El mártir como mandato de la masculinidad

admin_re

Por: Paula Forero

 

El patriarcado no solo oprime cuerpos: también los fabrica para el sacrificio. Cuerpos de hombres que deben estar disponibles para morir por una causa mayor. Esa relación entre masculinidad y el “mártir” no es solo una figura narrativa: es una columna vertebral del poder político.

 

Tras el asesinato de Miguel Uribe Turbay, su padre declaró: “Hijo, tu sacrificio no será en vano”. El dolor se convirtió en instrumento político, evidenciando lo normalizado que tenemos como país que la muerte pueda aprovecharse para impulsar una causa. Estas declaraciones no son una anomalía en la política colombiana. Daniel Quintero, Gustavo Petro y tantos otros a lo largo de la historia han prometido que “morirían por el país”, apelando incluso a la bandera roja, blanca y negra que ahora acompaña al Presidente en varias ocasiones, con el lema atribuido a Bolívar: “Libertad o muerte”. Para la política masculina, un líder se prueba en la disposición a entregar su vida.

 

Entre las miles de cosas machistas que tienen en común la izquierda, la derecha y el centro —y, en general, la política masculina— está su obsesión con el sacrificio. No basta con vivir por la causa. La prueba máxima es morir por ella. La masculinidad hegemónica se sostiene sobre varios pilares, incluidos la valentía, la glorificación del dolor y el rechazo total del miedo y la vulnerabilidad. Morir “por algo más grande” se ofrece como evidencia final de hombría: un “verdadero hombre” preferiría caer muerto antes que admitir que siente y que teme. Esta es solo otra forma de huir de la vulnerabilidad, porque el sufrimiento se lee como coraje.

 

El mártir encarna ese ideal: es quien lleva el sacrificio al extremo, incluso a la muerte, mostrando que el compromiso y la hombría están por encima de la propia supervivencia. Deja de ser persona y se convierte en símbolo, en propaganda. Una historia útil, una bandera que otros pueden agitar. Su cuerpo se vuelve herramienta narrativa del poder. Pero esa lógica tiene costos profundos: la vida que se le exige entregar, la angustia que debe esconder, el dolor que debe callar.

 

La glorificación del sacrificio no es una acción inofensiva: corroe el proyecto colectivo; implica que el vivir y la lucha cotidiana se devalúen frente al morir heroico. Así, la entrega diaria —marchar, organizarse, defender derechos, cuidar lo común— queda relegada a un papel secundario. Se instala la idea de que la verdadera transformación sólo se consigue con sangre, como si la vida no alcanzara para cambiar nuestra realidad.

 

El bienestar deja de asumirse como un derecho y empieza a presentarse como un premio que otros reclaman en nombre del mártir. Cuando la muerte se convierte en símbolo de honor, proteger la vida deja de ser prioridad. Y si morir por la patria es glorioso, los asesinatos políticos dejan de verse como un fracaso del Estado y pasan a justificarse como “sacrificios inevitables”. En un país como Colombia —atravesado por la guerra, la violencia partidista, el asesinato de líderes sociales y la idea de que algunos cuerpos deben morir para que la historia avance— estas no son frases retóricas: terminan funcionando como un manual de lo que supuestamente debe ser un “buen líder”.

 

Así, una elección se convierte en un concurso a ver quién promete la muerte más épica, quién está dispuesto a convertirse en mártir para demostrar que merece gobernar. En cada elección escuchamos la promesa de entrega total, de muerte si es necesario. Pero lo que deberíamos exigir es otro tipo de promesa: la de la vida, la de sostener en cuidado. Lo verdaderamente transformador es que nadie tenga que morir para que el resto pueda seguir.

