Conversar no es inocente: poder, escucha y feminismo

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*Por Clemen Bareiro Gaona

Hay una pregunta que incomoda porque nos devuelve el espejo: ¿Cómo conversamos las feministas?

No como ejercicio de estilo ni como gesto de corrección política, sino como práctica profundamente política. Porque no alcanza con estar – ni con sumar voces- si los modos de decir, de escuchar y de disputar siguen organizados por la misma gramática del poder que decimos combatir.

Sabemos que el problema no es únicamente la exclusión de las mujeres, sino la persistencia de un sistema que ordena jerarquías, silencios y legitimidades: heteropatriarcal, capitalista, colonial. Un sistema que también se filtra en nuestros espacios, en nuestras formas de interrumpir, de validar, de traducir, de representar. Por eso, un feminismo que excluye -aunque lo haga en nombre de la justicia – corre el riesgo de reproducir aquello que denuncia.

Como plantea Sara Ahmed, el feminismo es una práctica cotidiana que exige trabajo sobre una misma y sobre los vínculos: “El feminismo es tarea” (Ahmed, 20221, p.21). No es solo una teoría que se enuncia hacia afuera, sino un ejercicio persistente de revisión. Esa tarea incluye preguntarnos: ¿a quién dejamos hablando sola en nuestras conversaciones? ¿Qué cuerpos y saberes quedan como “ruído” o como pie de página? En esa misma línea, Ahmed insiste: “Ser feminista es arruinar la felicidad” (Ahmed,2021, p.85), es decir, incomodar los consensos que se sostienen sobre exclusiones. Pero esa incomodidad no puede dirigirse únicamente hacia afuera: también debe atravesar nuestras propias prácticas.

Pero esa tarea, vivida, también pesa. A veces se repite como un mantra que se agota en sí mismo: trabajo, trabajo, trabajo. Trabajo de explicar, de traducir, de sostener vínculos que el sistema empuja al desgaste. Esa fatiga no es accidental: forma parte del modo en que el patriarcado y el capitalismo administran nuestras energías, llevándonos a optar – casi sin darnos cuenta – por el atajo del individualismo. Nombrar esto no es claudicar; es reconocer las condiciones materiales en las que intentamos conversar.

En esa misma línea, Rita Segato advierte que habitamos un mundo donde se aprende a desensibilizarse frente al otro: “Las pedagogías de la crueldad enseñan a transformar lo vivo y su vitalidad en cosas” (Segato, 2018, p. 13). Cuando nuestras conversaciones se vuelven campos de disputa donde importa más vencer que comprender, corremos el riesgo de reproducir esas pedagogías: jerarquizando quién habla mejor, quién tiene la cita más legítima, quién ocupa el centro de la escena. Allí donde el lenguaje se vuelve instrumento de dominio, la conversación deja de ser un espacio político para convertirse en reproducción de la violencia.

Conversar, entonces, no es un acto neutral. Es una forma de organización del mundo. Y ahí, como sugiere Daniela Losiggio, la política se juega en la aparición de nuevas voces: “La política comienza cuando aparece la voz de quienes no tenían parte en el reparto de lo sensible” (Losiggio, 2020,p. 45). La conversación feminista no puede limitarse a ampliar el coro si no revisa también como se distribuyen los lugares de enunciación, quién traduce a quién, quién legitima a quién.

Tal vez se trate de aprender a habitar la incomodidad sin convertirla en violencia. De sostener el desacuerdo sin cancelar la posibilidad de vínculo. De reconocer que no todas llegamos desde el mismo lulgar ni con las mismas palabras, pero que eso no puede ser excusa para la traducción forzada ni para el silenciamiento.

Un feminismo que conversa de otro modo no busca consenso permanente, pero tampoco celebra la fragmentación como destino. Ensaya, más bien, una ética de la escucha situada: una disposición a dejarse afectar, a revisar las propias certezas, a no ocupar todo el espacio.

