana (México) — Cristina Rivera Garza

 

¿Qué ocurre cuando el duelo se convierte en una investigación y la memoria en un acto de resistencia? 

 

En El invencible verano de Liliana, Cristina Rivera Garza reconstruye la vida de su hermana, víctima de feminicidio, para enfrentarse no solo a una pérdida personal, sino también a las violencias estructurales que hicieron posible su muerte.  Décadas después, al abrir las cajas donde su familia guardó las pertenencias de Liliana, Cristina encontró cartas, diarios, fotografías y recuerdos que le permitieron escuchar nuevamente la voz de su hermana. Más que una investigación familiar, El invencible verano de Liliana es una excavación de la memoria en la que Rivera dignifica la figura de su hermana, al tiempo que reflexiona sobre una época en la que ni siquiera existían las palabras necesarias para nombrar el feminicidio o  la violencia de género. Esa voz  se convirtió en una exigencia de justicia, no solo para Liliana, sino para las miles de mujeres que han sido víctimas de la violencia machista.

 

Léalo en caso de: que le digan que el feminicidio es una exageración ideológica o que “también a los hombres los matan”.

 

5. Mugre rosa (Uruguay)— Fernanda Trías

 

¿Qué ocurre cuando el fin del mundo no llega de golpe, sino que se instala lentamente en la vida cotidiana? 

 

En Mugre rosa, Fernanda Trías imagina una ciudad costera asediada por una plaga  marcada por vientos tóxicos, niebla y la aparición de algas que transforma el paisaje, los cuerpos y las relaciones humanas. Mientras que el futuro parece desmoronarse, una mujer intenta aferrarse a los vínculos que aún le quedan. La novela se adentra en un universo centrado más en la psicología de los personajes que en el colapso ambiental global. La «mugre» del título se siente tanto literal como simbólica: no es solamente el smog o la contaminación citadina, sino también es esa “mugre emocional”,  el caos y  la sensación de deterioro que interpelan ese día a día. La prosa es cruda, minuciosa y, por momentos, asfixiante. La ciudad deja de ser un escenario para convertirse en un cuerpo enfermo que se descompone lentamente, arrastrando consigo a quienes la habitan. Más que una novela distópica, Mugre rosa es una reflexión inquietante sobre el duelo, la negación y la crisis ambiental que atraviesa nuestro presente. Trías nos recuerda que el verdadero terror no siempre está en un futuro apocalíptico, sino en aquello que desaparece frente a nuestros ojos mientras fingimos no verlo.

 

Léase en caso de: que le intenten vender la idea de que el cambio climático es solo un mito o que se puede hacer fracking “amigable con el ambiente”. O cuando le intenten decir que el cambio climático no existe y que se puede hacer fracking amigable con el ambiente.

 

6. Las malas — Camila Sosa Villada

 

Cuando hablamos de literatura escrita por mujeres latinoamericanas, con frecuencia dejamos por fuera las voces de las mujeres trans. Personalmente,  esta fue la oportunidad de mirar América Latina desde otro ángulo y de acercarme a una experiencia de feminidad de la que rara vez se habla.

 

Narrada por la propia autora, la novela reconstruye su recorrido desde una infancia marcada por la marginación en Mina Clavero hasta su llegada a Córdoba, donde encuentra una nueva familia entre las travestis y trabajadoras sexuales del Parque Sarmiento, bajo el amparo de la inolvidable tía Encarna. Allí descubre, por primera vez, un espacio de pertenencia en un mundo que constantemente las expulsa. Pero Las malas es mucho más que una historia de exclusión. Es una novela que mezcla memoria, realismo mágico, cuento de hadas, terror y crónica para retratar la violencia, la precariedad y el afecto que atraviesan la vida de las travestis en América Latina. En sus páginas conviven la furia y la ternura, el dolor y la fiesta, la discriminación y la resistencia.

 

Léase en caso de que: Le quieran decir que la existencia de las mujeres trans es contra-natura o peor aún: deseen meterle el discurso de la ideología de género por  enésima vez.

 


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Las mujeres tejen unidad frente a una agenda de retrocesos

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Organizaciones feministas, sindicatos, vicepresidencias de la mujer de partidos políticos y organizaciones de la sociedad civil de mujeres, se reunieron en la Casa de las Trabajadoras y  Trabajadores para articular una respuesta común ante el avance conservador.