 

Es necesario aclararlo: este análisis no afirma que los asesinatos y atentados políticos en Colombia ocurran por el mandato de la masculinidad o la glorificación del mártir. La violencia política es absolutamente reprochable y jamás sería responsabilidad de quienes la sufren. Lo que quiero señalar es una narrativa que se ha normalizado en nuestra política: la idea de que la muerte por una causa es el punto más alto del compromiso. Entiendo que en este país ningún derecho ha sido regalado, que muchas conquistas se han logrado en las calles y que, lamentablemente, han tenido víctimas mortales. Pero creo que es momento de detenernos y cuestionar esos mensajes que todos los sectores repiten. Desromantizar la violencia que marcó especialmente los años 70, 80 y 90. Hacer un llamado urgente a cuidar la vida. Porque ninguna causa, ningún partido y ningún líder político está por encima de ella.

 

Es importante recordar que quienes más han sostenido la vida en medio de tantas muertes y asesinatos han sido las mujeres. Han entendido desde siempre el valor de la vida y del cuidado, porque reconocen los costos reales que deja cada mártir: el vacío, el duelo, la comunidad que se fractura, acompañar a quienes se quedan. Por eso han centrado su lucha en resguardar la existencia y su dignidad, conscientes de que ningún proyecto político puede sostenerse si exige cuerpos sacrificados como punto de partida.

 

Por eso, propongo una pregunta: ¿queremos líderes dispuestos a desaparecer para probar que son hombres? ¿Queremos líderes que honren la vida o que la entreguen para ser reconocidos? La masculinidad que se define por matar y morir ya nos ha costado demasiado.

 


Ir a la fuente original

Histórico. Las mujeres disputan el futuro de Asunción

admin_re

Por primera vez en la historia reciente, dos mujeres encabezan la disputa por la intendencia de la capital. En medio de tensiones, presiones y urgencias, su sola presencia en la contienda ya marca un hecho político que inspira y redefine la democracia.

 

*Por Noelia Díaz Esquivel

 

Esta semana, mientras veía en redes las fotos de cinco precandidatos colorados (todos hombres, blancos y con poder), me llamó la atención algo mucho más inspirador. En mi feed, entre esos rostros repetidos, empezaban a multiplicarse las noticias sobre dos mujeres que también quieren gobernar Asunción: Johanna Ortega y Soledad Núñez. Dos mujeres que no están en los márgenes del poder, sino disputándolo. Y eso, en un país donde la política sigue siendo un club de varones, ya es noticia.

 

Johanna Ortega, precandidata a la intendencia de Asunción, por el partido País Solidario.

 

Me dio orgullo. No porque haya una contienda, que la hay, sino porque ambas encarnan una posibilidad histórica: la de ver mujeres preparadas, con voz y con convicción disputando la conducción de una ciudad devastada por la corrupción y la desidia. Verlas ahí, protagonizando titulares, me recordó que la política también puede ser un espacio de inspiración para más mujeres, incluso cuando hay tensiones.

 

No es habitual.. Las mujeres casi siempre somos llamadas a “ceder por el bien común”, y ese “bien común” suele tener nombre de hombre. Pero esta vez no. Esta vez dos mujeres están dispuestas a pelear por lo que creen, a convencer, a construir ilusión, a decirle a la ciudadanía que quieren recuperar Asunción. Y lo hacen desde sus propias miradas, ideologías y equipos. En ese ejercicio hay algo profundamente democrático.

 

Soledad Núñez, precandidata a la intendencia de Asunción, por el movimiento político Alternativa Asunción.

 

Porque la democracia no se agota en los discursos sobre unidad o en los pactos entre cúpulas. La democracia se ejerce. Se camina, se discute, se vota. Y en este caso, se debería elegir entre dos mujeres que tienen el mismo derecho a recorrer la ciudad, a buscar apoyo, a hablar con la gente y construir un proyecto de futuro.

 

Desde una mirada feminista, la democracia también se mide por cuántas mujeres pueden estar en la línea de largada, no por cuántas se bajan “por el bien de la causa”. Una democracia feminista propone justamente eso: participación real, igualdad de condiciones, reconocimiento y acceso al poder sin tutelajes ni presiones. No basta con decir que hay paridad si a la hora de definir, las decisiones vuelven a tomarse entre unos pocos.

 

Por eso, me resulta preocupante el apuro que se percibe desde algunos sectores por instalar una candidatura única sin pasar por el proceso más básico de cualquier sistema democrático: la elección. Elegir no divide; elegir fortalece. La competencia sana, transparente,en igualdad de condiciones y el voto de la gente, es lo que legitima finalmente,  a quien  resulte electa.