Y aun así, hay algo que no termina de cerrar. ¿Por qué a veces, entre nosotras, tampoco nos entendemos? ¿Por qué la sensación de estar hablando de lo mismo no se traduce en encuentro? ¿Cómo evitamos repetirnos? ¿Cómo logramos escucharnos? La pregunta no es retórica: aparece en cada reunión que termina en cansancio, en cada hilo de mensajes que se enreda, en cada espacio donde una se descubre pensando “no sé comunicarme”. Quizás no se trate solo de cómo hablamos, sino de qué condiciones nos damos – de tiempo, de cuerpo presente, de confianza – para que la conversación deje de ser perfomance y vuelva a ser encuentro.

Hablar de cómo conversamos las feministas también implica asumir un posicionamiento ético y político frente a la no discriminación. Porque cuando decimos feminismo, no hablamos de una identidad cerrada ni de un espacio homogéneo, sino de una apuesta radical por la inclusión de las diferencias. Un feminismo que no puede permitirse excluir sin contradecirse, que no puede reproducir jerarquías sin debilitar su propia promesa.

En ese sentido, la conversación feminista no es solo una práctica discursiva: es también una práctica económica, social y política. Porque no habrá un nuevo mundo posible sin nosotras, pero tampoco lo habrá si no transformamos las relaciones que sostienen las múltiples opresiones. Las formas en que hablamos, escuchamos y nos vinculamos son parte de esas estructuras. Y por eso, también son parte de su transformación.

Quizás, entonces, la conversación feminista también pueda pensarse desde el ñe’ē de nuestras abuelas, no solo como palabra dicha, sino como palabra que germina, que tiene raiz y dirección. No toda palabra es semilla. Algunas repiten, ordenan, clausuran. Otras, en cambio, abren.

Hablar entre nosotras podría ser eso: no una acumulación de voces, sino un tejido donde la palabra no se impone, sino que se siembra. Donde escuchar no es esperar turno, sino dejarse afectar. Donde disentir no es expulsar, sino transformar.

Si el sistema que enfrentamos convierte la palabra en herramienta de dominio, tal vez el desafío sea volverla territorio de cuidado y de creación. Un espacio donde la voz no compita por existir, sino que encuentre condiciones para florecer.

Porque en cada conversación también se ensaya un mundo. Y en cada palabra, si logra ser semilla, hay una posibilidad de no repetirlo.

 

 

 

  • Ahmed, S. (2021). Vivir una vida feminista (trad. al español). Buenos Aires: Caja Negra.

•      Segato, R. L. (2018). Contra-pedagogías de la crueldad. Buenos Aires: Prometeo Libros.

•      Losiggio, D. (2020). La razón feminista: Políticas de la calle, pluralismo y articulación. Buenos Aires: Tinta Limón.

 

 

 


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La nueva IA de Google podría estar presentando procedimientos quirúrgicos de alto riesgo como si fueran tratamientos estéticos simples.

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*Por Ana María Portilla y Patricia Polanía


En países como Colombia, donde existe un mercado clandestino que vive precisamente de bajar la percepción de peligro, eso puede convertirse en un problema serio de salud pública.

Cuando una mujer busca el término “lipólisis láser” en Google, la interfaz de inteligencia artificial le muestra una cirugía de riesgo como si fuera un procedimiento cosmético sencillo. El sistema recopila información de páginas comerciales sobre cirugías estéticas y la devuelve al público con la apariencia de un dictamen médico neutral. Al centralizar la respuesta bajo este modelo, la tecnología de Google podría estar eliminando alertas básicas de peligro alrededor de intervenciones invasivas, provocando que muchas mujeres reciban, en primera instancia, publicidad disfrazada de información médica.

Pantallazo búsqueda AI Google

 

La “lipólisis láser” sí existe como procedimiento médico formal. El problema real no es catalogar la intervención como falsa, sino que no se trata de un tratamiento superficial ni “suave”: es una cirugía mayor invasiva que requiere incisiones, anestesia y personal altamente calificado. El núcleo de la controversia radica en cómo AI Overviews, la herramienta integrada al buscador de Google, y otras IA de acceso masivo estarían construyendo la explicación sobre este procedimiento, omitiendo su verdadera complejidad técnica. 

