Marta Martín Girón nació en Madrid y es emprendedora y escritora. Licenciada en Administración y Finanzas, trabajó en ese sector unos años hasta que decidió darle otro rumbo a su trayectoria. Es amante de la filosofía y las terapias alternativas, materias que ha investigado mucho a lo largo del tiempo. Fue entonces cuando publicó sus dos primeras novelas: Un regalo familiar y Contracorriente, que tratan sobre desarrollo personal. Así descubrió su verdadera vocación y se centró de lleno en la literatura. Empezó autopublicando y consiguió llamar la atención de los lectores. Tiene títulos de diferentes géneros como Shambhala (ciencia ficción), En aquel último aliento (romántica) o La Avenida de los Gigantes (suspense). Es la creadora del inspector Yago Reyes.
En esta entrevista nos habla de su último título, Cada niña que murió, y de otros temas generales. Le agradezco mucho su tiempo y amabilidad dedicados.
Marta Martín Girón — Entrevista
ACTUALIDAD LITERATURA: Tu última novela publicada es Cada niña que murió y se está reeditando tu trilogía del inspector Yago Reyes, con el primer título Dama Blanca. ¿Te esperabas tanto éxito?
MARTA MARTÍN GIRÓN: No tan de sopetón, la verdad. Creo que, si perseveras y cada vez escribes mejores historias, puede llegar un momento en que el éxito te sonría. Mi intención con Dama Blancanació de esa filosofía: dar un paso más, definirme y especializarme como escritora de thriller y suspense y seguir haciendo cada vez mejores historias para ir llegando al mayor número posible de lectores. Sin embargo, en cuanto autopubliqué Dama Blanca,los lectores se volcaron en ella desde el primer momento. Fue muy sorpresivo y bonito.
AL: ¿Te puedes remontar a ese primer libro que leíste? ¿Y la primera historia que escribiste?
MMG: Mi hermana mayor y yo teníamos una colección de libros de Disney y los fui leyendo todos. Después llegaron los de Barco de Vapor, como Fray Perico y su borrico de Juan Muñoz Martín, y algunos cuentos que leía en la biblioteca del colegio.
La primera historia que empecé a escribir era de ciencia ficción y ni siquiera la terminé. La borré.
AL: ¿Un escritor de cabecera? Puedes escoger más de uno y de todas las épocas.
MMG: No tengo escritores de cabecera, la verdad. Me gustan muchos géneros y muchos escritores y escritoras, y no me gusta quedarme solo con uno.
AL: ¿Qué personaje de un libro te hubiera gustado conocer y crear?
MMG: Severus Snape. Me parece un personaje profundo, misterioso, íntegro, clemente… Tiene mucho carisma.
Costumbres y panorama actual
AL: ¿Alguna manía o costumbre especial a la hora de escribir o leer?
MMG: Tiene que haber mucha luz, y si es natural, mejor. En invierno, además, me preparo un termo con agua caliente. A veces le hecho algún sobre de infusión, pero por lo general me la bebo sin nada.
Para leer tengo menos manías. Con que no me hablen cuando estoy leyendo me vale.
AL: ¿Y tu sitio y momento preferido para hacerlo?
MMG: Escribo por la mañana, todos los días. Suelo levantarme temprano y a veces son más de las tres de la tarde y aún no he preparado la comida.
Para leer, me vale cualquier sitio tranquilo.
AL: ¿Hay otros géneros que te gusten?
MMG: Aparte de todos los subgéneros del thriller, me gustan el desarrollo personal, la romántica, la ciencia ficción y la novela histórica.
AL: ¿Qué estás leyendo ahora? ¿Y escribiendo?
MMG: Puerto Escondido de María Oruña y El hombre del laberinto de Donato Carrisi. Y estoy corrigiendo Luna roja, el segundo caso del inspector Yago Reyes.
¿Cómo crees que está el panorama editorial?
MMG: Creo que está viviendo un buen momento. La pandemia y, sobre todo, el confinamiento nos acercó a la lectura y sus múltiples encantos. A raíz de ahí muchas personas han creado el hábito de leer.
Tenía el pulso acelerado. Mantenía los cinco sentidos lejos de los recuerdos, lejos de los actos depravados que le obligaron a estar al volante a esas horas de la noche. Desde que tomó el último desvío no volvió a cruzarse con ningún vehículo. Transitaba en soledad una carretera secundaria que bien podría ser el camino al infierno. Su infierno.
En este filme de John Carroll Lynch, las escenas y los encuadres son bellos y significantes. Los parlamentos, poéticos y sobrios, reflejando los avatares de un alma inquieta y a la vez escéptica. Los paralelismos…
Con la necesidad de decidir cada día para qué te has despertado.