 

En este momento histórico, ojalá la oposición esté a la altura del desafío. Que acompañe el proceso sin atajos ni presiones. Que respete los tiempos, el calendario electoral y, sobre todo, la inteligencia de la ciudadanía.

Porque la democracia se defiende practicándola. Y qué maravilloso que hoy, en ese ejercicio, las protagonistas sean dos mujeres disputando espacios de poder en Asunción.


Ir a la fuente original

UCINY: círculo de tierra, agua y cielo

admin_re

En el Pantanal paraguayo, la Nación Yshir lucha por mantener viva su conexión ancestral con la naturaleza y su cultura. La Unión de Comunidades Indígenas de la Nación Yshir (UCINY) es la voz que los representa y el motor de nuevos desafíos, como la construcción de una sede propia que es símbolo de resistencia, unión y esperanza.

 

*Por Noelia Díaz Esquivel

 

El cielo, el agua y la tierra no son solo elementos naturales para los Yshir: son memoria, alimento y espíritu. “Yshir Ybytoso” significa “hijos de la tierra y pertenecientes a ella”. El murmullo de los ríos, el sonido del silencio de las constelaciones, el canto de las aves y el rugir de los animales del monte del Pantanal paraguayo les recuerda que el mundo visible y el invisible están tejidos en un mismo entramado. En esa sinfonía de vida, encuentran su fuerza y la razón de su lucha.

 

Cuando uno escucha los cantos de los ancianos siente cómo la palabra viaja con energía en el aire”, dice Críspulo Martínez, presidente de la Unión de Comunidades Indígenas de la Nación Yshir (UCINY), en Puerto Diana, comunidad ubicada a más de 830 km de Asunción, capital de Paraguay.

 

Críspulo Martínez, presidente de UCINY. Fotografía: Leo De Blas.

 

La nación que resiste

 

Antes de la Guerra del Chaco, la Nación Yshir ocupaba más de 3.400.000 hectáreas en el Pantanal paraguayo. Hoy acceden a apenas unas 43.000 hectáreas. La pérdida territorial —cercana al 97%— se traduce en una amenaza múltiple: ambiental, cultural, económica, política y social.

 

Pese a todo, la Nación Yshir mantiene una población de 3.500 personas repartidas en siete comunidades. Está conformada por seis comunidades en el Alto Paraguay: Puerto Diana, Puerto Esperanza, Puerto Pollo, Puerto Caballo, Virgen Santísima y Karcha Bahlut (Puerto 14 de Mayo).  Además de una séptima en la ciudad de Luque, en el área metropolitana. A estas se suman asentamientos más pequeños como Abundancia y Buena Vista, vinculados a las comunidades principales.

 

Puerto Caballo, una de las 7 comunidades de la Nación Yshir, Alto Paraguay. Fotografía: Leo De Blas

 

La UCINY fue creada como una respuesta organizada a un despojo histórico. “La lucha por el territorio y por el cielo que nos cubre solo se sostiene con organización”, resume Walter Escobar, líder de Puerto Diana.



Desde su fundación, la organización se dedica a gestionar los reclamos legales y sociales, a denunciar ante autoridades, a exigir la restitución de tierras y a fortalecer la voz de los yshiro frente a amenazas externas. También se convirtió en un espacio de encuentro comunitario.

 

El primer local de la organización, ubicado en el centro urbano de Puerto Diana, era pequeño y fue construido con ladrillos y tejas, por lo que no representaba la cosmovisión del pueblo. Cuando surgió la posibilidad de construir una nueva sede, pidieron que se tratara de una casa que sea a la vez política, cultural y espiritual, construida con materiales de la tierra y con la sabiduría de los ancianos.