Si hoy una persona realiza esta consulta, estos sistemas entregan resúmenes cortos, tranquilizadores y alineados con el lenguaje comercial hablan de “mínima invasión”, “grasa localizada”, “rápida recuperación” y beneficios cosméticos. Sin embargo, dejan en segundo plano los riesgos anestésicos, cardiovasculares e infecciosos reales, una omisión que modifica directamente la percepción de riesgo de quien busca información en internet.

Este sesgo en los resultados es grave porque el lenguaje que suaviza la cirugía es, precisamente, la estrategia central que utiliza el mercado clandestino para la captación de mujeres. Las redes informales de estética estética necesitan neutralizar el miedo natural a entrar a un quirófano para poder atraer a sus pacientes; por ello, transforman términos médicos complejos en promesas de soluciones rápidas, indoloras y económicas. Al revisar fuentes médicas especializadas o clínicas que sí cumplen con los protocolos normativos, aparecen advertencias explícitas sobre el uso de anestesia general o regional, la necesidad absoluta de quirófanos formalmente habilitados por las autoridades sanitarias y el requerimiento de un monitoreo permanente. Al borrar esta complejidad, la IA de Google y otros modelos como la inteligencia artificial de Meta o Chat GPT, estarían validando de manera indirecta la misma narrativa de seducción comercial con la que operan las redes de cirugía ilegal.

Pantallazo búsqueda Meta AI

En el contexto colombiano, esta distorsión intersecta con una economía clandestina que ha prosperado bajo eufemismos como “mini-lipo”, “moldeamiento”, “lipólisis” o “suave brisa”. El impacto de este mecanismo de captación se evidencia en el caso de Yulixa Toloza, una mujer de 52 años que falleció tras someterse a una lipólisis láser en un centro clandestino que operaba sin autorización sanitaria en el sur de Bogotá. Atraída por la promesa de un procedimiento rápido y supuestamente menor, sufrió complicaciones críticas de salud durante la intervención, tras lo cual los responsables intentaron ocultar lo sucedido y desaparecieron a la mujer. El caso, que ya cuenta con personas arrestadas por las autoridades de Colombia y Venezuela en medio de una investigación penal por la muerte y el ocultamiento de pruebas, nos muestra cómo las pacientes ingresan a lugares inseguros bajo la creencia de que se someterán a un tratamiento cosmético, cuando en realidad están siendo introducidas a cirugías realizadas sin condiciones básicas de supervivencia. La encrucijada actual surge cuando ese mismo discurso utilizado para captar víctimas ya no proviene únicamente de la publicidad en redes sociales o de volantes dudosos, sino del buscador y las herramientas tecnológicas más usadas del mundo.

 

Pantallazo búsqueda Chat GPT

 

El origen de las fuentes agrava el escenario. Gran parte de la información que procesan estos sistemas de IA proviene directamente de las páginas comerciales de las propias clínicas estéticas que mejor pagan por su posicionamiento digital. Mientras tanto, las alertas sanitarias, los reportes de mala praxis, las investigaciones de Medicina Legal y las advertencias de las sociedades científicas prácticamente desaparecen del resultado principal. El algoritmo toma el contenido de marketing, lo reorganiza y lo devuelve con apariencia de verdad neutral.

Este fenómeno se intensifica con el modelo de “cero clic”. Antes del 2023, cuando esta tecnología es introducida,, una persona tenía que abrir varias páginas web y contrastar la información; en ese recorrido digital era habitual encontrarse con denuncias, noticias de muertes o testimonios de víctimas. Ahora, la IA entrega una respuesta cerrada, resumida y aparentemente suficiente, provocando que mucha gente ya ni siquiera acceda a otros enlaces. Esto cambia de raíz la forma en que las personas evalúan el peligro.