El jueves 18 de junio, a las 18:00 horas, la Casa de las Trabajadoras —ubicada en Alameda 1346, Metro Moneda— recibió a un amplio conjunto de organizaciones de mujeres, que respondieron al llamado de la Vicepresidencia de la Mujer y Equidad de Género de la Central Unitaria de Trabajadores y Trabajadoras (CUT).

 

 

La convocatoria fue realizada por la vicepresidencia de la Mujer y Equidad de Género de la CUT a través de su dirigenta, Karen Palma. Este llamado, surgió frente al actual escenario político del país y a una agenda de retrocesos que afecta de manera directa a las mujeres trabajadoras y que precariza aún más la vida de miles de familias. La invitación apeló a retomar el rol histórico de las trabajadoras en la organización de las distintas luchas y a generar un espacio social y político de articulación entre organizaciones de mujeres, feministas y representantes de género de partidos progresistas.

 

Al encuentro asistieron organizaciones feministas, sindicatos, vicepresidencias de la mujer de partidos políticos y organizaciones de la sociedad civil de mujeres, que agradecieron la convocatoria y coincidieron en un diagnóstico compartido: estamos atravesando un momento complejo como país, y para las mujeres ese escenario es todavía más duro. Entre otras, estuvieron presentes:

 

Red de Profesionales por el Derecho a Decidir – Asamblea Permanente por la Legalización del Aborto – Observatorio de Género y Equidad – Coordinadora Feminista 8-M – Sindicato Rendstad – MEMCH -ABOFEM – Sindicato Paris – Federación SUNF – Fundación Protección Infantil – Tremendas – CEE Facso UCH – Asamblea Feminista Ñuñoa – FENASSAP – Encargada de la Mujer Partido Demócrata Cristiano – Red de periodistas y Comunicadoras Feministas de Chile – Corporación Humanas – La Morada – Ni Una Menos Chile –  SITEL Walmart Chile – Encargada de la Mujer Partido Radical de Chile – Encargada de la Mujer Partido Comunista de Chile -Frente Feminista del Frente Amplio – Encargada de la Mujer Partido Demócrata Cristiano – Vicepresidencia de la Mujer Partido Socialista – Asociación y Revista Emancipa.

 

Hubo un amplio acuerdo en torno a la necesidad de la unidad. Las organizaciones presentes señalaron que, frente al avance de los conservadurismos y a los intentos por invisibilizar los derechos de las mujeres, la articulación es una herramienta urgente. La formación política, el trabajo en los territorios y la unidad ante la amenaza de retrocesos en derechos ya conquistados aparecieron como ejes centrales del encuentro.

 

En este espacio participó también Emancipa, tanto en su calidad de revista feminista transnacional, como en la de corporación recién formada. Desde ambos lugares, asumimos el compromiso con este trabajo, porque creemos que la unidad de las mujeres es una fuerza imparable de resistencia y construcción. Llegamos a este encuentro convencidas de que la palabra escrita y la organización colectiva son parte de una misma trama: la de las mujeres que no están dispuestas a retroceder.

 

La jornada cerró con el compromiso de una próxima reunión, en la que se definirá un mecanismo de trabajo conjunto. Las convocantes extendieron la invitación a todas las organizaciones feministas que quieran sumarse a este esfuerzo común.

 

Porque cada vez que intentan invisibilizarnos, volvemos a encontrarnos. Cada vez que amenazan con quitarnos lo conquistado, nos organizamos. La historia de las mujeres trabajadoras está hecha de esa certeza: que juntas somos memoria, somos presente y somos la fuerza que ningún retroceso podrá detener. Hoy, esa certeza vuelve a tomar cuerpo. Y no piensa detenerse.


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Dios, patria y familia: ¿de quién?

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*Por Patricia Polania Niño

Hasta 1932, en Colombia, una mujer no podía tomar decisiones propias ni al cumplir la mayoría de edad. Decidía el padre. Luego, el marido. Fue necesario un acto legislativo para que la ley reconociera que éramos sujetas de derechos, no extensiones de un hombre. Veintidós años después, en 1954, conseguimos votar. Lo consiguieron mujeres organizadas que aguantaron burlas, desprecio y décadas de puertas cerradas. Después vendría el divorcio, la igualdad jurídica, la tipificación del feminicidio como delito autónomo “La Ley Rosa Elvira Cely”, construida por organizaciones de mujeres que defienden los derechos humanos y la vida, y en 2022, el aborto libre hasta la semana 24, el derecho que Colombia le ganó al continente no por generosidad de ningún presidente sino por la demanda de Causa Justa ante la Corte Constitucional.