 

Un  centro que represente a todxs

 

El nuevo local se está construyendo nuevamente en Puerto Diana, pero en un terreno cedido a la organización y ubicado a un par de kilómetros del centro urbano. A diferencia del antiguo local, no hay peligro de inundaciones ni de sedimentación del terreno. Los materiales para la construcción provienen de la naturaleza: 500 karanda’y, postes de quebracho, techo de palmas. La estructura es circular y en el centro, un gran poste sostiene las vigas que representan a los siete pueblos de la Nación. Cada comunidad tiene su lugar.

 

Sendero que conduce al terreno cedido a la organización y ubicado a un par de kilómetros del centro urbano de Puerto Diana, Bahía Negra – Chaco. Fotografía: Leo De Blas.

 

Antes teníamos una sede de ladrillo, muy pequeña, que no representaba lo que somos. Ahora queremos una casa que hable de nosotros”, explica Críspulo Martínez.

 

La arquitecta Luz Ferreira, yshir de Puerto Esperanza, fue la encargada de diseñar el plano. “La forma circular está inspirada en las casas antiguas. Es un espacio abierto, con ventanas grandes para aprovechar la luz y la ventilación natural. Se pensó también en captar agua de lluvia y en elevar la construcción para resistir inundaciones”, cuenta. Para ella “diseñar algo que se va a construir en mi comunidad, para mi gente, fue muy especial”, señala.

 

Luz Ferreira, arquitecta yshir, oriunda de Puerto Esperanza, fue la encargada de diseñar el plano del proyecto. Fotografía: gentileza.

 

La nueva sede tendrá un salón, dormitorios y un espacio para rituales, como el de iniciación de adolescentes. Será el corazón donde se reúnan las comunidades para decidir, celebrar y proyectar.

 

Plano del proyecto de construcción del centro UCINY. Fotografía: Leo De Blas.

 

Aliados para el desarrollo

 

La construcción es impulsada con el acompañamiento de Pro Comunidades Indígenas (PCI), que en paralelo trabaja en la identificación de medios de vida en las comunidades Yshir.



El nuevo espacio de la UCINY servirá también como centro de capacitación: contabilidad básica, marketing, bancarización. Todo con el objetivo de desarrollar una economía comunitaria que mejore la calidad de vida sin dañar la naturaleza y resguardando la cultura.

 

Durante años, un kilo de sal se cambiaba por una artesanía que podía costar diez veces más. Hoy, gracias a la organización, esas piezas encuentran mercados justos y las mujeres pueden decidir qué hacer con sus ingresos”, cuenta Cintya Martínez, técnica de PCI.

 

El proyecto cuenta con el aporte del proyecto Voces para la Acción Climática Justa (VAC), que permite replicar metodologías de organización ya probadas en otras regiones y fortalecer capacidades.

 

Un círculo que se abre al futuro

 

En el monte, donde se levanta el centro, cada poste y cada palma tienen un significado. Es un edificio que nace de la tierra y que mira al cielo. Representa la unión de comunidades que no se resignan a desaparecer, sino que se fortalecen en la memoria y en la acción.

 

El centro está en plena construcción. Fotografía: gentileza.

 

La Nación Yshir, hijos y guardianes de la tierra, sigue latiendo. Su nueva casa será símbolo de resistencia y de esperanza. Porque defender la tierra es defender la vida.

 

 

 

*𝘌𝘴𝘵𝘦 𝘮𝘢𝘵𝘦𝘳𝘪𝘢𝘭 𝘧𝘶𝘦 𝘱𝘳𝘰𝘥𝘶𝘤𝘪𝘥𝘰 𝘦𝘯 𝘦𝘭 𝘮𝘢𝘳𝘤𝘰 𝘥𝘦𝘭 𝘱𝘳𝘰𝘨𝘳𝘢𝘮𝘢 𝘝𝘰𝘤𝘦𝘴 𝘱𝘢𝘳𝘢 𝘭𝘢 𝘈𝘤𝘤𝘪ó𝘯 𝘊𝘭𝘪𝘮á𝘵𝘪𝘤𝘢 𝘑𝘶𝘴𝘵𝘢 (𝘝𝘈𝘊), 𝘪𝘮𝘱𝘭𝘦𝘮𝘦𝘯𝘵𝘢𝘥𝘰 𝘦𝘯 𝘗𝘢𝘳𝘢𝘨𝘶𝘢𝘺 𝘱𝘰𝘳 𝘞𝘞𝘍-𝘗𝘢𝘳𝘢𝘨𝘶𝘢𝘺 𝘺 𝘍𝘶𝘯𝘥𝘢𝘤𝘪ó𝘯 𝘈𝘷𝘪𝘯𝘢.