Si una mujer ya experimenta una presión estética estructural, recibe publicidad agresiva y consume discursos que minimizan los riesgos corporales, y luego Google y otras inteligencias artificiales le confirman exactamente la misma narrativa, las herramientas tecnológicas dejan de ser intermediarios neutrales y podrían convertirse en amplificadores de desinformación médica.

Aquí ya no se trata solamente de tecnología, sino de responsabilidad estructural. Cuando una persona toma decisiones sobre su propio cuerpo basándose en información incompleta o irresponsablemente simplificada por una inteligencia artificial, las implicaciones son críticas. ¿Quién responde cuando un algoritmo baja las alarmas de riesgo frente a procedimientos que pueden terminar en perforaciones, necrosis o paros cardiorrespiratorios? Las plataformas tecnológicas no pueden tratar las búsquedas sobre cirugías y modificaciones corporales como si fueran consultas cotidianas de consumo. 

Si una IA va a intervenir en las decisiones de salud de las personas, tiene que operar bajo estándares muchísimo más estrictos de seguridad y verificación. El algoritmo hoy no solo organiza información, también moldea decisiones; y cuando esas decisiones atraviesan mercados clandestinos, presión estética y procedimientos invasivos, una respuesta irresponsable podría terminar teniendo consecuencias reales sobre la vida y los cuerpos de las mujeres.


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13 de mayo: la apuesta por instalar el Día de la Educación Sexual Integral en Chile

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Por Amapola Varas Briones

 

En octubre de 2025 se realizó el Primer Congreso de Educación Sexual Integral (ESI) de Chile, organizado por la Fundación Chile Necesita ESI en la Facultad de Educación de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Durante tres días de congreso, participaron más de 450 personas en espacios de reflexión y diálogo sobre la urgencia de avanzar hacia una política de Educación Sexual Integral para el país.

Lo que comenzó como un hito académico y de articulación social, rápidamente se transformó en una nueva apuesta política y cultural: impulsar el 13 de mayo como el Día Nacional de la Educación Sexual Integral.

La iniciativa surge en un contexto marcado por la discusión legislativa sobre el proyecto que busca incorporar contenidos obligatorios de prevención y autocuidado en los programas de educación sexual, impulsado por la diputada Emilia Schneider junto a otras parlamentarias y parlamentarios. Pero también nace desde una convicción más profunda: que Chile aún mantiene una deuda estructural con la educación sexual.

La convocatoria ha reunido a distintas organizaciones de la sociedad civil, entre ellas Chile Necesita ESI, Fundación Bienestar Mayor, Red Docente Feminista, Amnistía Internacional, Corporación MILES y APROFA.

Una deuda educativa pendiente

Para Martín de la Sotta, Director Ejecutivo de Chile Necesita ESI, el impulso de esta conmemoración responde a un diagnóstico compartido entre múltiples organizaciones:

“Ha sido difícil tanto para el movimiento social como para las políticas públicas abordar la sexualidad desde el ámbito educativo. Hemos tenido avances en salud, pero es el sistema educativo el que sigue en deuda”.

La propuesta de Educación Sexual Integral (ESI) busca superar una mirada reducida o exclusivamente biomédica de la sexualidad. Habla de prevención del abuso sexual infantil, pero también de autonomía, afectividad, ciudadanía, vínculos, prevención de violencias, salud sexual y reproductiva, diversidad y bienestar a lo largo de toda la vida.

“La ESI agrupa demandas muy diversas entre sí y justamente por eso ha costado construir una narrativa común”, explica Martín. “Necesitamos un espacio que permita encontrarnos, reflexionar y también incidir políticamente”.

¿Por qué un nuevo día?

Una de las preguntas que ha surgido es por qué impulsar una nueva efeméride, considerando que el 21 de junio ya se conmemora el Día de la Educación No Sexista.

Desde Chile Necesita ESI sostienen que, aunque ambas luchas están profundamente conectadas, no son equivalentes.

“La educación no sexista es parte del corazón de una propuesta de ESI. (…) Pero la Educación Sexual Integral aborda de manera más amplia los procesos de enseñanza y aprendizaje sobre sexualidad, afectividad y desarrollo humano”.