Hace seis años, el periodista polaco Witold Szablowski publicó Los osos que bailan, recopilación de testimonios (reales, como avanzaba el subtítulo del libro) de personas que, si no añoraban explícitamente el regreso de distintas dictaduras comunistas, al menos sentían nostalgia de ciertos aspectos de su vida bajo esas tiranías: un menor individualismo, algunas necesidades básicas cubiertas, el culto a valores compartidos… Llamaba la atención el ardor de una de las guías del museo dedicado a Stalin en Gori, la ciudad de Georgia donde nació: Cuando veo lo que han hecho con nuestro querido Stalin se me encoge el corazón. ¿Cómo es posible hacer algo así? ¿Cómo se puede hacer de una buena persona un monstruo, un caníbal, un ogro?
Los habitantes de Tarusa que pasan por la consulta de cardiología de Maxim Ósipov, y por las páginas de su segundo compendio de relatos en Libros del Asteroide, Kilómetro 101, nunca manifiestan tanto amor por el pasado -quizá alguna melancolía-, pero tampoco grandes apegos hacia su vida presente: de hecho el escritor se refiere a esa ciudad como N., en referencia a la que aparecía en Almas muertas de Gogol. Su título contiene asimismo un sentido específicamente ruso: 101 kilómetros era la distancia respecto a las grandes ciudades a la que se permitía residir a quienes habían cumplido condena por delitos políticos, como el bisabuelo de este autor, acusado de participar en una conspiración contra Gorki.
Como Piedra, papel, tijera, aquel anterior volumen de relatos de Ósipov en castellano, este nuevo libro retrata a gentes comunes de la Rusia postsoviética frente a la mesa del médico o en la camilla: víctimas de una sanidad deficiente lastrada por la corrupción y la burocracia, a menudo solos y dominados por una indiferencia que se extiende tanto a su entorno como a sí mismos, se dejan llevar por la inercia de sus vidas y no anhelan apenas mejoras ni cambios, del mismo modo que prefieren unas pastillas para ir tirando antes que plantear cambios profundos en sus vidas o intentar una operación. Esa inercia, y la desidia, el convencimiento de que nada va a cambiar, son las notas dominantes en estas páginas, en las que, no obstante, caben retazos de compasión y de belleza: la que tiene que ver con aspectos contados de las existencias sencillas de los vecinos de este lugar y, sobre todo, con la voluntad del médico de escucharlos y ayudarlos atendiendo a sus circunstancias personales; en ocasiones, desafiando a un sistema que privilegia a los recomendados y a quienes tienen con qué sobornar.
Es inevitable relacionar a Ósipov con Chejov, por su oficio común de médicos a la vez que de narradores de cuentos apegados a lo real, y porque los dos se valen de su experiencia con los pacientes para idear sus textos; se nos hace evidente que ambos forman parte de una estirpe de enormes narradores rusos capaces de retratar, con precisión pero también con misericordia, a la población de pequeñas localidades, que se siente muy lejos de Moscú y de los supuestos estímulos de la vida urbana y que, sin opciones de progreso económico ni desarrollo cultural, ve mecerse su vida entre la apatía hacia una violencia a veces latente, y otras campante, y en el peor de los casos, el abuso del alcohol.
Son recurrentes los pensamientos de que todo ha de ser más fácil en otros lugares, por eso, en los capítulos finales, Ósipov recoge también la experiencia de emigrados al extranjero o de quienes marcharon a la capital, si bien la modalidad más frecuente de escape es aquí el exilio interior, el olvido de uno y la impasibilidad hacia lo ajeno.
El último capítulo de Kilómetro 101 fue escrito, precisamente, tras la obligada marcha de Ósipov a Alemania a raíz del estallido de la guerra en Ucrania (que criticó), y previo paso por Armenia. El título condensa acertadamente sus sucesivas sensaciones (Frío, vergüenza y liberación); escribe sobre Putin sin mencionar su nombre con la contundencia y el uso calculado de las palabras que es común a tantos escritores rusos; se pregunta cómo se guía quien, como él, carece de pasión y de lecturas; y piensa cómo será acostumbrarse a que, en cada control de pasaporte, su nacionalidad despierte recelos, que entiende.
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Hace tiempo me inscribí ahí y dejé algunos trabajos, pero ahora no encuentro la página por ninguna parte
¿Alguien tiene un correo o forma de contactarlos ´por favor o como entro a su pagina?
El presidente colombiano.Gustavo Petro, durante la puesta en marcha de la construcción de la sede de la Universidad ayer, dijo que lo que pasa en Gaza pondría pasar en el futuro en muchas partes del mundo. Ver el video completo en -https://www.youtube.com/watch?v=toFMFLPT47c #americalatina #america #shortsfeed #shortsyoutube #noticias #shortsviral