Ir a la fuente original

Cuando denunciar significa volver a ser violentada

admin_re

*Por Clemen Bareiro Gaona

En Paraguay, más de 3.500 niñas, niños y adolescentes denunciaron abuso sexual en un solo año. Son al menos nueve denuncias por día. Detrás de cada número hay una infancia con rostro, con nombre, con sueños interrumpidos. Denunciar debería significar protección y justicia. Pero, en demasiados casos, la denuncia se convierte en el inicio de una nueva violencia: la que ejerce el propio sistema que debería cuidarlas.

Un caso que desnuda las fisuras del sistema

Hace unos meses, una niña se animó a denunciar a su padre quien además se desempeñaba como un alto funcionario del gobierno. El gobierno celebró públicamente su reacción “rápida” al removerlo del cargo, pero lo que vino después mostró la crudeza de nuestras instituciones: meses sin imputación, intentos de desestimar la causa bajo el argumento de que “los hechos no ocurrieron como fueron relatados”, exclusión de pruebas claves y omisión de la psicóloga que evaluó a la víctima.

La madre de la joven denunció que su hija debió declarar en cinco ocasiones, cuatro de ellas exigidas por la Fiscalía. El proceso, en lugar de protegerla, la obligó a revivir una y otra vez su dolor. Así, la justicia terminó siendo una segunda agresión.

Más violencia después de la violencia

La revictimización no es un error aislado: es parte de un patrón.

– Procesal, cuando se obliga a una niña a repetir su relato hasta el agotamiento.

– Institucional, cuando se descartan pruebas y se desacredita su voz.

– Simbólica, cuando el Estado actúa solo para la foto y no para garantizar reparación.

Cada silencio, cada demora, cada prueba ignorada envía un mensaje brutal: tu voz no importa, tu dolor es negociable.

Infancias sujetas de derecho, no de compasión

Es urgente recordar que niñas, niños y adolescentes no son objetos de tutela ni propiedad familiar: son sujetas y sujetos de derecho. Tienen derecho a ser escuchadas, a recibir acompañamiento psicológico y legal digno, y a que se respete su verdad sin cuestionamientos arbitrarios.

El Estado no puede seguir tratándolas como piezas de un expediente. La ternura también es política pública: significa garantizar cuidado, escucha y protección real.

La deuda de Paraguay

La mayoría de los abusos sexuales contra niñas y adolescentes ocurre en el entorno de confianza: la propia familia, la escuela, la comunidad. Si la justicia no responde con rapidez y sensibilidad, si no evita que la víctima reviva su dolor, el mensaje que recibe toda la sociedad es que denunciar no vale la pena.

Necesitamos fiscales, jueces, policías y operadores con perspectiva de género y de niñez. Protocolos claros que eviten la revictimización. Transparencia sobre por qué se excluyen pruebas o se piden desestimaciones. Y un compromiso político que vaya más allá de los titulares.

Cerrar heridas, no abrir nuevas

Cada niña que denuncia realiza un acto de valentía y confianza. Si la respuesta es revictimizarla, esa confianza se rompe y la herida se profundiza.

Denunciar debería ser un paso hacia la libertad y la reparación. Hoy, en muchos casos, es apenas la puerta a un nuevo calvario y esa es una deuda que Paraguay no puede seguir acumulando con sus infancias. No importa el nombre: podría ser cualquier niña o niño en cualquier rincón del país. Tampoco debería importar quién sea el adulto denunciado, ni su poder ni su dinero. Cuando la justicia prioriza a los agresores, está dejando de lado a quienes deberían estar en el centro: las infancias, que son las verdaderas constructoras del Paraguay que viene.