La discusión incluye desde el conocimiento del propio cuerpo hasta el acompañamiento emocional, el consentimiento, la ciudadanía digital, la prevención de abuso sexual infantil y diversos tipos de violencias, como también el impacto de las redes sociales en las relaciones afectivas y sexuales.

“Muchas veces, por concentrarnos en las desigualdades de género, olvidamos que también necesitamos fortalecer aprendizajes concretos sobre sexualidad y afectividad dentro de las escuelas”, agrega.

Recuperar la memoria: el regreso de las JOCAS

Parte importante de esta campaña ha sido volver sobre una experiencia que permanece viva en la memoria educativa chilena: las JOCAS (Jornadas de Conversación sobre Afectividad y Sexualidad), implementadas durante los años noventa.

Durante abril, la organización realizó una gira por distintos territorios del país para reeditar simbólicamente estas jornadas y abrir nuevamente conversaciones sobre sexualidad en comunidades educativas.

“Nos dimos cuenta de que las JOCAS siguen siendo uno de los pocos recuerdos colectivos de educación sexual en Chile”, comenta. “Muchas personas recuerdan que ahí pudieron hacer preguntas que nunca antes habían podido formular”.

Las jornadas originales se desarrollaron en 1996 y 1997, suspendiendo actividades escolares para generar espacios de conversación donde el protagonismo estaba puesto en las inquietudes de adolescentes y jóvenes.

Sin embargo, la reedición no busca idealizar el pasado.

“También queremos revisarlas críticamente”, explica. “¿Es suficiente hablar de sexualidad tres días al año? ¿O deberíamos pensar en una transversalización real dentro del currículum y de las comunidades educativas?”.

Para la organización, revisitar las JOCAS no es un ejercicio de nostalgia, sino una forma de recordar que Chile ya fue capaz de abrir estas discusiones públicamente.

“Si hace treinta años el país pudo conversar sobre cómo educar en sexualidad, también puede volver a hacerlo”.

Entre el Día del Estudiante y el Día de las Familias

La elección del 13 de mayo tampoco es casual.

La fecha se ubica entre dos efemérides significativas: el Día del Estudiante, el 11 de mayo, y el Día Internacional de las Familias, el 15 de mayo.

“Por mucho tiempo nos dijeron que la sexualidad iba a ser un punto de conflicto entre las familias y las escuelas”, plantea Martín. “Nosotros creemos exactamente lo contrario”.

En un contexto donde los discursos conservadores han utilizado la sexualidad como un eje de polarización política y cultural, la campaña busca reinstalar la conversación desde el encuentro y no desde el miedo.

“Si hay un tema donde las familias y las escuelas necesitan trabajar juntas, es precisamente la educación sexual”, concluye.

La apuesta del 13 de mayo es, finalmente, abrir nuevamente una conversación que Chile mantiene pendiente: cómo construir una educación sexual integral, democrática y capaz de acompañar las vidas reales de niños, niñas, adolescentes y comunidades educativas enteras.

El llamado es a reunirse el día 13 de mayo a las 18:00 hrs en el Paseo Bulnes en Santiago para La clase de educación Sexual Integral más grande Chile.


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La motosierra de Kast: quién paga el banquete de los ricos

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Editorial Chile | Revista Emancipa

Mientras el Presidente José Antonio Kast bromeaba ante un selecto auditorio de empresarios en el foro Latam Focus del banco BTG Pactual —ironizando que “era más barato comer un sanguchito adentro que ir a un restaurante”— el Ministerio de Hacienda firmaba, en silencio, el Oficio Circular N°16, fechado el 21 de abril de 2026. Ese documento, dirigido a todos los ministerios, no tiene nada de gracioso: instruye el desmantelamiento sistemático de la oferta programática del Estado, comenzando por la educación pública.