 

Cada uno de esos derechos costó generaciones. Y todos están en el menú de lo que un proyecto como el de Abelardo puede desmontar, uno por uno, sin que él tenga que decirlo explícitamente.

 

Porque Abelardo no habla de quitar derechos. Habla de la familia. Habla de “valentía, generosidad, humildad y amor incondicional”, que es su manera de describir el trabajo de cuidado no pagado que recae sobre las mujeres. El 89,8% de las mujeres colombianas realiza trabajo no remunerado, dedicando en promedio más de siete horas diarias a esas labores, más del doble que los hombres. El DANE calcula que ese trabajo equivale al 20% del PIB nacional, por encima del comercio y la manufactura. Eso no es amor. Es la economía y llamarlo virtud es la forma más elegante de no pagarlo.

 

Habla dela estabilidad del hogar como fundamento del orden nacional”  y también de roles “definidos” en la crianza, lo que excluye a las familias que no caben en su molde. Habla de Dios con quien tiene, según él mismo, comunicación directa sobre su candidatura como argumento de política pública, justo cuando quiere sacar a Colombia de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, el organismo que ha sido escudo regional de los derechos sexuales y reproductivos. Y habla de armar a los civiles en un país donde, entre enero y agosto de 2024, Medicina Legal registró más de 32.000 casos de violencia intrafamiliar contra mujeres y 187 feminicidios, el 69% cometidos con un arma encontrada en el propio hogar.

 

¿Entonces cuál es el peligro de Abelardo? Que sea exactamente lo que parece: un hombre que cree sinceramente que la familia tradicional protege a las mujeres, cuando los datos dicen que es precisamente ahí donde más nos matan. La manada del tigre avanza con la convicción de que solo el amor constante y la autoridad moral pueden devolverle la grandeza a nuestra amada patria”.

 

Vale la pena entonces preguntarse de qué familia está hablando, porque la Colombia real no se parece mucho a la que él describe. Según el DANE, el 46,5% de los hogares colombianos están encabezados por una mujer, y en el 68,8% de esos casos, esa mujer no tiene pareja. Son 8,5 millones de hogares sostenidos por madres, tías, abuelas, hermanas mayores, la red de cuidado invisible que este país ha necesitado siempre y que ningún discurso sobre la familia tradicional ha sabido nombrar. Y cuando los padres están, no siempre responden: cada año se presentan entre 16.000 y 70.000 denuncias por inasistencia alimentaria, el 86% contra hombres, y el 92% de las demandas de alimentos las interponen mujeres que quedaron solas frente a la crianza. Ignorar ese país no es un error político: es una forma de violencia.

 

El problema no es que Abelardo crea en Dios. Así como lo dice anunciando su cierre de campaña:Cerraré mi campaña en el último día de plaza pública en la ciudad del milagro. Iré ante el Señor de los Milagros en Buga para pedir la sanación de nuestra nación y rogar su divina intervención para ganar la batalla espiritual que estamos librando en contra del mal”.» El problema es que Colombia es un Estado laico y social de derecho, y ningún presidente puede imponer su lectura de la familia a toda la población. La Constitución del 91 nació precisamente de reconocer que en este país conviven infinidad de religiones, de formas de vivir, de maneras de entender el mundo y que esa pluralidad no es un defecto sino lo que nos define. Los derechos de los niños y las niñas no le pertenecen a la familia tradicional ni a ninguna doctrina: les pertenecen a ellos. Y en un país tan violento como Colombia, donde la garantía de derechos ha costado vidas, no puede estar subordinada a las creencias personales de quien gobierna.

 

Esta es una pregunta para todas las mujeres que quieran leer esta columna, sin importar cómo voten el 21 de junio: ¿a quién le entregamos la custodia de los derechos que tardamos décadas en conquistar? Porque nadie nos los dio. Los peleamos nosotras en las calles, en los juzgados, ante las cortes, desde el duelo convertido en ley. Y esa historia no se le puede entregar a quien ni siquiera la conoce.

 


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