Ir a la fuente original

Bioemprendimientos, un camino hacia la libertad

admin_re

En el Chaco paraguayo, las mujeres —indígenas y latinas— encontraron en los bioemprendimientos una llave para abrir caminos de independencia económica, cuidar el medio ambiente y garantizar medios de vida dignos para sus familias. A través de capacitaciones, organización y alianzas estratégicas, sus manos ya no solo producen: también venden, negocian y se hacen un lugar justo en el mercado.

 

*Por Noelia Díaz Esquivel / @noediazesqui 

 

Cuando una mujer siembra, no planta solo semillas porque lo que cosecha es futuro. Así empieza la historia de cientos de mujeres que, cansadas de que sus saberes queden invisibles, deciden emprender.

 

Bajo estas consignas, la organización Pro Comunidades Indígenas (PCI) puso manos a la obra diseñando y ejecutando un ambicioso proyecto para las mujeres chaqueñas. El objetivo fue crear oportunidades económicas sostenibles que respeten la naturaleza y fortalezcan la autonomía femenina.

 

Primero producir, después aprender cómo vender lo que producís. Y ahí entró el marketing digital. Se crearon ferias, pero vender tampoco era suficiente. Había que llegar al mercado de verdad”, cuenta Cintya Martínez, de PCI.

 

Cintya Martínez, técnica de Pro Comunidades Indígenas PCI. Fotografía: Leo De Blas.

 

 

El plan se puso en marcha en 2023, acercando capacitaciones en contabilidad básica, marketing digital y herramientas audiovisuales. Aprendieron a calcular costos reales, a poner precio justo a sus productos, ingresaron al sistema bancario para evitar pérdidas en comisiones abusivas. Varias ya tienen su cuenta bancaria, su factura propia y hasta accedieron a créditos para crecer.

 

Taller de capacitación en contabilidad básica, llevado a cabo en Maria Auxiliadora, distrito de Fuerte Olimpo, Chaco. Fotografía: gentileza PCI.

 

Diversidad de rubros, un mismo objetivo

 

En cada territorio se identificaron rubros distintos, siempre ligados al entorno. Apicultura y meliponicultura para aprovechar la miel de abejas nativas, horticultura y avicultura, donde descubrieron que procesar los productos genera mayor ganancia. Artesanía, gastronomía, animales menores y pesca, según las posibilidades de cada comunidad.

 

Exposición de productos durante la 2da FERIA PROVINCIAL DE LA MELIPONICULTURA, realizado en la ciudad de Capioví, provincia de Misiones, Argentina. Fotografía: gentileza PCI:

 

Lo importante no fue solo diversificar, sino fortalecer cada organización y la solidaridad entre mujeres. Antes competían entre ellas, creyendo que poniendo precios más bajos que la vecina, iban a salir ganando. Efectivamente vendían más rápido, pero con pérdidas. Hoy acuerdan precios justos y se apoyan mutuamente: si una no tiene producto, otra le presta. Después, cuando vende, devuelve, según explica Cintya. Una red de sororidad que asegura que todas ganen. Con las capacitaciones vimos que crecer como asociación también es apoyarse para que cada una tenga las mismas oportunidades”, resalta.

 

Bancarización y precios justos: aprender a valorar el trabajo

 

Uno de los grandes aprendizajes de las mujeres fue poner en números su propio esfuerzo. Antes, muchas vendían sus productos sin calcular realmente cuánto invertían en semillas, en alimento para los animales, en transporte o en su propia mano de obra. Así, terminaban vendiendo barato y perdiendo dinero sin darse cuenta.

 

Con las capacitaciones en contabilidad básica aprendieron a registrar gastos e ingresos, a calcular cuánto cuesta producir un kilo de miel, criar una gallina o elaborar una artesanía. Y desde ahí, a fijar un precio justo, que cubra los costos y deje una ganancia que valga su trabajo. 

 

Taller de bancarización en Alto Paraguay. Fotografía: gentileza PCI.