La motosierra

El gobierno llegó con un diagnóstico simple y una receta conocida: el Estado gasta demasiado, los impuestos ahogan la inversión, y la solución es recortar. El Oficio Circular N°16 va al fondo: recomienda a los ministerios formular el presupuesto 2027 bajo un “marco de mediano plazo 2027-2031” con un techo de gasto que no podrá superar lo aprobado para 2026, ya descontados los dos recortes implementados este año. El lenguaje burocrático es aséptico, pero el contenido es brutal: al Ministerio de Educación, por ejemplo, el Ministeriode Hacienda le recomienda descontinuar 15 programas y aplicar recortes de al menos un 15% a otros 42. Entre los que se eliminan directamente está el Programa de Alimentación Escolar (PAE), con una ejecución de más de $1 billón de pesos en 2025. También se propone descontinuar el PACE, la Reinserción Escolar, el Sistema Nacional de Inducción y Mentoría docente, y el Programa Nacional de Lectura, entre otros. Esto no es austeridad. Es destrucción deliberada.

La reforma tributaria que no se llama reforma tributaria 

La pregunta que el gobierno no quiere responder es: ¿por qué recortar si al mismo tiempo se reduce la recaudación fiscal? La respuesta requeriría una honestidad que Kast no está dispuesto a practicar. La llamada “Ley Miscelánea” -puede que no sea relevante esto que vamos a decir, pero: es muy ordinario que tu proyecto de Ley estrella, sea una Ley  Miscelanea-, disfrazada de plan de emergencia post incendios, incluye como corazón político la rebaja del impuesto de primera categoría a las empresas del 27% al 23%, invariabilidad tributaria por 25 años para grandes inversiones, y una regularización de capitales offshore con tasa preferencial del 10%. En términos simples: un perdonazo histórico a los que más tienen, envuelto en el celofán de la reconstrucción. El gobierno insiste en no llamarle reforma tributaria, quizás porque tendría que explicar que los hijos de las familias trabajadoras dejarán de almorzar en el colegio para que las grandes corporaciones paguen cuatro puntos menos de impuestos. La economista Andrea Repetto, miembro de la propia Comisión Marfán convocada por el gobierno, advirtió que el plan es “altamente riesgoso para las finanzas públicas” y que el costo fiscal de la rebaja corporativa no tiene garantía de compensación via crecimiento. Es decir, Lo que dejan de pagar los ricos, lo pagamos quienes trabajamos día a día.

Vale la pena detenerse en algo que el discurso oficial se encarga de oscurecer: los impuestos los pagamos todas y todos. La trabajadora de supermercado, el repartidor, la dueña de casa, etc. Con esos impuestos, el Estado financia el almuerzo que reciben cada día cientos de miles de niñas y niños en sus escuelas. Cuando el gobierno elimina el PAE, las familias seguirán pagando los mismos tributos, pero ese dinero ya no volverá en forma de almuerzo para sus hijos e hijas. Lo que antes cubría el Estado, lo tendrá que cubrir el bolsillo de cada familia. Lo que dejan de pagar los que más tienen, lo terminan pagando —de otro modo y con otro esfuerzo— quienes tienen menos.

Lo que ningún informe técnico de Hacienda menciona, es que las familias más vulneradas no podrán reemplazar la calidad nutricional que entrega el Programa de Alimentación Escolar, en el caso que se disminuya o se discontunúe. El programa entrega comida balanceada, diseñada para niños y niñas en etapa de desarrollo. Una familia en situación de pobreza no puede costear eso con su salario. Las consecuencias de esto no son abstractas y se pueden materializar en mayor desnutrición, mayor obesidad, menor concentración en el aula, peores resultados educativos o más enfermedades crónicas en la adultez. El hambre de hoy es rezago para mañana. Y ese rezago, también, lo pagamos todas y todos, pero con mucho más interés.

Las mujeres que sostienen lo que el Estado abandona

Hay una dimensión que el debate económico suele invisibilizar: en Chile, la feminización de la pobreza es un hecho estructural. Las mujeres ganan menos, tienen empleos más precarios, y cargan de manera desproporcionada con el trabajo de cuidado. Cuando se elimina el almuerzo escolar, quien resuelve el hambre en la tarde es, en la enorme mayoría de los casos, una mujer. Con menos tiempo, menos recursos y más agotamiento.

La eliminación del PACE cierra puertas de movilidad social para niñas y jóvenes que tienen en la educación su principal herramienta de futuro. Y la supresión de  programas como el de reinserción escolar y convivencia no ocurre en un vacío: ocurre en comunidades donde la desprotección es caldo de cultivo de la violencia, esa misma violencia que afecta con mayor intensidad a las mujeres en el espacio público.

El sanguchito y el billón

El Presidente Kast bromeó. Los banqueros rieron. Ese mismo día, en las poblaciones de la Región Metropolitana, en los liceos de la Araucanía y las escuelas rurales del Biobío, nadie reía. El Oficio Circular N°16 llama a todo esto un “cambio de paradigma”. La Minuta de DIPRES afirma con toda su solemnidad técnica que “en el mediano plazo no hay costos fijos ni obligaciones ineludibles”. Es decir: nada es sagrado. Todo lo que el Estado construyó en décadas puede eliminarse. Ese billón que ejecutó el PAE en 2025 no desaparece porque el programa sea ineficiente: desaparece porque alguien tiene que pagar la rebaja de impuestos a las empresas. Y ese alguien, como siempre, son las familias que más necesitan al Estado. La motosierra de Kast no corta parejo. Corta abajo, donde viven las mujeres que trabajan, que cuidan, que educan. Donde crecen las niñas y los niños que dependen de que el Estado esté presente. No es sólo un ajuste. Es una elección política.


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Si el mundo fuera feminista, probablemente estas guerras no existirían

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*Por Clemen Bareiro Gaona

Pero no porque las mujeres sean naturalmente pacíficas ni porque bastaría con que ocupen más espacios de poder. El feminismo que muchas de nosotras defendemos no se agota en la participación política de las mujeres dentro del mismo orden que produce violencia, desigualdad y guerra.

La agenda de Mujeres, Paz y Seguridad, impulsada por la resolución 1325 de las Naciones Unidas, abrió una discusión fundamental: la guerra y la paz no pueden pensarse sin las mujeres. Durante décadas, las decisiones sobre conflictos armados, seguridad y reconstrucción se tomaron sin ellas, incluso cuando eran quienes sostenian la vida cotidiana en medio de la devastación.

Sin embargo, también sabemos que la inclusión por sí sola no transforma el mundo. Un mundo feminista no sería solamente un mundo con más mujeres en las mesas de negociación, en los ministerios de defensa o en las misiones de paz. Sería un mundo donde las preguntas mismas cambian: ¿qué entendemos por seguridad?, ¿qué vidas se consideran protegibles?, ¿qué economías se sostienen y cuáles se sacrifican?.

La agenda de Mujeres, Paz y Seguridad insiste en cuatro pilares – participación, protección, prevención y recuperación – , pero desde muchos feminismos se ha señalado que estos pilares solo cobran sentido cuando se miran desde la vida concreta de las comunidades. Cuando se reconoce que la paz no se construye únicamente en tratados o en instituciones, sino también en las redes que sostienen la vida cuando todo lo demás se rompe.

Ahí aparecen las prácticas que muchas mujeres han tejido históricamente: redes de cuidado, economías comunitarias, saberes que protegen la vida, formas de organización que no separan la política de la reproducción de la vida. Son prácticas que rara vez aparecen en los informes de seguridad y sin embargo, sostienen la posibilidad misma de la paz.

¿Qué vidas merecen ser lloradas? La pregunta de Judith Butler

Pensar que la guerra desde el feminismo implica también preguntarse quiénes son las víctimas que el mundo reconoce como tales. Judith Butler , en su libro Marcos de guerra. Las vidas lloradas (2010), desarrolla una pregunta que resulta central para cualquier reflexión sobre los conflictos armados contemporáneos: ¿qué hace que una vida sea considerada digna de duelo?