 

La otra pata fundamental fue la bancarización. Hasta hace poco, muchas recibían pagos en giros o incluso en mercadería, perdiendo hasta un 10% de lo que les correspondía. Hoy, gracias al apoyo de WWF – Paraguay que articuló para que las capacitadoras del Banco Nacional de Fomento (BNF) lleguen a sus territorios, tienen cuentas bancarias propias, tarjetas y hasta acceso a créditos. Eso les permite cobrar directamente lo que venden, sin intermediarios, y manejar su dinero con más seguridad y autonomía. Con estas herramientas, las mujeres ya no solo producen: también son empresarias, capaces de decidir, negociar y proyectar su crecimiento.

 

Formalización y salida al mercado

 

El salto cualitativo fue la formalización. Asociaciones de mujeres y grupos de jóvenes apicultores registraron su producción, crearon logos y etiquetas propias, fortalecieron su imagen. Ahora venden como productoras organizadas, con más credibilidad en el mercado.

 

Después de estas capacitaciones hay varias emprendedoras que hicieron su factura propia, tienen su cuenta bancaria y hacen pagos electrónicos. Son súper cool, ya están en otro nivel”, dice Cintya con una sonrisa orgullosa. Ese proceso cerró el círculo: producir, vender y cobrar de forma justa. Lo que antes se perdía en manos de intermediarios o giros con comisiones, hoy queda en las manos de las productoras.

 

Taller de capacitación en marketing digital y videográfico para apicultores, docentes y jóvenes de la comunidad María Auxiliadora, distrito de Fuerte Olimpo, departamento de Alto Paraguay. Fotografía: gentileza PCI.

 

El apoyo del proyecto Voces para la Acción Climática Justa (VAC) fue decisivo para consolidar este camino. La cooperación posibilitó el financiamiento de capacitaciones, acompañó procesos de organización y facilitó la llegada de servicios financieros a comunidades alejadas, donde antes era impensable que el BNF habilitara cuentas.

 

Gracias a ese empuje, más de 12 asociaciones de mujeres y 6 de apicultores fortalecieron sus capacidades, y decenas de emprendedoras lograron insertarse en el mercado con mayor seguridad y autonomía.

 

En el Chaco, donde la sequía parece eterna, hoy florecen mujeres que tejen dignidad con sus manos. Cada bioemprendimiento es un canto de libertad. Una mujer que logra vender su miel, su gallina o su artesanía, está asegurando alimento, educación y futuro para su familia.

 

Porque cuando una mujer emprende, no se enriquece sola: enriquece a toda su comunidad. Y en esa red solidaria, hecha de raíces y alas, crece la esperanza de un Chaco con igualdad, dignidad y vida plena.

 

*Edición: Mónica Bareiro @monibareiro

 

 

*𝘌𝘴𝘵𝘦 𝘮𝘢𝘵𝘦𝘳𝘪𝘢𝘭 𝘧𝘶𝘦 𝘱𝘳𝘰𝘥𝘶𝘤𝘪𝘥𝘰 𝘦𝘯 𝘦𝘭 𝘮𝘢𝘳𝘤𝘰 𝘥𝘦𝘭 𝘱𝘳𝘰𝘨𝘳𝘢𝘮𝘢 𝘝𝘰𝘤𝘦𝘴 𝘱𝘢𝘳𝘢 𝘭𝘢 𝘈𝘤𝘤𝘪ó𝘯 𝘊𝘭𝘪𝘮á𝘵𝘪𝘤𝘢 𝘑𝘶𝘴𝘵𝘢 (𝘝𝘈𝘊), 𝘪𝘮𝘱𝘭𝘦𝘮𝘦𝘯𝘵𝘢𝘥𝘰 𝘦𝘯 𝘗𝘢𝘳𝘢𝘨𝘶𝘢𝘺 𝘱𝘰𝘳 𝘞𝘞𝘍-𝘗𝘢𝘳𝘢𝘨𝘶𝘢𝘺 𝘺 𝘍𝘶𝘯𝘥𝘢𝘤𝘪ó𝘯 𝘈𝘷𝘪𝘯𝘢.⁣⁣⁣⁣⁣⁣⁣⁣⁣

 

 


Ir a la fuente original