Para Butler, no todas las vidas son igualmente reconocidas como vidas. Hay cuerpos cuya pérdida es registrada, llorada y conmemorada públicamente; y hay cuerpos cuya muerte no produce duelo colectivo porque, en el marco cultural y político dominante, esas vidas nunca fueron del todo reconocidas como reales. Esta distinción no es accidental: es producto de marcos de inteligibilidad que organizan qué se percibe como humanamente valioso y qué queda fuera de ese reconocimiento.

En el contexto de las guerras, esta diferenciación tiene consecuencias concretas. Las víctimas civiles en conflictos, las mujeres desaparecidas en territorios en disputa, los cuerpos de quienes huyen de la violencia y mueren en fronteras invisibles: estas muertes rara vez generan el mismo duelo público que las muertes ocurridas en los centros del poder global. La vida precaria, señala Butler, no es una condición natural sino el resultado de decisiones políticas sobre quiénes merecen protección.

Esta reflexión conecta directamente con la agenda de Mujeres, Paz y Seguridad: si los marcos que definen qué vidas importan siguen siendo los mismos que produjeron la guerra, incluir más mujeres en las instituciones no alcanza. Se requiere una transformación más profunda: disputar los propios marcos de reconocimiento que deciden qué cuerpos son protegibles y cuáles son prescindibles.

El feminismo, en ese sentido, no se limita a reclamar que las mujeres sean incluidas en el duelo colectivo. Plantea algo más radical: que el duelo mismo sea redefinido, que ampliemos la comunidad de quienes son reconocidos como seres cuya pérdida importa. Una política feminista de la paz no puede prescindir de esta pregunta.

Por eso, cuando decimos que en un mundo feminista las guerras serían impensables, estamos diciendo algo más profundo: que el mundo se organizaría alrededor de la vida y no de la guerra. Que la seguridad no se definiría por la capacidad de destruir, sino por la capacidad de sostener.

En ese sentido, el feminismo no es una propuesta sectaria ni identitaria. Es una propuesta política, económica y social que nos incluye a todas, a todos y a todes. Una propuesta que parte de una verdad simple pero radical: la vida es interdependiente y comunitaria.

Tal vez por eso es importante recordar algo que el feminismo ha repetido durante décadas, una frase de Flora Tristan (1803 – 1844) “Hay alguien todavía más oprimido que el obrero, y es la esposa del obrero”. Siempre hay alguien cuyo trabajo, tiempo y cuidado sostienen aquello que el relato oficial considera central. El feminismo aparece precisamente ahí, en ese lugar invisible donde se sostiene la vida.

Imaginar un mundo feminista no es negar la realidad de la guerra. Es preguntarnos qué tipo de mundo la hace posible y qué transformaciones profundas serían necesarias para que deje de serlo.

Bibliografía

Butler, Judith (2010). Marcos de guerra. Las vidas lloradas. Buenos Aires: Paidós.

Butler, Judith (2006). Vida precaria. El poder del duelo y la violencia. Buenos Aires: Paidós.

Cohn, Carol (comp.) (2013). Mujeres y guerras. Cambridge: Polity Press.

Cockburn, Cynthia (2010). “Las relaciones de género como factor causal en la militarización y la guerra”. International Feminist Journal of Politics, 12(2), pp. 139–157.

Naciones Unidas (2000). Resolución 1325 del Consejo de Seguridad. Nueva York: ONU.

Pateman, Carol (1988). El contrato sexual. Stanford: Stanford University Press.

Segato, Rita Laura (2016). La guerra contra las mujeres. Madrid: Traficantes de Sueños.

Tristan, Flora (1843). La unión obrera. Paris: Prévot.

True, Jacqui (2012). La economía política de la violencia contra las mujeres. Oxford: Oxford University Press.

Zayas, Osvaldo, Telesur TV (marzo, 2026) Venezuela: las víctimas existen https://youtu.be/RrHe1Gg1ACQ?si=CLrkqn1Z5eoZ-kEX


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